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viernes, 15 de enero de 2021

Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

 


Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

¿Os habéis detenido a pensar alguna vez cómo hemos llenado la vida de barreras? Y no estoy pensando en las fronteras que separan las naciones y los estados cuando pensábamos que algunas se habían superado pero otras han vuelto a reaparecer; no pienso solo en la vallas que dividen los territorios y separan las propiedades donde ya no podemos decir que ancho y libre es el campo; no quiero pensar solo en las prohibiciones de todo tipo de nuestras leyes, de los decretos que acompañan y que también de alguna manera merman las libertades de las personas. Y así podríamos seguir poniendo muchos ejemplos, porque son muchas y bien diversas las barreras que dividen nuestro mundo.

Hay otras barreras que nos imponemos los unos a los otros en nuestras relaciones cuando no somos capaces de aceptarnos y de respetarnos, cuando aparecen tantas discriminaciones desde diferentes latitudes vamos a decirlo así por hacerlo de una manera suave, cuando de alguna manera ponemos impedimentos para nuestros encuentros, porque terminamos por no dejar entrar en nuestro corazón a muchas personas ni nosotros podemos traspasar ciertas fronteras que se han levantado para poder entrar en el corazón de los otros.

Ya mencionábamos la aceptación mutua y el respeto, pero que nos tiene que hacer pensar en esos candados que ponemos en nuestro corazón para impedir que entre la comprensión en nuestro corazón y seamos al final ser compasivos los unos con los otros. Un candado terrible que ponemos en el corazón es la incapacidad de perdonar de la que algunas veces nos dotamos. Es una de las peores exclusiones que hacemos de los demás, pero que en el mundo en que vivimos vemos como tan normal los resentimientos y los rencores que hasta nos puede parecer una gloria el mantener esa dureza de corazón para no perdonar a los demás.

Me ha hecho pensar en todo esto el evangelio que hoy se nos propone. Aquellos hombres que traen un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús y todo son trabas para que pueda llegar hasta El. La misma gente que buscaba a Jesús y quería estar cerca de El se lo impedía. No podían entrar por la puerta por la gente que se agolpaba y no los dejaban pasar. Pero hay gente valiente que se quiere saltar las barreras y aquellos hombres son capaces de abrir un boquete en el techo de la casa para descolgar por allí al paralítico hasta los pies de Jesús.

Pero es que allí se va a encontrar también otras barreras. Cuando Jesús quiere ofrecerle la sanación más profunda que no solo será curar sus miembros paralizados, sino ofrecerle el regalo del perdón de los pecados, aparecen los fariseos y escribas que están al acecho y dicen que eso no se puede hacer, que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder de Dios. Barreras como las que nos seguimos poniendo nosotros en la vida con nuestros corazones llenos de candados para mantener por tiempo sin fin rencores y resentimientos. Qué duros somos de corazón.

¿Seremos capaces de romper algún día esas barreras que nos estamos interponiendo los unos contra los otros? ¿Llegaremos a tener un corazón compasivo y misericordioso como tantas veces nos enseña Jesús en el evangelio para abrir nuestros corazones al perdón y ser nosotros los primeros que sintamos la verdadera paz en nuestro corazón? ¿Se nos habrá ocurrido pensar que cuando somos capaces de perdonar estamos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso?

Si fuéramos capaces de romper esta barrera para abrirnos al perdón seguro que otras muchas barreras que nos hemos interpuesto en la vida, como hacíamos mención al principio, también irán desapareciendo de nosotros y de nuestra sociedad. Seguro que esa acritud con que se está hoy viviendo la vida y las mutuas relaciones a todos los niveles desaparecerá y comenzaremos a tener un mundo de mucha paz.

jueves, 14 de enero de 2021

Nos postramos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde las angustias y preocupaciones del momento que vivimos para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’

 


Nos postramos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde las angustias y preocupaciones del momento que vivimos para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’

Hebreos 3,7-14; Sal 94; Marcos 1,40-45

El evangelio que hoy se nos propone evoca una situación que en estos momentos estamos viviendo. Estos momentos de pandemia que estamos viviendo nos obligan a mantener unos distanciamientos por miedo a los contagios que muchas veces se nos hacen cuesta arriba. No poder mantener ese contacto físico con aquellos que queremos, mantener esa distancia siempre con los miedos a un contagio de un virus que calladamente nos va contagiando y creando al mismo tiempo tantos dramas sociales y familiares como ahora se están provocando por todas partes.

Los seres humanos estamos creados para el encuentro, para la comunicación cercana y ahora se nos hace doloroso lo que se nos impone por miedo a la propagación de esa pandemia. Es cierto que está el peligro del contagio y tenemos que ponerle puertas al campo para que no nos llegue, pero está el peligro y la tentación de que ese distanciamiento no sea solo el físico que se nos impone, sino que vayamos creando otros distanciamientos que pueden aflorar fácilmente desde esos egoísmos e insolidaridades que se nos meten en el alma. Hemos de reconocer que son momentos difíciles, por esa tendencia que tenemos también en nuestro interior de comenzar a preocuparnos solo de nosotros mismos y nos vayamos encerrando en unos círculos que humanamente nos aíslen de los demás.

La situación que estamos pasando si intentamos vivirla con una madurez humana y también cristiana nos tendría que servir para pensar y reflexionar sobre muchas cosas. Por ejemplo para que comprendamos la situación que vivían los leprosos a los que se aislaba y separaba totalmente de la comunidad de manera que ni con su familia podían relacionarse. Lo vemos muchas veces como cosas del pasado que pensábamos que no volverían a repetirse, pero pienso en los dramas de los familiares de los que están muriendo en total soledad en los hospitales sin poder estar en esos momentos en la cercanía de sus seres queridos, que luego se prolongan a la hora del sepelio sin la compañía ni de seres queridos ni de otras personas que nos aprecian.

¿Qué podemos hacer? Reconozco que la respuesta no es fácil, porque tenemos que someternos a unos protocolos que se nos imponen para evitar la propagación del contagio. Las soledades a las que nos vemos obligados tendrían que ayudarnos a madurar como personas pero también a saber discernir de qué otras manera podemos hacer sentir nuestra cercanía y se mantenga viva la apertura de nuestros corazones en disponibilidad siempre para lo mejor.

Toda esta reflexión que nos vamos haciendo ha partido del hecho de que hoy el evangelio nos habla de un leproso que se acerca a Jesús pidiéndole que le cure. En este caso que nos relata el evangelio el leproso se  ha saltado todos los confinamientos a los que se veía sometido, pues ha llegado hasta los pies de Jesús, metiéndose incluso entre la gente. Breve ha sido el diálogo con Jesús con la total confianza de que Jesús podía y quería en verdad curarle. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. No es una duda, es una manera de expresar su convicción de que Jesús puede en verdad curarle y lo va a hacer. Y ahí está el gesto de Jesús que tiende su mano, le toca y le cura.

Sí, también nosotros tenemos que querer tender la mano, como Jesús, para curar. Tendemos la mano, primero, desde ese respeto a las normas y protocolos que se nos han impuesto, porque lo primero que tenemos que hacer es que no se siga propagando el virus. Físicamente en estos momentos no lo podemos hacer, pero cuando hemos llenado de amor nuestro corazón sabremos tener la inventiva y la iniciativa para buscar formas de tender la mano, de estar cercanos a los que sufren, en cualquiera que sean las situaciones, porque no se trata solamente en lo que ahora en especial vivimos.

Porque la cercanía que nosotros mostremos desde nuestro corazón, las muestras y gestos de cariño, de cercanía, de amistad, de ternura que podamos tener hacia los demás tendrá siempre forma de manifestarse. Hay una delicadeza que siempre podemos mostrar, hay una sonrisa que podemos enviar incluso por encima de la mascarilla que llevamos puesta, hay una preocupación que podemos manifestar en una bonita palabra de interés y de compañía, una ayuda que prestar o unos momentos de nuestra vida que podemos compartir.

Seguro que el amor y la ternura que llevamos en el corazón nos hará inventar gestos y señales de nuestra cercanía a los demás. Pero no olvidemos una cosa, también nosotros podemos postrarnos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde nuestras propias angustias y preocupaciones para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’, en tus manos, Señor, podemos toda esta situación difícil que estamos viviendo, si quieres, Señor, puedes hacer que todo esto termine.

miércoles, 13 de enero de 2021

Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

 


Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

Hebreos 2,14-18; Sal 104; Marcos 1,29-39

Hablar de los demás es fácil; aunque intentamos en la vida respeto y discreción sabemos bien cómo en nuestras conversaciones algo que nos es fácil que nos surja es el hablar de los otros; esas comidillas donde comentamos de todo, pero donde caemos también tan fácilmente en la murmuración, la crítica y la condena, el sembrar sospechas y desconfianzas.

Así somos los humanos y es la piedra en la que fácilmente tropezamos. Nos es más fácil comentar lo que hizo o lo que no hizo, lo que me desagrada o lo que pueda llevar a una condena, que sentir una verdadera preocupación por la otra persona y con todo el respeto del mundo, por ejemplo, estar atento a sus necesidades o a sus problemas para prestar alguna ayuda.

Si algo se nos permitiera como correcto sería el buscar el apoyo de los otros para ayudar a salir de unos problemas o necesidades, o el saber acudir a quien de verdad pueda prestar una ayuda a la persona para que pueda salir adelante. Ese interés en el buen sentido por los otros es algo que quizá no siempre entra en nuestros planes porque quizá tememos hasta donde nos puede llevar el compromiso.

Respetamos a la persona y el camino que haya querido escoger para su vida, pero con todo el respeto del mundo muchas veces esa persona necesita una mano que le ayude a levantarse, a encontrar nuevo camino, a llegar a una luz que dé sentido y orientación a sus problemas.

Hoy he querido fijarme este aspecto positivo que debiéramos tener en nuestra preocupación por los demás y lo hago al hilo del evangelio que se nos propone. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de Simón Pedro y Andrés. A continuación el evangelista nos relata cómo cura a la suegra de Pedro que está en cama con fiebre, y a una multitud que se agolpa a su puerta en la que traen a muchos enfermos con todo tipo de dolencias. A la mañana siguiente, cuando Jesús se ha retirado en la madrugada a la soledad y silencio del amanecer para la oración, vienen diciéndole que hay mucha gente que le busca y que le espera.

Nos fijamos siempre en la solicitud de Jesús por los demás y en especial por los enfermos, como un signo que va realizando de ese Reino de Dios que está anunciando y que ahora quiere llevar su anuncio a otras aldeas y lugares. Nos fijamos en ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús siempre atento al sufrimiento de los demás, a nuestro sufrimiento del que nos quiere sanar.

Pero hay un aspecto en el que quiero fijarme y que viene a ser ya en aquellos que comienzan a seguirle como un signo de que ellos están acogiendo también ese reino de Dios y están ya mostrando señales en su vida. Fijémonos en la mediación que hay en todos estos casos de los que hoy nos habla en el evangelio de personas que muestran interés por los que sufren y cómo se convierten en cierto modo en intercesores ante Jesús. Cuando llegan a casa de Simón Pedro y Andrés ‘le dicen’ que la suegra de Pedro está enferma; aquellos enfermos que se agolpan a la puerta de la casa ‘han sido traídos’, y el final será Pedro quien ‘va a decirle que hay mucha gente que le busca’.

Gente que habla de los demás y se preocupa de los demás, pero que van a decírselo a Jesús. Preocupación por los otros para ayudarles a salir de sus problemas e intercesión a quien en verdad puede sanarlos y darles nueva vida. Y es aquí donde me pregunto por esa preocupación que yo pueda sentir por los demás. Es cierto que rogamos al Señor por los nuestros, por nuestros familiares y los que están cercanos a nuestra vida; pienso que siempre estarán presentes en nuestra oración. Pero ¿nuestra preocupación y nuestra oración se sale de ese círculo de los más cercanos haciendo una oración más universal para presentarle al Señor nuestra súplica por los problemas del mundo?

Creo que aquí tendríamos que hacernos muchas consideraciones en este sentido, de cual es nuestra oración. Serán cuantos sufren en nuestro mundo de una forma o de otra, serán quienes se ven atenazados por tantas cosas que les esclavizan y les dominan, serán los problemas concretos de esa sociedad en la que vivimos y los derroteros que se van tomando, será la preocupación por los que tienen responsabilidades en nuestra sociedad por los que tendríamos que rezar aunque quizá no piensen como nosotros ni actúen según nuestros principios pero para quienes tendríamos que pedir también esa luz de lo alto que les lleve a actuar en justicia y por el bien de todos, será nuestra oración por la Iglesia y las situaciones difíciles que vive la Iglesia en el mundo de hoy y los problemas que tienen muchos cristianos para testimoniar su fe.

La suegra de Simón está enferma, nuestra sociedad está también enferma; le llevaban a Jesús los enfermos y nosotros llevamos a Jesús esos sufrimientos de nuestros hermanos; todo el mundo buscaba a Jesús y quería estar con El, ahora habrá muchos que no lo buscan o que quieran quizás desterrar el nombre de Jesús, pero por ellos también tenemos que pedir para que un día sean capaces de reconocer la luz.

martes, 12 de enero de 2021

Con qué autoridad hacemos el anuncio del evangelio en cuanto nos sentimos liberados por la Palabra de Jesús y somos signo de liberación para los demás

 


Con qué autoridad hacemos el anuncio del evangelio en cuanto nos sentimos liberados por la Palabra de Jesús y somos signo de liberación para los demás

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28

Es cierto aquello de que una imagen vale más que mil palabras, pero bien sabemos que vivimos en un mundo de palabras. Es la manera de expresarnos y de comunicarnos; lo que son nuestros pensamientos, lo que llevamos dentro, incluso aquello que queremos hacer tenemos que transformarnos en palabras con las que nos comuniquemos mutuamente esos deseos, esas ideas, esos proyectos. Es cierto que empleamos el lenguaje de los signos y de las imágenes y con ellas también hablamos  y nos expresamos, pero al final en nuestra conversación terminamos por transformarlo en palabras, para dialogarlo y discutirlo, para poder realizarlo sobre todo cuando es una tarea – como lo es la vida misma – que realizamos en común o en comunión.

Nos habla todo aquel que tiene algo que decirnos, nos habla el que quiere instruirnos y enseñarnos porque incluso con las palabras nos hará comprender aquello que ha llegado a nosotros por signos e imágenes, nos habla el maestro o el poeta, pero nos habla también quien tiene proyectos para la vida y la sociedad en la que vivimos, ya sea el filósofo o ya sea el político.

Pero nos cansamos a veces de las palabras, porque nos suenan huecas y vacías, porque realmente no nos trasmiten un contenido que nos entusiasme, o porque tras esas palabras descubrimos la mentira, la falsedad, la apariencia, la hipocresía o la búsqueda de unos intereses previamente creados y valga la redundancia excesivamente interesados. Algunas veces quisiéramos hacernos oídos sordos a esas palabras vacías, pero son tales los gritos y violencias con que quieren trasmitírnoslas que no nos queda más remedio que oírlas, pero quizás no escucharlas.

Pero no pensemos que esto es cosa solo de nuestro tiempo. En todo momento de  la historia ha habido charlatanes, personas que juegan con las palabras y nos pueden presentar la imagen de cosas maravillosas pero que han sido discursos sin contenido y sin fundamento y se quedan igualmente en el vacío. Todos nos podemos engañar, todos nos podemos dejar seducir por esas banalidades de la vida que se nos quieren presentar profundas pero que sabemos bien que no tienen ningún contenido. Son palabras sin autoridad, porque no van acompañadas de la vida de quien las pronuncia quedándose entonces sin ninguna autoridad.

‘Este sí que habla con autoridad, no como los escribas y maestros de la ley’, exclaman en la Sinagoga de Cafarnaún cuando aquel día les ha enseñado. ¿De qué les hablaría Jesús? porque el evangelista en esta ocasión no hace ninguna mención. Pero contemplando lo que fue el inicio de su predicación y lo que sería la constante de su enseñanza, tuvo que hablarles de la llegada del Reino de Dios. Había que convertirse y creer en él, había que dejarse transformar para convertir a Dios en el único Señor de la vida, había que creer aquella Palabra de Jesús porque allí no estaba la palabra de un hombre cualquiera, sino del que era en verdad la Palabra de Dios venida a este mundo para ser luz y para ser salvación.

La reacción no se hace esperar por parte de aquellos que están reacios a aceptar ese Reinado de Dios; a cuántos les cuesta aceptar esa palabra nueva y esa palabra de vida que nos invita a dejarnos transformar para ser unos hombres nuevos. Nos viene bien y cómodo quizá quedarnos como estamos. La reacción en aquella ocasión vino de un hombre poseído por un espíritu inmundo. ‘¿Qué quieres de nosotros? ¿Quieres acabar con nosotros? Sé quien eres: el santo de Dios’.

El espíritu del mal que se había adueñado del corazón del hombre no podía permitir ser arrojado fuera, para que Dios fuera el único Señor del hombre y de la historia. Es normal esa reacción de los endemoniados, como dice el evangelio, de los que están poseídos por el espíritu del mal. ¿No lo seguiremos viendo en el hoy de nuestra vida? Todo son dificultades y oposición a aquel que quiere llevar adelante una obra buena, una obra en la que muchos se verán liberados de muchas esclavitudes.

Porque seguimos encadenados a muchas cosas, son muchos los apegos del corazón y de la vida, son muchos los vicios que contaminan nuestro espíritu y qué difícil se nos hace liberarnos de ello, son muchos los intereses creados en algunas personas que quieren tener un cierto poder de manipulación sobre los otros en su afán de dominio o de ganancias que cuando alguien quiere liberarse de esas esclavitudes va a encontrar muchas cosas o personas que quieren influir sobre él y arrastrarle a ese mismo camino de perdición.

Jesús hablaba con autoridad porque liberó a aquel hombre de su mal, de la esclavitud que le oprimía. La gente estaba asombrada. A Jesús bien merecía la pena escucharle porque sus palabras eran palabras de vida y daban vida. Le veremos luego curando a tantos enfermos, como un signo de esa liberación que quiere realizar en nosotros.

Claro que en nuestra reflexión nos queda una pregunta sobre la autoridad con que nos presentamos nosotros haciendo el anuncio del mensaje de Jesús, o la autoridad de la misma Iglesia. Puede parecer fuerte. Pero seriamente tenemos que ver en qué medida nos sentimos liberados desde la Palabra de Jesús y en qué medida somos nosotros liberación para los demás. Porque esas señales tenemos que darlas y de una manera clara. El evangelio seguirá ayudándonos a comprenderlo y a realizarlo.

lunes, 11 de enero de 2021

Y se fueron con Jesús con la promesa de hacerlos pescadores de hombres, ¿daríamos nosotros un paso así?

 


Y se fueron con Jesús con la promesa de hacerlos pescadores de hombres, ¿daríamos nosotros un paso así?

Hebreos 1,1-6; Sal 96; Marcos 1,14-20

En el amor lo llaman flechazo, el amor a primera vista, pero bien sabemos que esas cosas suceden no solo hablando de enamoramientos en ese sentido, sino que en la vida nos podemos sentir atraídos o cautivados por una persona, por unos valores, por unos proyectos en los que podemos descubrir algo estable para el futuro, una amistad verdadera de alguien que queremos que nos acompañe en los caminos de la vida, de esa realización ideal que podemos ver como una gran obra.

De muchas maneras, en muchas cosas y vamos a pensar solo en lo bueno y positivo podemos sentirnos así cautivados en la vida. Es una respuesta a inquietudes que llevamos dentro, es coincidencia de principios y valores en los que creemos y por los que queremos comprometernos, son sueños de los que nos despertamos y vemos una realidad que hará posible esos sueños, esperanzas que vemos realizables, muchas cosas.

Y llegará el momento de dar el paso adelante y no hay quien nos detenga. Aunque permanezcan algunos miedos en el corazón nos sentimos impulsados y decididos en ese momento, aunque vislumbremos que muchas cosas tendrán que cambiar en nuestra vida aun sin saber claramente hasta dónde nos va a llevar el compromiso. Como se suele decir, nos liamos la manta a la cabeza y nos ponemos en camino y no hay quien nos detenga. Son los flechazos importantes que recibimos en la vida y nos hacen poner rumbo a nuevas metas y a altos ideales.

Es lo que sucedió en aquella mañana o aquella tarde, da igual la hora, en que Jesús al pasar por la orilla del lago va recolectando pescadores para una nueva pesca. Había vuelto a Galilea, nos dice el evangelista, después que arrestaron a Juan, no se había ido a Nazaret que era su pueblo sino que se había venido a Cafarnaún. Era un lugar de cierta importancia en los alrededores del lago y en cierto modo punto de partida también de muchos que se dedicaban a la pesca en el lago; una ciudad en cierto modo comercial porque era cruce de caminos de los que venían de Siria para adentrarse en palestina o para dirigirse a través de la alta Galilea hacia la tierra de los fenicios.

Allí se había establecido Jesús, su sinagoga comenzaba a frecuentarla y a hablar a la gente en ella anunciando la llegada del Reino de Dios y pidiendo conversión; será punto de partida para recorrer los caminos de las aldeas circundantes haciendo el mismo anuncio. Sus palabras comenzaban a ser escuchadas y conocidas, algo nuevo se estaba emprendiendo. Y es cuando Jesús caminando por el lago va a recolectar a esos primeros que le van a seguir de cerca y con toda fidelidad para esa pesca nueva que El les ofrece.

‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Primero serán Simón Pedro y Andrés que allá estaban en su barca en las tareas propias después de una noche de pesca; más adelante serán otros dos hermanos que están con su padre y demás pescadores también en tareas semejantes a los que invita Jesús. Y lo dejaron todo, y se fueron con El. Así de una forma radical, a primera oída, podríamos decir. Seguro que lo que ya habían oído de Jesús o lo que le habían escuchado a Jesús mismo comenzaría a despertar esperanzas en sus corazones. Caldeados estaban probablemente por los ecos de la predicación del Bautista, que río abajo en el Jordán anunciaba la pronta venida del Mesías.

Y ahora aparece por aquí Jesús anunciando el Reino de Dios, despertando las esperanzas del pueblo en la liberación que el Mesías realizará con ellos. Se van con Jesús. Se sintieron cautivados. Sus palabras habían llegado al corazón. Ahora la invitación era formal para ellos y no había que esperar más para dar respuesta. Había que estar cerca de Jesús para comprender ahora todo lo nuevo que anunciaba.

Era algo más que una amistad lo que se anunciaba, aunque un día Jesús dirá que son sus amigos porque les ha revelado todo lo que ha recibido del Padre. Pero sí había un proyecto de algo nuevo y algo grande que Jesús prometía. Había unas exigencias fuertes pues se pedía un cambio total de vida y de mentalidad, pero parecía que aquello que se anunciaba bien lo merecía.

Y se fueron con Jesús con la promesa de hacerlos pescadores de hombres. ¿Daríamos nosotros un paso así?

domingo, 10 de enero de 2021

Hoy se nos ha manifestado la gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo, pero nos llena de gozo porque así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo

 


Hoy se nos ha manifestado la gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo, pero nos llena de gozo porque así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

 ‘Tú, ¿Quién eres?’ interrogaba a Juan la embajada venida de Jerusalén. ‘¿Por qué bautizas?’, querían indagar. Había surgido aquel profeta allá en las orillas del Jordán y aquello había inquietado a los judíos de Jerusalén, sobre todos los principales entre ellos, sumos sacerdotes, ancianos, fariseos, escribas. Por eso envían emisarios y preguntan. Y Juan les dice, como hemos escuchado en otras ocasiones, que ni es el Profeta, ni es el Mesías, que solo es una voz que grita en el desierto –y bien se puede entender lo de gritar en el desierto para el caso que le hacían algunos – porque había que preparar los caminos del Señor. ‘Yo bautizo con agua pero el que viene bautiza con Espíritu Santo’ les dice. Su bautismo solo era un signo de que querían arrepentirse y lavarse de sus pecados para recibir dignamente al Mesías que llegaba, no tenía otro sentido.

Ya les dirá en otro momento que el que le había enviado a bautizar le había dicho que cuando viera bajar al Espíritu Santo, ése era el que bautizaría en Espíritu Santo y fuego porque sería el que estaba lleno del Espíritu de Dios. Y es lo que ahora contempla. En una fila de los que venían a ser bautizados venía Jesús. Por otro evangelista conocemos de la resistencia de Juan a bautizarlo, porque como decía era él quien había de ser bautizado por Jesús, pero Jesús había insistido en que hiciera lo que tenia que hacer. Y tras la inmersión en las aguas del Jordán se hizo presente en aquel lugar la gloria del Señor. El cielo se había abierto sobre El y el Espíritu Santo bajaba en forma de paloma mientras se oía la voz del cielo.

‘Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’. Así escuetamente nos lo narra el evangelista Marcos. Y es lo que hoy también nosotros contemplamos y celebramos, el Bautismo de Jesús.

Siempre nos preguntamos ¿es que Jesús necesitaba de aquel bautismo? No necesitaba un bautismo penitencial porque ningún pecado había en El. No necesitaba un bautismo en el Espíritu porque por naturaleza era el Hijo de Dios, como nosotros necesitamos de un bautismo que borre nuestros pecados y nos haga participes de la filiación divina. Aquel bautismo sí viene a ser como la inauguración de un nuevo Bautismo en el que quienes creyéramos en Jesús por la fuerza del Espíritu en el agua del bautismo vamos a nacer de nuevo para hacernos participes de la vida divina, Dios nos participes de la pascua de Cristo para adoptarnos y hacernos hijos suyos.

Hay que nacer de nuevo, le decía Jesús a Nicodemo, para entrar en el Reino de Dios para hacernos partícipes del Reino de Dios; hay que nacer de nuevo por el agua y el Espíritu le insiste y le explica Jesús a Nicodemo que no acaba de entender las palabras de Jesús haciendo una referencia clara a lo que es el bautismo que nosotros hemos recibido.

Una oportunidad tenemos en esta fiesta del Bautismo del Señor para considerar lo que significa el bautismo que nosotros hemos recibido y de alguna manera renovar esa gracia entonces recibida. Es momento de considerar la grandeza del bautismo y la maravilla de la gracia que en él hemos recibido. En el Espíritu hemos sido bautizados y así nos hacemos participes de la gracia redentora de Cristo. También sobre nosotros se abrió el cielo porque el Espíritu de Dios venía sobre nosotros para hacernos hijos; también nosotros hemos escuchado la voz del cielo que nos señalaba como hijos amados de Dios.

Hoy es un día de gozo y alegría porque también sobre nosotros resplandece la gloria de Dios. Es algo que hemos venido repitiendo a lo largo de este tiempo de Navidad, porque así brilló la gloria de Dios en la noche de Belén cuando los ángeles se manifestaron a los pastores para hacerles el anuncio del nacimiento del Salvador.

Y hemos ido repitiendo en cada uno de los momentos de lo que hemos venido celebrando estos días cómo se manifestaba la gloria del Señor. La estrella que brillaba en lo alto y guió a los magos de Oriente nos señalaba esa gloria del Señor y como los magos nosotros queríamos ir también en su búsqueda. Hoy se nos ha manifestado esa gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo en esa maravillosa teofanía, pero nos llena de gozo el saber que así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo.

Y ahora nos queda una cosa, y es cómo nosotros hemos de manifestar esa gloria del Señor al mundo, a los que están a nuestro lado, como la iglesia ha de hacer visible en medio del mundo esa gloria del Señor. ¿Será el nuevo anuncio del evangelio – nueva evangelización – que tenemos que hacer? ¿Será el testimonio de nuestra fe desde la alegría y esperanza con que la vivimos y la manifestamos? ¿Será el testimonio de nuestra vida y de nuestras obras de amor con lo que vamos transformando nuestro mundo? ¿Cómo los cristianos tenemos que ser estrellas que brillen y que atraigan, que señalen caminos y que lleven a Jesús, que iluminen un mundo nuevo que llamamos Reino de Dios en esta tierra en la que vivimos?

sábado, 9 de enero de 2021

Momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida, dificultades y contratiempos, sin saber como salir de la situación y Jesús que viene a nuestro encuentro

 


Momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida, dificultades y contratiempos, sin saber como salir de la situación y Jesús que viene a nuestro encuentro

1Juan 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6, 45-52

En la vida nos acostumbramos a que la vida vaya marchando con toda normalidad, sin tener mayores problemas sino las cosas de cada día, que las cosas nos vayan saliendo más o menos sin complicaciones que cuando nos surge una dificultad mayor parece que el mundo se nos viene encima, perdemos el  humor y hasta parece que las ganas de vivir, fruncimos nuestro ceño, nos ponemos adustos y parece como que perdiéramos la alegría de estar con los demás, incluso con los más amigos.

Algunas veces no somos sensibles para darnos cuenta de lo que les puede pasar a los que están a nuestro lado, pero muchos dramas podríamos encontrar en esas personas a las que de un momento a otro se le acumulan los problemas. Todos necesitaríamos un poco más de sensibilidad para darnos cuenta de esos sufrimientos que pueden estar pasando muchos a nuestro lado.

¿Qué hacer? ¿Cómo encontrar fuerzas? ¿Dónde encontrar recursos que nos levanten el espíritu? Quizás necesitamos hacer alguna parada en la vida, en esa carrera loca en la que vivimos, para encontrar esa serenidad del espíritu que tanto necesitamos. Descubrir donde está nuestra fortaleza y que no estamos tan solos en esas situaciones.

Habían pasado un día los discípulos con gratas y sorprendentes experiencias al lado de Jesús sobre todo en lo que había sucedido en aquella tarde cuando le dio de comer a toda aquella multitud que en torno a El se había reunido. Pero Jesús les había insistido en que tomaran la barca y marcharan a la otra orilla y en estas estaban esa noche intentando atravesar el lago. Intentando, porque aparecían las dificultades a las que quizá como pescadores de aquel lago tendrían que estar acostumbrados. Pero aquel viento en contra que se les había levantado impidiendo avanzar la barca era algo que no les gustaba y comenzaba a preocuparles. Jesús se había querido quedar en la orilla y ahora no estaba con ellos, cuando su presencia tanto les reconfortaba.

Serán esos momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida. Dificultades, problemas, contratiempos, soledades y no saber como salir de la situación, como arrancar y caminar hacia delante, cuando parece que todo lo que hace es retroceder. Nos parece que nadie nos auxilia. Nos sentimos acaso abandonados de Dios. Es el grito doloroso que algunas veces surge en nuestro interior y que nos llena de dudas. Y cuando ya vamos con una actitud pasiva simplemente arrastrándonos porque parece que hasta hemos perdido la última ilusión más oscuros se nos vuelven los caminos de la vida.

Jesús se había quedado solo en la montaña, pero como solía hacer tantas veces, era una soledad para encontrarse con el Padre, era un momento de oración. Jesús no se desentendía de los que abajo en el lago iban remando a la contra y sabía bien de las dificultades que ya no eran solo los contratiempos de la meteorología lo que tenían sino que habían comenzado a aparecer dudas en sus corazones.

Y Jesús va a su encuentro. Jesús viene a su encuentro y no lo saben ver. Jesús camina sobre las aguas y ellos creen ver un fantasma. ¿Les faltaba visión? ¿Les faltaba una visión de fe en la dificultad por la que iban pasando? ¿No es un poco lo que a nosotros nos pasa en esas situaciones difíciles, en esas noches oscuras de la vida?

‘No temáis, soy yo’, les dice Jesús. Y reconocerían su voz y reconocerían su figura, y eran entonces conscientes de que Jesús estaba con ellos aunque les pareciese lo contrario, y la barca comenzó a avanzar con toda normalidad, y las fuerzas del viento contrario cesaron. Es lo que necesitamos nosotros, pero para ello abramos los ojos de la fe, porque será la manera de que llegue la luz a nosotros, entre la luz en nuestra alma. Jesús está con nosotros y es nuestra luz.

Pero si antes hablamos de la necesidad de nuestra sensibilidad ante lo que sucede en nuestro entorno, pensemos que como Jesús sobre el agua de esas dificultades tendremos que caminar para ir al encuentro de nuestros hermanos que sufren y ser esos signos de Jesús en sus vidas que tanto necesitan. Nuestro amor y nuestra preocupación por los demás han de convertirse en luz para esos corazones que en el fondo están necesitando encontrarse con Jesús y a través nuestro pueden lograrlo.

viernes, 8 de enero de 2021

Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor

 


Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor

1Juan 4, 7-10; Sal 71; Marcos 6, 34-44

El que ama de verdad no soporta el sufrimiento de los demás por falta de amor. Y es que el amor nos da una especial sensibilidad. Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor. Podíamos decir que las antenas del alma que ama son de doble dirección, para enviar amor sin falta pero para detectar allí donde hay esa carencia que necesita ser remediada.

¿No será eso lo que Jesús nos está queriendo decir de si mismo en este evangelio que hoy se nos propone? Estos días de finalización del tiempo de la navidad se nos van ofreciendo distintos textos que nos van definiendo a Jesús. ¿Qué es lo que contemplamos hoy en el evangelio de Marcos? Jesús que se encuentra enfrente de una multitud considerable que han venido porque han oído hablar de Jesús y de lo que Jesús está comenzando a enseñar y a realizar, es inmediatamente nos dice el evangelista que Jesús sintió compasión de aquella gente. Se encendieron y levantaron las antenas del amor y allí detecto una multitud hambrienta. Y nos dice el evangelista ‘se puso a enseñarles con calma’.

Hablamos de una multitud hambrienta, que es lo que detecta Jesús, y se pone a enseñarles. El hambre no estaba en una carencia de alimentos, aunque eso se resuelva más tarde, sino en el lamento que brotaba del corazón de quienes habían perdido la esperanza, de quienes andaban de acá para allá como ovejas que no tienen pastor sin encontrar el verdadero pasto que saciara sus vidas, el lamento de aquellos corazones rotos y llenos de oscuridades porque no terminaban de ver, no terminaban de comprender todos aquellos anuncios de salvación que habían ido recibiendo durante siglos, y todavía se sentían perdidos como los que habían salido de Egipto por los desiertos del Sinaí sin encontrar el camino de la tierra prometida.

Cuarenta años habían estado sus padres en aquellos desiertos unas veces acercándose, otras veces alejándose, pero sin encontrar el punto por donde entrar en la tierra prometida. Ahora se encontraban igual entre sombras y oscuridades semejantes porque aun no terminaban de comprender ni la misma situación que vivían. Ya no escuchaban a los profetas que parecía que su voz se había apagado, sus dirigentes andaban cada uno a sus intereses, la fe y la esperanza se iba marchitando, y todo era confusión en sus vidas.

Por eso la aparición de aquel ‘profeta de Nazaret’, comenzó de nuevo a despertarlos y acudían ansiosos de todas partes para escucharle o para hacerse beneficiarios de los signos que realizaba cuando curaba a sus enfermos o expulsaba a los demonios. Por eso Jesús se puso a enseñarles con calma. Hacer que recuperaran la paz de sus corazones era una tarea que llevaría tiempo y veremos a Jesús a través de todo el evangelio cómo una y otra vez volverá a hablarles del Reino de Dios con diferentes imágenes o irá realizando ese Reino de Dios a través de los distintos signos que realiza.

Es lo que ahora va a suceder. Llevan días en búsqueda de Jesús y sus provisiones se habrán acabado. Aquella multitud también está hambrienta de pan y hay que darles de comer. Y es a lo que invita a sus discípulos más cercanos que realicen aunque no saben a donde acudir para comprar panes para tanta gente. ‘Dadle vosotros de comer’, les dice. Ellos tampoco han terminado de comprender al Maestro y necesitarán también que Jesús sea quien realice el signo de darles de comer.

Cuando tenemos desplegadas las antenas del amor aprendemos a encontrar caminos, se podrán abrir horizontes nuevos delante de nosotros, la solidaridad va desperezándose en nosotros y en los que nos rodean y vamos a encontrar ese pan o ese pez que anda perdido quizás por nuestras alforjas para comenzar a ponerlo al servicio de los demás. Para quien ha sabido desplegar esas antenas no habrán barreras que no pueda saltar ni caminos que no pueda recorrer cuando se trata de ir al encuentro del amor para llevarle el bálsamo del amor. Por eso solemos decir que el amor es creativo y es expansivo porque como una onda que se va abriendo va contagiando de ese sentido nuevo del vivir que es el amor.

Es lo que sucedió aquel día allá en los lugares descampados donde estaba la multitud hambrienta y donde todos quedaron saciados. Es lo que sucede en nosotros y entre nosotros cuando hemos puesto de verdad en el centro de nuestra vida a Jesús y el Reino de Dios. Todos quedamos contagiados del amor.

jueves, 7 de enero de 2021

Llega a nosotros el Reino de Dios, nos sentimos amados de Dios, nunca nos podemos sentir abandonados en nuestras oscuridades, el Señor nos sale a nuestro encuentro

 


Llega a nosotros el Reino de Dios, nos sentimos amados de Dios, nunca nos podemos sentir abandonados en nuestras oscuridades, el Señor nos sale a nuestro encuentro

1Juan 3, 22–4, 6; Sal 2; Mateo 4, 12-17. 23-25

Aunque aun seguimos en el tiempo de la Navidad y Epifanía hasta el próximo domingo cuando celebremos el Bautismo de Jesús la proclamación del evangelio de estos días que restan hasta que comencemos el tiempo ordinario dan un salto desde los episodios relacionados con la Infancia de Jesús que hemos venido escuchando hasta su primera presentación al pueblo con su predicación, como se nos dice hoy, establecido en Cafarnaún, algo así como el centro de la Galilea, que viene a ser como un fogonazo de luz en medio de aquellos pueblos y aquella gente.

Por eso el evangelista recuerda el anuncio del profeta que nos habla del pueblo que andaba en tinieblas para quien apareció una luz. ‘Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló’.

Ese primer anuncio que realiza Jesús en Cafarnaún y en los pueblos colindantes donde comienza a predicar fue como un ramalazo de luz. ¿Qué anuncia Jesús? La llegada del Reino de Dios para lo que había que cambiar las actitudes profundas del corazón. Por eso la invitación a escuchar es invitación a la conversión, porque sin ese cambio del corazón no podrán entender todo lo que significa la llegada del Reino de Dios.

Era como decirles a los andaban en tinieblas que podían encontrar la luz; era decirles a los que les parecía que se encontraban abandonados y habían perdido la esperanza de que Dios les amaba, y porque Dios les amaba llegaba el momento del Reino de Dios, y es que cuando en verdad se sintieran amados de Dios sus vidas comenzarían a cambiar, la esperanza renacía en el corazón.

Si le decimos a alguien que se siente abandonado de todos, que se siente solo y aburrido en la vida porque cree que nadie se preocupa de él, que se siente angustiado porque en su vida le parece que no va a encontrar caminos para salir de su situación, si le decimos, repito, que él si es amado, que hay quien le quiere y se preocupa por él, sus actitudes cambian, en sus ojos puede comenzarse a descubrir un nuevo brillo y resplandor. Y eso es lo que Jesús venía a decirles, que Dios no los había abandonado, que Dios se preocupaba por ellos y su presencia era signo de ellos con los milagros que iba realizando, que Dios les amaba y para ellos había nuevos caminos que se abrirían ante sus vidas.

Ese es fundamentalmente el primer anuncio que Jesús les hace. Pero hay que creerlo, hay que aceptarlo, hay que comenzar a pensar de una manera distinta, hay que alejar sombras del corazón. Si no nos creemos esas palabras todo nos puede sonar a cantos de sirena, por eso les pide Jesús ese cambio de actitud, esa conversión del corazón. Y seguramente sus corazones comenzaron a cantar de nuevo, sus ojos comenzaron a sonreír, los reflejos de sus rostros serían distintos porque parecía que se les despertaba la vida. Por eso es como lo que había anunciado el profeta; por eso ahora vienen de todas partes a escuchar a Jesús, y Jesús con sus signos les va mostrando lo que es el amor del Señor que no quiere para ellos sufrimiento sino vida.

¿No tendremos nosotros también que escuchar ese mensaje? ¿No tendremos igualmente que convencernos de que Dios nos ama y no nos deja abandonados? ¿No tendremos que alejar tinieblas del corazón para que comience a cantar de nuevo, porque con la presencia de Jesús nos parece que nos sentimos siempre en primavera?

miércoles, 6 de enero de 2021

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

 


Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Navidad es Epifanía y Epifanía sigue siendo Navidad. No es un juego de palabras, es la realidad de lo que vivimos y celebramos porque todo es manifestación de la gloria y del amor del Señor. Se nos manifiesta en Belén aunque en aquel momento hablamos más de Navidad, de Natividad, de nacimiento de Dios hecho hombre, pero que no es otra cosa que manifestación de la gloria de Dios. ¿No es lo que los ángeles cantaron? ‘Ha aparecido la gracia de Dios’, escuchábamos en los textos de la Palabra de esa noche. Y se manifestó y se dio a conocer a unos humildes pastores que cuidaban sus rebaños en las afueras de Belén como un signo y señal para el pueblo de Dios.

Se nos manifiesta ahora en la fiesta de la Epifanía, y ese es el sentido y significado de la palabra. Es la manifestación de la gloria del Señor a todos los pueblos significados en aquellos Magos de Oriente de los que nos habla san Mateo; es la manifestación de que el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús es para todos los hombres, para todos los pueblos. Por eso decimos Epifanía que sigue siendo Navidad. Todavía el próximo domingo casi descolgándonos de la Navidad o culminando la Navidad sigue siendo Epifanía en la manifestación de la gloria de Dios en el Bautismo del Señor.

Las imágenes, los signos y los gestos que contemplamos en el relato que hoy nos ofrece el evangelio son de una gran riqueza y nos hablan de caminos y de recorridos que son caminos y recorridos de fe que todos vamos realizando o hemos de realizar en nuestra vida. Es el camino de fe, de búsqueda que realizaron aquellos magos a partir de que reciben la señal de lo alto en la estrella aparecida en los cielos pero que también a nosotros nos quiere hacer mirar hacia lo alto, aunque vayamos tropezándonos con tantas cosas que se nos atraviesan ante nuestros pies para que sepamos elevarnos, para que nos demos cuenta de que hay una luz a pesar de las oscuridades de la vida.

El camino no siempre es fácil; igual que aquellos magos tuvieron que atravesar desiertos y tortuosos caminos y también se encontraron en el camino quienes se les querían interponer poniéndoles trabas a su recorrido; es lo que nos sucede tantas veces en el camino de nuestra vida. No se dejaron confundir con falsas estrellas, y aunque hubo momentos de oscuridad en que ni siquiera veían la estrella supieron trascender por encima de aquellos obstáculos, encontraron la Palabra que les guiaba de verdad y de nuevo apareció la estrella que les guiaba hasta aquel recién nacido que era la luz verdadera que viene a iluminar nuestro mundo y que es luz para todos los pueblos y naciones.

Cuánto tenemos que aprender de ese camino siguiendo el rastro de la estrella de Belén. Es el camino de nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con sus luchas, frustraciones y también victorias, es el camino de un mundo enmarañado que se confunde y nos confunde, es el camino que el mundo nos quiere ofrecer como luces lo que no son más que oscuridades y que nos ofrece falsos señuelos que nos distraen de la meta que deberíamos alcanzar, es el camino lleno de problemas y dificultades que nos hace perder la esperanza porque nos sentimos como derrotados y nos parece que nunca podremos salir, son esos caminos del mundo que ponen a prueba nuestra fe y nos llenan de dudas y de interrogantes a los que nos cuesta encontrar respuesta.

Nosotros sabemos bien que la luz de la estrella que nos guía nunca dejará de brillar para nosotros. No nos puede fallar nuestra fe y nuestra esperanza. Esa luz está siempre con nosotros y por mucho que las tinieblas traten de ahogarla seguirá brillando con fuerza para nuestro mundo. Esa luz tiene que hacernos levantar cada día con una nueva ilusión, una gran fuerza interior para seguir en el camino, para seguir confiando, para seguir manteniendo la esperanza, para seguir poniendo de nuestra parte todo lo que sea necesario para que esa luz llegue a los demás. Hay muchas desesperanzas a nuestro alrededor, muchos pesimismos, mucha gente que se siente agobiada, muchos que han perdido la trascendencia de su vida cuando han dejado apagar la luz de la fe en sus corazones.

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar las conciencias, para hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza en tantos que van apagados por la vida. Tenemos que ser valientes para ponernos en camino, como hicieron aquellos magos. No podemos ser nosotros estrellas apagadas que no den luz allí donde estamos y aunque tengamos que mantener muchas luchas en nuestro interior para mantener encendida esa luz en nuestro corazón, tenemos que reflejarla para los demás, tenemos que ayudar a los demás. Codo con codo trabajamos con los que están a nuestro lado en esa búsqueda de salidas y soluciones a los problemas, en ir haciendo que encontremos la verdadera salud de nuestra vida que va más allá de las pandemias y situaciones lúgubres que se puedan vivir.

Es el compromiso que tenemos con nuestro mundo. Es un compromiso nacido de nuestra fe. Nosotros sabemos muy bien que nuestra luz y nuestra salvación están en el Señor. Con esa luz queremos iluminar nuestro mundo.

martes, 5 de enero de 2021

Sepamos ir a ese momento de silencio y recogimiento – de sentarnos debajo de la higuera quizás – para ser capaces de abrirnos a algo nuevo y le digamos a Jesús ¡cuenta conmigo!

 


Sepamos ir a ese momento de silencio y recogimiento – de sentarnos debajo de la higuera quizás – para ser capaces de abrirnos a algo nuevo y le digamos a Jesús ¡cuenta conmigo!

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

 ‘Cuento contigo’. Alguna vez ha llegado alguien que quería implicarnos en algo y de entrada nos dice eso: cuento contigo. La amistad que tenemos con esa persona, la ascendencia que puede tener sobre nosotros, las ilusiones que vemos en sus proyectos que a nosotros de alguna manera nos convencen también nos hace sentirnos honrados y animosos con esa pedida de colaboración que se nos ha hecho.

O nos habrá sucedido alguna vez que viene alguien también con un entusiasmo grande pero no está pidiendo colaboración no ya para sus proyectos sino quizás para algo que otra persona está emprendiendo; y quizás en este momento no nos sentimos tan entusiasmados, y le damos largas al asunto, y ponemos dificultades haciéndonos renuentes a prestar esa colaboración que ya nos parece que nos puede complicar un poco la vida. Tanto insistirá nuestro amigo para que al menos intentemos conocer de primera mano esos proyectos que al final, aunque un poco renuentes nos prestamos a ir a ver para al menos enterarnos de qué va la cosa.

Son cosas que nos suceden en la vida; proyectos profesionales de alguien donde se nos pide colaboración, proyectos de tipo social donde trabajemos por la comunidad, participación en asociaciones altruistas, muchas cosas en las que nos podemos ver implicados y según quien nos esté invitando nos decidimos o no, o ponemos nuestras pegas o damos largas al asunto como decimos para pensárnoslo bien.

¿Será un poco lo que estamos viendo en el evangelio de hoy? Jesús que le dice a Felipe ‘cuento contigo… sígueme’ y Felipe se va con Jesús. Procedía de Betsaida el lugar de origen también de Andrés y de Simón y a través de ellos tendría conocimiento de Jesús, no sabemos, pero el hecho está en que se fue con Jesús.

Pero no se quedó ahí el asunto porque cuando se encuentra con un amigo o conocido que es de Caná le habla de Jesús con entusiasmo queriendo su amigo Natanael se venga también a formar parte del grupo de Jesús. Pero Natanael no lo ve del todo claro y quizás menos cuando se entera de que Jesús es de Nazaret, pueblo cercano a Caná, y ya sabemos de las rivalidades de los pueblos vecinos. En su reticencia pretende incluso desprestigiar a los del pueblo vecino, porque de allí no puede salir nada bueno. La sorpresa se la llevará cuando al final llegue ante Jesús y parece que Jesús le conoce de algo, porque habla de su rectitud y nobleza y de algún hecho misterioso que al parecer solo Natanael conocía. ‘Desde antes que estuvieras bajo la higuera ya te conocía’, viene a decirle Jesús más o menos. Y la reacción de Natanael ahora sí que es inesperada porque comienza a reconocer cosas grandes de Jesús.

De estos hechos podríamos sacar muchas cosas para nuestra vida, empezando por preguntarnos cual es el entusiasmo que realmente nosotros sentimos por Jesús. Porque nos puede suceder que nos decimos cristianos de toda la vida, pero el entusiasmo por vivir los valores que Jesús nos enseña en el evangelio quizá no sea tanto. Nos hacemos renuentes y nos ponemos nuestras pegas o nuestros límites cuando vemos que el encuentro con Jesús nos podría llevar a mayores compromisos.

Cuántas veces nos contentamos con cumplir, como decimos habitualmente. Rezamos porque recitamos unas oraciones, vamos a Misa y allí estamos pero que no se alargue mucho ni nos vengan pidiendo muchas cosas. Pero en verdad nuestra oración o nuestra participación en la celebración ¿es un profundo encuentro con Jesús? ¿Nuestra oración va más allá de recitar unas oraciones como algo que nos sabemos muy bien de memoria o tenemos la serenidad de la escucha, buscamos la paz del encuentro vivo con el Señor, somos capaces de hacer verdadero silencio interior para que no haya otras cosas en las que estemos pensando mientras recitamos esas oraciones? Lo decimos de nuestras oraciones rezadas de forma particular o individual, o lo tenemos que decir de nuestra postura en la participación de la celebración de la Eucaristía.

No sabemos realmente lo que pasó bajo la higuera en lo que Jesús le hace referencia a Natanael, pero quiero pensar en un momento de silencio interior que allí había vivido, donde quizás se habían despertado unas inquietudes en su corazón, o donde recapacitó para descubrir los caminos del Señor.

Sí, tomemos con buen sentido lo de estar debajo de la higuera; necesitamos irnos debajo de la higuera a ese silencio, a la búsqueda de esa paz y de esa serenidad interior, a tener esos momentos de reflexión que nos levanten de a ras del suelo como solemos andar habitualmente para descubrir otros horizontes, esos caminos que el Señor nos vaya señalando y que al final podemos terminar en una hermosa confesión de fe, pero que hagamos con toda nuestra vida. Que seamos capaces al final de decirle al Señor ¡Cuenta conmigo!

lunes, 4 de enero de 2021

Tenemos que detenernos a dar gracias por esas personas que han sido una mediación para nosotros a lo largo de la vida para nuestro encuentro con Dios

 


Tenemos que detenernos a dar gracias por esas personas que han sido una mediación para nosotros a lo largo de la vida para nuestro encuentro con Dios

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42

Es cierto que en la pereza y cierta indolencia con que vivimos muchas veces preferimos que nos den las cosas hechas, por aquello de la ley del mínimo esfuerzo; que nos lo den ya todo masticado para no tener que esforzarnos. Pero también reconocemos que no todas las personas actúan así, y quieren buscar por sí mismas, hacer el camino y el esfuerzo lo que incluso pedagógicamente es mejor porque así aprendemos a valorar también por lo que nos cuesta aquello que alcanzamos.

Pero está también la ayuda que podemos recibir como una mediación que nos da pautas, nos abre caminos, nos señala horizontes, pero donde nosotros hemos de ponernos en camino de búsqueda para saber encontrar aquel punto de luz que se nos señalaba el camino para llegar a él. Son muchas las mediaciones que vamos recibiendo en la vida, unas veces de una manera concreta y consciente, otras que nos aparecen como sugerencias o nos inspiramos en el testimonio que podemos encontrar en quienes están a nuestro lado. Ojalá estuviéramos más atentos en la vida a esas señales, a esos signos de algo mejor y superior que nos van apareciendo pero que no siempre sabemos descubrir y leer.

Ese es muchas veces el camino de nuestra fe. Han sido unos padres que nos trasmitieron lo que ellos vivían y que fueron esos primeros caminos que nosotros hicimos, pero en la medida en que en la vida fuimos creciendo y madurando aprendimos a leer más señales que Dios va poniendo en nuestro camino, descubrimos personas que nos ofrecen su testimonio, aunque también muchas veces de una forma inmadura nos quedamos un tanto infantilizados sin dar pasos a un crecimiento espiritual como personas, y en consecuencia no ha habido una maduración de nuestra vida y compromiso cristiano.

Dios pone también en nosotros, en nuestro interior una inquietud y unos deseos de algo grande, de algo que nos eleve, no contentándonos con la materialidad de la vida de cada día, y muchas veces quizá vamos respondiendo a esa inquietud y también nos ponemos a buscar. Cuando a esa inquietud de nuestro corazón unimos las mediaciones o señales que nos van apareciendo en el testimonio de los demás estaremos haciendo un camino que realmente nos puede llevar a una mayor madurez en la vida y a una mayor madurez como cristianos.

Pero no nos pueden faltar nuestros deseos de búsqueda y no podemos dejarnos vencer por las dificultades o los cantos de sirena de falsas luces que nos pueden desorientar y hacer perder el rumbo. Por eso es tan importante también tener a nuestro lado quien en un momento determinado tenga una palabra, una indicación, un sabio consejo que nos ayude a no perder el rumbo.

Esto lo vemos hoy plasmado en el evangelio. En torno al Bautista se había formado un grupo de discípulos y de seguidores que iban a escucharle, porque su palabra y el testimonio de su vida sembraban inquietud. Ya Juan ha tenido la experiencia del encuentro con Jesús en el bautismo con la teofanía posterior donde se manifestó la gloria de Dios. Allí había escuchado en su corazón como se le decía que aquel sobre quien viera bajar al Espíritu era el Mesías salvador esperado.

Pero al paso ahora de Jesús - ¿vendría Jesús de regreso del monte de la cuarentena? Es posible – señala a sus discípulos que aquel es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dos de sus discípulos escuchan la voz de Juan y se van tras Jesús. Allí estaba Juan realizando su mediación, la misión para la que había venido a preparar los caminos del Señor, y era esa voz que sintieron aquellos inquietos discípulos para seguir en su búsqueda caminando detrás de Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre Jesús y aquellos dos que le siguen, porque muchas veces lo hemos escuchado y meditado. ‘¿Qué buscáis?... –Maestro, ¿Dónde vives?... – Venid y lo veréis’. Y se fueron con Jesús.

¿Qué buscáis? ¿A quién buscáis? Una pregunta en labios de Jesús que se repite en el evangelio aunque en la otra ocasión sea en medio del drama de Getsemaní. Entonces, Jesús les dirá que es El, a quien buscan – ‘A Jesús, el Nazareno’ – ahora simplemente les dice que continúen la búsqueda y aquellos dos primeros discípulos se fueron con Jesús. Ya a la mañana siguiente Andrés que era uno de los dos al encontrarse con su hermano Simón podrá decirle que han encontrado al Mesías.

¿Nos encontraremos nosotros así con Jesús? ¿También nos pondremos en camino en su búsqueda? ¿Nos dejamos conducir por esos signos que Dios nos va poniendo en nuestro camino para que en verdad lleguemos a encontrarnos con El? Quizá podría ser el momento de pensar en quienes han sido mediaciones de Dios para nosotros a lo largo de nuestra vida y nos han ayudado a encontrar a Dios; recordarlos y dar gracias a Dios por ellos.

domingo, 3 de enero de 2021

En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

 


En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

‘Y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. ¿No es lo que venimos contemplando y celebrando en esta Navidad? Los ángeles la noche de Belén cantaban la gloria de Dios en el nacimiento de Jesús. Ahí, en el humilde establo de Belén contemplamos la gloria de Dios. Podíamos haber imaginado o pensado en un hermoso lugar, un templo esplendoroso o un palacio resplandeciente por el brillo de las riquezas. Pero no, en un humilde establo, con un pobre pesebre por cuna, contemplamos la gloria de Dios.

¿Qué es lo que estamos contemplando? Un recién nacido, tan pobre que no ha tenido una cuna ni una casa donde nacer, porque hasta en la posada que acogía a los pobres que llegaban a Belén, no había sitio para El. ¿Y quién es ese recién nacido con quien se proclama la gloria del Señor? Es el Verbo de Dios que se hace carne y planta su tienda entre nosotros. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros’.


No es como la Tienda del Encuentro que Moisés levantó en el desierto dotándola de todo el esplendor del oro y de las riquezas que pudieron recoger entre unos pobres peregrinos del desierto; no es el Santa Santorum que Salomón levantara en el templo de Jerusalén para significar la morada y la presencia de Dios entre nosotros. Esa tienda es el pequeño cuerpo de un niño recién nacido que viene a representar a toda nuestra humanidad y que no tiene mejor lugar para situarse en nuestro mundo que en un humilde establo entre un buey y una mula allá en las afueras de Belén. Y ese recién nacido es el Emmanuel, el Dios – para siempre – con nosotros.

Era la luz verdadera pero que las tinieblas rechazaban; vino para encontrarse con los suyos y hacerse Emmanuel y los suyos no lo recibieron; era la Palabra por la que todo había sido creado, y quisimos silenciar esa Palabra; ‘en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció… En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’.

Pero ‘¡oh admirable intercambio!’ como diremos en la noche de Pascua cuando la luz pascual brille con todo su esplendor, ‘pues a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Dios ha tomado nuestra carne para hacerse hombre y Dios con nosotros y a nosotros nos ha elevado para hacernos sus hijos. ‘Les dio poder de ser hijos de Dios… porque han nacido de Dios’.

Una doble navidad podemos decir que estamos celebrando y estamos viviendo. Es el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, que contemplamos en Belén, donde estamos contemplando, como venimos diciendo, la gloria de Dios pero al mismo tiempo contemplamos la gloria de Dios que a nosotros nos hace nacer para Dios, nos da el poder ser hijos de Dios. Como nos enseñará más tarde san Juan en sus cartas, la maravilla está en que el amor de Dios nos llama sus hijos, y como reafirma el apóstol ‘¡pues lo somos!’.

Qué hermosa la oración de alabanza de san Pablo en la carta a los Efesios que hemos escuchado, que probablemente era ya un himno litúrgico cantado en aquellas primeras comunidades. Se nos recuerda toda la maravilla a la que hemos sido llamados, elegidos y amados con un amor preferente por parte de Dios. ‘Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

¿Podemos pedir más? No terminamos de comprender en toda su profundidad esta generosidad de Dios. Por eso dice el apóstol convirtiéndolo en oración por nosotros ‘no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’. Espíritu de sabiduría y revelación, luz en nuestro corazón para conocer y comprender esa esperanza que siembra en nuestros corazones, esa riqueza que nos da como herencia, participar de la gloria de Dios; es que somos sus hijos.

‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’, terminaba diciéndonos el evangelio.

Contemplamos la gloria de Dios cuando contemplamos el misterio de la Navidad que estamos celebrando. Pero contemplamos la gloria de Dios cuando nos sentimos llenos de esa riqueza de gracia que a nosotros nos eleva como hijos también de Dios. Cuántas consecuencias se derivarían para la santidad con que hemos de vivir nuestra vida, pero cuántas consecuencias también para nuestra relación y nuestro trato con los demás cuando contemplamos la dignidad y la grandeza de todo ser humano que en Cristo hemos recibido.