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lunes, 27 de julio de 2015

Que la levadura del Reino de Dios que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida y fermentados por El transformemos nuestro mundo

Que la levadura del Reino de Dios que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida y fermentados por El transformemos nuestro mundo

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35
Nos habla el evangelio del grano de mostaza o del puñado de levadura, y lo hace para decirnos como es el Reino de Dios, el Reino de los cielos, en expresión del evangelista Mateo. Algo pequeño e insignificante como una semilla que se hace una planta grande; algo muy sencillo aparentemente que parece que no tiene fuerza en si mismo pero que luego hace fermentar la masa.
Como decíamos nos propone Jesús estas parábolas para hacernos comparación o semejanza de cómo es el Reino de Dios; en nuestro pensamiento pudiéramos verlo como algo ajeno o fuera de nosotros; decimos que así es la Iglesia y quizá podemos pensar en algo así como un ente, al que sí pertenecemos pero que no somos nosotros. A mi me gustaría ver esas parábolas como signos de lo que se realiza en mi. El Reino de Dios no es algo ajeno o distante de mi vida, sino que en mi vida tengo que vivirlo; pero aun más podemos que el Reino de Dios es Jesús, Jesús presente en nuestra vida que nos vivifica, nos llena de vida.
Cuando nosotros hemos aceptado a Jesús nuestra vida tiene otro sentido, otro valor. Creer en Jesús no es solo un acto meramente intelectual, por así decirlo, con el que nuestra fe decimos que creemos en El porque aceptamos su existencia o reconocemos el valor y la riqueza de todo su mensaje. De ahí partimos, sí, pero aceptar a Jesús es mucho más, porque aceptar a Jesús es comenzar a vivir su misma vida; esa riqueza de su mensaje no se queda en unas palabras que guardamos en un libro; ese mensaje de Jesús lo hacemos vida en nuestra vida; desde ese mensaje de Jesús queremos vivir de una forma distinta, tal como El nos enseña; aceptando a Jesús nos dejamos transformar por El para vivir como El.
Es lo maravilloso de nuestra fe; es lo maravilloso de nuestro encuentro con El. No nos deja insensibles; una vez que nos encontramos con El ya nuestra vida no puede ser igual, porque en El nos sentimos vivificados. Es la imagen que nos está proponiendo hoy en la parábola de la levadura que fermenta la masa. Aceptamos a Cristo y nuestra vida se fermenta para ser otra vida, recogiendo la imagen. Todo va a tener otro sabor, otro sentido, otro valor. Ya no podemos vivir igual. Es toda la profundidad de transformación que se realiza en nosotros cuando nos encontramos de verdad con El.
Por eso siempre decimos que no es solo saber cosas de Jesús. Lo importante es el encuentro vivo con El. Un encuentro que es un misterio que se realiza en nosotros. De muchas maneras El nos sale al encuentro, viene a nuestra vida; no todos lo experimentamos igual, pero sí es importante que tengamos esa experiencia viva de un encuentro vivo con Jesús. ¿No es lo que vemos en el Evangelio con aquellos que iban a ser sus discípulos? ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ preguntaban Andrés y Juan y se fueron con Jesús. Estuvieron con Jesús y ya inmediatamente salieron también anunciando la buena nueva de Jesús.
Que esa levadura de Jesús que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida; grande es la tarea porque fermentados en Jesús tenemos que transformar nuestro mundo.

domingo, 26 de julio de 2015

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

2Reyes 4,42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre. Y cuando decimos el hambre del hombre nos referimos, sí, a esas necesidades materiales que sostienen nuestra vida, pero queremos ver más allá en toda la inquietud y el deseo más profundo que pueda haber en el corazón de la persona en la búsqueda de la vida en toda su plenitud. No podemos pensar en Jesús como en quien pasa junto a nosotros pero no nos escucha ni atiende esos deseos de nuestro corazón o esas necesidades de todo tipo que podamos tener latentes ahí en nuestro espíritu.
‘Jesús marchó a la otra parte del lago de Galilea o Tiberíades, nos cuenta el evangelista. Y lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Jesús contempla aquella multitud que lo seguía. ‘Levantó los ojos al ver que acudía mucha gente…’
Vamos a fijarnos en esos gestos de Jesús en este episodio del evangelio que estamos reflexionando. ‘Levantó los ojos…’ y contempló aquella multitud que allí se apiñaba. No era una mirada cualquiera. Jesús estaba mirando y fijándose en aquellas personas concretas que ante él estaban con sus deseos de estar con él, con sus ilusiones o sus desesperanzas, con sus problemas y sus necesidades, con el ansia de algo nuevo que había en sus corazones.
Levantó los ojos para mirar y para fijarse. Cómo tenemos que aprender a mirar. Miramos tantas veces porque los ojos están abiertos pero no miramos, no nos fijamos, no nos damos cuenta de quien está delante de nosotros. Nos habrá sucedido tantas veces que vamos por la calle ensimismados en nuestros pensamientos y quizá alguien nos para y nos dice que si no nos fijamos en los que pasan a nuestro lado. Vamos a lo nuestro; no estamos pendientes de nadie y pasamos junto a alguien que quizá esté esperando nuestra mirada; pasamos y no nos damos cuenta de las necesidades o de los sufrimientos de aquellos que están a nuestro lado; seguimos nuestro camino y no compartimos ni una sonrisa ni una palabra amable con aquellos con los que nos cruzamos. Vamos demasiado a lo nuestro en los caminos de la vida.
Jesús miró y se dio cuenta de las necesidades de aquellas personas. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Estaban hambrientos porque quizá llevaban ya varios días lejos de sus hogares y las provisiones se les habrían acabado. Y Jesús está atento. Quiere encontrar soluciones. Ve la realidad de aquella gente que está sin comer, y ve la realidad de lo poco que ellos tienen. Está enseñando a mirar a los discípulos. No es cuestión de ver cuanta gente hay o la necesidad que tiene, sino que se trata de despertar nuestro corazón para buscar soluciones, buscar caminos de salida a los problemas o necesidades.
Esa mirada de Jesús, esa inquietud de Jesús va a suscitar algo en los demás; que se empeñen en encontrar soluciones; que busquen allí donde pueda haber algo, aunque sea poco y pequeño pero aprendiendo también a valorarlo. Cuantas veces porque no tenemos la solución total en la mano a los problemas nos cruzamos de brazos; que se las arreglen, que otros sean los que ayuden a solucionar, pero nosotros nos desentendemos.
Pero comienzan a abrirse los corazones y comienzan a aparecer las actitudes solidarias, aunque nos parezcan pequeñas o que no dan la solución completa. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?’ Pero Jesús les pide que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio.
Sentarse juntos que es una expresión de cercanía y una forma de compartir la vida; sentarse juntos que nos enseña a escuchar y a compartir, a mirar de una forma más cercana y a abrir el corazón, a darnos cuenta lo que valen los cinco panes y dos peces de los demás; sentarse juntos que es una forma de detener nuestras carreras y nuestras prisas para saber ir al paso de los demás; cuantas veces en nuestras carreras no sabemos medir el ritmo de la vida de los que caminan a nuestro lado. Antes quizá venía cada uno por su lado porque querían estar con Jesús, pero ahora comienzan a saber estar también con los demás. No son solo los cinco panes y dos peces lo que van a compartir, sino que puede ser una nueva forma de entender la vida, de caminar juntos por la vida, de darnos cuenta de quien con nosotros está haciendo el mismo camino de la vida. Así seremos amables, humildes, comprensivos con nuestros hermanos, como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios.
Jesús bendice y da gracias a Dios tomando los panes en sus manos y dándoselos para que los repartieran. Aprender a repartir y a compartir; aunque sea poco, aunque sea pequeña la cantidad. Repartir con generosidad, sin tacañerías, lo que quisieran, lo que necesitaran. Y comieron todos.
Aprendamos a mirar, a ver la realidad de lo que somos y lo que tenemos o no tenemos, a valorar hasta lo que nos parezca lo más pequeño e insignificante, a mirar al que está a nuestro lado y en el que casi nunca nos fijamos; aprendamos a repartir y a repartir sin tacañerías, con generosidad, y también a recoger para que nada se desperdicie.
Es el milagro que nos manifiesta el poder de Jesús, pero es el gran signo que necesitamos para nuestra vida. Si aprendiéramos a mirar a los ojos de los demás y a sentarnos a su lado, a detenernos de nuestras prisas y a abrir más el corazón para escuchar a los demás, qué distinto sería el camino que fuéramos haciendo por la vida. Son inquietudes que llevábamos en el corazón pero quizá de una forma muy callada o muy velada y que ahora pueden ir apareciendo y enseñándonos a tomar nuevas actitudes y nuevas posturas ante los otros.
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre, decíamos al principio. Pero Jesús quiere contar con nosotros. Nos enseña a mirar, a sentarnos en la hierba junto al otro, a escuchar y compartir, a repartir generosamente y a recoger la lección para aprender a caminar de una manera nueva en la vida. 

sábado, 25 de julio de 2015

Con Santiago aprendemos a tener sueños grandes en el corazón mirando con mirada nueva y joven ese mundo que espera una Buena Noticia de Salvación


Con Santiago aprendemos a tener sueños grandes en el corazón mirando con mirada nueva y joven ese mundo que espera una Buena Noticia de Salvación

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28
Todos necesitamos tener sueños en el corazón. Pueden ser en verdad un síntoma de la vida que llevamos en nosotros y donde cada día queremos algo mejor. Es la inquietud por cosas grandes tanto en nuestra propia vida como también para el mundo en el que vivimos. Ambicionamos cosas buenas, aunque bien sabemos que no nos podemos quedar solo en lo material. Tenemos idealismo en el corazón y eso significa un joven y lleno de esperanzas.
Me surgen estos pensamientos pensando en el apóstol Santiago a quien hoy celebramos. Tenía un corazón joven, lleno de ideales y siempre en búsqueda de metas mejores, más altas, aunque como todos alguna vez pudiera encontrarse confuso en lo que realmente quería.
Hoy hemos escuchado que Jesús le pregunta si será capaz de beber el mismo cáliz que Jesús ha de beber. Y su respuesta está pronta: ‘Podemos’. Es la respuesta del corazón inquieto y en búsqueda constante sin miedos que le acobarden, aunque Jesús le irá diciendo, como diría más tarde Pablo, ‘ambicionad los carismas mejores, las cosas mejores’. Por eso ahora les ayudará a comprender lo que iba a significar aquel paso que no era para buscar honores ni grandezas a la manera de los honores y grandezas de este mundo.
Un día Jesús había pasado por su lado y lo había invitado a ser pescador de hombres y Santiago lo había dejado todo, barca, redes, trabajo, familia para irse con Jesús. Es que aquel lago se le hacía ya corto. Siempre he pensado que cuando Jesús va escogiendo a sus discípulos no lo hace al azar, sino que Jesús se había ido fijando en aquellos corazones jóvenes e inquietos para quienes su mundo de todos los días se le hacía pequeño.
En el trato diario con el Señor irían comprendiendo de verdad por donde habían de orientar sus caminos. Les iría purificando sus intenciones y deseos para que caminaran en la humildad del corazón pero con la grandeza de la entrega y del servicio desinteresado. Un día, como hoy hemos escuchado, será la madre la que pida para sus hijos esas grandezas del poder humano, pero a ellos Jesús les había hecho comprender que en el servicio humilde haciéndose los últimos estaba la mayor grandeza.
En otra ocasión Santiago y Juan habían querido hacer bajar fuego del cielo sobre aquellos que no les querían recibir, pero Jesús se los había llevado a otra parte para que aquellos hijos del trueno como les llamara Jesús comprendieron que el fuego habían de hacerlo arder de otra manera en el amor.
Le haría vislumbrar en el Tabor lo que era la gloria de Dios que resplandecía en Jesús a quien habían de seguir y escuchar incondicionalmente olvidándose incluso de sí mismo y sería testigo también por la vida y la resurrección que Jesús venia a traer a este mundo desterrando toda muerte y todo mal pero comprendiendo que el camino de la resurrección había de pasar por la pasión y por la muerte, como vislumbrarían allá en lo hondo de Getsemaní.
La inquietud de su corazón joven no se apagaría nunca hasta que diera su vida en el martirio, pero antes habría de llegar hasta los confines de la tierra para anunciar el evangelio, como Jesús los había enviado, hasta nuestras tierras hispanas. Sería el primero de los apóstoles que diera su vida por Jesús y por su evangelio.
Es el recorrido de un corazón inquieto, de un corazón que soñaba con cosas grandes, pero que al contacto con Jesús descubriría las verdaderas grandezas desde el servicio y la entrega por los demás. Es un recorrido que nosotros también tenemos que aprender a hacer, dejándonos conducir por el Espíritu que también pone fuego en nuestro corazón para llenarlo de sueños, de ambiciones buenas, de generosidad y disponibilidad, para hacer un camino de servicio al evangelio y a la proclamación del Reino de Dios.
En muchas cosas nos podemos parecer a ese itinerario que hizo Santiago junto a Jesús desde que un día dejara las redes y las barcas allá en el mar de Galilea. Ilusión, inquietud, sueño de cosas nuevas y grandes también podemos tener nosotros en nuestro corazón. Pero hemos de aprender a desprendernos de nuestras barcas, de esas cosas que nos atan y nos impiden volar en la búsqueda de cosas grandes. Cuantas son las barcas y las redes que nos enredan en la vida impidiéndonos soñar con cosas grandes. Tenemos que aprender a desprendernos de ellas. Y es que tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que es el que ha sembrado esos fuegos en nuestro corazón.
Ojalá sepamos hacer un camino como el de Santiago, interiorizando de verdad dentro de nosotros mismos para despertar esos sueños pero para arrancarnos también de esas redes. Un camino como el de Santiago que es una búsqueda de Dios, como Santiago supo hacer junto a Jesús. Un camino como el de Santiago que no encierra en unos límites estrechos sino que se abre a horizontes más lejanos para aprender a mirar con una mirada nueva cuanto hay a nuestro alrededor. Un camino como el de Santiago que nos conduzca a ese mundo a veces tan cercano pero a veces tan lejano en muchos aspectos al que tenemos que anunciar también los misterios de Dios, que son misterios de amor y de salvación.

viernes, 24 de julio de 2015

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
La buena voluntad no siempre es suficiente. Es cierto que respetamos y valoramos la buena voluntad que ponen en su vida las otras personas, porque siempre hemos de respetar lo bueno, por más mínimo que sea, que tienen los demás. Pero cuando se trata de nuestra vida personal hemos de ser exigentes que nosotros mismos; no nos podemos contentar con la buena voluntad, porque eso nos exige el mínimo esfuerzo.
La persona que quiere crecer en la vida, quiere desarrollar al máximo sus valores y cualidades, quiere darle profundidad a lo que hace y vivir en total dignidad no se puede contentar en si mismo con la buena voluntad. Tiene que aspirar a más y en consecuencia ha de poner todo su esfuerzo por crecer, por no quedarnos en la mediocridad, siempre buscando lo más grande, lo más alto, lo más intenso y profundo para su vida. Por eso decimos que no siempre la buena voluntad es suficiente.
Eso en todos los aspectos de su vida, en lo humano, en lo espiritual, en su compromiso cristiano, en la búsqueda de Dios, en el querer darle un sentido profundo a su ser. No nos podemos quedar en mediocridades. Es lo que nos va enseñando el evangelio en cada una de sus páginas. Cuántas veces escuchamos a Jesús pedirnos que demos fruto en sus parábolas, en sus enseñanzas. Es la medida del amor cristiano que no se queda solo en cosas elementales sino al que cada día hemos de darle mayor profundidad y amplitud.
Es, podríamos decir, una de las enseñanzas de la parábola del sembrador que tantas veces hemos escuchado en el evangelio. Cuando Jesús se la explica a los discípulos al llegar a casa ante sus preguntas - es el texto que hoy escuchamos, aunque en días anteriores que se hubiera proclamado la parábola en sí no la pudimos escuchar por otras fiestas que tenían sus lecturas propias - les habla de quienes no entendieron la Palabra que se les proclamaba, de los que eran inconstantes y de los que simplemente se dejaban arrastrar en la vida por los afanes de cada día sin poner mayor esfuerzo.
Entender significa que hemos de tener las cosas claras; entender en nuestro caso de cristianos que queremos vivir el compromiso de nuestra fe, es tener claros los objetivos, lo que hemos de hacer, el sentido de la vida que hemos de vivir y que hemos de trasmitir a los demás. Nos pudiera pasar muchas veces porque vivimos a lo de la fe del carbonero, sin mayores preocupaciones de formarnos debidamente en nuestra fe, sin comprender bien el compromiso de vida al que nos lleva nuestra fe, sin tener claro cuales son los valores que nos enseña el evangelio.
Y está luego la perseverancia, el permanecer fieles en nuestro camino, en nuestro compromiso, sin cansarnos, sin volver la vista atrás, sin dejarnos seducir por otros señuelos. Muchas son las cosas que nos rodean que nos pueden llamar la atención y distraer de la meta de nuestro camino; muchas pueden ser las cosas que nos confundan y nos hagan caer en frialdades y rutinas; muchas pueden ser las cosas que nos tienten en esos afanes de la vida, en esas apetencias o ambiciones que se nos pueden meter en el alma, en esos orgullos y vanidades que nos pueden seducir.
La parábola nos pide que seamos tierra buena y bien cultivada. Y cultivar la tierra es cuidarla, es abonarla, es quitar abrojos y malas hierbas, es humedecerla debidamente para que la semilla pueda germinar y la planta prosperar hasta llegar a dar fruto. Bien sabemos todo lo que eso significa en nuestro quehacer cristiano contando con la gracia del Señor, con su Palabra, con los sacramentos, con el alimento y la luz de nuestra oración de cada día.
Es mucho más que buena voluntad. Pero no para exigirles a los otros, sino para exigirnos a nosotros mismos.

jueves, 23 de julio de 2015

El verdadero sentido de la fe lleva a la mayor ganancia y plenitud para el hombre engrandeciendo su dignidad

El verdadero sentido de la fe lleva a la mayor ganancia y plenitud para el hombre engrandeciendo su dignidad

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8
Cuando no se ha captado el sentido profundo que tiene nuestra fe y cómo la fe no anula a la persona sino, todo lo contrario, la engrandece, nos encontraremos con los que nos van a decir que la fe a ellos no les sirve para nada, porque lo que hace es coartarle su libertad o la dignidad de su persona. Es un grave error en el que fácilmente se cae desde un desconocimiento de lo que es el verdadero sentido de la fe que no solo nos viene a ayudar a descubrir y vivir todo el misterio de Dios, sino también, podríamos decirlo así, todo el misterio del hombre.
La fe no nos anula. La fe nos ayuda a encontrar la verdadera plenitud del hombre, el sentido más profundo de nuestra vida. Hablamos fácilmente de libertad y queremos quitar toda norma porque decimos que eso coarta nuestra libertad; pero en nombre de esa libertad ¿no nos sucederá que muchas veces más bien nos dejamos llevar por nuestros caprichos o simplemente nuestros deseos y pasiones más terrenas?
‘Vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí’, decía san Pablo. ¿Significa eso que estoy anulando mi vida? Todo lo contrario, en Cristo encuentro toda la plenitud para mi existencia, la mayor grandeza. Vivir a Cristo es vivir en la mayor libertad, es vivir en el amor, es aprender a encontrar mi verdadera grandeza dándome como Cristo se dio y se entregó.
          Mientras me estaba haciendo esta reflexión me llegó el siguiente mensaje que transcribo porque realmente es hermoso y abunda en lo que estamos ahora reflexionando: ‘¿QUÉ GANO O PIERDO REZANDO? Gano en paz, pierdo violencia. Gano generosidad, pierdo tacañería. Gano en compañía, pierdo soledad. Gano valor, pierdo cobardía. Gano cielo, pierdo tierra. Gano ilusión, pierdo tristeza. Gano fe, pierdo incredulidad. Gano esperanza, pierdo apatía. Gano hermandad, pierdo egoísmo. Gano humildad, pierdo vanidad. Gano sinceridad, pierdo mentira. Gano transparencia, pierdo suciedad. Gano autenticidad, pierdo falsedad. Gano a Dios, pierdo al demonio. No es cuestión de saber lo que gano rezando sino lo mucho y malo  que pierdo rezando. Ese lugar, el más tranquilo, es Dios. Ese lugar, el más seguro, es Cristo. Ese lugar, el más indicado, es el Espíritu. Ese lugar, el más garantizado, es la fe’. (P. Javier Leoz)
Con mi fe todo es ganancia, plenitud. Eso me ha de hacer estar unido más y más a Cristo, como nos enseña en el evangelio. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, le hemos escuchado decir. Y cuando nos habla de sarmientos que han de dar fruto, nos habla también de la poda para dar mejor fruto, de la purificación que hemos de ir haciendo en nuestra vida para poder vivir más unidos a El y alcanzar mayor plenitud.

miércoles, 22 de julio de 2015

A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre

A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Juan 20,1.11-18
En muchas ocasiones las lágrimas de nuestros ojos nos impiden ver más allá de nuestras angustias y desesperanzas. En el dolor y el sufrimiento tenemos el peligro y tentación de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros problemas y lo vemos todo oscuro y las lágrimas del amargor de nuestro corazón nos imposibilitan el ver el resquicio de luz que pudiera aparecer por cualquier rincón.
Será el dolor por la muerte de un ser querido, un problema que nos ha aparecido en la vida y que nos parece insoluble, serán las cicatrices de las heridas que hayamos podido recibir de los demás, la ausencia quizá de los seres que amamos nos llena aún más de soledad y más aún cuando esas ausencias se convierten en desaires que hieren nuestro corazón, será entonces la desesperanza que se nos mete por dentro, y todo eso nos encierra y no alcanzamos a ver la salida que tenemos ahí delante de los ojos muy cerca de nosotros.
Es difícil permanecer serenos en medio de las dificultades y problemas, mantener el equilibrio de nuestra vida para no dejarnos caer en cualquier parte, pero en las mismas dificultades tendríamos que ir aprendiendo para madurar de verdad y así fortalecernos para todas esas cosas que nos pueden aparecer en nuestra vida y afectar profundamente a nuestro equilibrio interior. Pero no siempre terminamos de aprender desde lo mismo que hemos vivido y las situaciones se nos repiten en muchas ocasiones y seguimos quizás tropezando en la misma piedra de la desesperanza y la amargura.
Esta descripción de situaciones en las que nos encontramos en ocasiones encuentra su luz en el evangelio que hoy hemos escuchado y en la santa de la que hacemos memoria en este día, María Magdalena.
La mujer que un día, aun envuelta su vida turbia en sus muchos pecados supo acudir con sus lagrimas hasta Jesús para sentirse amada y purificada mostrando así su mucho amor a pesar de sus muchos pecados. Sin embargo hubo otro momento lleno de soledades y angustias tras la muerte de Jesús en el Calvario y ante la tumba vacía sin encontrar el cuerpo muerto de Jesús. Sin embargo Jesús vivo y resucitado estaba ante ella pero sus ojos llenos de lágrimas y de tristezas le impedían ver la realidad. Solo la Palabra de Jesús llamándola por su nombre la despertó del letargo de su desesperanza para encontrar la luz porque se encontró con aquel a quien tanto amaba que le devolvía la vida y la esperanza.
Hay una cosa que tenemos que aprender. A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para sentir la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre. En esa llamada por nuestro nombre nos está diciendo que El nos ama y veremos la luz, encontraremos la vida, renacerá de nuevo en nosotros la esperanza, se nos acabarán nuestras soledades, se sanarán todas nuestras heridas, nos sentiremos esos hombres nuevos que Cristo quiere hacer en nosotros.
Solo escuchemos su voz que nos llama por nuestro nombre y nuestra vida comenzará a ser distinta.

martes, 21 de julio de 2015

Cumplir la voluntad de Dios, creer en su nombre, convertir nuestra vida a la Buena Nueva del Reino nos llena de la vida de Dios

Cumplir la voluntad de Dios, creer en su nombre, convertir nuestra vida a la Buena Nueva del Reino nos llena de la vida de Dios

Éxodo 24,21-15,1; Sal.: Ex 15,8-9.10.12.17; Mateo 12,46-50
Con Jesús no valen los tráficos de influencias ni los nepotismos. Qué distinto a lo que estamos acostumbrados o a lo que estamos tentados en la vida. No es que no tengamos en cuenta la familia; de ninguna manera. Eso no lo podemos decir nosotros los cristianos que tenemos que defender a ultranza el valor de la familia a la que consideramos como cédula fundamental de nuestra sociedad. Ahí nacimos y a su calor crecemos y maduramos, aprendemos lo que es realmente la vida y nos vamos llenando de valores desde lo que la familia nos trasmite. El amor familiar, el calor del amor de la familia es un hermoso caldo de cultivo para el crecimiento de nuestra vida.
Pero es otra cosa a lo que nos referimos cuando hablamos de los nepotismos o de los tráficos de influencias. ‘Es que yo soy pariente de…’ podemos escuchar con cierta frecuencia, queriendo valernos de unos lazos familiares, algunas veces bien lejanos, para nuestro medrar en la vida. Cuantas veces en las relaciones sociales y laborales se trata de utilizar estos resortes para conseguir un puesto o simplemente para darnos importancia en la vida más allá o por encima de las cualidades o capacidades que tengamos por nosotros mismos. Están también los que van colocando desde su poder social a sus allegados en lugares importantes de los que luego nos podremos valer con cierta manipulación para conseguir nuestros intereses o nuestras ganancias ya sea en lo económico o en el estatus social o incluso político.
Decíamos que con Jesús no valen esas cosas. Recordamos como aquella madre quiso hacer valer su parentesco con la familia de Jesús para lograr que sus hijos ocuparan primeros puestos en el Reino tal como ella se lo imaginaba. Y Jesús en aquel momento habló de cáliz, de pasión, de entrega hasta la muerte incluso.
Ahora vienen a decirle a Jesús que su madre y sus parientes han venido a verle. ‘Uno se lo avisó: Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo’. A lo que Jesús replicará: ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre’.
¿Es un rechazo de Jesús a su familia? De ninguna manera lo podemos ver así. Jesús está descubriéndonos un nuevo sentido de ser su familia, la nueva relación que con El se ha de establecer. Aquellos que buscan a Dios con sincero corazón queriendo en todo hacer su voluntad son los que van a entrar a formar parte de esa nueva familia de los hijos de Dios. No es por la carne o la sangre, ni por ningún lazo de ese tipo humano por donde entramos a formar parte de su familia. Recordemos aquello que nos decía el principio del evangelio de Juan. ‘A cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de la generación humana, ni porque el hombre los desee, sino que nacen de Dios’.
Es lo que nos está diciendo hoy Jesús. ‘El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre’. Cumplir la voluntad de Dios, recibir a Jesús y su luz que ilumina nuestra vida, creer en su nombre, convertir nuestra vida a esa Buena Nueva del Reino de Dios nos hace hijos de Dios, nos llena de la vida de Dios. Como nos dirá en otro lugar no es solo decir ‘¡Señor, Señor!’ sino hacer la voluntad del Padre que está en el cielo. María merecerá la alabanza, porque ella plantó la voluntad de Dios en su vida. ‘Hágase en mí según tu palabra’, que le dijo al ángel. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, dirá Jesús en clara alabanza a su madre como a todos los que cumplen la voluntad de Dios en sus vidas.

lunes, 20 de julio de 2015

No pidamos signos nuevos para creer sino reconozcamos las maravillas que el Señor continuamente hace en nuestra vida

No pidamos signos nuevos para creer sino reconozcamos las maravillas que el Señor continuamente hace en nuestra vida

Éxodo 14,5-18; Sal.: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42
‘Maestro, queremos ver un signo tuyo’. Se habían acercado a Jesús unos escribas y fariseos. Siempre con sus dudas, con sus reticencias, con sus preguntas incongruentes y capciosas, con su búsqueda de pruebas pero sin querer ver lo que tenían claro delante de los ojos.
Cuando nos encontramos con estas actitudes de los escribas y fariseos tenemos la tentación de hacernos nuestros propios juicios condenatorios en nuestro interior contra ellos. Nos preguntamos cómo es posible que fueran tan ciegos que no vieran claramente lo que Jesús les estaba manifestando. Pero creo que eso no puede ser nuestra actitud; no somos nadie para juzgar ni para condenar; si además seguimos las enseñanzas de Jesús precisamente eso es lo que El nos enseña.
Creo que más bien tendríamos que mirarnos a nosotros mismos que no terminamos de dar el paso hacia adelante, que no terminamos de creer aunque queramos decir otra cosa; también nosotros seguimos con nuestras dudas; también nosotros andamos pidiendo milagros; bueno, no los llamaremos milagros pero cuantas intervenciones milagrosas o extraordinarias le estamos pidiendo a Dios continuamente, para que tengamos suerte, para que no nos suceda tal cosa, para que se resuelva aquel problema, para que nos saquemos la lotería… Sí, hasta esas cosas le pedimos al Señor prometiéndonos que si así nos sucede haremos no sé cuantas cosas. Muchas veces nuestra religiosidad se nos queda en un toma y daca, pedimos y hacemos promesas, si nos haces tal cosa luego nosotros haremos no sé cuantas más.
Por otra parte si nuestra fe fuera en verdad firme en el Señor daríamos pasos adelante en mejorar nuestra vida, en vivir esas actitudes nuevas, esos nuevos valores que nos enseña el Evangelio. Pero seguimos arrastrándonos en nuestras viejas costumbres, sin terminar de arrancarnos de aquellas pasiones que nos dominan y terminan convirtiéndose en vicios de nuestra vida. Tendríamos que adelantar en la virtud; tendríamos que resplandecer más en santidad; nuestro amor tendría que ser cada día más entregado; nuestra relación con el Señor en nuestra oración, en la escucha de su Palabra y en la vida sacramental tendría que ser cada día más intensa.
Pero seguimos en la vida como arrastrándonos y no resplandeciendo en nuestra santidad como tendríamos que resplandecer. Y nosotros sí tenemos la certeza de la presencia del Señor en nosotros, en nuestra vida. Cuántas cosas hemos recibido continuamente del Señor; de cuántas  maneras se ha manifestado su amor en nuestra vida. Tendríamos que recordar las maravillas que el Señor continuamente hace en nosotros y saberle dar gracias. Cantar como María que el Señor ha hecho maravillas en nosotros.

domingo, 19 de julio de 2015

Necesitamos irnos a un lugar tranquilo y apartado para descansar en el encuentro con los demás pero para enriquecernos también humana y espiritualmente

Necesitamos irnos a un lugar tranquilo y apartado para descansar en el encuentro con los demás pero para enriquecernos también humana y espiritualmente

Jeremías 23, 1-6; Sal. 22; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34
No es raro escuchar en estos días de verano ‘necesito unas vacaciones, necesito desconectar unos días de todo, no pensar en nada, olvidarme del trabajo y de todas las cosas’. Es cierto que vivimos en un mundo muy ajetreado, bien cuando asumimos nuestras responsabilidades a tope y queremos rendir al máximo en lo que es nuestro trabajo y obligaciones, bien por esa vida loca de carreras en la que vivimos absorbidos por muchas cosas que nos llaman la atención o el interés, bien porque lo sentimos y palpamos en el ambiente que nos rodea buscamos y deseamos tenemos unos días tranquilos donde vivamos ajenos a todas esas prisas o a todas esas responsabilidades. Por supuesto, me sitúo en el hemisferio norte donde ahora es época de verano y en el que habitualmente se toman las vacaciones en estos días agobiantes por otra parte por el calor.
Pero, ¿en qué ha de consistir el descanso o las vacaciones? ¿en quedarnos sin hacer nada, simplemente dejando pasar el tiempo? ¿dedicarnos solamente a la diversión y el pasarlo bien? ¿encontrar momentos para la familia, para vivir el encuentro más personal con aquellas personas a las que apreciamos? Muchas preguntas nos podríamos hacer sobre lo que han de ser unas vacaciones o como las entendemos.
Es cierto que necesitamos desconectar en el sentido de no llevar el mismo ritmo en el trabajo o en la vida; pero también necesitamos tiempo para nosotros mismos, para leer, para reflexionar, para echar una mirada a la vida, para revisar objetivos o trazarnos metas. Muchas son las cosas a las que podríamos dedicar nuestro tiempo para que no fuera solamente un tiempo ocioso donde no hiciéramos nada.
He arrancado haciéndome esta reflexión porque en lo que escuchamos en este domingo en el evangelio parece que Jesús también quiere llevar a sus discípulos a que desconecten de todo, ‘a un lugar tranquilo y apartado’, que dice el evangelio. Además añade que ‘eran tantos los que iban y venían que no tenían tiempo ni para comer’. Jesús se quiere llevar a los discípulos de vacaciones precisamente ahora que han vuelto de realizar aquella misión que les había confiado. ‘Los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado…’
‘Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado’, dice el evangelista. Jesús quería estar a solas con ellos; unos momentos para un encuentro más intenso y más personal; un momento en que Jesús se les manifestaría más íntimamente como era para que lo fueran conociendo; un momento para especiales instrucciones y enseñanzas como muchas veces hacia mientras iban de camino, o como cuando estaban en casa a solas. No podemos pensar que fuera un tiempo para la ociosidad, para el no hacer nada. Además el corazón de Cristo no se lo permitía.
Y es que cuando llegaron allí se encontraron que la gente se les había adelantado por tierra y ya había muchos esperándolos. ‘Vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor’. Y allí estaba el corazón del pastor, del Buen Pastor. No podía despedirlos de cualquier manera; no podía desentenderse de ellos; no podía decir que habían ido allí para desconectar de todo.
Creo que esto nos puede hacer pensar mucho. Nos puede hacer pensar al hilo de aquellas preguntas que nos hacíamos de cuál ha de ser el sentido del descanso o de unas vacaciones. Un tiempo para el ocio pero no un tiempo ocioso. El descanso lo necesitamos, pero el descanso no se puede quedar en no hacer nada. El descanso donde quizá bajamos el ritmo en lo que son nuestras ocupaciones habituales puede servirnos para muchas cosas que nos enriquezcan humana y espiritualmente. Hablábamos antes de leer, de reflexionar, de revisar, de encontrarnos con nosotros mismos, de encontrarnos más a fondo con los demás para cultivar bien nuestras amistades; hablamos y debemos de hablar de ese enriquecimiento espiritual que tendríamos que saber encontrar.
Podemos pensar en todo lo que se refiere a nuestras responsabilidades familiares y laborales, pero pensamos también en quienes quizá viven un mayor compromiso con los demás, con la sociedad en la que viven, con su propia comunidad cristiana. Quienes viven un compromiso así, que arranca y que se fortalece con nuestra fe, seguro que no podrán cerrar los ojos, olvidarse de aquellos por quienes trabajan o de lo que quieren hacer para que nuestro mundo sea mejor.
Y ahí en nuestro tiempo libre, en nuestro tiempo de descanso sabremos mirar a nuestro alrededor, conscientes de los problemas de tantos que nos rodean y que quizá no puedan ni tener unas vacaciones, porque quizás lo que no tienen es un trabajo, y conscientes también de ese compromiso que tenemos por los demás que nos obligará a prepararnos más y mejor para poder luego desarrollarlo o desempañarlo adecuadamente.
Cuando se fueron a aquel sitio tranquilo y apartado Jesús no se quedó con los brazos cruzados, ni tampoco los discípulos pudieron hacerlo. Allí seguía estando también el clamor de los pobres, de los que nada tenían o de los que estaban llenos de sufrimientos. Y allí estaba el corazón del Buen Pastor. Dice el evangelista que ‘se puso a enseñarles con calma’ y como otras veces curaría a todos de sus diversos males.
¿Qué vamos a hacer nosotros en este tiempo que quizá podemos dedicar al descanso? ¿Será también un tiempo para un encuentro más intenso con el Señor en nuestra oración o le damos también vacaciones a nuestra vida espiritual?

sábado, 18 de julio de 2015

Una vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos si sabemos hacer de ella una ofrenda de amor

Una vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos si sabemos hacer de ella una ofrenda de amor

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21
Hay personas que viven una vida oscura y silenciosa que nos pudiera parecer imperceptible o quizá infructuosa. Pero muchas veces las cosas realizadas en silencio, aunque vivimos en un mundo de prontas eficacias porque todo lo queremos de inmediato, sin embargo a la larga pueden ser mucho más fructuosas y enriquecedoras no solo para la persona en si misma sino también para los demás. En silencio y oculta está la semilla plantada bajo tierra, pero es allí donde germina y de donde nacerá una planta nueva prometedora de grandes frutos.
Escuchando el evangelio en ocasiones le hemos oído decir a Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha frente a aquel mundo de apariencias y vanidades que se habían creado los fariseos. Es cierto que también nos dirá que vean los hombres vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Pero nos habla muchas veces del Reino de Dios como la semilla, muchas veces pequeña e insignificante que es sembrada para que llegue un día a dar fruto.
En el evangelio de hoy se nos habla de cómo los fariseos comenzaron a atentar contra El buscando la forma de cómo acabar con El. Y Jesús se retira y cuando curaba a la gente les decía que nadie se enterase. Como diría en otro momento aun no había llegado su hora. Pero estas circunstancias que está viviendo Jesús le hace recordar al evangelista lo anunciado por el profeta acerca del siervo de Yahvé. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
El siervo de Yahvé que como cordero será llevado al matadero; el siervo de Yahvé que calladamente seguirá haciendo su obra, ‘no porfiará, no gritará, no voceará por las calles’, pero ahí está su Palabra silenciosa que será como un grito en la conciencia de los hombres, que será como el grano de trigo que ha de morir para que dé vida. De ello nos hablará Jesús y esa es su vida, su entrega, su amor hasta el final. Y en lo que parecía un fracaso hay una victoria y un triunfo porque nos llega la salvación.
Será esa vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos. Muchas veces quizá tengamos que pasar por momentos así, según las circunstancias de la vida, pero hemos de aprender a ser esa semilla enterrada para que dé fruto. Tenemos que quizá morir, desaparecer, pero la luz siempre brillará, la vida permanecerá, la ofrenda de amor que hagamos de nuestra vida será valiosa, porque así nos estamos uniendo profundamente al Señor en su propia ofrenda de la Cruz. Y sabemos que tras la cruz hay vida y resurrección.

viernes, 17 de julio de 2015

Pongámonos en el pellejo del pecador arrepentido para quien no se tiene misericordia y se le tiene para siempre discriminado

Pongámonos en el pellejo del pecador arrepentido para quien no se tiene misericordia y se le tiene para siempre discriminado

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
‘Si comprendierais lo que significa "quiero misericordia y no sacrificio", no condenaríais a los que no tienen culpa’. ¡Qué actualidad tienen estas palabras de Jesús! Pareciera que nos lo está diciendo de una forma muy directa y concreta pensando en los hombres y mujeres de nuestro tiempo, pensando, sí también, en las instituciones de nuestro tiempo.
Qué fácil nos es condenar y qué difícil comprender, tener misericordia y perdonar. Claro que hemos de entender que las palabras de Jesús no fueron solo dichas para los hombres de su generación respondiendo a las situaciones concretas que entonces se vivían. Son para nosotros palabras del Señor que nos dice hoy respondiendo también a situaciones que vivimos los hombres de todos los tiempos, también para nosotros hoy.
Misericordia, y porque no tenemos misericordia juzgamos y condenamos; porque no tenemos misericordia nos hacemos leguleyos y estamos queriendo aplicar la ley a rajatabla - y sin misericordia - en todo momento y ante cualquiera; porque no tenemos misericordia hemos quitado la capacidad de comprensión en nuestro corazón y no somos capaces de mirarnos a nosotros mismo que tenemos la viga en nuestro ojos para fijarnos solo en la pajuela que pueda tener el ojo ajeno; nos hacemos justicieros, y decimos que en nombre de la justicia tenemos que defender a quienes son maltratados, pero no somos capaces de tener ojos compasivos y misericordiosos para el pecador que es cierto que cometió la injusticia pero que necesita una mano que lo ayude a levantarse y a rehacer su vida.
¿Es que las personas porque sean pecadoras ya no pueden cambiar nunca y siempre la vamos a mirar con el sambenito de su pecado? Yo miro el evangelio y no creo que esa sea la actitud de Jesús con los pecadores, porque a la magdalena y la mujer pecadora que le perdonó sus muchos pecados no la tuvo apartada para siempre echándole en cara siempre sus pecados; a Zaqueo al que hizo bajar de la higuera, una vez que cambió su vida desde la misericordia del Señor ya no lo tuvo para siempre como un pecador; porque a la mujer adultera una vez que le perdonó sus pecados la levantó para que volviera a su vida y fuera tratada ya para siempre como una mujer perdonada.
Pero nosotros en nuestros juicios, nuestras instituciones en sus leyes, parece que al pecador siempre lo van a considerar como un leproso apartado de todos y discriminado para siempre. Y queremos ser unos puros y buenos, y queremos una iglesia pura, que algunas veces parece que hacemos puritana, pero nos hace falta que llenemos nuestro corazón, nuestras actitudes y posturas, nuestras normas de vida y nuestras costumbres de misericordia, de compasión, de amor, porque ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre celestial es compasivo y misericordioso.
¿Nos habremos puesto alguna vez en el pellejo del pecador que se ha arrepentido pero para quien no se tiene misericordia y se le tiene para siempre discriminado?

jueves, 16 de julio de 2015

El escapulario de la Virgen siempre con nosotros y colocado muy cerca del corazón, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón para vestirnos de su santidad

El escapulario de la Virgen siempre con nosotros y colocado muy cerca del corazón, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón para vestirnos de su santidad


‘Haced lo que El os diga’, nos está diciendo María continuamente cuando en nuestra devoción acudimos a ella. Recordamos que esas palabras fueron las que dijo a los sirvientes de las bodas de Caná. Pero son las que en nuestra devoción hemos de escuchar de labios de la Virgen. Todo en la devoción que le tengamos a nuestra Madre siempre ha de llevarnos a Jesús.
Hoy estamos celebrando a la Virgen del Carmen, o Virgen del Monte Carmelo como es su titularidad litúrgica más propia. Devoción a la Virgen que nació en el Monte Carmelo de tantas resonancias bíblicas. Allí se había refugiado el profeta Elías en su lucha contra los falsos profetas de los baales. Allí en la época de las Cruzadas para liberar la Tierra Santa del dominio de los árabes se encontraron y se refugiaron en una vida llena de ascetismo muchos de aquellos que hasta aquellos lugares habían ido como guerreros pero que al contacto con la tierra de Jesús se sintieron motivados a no alejarse nunca de aquella tierra santa.
Pronto la imagen de la Virgen entronizada en aquel monte fue venerada no solo por aquellos ermitaños, en cierto modo origen de la Orden del Carmelo, sino que se fue extendiendo por todas partes. Es la Virgen la que milagrosamente se manifiesta a quienes se habían congregado en torno a esa Imagen bendita y entrega el escapulario que iba a ser vestido y distintivo de la orden del Carmelo y que luego vestirían también los devotos de la Virgen del Monte Carmelo.
Llevar, pues, el escapulario de la Virgen es como vestirnos de María. Pero no ha de ser un objeto piadoso que llevemos solo externamente, sino que ha de significar cómo nuestra vida ha de estar toda impregnada de las virtudes de María Santísima. Muchas cosas se han escrito y se dicen de que quien lleve siempre el escapulario del Carmen tiene asegurada su salvación. Pero no lo miremos cómo algo mágico que simplemente se produzca sin más que por llevar el escapulario; lo convertiríamos en un amuleto.
El escapulario de la Virgen siempre con nosotros, y además colocado muy cerca del corazón, nos recuerda a María, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón y eso nos ha de recordar entonces la vida buena, la vida santa que hemos de tener los que amamos a María y queremos vestirnos de ella. María nos alcanza la gracia del Señor que nos fortalece, y nosotros ponemos en ese recuerdo permanente de María junto a nosotros ese esfuerzo por luchar por ser cada día mejores, por apartarnos de los malos caminos, de ser fuertes en toda tentación y peligro. Así María nos ayuda, nos previene, nos fortalece con la gracia del Señor.
Que sea autentica la devoción que le tengamos a la Virgen. Que no se nos quede en unos ‘vivas’ y unas fiestas que decimos que hacemos en su honor, sino que vistámonos de María, copiemos en nosotros su vida santa y así tenemos asegurada con la gracia del Señor esa salvación.
Como decimos en la oración de este día, que los que veneramos a la Virgen en su advocación del monte Carmelo con su intercesión podamos llegar a Cristo, monte de nuestra salvación.


miércoles, 15 de julio de 2015

Tenemos que descalzarnos de nuestras sandalias para aprender a ir humildes al Señor con un corazón despojado de nuestro yo

Tenemos que descalzarnos de nuestras sandalias para aprender a ir humildes al Señor con un corazón despojado de nuestro yo

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27
‘Aquí estoy’ fue la respuesta de Moisés a la voz de Dios que le llamaba. Temeroso y lleno de curiosidad se había acercado a la zarza ardiendo que no terminaba de consumirse. ‘Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza’. Dios se le manifiesta y le llama. ‘No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado’.
Acercarnos a Dios con disponibilidad. ‘Aquí estoy’. Pero acercarnos a Dios con humildad. ‘Quítate las sandalias…’ Tenemos que despojarnos. Y no son precisamente las sandalias; será nuestro yo, nuestro orgullo, nuestro saber, nuestra autosuficiencia. Cuantas veces queremos acercarnos a Dios pero no queremos despojarnos de nuestro yo o nuestras ideas. Y decimos luego que Dios no nos escucha, no se nos revela. Es que vamos con nuestras ideas preconcebidas, con nuestro pensamiento, con la imagen que nosotros nos hemos hecho de Dios. Tenemos que descalzarnos.
Descalzarnos que es abajarnos, ponernos en actitud humilde de búsqueda, de escucha, de disponibilidad generosa. Si nos hacemos pequeños Dios se nos revelará, se nos manifestará, nos hará conocer su designio salvador. Como sucedió con Moisés. ‘Ahora marcha, yo te envío…’ Y tendrá que volver a Egipto de donde había salido de mala manera, y tendrá que ir hasta el faraón con el que pocas ganas tendrá de encontrarse. Sabe que va a tener dificultades. Se disculpa diciendo que no sabe hablar. Pero Dios lo envía. Dios estará con él. Dios pondrá a su lado medios, Aarón su hermano que hablará porque tiene facilidad de palabra, el poder de Dios en aquel bastón que pone en su mano, la fortaleza de su Espíritu que sentirá por dentro. ‘Yo estoy contigo’, le dice Dios.
¿Aprenderemos nosotros a ir a la búsqueda y al encuentro con el Señor? Tenemos que aprender a descalzarnos de nuestras sandalias. Tenemos que aprender a ir con humildad al Señor, con el corazón bien despojado de nuestro yo, con los oídos de nuestro corazón bien abiertos para escuchar a Dios, con disponibilidad en nuestra vida para lo que el Señor quiera descubrirnos, con generosidad de espíritu para emprender los caminos que se abren ante nosotros aunque no los entendamos o nos parezca que nos puede costar recorrerlos.
En el evangelio Jesús dará gracia al Padre porque se revela a los pequeños y a los sencillos. Es como tenemos que hacernos nosotros. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’. Mientras nos creamos los entendidos no llegaremos a descubrir los designios de Dios para nuestra vida. Tenemos que descalzarnos de muchas cosas. Si lo hacemos podremos escuchar también al Señor que nos dice: ‘Yo estoy contigo’.


martes, 14 de julio de 2015

No seamos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales de la presencia de Dios y actuemos con un nuevo sentido en la vida


No seamos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales de la presencia de Dios y actuemos con un nuevo sentido en la vida

Éxodo 2,1-15; Sal 68; Mateo 11,20-24
Nos cuesta ver las señales de Dios en nuestra vida. Nos hacemos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales y las llamadas Dios. Luego nos quejamos de que Dios no nos escucha ni atiende a lo que le pedimos, pero es que algunas veces parece que lo que queremos es que Dios obedezca nuestras ordenes, nuestras peticiones nos pudiera parecer que son ordenes que le damos a Dios para que El haga lo que nosotros queremos.
Queremos ver las señales pero a nuestro gusto, pero tenemos que abrir bien los ojos de nuestra fe para descubrir lo que son los designios de Dios en cada momento. Quizá nosotros queremos que nuestra vida marche en un sentido, pero Dios nos está pidiendo otras cosas. Muchas veces nos sucede así y no terminamos de descubrir cómo se manifiesta ese amor de Dios en nuestra vida. Siempre hemos de tener la seguridad de que Dios nos ama, somos los amados de Dios.
En nuestros apuros y necesidades acudimos al Señor para que nos atienda en aquello que necesitamos, el Señor nos escucha y su respuesta, aunque nos parezca que no nos concede aquello que le pedimos, va quizá a abrirnos caminos nuevos en nuestra vida. Nos hace falta constancia en nuestra oración, pero también espíritu de humildad para en silencio abrirnos a Dios, aun en medio de lo incomprensible, y terminar de descubrir lo que es el designio de Dios para nuestra vida. La respuesta pudiera tardarnos, pero hemos de tener esperanza y confianza en el designio amoroso de Dios para nuestra vida.
Hoy en el evangelio vemos que Jesús recrimina a las ciudades de Betsaida y Corozaín, pueblos allí cercanos al lago de Tiberíades donde Jesús estaba realizando su labor y que podían haber sido testigos de muchos milagros, de muchos signos que Jesús realizaba y escuchado sus palabras, su predicación, pero que no terminaban de dar señales de conversión. Y lo mismo se queja de Cafarnaún que se había convertido como en el centro desde el que Jesús luego partía hacia las otras aldeas, los otros lugares.
Cuantas cosas buenas se realizan en nuestro entorno, cuántas señales nos está poniendo Dios de su presencia. Hemos de aprender a descubrir eso bueno que hay en los demás, hemos de aprender a leer los acontecimientos que suceden en nuestro entorno para sacar la lección, para descubrir lo que Dios nos va pidiendo, nos va diciendo y que todo eso nos valga para mejorar nuestra vida, para unas nuevas actitudes, para una nueva manera de actuar. Quizá Dios nos está pidiendo que intervengamos en esos asuntos, en esos acontecimientos, que pongamos también nuestro esfuerzo, nuestro granito de arena para ir haciendo que nuestro mundo sea mejor.
No nos hagamos oídos sordos a las llamadas del Señor.

lunes, 13 de julio de 2015

Dios es el único Señor de nuestra vida y nada tiene que apartarnos de ese amor de Dios viviendo en su Reino

Dios es el único Señor de nuestra vida y nada tiene que apartarnos de ese amor de Dios viviendo en su Reino

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1
El evangelio no lo podemos leer ni considerar en sus partes por separado como si unos pasajes no estuvieran en relación con los otros o nos pudieran decir cosas contrarias a las que se nos dicen en otro lugar. Hemos de mirarlo siempre en su conjunto, porque en fin de cuentas es el anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura en nuestro mundo.
Las palabras que hoy escuchamos pudieran en una primera lectura parecernos fuertes y exigentes, pero si consideramos que lo que Jesús nos anuncia es el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo lo podremos entender en toda su profundidad. Creer en la Buena Noticia del Reino de Dios que llega es la primera invitación de Jesús. Si aceptamos el Reino de Dios o lo que es lo mismo que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida, todo lo que quisiéramos poner en su lugar estaría alejándonos del Reino de Dios. Nada ni nadie puede ocupar en nuestra vida el lugar de Dios, sabiendo por otra parte que cuando reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra existencia todas esas realidades de nuestra vida las vamos a vivir con una plenitud mejor.
Cuando hoy Jesús nos dice que quien prefiere a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija antes que Dios no es digno de El, no significa que no tengamos que amar a nuestro padre o nuestra madre, nuestro hijo o nuestra hija, sino que Dios está por encima de todo y desde ese amor de Dios es como vamos a amar a nuestro padre o madre, o hijo o hija. Claro que si alguno de ellos se opone a ese amor que le tenemos a Dios por encima de todas las cosas, es cuando tenemos que hacer la opción.
No es fácil muchas veces ese camino del Reino de Dios. Tendrá sus exigencias para nuestra manera de vivir o de ver las cosas, por eso no hemos de temer la cruz del sacrificio y de la renuncia; por eso no hemos de temer dar la vida por la causa del Reino de Dios porque es como vamos realmente a alcanzarla en plenitud.
Eso hará que muchas veces podamos encontrarnos turbados en nuestro corazón; surge la duda, la incertidumbre, nos puede faltar esa paz y esa serenidad interior. Por eso nos dice Jesús que viene a traernos guerra; es esa lucha interior que hemos de mantener en ese camino de fidelidad que queremos vivir; será quizá esos encontronazos que podamos tener con los que están cercanos a nosotros cuando se oponen a que sigamos nuestro camino de fidelidad al Reino de Dios que queremos vivir. Es de lo que nos habla Jesús hoy.
Pero nos dirá también que lo mínimo que podamos hacer no se quedará sin recompensa. No es que busquemos recompensas terrenas o humanas, sino que alcanzaremos ese premio de la paz que el Señor nos dará en su plenitud. Y lo mismo a aquellos que nos acojan y acepten en ese camino de fidelidad que queremos vivir.
‘El que pierda su vida por mi y por el Reino de Dios, la encontrará’. Es la plenitud de vida a la que aspiramos y que solo vamos a encontrar en los caminos del Señor, en los caminos del evangelio.