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sábado, 7 de noviembre de 2020

Trabajemos ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille la rectitud con que nos tomamos todos los aspectos de la vida

 


Trabajemos ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille la rectitud con que nos tomamos todos los aspectos de la vida

 Filipenses 4, 10-19; Sal 111;  Lucas 16, 9-15

La parábola que ayer nos ofrecía Jesús en el evangelio quizás dejó desconcertados a muchos, desconcierto que se produce cuando no llegamos a entender su sentido y no es que Jesús quiera ofrecernos como modelo la manera de actuar de aquel administrador que no solo había administrado mal los bienes que se le habían confiado sino que ahora para remediar sus problemas personales a los que tendrá que enfrentarse actuará también de una forma fraudulenta e injusta. Lo que nos quería decir Jesús era que nos fijáramos en la astucia de aquel hombre, astucia que nos falta muchas veces a nosotros en nuestro actuar y en nuestro compromiso.

En nuestras manos están cosas de más valor y cosas que nos pueden parecer de importancia secundaria. Quisiéramos quizá que todo aquello que tuviéramos que hacer fuera de una gran trascendencia, pero tenemos que ocuparnos de las menudencias de la vida; en no todas las cosas encontramos un sentido espiritual y un valor superior, sino que también en el ritmo de la vida tenemos que meternos en los negocios de este mundo, por así decirlo. ¿Y qué nos está queriendo decir Jesús con lo que hoy continúa diciéndonos en el evangelio? Que sea cual sea la ocupación a la que nos dediquemos, sean cuales sean las cosas que nos traemos entre manos muchas veces demasiado en un orden material o incluso económico, siempre tenemos que actuar con toda rectitud, con toda fidelidad, y la misma seriedad tendríamos que darle a todo lo que hacemos o a todo lo que se nos ha confiado.

Nos dice tajantemente, ‘el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?’

A mí me gustaría dedicarme a otra cosa, pensamos en ocasiones; no nos satisface el que muchas veces estemos tan absorbidos por las cosas materiales, por los negocios de la vida, por los dineros o la administración de esos bienes que poseemos o que se nos han confiado en nuestra tareas. Pero son tareas que hay que realizar, cosas en las que hemos de manifestarnos con toda honradez y con toda rectitud, materias que tenemos que trabajar, tener en nuestras manos pero que pueden ser golosas a nuestros apetitos que muchas veces se nos desbordan, pero podemos dejar que el corazón se apegue a esas cosas pero al mismo tiempo tenemos que saber obrar con toda rectitud.

Son cosas golosas, como decíamos, a las que se nos puede apegar nuestro corazón y se nos despierte la avaricia o el afán desmedido simplemente de ganancias materiales o de riquezas se nos puede despertar y al final siempre queremos tener más y terminamos buscándolo sin discernir si lo estamos haciendo con la rectitud que deberíamos hacerlo.

Ya nos habla Jesús en otros momentos del evangelio del desprendimiento con hemos de saber tener esas cosas materiales para que acumulemos tesoros no aquí en la tierra sino en el cielo desde ese saber compartir y desde generosidad que tiene que brillar en nuestro corazón, pero también nos habla en otro momento de la seriedad con hemos de tomarnos el administrar aquellos talentos que se nos han confiado para sacarle las provechosas ganancias que con responsabilidad hemos de saber negociar. A quien no fue capaz de hacerlo, Jesús se lo recrimina, como escuchamos en esas otras parábolas que Jesús nos propone.

Podíamos decir que es un hilo muy fino con el que hemos de hilar para saber sacarle a la vida toda la belleza que tiene y hacer que entonces resplandezcan los verdaderos valores. No siempre es fácil; es tan delicado ese hilo que con el hilamos que se puede romper y romper significan los apegos que se nos pueden meter en nuestro corazón y dejar entonces de actuar con la debida rectitud.

Ojalá sepamos trabajar ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille en nosotros la rectitud y seriedad con que nos tomamos la vida.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu, encendámonos en el fuego de su amor

 


Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu, encendámonos en el fuego de su amor

Filipenses 3, 17 – 4,1; Sal 121; Lucas 16, 1-8

‘Cada uno arrima el ascua a su sardina’. Es un dicho que habremos escuchado más de una vez. Desde la experiencia de un asado de sardinas en común donde cada uno quiere que la sardina que se va a comer esté en su punto y si puede la arrima a la brasa que mejor pueda cocinarla, estamos diciendo como en la vida cada uno vela por sus intereses. Y de qué manera, tendríamos que decir; de ahí surgen todas las astucias, todos los planes para obtener las mejores ganancias, los mayores beneficios, muchas veces sin importarnos lo que le pase a los demás o incluso el daño que les podamos hacer, porque lo que nos importa es nuestro interés. Es la astucia en nuestros negocios y ganancias, en los trabajos que realizamos, pero que, tenemos que reconocerlo, tenemos también el peligro de actuar de forma injusta se acoge a las leyes del mercado o se salta toda ley o todo principio ético.

Es la conclusión que Jesús nos está sacando de la parábola que nos propone, como hemos escuchado hoy, del administrador que se vale de sus mañas, pero que cuando se vea despojado del trabajo por su mala administración, tenga quien le acoja porque antes había tenido sus arreglos con él. Pero ¿nos está diciendo Jesús que tenemos que actuar de esa manera? Es quizás lo que muchas veces nos ha escandalizado de la parábola porque en una reflexión superficial nos quedamos en la injusticia de aquel  hombre que nos pareciera que se nos está poniendo por modelo.

Pero, no es esa la intención de Jesús cuando nos propone la parábola, sino decirnos que si los hijos de este mundo andan así con sus astucias, nosotros para el bien que tenemos que realizar ¿pondremos tanto empeño? No vamos a responder con maldad o con injusticia al mal que nosotros podamos recibir, pero sí tenemos que despertar porque no nos podemos quedar adormilados en la tarea que tenemos que realizar para hacer que nuestro mundo sea mejor.

En el mundo tan plural como vivimos, con tan diversas opiniones, maneras de pensar, ideologías con las que se mueve la gente de nuestro entorno, pareciera algunas veces que nosotros no nos sentimos tan seguros de nuestra fe, de nuestros principios, de los valores que aprendemos del evangelio, y vamos por la vida como timoratos, temiendo expresar nuestra opinión, nuestro sentido de la vida, en una palabra nuestra fe. No podemos acobardarnos, no podemos encerrarnos en nuestros círculos porque ahí no vamos a encontrar oposición y todo lo podemos vivir con mucha tranquilidad y mucha paz.

¿Dónde se queda entonces aquel mandato de Jesús de ir por el mundo anunciando la buena nueva del evangelio y del Reino de Dios? Pareciera que nos sentimos inseguros y acobardados, no terminamos de creernos las palabras de Jesús que nos prometió que no tuviéramos miedo de presentarnos ante los tribunales o ante cualquiera porque el Espíritu del Señor pondría palabras en nuestros labios y fortaleza en nuestro corazón.

Y el mundo necesita escuchar una palabra de vida y de salvación. Por mucho que cacareen a nuestro alrededor con sus ideas y tantas veces traten de cerrarnos la boca y de callarnos, sin embargo nos encontramos como se encuentran vacíos, les falta alto que les eleve el espíritu, que les haga trascender del día a día de las cosas o del materialismo en que se vive que no les da la auténtica felicidad. Y nosotros tenemos una palabra que decir, nosotros tenemos un mensaje que ofrecer, nosotros tenemos una vida que queremos vivir y con la que hemos de contagiar a nuestro mundo para que encuentre la verdadera salvación. Nos falta astucia, nos falta valentía, nos falta arrojo para lanzarnos con ímpetu en ese anuncio que tenemos que proclamar.

Utilicemos todos los medios que están a nuestro alcance para hacerlo; no dejemos que otros se nos coman esos medios de los que hoy podemos disponer en nuestra sociedad, y todas esas redes sociales, todos esos medios modernos hoy de comunicación hemos de saber utilizarlos para que sean también altavoces de la Palabra de Dios, valiéndonos también de todas las mejores técnicas y técnicos que estén a nuestro alcance para hacerlo de la mejor forma posible. se nos están yendo de las manos o dejamos que sean solo otros los que los utilicen porque muchas veces nosotros por nuestros miedos y cobardías llegamos tarde. Hay tantas posibilidades hoy de ser portavoces del evangelio para que llegue a todos. Que llegue esta reflexión a tus manos por estos medios - la semilla de cada día - es un intento por mi parte quizá muy atrevido pero que considero necesario.

Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu. Encendámonos en el fuego de su amor.


jueves, 5 de noviembre de 2020

Como el pastor que busca la oveja perdida porque para él tiene su valor e importancia, buscamos y nos preocupamos del valor y de la dignidad de toda vida y toda persona

 


Como el pastor que busca la oveja perdida porque para él tiene su valor e importancia, buscamos y nos preocupamos del valor y de la dignidad de toda vida y toda persona

Filipenses 3, 3-8ª; Sal 104; Lucas 15, 1-10

Quizás en una civilización más urbana como la que estamos viviendo algunos no terminen de entender toda la hondura que quieren expresar algunas parábolas de Jesús como las que hoy nos propone nacidas más en un contexto rural y agrario, de trashumancia de ganados y del cuidado de aquellos animales que les servían para su sustento, pero que significaban mucho más en sus vidas. Hoy un poco lo vamos sustituyendo en nuestras ciudades y hasta en nuestros campos con las mascotas que adquirimos como animales que nos acompañan y que quienes los tienen saben de la relación entrañable que se puede establecer entre los humanos y sus animales de compañía.

Para algunos escuchar esta parábola que nos habla del pastor que hace lo imposible por encontrar a la oveja perdida quizás les pueda decir poco desde ese sentido urbano del que hemos hablado y una pérdida para alguno pueda significar un daño colateral a otras circunstancias que se puedan vivir y entonces no se le dé importancia. Son cosas que pasan dirán algunos. Pero Jesús nos está diciendo que para aquel pastor sí tiene importancia, como importancia tiene la moneda extraviada en la casa y que la mujer busca con tanto ahínco. ¿Una joya? ¿un recuerdo familiar? ¿el significado de un primer salario? ¿una herencia de antepasados que nos trae recuerdos e historias familiares vividas? Para aquella mujer no era una simple moneda. Tanto uno como otro al encontrar lo perdido o lo extraviado invitarán a sus amigos a unirse a la alegría y a la fiesta por haberlo recuperado.

Jesús ha propuesto la parábola en un entorno concreto; El buscaba a los pecadores y a los publicanos y no le importaba mezclarse con quien fuera con tal de ganar a alguno. Pensamos fácilmente en la salvación que Jesús nos está ofreciendo cuando a todos ofrece su perdón, a todos llama y a ninguno rechaza, cosa que no entenderán los escribas y los fariseos tan preocupados por sus purezas legales. ¿Cómo Jesús iba a sentar a su mesa a aquellos pecadores? ¿Pero Jesús no se había sentado también a la mesa del fariseo cuando tantas veces había denunciado su obstinación y su pecado?


Pero Jesús nos está hablando de algo todavía, podíamos decir, más profundo e importante. Nos está enseñando el valor de toda persona. Será algo que veremos repetido en el evangelio. Da igual la etiqueta de dignidad que nosotros les pongamos a los demás, porque ya sabemos cómo andamos con nuestras discriminaciones, nuestros separatismos, nuestros racismos… Todo ser humano tiene su dignidad y su grandeza, es una persona y en nuestro humanismo y antropología cristiana decimos más, porque decimos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso toda persona merece nuestro respeto, nuestra atención, nuestro cuidado.

Por eso cuidamos la vida, toda vida, aunque algunos hoy que se tienen por muy avanzados nos digan que hay vidas que no merecen existir por sus deficiencias, por sus enfermedades, por sus limitaciones y no sé cuantas cosas más que nos decimos. Importa poco hoy eliminar una vida que se está gestando en el seno de su madre, y lo mismo buscamos la eutanasia para eliminar a aquellos que ya consideramos inservibles para la sociedad. Pueden parecer fuertes estas palabras pero es en realidad lo que se está haciendo o se quiere hacer en nuestra sociedad.

Por eso buscamos, cuidamos, valoramos, nos preocupamos de todo ser humano; no los podemos dejar a su suerte; hemos de preocuparnos de su dignidad y de su grandeza como personas y así hemos de tratarlos; y queremos la mayor dignidad para toda persona, como también nos preocupamos de su salvación, de arrancarlos de esos pozos hondos en los que algunos quieren hundirse destrozando sus vidas y ya sabemos de cuántas maneras hoy nos podemos destrozar la vida.

Tenemos que sentir esa inquietud en el corazón, tenemos que saber poner manos a la obra, ponernos en camino para ir siempre al encuentro del otro al que siempre podemos ofrecerle vida, luz, sentido, valor para su existencia. Está en nuestras manos hacerlo. Nos lo está pidiendo hoy Jesús en el evangelio. Que sintamos también la alegría cuando ayudamos a recuperar la dignidad de alguien que se encontraba hundido en las miserias de la vida.

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

El camino de Jesús es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento, en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad con el corazón liberado de ataduras

 


El camino de Jesús es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento, en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad con el corazón liberado de ataduras

Filipenses 2, 12-18; Sal 26; Lucas 14, 25-33

No es cuestión de que en todo en la vida andemos siempre como en negociación pero sí sabemos que cuando queremos llegar a algo importante tenemos que eliminar o dejar a un lado de nuestro camino cosas que quizás nos habrían podido parecer importantes, pero que vemos que sin embargo pueden ser un estorbo para alcanzar aquellas metas a las que aspiramos. Recuerdo escuchar alguna vez aquello de que lo bueno es enemigo de lo mejor, porque nos quedamos simplemente en esto que nos parece bueno pero no llegamos a alcanzar aquello que es mejor.

Disfrutemos, sí, por qué no, del camino pero no nos quedemos en el camino, lo importante es la meta y habrá que renunciar a cosas que hasta pudieran ser buenas en sí, porque lo que buscamos es lo superior. Claro que para eso hay que tener espíritu de superación, de deseos de más, de arrancarnos de conformismos y rutinas, de ser capaces de ponernos por encima de los cansancios que puedan significar los esfuerzos; solo a lo cómodo no llegamos a ninguna parte, y para quedarnos en lo mismo no nos pongamos en camino; ponerse en camino significa buscar, incluso arriesgarse, desear lo mejor y poner nuestro esfuerzo, nuestro talento y nuestro talante, nuestros deseos que nos llevan quizá a una radicalidad en lo que pretendemos conseguir.

Pero quizá muchas veces los cristianos somos excesivamente conformistas, parece que ya vamos cansados en la vida y no tenemos ganas de luchar para avanzar, nos quedamos en aquello de que esto siempre se ha hecho así pero no somos capaces de ver la posibilidad de que podemos alcanzar algo mejor. Por eso algunas veces nos asustan las palabras del evangelio cuando nos plantean exigencias e incluso renuncias. Eso será para otros, pensamos, con tal de nosotros no implicarnos ni complicarnos.

Pero Jesús hoy nos está diciendo que nos paremos un poco para ver qué es lo que queremos, a qué aspiramos, si estamos dispuestos a llegar a las alturas de lo que nos propone el evangelio. Esas dos como parábolas que nos propone Jesús al final, del hombre que quiere realizar una construcción o del rey que quiere hacer una guerra, son planteamientos serios que nos está haciendo Jesús para que nos tomemos en serio lo de ser cristianos, lo de ser sus discípulos y seguidores. Claro que eso de ponerse a pensar y a planificar ya nos resulta costoso porque lo queremos todo de inmediato. Las prisas con que vivimos la vida que nos hace tan superficiales. Y los superficiales no llegarán nunca a ninguna parte.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de negarnos a nosotros mismos, de posponer muchas cosas para quedarnos con lo principal aunque las cosas que dejemos a un lado sean buenas como puede ser la familia, como pueden ser incluso aquello que poseemos que nos hayamos ganado con nuestro esfuerzo, nos habla de tomar la cruz. Creo que con la reflexión que nos venimos haciendo nos damos cuenta del sentido de las palabras de Jesús. No es renunciar por renunciar, no es un masoquismo donde lo que queramos hacer es machacarnos y hundirnos; eso nunca el Señor nos lo pedirá, pero sí la exigencia de seguir adelante, de mirar a lo alto de buscar lo mejor, aunque cueste sacrificio, aunque cueste cruz.

Algunas veces no lo hemos terminado de entender y rehuimos o rechazamos incluso las palabras de Jesús. Tenemos que entender su hondo sentido con todas sus consecuencias y con todas sus exigencias. Es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento; es un camino en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad. Tenemos que entusiasmarnos por el Señor, por Jesús, por su evangelio, y veremos lo felices que vamos a ser con el corazón liberado de tantas ataduras que nos impedirían volar.


martes, 3 de noviembre de 2020

Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

 


Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

Filipenses 2, 5-11; Sal 21; Lucas 14, 15-24

Alguna puede habernos pasado en un sentido o en otro; alguien nos hizo un regalo con mucha ilusión, pero cuando lo recibimos lo hicimos de manera fría, porque quizá no era lo que nosotros esperábamos, nos pareció poco o inútil y por mucho que lo tratamos de disimular se notó el desencanto en nuestra expresión, pero mayor fue el desencanto de quien nos hizo el regalo por la fría acogida con que lo recibimos. O nos habrá podido pasar al revés, fuimos nosotros lo que hicimos el regalo, pero quien lo recibió no lo tuvo en cuenta, casi ni lo miró, se fue a entretener con otras cosas dejando lo que le regalamos allá olvidado en cualquier rincón.

No es que tengamos que ser hipócritas si no nos gusta lo que nos ofrecen, pero si hemos de saber valorar lo que nos hayan ofrecido por más pequeño que nos pueda parecer. No podemos ir de sobrados creyendo que nos lo merecemos todo y siempre nos parecerá poco lo que nos puedan ofrecer o regalar. Ya sea en referencia a lo que recibimos de los demás o a la vida misma que vivimos, quizás siempre estemos descontentos y añorando otras circunstancias, otros momentos u otra cosas que acaso nos pudiera ofrecer la vida. Son otros nuestros sueños, nuestras aspiraciones, o incluso nuestros valores. Sepamos valorar, sepamos acoger, sepamos aceptar, seamos capaces de reconocer el amor que han puesto en lo que nos regalan y hasta el esfuerzo que haya podido significar para las otras personas lo que nos ha regalado.

Según nos ha venido diciendo el evangelio Jesús estaba invitado a comer en casa de unos fariseos. Quizás por lo que Jesús iba diciendo o quizá la abundancia del banquete en que estaban participando, a uno se le ocurre decir que serán dichosos los que coman en el banquete del Reino de Dios. ¿Un entusiasmo ante las palabras de Jesús? ¿Un entusiasmo por aquel banquete que le hace soñar aun en cosas mejores? ¿Quizás imaginaba que el Reino de Dios era como una buena mesa y un buen banquete como del que ahora estaba participando?

Pero Jesús querrá decirle algo importante. No nos pongamos a soñar ni a imaginar, sino sepamos aceptar lo que nos ofrecen, porque en ese saber aceptar y acoger se van a dar precisamente las señales del Reino de Dios. Aquellos invitados al banquete de bodas de la parábola no supieron aceptar aquella invitación que les estaban haciendo y preferían otras cosas, que si sus campos, que si lo que tenían o lo que habían comprado, que si su propia boda, que si sus intereses particulares que tenían que cuidar, pero descuidaron la invitación, no supieron valorar la invitación que les hacían. Quedarían fuera del banquete y el banquete sería para otros que sí supieron aceptarlo. Ya conocemos el desarrollo de la parábola.

¿Y nosotros qué somos capaces de aceptar? ¿Cuál es la acogida que hacemos desde el fondo del corazón a la invitación al amor que nos está haciendo el Señor? ¿Tendremos también otros intereses? ¿También habrá otras cosas que nos entretengan más? ¿Valoramos la riqueza de gracia que quizás desde lo más humilde puedan ofrecernos? ¿Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan?

Me viene a la memoria un hecho, una anécdota como queráis llamarlo, de algo que me sucedió en una ocasión hace años. Había ido a visitar a una anciana enferma, que en aquellos momentos y en aquellos lugares en medio del monte nunca habría recibido quizá la visita de un sacerdote.

Me senté con ella a los pies de su cama en la pobreza de aquel hogar, escuché sus suspiros y sus lágrimas, pasé sencillamente un rato con aquella persona a la que simplemente había dado mi tiempo y mi presencia, pero cuando me iba a marchar desde su pobreza quería ofrecerme algo. Rebuscó hasta encontrar una bolsa donde ponerme unos higos pasados que tenía allí guardados en un cajón quizá para su sustento, y había que ver con qué entusiasmo ella me hacía aquel paquete, pero qué alegría sentía también porque yo se los aceptaba. Hice feliz a aquella persona acogiendo aquello que en su pobreza me ofrecía con tanto cariño y agradecimiento. Algo tan sencillo que puede hacer felices a los demás, y yo me sentí feliz, no tanto por los higos que me ofrecía, sino por el cariño que aquella persona estaba poniendo y que la hacía tan feliz.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Aunque sienta abatimiento por lo vacío que me veo con mis miserias, en Dios me lleno de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina

 


Aunque sienta abatimiento por lo vacío que me veo con mis miserias, en Dios me lleno de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina

Lamentaciones 3, 17-26; Salmo 129; Juan 14, 1-6

Si ayer celebramos la fiesta de todos los santos con lo que queríamos recordar a todos los que participan ya de la gloria del Señor en el cielo, en la visión de Dios porque fueron marcados con la señal del Cordero y en su sangre lavaron y blanquearon sus mantos para poder participar con todo resplandor en la liturgia del cielo, hoy queremos recordar y convertirlo en celebración de fe y esperanza a todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección y de la vida eterna. Hoy es la conmemoración de los difuntos en la que cada uno recuerda a sus seres queridos difuntos y reza por ellos para que un día puedan ser partícipes de esa gloria del cielo.

Si la celebración de ayer tenía mucho de triunfo y de gozo al contemplar la gloria del cielo y aquella multitud innumerable que unida a los coros de los Ángeles y arcángeles cantaban la gloria del Señor, hoy nuestra celebración tiene el peligro y tentación de verse envuelta en los nubarrones de la tristeza y los lúgubres sombras de la tristeza por la separación de los seres queridos. Aunque sintamos esa pena, por otro lado muy humana del duelo de la separación, sin embargo como toda celebración cristiana tiene que estar envuelta en la esperanza porque todos siempre miramos a la meta, pero sobre todo nos confiamos en la misericordia y en la bondad del Señor.

Ya el texto de las lamentaciones escuchado en la primera lectura quizá comenzaba con esos sones de angustia o de tristeza pero terminaba dejándonos un mensaje de esperanza y donde hay verdadera esperanza no faltará la paz del corazón. ‘Aunque me invade el abatimiento, nos dice, apenas me acuerdo de ti me lleno de esperanza porque sé que la misericordia del Señor nunca termina y no se acaba su compasión’. 

Y Jesús nos invita en el evangelio a no perder la calma, a poner toda nuestra fe y nuestra confianza en Dios, a creer en El. Y nos dice que nos va a preparar sitio, que volverá por nosotros y nos llevará consigo porque donde está El quiere que estemos también nosotros. Aquí se ven colmadas todas nuestras esperanzas, aquí se ve más que colmada la inquietud y ansias de vida y de vida para siempre que todos llevamos en el corazón. Sí, todos queremos vivir, queremos vivir para siempre, que no se acaba nunca la vida.

¿No significará eso de algún modo el por qué del miedo que le tenemos a la muerte? No queremos morir, queremos vivir y aunque nuestra vida terrena no siempre nos da todas las satisfacciones que anhelamos y en la medida en que lo deseamos, no queremos desprendernos de nuestra vida. Claro que toda esa angustia que se nos mete en el alma ante el hecho de la muerte es porque no hemos sabido encontrar todavía todo el sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida. Y vivimos el momento presente como si fuera único y no hubiera nada más; nos falta esa fe verdadera en las palabras de Jesús, nos falta esa esperanza que siempre tiene que animar al cristiano, al que ha puesto su fe en Jesús. Y no pensamos entonces en ese salto a la vida verdadera, a la vida para siempre que solo en Dios podemos encontrar. Porque por mucho que nosotros queramos por nosotros mismos no nos podemos construir una vida que no tenga fin, eso es solo un don de Dios, un regalo de Dios que nos hace partícipes de su vida.

Si nos pensamos bien todo eso, no tenemos porque sentir esa angustia y ese miedo a la muerte, a que un día esta vida terrena se nos acabe, ni podemos quedarnos angustiados y llenos de dolor cuando llega la hora de la muerte de un ser querido. Pensamos en una vida sin fin, en una vida en plenitud, en una vida para siempre en Dios, luego el que muere se abre a la vida verdadera a la que le va a dar mayor plenitud, ¿Por qué ponernos tristes?

Es cierto que cuando nos llega esa hora de la verdad quizá nos damos cuenta cómo hemos perdido la vida porque mientras caminamos en este mundo no supimos darle un verdadero sentido y un sentido de plenitud y trascendencia en todo aquello que realizábamos. Nos sentimos apenados quizá en ver la pobreza de nuestra vida, quizá llena de las miserias del pecado. Pero aunque sienta abatimiento, como nos decía el profeta, cuando pienso en Dios mi vida se llena de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina, lo hermosa que es su compasión que siempre nos estará regalando con su amor.

Qué sentido más bonito ha de tener esta conmemoración que hoy hacemos; con qué profundidad hemos de vivirla; qué interrogantes nos plantea para nuestra vida de hoy; qué propósitos han de surgir para que aprendamos a llenar de trascendencia nuestra vida; qué paz tenemos que sentir en el corazón desde esa esperanza que anima nuestra vida y motiva nuestra oración.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

 


Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de todos los santos. No sé si siempre los cristianos alcanzamos a saborear el sentido de esta fiesta o si la palabra santidad sigue diciéndonos algo hoy. Para muchos, para el conjunto de nuestra sociedad se ha quedado obsoleta, no porque su significado sea algo viejo y sin sentido ni valor, sino porque no hemos llegado a comprenderlo de verdad. Por eso nuestra fiesta de Todos los Santos queda desdibujada con el día de Difuntos y un poco en eso se nos queda, y terminamos porque toda la celebración que hagamos sea la visita a las tumbas de nuestros difuntos en el cementerio.

De entrada decir que la santidad es una característica divina porque solo Dios es santo en si mismo. Pero es algo de lo que nos hace partícipes Dios. Por decirlo con pocas palabras es decir que somos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos. Y esa es la santidad en su sentido más profundo. Estamos marcados por el amor de Dios que no solo nos creó y nos dio la vida, sino que nos hace partícipes de su vida divina. Es por eso por lo que nos sentimos sus hijos, somos sus hijos, podemos llamarle Padre, como nos dice hoy san Juan en el texto de su carta.

La lectura del Apocalipsis que hoy se nos ofrece nos habla de los que han sido marcados con la Sangre del Cordero, y nos habla de cantidades innumerables, nadie las puede contar, aunque primeramente nos habla de los ciento cuarenta y cuatro mil, en una clara referencia al Antiguo Testamento, al número de doce tan significativo por aquello de las doce tribus de Israel; pero a continuación nos hablará de esa multitud innumerable que viene todas partes y que han sido marcados.

La marca es una señal de pertenencia; han sido marcados con la sangre del Cordero, han sido marcados y separados para formar un nuevo pueblo con una clara referencia a la consagración de algo que es marcado, señalado, separado para ser algo distinto, y la palabra santo precisamente de ahí tiene tu derivación.

Hemos sido marcados para ser esa pertenencia de Dios, para ser los consagrados del Señor, para ser los santos, tendríamos que decir en una palabra. Recordemos nuestro bautismo con su significado más hondo y más profundo, no solo hemos sido marcados y señalados con la señal de la cruz, sino que luego hemos sido ungidos para ser consagrados. ¿Qué significa esa señal de la cruz y qué significa esa unción? Hemos sido consagrados por el amor de Dios, nos sentimos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos, por eso tenemos que sentirnos ya los santos.

Ahora nos toca vivirlo. Vivir como quien se siente en verdad amado de Dios. ¿Cómo no nos vamos a sentir amados si nos ha llenado de su vida divina para hacernos sus hijos? Y no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús para comprender toda la maravilla de lo que es el amor que Dios derrama sobre nosotros y escuchar a Jesús paras vivir con ese sentido nuevo de los que están llenos del amor de Dios y por eso ya somos santos.

Por eso hoy Jesús nos dice en el evangelio que somos dichosos, que somos felices. ¿Cómo no lo vamos a ser con ese amor de Dios que se derrocha sobre nosotros? y cuando sentimos así su amor en nosotros no necesitamos ni riquezas ni grandezas humanas, estaremos por encima de los sufrimientos que nos pueda tocar sufrir en las luchas de la vida, pero es que necesariamente tendremos que comenzar a amar con un amor igual.

Somos dichosos y felices porque somos hijos; somos dichosos y felices con ese desprendimiento que hacemos de nosotros mismos para darnos en humildad y para darnos en amor por los demás; no nos importan las posesiones que tengamos sino el amor con que nos repartimos por los demás.

Somos dichosos y felices y nuestro corazón está lleno de mansedumbre, de humildad, de ternura y de misericordia para los demás; somos dichosos y felices aunque tengamos que llorar con las lágrimas de los demás porque así compartimos su vida, pero porque así compartimos todo lo que hay en nuestro corazón con los que sufren a nuestro lado.

Somos dichosos y felices porque ansiamos y buscamos siempre lo bueno, la verdad y la justicia porque trabajamos con ahínco por la paz, porque hemos arrancado de nuestro corazón todo tipo de malicia porque quien está lleno de Dios no puede sino actuar de esa manera; no caben en nosotros las sospechas ni las reticencias que nos dividen y nos enfrentan, no caben en nosotros orgullos mal curados sino que todo será buscar lo bueno y al ofrecer lo mejor de nosotros mismos estará siempre presente el perdón que nos lleva a la paz con nosotros mismos y a la paz con los demás.

Somos dichosos y felices porque sintiéndonos llenos de Dios por su amor en verdad sentimos que Dios es el único Señor de nuestra vida con lo que alcanzamos la más hermosa libertad; bien sabemos que cuando dejamos que otras cosas se enseñoreen de nuestras vidas terminaremos siendo siempre esclavos que nos quitan lo más preciado de nuestra dignidad.

Y eso es lo que en verdad hoy celebramos. Y celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que antes que nosotros han recorrido el camino y ahora alaban eternamente a Dios en el cielo y celebramos que nosotros estamos queriendo hacer ese camino de santidad con lo que siempre nos sentiremos dichosos y felices como nos proclama Jesús en las bienaventuranzas. No es, pues, recordar y celebrar a los difuntos, porque estamos celebrando a los que viven, a los que estamos queriendo vivir esa santidad en el amor que Dios nos tiene.

sábado, 31 de octubre de 2020

Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar, es la consecuencia y el fruto del amor y la generadora de la más hermosa de las sonrisas



Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar, es la consecuencia y el fruto del amor y la generadora de la más hermosa de las sonrisas

Filipenses 1, 18b-26; Sal 41; Lucas 14, 1. 7-11

¡Qué distinta es la sonrisa del que lo hace forzado por aparentar y agradar buscando la adulación y los halagos, de aquel que sonríe de verdad porque es feliz en lo que es y en lo que está!

Nos llenamos fácilmente la vida de vanidad y falsedad. Queremos aparentar, sentirnos el ombligo del mundo, que nos tengan en consideración y nos hagan reverencias. Hay quienes son verdaderamente unos artistas en estas simulaciones, en la colocación de esas caretas con las que queremos aparentar nuestras grandezas y en echarnos incienso a nosotros mismos sintiéndonos poco menos que los dioses y los reyes del mundo. Personas que lo buscan, que darían cualquier cosa por aparecer al lado de los que consideramos o nos parecen personas importantes, para que vean lo importantes que nosotros somos que tenemos tan grandes amistades e influencias.

Cuántos codazos nos damos en la vida por alcanzar esos lugares, pero también cuantas veces nos vamos de bruces en la vida porque las cosas no resultaron como nosotros nos imaginábamos y al final no tuvimos la influencia ni el lugar que nosotros esperábamos. Con qué mal cuerpo nos quedamos pero cuantos orgullos hervían dentro de nosotros quemándonos y destrozándonos por dentro, porque nos sentimos heridos con lo que nosotros llamamos esos desaires. Son cosas que vemos que suceden en la vida, y acaso alguna vez nos han sucedido a nosotros.

Jesús se encuentra en una ocasión en medio de esos ruidos mundanos. Lo habían invitado a comer y entre los invitados había fariseos y escribas que siempre estaban al acecho de lo que Jesús hiciera o de las actitudes que Jesús tomara. Pero era Jesús el que los estaba observando y aprovecha la ocasión para dejarles el mensaje. Los invitados eran personajes que se consideraban importantes en aquella sociedad pero todos con el deseo de medrar, de alcanzar lugares de relumbrón, puestos en aquella mesa en la que se reconociera lo que ellos consideraban que era su dignidad y grandeza. Por eso Jesús observa que andan como a la carrera a ver quien consigue mejor lugar.

Jesús comienza por hacerles buenas recomendaciones como buen amigo para que no se vean en situaciones embarazosas. Que no sea que te echen para abajo porque has ocupado un sitio que no te corresponde. Parecen palabras de amigo, palabras para evitar el bochorno, pero es algo más hondo lo que Jesús quiere enseñarnos, porque nos da unos principios de unos valores nuevos. Seguro que se sentirían aludidos por las palabras de Jesús y no se si serían capaces de dejar que el sonrojo apareciera en sus mejillas.

Nos viene bien recordar una vez más las palabras de Jesús: ‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales’.

Pero como decíamos Jesús no solo quiere darnos buenos consejos de urbanidad y buen comportamiento, sino a enseñarnos actitudes nuevas que tenemos que cultivar en nuestro espíritu. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Es lo que nos dirá y repetirá en muchos momentos del evangelio. A los discípulos cercanos a Jesús también les costaba digerir estas palabras, o mejor, estas nuevas actitudes de la humildad y de la sencillez, de la grandeza de servir y de la importancia de ser capaces de hacernos los últimos y servidores de todos.

Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar; es la consecuencia y el fruto del amor y generadora de la más hermosa de las sonrisas.

 


viernes, 30 de octubre de 2020

Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 


Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 Filipenses 1, 1-11; Sal 110; Lucas 14, 1-6

El creyente dice por encima de todo está Dios. Es cierto, es nuestra fe. Y Dios es solamente uno, y a Dios tenemos que amarle sobre todas las cosas, como decimos en nuestra formulación breve del catecismo. En consecuencia, decimos, nada ni nadie puede superar ese amor que le tenemos a Dios, nada ni nadie podemos poner por encima de Dios. Decimos que cuando ponemos algo sobre Dios estamos cometiendo idolatría, porque adoramos a quien no es Dios. Hasta aquí, podemos decir, todo correcto.

¿Y qué lugar ocupa el hombre? ¿Qué lugar ocupamos nosotros? ¿Podemos sustituir a Dios o convertirnos nosotros en Dios? Algunas veces quizás nos idolatramos a nosotros mismos, cuando queremos poner nuestra voluntad por encima de lo que es la voluntad de Dios. Pero precisamente es aquí donde el mensaje nuevo de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús nos proclama nos va poniendo, por así decirlo, unos matices distintos. Y es que para Jesús, y nos enseña que para Dios, el importante es el hombre, es la persona.

En primer lugar quizá tendríamos que recordar aquella primera página de la Biblia donde se nos habla de la creación y de la creación del hombre y ya allí se nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Cuando Dios crea al hombre no quiere hacer de él una criatura cualquiera, ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ y a imagen de Dios nos creó. Aquí empezamos a ver la maravilla.

Pero luego Jesús nos irá recalcando en el evangelio continuamente el valor de la persona humana, el valor del hombre y no me importa emplear este lenguaje de toda la vida, porque nos estamos refiriendo por igual al hombre y a la mujer, al varón y a la hembra. Hoy es una muestra de ello, pero no hace mucho hemos recordado aquel pasaje del evangelio en que le preguntan cuál es el mandamiento principal y nos habla del amor a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todo el ser, pero nos dice a continuación y el segundo es semejante a este, amarás a tu prójimo como a tí mismo. Un amor semejante al que le tenemos a Dios hemos de tenerle a nuestro prójimo, sea quien sea. Maravillas de Dios, tenemos que volver a decir.

Y es lo que Jesús nos quiere resaltar hoy como en tantos otros pasajes del evangelio, que por así decirlo se convierten siempre en la defensa del hombre, en la defensa del ser humano. Hoy será con ocasión de aquel hombre con su mano paralizada que está allí en medio de ellos cuando le invitan a comer en casa de un fariseo. Pero es sábado y el sábado no se puede curar; en la visión estricta de los fariseos el sábado estaba dedicado totalmente a Dios y no se podía trabajar, entonces, como Jesús les hace ver, ¿tenemos que dejar a una persona en su sufrimiento porque ese día no podemos curar por estar dedicado totalmente al culto del Señor?

El culto que el Señor quiere, y ya lo decían también los profetas, es abrir las prisiones injustas, vestir al que ves desnudo, enternecerte en tu propia carne ante el sufrimiento del hermano para ayudarle, para curarle. Es lo que hace Jesús con gran escándalo de los fariseos que sin embargo no saben qué decir. El hombre está por encima de todas nuestras leyes y nuestras normas, y poner al hombre por encima de todo lo hacemos porque en verdad Dios está por encima de todo y lo que Dios siempre quiere es la felicidad y el bien del hombre.

Ya decíamos que Jesús en todo su evangelio nos va dando siempre esta valoración de la persona, que es lo que agrada a Dios; podríamos recordar muchos pasajes pero podemos traer a colación la parábola del buen samaritano. ‘Acaso por llegar temprano al templo’, como cantamos también en un canto de celebración, aquel sacerdote y aquel levita pasaron de largo ante el hombre caído a la orilla del camino. Pero, ¿quién se portó como verdadero prójimo del caído? Aquel que se bajó de su cabalgadura para montar al  herido y llevarlo donde fuera en verdad socorrido.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Será esa la valoración que hacemos de toda persona? ¿Será así cómo levantamos al caído? ¿No nos haremos nuestras distinciones y acaso nos apartamos a un lado por miedo a ‘contagiarnos’ cuando nos encontramos al paso a determinadas personas quizá con sus vicios y con sus miserias? ¿Quién será entonces el que lleva la miseria en el corazón porque no es capaz de tener misericordia con el hermano, mientras dice que ama tanto al Señor?

Reconozcamos que nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra mentalidad, en nuestras costumbres y rutinas.

jueves, 29 de octubre de 2020

Orar por nuestros enemigos, por quienes nos hayan desprestigiado y por aquellos que nos hayan hecho daño es la forma sublime del amor y del perdón

 


Orar por nuestros enemigos, por quienes nos hayan desprestigiado y por aquellos que nos hayan hecho daño es la forma sublime del amor y del perdón

Efesios 6, 10-20; Sal 143; Lucas 13, 31-35

La experiencia de sentirse amenazado es una experiencia dura de la que si tuviéramos que enfrentarnos a ella no sabríamos cómo salir. Miedo, angustia, encerrarse en sí mismo, huida, violencia y enfrentamiento, volvernos en contra de los que nos amenazan… son muchas y diversas la formas de reaccionar dependiendo de la manera de ser de la persona, de su carácter o de su madurez. Puede ser ante situaciones o amenazas graves que puedan poner en peligro la vida, o pueden ser otras amenazas más sutiles que pueden dañar nuestra persona, nuestro prestigio o buen nombre, la situación en la que nos encontremos ante la sociedad.


Enfrentarnos a perder la vida no es quizá tan habitual aunque en el mundo de violencias en que vivimos puede ser cada día más posible y así sucede en muchos lugares con secuestros y extorsiones, pero ese otro tipo de amenaza que nos viene de una crítica o de un juicio que hagan contra nosotros queriendo quizás desprestigiarnos, de una denuncia o incluso desde murmuraciones que pueden terminar en calumnias son cosas que nos pueden suceder más fácilmente. Repito ¿cuál es nuestra reacción? Hay gente que se queda como paralizada con el miedo a perder el nombre o el prestigio que puedan tener; gente que quiere que se la trague la tierra antes de verse en situaciones así; gente que se va en desbandada y huída, son muchas, repito, las reacciones.

Cuando Jesús se dirigía a Jerusalén, escuchamos hoy en el evangelio que vienen unos fariseos a decirle que mejor es que se esconda porque Herodes anda buscándolo para matarlo. Todos tenían conocimiento que así había sucedido un día con Juan el Bautista, primero lo había metido en los calabozos de Maqueronte para hacerlo callar, pero al final había terminado con su muerte como un final de fiesta de aquellas a las que estaba tan acostumbrado Herodes. Son unos fariseos los que vienen ahora a decírselo a Jesús, aunque luego ellos por otra parte unidos a los sumos sacerdotes de Jerusalén también querían quitar de en medio a Jesús.

Pero Jesús no se acobarda, veremos más tarde que cuando enviado por Pilatos lo llevan a la presencia de Herodes, Jesús no le dirigió la palabra, tratándolo Herodes por loco porque no había accedido a lo que le pedía para divertir a su corte.  Jesús dice que no teme. El sabe además que sube a Jerusalén y allí va a ser entregado en manos de los gentiles, como tantas veces le había anunciado a los discípulos más cercanos. Además, como diría en otro momento, nadie le arrebata la vida, nadie tiene poder para arrebatarle la vida, sino que El la entrega libremente.

Claro que la fortaleza del Espíritu de Jesús no se parece en nada a nuestros miedos y cobardías; cómo rehuimos cualquier tipo de sufrimiento, cómo nos quejamos ante cualquier situación adversa en la vida a la que tengamos que enfrentarnos, cómo nos resguardamos y nos ponemos a buen recaudo ante cualquiera que pudiera venir a pedirnos cuentas, cómo escurrimos el bulto tantas veces que tendríamos que dar la cara. Jesús nos está dando una hermosa lección y está siendo de interrogante antes nuestras cobardías y nuestras tibiezas.

Qué hermoso lo que llegaría a poder decir san Pablo ‘ni la muerte ni la vida nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús’. Y es que cuando nos sentimos envueltos en el amor de Dios nos sentimos seguros, no tememos ante los riesgos y los peligros, sentimos en nuestro interior la valentía del amor, la valentía que solo puede dárnosla el Espíritu del Señor. Podremos sentirnos o no culpables ante aquello que presentan contra nosotros, pero de una cosa estamos seguros, de la piedad y de la misericordia del Señor. Los hombres nos juzgarán, nos condenarán, pretenderán atentar contra nosotros e incluso hacer que se ponga en peligro nuestra vida, pero nuestra fortaleza está en el Señor y en su misericordia que aunque seamos pecadores nos ofrece su perdón, aunque nos podamos sentir indignos El sigue contando con nosotros.

Nos manifestará algo más Jesús en este texto que estamos comentando. Contempla con lágrimas en los ojos la infidelidad, la ligereza y la tibieza de espíritu de aquellos a los que se dirige y no le escuchan o incluso se van a poner en su contra. En otro momento del evangelio se nos hablará de las lágrimas de Jesús por la ciudad de Jerusalén que incluso va a ser destruida de manera que todo aquel esplendor que desde el monte de los Olivos se contempla va a desaparecer. Ahora de alguna manera Jesús está manifestando las lágrimas que hay en su corazón por aquellos que no lo escuchan, por aquella ciudad de Jerusalén que un día le rechazará aunque habrá momentos en que se le aclame a la entrada de la ciudad como el que viene en el nombre del Señor

Y nosotros, ¿cómo nos sentimos?, ¿qué actitud tomamos ante aquellos que pudieran hacernos daño? Jesús le vemos ahora orando en sus lágrimas por la ciudad de Jerusalén, nosotros, ¿habremos sido capaces de orar por los que nos persiguen o nos hacen daño? Ya Jesús nos ha enseñado que tenemos que orar por nuestros enemigos y por aquellos que nos hayan hecho daño; es la forma sublime del amor y del perdón.

miércoles, 28 de octubre de 2020

A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

 

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A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Todos lo sabemos. Un edificio no se construye solo ni lo construye una sola persona. Un promotor tendrá la idea, aquí quiero construir un edificio, y nos dará algunas características de lo que él sueña para aquel edificio; pero tendrá que acudir al arquitecto que elabore el proyecto y luego a los constructores que lo levanten; ni la elaboración del proyecto será solo obra del arquitecto – como se ve que tengo algún amigo arquitecto, ¡je je je! – sino que serán muchos los que colaborarán en su diseño y el proyecto definitivo, como no será solo un constructor sino que tendrán que intervenir diferentes especialista para llevar la obra hasta el final, según aquel proyecto deseado por el promotor y diseñado por el arquitecto. Cuántas personas han de colaborar en la construcción de aquel edificio.


¿Y a qué viene todo esto? Se podrá estar preguntando alguno. Hoy estamos celebrando la fiesta de dos santos Apóstoles, san Simón y san  Judas Tadeo; por supuesto además del poco conocimiento que tenemos de estos dos apóstoles, tampoco nos vamos a quedar en las leyendas populares que nos hablarán de unos santos muy milagrosos y a los que tenemos que rezarles en determinadas circunstancias, manifestando la pobreza espiritual con que vivimos tantos cristianos.

Quiero centrarme en la Palabra del Señor que se nos ha proclamado y en un texto de la carta de san Pablo a los Efesios que leemos habitualmente en las festividades de los apóstoles y que nos habla de que ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’. Un edificio, una construcción como seguirá diciéndonos, unos cimientos, una piedra angular que lo ensambla todo. Eso somos como Iglesia y esa es la construcción en la que todos nos tenemos que sentir comprometidos. Como termina diciéndonos el apóstol ‘por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu’.

Pero veamos unas cosas esenciales también de la que nos habla el evangelio. Hoy nos dice que Jesús pasó la noche en oración, y a las primeras luces del alba llamó a los discípulos y de entre ellos escogió a Doce a los que constituyó Apóstoles. Nos da la referencia y el listado. Ellos iban a tener una función especial; san Pablo luego nos hablará del cimiento de los apóstoles sobre el que estamos edificados. Y eso fue haciendo el Señor con aquellos doce, convertirlos en cimiento.

¿Por qué aquellos doce y no otros si algunos les salieron ‘rana’? Pedro lo negó y siguió confiando en él; Tomás lleno de sus dudas que siempre estaba haciendo preguntas, luego no estaría presente en la primera aparición de Jesús resucitado al grupo y pedirá pruebas palpables de que en verdad era Jesús, pero Jesús había seguido contando con él; Santiago y Juan andarían ambiciosos y queriéndose quizá aprovechar del parentesco - ¿o sería la influencia de la madre? – para ocupar primeros puestos en el reino nuevo, pero Jesús siguió contando con ellos; Mateo eran un recaudador de impuestos y no era bien mirado por los principales del pueblo, porque lo consideraban un publicano y un pecador, y sin embargo Jesús lo había llamado; Judas Iscariote le robaba y al final lo entregó por treinta monedas y sin embargo lo mantuvo en el grupo.

Una lección podemos aprender y es que Jesús quiere contar con todos, no importa sus debilidades o sus mayores o menores cualidades. No es la obra de los hombres, es la obra de Dios pero que sin embargo Dios quiere contar con nosotros y también con nuestras debilidades, porque así nos enseña como El está buscando a todos sin distinción, aunque seamos pecadores. Pensemos en tí y en mí, ¿somos realmente tan perfectos? ¿No estaremos llenos de debilidades? Tú y yo sabemos cuales son nuestros pecados, nuestras caídas, nuestras reincidencias, nuestras negaciones y traiciones a lo lago de la vida. Alguien quizá no querría contar con nosotros y quizás nos dejaría a un lado.

Pero Jesús ha querido contar conmigo a pesar de todo, y Jesús ha querido contar contigo y tú sabes bien los secretos que guardas en el corazón. Solo tenemos que hacer una cosa, estar dispuesto a seguirle, a irnos con El, a dejarnos cautivar por su amor, a llorar nuestras debilidades pero a sentir el gozo que El nos permita llevar nuestra mano hasta sus llagas para reconocerle.

Ah, aquí está algo importante, saber ver las llagas de Cristo hoy y reconocerle, en esos hermanos que vemos quizá tirados junto al camino, en esos a los que nadie quiere porque tienen no sé que vicios o porque son injustos y perversos, en esos que caminan en la soledad abandonados de todos y a los que vemos siempre sus defectos… son tantas las llagas de Cristo que tenemos que reconocer.

Dos cosas para terminar, a aquellos que había llamado los envió a curar y a predicar; pensemos pues la tarea que tenemos por delante. Pero otro detalle que quiero resaltar, Jesús bajó de la montaña, llegó a la llanura y se encontró una muchedumbre que le esperaba. ‘Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos’. Venían a verlo, a escucharlo y a que El los escuchara; venían con sus tormentos en el alma y sufrimientos para que Jesús los curara ‘y salía de El una fuerza que los curaba a todos’.

¿Será eso lo que nosotros estamos haciendo cuando vemos esa multitud a nuestro alrededor? ¿Será eso en verdad lo que hace la Iglesia, o andaremos por otros intereses y preocupaciones que parece que están lejos de lo que el Señor hacía? Recordemos lo que decíamos al principio ese edificio somos todos, lo construimos entre todos, y de todos es la responsabilidad de que cumpla su función.

 

martes, 27 de octubre de 2020

Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

 


Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Nos gusta lo espectacular. Como ahora cuando vemos una película con efectos extraordinarios y espectaculares como se pueden obtener con los medios digitales y tecnológicos de los que hoy se dispone. Nos llama la atención el espectáculo cuánto más insólito mejor, nos entretiene, nos lleva quizá en nuestra imaginación por caminos insospechados y vamos de asombro en asombro. Pero aunque no siempre se ha tenido esa posibilidad de crear lo espectacular como lo podemos hacer hoy por ejemplo con el cine, cualquier cosa que se saliera de lo normal en todos los tiempos a la gente le apasionaba, aunque hubiera algo de terror y pudiera producir temores y miedos.

En los tiempos de Jesús cuando les hablaba del Reino de Dios que venía a instaurar, de alguna manera la gente que lo escuchaba también estaban esperando cosas espectaculares; quizás las guerras con toda la destrucción que les acarreaban de alguna manera subirán en la mente de los hombres esas ansiedades y deseos que de alguna manera podían estar latiendo en el corazón; y si no, eran los espectáculos que nos podía ofrecer la naturaleza en medio de una tormenta; es por eso que los profetas utilizaron esas imágenes, pero también ahora se emplearían para hablar del sentido o de la forma del final de la historia; recordemos algunas cosas que nos dirá Jesús y que próximamente en el final del año litúrgico vamos a escuchar de nuevo.

¿Sería algo así como se imaginaban que se iba a realizar el Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús y que estaba en la esperanza de la llegada del Mesías? No olvidemos que en el concepto del pueblo venía algo así como un guerrero al frente de un ejército liberador de aquellas esclavitudes que vivían bajo la dominación de pueblos extranjeros. En ese sentido eran los diversos movimientos que había entre en el pueblo dispuestos a esas guerrillas liberadoras.

En algún momento le preguntarán a Jesús si era ya llegado el momento de la liberación del pueblo como signo de la constitución del Reino de Dios del que El les hablaba. Ya andaban los discípulos cercanos a Jesús preparándose para conseguir los primeros puestos de poder, como tantas veces hemos reflexionado. Pero Jesús propone hoy dos parábolas que rompen todos esos parámetros que se habían construido en sus mentes, porque no habrá nada más espectacular como sencillo que la imagen de una insignificante semilla sembrada y que nos podría dar una gran arbusto capaz hasta de acoger a los pajarillos para que en él hicieran sus nidos; o les habla también de ese pequeño puñado de levadura, algo tan fino que parece como polvo, que sin embargo es capaz de transformar la masa para darnos buen pan. Y nos dice Jesús, así es el Reino de Dios.

Nosotros también soñamos con una iglesia de cristiandad, triunfante sobre todo y sobre todos, acompañada de los sones de los himnos que más bien en algunas ocasiones parecen guerreros y donde todo parece que tendría que someterse a nuestros pies. Algo de eso nos queda de espectacularidad con la herencia de signos grandiosos que con el arte a través de los tiempos nos han levantado grandes edificios a los que hoy quizá contemplamos vacíos porque no se encuentran los verdaderos adoradores del Padre en espíritu y verdad de lo que nos habla Jesús en el evangelio.

Nos ponemos tristes muchas veces porque ya no podemos hacer esas espectaculares procesiones que más bien podrían parecer los desfiles victoriosos de los generales cuando venían de la guerra y en cuyo honor se levantaban arcos de triunfo que han quedado para la posteridad. No toda la gente está hoy por esas espectacularidades o cuando hay quien las promueve tenemos el peligro de que se desvíen de su verdadero sentido y no sea una auténtica expresión religiosa lo que allí estemos manifestando, y por otra parte ya son cada vez menos los que participan en esos desfiles procesionales.

Nos olvidamos quizás – y ya son varias las veces que empleo la palabra olvido – de esa pequeña semilla que tenemos que sembrar y que tenemos que cultivar, quizá de forma callada y silenciosa, pero haciendo que cada día más y mejor llegue el mensaje del evangelio al corazón de las personas. Ese tendría que ser nuestro esfuerzo como cristianos, como iglesia, donde en un tú a tú con las personas, en unos encuentros personales pero también en los pequeños grupos que se formen en nuestras comunidades vayamos de verdad difundiendo la buena nueva del evangelio.

Que en verdad seamos como esa levadura que nos transforme a nosotros y que ayude a transformar a los que están a nuestro lado y que ese bien de la buena nueva de Jesús, esa verdad del evangelio se vaya difundiendo por sí misma y extendiéndose cada vez más como una mancha de aceite que vaya contagiando todos los corazones. Eso es lo grande en lo que tenemos que soñar, eso es lo verdaderamente espectacular del Reino de Dios.

Creer en Jesús y en el evangelio no es simplemente un entretenimiento ni el espectáculo de algo extraordinario que nos va a impresionar con mucho asombro de forma momentánea. Será, tiene que ser, algo que de verdad nos transforme desde lo más hondo de nosotros mismos. Mucho tendríamos que cambiar los cristianos en esas cosas que se nos han metido en la cabeza.

lunes, 26 de octubre de 2020

No nos quiere Jesús que andemos encorvados y escondidos en nuestros miedos y complejos sino hombres libres que gozan de la nueva libertad y ofrecen su mano regalando libertad

 


No nos quiere Jesús que andemos encorvados y escondidos en nuestros miedos y complejos sino hombres libres que gozan de la nueva libertad y ofrecen su mano regalando libertad

Efesios 4, 32 — 5, 8; Sal 1; Lucas 13, 10-17

Aquella mujer pasaba desapercibida en medio del grupo que aquel sábado frecuentaba la sinagoga. Encorvado, encogida más bien diríamos nosotros en su complejo, en su dolor e imposibilidad, en su pobreza de espíritu, en su humildad allí estaba y si Jesús no se acerca a ella para levantarla y para curarla quizá nadie se habría fijado en ella. Como tantas veces pasa; gente en silencio que no hacen ruido en su humildad, gente encogida en sus complejos y en sus miedos, gente que parece meterse en el último y más escondido lugar casada quizás de luchas y de fracasos, gente en la que nadie se fija porque no relumbran como tanto nos gusta relumbrar y llamar la atención quizás a nosotros.

Pero Jesús vino a sacarla de su anonimato, Jesús quería levantarla, no podía permitir Jesús que siguiera encorvada con tantos sufrimientos que probablemente atenazaban su corazón, el que había venido a liberar a los oprimidos como había proclamado en la otra sinagoga, en la de Nazaret,  y a romper toda clase de cepos no podía dejarla con aquellas ataduras y la quería con una vida nueva, con un nuevo dinamismo en su vida. Y Jesús se acercó y la puso derecha, la mujer se levantó y la que había estado en silencio se puso a glorificar al Señor.

Claro que habrá siempre quien prefiera que los que están acobardados y escondidos así permanezcan para que no produzcan ninguna perturbación; hay quien prefiere que la gente siga calladita y perdida anónimamente en medio de la multitud no sea que vayan a decir o a mostrar algo que nos desestabilicen esa paz que artificialmente nos hemos creado. Ya habrá razones que invocar para que los que están oprimidos no se les suelte la lengua y comiencen a hablar; mejor todos calladitos y nadie se ofende, y se buscarán razones hasta espirituales y religiosas queriendo escudarnos en Dios cuando precisamente Dios no es eso lo que quiere para la humanidad. En este caso era sábado y había que guardar el descanso sabático, no importaba quien siguiera esclavizado. Para algunos parecía más importante soltar el borrico para que fuera a abrevar aunque fuera sábado que una persona se viera libre de su enfermedad o de sus opresiones.

No olvidemos que Jesús nos quiere con los hombros bien levantados, en disponibilidad de ir siempre al encuentro del otro, con la cintura ceñida porque estamos siempre dispuestos a servir y hacer el bien y con la lámpara encendida en nuestra mano porque tenemos que salir a los caminos a alumbrar los senderos de los hombres para que alcancen la verdadera luz. Nos quiere humildes y serviciales, si, pero nunca humillados y oprimidos, nos quiere hombres libres con la nueva libertad del hombre nuevo que Jesús nos ofrece porque siempre su presencia ha de ser para nosotros un año de gracia del Señor.

Es lo que hemos de ir haciendo nosotros por los demás, encontrando esas personas que pasan desapercibidas, esas personas a las que la vida ha hundido quizás y se sienten incapaces de levantarse, a esas personas que no saben valorarse para que les demos confianza en sí mismas y sepan ponerse a caminar. Somos los que tenemos que ir proclamando la libertad que Dios nos ofrece a todos y ayudando a todos a que se liberen de sus esclavitudes, somos los que tenemos que sentir esa mano amiga de Jesús que se nos ofrece para levantarnos y ser nosotros esa mano de Jesús que ayude a levantarse a los demás.

Todos al final cantaremos la gloria del Señor.