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sábado, 12 de junio de 2010

Pongámonos junto al Corazón Inmaculado de María y contemplemos cuánto guarda en su corazón


Is. 61, 9-11;
Sal: 1Sam. 2;
Lc. 2, 41-51

Cuando entramos en la casa o en el hogar de alguien estamos entrando en gran parte en la intimidad de su vida. Cuantos recuerdos o retazos de la vida se encuentran por todas partes: fotografías, objetos de adorno, rincones especiales, determinados objetos pueden traer a la memoria momentos felices o dolorosos de la vida, pero que la mayor parte de las veces quedan guardados en lo secreto del corazón salvo que aquella persona quiera compartirlo con nosotros.
Hoy queremos pedirle permiso a María para entrar en el hogar de su corazón. Casi no haría falta porque ella como buena madre siempre tiene abierto su corazón para sus hijos. En este día en que hacemos memoria y fiesta celebrando litúrgicamente el Corazón inmaculado de María, tras la celebración en el día de ayer del Sagrado Corazón de Jesús.
Muchas cosas, muchas vivencias quedan guardadas en el corazón de María. Ya el evangelista nos ha dicho que ante todo aquello que estaba sucediendo ‘María conservaba todas estas cosas en su corazón’. Por eso con mucha delicadeza pero con los ojos de nuestro corazón bien abierto queremos acercarnos a su corazón Inmaculado, a su corazón de Madre, porque son tantas cosas las que ella nos puede enseñar.
Lo contemplamos, sí, inmaculado como es el título de esta fiesta, porque ella es la Inmaculada, la Purísima, la sin pecado, la que fue preservada de todo pecado, incluso del pecado original en virtud de los méritos de su Hijo. Pero aunque Dios le diera ese don de ser preservada del pecado, con cuanto mimo y con cuanto amor supo María conservar esa pureza, esa santidad en su vida.
Ella es la Madre de la fe, la mujer que abrió su vida a Dios, porque en el confiaba y por ella recibió ese especial amor del Señor que la eligió, la escogió bendita entre todas las mujeres para ser la Madre del Señor, la Madre de Jesús, verdadera Madre de Dios.
Es la fe con la que ella sabía descubrir la acción de Dios en su vida, la que reconoció la embajada angélica como la voz de Dios que llegaba a su corazón anunciándole cosas grandes. Es la fe con la que se dejó hacer y conducir por el Espíritu divino y que la llenó y la inundó de amor.
Es la fe con la que ella contemplaba todos aquellos acontecimientos que se iban sucediendo y que ella ha guardado en su corazón como quien guarda los recuerdos, los regalos o las fotografías más hermosas de los acontecimientos de su vida: la embajada angélica, la visita a su prima Isabel, las dudas en silencio de José, el nacimiento de Jesús en Belén con la presencia de los ángeles y los pastores, más tarde de los magos venidos de Oriente, su exilio a Egipto y su vuelta a Nazaret, el niño perdido en el templo o el crecimiento silencio de aquel niño que era su hijo pero que era el Hijo de Dios. Todo lo iba guardando en su corazón, en todo veía ella el actuar de Dios.
Es la fe de María que se hace compromiso de amor para ir hasta la montaña a servir a su prima Isabel, o para estar con los ojos atentos ante cualquier problema o necesidad como en las bodas de Caná.
Allí guardado en su corazón está la presentación del Niño Jesús en el templo donde comienza la ofrenda y donde comienza el sacrificio; allí le anunció el anciano Simeón lo de la espada que le atravesaría el alma y por eso ella estaba preparada – bien conocía también lo anunciado por los profetas – para el momento del sacrificio de su Hijo en su pasión y en su muerte en la Cruz. De ella aprendemos a hacer ofrenda de nuestra vida, a sacrificar nuestro corazón y nuestro yo, a unirnos también nosotros a la pasión y a la cruz; a esperar con la esperanza de la madre la alegría de la resurrección anunciada para que se consumara la Pascua.
Allí guardado en su corazón están los primeros pasos de la Iglesia naciente, la oración con los discípulos en el cenáculo y la venida del Espíritu Santo que diera comienzo a la acción de la Iglesia. Y ahí se continuaría en una lista sin fin esa presencia de María, todo lo que ella tiene guardado en su corazón, junto a los hijos que Jesús le diera al pie de la Cruz.
Quedémonos ahí en silencio y contemplando nosotros también transidos de amor como María cuánto guarda en su corazón. Que en ese contemplación crezca y madure nuestra fe; que aprendamos de ella a amar con el amor que Jesús nos prescribió, de ella la que supo darse también y olvidarse de sí mismo. Quedémonos ahí junto a su corazón y elevemos nuestra plegaria, con ella demos gloria y alabanza al Señor, y a ella pidámosle que sea nuestra madre intercesora para nuestras necesidades, para las necesidades de nuestros hermanos, para las necesidades de la Iglesia y del mundo. Dejemos que María nos guarde también en su corazón, pero ensanchemos el nuestro para tener por siempre a María con nosotros.

viernes, 11 de junio de 2010

Proyecto de amor eterno en el corazón del Señor


Ez. 34, 11-16;
Sal. 22;
Rm. 5, 5-11
Lc. 15, 3-7

‘Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre’. Con estas palabras tomadas del salmo 32 iniciaba la liturgia de este día la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Como decíamos en la oración ‘al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros…’
Todo nos habla en este día del amor del Señor. ‘Los proyectos del corazón del Señor’ que son siempre proyecto de amor para nosotros, amor eterno de Dios. La imagen del Corazón eso quiere expresar, porque incluso en nuestro lenguaje relacional hablar del corazón es hablar de la amistad, del cariño, del amor que sentimos hacia aquellos que están cerca de nosotros. De ahí esta devoción tan hermosa que nos quiere hacer profundizar en el amor de Dios.
Para hablarnos de todo lo que significa Jesús para nosotros con el lenguaje de la Biblia empleamos diversas imágenes, porque es tanto lo que El es para nosotros que nos es imposible algunas veces expresarlo con nuestras palabras o reducirlo a unas ideas. Hoy en la liturgia la imagen que se nos presenta es la del Buen Pastor.
Tanto ese hermoso texto del profeta Ezequiel que nos habla del pastor que sigue el rastro de su rebaño, que lo busca y que lo alimenta, que lo libra de todos los peligros y lo conduce por buenos caminos, como luego la parábola del evangelio que en cierto modo viene a abundar en lo que ya nos decía también el profeta. ‘Buscaré las ovejas perdidas , recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas… las apacentaré como es debido’. Qué más se nos podría decir.
Nos habla el evangelio de la alegría del pastor que encuentra a la oveja perdida y hace fiesta. ‘Felicitadme, he encontrado la oveja que se me había perdido’. Había dejado las noventa y nueve bien guardadas en el redil para ir a buscar la oveja perdida. Cuánto es el amor que Dios nos tiene. Cómo nos busca y nos llama.
Ha ofrecido su vida por amor a nosotros, se ha entregado en la entrega más sublime en el sacrificio de la cruz. Porque quiere que tengamos vida y que la tengamos en abundancia. Como no decía Pablo en la carta a los Romanos ‘la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros…’ Así ha derramado su amor por nosotros. Nos da su Espíritu para llenarnos de su amor pero para que también nosotros amemos con el mismo amor.
¡Cuál ha de ser nuestra respuesta? Amar con el mismo amor. Pero para ello hemos de ir a beber a la fuente de su vida divina. Pedíamos ‘recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia’. Y en el prefacio vamos a proclamar y dar gracias a Dios porque ‘con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al Corazón abierto del Salvador todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación’.
Vayamos, pues, a la fuente de la vida divina, a la fuente de la gracia, al corazón de Cristo de donde brotan los sacramentos que nos llenan de vida y de gracia. Vayamos hasta Cristo para empaparnos de su amor. Vayamos hasta Cristo para unirnos tanto a El que con El nos hagamos uno, nos configuremos con Cristo. Vayamos hasta Cristo para alimentarnos de su amor, pero para salir de El cada vez más fortalecidos, pero también más convencidos de que podemos, de que tenemos que llevar ese amor a los demás. Es el amor el que nos salva; es el amor de Cristo el que salvará al mundo. Somos testigos pero también tenemos que ser operarios que siembren ese amor en los demás.
Y en este día de clausura del Año Sacerdotal una palabra breve para exhortaros a que no os olvidéis nunca de vuestros pastores, los sacerdotes, en vuestras oraciones. Así como durante todo este año hemos ido elevando una y otra vez nuestra oración por los sacerdotes, porque se acabe el año sacerdotal no significa que tenga que dar por concluida ya esa oración por los sacerdotes. No olvidéis que igual que la iglesia, el pueblo cristiano necesita de sus sacerdotes, los sacerdotes necesitan también del apoyo, del aprecio, de la oración del pueblo cristiano, para que así no nos falte nunca la gracia del Señor para el cumplimiento de nuestra misión, para el crecimiento en esa santidad que en todos tiene que brillar.

jueves, 10 de junio de 2010

La delicadeza del amor que vive el discípulo de Jesús

1Rey. 18, 41-46;
Sal. 64;
Mt. 5, 20-26

Tenemos problemas como cualquier hijo de vecino, como se suele decir, en la convivencia de cada día con los demás o en cualquier otro aspecto de la vida. Pero el discípulo de Jesús no se enfrenta a los problemas ni busca solución simplemente como hace cualquier hijo de vecino. Es que yo soy como todos, nos es fácil decir. Pero para un cristiano no tendría que ser así. Es que todo el mundo lo hace así, pero es que yo que soy discípulo de Jesús no hago simplemente lo que hace todo el mundo, sino que mi criterio y la norma o el sentido de mi actuar lo tengo en Jesús.
Hoy Jesús nos ha dicho: ‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’. Para nosotros está siempre la exigencia que tenemos que ser mejores. Y mejores no es que estemos por encima de nadie, sino que no podemos contentarnos con la media. Contentarnos con la media, yo diría que es quedarnos en una nota baja. Nuestra medida tiene que ser mayor. Nuestra exigencia tiene que ser distinta. El listón que nos pone Jesús siempre más alto, más arriba, más allá. En algo hemos de distinguirnos los que en verdad seguimos a Jesús.
La antífona del aleluya al evangelio nos ha recordado el mandamiento de Jesús. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’. Y es que hoy el evangelio nos habla de la delicadeza y de la exquisitez en que hemos de vivir nuestro amor. Ya escuchamos con demasiada frecuencia la clásica frase o justificación de muchos: ‘yo no mato ni robo, yo no tengo pecados’. Pues bien, si escucháramos el evangelio de hoy con toda atención nos damos cuenta de lo cortos que nos quedamos con frases así.
Jesús contrapone lo que la gente suele decir, la actitud mínima que quizá podría exigir el antiguo Testamento, aunque si lo leemos con atención vemos es una interpretación muy corta de lo que se dice en los libros de la Ley, porque allí se nos dan muchos detalles de hasta donde tiene que llegar el amor de un buen creyente judío. ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano, será procesado…’ Y después de ponernos esa exigencia de armonía y de paz que tiene que haber entre los hermanos, nos hablará de la delicadeza en nuestro trato y en nuestras palabras hacia el otro, de la búsqueda de reconciliación, del diálogo que tiene que conducir siempre a la paz.
Jesús es muy concreto y está tocando esas cosas que nos pueden suceder todos los días en nuestra convivencia y trato con los demás. Nunca palabras fuertes ni hirientes. De cuánta violencia llenamos muchas veces nuestras palabras y nuestras conversaciones. Que lenguaje más fuerte e hiriente se utiliza muchas veces en el trato con los demás. Busquemos siempre la palabra buena y el corazón generoso, la palabra amable y agradable al oído y al corazón del hermano.
Nada que pueda romper la comunión entre nosotros y hacernos estar distantes, si es que queremos vivir de verdad en comunión con el Señor, Es claro lo que nos dice Jesús. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, de acuerdas de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.
Una reconciliación que nos lleve siempre a buscar y a ofrecer generosamente comprensión y perdón; que busque todo aquello que nos pueda servir para el encuentro y para la comunión; a tender puentes que nos acerquen y busquen la armonía del corazón. Nunca volver la espalda al otro porque sea distinto o no piensa igual, nunca crear distancias porque haya cosas en las que no coincidimos, porque siempre hay un punto de encuentro.
Son las delicadezas del amor. Es el estilo nuevo que nos enseña Jesús. Es en lo que en verdad tenemos que distinguirnos sus discípulos. Es ese listón alto que nos pone Jesús, pero en donde nos acompaña con la fuerza de su Espíritu.

miércoles, 9 de junio de 2010

¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!

1Rey. 18, 20-39; Sal. 15; Mt. 5, 17-19

‘Respóndeme, Señor, respóndeme, para que sepa esta gente que Tú, Señor, eres el Dios verdadero, y que eres Tú quien les cambiará el corazón…’ Era la súplica, la oración de Elías al Señor confiando que se manifestaría la gloria del Señor y todos volverían a la fe verdadera. ‘¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!’, exclamaron todos cuando se manifestó la gloria del Señor, como hemos escuchado.
Cuando los israelitas se establecieron en la tierra de Palestina se encontraron en medio de otros pueblos que ya la habitaban pero que eran un mundo pagano que tenían sus propios dioses, en este caso, los baales. A pesar de que sus padres habían experimentado la presencia Dios en medio de ellos, que los había sacado de Egipto, atravesar el mar Rojo y cruzar el desierto para darles esta tierra, sin embargo se veían tentados de abandonar al verdadero Dios y rendir culto a los baales.
Pero Dios hacía surgir profetas como Elías que les trasmitían la Palabra de Dios y luchaban por mantenerlos en la fidelidad a la Alianza y en el culto al verdadero Dios. Es la lucha que contemplamos en el libro de los Reyes y que es lo que venimos escuchando en estos días. ahora el pueblo que había caminado confundido reconoce las maravillas del Señor. ‘¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!’
Una lección para nosotros. No podemos apartar nuestro corazón de Dios que es nuestro Padre y que de tantas maneras nos ha mostrado su amor, que nos ha enviado a Jesús como nuestra vida y salvación. Pero aunque nos decimos que creemos en un solo Dios, también nosotros podemos sentir la tentación del abandono de Dios. podemos querer hacernos un Dios a nuestra medida, o podemos apegar nuestro corazón a muchas cosas que convertimos en dioses de nuestra vida.
No querremos llamarnos idólatras pero sí nos creamos nuestros dioses en tantas dependencias que tenemos de cosas en la vida, materialismos y sensualidades, rutinas y comodidades, relativismos y frialdades espirituales que se nos meten muy dentro de nosotros, sin las cuales pareciera que no nos podemos pasar y nos pueden llevar al abandono de Dios, al abandono de nuestra fe con todas sus consecuencias. Y así pronto también nosotros podemos olvidar lo que es el verdadero mandamiento del Señor.
Por eso el cristiano siempre tiene que estar vigilante para mantener íntegra su fe. El cristiano ha de estar atento para no dejarse arrastrar por tantos relativismos morales que nos van a llevar por un camino de perdición. Qué fácil es comenzar a darle poca importancia a las cosas que verdaderamente lo tienen, y al final nos queremos hacer unos mandamientos a nuestra medida olvidando lo que es la verdadera voluntad del Señor.
Jesús hoy en el evangelio también nos previene ante esa tentación de que con El vamos a olvidar la ley del Señor. ‘No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’. Que sepamos encontrar esa plenitud que nos quiere dar Jesús, buscando siempre lo que es la verdadera voluntad del Señor. Que no caigamos en la tentación de lo cómodo o de lo fácil, que no rehuyamos el sacrificio y el espíritu de superación en nuestra vida. Que busquemos siempre esa meta alta de santidad que Jesús nos propone como seguiremos escuchando en los próximos días en el Sermón del Monte.
Busquemos esa plenitud que nos lleva a la santidad. Que nos dejemos cambiar el corazón por la fuerza del Espíritu del Señor.

martes, 8 de junio de 2010

No podemos dejar de ofrecer la sal de Jesús a nuestro mundo

1Rey. 17, 7-16;
Sal. 4;
Mt. 5, 13-16

La sal nunca la niega un buen vecino. Entre las cosas que se comparten entre buenos vecinos existe la bonita costumbre de que nunca se le niega la sal a nadie. Todos habremos oído hablar cómo en algunas culturas una señal de acogida y hospitalidad a quien viene a tu pueblo o entra en tu casa, además de ofrecer agua y pan también se le ofrece sal como señal de amistad y de hospitalidad. Y no nos vamos a entretener ahora en subrayar las cualidades de la sal.
Hoy Jesús nos dice en el Evangelio que tenemos que ser la sal de la tierra y que no podemos permitir que la sal se vuelva sosa porque no serviría para nada. ¿Qué querrá decirnos Jesús? En el relato de Mateo estas palabras de Jesús están inmediatamente después de que nos propusiera las Bienaventuranzas. Y decíamos que con ellas nos está manifestando ese nuevo sentido de vivir de quienes creemos en el Evangelio y queremos vivir el Reino de Dios anunciado por Jesús. Nos sentimos dichosos y alegres por la fe que tenemos en Jesús y comprometidos a vivir el Reino de Dios que se va a manifestar en ese nuevo estilo de vida que nos enseña el Evangelio.
Si hemos impregnado nuestra vida de ese nuevo estilo, de ese Reino de Dios necesariamente no nos lo podemos quedar sólo para nosotros. Ese nuevo sabor de la vida que nos da nuestra fe en Jesus tenemos que trasmitirlo a los demás, con él debemos impregnar nuestro mundo, nuestra sociedad. ‘Vosotros sois la sal de la tierra’, nos dice Jesús. Si queremos que todos conozcan y vivan ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia y quiere instaurar en nuestro mundo, tenemos que ser esa sal y esa luz con nuestra propia vida que contagie a los demás de esos nuevos valores del Evangelio.
¿Qué cosa mejor podemos ofrecer a los demás que esa fe que nosotros vivimos, esa salvación que hemos recibido, ese mensaje del Evangelio que se nos ha anunciado? Será, pues, nuestra vida esa sal que dé sabor a nuestro mundo; que no será nuestro sabor sino el sabor y el sentido de Cristo.
Y los mismo que nos dice Jesús de la sal nos lo dice también de la luz. Bellas imágenes que nos propone Jesús para explicarnos lo que tiene que ser nuestra vida para los demás una vez que le hayamos conocido a El. ‘Vosotros sois la luz del mundo’. Y la luz no se oculta, la luz tiene que alumbrar. Con la luz tienen que desaparecer las tinieblas. La luz tiene que estar colocada en el lugar oportuno para que pueda iluminar a todos. Y eso es una exigencia muy grande para nuestra vida a partir de nuestra fe. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’.
Es ese nuevo estilo de vivir que hemos de tener quienes creemos en Jesús; es ese amor que tenemos que poner en nuestra vida; es ese testimonio que hemos de dar con nuestras obras y también con nuestra palabra valiente; es ese ejemplo que tiene que ser nuestra vida para los demás; es ese esfuerzo de superación y de crecimiento espiritual que hemos de tener cada día de nuestra vida; es esa lucha contra la tentación y el mal en la que tenemos que estar empeñados siempre; es ese espíritu de oración que tiene que haber en nuestra vida; es ese dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos conducirá siempre a las obras buenas.
No podemos negarnos a ofrecerle nuestra sal al mundo que nos rodea. ¡Qué hermoso sería que así lo hiciéramos siempre porque ofrezcamos ese don de la fe con valentía a todos.

lunes, 7 de junio de 2010

Y de ellos es el Reino de los cielos

1Rey. 17, 1-6;
Sal. 120;
Mt. 5, 1-12

El primer anuncio de Jesús al comenzar a predicar por Galilea era la invitación a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Ese anuncio del Reino de Dios, el explicarnos cómo era ese Reinado de Dios y cómo habíamos de pertenecer a él fue la constante de su predicación con las parábolas y con los signos que realizaba.
Hoy hemos comenzado a escuchar el llamado Sermón del Monte, discurso que resumen en cierto modo el mensaje del Reino y que comienza con la proclamación de las Bienaventuranzas. Viene a decir quienes van a pertenecer a ese Reino de los cielos, y podíamos decir que están como enmarcada en aquellas en las que nos dice ‘y de ellos es el Reino de los cielos’.
Podemos seguir recordando otros texto del evangelio, como fue la proclamación del texto de Isaías en la Sinagoga de Nazaret que nos narra san Lucas. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar el evangelio a los pobres – evangelizar a los pobres -…’ Hoy comenzará diciéndonos precisamente en la primera de las bienaventuranzas ‘dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’.
Los pobres que son evangelizados; los pobres que poseerán el Reino de los cielos. Es muy significativo. Para ellos es la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios. ¿Para quienes mejor esa Buena Noticia que para aquellos que sufrían en su pobreza? ¿Pero no nos estará diciendo a nosotros que otro ha de ser nuestro estilo de vida para en verdad poder escuchar esa Buena Noticia? No serán los sabios y los entendidos, no serán los que se sientan llenos y satisfechos de sí mismos, no serán los que vivan la vida despreocupadamente pensando sólo en sí mismos y en sus satisfacciones personales, los que puedan escuchar y entender esa Buena Noticia, ese Evangelio del Reino de Dios.
Por eso en las bienaventuranzas nos hablará de los pobres y los que sufren, los que lloran y los que tienen deseos hondos, hambre profunda de cosas mejores, de un mundo mejor, los que tienen un corazón desapegado porque es puro y es limpio, los que en su compasión con los demás son capaces de cargar con el sufrimiento de los otros haciéndolo propio, los que viven comprometidos por hacer un mundo mejor y en paz y sufren en inquietud interior por ello, los que en verdad van a ser dichosos y felices con la llegada del Reino de Dios. No importará que sean incomprendidos o perseguidos; es más eso será motivo de gozo y alegría, porque por una parte eso sufrieron los profetas por el anuncio fiel de la Palabra de Dios, y por otra la recompensa que esperamos bien merece la pena porque será una dicha eterna.
Quienes siguen ese camino estarán ya viviendo el Reino de Dios, sentirán el consuelo y la misericordia de Dios, podrán conocer y contemplar a Dios, podrán llamarse y sentirse en verdad hijos de Dios. Entendamos y asumamos este mensaje que nos da Jesús. Hagámonos pobres, pequeños sin temer ser los últimos porque podremos llegar a ser los primeros en el Reino de Dios. Claro que para ello tendremos que cambiar el corazón, darle una vuelta grande a los planteamientos que nos hacemos en la vida y a nuestro estilo de vivir. Pero el Evangelio, esa Buena Noticia tiene que significar mucho para nosotros.
En la primera lectura hemos escuchado el inicio de unas lecturas que vamos a escuchar sobre el profeta Elías. El que también sufrió por ser fiel a Dios. Pero el que es el paradigma de los profetas por esa vida de fidelidad, por ese anuncio valiente, por ese trasmitirnos la verdad de Dios. Ya seguiremos reflexionando sobre este profeta.

domingo, 6 de junio de 2010

En la noche que iba a ser entregado… haced esto en memoria mía


Gen. 14, 18-20;
Sal. 109;
1Cor. 11, 23-26;
Lc. 9, 11-17


Hoy en todos los rincones del mundo los cristianos nos sentimos convocados de manera especial y nos reunimos en torno al Altar para celebrar esta fiesta grande y hermosa de la Eucaristía. Siempre la Eucaristía es fiesta para el cristiano pero hoy queremos hacerla más fiesta.
Unos con mayor solemnidad sacando a flote hermosas costumbres y tradiciones – como muestra nuestro pueblo que adornamos nuestras calles y plazas con alfombras de flores o de tierras de colores, o con colgaduras y arcos del más variado arte y hermosura; otros con mayor sencillez pero con no menos amor, todos queremos hacer fiesta y ofrecer lo mejor de nosotros mismos a quien por nosotros se ofreció y se hizo pan para que le comiéramos en la Eucaristía y así llenarnos de su vida.
Vamos a tratar de detenernos un poco para reflexionar en lo que celebramos en este día, aunque tenemos que decir como cada día cuando celebramos la Eucaristía, para hoy y siempre darle toda la hondura y toda la fuerza de nuestra vida a nuestra celebración de la Eucaristía.
‘Sacramento admirable’, que decimos en la liturgia, en que Cristo se nos da en su Cuerpo entregado y en su Sangre derramada; sacramento de amor en que se nos está manifestando esa locura de amor de Cristo por nosotros que quiere que tengamos su vida y para eso se hace comida y se hace bebida, para ser el alimento de nuestra vida, la vida de nuestra vida.
Pero fijémonos un poco en el marco en que Pablo – lo hacen también los evangelios – nos sitúa la Institución de la Eucaristía y que nos tendrá también que marcar o enmarcar la forma en que nosotros la celebremos y la vivamos. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo…’ nos dice. Cuando iba a comenzar su pasión, su entrega de amor en el amor más sublime de quien da la vida por aquellos a los que ama. Es el marco de la Pascua. Por eso, en este relato que nos trae la tradición más antigua de la Institución de la Eucaristía, Pablo terminará diciéndonos que ‘cada vez coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’.
La Eucaristía no es algo ajeno ni al margen de la Pascua, de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Es más, cada vez que estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando la Pascua, es Pascua viva y actual para nosotros. Actualizamos el sacrificio de Cristo. ‘Anunciamnos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús’, que decimos habitualmente como una proclamación de fe en cada Eucaristía. ‘Este es el Sacramento de nuestra fe, este es e Misterio de la fe’, nos dice el Sacerdote.
Ese pan que comemos, ese cáliz que levantamos, no son para nosotros un simple pan o simple vino lo contenido en la copa. Es cuerpo entregado, es Sangre derramada, es amor que nos inunda, ese pan será pan partido y compartido, como Cristo se parte y se consume por nosotros en el amor de nuestros amores.
Por eso la Eucaristía no es algo que nos recuerde, no es una simple memoria o recuerdo que hacemos, sino que la llamamos memorial, porque es Cristo mismo presente entre nosotros; es el sacrificio de la Pascua que se hace presente en medio de nosotros y, más aún, en nosotros mismos. Memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Memorial del sacrificio de la cruz pero que estamos ahora ofreciendo de una forma viva sobre nuestro altar.
Ya decíamos que fue en el marco de su entrega y su pasión donde nos deja la Eucaristía, pero en ese contexto queremos entender también las palabras que Jesús nos dice para que sigamos haciendo Eucaristía, para que también nosotros nos hagamos Eucaristía. ‘Haced esto en memoria mía’, nos dice dos veces. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi Sangre. Haced esto cada vez que lo bebáis en memoria mía’.
¿Qué es lo que tenemos que hacer? ¿Qué nos está queriendo decir? Hacer lo mismo, repetir sus gestos y palabras sobre el pan y sobre el vino, pero no simplemente de una forma ritual. Lo haremos también porque nuestra celebración es rito y es liturgia.
Pero es algo más. Quiere decirnos algo más. Tenemos que ser Cuerpo que se entrega, Sangre que se derrama, como Cristo en su pasión, como Cristo en la Pascua de su Alianza nueva y eterna. Como el pan que se partió, se compartió y se repartió allá en el desierto cuando la multiplicación de los panes, que hoy hemos escuchado en el relato del Evangelio. Aquello fue signo y tipo de lo que Cristo quería hacer con su vida en la Pasión y que ya nos dejó para que lo viviéramos para siempre en la Última Cena.
Cristo se hace Eucaristía para que nosotros también nos hagamos Eucaristía. ¿Cómo? Fijémonos en lo que hizo Jesús. Allí estaba todo su amor que así se entregaba por nosotros. ¿Cómo hacerlo nosotros, entonces? Con amor, por el amor, en el amor. Nos entregaremos, nos derramaremos de amor por los demás, nos partiremos de amor por los demás. Haremos también nosotros esa ofrenda y ese sacrificio de amor. Como Cristo. A la manera de Cristo. Con el amor de Cristo.
Fue en la misma cena pascual en la que Cristo instituyó la Eucaristía, en la que antes había lavado los pies de los discípulos. Es en esa misma cena donde nos dejará el mandamiento del amor. Lo vivimos todo de manera muy intensa en el Jueves Santo.
Vuelve a estar unida esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo con la caridad, con el amor. Es que no podía ser de otra forma. Porque cada vez que haya Eucaristía tiene que estar muy presente el amor. Sin amor no podríamos celebrar la Eucaristía. Sin amor no hay Eucaristía. Por eso Jesús nos dirá que si vamos a presentar la ofrenda y hay quejas del hermano contra nosotros porque no le amamos, vayamos primero a reconciliarnos, vayamos primero a poner amor, para poder hacer la ofrenda, para poder hacer Eucaristía. Luego en la Eucaristía nos sentiremos alimentados para poder seguir viviendo con toda intensidad ese amor.
Así lo hizo Cristo y así nos mandó que lo hiciéramos nosotros. ‘Haced esto en memoria mía’ porque amáis, porque os entregáis, porque os derramáis de amor por los demás. Que entendamos y llevemos de verdad a la vida de cada día este mandato de Jesús para celebrar de forma auténtica y con toda profundidad esta fiesta grande de la Eucaristía.

sábado, 5 de junio de 2010

He combatido bien mi combate… he mantenido la fe…

2Tim. 4, 1-8;
Sal. 70;
Mc. 12, 38-44

Ya hemos dicho anteriormente que la carta de San Pablo a Timoteo entra en las llamadas cartas pastorales del apóstol. Comienza el texto de hoy haciendo una serie de recomendaciones a su discípulo, y lo hace además con toda solemnidad –‘ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad’ – para que no olvide su misión de anuncio de la Palabra de Dios en toda ocasión ‘a tiempo y a destiempo’.
Pero en lo que quisiera fijarme de manera especial es en la expresión de esperanza que manifiesta el apóstol cuando sienta que está cercano su final. ‘Estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente’, dice. Bien conocemos la intensidad de la vida de Pablo y su labor apostólica recorriendo de un lado a otro la cuenca del mar mediterráneo. En otros momentos nos ha hablado de sus sufrimientos y todo lo que había tenido que padecer a causa del evangelio.
Se siente, podríamos decirlo así, con la tarea realizada aunque como siempre se acoge a la misericordia de Dios esperando el premio prometido a los que son fieles. Emplea las expresiones referentes a las carreras y luchas de los atletas y gladiadores en el estadio. ‘He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día….’
Creo que escuchando estas palabras el pueblo cristiano ha de saber valorar y dar gracias a Dios por la entrega de sus pastores. Y orar al Señor por ellos para que al final de sus días puedan decir con toda propiedad estas mismas palabras del apóstol. Los pastores también tenemos nuestras luchas y a veces podemos sentirnos débiles aunque no nos falta nunca la esperanza que tenemos puesta en el Señor. Pero os digo que necesitamos de la oración del pueblo cristiano para sentir esa gracia de Dios en nosotros y vivamos así en plenitud nuestra entrega al Señor y el servicio que queremos prestar en la Iglesia y en medio del mundo.
Esta esperanza del apóstol creo que a todos nos tiene que confortar pero también animar a mantenernos firmes en el combate de la fe, del anuncio del evangelio, del seguimiento fiel a Jesús. Cada uno tiene que vivir su combate particular en su esfuerzo por ser bueno y ser fiel al Señor, por vivir el amor que Jesús nos enseña y por hacer el bien a los demás, en superar peligros y tentaciones y en vivir santamente su vida. Cuánto nos cuesta a veces esa lucha. Pero mantenemos la esperanza de que el Señor está con nosotros y, a pesar de nuestras debilidades y caídas el amor y la misericordia del Señor están por encima de todo y va a cubrir y sanar todas nuestras deficiencias y pecados con su amor. Por eso recojamos como muy aplicadas a nosotros las palabras con las que termina este texto del apóstol. ‘Y no sólo a mí sino a los que tienen amor a su venida’.
Vivamos en esperanza, una esperanza que nos fortalezca en nuestra fe y en nuestro amor. Quizá no podemos hacer grandes cosas. Para el Señor lo que cuenta es nuestra fidelidad y nuestro amor, también en las cosas pequeñas, porque el que saber ser fiel en lo poco también lo sabrá ser en lo mucho y en lo grande.
Además hoy contemplamos en el evangelio cómo Jesús alaba a aquella pobre viuda que dio solamente dos reales, pero dio todo lo que tenía, y Jesús nos dice que dio más que los que habían echado grandes cantidades. ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Qué hermosa es la solidaridad de los pobres y de los pequeños. Si fuéramos capaces de serlo estaríamos sembrando semillas de un mundo mejor.
Queria añadir algo, y es que me gustaria recbir algun comentario de los que leen diriamente estas reflexiones. Son muchos los que las leen en diversos lugares y continentes. Podrían verse enriquecidas estas reflexiones con algun comentario, algun subrayado, algo que complemente lo dicho. Os animo a participar

viernes, 4 de junio de 2010

Un equipaje para el camino de nuestra vida, la Biblia

2Tim. 3, 10-17;
Sal. 118;
Mc. 12, 35-37

Si va uno a salir de viaje que considere importante ha de preparar el equipaje necesario con lo que va a necesitar, o si va a realizar una actividad importante, todos aquellos preparativos, todo aquello que podamos necesitar para poder realizar dicha actividad con verdadera eficacia; como el que va a realizar un trabajo tiene que tener a mano unas herramientas apropiadas para realizarlo.
Bueno, esto que decimos para esas actividades o cosas que vamos realizando en la vida, lo tomo como ejemplo del empeño que hemos de poner para darle unos fundamentos fuertes al camino de nuestra vida cristiana. Algunas veces ponemos más empeño en las cosas humanas y materiales que aquello que tiene que ser lo más hondo de nuestra vida que es nuestra fe y el camino del seguimiento del Señor. Me viene a la mente aquello que nos dice Jesús de la casa edificada sobre arena o sobre roca. ¿Cómo fundamentamos nuestra fe? ¿qué hondura le damos a nuestra vida cristiana y al compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe y en relación con nuestro mundo en el que tenemos que ir construyendo día a día el Reino de Dios?
Es lo que hoy Pablo le está señalando a su discípulo Timoteo. ‘Tú permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste, y que desde pequeño conoces la Sagrada Escritura’. Al principio de la carta recuerda la fe de su abuela Eloida y su madre Eunice, que en las Escrituras santas lo educaron. Qué importante esa transmisión de la fe que aquellas buenas mujeres hicieron en el niño y joven Timoteo, que en la enseñanza de las santas Escrituras lo forjaron como creyente, le hicieron madurar en su fe que se completó con su encuentro con el Evangelio de Jesús, en la predicación de Pablo. Esas ‘Escrituras que puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación’.
Ahí tenemos que fundamentar nuestra fe y nuestra vida cristiana, en la Palabra de Dios. Es nuestra sabiduría, la Sabiduría de Dios, la Palabra que el Señor quiere trasmitirnos. Como nos sigue diciendo Pablo: ‘Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena’.
No es que utilicemos, por así decirlo, la Escritura como arma arrojadiza para acusar y condenar, sino que en el encuentro que vamos haciendo en lo hondo de nuestra vida con la Palabra de Dios, esa Palabra nos ilumina, nos enseña, nos señala aquello que hemos de corregir o mejor, toda esa hondura de nuestra fe.
No siempre los cristianos le damos la importancia debida a la lectura de la Biblia. Incluso, quienes vienen cada día a la celebración de la Eucaristía, le dan poca importancia a la Palabra de Dios que se nos proclama en la lectura de los textos sagrados. No están lejos aquellos tiempos en que mientras se hacía la proclamación de la Palabra quizá aprovechábamos para nuestros rezos o nuestras devociones. No suele ser así hoy, pero no siempre se le da toda la importancia que hemos de darle a una Palabra que el Señor nos está dirigiendo; ejemplo tenemos en aquellos a los que no les importa llegar tarde a la celebración sin mostrar demasiado interés en la escucha de la Palabra.
Pero no tendría que ser sólo aquí en la proclamación litúrgica que hacemos de la Palabra, sino que la Biblia tenía que estar más presente en nuestra vida, tendría que seer un libro que siempre tuviéramos al alcance de nuestra mano para encontrar momentos a lo largo del día en que nos dediquemos a leer y a reflexionar, a orar con la Biblia, que nos enseña a hacer la más hermosa oración al Señor. Busquemos tiempo para leer la Biblia. Es el más hondo equipaje que podemos encontrar para ese camino de nuestra vida cristiana. Un equipaje que no nos puede faltar.

jueves, 3 de junio de 2010

Este ha sido mi Evangelio, Jesucristo muerto y resucitado

2Tim. 2, 8-15;
Sal. 24;
Mc. 12, 18-24

El letrado se acercó a Jesús para preguntarle ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’, pero quizá alguien podría acercarse a nosotros para preguntarnos por nuestra fe, para que demos razón de lo que creemos, lo que nos hace en verdad cristianos. Es algo que hemos de tener bien claro. Lo que es nuestra fe y lo que en consecuencia vivimos. Cuál es ese evangelio en el que nosotros creemos y por el que nos decimos salvados.
De una forma clara nos lo dice Pablo en su carta a Timoteo. ‘Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David’. Y nos dice rotundamente: ‘Este ha sido mi evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas como un malhechor…’
El centro del Evangelio es Jesús. Esa es la Buena Noticia, Jesús, muerto y resucitado. Jesús, muerto y resucitado es la Buena Noticia. Por ello Pablo ha llegado hasta la cárcel, y llegará hasta entregar la vida. Cristo, muerto y resucitado que es nuestra salvación. Cristo, muerto y resucitado es nuestra vida.
Confesamos nuestra fe en Jesús y nos queremos unir a El, vivir su vida. Con todas sus consecuencias. Es una camino de vida, de perseverancia, de fidelidad el que hemos de seguir. Y unirnos a Cristo muerto y resucitado es hacer esa muerte y resurrección vida en nosotros. Por eso Pablo nos ha dicho: ‘Si morimos con El, viviremos con El. Si perseveramos, reinaremos con El…’ Morir con Cristo porque cuando le seguimos y le queremos vivir hemos de dar muerte en nosotros a todo lo que nos pueda alejar de El, hemos de dar muerte al pecado. Toda la vida del cristiano desde el Bautismo es un participar de su muerte y resurrección.
Un camino que como decíamos nos exige perseverancia y fidelidad. Permanecer fiel, confesarle, dar testimonio de El, ser su testigo. Nos cuesta a veces, pero El está con nosotros, nos ha dejado su Espíritu para que podamos vivirlo, como hemos venido reflexionando últimamente.
Todo siempre para la gloria de Dios. Y daremos gloria al Señor desde esa fe en Jesús pero con nuestro amor fiel y total. Aquel mandamiento del Antiguo Testamento sigue siendo también mandamiento para nosotros. ‘¿Cuál es el mandamiento principal?’, recordamos que preguntaba aquel letrado a Jesús. ‘El Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste, añade Jesús: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
Porque no habíamos cumplido ese mandamiento del Señor, sino que habíamos llenado nuestra vida de infidelidad y pecado, viene Cristo a salvarnos y redimirnos. Su muerte en la cruz es redentora, nos llena de salvación. Pero confesamos a Jesús, como decíamos, muerto y resucitado. Es la Buena Noticia, es el Evangelio de nuestra salvación. Claro que tenemos que sentirlo como la gran Noticia, sentirnos amados de Dios de tal manera que Cristo muere por nosotros.
Por eso nuestra respuesta tiene que pasar por la fidelidad y por el amor. Y el amor del Señor fiel siempre, a pesar de tantas infidelidades nuestras, de tantas negaciones que pudiera haber en nuestra vida a causa de nuestro pecado. Pero así de grande es el amor del Señor.

miércoles, 2 de junio de 2010

Sé de quien me he fiado

2Tim. 1, 1-3.6-12;
Sal. 122;
Mc. 12, 18-27

‘Sé de quien me he fiado… no me siento derrotado’. ¡Qué entereza la del apóstol cuando escribe esta segunda carta a Timoteo! ‘Apóstol, por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús… de este evangelio me han nombrado heraldo, apóstol y maestro… y ésta es la razón de mi penosa situación presente’.
Mucho ha tenido que sufrir a causa del evangelio; en una de sus cartas da detalles impresionantes de las persecuciones sufridas. Ahora está en la cárcel e incluso se siente abandonado por muchos. Pero él sigue firme, ‘sé de quien me he fiado’, ha puesto toda su confianza en el Señor. Y aún tiene ánimos para exhortar a Timoteo, ‘hijo querido’, como lo llama, a que no tenga miedo de enfrentarse, ‘a tomar parte en los duros trabajos del evangelio según las fuerzas que Dios te dé’.
Dos cartas ha escrito Pablo a su discípulo Timoteo, que le ha venido siguiendo desde Listra en su segundo viaje, y a quien ha puesto al frente de la comunidad de Éfeso. Se le suelen llamar cartas pastorales, porque principalmente son exhortaciones y consejos sobre cómo ha de realizar su tarea pastoral en aquella comunidad que se le ha confiado. Pero nos sirven bien a todos, porque en ellas nos ha dejado un hermoso mensaje que para nosotros es Palabra de Dios, palabra que el Señor quiere decirnos.
Se siente gozoso interiormente el apóstol por la firmeza de la fe de Timoteo y le recuerda cómo ha de ser fiel en todo momento a la gracia que el Señor ha depositado en él. ‘Doy gracias a Dios… tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día… aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos…’
Aunque Pablo está haciendo una referencia clara a la misión concreta que Timoteo ha recibido para ser pastor de aquella comunidad por la que ha de desvivirse – bien me sirve a mí como sacerdote recordarlo, avivar esa gracia de Dios en mí que me ha hecho sacerdote – sin embargo nos vale a todos para que no olvidemos cuantas gracias ha derramado el Señor en nosotros y para que tengamos la fortaleza del Espíritu del Señor para el testimonio de nuestra fe que hemos de dar en todo momento.
Decíamos al principio de la entereza del apóstol a pesar de los momentos difíciles por los que pasaba. También nosotros podemos tener momentos bajos, pasar por situaciones difíciles, sentir el asedio de la tentación que nos quiere arrastrar al pecado, o podemos incluso pasar por momentos de tibieza espiritual, pero nuestra fe ha de ser firme. Nuestra confianza hemos de ponerla totalmente en el Señor. No nos faltará nunca la gracia del Señor que nos acompaña.
Como el apóstol también nosotros tenemos que aprender a decir ‘sé de quien me he fiado’. Por eso nos decía: ‘El nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo… que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal’.
Que así seamos capaces de vivirlo.

martes, 1 de junio de 2010

Confiados en la promesa del Señor esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

2Ped. 3, 12-18;
Sal. 89;
Mc. 12, 13-17

Hay un texto en las cartas de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir como los que no tienen esperanza porque nosotros creemos en Cristo muerto y resucitado. Es así lo que tiene que ser la vida de un cristiano, pero muchas veces me pregunto si en verdad todos los que creemos en Jesús vivimos como personas que tienen esperanza. Podríamos pensarlo de gente a nuestro alrededor, pero creo que lo importante es que nos examinemos a nosotros mismos y veamos si en verdad vivimos como quienes tienen esperanza o no.
Tenemos el peligro de vivir tan absortos en el día a día con sus trabajos, responsabilidades, preocupaciones, o queriendo apurar hasta el último sorbo aquellas cosas de las que podemos disfrutar en la vida, o rehuyendo aquellas que nos pudieran hacer sufrir, que quizá en lo menos que pensamos es en la esperanza, en la vida eterna, en la trascendencia que hemos de darle a nuestra vida o en el esperar que un día vayamos a gozar en Dios en plenitud de todo lo mejor que nos puede dar la felicidad.
Tenemos la tentación de quedarnos de tejas abajo, como se suele decir, para pensar sólo en esta vida terrena, pero para pasarlo aquí con la mayor felicidad. No es que no tengamos o queramos ser felices en esta vida, pero si no le damos la debida trascendencia a lo que hacemos o vivimos, si no ponemos esperanza en esta vida en la que sólo en Dios vamos a alcanzar plenitud, es fácil que nos amarguemos o desesperemos cuando no conseguimos ahora todo lo que deseamos.
El cristiano tiene que ser un hombre y una mujer de esperanza desde la fe que tenemos en Jesús muerto y resucitado. Y en esa esperanza aprenderemos a darle valor y sentido a todo lo que hacemos y a todo lo que es nuestra vida. También tendrán valor y sentido los momentos malos que tengamos que vivir a causa de la enfermedad, las debilidades humanas y corporales que padezcamos y los sufrimientos por los que tengamos que pasar.
‘Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habita la justicia’, nos dice hoy Pedro en su carta. Nos recuerda el Apocalipsis y aquella expresión y súplica final, ‘Ven, Señor Jesús’. Nos continuará diciendo: ‘Por tanto, mientras esperáis estos acontecimientos , procurad que Dios os encuentre en paz con El, inmaculados e irreprochables’. Nos dice el apóstol que ‘Dios nos encuentre en paz con El’, porque muchas veces a causa de nuestra debilidad y nuestro pecado, tenemos el peligro de perder esa paz. Vayamos a reconciliarnos con El, porque somos pecadores y sólo en El encontraremos el perdón, sólo en El vamos a restaurar esa paz que nos ofrece en su misericordia.
‘Estad prevenidos’, nos dice, ‘que no os arrastre el error… que no perdáis pie’. Porque el enemigo tentador nos acecha, ‘como un león rugiente’, en expresión que emplea Pedro en otro lugar de sus cartas. Por eso, en esa esperanza, en esos deseos de alcanzar la vida eterna, deseos de poder gozar un día junto a Dios para siempre, nos tenemos que sentir impulsados a que ahora cada día seamos más santos.
‘Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y hasta el día eterno’.

lunes, 31 de mayo de 2010

La visita de María a Isabel, la visita de Dios


Sofonías, 3, 14-18;
Sal. Is. 12, 2-6;
Lc. 1, 39-56


‘¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?’ Es la pregunta que se hace Isabel cuando María llega a visitarla en aquel lugar apartado de la montaña de Judea.
María, que con la visita del Ángel en Nazaret ha recibido la visita de Dios, que por la acción del Espíritu Santo comienza a ser la Madre de Dios, a llevar al Hijo de Dios encarnándose en sus entrañas ‘se pone en camino y va aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá, a casa de Zacarías’.
Es la reacción de la fe y la reacción del amor. No se puede quedar quieta con todo aquello que en ella está sucediendo y las noticias que recibe. Reacción de la fe porque reconoce la acción de Dios en su vida; se ha fijado en ella, en su pequeñez, ‘el poderoso ha hecho obras grandes en mí’. Reacción del amor, porque su actitud primera es la del servicio; tiene conocimiento de que su prima Isabel, la que consideraban estéril y además era ya entrada en años, va a tener un hijo, y allá va María para servir.
Es así cómo llega María ‘a casa de Zacarías y saludó a Isabel’, como nos dice el evangelio. Llega María hasta Isabel pero con ella va la gracia del Señor y comienzan a realizarse las maravillas. ‘Se llenó Isabel del Espíritu Santo’, y comienza a profetizar; es capaz de reconocer quien es María que se ha convertido en la Madre del Señor y comienzan los cánticos de bendiciones y alabanzas. ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre… Dichosa tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Juan salta de alegría en el seno de Isabel y queda santificado con la presencia de Dios que llega con María. Va a ser el ‘profeta del Altísimo’ que viene a preparar los caminos del Señor, y ya queda santificado quien va a ayudar a las gentes a prepararse por caminos de penitencia y búsqueda de la santidad a la llegada del Señor que con María ya ha llegado hasta él.
Y María también se llena del Espíritu santo y prorrumpe en hermoso cántico de alabanza y acción de gracias por el actuar del Señor. Dios que actúa en María: ‘el Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es santo’. Dios que se manifiesta con su misericordia para con todos los hombres: ‘y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’.
Pero Dios que llega transformando los corazones: ‘El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’. Serán los humillados que serán enaltecidos, los hambrientos que quedarán saciados; serán los pobres y sencillos de corazón que conocerán a Dios; serán los puros de corazón que verán a Dios.
Es el Dios que cumple sus promesas –‘auxilia a Israel su siervo, acordándose de la misericordia que había prometido a nuestros padres, a Abrahán y su descendencia para siempre’-. Con la llegada de Dios encarnado en las entrañas de María nacerá un hombre nuevo y una humanidad nueva, el hombre y la humanidad de la fe y del amor.
La visita de María a Isabel es la visita de Dios, no sólo para Isabel sino para toda la humanidad. La visita de Maria a Isabel y cómo ambas mujeres acogen esa llegada de Dios a sus vida es para nosotros ejemplo de cómo tenemos que acoger a Dios que sigue actuando en nuestra vida. Pero nos enseña algo más: como María nosotros tenemos que ir llevando a Dios a los demás, por la fe y por el amor; como María tenemos que hacernos portadores de Dios. El hombre, el mundo de hoy necesita y espera, quizá sin saberlo, esa visita de Dios. En nuestra fe y en nuestro amor está el hacer que Dios llegue a muchos a nuestro lado.

domingo, 30 de mayo de 2010

Concédenos profesar la fe verdadera conociendo todo el misterio de Dios


Prov. 8, 22-31;
Sal. 8;
Rom. 5, 1-5;
Jn. 16, 12-15


‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así hemos exclamado al recitar el salmo. Así exclamamos al contemplar las maravillas del Señor. Así exclamamos cuando nos sentimos inundados por la presencia del Señor. Así tenemos que exclamar en este día en que contemplamos, adoramos el Misterio de Dios en su Santísima Trinidad.
Y es que decir el Nombre del Señor es decir Dios mismo; es decir su grandeza y su inmensidad; es decir todo el Misterio que Dios en sí mismo encierra. Cuando Dios se le manifiesta a Moisés en medio de la zarza ardiente y le confía la misión de ir a liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto, le pregunta ‘y ¿cuál es tu nombre?... si los israelitas me preguntan cuál es nombre, ¿qué les responderé?’
Conocer el nombre de algo o de alguien es conocerle y algo así como poseerle. En la creación del hombre y de todas las criaturas Dios llevó a Adán a que le pusiera nombre a todas aquellas cosas que Dios había creado, que era algo así como tomarlas en posesión. Conocer el Nombre de Dios es conocerle a El e introducirnos en su misterio y algo así como poseerle. Por eso en el Antiguo Testamento el Nombre de Dios era indescifrable y el judío no se atrevía a mencionar el nombre de Dios. El nombre de Dios había de ser siempre santificado, que era algo así como llenarnos nosotros al mismo tiempo de la santidad de Dios.
Queremos conocer el nombre de Dios. Queremos conocer a Dios. Queremos introducirnos en su misterio y al mismo tiempo que ese misterio de Dios nos llene y nos inunde cuando se nos revela. Cuando vamos queriendo conocer a Dios, porque El es además quien se nos revela, nos vamos sumergiendo en su misterio y nos vamos inundando de su presencia y al mismo tiempo de su amor. Pero ¿podremos en verdad llegar a conocer a Dios? Sí, porque El se nos revela, se nos da a conocer, se hace presente en nuestra vida.
Si quisiéramos acercarnos al sol tanto como para meternos dentro de él, seguro que nos sentiríamos consumidos por su energía y su calor; si quisiéramos acercarnos tanto al sol como para mirarle directamente con nuestros ojos, es tal su luz y resplandor que quedaríamos cegados por tanta luz; ya nos dicen que no miremos directamente al sol porque dañaríamos nuestras pupilas e incluso en los eclipses nos dicen que de ninguna manera miremos directamente ese aro de luz que resplandece alrededor. Nos contentamos con recibir sus beneficios en la luz que nos ilumina, en el calor con que nos caliente y en toda la energía que del sol dimana sobre nuestra vida. Y ya sabemos como en el sistema solar, como el de cualquiera de las otras estrellas, todos los planetas giran a su alrededor atraídos por esa fuerza y energía que los atrae.
¿Será así con Dios? Es una imagen lo que decimos del sol y la referencia que queremos hacer hacia nuestra relación con Dios y su conocimiento, aunque con sus diferencias. Porque por mucho que nos acerquemos a Dios queriendo conocerle y poseerle nunca nos sentiremos consumidos por El sino todo lo contrario en El encontraremos toda la fuente de nuestra vida, de nuestro vivir.
En el Antiguo Testamento se tenía el concepto de que quien viera a Dios moriría, pero ¿podemos mirar cara a cara a Dios y no quedar ciegos? Moisés cuando hablaba cara a cara con Dios, bien cuando subía al Sinaí o se entraba a la Tienda del Encuentro, luego volvía con su rostro tan resplandeciente que los israelitas le pedían que se cubriera el rostro con un velo.
Pero no será con los ojos de la cara así cómo nosotros hoy vamos a ver a Dios, pero sí podemos acercarnos a El desde lo más hondo de nosotros mismos y a través de los signos sacramentales que nos ha dejado para llenarnos de su vida, para inundarnos de su presencia, para sentirnos rebosantes de su fuerza y de su gracia. Sí podemos contemplar el resplandor de la luz de Dios que de tantas maneras se nos manifiesta y no quedar ciegos sino todo lo contrario. Por El sí que nos vamos a sentir atraídos totalmente de manera que cuando nos encontremos con El ya para siempre nuestra vida será distinta y girará en torno a Dios en todo lo que somos, vivimos o hacemos.
Esa luz de Dios, ese fuego divino, esa presencia de Dios sí que llega a nosotros y nos inunda de vida divina. Es el misterio de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, camina con nosotros, se hace Dios con nosotros y nos concede la fuerza de su Espíritu para un nuevo vivir.
Confesamos nuestra fe en Dios y decimos ‘creo en Dios Padre todopoderoso… creo en Jesucristo, Hijo único de Dios… creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida…’ Ya estamos con ello mencionando el nombre de Dios, conociendo el Nombre de Dios. Y no será para muerte, sino para vida, porque no nos anula sino que nos engrandece; no será para quedarnos ciegos ante tanto resplandor de luz, sino para llenarnos nosotros de esa luz y tener una vida distinta; no tendremos que cubrirnos el rostro y la vida que se nos llena del resplandor de Dios, sino que todo lo contrario tendremos que llevar esa luz divina a los demás.
Pudiera quizá costarnos el entender todo ese misterio de Dios y nos podríamos poner a hacer muchas elucubraciones y razonamientos para llegar a comprender tanto misterio. Pero no tenemos que hacer otra cosa que primero escuchar a Jesús, el Hijo que conoce al Padre como nadie lo conoce y que nos lo da a conocer, porque es revelación de Dios, Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios; luego también dejarnos guiar por el Espíritu que es quien nos conducirá a la verdad plena y sin error.
Pero es un misterio de amor, porque es un Dios que nos ama y se nos da; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre y nos llena de vida; un Dios que nos ama tanto que quiere ser Dios con nosotros, y nos envía al Emmanuel, al Hijo de Dios que se hace hombre para estar más cerca de nosotros y restaurarnos aquella vida que habíamos perdido a causa de nuestro pecado; es un Dios que nos ama tanto que nos da la fuerza de su Espíritu, que nos santifica, nos llena de vida, nos ayuda a comprender todo ese misterio de Dios, que se hace presente en lo más hondo de nuestro corazón, que nos motivará para todo lo bueno y nos fortalecerá para prevenirnos contra todo lo malo. Es un misterio de amor porque en Dios todo es comunión, porque tal es la comunión que hay entre las tres divinas personas que son un solo y único Dios verdadero.
Hoy queremos, sí, confesar nuestra fe y adorar y alabar y bendecir al Señor que así se nos revela y así se nos manifiesta, pero así también nos muestra tanto amor. Ya lo expresábamos en la oración litúrgica. ‘…has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa’.

sábado, 29 de mayo de 2010

Mantener el edificio de la fe y el amor de Dios que nos promete vida eterna

Judas, 17.20-25;
Sal. 62;
Mc. 11, 27-33

‘Continuando el edificio de vuestra fe y orando movidos por el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando a que nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia, os dé la vida eterna’.
Hermosa confesión de fe y de esperanza.
Mantener el edificio de la fe, íntegro, creciente cada día más. Fundamentamos nuestra vida en el Señor. En El nos sentimos seguros. Nada tendría que apartarnos de la fe, aunque muchas cosas pudieran hacernos dudar, o muchos quizá quieran atentar contrta la integridad de nuestra fe. Por eso, hemos de cuidar nuestra fe, fortalecerla, fundamentarla bien, hacerla crecer más y más.
Un edificio si no lo cuidamos, se nos viene abajo, se nos puede destruir y caer. Así, pues, nuestra fe. Un edificio no damos por sentado que porque ya está hecho no hay nada más que hacer en él. Necesita un cuidado, una atención. Así con nuestra fe. Por eso se nos exige, nos es necesaria una maduración de la fe, un querer cada día formarnos mejor, un ahondar en ese maravilloso misterio de Dios que se nos revela. De ahí que la Palabra de Dios tiene que estar siempre presente en nuestra vida. La Biblia tiene que ser nuestro vademécum.
Y está la necesidad de nuestra oración. Tantas veces Jesús nos habla en el evangelio. Y orar dejándonos mover por el Espíritu Santo. Que El inspire nuestra oración. No sabemos pedir lo que nos conviene. Con el Espíritu de Dios oraremos de la mejor manera, pediremos al Señor lo que más nos conviene, lo que más podemos necesitar para nuestra vida y lo mejor que podemos pedir por los demás y por nuestro mundo. Guiados y movidos por el Espíritu Santo nunca seremos egoístas en nuestra oración. Siempre habrá la mejor apertura a Dios, y nuestra oración tendrá el sentido más católico y universal. Por la fuerza de nuestra oración nos sentiremos seguros frente a las tentaciones y tropiezos que nos puedan aparecer.
Creceremos en el amor y la esperanza. Porque el amor a Dios será lo primero para nuestra vida. Y en ese amor a Dios si nos dejamos conducir por el Espíritu siempre estará incluido el amor a los hermanos. Todo con la meta de la vida eterna. ‘Aguardando a que nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia, os dé la vida eterna’. En Dios vamos a encontrar toda la plenitud para nuestra vida. Por eso, como decíamos en el salmo: ‘Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío’. Hambre y sed de Dios, deseos de Dios que nos llevan a buscarlo, a dejarnos inundar por El. ‘Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote’.
En esa esperanza caminamos, amamos, luchamos, buscamos a Dios.

viernes, 28 de mayo de 2010

Tensemos la cuerda de nuestro amor para no desafinar en la armonía de la comunión

2Ped. 4, 7-13;
Sal. 95;
Mc. 11, 11-26

Algunas veces al escuchar el sonido de un instrumento musical decimos que está desafinado porque las cuerdas de dicho instrumento al no estar en la tensión apropiada no nos darán claramente los sonidos que deberían darnos. Es necesario afinar, decimos, darle la tensión apropiada a aquellas cuerdas, ponerlas en su punto para que el instrumento nos pueda dar una música verdaderamente armoniosa y bella.
Me pregunto si en nuestra vida y en nuestra vida cristiana no nos sucederá así también en muchas ocasiones. No estamos afinados; no estamos en la tensión apropiada; simplemente hemos dejado que la vida marche a su aire. Aunque incluso parezcamos buenos quizá nos pueda faltar una finura espiritual en lo que hacemos, una profundidad, una tensión en aquello que hacemos para que en verdad podamos dar el fruto que tendríamos que dar.
Es cuando vamos enfriándonos espiritualmente, nos vamos aflojando en nuestra oración, nos falta un pararnos a reflexionar, a revisar, a buscar nuevos cauces de crecimiento. Como una planta que hemos plantado en una maceta o en el jardín pero no la hemos cuidado y no la hemos abonado convenientemente, que entonces le faltará fuerza en su crecimiento y no nos dará los resultados apetecidos en aquellas bellas flores o en aquellos abundantes frutos que desearíamos.
¿A qué viene todo esto? Más que nada porque necesitamos reflexionar y revisarnos. Y a mí me ha hecho reflexionar en todo esto la Palabra del Señor que hoy se nos ha proclamado. Por una parte porque el Señor vendrá a buscar fruto en la higuera de nuestra vida; porque el Señor querrá purificarnos de todas aquellas cosas que hemos dejado introducir en el templo de nuestro corazón que no son agradables a Dios, ni son lo dignas para quien lleva el nombre de cristiano y aspira a la santidad.
Pero también por los consejos o advertencias que nos hace Pedro en su carta. ‘Ante todo, mantened en tensión vuestro amor mutuo’, nos decía. Aquello que decíamos al principio de la cuerda musical convenientemente tensa para que dé el sonido apropiado. Pues la cuerda del amor en nuestra vida y del amor mutuo tiene que tener la tensión apropiada. No podemos dejarla aflojar porque no nos dará el estilo de amor que nos enseña Jesús en el evangelio. Decimos que amamos, pero quizá nos falta delicadeza, nos falta apertura de nuestro corazón para acoger siempre al otro sea quien sea. Decimos que amamos, pero hacemos nuestras distinciones y mantenemos nuestras reservas. Decimos que amamos y nos cuesta llegar a la comprensión y al perdón. Decimos que amamos, pero nos falta generosidad y responsabilidad. Tensemos la cuerda de nuestro amor. Que suene hermosa en nosotros la armonía de la comunión y del amor.
Recogemos algunas de las cosas que nos va diciendo el apóstol: ‘Sed moderados y sobrios… ofreceos mutuamente hospitalidad, sin protestar… que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás… el que toma la palabra (porque tiene la misión de enseñar), que habla Palabra de Dios… el que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo recibido…’
Tensemos, sí, la cuerda de nuestro amor, en la oración, en la escucha de la Palabra, en la vivencia sacramental, en nuestra unión con el Señor.

jueves, 27 de mayo de 2010

Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos hace partícipes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23;
Sal. 39;
Lc. 22, 14-20

‘Para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote… Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo’. Así se expresa en la liturgia la fiesta de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote que celebramos en este día. ‘Cristo, Mediador de una nueva Alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’, que nos dice la carta a los Hebreos. Sumo y eterno Sacerdote como lo proclamamos hoy.
La Palabra de Dios proclamada en este día nos lo señala bien. Cristo, Sacerdote, Víctima y Altar, que se ofrece a sí mismo por nuestra redención; que es el verdadero templo de Dios; que es nuestro intercesor y mediador en el cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, como hemos contemplado y celebrado en estos días con su Ascensión, y nos ha señalado también la carta a los Hebreos que hoy hemos escuchado. Por su parte el evangelio nos recuerda esa Sangre de la Alianza nueva y eterna; alianza sellada con la Sangre de Cristo, que se derrama por nosotros.
‘Teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros… y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura’. ¿Cómo no vamos a sentir gozo en el corazón teniendo un sacerdote así que nos abre las puertas del cielo y no sólo se ha entregado por nosotros sino que sigue intercediendo por nosotros en el cielo?
Pero cuando contemplamos el sacerdocio de Cristo vemos cómo quiere El hacernos partícipes de ese sacerdocio, porque hace un pueblo sacerdotal. ‘Perpetúa en la Iglesia su único sacerdocio’. Por una parte ‘confiere el honor del sacerdocio real a todo el pueblo santo’; recordemos que hemos sido ungidos en el Bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.
Pero quiere aún más. ‘Con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Es el sacerdocio ministerial por el que llamados y elegidos por el Señor con un amor especial, por el sacramento del Orden Sacerdotal, participan – participamos - de la misma misión de Cristo, como ‘ministros y dispensadores de sus misterios’.
Como nos resume de forma hermosa el prefacio: ‘Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos’.
Hoy es un día especialmente sacerdotal, muy especial para nosotros, los sacerdotes, porque contemplando el sacerdocio de Cristo sentimos el gozo en el corazón de que Cristo así haya querido hacernos partícipes de su sacerdocio. Es un día también muy importante para todo el pueblo cristiano para comprender el ministerio de los sacerdotes, saber estar a su lado valorando su misión y su entrega, para orar también intensamente por sus sacerdotes para que el Señor nos ayude a mantener nuestra fidelidad a Cristo en este especial compromiso adquirido con nuestro sacerdocio.
Hemos venido celebrando un Año Sacerdotal que el Papa quiso convocar en la conmemoración del Santo Cura de Ars; un año para ayudarnos a valorar, a amar ese sacerdocio, por una parte nosotros los consagrados, pero también todo el pueblo cristiano aprenda a amar a sus sacerdotes; para que sepa ofrecer su apoyo frente a tantos peligros por una parte y ataques por otro lado que podamos sufrir; para que el pueblo cristiano ore por sus sacerdotes.
Somos débiles y sin embargo tenemos que ser santos. Cuánta santidad necesitamos para tratar los misterios santos que Dios pone en nuestras manos. Necesitamos fortalecernos de verdad en el Señor para mantener esa fidelidad, esa entrega, ese amor renovado y nuevo como el primer día. Lo podremos hacer, es cierto, en la medida en que seamos cada día más santos. Pero lo podemos hacer con el apoyo del pueblo cristiano con su oración. Cómo nos sentimos reconfortados y fortalecidos cuando vemos tantas almas buenas que nos quieren, nos arropan, nos ayudan y oran por nosotros.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Os rescataron a precio de la Sangre de Cristo

2Ped. 1, 18-25;
Sal. 147;
Mc. 10, 32-45

Cuando tenemos que comentar la Palabra de Dios que se nos proclama en la celebración nos vemos a veces en el dilema de cuál texto comentar o en qué aspecto especial vamos a fijarnos para centrar nuestro comentario y reflexión.
Quienes han escuchado con atención la Palabra proclamada, mientras va llegando a sus oídos, en su corazón van sintiendo ya muy viva esa Palabra que el Señor les dice y quizá sean aspectos en que luego tal vez el sacerdote no se fije para el comentario. Lo importante es que llegue de una manera viva a nuestro corazón. Allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiere siempre decirnos algo.
Es lo que nos sucede hoy. El texto del evangelio, de gran riqueza como Palabra del Señor que es, tenemos muchas ocasiones de comentarlo a lo largo del año. Por ello hoy quisiera fijarme más en la carta de san Pedro.
Comenzar diciendo que en el Antiguo Testamento, como también vemos en otras expresiones religiosas, el pueblo judío ofrece sacrificios a Dios para su alabanza .- hermosos son tantos salmos de alabanza que se cantaban en el templo de Jerusalén como el que hoy hemos recitado entre lecturas, ‘glorifica al Señor, Jerusalén’– como reconocimiento que de Dios nos viene todo y a El tenemos que ofrecérselo como ofrenda de acción de gracias.
Pero también los sacrificios ofrecidos tienen el sentido de la reparación, expiación y purificación de los pecados. En ese sentido había sacrificios y actos de culto muy concretos. El hombre, la humanidad ha ofendido a su Dios y su Creador y le ofrece dichos sacrificios para obtener el perdón del Señor. ¿Y qué ofrece? Aquello que humanamente el hombre puede tener, holocaustos y ofrendas de los frutos de la tierra o sacrificios de animales.
Con Cristo, podríamos decir, todo cambia. No son nuestras cosas humanas las que van a conseguir ese perdón de Dios ni nosotros simplemente por nuestras obras, sino que es Dios mismo quien nos ofrece su perdón y su amor. Nosotros, cierto, tenemos que reconocer nuestra condición pecadora y también pedir perdón a Dios. Pero será la Sangre de Cristo derramada por amor la que nos va a limpiar de nuestros pecados. Y no sólo nos perdona sino que nos ofrece nueva vida.
Es lo que quiere decirnos hoy la segunda carta de Pedro. Nuestro valor no está en nosotros lo que nosotros podamos ofrecerle, sino en el valor infinito de la Sangre de Cristo derramada por nosotros en el sacrificio de la cruz, el sacrificio de su Pascua.
‘Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil… no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha…’ Nos arranca del poder del pecado, del poder del maligno con su entrega y su muerte en la cruz. Nos compra a precio de sangre, podemos decir. Aquello de que no hay amor más grande que el de quien da la vida por el que ama. Lo tenemos en Jesús.
Grande es el amor que Dios nos tiene que nos envió a su Hijo, que se entregó por nosotros. Infinito es ese amor como infinito es Dios y de valor infinito, entonces, la Sangre de Cristo derramada por nosotros. ¡Cuánto tenemos que darle gracias a Dios! No nos podemos cansar de nuestra acción de gracias y nuestra alabanza. ‘Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza’, continúa diciéndonos.
Acción de gracias y alabanza que damos con nuestra respuesta de fe y de amor. Por eso nos dice Pedro hoy: ‘Ahora que estáis purificados por vuestra respuesta a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente… mirad que habéis vuelto a nacer… por medio de la Palabra de Dios viva y duradera… Palabra del Señor que permanece para siempre. Y esa Palabra es el Evangelio que os anunciamos’.

martes, 25 de mayo de 2010

Y en la edad futura, vida eterna

2Ped. 1,. 10-16;
Sal. 97;
Mc. 10, 28-31

‘El que os llamó es santo; como El, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta…’ Una nueva invitación a la santidad escuchamos hoy. La llamada a alcanzar la vida eterna, ‘vuestra propia salvación’, que escuchamos ayer se tiene que traducir en una vida más santa que hemos de vivir cada día.
San Pedro en su carta recuerda cómo todo el Antiguo Testamento es como un anticipo y una preparación para el tiempo final, para la venida de nuestro Señor Jesucristo en la plenitud de los tiempos. Como dice el apóstol ‘la salvación fue el tema que investigaron y escrutaron los profetas, los que predecían la gracia destinada a vosotros’. Todo aquello que ellos vieron y anunciaron proféticamente, ‘los sufrimientos de Cristo y la gloria que seguiría… ahora se os anuncia por el Evangelio con la fuerza del Espíritu enviado del cielo’.
Por eso insiste en esa vida santa. ‘Estad interiormente preparados… controlándoos bien, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo’. Conocer a Jesús, seguir su camino, llamarnos y vivir como cristianos significa una transformación de nuestra vida, como tantas veces hemos repetido. Vivíamos como en la ignorancia cuando no conocemos a Jesús y su salvación. Por eso nos dice: ‘no os amoldéis más a los deseos que teníais antes, en los días de la ignorancia’.
Acabamos de celebrar la gran fiesta de Pentecostés con la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, sobre toda la Iglesia y también en nuestra propia vida. Es lo que vivimos y celebramos. Y como hemos reflexionado en su celebración, es el Espíritu que nos conduce a la verdad plena, nos ayuda a comprender todo el misterio de Dios que nos salva y que celebramos en los sacramentos; es el Espíritu que se hace presente en la vida de la Iglesia en la que hemos podido conocer a Jesús, crecer en nuestra fe, sentirnos alimentados y fortalecidos con la gracia del Señor para vivir todo nuestro compromiso de amor.
Es el Espíritu que nos hace sentir y gozar allá en nuestro interior el gozo de nuestra entrega, la satisfacción más honda por lo bueno que podamos realizar; el que nos ayuda a comprender toda la trascendencia que tienen nuestros actos, nuestra vida buena y nos hará aspirar a esa vida eterna prometida, a esa salvación definitiva y plena que en el Señor podemos alcanzar.
De ello nos habla el evangelio. Tras lo que escuchamos que Jesús les decía a los discípulos sobre lo difícil que les era a los que tenían el corazón apegado a las riquezas entrar en el Reino de los Cielos, surge la pregunta o el comentario de Pedro. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. ¿Estará buscando alguna compensación interesada o alguna ganancia? ¿No es ya suficiente tener asegurado que podamos pasar por la puerta estrecha para entrar en el Reino de los cielos?
Hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierra, por mí y por el evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más… con persecuciones, y en la vida futura, vida eterna’. ¿Nos quedamos en la materialidad de las palabras de Jesús para lo que recibimos en esta vida? Creo que podemos entenderlo como ese gozo de la entrega, esa satisfacción del alma, pero también la seguridad de la plenitud de vida en el amor que en Dios y con Dios vamos a tener por toda la eternidad.
Seamos santos, vivamos entregados en el amor, y aunque haya ocasiones que nos cueste y la dificultad nos puede venir por muchos caminos – Jesús habla claramente de persecuciones, sintamos el gozo de la trascendencia que le estamos dando a nuestra vida. En el Señor tenemos asegurado ese gozo eterno.

lunes, 24 de mayo de 2010

Alcanzando así la meta de vuestra fe, vuestra propia salvación

2Ped. 1, 3-9;
Sal. 110;
Mc. 10, 17-27

¿Merece la pena pasar todo lo que tenemos que pasar en esta vida por alcanzar la salvación prometida? ¿Merece la pena dejarlo todo por alcanzar la vida eterna?
Pueden parecer preguntas muy atrevidas y duras, pero siendo sinceros con nosotros mismos y viendo también las actitudes de mucha gente a nuestro alrededor, no están tan lejos de pensamientos que de una forma un otra nos surgen muchas veces en nuestro interior, aunque nos cueste confesarlo, o cosas que algunos o muchos se puedan plantear.
Algunas veces las cosas parece que se nos ponen difíciles, nos cuesta seguir el camino emprendido, podemos tener el peligro de perder la esperanza, vivimos quizá muy apegados a las cosas, lo que tenemos o lo que queremos poseer, tenemos que pasar por momentos en que se nos pone a prueba incluso nuestra fe y tenemos el peligro de dejarlo todo de la mano, cansados quizá de nuestras luchas, y simplemente dejarnos arrastrar por la vida.
Hemos de tener claro cuales son nuestras metas, las cosas por las que luchamos, la esperanza que tenemos en la vida y que nos da un sentido y una trascendencia, la certeza de la salvación que el Señor nos ofrece, para que entonces pongamos todo nuestro empeño y esfuerzo.
En el evangelio hoy contemplamos a alguien bueno, que con buena voluntad y buenos deseos en su corazón se acerca a preguntar a Jesús qué hay que hacer para alcanzar la vida eterna. Es una persona buena y cumplidora porque cuando Jesús le señala que cumpla los mandamientos, la ley del Señor, él responderá que eso lo ha cumplido desde su niñez. Jesús se le queda mirando con cariño, dice el evangelio. Aquí hay alguien al que se le pueden plantear metas más altas. Por eso le dice Jesús: ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego sígueme’.
Aquí fue donde dio el parón. Romper las ataduras del corazón en su apego por las riquezas, eso cuesta más. ‘Frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico…’ dice el evangelista. Quizá hacer esporádicamente alguna cosa buena, estaría dispuesto a hacerlo. Pero la renuncia que le pedía Jesús era otra cosa. La pregunta que nos hacíamos al principio. ¿Merece la pena dejarlo todo por alcanzar la vida eterna? Jesús le está pidiendo que venda todo lo que tiene y le dé el dinero a los pobres para así tener un tesoro en el cielo. Era él quien le había preguntado a Jesús qué hacer para alcanzar la vida eterna. Pero quizá no había medido el alcance de lo que significa alcanzar la vida eterna.
El texto de la segunda carta del apóstol San Pedro también nos ilumina en este sentido. Bendice a Dios porque ‘en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo…’
Nacer de nuevo, dice el apóstol. Nos recuerda lo de Jesús a Nicodemo. Para mantenernos en esa esperanza, es necesario nacer de nuevo. Es un cambio total el que hay que hacer en nuestra vida. Es el cambio y la transformación que se realiza en nosotros por nuestra fe en Jesús y nuestra unión con El para vivir una nueva vida. Si seguimos con nuestras mentalidades, si seguimos con el corazón apegado a las cosas de aquí abajo, poco puede interesarnos la vida eterna, la salvación. Por eso es necesario estar dispuestos a nacer de nuevo.
Pero será algo que no hacemos por nosotros mismos, sino con la fuerza y la ayuda del Señor. ‘La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final’. Y eso aunque nos cueste, nos veamos tentados o puestos a prueba. Las pruebas nos purifican. Las pruebas nos hacen fuertes. Las pruebas aquilatan nuestra vida aprendiendo a darle valor a lo que realmente tiene valor. ‘Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe – de más precio que el oro que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego – llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo… alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación’.
Sí, pasar todo lo que tengamos que pasar para alcanzar la salvación.