Vistas de página en total

jueves, 11 de junio de 2020

Busquemos la belleza del edificio de nuestra vida cuando hemos sabido asentarlo en el fundamento de Cristo y nos hemos revestido de los valores del evangelio


Busquemos la belleza del edificio de nuestra vida cuando hemos sabido asentarlo en el fundamento de Cristo y nos hemos revestido de los valores del evangelio

Hechos 11, 21b-26; 13, 1-3; Sal 97; Mateo 5, 20-26
Ayer hablábamos de los pequeños o grandes bloques que aunque algunas veces no veamos forman parte de la estructura de un edificio y que tienen su importancia en la construcción del mismo, igual que las paladas de hormigón que enterramos para hacer los cimientos que sustenten luego dicho edificio. Pero hablamos también de la belleza de su conjunto pero de alguna manera hemos de mencionar aquellos aspectos, aquellas siluetas o aquellas formas que van a manifestar también externamente su belleza y su fortaleza.
Hay lugares o aspectos en que el arquitecto y constructor como un artista se esmerará más pues de alguna manera va a dar una imagen de aquello que estamos construyendo pero que además nos manifiesta lo que van a ser características de aquello para lo que fue construido. Es una armonía de líneas en un sentido o en otro pero que nos quieren manifestar la fuerza y la vida propia de aquel edificio.
Seguimos pensando en nuestra vida y en nuestra vida como creyentes y como cristianos que nos asentamos sólidamente en la roca que es Cristo, pero que no está en el fondo de nuestra vida como un adorno o como si de un apellido bonito se tratara. Esa fe que tenemos en Cristo es lo que de verdad nos cohesiona, pero que va a dar también el sentido de lo que hacemos y de lo que vivimos. Y es que si somos cristianos nuestra vida no está al margen del sentido de Cristo – porque además sería un sin sentido – sino que nuestra vida ha de estar impregnada de ese sentido de Cristo, de esos valores que nos enseña a vivir que a la larga no es sino vivir su misma vida.
Todo lo que hacemos y todo lo que es nuestra vida tiene que tener esa impronta de Cristo, ese sentido de Cristo; no lo podremos nunca vivir al margen del sentido de Cristo que descubrimos en su evangelio. Y es que en todo lo que hacemos y vivimos tenemos que reflejar a Cristo, porque vivimos su misma vida, porque vivimos en su mismo amor. Marca nuestra relación con los demás, marca nuestra relación con Dios, marca la dignidad con que vivimos nuestra propia vida.
Será entonces nuestra manera de relacionarnos con los demás, será nuestro trato y la delicadeza que pondremos en todas nuestras relaciones humanas, será la armonía que tratamos de vivir con los demás logrando una feliz convivencia de los unos con los otros, será la manera de resolver nuestras diferencias para lograr que siempre nuestro encuentro con los otros sea un encuentro para la felicidad y para el amor. Nada tendría que romper esa armonía, ninguna actitud nuestra tendría que poner en peligro nuestra convivencia, ningún gesto ni ninguna palabra nuestra tendría que hacer sufrir al otro porque no estuviera expresa con la delicadeza del amor.
Son los aspectos en los que incide de manera especial hoy Jesús en el evangelio que hemos escuchado. Nos habla del respeto a la vida de la otra persona, pero no ya solo en lo físico sino en lo que moralmente podamos darle cuando nuestras palabras o con nuestras actitudes. ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado’.
Y nos habla de reconciliación y de encuentro de manera que no podemos decir que vamos al encuentro con el Señor si hemos tenido un desencuentro con el hermano. Y nos habla del diálogo en nuestros conflictos, porque siempre pueden surgir desavenencias, pero que hemos de resolverlas siempre buscando la paz, siempre desde el amor que sentimos por el hermano.
Detalles, aspectos enriquecedores de nuestras relaciones; aspectos y detalles que reflejan lo que es la belleza del amor; aspectos y detalles que si sabemos superar nos llenarán de alegría el corazón porque están creando armonía, porque están creando unas relaciones de paz. La belleza del edificio de nuestra vida cuando en verdad la tenemos asentada en Cristo y en sus valores. Esmerémonos de verdad en la construcción de nuestra vida en todos sus detalles sobre el fundamento del amor


miércoles, 10 de junio de 2020

Insignificantes bloques, ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio, fundamentos de nuestro camino de amor



Insignificantes bloques, ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio, fundamentos de nuestro camino de amor

1Reyes 18, 20-39; Sal 15; Mateo 5, 17-19
Cada bloque, cada palada de hormigón tiene su lugar y su importancia en la construcción de un edificio; no porque aquellos bloques queden a ocultas de la visión de la gente, o porque aquella palada de hormigón quede enterrada bajo tierra en la forja de los cimientos del edificio es menos importante o valioso que el resto de elementos con los que iremos conformando dicho edificio. Quizás nos esmeremos más en la belleza externa que le podamos dar a ciertos elementos porque van a conformar la figura y la imagen del edificio, pero la belleza y la fortaleza está en su conjunto que le daría la forma y la estabilidad que necesita para que cumpla con sus funciones.
Algunas veces hay cosas de las que decimos que son muy importantes y valiosas y no negamos ni su importancia ni su valor, pero hay muchas cosas que pueden pasar imperceptibles para la mayoría pero que serán gestos y valores igual de enriquecedores para aquellos con los que tengamos dichos gestos. Descubrir el valor de cada cosa, pero saber resaltar esas pequeñeces que se convierten en grandes gestos es una sabiduría en la que tenemos que ejercitarnos y que tenemos que aprender.
Así vamos construyendo nuestro camino de fe, el camino de la vida cristiana. Camino decimos, porque es ponernos a seguir a alguien, es dejarnos cautivar de un amor que lo queremos convertir en el amor de nuestra vida. Hemos descubierto un amor y queremos corresponder a ese amor. Porque lo hemos de tener claro, no son solo voluntades, buenas voluntades que nosotros tengamos, sino que nos hemos sentido envueltos en el amor, el amor de Dios que fue primero y queremos caminar en ese amor.
Cuando amamos, porque nos sentimos amados, lo que queremos en todo es corresponder a ese amor, y entonces comenzaremos a hacer de nuestra vida lo más parecido que podamos a lo que es ese amor que sentimos. Y decimos que queremos hacer su voluntad, descubrir lo que a Dios le agrada y fundamentalmente es que vivamos en ese amor y repartamos ese amor en nuestro derredor. Por eso decimos que queremos hacer su voluntad, hacer lo que le agrada al Señor. Lo llamamos mandamientos, porque es la palabra que desde siempre ha querido expresar lo que es la voluntad de Dios, pero cuando nos sentimos envueltos en el amor y nosotros queremos amar de la misma manera no lo hacemos simplemente porque esté mandado, sino porque queremos vivir en ese amor.
Claro que aparecen nuestras flaquezas y nuestras debilidades, y tenemos el peligro de que se nos enfríe ese amor y ya no amemos con la misma intensidad, que nos aparezca nuestro yo egoísta y comencemos más a pensar en nosotros mismos que en ese amor que tenemos que dar. Es la flaqueza de la humanidad de todos los tiempos. Y aparece la pedagogía divina que nos señala unos cauces, normas les decimos también, que nos van marcando ese camino que tenemos que recorrer tanto en nuestra relacion con Dios como con los demás para que no olvidemos el camino, para que no nos salgamos del camino. Y cada una de esas señales que nos trazan el cauce de nuestro camino son importantes; por eso no decimos que estas señales, estos mandamientos nos los podemos saltar, y solo los más importantes son los que tenemos que cumplir. Indicaría eso la pobreza de nuestro amor.
Es lo que nos dice Jesús que no viene a suprimir los mandamientos sino a darles plenitud; es lo que nos señala que no podemos saltarnos ninguno de esos mandamientos porque no los consideremos importantes sino que la grandeza de nuestro amor está en esa fidelidad también a aquello que nos parece pequeño. ‘Quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos’. Son esos insignificantes bloques, esas ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio.

martes, 9 de junio de 2020

Impregnemos nuestra vida de los valores de Cristo verdadera sal que da sentido y sabor a nuestro mundo



Impregnemos nuestra vida de los valores de Cristo verdadera sal que da sentido y sabor a nuestro mundo

1Reyes 17, 7-16; Sal 4;  Mateo 5, 13-16
‘Esto no tiene sabor, esto le falta sal’, habremos dicho en alguna ocasión cuando nos han ofrecido una comida a la que el cocinero no le puso el suficiente condimento. No busquemos la sal que se ha diluido en el alimento, pero si encontraremos el sabor. No estoy diciendo nada especial, algo muy elemental cuando hablamos de nuestros alimentos y comidas. Algo tan sencillo que sin embargo Jesús nos lo propone como imagen para hablarnos del sentido de nuestra fe, de lo que la fe va a significar en nuestra vida, pero de esa fe con que tenemos que impregnar nuestro mundo.
Hoy Jesús en el evangelio nos está proponiendo tres imágenes muy sencillas pero muy significativas. Además de la sal, nos habla de la luz, pero nos habla de la ciudad situada en lo alto, como era lo habitual en las construcciones antiguas. Imágenes muy sencillas pero de profundo significado. Creo que a todos cuando hemos escuchado el evangelio nos han llamado la atención estas imágenes que probablemente mucho también nos habrán hecho reflexionar.
Y tenemos que reconocer, a este mundo nuestro le falta sal. Cuánta superficialidad nos encontramos en tantas ocasiones. Parece que vamos sin rumbo simplemente dejándonos llevar por lo que nos va saliendo al paso en el presente. Los ideales se quedan tantas veces en disfrutar lo más inminente olvidándonos de buscar lo que le da una profundidad a la vida. Nos encontramos con la gente cansada que parece que ya vienen de vuelta de todo porque no han puesto ideales en su vida, no han sabido encontrar lo que le da verdadero sabor, verdadero sentido a la vida. Y eso trae muchas consecuencias.
Este mundo nuestro a pesar de llevar en parte, en su cultura y en algunas costumbres el apellido cristiano no termina de dar sabor. Decíamos antes que no busquemos la sal que da sabor al alimento, porque su verdadera función la realiza cuando se ha diluido en el alimento. Eso es lo que los cristianos con nuestra fe tenemos que ser en medio de nuestra sociedad; esos valores que nosotros vivimos tenemos que trasmitirlos, contagiarlos a los que nos rodean para que así nuestro actuar sea a la manera y en el sentido de Cristo. Y Cristo viene siempre a dar valores a nuestra vida, a hacer que tengamos metas e ideales grandes, a que encontremos una verdadera profundidad en nuestro vivir.
No vamos a decir que la gente que nos rodea esté siempre llena de maldad; hay mucha gente bueno en nuestro entorno, hay mucha gente que también tiene sus valores, que trata de actuar honradamente, con rectitud en lo que hace, que quiere vivir su vida con responsabilidad y también siente preocupación por los demás. También tenemos que saberlo valorar.
Podíamos decir que ahí ya hay encerradas semillas cristianas; no nos vale decir solamente que somos buenos, que queremos ser honrados, que buscamos lo bueno, sino que a todo eso tenemos que darle una mayor altura, la altura que le da nuestra espiritualidad cristiana, la altura que le da la trascendencia humana y espiritual con que vivimos nuestra vida, todo aquello a lo que nos eleva nuestra fe cuando sentimos esa presencia de Dios en nuestra vida.
Y esto son cosas de las que tiene que estar impregnada nuestra vida y de lo que hemos de impregnar a nuestro mundo. Es ese sabor de Cristo que tiene que impregnar nuestra vida, con el que hemos de impregnar todo cuanto nos rodea. Esos valores religiosos son algo más que una tradición que tratamos de conservar; esos valores religiosos impregnados de una espiritualidad cristiana tienen que saberle dar una profundidad cada vez mayor a nuestra vida, elevando las metas de la vida, elevando las metas también de nuestro mundo.
Y Jesús nos está diciendo hoy que tenemos que ser esa sal para nuestro mundo; no es nuestra sal, pero si la sal con que le hemos dado sabor a nuestra vida, es la sal que Jesús nos ofrece, el sentido que El nos da.
Por eso nos dice que somos luz que no podemos ocultar, como nos pone también la imagen de la ciudad puesta en lo alto que aparece resplandeciente y atrayente, que se siente fortalecida frente a todos los embates pero que nos habla también de la ciudad futura a la que hemos de tender.  Nos da el tema para muchas reflexiones. Rumiemos en nuestro interior esta riqueza que Jesús nos ofrece y que hemos de compartir con los demás.

lunes, 8 de junio de 2020

Escuchemos las palabras de Jesús como si fuera la primera vez que las escuchamos para dejarnos sorprender por su mensaje


Escuchemos las palabras de Jesús como si fuera la primera vez que las escuchamos para dejarnos sorprender por su mensaje

1 Reyes 17, 1-6; Sal 120; Mateo 5, 1-12
Alguna vez habrá llegado alguien y con algo que nos dijo nos ha dejado ‘descolocado’, porque al final no sabemos qué pensar de aquello que nos dijo; la frase quizá nos suena a contradictoria, no era lo que en aquel momento esperábamos escuchar, o nos parece un sin sentido porque parece que va contra todo lo políticamente correcto, como se dice ahora, pues diciéndonos una cosa parece que nos dijera la contraria. Frases, cosas sorprendentes, pero que sin embargo nos hacen pensar, parece que nos dieran una filosofía de la vida, pero que va en una corriente distinta a lo que habitualmente piensa o es la manera de actuar de la gente. Pero si somos algo reflexivos, nos da mucho que pensar y hasta en cierto modo despierta una curiosidad o una esperanza en nosotros ante algo nuevo que se nos presenta.
¿No sucedería algo así aquella tarde o aquella mañana, que lo de menos es la hora, en que Jesús sentado frente a una multitud que había venido de muchas partes a escuchar a aquel profeta de Nazaret, aquel profeta de Galilea que había surgido? Habla de dicha, de felicidad, promete dicha y felicidad pero para los pobres y para los que sufren, para los que nada tienen o para los que se sienten mal porque nadie se preocupa de ellos.
Todos siempre imaginamos que los que mucho tienen son más felices porque no padecen las carencias que sufren los pobres; parece que serán felices a los que les va siempre bien en la vida y pueden hacer lo que quieran porque tienen posibilidades para hacerlo o detectan un poder que les hace estar como por encima de los demás. Siempre vemos a los enfermos, a los inválidos, a los que nada tienen retorcerse buscando como salir de aquella situación e imaginamos cuanta angustias puede haber en sus corazones. Y ahora viene Jesús y nos dice que esos son los felices, los que alcanzarán la mayor felicidad.
¿No nos desconciertan sus palabras? Quizás los pobres y los que están sufriendo todas esas limitaciones les parece soñar que será posible que un día salgan de esa situación en la que viven, pero mientras tanto les toca sufrir. ¿Una esperanza llena de cierta amargura? Otros quizá están escuchando estas palabras de Jesús como desde lejos y algo así como riéndose en su interior porque a ellos nada de eso les afecta y les parecen palabras utópicas para consolar pero que de ahí no van a pasar.  
Pero las palabras de Jesús no son utopía irrealizable, las palabras de Jesús de verdad siembran esperanzas en el corazón, las palabras de Jesús hacen soñar pero despertando las ganas de ponerse a luchar por salir de esas situaciones, las palabras de Jesús no son una revolución a la manera como entendemos las revoluciones con violencias, pero si producen una revolución en los corazones de quienes las escuchan, las palabras de Jesús arrancan amarguras y quieren en verdad poner paz en el corazón. Las palabras de Jesús son en verdad una buena noticia, una buena noticia de una salvación que nos llega y es posible.
Y es que esa primera palabra de Jesús, con la que comienza sus bienaventuranzas nos da la clave para entenderlo bien. Se trata de aceptar el Reino de Dios; es lo que ha venido proclamando desde el principio. Creer en la buena noticia y la buena noticia es la llegada del Reino de Dios. Pero bien entendemos que decir Reino de Dios no es algo abstracto como un sueño sino hacer que en verdad Dios sea el único Señor de la vida del hombre.
Por supuesto, hay que creerlo; por supuesto, para creerlo abr que desprenderse de muchas cosas, empezando por desprendernos de nosotros mismos, de nuestro yo egoísta que se quiere convertir en el único dios de nuestra vida. Y ahí está nuestra pobreza como tiene que estar nuestro desprendimiento, está ese sentirnos vacíos o ese vaciarnos para que dejemos lugar a Dios en nuestra vida. Cuando nos llenamos de cosas que nos satisfagan por si mismas, ya no necesitaríamos a Dios, o al menos es lo que nos creemos tantas veces. Por eso no llegamos a que de verdad Dios sea el único Señor de nuestra vida y nos andaremos con componendas o con divisiones en nuestro propio interior; y divididos por dentro no seremos felices.
Necesitamos dejarnos sorprender por las palabras de Jesús; escucharlas como algo nuevo que llega a nuestra vida, porque si nos las damos por sabidas ya las hemos amoldado tanto a nuestros intereses y caprichos con tantas interpretaciones que ya no serán las palabras de Jesús. Quitemos prejuicios o interpretaciones preconcebidas, abramos con sinceridad nuestro corazón, escuchémoslas como si fuera la primera vez que las escuchamos, dejémonos sorprender por Jesús, no temamos que nos deje descolocados, porque será la manera de empezar de nuevo para hacer que el Reino de Dios sea una realidad en nuestra vida.

domingo, 7 de junio de 2020

Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir



Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Sal. Dn 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18
‘Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí… el Señor bajó en la nube y se quedó allí con él…’ Hermosa y reconfortante experiencia. ‘El Señor se quedó allí con él’. Supo Moisés subir a la montaña, pero supo esperar la visita de Dios.
Buscamos a Dios, queremos subir a lo alto, buscamos el silencio y la soledad, queremos verle y escucharle, nos preguntamos muchas cosas que parecen que no tienen respuesta, el misterio nos rodea, no sabemos como sintonizar porque quizá en muchas ocasiones haya muchos ruidos, las preocupaciones y los problemas de la vida nos aturden, parece que nos encontramos desorientados…, pero quizá en un momento inesperado nos sobreviene una paz interior que nunca antes habíamos sentido, nos parece que hubiéramos entrado en otra dimensión que no es lo que habitualmente palpamos en la vida, porque nos hace sentir lo que nunca habíamos sentido, porque parece que hay una nueva luz interior que no solo nos hace ver de manera distinta y hasta seremos capaces de lanzarnos a lo que no sabríamos describir, parece que saboreamos algo que no sabemos explicar…
¿Estamos sintiendo a Dios en nuestro corazón? ¿Será eso vivir la presencia de Dios en nosotros? ¿Nos estará haciendo gustar el Señor su presencia y su vivir? Habremos podido tener esa experiencia de Dios y quizá no supimos interpretarla; era Dios el que estaba tocando a nuestra puerta y quizá nos distraemos o nos confundimos. El niño Samuel en medio de la noche entre sus sueños escuchaba una voz que le llamaba; solo supo correr a los pies de la cama del sacerdote porque pensaba que de allí era la voz que él escuchaba; no era sin embargo la voz del sacerdote sino la voz de Dios que se repetía una y otra vez hasta que supo decir, como le enseñó el sacerdote, ‘habla, Señor, que tu siervo te escucha’, y el Señor se le reveló.
¿Qué es lo que experimentó Moisés en aquellos momentos? El amor y la misericordia del Señor. Así lo escuchaba y lo sentía en lo más hondo del corazón. Era casi como una cantinela que se repetía una y otra vez como cuando le cogemos el gusto a algo y lo saboreamos una y otra vez como para no olvidarlo nunca. ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’. Por eso ya lo que se atreve a balbucir es que la misericordia del Señor esté siempre con ellos, les acompañe y no les abandone nunca. ‘Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’.
¿Qué es todo el misterio de Dios que hoy celebramos cuando hoy estamos en el domingo de la Santísima Trinidad? Es tradicional que en este domingo en que retomamos el tiempo ordinario después de ver concluido la Pascua el pasado domingo de Pentecostés, la Iglesia celebra el domingo de la Santísima Trinidad. Es como recoger todo el misterio de Dios que hemos venido celebrando al celebrar el misterio de Cristo para postrarnos ante Dios y todo sea un cántico de alabanza a Dios por tanto amor como hemos vivido. Es, por supuesto, lo que hacemos en cada Eucaristía y en cada celebración cristiana. Todo por Cristo y con Cristo en la unidad y comunión del Espíritu Santo para la gloria de Dios, como proclamamos siempre en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
‘Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’, escuchábamos en el evangelio en el diálogo entre Jesús y Nicodemo. No para condena sino para salvación porque todo es manifestación de ese amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’.
Algo que sabemos, que repetimos muchas veces pero que hemos de aprender a gustarlo, a vivirlo. Hasta en las fórmulas del saludo litúrgico se nos repite con palabras de san Pablo. Porque el Señor ha bajado para quedarse con nosotros, como hablábamos de la experiencia de Moisés. No olvidemos que Jesús es el Emmanuel, ‘Dios con nosotros’, y como nos había prometido que estaría con nosotros siempre hasta la consumación del mundo, hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que gustar y saborear en todo momento. Tenemos que aprender a prestar más atención.
No nos acostumbremos a escuchar, por ejemplo, las palabras rituales de nuestras celebraciones porque tenemos el peligro de perderles el sentido. Si el Sacerdote nos dice – y son palabras que hoy hemos escuchado en labios de san Pablo en sus cartas - ‘la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con nosotros’, que en ese momento seamos capaces de detenernos para pensar en esa presencia de Dios, para gustar esa presencia de Dios, para dejarnos inundar por ese misterio de Dios.
Aunque hoy no lo hemos escuchado en el texto proclamado, cuando Moisés subió a la presencia del Señor en el Monte Sinaí y como hoy nos decía ‘bajó Dios en la nube y se quedó con él’, la continuación del texto nos dice que cuando Moisés bajó de la montaña y volvió al encuentro con la gente su rostro resplandecía de manera que incluso encandilaba a los que estaban en su presencia. Vio a Dios y se llenó del resplandor de Dios.
Después de nuestras celebraciones, que han de ser verdaderos encuentros con Dios, ¿no tendríamos que ir así resplandecientes de la gloria de Dios al encuentro con los demás? No es que no llevemos los rostros resplandecientes, es que quizá sea nuestra vida la que no resplandezca de verdad en nuevas actitudes y valores y en una nueva vivencia del amor, porque estemos llenos de la gloria de Dios. ¿Se notará en nuestra vida que venimos de Misa, que venimos del encuentro con el Señor?


sábado, 6 de junio de 2020

La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad


La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad

2Timoteo 4, 1-8; Sal 70; Marcos 12, 38-44
La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad. Pero no lo terminamos de aprender. Nos sentimos engolosinados por unas alabanzas y reconocimientos. Decimos que no queremos aparentar, pero buscamos la forma de que las cosas sean reconocidas; nos halaga que digan cosas bonitas de nosotros y de alguna manera parece que queremos hacer saber a los demás lo bueno que somos, aunque mal lo disimulemos.
Primeros puestos o lugares de honor, puestos donde podamos tener nuestras influencias y cargos que eleven nuestro status, alcanzar aquello que signifique poder para que prevalezcan por encima de todo mis ideas, llegar al lugar donde yo pueda hacer y deshacer a mi antojo o en lo que pueda obtener unos beneficios. Lo estamos viendo continuamente en nuestra sociedad; gente que nos viene de redentora protestando o denunciando todo lo que los otros hacen y populismos de los que nos valemos para alcanzar esas cotas de poder y actuar ahora quizás con más despotismo de lo que antes anunciaban.
Lo estamos muchas veces sufriendo. Y sucede en lo que podríamos llamar las clases dirigentes de la sociedad, pero son también las pequeñas batallitas – o no tan pequeñas – que se dan en nuestra cercanía, en nuestros grupos sociales, también – hay que reconocerlo – en nuestras comunidades de orden religioso o cristiano. Muchas veces contemplamos guerras sordas también en esos grupos a los que pertenecemos o que nos rodean también en el ámbito de nuestras parroquias y comunidades cristianas. No siempre los diálogos de tipo pastoral que podamos tener en nuestras comunidades arrancan de ese deseo pastoral, sino pudieran aparecer intereses y hasta deseos de manipulación en ocasiones.
Nos es fácil tirar la piedra pensando en los grandes dirigentes de la sociedad, o quedándonos en retazos de la historia si ahora al leer el evangelio solo pensamos en aquellos letrados y fariseos de la época de Jesús, y no somos de darnos cuenta que eso sucede en nuestro entorno y también en la Iglesia. Tenemos que saber reconocer nuestras debilidades y nuestros fallos. Tenemos que ser claros y humildes.
En el evangelio que hoy escuchamos se contraponen, por así decirlo, las dos posturas. Previene Jesús ante la actitud y la manera de actuar de escribas y fariseos. Allí estaba Jesús frente a la entrada del templo y se podía contemplar la postura y manera de actuar de todos aquellos que iban entrando. ‘Cuidado, les dice, con los escribas. Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones’. No hacen falta más descripciones, no para verlos a ellos, sino para mirarnos a nosotros mismos.
Pero al mismo tiempo Jesús se ha fijado en quien nadie se fija. Una pobre viuda, anciana, con sus pobres ropas que trata de pasar desapercibida. Nadie se habría fijado en ella si no fuera por la indicación de Jesús. ‘Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante’. Así nos lo describe el evangelio. Y ahí está el comentario de Jesús. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Así, sin hacer ruido, sin llamar la atención aquella mujer echó cuanto tenía en el cepillo del templo. Merece la alabanza de Jesús. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, nos dirá en otro lugar. Pero es la actitud de los que están siempre dispuestos a servir, a hacer el bien, a contribuir a todo lo bueno desde sus valores o sus capacidades, pero también desde su pobreza y lo poco que son. Es la disponibilidad y la generosidad, es el desprenderse de uno mismo y ser capaz de gastarse por los demás. Porque lo importante es el bien, lo bueno que hagamos, aunque no nos llevemos medallas que colgarnos al cuello o diplomas que colgar de nuestras paredes.
Ahí está la verdadera grandeza del ser humano. Ahí se manifiesta la mayor dignidad que no está en unos ropajes o en unos bastones de mando. Mucho tendría que hacernos pensar todo esto. Mucho tenemos que verlo también ad intra de nuestras comunidades.


viernes, 5 de junio de 2020

Démonos tiempo para saborear la presencia y la palabra de Jesús y entonces reflejaremos en nuestra vida el espíritu y el sentido del evangelio



Démonos tiempo para saborear la presencia y la palabra de Jesús y entonces reflejaremos en nuestra vida el espíritu y el sentido del evangelio

2 Timoteo 3, 10-17; Salmo 118; Marcos 12, 35-37
Hay gente con la que uno se siente a gusto escuchándola; se pasarían las horas y la conversación nunca decae, son historias, son anécdotas, son momentos también, ¿por qué no? de humor, pero al mismo tiempo sus palabras destilan sabiduría, hablan de lo vivido y de lo que lo ha enriquecido que uno quisiera también verse enriquecido con tales conversaciones.
Es la sabiduría del que trasmite también con su verbo agradable, pero es la atención que le prestamos, el interés que ponemos, lo cautivados que nos sentimos. Son personas con las que nos podemos pasar una tarde sentados al borde del camino, bajo la sombra de un árbol o en un patio familiar – lo de menos es el lugar – y de las que no quisiéramos separarnos.
También, hay que decirlo, puede haber personas a las que no gusten, porque hacen pensar, porque cada palabra lleva una carga de sabiduría que nos interroga por dentro y algunas veces parece que no estamos para esas tareas y tenemos la tentación de ponernos no al lado sino en la acera de enfrente. También depende de nosotros, lo que queramos escuchar, lo que buscamos o lo que pueda ser nuestro interés.
¿Por qué me hago esta consideración? ¿A qué me lleva esta introducción? Algo que nos puede pasar inadvertido en el evangelio de hoy. ‘Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto’. Claro que previamente nos ha dicho que todos querían escucharle, que por allí andaban judíos pertenecientes a distintos grupos que criticaban cuanto Jesús enseñaba, que estaban poniendo pegas siempre a las palabras y enseñanzas de Jesús y que no aceptaban lo que Jesús les enseñaba. Poco menos que le echaban en cara que Jesús perteneciera a ninguna de aquellas escuelas o corrientes de opinión que tanto proliferaban entonces. Pero ‘una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto’.
Igual que hoy, podríamos decir, en lo que es la aceptación del mensaje del evangelio en la aceptación de la misma iglesia. Bien sabemos también cómo proliferan las opiniones; todo el mundo tiene derecho a opinar, lo que muchas veces hacemos sin embargo sin un conocimiento de causa, sin haber querido profundizar en ese mensaje del evangelio, sin hacer una apertura del corazón a la inspiración del Espíritu y nos queremos hacer también nuestras muy particulares interpretaciones.
Antes de llegar a estas situaciones de críticas, de expresar nuestras propias opiniones, creo que tendríamos que tratar de hacer una lectura seria del evangelio, quitando prejuicios e influencias. Tenemos que aprender a saborear el evangelio. ¿Qué hacemos cuando decimos que estamos saboreando una cosa, una comida, algo que nos dan a probar? Que nos detenemos a gustar y definir todos esos sabores; paladeamos, decimos, y le damos nuestro tiempo porque así nuestro paladar identifica ese sabor, saborea ese sabor, le toma gusto a esa comida o a ese manjar que nos están ofreciendo.
Es lo que tenemos que aprender a hacer con el evangelio. Nuestra escucha del evangelio ha de ser siempre ese paladear, ese saborear, ese tomarle el gusto porque le encontramos su sentido, le encontramos su valor. Nos sentiremos a gusto con la palabra de Dios, abriremos así nuestro corazón, nos dejaremos inundar por la fuerza de su Espíritu. Y entonces será cuando nuestra vida comienza a ser distinta porque eso que hemos saboreado de la presencia y de la vida de Jesús lo estamos haciendo nuestra vida, lo estaremos reflejando de verdad en nuestro vivir. Démonos tiempo para saborear la presencia y la palabra de Jesús.  


jueves, 4 de junio de 2020

Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección



Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42
Algunas veces en la vida nos puede parecer que se nos está exigiendo un sacrificio que supera nuestras fuerzas y capacidades y de alguna manera nos sentimos débiles, nos sentimos como zarandeados por esos bandazos y esas exigencias, nos sentimos incapaces de seguir adelante y realizar un esfuerzo más. problemas de superación personal, problemas de responsabilidades adquiridas, problemas de misiones que se nos han confiado y que nos parece que no tuvieron en cuenta hasta donde nosotros podríamos llegar… pero quizá encontramos allá dentro de nosotros mismos una fuerza que parece que no contábamos con ella y seguimos adelante asumiendo nuestras responsabilidades.
Hablo de una forma que parece genérica pero que cada uno puede ver traducida en situaciones personales por las que haya pasado en alguna ocasión en la vida. ¿Seguimos adelante? ¿Nos volvemos atrás y abandonamos responsabilidades? ¿Qué valentía interior podemos encontrar? ¿Habrá algún apoyo que nos llegue desde el exterior, una mirada de amigo, una mano con pulso firme pero cargada de ternura, un brazo sobre nuestro hombro? Lo necesitamos y no sé si siempre lo encontramos.
Hoy la Palabra del Señor nos ofrece dos hermosos textos en este sentido. Por una parte el sacrificio de Abrahán. Y digo bien, el sacrificio de Abrahán, porque el verdadero sacrificio era el que se estaba inmolando en su corazón. Es cierto le había pedido Dios el sacrificio de su hijo, pero era el sacrificio de su corazón el verdaderamente importante. Todo aquello que sentía, que sufría su corazón mientras iban subiendo al monte Moria. Era la negación de si mismo, de su yo, de su propia voluntad para aceptar confiado la voluntad de Dios. Y el sacrificio se realizará a la perfección aunque no se llegase al momento cruento del sacrificio y muerte de Isaac. Para Dios valía la disponibilidad y la confianza del corazón de Abrahán.
‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’. Es la oración de Jesús en Getsemaní. Había dicho que su alma estaba triste con una tristeza de muerte, pues Jesús sabía lo que le esperaba, la pasión que en aquellos momentos comenzaba. Es el ofertorio del sacrificio de Cristo que se está realizando allí en Getsemaní. Es el comienzo del camino de la pasión. Es la Pascua. Era el paso de Dios en medio de la vida de la humanidad, una humanidad también atormentada por el sufrimiento. Jesús está recogiendo todo ese sufrimiento y toda esa negrura de la humanidad. Había venido para realizar lo que era la voluntad del Padre, y qué difícil se le estaba poniendo en su corazón. Ahí vemos el lamento de su oración. Pero ahí vemos la confianza de su corazón. ‘Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’.
Estamos escuchando hoy estos dos textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es la ofrenda del Sacerdote, es el sacrificio que ofrece Cristo por la salvación de toda la humanidad, es la ofrenda de su mismo que terminará diciendo en lo alto de la Cruz ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Contemplamos el sacerdocio de Cristo, pontífice compasivo y fiel, como nos dirá la carta a los Hebreos, que conocía nuestras debilidades, que estaba de nuestro lado en nuestro camino de sufrimiento, que viene con su humanidad para mostrarnos la cercanía de Dios, que nos sostiene en la patena de su sacrificio cuando nosotros nos vemos débiles para que podamos sentir que hasta estamos por encima de nuestras flaquezas y debilidades, para que nos sintamos fortalecidos para seguir en ese camino de fidelidad que tanto nos cuesta en muchas ocasiones, para que nos demos cuenta que no estamos solos en ese levantarnos hacia lo alto.
Hoy queremos contemplar también a todos los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial de Cristo y queremos decirles también que no están solos aunque muchas veces tengan que vivir muchas soledades. Que detrás está toda la Iglesia, aunque quizá no siempre se sepa manifestar con esa compasión del Cristo sacerdote, pero es que estamos muy llenos de debilidades humanas. Que sepan contar siempre con la gracia de Cristo, porque aunque se sientan abandonados por los hombres, no faltará nunca la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor que se manifestará de mil maneras y que llegará en la presencia quizás de quienes menos pensamos. Que no teman subir al monte Moria ni pasar por el huerto de Getsemaní, porque siempre se llegará al huerto perfumado de la pascua y de la resurrección. Lo dice quien lo siente de verdad en su corazón.

miércoles, 3 de junio de 2020

El camino de plenitud que nos conduce a la vida eterna tenemos que aprenderlo a vivir ya desde ahora por el sentido y el valor que le damos a lo que hacemos cada día


El camino de plenitud que nos conduce a la vida eterna tenemos que aprenderlo a vivir ya desde ahora por el sentido y el valor que le damos a lo que hacemos cada día

2Timoteo 1, 1-3. 6-12; Sal 122; Marcos 12, 18-27
Hay contenidos fundamentales de nuestra fe que por más que los proclamemos en el Credo sin embargo son confusos para la mayoría de los cristianos, no tenemos muy claro que es lo que queremos expresar y al final de alguna manera aunque nos llamamos creyentes y cristianos un tanto los aparcamos a un lado de la vida y no les damos demasiada oportunidad para una reflexión. Es el tema de la resurrección final y de la vida eterna.
Hoy nos extrañamos – yo creo que un tanto ficticiamente – de que los saduceos negasen la resurrección de los muertos y en consecuencia los planteamientos que el hacen a Jesús. Nos pudiera parecer en cierto modo hasta de risa lo del matrimonio de aquella mujer con los siete hermanos que fueron falleciendo y como no le habían dejado descendencia tenían la obligación de casarse con la viuda de su hermano según la interpretación de la ley mosaica. Ponemos mucha imaginación en el tema como casi todo lo que son nuestros pensamientos a lo humano que vamos teniendo y por eso no nos cabe en la cabeza que acaso la vida eterna tiene que ser en cierto modo una repetición de la vida que ahora vivimos en el espacio temporal.
¿Quién no se ha encontrado imaginando en alguna ocasión donde habría lugar, por ejemplo, para que físicamente puedan estar todos los que han muerto? Y es que el espacio físico es algo que no podemos dejar de lado y hasta para el cielo queremos darle un espacio físico para estar junto a Dios. si nos sentimos constreñidos en el mundo físico en el que estamos donde la población va en aumento y decimos que al final el mundo no tendría capacidad para soportar tanto crecimiento de la población, que más podríamos pensar de ese mundo futuro donde estaremos todos lo que hemos vivido en esta vida, ¿dónde encontraremos ese lugar? Las imaginaciones humanas nos juegan una mala pasada y al final puede hacer que tampoco queramos creer en la resurrección y en la vida eterna como confesamos en el credo de nuestra fe.
Acaso quizá entra en nuestra mente el pensamiento de la vida eterna y de la resurrección cuando nos enfrentamos al desgarro de la muerte de un ser querido. Un poco a tientas muchas veces porque todo parece que se nos vuelve más oscuro en esos momentos de dolor no queremos perder la esperanza, dirigimos nuestra mirada a Dios para que por una parte sintamos la fortaleza del espíritu en ese momento doloroso, pero también para confiar a la bondad y a la misericordia del Señor el ser de aquel que ha muerto para nosotros, pero que tenemos la esperanza de que vive en Dios.
Decimos con mucha facilidad que todo eso entra en el misterio de Dios y ya nos parece que damos por solucionada toda la cuestión. Sí, en las manos de Dios nos ponemos y vivir su vida queremos, y pensar que en Dios alcanzaremos la plenitud de vida nos llena de esperanza y nos hace en verdad sentirnos caminantes hacia una meta que solo en Dios podemos encontrar. Pero alejemos de nosotros todo tipo de imaginación, como antes decíamos. Como nos dice hoy Jesús ‘estáis equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios… Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo’.
Y termina diciéndonos Jesús que Dios no es un Dios de muertos sino un Dios de vivos. Es el Dios de la vida, es el Dios que nos ofrece vida, es el Dios que quiere que vivamos la vida en plenitud no solo en el futuro de la vida eterna, sino también en el hoy de cada día cuando le damos un verdadero sentido y valor a nuestra existencia.
Miramos al cielo es cierto, ansiamos la vida eterna, pero el camino de plenitud tenemos que aprender a vivir ya desde ahora por el sentido y el valor que le damos a lo que hacemos cada día. Disfrutamos de la vida en todo lo bello y hermoso que tiene pero no nos quedamos en gozos efímeros, sino que buscamos todo aquello que le da hondura a nuestro ser y a nuestra relación con los demás.
Es desde ese amor compartido donde sentiremos la paz más profunda para nuestro espíritu, es donde encontraremos las satisfacciones mas hondas, es donde encontraremos esa felicidad que no tenemos muchas veces palabras con que expresar o explicar. Es lo que nos estará conduciendo a ese cielo de vivir en Dios y con Dios en la total plenitud de la vida. Qué distinta es la vida cuando tenemos hermosas metas.

martes, 2 de junio de 2020

Con sinceridad y autenticidad vivimos la vida y nos manifestamos como creyentes ante el mundo desde el sentido de nuestra fe


Con sinceridad y autenticidad vivimos la vida y nos manifestamos como creyentes ante el mundo desde el sentido de nuestra fe

2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Sal 89; Marcos 12, 13-17
Choque entre la sinceridad y la hipocresía. Irreconciliables. Por mucho que lo tratemos de disimular; la falsedad e hipocresía que llevemos en el corazón saldrá a flote, saldrá a la luz. Aunque nos presentemos con bonitas palabras, pero debajo se nota que no hay nada, o mejor, que lo que está ocultando es una hipocresía grande. Adulamos, adornamos con bonitos epítetos lo que le queramos decir al otro, pero se ven pronto las segundas intenciones.
Hay personas que son especialistas en estos disimulos e hipocresías, ponen una bonita sonrisa y quieren mostrarse agradables como si fuéramos amigos de siempre cuando hay tanta distancia quizá entre unos y otros, quieren quedar bien o quieren llevarse el ascua a su sardina, como se suele decir, porque querrán hacernos decir lo que no pensamos, lo que no entra en nuestros parámetros o principios. Personas así se las va encontrando uno mucho en la vida. Buscan manipularte, hacerte ver una realidad que no es, que solo está en su imaginación o que se han creado para conseguir lo que están buscando que aparezca como que te pones de su parte. Tiene que estar uno alerta y presentar con claridad lo que son tus principios, lo que son tus valores, diferenciando bien lo que el otro pretende hacernos decir y lo que realmente es nuestro pensamiento.
En el evangelio vemos en muchas ocasiones como los dirigentes sociales y culturales del pueblo acuden a Jesús con preguntas capciosas. Pretenden confundir a la gente y hacerle decir a Jesús lo que no es su mensaje. Empleando incluso textos de la Escritura quieren hacerle su propia interpretación y vienen con la pregunta a Jesús una y otra vez. Hoy son fariseos y herodianos, dos grupos bien diferenciados entre los judíos aunque algo tenían en común en un cierto nacionalismo judío de rebelión contra el pueblo invasor y de un puritanismo religioso que les hacía sentirse como en un estadio superior frente a todos los pueblos. Acuden a Jesús con halagos, alabando su integridad y sinceridad porque no se deja engañar por nadie. ‘Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad’. Pero detrás viene la pregunta interesada.  ‘¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?’
‘¿Por qué me tentáis?’ les dice Jesús. Ha captado Jesús que bien conocía el corazón de los hombres la poca sinceridad y la hipocresía. Divide y vencerás, querían ellos que entre los que escuchaban a Jesús se crearan polémicas por sus palabras. Y aquí tenían una ocasión, pero Jesús no les sigue el juego. Ya conocemos la salida salomónica, que podríamos decir, de Jesús ante la pregunta. ¿La inscripción de la moneda de quién es? Si usamos las monedas del César paguemos al César lo que es del César.
Muchas veces a este texto evangélico y a la respuesta de Jesús se le ha querido dar también una interpretación interesada, que no es precisamente lo que Jesús quiere enseñarnos en el Evangelio. Como si el tema de la religión y de la fe lo pudiéramos convertir en algo tan angélico que no tuviera repercusión en los compromisos que como ciudadanos todos tenemos con el mundo en el que vivimos; y nosotros desde nuestra fe, desde el sentido de la vida que encontramos en Jesús y en el evangelio sí tenemos una palabra que decir sobre lo que queremos para nuestro mundo, pero no solo una palabra sino un compromiso serio de trabajar por la justicia de ese mundo, por hacer en verdad ese mundo mejor.
Alguna vez he escuchado frases como ésta, la religión está en ser buena persona. No negamos que tenemos que ser buenas personas pero es que además el verdadero seguidor de Jesús tiene una característica muy especial. Primero que ni el sentido religioso de la persona ni la fe la separamos de Jesús, porque El es nuestra único Señor y nuestro Salvador. Pero es que precisamente desde esa fe que tenemos en El no se trata solo de ser buena persona como los demás, sino que hay un sentido del amor, hay un sentido de la vida que se nos ilumina desde el evangelio y es en lo que de manera especial tenemos que resplandecer.
Y de ahí surgirá ese compromiso serio con la vida, con nuestro mundo, con la sociedad en la que estamos, con ese mundo que nos rodea y6 desde nuestro sentido cristiano de la vida nos sentimos comprometidos y contribuimos a crear esa mejor no nos desentendemos de nuestro mundo sino que con El nos sentimos más comprometidos desde el compromiso y el sentido de nuestra fe. Con qué sinceridad, con qué autenticidad hemos de vivir la vida y nos manifestamos ante el mundo.

lunes, 1 de junio de 2020

María, la madre que está en silencio junto a la Iglesia y nos ayuda a discernir los designios de Dios en estos concretos caminos de la historia



María, la madre que está en silencio junto a la Iglesia y nos ayuda a discernir los designios de Dios en estos concretos caminos de la historia

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34
Cuando nos piden hablar de la madre afloran en nuestro interior los más hermosos sentimientos y aunque rebusquemos las palabras, si no tenemos el don de la poesía, nos salen torpes y no sabemos expresar debidamente las emociones que fluyen de nuestro corazón. De la madre es la que aprendimos lo que es la ternura y el amor no porque nos repitiera muchas palabras para enseñárnoslo sino porque nos sentíamos envueltos en sus brazos llenos de ternura que ahí en el contacto de la piel nos hacían sentir lo más bello del amor.
Queremos hablar del amor de la madre y nos viene al pensamiento su entrega y su sacrificio y corren por nuestra mente las imágenes de la preocupación de la madre siempre afanada en darnos lo mejor aunque algunas veces por nuestra resistencia tuviera que fruncir el ceño pero del que se escapaba sin que ella pudiera evitarlo toda la ternura del corazón.
Pero no solo estamos contemplando esos grandes momentos de emoción o de vida sacrificada sino que descubrimos también el silencio de la madre que siempre estuvo a nuestro lado, en nuestro camino, aunque no comprendiera quizá lo que estábamos haciendo pero respetando siempre nuestros pasos y asintiendo en silencio para decirnos como siempre estaba a nuestro lado pasara lo que pasara, pero que somos nosotros los que tenemos que encontrar nuestro propio camino. No discurrieron ni grandes discursos ni muchas palabras, sino que la mirada en silencio nos bastaba para saber que ella estaba ahí, que su amor nunca nos faltaría.
Me estoy haciendo estas consideraciones en torno al corazón lleno de ternura de una madre en este día, lunes siguiente a Pentecostés, en que la Iglesia nos presenta a María, sin las grandes alharacas de las grandes o populares fiestas, casi como en el silencio en que sabe estar una madre que no busca cosas extraordinarias para sentir el amor de sus hijos, en esta fiesta en que la celebramos como Madre de la Iglesia. Así la quiso proclamar san Pablo VI en una de las sesiones finales del Concilio Vaticano II cuando fue aprobada precisamente la Constitución sobre la Iglesia.
Así contemplamos a María, junto a la Iglesia, en el silencio y en el amor de una madre, como lo había estado junto a su Hijo Jesús. Nos aparece la figura de María en el Evangelio sobre todo en torno al nacimiento de Jesús y su infancia, y luego aparecerá en momentos puntuales como cuando en medio del rebullicio de la gente ella estaba allí junto a Jesús, o como la vemos al pie de la cruz también en silencio, y más tarde en el cenáculo con los apóstoles en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre en la venida del Espíritu Santo.
Habitualmente cuando hablamos de María destacamos esos momentos en que aparece en el evangelio y ya ahí la contemplamos llena de virtudes y rebosante de amor y de esperanza como un acicate y un estímulo para nuestro camino de fe, ella que fue llamada dichosa por su fe. Pero hay muchos momentos de la vida de María y en torno a Jesús que se quedan en silencio y parece como si de ellos no supiéramos qué decir. Pero son esos momentos hermosos y profundos del silencio de María junto a Jesús. Ella que había sabido discernir lo que era la Palabra del Señor que se le manifestaba y había sabido decir Sí, en esa misma actitud y postura tenemos que verla junto a Jesús, descubriendo en su palabra y en los signos que hacía lo que era el designio de Dios que se estaba manifestando en Jesús.
Cuanto nos enseña María en este sentido en el camino de la Iglesia, en el camino de nuestra vida creyente también. Ahí está María junto a la Iglesia, no solo porque hayamos levantado grandes santuarios en su honor a lo largo y ancho del mundo y de la historia, sino porque María está ahí, en ese camino de la Iglesia, en silencio también y de ella aprendemos a ese discernir los designios de Dios, los caminos de Dios que tenemos que ir trazando o recorriendo en este mundo concreto en que vivimos, con sus luces y con sus sombras.
¿Qué se nos pide hoy? ¿Qué se nos pide en el momento presente de nuestra historia? ¿Cuál es la Palabra, la respuesta que tenemos que saber dar a esos problemas de nuestra historia? ¿Cuál es el camino de la Iglesia hoy? ¿Cuál es el camino que como creyente yo he de recorrer? Aprendamos de María a discernirlo; que María nos alcance esa gracia del Señor.

domingo, 31 de mayo de 2020

La fuerza del Espíritu hizo que las puertas del Cenáculo se abrieran y ya no habían fronteras de distancias ni lenguajes para escuchar el anuncio de la Buena Nueva de Jesús


La fuerza del Espíritu hizo que las puertas del Cenáculo se abrieran y ya no habían fronteras de distancias ni lenguajes para escuchar el anuncio de la Buena Nueva de Jesús

 Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
La costumbre hoy es que andemos con las puertas cerradas. ¿Miedos? ¿Desconfianzas? ¿Prevención? ¿Una forma de refugiarnos a causa de nuestras inseguridades? ¿Para sentirnos más seguros lejos de molestias y de incomodidades? ¿Para poner barreras porque ese umbral solo los traspasa quien nosotros queremos? Pero la puerta cerrada no solo no deja entrar sino que tampoco deja salir. ¿Nos quedamos solo en la comodidad de nuestro hogar o nuestras cosas?
Habrá quien haga su análisis de estas costumbres que contrastan quizá con otros tiempos o lugares. Pero ya es muy habitual que cuando vamos por la calle nos encontramos siempre las puertas de las casas cerradas. Pero todo esto que nos pudiera parecer intrascendente sin embargo pueden ser imágenes que nos quieran hablar mucho.
Es una imagen que nos aparece tanto en el relato evangélico como en el de los Hechos de los Apóstoles. En uno y en otro caso las puertas del cenáculo estaban cerradas. En el evangelio se nos dice que era por el miedo de los discípulos a los judíos; no era para menos después de lo que habían hecho con Jesús en aquellos días. Pero luego en los Hechos nos encontramos también que los discípulos están encerrados en el Cenáculo, quizá no fueran ya los miedos aunque cierta cobardía sí que había, pero se puede justificar en aquella actitud de espera en la que estaban esperando que su cumplieran las promesas de Jesús. Sus temores y desconfianzas siempre rondaban por dentro, tenemos que reconocer.
Pero con la llegada de Cristo resucitado y la presencia del don del Espíritu aquellas puertas se abrirán porque ya no pueden contener el caudal de gracia que allí se ha derramado. En esta fiesta de Pentecostés nos encontramos con dos textos que nos hablan de esa efusión del Espíritu. Por una parte el evangelio de Juan nos dirá que cuando Jesús resucitado se presenta ante ellos derramará su Espíritu sobre ellos y ya los veremos con el don del perdón de los pecados. Puertas que se abren, podemos decir, porque se acaban los miedos y las desconfianzas, se nos arranca el pecado de nuestra vida con el perdón y el corazón se llena de alegría con la presencia del Espíritu.
En el texto de los Hechos de los Apóstoles esa efusión del Espíritu Santo se sitúa en otro momento después de su Ascensión al cielo. Les ha pedido Jesús permanecer en Jerusalén hasta que se cumpla la promesa del Padre y en el Cenáculo han quedado en oración – con ellos está María la Madre de Jesús además de otras mujeres – hasta que en medio de signos extraordinarios como el viento recio que parecía que hacían temblar los cimientos de la casa y las llamaradas de fuego sobre sus cabezas se manifiesta el don del Espíritu Santo prometido. Las puertas se abren, volvemos a repetir, porque será entonces cuando los apóstoles salgan a la calle al encuentro de la gente que se arremolina a su alrededor para hacer el anuncio gozoso de la resurrección del Señor.
Es con la imagen que me quiero quedar en este Pentecostés. Llegamos hoy a la culminación de las celebraciones pascuales – hoy se termina el tiempo pascual – que hemos vivido este año en especiales circunstancias. El confinamiento por la alerta sanitaria decretada nos ha obligado a permanecer en nuestras casas y no nos ha permitido celebrar todo el misterio de Cristo con el esplendor externo de otros años, es más nos hemos visto limitados de manera que no hemos ni siquiera participar presencialmente en las celebraciones litúrgicas.
¿Puerta cerradas o puertas abiertas?, quizás aun nos preguntamos. Nos ha obligado cuando no hemos querido dejar pasar este tiempo de gracia para nosotros a buscar una interiorización que quizá necesitábamos. Yo quisiera verlo también como una moción del Espíritu que es el que conduce a su Iglesia y el que nos conduce a nosotros también. ¿No será una manera de decirnos el Señor que tenemos que abrirnos a algo nuevo, quizás a un nuevo estilo y camino de evangelización para llegar no solo a los que muchas veces con cierta comodidad nos encerramos en nuestros templos y en nuestras celebraciones y nos quedamos tan contentos? pero que necesitamos salirnos, emprender nuevos caminos y nuevos estilos, dar nuevas señales para llegar a todo ese mundo que está fuera y ya no oye anunciar a Jesús, o acaso de una manera muy diluida.
El Espíritu del Señor que es nuestra Sabiduría y nuestra fortaleza nos está impulsando a algo nuevo. Quizá el estar encerrados un cierto tiempo nos ha dado oportunidad para reflexionar en nuestro interior, desde esa inquietud y esa zozobra de sentirnos así confinados, de que hay cosas de mucho valor que habremos abandonado u olvidado, pero que también hay gestos sencillos que podemos realizar de cercanía a los demás y en especial a aquellos que siempre están más cercanos a nosotros, pero que por eso no les prestamos tanta atención.
Son las puertas de nuestras casas o de nuestras iglesias las que tenemos que abrir, pero son también las puertas de nuestra vida porque somos los que ponemos fronteros, barreras que no nos dejan acercarnos de verdad incluso a los que están más cercanos a nosotros aunque nos parezca una incongruencia. Préstale más atención a tu hermano o la hermana, a tu hijo, a tu padre o tu madre, a la esposa o al esposa, al abuelo que algunas veces arrinconamos y nos detenemos junto a él para escucharle una vez más sus historias, al vecino que pasa a tu puerta todos los días y que muchas veces no pasamos de un hola en el saludo, a ese compañero de trabajo que aparece arrinconado de todos porque nos parece más tímido o de poca conversación.
La fuerza del Espíritu hizo entonces que las puertas del Cenáculo se abrieran y ya no había fronteras de distancias ni de lenguajes porque todos podían escuchar el anuncio. Sintamos esa fuerza del Espíritu hoy en nosotros que abre también nuestras puertas y derriba muchas murallas. Que la alegría que vivimos en Cristo resucitado nos lleve a hacer ese anuncio gozoso a cuantos nos rodean.