martes, 5 de enero de 2016

‘Ven y lo verás’ tenemos que ser capaces de decir a los que nos rodean para llevarlos hasta Jesús, verdadera alegría también para el hombre y el mundo de hoy

‘Ven y lo verás’ tenemos que ser capaces de decir a los que nos rodean para llevarlos hasta Jesús, verdadera alegría también para el hombre y el mundo de hoy

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Cuando recibimos una buena noticia o nos sucede algo muy agradable y que nos hace felices sentimos la necesidad de compartirlo, de comunicarlo a los demás. Una felicidad encerrada en si misma o que nos encierra en nosotros mismos es menos felicidad. Somos seres en relación continua y en comunicación y por eso tendemos a ese compartir con los demás lo que nos sucede, también una tristeza o un mal que nos hace sufrir compartido es menos triste y se lleva con más ánimo interior.
En estos primeros encuentros de los primeros discípulos con Jesús que nos ofrece el evangelio de estos días ayer nos queríamos fijar de manera especial en esa búsqueda interior que hay en nosotros y como en Jesús encontramos esa respuesta, esa luz y sentido para nuestra vida. Son las llamadas que el Señor nos va haciendo con su presencia en nosotros. Aunque ya ayer podríamos habernos fijado en el hecho de que Andrés inmediatamente va a comunicar a Simón lo que ha encontrado para su vida, hoy nos vuelve a insistir en el actuar de Felipe, al que Jesús ha llamado también.
‘Ven y verás’, le dice Felipe a Natanael ante las reticencias de éste nacidas quizá de los recelos normales que surgen muchas veces entre pueblos vecinos. ‘Felipe encuentra a Natanael y le dice: Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Es el anuncio que hace Felipe a Natanael y ya sabemos la reacción. ‘¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?’ De ahí la insistencia de Felipe porque para él el encuentro con Jesús ha sido algo grande. ‘Ven y verás’.
Ya nos dirán los apóstoles que aquello que han visto y han oído no pueden callarlo. Esa tendría que ser nuestra actitud permanente si en verdad la fe es algo grande para nosotros. Pero, con toda sinceridad, preguntémonos a cuantos, por ejemplo, le contamos cuando salimos de Misa los domingos lo que allí en la Eucaristía hemos vivido.
Decíamos al principio que somos seres dados a la comunicación y a la relación con los demás, y es cierto, pero también hemos de reconocer que en estos aspectos de nuestra vida espiritual y de nuestra vida cristiana somos muy reservados y pareciera que tenemos miedo de hablar de eso a los demás. Siempre, en todo momento tendríamos que ser anunciadores de Evangelio, de Buena Nueva. Y esa Buena Nueva para nosotros es Jesús.
Es a Jesús al que tenemos que anunciar en toda ocasión con nuestras palabras, con nuestros anuncios concretos además de con nuestra vida. Nos refugiamos muchas veces en que el anuncio tenemos que hacerlo con nuestra vida para no tener la valentía de hacerlo también con nuestras palabras, porque quizá pensamos que no sabemos qué responder a la oposición que podamos encontrar. Ya Jesús nos anuncia que no tengamos miedo a lo que hemos de decir que el Espíritu hablará por nosotros. ¿Nos falta fe quizá en la presencia del Espíritu del Señor en nuestra vida?
Que al menos seamos capaces de decir como Felipe, ‘Ven y lo verás’, y los llevemos hasta Jesús. Seguro que en ese encuentro van a llenarse de vida y nos van a decir por qué hemos tardado tanto en invitarlos a ir hasta Jesús. Haríamos en verdad nueva evangelización, en lo que está tan empeñada nuestra Iglesia.

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