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martes, 4 de octubre de 2011

¡Qué dicha la de aquel hogar de Betania!


Jonás, 3, 1-10;

Sal. 129;

Lc. 10, 38-42

¡Qué dicha la de aquel hogar de Betania! Seguro que todos desearíamos tener esa dicha, recibir a Jesús en nuestra casa, como lo hicieron aquellos tres hermanos Marta, María, Lázaro, como lo hizo aquella familia de Betania.

‘Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María…’ Eran las leyes sagradas de la hospitalidad que un oriental las respeta con sumo cuidado. Una hospitalidad que no solo es abrirle las puertas de la casa sino mucho más. De la hospitalidad y del conocimiento mutuo va surgiendo la hermosa planta de la amistad que tan dulces y bellas flores suele producir. Cuánto se intercambia; cuánto se recibe mutuamente; cuánta riqueza para la vida nace de una amistad verdadera. Es un aprender a caminar juntos, a compartir, a estar con todo lo que puede encerrar esta palabra.

Lucas no nos habla de Lázaro. Será en el evangelio de san Juan el que nos hable de Lázaro cuando enferma y su muerte. Precisamente el aviso que mandará Marta a Jesús es decirle que su amigo está enfermo. Pero ya conocemos todo lo que el evangelista Juan nos cuenta de lo acontecido entonces.

Hoy vemos a mata afanada en atender al Maestro en nombre de esa hospitalidad que nace del amor del corazón. María escucha a los pies de Jesús. Es también hospitalidad. Aunque en este pasaje surja un poco la queja de Marta porque María se ha desentendido de los quehaceres de la casa para sólo escuchar a Jesús. Jesús dirá que esto es parte importante y principal. Es forma de manifestar el amor el querer beberse sus palabras. No queremos contraponer, queremos más bien conjuntar el actuar de las dos hermanas en el momento de recibir y acoger a Jesús.

Comenzábamos diciendo qué dicha la de aquel hogar que pudo acoger a Jesús y cómo nosotros desearíamos hacer lo mismo. Podemos hacerlo. Tenemos que hacerlo. ‘¿Quién puede hospedarse en tu tienda?’ Se pregunta el salmista y nos recuerda una serie de valores y de virtudes de los que hemos de llenar nuestro corazón para tener la dicha de hospedarnos en la tienda del Señor. Honradez y rectitud, espíritu de justicia y de verdad, amor y pureza de corazón, podríamos recordar algunas que nos dice el salmo.

Pero es que queremos que el Señor venga a hospedarse en nuestra tienda, venga a habitar en nosotros. ‘El que me ama y guarda mis mandamientos, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’, nos dirá Jesús en otro momento del evangelio. Pero nos está diciendo lo que tenemos que hacer para que lleguemos a ser esa morada de Dios. Busquemos a Jesús y queramos escucharle de verdad; busquemos a Jesús y queramos conocerle hondamente; busquemos a Jesús y queramos en verdad ponernos en camino detrás suyo para que así no perdamos nada de su vida, de sus palabras, de todo lo que es su amor.

Si decíamos antes que en la hospitalidad abrimos el corazón al que llega a nosotros y que hará posible un conocimiento grande del que surja la planta de la amistad con todas las bellas flores del amor, eso es lo que tenemos que hacer con Jesús. Que el conocimiento más hondo que cada día tengamos de Jesús nos haga entrar en esa hermosa órbita de la amistad y del amor y así logremos que Cristo venga a habitar en nuestro corazón. Cuando le amamos y le seguimos nos sentiremos cada vez más impulsados a una vida de rectitud, de responsabilidad, de justicia, de verdad, de sinceridad, de amor, en una palabra, de santidad.

En el plan pastoral que se nos propone en nuestra diócesis en estos momentos con el objetivo de hacer una iglesia diocesana de discípulos y de misioneros precisamente a lo que se nos impulsa a que seamos verdaderos discípulos de Jesús y para ello necesitamos de ese encuentro vivo con Jesús y del seguimiento de su persona. Conocer, creer, amar y seguir a Jesús, es ser su discípulo, se nos dice. Y para conocer a Jesús es necesario caminar juntamente con El, tener sus mismos sentimientos, llegar a ese encuentro con El desde la escucha y desde la oración, que nos llevará a la práctica de hacer lo que El nos dice.

Que ese sea nuestro gran deseo. Que esa sea nuestra gran tarea de cada día para conocer, amar y vivir cada día más a Jesús.

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