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viernes, 10 de junio de 2022

Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

 


Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

1Reyes 19, 9a. 11-16; Sal 26; Mateo 5, 27-32

Un cristal turbio nos impide ver con claridad; es más, un cristal turbio nos hará ver cosas turbias allí donde no las hay; la suciedad no está en la cosa que vemos sino en aquello que nos ha servido de filtro a través del cual veíamos las cosas; lo podemos ver todo verde, sin ponemos el filtro de ese color, lo podemos ver luminoso si el cristal está límpido y brillante sin ninguna mancha. Los cristales manchados del vehículo que conducimos nos van a entorpecer la marcha del vehículo poniendo en peligro su conducción porque nos impiden ver con claridad. Ya podríamos adelantar, que la legañas de maldad que llevemos en nuestros ojos nos harán mirar de mala manera a aquellos con los que nos cruzamos en el camino de la vida.

Ya nos dirá en otro momento del evangelio Jesús que quitemos la viga que llevamos en nuestro ojo antes de querer quitar la mota que pudiera haber en el ojo del hermano. Y pueden ser unas vigas tremendas las que llevemos en nuestros ojos llenos de malicia, de maldad, en nuestro corazón lleno de malas intenciones. Es lo importante que nos quiere hacer ver Jesús.

Las palabras que hoy escuchamos forman parte del sermón del monte donde tras proclamar las bienaventuranzas Jesús ha ido desgranando una multitud de situaciones de nuestra vida que tendrían que entrar en revisión. No ha venido a abolir la ley y los profetas le escuchamos decir, sino a darle plenitud; por eso irá revisando cada una de esas situaciones en las que incluso le hayamos podido hacer decir más a las normas que nos hemos ido imponiendo que lo que el Señor quiso darnos con su ley. Por eso nos irá repitiendo ‘habéis oído que se os dijo, pero yo os digo…’ para darnos el verdadero sentido que han de tener las cosas.

Hoy de forma concreta nos habla del adulterio, pero Jesús nos viene a hacer comprender que incluso nos puede suceder que sin llegar al adulterio en la materialidad de los actos, sin embargo desde nuestro corazón podemos tener actitudes adulteras desde la malicia con que miremos a la otra persona. Por eso las palabras de Jesús hoy quieren ir incluso más allá de lo que en principio se nos plantea, para hacernos caer en la cuenta de cual es lo importante que hemos de tener en cuenta en la vida y en lo hacemos. Es la bondad o la maldad que llevemos en el corazón. Ese cristal sucio a través del cual miramos a la mujer de nuestro prójimo, a la otra persona podríamos o tendríamos que decir, por la malicia que podemos llevar dentro.

Vale de cara al tema del adulterio por lo que en concreto se nos dice en este pasaje, pero nos damos cuenta que nos vale para todas las intenciones que podemos tener o con que podemos mirar a los demás. No olvidemos que una de las bienaventuranzas que Jesús nos propone es ‘dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’.

Dichosos los limpios de corazón, sí, porque tendrán una mirada clara y distinta y nada la enturbiará. Dichosos los limpios de corazón, podríamos también decir, porque ellos serán los que verán en el otro un hermano; dichosos los limpios de corazón porque serán los que sabrán amar; dichosos los limpios de corazón porque tendrán generosidad en el corazón; dichosos los limpios de corazón porque teniendo un corazón puro nunca harán discriminación y todos se sentirán como hermanos; dichosos los limpios de corazón porque serán los que tenderán su mano sin importarles ni el color de su piel, ni la condición exterior que pueda presentar su persona, porque sabrán caminar juntos, y sabrán hacer un mundo justo; dichosos los limpios de corazón porque siempre llevarán limpias y luminosas las lentes de sus ojos y de su corazón y sabrán hacer un mundo de luz y de vida, porque siempre irán repartiendo amor.

jueves, 9 de junio de 2022

Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

 


Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26

Muchas veces habremos rezado el salmo 22, ‘el Señor es mi pastor, nada me falta’. Hemos disfrutado de la belleza, sencillez y al mismo tiempo profundidad de ese salmo; nos hemos regocijado sintiéndonos servidos por ese pastor que nos lleva a los mejores pastos, nos ofrece las mejores fuentes, cuida de nosotros para reponer nuestras fuerzas o curar nuestras heridas; ese pastor que nos prepara una mesa en la que él mismo sirve ungiéndonos con el óleo de la alegría, ese pastor que nos hace gozar y disfrutar de la misericordia del Señor.

¿Quién es ese pastor? El evangelio nos habla del pastor que busca a la oveja perdida y la carga sobre sus hombros; el pastor cuya voz conocen sus ovejas, pero conoce a todas sus ovejas y las llama por su nombre; el pastor que es capaz de dar su vida por sus ovejas porque cuando ve venir al lobo no huye sino que le hace frente, poniéndose por medio para salvar a sus ovejas. Y Jesús nos dice que El es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas conocen y escuchan su voz.

Este salmo que hemos comenzado comentando y haciendo como una paráfrasis es precisamente el que nos ofrece hoy la liturgia en esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que celebramos en este jueves posterior al domingo de Pentecostés. Si la liturgia nos lo ofrece a nuestra consideración y para nuestra oración mientras celebramos esta fiesta es porque viene bien a definirnos el sentido del Sacerdocio de Cristo.

Es el nuevo sacerdocio que en Cristo se establece. Hermosas son las consideraciones que nos hace la carta de los Hebreos sobre este nuevo Sacerdocio del Nuevo Testamento. No es en función de una herencia familiar como lo era en el Antiguo Testamento. Aarón fue consagrado por Moisés a la hora de constituir el pueblo de la Alianza a partir del Sinaí y serían los descendientes de Aarón, de la familia y tribu de Leví, los que constituirían ese sacerdocio.

Función del sacerdote era la de ser mediador y puente – por ese se le dice pontífice – entre Dios y el pueblo encargado de ofrecer en nombre del pueblo los sacrificios a Dios y de trasmitir de parte de Dios su palabra para el pueblo. Pero con Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, ¿quién podría expresar mejor lo que significaría ese nuevo sacerdocio para el nuevo pueblo de Dios? Es Jesús el verdadero mediador, en cuanto Dios y hombre verdadero, y quien no ofrece un sacrificio cualquiera sino que se ofrece a sí mismo dando su vida, derramando su sangre para nuestra salvación. Se constituye así Jesucristo en Sacerdote, víctima y altar, Sumo y Eterno Sacerdote como hoy lo proclamamos y celebramos.

Ese sacerdocio de Cristo del que todos participamos en virtud de la consagración de nuestro Bautismo, pues con Cristo hemos sido ungidos para ser con El sacerdotes, profetas y reyes. Somos nosotros los que nos unimos a esa ofrenda de Cristo ofreciendo con nuestra vida sacrificios agradables al Padre. Somos un pueblo sacerdotal unido al sacerdocio de Cristo.

Pero esta fiesta del Sacerdocio de Cristo es también la fiesta de aquellos que participan ministerialmente del sacerdocio de Cristo, ejerciendo esa especial función dentro del pueblo de Dios, los presbíteros, participes de ese sacerdocio de Cristo de manera especial por el Orden Sacerdotal. Se configuran de manera especial con Cristo para con la fuerza del Espíritu ejercer ese ministerio sacerdotal en el pueblo de Dios. En nombre de Cristo se convierten en nuestros pastores, para que a imagen de Cristo, Buen Pastor, también nos conduzcan hacia fuentes tranquilas que reparen nuestras fuerzas en virtud de su ministerio.

Han de ser la imagen de Cristo, a pesar de sus debilidades, para traernos a Cristo y para atraernos hacia Cristo. Divina la función que tienen que ejercer y que solo podrán realizar con la fuerza del Espíritu del que tienen que sentirse revestidos con una fuerza especial. Cuidan del pueblo de Dios como pastores, pero han de sentirse cuidados por ese pueblo de Dios que escucha su voz, como escuchan a Cristo.

De ahí cómo tiene que arropar el pueblo de Dios a sus sacerdotes y no en una oración esporádica que hagan en un día como hoy que se recuerde el sacerdocio de Cristo, sino que ha de ser la oración constante del pueblo de Dios la que los sostenga para que el ángel del Señor los libere de todo mal, como liberó a Pedro de la cárcel por la oración de la comunidad cristiana que apoyaba a su pastor, como nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Recemos, pues, por los sacerdotes para que con la gracia del Señor se mantengan fieles a su ministerio y servicio al pueblo de Dios en las diversas funciones que han de realizar en la comunidad cristiana mientras se les permita realizar su función.

miércoles, 8 de junio de 2022

Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar que en verdad nos haga grandes en la vida

 


Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar que en verdad nos haga grandes en la vida

1Reyes 18, 20-39; Sal 15; Mateo 5, 17-19

Nos encontramos muchas veces inmersos en una sociedad en la que damos la impresión que no sabemos ni lo que queremos; entre aquellos que aman tanto la libertad que no quieren aceptar ninguna norma ni ninguna ley que rija esa sociedad porque dicen que se les coarta su libertad cuando se trata de imponer normas, leyes o reglas que rijan esa sociedad y por otra parte lo que quieren tenerlo todo tan medido y tan calculado que nos atiborran a normas, reglamentos, protocolos como ahora se dicen y no se cuantas cosas más. Algunas veces no terminamos de entender lo que sucede en nuestra sociedad, que es lo que realmente se quiere.

Algunos quieren una revolución en la que se supriman todas las leyes y normas mientras otros tratan de imponerse desde su poder; claro que necesitamos unas leyes, mandatos o como queramos llamarlos que sean como el cauce por donde discurra la vida de todos y a todos se les garantice su libertad pero el poder también vivir con toda dignidad desde el respeto que nos tengamos unos a otros.

Muchos radicalismos en esos sentidos que hemos mencionado nos encontramos hoy, o muchas revoluciones que pretenden acabar con todo orden instituido, porque todo tendría que ajustarse a sus particulares intereses, porque ya muchas veces no son ideas sobre el sentido de una sociedad, sino intereses muy individualistas. ¿Dónde vamos a encontrar un sentido para todo esto? ¿Dónde vamos a encontrar aquello que pueda elevar de la mejor manera la dignidad de toda persona y ayudarla así también a que consiga su felicidad?

Estas cosas que nos suceden hoy, son cosas que de una forma o de otra se repiten a lo largo de la historia. Siempre había quien no buscaba sino revoluciones, siempre había quien lo rechazaba todo, siempre estaban los disconformes pero que sus caminos muchas veces eran los de la destrucción, en lugar de construir.

No eran tiempos fáciles los de la época de Jesús; por una parte estaban disconformes con el estar bajo el yugo de los romanos que los dominaban e imponían sus leyes y sus costumbres, pero en medio del pueblo sencillo había también que no soportaba la ley de Moisés, razón de ser de aquel pueblo, pero sobre todo de cómo se le habían ido agregando normas y normas que hacen interminables las listas de preceptos a los que habían someterse. Por allí andaban los fariseos con la aplicación de la ley a su manera y como maestros de la ley en medio del pueblo los llenaban de normas y preceptos.

Por eso lo que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio, que forma parte del sermón programático, que podríamos llamar, del monte, viene a ser como una respuesta a lo que muchos pedía. ‘No he venido a abolir la ley y los profetas’, les dice claramente. Cuando surge Jesús como profeta de Nazaret en medio del pueblo, con su nueva forma de presentarnos las cosas, de hablar del Reino de Dios, se había despertado una esperanza en medio de aquel resto de Israel.

No se presentaba Jesús como un maestro de la ley a la manera que estaban acostumbrados, no se ponía del lado ni de los fariseos ni de los saduceos que eran los dos grupos más dominantes, como tampoco formaba parte del grupo de los Zelotas tan revolucionarios contra los romanos, aunque algunos hubiera entre sus discípulos. Era una esperanza nueva y bonita la que se estaba despertando, pero que también podría hacer surgir la inquietud de renovarlo todo pero revocando y aboliendo todo lo anterior.


Y es a lo que viene a dar respuesta Jesús. El lo que quiere es una plenitud para el hombre y la mujer que caminan sobre la tierra, una plenitud que engrandezca a la persona, una plenitud que dé un sentido hondo a la vida y cuanto hacemos, una plenitud que abra el espíritu a la trascendencia y lo eleve, una plenitud que le haga encontrarse consigo mismo, pero lo más importante, que lo haga encontrarse de verdad con Dios.

Lo irá desgranando a lo largo de todo el sermón de la montaña, pero a lo largo de todo lo que será esa buena noticia del Evangelio que nos está anunciando el nuevo sentido de plenitud del Reino de Dios.

¿Qué ansiamos nosotros? ¿Buscamos también un camino de plenitud para nuestra vida? ¿Cuáles son los valores que tenemos que buscar para encontrar lo que en verdad nos haga grandes? ¿Seguiremos quizás con nuestros raquitismos o estaremos dispuestos a levantar el vuelo para llevar a vivir todo eso grande que Jesús nos ofrece? Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar.

martes, 7 de junio de 2022

No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

 


No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

1Reyes 17, 7-16; Sal 4; Mateo 5, 13-16

La sal para dar sabor o para evitar la corrupción, y la luz para colocarla en el sitio más oportuno para que ilumine. Como se suele decir, cuando una cosa está muy clara, no es que hayan descubierto el mediterráneo. Pero sí, una cosa tan elemental y tan sencilla parece, sin embargo, que es algo que falta mucho. ¿Habremos encontrado el verdadero sabor? ¿Nos habremos librado de corrupción y de muerte? ¿Todos nos iluminamos con la misma luz?

Jesús hoy nos hace algunas consideraciones, así como de pasada, como se dice, sin mala intención. ¿Y si la sal pierde el sabor? ¿Y si la luz no la hemos colocado en el lugar más adecuado, sino que más bien se nos ha ocurrido ocultarla debajo del cajón? ¿A quien se le ocurre? Podríamos comentar, pero miremos si algo así no nos está pasando.

Porque Jesús nos está diciendo a los que creemos en El y queremos seguirle que es eso lo que nosotros tenemos que ser, sal y luz, sal que dé sabor y preserve de la muerte y luz que ilumine y nos haga encontrar el sentido de verdad. Primero tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos, descubrir si hemos encontrado ese sabor, si en verdad estamos iluminados por su luz.

A veces los cristianos no terminamos de darnos cuenta en qué tenemos que diferenciarnos de los demás; todo nos puede parecer bueno, nos conformamos con lo que otros hacen desde sus propios planteamientos y parece que nosotros no tenemos nada que decir, no hay algo nuevo que tenemos que matizar, nos da igual lo que otros digan y no somos capaces de ver las diferencias.

No hemos encontrado la sal, no hemos encontrado el sabor que desde nuestra fe tiene que tener nuestra vida; y vamos mezclándolo todo, y andamos en unas tremendas confusiones, y no somos capaces de mantener unos principios, o a la hora de una elección decantarnos por lo que hayamos descubierto desde el evangelio que tiene que ser nuestra vida. Hemos ido dejando por otra parte que la corrupción se vaya adueñando de nuestro mundo. Y donde hay corrupción sabemos que fácilmente nos podemos contagiar; una manzana podrida lleva la corrupción a todo el cesto de manzanas. No hemos encontrado esa luz que nos ilumina y con la que nosotros tenemos que iluminar a los demás.

Es triste pero parece que somos cristianos del arrastre, nos vamos arrastrando detrás de cualquier cosa sin hacer notar lo que en verdad son los valores que aprendemos desde Jesús y su evangelio. Parece que no tenemos una palabra que decir; parece que no tenemos una luz con la que iluminar; parece que poco nos importa el camino que nos ha trazado Jesús y que hemos de seguir. ¡Qué poca influencia estamos teniendo los cristianos en el mundo a pesar de que decimos que somos tantos! No hacemos oír nuestra voz.

Qué necesario es que nos impregnemos de verdad cada vez más del evangelio. como la sal que se impregna en el alimento de tal manera que al final no sabemos donde está la sal, pero si sabremos que aquel alimento tiene un nuevo sabor, así necesitamos impregnarnos bien, empaparnos bien del evangelio. Es impregnarnos de Dios, es sumergirnos en su Espíritu, es sentirnos iluminados por su luz de manera que resplandezcamos, que nuestra vida se presente así como se faro de luz que todo lo inunda, que nos hace encontrar la verdad de nuestra vida, que nos permite dejarnos conducir por el Señor.


Es el testimonio que tenemos que dar. Porque aunque muchas veces digamos que en el mundo hay un rechazo a lo que tenga el sabor cristiano, sin embargo hoy está nuestro mundo, están nuestras gentes en un camino de búsqueda, aunque muchas veces no sepan a donde dirigir sus pasos, de alguna manera están buscando una luz, un sentido, algo que les dé valor a sus vidas. 

Es el testimonio que tenemos que dar, si de verdad hemos plasmado en nuestras vidas el sentido del evangelio; nuestros valores resplandecerán, nuestra sal impregnará a ese mundo que nos rodea para que pueda encontrar el verdadero sabor para sus vidas.

lunes, 6 de junio de 2022

María, Madre de la Iglesia, el mejor molde en el que podríamos verternos nosotros para mejor parecernos a Jesús

 


María, Madre de la Iglesia, el mejor molde en el que podríamos verternos nosotros para mejor parecernos a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Ayer veníamos a concluir el tiempo pascual cuando celebrábamos la fiesta de Pentecostés. Precisamente el libro de los Hechos nos habla de cómo los apóstoles se habían reunido en el Cenáculo en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Les había dicho que no salieran de Jerusalén hasta que no recibieran el don del Espíritu Santo y allí habían permanecido el grupo de los Once que pronto se completó agregando a Matías para formar el grupo apostólico, pero estaban reunidos con María, la madre de Jesús y algunas mujeres.

Es importante que aparezca ya en la Iglesia naciente la figura de María. Durante la vida pública de Jesús esporádicamente aparece la figura de María en una ocasión que le dicen a Jesús que allí están su madre y sus hermanos, y ya sabemos la respuesta de Jesús, o cuando se menciona como hijo de María y de José el carpintero en la Sinagoga de Nazaret.

Volverá a aparecer María junto a la cruz de su Hijo en el Calvario; aunque la devoción nos ha situado a Maria en la calle de la Amargura, en el camino del Calvario, el momento cierto es lo que nos narra el evangelio de san Juan y hemos escuchado hoy en el evangelio. Allí Jesús nos la da como madre, en la persona del discípulo amado que también está al pie de la cruz junto con algunas mujeres. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre’, que les dice primero a María y luego al discípulo amado. En él, podríamos decir, estábamos prefigurados todos, estaba prefigurada la Iglesia, a la que da como madre a María.

Es lo que desde unos años a esta parte, instituida esta fiesta por el Papa Francisco, estamos celebrando hoy, María, Madre de la Iglesia. Fue ya título y advocación que nos dejé como herencia el Concilio Vaticano II, con hermosos comentarios entonces del Beato Pablo VI, y ya algunas congregaciones religiosas con fuerte carisma mariano venían celebrando en este día, como las Hijas de María, Madre de la Iglesia.

Hermoso como la Iglesia se siente hija de María. Allí en la iglesia naciente, tanto al pie de la cruz como madre corredentora como así la llamamos también en nuestra devoción, como luego en el nacimiento de la comunidad eclesial en el Cenáculo con la venida del Espíritu Santo. María, madre intercesora como la ha sentido siempre la Iglesia y la sentimos todos los cristianos, por eso la figura y la imagen de María acompañará el caminar de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Es hermoso el comentario que hizo el Papa Francisco en la celebración del primer año en la capilla de santa Marta después de haber sido instituida esta fiesta que no me resisto a transcribirlo. “La Iglesia es femenina, porque es ‘iglesia, ‘esposa’: es femenina. Y es madre, da a la luz. Esposa y madre. Y los Padres van más allá y dicen: ‘También tu alma es esposa de Cristo y madre’. Y en esta actitud que viene de María, que es Madre de la Iglesia; de esta actitud podemos comprender esta dimensión femenina de la Iglesia que cuando falta, hace que la Iglesia pierda su verdadera identidad y se convierta en una asociación de beneficencia o en un equipo de fútbol, o en cualquier cosa, pero no en la Iglesia”.

Al retomar litúrgicamente el tiempo ordinario, después de haber celebrado ayer Pentecostés, volvemos nuestra mirada a María, y la queremos contemplar como Madre de la Iglesia. Madre siempre a nuestro lado su figura femenina y maternal tanto nos ayuda al asumir nuestra identidad cristiana, porque ella es el mejor molde en el que nos podemos verter nosotros para parecernos más a Jesús, porque en ella fue engendrado por obra del Espíritu Santo el Hijo de Dios para hacerse hombre, y toda su humanidad fue origen, podríamos decirlo así, de la Humanidad del Hijo de Dios que por nosotros quiso encarnarse para ser nuestra salvación.

domingo, 5 de junio de 2022

Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

 


Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Hay una circunstancia repetida de alguna manera en los dos relatos que nos ofrece hoy san Lucas tanto del evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, previa a la presencia del Espíritu y la nueva presencia de Jesús resucitado. Expresamente se dice en el evangelio que estaban en el cenáculo con las puertas cerradas, y encerrados allí estaban en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviarles su Espíritu.

Puertas cerradas por fuera cuando nos quitan la libertad y nos dejan prisioneros en su interior, puertas cerradas por dentro cuando el miedo nos impide ejercer nuestra libertad. Seguimos viendo muchas puertas cerradas, y no solo es que caminemos por nuestras calles y raro es que nos encontremos una puerta abierta sino que puede ser expresión también de muchas cosas que nos encierran, de muchas distancias que ponemos, de muchas barreras que nos creamos y nos impiden la comunicación o la comunión. Puertas que muchas veces siguen cerradas en nosotros con nuestros miedos o con nuestras cobardías, con nuestros apegos o con nuestras esclavitudes.

Jesús había anunciado en la sinagoga de Nazaret que venía lleno del Espíritu del Señor para dar libertad a los oprimidos, y como un signo vemos en el evangelio con los milagros cómo Jesús nos va liberando de nuestros malos, que no solo son las carencias físicas que la enfermedad nos puede imponer, sino ese mal que desde dentro nos oprime y nos esclaviza.

Llega Jesús resucitado junto a los suyos y no necesitará que nadie les abra las puertas pero con el regalo del Espíritu da poder a los suyos para que vayan llevando esa nueva liberación a todos los que están esclavizados con el pecado, el poder del Espíritu para el perdón de los pecados. Se derrama el Espíritu a los congregados y encerrados en el cenáculo y las puertas se abrirán porque el Espíritu de la salvación ha de expandirse y ha de hacerse llegar a todos los hombres. Llenos del Espíritu saldrán a la calle ante todos aquellos que en su entorno se habían congregado al sentir los signos del cielo para anunciarles la Buena Nueva de la salvación.

Una salvación que significativamente será para todos los pueblos, porque yo no habrá trabas de lenguajes que impidan la comunicación, porque todos escucharán ese mensaje que les están trasmitiendo los apóstoles, cada uno en su propia lengua. No es solo un milagro de glosolalia, sino que es el signo claro de ese anuncio de salvación ha de ser para todos y todos podrán escucharlo, todos han de escucharlo. No hay ya puertas de lenguaje ni cierren la comunicación porque hasta los confines de la tierra han de ir a anunciar el mensaje de Jesús.

Celebramos hoy Pentecostés, la Pascua del Espíritu, el cumplimiento de la promesa de Jesús; el Espíritu que nos congrega en una misma comunión desde nuestra fe en Jesús y el Espíritu que nos va a hacer sentir de una manera nueva esa presencia de Jesús; el Espíritu de la Verdad que Jesús nos había prometido que nos lo revelaría todo, pero es el Espíritu que nos abre las puertas a nuevos horizontes y nos pone en camino porque con su fuerza hemos de ir haciendo el anuncio de la salvación a todos los hombres.

Es el Espíritu que ha construido la Iglesia cuando a todos nos ha congregado en unidad pero es el Espíritu que sigue conduciendo los caminos de la Iglesia y los caminos de todos los que creemos en Jesús para ser testigos en medio del mundo; es el Espíritu de sabiduría y de fortaleza para saber mantener encendida esa lámpara de nuestra fe en nuestros corazones y en medio del mundo; el Espíritu que un día condujo los pasos de María para que llegara hasta las montañas de Judea porque con su presencia todo se llenaba de Dios y es el mismo Espíritu que sigue conduciendo nuestros pasos para llenar también de la presencia de Dios nuestro mundo disipando toda sombra de tiniebla; es el Espíritu que nos libera de todas las ataduras como había anunciado Jesús en la sinagoga de Nazaret, pero que nos envía por el mundo con ese poder de liberación, con ese poder del perdón porque es el camino de la reconciliación para lograr un mundo nuevo.

Necesitamos la fuerza del Espíritu para convertirnos de verdad en testigos, testigos de la verdadera liberación, testigos que no queremos puertas cerradas sino que vamos a proclamar que con esa libertad podemos ir, vamos a ir con las puertas abiertas al encuentro de nuestros hermanos y de nuestro mundo. Es la acogida de nuestros corazones, pero son esos nuevos pasos que damos al encuentro de nuestro mundo con todas sus sombras y sufrimientos a los que queremos llevar una nueva luz.

Testigos de esa Iglesia de puertas abiertas porque llevamos un nuevo amor en nuestro corazón y vamos a ir mostrando con ese nuevo amor podemos alcanzar la verdadera liberación que nos ofrece Jesús; no podemos ser nunca una iglesia de puertas cerradas, no podemos encerrarnos los cristianos con ningún miedo que nos acobarde – desterremos para siempre todo miedo y toda cobardía -, tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu que es la fuerza de la verdadera libertad.

sábado, 4 de junio de 2022

Es en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu

 


Es en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu

Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

Una especie de anécdota o curiosidad, un testimonio y una hipérbole vienen a poner punto final al evangelio de Juan que hemos venido escuchando en estos momentos en que llegamos a la conclusión de la pascua.

Es la curiosidad de Pedro ante todo lo que le estaba anunciando Jesús pero sobre lo que le pudiera suceder, qué anuncios tendría Jesús reservados para aquel discípulo amado que ahora tan cerca de ellos estaba. Algo así como querer corresponder como un favor porque había sido precisamente Juan el que desde la barca lo había reconocido y solamente a Pedro se lo había contado. Pero Jesús, podríamos decirlo así, corta las preguntas y curiosidades de Pedro diciéndole poco menos que se preocupara solo de sus asuntos. Se queda todo en la interpretación que haría el resto de los discípulos de las palabras de Jesús – ‘Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?’ – de que aquel discípulo no iba a morir.

Es, sí, el discípulo que va a dar un hermoso testimonio de Jesús, cuando nos deja reflejado en este texto la Buena Noticia de Jesús. ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’. Como se nos dirá en otro momento todo esto se ha escrito para creamos y creyendo tengamos vida en el nombre de Jesús.

Como el mismo Juan nos dirá en sus cartas, lo que ha visto y lo que ha oído no lo puede callar; lo que ha visto y lo que ha oído, lo que ha experimentado con su propia vida, tiene que trasmitírnoslo. Ese es su testimonio, esa es su verdad, esa es la vida que nos quiere transmitir.

Y es que quienes conocemos a Jesús, quienes creemos en Jesús como nuestra Salvación tenemos que convertirnos en testigos. Es lo que ha venido a ser la historia de la Iglesia a lo largo de los tiempos, un testigo que trasmite lo que ha vivido. Es así como se ha transmitido la fe, contagiándonos de unos a otros. No son las explicaciones las que nos convencen para que creamos, sino el testimonio de una vida, el testimonio de un creyente. No vamos a enseñar filosofías ni ideologías, no son simplemente doctrinas lo que queremos trasmitir sino que Jesús es en verdad nuestra verdadera y única sabiduría porque al encontrar en El la salvación encontramos la vida, encontramos el sentido más hondo para nuestro vivir.

Y como decíamos termina con una hipérbole. Algo que nos puede parecer una exageración pero que lo que quiere es manifestarnos la grandiosidad del mensaje de Jesús. ‘Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir’.

Es cierto que la Biblia es el libro más editado en el mundo y que prácticamente se ha traducido a todas las lenguas conocidas del mundo; tenemos que reconocer también que inmensa biblioteca podríamos formar y nos preguntaríamos donde podríamos ponerla, si juntamos todos los libros que en el mundo y en la historia se han escrito que nos hablen de Jesús. Fue, es cierto, una hipérbole la que quiso expresar el evangelista aún sin saber cuánto a lo largo de la historia se escribiría sobre Jesús.

Pero quiere decirnos algo más, y es que el mensaje de Jesús no son solo las palabras que como historias nos han dejado los cuatro evangelistas, sino que el mensaje de Jesús va mucho más allá de esas palabras porque llegará a lo que llevamos en el corazón con la fe que en El tenemos. Y es ahí en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu que nos lo revelará todo.

viernes, 3 de junio de 2022

Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

 


Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Qué distintas son nuestras maneras de actuar. Cuando alguien ha perdido la confianza, porque hizo algo que no nos agradaba, porque se saltó los protocolos de la vida, eso que llamamos tantas veces lo de políticamente correcto, porque en un momento determinado se atrevió a pensar de manera distinta, difícil será que lo aceptemos, que recupere la confianza, que sigamos contando con él para los proyectos que quizás hasta juntos habíamos soñado. Y lo vemos como lo más natural del mundo. O algo muy grande le exigiremos para comenzar de nuevo a confiar en esa persona, de lo contrario será ya para nosotros como un maldito con quien no queremos contar para nada. Claro, decimos, es lo que todo el mundo hace.

Todo el mundo menos Jesús. Había confiado en Pedro desde el primer momento, porque hasta le había cambiado el nombre para significar lo nuevo que iba a ser. Con él había tenido especiales deferencias haciéndolo testigo de cosas en la que el resto del grupo no participaba, por ejemplo la subida al Tabor; le había alabado incluso en alguna ocasión porque había sido capaz de expresar con palabras hermosas lo que era su fe, porque además, como le decía, el Padre era quien se lo había revelado en su corazón. Había tenido sus más y sus menos con él, sobre todo cuando quería convencerle de que no tenía que subir a Jerusalén, y lo había apartado como si fuera una tentación de Satanás.

Pero conocía de sus impulsos, y como toda persona impulsiva habría sus momentos de fervor, pero también podría aflojarse un poco, por eso le había dicho que cuando se recuperara tenía que ser quien mantuviera la fe de los hermanos. Pero a pesar de los anuncios de Jesús se había metido en la boca del lobo, y había llegado el momento de la cobardía y de la negación, quien decía por otra parte que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús. ¿Dónde estuvo en todo el resto del tiempo de la pasión? Refugiado con el resto de los discípulos en el Cenáculo, con las puertas bien cerradas, no fuera que a ellos les pasara lo mismo.

Ahora están de nuevo en Galilea, donde los había convocado, y porque en un primer momento Jesús no había aparecido se habían ido a pescar a pesar de pasar una noche bregando sin coger nada, como en otros tiempos. En el amanecer parece que comienza a llegar la luz y las cosas comienzan a cambiar. Ante las indicaciones de que echaran la red por el otro lado de la barca habían cogido de nuevo una buena redada, pero fue Juan el que le sugirió que el que estaba en la orilla era Jesús. Allá se había lanzado al agua para llegar primero desentendiéndose de las redes y de la barca, que los otros la arrastraran a tierra.

Y es cuando surge el diálogo entre Jesús y Pedro. ‘¿Me amas, me amas más que estos?’ Por tres veces había surgido la pregunta sin más reproches sino solo preguntando por su amor, aquel amor que decía que era tan grande capaz de dar la vida por su maestro, a pesar de que luego lo había negado. Pero no hay reproches, no hay desconfianzas, solo es un examen de amor. Y Jesús sigue confiando. ‘Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…’ le repetirá Jesús. Le anuncia de nuevo que un día otro lo ceñirá, como comentará el evangelista haciendo referencia quizás a la forma de la muerte de Pedro, pero Jesús solo le dirá, ‘Tú, sígueme’.

¿Será también lo que nos está diciendo Jesús ahora cuando estamos ya concluyendo este camino de pascua? ‘Tú, sígueme’. Jesús que sigue confiando en nosotros a pesar de que también tenemos muchas veces nuestros más y menos. No siempre mantenemos el mismo entusiasmo, muchas veces nos aparecen los cansancios, nos sentimos tentados a volver atrás, quizás también habrá habido momentos de debilidad con sus negaciones, o con sus anti-testimonios, nuestra vida sigue envuelta en la debilidad, pero Jesús sigue confiando en nosotros. Nos pide fe y nos pide amor, todo lo demás brotará casi como espontáneo, pero tenemos que mantener muy viva nuestra fe, muy vivo nuestro amor.

El nos ha prometido que estará con nosotros, para eso nos deja su Espíritu. A ese paso sí podemos caminar, nos sentiremos seguros, queremos hacer honor a la confianza que Dios sigue teniendo en nosotros, queremos seguirle. ¿Aprenderemos a seguir confiando en los demás?

jueves, 2 de junio de 2022

Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

 


Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Dolor sentimos en el alma cuando vemos que una cosa, una tarea, una obra que con mucho cariño habíamos emprendido luchando y trabajando por conseguir lo mejor, por culpa de la división o el enfrentamiento de aquellos por los que trabajamos o que serían sus beneficiarios o de aquellos que tenían la misión de continuar dicha tarea, aquello se destruye y se viene abajo.

¿Por qué tienen que surgir esas ambiciones que nos enfrentan y que nos hacen estar como a la rapiña? ¿Por qué no somos capaces de con el mismo mimo y cuidado seguir haciendo que aquello se mantenga en pie, pues con tanto bien puede a la larga beneficiarlos a todos?

Pero mira cómo somos, qué pronto lo que comenzamos a hacer es buscar nuestro beneficio, o como nos sentimos mal cuando vemos que otros son felices y las cosas le marchan bien. Envidias, recelos, desconfianzas, ambiciones, orgullos tantas cosas que se nos meten por medio y son causa de destrucción en lugar de mantener la unidad.

Nos sucede tantas veces en todos los ámbitos de la vida social. Pareciera que siempre nos gusta estar jugando a la guerra; pero no es un juego, es una cruel realidad en nuestras comunidades, en nuestros grupos y desgraciadamente lo vemos también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, en nuestra Iglesia. Queremos que sobresalga nuestro grupo y no nos importa destruir lo que hagan los demás; en nuestros orgullos y vanidades lo que pretendemos es sobresalir porque a la larga lo que queremos es humillar a los que no son de nuestra cuerda.

Es doloroso, pero es la realidad. Es doloroso y no nos podemos cruzar de brazos. Es doloroso y tenemos que escuchar hoy la oración de Jesús al Padre pidiendo por la unidad de todos los que creemos en El. El sabía bien lo que nos iba a suceder. Cuántas guerras nos hacemos también dentro de la Iglesia. Cuánto nos falta de la misericordia, pero de la de verdad. Cuánto nos falta del amor verdadero que hace verdadera comunión.

Cuando hablamos de la unidad de la Iglesia nos refugiamos enseguida en ese gran drama de la Iglesia de Jesús que es la falta de la unidad de los cristianos que ha creado tan diversidad de Iglesias en que todos se quieren considerar la verdadera y tanto nos cuesta ese diálogo y entendimiento pero lo que llamamos la unidad de los cristianos. Claro los cristianos de pie nos parece que casi tenemos que desentendernos de eso por va por otras alturas y ahí poco podríamos hacer.

Pero no olvidemos que el escándalo de la falta de unidad está en nuestras pequeñas comunidades, en esa misma Iglesia a lo que nosotros pertenecemos y en la que vivimos que vive tantas veces rota por dentro. Y ahí sí tenemos mucho que hacer, ahí tenemos que comenzar a poner esa unidad y esa necesaria comunión; entre los más cercanos, entre los que nos encontramos todos los domingos cuando entramos o salimos de nuestras celebraciones pero que ni nos conocemos aunque seamos del mismo pueblo. En esas pequeñas comunidades en las que muchas veces destruimos tanto con nuestras críticas, con nuestro despego y no participación, con nuestra dejadez y despreocupación. Qué imagen tan desastrosa damos tantas veces ante el mundo que nos rodea.

Escuchemos las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí’.

miércoles, 1 de junio de 2022

Tenemos que aprender a vivir la Pascua, ese paso por la muerte de todo aquello de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús y realizar su misión

 


Tenemos que aprender a vivir la Pascua, ese paso por la muerte de todo aquello de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús y realizar su misión

Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

No sé qué experiencias de despedidas habremos tenido en la vida, bien porque tenemos que dar por concluida una misión, porque hay una ruptura en lo que realizamos y tenemos que dejarlo en manos de quien nos sustituya y se espera que pueda realizarlo quizás mejor, porque tenemos que marchar a otro lugar, porque hay un relevo y tenemos que dejar en manos de otro lo que nosotros estábamos realizando, o más drásticamente, porque la vida se nos termina, una enfermedad grave, por ejemplo, nos afecta que podría ser el final, pero los momentos son siempre duros, nos cuesta arrancarnos del lugar o de lo que estábamos haciendo, quizás por alguna circunstancia nos sentimos rotos por dentro, y desearíamos dejarlo todo atado y bien atado para que se mantenga al menos la continuidad o se siga realizando aquello en lo que habíamos puesto tanto empeño.

¿Cómo eran los momentos que se estaban viviendo en el final de aquella cena pascual? Vamos a contemplar lo que iba sucediendo en el corazón de Cristo en aquellos momentos. Todo había venido sonando a despedida en lo que allí se había ido sucediendo, en los signos que Jesús había realizado, en las propias palabras de Jesús. Ahora todo aquello se convierte en oración al Padre salida desde lo más hondo del corazón de Cristo. Sabía Jesús que había llegado su hora, por eso todos aquellos signos que habían acompañado la cena; ya incluso el traidor había marchado para hacer sus propios preparativos y realizar sus consignas; quedan los once con Jesús donde El sabía que había de haber una continuidad, aunque sabía también que los momentos iban a ser difíciles para ellos. Surge la oración de Jesús.

Los había cuidado, los había preparado, a ellos de manera especial se les había revelado, aunque no siempre lo entendieran porque hasta el ultimo momento todavía seguían con sus viejos pensamientos. Se iban a ver encontrados con el mundo que les rodeaba que a ellos también les odiaba, porque no eran como ellos. Jesús no los quiere sacar de ese mundo porque en ese mundo han de continuar la misión. Por eso ora al Padre, que un día se los había confiado, y en cuyas manos El los deja en este momento. ‘No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo… Santifícalos en la verdad…’ Ora Jesús.

Serán ahora ellos los enviados. Como Jesús era el enviado del Padre. Y la obra de Jesús había de seguir realizándose. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. En las manos de ellos quedaba, aunque todavía tuvieran que pasar por momentos de crisis, en que ni ellos mismos sabrían como salir adelante. Pero Jesús les ha prometido su asistencia, la fuerza de su Espíritu, y la tendrían. Habría antes que realizarse el paso de la pascua; y ese paso era de muerte a vida, lo cual lo haría difícil y doloroso. Pero cuando llegase la Pascua llegaría la alegría, se despertarían de nuevo las ilusiones y las esperanzas, ellos sentirían una manera nueva de estar Jesús con ellos y la misión continuaría.

Pero son los momentos duros por los que hemos de pasar también nosotros en muchas ocasiones. Tenemos que aprender a vivir la Pascua. No terminamos de entenderla y nos cuesta ese paso por la muerte, por todo aquello de lo que hemos de morir, de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús. También habrá rupturas en nuestros corazones, también habrá momentos en que tenemos que realizar un cambio, que dejar lo que hacemos en manos de otros, son momentos de pascua, que tenemos que ir aprendiendo a vivir. También nos encontramos envueltos en un mundo adverso y difícil y sonará que parece que nosotros no somos de ese mundo, pero en ese mundo hemos de estar porque es ahí donde tenemos que seguir llevando el mensaje, la buena nueva del Evangelio de Jesús.

Tenemos una certeza y es que Jesús nos ha dicho que estará siempre con nosotros hasta la consumación de los tiempos.

martes, 31 de mayo de 2022

A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

 


A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is.12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

¿Seríamos capaces, cuando tenemos algo que nos puede resultar costoso o que nos pide un esfuerzo extraordinario de hacerlo cantando? Aún me queda un recuerdo en mi mente de cuando era niño y escuchaba cantar a mi madre mientras realizaba las faenas de la casa, la limpieza, la comida, el lavado de la ropa que entonces no era con la facilidad de las lavadores como es hoy porque incluso había que acarrear el agua en baldes para llevarla a casa. Recuerdo escuchar a mi madre, o recuerdos a mis tías cuando iba a la casa de los abuelos que desde el camino escuchaba sus cantos con alegría mientras realizaban sus faenas. 

Por eso me hago la pregunta del principio, porque aun cuando fácilmente hoy estamos escuchando música continuamente, no siempre es la canción que nos sale de dentro de nosotros mientras realizamos la tarea o el trabajo. ¿No será acaso poner una nota de alegría en la vida aunque en ocasiones nos resulte costosa?

Y me hago esta consideración contemplando el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta que celebramos de la visita de María a su prima Isabel. Nadie le pidió nada a María, simplemente el ángel le informaba también como una corroboración de las propias palabras del ángel que tantas maravillas le anunciaba a María en la Anunciación de Nazaret. Pero el evangelio nos dice que María se puso aprisa en camino hasta las montañas de Judea. ¿Y queréis que os diga lo que imagino? María cantando por los caminos que atravesaban Samaría y Judea desde Galilea porque llevaba la alegría en su corazón con las maravillas que el ángel le había anunciado.

Si tras los saludos entre María e Isabel vemos que Maria se pone a cantar al Señor en aquel cántico de alabanza y de acción de gracias que es el Magnificat, me atrevo a decir que María lo llevaba ensayado en su mente y en su corazón a través de aquel largo camino. Ahora aquello que venía cantando en el corazón le sale a voz en grito porque tiene que alabar y bendecir al Señor por todas las maravillas de su amor que se están manifestando.

Es cierto que no había sido fácil el camino, porque si hoy en un vehículo lo podemos hacer en unas cuantas horas, hacerlo como María lo hizo atravesando todos aquellos lugares para llegar a las montañas de Judea no era un camino fácil ni exento de peligros para una mujer que caminaba sola, aunque se uniera a alguna de aquellas caravanas que circularían por aquellos caminos. Pero María iba llena del Espíritu divino, iba llena de Dios, como lo reconocería nada más llegar su prima que se siente honrada porque viene a ella la madre de su Señor.

Muchas consideraciones nos hacemos siempre con este pasaje del evangelio alabando la disponibilidad y la generosidad de María que se pone en camino y su espíritu de servicio; en esta visita de María a aquel hogar de las montañas de Judea vemos una señal y un signo de lo que es la visita de Dios a su pueblo, como incluso luego reconocería el anciano Zacarías cuando le lleguen a él los momentos del cántico y de la alabanza. La música, podríamos decir, resuena fuerte en aquellos corazones que les hace ponerse a todos a prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, pero es la alegría de unos corazones que están llenos de Dios.

¿Seremos nosotros capaces de cantar cuando los caminos se nos hacen duros y difíciles, cuando tenemos que atravesar valles oscuros, cuando la senda se nos hace empinada porque también tenemos que subir a un calvario con alguna cruz sobre nuestros hombros? Me atrevo a sugerir que por ahí concretemos el mensaje que hoy se nos ofrece en el evangelio y a través de la figura de María en su camino hasta la montaña de Judea. Es el cántico del amor el que tiene que surgir en nuestro corazón; es el cántico que brota de la alegría que llevamos en nuestro corazón cuando sabemos que llevamos a Dios con nosotros.

lunes, 30 de mayo de 2022

No temamos las soledades ni las luchas, no tengamos miedo a la dureza del camino, a las oscuridades o las poderosas las fuerzas del mal, ‘yo he vencido al mundo’ nos dice Jesús

 


No temamos las soledades ni las luchas, no tengamos miedo a la dureza del camino, a las oscuridades o las poderosas las fuerzas del mal, ‘yo he vencido al mundo’ nos dice Jesús

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Sentirse solo es duro y es triste. Hay momento duros así en la vida; quizás nos lo hemos buscado por nuestro carácter, por nuestra forma de actuar, porque muchas veces hemos querido andar solos así en la vida y no hemos aprendido a convivir con los demás; otras veces los amigos o las personas que tendrían que ser cercanas a nosotros nos abandonan, no quieren estar con nosotros, no quieren sentirse comprometidos, falta una verdadera amistad, surgen las cobardías y los miedos, la falta de compromiso, y no tiene uno a quien acudir.

Muchas y diversas formas de soledad, de abandono, en gente con problemas, en personas mayores, en quienes han optado por ese camino de soledad en la vida; lágrimas de amargura quizás, tristeza al ver que nadie quiere estar junto a ti, sensación de fracaso porque no supiste convencer a los que caminaban a tu lado que aquel camino era posible y era el mejor, dolor en el corazón cuando te faltan los amigos que te apoyen o simplemente estén a tu lado por sus miedos o sus cobardías.

Podemos ver mucho de esto en nuestro entorno a pesar de que digamos que vivimos en una sociedad tan desarrollada, pero que abandona a seres queridos, ¿dónde estará ese desarrollo? Aunque estemos repitiendo mucho eso de la solidaridad y cosas tan bonitas, no siempre aparecen esos gestos de solidaridad con los que están solos; mucho de esto de una forma u otra incluso podríamos estar pasando y sufriendo en nosotros mismos.

Me hace pensar en todo esto y muchas más consecuencias que se podrían sacar, los anuncios que Jesús hace a sus discípulos en la noche de la cena. Les habla de abandonos y de traiciones, de huidas y de negaciones; cosas todas que se van a ir sucediendo en aquella noche. Será quizás el grito que luego Jesús voceará desde la cruz, ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’

Cuando los discípulos en aquella noche de confidencias ahora expresen que creen en El, porque ahora si les habla claro, les replicará: ‘¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Pero Jesús no se siente solo, siente la presencia del Padre con El. Aquellas palabras de la cruz será el comienzo de una oración, de un salmo, donde al final lo que se manifiesta en la confianza que se tiene en Dios. Por eso las últimas palabras de Jesús en la cruz serán ponerse en las manos del Padre.

Ahora nos está diciendo, porque lo dice por nosotros y para nosotros, que luchas no nos van a faltar; tenemos bien clara la experiencia de la vida tan llena de luchas, de problemas, de contrariedades, de dificultades hasta para el mismo crecimiento personal, o lo difícil que va a ser cumplir la misión que Jesús nos confía porque el mundo no está con nosotros – como nos ha dicho en otro momento, el mundo nos odia – pero tenemos la confianza de que Dios está con nosotros. Es la promesa del Espíritu que repite tantas veces a lo largo de la cena. Es lo que ahora nos está diciendo. ‘Tened valor: yo he vencido al mundo’.

Por eso no temamos las soledades que parecen acogotarnos tantas veces en la vida, no temamos tener que enfrentarnos a todas esas luchas, no tengamos miedo a la dureza del camino, no nos echemos para atrás por las oscuridades que nos puedan aparecer, no nos acobardemos aunque nos parezcan poderosas las fuerzas del mal. ‘Yo he vencido al mundo’, nos dirá Jesús. Signos de ello nos ha ido dando los milagros que realizaba, recordemos, por ejemplo, aquella tempestad calmada en medio del mar. El Espíritu de Jesús estará con nosotros. Con fuerza lo pedimos de manera especial en esta semana que media hasta Pentecostés.

domingo, 29 de mayo de 2022

Contemplamos en la Ascensión la gloria del Señor, pero no nos quedamos ahí extasiados sino que hemos de rehacer el camino a Jerusalén y llegar a los confines del mundo

 


Contemplamos en la Ascensión la gloria del Señor, pero no nos quedamos ahí extasiados sino que hemos de rehacer el camino a Jerusalén y llegar a los confines del mundo

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

Cuando nos proponemos hacer un camino o una peregrinación con una meta que quizás nos parezca lejana, por una parte el sentir que no vamos solos haciendo ese camino porque hay otros que lo hacen a nuestro lado, o el poder saber que otros han llegado y que quizás no ha sido tan difícil y costoso como nos puede estar pareciendo a nosotros en determinados momentos, nos alienta, nos hace superarnos a nosotros mismos y transcendernos de aquello que ahora vamos haciendo para pensar en esa meta y nos hace sentir como una fuerza especial dentro de nosotros para no desistir y seguir en el empeño.

Podríamos decir que todo eso y mucho más es para nosotros esta fiesta de la Ascensión del Señor que hoy estamos celebrando. Una fiesta que llena de esperanza nuestro corazón, que nos hace ponernos en camino, no desistir en nuestra marcha porque un día podemos contemplar esa gloria con la que el Señor Jesús está siendo glorificado por su resurrección y Ascensión al cielo.

‘Resucitó de entre los muertos, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’, confesamos en el Credo de nuestra fe. Es la unidad, podríamos decirlo así, del misterio de Cristo que ha sido glorificado. ‘A ese Jesús a quien vosotros crucificasteis Dios lo resucitó de entre los muertos y lo constituyó Señor y Mesías’, le escucharemos decir a Pedro en la mañana de Pentecostés ante la multitud que entonces veremos congregado a las puertas del Cenáculo en las calles de Jerusalén.

Litúrgicamente celebramos en días separados la Resurrección y la Ascensión del Señor al cielo siguiendo la pauta de esos cuarenta días de los que nos habla san Lucas en que Jesús se les manifestaba glorioso y les hablaba del Reino de Dios, pero es la unidad de la Pascua lo que estamos celebrando, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, cuando contemplamos al que había sido crucificado por nuestra salvación exaltado y glorificado en el cielo y sentado a la derecha de Dios Padre.

Esos cuarenta días que median entre la resurrección y la ascensión más que un espacio en el tiempo, fue el espacio en el que los discípulos asumieron ese triunfo de Cristo – recordamos cuantas dudas había en sus corazones incluso el mismo día de la resurrección - para poder sentirse fuertes con la presencia del Espíritu que Jesús les había prometido – como celebraremos el próximo domingo en Pentecostés – para salir al mundo a hacer el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Mientras les hablaba una vez más del Reino de Dios, como nos dice el texto de los Hechos.

¿No será también para nosotros el tiempo de la maduración de nuestra fe? Le damos nuestro sí con nuestra confesión de fe, es cierto, porque nos decimos creyentes y cristianos, pero cuánto nos cuesta arrancar para llegar a dar ese testimonio pleno de nuestra fe. También en nuestros corazones tenemos que ir realizando esa maduración de nuestra fe, dejarnos encontrar por el Señor que viene a nosotros para alimentar nuestra fe, para hacerla crecer y madurar, para que lleguemos en verdad a dar esos frutos que se nos piden con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con nuestra vida.

Dios va poniendo a nuestro lado, al paso de nuestra vida, muchas cosas, muchas personas, muchos medios desde muchos ámbitos, desde nuestras comunidades que nos ayudarán a ese crecimiento y maduración de nuestra fe. Sepamos ver en ello esto de lo que nos está hablando el texto de los Hechos, que Jesús resucitado fue manifestándoseles para hablarles del Reino de Dios. Dejemos que el Espíritu del Señor vaya haciendo mella en nuestros corazones; El nos conduce, nos ilumina, nos fortalece interiormente, nos hace conocer en profundidad todo ese misterio de Jesús para que luego seamos testigos hasta los confines del mundo.

Hoy contemplamos a Cristo glorificado en su Ascensión y sentado a la derecha del Padre; pero hoy está poniendo Jesús el testigo en nuestras manos, porque somos nosotros los que tenemos que salir ahora al mundo. Contemplamos la gloria del cielo, pero no nos podemos quedar ahí extasiados sino que tenemos que volver a Jerusalén, tenemos que volver a nuestro camino, tenemos que volver a ese camino que Jesús pone ante nosotros para que vayamos a hacer ese anuncio de la Buena Nueva de Jesús al mundo.

Podríamos tener la tentación de Pedro en el Tabor de querer hacer tres tiendas para quedarse en aquellos momentos gloriosos y luminosos para siempre, pero Jesús los hizo bajar de la montaña como ahora aquellos Ángeles de Dios les dirán a los discípulos que no se queden ahí extasiados sino que tienen que volver al Jerusalén de la vida. La contemplación de la gloriosa Ascensión del Señor nos llena de esperanza y alienta nuestra vida para seguir en el camino. Sabemos a donde un día llegaremos si seguimos el camino con fidelidad, el camino de la fidelidad a la misión que se nos encomienda.

Con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor, como de manera especial celebraremos el próximo domingo; por eso a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, de los cansancios y desánimos que tantas veces nos pueden aparecer seguimos haciendo el camino con la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros. Grande es el campo que se abre ante nosotros, porque hemos de ir hasta los confines del mundo, pero sabemos que El estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Recibiremos la fuerza que viene de lo Alto.