Vistas de página en total

sábado, 8 de octubre de 2011

Una bienaventuranza para los que escuchan la Palabra


Joel, 3, 12-21;

Sal. 96

Lc. 11, 27-28

El entusiasmo por Jesús entre las gentes sencillas es algo que se repite en el evangelio. Son muchas las expresiones de este entusiasmo ante sus palabras, ante sus milagros, ante todo lo que va surgiendo en los corazones de los pequeños, de los sencillos, de los humildes cuando se van encontrando con Jesús. Es a ellos a quienes se manifiestan los misterios del Reino de Dios. Son los que tienen un corazón humilde y sencillo los que pueden ir descubriendo el misterio de Dios que se manifiesta en Jesús. Recordemos cómo Jesús da gracias al Padre porque revela estas cosas no a los sabios y entendidos sino a los sencillos y a los pequeños.

Se admiraban de la autoridad de su palabra, del poder de Dios se manifestaba en sus acciones y milagros. ‘Nadie ha hablado con igual autoridad’, decían. ‘Un profeta ha aparecido entre nosotros’, exclamaban viendo el actuar de Jesús. ‘Dios ha visitado a su pueblo’, proclamaban otros corroborando así con esa fe sencilla lo que habían anunciado los profetas e incluso el anciano Zacarías había proclamado también ya desde el nacimiento de Juan. Podríamos recordar muchas páginas del evangelio.

Hoy es una mujer sencilla del pueblo, anónima porque su voz surge como un grito en medio de la multitud, la que admirándose de la autoridad y poder de Jesús se fija sin embargo en la dicha de la madre. ¡Dichosa madre que tiene un hijo así! Será una mujer, una madre quizá, la que piense en la madre, en la dicha de la madre de tal hijo. Se suele decir que detrás de un gran hombre tiene que haber siempre una gran mujer, una gran madre. Era el caso de Jesús y de María.

Es natural esa explosión de júbilo del corazón de aquella mujer. ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!’ Una expresión llena de encanto, de ternura, de poesía. Es la forma de hablar de los orientales y de los semitas que utilizan muchas imágenes en su lenguaje.

Pero ya escuchamos y hemos comentado muchas veces la réplica de Jesús, que de ninguna manera pretende rebajar la posición de la madre. Es más, es una alabanza, una bienaventuranza también para María. ¿Quién ha sido capaz de acoger como lo hizo María en su corazón la Palabra de Dios en la vida? Por eso decimos que estas palabras son una bienaventuranza también para María.

María la que sabía leer con su corazón todo lo que el Señor le revelaba y daba a conocer. Guardaba en su corazón todo cuanto sucedía porque en esas cosas, aunque algunas veces no las comprendiera, ella sentía que Dios le hablaba. Se pondrá a considerar el significado de las palabras del saludo del ángel que no acababa de entender, pero también iba guardando y rumiando en su corazón todas aquellos acontecimientos soprendentes que rodearon el nacimiento y la infancia de Jesús.

‘¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’ Una nueva bienaventuranza de Jesús a añadir a las proclamadas en el sermón del monte. Ha sido una constante de Jesús el decirnos cómo tenemos que escuchar y acoger la Palabra de Dios. Como un edificio plantado sobre los cimientos de la roca firme son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. Que no basta decir ¡Señor, Señor!, nos dirá en otra ocasión. Que no es sólo con palabras bonitas cómo vamos a expresar una fe que implica un seguimiento radical de Jesús, sino que tiene que ser con toda la vida.

Queremos nosotros también alabar y bendecir al Señor por tantas maravillas de amor con las que se nos manifiesta. Queremos alabar y bendecir al Señor, sí, porque nos ha dado a María y en ella tenemos el mejor ejemplo de cómo plantar en nuestro corazón la Palabra de Dios. Queremos alabar y bendecir al Señor que nos da cada día la posibilidad de escuchar su Palabra y a nosotros también nos llamará dichosos y felices porque queremos escucharla con corazón humilde y sencillo, y queremos ser esa tierra buena que haga posible que la semilla de fruto al ciento por uno. Dichosos nosotros, si somos capaces de plantar la Palabra en nuestro corazón y nuestra vida.

viernes, 7 de octubre de 2011

Con el Rosario de María se mantenga firme y madure la fe del pueblo sencillo



La fiesta de la Virgen del Rosario que celebramos en este día, 7 de octubre, tuvo su origen en el mandato del Papa San Pío V instituyendo esta fiesta como recuerdo y gratitud a la Virgen por la victoria de Lepanto. El pueblo cristiano en Europa se veía amenazado con el avance del Islam y esta victoria de los ejércitos cristianos frente al invasor se atribuyó a la intercesión de la Virgen, pues todo el pueblo cristiano la invocaba con el rezo del santo Rosario. En principio comenzó a llamarse nuestra Señora de las Victorias, para instituirse pronto como fiesta de nuestra Señor del Rosario.

Una fiesta y una devoción muy arraigada en el pueblo cristiano, pues numerosas son las Iglesias levantadas en honor de la Virgen en esta advocación del Rosario en todos nuestros pueblos y raro sería el templo que no tuviera un altar en honor de la Virgen del Rosario; y además entre las costumbres populares que se mantienen en muchos pueblos en estas fiestas de la Virgen del Rosario está la representación de la librea, como se le llama en muchos lugares, que no es otra cosa que la representación de la batalla de Lepanto, repetidas en numerosos lugares.

Como un dato cercanos a nosotros están los magníficos murales de la Parroquia de Santo Domingo en nuestra ciudad de La Laguna con dicha representación; y en pueblos cercanos a nosotros como en Valle de Guerra, pero también en otros muchos lugares, se hacen dichas representaciones de teatro popular y religioso en la mencionada librea.

Pero esta devoción a la Virgen del Rosario no son solo estas fiestas y representaciones, sino es la oración más extendida en honor de la Virgen que es el rezo del santo Rosario. Es la piedad y la devoción del pueblo sencillo que repite una y otra vez como un hermoso ramillete de piropos el rezo del avemaría a la Virgen. Fue santo Domingo de Guzmán el gran propagador del rezo del rosario ya desde el siglo XIII; cuando el pueblo quizá se fue alejando en cierto modo de la liturgia celebrada en una lengua que ya no entendía e incapaz de rezar con los salmos bíblicos como hermosa oración de la Iglesia, fue esta devoción sencilla la que mantuvo y sigue manteniendo la fe de nuestras gentes en su devoción y amor a María, la Madre de Dios y nuestra madre.

Hermosa oración del rosario si la hacemos con todo sentido y devoción, porque no es sólo la repetición que se puede volver cansina de las avemarías una y otra vez, sino que es la meditación de todo el misterio de Cristo que hacemos a los pies de la Virgen y siempre dejándonos conducir por ella que nos llevará hasta Jesús. Los misterios del Rosario que recordamos en cada una de las decenas no son otra cosa que los misterios de la vida de Cristo que María nos ayuda a meditar, a rumiar en nuestro corazón, como ella misma hacía cuando iba contemplando todo el misterio de Dios que en ella y ante ella se estaba realizando.

‘Haced lo que el os diga’, nos sigue repitiendo María, como a aquellos sirvientes de las Bodas de Caná. En ese rumiar el misterio de Cristo a la sombra de María es lo que ella nos va repitiendo allá en nuestro corazón. Ponemos a María junto a nosotros en nuestra devoción porque ella es la Madre; una madre siempre nos enseñará lo bueno porque ella quiere siempre lo mejor para su hijo; una madre siempre nos ayudará a levantar nuestro espíritu y nuestro corazón para que soñemos con cosas grandes.

María, madre de Jesús y madre nuestra, como la contemplamos en el cenáculo allí está pidiendo que se derrame el Espíritu sobre los Apóstoles, sobre la Iglesia. Ella sabía muy bien lo que era llenarse del Espíritu de Dios, porque desde la Encarnación de Dios en sus entrañas así se sentía ella inundada del Espíritu divino y era el que siempre la conducía por los caminos de la fe y del amor. Es lo que hoy nos está enseñando también María.

Como dicen unos versos populares incluso convertidos en himno litúrgico que cantamos en honor de María en la liturgia de las horas, ‘rezar el santo rosario / no sólo es hacer memoria / del gozo, el dolor, la gloria / de Nazaret al Calvario. / Es el fiel itinerario / de una realidad vivida, / y quedará entretejida, / siguiendo al Cristo gozoso, / crucificado y glorioso, / en el rosario, la vida’.

Que quede, sí, entretejida nuestra vida en el misterio de Cristo. Dejémonos enseñar por María y con María oremos para así cada día crezcamos más y más en nuestra fe y nuestro amor, crezcamos más y más en santidad.

jueves, 6 de octubre de 2011

Nuestro Padre nos dará el Espíritu Santo si se lo pedimos


Mal. 3, 13-18; 4, 2;

Sal. 1;

Lc. 11, 5-13

‘Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor’, repetimos en el salmo. ¿En quién mejor podemos poner nuestra confianza?

Confiamos porque nos sentimos seguros; confiamos porque nos sentimos apreciados y amados; confiamos y nos dejamos guiar; confiamos y no tememos; confiamos y nos sentimos en paz. La confianza en la vida, también como un valor humano necesario en nuestras relaciones entre unos y otros, nos hace crecer y madurar y hará que nos sintamos más libres y hasta seamos capaces de desarrollar mejor todas nuestras capacidades. La confianza verdadera no nos hace dependientes ni inseguros sino todo lo contrario. Porque si una de las cosas que nos da confianza es el sentirnos apreciados y valorados, aprenderemos también a valorarnos a nosotros mismos, a ser más nosotros mismos y a desarrollar mejor todo nuestro ser.

Esto que decimos como un valor humano lo podemos vivir profundamente en nuestra relación con el Señor, con Dios. Decimos que ponemos nuestra confianza en el Señor, pero es que es el Señor el que pone también su confianza en nosotros cuando nos ama. Somos lo más hermoso que ha salido de sus manos creadores, pues como nos dice la Biblia hemos sido creados a su imagen y semejanza. Y Dios sigue confiando en nosotros a pesar de que no siempre seamos fieles, y sigue amándonos a pesar de nuestro pecado. Es esa la maravilla del amor de Dios, que nos ama y nos entrega su Hijo no porque nosotros seamos buenos, sino incluso siendo nosotros pecadores.

Con esa confianza de amor acudimos a El en nuestra oración. Es lo que nos enseña hoy en el evangelio. A orar con la confianza de los hijos. A orar porque nos sentimos amados y porque también nosotros queremos amarle. Y oramos y le pedimos desde nuestra pobreza y necesidad, y oramos y le buscamos porque El lo es todo para nosotros; y oramos y lo llamamos porque siempre queremos sentirle a nuestro lado. Que orar no es sólo pedir, sino buscarle, sentir su presencia que llena e inunda nuestra vida.

Tenemos que aprender a darle profundidad, hondura a nuestra oración. Tenemos que aprender a gustar la presencia del Señor en nosotros cuando oramos. Si la oración es ese encuentro amoroso del hijo con su Padre nunca tendríamos que cansarnos de nuestra oración ni tendría que ser aburrido para nosotros ese momento en que nos encontramos con El. Es más, tendría que ser algo que estuviéramos deseando siempre, como el sediento que busca con ahinco la fuente de aguas frescas y vivas. Sin embargo, reconocemos, que muchas veces nos cuesta la oración, porque quizá no estamos en lo que estamos.

A eso nos invita hoy Jesús; a esa confianza, a ese encuentro de amor y de vida. Y nos dice que si entre nosotros los hombres, que no somos tan buenos, sin embargo escuchamos al que nos pide algo y lo atendemos, aunque solo fuera por la importunidad e insistencia del que pide, cuánto más no hará Dios que es Padre bondadoso y lleno de amor con nosotros. Dios nos escucha no porque lo dejemos en paz, sino porque es el Padre bueno que siempre está pendiente de sus hijos para darle lo mejor.

‘Así os digo a vosotros: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre…’ Pero fijémonos en lo que nos dice, ‘si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espiritu Santo a los que se lo piden?’

Pero, ¿le pediremos nosotros que nos dé su Espíritu Santo? Sí, pedir el Espíritu divino que sea nuestra fortaleza en nuestras luchas, que sea nuestra luz en las oscuridades de los caminos de la vida, que nos dé la luz de su sabiduría en todo momento para saber hacer el bien, discernir lo bueno que tenemos que hacer. No es que Dios nos resuelva milagrosamente los problemas que tenemos, sino que nos dé su luz para que sepamos discernir lo bueno, y escoger el mejor camino o la mejor solución. Y es el Espíritu divino que nos hará conocer más a Dios; el Espíritu que clama en nuestro interior para que llamemos Padre a Dios.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder

Témporas de acción de gracias y petición

Dt. 8, 7-18;

Sal.: 1Cro. 29, 10-12;

2Cor. 5, 17-21;

Mt. 7, 7-11

‘Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder’, hemos repetido en el salmo. Bien nos viene repetirlo, no olvidarlo. Porque vivimos absortos en la vida de cada día con sus luces o con sus sombras que podemos olvidar lo principal.

Podemos vivir momentos de prosperidad, de felicidad, en los que disfrutamos de cosas buenas y nos podemos olvidar en quien es el origen de todo. Nos aturdimos quizá por los problemas, las dificultades de la vida, los sufrimientos que nos van apareciendo y nos podemos encerrar de tal manera en nuestro dolor que nos hagamos rebeldes, duros de corazón, insensibles y no seamos capaces de acudir a quien es toda nuestra fuerza y nuestra luz.

Hoy la liturgia de la Iglesia nos quiere hacer vivir una feria muy especial. La llamamos témporas de acción de gracias y de petición. No celebramos ni la fiesta ni la memoria de ningún santo sino que la liturgia nos hace mirar a quien es el centro de nuestra vida, el origen y la fuerza de nuestra existencia, y la fortaleza para nuestro caminar y sentido último de toda nuestra vida y de todo lo que hacemos.

Los textos que nos propone la liturgia en sus oraciones y en la Palabra de Dios proclamada nos ayudan a encontrarle su sentido y a que lo vivamos intensamente. Podría incluso celebrarse en tres jornadas distintas pero unimos todos sus aspectos en una sola celebración al hilo de la Palabra de Dios proclamada.

Hermoso el texto del Deuteronomio a la manera de discurso de Moisés con recomendaciones para aquel pueblo que había peregrinado durante cuarenta años por el desierto desde su salida de Egipto pero que ahora van a establecerse en la tierra que el Señor les había prometido. Tierra que mana leche y miel, es la expresión que se emplea para describirlo. No es que sea un paraíso, pero para quienes habían vivido la pobreza de Egipto en su esclavitud y de un desierto duro e inhóspito en su recorrido, el que ahora puedan establecerse, tener sus casas y sus tierras, obtener el fruto de sus cosechas era algo maravilloso.

Pero ahí está la advertencia de Moisés. Cuidado no te olvides del Señor tu Dios, el que te sacó de Egipto, el que te ha hecho recorrer el desierto y ahora te ha dado esta tierra. ‘Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy’. No te olvides, reconoce la grandeza del Señor. Es el recuerdo agradecido. Es la proclamación de fe acompañada de la acción de gracias.

Es lo que nosotros hemos de saber hacer también. No te olvides del Señor, tu Dios. El es tu fuerza en tus luchas y en tus trabajos. Qué fácilmente olvidamos al Señor en los momentos buenos. Todavía en los momentos difíciles podemos acudir a El angustiados pidiendo su ayuda. Pero qué pronto como aquellos nueve leprosos nos vamos corriendo a disfrutar de la felicidad de lo que Dios nos ha dado y no somos capaces de volver para dar gracias. Solo uno fue capaz de volver hasta Jesús. Es el primer aspecto que tenemos en cuenta en nuestra celebración. ‘Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él’.

Pero es también día de petición. Y en esa petición van incluidas muchas cosas. Acudimos a Dios desde lo más hondo de nuestra vida, desde nuestro sentirnos pecadores primero que nada buscando el perdón y la reconciliación. Y es que cuando vemos las maravillas con las que el Señor nos regala continuamente, si hay sinceridad en nuestro corazón nos damos cuenta de nuestra miseria y nuestro pecado.

Empezando por el pecado de no reconocerle, de olvidarle, de no saber darle gracias. Pero es también el pecado de nuestro orgullo que nos endiosa porque cuando vemos en nuestras manos el fruto de nuestros trabajos ya nos creemos poco menos que dioses, porque pensamos que sólo con nuestras fuerzas lo hemos logrado. Es cierto que está nuestra inteligencia, nuestras capacidades y cualidades y está también nuestro esfuerzo. Pero, ¿quién nos ha dado todo eso? ¿lo tenemos sólo por nosotros mismos? Es el segundo aspecto de la celebración de hoy, que es tiempo de gracia y de reconciliación, de pedir humildemente perdón por nuestros pecados.

Y el otro aspecto de la petición ha de ser esa oración en la que han de tener cabida en nuestro corazón todos los hombres con todas sus necesidades. Es un momento de oración universal de manera especial. Oramos no ya por nosotros mismos que también lo hacemos, sino por los demás; y no sólo lo hacemos por aquellos que por un motivo u otro están cerca de nuestra vida y nuestro corazón, sino que ha de ser una oración por toda la humanidad, por toda la Iglesia, por todos los hombres.

Oramos con la confianza de los hijos. Oramos como nos enseñó el Señor a orar. Oramos con la insistencia y la confianza con que Jesús nos dice en el evangelio que hemos de orar siempre. Oramos con humildad porque nos sentimos pequeños, pero con mucho amor porque queremos llenarnos del Espíritu del Señor. Como decía santa Teresa del Niño Jesús somos en la Iglesia el amor, el corazón lleno de amor que ora por la Iglesia y que ora por todos los hombres.

Y mirando a la humanidad que nos rodea con tantas necesidades, problemas, crisis, situaciones difíciles, guerras, miserias cuántas cosas tenemos que pedirle al Señor. Y mirando a la Iglesia a la que tenemos el orgullo de pertenecer cuánto tenemos que orar por la Iglesia, por la extensión del Reino de Dios, por los apóstoles y los misioneros que llevan la luz del evangelio a todos los hombres, por nuestras comunidades, por nuestra diócesis.

martes, 4 de octubre de 2011

¡Qué dicha la de aquel hogar de Betania!


Jonás, 3, 1-10;

Sal. 129;

Lc. 10, 38-42

¡Qué dicha la de aquel hogar de Betania! Seguro que todos desearíamos tener esa dicha, recibir a Jesús en nuestra casa, como lo hicieron aquellos tres hermanos Marta, María, Lázaro, como lo hizo aquella familia de Betania.

‘Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María…’ Eran las leyes sagradas de la hospitalidad que un oriental las respeta con sumo cuidado. Una hospitalidad que no solo es abrirle las puertas de la casa sino mucho más. De la hospitalidad y del conocimiento mutuo va surgiendo la hermosa planta de la amistad que tan dulces y bellas flores suele producir. Cuánto se intercambia; cuánto se recibe mutuamente; cuánta riqueza para la vida nace de una amistad verdadera. Es un aprender a caminar juntos, a compartir, a estar con todo lo que puede encerrar esta palabra.

Lucas no nos habla de Lázaro. Será en el evangelio de san Juan el que nos hable de Lázaro cuando enferma y su muerte. Precisamente el aviso que mandará Marta a Jesús es decirle que su amigo está enfermo. Pero ya conocemos todo lo que el evangelista Juan nos cuenta de lo acontecido entonces.

Hoy vemos a mata afanada en atender al Maestro en nombre de esa hospitalidad que nace del amor del corazón. María escucha a los pies de Jesús. Es también hospitalidad. Aunque en este pasaje surja un poco la queja de Marta porque María se ha desentendido de los quehaceres de la casa para sólo escuchar a Jesús. Jesús dirá que esto es parte importante y principal. Es forma de manifestar el amor el querer beberse sus palabras. No queremos contraponer, queremos más bien conjuntar el actuar de las dos hermanas en el momento de recibir y acoger a Jesús.

Comenzábamos diciendo qué dicha la de aquel hogar que pudo acoger a Jesús y cómo nosotros desearíamos hacer lo mismo. Podemos hacerlo. Tenemos que hacerlo. ‘¿Quién puede hospedarse en tu tienda?’ Se pregunta el salmista y nos recuerda una serie de valores y de virtudes de los que hemos de llenar nuestro corazón para tener la dicha de hospedarnos en la tienda del Señor. Honradez y rectitud, espíritu de justicia y de verdad, amor y pureza de corazón, podríamos recordar algunas que nos dice el salmo.

Pero es que queremos que el Señor venga a hospedarse en nuestra tienda, venga a habitar en nosotros. ‘El que me ama y guarda mis mandamientos, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’, nos dirá Jesús en otro momento del evangelio. Pero nos está diciendo lo que tenemos que hacer para que lleguemos a ser esa morada de Dios. Busquemos a Jesús y queramos escucharle de verdad; busquemos a Jesús y queramos conocerle hondamente; busquemos a Jesús y queramos en verdad ponernos en camino detrás suyo para que así no perdamos nada de su vida, de sus palabras, de todo lo que es su amor.

Si decíamos antes que en la hospitalidad abrimos el corazón al que llega a nosotros y que hará posible un conocimiento grande del que surja la planta de la amistad con todas las bellas flores del amor, eso es lo que tenemos que hacer con Jesús. Que el conocimiento más hondo que cada día tengamos de Jesús nos haga entrar en esa hermosa órbita de la amistad y del amor y así logremos que Cristo venga a habitar en nuestro corazón. Cuando le amamos y le seguimos nos sentiremos cada vez más impulsados a una vida de rectitud, de responsabilidad, de justicia, de verdad, de sinceridad, de amor, en una palabra, de santidad.

En el plan pastoral que se nos propone en nuestra diócesis en estos momentos con el objetivo de hacer una iglesia diocesana de discípulos y de misioneros precisamente a lo que se nos impulsa a que seamos verdaderos discípulos de Jesús y para ello necesitamos de ese encuentro vivo con Jesús y del seguimiento de su persona. Conocer, creer, amar y seguir a Jesús, es ser su discípulo, se nos dice. Y para conocer a Jesús es necesario caminar juntamente con El, tener sus mismos sentimientos, llegar a ese encuentro con El desde la escucha y desde la oración, que nos llevará a la práctica de hacer lo que El nos dice.

Que ese sea nuestro gran deseo. Que esa sea nuestra gran tarea de cada día para conocer, amar y vivir cada día más a Jesús.

lunes, 3 de octubre de 2011

Anda y haz tú lo mismo


Jonás, 1, 1-2, 1.11;

Sal.: Jon. 2;

Lc. 10, 25-37

Bien sabía aquel letrado lo que había que hacer. Era un letrado, un maestro de la ley cuya misión era precisamente enseñar. Sin embargo viene con preguntas elementales a Jesús. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Y es que cuando no queremos comprometernos o nos quedamos en teorías las preguntas fluyen una tras otra, pero como queriendo rehuir el problema. Primero será lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna, luego será quién es mi prójimo. Pero al final se vera comprometido seriamente con lo que le dice Jesús.

Primero porque Jesús le hace recordar simple y llanamente lo que está escrito en la ley. Y el letrado lo recitará al pie de la letra porque es algo que todo buen judío sabía bien de memoria. ‘Amarás al Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo’. Pero aún surgirá la pregunta ‘¿quién es mi prójimo?’

La parábola que nos propone Jesús, que todos bien conocemos, nos señalará de forma muy concreta quién es nuestro prójimo, dónde está nuestro prójimo. La cabeza se nos llena de teorías, de ideas, de cosas que hay que hacer, porque el mundo anda muy mal, porque aquí o allá hay hambre o hay guerras, porque la crisis no nos deja salir adelante, porque quienes tienen que resolver los problemas – siempre pensamos que es otro el que tiene que resolver el problema – no hacen nada.

Es cierto que hay problemas muy grandes que afectan a la humanidad y podemos hacer un listado grande de esas cosas terribles por las que están pasando tantos, pero pudiera ser que o gastemos todas nuestras energías en lamentarnos o hacer esos listados de problemas, o las veamos como cosas lejanas a nosotros, o nos superan por su inmensidad, o nos quedamos en verlas desde la distancia, porque pensamos que a nosotros no nos toca resolver esos problemas, que ya nosotros tenemos los nuestros.

Pero Jesús nos dice que prójimo es ese que está ahí cercano a nosotros, con el que nos tropezamos cada día, y al que algunas veces ni le ponemos rostro ni sabemos su nombre; o quizá pensamos que nosotros estamos para otras cosas mayores o de más importancia que detenernos a la vera del camino para ver a ese que está a nuestro lado y en el que quizá ni nos fijamos porque es tan poquita cosa.

Cuántas veces discriminamos y hacemos distinciones. Porque él está así porque quiere, porque si fuera otra persona ya sabría buscarle una solución a los problemas de su vida, porque… y buscamos tantas disculpas para aceptar a ese hermano en su realidad, en su pobreza concreta. No somos capaces de ver el dolor que pueda haber en el corazón de ese hermano a causa de la situación por la que está pasando.

El Sacerdote y el levita de la parábola pasaron de largo porque pensaban quizá que ellos no se podían detener allí junto a aquel pobre caido junto al camino porque ellos tenían otras cosas más importantes que hacer. ‘Al verlo, dio un rodeo y pasó de largo’. Mejor no complicarse ahora. Además, ¿quién podría ser aquel desconocido? Mejor quizá tomar otro camino para no verlo, para no enterarnos, para no tener que detenernos.

‘Pero un samaritano que iba de viaje, llegó donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas… y lo llevó a la posada y lo cuidó…’ Iba de viaje, a sus negocios o sus ocupaciones. No era judío y por tanto el caído no era una persona conocida para él. Pero se le acercó, le vendó las heridas, lo cuidó en todo lo que hiciera falta.

Era su prójimo el que estaba allí caído. No pensó que otros podían ayudarle mejor y quizá podrían tener más obligación, sino que se detuvo y se le acercó. Cuánto necesitamos acercarnos, no dar rodeos, no quedarnos en la lejanía, palpar directamente no sólo con nuestras manos sino con nuestro corazón el dolor o la necesidad del hermano. No son teorías o palabras bonitas de lo que tenemos que hacer, sino que es la práctica concreta del bien que tenemos que hacer. Lo montó en su propia cabalgadura, o sea que lo metió en su casa, en su vida, en su corazón.

Cuánto tenemos que aprender. Escuchemos sencillamente la recomendación de Jesús a aquel letrado: ‘Vete y haz tú lo mismo’.

domingo, 2 de octubre de 2011

¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?


Is. 5, 1-7;

Sal. 79;

Filp. 4, 6-9;

Mt. 21, 33-43

‘Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: Escuchad otra parábola…’ Hemos de reconocer que esta parábola que hoy Jesús nos propone nos resulta dura en su contenido. Es, podríamos decir, un camino de infidelidad y de muerte. Tiene incluso una resonancia pascual en el hijo que empujaron fuera de la viña y mataron.

Pero aún así tiene el hermoso trasfondo del amor que aquel propietario tenía a su viña y por la que tanto había hecho. Por eso la liturgia de la Iglesia nos la propone al mismo tiempo que en la primera lectura nos ha ofrecido el canto de amor del amigo a su viña que bien entendemos que es el canto de amor que Dios hace por su pueblo, el canto de amor de Dios por el hombre su criatura preferida.

‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavo un lagar… ¿qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?... la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá, su plantel preferido…’

La viña del Señor de los ejércitos somos nosotros el pueblo del Señor… su plantel preferido, los que somos los elegidos y amados del Señor. Nos lo tenemos que repetir. No nos podemos cansar de meditarlo, de rumiarlo en nuestro corazón. Lo hemos hecho muchas veces, hemos reflexionado mucho sobre el amor que Dios nos tiene, pero no siempre es lo suficiente.

Decíamos antes que era dura la parábola y que es un camino de infidelidad y de muerte. Es el camino de nuestras infidelidades, el camino de nuestras respuestas negativas; el camino tantas veces recorrido de nuestro olvido de Dios; el camino que queremos recorrer a nuestra manera porque en nuestro orgullo o autosuficiente no soportamos que nos señalen lo que tenemos que hacer; el camino lleno de debilidades, de abandonos, de cansancios, de rutinas que tantas veces hacemos y vivimos.

Pero como tantas veces hemos contemplado también está la llamada incansable que Dios una y otra vez nos hace; está el amor paciente de Dios que siempre espera que cambiemos y demos una buena respuesta. Aquel propietario envió una y otra vez a sus servidores a percibir los frutos de aquella herencia que había confiado a aquellos labradores.

Cuando hacemos una lectura de la parábola viendo en ella reflejada toda la historia del pueblo de Israel recordamos a los profetas y a tantos hombres de Dios que el Señor fue suscitando en la historia de su pueblo que les recordaban la Alianza y les invitaban una y otra vez a renovarla en fidelidad en sus corazones. Profetas rechazados, profetas no escuchados, profetas los que hacían oídos sordos en su infidelidad y su pecado. Por eso esas palabras duras del final de la parábola ‘hará morir de mala muerte a esps malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos’ tenían que resonar fuertes en aquellos a los que Jesús directamente estaba dirigiendo la parábola.

Allí estaba aquel hijo rechazado, maltratado, arrojado fuera de la viña y que al final mataron. Hay un anuncio pascual porque Jesús está haciendo un anuncio de lo que iba a ser su muerte. Rechazado por los principales del pueblo moriría fuera de la ciudad en el horrible tormento de la cruz. Era la piedra rechazada pero convertida en piedra angular.

Cita Jesús el texto de la Escritura: ‘No lo habéis leido en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente’. No quisieron contar con Jesús pero Jesús es la piedra angular de la historia y del hombre. Jesús se convierte desde lo alto de la cruz en su muerte redentora en el eje y el centro de toda la humanidad. Es la piedra angular, es el centro y el fundamento del hombre y de la historia; es el sentido último de nuestra vida y de toda nuestra existencia.

Por eso la lectura que nosotros tenemos que hacer de la parábola no es sólo fijándonos en lo que Jesús quería decirle a su pueblo, sino en lo que Jesús quiere decirnos a nosotros. Ya dijimos, somos esa viña del Señor, ese plantel preferido del Señor. Queremos dar frutos. Queremos responder a tanta llamada de amor, a pesar también de nuestras debilidades y flaquezas. Queremos que en verdad sea la piedra angular de nuestra vida porque El es nuestra Salvación y lo es todo para nosotros.

Pero sí esta parábola puede ser una llamada de atención, un despertarnos de las modorras en las que podemos caer a veces. Una invitación a reconocer cuanto ha hecho y sigue haciendo el Señor por nosotros. ‘¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ nos pregunta también a nosotros y cada uno miremos nuestra historia personal así como la historia de nuestro pueblo, de nuestra Iglesia, de nuestra comunidad y lo que también nosotros podríamos y tendríamos que hacer.

Y aquí podemos pensar en que somos trabajadores de esa viña del pueblo de Dios que el Señor ha puesto en nuestras manos. En esa Iglesia a la que pertenecemos, en esa comunidad en la que vivimos y alimentamos nuestra vida cristiana, ahí donde hacemos nuestra vida y convivimos diariamente tenemos una tarea que realizar, un testimonio que dar, una manera distinta de hacer las cosas en nombre de nuestra fe y de nuestro amor cristiano. En nuestra diócesis se nos está llamando a ser verdaderos discípulos pero también misioneros de nuestra fe en medio de nuestros hermanos y no podemos cerrar los ojos ni los oídos para desentendernos de esa tarea.

No podemos cruzarnos de brazos cuando tanto hay que hacer en nuestro mundo. No podemos encerrar el tesoro de la fe sólo para nosotros cuando el mundo que nos rodea necesita tanto de esa luz de la fe. No podemos desentendernos de los problemas de los demás cuando tanto sufrimiento hay a nuestro alrededor y es necesaria tanta solidaridad para mejorar la situación de todos pero también para hacer un mundo más humano y más fraterno.

Por eso esas palabras finales también son un toque de atención para nuestra vida. ‘Os digo que se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Esa viña del Señor que es nuestro mundo necesita de nuestro amor, de nuestra solidaridad, de la luz de nuestra fe para que todos puedan vislumbrar que son amados del Señor.

sábado, 1 de octubre de 2011

La alegría y la dicha de la fe y del amor


Baruc, 4, 5-12.27-29;

Sal. 68;

Lc. 10, 17-24

La alegría y la dicha de la fe y del amor. Es casi todo lo que se me ocurre comentar, o para comenzar a comentar, este texto del evangelio que acabamos de escuchar. Y es que los que tenemos fe en Jesús tenemos que ser las personas más dichosas del mundo, sean cuales sean las circunstancias por las que estemos pasando. Siempre podemos sentir la dicha de la presencia de Jesús a nuestro lado, en nuestra vida. Es el gozo y la dicha de la fe.

Hemos escuchado que Jesús termina diciéndoles – podría parecer que no tiene sentido que comencemos por el final, pero no importa – ‘¡dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron; oír lo que oís, y no lo oyeron’. Y eso ¿no lo podemos sentir también como dicho a nosotros que desde la fe podemos experimentar también esa presencia de Jesús en nuestra vida?

Este texto que hoy hemos escuchado está todo lleno de expresiones de gozo y alegría: en los discípulos – aquellos setenta y dos que había enviado de dos en dos a anunciar el Reino – que ‘volvieron muy contentos’. Habían podido realizar las cosas maravillosas para las que Jesús les había dado poder a la hora de anunciar el Reino. ‘Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’, le cuentan. Pero Jesús les hacía reflexionar y les decía: ‘Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’.

Pero veremos a Jesús también lleno de gozo y alegría; ‘lleno de la alegría del Espíritu Santo’, nos dice el evangelista. Y esa alegría del Espíritu le hace bendecir y alabar al Padre. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’. Ahí está primero que nada cómo ese misterio de Dios se está revelando a aquellos discípulos sencillos que El ha escogido y ha enviado a anunciar el Reino. No son ilustrados, son pescadores de Galilea, gente sencilla que se ha entusiasmado por Jesús y lo ha seguido por los caminos; son los pobres, los humildes y los sencillos los que se han acercado a Jesús para descubrir los misterios de Dios.

‘Lleno de la alegría del Espíritu Santo’ El nos está manifestando a Dios, dándonos a conocer el rostro del amor de Dios; y el Padre está sellando la obra de Jesús, revelándonos y dándonos a conocer también quien es Jesús, su Hijo amado, como lo manifestara en el Jordán o a allá en el Tabor. ‘Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’.

Y todo esto se sigue realizando en la Iglesia, en los que creemos en Jesús a través de los tiempos. Motivos tenemos también nosotros para bendecir así y alabar a Dios que así nos manifiesta su amor y se nos revela allá en lo más íntimo del corazón. Con corazón de pobre, con corazón humilde, con corazón lleno de amor también nosotros hemos de acercarnos a Dios y llenarnos también de esa alegría del Espíritu. Dios se nos manifiesta a nosotros también si con un corazón así nos acercamos a Dios.

Precisamente en este día primero de octubre estamos haciendo memoria de Santa Teresita del Niño de Jesús. Pequeña, humilde, que con corazón de niño se acercaba a Dios y cómo Dios se le manifestaba. No vivió muchos años, pues murió muy jovencita; se consagró a Dios en la vida monástica como Carmelita Descalza y allí vivió consagrada al Señor tras los muros de un monasterio, pero con un corazón abierto a la Iglesia universal, por eso la tenemos incluso como patrona de las misiones.

Pero fue la pequeña que se llenó -del misterio de Dios que se le revelaba en su corazón en el sentido de lo que venimos reflexionando en el evangelio de hoy. No fue de grandes estudios teológicos pero alcanzó una profundidad en el conocimiento del misterio de Dios que incluso la Iglesia la ha reconocido y declarado como Doctora de la Iglesia. Dios que se revela a los pequeños y a los sencillos, que lo vemos reflejado en esta Santa que hoy celebramos.

Llenémonos de ese gozo y de esa dicha en el Señor, desde nuestra fe y desde nuestro amor, desde nuestra humildad y desde nuestra entrega por los demás.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Que se mueva nuestro corazón para reconocer las maravillas de amor del Señor por nosotros


Baruc 1, 15-22;

Sal. 78;

Lc. 10, 13-16

‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Lamentos de Jesús por aquellas ciudades donde había predicado la Palabra de Dios, anunciado el Reino con obras y palabras y no habían dado respuesta. Lamenta Jesús también la situación de Cafarnaún que se levantaba llena de orgullo considerándose una ciudad próspera por su situación allá junto al lago, donde tantas obras había realizado Jesús y no se habían convertido. ‘¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo…’

Hace referencia Jesús a otras ciudades consideradas paganas y malditas, como eran Tiro y Sidón por una parte, y las ciudades destruidas por el fuego por su maldad en la antigüedad de Sodoma y Gomorra que si allí se hubiera hecho tanto como ahora en estas ciudades hacía Jesús se hubieran vestido de sayal y no hubieran merecido castigo.

Como dirá Jesús en otra ocasión ‘lloraréis y os rechinarán los dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y todos los profetas sentados en la mesa del Reino de Dios mientras vosotros seréis arrojados fuera. Pues vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur a sentarse en la mesa del Reino de Dios’.

Lo vamos a escuchar también el domingo en la parábola de los viñadores homicidas. ‘Arrendará la viña a otros labradores que entreguen los frutos a su tiempo… Os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que corresponden…’

Algo que tiene que hacernos pensar a nosotros que tanta gracia recibimos del Señor. Sí, es una gracia del Señor no solo la fe que hemos recibido y todo lo que a lo largo de nuestra vida hemos ido recibiendo del Señor, sino lo que ahora mismo estamos recibiendo. Podríamos pensar en cuántas veces hemos recibido el perdón del Señor, cuántas veces hemos tenido la oportunidad de acercarnos a la Eucaristía, cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios. ¿Cuáles son nuestros frutos?

Ahora mismo cada día, cada mañana, tenemos la oportunidad de reunirnos para celebrar la Eucaristía y escuchar la Palabra del Señor, ¿estará creciendo más y más en santidad nuestra vida? ¿Somos cada día mejores?

No echemos en saco roto la gracia del Señor que se nos manifiesta de mil maneras en tantos mimos de Dios para con nuestra vida. Ese amor de Dios que se manifiesta en tantos cuidados que recibimos, en tantas personas que nos quieren y están cercanas a nosotros a nuestro lado. Manifestaciones del amor de Dios tenemos que reconocer. Manifestaciones del amor de Dios que tendrían que mover nuestro corazón a dar una mejor respuesta de amor cada día.

En la primera lectura hemos escuchado un texto del profeta Baruc. Probable secretario de Jeremías y recopilador de las profecías del mismo, fue profeta en los primeros tiempos del exilio en Babilonia y supo hacer una lectura creyente de la situación difícil por la que estaba pasando el pueblo desterrados y cautivos lejos de su tierra, de sus casas, de su templo, de lo que había sido su vida hasta entonces y no habían sabido valorar ni cuidar lo suficiente.

Ahora se sienten pecadores y humildes se postran ante el Señor pidiendo perdón, queriendo convertir sus corazones al Dios de la Alianza cuyos mandatos habían tan fácilmente olvidado y desobedecido. ‘No obedecimos al Señor que nos hablaba por medio de sus enviados los profetas… haciendo lo que el Señor reprueba’.

Fue una ocasión para escuchar ahora la llamada del Señor y convertirse a El. ¿No tendríamos que hacer lo mismo nosotros también cuando tantas son las llamadas del Señor y la gracia que derrama cada día sobre nosotros?

jueves, 29 de septiembre de 2011

Miguel, Gabriel y Rafael nos alcancen la fortaleza de Dios y nos acompañen en el camino de los designios de Dios



Apoc. 12, 7-12;

Sal. 137;

Jn. 1, 47-51

‘Se hizo silencio en el cielo cuando el dragón trabó batalla con el arcángel Miguel. Se oyó una voz que decía: victoria, honor y poder al Dios todopoderoso…’

‘Y el ángel Gabriel se apareció a Zacarías y le dijo: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan…’

‘Yo soy el ángel Rafael, que estoy al servicio de Dios; vosotros bendecid al Señor y escribid todo lo que os ha ocurrido…’

‘Y un ángel se puso junto al altar del templo con un incensario de oro en sus manos, y le entregaron muchos perfumes. Y por manos del ángel subió a la presencia del Señor el humo de los perfumes, que son las oraciones de los santos…’

Estas son algunas de las antífonas que la Iglesia nos propone, sobre todo en la liturgia de los horas en esta fiesta de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael que hoy estamos celebrando en una misma fiesta. Pueden ser un buen resumen del sentido de esta celebración al igual que nos manifiestan el significado de los santos Arcángeles que están en la presencia de Dios cantando siempre la gloria del Señor.

Pero nos manifiestan también la misión y el ministerio que ejercieron y ejercen a favor de los hombres en la historia de la salvación. Mensajeros divinos que nos hacen sentir la presencia y la fortaleza del Señor en nuestra lucha contra el mal, al tiempo que inspiran en nuestro corazón el mensaje divino que nos manifiesta la voluntad de Dios escondida desde los siglos pero que nos quiere ofrecer siempre su amor y su salvación. Angeles que nos protegen y nos acompañan, que nos hacen llegar la medicina de Dios pero que también a través de sus manos como un incienso divino que sube hasta el cielo hacen llegar nuestras oraciones ante el trono de Dios.

Miguel en su lucha contra el maligno nos hace pregustar la victoria definitiva sobre el mal para hacernos partícipes del Reino eterno de Dios en que Dios mismo será siempre nuestra victoria y nuestro gozo; como su mismo nombre indica, ‘¿quién como Dios?’, nos hace sentir esa presencia de Dios en nuestra vida que con su gracia nos fortalece en nuestra lucha contra el mal.

Gabriel mensajero divino no solo para Zacarías anunciándole el nacimiento de Juan, sino para María a quien revela lo que son los designios divinos que quiere contar con ella, con su Sí, para que se realiza la obra de nuestra redención a través del misterio de la Encarnación que se iba a consumar en las entrañas de María. Así tendremos que escuchar allá en lo hondo de nuestro corazón ese designio de amor de Dios para con nosotros, y así tenemos que aprender a abrirnos a ese Misterio de Dios que se nos manifiesta y se nos revela.

Rafael, compañero de camino y medicina de Dios, como su mismo nombre indica; no sólo nos acompaña en el camino de la vida librándonos de todo peligro sino que nos conducirá siempre hasta Jesús es es la verdadera medicina de salvación para el hombre porque es nuestro salvador y redentor que nos cura, nos sana y nos salva de todos nuestros males y pecados. Cuánto necesitamos nosotros encontrar esa medicina de Dios que nos haga llegar la gracia y la salvación.

Que el árcangel Rafael, presente ante el trono de Dios también el memorial de nuestras oraciones como hizo con Tobías y Sara para que así alcancemos siempre la gracia del Señor frente a las adversidades peligros que nos encontramos tantas veces en los caminos de la vida. Mejor acompañante no podemos encontrar para ese nuestro peregrinar hacia la patria definitiva donde podamos cantar para siempre la gloria del Señor.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Nos ponemos en camino tras los pasos de Jesús


Nehemías, 2, 1-8;

Sal. 136;

Lc. 9, 57-62

‘Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos’, comienza diciéndonos el evangelio. Jesús va de camino, sube a Jerusalén. Los discípulos le siguen. Quien quiera ser su discípulo tendrá que ponerse en camino detrás de El. Discípulo es el que sigue a su Maestro; que no es sólo aprender cosas del maestro; el maestro verdadero es el que enseña a vivir, enseña un camino de vida, como lo hace Jesús.

Tiene sus exigencias. Es lo que nos plantea hoy Jesús. ‘Te seguiré a donde vayas’, le dice uno que quiere ser su discípulo. ‘Te seguiré, pero déjame enterrar a mi padre… déjame primero despedirme de mi familia’, le dicen otros. Y Jesús habla de la radicalidad que significa seguirle. No es que Jesús nos diga que no cumplamos con nuestros deberes familiares, o quiera hacernos la vida imposible. Pero seguir a Jesús es ponernos a caminar su mismo camino, seguir sus mismos pasos, pisar en sus mismas huellas.

Seguimos a Jesús no para buscarnos unos apoyos o refugios humanos, que es muy lícito que queramos tenerlos. ‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. No hubo sitio para él en la posada a la hora de su nacimiento e incluso a la hora de su muerte tendrá para él una sepultura prestada. Y ya lo vemos caminante por los caminos de Palestina anunciando el Reino de Dios.

Seguimos a Jesús con desprendimiento total, en pobreza de vida que nos lleve a una generosidad total porque ya no queremos pensar en nosotros mismos. ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos’. A nosotros nos toca despertar a la vida, llenar de vida.

Seguimos a Jesús desde una radicalidad del amor que quiere ir siempre repartiendo vida, venciendo todo lo que signifique muerte. ‘Tú vete a anunciar el Reino de Dios’.

Seguimos a Jesús mirando siempre adelante, no mirando hacia atrás añorando lo que antes éramos o teníamos. No nos valen los apegos, los sueños del pasado, las añoranzas de lo que eera nuestra vida. ‘El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios’.

Esto lo podemos contemplar en la radicalidad de quien ha consagrado su vida al Señor en la vida religiosa. Un día escucharon la voz del Señor, ‘sígueme’, y dejándolo todo se fueron con El. Es el testimonio de la radicalidad del evangelio hecho vida. Los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor son testigos en medio de la Iglesia y del mundo de que en verdad el evangelio es la luz y la sal de la vida que nos conduce a la más honda felicidad. Quienes así se consagran al Señor viven felices en su entrega, en su amor, en su servicio, en el sacrificio de su vida que lo convierten en ofrenda de amor al Señor para la gloria de Dios y para bien de nuestro mundo.

Pero no podemos pensar que este texto del evangelio que estamos meditando es válido solo para los que así radicalmente se consagran a Dios en la vida religiosa. Estas palabras de Jesús son para todos los que queremos seguirle porque siempre Dios tiene que ser el único centro de nuestra vida. Nuestro encuentro con el evangelio de Jesús nos llevará a que desde esa fe que ponemos en El todo en nuestra vida sea así siempre para la gloria de Dios. A todos nos pide Jesús esa generosidad en el amor, esa disponibilidad para el servicio, ese compromiso por el Reino de Dios que tenemos que ir viviendo en nuestra vida y plantando en nuestro mundo.

Somos sus discípulos que le seguimos, que seguimos su camino, que queremos copiar su vida en nosotros. El es nuestro Maestro y nuestro Señor, nuestra Salvación y nuestra Vida. Que la luz de la fe ilumine totalmente nuestra vida. Que el espíritu del evangelio impregne nuestra existencia.

martes, 27 de septiembre de 2011

Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén


Zac. 8, 20-23;

Sal. 86;

Lc. 9, 51-56

‘Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén…’ El que siendo Dios se abajó y descendió hasta nosotros inicia ahora su ascensión. ‘Se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo’. Por eso inicia su camino de subida a Jerusalén. No es sólo fisicamente el camino que llevaba desde Galilea hasta Jerusalén, que por eso los judíos para ir a Jerusalén siempre dirán que suben a Jerusalén, sea cual sea el camino, ya a través de Samaria, como será en este caso, o cuando van por el valle del Jordán, que desde Jericó iniciarán geográficamente esa subida a Jerusalén.

Pero no es solo el movimiento geográfico, que podríamos decir, sino que es algo más hondo. Porque es subida que también a nosotros nos pone en camino de Ascensión. Para eso ha venido, para levantarnos a nosotros, para subirnos con El.

Este movimiento de abajarse, de descender pero también de ascensión, de vuelta al Padre envuelve todo el evangelio de Lucas. Recordemos que así teminará el relato de su evangelio, con su asención al cielo. Pero ese movimiento de Ascensión pasa por la pasión y por la muerte. Ahora sube a Jerusalén consciente de que llega la hora de su vuelta al Padre pero en Jerusalén se ha de culminar su obra redentora para lo que ha descendido de los cielos hasta nosotros.

Pero ya, desde que inicia este camino de subida, podíamos decir que comienzan las señales de lo que va a ser su pasión redentora; comienzan los rechazos que tendrán su momento culminante en Jerusalén. Siempre estuvieron enfrente los fariseos y los letrados que no aceptaban lo que Jesús hacía o lo que enseñaba, pero en Jerusalén se va a manifestar más intensamente ese rechazo.

En este texto que hoy hemos escuchado aparece por una parte el rechazo de los habitantes de aquel pueblo de Samaría que no quisieron darle alojamiento porque eran judíos que iban a jerusalén. Bien conocido es el enfrentamiento entre judíos y samaritanos. Podríamos decir que esa negativa a dar alojamiento entraría en la normalidad de lo que eran las relaciones entre unos y otros.

Pero seguramente algo más fuerte dolería en el corazón de Jesús y es el que los propios discípulos todavia no terminaran de comprender su estilo y manera de hacer. ‘Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’ Por algo los llamaría los hijos del trueno. No terminaban aún de comprender el sentido del mesianismo de Jesús; serían los que pedirían los primeros puestos. Quizá también aquellos poderes que les había dando cuando los había enviado de dos en dos con poder para curar enfermedades o expulsar demonios se les habían subido a la cabeza.

No es ese el estilo de Jesús. ‘No sabéis de qué espiritu sois. El Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres sino a salvalos’. En Jesús todo es amor y búsqueda del pecador. Es el pastor que busca la oveja perdida. Es el padre bueno que espera la vuelta del hijo pródigo. Es el que siempre nos está buscando y ofreciendo su amor y su perdón. Para algo subía El a Jerusalén ahora sabiendo que allí iba a haber pasión y muerte, pero que realmente era vida y salvación.

Caminemos al paso de Jesús, subamos a Jerusalén y carguemos con El la cruz. Vayamos con Jesús y aprendamos de la ofrenda de su amor y de su entrega. Vayamos con Jesús y empapémonos de su amor, de su vida. Vayamos con Jesús y preocupémonos siempre de lo bueno, de hacer el bien, de ayudar al hermano, de saber valorar siempre lo bueno que hay en el otro por pequeño que nos parezca.

Jesús quiere que vayamos con El y emprendamos ese camino de Ascensión. No tengamos miedo a la pasión, a la cruz porque como El aprendamos a poner amor. No tengamos miedo a la pasión y a la cruz, porque sabemos que hay resurrección, que hay vida nueva, que podemos con Cristo ir también hasta el Padre.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Una palabra que nos educa en las actitudes fundamentales de servicio


Zac. 8, 1-8;

Sal. 101;

Lc. 9, 46-50

La Palabra de Dios que cada día vamos escuchando es el alimento fundamental y necesario para el camino de nuestra vida cristiana. Nos ayuda a ir penetrando más y más en el misterio de Dios que es un misterio de amor y nos ayuda a mirar nuestra vida de cada día con nuevos ojos, con la mirada de Dios para sentirnos así impulsados más y más a vivir la fidelidad total de nuestra fe que se tiene que traducir en nuestra vida cristiana.

Queremos y deseamos seguir a Jesús, vivir intensamente el amor de Dios, pero ya sabemos cómo nos confundimos en muchas ocasiones y nos sentimos tentados a tomar actitudes en nuestra vida que no siempre son concordes con el espíritu y el sentido del evangelio. Entonces, como nos enseña san Pablo en sus cartas, la Palabra es útil para enseñar y para corregir, para ir iluminando nuestra vida y para purificar muchas actitudes que se han de inspirar siempre en el evangelio de Jesús.

Triste sería que nos sintiéramos tan seguros y tan puros que ya nos dijéramos que no necesitamos de la Palabra del Señor, porque ese mismo sentimiento habría precisamente que corregirlo y mejorarlo porque denotaría una actitud orgullosa en nuestra vida. Por eso siempre nos ponemos con actitud humilde ante la Palabra, para ver qué es lo que me dice a mí, que es lo que el Señor pide de mi vida. No escuchamos la Palabra para decir bueno esto qué bien le vendría a aquella persona. Sería la actitud del fariseo que tanto condena Jesús en el evangelio.

Hoy Jesús responde a algo muy concreto que le está sucediendo a los discípulos. ‘Se pusieron a discutir quién era el más importante’. No nos extrañe porque esas ansias de grandeza las llevamos muy metidas en el corazón y fácilmente o sutilmente pueden salirnos a flote. Queremos ser los primeros, queremos que nos reconozcan que somos buenos y mejores que los demás, nos sentimos muchas veces perfectos.

‘Adivinando lo que pensaban, Jesús cogió a un niño y lo puso a su lado’. Hay un matiz bien significativo en cómo san Lucas nos narra este episodio y nos da el mensaje de Jesús. Mateo nos dice en el texto paralelo a éste que hay que hacerse niño, hacerse pequeño. Pero Lucas insiste de manera especial – aunque también Mateo lo hace – en que tenemos que ser capaces de servidores de ese niño. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado’.

Fijémonos en ese matiz, acoger al pequeño. Los pequeños pueden pasar desapercibidos a nuestro lado. Cuántos pequeños a nuestro lado que ni los miramos. Nos es más fácil fijarnos en las personas mayores o que consideramos más importantes por la circunstancia que sea y tendemos a honrar a los que aparecen poderosos o importantes ante nosotros.

Pero Jesús nos habla de acoger a un niño; y esto tiene su especial significado además expresado en aquella cultura y en aquel ambiente. El niño no era considerado en nada hasta que no llegara a una mayoría de edad. Es cierto que a partir de los doce o catorce años ya se les consideraba mayores, pero al pequeño no se le tenía en cuenta para nada. Por eso es bien significativo que Jesús tome a un niño pequeño, lo ponga en medio, y diga que hay que acoger a ese niño, hay que ser capaz de ser servidor de ese niño, de ese pequeño.

Y concluirá Jesús diciéndonos a quien tenemos que considerar más importante. No según esos criterios humanos a los que hacíamos antes mención, sino que nos dirá que el pequeño es el más importante. ‘El más pequeño de vosotros es el más importante’.

Esto se une perfectamente a lo que en otro momento nos dirá de hacernos los últimos y los servidores de todos. De ellos es el Reino de los cielo. Esa es nuestra verdadera grande, el ser servidor, el hacernos los últimos, aunque a los ojos del mundo parezca que los siervos nada valen, pero nuestra grandeza está en el servir.

Miremos nuestra vida de cada día, nuestras relaciones mutuas entre unos y otros. Miremos bien a quien tenemos que servir. Examinemos bien cuáles son las actitudes que hemos de tener para con los demás. No nos arrepintamos nunca de hacer el bien, de ser servidores de los demás, aunque no seamos correspondidos o no nos lo tengan en cuenta. A los ojos de Dios sí que somos grandes y seremos bendecidos con la gracia del Señor. Toda cosa buena que hagamos es valiosa ante los ojos de Dios. Toda cosa buena que se haga, sean quien sea el que la haga, es valiosa en sí misma y siempre hemos de saber valorarla y tenerla en cuenta.

domingo, 25 de septiembre de 2011

A pesar de nuestras incongruencias el Señor sigue confiando en nosotros



Ez. 18, 25-28;

Sal. 24;

Filp. 2, 1-11;

Mt. 21, 28-32

¿A cuál de estos dos hijos nos podremos parecer nosotros? Tenemos el peligro de andar en la vida muchas veces con incongruencias como las que nos refleja la parábola. Uno dijo sí al padre, pero no fue; mientras que el que dijo no, se arrepintió y fue a lo mandado por el padre.

Decimos, decimos, pero luego lo que hacemos va por otro lado; prometemos tantas cosas que luego no cumplimos… Sin embargo en la parábola también hay un mensaje de esperanza y de ánimo. Dios nos espera, confía en nosotros, nos sigue amando a pesar de las cosas negativas que podamos hacer y nuestro corazón puede cambiar. Es lo que espera el Señor de nosotros siempre.

El camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana se ve muchas veces lleno de piedras, por decirlo así, que nos hacen tropezar. En nuestra fe queremos dar respuesta al Señor, a su amor, a las llamadas que continuamente nos va haciendo y queremos vivir una vida de entrega y de amor, pero nos encontramos con dificultades y tentaciones que nos hacen tambalearnos.

Muchas veces no sabemos dar la respuesta adecuada, porque aunque de pronto nos entusiasmemos por lo bueno, luego somos inconstantes y olvidamos lo prometido, o nos vienen otras tentaciones que nos arrastran y nos alejan del camino que nos habíamos trazado en nuestro seguimiento del Señor.

Un día escuchamos con gran fervor la Palabra del Señor que nos llamaba o nos invitaba a un camino bueno, algo sucede a nuestro lado que es como un aldabonazo a nuestra vida, el testimonio bueno de personas entregadas a nuestro lado nos estimulan, pero como decíamos nos cansamos, somos inconstantes, hay cosas que nos distraen de ese camino bueno y aquellos propósitos se olvidan o se quedan en un segundo plano. Incongruencias de nuestra vida en que nos dejamos arrastrar fácilmente por cansancios o cantos de sirena que nos llaman la atención y nos distraen de aquello a lo que con tanto entusiasmo nos habíamos comprometido.

Podíamos recordar hechos del evangelio en que algunos se entusiasmaban por Jesús, pero pronto veían la dificultad, o las exigencias de entrega eran mayores de lo que ellos se planteaban y se alejaban pesarozos quizá del camino que quizá hubieran emprendido. Recordemos el joven rico, o recordemos aquellos que querían seguir a Jesús pero éste les decía que el Hijo del Hombre no tenía donde reclinar la cabeza, o que no se podía volver la vista atrás cuando se ponía la mano en el arado.

Algunas veces nuestra actitud puede ser negativa desde el principio. Desde la cerrazón del corazón, quizá desde una vida desordenada y llena de pecado del que nos cuesta arrancarnos, desde el orgullo que se nos mete en el corazón, o quizá también por el ambiente materilista, pagano o descristianizado que nos rodea, cerramos nuestros oídos, los oídos del alma a la llamada del Señor, y vivimos una vida al margen de Dios, casi en un ateismo práctico. A cuántos les sucede así.

Pero la llamada del Señor es constante. Dios nos busca y nos llama. Y un día aquel que vivía alejado de Dios, quizá sin fe o con una fe muy pobre, sintió en el corazón la llamada a algo distinto, la invitación a la conversión, un impulso que nosotros llamamos gracia que le hacía volverse a Dios. Cuántas historias así se podrían contar de conversiones al Señor. Tantos que hoy llamamos santos el comienzo de su camino de santidad fue por una gracia así especial del Señor que encontró un eco en su corazón y cambiaron totalmente su vida.

Siempre hablamos de san Agustín que vivió una juventud alejada de Dios, a pesar de las lágrimas y súplicas de su santa Madre, y un día escuchó en su corazón la llamada del Señor. San Ignacio de Loyola dedicado a las armas y las guerras en su vida militar, pero que restableciéndose de sus heridas le gustaba leer y cuando no encontraba los libros de caballerías que eran su afición se encontró con unas vidas de santos, que movieron su corazón para convertirse al Señor.

Y así tantos y tantos, no sólo de personas a las que se les haya reconocido su santidad y proclamado santos, sino tantas personas anónimas que un día oyeron esa llamada del Señor que llegaba a ellos por distintos caminos y comenzaron una vida distinta, una vida de fe y de santidad. Un joven que cambió su vida de la noche a la mañana y sintió en su corazón la vocación a la vida sacerdotal o religiosa; alguna persona quizá no tan joven que vivía al margen de la Iglesia, pero que un día por el testimonio de alguien sintió el impulso de entregarse para servir a los demás de una forma comprometida.

Al principio decíamos que en la parábola encontrábamos un mensaje de esperanza y de ánimo. Es el saber que Dios siempre nos espera, sigue contando con nosotros a pesar de nuestras inconstancias y debilidades. El Señor con su gracia nos llama de mil maneras y nos invita una y otra vez a que vayamos a El, porque siempre en El vamos a encontrar amor, gracia, perdón, paz.

A pesar de nuestras respuestas negativas, o del abandono de lo prometido que tantas veces hacemos el Señor sigue amándonos y lo que espera es nuestra vuelta. La mirada del Señor no es recriminatoria sino siempre es una mirada que nos llena de paz y de confianza, porque es una mirada de amor. ¿No miró con amor a Pedro que lo había negado, a pesar de que Jesús le había anunciado lo que le iba a pasa y de las protestas primeras de Pedro de que El siempre estaría dispuesto hasta a morir por El? La mirada de amor de Jesús tras el momento de la negación fue una mirada para el arrepentimiento y bien lloró Pedro su pecado.

Pero Jesús seguía confiando en el amor de Pedro, por eso se lo hace repetir y prometer hasta tres veces allá junto al mar de Galilea. ‘¿Me amas, Pedro? ¿me amas más que estos?’ Es la pregunta que nos sigue haciendo Jesús a nosotros porque sigue confiando en nosotros, que como aquel hijo que primero había dicho no, luego nos arrepintamos y vayamos a hacer cuánto nos pide el Señor.

Cada vez que nos reunimos para la celebración de la Eucaristía la liturgia de la Iglesia nos recuerda nuestra condición de pecadores, pero de pecadores que sabemos acudir con humildad y con amor al Señor para pedirle perdón. Iniciamos la Eucaristía reconociendonos pecadores, confesando nuestro pecado, pero confesando la confianza grande que tenemos en la misericordia del Señor.

‘Señor, ten piedad’, le decimos y no solo en estas aclamaciones del principio, sino que a través de la celebración en distintos momentos lo vamos a repetir. ‘Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, en piedad de nosotros… atiende nuestra súplica…’ Venimos a celebrar al que se entregó por nosotros, derramó su Sangre para el perdón de los pecados. Y confiamos que a pesar de que somos pecadores, no somos dignos de acercarnos a El para comerle en la Eucaristía, una sola palabra suya puede salvarnos, puede sanarnos.

Vayamos con confianza hasta el Señor, dispongamonos a enmendar de verdad nuestra vida y a hacer cuanto nos pide el Señor y tengamos en nosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. Cuánto tenemos que hacer y cuánto podemos hacer dejándonos conducir por el Señor, a pesar de nuestra debilidad; copiando en nosotros esos sentimientos de Jesús. Y el mundo necesita este mensaje de paz, de perdón, de amor. Es el mensaje importante que tenemos que saber llevar a los demás frente a tanto resentimiento, a tanto odio, a tanta malquerencia que muchas veces contemplamos a nuestro alrededor donde la gente no se sabe perdonar y no se sabe, en consecuencia, encontrar la paz.

Es el evangelio de paz, de amor, de compasión y de perdón que tenemos que llevar a nuestro mundo, si también nosotros somos capaces de mostrarnos con entrañas compasivas para los que están a nuestro lado. ¡Qué ejemplo de humildad nos da el Señor, como nos refleja la carta a los Filipeses! Es la humildad, el amor, la compasión, la misericordia con que nosotros hemos de presentarnos también a los demás.