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viernes, 9 de julio de 2021

Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 


Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36; Mateo 10,16-23

Hay un dicho o refrán popular que dice que ‘camarón que se duerme, se lo lleva la marea (se lo lleva la corriente)’. Como todos los refranes populares encierra una sabiduría popular que nos previene contra la pereza, el descuido, las irresponsabilidades con que podemos vivir la vida. Cuántas oportunidades perdemos por no saber estar atentos y vigilantes para cuando pueda aparecer esa oportunidad; pero de cuántos peligros nos libraríamos también si tuviéramos ese ojo avizor que está atento a lo que sucede a su alrededor y de las cosas que nos pudieran afectar negativamente en la vida.

Creo que dentro de la madurez humana a la que todos aspiramos está esa vigilancia y atención a cuanto sucede en nuestro entorno, para evitar peligros, para aprovechar oportunidades, pero también para saber sacar provecho de aquello que nos sucede para ese nuestro crecimiento y maduración como personas.

Esto es algo que hemos de tener muy claro en el camino de nuestra vida cristiana. En nuestra oración, en la oración que nos enseñó Jesús, pedimos no caer en la tentación y vernos libres del mal, pero de alguna manera cuando lo hacemos estamos pidiendo esa luz, esa perspicacia, esa vigilancia con que hemos de estar para no vernos invadidos por el mal, y eso contando con la gracia del Señor.

Es lo que hoy también quiere decirnos Jesús en el evangelio. El camino no siempre es fácil; la tarea del anuncio del Reino de Dios que Jesús nos confía va a encontrar mucha contradicción a nuestro alrededor; mantener nuestra fidelidad y nuestra fe algunas veces se convierte en una tarea difícil por todas las influencias que podemos recibir de nuestro entorno; el camino del evangelio no se convierte en un camino de rosas, porque muchas van a ser las zarzas y las espinas que nos encontremos en el camino; quien lleva la luz del evangelio se convierte en un signo de contradicción en medio del mundo.

¿No fue ese el camino de Jesús? ¿No lo había anunciado así el anciano Simeón a su madre María? La imagen del hijo del hombre, varón de dolores, que nos presentan los profetas nos describe bien el camino de pasión de Jesús; y el discípulo no es más ni mejor que su maestro.

‘Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, les dice Jesús a sus discípulos. Y a continuación les hablará de cómo van a ser traicionados, cómo van a ser entregados a los tribunales para ser condenados, de todo el camino de persecuciones con que se van a encontrar. El león rugiente está acechando buscando a quien devorar, nos recordará san Pedro en sus cartas. Hoy Jesús nos habla de lobos que rodean a las ovejas, aunque ya en otro momento hablará de los buenos pastores que cuidan de su rebaño y están atentos a cuando pueda venir el lobo. Pero de alguna manera ahora nos está señalando lo que va a ser el día a día de nuestra vida.

Y nos pide Jesús, sagacidad y sencillez. Sagacidad que es lo mismo que vigilancia y atención, ese cuidado con ojo avizor con que hemos de estar en nuestra vida para que nos pueda venir la tentación. Pero al mismo tiempo nos habla de sencillez porque en esa vigilancia y atención, en esa sagacidad, no poder dejar meter la malicia, la mala intención o el mal deseo.

Estar vigilantes para no caer en las redes del mal no significa que llenemos el corazón de violencia o de deseos de venganza. Es también una tentación que nos puede aparecer en nuestro corazón. Por algo en las bienaventuranzas llamará dichosos a los que son limpios de corazón que además serán los que verán a Dios; no han dejado que se enturbie el corazón y por eso tendrán los ojos claros para ver las obras de Dios, la presencia de Dios.

jueves, 8 de julio de 2021

Gratuidad, disponibilidad, generosidad, abandono en las manos providentes de Dios y paz como fruto de la semilla de amor que plantamos son señales del Reino de Dios

 


Gratuidad, disponibilidad, generosidad, abandono en las manos providentes de Dios y paz como fruto de la semilla de amor que plantamos son señales del Reino de Dios

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15

‘ld y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Volvemos a escuchar hoy el mandato y el envío que Jesús hace de sus discípulos. Recordamos ayer, había elegido a doce, a los que El quiso, de entre los discípulos a los que constituyó apóstoles para enviarlos a hacer el anuncio del Reino. Sobre ello ya ayer reflexionábamos.

El texto de hoy insiste en las señales de la llegada del Reino. Les ha dado autoridad para curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y arrojar demonios. Las señales del amor y de la vida. No podemos permitir el mal ni quedarnos en la muerte, las señales de la libertad verdadera y de la verdadera dignidad de la persona. Cuando dejamos que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida estamos llamados a la vida y al amor, alcanzamos la verdadera liberación, vivimos en la plenitud de nuestra dignidad. Nada que pueda empañar esa vida podemos dejar que se posesione de nosotros.

Es lo que se quiere expresar con esa autoridad y con ese poder que da a sus discípulos; es la semilla que tenemos que ir sembrando por nuestro mundo; son los pasos hacia ese nuevo sentido de la vida y a esa dignidad nueva que alcanzamos cuando en verdad podemos llamarnos hijos de Dios. Es lo que expresa el vivir el Reino de Dios.

Pero si nos seguimos fijando en el texto del evangelio nos daremos cuenta de esos nuevos valores que hemos de vivir. La gratuidad, la disponibilidad y la generosidad, el abandono en las manos providentes de Dios porque nos dejaremos conducir por su Espíritu y la paz que será la flor que florecerá de esa semilla de amor que plantamos.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’. Somos conscientes de ese amor gratuito de Dios porque nuestra fe no es sino respuesta a ese amor que Dios nos tiene. Y Dios nos ama, no por nuestros merecimientos, sino por su infinita generosidad. Como nos diría san Pablo lo grande y lo maravilloso es que Dios nos ama a pesar de que seamos pecadores, esa es la prueba del amor de Dios que nos amó primero, como nos dirá san Juan también en sus cartas.

La gracia que hay en nosotros eso es gracia, el amor gratuito de Dios; empleamos tantas veces esa palabra y nos fijamos en su significado más elemental, la gratuidad del amor de Dios. Como respuesta tiene que estar entonces la gratuidad de nuestra vida, la gratuidad de lo que hacemos, la gratuidad de darnos por los demás con toda generosidad. Como consecuencia la disponibilidad generosa en ese abandono en las manos providentes de Dios.

Es lo que quiere decirnos Jesús de que ni tenemos que preocuparnos de llevar algo en la alforja ni incluso de preocuparnos donde hemos de alojarnos. Como sembradores de evangelio, como anunciadores de esa buena nueva de vida y salvación hemos nosotros también de dejarnos acoger por los demás. Dios proveerá y hará florecer la paz. Será nuestro saludo y será nuestro mensaje, como va a ser también la respuesta que vamos a encontrar.

Con lo preocupados que andamos en la vida de nuestras previsiones y de nuestras provisiones. Es cierto que tenemos que valernos de todos los medios posibles que hoy incluso la técnica pone en nuestras manos con tantos medios para comunicarnos con los demás, pero cuidado le demos más valor e importancia a esos medios, a esos instrumentos que a la gracia de Dios que es la que mueve en verdad los corazones. No es nuestra palabra ni son los medios técnicos que empleamos lo que produce la conversión del corazón, sino el Espíritu del Señor que es el que produce esa fecundidad de vida en los corazones.

 

miércoles, 7 de julio de 2021

La fuerza poderosa de la gracia se manifiesta en la debilidad como se manifestó en aquellos discípulos que escogió el Señor para que fueran sus apóstoles

 


La fuerza poderosa de la gracia se manifiesta en la debilidad como se manifestó en aquellos discípulos que escogió el Señor para que fueran sus apóstoles

Génesis 41,55-57; 42,5-7.17-24a; Sal 32; Mateo 10,1-7

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Es la misión que confía a los doce apóstoles que ha elegido entre todos los que le siguen. Es lo que nos relata hoy el evangelio. Y los envía con una misión, el anuncio de la llegada del Reino. Y para ello les da poder para poder realizar las señales de que el Reino de Dios ha llegado.  ‘Y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia’. Si Dios es en verdad el único Señor de nuestra vida, eso viene a significar la expresión del Reino de Dios, nada nos puede esclavizar. Son las señales con las que vamos a expresar que ha llegado el Reino de Dios a nosotros.

Jesús ha elegido a Doce. ¿Por qué estos y no otros? Los designios de Dios son inescrutables. Podríamos decir que la trayectoria que fueron siguiendo estos discípulos de seguimiento de Jesús no fue fácil. Al final incluso uno le traicionó. Pero es que todos se dieron a la desbandada cuando fue cogido preso en Getsemaní; le abandonaron y huyeron; los veremos escondidos en el cenáculo, aun cuando han llegado noticias de que había resucitado.

Pero antes, cuanto les costaba entender a Jesús. Andaban cada uno según sus intereses, ‘queremos los primeros puestos a tu derecha y a tu izquierda’, dirán algunos; por el camino a la espalda de Jesús iban siempre discutiendo por los primeros puestos o quien era el más importante entre ellos, desconfiaban los unos de los otros porque cuando los Zebedeos piden los primeros puestos los otros diez por detrás están recociéndose en sus humanas envidias.

Pero son los que eligió Jesús, con los que quiere contar, a los que explicará con especial detalle todo el sentido del Reino de Dios aunque no lo entiendan, a quienes les anuncia lo que va a suceder en Jerusalén aunque a ellos no les entre por la cabeza; por allá estará Pedro intentando disuadir a Jesús de que lo que está anunciando no le puede pasar.

Pareciera que estamos pintando un cuadro muy oscuro de aquellos a los que Jesús eligió, pero fue la realidad. Solamente después de la Pascua, que también mucho les costó entender, después de verle resucitado y después de la venida del don del Espíritu valientes se lanzarán a cumplir la misión de Jesús.

Pero esto nos puede servir frente a pensamientos que se nos pueden pasar por la cabeza o incluso cosas que nos pueden echar en cara de los momentos de la Iglesia, e incluso de los momentos que podemos vivir hoy. quienes hemos sido o han sido llamados para una misión dentro de la Iglesia son seres humanos como todos los hombres, con los que quiere contar el Señor; pero con qué facilidad hacemos nuestros juicios y condenas, con qué facilidad se habla de la Iglesia, de sus sacerdotes o de sus pastores siempre con un juicio critico y condenatorio.

Somos seres humanos y como tales no somos perfectos. Pero nadie está dentro del corazón de los demás para saber cuales son sus luchas interiores, sus deseos de superar defectos y debilidades, su ansia de superarse para ser mejores y actuar de la mejor forma a la manera de Cristo. ¿Quiénes somos para condenar a los demás?

Pero además en una visión de fe como creyentes y cristianos que somos tendríamos que reconocer que los pastores que tenemos son aquellos con los que ha querido contar el Señor; como con aquellos discípulos a los que escogió para ser apóstoles. Y como reconocería san Pablo la fuerza de la gracia se manifiesta a través de nuestra debilidad. Quien actúa es el Espíritu del Señor que se vale de esos vasos de barro con toda su debilidad y que incluso muchas veces se pueden romper, pero que han sido los instrumentos elegidos por el Señor para hacernos llegar su gracia.

Creo que los que de verdad amamos la Iglesia, quienes queremos vivir esa actitud y postura de creyentes han de saber, hemos de saber tener otra mirada, llenando también nuestro corazón de comprensión y misericordia para descubrir detrás de esas debilidades humanas la fuerza de la gracia del Señor.

 

martes, 6 de julio de 2021

Jesús quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz

 


Jesús quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz

Génesis 32, 23-33; Sal 16; Mateo 9,32-38

Lo había anunciado con palabras del profeta en la sinagoga de Nazaret. Jesús ha venido para dar libertad a los oprimidos. Por eso proclamaba el año de gracia del Señor; el año de gracia era aquel en el que las deudas quedaban condonadas y los que carecían de libertad eran liberados. Los signos que va realizando Jesús son la señal, la muestra de esa liberación.

En el evangelio se habla con frecuencia de los endemoniados, o sea, de aquellos que estaban poseídos por el espíritu del mal; el que está poseído o dominado, sea de la forma que sea, no es libre para hacer lo que desea; la posesión significa ese dominio que se ejerce sobre algo o sobre alguien; poseído por el espíritu del mal, se sentirá impelido a hacer las obras del mal, como el esclavo que no puede hacer sino lo que su amo le mande hacer. El poseído no puede ser él mismo, no podrá expresar lo que son sus verdaderos sentimientos, no podrá actuar con verdadera libertad, no podrá tener su proyecto de vida personal, no podrá dejar de hacer aquello que no quiere hacer. Y no es eso lo que Dios quiere para la persona, creados a imagen y semejanza de Dios, lo que significa con capacidad de conocimiento y de decisión.

Creo que tenemos que entender muy bien lo que el evangelio quiere expresarnos cuando nos muestra a Jesús expulsando demonios. Con la misma autoridad con que Jesús expulsa a los demonios – aunque como vemos en el evangelio de hoy hay quienes quieren negarle esa autoridad a Jesús – le veremos por otra parte no solo curando a los enfermos sino sobre todo perdonando a los pecadores. Todo es signo de esa liberación que Cristo quiere realizar en nuestra vida. Nos quiere Jesús liberados, que nada ni nadie nos domine ni nos esclavice; por eso quiere arrancar el mal de lo más hondo de nuestro corazón para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz.

Seamos conscientes de esa liberación que necesitamos en nuestra vida, porque bien sabemos cómo el mal nos domina tantas veces en nuestra vida. Cuántas veces nos sentimos inclinados al mal y nos parece que no podemos liberarnos de esa inclinación; cuántas veces nos cegamos en nuestro interior con las diferentes pasiones y nos parece que aunque quisiéramos no podemos superar ese momento que nos llena de maldad; cuántas veces el orgullo o el amor propio nos dominan de tal manera que ya no sabemos actuar bien con los demás sino que nos aparece la malquerencia, la envidia o el resentimiento, los deseos de venganza o la violencia, y nos convertimos ciegamente en destructores de los otros.

Cuánto tendríamos que analizar en nuestra vida para darnos cuenta de esas esclavitudes de las que dependemos. Claro que también tendríamos que pensar en esas esclavitudes que nosotros imponemos a los demás cuando no les dejamos ser ellos mismos, cuando manipulamos y tratamos de dominar de la manera que sea a nuestros semejantes. Nosotros no podemos ser signos del dominio del mal, sino signos de liberación para los que nos rodean.

Jesús llega a nosotros con su compasión y con su misericordia; parecemos muchas veces esas ovejas descarriadas que andan a la deriva en la vida sin pastor. Es lo que nos expresa hoy el evangelio cuando nos habla de aquellas multitudes que acudían a Jesús, que le llevaban a sus enfermos, pero que Jesús en su compasión sentían lástima de ellos como andaban como ovejas sin pastor. Y ya nos damos cuenta que no se refería solamente a aquellas gentes que contemplamos en esas hermosas páginas del evangelio, sino que nos está mirando hoy, a nosotros y a nuestro mundo.

‘Las mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’, termina diciendo Jesús. Una oración que tenemos que elevar a Dios pero también una misión que hemos de asumir para ser esos signos de liberación para cuantos nos rodean.

lunes, 5 de julio de 2021

Los silencios de nuestros gestos cargados de la tensa emoción del amor valen mucho más que mil palabras

 


Los silencios de nuestros gestos cargados de la tensa emoción del amor valen mucho más que mil palabras

Génesis 28, 10-22ª; Sal 90; Mateo 9,18-26

Nos narra el evangelio hoy dos episodios llenos de dramatismo y de sufrimiento. ¿Cómo reaccionamos cuando inesperadamente nos suceden hechos que nos llenan de dolor, de angustia, de mucho sufrimiento? Está, es cierto, el grito desgarrador, sobre todo cuando nos enfrentamos a la muerte de un ser querido; está la angustia que se apodera de nuestro espíritu ante la que muchas veces no sabemos ni cómo reaccionar; está el desgarro y la desesperación que de alguna manera nubla nuestros sentidos y ya no hacemos lo que queremos.

Un padre llega con angustia hasta los pies de Jesús para decirle que su hija acaba de morir. Mucha es la angustia de su corazón pero aun parece que le queda un rayo de esperanza. ‘Ven, pon tu mano sobre ella y vivirá’. Pero en el episodio, en el camino, se entremezcla también con el sufrimiento de una mujer que se siente con una enfermedad incurable y que además en la cultura propia de aquel tiempo era algo tremendamente vergonzoso; se siente quizá marginada porque aunque los demás no lo sepan ella sabe cual es su enfermedad y que prácticamente no podría mezclarse con nadie porque sería la contaminación de una impureza legal. Y aquella mujer que sufre en silencio, en silencio también se acerca a Jesús con una esperanza, solamente tocándole el manto piensa que curará.

Pero a Jesús le vemos pronunciar pocas palabras. Quizá no sean necesarias muchas palabras para estar al lado de un corazón que está lleno de angustia. Simplemente se pone en camino a la casa de aquel afligido padre. Cuando llegue no querrá gritos ni alborotos de llantos de plañideras porque la muerte no ha tenido la última palabra. Aquellos gritos y lamentos de plañideras servirán de poco consuelo, aunque ritualmente haya que hacerlo así, para una familia que se siente rota por la muerte de una hija.


Pero la presencia de Jesús alienta la esperanza, despierta la fe. Como despertó al paso del camino la fe de aquella mujer que se siente desesperada en su enfermedad. En el camino bastará la mano de la mujer que se extiende con fe y esperanza hasta la orla del manto de Jesús, como al llegar al lugar de la niña que ha muerto será la mano de Jesús la que se tienda para tomar a la niña de su mano y levantarla viva para devolvérsela a sus padres. ‘Basta que tengas fe’, le dirá a aquel padre desconsolado y ahora a la mujer que se ha sentido curado le dirá ‘tu fe la ha curado’.

¿Nos estará enseñando Jesús cuales han de ser nuestros gestos, las actitudes profundas que también nosotros tengamos ante el mundo de sufrimiento que nos rodea? aprendamos a estar en silencio, aprendamos a caminar en silencio al lado del que sufre. Algunas veces nos revolvemos en nuestro interior buscando palabras, buscando razonamientos, buscando pruebas, buscando mil recursos, que solo son muchas veces gritos y lamentos de plañideras, para consolar o para levantar el ánimo de los que están tirados al borde del camino.

Bastará quizás una mirada, un detenerse a su lado, un sentarnos en silencio, una mano amiga que se tiende o que se pone sobre el hombro, un rescoldo de amor que brote de nuestro corazón con nuestros gestos o con nuestra simplemente presencia. Algunas veces ese gesto es más difícil que pronunciar miles de palabras, pero quizá sea más eficaz si estamos mostrando todo el amor que hay en nuestro corazón. Hay silencios cargados de la emoción tensa del amor que valen mucho más que mil palabras.

domingo, 4 de julio de 2021

Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

 


Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Alguna vez puede sucedernos que tenemos un proyecto preparado con el mayor entusiasmo y dedicación con el que uno piensa que aquello puede ser la gran solución a graves problemas o situaciones para las que hasta entonces no se había encontrado salida o quizás pocos realmente se habían preocupado por resolver dicha situación y nos encontramos con el rechazo de frente, bien porque gente interesada no cree que esa sea la solución que quizás pueda afectar a sus intereses personales, bien por antipatías personales que tratan de desprestigiarnos. Nos sentiremos mal seguramente, podemos reaccionar con un abandono a su suerte de aquellos planes propuestos, heridos por el amor propio nos podremos poner guerreros y llenarnos de violencias, o nos sentiremos fracasados, por mencionar algunas posibles salidas.

¿Creemos de verdad en esos proyectos o en esos planes? ¿Nos sentiremos con la responsabilidad de llevarlos adelante contra todo viento o marea? ¿Nos volveremos algo así como unos quijotes que luchamos algunas veces casi sin saber contra quienes luchamos? ¿Seremos capaces de arriesgarnos a lo que pueda venir y seguir adelante con esos planes que tratan de mejorar alguna situación?

Nos encontramos en la vida con gente luchadora, que no como quijotes, sino como unos auténticos profetas luchan por unos ideales y por unas metas, tienen claros sus objetivos en la vida, buscan la manera de llevar adelante aquello que ellos consideran justo, y eso lo podemos ver en muchos aspectos de la vida. Serán quizás unos incomprendidos y muchas veces se sentirán solos, pero siguen adelante con arrojo y valentía luchando por poner ese grano de arena, que algunos no aceptan, pero que ellos saben que pueden mejorar nuestro mundo, nuestra sociedad.

¿Cómo se sentiría Jesús cuando fue a su pueblo, donde se había criado, Nazaret, y al intentar enseñar en la sinagoga como ya venía haciéndolo en otros lugares se encontró con el rechazo de su gente, de sus convecinos, incluso quizás de algunos familiares? No es extraño esto que digo de los familiares porque ya nos dice el evangelio en otro lugar que en una ocasión su familia pretendió llevárselo con ellos porque decían que no estaba en sus cabales. ¿Sentiría sensación de fracaso? Ya nos dice el evangelista que se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro.

Era el hijo de María y de José el carpintero; por allí andaban sus hermanos y familiares; ellos no habían visto que asistiera a ninguna escuela rabínica para aprender y tener algún título para enseñar. ¿Qué autoridad y qué sabiduría era esa?

Pero ya nos dice el evangelista para cerrar este episodio que siguió enseñando por los pueblos de alrededor. Jesús tenía claro cual era su misión profética. Reconoce con el dicho popular que ningún profeta es bien mirado en su tierra, que solo en su tierra lo rechazan y no lo aceptan. El anuncio del Reino de Dios no podía dejar se realizarse. Como profeta no podía callar, aquello que había recibido del Padre. Y empleamos esta expresión de profeta para referirnos a Jesús sin mermar ni un ápice lo que era el ser y la misión de Jesús.

Como nos dirá en otros momentos del evangelio El no nos trasmite otras cosas sino lo que ha recibido de su Padre, es el enviado del Padre. Como se nos dirá en otro momento tanto fue el amor que Dios nos tenía que nos envió y nos entregó a su Hijo único, nos dio a Jesús. El Verbo de Dios que era la luz de los hombres, aunque los hombres la rechazasen, porque las tinieblas tratan de rechazar, de ahogar la luz. Y la luz no se puede ocultar debajo del celemín, sino que hay que ponerla bien alto para que ilumine a todos los de la casa.

Con Jesús nosotros desde nuestro bautismo – para eso fuimos ungidos – hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes, porque así nos configuramos con Cristo para ser como El. Por eso tenemos también que tener muy claro cuál es nuestra misión en medio del mundo. El mundo necesita profetas y es lo que tenemos que ser en verdad los cristianos en medio del mundo. No lo podemos olvidar. Aunque no nos acepten o nos rechacen; aunque seamos unos incomprendidos y hasta perseguidos por realizar esa misión. Pero tenemos que reconocer que tenemos medio abandonada esa misión profética. Como tenemos que saber descubrir y apreciar a esos profetas, aún sin fe, que en medio de nuestro mundo luchan por causas justas, que no son nuestros contrincantes en la lucha por un mundo mejor, sino que en todo lo bueno que haga un mundo más justo hemos de saber colaborar.

Es la misión de la Iglesia que no puede olvidar, de la que no se puede escaquear. Necesitamos en verdad una Iglesia profética en medio del mundo de hoy para que pueda realizar en verdad la misma obra de Jesús. A alguien le escuché decir en una ocasión hablando de la oración por las vocaciones al Sacerdocio ante la escasez de sacerdotes que más bien tendríamos que pedir al Señor por la abundancia de vocaciones de profetas. Es lo realmente necesitamos en la Iglesia, profetas auténticos que miren con los ojos de Dios nuestro mundo y nuestra sociedad para traernos la Palabra de Dios que nos ilumine y nos transforme. Es lo que hizo Jesús. Es nuestra tarea y nuestra misión.

sábado, 3 de julio de 2021

Que podamos escuchar esa bienaventuranza del Señor que nos llama dichosos por haber creído sin haber visto abriendo las puertas del cenáculo de nuestro corazón

 

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Que podamos escuchar esa bienaventuranza del Señor que nos llama dichosos por haber creído sin haber visto abriendo las puertas del cenáculo de nuestro corazón

Efesios 2, 19-22; Sal 116; Juan 20, 24-29

‘Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús…’ así comienza diciéndonos el relato del evangelio. Los discípulos tras todo lo que había sucedido aquellos días en Jerusalén, y de manera especial cuanto había sucedido con su Maestro al que habían prendido, entregado en manos de los gentiles y crucificado, estaban encerrados en aquella sala que le habían facilitado para la cena pascual.

Estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos.  Pero Tomás no estaba; más liberal que los otros, con menos miedo pensando que a él no le iban a hacer nada, quizá explotando por aquel encierro que ya se le hacia insoportable, el hecho es que no estaba con el resto cuando vino Jesús.

Durante la mañana habían corrido toda clase de noticias porque el sepulcro estaba vacío, porque algunas mujeres hablaron de aparición de ángeles, porque algunas contaban su experiencia de haber visto a Jesús, Pedro y Juan habían acudido también al sepulcro, y lo habían encontrado como habían dicho las mujeres, algunos discípulos se habían ido a sus casas como los de Emaús, pero hasta entonces ellos no habían visto a Jesús.

Cuando regresa Tomás al fin se encuentra con la noticia. ‘Hemos visto al Señor’. Pero él no estaba, él no lo ha visto, y para creer lo que le dicen exige pruebas. Meter sus dedos en las hendiduras de los clavos, meter su mano en la llaga del costado. Si no lo veo, no lo creo. Por eso a los ocho días, y ahora sí estaba Tomás con ellos, cuando Jesús vuelve a manifestárseles será Jesús el que se acerque al incrédulo Tomás para ofrecerle las hendiduras de sus manos y la llaga de su costado para meta los dedos, para que meta la mano. Y ya sabemos la reacción de Tomás, que como se suele decir se queda mudo por la sorpresa, aunque si podría pronunciar aquellas palabras que serán una hermosa confesión: ‘¡Señor mío y Dios mío!’

‘¡Dichosos los que crean sin haber visto!’ será la afirmación de Jesús. Una afirmación que viene para nosotros. Aunque muchas veces también nos entra la misma tentación y duda de Tomás, creemos por el testimonio de los Apóstoles, por el testimonio de cuantos antes que nosotros han creído también en Jesús y su experiencia nos ha valido a nosotros para tener la misma experiencia.

‘Hemos visto al Señor’, nos dicen aquellos primeros testigos, pero será también el testimonio que a través de los siglos se ha ido pasando de boca en boca. Porque quienes en verdad ponen su fe en Jesús no necesitarán de esa experiencia física que podríamos llamarla sino que la experiencia espiritual que han vivido en sus vidas es como si hubieran visto al Señor también y es lo que nos han transmitido.

Es la experiencia que también nosotros hemos de vivir porque con la fe abrimos las puertas del cenáculo de nuestro corazón para que Jesús esté ahí también en medio, en medio de mi vida y a través de mi vida pueda estar también en medio de nuestro mundo. Es lo que tenemos que vivir y lo que tenemos que trasmitir.

Algunos en ocasiones nos pedirán razones y pruebas, como dicen ellos, para poder creer. No son esas pruebas basadas en razonamientos humanos, que también podríamos ofrecer, los que de verdad van a despertar la fe; la prueba está en nuestra propia vida, en cómo nosotros vivimos precisamente a partir de esa fe que decimos que tenemos en Jesús. Desde esa fe nuestra vida tiene que sentirse transformada, porque hay algo que sentimos en nuestro corazón, en lo más hondo de nosotros mismos, que nos será difícil muchas veces de explicar pero es la alegría y el gozo de su presencia que nos transforma.

Abramos esas puertas que muchas veces tenemos muy cerradas en nuestro espíritu para que pueda despertarse en nosotros ese don de la fe que Dios nos concede. Aunque El puede entrar como entró en el cenáculo sin que fuera necesario abrir las puertas, El quiere contar con nosotros, con esa apertura a la fe que nosotros tengamos en nuestro corazón para inundarnos con su presencia y con su vida.

Es lo que nos enseña esta fiesta de Santo Tomás Apóstol que hoy estamos celebrando. Que podamos escuchar esa bienaventuranza del Señor que nos llama dichosos por haber creído sin haber visto abriendo las puertas del cenáculo de nuestro corazón.

viernes, 2 de julio de 2021

Jesús nos propone en la opción de la misericordia, porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás

 


Jesús nos propone en la opción de la misericordia, porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás

Génesis 23,1-4.19; 24,1-8.62-67; Sal 105;  Mateo 9,9-13

¿Por qué iremos dándonos de orgullosos en la vida y creyéndonos los mejores? Al final tenemos que reconocerlo. No somos tan perfectos aunque nos creamos buenos; sin embargo ante los demás queremos aparentar, nos cuesta reconocer nuestras debilidades, es más, en ocasiones nos volvemos intransigentes porque les pedimos a los otros unos niveles de conducta que nosotros no nos preocupamos de alcanzar. Para nosotros siempre tendremos alguna disculpa, para los demás lo que más fácil nos sale es el juicio y la condena. Siempre estaremos mirando con lupa la vida de los demás, pero para nuestra vida ponemos unas pantallas.

Pero siempre hay en nosotros una miseria que necesita de la comprensión y de la misericordia. Montados en el caballo del orgullo y de la soberbia no podremos aguantar mucho tiempo, aunque nos cueste bajarnos de ese caballo. Y cuando con sinceridad llegamos a reconocer nuestras debilidades y encontramos en los demás comprensión y misericordia, qué distintos nos sentimos. Al final tenemos que estar agradecidos.

Por eso Jesús nos pone en la opción de la misericordia; porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás. El camino de Jesús es ir buscando allá donde hay un corazón roto porque con su amor quiere recomponerlo.

Por eso vemos cuáles son sus preferidos, los pobres y los que sufren; sufrimiento que vemos especialmente expresado en los enfermos de todo tipo de enfermedad que acuden a Jesús, pero que con esa cercanía Jesús quiere expresarnos otra hondura, para que seamos en verdad sensibles a todo tipo de sufrimiento; porque hay sufrimientos que llevamos en el corazón que son más duros de pasar que el tener algunas limitaciones físicas o tener nuestro cuerpo enfermo. Se expresa perfectamente en la búsqueda de Jesús de los pecadores. Aunque haya muchos que no lo entiendan, porque no llegan a vivir la experiencia de la misericordia.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. La ocasión ha sido que Jesús ha llamado para que le siga y forme parte del grupo a un recaudador de impuestos. Es la vocación de Leví o de Mateo según sea el evangelista que nos traiga el relato. Ya es sorpresivo y verdaderamente significativo que Jesús llame para seguirle a alguien que no tiene buena prensa entre el pueblo. Los recaudadores de impuestos eran mal mirados, tan mal que los llamaban publicanos que era algo así como decirle que eran unos pecadores. Es cierto que los manejos de los dineros siempre tienen el peligro de manchar no solo las manos sino el corazón y muchos se convertían en verdaderos usureros; por otra parte eran considerados como unos colaboracionistas con el poder instituido, porque para ellos eran los impuestos que cobraban, lo que hacía que aún los consideraran peor.

Jesús ha llamado a Mateo que con una disponibilidad total deja atrás todas las cosas para irse con Jesús. Tan contento está que ofrece una comida a la que además de Jesús y los discípulos que ya le seguían estarán invitados los compañeros de profesión de Mateo. Los fariseos ponen el grito en el cielo, porque Jesús se ha mezclado con toda esa gente y come con ellos. Y es cuando nos deja el mensaje, el médico no es para los sanos sino para los enfermos, El ha venido para buscar a la oveja perdida por eso se acercará a los pecadores e incluso comerá con ellos porque es una manera de significar lo que es la misericordia del Señor que lo que mira es el corazón. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, recuerda Jesús con palabras de la Escritura.

Aquellos hombres y mujeres que eran despreciados por todos a los que consideraban unos pecadores y nadie querrá mezclarse con ellos se sienten acogidos y valorados por Jesús. Es el primer gesto que llama al corazón. Es decirnos que Dios nos ama y cuenta con nosotros a pesar de nuestras debilidades o nuestros pecados. Es un sentirnos levantados por la mano del Señor igual que levantaba a los paralíticos de sus camillas para ponerlos a andar, así levanta el corazón del hombre pecador para ponerlo también en camino de vida nueva.

Cómo nos sentimos reconfortados cuando a pesar de nuestras miserias nos sentimos comprendidos y aceptados, así tenemos que aprender a hacerlo con los demás. Tenemos que aprender a ser signos de esa misericordia sabiendo acercarnos con humildad y delicadeza, con mucha empatía y con mucho amor a esos corazones rotos que nos podemos encontrar a nuestro lado. Como Jesús sentarnos a la mesa con ellos, caminar a su lado, mostrar nuestra cercanía, nuestro respeto y nuestra comprensión, ser capaces de aceptar y valorar. ¿No será eso lo que también buscamos para nosotros? Sepamos ofrecerlo a los demás.

jueves, 1 de julio de 2021

También nos dice Jesús que tengamos confianza y nos pongamos en pie para ser libres de toda atadura, El nos regala el perdón y nos pone en camino de vida nueva

 


También nos dice Jesús que tengamos confianza y nos pongamos en pie para ser libres de toda atadura, El nos regala el perdón y nos pone en camino de vida nueva

Génesis 22, 1-19; Sal 114; Mateo 9,1-8

‘Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa’. ¿Era lo que esperaban? Cuando Jesús llega a Cafarnaún lo primero que se va a encontrar es aquel grupo de hombres que portando una camilla ponen ante El a un paralítico para que lo cure.  Ya ha corrido la noticia de las obras y signos que realiza Jesús, por eso vendrán por si mismos aquellos enfermos que aun pueden valerse, otros serán traídos de la mano quizá como los ciegos que por sí solos no se pueden valer en medio de aquellas muchedumbres que se agolpan en torno a Jesús, ahora será un paralítico en una camilla el que llevan hasta los pies de Jesús. En el texto paralelo de los otros evangelistas se nos dirá incluso que por el gentío no podían entrar por la puerta y lo descolgaron del techo abriendo un boquete. De una forma o de otra Jesús se fija, admira y valora la fe de aquellos hombres.

Era lo que esperaban, que aquel hombre se pueda poner en pie, valerse por sí mismo e incluso regresar a su casa. Pero Jesús quiere levantarlo de algo más. La enfermedad y la invalidez pueden ser un signo de nuestro pecado, que no significa que tengamos que verlo como un castigo divino por nuestros pecados y Jesús quiere que el signo sea lo suficientemente significativo. Por eso sus primeras palabras serán ‘ten confianza, hijo, tus pecados están perdonados’. Ha venido para que tengamos vida y tengamos vida en abundancia; va a derramar su sangre en la cruz para establecer una nueva alianza para el perdón de nuestros pecados. Nos va dando señales ya.

No nos podemos quedar hundidos en nuestra parálisis ni tumbados sobre la camilla que sea signo de nuestra invalidez y nuestro pecado. ‘Ponte en pie…’ le dice. Ya no son necesarias esas muletas o esas camillas que sostengan nuestra invalidez porque para nosotros hay vida nueva. Tenemos que ponernos en pie y echarnos a andar porque se abren caminos nuevos delante de nosotros. Aquello que nos parecía imposible alcanzar ahora ya está a nuestra mano, pero no nos podemos quedar quietos, como si todavía estuviéramos paralizados.

Vete a tu casa, vuelve a tu vida, vete al encuentro con los tuyos y al encuentro con los demás, vete a ese mundo donde siguen habiendo tantos que viven paralizados para que seas un signo de que es posible un mundo nuevo, que también todos pueden levantarse y echarse a caminar. No dejes aquí tu camilla que ya no la necesitamos, ahora podemos caminar con la seguridad del hombre nuevo, del hombre libre, del hombre que se ha liberado de todas las ataduras posibles, que ya nada lo detiene.

‘Tus pecados están perdonados’. ¿Cuáles son las peores ataduras de nuestra vida? miremos desde nuestra experiencia aquellas pasiones que no nos han dejado ser nosotros mismos, miremos desde nuestra experiencia aquellas rutinas que nos hacían torpes en nuestro caminar, miremos desde nuestra experiencia aquellos orgullos o aquellos recelos que ponían trabas al verdadero entendimiento o nos endiosaban de tal manera que nos apartaban del encuentro verdadero con los demás, miremos desde nuestra experiencia ese egoísmo que nos volvía insolidarios con los otros porque solo nos hacía pensar en nosotros mismos, y así podemos seguir mirando muchas cosas en nuestra vida que necesitan esa liberación, ese romper ataduras, ese borrar tantas sombras que ennegrecían nuestra vida. ‘Tus pecados están perdonados’, nos dice también a nosotros Jesús.

Y aquel hombre se levantó de su camilla, como le decía Jesús, la tomó y la cargó sobre sus hombros y marchó a su casa. ¿Será acaso un signo del cargar con la cruz que Jesús nos pide para seguirle de verdad?

miércoles, 30 de junio de 2021

Que nuestras rutinas y tibiezas no nos hagan perder la sensibilidad espiritual para poder saborear el vino nuevo del Evangelio de Jesús

 


Que nuestras rutinas y tibiezas no nos hagan perder la sensibilidad espiritual para poder saborear el vino nuevo del Evangelio de Jesús

Génesis 21,5.8-20; Sal 33; Mateo 8,28-34

¿Nos habremos adaptado tanto a nuestras viejas costumbres que llegaríamos a ser incapaces de ver lo bueno que se nos ofrece y en nuestro inmovilismo lo rechazamos?

Aunque hoy cualquiera puede presumir de avanzado y de progresista, de que siempre está abierto a lo nuevo, muchas veces sin embargo en nuestro interior sentimos una resistencia a lo que pueda significar cambio o abrirnos a algo distinto. Estamos tan bien como estamos, o nos sentimos tan bien con lo que tenemos que no apetecemos otra cosa y un posible cambio pareciera que nos exige un esfuerzo sobrehumano que no estamos dispuestos a afrontar.

Hay gente que en su novelería (afán obsesionado y hasta enfermizo por lo nuevo) quizás viven alegremente y con cierta superficialidad lo nuevo que se le va ofreciendo, mientras otros se muestran reticentes y desconfiados ante un posible cambio. De alguna manera ocultamos un cierto conservadurismo contentándonos con conservar lo que tenemos y no aspiramos a lo nuevo por miedo quizá a quedarnos sin nada. No quieren arriesgar, como suelen decir más vale pájaro en mano que ciento volando.

Todo esto va con el avance y progreso de la vida de la sociedad, pero esto se manifiesta también en el camino comprometido de nuestra vida cristiana donde simplemente nos contentamos con conservar, pero será quizá cómo al final nos quedemos sin nada. A los tiempos nuevos tenemos que responder con una apertura de espíritu, no pensando que todo lo que nos pueda venir de nuevo sea malo, sino que hemos de saber discernir cómo el Espíritu del Señor aletea (valga la expresión) entre nosotros y nos hace saborear lo nuevo que podamos descubrir.

En cierto modo era el rechazo que desde ciertos sectores de la sociedad judía había hacia Jesús. ¿Por qué lo rechazaban los dirigentes de Jerusalén, los sumos sacerdotes o los que de alguna manera tenían alguna influencia sobre el pueblo, como los grupos organizados como saduceos o fariseos? La novedad que les ofrecía Jesús que les tenía que conducir a una mayor autenticidad de la vida y que les haría despojarse de sus caretas de hipocresía con que querían aparentar algo que realmente no llevaban en su interior y que temían les pudiera hacer perder su influencia sobre el pueblo. Muchos intereses creados en su entorno de los que no querían despojarse.

Hoy en el evangelio vemos otro episodio, lejos precisamente de esos ambientes del entorno del templo de Jerusalén, en que también se manifiesta un rechazo de Jesús. Es cierto que en cierto modo son tierras paganas, tierras de gentiles, pero allá ellos tenían su vida y sus costumbres, llegando hasta a acostumbrarse a aquella presencia de aquellos endemoniados que incluso mucho daño les hacían. Jesús llega hasta ellos con su palabra salvadora que se manifiesta en la expulsión de aquellos espíritus inmundos que terminarán posesionándose de las piaras de cerdos que por allí pastaban y que caerán despeñados al agua del lago donde se ahogan.

Los hombres poseídos por aquellos espíritus inmundos quieren resistirse a la presencia de Jesús; los porquerizos huyen de lo sucedido marchando corriendo hacia el pueblo; pero finalmente serán los habitantes del lugar los que vendrán a ver lo sucedido pero manifestarán su rechazo a Jesús pidiéndole que se marche del lugar y se vaya a otra parte. ¿Preferían vivir bajo la influencia y amenazas de aquellos endemoniados y continuar con el cuidado de sus cerdos?  Es significativo que precisamente sea una piara de cerdos la que se despeñe en el lago, cuando los cerdos para los judíos eran los animales impuros cuya carne incluso no podían consumir. Se les ofrece la libertad y dignidad de una vida nueva – son significativos los gestos – pero ellos prefieren quedarse como estaban y rechazan la Buena Nueva de Jesús.

Esto también tendría que hacernos pensar a nosotros cuando en nuestra vida se plantea un camino de superación, un camino de ascensión arrancándonos de nuestros vicios o nuestras malas costumbres, de nuestras rutinas y de la tibieza espiritual con que vivimos, y ponemos quizá tantas pegas al cambio que tendríamos que realizar en nuestra vida.

¿De verdad queremos saborear el vino nuevo del evangelio que nos ofrece Jesús? ¿Con nuestras rutinas o con nuestra tibieza habremos quizá perdido esa sensibilidad para apreciar todo lo nuevo y todo lo bueno que nos ofrece el estilo del camino de Jesús?

 

martes, 29 de junio de 2021

Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

 


Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

Hechos de los apóstoles 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Son momentos de una mayor intimidad. En ocasiones Jesús se los llevaba a lugares apartados donde pudieran estar solos para poder hablarles con una mayor cercanía. En ocasiones lo había intentado y se había encontrado con una multitud que estaba allá esperándole. Ahora caminaban casi a los límites de Palestina, allá por donde nacía el Jordán. Y llega el momento de preguntas y de confidencias.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Una pregunta que puede parecer genérica y que admitía también una respuesta genérica. Las gentes se manifestaban cuando veían las obras y los signos de Jesús o cuando escuchaban sus palabras. ‘Nadie ha hablado igual, decían… un gran profeta ha aparecido entre nosotros… Dios ha visitado a su pueblo’. Lo consideraban un profeta, un hombre de Dios. Si Dios no estaba con El no podía hacer las obras que El  hacía, como reconocería incluso Nicodemo. Un profeta muy grande, como Elías, como los antiguos profetas, como Juan el Bautista a quien todos habían conocido y también escuchado.

Pero Jesús quería algo más. Como diríamos nosotros, que se mojaran, que expresaran su propia opinión, que dijeran realmente lo que para ellos significaba Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Cuando las preguntas son directas así suele reinar el silencio, nadie quiere romper para comenzar a hablar. Pero allí estaba Pedro. El era decidido. El salía siempre el primero ya sea para expresar su pensamiento, para expresar dificultades ante lo que Jesús pide – ‘hemos estado toda la noche bregando y no hemos cogido nada’ - o también para tratar de disuadir a Jesús de que nada le podía pasar de todo aquello que anunciaba que le sucedería en Jerusalén.

Reticente, quizá al principio, ante el anuncio de su hermano Andrés, sin embargo se había dejado llevar por su hermano y había ido a conocer a Jesús. La sorpresa entonces sería que ya Jesús le cambiaría de nombre. Por eso cuando Jesús pasa a la orilla del lago y los invita a seguirle allí está pronto para dejar redes y barca y para irse con Jesús. Su casa en Cafarnaún se había convertido de alguna manera en la casa de Jesús, de donde partiría para todas sus correrías apostólicas. Sería, sin embargo, el que aunque veía la dificultad de la pesca, cuando Jesús le pide que reme mar adentro y eche las redes, estará pronto para hacerlo por la fe en la palabra de Jesús, ‘en tu nombre echaré las redes’. Se sentirá pequeño entonces ante las maravillas de Dios y no se considera digno de estar en la presencia de Jesús, ‘apartate de mi que soy un hombre pecador’, pero Jesús le quiere para ser pescador de hombres. Con Jesús haría aquellos caminos de Galilea y que un día le conducirán también a Jerusalén.

Pero eso ahora será el primero en tomar la palabra para dar respuesta a Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, el Hijo del Dios vivo’. ¿Qué está diciendo Pedro? Con lo que está diciendo está expresando mucho más de lo que le gente se preguntaba si acaso Jesús no sería el Mesías. Pedro afirma con toda rotundidad que es el Ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo. ¿Lo dirá por sí mismo? ¿Lo habrá ido aprendiendo en aquel contacto tan cercano con Jesús que mantenían aquellos discípulos escogidos? Sin embargo ninguno se había atrevido a afirmarlo. Por eso le dirá Jesús que no lo ha aprendido por sí mismo, sino que el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón.

Pero Jesús le dice más. ‘Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’.

Un día le había cambiado de nombre y ahora viene a encontrar su significado. Es la piedra sobre la que se edificará la Iglesia. Cristo es la piedra angular, la que nos trae la salvación, es el único Salvador y Mesías. Pero aquella comunidad que va a nacer, todos los que van a confesar de la misma manera la fe en Jesús como el Hijo de Dios y nuestra salvación va a estar congregada en una unidad en torno a Pedro; Pedro va a ser esa piedra sobre la que se edificará la Iglesia, el que nos va a mantener en esa comunión y en esa unidad, el que nos va a mantener firmes en esa fe en Jesús. ‘Mantente firme para que alientes la fe de tus hermanos’, le dirá Jesús en otra ocasión.

‘El poder del infierno no la derrotará’. Podrán venir temporales, como la imagen de aquellas tormentas en medio del lago donde parecía que la barca se hundía. Allí está Jesús. Podrán venir momentos de duda, de tentación, de desaliento, de tener la impresión de que está todo perdido y hasta nos podrán nuestros miedos y aparecerán debilidades y cobardías, pero más allá de todo eso está la mirada de Jesús. Pedro lo pasó en el comienzo de la pasión, pero Jesús pasó a su lado en silencio, solo le habló con la mirada, y fue suficiente para su arrepentimiento. Más tarde porfiará una y tres veces que ama a Jesús, que Jesús bien lo sabe que está dispuesto a dar la vida por El, y Jesús seguirá confiando en él, ‘apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’.

Hoy que celebramos la fiesta de san Pedro y san Pablo – aunque en nuestro comentario nos hemos centrado más en la figura de Pedro -  es un momento muy especial para expresar y confesar nuestra fe en Jesús. Un momento de especial resonancia eclesial, cuando sentimos que Pedro es esa piedra sobre la que se fundamenta la Iglesia. Un momento para levantarnos con ánimo y con esperanza, porque a pesar de que sean muchas nuestras debilidades y negaciones, a pesar de las tormentas que en medio del mundo nos toca sortear, tenemos la certeza de la Palabra de Jesús. ‘El poder del infierno no la derrotará’, porque con nosotros está Jesús, nos ha dejado su Espíritu y poder sentir de manera especial su presencia en la Iglesia.

Y es que Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos. Hagámonos dignos de esa confianza de Jesús.

lunes, 28 de junio de 2021

En el Reino de Dios, en el Reino de los cielos una cosa hemos de tener muy clara, la confianza absoluta que ponemos en Dios cuando nos ponemos en sus manos

 


En el Reino de Dios, en el Reino de los cielos una cosa hemos de tener muy clara, la confianza absoluta que ponemos en Dios cuando nos ponemos en sus manos

Génesis 18,16-33; Sal 102; Mateo 8,18-22

Es humano que en la vida tengamos seguridades en el camino que tengamos que hacer, puntos de apoyo fuertes en aquellos planes o proyectos que nos tracemos para la vida; y ya nos enseñan cómo a la hora de planificar algún proyecto tengamos bien claro no solo lo que vamos a hacer, sino también con aquellos medios que contamos para llevarlo adelante; no podemos perder el punto de vista de lo que son los objetivos en si, sino también el camino que hemos de recorrer para llegar a alcanzar esos objetivos; eso nos hace planificar muy bien para poner tener unas seguridades o unas certezas en aquello que vamos a realizar.

Ahora bien si nos viene alguien que nos presenta un proyecto o un plan pero no nos da la seguridad de tener al menos un techo bajo el cual nos podamos cobijar, seguro que nos lo pensamos muy bien y no estaremos tan seguros si realmente aceptamos o no ese plan.

Pues parece que con lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio todos esos presupuestos se nos vienen abajo. Un escriba quiere seguir a Jesús y está dispuesto a todo para seguirle, vaya a donde vaya, pero da la impresión de que Jesús le da un parón a su entusiasmo porque le dice que quien le sigue a El ha de tener en cuenta que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza; que más seguros andan los pajarillos del cielo con sus nidos o las zorras con sus madrigueras donde refugiarse.

¿Qué nos querrá decir Jesús? En el Reino de Dios, en el Reino de los cielos hay una cosa que hemos de tener muy clara, que es la confianza absoluta que ponemos en Dios cuando nos ponemos en sus manos. Y esto no lo hacemos para tener todos los problemas resueltos, sino para lanzarnos con total disponibilidad por nuestra parte porque primero que nada buscamos el Reino de Dios y su justicia, como nos dirá en otro momento, que lo demás se nos dará por añadidura. Claro que esa disponibilidad significará vaciarnos de nosotros mismos porque no actuaremos desde nuestros intereses o nuestros caprichos, sino que siempre buscamos la gloria del Señor.

Y nos dirá también que cuando le seguimos estamos optando por la vida, que no nos podemos entretener en cosas de muerte, y que así tendremos que arrancar de nuestro corazón toda clase de apegos. No significa que la familia y sus dolores humanos no los tengamos en cuenta, todo lo contrario, pero es que el mensaje que allí siempre hemos de llevar es un mensaje de amor y de vida.

Nos está previniendo Jesús para todas esas tentaciones y todos esos apegos que nos pueden entorpecer para vivir en la libertad del amor verdadero. Algunas veces tenemos la tentación de que en aquellas cosas buenas que hacemos es como si quisiéramos estar cosechando unas seguridades, unos beneficios o unos apoyos humanos. Eran aquellos que por la rica posesión de unos bienes hacían donaciones a la Iglesia para que pusieran placas con su nombre o pudieran tener unos lugares de honor en nuestros templos. Y nos queremos rodear de prestigios a lo humano, nos queremos rodear de oropeles de honores y lisonjear humanas, nos queremos subir a algunos pedestales que nos hagan parecer grandes e importantes.

Y eso nos puede suceder en el ámbito de nuestra iglesia, y eso puede suceder en el mundo religioso de los que se consideran dirigentes de la Iglesia pero que más pueden parecer autoridades políticas - hasta les hemos robado el nombre porque obispos eran los gobernadores e inspectores de las provincias del imperio romano - que auténticos pastores que caminan en medio de su rebaño y como nos dice el papa Francisco con olor de oveja.

¿Llegaremos a entender bien lo que significa seguir a Jesús, el Hijo del Hombre que no tiene donde reclinar su cabeza?

domingo, 27 de junio de 2021

Con ojos de fe hagamos una lectura creyente de nuestra vida para darnos cuenta de que en los peores momentos siempre Jesús estuvo caminando a nuestro lado

 


Con ojos de fe hagamos una lectura creyente de nuestra vida para darnos cuenta de que en los peores momentos siempre Jesús estuvo caminando a nuestro lado

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2Corintios 8, 7. 9. 13-15; Marcos 5, 21-43

‘Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva’. Es la súplica de Jairo, el jefe de la sinagoga que acude a Jesús. Su niña está en las últimas. En el desarrollo de la escena, con las tardanzas en llegar a la casa de Jairo, le avisarán de qué para qué molestar más al maestro, porque la niña ha muerto. A su llegada ya estaban las plañideras cumpliendo su oficio en el duelo.

Una súplica llena de esperanza pero que las circunstancias harán que parezca que hasta la esperanza se pierde, porque no hay nada que hacer. ¿Nos recordará esto algo de lo que pasa entre nosotros? Será con motivo de una enfermedad grave, donde hacemos todo lo que está a nuestro alcance o nos valemos de los medios que la ciencia incluso nos pueda ofrecer, pero que llega un momento en que parece que todas las esperanzas se derrumban. La gravedad de la enfermedad, la muerte quizás que acecha.

Serán quizás los problemas en los que nos vemos envueltos en la vida. ¿Quién no tiene problemas? ¿Quién no ha pasado momentos de zozobra porque surgió un problema que iba a arruinar nuestra vida y del que no sabíamos cómo librarnos? Situaciones de angustia, de desesperanza, momentos en que lo vemos todo oscuro porque nos parece que todo está contra nosotros. Cosas que nos angustian y nos llenan de miedo, nos desorientan y no sabemos a donde acudir, cosas que nos duelen por dentro y que hacen brotar muchas veces una rebeldía interior.

Será por lo que tantos han pasado en este último año de la pandemia con las personas que se contagiaban y enfermaban, que luchaban entre la vida y la muerte ayudados por todo lo que los servicios sanitarios podían ofrecer, mientras los familiares tenían que quedarse a la distancia sin nada que hacer refugiándose solamente en la oración porque nada más se les permitía siempre con la esperanza del milagro, de poder ver un día a su familiar salir de aquella situación para volver al reencuentro con los suyos, la vuelta a su casa. 

Y en nuestro interior se entremezclan multitud de sentimientos y de interrogantes. ¿Qué nos vale la vida? ¿Qué sentido tiene todo este sufrimiento? ¿Cuáles son las cosas verdaderamente importantes de la vida? Quizás nos vemos abocados a despojarnos de todo, desde nuestras ideas preconcebidas o hasta de aquellas cosas que antes considerábamos tan importantes y de las que vemos ahora su poco valor. ¿Nos obliga todo esto a hacer como un reciclaje en la vida? ¿Habrá que plantearse el valor de muchas cosas en las que habíamos puesto nuestra esperanza? ¿Y la fe de qué nos sirve, qué respuesta nos ayuda a encontrar, qué es en lo que verdaderamente creemos?

Aquel hombre Jairo aunque parece sentirse muy seguro cuando presenta su súplica a Jesús para que vaya a imponer su mano sobre su niña para que se cure y viva, seguramente en su interior también le rondaban dudas e interrogantes. Todos nos los planteamos cuando nos vemos apretados por el dolor. En el camino cuando le avisan de que su niña ya ha muerto, todo se derrumbaba en su corazón. Pero allí estaba Jesús con su presencia, con su palabra. ‘Te he dicho que basta que tengas fe’. Y las palabras que con tanta seguridad escuchaba a Jesús volvieron quizá a hacer reavivar el rescoldo de su fe y siguió caminando al lado de Jesús sin saber qué es lo que realmente se iba a encontrar o la salida que todo aquello iba a tener. Pero El siguió confiando en Jesús.

Es lo que necesitamos. Que a pesar de todos los tumultos que tengamos en nuestra mente o en nuestro corazón todavía nuestros oídos puedan prestar atención a la palabra de Jesús. ‘Te he dicho que basta con que tengas fe’. No se nos puede derrumbar nuestra fe si somos capaces de darnos cuenta de quien camina a nuestro lado. Eso no lo podemos olvidar. Oscuros pueden ser los caminos, fuertes pueden ser las tormentas que tengamos que atravesar en la vida, duros pueden ser los interrogantes que nos planteemos por dentro, pero sepamos ver quién camina a nuestro lado y nuestro camino no será tan oscuro, la tormenta no será tan fiera, y aunque no sepamos cómo vamos a salir, al final veremos que hay luz y que hay vida.

Esa muerte, ese camino oscuro, esa tormenta al final no será nada más que un sueño cuando nos encontremos con la vida de nuevo. ‘La niña no está muerta, sino que está dormida’, les decía Jesús pidiendo que callaran aquellas plañideras, pero se reían de El. Nos puede pasar que cuando nos vean en esa tormenta que estamos atravesando con la confianza puesta en Jesús, alguien quizá pueda reírse de nosotros. Pero no nos importa porque sabemos de quien nos fiamos.

Sabemos que su mano nos va a levantar de nuestra postración, de nuestra caída, de la muerte en la que podamos encontrarnos por esas circunstancias o esos momentos malos que estemos pasando. ‘Talita kumí’, nos dirá también Jesús a nosotros y nos tenderá la mano y nos levantará de nuestra camilla de muerte y nos dirá que tenemos que seguir en la vida con las mismas luchas pero también con la misma ilusión pero con la certeza de que no estamos solos, porque Cristo camina a nuestro lado.

¿Habremos experimentado algo de eso en la vida? Mira con ojos de fe cuanto te ha sucedido y podrás hacer una nueva lectura de tu vida – una lectura creyente o desde la fe - y también quizás de lo que han sido tus sufrimientos o tus angustias. Con ojos de fe te darás cuenta de quien venía caminando a tu lado y quizás no te dabas cuenta. Pero Jesús nunca nos deja de la mano.