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martes, 30 de agosto de 2016

Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida y nos libere de tantas cosas que nos poseen y nos impiden alcanzar plenitud

Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida y nos libere de tantas cosas que nos poseen y nos impiden alcanzar plenitud

1Corintios 2,10b-16; Sal 144; Lucas 4,31-37
Nos sentimos en tantas ocasiones tan atados por las cosas que nos poseen que no somos capaces de liberarnos de ellas aunque bien sepamos lo que tenemos que hacer o el bien que podamos alcanzar. Y digo bien, las cosas que nos poseen, por las cosas son para poseerlas nosotros, tenerlas o utilizarlas en el uso ordinario de la vida para nuestro bien o nuestra utilidad o para el bien que podamos hacer con ello a los demás.
Pero nos sucede en tantas ocasiones al revés, en lugar de poseerlas nosotros nos sentimos poseídos por ellas, porque nos domina la obsesión de tenerlas, no nos podemos pasar sin esas cosas llámense bienes materiales o placeres y nos sentimos como esclavizados por su tenencia o posesión. Es la avaricia que nos puede dominar y corroer como todo tipo de concupiscencia que nos puede dominar. Cuántas cosas, por ejemplo, nos imponen las nuevas tecnologías y que parece que sin ellas no nos podemos pasar. Podríamos hacer una lista muy grande de esas cosas que cada día tenemos en nuestras manos y nos controlan.
Hemos de aprender a ser libres de verdad, y cuando digo libres no es solo del dominio que otros puedan ejercer sobre nosotros, sino del dominio de las cosas, de las materialidades o sensualidades de la vida, porque la libertad verdadera ha de nacer desde nuestro más profundo interior.
Jesús llega a nuestra vida con una buena nueva de salvación, porque nos anuncia y quiere para nosotros esa liberación más profunda para que podamos vivir la vida en la mejor plenitud y sin ninguna esclavitud. Los signos – milagros – que le vemos realizar en el relato del evangelio eso quieren significar para nuestra vida.
Escuchamos hoy en el relato del evangelio cómo un hombre poseído por el espíritu del mal se resiste ante la presencia de Jesús. Pero Jesús lo liberará de aquella posesión dándole la más hermosa libertad y felicidad. Y aunque el hombre se vio retorcido por la fuerza del mal, al liberarse de él por la fuerza de la Palabra de Jesús se sintió más entero, más en plenitud que nunca lo había estado antes. ‘El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño’ comentaba el evangelista y todos los que presenciaron la escena estaban estupefactos y daban gloria a Dios.
Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida, abramos nuestro corazón a su Palabra que nos salva, dejémonos transformar por la gracia del Señor, busquemos esa plenitud de libertad, de vida, de paz, de amor que Jesús quiere darnos. Hablábamos al principio de tantas materialidades o sensualidades que nos dominan y nos poseen; son muchas las cosas que nos enturbian el corazón y nos impiden ver la luz verdadera con la que Jesús quiere iluminarnos; el mundo que nos rodea muchas veces no nos ayuda en este camino porque quiere atraernos con sus cosas y entonces nosotros nos resistimos. Aprendamos a contar con la gracia y la fuerza del Señor. El está siempre con nosotros para darnos la verdadera libertad a nuestro corazón, la más maravillosa plenitud a nuestra vida.

miércoles, 8 de julio de 2015

La misión de los discípulos de Jesús es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, es nuestra misión: Hacer el anuncio de la Buena Noticia

La misión de los discípulos de Jesús es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, es nuestra misión: Hacer el anuncio de la Buena Noticia

Génesis 41,55-57;42,5-7.17-24ª; Sal 32; Mateo 10,1-7
‘Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y a continuación el evangelista nos da el nombre de los doce a los que ha llamado y constituido apóstoles. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’.
Es la misión de los discípulos de Jesús; es la misión de la Iglesia de todos los tiempos; es nuestra misión. Hacer el anuncio de la Buena Noticia; y la Buena Noticia es que llega el Reino de Dios; y en ese Reino de Dios no hay lugar para el mal. Por eso Jesús les da autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Pero quizá nos quedamos en las palabras y no es algo que llevamos a la vida, al anuncio que hemos de hacer con nuestras obras.
Hablamos quizá de espíritus inmundos y pensamos en diablos que están lejos de nuestra realidad; hablamos de curar dolencias y enfermedades y nos quedamos en solo las enfermedades de nuestro cuerpo. Pero creo que tendríamos que ahondar mucho más en ello para que de verdad hagamos algo muy práctico y real. Y entonces tenemos pensar en ese mal que se nos mete en el corazón cuando lo encerramos en nuestros egoísmos y orgullos, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras violencias y por las vanidades de la vida, en esos resentimientos y rencores que no terminamos de curar, en esas ambiciones que nos ciegan y nos hacen correr detrás del poder llamese dinero o influencia, llámese dominio y manipulación de los que nos rodean o imposiciones que hacemos sobre los demás.
Son las cosas que tenemos que curar; son los espíritus malos que tenemos que expulsar; es la transformación que tenemos que ir haciendo de nuestro mundo para que en verdad pueda ser ese Reino de Dios.
Como he leído en un comentario a este texto del evangelio: ‘Hay que abrir los corazones al mensaje de Jesús, al Dios Padre que quiere cambiar las condiciones de este mundo: borrar la enfermedad, las dolencias, los corazones impuros… demostrar como Jesús que el Reino ha venido para asentarse entre los pecadores, los pobres, los marginados, los que están abiertos a la palabra de Dios y esperan y confían en su gran misericordia’.
Creo que este evangelio nos tiene que interpelar profundamente para preguntarnos seriamente si vivimos ese Reino de Dios en nosotros y cómo estamos haciendo presente ese Reino de Dios en nuestro mundo. Porque aquel mandato de Jesús que escuchamos en el Evangelio son palabras de Jesús que tenemos que seguir escuchando hoy. Somos nosotros los que ahora, en este momento concreto, en este mundo concreto, con nuestras nuevas actitudes empapadas del sentido del Evangelio, los que tenemos que hacer ese anuncio del Reino de Dios.
¿Lo estaremos haciendo de verdad? Los que nos ven, ¿notarán en nosotros que creemos en Jesús y en el Reino que Jesús nos proclama y que lo vivimos? Porque nos llamamos cristianos y nos creemos buenos pero quizá no mostramos, por ejemplo, ninguna preocupación por los que a nuestro lado se sienten solos. En muchas cosas concretas tendría que notarse ese Reino de Dios en nosotros.