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sábado, 9 de enero de 2016

Nos ponemos en camino para vivir en mayor plenitud cada día y yendo al encuentro con los demás con la fuerza de su Espíritu entre todos hacer un mundo mejor

Nos ponemos en camino para vivir en mayor plenitud cada día y yendo al encuentro con los demás con la fuerza de su Espíritu entre todos hacer un mundo mejor

1 Jn. 4, 11-18; Sal 71; Marcos, 6,45-52

Algo que podría definir o describir nuestra vida es decir que estamos en camino. Aunque física o geográficamente estemos establecidos en un lugar determinado la vida en si misma podríamos decir que es un ponernos en camino porque todos siempre estamos deseando algo más y mejor, nos ponemos metas que alcanzar o ideales en los que soñar y por los que luchar, y allá en lo más profundo de otros mismos queremos superarnos, crecer, ser más o ser mejores.
Por otro lado una vida intensamente vivida me hace salir al encuentro del otro porque vivimos en convivencia con los que nos rodean, ya sea nuestra propia familia, los amigos con los que compartimos o simplemente aquellos con los que nos relaciones ya sea por nuestro trabajo o en el devenir de las distintas circunstancias de nuestra vida. Vivir no es quedarse anquilosado en lo mismo sino crecer, superarse en todos los aspectos y salir al encuentro con los demás.
Claro que esto no siempre es fácil, porque por un lado nos podemos quedar anquilosados en un conservar lo que soy o lo que tengo, pero también nos pueden aparecer nubarrones en ese camino porque no siempre es fácil quizá la convivencia con los demás o el superar nuestras propias limitaciones. Creo que en verdad deberíamos aprender a estar en camino y encontrar esa fuerza, ese vigor interior, esa espiritualidad que nos haga caminar y crecer en la vida sin miedo a las dificultades.
Hoy el evangelio nos ofrece una imagen que nos viene a expresar también lo que Jesús quiere de nosotros y como está siempre con nosotros siendo nuestro aliento y nuestra fuerza en los caminos de la vida. El evangelio es continuación del escuchado ayer y después de haber multiplicado los panes para la multitud allá en el desierto, pone en camino a sus discípulos. ‘Jesús en seguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida’, dice el evangelista.
Y ahí contemplamos a los discípulos remando en medio del lago no sin dificultades; avanzaba la noche, pero no avanzaban ellos, el viento lo tenían en contra. Se sentían solos porque Jesús se había quedado despidiendo a la gente y no se había embarcado con ellos. Les costaba avanzar y en la oscuridad de la noche, les parece ver a alguien que viene hacia ellos caminando sobre el agua. Creen ver un fantasma.
¿No se nos parece esta situación a muchos momentos de nuestra vida? Nos cuesta avanzar, nos cuesta superarnos, parece que todo son dificultades, nos parece que nadie nos entiende, muchas cosas nos salen al revés, y nos sentimos solos. Vienen los sueños y nos parecen alucinaciones. También nos parece ver fantasmas en la vida que nos pudieran engañar. Queremos pedir la fuerza del Señor y nos parece que el Señor no nos escucha porque las cosas no nos salen bien tan pronto como nosotros quisiéramos.
Pero el Señor está ahí. Los discípulos pensaban que era un fantasma pero  él les dirige en seguida la palabra y les dice: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo’. Así nos dice el Señor tantas veces y quizá no lo sabemos escuchar. Estamos tan entretenidos en nuestras luchas, o quizá desanimados tiramos la toalla, y no nos damos cuenta que el Señor está siempre a nuestro lado. El prometió que estaría con nosotros siempre, nos prometió la fuerza de su Espíritu. Tengamos fe en su presencia y en su gracia. 
El Señor nos pone en camino porque grande es la tarea que nos confía. Desde nuestra superación y crecimiento personal, pero también en ese encuentro con los demás para juntos hacer que nuestro mundo sea mejor. Y no estamos solos. El Señor va con nosotros en esa barca de la vida en la que cruzamos los océanos de nuestra historia. El Señor va con nosotros y con la fuerza de su Espíritu podremos caminar y podremos hacer nuestro mundo mejor.

viernes, 8 de enero de 2016

Jesús nos enseña a encontrar camino para nuestra vida desorientada y es al mismo tiempo el alimento, la fuerza para nuestro caminar

Jesús nos enseña a encontrar camino para nuestra vida desorientada y es al mismo tiempo el alimento, la fuerza para nuestro caminar

1Juan 4,7-10; Sal 71; Marcos 6,34-44

Al que está desorientado hay que ayudarle a encontrar el camino. Desorientado es el que ha perdido el norte, no sabe encontrar camino; es el que no sabe a donde ir porque además no sabe por qué está en camino; es el que anda sin rumbo, dando vueltas sobre si mismo, no sabe a donde ir ni que hacer; el que no tiene o no quiere aceptar quien le oriente o le señale caminos posibles; al que todo se le hace espejismos y se va detrás de una cosa u otra según sus visiones imaginarias; el que no sabe donde encontrar el alimento o donde pueda refugiarse.
Esta desorientación no se refiere solo al que se encuentra en un desierto o en la espesura de un bosque, o quizá en medio de una inmensa ciudad que no conoce. Es algo que nos afecta a nuestra vida más profunda, al sentido de nuestro existir. Necesitamos puntos de referencia para no perdernos, pero algo más que las miguitas de pan que pulgarcito iba dejando en el camino y que los pajarillos se comieron dejándolo en la misma desorientación. Necesitamos puntos seguros de apoyo para el encuentro o para no perder el sentido del camino. Necesitamos faros de luz que nos den el norte, poniendo verdaderas metas en nuestra vida, o estrellas brillantes bien altas en el firmamento de nuestra vida que nos hagan mirar hacia arriba para encontrar la orientación.
Hoy el evangelio nos dice que Jesús se encontró una inmensa multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor. Es la imagen de la multitud desorientada, que busca pero no sabe donde, que no ha encontrado el pastor. Pero allí está Jesús. Se puso a enseñarles, a abrir sus mentes a nuevos caminos, a enseñarles a mirar a lo alto, a encontrar esa luz y ese sentido de sus vidas, a encontrar la salud no solo de su cuerpo atormentado por enfermedades sino su espíritu débil y desorientado que se dejaba influir por toda clase de males.
Jesús enseñaba a las gentes y los curaba de toda clase de males. Jesús señalaba el camino pero liberaba de todas las ataduras que impidieran hacerlo. Jesús caminaba con ellos como faro de luz, pero al mismo tiempo los alimentaba, les daba las fuerzas que necesitaban.
Los discípulos andaban preocupados porque eran muchos, no tenían que comer y los cortijos donde pudieran encontrar comida estaban lejos y no podrían ofrecer lo suficiente para aquellas multitudes. Pero Jesús les está aclarando que es otro el alimento que necesitan. Es necesario que abran su espíritu, que abran sus corazones, que brote el amor y la solidaridad y comenzó a brotar en aquellos cinco panes y dos peces que un joven ofreció. Y aquello se convirtió en comida para todos.
Estamos desorientados, busquemos a Jesús que es nuestro camino, que es nuestra luz, que es nuestra fuerza y nuestra vida. Dejémonos encontrar por Jesús e iluminarnos con su luz y nuestro camino Serra distinto porque ya no andaremos perdidos, porque ya encontraremos ese sentido para nuestras vidas.

jueves, 7 de enero de 2016

Se sigue manifestando la ternura y la misericordia de Dios en la medida en que con nuestro amor nos convirtamos en signos de Jesús que nos llena de su luz

Se sigue manifestando la ternura y la misericordia de Dios en la medida en que con nuestro amor nos convirtamos en signos de Jesús que nos llena de su luz

1Juan 3,22–4,6; Sal 2; Mateo 4,12-17.23-25
Si hemos venido contemplando la ternura de Dios cuando contemplamos al Hijo de Dios que se ha encarnado en las entrañas de María y le hemos visto nacer niño en Belén, no dejamos de contemplar esa ternura y misericordia de Dios cuando vemos a Jesús repartiendo amor y misericordia con los pobres y con todos los que sufren.
Hemos celebrado y vivido con gozo todo el misterio de la Navidad pero no nos quedamos en contemplar a un Niño en quien reconocemos el Hijo de Dios. He venido y se ha hecho hombre asumiendo nuestra naturaleza humana y nuestra vida. Pero contemplamos al Jesús que es nuestro Salvador y que por nosotros dará su vida. Contemplamos y escuchamos al Jesús que es el Verbo de Dios que estaba junto a Dios pero que se hizo Dios con nosotros para caminar nuestra misma vida asumiendo nuestra naturaleza humana pero para así mostrarnos mejor esa cercanía de Dios, esa ternura de Dios.
Es lo que hoy, en el día siguiente de la Epifanía, de la manifestación de Dios, vemos en el evangelio. ‘Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Su fama se extendido por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curaba’. Anunciaba el Reino de Dios que es amor y se manifestaban las señales del Reino de Dios en el amor. La ternura de Dios que se manifiesta en Jesús que recorría todos aquellos lugares curando de los enfermos de toda clase de enfermedades.
Si en la noche de Belén el evangelista nos hablaba de resplandores de luz porque se manifestaba la gloria de Dios, hoy Mateo nos vuelve a hablar de resplandores de luz, porque la manifestación de Jesús en Galilea por todos sus pueblos y ciudades fue un rayo de luz y de esperanza para todas aquellas gentes. Por eso nos recuerda lo anunciado por el profeta. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, una luz les brilló’. Brillaba la luz de Jesús, brillaba con un nuevo resplandor la luz del amor de Dios levantando la esperanza de aquellos pueblos.
Dos pensamientos que a nosotros también nos llenan de gozo y han transformar nuestra vida. Sentir en nosotros esa ternura de Dios, ese amor y esa misericordia; aunque estemos envueltos en las oscuridades de nuestras miserias y pecados, de nuestras soledades y sufrimientos Dios está ahí a nuestro lado enriqueciéndonos, consolándonos, dándonos vida con su amor. Descubramos de verdad cómo Dios se manifiesta en nuestra vida. Muchas señales de su amor podemos encontrar a nuestro lado en las personas que nos acompañan en nuestro caminar, en la Palabra de Vida que cada día escuchamos, en la gracia del Señor que nunca nos faltará por muy débiles y abandonados que nos sintamos. El Señor está ahí y es nuestra luz.
Pero también hemos de pensar que nosotros hemos de ser signos de esa misericordia del Señor para todos los que están a nuestro lado. Que así resplandezca nuestro amor en la atención que le prestemos a los demás, en esa sonrisa que llevemos siempre en nuestro semblante para alegrar y llenar de luz la vida de los que sufren a nuestro lado, en ese corazón lleno de ternura que nos hace acercarnos a todo el que sufre para ofrecerle una palabra de consuelo y alguna ayuda que mitigue su dolor o le acompañe en su soledad. Muestras y signos de la misericordia del Señor hemos de dar a los demás.
Que resplandezca esa luz de Dios en nuestro mundo concreto que vivimos cada día.



miércoles, 6 de enero de 2016

Como la estrella que aparece en lo alto los cristianos hemos de ser señales de un nuevo amanecer de luz y de vida que trae para nuestro mundo Jesús

Como la estrella que aparece en lo alto los cristianos hemos de ser señales de un nuevo amanecer de luz y de vida que trae para nuestro mundo Jesús

Is. 60, 1-6; Sal. 71; Ef. 3, 2-6; Mt. 2, 1-12
Hoy nos es difícil entender al peregrino que camina en la oscuridad de la noche sin ninguna luz que le ilumine y le abra caminos y la alegría que siente con la aurora del amanecer que comienza a brillar e iluminará sus pasos para encontrar camino. Digo que nos es difícil porque muchos modos de luz tenemos que nos libren de la oscuridad en nuestros caminos. Aunque esto puede ser un signo también de las falsas luces, luces de artificio, que nos puedan confundir en la vida. Todo esto es como una gran imagen de lo que son los caminos de nuestra vida.
‘Levántate, Jerusalén, que llega tu luz… amanece sobre ti… sobre ti amanecerá el Señor, si gloria aparecerá sobre ti y caminarán los pueblos a tu luz… al resplandor de tu aurora…’
Es el anuncio profético que hoy hemos escuchado, de la luz que amanece en medio de la oscuridad. Es la imagen de la estrella que aparece en el cielo y sirve de señal a los Magos de Oriente para anunciarles el nacimiento del Salvador esperado y deseado de las naciones. Es lo que escuchamos en el evangelio en este día.
‘¿Dónde está el recién nacido rey de los judíos?’ llegan preguntando a Jerusalén. Tras el revuelo que se monta con su presencia y sus preguntas, las llamadas al palacio del rey Herodes, las consultas a las Escrituras, las dudas y la maldad de Herodes que quieren conducir al engaño, los Magos se ponen en camino y aparece de nuevo la estrella que los conducirá a Belén como les habían señalado los que consultaron las Escrituras, allí donde encontrarán al Niño con María, su madre.
Una luz que aparece en el cielo como señal; un ponerse en camino guiados por esa luz; una escucha interior que les hace escuchar la voz de Dios que les guía; un dejarse conducir por aquellos que ha puesto Dios para interpretar las señales y las Escrituras; un encuentro con Jesús al que en verdad van a reconocer como el Señor; y, ¿por qué no?, la presencia de María en cuyos brazos está el Niño.
¿Será un itinerario de fe? ¿será también el camino que nosotros hemos de aprender a recorrer, necesitamos recorrer? ¿una búsqueda de señales de Dios para nosotros ahí en el recorrido de la vida que hacemos cada día? ¿será una búsqueda de la verdadera luz para que nada ni nadie nos engañe?
También necesitamos mirar a lo alto o a lo más profundo de nosotros mismos para encontrar esas señales; necesitamos mirar en nuestro entorno para saber leer también las señales que Dios va poniendo junto a nosotros, aunque nos parezca que no encontramos sino desiertos. En esos desiertos de increencia y de materialismo que podemos ver en una primera mirada quizá también haya unas señales, unas llamadas que nos está haciendo Dios porque quiere algo de nosotros. Cada uno ha de saber descubrir el brillo de esa luz para él, porque a cada uno nos pide el Señor algo, nos pide alguna cosa. La luz de Dios no deja de brillar, El no deja de poner señales que son llamadas a nuestro lado, pero no podemos confundirnos, hemos de saber descubrirlas.
Son señales, como la estrella para aquellos Magos, para que nos pongamos en camino. Un camino de búsqueda más profunda para escuchar esa voz de Dios que nos habla en los signos de los tiempos y nos habla en las Escrituras. Un camino en que también con humildad hemos de saber dejarnos guiar para encontrar el camino cierto; Dios va poniendo a nuestro lado personas que pueden ser signos para nosotros, que nos pueden decir una palabra acertada, que nos pueden ayudar a hacer una buena interpretación de esas señales de Dios.
Señales para ponernos nosotros en camino siendo conscientes de que nuestras vidas pueden ser señales para los demás. En ese desierto de nuestro mundo, en esas oscuridades en las que estamos inmersos, los que creemos en Jesús tenemos que ser estrellas que ayuden a los demás a encontrar el camino de la luz verdadera.
Ni podemos dejarnos engañar nosotros - como lo hicieron los magos ante los intentos de Herodes porque luego se fueron por otro camino - ni podemos permitir que los demás se engañen con falsas luces. Tenemos que resplandecer con la verdadera luz de Jesús. Y hay luces que nos engañan, cosas que nos distraen, amaños interesados en tantos que nos quieren llamar la atención para que nos fijemos en lo que no es fundamental y olvidemos lo esencial de la Epifanía que estamos celebrando.
Que tristes los amaños interesados que estamos viendo estos días con tantas diatribas que se montan y nos hacen desviar la atención del que verdaderamente tiene que estar en el centro de esta fiesta. No son los magos ni los regalos - esos son luces de colores podríamos decir - los importantes. ¿A quien iban buscando aquellos Magos de Oriente de los que nos habla el evangelio y que son la verdadera motivación de esta fiesta? Buscaban al ‘recién nacido rey de los judíos’, buscaban al que venía como Salvador del mundo, y que fue el que encontraron en brazos de María en Belén y al que reconocieron en su adoración.
En medio del barullo con que vivimos la fiesta de los Reyes Magos ¿a quien le interesa ese Niño al que aquellos Magos buscan? ¿quién se preocupa de buscar a Jesús en el centro de todo para poder adorarlo como nuestro Dios y Señor?
Es la fiesta de la Epifanía del Señor, de la manifestación de Jesús como el Señor. No queremos mermar la ilusión de los pequeños y de los no tan pequeños por esas manifestaciones de cariño que son nuestros intercambios de regalos; tenemos que preservarlo no convirtiéndolo en puro materialismo y consumismo. Pero pensemos en el regalo que Dios nos ha hecho cuando nos ha dado a Jesús. Es de lo que hemos de ser signos para los demás para que se manifieste la verdad del evangelio para nuestro mundo.
Necesitamos esa luz de Cristo que nos dé nueva esperanza. Pongamos señales de ello con nuestra manera de vivir, con el cariño que mutuamente todos nos tengamos, con esa verdadera paz que busquemos, también con la denuncia de tantas falsedades e hipocresías que se viven hoy en nuestra sociedad, para que en verdad entre todos hagamos un mundo mejor. Así todos podremos sentir la alegría de esa nueva luz que amanece sobre nuestro mundo. La Iglesia toda ha de ser signo de ello.


martes, 5 de enero de 2016

‘Ven y lo verás’ tenemos que ser capaces de decir a los que nos rodean para llevarlos hasta Jesús, verdadera alegría también para el hombre y el mundo de hoy

‘Ven y lo verás’ tenemos que ser capaces de decir a los que nos rodean para llevarlos hasta Jesús, verdadera alegría también para el hombre y el mundo de hoy

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Cuando recibimos una buena noticia o nos sucede algo muy agradable y que nos hace felices sentimos la necesidad de compartirlo, de comunicarlo a los demás. Una felicidad encerrada en si misma o que nos encierra en nosotros mismos es menos felicidad. Somos seres en relación continua y en comunicación y por eso tendemos a ese compartir con los demás lo que nos sucede, también una tristeza o un mal que nos hace sufrir compartido es menos triste y se lleva con más ánimo interior.
En estos primeros encuentros de los primeros discípulos con Jesús que nos ofrece el evangelio de estos días ayer nos queríamos fijar de manera especial en esa búsqueda interior que hay en nosotros y como en Jesús encontramos esa respuesta, esa luz y sentido para nuestra vida. Son las llamadas que el Señor nos va haciendo con su presencia en nosotros. Aunque ya ayer podríamos habernos fijado en el hecho de que Andrés inmediatamente va a comunicar a Simón lo que ha encontrado para su vida, hoy nos vuelve a insistir en el actuar de Felipe, al que Jesús ha llamado también.
‘Ven y verás’, le dice Felipe a Natanael ante las reticencias de éste nacidas quizá de los recelos normales que surgen muchas veces entre pueblos vecinos. ‘Felipe encuentra a Natanael y le dice: Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Es el anuncio que hace Felipe a Natanael y ya sabemos la reacción. ‘¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?’ De ahí la insistencia de Felipe porque para él el encuentro con Jesús ha sido algo grande. ‘Ven y verás’.
Ya nos dirán los apóstoles que aquello que han visto y han oído no pueden callarlo. Esa tendría que ser nuestra actitud permanente si en verdad la fe es algo grande para nosotros. Pero, con toda sinceridad, preguntémonos a cuantos, por ejemplo, le contamos cuando salimos de Misa los domingos lo que allí en la Eucaristía hemos vivido.
Decíamos al principio que somos seres dados a la comunicación y a la relación con los demás, y es cierto, pero también hemos de reconocer que en estos aspectos de nuestra vida espiritual y de nuestra vida cristiana somos muy reservados y pareciera que tenemos miedo de hablar de eso a los demás. Siempre, en todo momento tendríamos que ser anunciadores de Evangelio, de Buena Nueva. Y esa Buena Nueva para nosotros es Jesús.
Es a Jesús al que tenemos que anunciar en toda ocasión con nuestras palabras, con nuestros anuncios concretos además de con nuestra vida. Nos refugiamos muchas veces en que el anuncio tenemos que hacerlo con nuestra vida para no tener la valentía de hacerlo también con nuestras palabras, porque quizá pensamos que no sabemos qué responder a la oposición que podamos encontrar. Ya Jesús nos anuncia que no tengamos miedo a lo que hemos de decir que el Espíritu hablará por nosotros. ¿Nos falta fe quizá en la presencia del Espíritu del Señor en nuestra vida?
Que al menos seamos capaces de decir como Felipe, ‘Ven y lo verás’, y los llevemos hasta Jesús. Seguro que en ese encuentro van a llenarse de vida y nos van a decir por qué hemos tardado tanto en invitarlos a ir hasta Jesús. Haríamos en verdad nueva evangelización, en lo que está tan empeñada nuestra Iglesia.

lunes, 4 de enero de 2016

Para nuestros interrogantes e inquietudes y para los silencios de nuestras soledades si nos dejamos conducir en Jesús siempre encontraremos la respuesta y la luz

Para nuestros interrogantes e inquietudes y para los silencios de nuestras soledades si nos dejamos conducir en Jesús siempre encontraremos la respuesta y la luz

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1,35-42

Todos tenemos inquietudes allá en lo más profundo de nosotros mismos, nos hacemos preguntas, en el fondo desearíamos buscar o indagar, sin embargo hemos de reconocer que a muchos nos pesa mucho la rutina, el miedo a lo que podríamos encontrar, no sabemos acudir a donde podamos encontrar las respuestas, o no queremos dejarnos guiar por quien pueda ayudarnos a abrir caminos, o simplemente el dejarnos llevar o arrastrar por lo de siempre y hay el peligro de que esas inquietudes se apaguen y en cierto modo nuestro corazón se envejezca. Todo esto en un aspecto meramente humano en las cosas de que vivimos cada día, pero también es algo profundo que nos podría ayudar a encontrar el verdadero sentido de nuestro ser, algo que afecta a nuestro espíritu, a abrirnos a una trascendencia y a una fe y al sentido cristiano de nuestra vida.
En el evangelio que hoy nos presenta la liturgia - es bueno leerlo antes o después de hacernos esta reflexión - se nos habla de unas personas inquietas y que buscan, que se hacen preguntas y que se dejan conducir. ‘¿Dónde vives?’ preguntan Andrés y Juan ante la pregunta de Jesús - y valga la redundancia -; ante lo que señala el Bautista ya se habían puesto en camino Andrés y Juan aunque no supieran bien lo que iban a encontrar y el compromiso que significaría para sus vidas; ganas de conocer y saber hay en Simón que ante la palabra de su hermano se va con él; Felipe responde pronto a la llamada, porque parece que estaba esperando algo; y a pesar de sus reticencias finalmente se deja llevar por Felipe, porque algo había en su mente que le interrogaba por dentro en sus soledades, como seguramente cuando se refugiaba debajo de la higuera como le señalará Jesús.
También buscamos, también nos refugiamos en nuestras soledades interiores - debajo de la higuera - con interrogantes dentro de nosotros, también escuchamos quien nos abre caminos delante de nosotros aunque muchas veces nos pongamos reticentes para seguirlo porque los miedos atenazan nuestra alma. ¿Seremos capaces? ¿a dónde nos llevará todo esto? ¿qué he de hacer con mi vida? ¿qué quiere Dios de mí? ¿en qué he de hacer fructificar esos talentos que hay en mí?
Cuando humildes y poniendo nuestra confianza en la Palabra de Dios nos ponemos en camino nunca nos sentiremos defraudados. Lo que vamos a encontrar en Jesús serán siempre caminos que nos abran a la plenitud de nuestra vida. No hemos de tener miedo porque Jesús nunca nos dejará solos, porque El ha prometido su presencia con nosotros para siempre. No podemos enterrar esos talentos que Dios nos ha confiado con nuestros valores y cualidades.
Creo que con el evangelio de hoy nos sentimos estimulados para aspirar a cosas grandes, a confiar y a dejarnos conducir por el Señor; y aunque aun haya momentos oscuros de soledades o de silencios interiores sabremos que en algún momento vamos a escuchar esa voz, vamos  a encontrar esa luz, vamos a darle ese sentido profundo a nuestra vida. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor.

domingo, 3 de enero de 2016

Es la hora de la contemplación y de la bendición porque en Cristo hemos sido bendecidos haciéndonos sus hijos y llevándonos a la vida en plenitud

Es la hora de la contemplación y de la bendición porque en Cristo hemos sido bendecidos haciéndonos sus hijos y llevándonos a la vida en plenitud

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18
‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales…’ Así tenemos que comenzar nuestra reflexión y nuestro comentario, con estas palabras de la carta a los Efesios.
Bendecimos a Dios; lo hacemos cada día con nuestra oración, al menos así tendríamos que comenzar siempre, bendiciendo a Dios, aunque vayamos siempre más preocupados por lo que queremos pedirle. Es lo que son siempre nuestras celebraciones, bendición y alabanza. Es lo que con intensidad han tenido que ser todas estas fiestas de Navidad que venimos celebrando. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’
Y bendecimos a Dios que nos ha bendecido en Cristo. Sí, Cristo Jesús es la bendición de Dios para con nosotros. Estos días - en concreto con la primera lectura del primero de enero - le hemos pedido a Dios que vuelva su rostro sobre nosotros y nos bendiga. Ya lo ha hecho. Jesús es la bendición de Dios para nosotros porque con El nos llega toda gracia.
Nos ha bendecido en Cristo y se nos ha revelado. Como nos decía al final el evangelio de hoy ‘A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’. O como se nos dirá en otro momento ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien El se lo quiera revelar’. Es Jesús la revelación de Dios, la Palabra eterna de Dios que estaba en Dios y que se nos vino a manifestar. Recordemos todo lo que hemos escuchado en este principio del evangelio de Juan. Es Palabra que se nos revela, nos ilumina, nos llena de vida. ‘En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres’.
Nos ha bendecido en Cristo y nos ha elegido y nos ha llamado. Desde siempre, desde toda la eternidad, Dios pensó en nosotros pero en Cristo. ‘Desde antes de la creación del mundo…’, como nos dice la carta a los Efesios. Y nos eligió para hacernos sus hijos. A eso estábamos predestinados; esa era la voluntad del Padre, aunque nosotros no hubiéramos correspondido. Nos envió a su Hijo pero para hacernos a nosotros hijos; el Hijo de Dios se encarnó en nuestra carne pero para levantarnos y poder llamarnos a nosotros hijos también. Es la gran vocación, ser hijos de Dios. Para eso en Cristo nos ha llamado el Padre.
Nos ha bendecido en Cristo y el Hijo de Dios se hizo carne, se hizo hombre. Es la Palabra de Dios que se hizo carne, plantó su tienda entre nosotros, se hace Dios con nosotros para siempre. ‘Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Todo para que en nosotros hubiera vida, hubiera luz; todo para que nos llenáramos de la sabiduría de Dios.
Nos ha bendecido en Cristo y la luz venció a las tinieblas, y la vida triunfó sobre la muerte. Aunque las tinieblas rechazasen la luz; ‘Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció’. Aunque los suyos le volvieran la espalda; ‘Vino a su casa, y los suyos no la recibieron’. Pero ha venido para llenarnos de su luz, para inundarnos de su vida. Por eso ‘a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios’. Comenzamos a ser hijos en el Hijo; no es por ningún poder humano, no se debe a nuestros merecimientos; todo es gracia, es regalo de Dios, es obra de Dios en nosotros por Cristo.
Nos ha bendecido en Cristo y nos hemos llenado de la Sabiduría de Dios. Esa sabiduría que solo se revela a los pequeños y a los humildes. Fueron los humildes pastores los primeros que conocieron el nacimiento del Salvador; Jesús dará gracias a lo largo del evangelio porque el Padre se revela a los pequeños y a los sencillos. Por eso, si nos hacemos pequeños, si nos despojamos de nosotros mismos con nuestros orgullos y suficiencias, si abrimos humildes nuestro corazón a Dios como lo hizo María, Dios se nos revelará, se nos manifestará allá en lo más hondo de nosotros mismos; es más, plantará también su tienda en nuestro corazón, como nos dirá Jesús más tarde que el Padre y El vendrán y harán morada en nosotros.
Nos ha bendecido en Cristo y conocemos la gloria de Dios. ‘La Palabra se hizo carne y acamó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad’. Porque nos ha llenado de su vida, porque nos ha hecho resplandecer con su luz, porque nos ha llenado de la plenitud de Dios. ‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo’.
Claro que tenemos que bendecir a Dios que así nos ha bendecido en Cristo. Hoy es el domingo de la bendición y de la contemplación. Sí, es también la hora de la contemplación humilde para descubrir todo el misterio de Dios que se nos revela. Aquel niño que vimos nacer en Belén no es simplemente un niño, es el Hijo de Dios, es la Palabra eterna del Padre, es la Sabiduría de Dios que se hace humana, es la Luz verdadera que ilumina todo hombre y es la Vida que nos llena de vida en plenitud, es el Emmanuel porque es Dios con nosotros que recorre nuestro mismo camino y nos enseña a recorrer su camino, pero es Dios con nosotros que en nosotros también quiere habitar llenándonos de su Espíritu, llenándonos de su vida, haciéndonos caminar hacia la plenitud de Dios.
¿Queremos más motivos para bendecir y alabar a Dios?


sábado, 2 de enero de 2016

Jesús es la verdadera seguridad de nuestra vida porque es nuestra Sabiduría y nuestra plenitud, el camino que nos conduce a la Verdad plena y a la Vida sin fin

Jesús es la verdadera seguridad de nuestra vida porque es nuestra Sabiduría y nuestra plenitud, el camino que nos conduce a la Verdad plena y a la Vida sin fin

1Juan 2,22-28; Sal 97; Juan 1,19-28

En la vida vamos adquiriendo seguridades en la medida en que crecemos, en que vamos adquiriendo más conocimientos, la vida nos va enseñando y vamos madurando como personas. Son como principios sobre los que nos fundamentamos adquiridos en las enseñanzas recibidas o en la propia experiencia de la vida. Lo que hemos de tener cuidado es que esas seguridades sean infundadas, superficiales o nos hayamos dejado engañar por las apariencias; hemos de cuidar también las falsas seguridades nacidas de nuestro propio orgullo, de la cerrazón en nosotros mismos, o de unas ideas equivocadas por muy personales que puedan ser, porque realmente podrían cegarnos para ver cosas de mayor altura y que nos pudieran conducir a una mayor madurez en nuestra vida. Hemos de buscar siempre el mejor fundamento porque de alguna manera van a ser guía de nuestra vida.
Y es que algunas veces tenemos el peligro de cerrar nuestra mente y no abrirnos a algo nuevo que de verdad pudiera enriquecernos; nos podemos encerrar por miedo quizá al cambio que tuviéramos que hacer en nuestra vida que nos tendría que hacer desprendernos de cosas que de verdad no nos enriquecen como personas.
Y esto nos puede suceder en todo lo que hace referencia a nuestro crecimiento y maduración humana, como puede afectarnos a nuestra vida espiritual y a nuestras vivencias cristianas para abrirnos a una autentica fe en Jesús. Y es en Jesús donde podemos encontrar las mejores seguridades, la mayor fortaleza para nuestra vida, y las metas más altas que nos conducen a la mayor plenitud de nuestra vida. Pero necesitamos abrirnos a Jesús, querer conocer de verdad a Jesús, pero no con un conocimiento desde el exterior como si fuéramos espectadores, sino metiéndonos en El y dejando que El penetre en lo más profundo de nuestro corazón. Y es que aunque digamos lo contrario no terminamos de conocer a Jesús en toda su profundidad.
Es lo que les decía Juan a los que venían a escucharle allá junto a la orilla del Jordán. ‘En medio de vosotros hay uno que no conocéis’. Era la respuesta que daba a aquellos que habían venido a preguntarle por lo que hacia allí junto al Jordán. Les dice que ni es un profeta, ni es el Mesías, sino solo la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Es solo la voz que anuncia, pero  no la Palabra; es el precursor pero no es el Camino verdadero que lo será el que viene en el nombre del Señor y como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ¿Quién es El? ‘En medio de vosotros hay uno que no conocéis’, les dice. Y es tan grande que en su humildad él no se atreve ni a desatarle las sandalias, que era un trabajo de esclavos.
Es el pensamiento que debemos tener para desear cada día conocer más a Jesús. En medio de nosotros está, quiere llenar nuestro corazón, es el que da sentido a nuestra vida, verdadero camino de plenitud, verdad que nos conduce a la Sabiduría plena. Tenemos que conocer más y más a Jesús. Es la tarea de nuestra vida. Es quien va a dar total seguridad a nuestra vida porque en El está la vida en plenitud.

viernes, 1 de enero de 2016

Nuestros ojos no se desprenden de Jesús y contemplamos al mismo tiempo a María pidiendo que Dios vuelva su rostro sobre nuestro mundo y nos conceda la paz

Nuestros ojos no se desprenden de Jesús y contemplamos al mismo tiempo a María pidiendo que Dios vuelva su rostro sobre nuestro mundo y nos conceda la paz

Núm. 6, 22-27; Sal. 66; Gál. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21
Los ojos estos días no se nos han desprendido del Niño; no podía ser de otra manera porque contemplábamos la humanidad de Dios que ha tomado nuestra carne. A Dios con los ojos de la carne no lo podemos ver, pero El ha querido hacerse hombre y lo contemplamos en Jesús; vemos su humanidad, pero estamos contemplando a Dios.
No nos cansamos de mirar a Jesús y toda la maravilla del amor de Dios que en El contemplamos. Nos quedamos extasiados - ¿Quién no se queda extasiado ante la ternura de un niño recién nacido? - porque además en esa ternura estamos descubriendo la ternura de Dios, y parece que ya no quisiéramos mirar otra cosa. Pero nuestros ojos hoy quieren de manera especial ampliar la mirada y contemplamos a aquella que lo sostiene en sus brazos y sencillamente dejando que aflore también la ternura en nuestro corazon le decimos ‘gracias, María, gracias, madre, porque nos has dado a Jesús’.
Hoy la liturgia quiere que sin dejar de mirar a Jesús - hoy la pusieron con la circuncisión el nombre de Jesús - contemplemos también a María. ‘Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al Niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’. Es la madre de Jesús, la que con su Sí hizo posible que Dios se encarnase en sus entrañas. ‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer…’ Es la madre de Dios. ‘Gracias, María, por tu Si; gracias, María, por tu disponibilidad y por la generosidad de tu corazón’.
‘Los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre’. Allí estaba el niño que los ángeles habían anunciado como el salvador que había nacido en la ciudad de David. Y lo encontraron con María, y María observaba en silencio, María lo guardaba todo en el corazón. Ya no hay palabras de María. Aquel Sí de Nazaret era el Sí que la había llevado hasta Belén, como un día la llevará hasta lo alto del Calvario, al pie de una cruz, porque estará siempre con Jesús. María ahora nos enseña a mirar, a observarlo todo y a guardarlo en el corazón. Es la Palabra que ella había plantado en su corazón. Es la Palabra que sigue llegando a nosotros y que también hemos de guardar en nuestro corazón, plantar en nuestro corazón.
Casi no es necesario decir muchas cosas sino que nos quedemos contemplando la escena, contemplando a Jesús y contemplando a María, contemplando también todo el misterio que ante nosotros se realiza con los ojos de María. Para que reconozcamos de verdad en aquel hijo de María al que es el Hijo de Dios; para que nos llenemos también de los sentimientos de María; para que sintamos cerca de nuestro corazón a Jesús, como lo sentía María, pero también para que sintamos todo su calor de Madre. Ahí está ella y la contemplamos como la Madre de Dios, pero sabemos que un día se nos va a regalar como madre, para ser también nuestra madre. 
Estamos celebrando la octava de la Navidad. Seguimos con los gozos en el alma por el nacimiento de Jesús que celebramos hace ocho días y la fiesta de la Navidad sigue resonando en nuestro entorno. A esto se une que en el calendario que rige el devenir de nuestra sociedad en este día celebramos el inicio de un año nuevo. Junto a aquellos buenos deseos de felicidad que nos augurábamos hace unos días porque era la navidad se unen hoy las esperanzas, las buenas esperanzas de futuro en el año que comienza. Todo son parabienes y buenos deseos; nos deseamos felicidad y queremos que el año que iniciamos sea bueno.
Es cierto que le vida de nuestra sociedad y nuestro mundo está entretejida por los distintos acontecimientos que se suceden y en la globalidad actual de nuestro mundo a todos nos afecta lo que pueda suceder en cualquier rincón de nuestro planeta. Pero no miremos el devenir de la vida como un destino fatal del que no nos podemos sustraer. Pensemos también que ese mundo está en nuestras manos, en las manos de los hombres que en él habitamos. Y es ahí donde hemos de pensar en esa contribución que cada uno hace o ha de hacer para que nuestra sociedad sea mejor, nuestro mundo sea más habitable para todos y todos seamos más felices.
Nuestros deseos de paz y bien de estos días tendrían que ser compromisos de solidaridad para entre todos hacer ese mundo mejor, poniendo cada uno nuestro granito de arena. No somos ajenos a lo que suceda en nuestro mundo. Todos tenemos que sentirnos responsables de él.
En esta jornada además de primero de año celebramos la Jornada de la paz. ¿Qué cosa mejor podríamos desear y en lo que comprometernos? Es tarea de cada uno de los hombres que habitamos en este planeta, pero es también una gracia del Señor. Por eso para nosotros los cristianos esta jornada de la paz es una jornada de oración por la paz. Como escuchábamos en la lectura de los Números aquella en aquella bendición antigua pidamos que en verdad el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. Es la bendición, pero es también la suplica que queremos elevar al Señor.
Que María, la madre de Jesús y nuestra madre que escuchó a los Ángeles en el nacimiento de su hijo cantando la gloria del Señor pero al mismo tiempo la paz para los hombres que somos amados de Dios, se convierte en nuestra intercesora ante de Dios de la paz para nuestro mundo.

jueves, 31 de diciembre de 2015

No nos cansemos de dar gracias a Dios por el misterio de amor que estamos viviendo en la Navidad pero que eso nos lleve a contagiar de la paz de Dios a cuantos nos rodean

No nos cansemos de dar gracias a Dios por el misterio de amor que estamos viviendo en la Navidad pero que eso nos lleve a contagiar de la paz de Dios a cuantos nos rodean

1Juan 2,18-21; Sal 95; Juan 1,1-18

‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo…’ No terminamos de dar gracias a Dios lo suficiente. Seguimos viviendo el misterio de la Navidad, pero hemos de seguir haciéndolo con toda profundidad.
Hay el peligro que nos distraigamos con todas las cosas que el mundo nos ofrece estos días en nombre de la navidad, pero no nos podemos quedar en lo superfluo, en lo superficial. Recojamos, sí, todo lo bueno que podemos encontrar en la alegría que vive la gente que está en nuestro entorno, aprovechemos todo lo que significan esos buenos deseos que nos tenemos los unos hacia los otros, disfrutemos de todo lo que sea encuentro en las familias, con los amigos, con las personas cercanas, pero centrémoslo de verdad todo en Cristo.
El es la verdadera motivación de toda esta celebración, aunque ya algunos no lo tengan tan en cuenta o tan claro, pero nosotros sabemos que sí, que en Jesús está el centro y lo que El quiere con su venida a la tierra es que verdaderamente seamos felices y nos hagamos felices los unos a los otros.
Todos esos buenos deseos son semillitas de ese Reino de Dios que El ha venido a instaurar. Pero pensemos que todo es gracia, porque todo es don de Dios, es regalo de amor que El nos hace; no olvidemos nunca que la verdad y la luz verdadera la vamos a encontrar solo en Jesús; busquemos esa vida que El nos ofrece, porque El es la vida misma y nos la concede con la mayor plenitud.
De eso  nos habla el evangelio que la liturgia nos ofrece en esta mañana del 31 de diciembre, cuando estamos casi finalizando la octava de la navidad. El es el Verbo de Dios que se hace carne, que planta su tienda entre nosotros para ser nuestra luz y nuestra vida. Pero ya sabemos cómo muchos rechazan la luz, prefieren la oscuridad, las tinieblas, porque sus obras no son obras de luz.
Pero como nos dice el evangelio a los que lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios.  Es la grandeza y la maravilla que nos descubre nuestra fe en Jesús. Por eso, como decíamos al principio, no tendríamos que cansarnos de darle gracias continuamente. El, el Hijo de Dios, ha venido a tomar nuestra carne haciéndose hombre como nosotros, para levantarnos a nosotros, para hacernos hijos, hijos de Dios.
‘La gracia y la verdad nos vinieron por Jesucristo…’ nos decía el Evangelio. Vivamos en esa gracia, vivamos en esa luz, tengamos la certeza de la verdad de Jesucristo en nosotros y que en nosotros no haya nunca mentira, falsedad, hipocresía, oscuridad, muerte. El nos fortalece con su gracia para que así sea; así nos regala.
Y termino con un buen deseo para todos cuando nos aprestamos a iniciar un año nuevo. Que en verdad iniciemos este año nuevo en esa gracia de Jesús y no nos falte nunca paz en el corazón para que así construyamos ese mundo en paz, comenzando por los que más cerca están de nosotros. Que la paz que llevamos en el corazón llene de paz a cuantos nos rodean y así hagamos que todos sean más felices. No es cuestión solo de desearlo con buenas palabras, sino que sea nuestra vida la que construya esa paz.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

En la viuda Ana del Evangelio y en todos los ancianos descubrimos un signo de las esperanzas de Israel y una imagen de la presencia de los mayores en la Iglesia

En la viuda Ana del Evangelio y en todos los ancianos descubrimos un signo de las esperanzas de Israel y una imagen de la presencia de los mayores en la Iglesia

1Juan 2,12-17; Sal 95; Lucas 2,36-40

Al escuchar el relato que nos ofrece el evangelio de hoy - nos habla de aquella anciana que llevaba muchos años en el entorno del templo y que al ver aquel niño que presentaban sus padres al Señor lo anunciaba con alegría a todos los que aguardaban la liberación de Israel como el cumplimiento de las antiguas promesas - me ha venido al pensamiento la imagen que contemplamos también en nuestros templos con muchas personas mayores que en su piedad no faltan nunca a los actos de culto cuidan amorosamente de iglesias y de ermitas de nuestros pueblos.
Hemos de reconocer que muchas veces no sabemos valorar la labor que realizan estas buenas personas y que en ocasiones vemos con desesperanza el futuro de la Iglesia porque pensamos que cuando falten esas personas nos vamos a encontrar vacíos y sin gente. Pero, repito, creo que tendríamos que aprender a valorar lo que realizan estas personas. Pienso que ahí están como un signo en medio de nuestra sociedad, pero también que son verdaderamente unas columnas que hacen fuerte a nuestra Iglesia.
Nos hablaba el evangelio de aquella anciana viuda  ‘que no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones’. Ella era un signo de la esperanza de Israel que ahora se cumplía. Pero ella era también la expresión del pueblo orante que insistentemente pedía la llegada del Mesías del Señor. Y si nos fijamos en estas primeras páginas del evangelio aparecerán también otros ancianos. En este mismo episodio ayer contemplábamos al anciano Simeón, signo y expresión también de la esperanza de Israel. Pero hemos contemplado estos días a otros dos ancianos, Zacarías e Isabel, que eran escuchados en sus oraciones por el Señor. Más tarde en el evangelio contemplaremos también la alabanza de Jesús hacia aquella pobre viuda que compartía con el templo todo lo que tenía para vivir.
Quiero ver, pues, en esos ancianos que aparecen por nuestros templos fielmente en muchas ocasiones todos los días para participar en la Eucaristía o para ocuparse en muchas labores del cuidado y ornamentación de nuestras Iglesias un signo de la fe y de la esperanza del pueblo creyente. Quizá ya por ser mayores no realicen específicas obras de apostolado, pero creo que su oración, su presencia y participación en nuestras celebraciones litúrgicas son un hermoso pilar para nuestra Iglesia. Es la oración confiada y llena de esperanza que se eleva al Señor y que calladamente no solo están pidiendo por si mismos o por los suyos sino que en numerosas ocasiones con como padrinos de nuestros sacerdotes con su oración, padrinos de nuestras tareas apostólicas, padrinos de las misiones porque así por todo ellos elevan sus oraciones al Señor.
También hemos de destacar que apostólicamente también los hay muy activos, a pesar de ser mayores, porque quizá siguen participando en muchas acciones, o son voluntarios que ofrecen su tiempo para el apoyo de muchas actividades, pero también conocemos el movimiento de Vida Ascendente que precisamente se realiza desde y por las mismas personas mayores. Creo que hemos de conocerlo y reconocerlo.
No me alejo del sentido del evangelio en medio de nuestra navidad al hacerme estas consideraciones, sino que partiendo del mismo evangelio me hace mirar con unos ojos nuevos y distintos esa realidad de la sociedad que son los mayores y esa realidad de la Iglesia que son todas esas personas mayores que tan vinculadas vemos a la acción eclesial.  Aprendamos a valorarlas.

martes, 29 de diciembre de 2015

Aprendamos del anciano Simeón, hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu Santo para abrir nuestro corazón a la misericordia en el amor a Dios y a los hermanos

Aprendamos del anciano Simeón, hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu Santo para abrir nuestro corazón a la misericordia en el amor a Dios y a los hermanos

1 Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

‘Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo’. En tan breves versículos qué descripción más hermosa. Un hombre justo y piadoso, un hombre con una esperanza grande en su corazón, un hombre con la visión de Dios en sus ojos porque estaba lleno del Espíritu del Señor.
Por tres veces se menciona al Espíritu Santo en relación a Simeón en tan breves versículos: ‘el Espíritu Santo moraba en él… recibido un oráculo del Espíritu Santo… impulsado por el Espíritu Santo’. Un hombre que se deja conducir por Dios, que se deja llenar de Dios, que escucha a Dios en su corazón. Claro que podía descubrir en aquel niño que era presentado al Señor para cumplir con la ley de Moisés al Mesías del Señor. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador…’ Su misión en la vida estaba cumplida; se habían visto colmadas todas sus esperanzas; la Palabra del Señor que es siempre fiel se había cumplido. ‘Puedes dejar a tu siervo irse en paz’.
Siente uno envidia de este hombre que pudo tener en sus manos al Hijo de Dios. Es una primera sensación y un primer deseo que siente uno en el corazón al contemplar esta escena del Evangelio. Pero es que tendríamos que emular a este santo anciano en lo que fue su vida y su fe y esperanza. ‘Hombre justo y piadoso’ nos lo ha descrito el evangelista. Mucho encierran estas dos palabras para hablarnos de la rectitud de la vida de Simeón.
El justo es el hombre fiel que camina rectamente por los caminos del Señor. Justicia es santidad, es pureza de corazón, es rectitud y búsqueda de lo bueno, es bondad y generosidad de espíritu, es respeto y es apertura al otro; y cuando decimos al otro decimos al hombre que camina a nuestro lado, pero también cuando decimos al Otro, es abrirnos a la trascendencia porque es abrirnos a Dios.
Por eso inmediatamente que dice justo dice piadoso. Quiero fijarme en el significado de la palabra piedad y para eso he consultado el diccionario que nos dice: ‘Virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas, y, por el amor al prójimo, actos de amor y compasión’. Una referencia a Dios al mismo tiempo que una referencia al amor al prójimo, a la compasión y a la misericordia. Temor de Dios, amor a Dios, culto a Dios por una parte. Ya nos decía el evangelista cómo estaba lleno del Espíritu Santo. Su vida estaba centrada en Dios. Pero precisamente ese centrarnos en Dios nos lleva a abrir nuestro corazón a los demás. Por eso entraña compasión, misericordia. La misericordia que nos viene de Dios la trasbordamos nosotros hacia los demás.
Muchas más consideraciones podríamos hacernos en torno a este evangelio, pero creo que nos puede bastar para nuestra reflexión lo que venimos diciendo al contemplar la figura del anciano Simeón. Abramos nuestro corazón a Dios, dejémonos conducir también por el Espíritu Santo pero que eso siempre nos lleve al encuentro misericordioso, generoso en amor para con los que caminan a nuestro lado. Si lo hacemos así podemos decir que tenemos la dicha de tener a Jesús en nuestras manos, más aún, lo tendremos bien aposentado en nuestro corazón.


lunes, 28 de diciembre de 2015

La fiesta de los Santos Inocentes en medio de las alegrías de la Navidad viene a ser un toque de atención en nuestro corazón para ver el sufrimiento de tantos inocentes en el mundo que nos rodea

La fiesta de los Santos Inocentes en medio de las alegrías de la Navidad viene a ser un toque de atención en nuestro corazón para ver el sufrimiento de tantos inocentes en el mundo que nos rodea

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18
La alegría y la felicidad que vamos viviendo muchas veces se ve en cierto modo nublada por las sombras de los sufrimientos y los dramas que continuamente nos ofrece la vida. Queremos ser felices, queremos llenar nuestro corazón de alegría pero surgen los problemas y nuestra alegría parece que no puede ser total. ¿Tenemos que amargarnos y llenar nuestro corazón de angustia por tales cosas? ¿O tendremos que buscar alguna forma para mitigar desde nuestra solidaridad ese sufrimiento que vemos en los demás o encontrarle un sentido y un valor a nuestros propios sufrimientos para no perder la alegría del alma?
Comienzo haciéndome esta reflexión en esta fiesta de los Santos Inocentes que celebramos en medio de las alegrías de la Navidad. Seguimos con el gozo y la fiesta del nacimiento de Jesús. Pero como contemplamos en el evangelio ya los primeros momentos de su vida se vieron marcados por la sangre y el martirio de aquellos inocentes, pero también por el propio desarraigo que sufrió en si mismo en el exilio que la familia tuvo que sufrir con su huida a Egipto.
Creo que previamente a leer esta reflexión hayamos leído el texto del evangelio que arriba aparece citado que nos narra el hecho del martirio de aquellos inocentes. Creo que nos sea fácil hacer una lectura de ese texto - aplicando así la Palabra de Dios a nuestra vida como siempre tenemos que hacerlo - en los acontecimientos que vivimos ya sea en nuestra propia persona por los problemas que nos afectan y nos preocupan, pero también en lo que se vive en el mundo de hoy.
Por una parte sufrimientos y problemas que nos afectan y que quizá no hemos buscado ni hemos sido causa de ellos, pero que ahí van apareciendo en nuestra vida y que tenemos que afrontar no perdiendo nunca la paz y la serenidad en su corazón. Hoy miramos a José en medio de los problemas que surgían y que ponían en peligro la vida del niño pero que afronto poniendo su fe y su confianza en el Señor que se le manifestaba en medio de aquellos acontecimientos.
Pero en la muerte de los inocentes contemplamos el sufrimiento de tantos inocentes en nuestro mundo; nos sentimos incapaces quizás y abrumados cuando vemos el sufrimiento de tantos; no sabemos quizá qué hacer, pero en nuestro corazón tiene que aparecer la solidaridad para ponernos a su lado, para hacer de nuestra parte todo lo necesario para que nuestro mundo sea más justo, para denunciar quizá las injusticias que contemplamos que hacen sufrir a tantos.
Y vemos finalmente a una familia que tiene que dejar su casa, su tierra, su patria en búsqueda de lugares de paz. ¿No es eso lo que contemplamos en tantos emigrantes, desplazados, refugiados que andan de un lado para otro en nuestro mundo de hoy? Nos sentimos quizá sensibilizados de manera especial cuando esos refugiados están llegando a las puertas de Europa, pero es en tantos lugares del mundo donde se suceden esas cosas pero que quizá por la lejanía ni nos enteramos ni nos queremos enterar.
Que el Señor despierte esa sensibilidad en nuestro corazón porque no nos podemos cruzar de brazos o mirar para otro lado. Pongamos más y más amor en nuestra vida y que florezca en nuestro mundo.


domingo, 27 de diciembre de 2015

Que la ternura, humildad y delicadeza que destilan de la Sagrada Familia de Nazaret nos enseñen a cultivar los verdaderos valores que hagan una sociedad mejor

Que la ternura, humildad y delicadeza que destilan de la Sagrada Familia de Nazaret nos enseñen a cultivar los verdaderos valores que hagan una sociedad mejor

Eclesiástico 3, 3-7. 14-17ª; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52
El verdadero protagonista de la Navidad es Jesús. El único protagonista, motivo y razón de ser de nuestra alegría y nuestra fiesta: su nacimiento, el nacimiento de Dios hecho hombre encarnado en el seno de María para ser nuestra vida y nuestra salvación, verdadero Emmanuel, Dios con nosotros.
El que motiva de verdad que nuestras familias se reencuentren en el hogar para celebrar la dicha de que Dios esté con nosotros; el que alimenta nuestro amor y nuestra amistad y hace que los amigos compartamos esos días nuestras alegrías e ilusiones; el que es la verdadera razón de nuestra alegría que se contagia y a todos quiere llegar deseando para todos felicidad. El es la Buena Noticia de nuestra vida que nos trae la salvación que viene a ser la levadura que dé verdadero sabor a nuestra vida, a todo lo humano haciéndolo caminar por derroteros de plenitud.
Todo esto ha hecho que la navidad se convierta en una sentida celebración familiar donde, como decíamos, nos reencontramos, pero aun más es lo que nos ayuda a dar ese sentido de familia también a todas nuestras relaciones dándoles un sentido y un valor nuevo haciendo que al menos estos días seamos mas buenos los unos con los otros. Y ya aunque la cena de navidad tiene esa tradición y ese sentido tan familiar sin querer quitarle el protagonismo que en nuestra fiesta ha de tener Jesús, que es el que lo motiva todo, en el sentido de la Iglesia queremos tener una prolongación de ello cuando en este domingo siguiente a la Navidad celebramos el Día de la Sagrada Familia.
A la sagrada Familia de Nazaret volvemos nuestros ojos; es tan humano lo que quiso hacer Dios al encarnarse y nacer como hombre, que quiso hacerlo en el seno de un hogar, de una familia. Una familia, la de Nazaret, que se convierte para nosotros también en Evangelio, en Buena Noticia que nos anuncia y nos presenta a Jesús, al Emmanuel, Dios con nosotros.
El valor de la familia es trascendental no solo en el nacimiento de cada persona sino en el crecimiento y en la maduración como persona. Es el mejor caldo de cultivo donde germinan los más hermosos valores que marcarán nuestra personalidad y nos harán crecer en esa madurez y plenitud humana.
El hombre que no está hecho para estar solo ya desde los primeros momentos de su vida va a encontrar en torno a sí esos padres que le van a dar el calor de su amor, esa familia que le va enseñando a interrelacionarse forjando así su personalidad. No necesitamos la familia solo porque tengamos un techo bajo el que guarecernos, unos alimentos que nos nutran o unos vestidos que nos cubran, sino que será el abrigo de la familia, esa mutua interrelación y comunicación, ese calor del cariño y de la ternura familiar los que en verdad van a nutrir y alimentar nuestra vida; no vamos a recordar al llegar a la madurez de nuestra vida si tuvimos buenas o malas ropas, abundantes o exquisitos alimentos sino el cariño que recibimos, la palabra que escuchamos, el ejemplo que nos motivó, todo aquello que nos enseñó y ayudó a ser cada día mejor persona.
Hoy en la Palabra de Dios que hemos escuchado se nos hablaba de ‘revestirnos de misericordia entrañable, de bondad, de humildad, de dulzura, de comprensión’. Se nos decía además cómo hemos de saber perdonarnos cuando en la debilidad de nuestra vida quizá en un momento nos molestamos o nos ofendemos. ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra el otros’, se nos decía.
Se nos proponía todo eso como valores para nuestra mutua relación. Cuánta sabiduría, tendríamos que reconocer; son cosas sencillas, humildes, podríamos reconocer. Pero cuanto necesitamos de esa ternura en la vida que nos lleve a comprendernos, a aceptarnos; esa ternura y esa delicadez que limen esas aristas con las que tantas veces nos mostramos en la vida. Con esa sencillez y con esa dulzura y humildad haremos que nuestras relaciones no chirríen en encontronazos que pudieran hacer saltar las chispas del orgullo, de los recelos o las envidias.
Si supiéramos tratarnos así que fácil se haría la comunicación y la comunión; cómo aprenderíamos a caminar juntos aportando cada uno lo bueno que lleva en sí, en sus ideas y pensamientos o en su manera de hacer las cosas, porque así aprenderíamos también a ver todo lo bueno que hay también en el pensamiento o en el actuar del otro. Qué distinto sería nuestro mundo; qué felices podríamos ser todos. Qué mundo tan distinto construiríamos.
Es importante que eso lo cultivemos de verdad en nuestros hogares y en nuestras familias. Claramente vemos que cuando en los hogares se ha crecido en medio de rencores, resentimientos, ofensas nunca perdonadas, rupturas en los mismos miembros de la familia o con los más cercanos que nunca se han reparado, luego en la vida social se vive en ese mismo resentimiento y violencia, siempre se estarán recordando viejas heridas de la historia que no hemos sabido cicatrizar con la misericordia y el perdón y vamos haciendo una sociedad violenta, revanchista y a la larga intolerante, aunque luego no  hagamos otra cosa sino hablar de tolerancia.
Es lo que vemos que esta sucediendo en nuestra sociedad en la que decimos tantas veces que vamos a hacer una sociedad mejor y que queremos la paz y cada uno presenta sus proyectos, pero en el fondo porque le hemos quitado esa ternura a nuestra vida vivimos en una sociedad crispada y en la que se hace tan difícil el entendimiento. Cuánto tendríamos que decir aquí de lo que es la vida social que nos rodea y en la que estamos inmersos con el peligro de actuar nosotros así también.
Cultivemos esos verdaderos y hermosos valores en nuestros hogares creando esa verdadera comunión de amor y de cariño entre todos sus miembros. Hoy miramos a la Sagrada Familia de Nazaret donde Dios mismo al hacerse hombre quiso nacer y crecer en lo humano. Allí ‘Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres’, que nos dice hoy el evangelio. Aprendamos esos hermosos valores. Y pidamos al Dios de la misericordia que nos llene a nosotros de esos hermosos sentimientos y valores.
Recordemos a nuestras familias donde crecimos y maduramos como personas recordando y reviviendo en nosotros esos hermosos valores que allí tuvimos dando gracias a Dios por ello. Y oremos también por las familias que se encuentran en dificultades, que carecen quizá materialmente de lo necesario para una vida digna, pero oremos por aquellas que se encuentran en dificultades por las rupturas que en ellas se producen y que tanto daño hacen.
Que la Sagrada Familia de Nazaret nos proteja; que la intercesión de María y su esposo san José nos alcancen esa gracia de su Hijo Jesús.