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sábado, 11 de julio de 2015

San Benito, ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que de dar ante el mundo

San Benito, ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que de dar ante el mundo

Proverbios 2,1-9; Sal 33; Mateo 19,27-29
‘Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo... Necesitamos hombres como Benito de Nursia, quien en un tiempo de disipación y decadencia, penetró en la soledad más profunda logrando, después de todas las purificaciones que tuvo que sufrir, alzarse hasta la luz, regresar y fundar Montecassino, la ciudad sobre el monte que, con tantas ruinas, reunió las fuerzas de las que se formó un mundo nuevo. De este modo Benito, como Abraham, llegó a ser padre de muchos pueblos’.
Así escribía Benedicto XVI, cuando aun no era Papa, sobre san Benito de Nursia de quien tomaría su nombre para su pontificado, a quien hoy estamos celebrando. Creo que es el gran mensaje que recibimos de este santo en su fiesta. Como siempre son las figuras de los santos para los cristianos, un estímulo para nuestra vida con su testimonio. No nos podemos quedar simplemente en hacer una fiesta cuando celebramos un santo. No nos podemos quedar en el recuerdo quizá de unos milagros que en su vida realizaron y que ahora pedimos con su intercesión ante nuestros problemas.
La vida de los santos para nosotros los cristianos tiene que ser mucho más. Son ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que nosotros en consecuencia hemos de dar ante el mundo. Su vida retira y ascetica, su espíritu de oración al mismo tiempo que su compromiso en el trabajo son para nosotros, repito, un estimulo y un ejemplo de cómo nosotros quizá en el medio del mundo, allí donde hemos de realizar nuestra vida, hemos de aprender a santificarnos en nuestro trabajo.
Siguiendo las palabras de Jesús que invitaba a los discipulos a dejarlo todo para seguirlo él optó por una vida retirada en el silencio y la oración. ‘Vende todo lo que tienes, da el dinero a los pobres y luego vente conmigo y sígueme’, le pedía Jesús al joven del Evangelio.Y un día los apostoles lo dejaron todo - redes y barcas - para seguir a Jesús. Y Jesús promete la vida eterna para quienes lo dejen todo y le sigan.
Es lo que contemplamos en San Benito a quien consideramos el padre del monaquismo en el occidente, como fundador de la orden benedictina con aquellos que junto a él se retiraron en Montecasino. Pero el lema de su vida y para sus monasterios fue el de oración y trabajo, ‘ora et labora’.
Aunque quizá no vivamos una vida retirada del mundo, sino que vivimos en medio del mundo también ha de ser un lema para nuestra vida. Con nuestro trabajo, con el cumplimiento de nuesstras responsabilidades hemos de santificarnos, pero lo haremos desde la fuerza de la oración, de nuestra unión con el Señor. Por eso no puede estar al margen de nuestra vida de cada día nuestra oración,  nuestro encuentro con el Señor, sino que ha de ser el centro de nuestra vida desde donde encontramos la fuerza y la gracia para vivir nuestra santidad.
Nuestra vida santa en medio del mundo con nuestras responsabilidades y nuestros compromisos ha de ser también ese testimonio que ofrezcamos hoy y con el que hagamos también creible ese evangelio que tratamos de vivir. En san Benito encontramos ejemplo, estimulo y también su intercesion para alcanzarnos la gracia del Señor.

viernes, 10 de julio de 2015

Sagaces para no confundirnos por lo que el mundo nos presenta como bueno pero con la humildad de los servidores hacemos creíble el anuncio del Reino

Sagaces para no confundirnos por lo que el mundo nos presenta como bueno pero con la humildad de los servidores hacemos creíble el anuncio del Reino


Jesús había escogido a doce de entre sus discípulos para constituirlos apóstoles. Iban a ser como el primer núcleo de la comunidad de los que seguían a Jesús, pero a ellos ya les confía la misión que luego sería para todos los discípulos. Ir por el mundo anunciando la Buena Nueva del Evangelio. Lo hemos venido escuchando estos días. Hemos de llevar la buena noticia de la paz que es llevar la buena noticia del Reino de Dios. 
Lo hemos reflexionado. Pero Jesús ya les da a entender que no siempre iban a ser bien recibidos. Escuchábamos ayer las palabras de Jesús. ‘Al entrar en una casa, saludad con el saludo de la paz; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies’. No siempre esa paz será bien recibida, sino más bien rechazada como también podían ser rechazados quienes llevasen ese mensaje.
Es a lo que nos previene hoy Jesús en el evangelio en continuación de aquellas recomendaciones que Jesús les hacía. ‘Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’. Y anuncia Jesús persecuciones de todo tipo. Pero les dice, nos dice: así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles’. Tenemos ocasión de dar testimonio de Jesús. No serán solo nuestras palabras sino que será el testimonio de nuestra vida, de nuestra fidelidad hasta el final.
Pero fijémonos que nos hace unas recomendaciones muy especiales. ‘Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Sagaces, nos dice, atentos, vigilantes, para distinguir lo bueno de lo malo, para no dejarnos engañar ni seducir por falsas palabras o promesas. El mundo que nos rodea nos puede confundir. Nos presentan tantas cosas como buenas, nos dicen eso no tiene importancia, eso es una cosa pequeña y que no tiene valor. Hoy todo se nos quiere presentar igual de bueno, todo les parece igual, pero hemos de saber distinguir; nos dicen que seamos tolerantes pero no nos podemos dejar confundir y solo tenemos que buscar lo que es verdaderamente bueno. Sagaces, vigilantes, que no nos confundan, todo tiene su valor y su importancia.
No nos podemos dejar engañar por ese mundo que nos rodea tan materialista, tan sensual, provocativo, que insensibiliza su corazón, que solo piensa en si mismo y en su propia felicidad, que va excluyendo y separando a los que considera que menos valen, que minusvalora a los que parecen débiles, que discrimina a los que no son de los suyos, donde parece que el mundo es solo para los que se presentan fuertes en sus violencias, en sus engaños, en sus orgullos o en sus falsos poderes. Sagaces, vigilantes nos dice Jesús que hemos de ser para no dejarnos engañar, para hacer el anuncio verdadero del Reino de Dios.
Pero nos dice también ‘sencillos como palomas’, humildes, dejando a un lado apetencias mundanas; no temiendo presentarnos débiles porque sabemos que nuestra fuerza está en el Señor; no es con nuestros orgullos o poderes humanos, materiales, avaros por las riquezas materiales,  violentos como tenemos que presentarnos o como queramos imponernos. Ese no es el camino del evangelio. Ya les dirá Jesús a los discipulos que entre ellos no puede ser, no se puede actuar a la manera de los poderosos de este mundo, sino que la grandeza está en el servir, en el ser capaz de hacerse el último y el servidor de todos.
Será la forma en que haremos creible nuestro mensaje. Es la manera como tenemos que actuar los discipulos de Jesús. Es el anuncio del Reino de Dios que hemos de hacer.

jueves, 9 de julio de 2015

Con el anuncio de la Buena Nueva de Jesús tenemos que ser siempre mensajeros y constructores de la paz

Con el anuncio de la Buena Nueva de Jesús tenemos que ser siempre mensajeros y constructores de la paz

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15
‘ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca…Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis… Al entrar en una casa, saludad con el saludo de la paz; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella...’ Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Reino. Jesús nos envía a anunciar el Reino. ¿Cuál es el mensaje? ¿Cuál es el anuncio? Lo primero que han de trasmitir es la paz.
Es algo que se repite siempre en la historia de la salvación. Podríamos recordar muchos hechos, pero como más cercano, el ángel a María en Nazaret. Cuando se manifiesta el Señor a través de su ángel lo primero que siempre quiere trasmitir es paz. ‘No temas… no temáis…’ lo escuchamos repetir muchas veces. Y recordemos también que es el saludo pascual de Cristo resucitado. Cuando están reunidos en el Cenáculo sus primeras palabras son un saludo de paz. ‘La paz con vosotros’.  Hoy nos dice: ‘Al entrar en una casa, saludad con el saludo de la paz’
¿Cómo no vamos a llevar la paz si llevamos el anuncio, la Buena Nueva de Jesús? Las buenas noticias siempre producen regocijo y paz en el alma. Tenemos que ser mensajeros de paz, pero también constructores de la paz.
Con el anuncio de la Buena Noticia hemos de dar señales de un mundo nuevo. Recordemos cómo nos envía a curar y a desterrar el mal del corazón del hombre. Son las señales que hemos de dar. Y cuando nos sentimos liberados interiormente del mal, porque alcanzamos el perdón, porque comenzamos una vida nueva, porque desaparecen todas las barreras y obstáculos que nos dividen o nos impiden acercarnos los unos a los otros, cuánta paz sentimos en nuestro corazón, cuánta paz vamos sembrando en el mundo. Daremos las señales del Reino de Dios.
Lástima que en nombre de religión y de Dios tantas veces hayamos hecho la guerra; qué incomprensible que quienes queremos estar llenos de Dios porque ponemos toda nuestra fe en El sin embargo ni tengamos paz en el corazón, ni logremos la paz con los que nos rodean ni seamos sembradores de paz. Algo nos falla. El mal, es cierto, nos esclaviza por dentro, nos ciega o nos encierra en nosotros mismos. Y cuando andamos así dominados por el mal no podemos tener paz, no podemos disfrutar de esa paz ni trasmitirla a los demás. ‘Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz’, tenemos que pedir una y otra vez.
Seamos en verdad constructores de paz; sintamos paz en nuestro corazón y contagiemos de esa paz a los que nos rodean. Es el más hermoso mensaje que podemos trasmitir. Lo contrario no tendría sentido. Es la contribución que en el nombre de Jesús hacemos para construir un mundo mejor. ¿Será ese de verdad el mensaje que la Iglesia trasmite hoy a nuestro mundo? ¿Será ese nuestro mensaje y compromiso?


miércoles, 8 de julio de 2015

La misión de los discípulos de Jesús es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, es nuestra misión: Hacer el anuncio de la Buena Noticia

La misión de los discípulos de Jesús es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, es nuestra misión: Hacer el anuncio de la Buena Noticia

Génesis 41,55-57;42,5-7.17-24ª; Sal 32; Mateo 10,1-7
‘Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y a continuación el evangelista nos da el nombre de los doce a los que ha llamado y constituido apóstoles. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’.
Es la misión de los discípulos de Jesús; es la misión de la Iglesia de todos los tiempos; es nuestra misión. Hacer el anuncio de la Buena Noticia; y la Buena Noticia es que llega el Reino de Dios; y en ese Reino de Dios no hay lugar para el mal. Por eso Jesús les da autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Pero quizá nos quedamos en las palabras y no es algo que llevamos a la vida, al anuncio que hemos de hacer con nuestras obras.
Hablamos quizá de espíritus inmundos y pensamos en diablos que están lejos de nuestra realidad; hablamos de curar dolencias y enfermedades y nos quedamos en solo las enfermedades de nuestro cuerpo. Pero creo que tendríamos que ahondar mucho más en ello para que de verdad hagamos algo muy práctico y real. Y entonces tenemos pensar en ese mal que se nos mete en el corazón cuando lo encerramos en nuestros egoísmos y orgullos, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras violencias y por las vanidades de la vida, en esos resentimientos y rencores que no terminamos de curar, en esas ambiciones que nos ciegan y nos hacen correr detrás del poder llamese dinero o influencia, llámese dominio y manipulación de los que nos rodean o imposiciones que hacemos sobre los demás.
Son las cosas que tenemos que curar; son los espíritus malos que tenemos que expulsar; es la transformación que tenemos que ir haciendo de nuestro mundo para que en verdad pueda ser ese Reino de Dios.
Como he leído en un comentario a este texto del evangelio: ‘Hay que abrir los corazones al mensaje de Jesús, al Dios Padre que quiere cambiar las condiciones de este mundo: borrar la enfermedad, las dolencias, los corazones impuros… demostrar como Jesús que el Reino ha venido para asentarse entre los pecadores, los pobres, los marginados, los que están abiertos a la palabra de Dios y esperan y confían en su gran misericordia’.
Creo que este evangelio nos tiene que interpelar profundamente para preguntarnos seriamente si vivimos ese Reino de Dios en nosotros y cómo estamos haciendo presente ese Reino de Dios en nuestro mundo. Porque aquel mandato de Jesús que escuchamos en el Evangelio son palabras de Jesús que tenemos que seguir escuchando hoy. Somos nosotros los que ahora, en este momento concreto, en este mundo concreto, con nuestras nuevas actitudes empapadas del sentido del Evangelio, los que tenemos que hacer ese anuncio del Reino de Dios.
¿Lo estaremos haciendo de verdad? Los que nos ven, ¿notarán en nosotros que creemos en Jesús y en el Reino que Jesús nos proclama y que lo vivimos? Porque nos llamamos cristianos y nos creemos buenos pero quizá no mostramos, por ejemplo, ninguna preocupación por los que a nuestro lado se sienten solos. En muchas cosas concretas tendría que notarse ese Reino de Dios en nosotros.

martes, 7 de julio de 2015

Arranquemos de nuestro corazón la malicia, la desconfianza y el orgullo que nos hacen desconfiar de los demás

Arranquemos de nuestro corazón la malicia, la desconfianza y el orgullo que nos hacen desconfiar de los demás

Génesis 32, 22-3; Sal 16; Mateo 9,32-38
¿Por qué tendremos que andar en la vida con sospechas y desconfianzas en nuestra relación con los que nos rodean? ¿Por qué siempre tenemos esa malicia en nuestro corazón para desconfiar de las intenciones o los intereses de los demás pensando o sospechando de intenciones ocultas en lo que hacen los otros, incluso en lo bueno?
Con lo bueno y lo bello que sería si fuéramos capaces de quitar esas malicias y desconfianzas para aceptarnos y respetarnos y para saber apreciar lo bueno que siempre hay en los demás. No llegamos a ser felices de verdad en nuestras relaciones con los demás por esa malicia que dejamos meter en el corazón. Una malicia que muchas veces la provoca el orgullo que nos invade con el que nos creemos que somos nosotros los únicos que sabemos hacer las cosas o los únicos que las hacemos siempre bien.
Aprendamos a descubrir lo bueno de los demás. Valoremos lo bueno que hay también en los otros. Aceptemos su buena voluntad, aunque también puedan equivocarse, que nosotros también nos equivocamos. Siempre hay algo bueno en los otros, que si lo valoráramos más ayudaríamos también a que los otros se superen de la misma manera que nosotros también nos sentiremos impulsados a superarnos y crecer humana y espiritualmente.
Me ha venido esta reflexión que a todos nos puede ayudar el contemplar el evangelio de este día. Como nos dice el evangelista ‘presentaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio, y el mudo habló’. La primera reacción de la gente es sentir admiración por lo que Jesús ha realizado. ‘Nunca se ha visto en Israel cosa igual’, reconocemos aquella buena gente en la que no hay ninguna malicia y abre su corazón a la acción de Jesús.
Pero por allí estaban los fariseos que comenzaron a comentar y a sembrar la desconfianza: ‘Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios’. Un absurdo como tratará Jesús de demostrarles en otra ocasión, porque así parecería que el demonio estuviera luchando contra sí mismo. Como decíamos antes aparece la malicia y el orgullo para no aceptar la obra de Jesús.
Creo que seria la gran lección que hoy tendríamos que aprender de este encuentro y reflexión con la Palabra de Dios. En la vida no nos podemos dejar conducir por la malicia y la desconfianza. A la larga será nuestro corazón el que se vaya corroyendo por dentro y llenándonos de amargura, porque la envidia a quienes más nos hace daño es a los que la dejamos meter en nuestro corazón. La malicia, el orgullo, la envidia nos quitan la paz del corazón, y si no hay paz en nosotros no podremos en verdad ser felices.
En lo bueno que vemos en los demás lo que tendríamos que saber encontrar es un estímulo para nosotros superarnos, para nosotros intentar hacer bien las cosas, para mejorar nuestra vida, para crecer humana y espiritualmente. Así podremos ir alcanzando verdaderas cotas de felicidad en una respetuosa convivencia y colaboración caminando juntos y buscando siempre lo mejor que podamos ofrecer a cuantos nos rodean para hacer un mundo mejor.

lunes, 6 de julio de 2015

Quienes nos ven tendrían que lo que decía Jacob: Realmente el Señor está aquí… no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo

Quienes nos ven tendrían que lo que decía Jacob: Realmente el Señor está aquí… no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo

Génesis 28, 12- 22; Sal 90; Mateo 9,18-26
‘Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía. Y, sobrecogido, añadió: Qué terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo’. Jacob había tenido un sueño en el que a través de diversos signos - la escalera que escalaba hasta el cielo - había sentido la presencia y la gloria del Señor. Ahora quiere que aquel lugar sea para siempre un signo de la presencia de Dios, un lugar santo, un lugar sagrado, levantando allí una piedra como estela y derramando aceite sobre ella como signo de consagración.
Los hombres de todos los tiempos en todas las religiones han tenido sus lugares sagrados asociando dicho lugar a la presencia de Dios. Nosotros los cristianos tenemos también esos lugares sagrados, desde aquellos sitios en los que estuvo la presencia de Jesús en su encarnación en la tierra y en su muerte y resurrección, como en tantos templos que levantamos para el culto del Señor en medio de nuestras comunidades y que se convierten así en medio del mundo en un signo de la presencia de Dios en medio de nosotros.
Quienes hemos tenido la gracia de poder visitar la tierra santa que pisó Jesús nos gusta y nos llena de emoción estar en aquellos lugares que nos recuerdan la presencia de Jesús y su acción salvadora en medio de nosotros; así con devoción acudimos a Belén lugar de su nacimiento, o nos acercamos al calvario lugar de su muerte, sepultura y resurrección; visitamos Nazaret o el Jordán, acudimos al cenáculo o recorremos la calle de la amargura, bajamos a Getsemaní o subimos el monte de los Olivos recordando su entrada en Jerusalén o su Ascensión a los cielos. Todo lo vivimos con emoción como una gracia del Señor porque aquellos lugares se nos convierten en signos de ese paso salvador de Dios en medio de nosotros.
Igual que en nuestros pueblos tenemos nuestros templos que solemos llamar Iglesias por ser el lugar donde se reúne la comunidad, la Iglesia, para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la salvación con los sacramentos, tenemos también otros lugares de especial significado de esa presencia sagrada de Dios en nuestros santuarios ya sean dedicados a la Virgen o al Señor o nos recuerden también a aquellos que nos precedieron y con su vida santa se convierten también para nosotros en signos de esa presencia de Dios en medio del mundo.
Veneramos esos lugares, sentimos una presencia especial del Señor en ellos, se convierten para nosotros en medio del mundo en signos de esa presencia de gracia de Dios. Nuestros templos no pueden quedarse en unos monumentos artísticos o históricos, por muchos que sea el arte o la historia que se encierren en ellos, sino que tienen que ser siempre esos signos que nos recuerden esa presencia de Dios. Por eso son para nosotros lugares especiales para la celebración del culto.
Pero no olvidemos una cosa. ¿Quién es el verdadero templo de Dios? Recordemos que Jesús nos hablaba de destruir y reconstruir este templo, refiriéndose a su cuerpo, porque Cristo es el verdadero templo de Dios en medio de nosotros. Pero sí, hay una cosa que no podemos olvidar, que nosotros también somos esos templos del Espíritu, esa morada de Dios. Así hemos sido purificados y consagrados en nuestro bautismo. Así Dios quiere habitar en nosotros, porque ya nos dice Jesús que si escuchamos su palabra y cumplimos su mandamiento El y el Padre vendrán a nosotros y harán morada en nosotros.
También de nosotros se ha de decir aquello que decía Jacob: ‘Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía… no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo’. Eso hemos de ser nosotros. Eso hemos de vivir y sentirnos también sobrecogidos por esa grandeza que el Señor nos ha concedido y que nos obligará a vivir más santamente. Lo hemos de tener muy en cuenta como exigencia para la santidad de nuestra vida, pero también porque así nosotros hemos de convertirnos para los demás en signos de esa presencia y esa gracia del Señor.
Quienes nos ven tendrían que ver en nosotros esa presencia de Dios en medio del mundo. Tremenda grandeza y tremenda responsabilidad.

domingo, 5 de julio de 2015

Nos asombramos ante las maravillas de Dios y nos dejamos transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo

Nos asombramos ante las maravillas de Dios y nos dejamos transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo

Ez. 2, 2-5; Sal. 122; 2Cor.12, 7-10; Mc. 1-6
Los paisanos de Jesús en Nazaret estaban asombrados pero no convencidos. Hasta ellos habían ido llegando noticias de que Jesús, el hijo de María, el hijo del carpintero, el pariente de Santiago y José, y Judas y Simón, cuando había venido del Jordán iba recorriendo desde Cafarnaún las aldeas de Galilea e iba enseñando algo nuevo: que llegaba el Reino de Dios y había que creer esa buena noticia; al mismo tiempo les contaban cómo hacía milagros porque curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios.
Ahora había vuelto por su pueblo y el sábado se adelantó en la sinagoga a hacer la lectura y dirigir la oración con su enseñanza. Estaban asombrados. ¿Dónde había aprendido lo que ahora enseñaba? No tenían conocimiento de que hubiera asistido a las escuelas de los rabinos ni en Jerusalén ni en ningún sitio, porque la juventud la había pasado allí entre ellos en el mismo oficio que José. ‘¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esta que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?’ Aunque allí aún no había realizado ninguno.
Estaban asombrados, pero no convencidos. No terminaban de creer ni de confiar. ‘No desprecian a un profeta más que entre sus parientes y en su casa’, les había dicho. Bien sabemos que es así, porque a los más cercanos es a los que más les cuesta creer, porque creen conocerlo desde siempre y se preguntan de donde saca todas esas cosas que ahora enseña. Más tarde también los fariseos y los maestros de la ley vendrán preguntando algo así como que en qué escuela rabínica ha aprendido Jesús todas esas cosas para hablar con esa autoridad. Porque todos reconocerán que habla con autoridad, que nadie ha hablado como El; y le harán preguntas para ponerlo a prueba para ver si enseña algo contrario a la ley o a sus tradiciones.
El evangelista Marcos no nos explicita lo que fue la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret mientras en el texto paralelo de san Lucas nos habla de la lectura del profeta Isaías que anunciaba al que venía lleno del Espíritu para anunciar la Buena Nueva y proclamar el año de gracia del Señor. Marcos quisiera quizá insistir más en el asombro, pero al mismo tiempo en la falta de fe. Por eso dirá que ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos, y se extrañó de su falta de fe’.
¿Pensaban quizá más en el Jesús taumatúrgico que en el propio mensaje que Jesús pudiera ofrecerles de la llegada del Reino de Dios? Es lo que nos puede suceder muchas veces en muchas expresiones de nuestra religiosidad. Buscar el milagro, buscar la cosa asombrosa, pero no escuchar el mensaje y hacernos participes de la salvación. Pensemos en lo que buscamos muchas veces en nuestras visitas a los santuarios de mayor devoción. La salvación que buscamos se nos puede quedar en la búsqueda del remedio para nuestros males, para nuestras necesidades materiales o nuestras enfermedades, pero no llegamos a ahondar lo suficiente para sentir cómo el Señor con su salvación llega a nosotros para transformar nuestros corazones.
Es esa transformación del corazón lo que tendríamos que buscar para vivir esos valores nuevos que Jesús nos ofrece en la Buena Noticia del Evangelio. Que arranquemos de nosotros esas actitudes negativas, esas posturas de comodidad o de rutina, esos planteamientos egoístas y materialistas que nos hacemos en la vida que nos encierran en nosotros mismos y en nuestros intereses, esos resentimientos y envidias que nos amargan el corazón y con los que amargamos y hacemos sufrir también a cuantos están a nuestro lado, esas violencias que aparecen muchas  veces en nuestras reacciones con las que podemos hacer daño a los demás.
Ese es el verdadero milagro que Jesús quiere hacer en nuestra vida transformando nuestro corazón. Es la Buena Noticia que Jesús viene a traernos, de que es posible que seamos ese hombre nuevo que El quiere de nosotros y que es posible hacer que nuestro mundo sea mejor. Tenemos la garantía de su gracia, de su presencia, de su Espíritu que estará siempre con nosotros.
Que se despierte la verdadera fe en nuestros corazones. Que en verdad queramos escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos, no quedándonos solamente en el asombro, sino que demos pasos en esa transformación del corazón. Sí, nos sentimos asombrados ante sus maravillas, ante su Sabiduría infinita de la que queremos beber, cantamos nuestra alabanza al Dios bueno que tanto nos ama, pero al mismo tiempo nos dejamos conducir por su gracia, por la fuerza de su Espíritu, porque además todo eso que recibimos del Señor hemos de comunicarlo, trasmitirlo a los demás, contagiándolos de esa fe y de esos deseos de un mundo mejor.
Nos asombramos ante las maravillas de Dios, ante la Sabiduría de Dios que se nos manifiesta en Jesús y nos queremos dejar transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo.


sábado, 4 de julio de 2015

Hemos de ser el hombre nuevo de la gracia que se deja conducir por el Espíritu que todo lo renueva

Hemos de ser el hombre nuevo de la gracia que se deja conducir por el Espíritu que todo lo renueva

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mateo 9, 14-17
Cuántos propósitos nos hacemos casi cada día. Es cierto que queremos ser mejores, corregirnos de ciertas cosas que nos damos cuenta que no son tan buenas, desearíamos tener siempre buenas actitudes hacia los demás, pero quizá nos damos cuenta que muchas veces las cosas se nos quedan en buenos deseos y no avanzamos como nos gustaría. Esto que nos sucede en la vida de cada día en su aspecto más humano y si queremos decir más terreno, nos sucede en nuestra vida espiritual y en todo lo que compromete nuestra vida cristiana.
Quizá nos suceda que vamos poniendo parches o remiendos en nuestra vida pero nos hemos planteado seriamente la radicalidad de lo que significa ser cristiano, ser discípulo de Jesús, vivir el Reino de Dios plenamente en nuestra vida. Es cierto que las batallas no las ganamos todas de una vez y de alguna forma hemos de ir como planificando ese camino de superación, de ascesis que hemos de ir haciendo en nuestra vida, pero hemos de tener claras las metas hacia las que aspiramos, hemos de tener claro lo que entraña querer vivir el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y nos propone que a la larga es vivir nuestra vida cristiana.
Nos hemos de dar cuenta de que esas cosas que iremos haciendo en ese camino de superación y de purificación interior no son metas en si mismas, sino que todo eso ha de ayudarnos a alcanzar esa meta final de vivir el Reino de Dios en toda su plenitud, que ahora en este vida lo iremos siempre viviendo imperfectamente a causa de nuestras flaquezas y debilidades, pero que tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud en Dios.
Los discípulos de Juan y los fariseos vienen a plantearle a Jesús ‘cositas’ podemos decir cuando le preguntan si sus discípulos ayunan o no ayunan; para ellos lo de ayunar se había convertido en algo así como un reglamente que hay que cumplir y parecía que la meta estaba en ello. Jesús quiere que le demos otro sentido a las cosas que hagamos incluso en ese sentido penitencial. No es el ayuno o la penitencia la que nos salva, porque quien nos salva es Jesús que es el único Salvador. Pero ese ayuno o esa penitencia serán unos peldaños que nos tienen que ayudar a ir subiendo en esa purificación interior, en ese camino de superación para alcanzar a vivir las actitudes profundas del Reino de Dios.
No son remiendos los que hemos de poniendo en nuestra vida con las cosas que hagamos, sino que hemos de buscar ser ese hombre nuevo del que nos habla san Pablo, o esos odres nuevos de los que nos habla hoy Jesús en el evangelio. No es vestirnos por fuera como si todo se quedara en apariencia, sino que ha de ser el cambio interior, profundo que nos haga ser hombres nuevos.
Por eso nos dice hoy que a vino nuevo, odres nuevos. Es el vino nuevo del Reino de Dios que nos ha de hacer en verdad ese hombre nuevo de la gracia. Y digo hombre nuevo de la gracia, porque no es solo cuestión de voluntarismo por nuestra parte, sino que es cuestión de gracia, de dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que es quien lo transforma todo.

viernes, 3 de julio de 2015

Ansia de conocimiento y sabiduría que nos lleva a querer experimentar en nosotros la presencia viva de Cristo resucitado

Ansia de conocimiento y sabiduría que nos lleva a querer experimentar en nosotros la presencia viva de Cristo resucitado

Efesios 2,19-22; Sal. 116; Jn 20, 24-29
El hombre quiere saber, todos queremos saber, conocer, tener las cosas claras. Es el deseo de sabiduría que todo ser humano lleva como inscrito en su corazón. Algunas veces quizás nos contentamos con superficialidades, pero se ve la madurez de la persona en esas ansias de conocimiento y saber que le hace preguntarse cada día con mayor profundidad por la razón de ser de las cosas y de la vida.
En ese deseo de conocer y saber queremos experimentar las cosas y no nos contentamos con cualquier cosa. Aquello que experimentamos por nosotros mismos parece que nos da mayor certeza y seguridad, pero también es humano el confiarse en el conocimiento que los otros desde su experiencia y su propio conocimiento nos puedan trasmitir.
Yo diría que es la inquietud que hay en el corazón de Tomás, en el texto del evangelio que hoy escuchamos, cuando estamos celebrando su fiesta. Es cierto que Jesús le dice que no sea incrédulo sino creyente, porque en fin de cuentas lo que le está señalando es que debía de haberse confiado de sus compañeros los apóstoles. ‘Hemos visto al Señor’, le dijeron. Pero yo diría que es la inquietud que hay en él de querer experimentar por si mismo. Por eso habla de querer meter sus dedos en el agujero de los clavos y la mano en la herida de la lanza en el costado. Pero Jesús nos está señalando con las palabras que le dice a Tomas que tras de él vendrán muchos que van a creer por la experiencia que vivieron los apóstoles y nos han trasmitido. ‘¡Dichosos los que crean sin haber visto!’
Es así nuestra fe. Nos fiamos de lo que nos trasmitieron los apóstoles, porque una característica de la Iglesia es precisamente ser apostólica, porque nos basamos y creemos en la fe de los apóstoles. Pero eso no quita para que haya esa inquietud en nuestro interior, ese crecimiento interior de nuestra vida de fe hasta que lleguemos a experimentar también en nosotros esa presencia viva de Cristo resucitado.
Por ahí ha de ir nuestra inquietud. No quedarnos en un fe ciega,  aunque nos apoyemos y fundamentemos en la fe apostólica que nos ha trasmitido la Iglesia a través de los siglos, sino que hagamos tan viva nuestra fe que lleguemos de verdad a experimentar esa presencia de Cristo en nosotros. Ha de ser esa apertura constante de nuestro espíritu a Dios para sentirle, para vivirle, para hacerle vida nuestra. Ha de ser también esa profundización que cada día más hemos de hacer de nuestra fe, para llegar a conocer hondamente todo ese misterio de Dios que se nos revela, para llegar a descubrir toda la riqueza del Evangelio que se nos trasmite, para dejarnos inundar por esa fuerza del Espíritu que nos hará comprender cada vez más y mejor toda la Escritura Santa que nos trasmite la revelación de Dios.
Aquel ansia de conocimiento y de sabiduría que, como decíamos, es parte de nuestra condición humana, en este caso se tiene que convertir en ansia del conocimiento de Dios para llenarnos de esa sabiduría divina que nos hará comprender por una parte todo ese misterio de Dios, pero que al mismo tiempo nos hace descubrir el verdadero misterio y sentido del hombre, de la persona, de mi mismo llevándome a una mayor plenitud.
Pero nosotros también tenemos que ser unos eslabones dentro de esa cadena de la Iglesia a través de los tiempos para trasmitir también esa fe a los demás; como la recibimos nosotros de nuestros padres y de la Iglesia así hemos de ser trasmisores de esa fe, de esa vivencia interior de Dios a cuantos están a nuestro lado. El evangelio que recibimos nos convierte en evangelizadores y es algo que no podemos rehuir ni de lo que nos podamos escaquear. En la medida en que es más autentica y viva esa fe en nosotros será vivencia que trasmitamos a los demás. Nos hace a nosotros testigos. 
Que lleguemos a confesar de palabra y obra que Jesús es el Señor. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, como reconoció Tomás

jueves, 2 de julio de 2015

Aprendamos a leer los acontecimientos nuestra vida con la mirada de la fe descubriendo lo que es el plan de Dios para nosotros

Aprendamos a leer los acontecimientos nuestra vida con la mirada de la fe descubriendo lo que es el plan de Dios para nosotros

Génesis 22, 1-9; Sal 114; Mateo 9,1-8
Algunas veces parece que la vida nos pide cosas que sobrepasan lo que parece que uno sería capaz hacer; decisiones que se convierten en algo cruento en nuestro corazón, caminos nuevos que hemos de tomar en la vida, renuncia a algo que queremos o anhelamos mucho pero de lo que nos vemos obligados a desprendernos, cosas y momentos duros que quizá nos hieren por dentro porque no quisiéramos hacerlo, pero que por otra parte quizás nos vemos obligados por determinadas circunstancias a realizar.
¿Qué hacer? ¿Qué es lo que realmente haremos? ¿Hasta donde seríamos capaces de llegar? Son pruebas duras de la vida, que nos pueden destrozar o que nos pueden ayudar a crecer y a madurar dependiendo de cómo nos lo tomemos y la auténtica profundidad que tengamos en nuestra vida. Nos pudiera parecer demasiado teórico esto que estamos planteando, pero quienes han tenido que pasar por pruebas así, o quienes saber leer los acontecimientos de su vida con profundidad me darán la razón.
Es lo que se le plantea a Abrahán en la lectura del Génesis de este día. En este caso el siente que Dios le está pidiendo el sacrificio de su hijo; no es una renuncia cualquiera la que tiene que hacer Abraham como quien se despida de su hijo porque marche a otra parte. Se le está pidiendo la vida de su hijo. Nos puede parecer cruento; en la antigüedad estos sacrificios rituales en ciertas culturas eran muy habituales. Quizá en medio de la historia de la salvación que es todo el relato bíblico se nos está enseñando cómo ese tipo de sacrificio no es querido por Dios. Pero sí puede ser un buen signo o una buena imagen de esas situaciones de las que hablábamos al principio de nuestra reflexión.
Abrahán responde desde la fe a la petición que siente que le hace Dios. Por su fe quiere ser obediente a Dios por encima de todo, enseñándonos el valor de la fe y la radicalidad con que hemos de vivirla, pero enseñándonos a tener también una mirada de fe a nuestra vida de cada día, en todo momento y circunstancia, pero donde tenemos que hacer resaltar ese espíritu de fe precisamente en los momentos duros y en los momentos de prueba.
Una certeza sí hemos de tener desde esa fe que hemos puesto en el Señor y en su Palabra. Dios no nos abandona en esos momentos difíciles que hemos de vivir en nuestra vida, en esos momentos de prueba por los que hemos de pasar. Siempre estará el ángel del Señor a nuestro lado, como en el caso de Abrahán para hacernos ver lo que es la verdadera voluntad de Dios y también para hacernos sentir su fuerza y su gracia en esas decisiones que quizá hemos de tomar o en esos momentos duros y de prueba por los que hemos de pasar.
No es tan importante el sacrificio externo que nosotros podamos hacer o que podamos presentar al Señor, como ese sacrificio de nuestro yo, de nuestra voluntad para agachar nuestros orgullos, para descubrir lo que verdaderamente quiere el Señor de nosotros y podamos hacerle con todo nuestro amor esa ofrenda de nuestra vida.
¿No decimos, con los mandamientos que nos hemos aprendido de memoria, que amamos a Dios sobre todas las cosas? Si es sobre todas las cosas nada, ni nuestro yo tampoco, puede estar por encima de Dios. El es el único Señor de nuestra vida; pero el Señor de nuestra vida que nos ama y quiere vida para nosotros. Le respondemos con nuestra adoración, con nuestro reconocimiento por la fe, con nuestro amor tratando de corresponder a su amor.
Aprendamos a leer esos acontecimientos nuestra vida, incluso aquellos que vivimos con mayor dolor, con la mirada de la fe, con ojos de la fe, descubriendo así siempre lo que es la voluntad de Dios para nuestra vida. No siempre es fácil pero la fuerza del Espíritu del Señor nos dará esa sabiduría para saborear los caminos del Señor.

miércoles, 1 de julio de 2015

No rehusemos la oferta de gracia y de paz que Cristo siempre nos ofrece con su amor y su perdón

No rehusemos la oferta de gracia y de paz que Cristo siempre nos ofrece con su amor y su perdón

Génesis 21,5.8-20; Sal 33; Mateo 8,28-34
Jesús siempre llega a nosotros haciéndonos una oferta de vida y de paz; su presencia es presencia de gracia, porque es presencia de amor; quiere El arrancarnos de las garras del mal que nos acecha por doquier y que fácilmente se nos mete en el corazón, pero nosotros quizá no siempre aceptamos esa oferta de luz y de vida, rehusamos la gracia, preferimos quizá vivir en nuestras tinieblas.
Es lo que de alguna manera nos expresa hoy el mensaje del evangelio. Jesús fue a la región de los Gerasenos; era un lugar de paganos, no eran judíos lo que allí vivian; Jesús, como judío, era un extraño entre ellos y no era bienvenido, pero es que tampoco fue aceptado su mensaje de salvación.
El evangelista nos describe duramente la situación. Se encontraron con unos endemoniados, tan furiosos, nos dice el evangelista, que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Se enfrentan a Jesús. Es el rechazo del bien, de la luz. ‘¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ le gritan rechazándolo.
Cuando la luz se acerca a nuestra vida, algunas veces preferimos las tinieblas, pero no ver el mal que se oculta en nosotros. Nos cuesta en muchas ocasiones aceptar la Palabra de Dios, aceptar esa buena palabra o ese buen consejo que alguien pudiera darnos; nos cuesta estar cerca de los buenos cuando sabemos que nuestra vida no marcha bien y allá en el fondo de nosotros mismos tenemos la conciencia de que lo que hacemos no es bueno o que estamos haciendo mal. Rehuimos ir a la Iglesia porque allí quizá pudiera aflorar todo eso que pesa sobre nuestra conciencia y de lo que no queremos arrancarnos; nos cuesta acercarnos a los sacramentos, sobre todo al sacramento de la Penitencia y buscamos muchas disculpas, porque nos cuesta ser sinceros con nosotros mismos para reconocer ese mal que hay dentro de nosotros.
Es lo que de alguna manera nos está describiendo hoy el evangelio. Por una parte los endemoniados se resisten, no quieren abandonar aquel lugar, pero cuando se impone la gracia y la salvación del Señor liberando a aquellos hombres del mal que los atormenta, serán luego los del pueblo que, cuando se enteran de lo sucedido, vendrán y le pedirán a Jesús que marche a otro lugar.
Seamos humildes y sinceros delante del Señor para reconocer que estamos necesitados de su salvación. Seamos humildes y sinceros para reconocer nuestro pecado, ese mal que nos ata y esclaviza de tantas maneras. Vayamos con confianza hasta Jesús porque sabemos que en El vamos a encontrar la salvación, nos encontraremos con su amor y alcanzaremos esa paz que tanto necesitamos.

martes, 30 de junio de 2015

Nos preguntamos también quién es Jesús porque necesitamos conocerle más y profundizar en la formación de nuestra fe

Nos preguntamos también quién es Jesús porque necesitamos conocerle más y profundizar en la formación de nuestra fe

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27
‘Ellos se preguntaban admirados: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’ Aún siguen preguntándose quién es Jesús, qué hay en Jesús a pesar de todo lo que hasta entonces habían visto, de todo lo que le habían escuchado. No terminaban de conocer a Jesús.
No los juzguemos a ellos sino más bien mirémonos a nosotros. ¿Terminamos de conocer a Jesús? Nos pudiera extrañar que en aquella situación en la que se encontraban de cierto peligro porque al atravesar el lago se había levantado una fuerte tormenta y parecía que la barca desapareciera bajo las olas aun siguieran desconfiando de lo que tendría que significar la presencia de Jesús allí con ellos. Habían visto tantas cosas maravillosas que Jesús había hecho y aun seguían llenos de dudas.
Pero pensemos que a nosotros nos sucede también. Nos decimos creyentes, nos llamamos cristianos, decimos que tenemos fe, rezamos y queremos darle culto al Señor, pero cuando viene el peligro y la tentación ¿qué nos sucede? ¿Nos mantenemos firmes para superar aquel mal momento o nos llenamos de dudas, de inseguridades y muchas veces incluso caemos en la tentación y en el pecado?
Sabemos que somos débiles, pero no terminamos de poner toda nuestra confianza en el Señor. Conocemos el evangelio y el sentido de vida que Jesús quiere trasmitirnos, pero no somos lo suficientemente fuertes para arrancarnos de viejas costumbres y rutinas, para arrancar de nosotros ese mal que tantas veces dejamos meter en nuestro corazón. Ante nosotros están esos altos valores que nos propone el evangelio, pero seguimos arrastrándonos en nuestros materialismos y sensualidades, seguimos sin terminar de comprometernos por hacer que nuestro mundo sea mejor sembrándolo de las buenas semillas de los valores del evangelio.
Y seguimos con nuestras dudas, sin terminar de ahondar lo suficiente en el evangelio y en el conocimiento de Jesús. Ante cualquier cosa que nos argumenten en contra de nuestra fe muchas veces nos quedamos callados sin saber que responder. Y es que muchas veces nos sucede que no terminamos de tener una sólida formación de nuestra fe. Nos contentamos con saber lo de siempre, no nos preocupamos de buscar cauces para profundizar en nuestra fe.
Ante las ofertas que recibimos de la iglesia, de nuestras parroquias y comunidades para tener encuentros donde profundicemos en nuestra fe los rehuimos porque decimos que no tenemos tiempo, pero que quizás lo que realmente nos falta es ese deseo de formación, de crecer en nuestra fe, de alimentarla y pulirla para que en verdad pueda aparecer resplandeciente ante los que nos rodean. Y luego, claro, nos vienen nuestros miedos, nuestras cobardías, nuestra echarnos para atrás a la hora de compromiso, o el no saber dar respuesta a los planteamientos que nos hagan.
‘¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’, se preguntaban los que iban en la barca con Jesús en aquella ocasión. Pero quizá sea la pregunta que tengamos que hacernos nosotros, pero porque deseemos de verdad conocer cada vez más a Jesús y fundamentar debidamente nuestra fe.

lunes, 29 de junio de 2015

A la manera de Pedro se amase fuerte nuestro amor y nuestra fe en Jesús que sabemos que siempre nos ama y confía en nosotros

A la manera de Pedro se amase fuerte nuestro amor y nuestra fe en Jesús que sabemos que siempre nos ama y confía en nosotros

Hechos  12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
‘El día de hoy es sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella’.
Así comienza san Agustín uno de sus sermones en esta fiesta de san Pedro y san Pablo que hoy celebramos. Con el mismo gozo nosotros hoy también los celebramos y recogemos el testimonio de su vida y de su predicación para alimentar y fortalecer nuestra fe. Es la misión que Jesús le confiara a Pedro, confirmar en la fe a los hermanos.
Pedro el primero que proclamaría ante todos los judíos el día de Pentecostés que Jesús, a quien habían crucificado, Dios lo había constituido Señor y Mesías. El camino había sido largo desde aquel día que su hermano Andrés le anunció que habían encontrado al Mesías allá en la orilla del Jordán porque el Bautista lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y se había ido tras Jesús para conocerlo, para saber dónde, cómo era su vida. Y Pedro aquel día se había dejado conducir por su hermano y se encontró con la sorpresa que ya Jesús pensaba en él.
En las orillas del lago, entre pesca y pesca, había escuchado al profeta de Nazaret que anunciaba la llegada del Reino e invitaba a creer en su Buena Noticia. Y allí estando repasando las redes un día había recibido la invitación explicita del Maestro. ‘Venid conmigo que os haré pescadores de hombres’.
Más tarde, en aquel mismo lago, cuando le había dejado predicar desde su barca y luego había remado mar adentro para echar de nuevo las redes aunque sabían que no habían pesca porque habían estado toda la noche y no habían cogido nada, porque se había confiado de su palabra, quizá sin saber bien por qué, habían cogido una redada tan grande que reventaban las redes. Pero había sido Pedro el que, por así decirlo, había caído en aquella redada, porque ahora de nuevo escuchaba su invitación cuando asombrado no sabía ni que decir ni que hacer ante las maravillas que hacia Jesús. ‘Apártate de mi, le había dicho, que soy un hombre pecador’, pero Jesús le había contestado que de ahora en adelante no iba a ser pescador de aquellos lagos sino de otros mares, porque iba a ser pescador de hombres.
Así poco a poco se había ido amasando su amor por Jesús. Su fe en Jesús iba ya siendo absoluta, aunque mas tarde vinieran momentos de debilidad. Pero ante la pregunta de Jesús si lo conocían bien, él había confesado que era el Mesías el Hijo de Dios. Es cierto que no terminaba de comprender en que consistía su mesianismo porque Jesús hablaba de pasión y de muerte y él más bien quería quitarle esas ideas de la cabeza; otras ideas seguían ronroneando aun en su cabeza. Pero poco a poco comprendería que la grandeza no estaba en mandar sino en servir, y si Jesús la había dicho que sería Piedra de su Iglesia, su misión sería siempre la de ser el ultimo y el servidor de todos.
Pero por Jesús estaba dispuesto hasta a dar su vida, aunque cuando llegara la tentación, porque aunque podemos decir que somos fuertes sin embargo somos débiles, había claudicado negando conocer a Jesús. Había llorado amargamente aquella debilidad de la negación pero con la misma intensidad con que siempre quería actuar se había lanzado al agua para ir al encuentro con Jesús y porfiarle una y otra vez su amor. ‘Tú lo sabes todos, tú sabes bien que te amo’, le había respondido a la triple pregunta de Jesús.
Muchas mas consideraciones podríamos hacernos contemplando el testimonio de Pedro; testimonio que se vería rubricado con su sangre en su martirio. Dispuesto estaba a ir con Cristo y dar su vida por El y así se entregó a la misión que Jesús le había confiado. Cristo que lo había elegido seguía confiando en El. ‘Pastorea mis corderos, pastorea mis ovejas’ le había dicho.
Queremos aprender de Pedro a seguir a Cristo, queremos conocerle y queremos vivirle. Caminamos tras Jesús también con nuestras dudas y con nuestras debilidades. Queremos hacer una confesión de fe en Jesús como la hizo Pedro con sus palabras y con su vida, a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, porque Cristo sigue amándonos, Cristo sigue confiando en nosotros. Qué distinto es el amor de Cristo siempre fiel a pesar de que nosotros seamos infieles. No es como el amor de los hombres que nos llenamos tan pronto de desconfianzas.
Queremos seguir a Cristo en esa Iglesia que Jesús confió al cuidado y al pastoreo de Pedro, aunque quizá podamos ver en ocasiones cosas en esa Iglesia que no nos gusten, pero pensamos que detrás de todo está la fuerza del Espíritu del Señor que es el que en verdad guía a la Iglesia a pesar de los errores de los hombres. Y Cristo sigue confiando en nosotros, porque Cristo sigue amándonos. Que nosotros seamos capaces de proclamar, gritar nuestro amor a Cristo aunque los que nos rodean no nos crean, porque sabemos bien de quien nos confiamos, como lo hizo Pedro.

domingo, 28 de junio de 2015

Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida

Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-25; Sal. 29; 2Corintios 8, 7-9. 13-15; Marcos 5, 21-43
Desde la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo nos invita Jesús a hacer un camino o, más bien podemos decir, que es Jesús mismo el que viene a nosotros para acompañarnos en ese camino de nuestra vida para ser luz en esas situaciones concretas que vivimos con su presencia y con su Palabra. Siempre decimos que la vida cristiana es un camino que hacemos, pero que no es ajena a las circunstancias concretas que vivimos en cada momento con sus luchas, sus alegrías, sus sufrimientos, la enfermedad que nos puede ir apareciendo o la misma muerte que un día pondrá fin a esta vida terrena. En cada una de esas situaciones hemos de sentir que Jesús camina a nuestro lado y es nuestra luz y nuestra fuerza.
Se le acerca un hombre, un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo y viene a suplicarle por su niña que está en las últimas. Situaciones de muerte, de oscuridad, como tantas que nos encontramos en la vida. ‘Ven, le suplica, pon las manos sobre ella para que se cure y viva’. Y nos dice el evangelista que ‘Jesús se fue con él’. Había mucha gente, lo apretujaban. Jesús va caminando con Jairo allí donde está la gente, allí donde está la vida de cada día son sus luchas y sus esperanzas, con sus sufrimientos y con sus trabajos.
Como camina con nosotros, allí donde es nuestra vida, también llena de muchas cosas, o quizá vacía de lo más importante; nuestra vida con sus oscuridades, con nuestros deseos y ganas de vivir, también con aquellas cosas que nos hacen sufrir y nos llenan de dudas y nos hacen tambalearnos muchas veces en el camino. Nos agarraríamos a lo que fuera. ¿No nos ha pasado? Buscamos, anhelamos, nos dejamos arrastrar por muchas cosas que pueden ser cantos de sirena, nos llenamos de dudas y nos preguntamos por el sentido de la vida y de lo que somos; unas veces nos creemos importantes y otras veces nos creemos que no valemos nada porque la vida nos puede parecer un sin sentido; en ocasiones nos parece sentirnos solos y se nos cierran los ojos para no ver esa presencia que nos llena de luz.
Una mujer por el camino que se encuentra atormentada en sus sufrimientos a los que no ve ninguna salida - se había gastado toda su fortuna buscando remedios - se acerca a Jesús porque ya es la última esperanza que le queda. Espera el milagro; si es tan poderoso con solo tocarle me quedaría curada, piensa y lo hace. ‘Se acercó por detrás y le tocó el manto’. Y sintió que se transformaba por dentro, pero aún seguían los temores. ‘¿Quién me ha tocado?’ dice Jesús. Y al principio no se atreve a dar el paso al frente. Al final se acercó asustada y temblorosa. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Valora Jesús la fe de aquella mujer. ‘Tu fe te ha curado’. Pero no se ha curado solo su cuerpo. Se acabaron sus temores. Reconoció la maravilla que Dios había hecho en ella. Se llenó de paz. Llegó la salud, pero que no era ya solo la salud de su cuerpo desapareciendo aquellas hemorragias. La salud nueva que tenía la mujer era otra cosa. Se había transformado. Se había llenado de la paz.
Lo necesitamos. En las luchas y los sufrimientos de cada día. No es que se acaben las luchas o los sufrimientos. Es que no perdamos la paz. Es que llenándonos de Dios desde esa fe que tenemos en El, esas luchas o esos sufrimientos tengan otro sentido, otro valor. El cáliz tendremos que pasarlo, aunque pidamos el milagro, pero hemos de aprender a poner nuestras vidas en las manos de Dios y estando Dios con nosotros no nos ha de faltar la paz.  Qué sentido más hermoso hemos de aprender a darle a nuestros sufrimientos, a nuestras enfermedades.
El camino sigue y no nos faltarán sombras. Ahora le anuncian a Jairo que para qué molestar al Maestro porque la niña ha muerto. Todo parece que se derrumba y vuelven a aparecer en la vida toda clase de temores. Nos queda un apoyo que no podemos perder, la fe. ‘No temas, basta que tengas fe’. Es la Palabra de Jesús de la que hemos de fiarnos porque va a ser la única luz que nos va a guiar.
Aunque a nuestro alrededor no lo vean así tan claro y traten de persuadirnos de lo contrario o hasta se burlen de nosotros por nuestra fe. Ante el alboroto que se había formado en la casa - ya habían llegado hasta las plañideras que tenían como función llorar - Jesús les dice que El viene a traer la vida. Que la muerte es otra cosa que lo que nosotros pensamos. Que tendrían que ser otras las sombras que tendrían que preocuparnos y por las que llorar.
‘Se reían de él’, dice el evangelista. Cuántas veces nos sucede así. No entienden de nuestras esperanzas; cuesta entender ese sentido nuevo de la vida que Jesús nos ofrece; nos parece difícil darle verdadera trascendencia a nuestra vida porque nos quedamos solo en lo que podemos palpar con nuestras manos, lo más inmediato. Cuando allí donde todos ven sombras nosotros decimos que hay luz porque hay esperanza, porque hay algo nuevo que se puede hacer, porque tenemos que olvidarnos más de nosotros mismos o de nuestras cosas terrenas para pensar en los demás o para darle ideales altos y grandes a la vida, es algo que no se entiende, nos pueden llamar soñadores o decirnos que estamos locos.
Pero Jesús va caminando a nuestro lado haciéndonos ver esa verdadera luz, ese verdadero sentido; Jesús va a nuestro lado y también no está diciendo, no te quedes postrado, levántate, tienes vida y tienes que llevar vida a los demás. Y Jesús nos toma de la mano, es nuestra fuerza, nos da su Espíritu, nos resucita y nos llena de vida.
Veamos de verdad a Jesús caminando a nuestro lado y todo será luz, todo tendrá un sentido y un valor distinto, no nos faltará la paz, no nos faltará la vida. Qué distinta es la vida; cuánto podemos hacer; cuánto tenemos que hacer. ‘Basta que tengas fe’. Que Jesús alimente nuestra fe. Creemos, Señor, pero auméntanos la fe.

sábado, 27 de junio de 2015

Vayamos con humildad al Señor con nuestros problemas y necesidades y El se meterá en nuestro corazón dándonos su paz

Vayamos con humildad al Señor con nuestros problemas y necesidades y El se meterá en nuestro corazón dándonos su paz

Génesis 18,1-15; Sal 1; Mateo 8,5-17
Aquel hombre buscaba a Jesús porque quería la salud para su criado, pero Dios se le metió en su corazón. No pedía nada para sí, solo le preocupaba la salud de su criado y buscaba a Jesús. Pero lo hacía con confianza, tenía la certeza de que sería escuchado. Pero iba con humildad.  Y esto es lo que lo hizo grande. No era la importancia de su cargo o su poder; fue la humildad con que acudía a Jesús.
‘Voy yo a curarlo’, le dice Jesús cuando le presenta su petición. Y aparece su grandeza, porque resplandece su humildad. ‘¿Quién soy yo para que entres bajo mi techo?’ Podía manifestar con orgullo cual era su cargo y su importancia; podría sentir el orgullo de que Jesús llegara a su casa, pero sintió que no era digno, se sentía pequeño, reconocía que Jesús era más grande. Bastaba la palabra de Jesús y su criado podría sanar. Todo iba a obedecer a la voz de Jesús.
‘Y cuando lo oyó, Jesús se quedó admirado’ por la de aquel hombre. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Dios estaba entrando en el corazón de aquel hombre de una manera nueva. No era solo el milagro de la curación del criado lo que iba a suceder. Estaba sucediendo algo más grande que era el despertarse a la fe del corazón de aquel hombre. Era ya una fe distinta, nueva. Y es que Jesús se estaba de verdad enseñoreando del corazón del centurión. La humildad le había abierto las puertas de su corazón a Dios y Dios que se goza en los humildes reinaba en aquel corazón.
¿Cómo acudimos nosotros al Señor? ¿De qué manera vamos a El desde nuestras necesidades? En nuestras angustias, en nuestros problemas, en los agobios de cada día acudimos también al Señor pidiendo su ayuda, pidiendo el milagro de aquellos problemas se nos solucionen, de que podamos salir pronto de aquel momento oscuro y difícil por el que estamos pasando. Y algunas veces hasta nos ponemos exigentes con el Señor en nuestras peticiones. Tienes que ayudarme, poco menos que le decimos, y quizá hasta hacemos una lista de las cosas buenas que en algún momento hayamos hecho.
Quizá nos puede faltar humildad en muchas ocasiones. Queremos que las cosas sean como nosotros queremos y cuando nosotros queremos. Nos olvidamos de los caminos de Dios. Que Dios nos ofrece algo mejor o que más nos conviene. Le pedimos que nos solucione las cosas pero quizá no le dejamos entrar en el corazón. Y El quiere reinar en nuestro corazón. Para eso necesitamos un corazón humilde. ‘Señor, no soy digno…’ pero que digamos esa palabra ‘Señor’ de forma auténtica, porque reconozcamos que El es nuestro único Señor. Necesitamos aprender a decirlo; necesitamos aprender a sentir que El es el único Señor de nuestra vida.
Vayamos con humildad al Señor, sí, con nuestros problemas, nuestras necesidades, nuestras preocupaciones, pero reconozcamos que El es el Señor. Si lo hacemos con humildad nos llenaremos de Dios, El reinará en nuestro corazón.