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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

 


Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

¿Habremos sentido alguna vez el deseo de descansar sobre un hombro amigo no solo nuestro cuerpo roto por el cansancio sino más nuestro espíritu agarrotado por los agobios y las luchas de cada día? También quizás hemos escuchado al amigo que nos dice, quizás incluso desde que se levanta por la mañana, ¡qué cansado estoy! Se supone que no es solo el cansancio físico el que le atormenta en esos momentos, sino que quizás haya algo más hondo en su espíritu que ni él mismo es capaz de reconocer.

Falta de ilusión, metas indefinidas o metas que no se es capaz de conseguir, desorientación en el camino aunque no se quiere reconocer por aquel orgullo de yo sé bien lo que quiero, pero realmente no sabe a donde quiere llegar en la vida, un sinsentido que tratamos de apagar con alegrías fáciles y momentáneas pero que en el fondo nos dejan un amargor dentro de nosotros mismos.

No son pesimismos los que alientan ahora mis palabras y mis pensamientos, sino una realidad que constatamos fácilmente en la superficialidad con que vivimos la vida. Y vienen los cansancios y las desilusiones, viene el ver las negruras que parecen que resaltan más que la claridad que queremos encontrar. ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? ¿Qué sentido le estamos dando a la vida?

Y nos encontramos un mundo revuelto, y nos damos cuenta que quizás somos nosotros los primeros que tenemos nuestro reconocer ese mundo revuelto y necesitamos ese hombro donde apoyar nuestra cabeza para sentir un calor nuevo en el alma que nos impulse a levantarnos de nuevo para seguir el camino.

Hoy escuchamos la Palabra de Jesús que tanto estamos necesitando escuchar. Es ese hombro en el que reclinar nuestra cabeza. Cuánto envidiamos – en un buen sentido – a aquel discípulo amado que pudo reclinar su cabeza sobre el corazón de Cristo en aquella noche tan llena de tragedias y negruras pero donde realmente resplandecía la luz que no sabíamos descubrir.

Jesús es ese corazón que nos escucha, que presta atención a nuestra vida, a nuestros deseos y a nuestras inquietudes. ¿Qué quieres que haga por ti?, nos está diciendo como le decía aquellos enfermos que se acercaban a El. 

Jesús es quien camina también a nuestro encuentro cuando nos encontramos inmersos en nuestras soledades y nos parece que nadie nos escucha ni nos ayuda. ¿Quieres curarte? Nos dice a nosotros también como al paralítico de la piscina.

Jesús abre un hueco en su entorno para que podamos llegar a El a pesar de las barreras que se puedan interponer en tantas puertas cerradas como podemos encontrar en la vida, como recibió a aquel paralítico bajado entre angarillas desde el techo para decirnos también ‘tus pecados están perdonados, levántate y anda’.

Hoy nos está diciendo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Son nuevas y no lo son sus palabras, porque es lo que a lo largo del evangelio hemos contemplado y escuchado que nos decía con sus gestos y con su cercanía, con los signos que realizaba o con la mirada que nos tendía.

¿Seremos capaces de sentir un gozo nuevo en el corazón que nos llena de una nueva esperanza?

martes, 12 de diciembre de 2023

Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

 


Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Yo ahora no tengo tiempo, tengo tantas cosas que hacer… será la disculpa que más de una vez nos hemos dado, cuando no queríamos que nos molestarán, no queríamos comprometernos, o rehuíamos la llamada que alguien nos hacía para que le echáramos una mano. Es la disculpa que nos damos, que estamos muy ocupados, cuando somos quizás conscientes en un momento de lucidez cuántas cosas podríamos hacer por los demás, cuando vemos a alguien desanimado que necesita una palabra de aliento, o cuando vemos a alguien con problemas sin saber cómo salir adelante. Tenemos tantas cosas que hacer, nos decimos y nos justificamos.

Hoy Jesús nos ha hablado de la oveja que se ha descarriado, que se perdido, que se ha alejado del rebaño y puede estar en peligro, y nos dice que el pastor guarda las noventa y nueve en el aprisco y se va a buscar a la oveja perdida allá donde se encuentre. Y claro, nos habla de la alegría cuando el pastor recupera la oveja perdida, de manera que en su alegría corre a anunciarlo a amigos y familiares, porque ha encontrado la oveja perdida. Y nos termina diciendo que el Padre del cielo no quiere que se pierda ninguna de sus pequeñas ovejas.

Cuánto nos dice este pasaje del evangelio. Nos está hablando de la ternura de Dios significada en esa ternura del pastor. Quizás algunas veces desde la distancia no somos capaces de calibrar bien lo que es la ternura que siente por sus animales el que los cuida. Ya sea el ganadero que tiene sus rebaños, o aquel que tiene junto a si un animalito que le cuida y le hace compañía. Sea de una forma de otra hay como una ternura especial, una relación especial que no es solo tener unos animales porque de ellos pueda obtener un rendimiento. Recuerdo a mi padre que a los ganados que teníamos en casa a cada uno de aquellos animales los llamaba por un nombre; como nos sucede cuando tenemos unas mascotas o unos animales de compañía.

Por eso no nos extrañe esta comparación que nos quiere hacer hoy Jesús en el evangelio, porque ahí nos está hablando de la ternura de Dios, de su misericordia y compasión, de cómo Dios nos llama y nos busca y con lazos de amor a través de muchos signos quiere atraernos hacia El. La prueba más maravillosa la tenemos en Jesús, rostro de la misericordia de Dios que nos regala su amor y su perdón.

Pero este texto del evangelio nos cuestiona a algo más, porque nos está planteando las actitudes que nosotros hemos de tener. ¿No tendríamos que hacer como el pastor que deja las noventa y nueve en el redil para ir a buscar a la oveja perdida? ¿Cómo traduciríamos eso a nuestra vida concreta? ¿No hablábamos al principio de aquella muletilla que nos gastamos de que no tenemos tiempo? ¿Qué es lo que tendríamos que dejar apartado a un lado para encontrar caminos de ir al encuentro con los demás?

Consolad, consolad a mi pueblo, nos decía el profeta en la primera lectura. ¿Habremos pensado en quien está cerca de nosotros y necesita unas palabras de aliento y de consuelo? 

Nos parece que la gente vive toda feliz y contenta, porque vamos tan deprisa por los caminos de la vida que no nos detenemos para fijarnos con atención a las personas con las que nos encontramos o con las que nos cruzamos. Mírales a los ojos y descubrirás muchas tristezas y muchas lágrimas reprimidas, descubrirás corazones angustiados y apenados, gente que van con sus tormentos en el corazón sin encontrar quizás con quien desahogarse y contar sus penas, personas que se van arrastrando por la soledad de la vida porque no tienen a nadie a su lado, gente que sufre con sus enfermedades o con el sufrimiento de los suyos y no saben cómo encontrar alivio y consuelo para su dolor.

Y nosotros tenemos tanto que hacer, nosotros que vamos con nuestras carreras, nosotros que no pensamos sino en lo que nos puede hacer sufrir pero no queremos sintonizar con el sufrimiento de los demás porque nos puede parecer demasiada carga. Despertemos. El Adviento nos está llamando. No solo vamos a preparar unos turrones o unos bonitos adornos para nuestra casa. Jesús está llegando a nosotros en todas esas situaciones que podemos descubrir en los demás y ¿dónde lo vamos a hacer nacer?

lunes, 11 de diciembre de 2023

Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

 


Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Cuántas veces en la vida nos vemos bajo el peso de los problemas sin saber cómo salir adelante, nos sentimos impotentes, incapaces de encontrar salida; en ocasiones nos sentimos como inútiles, también hay que decirlo, porque no nos valoramos a nosotros mismos, no somos capaces de reconocer las imposibilidades que podamos tener, pero de ahí no pasamos; yo no sé, yo no puedo, son frases que escuchamos o que incluso decimos en muchas ocasiones.

Por supuesto necesitamos una mano que nos ayude a dar los primeros pasos, nos dé el primer empujón, no para resolvernos ellos todos los problemas, sino para hacernos creer en nosotros mismos; es bueno que haya personas dispuestas así a nuestro lado, porque son un buen estimulo; pero reconociendo quizás que estamos limitados tenemos que ver otras posibilidades, otras salidas, algo que nosotros hagamos por nosotros mismos.

¿Queremos el milagro fácil que todo nos lo dé hecho? Quizá el milagro tiene que estar en reconocer nuestra limitación, pero querer salir de ella, no conformarnos, no cruzarnos de brazos para que otros sean los que nos resuelvan los problemas. Y esto que estoy diciendo no es auto alimentar nuestra autosuficiencia, porque también tenemos que saber a quién podemos acudir, pero hacerlo, es comenzar a creer que es posible en mi vida algo distinto. Y decimos de nuestra vida personal, como podemos decirlo de lo que es esa sociedad que quisiéramos que fuera mejor.

Me ha venido a la mente toda esta reflexión que os estoy ofreciendo precisamente leyendo y queriendo escuchar en mi corazón también el evangelio que hoy se nos propone. El evangelista nos presenta el cuadro, Jesús que está enseñando en un lugar a donde ha acudido mucha gente; por un lado también están escribas y fariseos, que siempre estarán atentos a lo que hace o a lo que dice Jesús, no para aprender, sino ya sabemos cuales son sus intenciones. En medio de todo esto aparecen unos hombres que en una camilla traen a un paralítico para que Jesús lo cure. Pero está la dificultad de la aglomeración de la gente; pero aquellos hombres no se arredran y buscan soluciones, bajar desde el tejado en la camilla a aquel paralítico para que llegue a los pies de Jesús.

Ya estamos viendo cómo se buscan soluciones sin cruzarse de brazos. Las barreras se pueden saltar. Cuántas veces vemos el muro que se nos interpone, pero nos falta la iniciativa para ver como pasar por encima de ese muro, y nos quedamos paralizados.

Pero ahora vienen otros pasos que son muy importantes. Las palabras de Jesús hacen reconocer que aquel hombre – todos lo somos – es pecador y cuando se reconoce el pecado estará siempre presente la misericordia de Dios, aunque los hombres no terminamos de aprender lo que es la misericordia y saborearla. Así está la reacción de aquellos que escuchan que Jesús ofrece el perdón a aquel hombre. ¿Nuestras reacciones van por los caminos de la misericordia y saber saborearla?

Pero ahora Jesús le va a decir a aquel hombre que no tiene que quedarse postrado en aquella situación. ‘A ti te lo digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. No te quedes postrado, levántate. No esperes siempre que haya alguien que te cargue la camilla – yo lo habían hecho otros antes para traerlo ante Jesús – a ti te toca ahora cargar con la camilla para que vuelvas a tu casa. Y aquel hombre se levantó con el estupor de todos.

Cuántas veces necesitamos oír esa palabra que nos dice: ‘levántate’. Tú puedes. Es posible. Sentir esa liberación interior, que nos viene de Dios. No quedarnos atados y paralizados. Ponernos en camino que podemos hacerlo. No podemos consentir que el mundo siga por los derroteros que va; podemos hacer algo nuevo, algo distinto, un mundo mejor y distinto. Pero tenemos que poner manos a la obra. Jesús está con nosotros. Y su palabra de salvación llega a nuestra vida. ‘Sed fuertes, no temáis. Aquí está nuestro Dios, viene en persona y nos salvará’.


domingo, 10 de diciembre de 2023

El profeta anuncia al pueblo palabras de consuelo que lo ponen en camino, es la nueva actitud que hoy nos pone en pie en este camino del Adviento

 


El profeta anuncia al pueblo palabras de consuelo que lo ponen en camino, es la nueva actitud que hoy nos pone en pie en este camino del Adviento

Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84; 2Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

Supongamos que tenemos una deuda muy grande que no tenemos medios para poder pagarla; sobre nuestra cabeza pende el momento en que nos puedan exigir el pago de esas deudas y en cierto modo vivimos en la angustia de no saber cómo salir de ese atolladero. Pero de pronto nos anuncian que esa deuda está condonada, ya no tenemos que pagarla porque alguien nos ha resarcido de ella. Consuelo y alegría para nuestro corazón.

Es lo que escuchamos hoy al profeta, en la primera lectura. Invita a escuchar palabras de consuelo porque su deuda está condonada. El profeta aparece en unos momentos que fueron cruciales en la historia del pueblo de Israel; habían sido llevados a la cautividad de Babilonia y en un momento dado se les ofrece la liberación. Por eso los desiertos se convierten en caminos para aquel pueblo desterrado que corre de nuevo hacia su tierra, como en un segundo éxodo hacia la tierra de libertad prometida.

El desierto, como el destierro, no van a ser un lugar para la estancia, sino que se convertirán en un camino, que habrá que prepararlo adecuadamente, porque en el desierto no hay caminos, sino todo es aridez y colinas y barrancos que habrá que sortear; unos caminos nuevos han de abrirse por el desierto.

Y esa palabra del profeta la escuchamos nosotros hoy, en este segundo domingo de Adviento, pero también en medio de los desiertos y de las arideces de la vida. Miremos nuestra situación y la situación de nuestro mundo, miremos nuestra propia vida y la manera que tenemos de relacionarnos con los demás, contemplemos la falta de paz no solo de las guerras que siguen azotando nuestro mundo, sino esa ruptura de la paz en las familias, en nuestras mutuas relaciones, en tantas cosas que nos ponen en tensión; miremos, sí, ese mundo que nos rodea y que se encanta con las campanillas y los colores que nos anuncian la navidad, pero que sigue viviendo en la superficialidad y en la vanidad; miremos cual es la preparación que precisamente se nos ofrece en la sociedad para la celebración de la navidad, donde Jesús será el más olvidado.

Nos aparece en el evangelio la figura del Bautista, aquel profeta que ha aparecido en los desiertos de Judea y en las orillas del Jordán con una figura de austeridad que pareciera que nos viene a aguar la fiesta cuando nosotros estamos pensando en tantos adornos y tantas vanidades de las que rodeamos nuestras fiestas de Navidad.

Tenemos que detenernos los cristianos en medio de esa carrera loca a la que nos lleva nuestra sociedad. Tenemos que despertar y ver cual es la verdadera realidad de la navidad que vamos a celebrar. ¿Olvidaremos aquello a lo que en verdad ha venido a nuestro mundo el Hijo de Dios cuando quiere ser Dios en medio de nosotros? ¿Seremos conscientes de esas colinas, valles y barrancos en medio de un mundo árido y reseco que sigue existiendo a nuestro alrededor y en nosotros mismos? ¿Seguiremos dejando a nuestro mundo, o nos quedaremos nosotros mismos en ese desierto sin abrir nuevos caminos?

No es la cena de un día, no es un bonito árbol lleno de luces y de regalos que plantemos un día, no es una bella y más o menos artística escenificación de la navidad con sus figuras de todas formas y colores, lo que tiene que hacer la navidad. Podrían ser buenos signos, pero eso, signos de algo nuevo y distinto lleno de otra luz y de otro color que tendríamos que construir en nuestra vida, en la vida de los que nos rodean, de la transformación que realmente tenemos que realizar en nuestro mundo.

No nos podemos quedar en lo externo y superficial. Un camino nuevo tenemos que emprender, tenemos que construir en medio de ese desierto. A eso nos está invitando el profeta, a eso nos está llamando de forma apremiante el Bautista. Una esperanza nueva tiene que nacer en nuestros corazones y darle color a nuestro mundo, que es más que la luz parpadeante de unos momentos, porque Jesús es la luz que nos va a iluminar para siempre. No nos quedemos, pues, simplemente parpadeando, que las luces que parpadean terminan fundiéndose y apagándose.

Como las palabras del profeta sirvieron de consuelo y alegría, pero también pusieron en camino a aquel pueblo que se sentía sin libertad alejado de su pueblo, así tenemos que escuchar hoy – y cuando digo hoy estoy diciendo en este momento concreto – estas Palabras que se nos ofrecen hoy a través de la liturgia de ese segundo domingo de Adviento, aunque nos puedan resultar incómodas.

¿Cuáles, en concreto, son esos desiertos, valles, barrancos y colinas donde tenemos que comenzar ya a hacer un camino nuevo? ¿Cómo se va a traducir eso también para esa sociedad concreta en la que vivimos, que es nuestra familia, que es nuestra comunidad, que son esas personas que están a mí alrededor?

sábado, 9 de diciembre de 2023

La llamada del Adviento para este año es que mostremos con los signos de nuestra vida y de nuestro amor que el Reino de Dios ha llegado, despertemos

 


La llamada del Adviento para este año es que mostremos con los signos de nuestra vida y de nuestro amor que el Reino de Dios ha llegado, despertemos

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8

‘Recorría Jesús todos los pueblos y aldeas de Galilea… proclamando la buena noticia del Reino de Dios… curando toda enfermedad y toda dolencia…’

Su Palabra anuncia la llegada del Reino, sus obras hacían palpable la llegada del Reino. Un mundo nuevo comenzaba donde tendría que reinar la libertad de una vida nueva; sus palabras hacen sentir que algo nuevo tenía que comenzar, era la hora de la liberación, nada podía atar el corazón del hombre porque todos habrían de encontrarse con la verdad y con la vida. El camino estaba abierto, allí estaba Jesús que era el camino; allí podían encontrarse con la verdad y con la vida, porque allí estaba Jesús que era la verdad, que era la vida.

El paso de Jesús va desatando los corazones; el paso de Jesús irá llenándolo todo de luz; el paso de Jesús les hará encontrarse consigo mismos para sentir que una vida nueva habían de vivir; el paso de Jesús nos va transformando en hombres nuevos; el paso de Jesús es una buena noticia, es la buena noticia, porque la noticia es Jesús.  Una buena noticia llegaba a los pobres y a los desesperanzados, una nueva noticia que iría haciendo romper cadenas. ¿No recordaría un evangelista aquello que había anunciado el profeta de que al pueblo que caminaba en tinieblas le amaneció una gran luz? El momento  había llegado con Jesús.

Y Jesús sigue contemplando aquel pueblo que andaba extenuado, que habían perdido las esperanzas, que muchas veces se dejaban llevar por ese caminar sin rumbo porque aun no habían encontrado la luz; andaban como ovejas sin pastor. Era amplio el campo que se contemplaba que parecía que no tenía horizontes. Y Jesús siente compasión, y nos dice que la mies es mucha, que los operarios son pocos, que roguemos al dueño de la mies para que envíe más operarios; como aquel buen hombre que salió en las distintas horas del día a buscar operarios para su viña.

Es nuestro mundo, ese mundo que nos rodea en toda su amplitud. También contemplamos un mundo extenuado que no sabe que rumbo tomar porque hay muchos cantos de sirena que pretenden atraerle de un lado y de otro. Esa mies necesita operarios. Miremos alrededor nuestro, miremos la manera de actuar de los que están a nuestro lado, démonos cuenta de esa carencia de valores que reina en nuestro mundo, seamos conscientes de que los valores del Reino están lejos de muchos corazones que no se dejan guiar sino por la ambición y la vanidad, que se encierran en si mismos y rehuyen todo compromiso por algo nuevo y mejor. La mies es mucha, ¿cuántos son los operarios?

Tiene que dolernos también el corazón viendo la realidad de nuestro mundo, pero no solo quedarnos en quejarnos de los males que podamos contemplar, sino tener compasión, como la tuvo Jesús. Jesús sintió compasión ante lo que contemplaba y no se quedó con los brazos cruzados, allá por donde pasaba iba repartiendo vida, despertando esperanza, caldeando los corazones para el amor. Y lo manifestaba a través de los signos que hacía. ¿Será el camino que nosotros también tenemos ya de una vez por todas que emprender?

Nos dice el evangelista que Jesús llamó a algunos discípulos y los constituyó en apóstoles que envió con su misma misión y con su mismo poder.  ¿Encontrará en nosotros esos discípulos disponibles para poner la mano en el arado y no volver la vista atrás, sino lanzarnos en medio del mundo a sembrar la semilla del Reino de Dios? Es la tarea que Jesús nos quiere confiar. ‘Id y proclamad que ha llegado el Reino de Dios’, nos dice. Mostrémoslo con los signos de nuestra vida y de nuestro amor.

¿Será esa la llamada del Adviento para este año? Despertemos.

viernes, 8 de diciembre de 2023

La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

 


La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Apenas iniciado el camino del Adviento nos aparece la figura de María en esta hermosa fiesta tan entrañable para todos de la Inmaculada Concepción de María. Viene como a condensar todo el camino que vamos haciendo acompañados de los profetas y de Juan Bautista, donde María nos aparecerá también en el momento oportuno en la cercanía de la Navidad. Pero hoy nos aparece esta fiesta que es una fuerte invitación a que lancemos el grito de la esperanza porque tenemos la certeza de la victoria de la vida del amor sobre la muerte.

Bien necesitamos ese aliento para el camino que en Maria encontramos. A veces nos encontramos desalentados cuando nos sentimos envueltos en tantas negruras de muerte y de violencia, de enfrentamientos sin sentido ni razón, de insensibilidad y de inferencia que nos hace insolidarios y egoístas porque solo nos miramos a nosotros mismos y no sabemos abrir el corazón a lo que en verdad nos pueda elevar y trascender. Pero es posible un mundo nuevo y distinto; no van a ser los orgullos y las ambiciones los que nos dominen y sigan esclavizando, porque con Maria aprendemos a abrir nuestra vida para que se llene de Dios cuando sabemos abrir el corazón con mirada nueva a los que nos rodean.

Es el aliento que de Maria recibimos haciendo renacer las esperanzas en nuestro corazón. El orgullo de querer ser como Dios destruyó el plan de Dios que quería una humanidad para la dicha y la felicidad; por algo en la imagen de la Biblia aparece el hombre colocado en un jardín que tenía que ser las delicias para la humanidad, pero cuando nos endiosamos nos destruimos a nosotros mismos y causamos destrucción a nuestro alrededor. Qué pronto comenzó la desconfianza en el corazón del hombre cuando se dejó seducir por el pecado; se escondieron porque se dieron cuenta de que estaban desnudos, nos dice el autor sagrado. Y pronto comenzarán las culpabilizaciones, como siempre hacemos en la vida, cuando no queremos reconocer nuestros errores y siempre se los queremos aplicar a los demás. Fue el querer pasarse la pelota entre Adán y Eva, finalmente terminando en la serpiente del maligno.

Es la historia de las negruras de nuestra vida, pero hoy contemplamos a quien no se esconde aunque sienta la humildad de su pequeñez sino que se siente sorprendida con el misterio de Dios que el ángel le está comunicando. Le cuesta entender el misterio – se puso a rumiar y considerar lo que significaban aquellas palabras – pero está pronta, aunque se siente pequeña, para ponerse a disposición del plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

Una nueva aurora se despliega para la humanidad. Será posible la victoria del amor y de la vida. María nos está abriendo el camino. El velo de sombras se va a descorrer porque algo nuevo va a comenzar. Dios está con nosotros, va a ser para siempre el Emmanuel y el sí de aquella doncella de Nazaret hizo posible el nacimiento de una nueva humanidad, porque Dios sigue creyendo en el  hombre, sigue contando con el  hombre y por eso El mismo se hace hombre. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’.

Es cierto que es el Misterio de la Navidad para el que nos estamos preparando y que pronto vamos a celebrar. Hoy con María Inmaculada estamos ya pregustando los gozos de esa fiesta, porque ha renacido la esperanza en nuestros corazones. Es el grito de la esperanza que con María en esta fiesta en que la contemplamos toda pura, sin pecado concebida en virtud de los méritos del que iba a nacer de sus entrañas nosotros queremos proclamar. Es posible ese mundo nuevo en que ya nunca nos escondamos con nuestras malicias y nuestras desconfianzas, en que ya para siempre seamos capaces de tendernos la mano para caminar junto, en que nuestras palabras no serán ya más para el enfrentamiento acalorado culpando siempre a los demás de nuestros males y por eso queramos destruirlos, sino que va a nacer un reino nuevo de amor, de justicia y de paz.

Para nosotros es un compromiso y muy serio. Porque celebrar esta fiesta de María no es para quedarnos estáticos y cada uno en su rincón, sino que es y tiene que ser un ponernos en camino. Como lo hizo María, pronto la veremos en camino para buscar un lugar donde ir a servir, donde llegar la alegría de Dios que desbordará incluso de la casa de Zacarías e Isabel porque se trasportará por todas las montañas de Judea como un adelanto de los cánticos y de gloria y de paz que meses mas tarde harán resonar los ángeles por los campos de Belén anunciando el nacimiento del Salvador.

¿Será lo que nosotros también tenemos que hacer ya desde este día y desde esta fiesta de la Inmaculada? ¿Cuáles van a ser los verdaderos cánticos de paz que tienen que resonar en la noche de la navidad? ¿Veremos pronto la paz en aquellos lugares de conflicto y de guerra o seguirá sin poderse celebrar la noche de Navidad en Belén como algunos anuncian que sucederá en este año? ¿No podremos cambiar nosotros esos anuncios porque allí donde estemos construyamos más comprometidamente la paz?

Creo que María Inmaculada a eso nos está invitando. Ojalá podamos cantar ese cántico nuevo porque sentimos que el Señor sigue haciendo maravillas.

jueves, 7 de diciembre de 2023

No hagamos de la vida un edificio rocambolesco que se queda en apariencia, sino demos profundidad apoyándonos en la Palabra de Dios

 


No hagamos de la vida un edificio rocambolesco que se queda en apariencia, sino demos profundidad apoyándonos en la Palabra de Dios

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Muchas veces tenemos la tentación de disimular en bonitas fachadas o apariencias la debilidad y la inestabilidad que hay en el interior. Muchas veces nos puede suceder, incluso como una reacción a nuestra propia debilidad, a nuestras propias deficiencias; no queremos que nos noten débiles, que lleguen a descubrir donde están nuestros talones de Aquiles, por donde todo se nos podría venir abajo. Y nos rodeamos de oropeles, nos envolvemos de apariencias; queremos aparentar que somos fuertes, mientras en nuestro interior no tenemos la más mínima voluntad para superarnos; nos envolvemos con bonitas palabras que tomamos de aquí o de allá, pero no dejar traslucir nuestra falta de sabiduría y nuestra ignorancia. Un edificio que hacemos muy rocambolesco por fuera, pero que dentro no nos sirve para nada, ni tiene la fortaleza suficiente para mantenerse en pie frente al más mínimo vendaval. Es la inmadurez, la superficialidad en la que muchas veces asentamos la vida.

Y lo malo además sería que estuviéramos construyendo una sociedad que solo sea fachada. Nos preocupamos mucho de cosas que llamen la atención, que encandilen a la gente, que contente a la mayoría haciéndole olvidar quizás otros valores que necesita la sociedad u otras carencias de las que nos queremos ser conscientes. Terrible una sociedad sin fundamentos, sin valores, sin verdadera madurez, porque solo buscamos la superficialidad, el pasarlo bien de la manera más fácil, el mínimo esfuerzo, el que todo nos lo den hecho. Se tambalea nuestra sociedad por la falta de valores; se tambalea nuestra sociedad edificada superficialmente y para contentar a los que rehuyen el esfuerzo y la auténtica responsabilidad.

Y cuidado que los cristianos nos dejemos arrastrar por esos cánticos de sirena, caigamos también en esas redes de superficialidad. Tenemos que dar la talla, mostrar esos verdaderos valores que guían nuestra vida y por lo que estamos dispuestos a darlo todo porque queremos darle profundidad y madurez a nuestra vida. Tenemos que ser ejemplo de responsabilidad, de confianza, creando cauces con nuestro ejemplo y nuestro testimonio de ese rumbo nuevo que tenemos que darle a la vida.

Hoy nos previene Jesús. No quiere que edifiquemos nuestra vida sobre arena, no quiere que nos quedemos en apariencias, quiere que vayamos a lo más hondo, a lo más profundo. Claro que buscar un cimiento que esté bien fundamentado en la roca nos exige esfuerzo, no es ir a lo que salga, sino que tenemos que ahondar, profundizar hasta encontrar esa roca firme sobre la que edificar y poner buenos fundamentos.

Nos habla Jesús de la Palabra de Dios, verdadera sabiduría de nuestra vida. ¿Dónde mejor buscar esa sabiduría sino en el Dios que nos ha creado para poder encontrar ese verdadero sentido de nuestra vida? De ahí la atención con que hemos de escuchar a Dios, profundizar en su Palabra. No basta oírla como palabras que se lleva el viento. Es necesario escuchar y para escuchar hay que prestar atención, abrir los oídos de nuestro interior, masticar en la reflexión esa Palabra que escuchamos para poder traducirla luego en las obras de nuestra vida. Cuidado seamos superficiales en la escucha de la Palabra de Dios. Nos creemos que nos la sabemos y no llegamos a descubrir lo que aquí y ahora, en este momento y en esta situación de mi vida, Dios quiere decirme, Dios quiere revelarme.

No podemos hacer como con tantas cosas en la vida que siempre vamos a la carrera; a la carrera no podemos ir a escuchar la Palabra de Dios, busquemos serenidad en el espíritu, hagamos silencio interior para que nada nos distraiga ni nos disperse, dejemos que cale hondo en nosotros, aunque haya palabras que nos hieran en las fibras más íntimas de nosotros mismos, porque es señal de que hay algo enfermo que tenemos que curar.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

 


Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

Lo habréis escuchado ya, se va a celebrar un gran banquete, una gran comida a la que todos estamos invitados, se está buscando una gran explanada donde poderla celebrar, habrá comida en abundancia, sabrosas viandas y carnes, toda clase de comidas, abundantes vinos y bebidas, habrá música y habrá fiesta, la alegría tiene que rebosar por todas partes. La boca se le está haciendo agua a más de uno.

Es lo que anunciaba el profeta, tal como hemos escuchado, hacia el monte santo confluirán de todos los lugares, gentes venidas de todas partes, tiene un gran sabor y sentido mesiánico el banquete que se nos anuncia. Y luego nos encontraremos con una riada inmensa de cojos y de enfermos, de gente cargando todo tipo de sufrimientos y de angustias, una multitud hambrienta que se reúne en torno a Jesús porque irán hasta la montaña y el desierto para encontrarle si es preciso. Y las provisiones son pocas y ahora no se sabe donde ir a buscar comida porque están en descampado.

Es la imagen que hoy se nos ofrece en la liturgia de estos comienzos del Adviento. Un mundo hambriento y lleno de sufrimientos mientras se habla de celebrar un gran banquete. ¿Será en verdad una imagen de este camino de adviento que este año estamos haciendo?

Miremos nuestro mundo y seamos conscientes de la realidad pero también de las inquietudes que tiene la humanidad en lo más hondo de si misma. Siempre decimos que los tiempos no son fáciles, y eso lo aplicamos en todo momento, porque cada uno y en cada momento de la historia vivimos nuestra propia situación. Ansiamos, es verdad, que todo fuera como ese gran banquete que se nos anuncia, como esa fiesta que en verdad desea toda la humanidad.

Pero algunas veces vamos como cansados por la vida en nuestras luchas y en nuestras frustraciones, en sentir como en cada momento aparecen nuevos problemas o nuevas situaciones que van poniendo en peligro hasta la estabilidad de la propia humanidad. No nos faltan las multitudes hambrientas, como no nos falta dolor y sufrimiento motivado por tantas causas tan diversas. Es una humanidad que se siente rota, que algunas veces se desespera y quizás quiere huir para olvidar o para no aumentar el sufrimiento.

Muchos quizás quieren vivir de espaldas a esos sufrimientos y se entretienen en cosas que les distraigan quizás para no verse involucrados. Son tantos también los que insolidariamente viven encerrados en si mismos, pero también carentes de esperanzas verdaderas en su espíritu, porque solo quieren vivir al día. Aquellas multitudes que seguían a Jesús, unos que le aclamaban, otros que se ponían a distancia simplemente como observadores, muchas que estaban también en una actitud de rechazo.

Somos nosotros los que hoy caminamos en este siglo XXI. Pero no podemos perder la esperanza. Nosotros también escuchamos ese anuncio del profeta, esa invitación a ese nuevo banquete del Reino. Para nosotros Jesús que viene nos prepara y nos ofrece ese banquete de vida. Todo puede cambiar, podemos hacer un mundo nuevo, podemos hacer que la vida sea como ese banquete mesiánico del que nos ha hablado el profeta.

A Jesús lo contemplamos hoy en el evangelio que se deja encontrar por aquella gente que ha acudido de todas partes con sus angustias y sus sufrimientos, con sus sueños y con sus esperanzas, con su hambre que va más allá de ese pan material que también deseaban porque en Jesús están buscando algo nuevo y distinto. Es lo que Jesús nos ofrece. Es lo que vamos a celebrar en la próxima navidad, es lo que cada día hemos de saber vivir porque Dios está llegando a nosotros, a nuestra vida y tenemos que saber abrirle el corazón.

Caminemos con esperanza y con intensidad este camino del Adviento. Seguro que nos encontraremos con Jesús. El viene a nosotros, de muchas maneras se hace presente en nuestra vida y responde a nuestras inquietudes. Abramos los ojos de la fe. Para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos, arrancará el velo que cubre todos los pueblos y enjugará las lágrimas de todos los ojos.

martes, 5 de diciembre de 2023

Camino de humildad y de sencillez que hemos de emprender porque será la tierra más disponible para acoger la semilla de la Palabra de Dios

 


Camino de humildad y de sencillez que hemos de emprender porque será la tierra más disponible para acoger la semilla de la Palabra de Dios

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

¿Quién no ha sentido alegría alguna vez, no por lo que le haya sucedido a él, sino por algo hermoso que vio en otra persona? Nos alegramos con la suerte de los demás, es cierto, pero seguramente hemos observado algo más que suerte, sino cómo una persona que quizás nos parecía humilde, ahora destacaba en cosas hermosas y recibía la admiración de los que le rodeaban. Nos gozamos, por ejemplo, con la sabiduría de los sencillos, aquellos que incluso sin ninguna clase de estudios ni de títulos sin embargo saben ofrecernos una sabiduría maravillosa en sus palabras que nos dejan cautivos y maravillados.

Nos gozamos en esas personas que quizá nadie les ayudaba pero fueron capaces de salir adelante, progresar en la vida y no solo contemplamos el éxito de sus trabajos sino que además brillan con su humildad que los hace más maduros y nos motivan más a su imitación. Nos alegramos en tantas cosas bellas y hermosas que podemos admirar en los demás. Ojalá tuviéramos siempre los ojos bien abiertos para descubrir esas maravillas y aprender de su sabiduría.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús se llenó de la alegría en el Espíritu Santo. ¿Qué ha motivado esa alegría en el corazón de Cristo? Por aquellos que le rodean. Contempla Jesús cómo la gente humilde y sencilla se le acerca para escucharle; contempla Jesús que con los que tienen un corazón más disponible para sintonizar con las cosas de Dios. Y son esa gente humilde y sencilla los que van captando de verdad lo que es el Reino de Dios que Jesús está anunciando. Aquello que Jesús había dicho un día en la sinagoga de Nazaret recordando al profeta, ahora se está cumpliendo, ‘los pobres son evangelizados’, los pobres son los que entienden primero que nadie esa buena noticia que Jesús les está anunciado de que llega el Reino de Dios.

‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien’.

Dios se revela a los de corazón humilde y sencillo. Son los que están con Jesús. Jesús se goza con ellos porque son capaces de sentir mejor que nadie lo que es el amor de Dios; son los que se vacían de si mismos, son los que abren el corazón con generosidad, son los más capaces de esos gestos hermosos de desprendimiento, de dulzura, de cercanía. Dirá Jesús en el sermón del monte que son dichosos los pobres, que serán dichosos y  llenarán de una alegría grande los que viven la mansedumbre del corazón y los que han arrancado de él toda malicia y desconfianza. Son los que van a entender mejor que nadie los valores que nos ofrece Jesús para hacernos grandes, para llevarnos a plenitud.

Cuando estamos comenzando este camino de Adviento que nos prepara para acoger a Jesús que llega a nuestra vida es el camino que hemos de emprender, camino de humildad, camino de sencillez porque será la tierra más disponible para acoger la semilla de la Palabra de Dios. Es la humildad, como ayer contemplábamos a aquel centurión que buscaba a Jesús, el camino más practicable para la vivencia de la fe, el cimiento de la fe verdadera. ¿No fue a unos humildes y sencillos pastores a los primeros que se les llevó la buena noticia del nacimiento del Salvador como contemplaremos en la ya cercana navidad?

Cuando nos llenamos de nosotros mismos, de nuestras autosuficiencias y nuestros orgullos se cierra nuestro corazón a la luz, tendremos las puertas cerradas para el encuentro con los demás y se cierra entonces nuestro corazón a Dios. Vayamos encendiendo esas pequeñas y sencillas luces, humildes cada uno en nuestro pequeño rincón, con nuestros gestos humildes y sencillos de cercanía a los demás e iremos incendiando el mundo con esa luz de Dios, es el camino de nuestro encuentro con Dios.

lunes, 4 de diciembre de 2023

La humildad hará practicable el camino de la fe porque solo cuando reconocemos que estamos enfermos podremos dejar que Jesús nos cure

 


La humildad hará practicable el camino de la fe porque solo cuando reconocemos que estamos enfermos podremos dejar que Jesús nos cure

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

‘Tengo en casa un criado que está paralítico y sufre mucho…’ Hay quien oculta los enfermos; que no sepa nadie lo que pasa en casa, total ¿para qué? ¿Para ser el comentario y la comidilla de la gente? Eso son cosas de casa, no hay por qué estar contándolo a la gente. Puede parecer exagerado este comentario, pero es cierto que no somos muy dados a contar las cosas que nos pasan. Tiempos había en que sobre todo en aquellas enfermedades que se pudieran considerar raras, no se comentaban con nadie. Tener un enfermo mental podía considerarse algo así como un descrédito para la familia.

Bien, esto puede parecer anecdótico, pero he querido comenzar con esta consideración, ya que la liturgia nos propone este evangelio en casi el primer día del camino de adviento que estamos comenzando a celebrar. Si decimos que es tiempo de espera y de esperanza ante el Salvador que viene a nuestra vida, como vamos a celebrar en la Navidad – y tengamos en cuenta el verdadero sentido que ha de tener el tiempo de Adviento – justo sería que nosotros también, como aquel centurión, digamos ‘tengo en casa un criado que está paralítico y sufre mucho…’.

¿Cuál es la enfermadad que necesita curación y es por eso por lo que esperamos y pedimos la venida del Señor? Porque si no tenemos ninguna enfermedad, no reconocemos ningún mal en nuestra vida, ¿de qué nos va a salvar el Señor? ¿De qué nos va a curar?

Es importante esta primera actitud que hemos de tener ya desde el primer día en que comenzamos a hacer este camino de Adviento. Hemos de mirarnos con sinceridad a nosotros mismos, tenemos que mirar la cruda realidad de nuestro mundo necesitado de salvación. Podríamos decir que ya desde el primer día comenzamos a hacernos un examen de conciencia.

Reconozcamos nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. ‘En mi casa no hay nadie enfermo’, yo estoy bien, el mundo está bien, todos estamos bien, tenemos hoy tantas cosas que en otros tiempos no teníamos. La humildad es cimiento fundamental para adentrarnos en el camino de la fe. Es no ponernos en actitud defensiva ante de Dios; es la postura de los que no quieren creer, de los que se auto titulan ateos o agnósticos, que dicen que en nada creen ni nada necesitan creer.

El camino de la vida, aunque no entremos en el ámbito sobrenatural, está empedrado con actos de fe o de confianza. Aceptamos y nos creemos lo que nos dice cualquiera, aceptamos a pie juntillas las noticias que nos vienen por los medios de comunicación sobre todo sin son afines a nuestras ideas, pero cuando entramos en el ámbito de lo sobrenatural todo son dudas y son desconfianzas, cuando se trata de aceptar a Dios que viene a elevarnos y engrandecernos de verdad, vienen las negaciones o vienen las afirmaciones de ateísmo porque nos creemos no necesitar de Dios.

Hoy tenemos por el contra un hermoso y testimonio en el personaje que contemplamos en el evangelio. Ni siquiera era judío, era un centurión romano, pero ha oído hablar de Jesús y tiene en su casa a su criado enfermo, paralítico sufriendo mucho, y acude a Jesús.  Reconoce el mal que hay en su casa y acude a Jesús con una confianza total. Pero una confianza que ha arrancado de un corazón humilde. No se ha atrevido en principio a venir por si mismo al encuentro con Jesús ni querrá Jesús visite su casa porque además sabe lo que significaba para un judío entrar en la casa de un gentil. ‘No soy digno…’ dirá, pero tiene la confianza total. ‘Basta una palabra tuya…’ Como el jefe que tiene soldados a sus órdenes y a una palabra el soldado está haciendo lo que le pide su jefe sin importar la dificultad. Su humildad le ha abierto el camino de la fe.

Será lo que alaba Jesús. ‘En todo Israel no he encontrado una fe como la de este hombre’, es la alabanza de Jesús. ¿Qué podrá decir Jesús de nuestra fe? ¿Dónde está nuestra humildad que haga expedito el camino de la fe? ¿Seremos capaces de reconocer nuestra limitación y nuestro pecado?

domingo, 3 de diciembre de 2023

Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

 


Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1 Corintios 1, 3-9;  Marcos 13, 33-37

Supongamos que tenemos un terreno, que tenemos un campo de cultivo en el que tenemos plantada una viña; lo trabajamos y esperamos recoger un día sus frutos; ha sido confiado a unos labradores, pero el amo de la viña vendrá con frecuencia a visitar su viña, a escuchar a aquellos labradores que la trabajan para ver lo que se necesita para hacerla producir mejor, no solo para recoger un día los frutos, sino también para recrearse en ella y en cuanto está produciendo. El amo de la viña viene y aquellos encargados del cuidado de la viña están atentos a su llegada, lo esperan, lo escuchan, como un día al final de la cosecha han de rendir cuentas de ese trabajo.

Me he querido detener en esta imagen porque de alguna manera es lo que ahora estamos viviendo, de manera especialmente intensa en este tiempo de Adviento que comenzamos. Es lo que, podríamos decir, viene a recordarnos. Es lo que esperamos y anhelamos, la venida del Señor al campo de nuestra vida y de nuestro mundo, es lo que pedimos y para lo que queremos prepararnos. Porque queremos pensar de manera especial en esa venida del Señor en el hoy de nuestra vida. Y es lo que con especial intensidad tenemos que vivir en este momento.

¿Cómo está el campo de nuestra vida? ¿Cómo está el campo de nuestro mundo? Tenemos la tentación y el pesimismo de verlo todo poco menos que perdido. Es cierto que hay cosas que nos desalientan, nos preocupan, nos inquietan, tenemos el peligro de perder la paz de nuestros corazones. Son muchas, es cierto, las turbulencias que vive nuestra sociedad hoy; muchos los desencantos y mucha también la indiferencia, aturdidos por el materialismo de la vida - ¿en qué convertimos incluso la navidad que vamos a celebrar? -, arrastrados por la superficialidad que se impone de muchas maneras para hacer que tantos vayan a su rumbo sin metas, sin valores, despreocupados de todo e insolidarios. Y podemos caer en esas redes, se nos pueden enfermar las plantas que pretendemos cultivar esa finca de la vida.

Clamamos al Señor, como decíamos en el salmo que se nos ofrece hoy en la liturgia, ‘Despierta tu poder y ven a salvarnos… Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, y al hijo del hombre que tú has fortalecido…’

‘Ven, Señor, a salvarnos’, es la súplica que en estos días estará en nuestros labios y en nuestro corazón. No solo en estos días, ha de ser algo presente siempre en nuestra vida, en nuestra oración. Cada día tenemos que aprender a descubrir y a sentir la presencia de Dios con nosotros. Cada día hemos de recibirle y escucharle, cada día hemos de sentir su presencia que se hace fuerza y que se hace vida en nosotros para no desalentarnos en nuestras tareas, para no dejarnos arrastrar por esa indiferencia o ese materialismo de la vida que todo lo inunda, para darle profundidad a lo que hacemos y a lo que vivimos. Solo así podremos obtener los buenos frutos que el Señor nos pide.

Vamos a celebrar la Navidad y para eso queremos prepararnos durante este tiempo del Adviento, pero al recordar y celebrar su venida recordamos también que El prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que saber descubrir esa venida del Señor cada día a nuestra vida. El nos va saliendo al encuentro de muchas maneras y tenemos que saber descubrir y sentir su presencia.

Hay como tres imperativos que nos deja hoy Jesús en el evangelio y que son todo un programa de adviento. Estad preparados, nos dice, vigilad. Firmes en la fe, frente a cuanto nos rodea y nos puede envolver. No podemos perder esa línea de fe en todo aquello que vamos haciendo. Es lo que tiene que motivarnos, es lo que nos va a ir dando luz en medio de las oscuridades poniendo una nueva claridad en nuestros ojos, es lo que nos hará descubrir realidades nuevas en medio de todo ese revoltijo de la vida, es lo que nos hará no perder el rumbo frente a los vientos que nos pueden arrastrar por otros caminos, es lo que nos da la certeza de que con el amor es como podremos salvar el mundo. Diligentes en el amor. Es por el amor por lo que tenemos que apostar. Es el amor el que creará una nueva humanidad.

Por eso nos dice también que no nos dejemos engañar por el olvido de Dios, por el secularismo galopante, por el materialismo seductor que reina en nuestra sociedad. Por eso vigilantes, atentos, para escuchar al Señor. Es su Palabra la verdadera luz de nuestra vida que nos conduce a la verdad. Es Cristo nuestro único camino que nos conduce a la vida y nos llena de nueva vida.

Y ‘no tengáis miedo’, nos dice el Señor. No nos podemos sentir agobiados, no podemos perder la paz, nunca nos podremos sentir derrotados aunque sabemos que somos débiles y tenemos nuestros tropiezos. Siempre podemos levantarnos, despertarnos, arrancar de nuevo. Es la esperanza que tiene que llenar nuestra vida. Es la esperanza que tratamos de despertar ahora en este tiempo de Adviento, pero que tiene que acompañarnos siempre. Creemos en el que ha vencido la muerte y el pecado y a nosotros nos lleva también a esa victoria.

Por eso iremos repitiendo muchas veces, mientras seguimos cultivando aquel campo que ha puesto en nuestras manos para que un día produzca abundantes frutos, aquel cántico del Apocalipsis ‘maranatha, ven Señor Jesús’.

 

sábado, 2 de diciembre de 2023

Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

 


Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn. 3,82-87; Lucas 21, 34-36

¿Qué es lo que realmente queremos hacer de nuestra vida? Si nos ponemos un poco razonables seguramente que todos reconoceremos que no queremos destrozar nuestra vida, que queremos buscar lo mejor, que en la vida estamos para ser felices y que por supuesto no queremos hacer daño a nadie. Claro que el tema de fondo está en qué es lo que creemos que es lo mejor, donde podemos encontrar esa felicidad que deseamos y que claro en la vida nos vamos rozando los unos con los otros y no es que queremos dañar a nadie, pero en esos roces siempre alguien saldrá dañado, y claro no queremos ser nosotros.

Aquí hay muchas cuestiones de fondo, porque es plantearnos que es lo que verdaderamente me satisface, o como puedo encontrar prontamente esos momentos de felicidad. Y nos encontramos en nuestro derredor muchas cosas que nos atraen, que nos confunden, que nos ofrecen momentos prontos de placer que confundimos con la felicidad verdadera, y poco a poco podemos irnos cegando, confundiendo, y terminamos por derroteros que no hubiéramos querido recorrer. A cualquier persona llena de vicios y de ataduras en su vida le preguntamos si querían llegar a ese estado y nos dirán que no, pero que en la pendiente de la vida las cosas fueron rodando y rodando y terminaron como terminaron. No justificamos, pero si entendemos. Porque todos estamos sometidos a esa tentación.

Hoy nos dice que Jesús que tengamos cuidado con que no se nos embote la mente; que no nos ceguemos; que no nos encerremos en esas cosas de placer pronto pero que no nos harán totalmente felices. Cuando caemos en esas redes luego terminamos queriendo más y más, y todo es como una espiral que se va agrandando y que parece que no puede tener fin. Pero hemos de romper esa espiral; tener la fuerza de voluntad suficiente para decir hasta aquí he llegado y no doy un paso más por esa pendiente, porque mucho que sea lo que me arrastre. Y sabemos que cuesta, que es difícil.

En la vida tenemos que estar atentos para no caer por esas pendientes. Son unos oropeles muy brillantes que nos atraen y nos confunden. Tenemos que saber discernir en cada momento lo que se nos ofrece y lo que hacemos. No puede ser una espiral irremediable, aunque tanto nos cueste arrancarnos de ella. Es la vigilancia de la que continuamente Jesús nos está hablando; hemos escuchado hablar del criado que está pendiente de la puerta para abrir apenas llegue su señor, del administrador a quien se le han confiado unas responsabilidades del cuidado de la casa y de todos los que en ella habitan y tiene que cumplir fielmente con su tarea, como del centinela que está de guardia en la muralla para evitar ser atacado. Muchas imágenes que nos propone Jesús para hablarnos de esa atención y vigilancia con que hemos de vivir.

Y es aquí cuando tenemos que ir a lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué o en quien hemos puesto el sentido de nuestra vida? ¿Estaremos siendo fieles a esa trayectoria que nos hemos trazado para no apartarnos ni lo más mínimo del camino? Si nos llamamos cristianos es porque nuestra fe la hemos puesto en Jesús; es El el sentido de nuestra vida, por algo nos dice que es el Camino y la Verdad y la Vida.

Es por lo que hemos optado en nuestra existencia, por ese camino, esa verdad y esa vida que es Jesús. Es lo que queremos vivir. Es lo que nos va a dar verdadera plenitud. Es de lo que no nos podemos alejar. Pero ahí están esas pendientes resbaladizas que nos rodean, que, como decíamos, nos ofrecen otras cosas que nos parecen más fáciles. Es la meta por la que tenemos que lugar, es esa vida eterna que Jesús nos ofrece para que vivamos para siempre con El.

Nos lo tenemos que pensar muy bien, con mucha seriedad. Para que no se nos embote la mente, como antes nos decía Jesús, para que sigamos el camino recto que nos lleva a la plenitud y nos hará alcanzar la verdadera felicidad.

viernes, 1 de diciembre de 2023

Sepamos discernir esos brotes de buenos valores que van surgiendo en nuestro mundo aunque nos parezca tan duro y convulso, signos valiosos en el camino

 


Sepamos discernir esos brotes de buenos valores que van surgiendo en nuestro mundo aunque nos parezca tan duro y convulso, signos valiosos en el camino

Daniel 7,2-14; Sal.: Dn. 3,75-81; Lucas 21,29-33

Qué bueno es recorrer un camino que esté bien señalizado; no nos perderemos, podremos tener la seguridad de que llegaremos a donde deseamos. No sé si habréis tenido la experiencia de hacer un camino que no conocíais, un viaje por placer o por necesidad, un encargo que nos hicieron para que lleváramos algo a una persona y a un lugar determinado, nos dijeron que era fácil llegar si seguíamos las indicaciones del camino, nos arriesgamos a hacerlo aunque fueran lugares desconocidos porque teníamos un mapa que nos señalaba el camino, claro que hoy tenemos más medios técnicos, el GPS y no sé cuantas cosas más.

Pero ahora pensamos en el viaje de la vida, ese camino que vamos haciendo que nos tiene que llevar a alguna parte, ese camino de la vida en que nos hemos trazado unas metas, unos objetivos que conseguir, una trascendencia que nos lleva más allá de lo que incluso nuestros ojos ven, unos sueños que queremos realizar. ¿Cómo no perdernos? ¿Cómo mantener ese rumbo de nuestra vida? Hay cosas, sin embargo, que nos pueden distraer, cantos de sirena que quieren arrastrarnos a sus aguas ofreciéndonos que ellos tienen lo mejor, que sus caminos son los más certeros, dentro de nosotros también tenemos cosas y sueños que nos pueden distraer, en nuestra comodidad queremos evitar excesivos esfuerzos pensando que con poca cosa podemos llegar a la meta.

Y se trata de ese crecimiento personal como personas, esa maduración de nuestro espíritu, esos sueños que tenemos de un mundo mejor, esas responsabilidades que hemos asumido en la vida o que han puesto en nuestras manos porque en nosotros confiaban. ¿Cómo no desviarnos y acertar? Nos exige mucho discernimiento, mucha reflexión, estudiar muy bien el camino para no errar y alcanzar esa plenitud humana a la que ansiamos.

Y se trata del crecimiento de nuestro espíritu. No lo queremos hacer de cualquier manera. Un día hemos optado por el camino de Jesús, queremos ser cristianos, y es la meta que queremos buscar, es lo que en verdad nos trasciende, es la búsqueda de esa vida en plenitud, de esa vida eterna de la que Jesús nos ha hablado  y que nos ha prometido si de verdad ponemos en El toda nuestra fe, toda nuestra confianza. 

Es grande la tarea que como cristianos tenemos que realizar, porque además nos sentimos implicados con los demás; de lo que hagamos o vivamos va a depender también que los que están a nuestro lado encuentren la luz. Sentimos una responsabilidad grande en nosotros y en lo que hacemos y vivimos.

¿Dónde están y cuales son las señales que nos van a hacer encontrar el camino? Es la sintonía espiritual que hemos de saber despertar en nosotros. Puede sonar la música pero hemos acostumbrado tanto nuestros oídos a los ruidos que ya no sabemos percibir lo más delicado. Vamos en muchas ocasiones como ciegos por el camino, pero porque no sabemos discernir las señales que Dios va dejando en el camino.

Hoy Jesús nos ponía el ejemplo de la higuera que cuando vemos que sus yemas comienzan a hincharse es señal de que pronto brotan las hojas, pero nos da señal de la primavera que se acerca. Jesús, después de lo que ha venido hablando, está señalando que son señales para ese encuentro final o para esa plenitud del Reino de Dios en nosotros. Es lo que tenemos que discernir, cómo se va haciendo presente el Reino de Dios en nosotros y cómo vamos conquistando nuestro mundo para el Reino de Dios.

Sepamos discernir esos buenos brotes que van surgiendo en nuestro mundo aunque nos parezca tan duro y tan convulso. Hay valores, en consonancia con el evangelio, aunque provengan de lugares o de personas que nos pueda parecer que están alejados del Reino de Dios, que sin embargo se van viviendo y que son semilla que puede anunciar buenas cosas para nuestro mundo.

También haya signos de solidaridad, también hay deseos de paz y de justicia, también hay gente que vive con sinceridad su vida y hay congruencia en lo que hacen, también hay amantes de la verdad y de la belleza en nuestro entorno; no todo es oscuro, no todo es negro, no todo es desechable, son esos brotes de primavera como las hojas de la higuera que brotan. Sepamos discernir, sepamos valorar, sepamos contar con esas cosas y esas personas, porque si somos capaces de unirnos y de colaborar nosotros también estaremos dando señales de ese Reino de Dios.

Y nos dice Jesús que no pasará esta generación sin que esto suceda; nos está queriendo decir Jesús que en el ahora y en el aquí de nuestro mundo hoy hay también buenas señales que tenemos que saber discernir y valorar. No nos creamos los únicos poseedores de esos valores del Reino, porque Dios los hace brotar también en un campo que nos parece que está lleno de espinas. Siempre podemos encontrar señales del amor y de la verdad, de la paz y del bien.