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lunes, 4 de mayo de 2015

Llenos del amor de Dios que habita en nosotros seamos capaces de ver sus maravillas para que todos den gloria al Señor

Llenos del amor de Dios que habita en nosotros seamos capaces de ver sus maravillas para que todos den gloria al Señor

Hechos,  14,15-18; Sal 113; Juan 14, 21-26
‘No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria’, decimos con el salmo como aclamación y respuesta a lo que nos narraba el libro de los Hechos de los Apóstoles. No es nuestra gloria lo que hemos de buscar sino siempre la gloria del Señor. No es atribuirnos las cosas buenas que podamos hacer, sino ver y hacer descubrir a los demás las obras del Señor que quizá a través nuestro también quiera realizar maravillas.
Es de lo que nos habla el libro de los Hechos hoy. Bernabé y Pablo están en su primer viaje misionero y en Listra por su fe en Jesús realizan el milagro de curar a un hombre lisiado y cojo de nacimiento. La reacción de las gentes es creer que ellos son dioses en apariencia humana por lo que quieren incluso ofrecerles sacrificios. Con gran dificultad logran convencerles de que no son sino hombres y si han realizado aquellas maravillas es por la fe en Jesús, por la acción de Dios.
Es en lo que tenemos que pensar porque es una tentación fácil que nos aparece allá en lo secreto del corazón y se puede manifestar también en actitudes y posturas. Es el orgullo que se nos puede meter por dentro por las cosas buenas que podamos hacer y que lo echa todo a perder. Es la búsqueda de la alabanza y el reconocimiento que siempre puede estar rondando en nuestro corazón. O puede ser incluso luego las actitudes de prepotencia con que nos podamos presentar ante los demás.
Nos sucede a todos. Sucede también en nuestra Iglesia; actitudes avasalladoras, posturas prepotentes, orgullo de sabérnoslo todo y de tener el poder, manipulación de los demás muchas cosas así pueden aparecer; creernos dioses y hasta en la apariencia de nuestros gestos, de nuestra manera de comportarnos es algo que nos puede suceder; y digo también en nuestro ámbito eclesial. Qué necesaria es la humildad y con humildad presentarnos a los demás no como quien se las sabe todas sino como el hermano que va a servir.
Es una pobreza espiritual en la que podemos caer; una tentación y una pendiente fácil por la que rodar y que puede ir creciendo y creciendo en velocidad. Tenemos que despojarnos de esos ropajes para mostrarnos con humildad ante los demás aunque tengamos un servicio o un ministerio que realizar. El Papa Francisco nos está dando mucho ejemplo de ello.
En el evangelio que hemos escuchado hoy se nos señalan caminos para ese crecimiento de nuestra espiritualidad que no es otra cosa que llenarnos más y más de Dios. Es llenarnos de amor de Dios y amar con ese mismo amor. Cuando entramos en esa órbita del amor vemos cómo crece más y más si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor.
Hoy nos decía Jesús que si le amamos, cumplimos sus mandamientos; pero cuando le amamos así Dios nos amará aún más, tanto que se nos da de tal manera que quiere habitar en nosotros, en nuestro corazón. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’.
Vivamos en su amor y caminaremos por caminos de humildad para reconocer siempre la obra de Dios y cantar la gloria del Señor.

domingo, 3 de mayo de 2015

Una fe profunda y probada con verdadero sentido de comunión que nos lleve a dar frutos de auténtica vida en Jesús

Una fe profunda y probada con verdadero sentido de comunión que nos lleve a dar frutos de auténtica vida en Jesús

Hechos, 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8
Una bella imagen cargada de rico simbolismo la que se nos ofrece hoy en el evangelio que quiere expresar por una parte toda la profundidad con que hemos de vivir nuestra fe como una relación profunda con Dios y al mismo tiempo esa riqueza de comunión con que hemos de vivirla unidos también a los demás que nos ha de hacer dar verdaderos frutos de amor.
Se nos habla de la vid, de la cepa, de los sarmientos, de la poda y finalmente de los frutos. ‘Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador’, nos dice Jesús. Pero los sarmientos no pueden estar desgajados sino profundamente unidos a la cepa. Es la misma savia la que ha de recorrer la planta entera para que pueda tener vida; si desgajamos los sarmientos de la cepa no podrá tener vida, porque la savia ya no podrá llegar hasta cada una de sus ramas. Por eso nos dirá Jesús: ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él; ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. No podremos tener vida, no podremos dar fruto.
Cuantas veces vivimos nuestra fe de una manera insulsa y rutinaria. Decimos que tenemos fe pero no la cuidamos, no la alimentamos. Decimos que tenemos fe pero no mantenemos nuestra unión con Dios por la oración, por la escucha de la Palabra, por la gracia de los sacramentos. Y vamos viviendo como cristianos como arrastrándonos, simplemente dejándonos llevar, dejándonos confundir por cualquiera que llegue a nuestro lado diciéndonos cualquier cosa que atente contra esa fe. Y no sabemos dar razón de nuestra fe; no somos capaces de manifestarnos como verdaderos creyentes en medio de los que nos rodean; nos dejamos impregnar por el mal que nos rodea y nos dejamos arrastrar por cualquier pasión o por cualquier tentación. No vivimos unidos al Señor. ‘Sin mi no podéis hacer nada’, que nos dice Jesús.
Nos habla también de la poda. ¿En qué consiste la poda de nuestros árboles o de nuestras plantas? Quitar aquello que no vale, que nos impide dar buenos y sabrosos frutos, que pueden dañar la planta y hacerla perecer. Lo vemos fácilmente en nuestros campos o en nuestros jardines; plantas o árboles que se han llenado de ramas, pero a la hora de florecer y hacer cuajar el fruto no saldrá nada que pueda valernos o muchos de esos frutos se dañarán y se echarán a perder; no llegarán a dar buen fruto. Nos sucede en nuestra vida, desde las tentaciones como decíamos antes que nos acechan, o desde ese montón incluso de cosas que queremos hacer pero que no tienen consistencia, no llegan a producir un fruto espiritual ni en nosotros ni en aquellos que están a nuestro lado, porque quizá lo vivimos con una excesiva superficialidad y sin verdadero contenido espiritual. Hemos de cuidarnos de ese activismo en que podemos caer en la vida queriendo hacer muchas cosas pero sin una profunda espiritualidad que le dé hondura a lo que hacemos.
La poda es dolorosa, porque será cortar y arrancar aquello que tenemos pegado y no nos sirve o nos puede dañar. ‘A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto’, nos decía Jesús en el evangelio. Lo necesitamos hacer en ese camino de purificación interior, de purificación espiritual que hemos de hacer de nuestra vida. Pero quizá habrá ocasiones en que los problemas que nos aparecen en la vida nos hacen crisis en nosotros. Veámoslos también como un camino de poda, de purificación interior, porque si en esos momentos duros - una enfermedad u otros problemas personales o incluso a nivel social que vivamos - somos capaces de mantenernos unidos al Señor, y dejándonos iluminar por su palabra revisamos nuestra vida, intentamos darle profundidad, o buscamos la manera de darle un sentido a lo que nos sucede, a la larga puede ser un hermoso camino de transformación espiritual, de un cambio y de un nuevo camino hacia la santidad que podamos emprender.
Pero hay otro aspecto que también necesitamos considerar. Esa vid con sus sarmientos forma una única planta, porque todo el conjunto de sus ramos y sarmientos están como unidos entre sí y unidos a la cepa. Es el sentido comunitario y eclesial que ha de tener siempre nuestra fe y nuestra vida cristiana. San Pablo nos hablará del Cuerpo Místico en que Cristo es la cabeza y todos nosotros somos sus miembros, pero que hemos de estar unidos formando un solo y mismo cuerpo. Un aspecto, el sentido eclesial de nuestra fe y nuestra vida cristiana, que es de suma importancia. Nos sentimos iglesia, cuerpo de Cristo, nos sentimos en comunión los unos con los otros y por ese misterio de la comunión de los santos lo que vamos haciendo cada uno va repercutiendo al mismo tiempo en los demás, es riqueza para todo el cuerpo eclesial. El fruto no es solo mío y para mí, sino que queriendo en verdad dar gloria al Señor con cuanto hacemos, estamos enriqueciendo el cuerpo entero de la Iglesia. Hay una repercusión de comunión muy profunda entre todos los que creemos en Jesús.
Como terminaba diciéndonos Jesús, ‘con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. Así estaremos manifestando en verdad toda la riqueza de gracia que es nuestra fe y nos estaremos manifestando con auténticos frutos de justicia y de amor. Todo siempre para la gloria del Señor.

sábado, 2 de mayo de 2015

En la intimidad nuestra oración entremos en el conocimiento de Dios que se nos manifiesta en Jesús

En la intimidad nuestra oración entremos en el conocimiento de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Hechos,  13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14
Conocer a Jesús es conocer a Dios. Buscamos a Dios y nos quedamos sobrecogidos ante tan inmenso misterio. Quisiéramos desentrañarlo para conocerle y vemos que nos sobrepasa. La inmensidad de Dios nos hace sentirnos pequeños e incapaces; su sabiduría, su omnipotencia, su grandeza nos atraen pero aunque quisiéramos parece que misterio tan grande no cabe en nuestra mente o en nuestro corazón. Pero Dios nos busca, nos llama, se nos revela y se nos manifiesta. Toda la historia de la salvación, expresada de una forma particular en aquel pueblo llamado el pueblo escogido es la historia del amor de Dios por su pueblo al que quiere revelarse, pero no siempre los hombres son capaces de comprender tan sublime misterio.
Pero el momento culminante de su revelación es Jesús. Tanto amó Dios al hombre que quiso revelársenos en Jesús, nos envió a su Hijo, Verbo de Dios, manifestación y expresión sublime al tiempo que muy humana de todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Por eso el evangelio de san Juan comienza diciéndonos que es la Palabra, el Verbo de Dios que se hace la luz de los hombres, y planta su tienda en medio de nosotros. Y nos dirá Jesús mismo en el Evangelio que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar’.
Es lo que le estamos escuchando decir hoy de nuevo en el evangelio aunque sea con otras palabras. ‘Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre…’ y continuará diciéndonos ante las preguntas de un Felipe lleno de dudas, ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre… Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí…’
Jesús es la cercanía de Dios. Por algo se nos anuncia como el Emmanuel, el Dios con nosotros. Lo había dicho el profeta Isaías y se nos repite a la hora de su nacimiento al principio de los evangelios. Por eso conozcamos a Jesús y conoceremos al Padre, conoceremos lo que es el amor, conoceremos lo que es Dios, porque Dios es Amor.
Pero ya sabemos bien que conocer es mucho más que lo que exteriormente podamos conocer de alguien. En nuestra imaginación muchas veces pensamos cómo sería Jesús y los artistas a través de los tiempos nos han dejado diversas imágenes, que es cierto nos pueden ayudar, pero que no nos podemos quedar en esa imagen externa de Jesús. Por eso vayamos a lo más hondo y vayamos, pues, al evangelio; vayamos allá a lo más hondo de nuestro corazón y dejemos que allí Jesús se nos revele, no en lo que nosotros podamos imaginar o la imagen que a nuestra manera nosotros nos podamos hacer, sino en ese misterio de amor que El por la fuerza del Espíritu nos revelará en nuestro corazón.
Cómo tenemos que abrirnos a Dios. Cómo tenemos que saber entrar en esa intimidad de Dios con nuestra oración, para escucharle, para sentir su presencia y dejarnos inundar de El, para llenarnos de su vida y de su amor. Cuando entremos de verdad en esa orbita del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús estaremos conociendo de verdad a Dios que es Amor.

viernes, 1 de mayo de 2015

Que nada nos distraiga para reconocer que Jesús es el único camino y sentido de nuestra vida

Que nada nos distraiga para reconocer que Jesús es el único camino y sentido de nuestra vida

Hechos,  13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Algunas veces cuando estamos demasiado enfrascados en nuestras cosas nos cuesta atender y entender lo que nos puedan estar diciendo, por muy claro que quieran hablarnos. Con nuestra mente demasiado puesta en el momento presente, con nuestro corazón quizá demasiado cogido por preocupaciones por cosas materiales ya sea lo que nos va sucediendo en cada momento, ya sea quizá las influencias que recibimos del mundo que nos rodea que nos hace quedarnos demasiado a ras de tierra, el que nos hablen de una trascendencia mayor para nuestra vida, o que quieran elevarnos a ámbitos más espirituales será algo que nos cuesta entender y ante lo que nos dicen parece que andamos en otra onda.
Quizá algo así les pasaba a los discípulos en su relación con Jesús y de manera especial en lo que les estaba diciendo como despedida en aquella ultima cena pascual. El que Jesús les hable de otras estancias que quiera prepararles para llevarlos con ellos, o que les hable de un camino que han de recorrer y que a estas alturas han de conocer bien, son cosas que les resultan extrañas e ininteligibles dadas las preocupaciones inmediatas que podían tener en aquellos momentos. Intuían que algo iba a pasar, aunque Jesús les había hablado claramente, pero eso les hacia tener la mente cerrada y no comprender bien lo que Jesús les estaba diciendo.
‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’, le preguntan. O sea que no se están enterando. Tanto tiempo que llevaban con Jesús, escuchándole, compartiendo tantas cosas, recibiendo de Jesús explicaciones que quizá a otros no les daba, y aun no terminan de conocerle ni de entenderle. ¿Entenderán lo que a continuación Jesús continuará diciéndoles? ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí’.
Jesús lo es todo para nosotros. Camino, vida, sabiduría, salvación, manifestación de la misericordia de Dios, paz de la que llena nuestro corazón. Jesús quiere levantarnos, elevarnos desde esas materialidades y rutinas en que vivimos todos los días. Jesús quiere que elevemos la mirada de nuestra vida y contemplándole a El seamos capaces de darle más trascendencia a nuestra vida.
Algunas veces nos cuesta, también se nos cierra nuestra mente. Vivimos demasiado metidos en nuestras cosas y no miramos a lo que tiene que ser la meta y el sentido de nuestra vida. Envueltos por el ambiente que nos rodea podemos enfriarnos en nuestra espiritualidad, se nos puede enfriar nuestra fe.
Es algo que tenemos que cuidar, abrir bien los oídos de nuestra alma para escuchar a Jesús, para seguir a Jesús, para hacer el mismo camino de Jesús y así llenarnos plenamente de su vida. Contemplándole a El nos daremos cuenta claramente de cual es el camino, cuál es la verdad de nuestra vida. Que deseemos de verdad cada día conocerle más, vivirle con mayor profundidad. El es el sentido último de nuestra vida. 

jueves, 30 de abril de 2015

Aprender a abajarnos como Jesús para ponernos en actitud de servicio poniéndonos a la altura de los más pobres y humildes

Aprender a abajarnos como Jesús para ponernos en actitud de servicio poniéndonos a la altura de los más pobres y humildes

Hechos, 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
Las palabras que le escuchamos hoy a Jesús están en el marco de la última cena y de los gestos realizados por Jesús al comienzo. Se había despojado de su manto, ceñido una toalla y se había postrado a los pies de los discípulos para lavarles los pies. La sorpresa había sido grande y alguno hasta quería rechazar aquel gesto de Jesús porque les parecía que Jesús no podía hacer aquello. ‘No me lavarás los pies’, que le decía Pedro. Quizá nos sorprenda también a nosotros y nos cueste compartirlo.
‘Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Ponerlo en práctica nos dice Jesús. Hacer lo mismo, pero, reconozcamos, cuánto nos cuesta.
El camino del seguidor de Jesús ha de ser por su mismo camino. La entrega, el servicio, el amor, la solidaridad, el abajarse para poniéndonos a la altura de los otros levantarlos, el olvidarnos de nosotros mismos, el tener sus mismas actitudes y repetir sus mismos gestos, el vivir en su mismo espíritu de humildad es el camino que nos está enseñando Jesús.
Pero nos cuesta. Lo intentamos. Nos encontramos mucha gente que quiere vivir esa misma actitud de servicio. Queremos compartir y deseamos con sinceridad un mundo más solidario. Queremos amar y amar con un amor como el de Jesús. Pero, repito, nos cuesta.
Es la actitud y son las posturas que cada uno a nivel individual ha de vivir siempre en ese espíritu de servicio. Es la imagen que como Iglesia hemos de dar también frente al mundo que nos rodea. Pero necesitamos purificar muchas cosas, porque aunque intentamos poner ese amor en muchas ocasiones aparecen ramalazos de orgullo, de prepotencia, de vanidad, incluso de cierto paternalismo. Muchas veces copiamos o se nos pegan actitudes demasiado mundanas y podemos tener el peligro de dar apariencia de poder, de buscar grandezas, de levantarnos también sobre pedestales.
Decimos que queremos imitar a Jesús, pero nos cuesta imitar a ese Jesús pobre, que nació en un establo o que no tenía donde reclinar la cabeza. En la iglesia también quizá muchas veces nos rodeamos de demasiadas ornamentaciones que nos pueden dar esa apariencia de poder y de grandeza a la manera de los poderes o grandezas humanas. Qué lástima que la imagen que muchos puedan tener de la Iglesia - quizá desde el desconocimiento, pero quizá también de lo que aparentamos - como una institución de poder que se alinea al lado de los grandes y poderosos. Los mismos ropajes que usamos pueden darnos esa apariencia.
Hace falta hacer como Jesús, abajarnos. El se puso a la altura de los otros, y eso que tenía la categoría de Dios como nos recuerda san Pablo. Se abajó y hoy le hemos contemplado de rodillas a los pies de los apóstoles. No miraba desde arriba, sino desde abajo, como hacen los pequeños, los pobres, los humildes. ¿No tendría que ser esa una actitud que copiáramos en nuestra vida?
Que el Espíritu del Señor nos ayude a purificarnos. Cuánto lo necesitamos. Jesús nos dice ‘puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. ¿Qué hacemos? ¿Qué tenemos que hacer? Y es que no podemos ser más que el Maestro, más que el que nos envía.

miércoles, 29 de abril de 2015

Reconocernos pecadores es el camino para encontrar la verdadera paz que nos la da el Señor manso y humilde de corazón

Reconocernos pecadores es el camino para encontrar la verdadera paz que nos la da el Señor manso y humilde de corazón

1Juan 1, 5-2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30
‘Si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia… porque si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo…’ Solo con humildad y mucho amor es como tenemos que presentarnos delante del Señor. De nada nos vale decir que no somos pecadores; reconociendo nuestros pecados y acudiendo humildes ante el Señor es como alcanzamos gracia, perdón, paz para nuestro corazón.
Reconocernos pecadores no es llenarnos de amargura; es el camino para encontrar la verdadera paz; pero esa paz nos la da el Señor. Tendríamos que ser santos y no pecar si consideráramos todo lo que es el amor del Señor, todo lo que hace por nosotros; cada uno repase la historia de su propia vida para ver cuantas maravillas ha hecho el Señor en nosotros, con nosotros. Eso tendría que bastarnos para sentirnos impulsados a ser santos. Pero ya sabemos cómo somos, nuestra debilidad y nuestra flaqueza que nos hace tropezar una y otra vez en el pecado y no terminamos de corregirnos y enmendarnos. Pero, como  nos decía san Juan, ‘tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo…’ Cristo, el Señor, intercede por nosotros.
Hoy hemos escuchado en el evangelio: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mí yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.’ Cansados, agobiados, atormentados quizá en nuestros problemas o en nuestras recaídas, sintiendo con sinceridad la miseria que es nuestra vida, la miseria y la muerte en la que nos metemos nosotros con nuestra flaqueza y debilidad, llenos quizá de muchos sufrimientos que no son solo los sufrimientos físicos de nuestros dolores o nuestras enfermedades, sino ese sufrimiento que llevamos dentro en tantas cosas que nos preocupan, hemos de saber acudir al Señor.
El nos alivia; El es nuestro descanso; El es nuestra paz. ¡Cuánto tenemos que aprender! ¡De cuánto amor tenemos que llenar nuestro corazón!
Y viendo nuestra situación seamos humildes, aprendamos a ser mansos y humildes de corazón, porque seamos comprensivos con los demás. ¿Quién soy yo para juzgar la debilidad del otro si en mí hay mayores debilidades? Aprendamos del Señor que es manso y humilde de corazón. El que pacientemente nos espera, nos ofrece una y otra vez su amor, su abrazo de perdón, quiere llenarnos de paz, a pesar de que tantas veces nos hacemos oídos sordos y le damos la espalda.
Que nos mueva al amor la mansedumbre y el amor del corazón de Cristo.

martes, 28 de abril de 2015

La madurez de una comunidad cristiana tiene que manifestarse en su espíritu misionero para anunciar la Buena Nueva de Jesús

La madurez de una comunidad cristiana tiene que manifestarse en su espíritu misionero para anunciar la Buena Nueva de Jesús

Hechos,  11,19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30
Un signo de madurez es la forma cómo afrontamos las dificultades y los problemas que nos van apareciendo en la vida; la entereza con que los afrontamos nos denotan esa fortaleza interior que tiene una persona madura y que ha sabido fundamentar bien su vida. En lugar de encerrarse en si mismo ese fuego interior le hace abrirse a los demás, luchando y compartiendo, amando la vida y queriendo compartirla en lo bueno con los demás y recibiendo al mismo tiempo el aliciente de los que están a su lado apoyándolo en su duro caminar. No es fácil, pero ahí, como decíamos, se manifiesta la madurez de su vida, capaz de dar fruto aun en las más fuertes adversidades. ¿Seremos capaces de hacerlo así?
Así se manifestaba la Iglesia ya desde el principio guiada siempre por el Espíritu del Señor. Es lo que hoy contemplamos en los Hechos de los Apóstoles. A raíz del martirio de Esteban se desató una violenta persecución contra todos los que creían en Jesús lo que hizo que los discípulos se dispersasen por distintos lugares. Llegan así muchos seguidores de Jesús incluso a Antioquía de Siria y allí comienzan a anunciar el nombre Jesús no solo a los judíos sino también a los griegos. Cuando se emplea esta expresión en el nuevo Testamento se refieren por un lado a los prosélitos, o sea los judíos provenientes de la gentilidad, o también a los propios gentiles o paganos. Es lo que sucede en Antioquía y la comunidad crece y se expande.
Bajará a Antioquia Bernabé enviado por la Iglesia de Jerusalén que ‘al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor’. Mas tarde le veremos ir a Tarso a buscar a Saulo que se unirá a su predicación en aquella comunidad, de la que, como veremos más adelante, partirán con la misión del anuncio de Jesús a distintos lugares.
Creo que la lección de aquellas primeras comunidades cristianas sigue teniendo gran actualidad en nuestro momento presente. Algunas veces nos parece vernos acobardados cuando oímos noticias de dificultades o incluso persecuciones contra los cristianos en el mundo de hoy, o cuando contemplamos la dificultad para hacer el anuncio de la buena nueva de Jesús a nuestro mundo que en nuestro pesimismo vemos tan lleno de tantos males. No era fácil hacer el anuncio de Jesús en aquellos tiempos, como reconocemos que ahora tampoco nos es fácil.
Pero, ¿quién guía y conduce a la Iglesia? ¿es solo una obra de hombres de buena voluntad? Tenemos que aprender a confiar en el Espíritu del Señor que nos da fortaleza y precisamente ahí, en este momento si queremos llamarlo así de dificultades, tenemos que manifestar nuestra madurez cristiana. Como decíamos antes en lo humano, así tiene que manifestarse la madurez de los cristianos, la madurez de nuestras comunidades cristianas que tienen que ser en verdad misioneras en el mundo en el que vivimos.
Que el Espíritu del Señor nos dé esa fortaleza y esa sabiduría.

lunes, 27 de abril de 2015

Jesús es nuestro Pastor pero es también la puerta segura que nos conduce a la vida y la salvación

Jesús es nuestro Pastor pero es también la puerta segura que nos conduce a la vida y la salvación

Hechos,  11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10
Una puerta que se abre ante nosotros pueda quizás llenarnos de incertidumbre ante lo que tras ella nos podemos encontrar; humanamente podríamos pensar que tras la puerta está lo desconocido y eso ciertamente nos puede producir en esa incertidumbre un cierto miedo ante lo que nos podemos encontrar.
Pero cuando hoy Jesús nos dice en el evangelio que El es la puerta desde la fe que tenemos en él no caben los miedos ni las incertidumbres porque sabemos que en El y con El siempre vamos a encontrar vida y sus caminos nos llevarán siempre a la felicidad final y verdadera. El nos lo ha dicho hoy ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’. Con El lo que tenemos que hacer es dejarnos llevar, no por supuesto pasivamente sino sabiendo bien y a ciencia cierta lo que nos vamos a encontrar y lo que queremos es hacer ese camino que tras la puerta se abre ante nosotros.
Siguiendo con la alegoría del pastor y de las ovejas al mismo tiempo que nos dice que El es la puerta, también nos ha dicho que es el pastor que entra por la puerta, porque viene en nuestra búsqueda, porque quiere ofrecernos lo mejor para nuestra vida, porque nos conoce y nos ama y siempre querrá regalarnos su vida y su salvación. ‘Quien entre por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’, nos dice Jesús. Con El siempre nos sentimos seguros.
Con estas palabras de Jesús podemos pensar en los pastores que en nombre de Jesús tienen la misión de ayudarnos a entrar por esa puerta porque su misión será siempre llevarnos a Jesús y hacernos llegar la gracia de Jesús; en estos días al celebrar al Buen Pastor estamos haciendo oración por los pastores de la iglesia y por las vocaciones. Es la valoración que los cristianos tenemos que hacer de aquellos llamados del Señor para en su nombre ser pastores del pueblo de Dios y como en nuestra oración hemos de tenerlos siempre presentes para que sean fieles a su misión y siempre nos puedan conducir hasta Jesús y su salvación.
Pero se me ocurre pensar que no solo en este sentido hemos de escuchar las palabras de Jesús en el evangelio, sino que ahí hemos de ver la tarea que todos los cristianos tenemos, porque todos hemos de ser signos de esa puerta que es Jesús, y todos tenemos que ayudar a los que están a nuestro lado para que pasando por esa puerta de gracia puedan llegar a la vida, puedan encontrarse también con Jesús y alcanzar la salvación. En cierto modo, con Jesús, todos hemos de ser puerta que ayude a los demás a ese encuentro con Cristo.
Es la misión y la tarea de toda la Iglesia en todo momento, que no puede ser obstáculo sino siempre signo y camino de luz y de vida para todos los hombres. Que el testimonio de nuestra vida sea un signo claro que conduzca a todos hacia esa puerta, hasta Jesús. 

domingo, 26 de abril de 2015

Buen Pastor que nos conoce y ama, que da su vida por nosotros, por quien nos sentimos amados y a quien quisiéramos amar más

Hechos, 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18
Por dos veces nos repite Jesús en el evangelio: ‘Yo soy el Buen Pastor’. En una nos dice que es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas y en la otra ocasión para señalarlos cómo conoce a sus ovejas y las ovejas le conocen a El.
Aunque nuestro amor tiene que ser universal y hemos de amar a todos por la realidad de nuestra vida sabemos que amamos a quien conocemos; conocemos y amamos, amamos y desearíamos conocer más y más a quien hacemos objeto de nuestro amor y por quien al mismo tiempo nos sentimos amados. Se establece así una muy estrecha y hermosa relación de amor. Y porque conocemos y amamos somos capaces de darnos por quien amamos de verdad hasta el supremo sacrificio si fuera necesario.
Algo así es lo que nos está diciendo Jesús cuando nos dice que El es nuestro Buen Pastor. El Buen Pastor que nos conoce y nos ama; el Buen Pastor que es capaz de dar su vida por nosotros; el Buen Pastor por quien nosotros nos sentimos amados y a quien quisiéramos conocer más y más en ese sentido del conocimiento que es más que un saber del otro, porque es un querer vivir como aquel a quien amamos.
Y todo esto nos lo dice bajo la alegoría del pastor, del verdadero pastor, no el asalariado, y las ovejas. El verdadero pastor a quien la importan las ovejas, porque las conoce y las ama, porque las cuida y las defiende, porque es capaz de dar la vida por ellas. Así nos ama, nos cuida, nos alimenta, da la vida por nosotros. Bellas imágenes que nos están hablando del amor de Dios, porque Jesús viene a manifestarnos lo que es el amor del Padre, viene a regalarnos con el amor de Dios.
Jesús es, pues, quien ha dado su vida por nosotros; como nos decía san Pedro en el discurso de los Hechos de los Apóstoles es la piedra angular de nuestra salvación porque no hay otro nombre, ‘bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos’. Como un signo de ello, les dice Pedro aquel día a los jefes del pueblo y a los senadores cuando lo hicieron comparecer ante el Sanedrín, pueden contemplar delante de ellos a quien en el nombre de Jesús ha sido curado. Porque Jesús es el Señor; porque fue crucificado por nuestra salvación desde la maldad de aquellos que lo llevaron hasta la cruz, como les dice, ‘a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos, por su nombre se presenta éste sano ante vosotros’.
‘El Buen Pastor que da la vida por las ovejas’ porque nos ama y su amor nos llena de su vida. Es mucho más que un rescate, porque el rescate nos dejaría como estábamos antes de haber caído en aquella cautividad; es mucho más porque una vez que Cristo se ha entregado por nosotros nos eleva, nos hace partícipes de su misma vida y por eso desde ese amor de Jesús, por la fuerza del Espíritu, comenzamos a tener nueva vida, comenzamos a llamarnos y ser en verdad hijos de Dios. ‘Mirad que amor  nos ha tenido el Padre, que nos decía san Juan en su carta, para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos… seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’.
Así es el amor que Dios nos tiene y se nos manifiesta en Jesús, el Buen Pastor. Y porque nos sentimos amados así deseamos más y más conocerle y amarle, ansiamos de verdad vivir su misma vida, nos sentimos llamados a seguirle, nos sentimos impulsados a ser cada día más santos. Si vamos a ser semejantes a El, como nos dice san Juan, cómo entonces tiene que resplandecer nuestra vida en santidad; si vamos a gozar de la visión de Dios, cómo tiene que estar purificado nuestro corazón, porque solo los limpios de corazón verán a Dios, como nos dice el mismo Jesús en las bienaventuranzas.
Somos dichosos, sí, en ese amor que Dios nos tiene; nos sentimos dichosos con la dicha más grande que es el sentirnos amados de Dios. Vivamos, entonces, santamente nuestra vida. Vivamos en su amor, vivamos en su paz; nada nos puede perturbar porque aunque andemos por las cañadas oscuras de la vida, nada nos falta porque El nos conduce hacia fuentes tranquilas, el nos alimenta con su gracia, el cuida de nosotros con su amor.

sábado, 25 de abril de 2015

Nos impregnamos del evangelio de Jesús para llevar esa buena noticia como testigos ante todos los hombres

Nos impregnamos del evangelio de Jesús para llevar esa buena noticia como testigos ante todos los hombres

1Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20
‘Comienzo de la Buena Noticia - Evangelio - de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios’, así comienza Marcos su escrito del Evangelio. Y hoy hemos escuchado su final: ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará…’
Estamos celebrando en este día a san Marcos, el evangelista, autor del segundo evangelio según el canon de la Iglesia, pero probablemente el primero de los evangelios escritos sobre Jesús. Cuando hoy celebramos su fiesta creo que por ahí ha de ir el mensaje para nuestra vida. Creer en el Evangelio de Jesús porque el que crea y se bautice se salvará, pero al mismo tiempo tomar el testigo de manos de san Marcos para nosotros hacer lo mismo, hacer el anuncio del Evangelio de Jesús, de su Buena Nueva de salvación. Es el mandato que recibimos de Jesús; lo que hemos oído y recibido no nos lo podemos quedar para nosotros sino que al mismo tiempo nosotros tenemos que convertirnos en testigos, en misioneros de ese evangelio. El anuncio de la salvación ha de llegar a todos los hombres, ‘id al mundo entero…’ que nos dice Jesús.
¿Sería Marcos, aquel joven del que nos habla el evangelio, que quizá despertado por el alboroto del huerto de los olivos, salió medio desnudo envuelto en una sábana a ver qué pasaba, pues aquel huerto sería de su familia y allí junto a los molinos del aceite - eso significa Getsemaní - tendría su lugar de descanso? ¿Una curiosidad ante lo que pasaba o quizá en el fondo un deseo de conocer más a Jesús? Podemos pensar en una cosa y en otra pero eso podría darnos pie a una reflexión para nuestra vida.
Deseos de conocer más a Jesús. Es la inquietud que hemos de tener continuamente en nuestro corazón. Hambre de Dios que nos hace buscar, querer saber, conocer, querer vivir cada día más la vida de Jesús. Cuando amamos de verdad a alguien no nos cansamos de querer conocerle cada día más y con mayor profundidad; se despierta una curiosidad en el alma con el deseo de conocerlo todo, de saberlo todo, de empaparnos totalmente de la vida de aquel a quien amamos. Así tendría que ser ese deseo nuestro de conocer cada vez más a Jesús para impregnarnos totalmente de su vida, de su Espíritu.
Cuando nos llenemos así de Jesús surgirá el ser testigos, el cumplir con esa misión que Jesús nos confía. Tenemos que llevar el evangelio de Jesús al mundo que nos rodea, pero mal lo podremos llevar si nosotros no estamos bien empapados de Jesús. El mundo necesita ese anuncio del evangelio, aunque nos pueda parecer que viva de espaldas a él. Ahí está nuestra tarea. Es nuestra misión. Es la llamada que en este día recibimos del Señor. Así podremos cantar eternamente las misericordias del Señor.


viernes, 24 de abril de 2015

No hay cristiano sin Cristo y no hay vida cristiana auténtica sin Eucaristía

No hay cristiano sin Cristo y no hay vida cristiana auténtica sin Eucaristía

Hechos, 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59
Igual que decimos que no hay cristiano sin Cristo podemos decir también que no hay vida cristiana auténtica sin Eucaristía. Cristiano es el que sigue a Cristo, es discípulo de Cristo y todo en el cristiano siempre tiene que hacer referencia a Cristo; de ahí el hombre de cristiano. Pero es que además tenemos que decir que para que podamos vivir a Cristo necesitamos de la Eucaristía donde Cristo mismo se hace nuestro alimento y nuestra vida. No hay vida cristiana auténtica, pues, sin Eucaristía.
Qué triste que los cristianos llevemos ese nombre pero nuestra manera de vivir no tenga ninguna relación con Cristo, esté alejada de lo que es y significa Cristo, porque realmente no nos impregnemos de su evangelio. Qué triste aquellos cristianos que hasta llegan a decir que para ser cristiano no necesitan ir a Misa, no necesitan de la Eucaristía, porque ellos viven su fe a su manera y viven sin alimentarse de Cristo. Es una realidad muy presente en nuestro entorno y una tentación en la que fácilmente podemos caer.
Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. Si no comemos a Cristo, si no nos alimentamos de Cristo ¿cómo podemos tener la vida de Cristo en nosotros? Ya sabemos, ser cristiano es vivir la vida de Cristo; pero eso  no es algo que salga así porque sí; hemos de alimentarnos de Cristo, hemos de impregnarnos de Cristo y de su vida, por eso ha querido ser alimento, hacerse alimento para nosotros.
Por eso continuará diciéndonos: ‘Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí’. Es tal la profunda unidad que se establece por la comunión con el Cuerpo de Cristo que El habita en nosotros y nosotros en El. Ya decía san Pablo que su vivir era Cristo.
Si en verdad amamos a Cristo, y a eso tiene que llevarnos la fe que tenemos en El, tendríamos que desear profundamente estar unidos a Cristo. Es lo que quieren vivir los enamorados, que su amor les lleva no solo a estar juntos sino a vivir profundamente el uno en el otro. Así nosotros con Cristo. Y esto lo podemos vivir con toda fuerza cuando vivimos la Eucaristía, cuando comemos a Cristo en la Eucaristía. Por eso, como decíamos, la vida de un cristiano no tiene sentido sin Cristo, sin la Eucaristía. No podemos vivir la vida cristiana sin vivir la Eucaristía.
Cuántas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida. Qué deseo tan grande tendríamos que tener de vivir la Eucaristía, porque es vivir a Cristo.

jueves, 23 de abril de 2015

Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida y su misma entrega

Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida y su misma entrega

Hechos,  8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51
 ‘Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna’. Para eso ha venido Jesús, para que tengamos vida y vida en abundancia, para que tengamos vida eterna. Es necesario, pues, poner toda nuestra fe en El.
Y Cristo se nos ofrece como pan de vida, como alimento de nuestra vida. Recuerda una vez más lo que ya antes le habían dicho los judíos, que en el desierto Moisés les dio pan del cielo, el maná, pero Jesús nos dice que El es el verdadero pan bajado del cielo. ‘Éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’. Comiéndole a El tendremos vida para siempre.
Por eso terminará diciéndonos: ‘Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Cuando comemos el pan de la Eucaristía no estamos comiendo simplemente pan, estamos comiendo a Cristo; es su Cuerpo, es su Carne, es Cristo mismo que se nos da y se nos entrega. Es lo que hizo Jesús en la última cena y que nosotros repetimos en cada Eucaristía; tomando el pan les dijo ‘esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros’.
Es su Cuerpo entregado, sacrificado para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia, porque por su muerte tenemos el perdón de los pecados, pero tenemos más, porque tenemos la vida eterna, tenemos la vida divina, la vida de Dios de la que nos hacemos partícipes. Por eso, como nos enseñaría san Pablo, cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Es lo que hacemos, lo que tenemos que vivir con toda intensidad cada vez que celebramos la Eucaristía, cada vez que participamos de la comunión de Cristo.
Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida, pero para vivir también su misma entrega. Cuando comemos a Cristo, cuando comulgamos nos hacemos partícipes del Sacrificio de Cristo, pero uniéndonos nosotros también con nuestra propia vida a su misma sacrificio. Comer a Cristo es entregarnos también nosotros viviendo el sacrificio de Cristo con nuestra propia vida; ahí unimos nuestros sacrificios, nuestras luchas, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías, unimos toda nuestra vida. Nada puede ser ajeno al sacrificio de Cristo.
De la misma manera que no vamos a la Eucaristía para abstraernos de lo que es nuestra vida con sus luchas y con sus sufrimientos, con sus problemas o sus alegrías, sino para en la Eucaristía encontrar fuerza para vivir esa vida en plenitud. Y lo mejor que podemos hacer es nuestra entrega, nuestra ofrenda hecha con amor porque en el ponemos toda nuestra fe. Y el que cree en El tiene la vida eterna, como nos decía.
Nuestra vida toda tiene que estar siempre unida a Cristo y esto es lo que queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía; esto es lo que tenemos que hacer cada vez que comulgamos a Cristo.

miércoles, 22 de abril de 2015

Que todos puedan descubrir en la Iglesia, en nosotros esos signos de la misericordia del Señor que nos llama a la vida eterna

Que todos puedan descubrir en la Iglesia, en nosotros esos signos de la misericordia del Señor que nos llama a la vida eterna

Hechos,  8, l-8; Sal 65; Juan 6, 35-40
‘Todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’, nos decía Jesús en el Evangelio. Creer en Jesús para alcanzar la vida eterna; creer en Jesús y resucitar en el último día.
Pensamos en la vida eterna y nos trascendemos porque pensamos en la meta final de vivir junto a Dios para siempre más allá de nuestra muerte terrena. Por eso se nos habla de resurrección. Pero pensar en la vida eterna es pensar en la vida de Dios, de la que ya ahora también estamos participando. Desde nuestra fe en Jesús y nuestra unión con El por el Bautismo estamos participando por la fuerza del Espíritu de la vida de Dios, que nos hace hijos de Dios. Decimos que somos hombres nuevos porque tenemos nueva vida en nosotros, somos participes por la fuerza del Espíritu  de la vida divina, ahora en medio de nuestras luchas, nuestros trabajos, nuestras debilidades, nuestras caídas y ese volvernos a levantar y siempre con la meta puesta en la plenitud final. Por eso hablamos de vida eterna.
‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’, nos ha dicho Jesús hoy. Vamos a Jesús, creemos en Jesús, comemos a Jesús y estamos alimentados de vida eterna. Por eso es tan importante nuestra unión con Jesús, nuestra fe en El y alimentarnos de El. Es de lo que nos está hablando en estos días cuando estamos leyendo el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Aquel pan que milagrosamente había multiplicado allá en el descampado, con el que había dado de comer a toda aquella multitud, era un signo, una imagen de ese alimento que El quiere darnos que es El mismo. ‘Yo soy el pan de vida’, nos dice. Y quiere alimentarnos con su vida, quiere darnos vida eterna, nos llama a la resurrección y a la vida sin fin.
Es hermoso todo esto y tendría que suscitar en nosotros esos deseos de unirnos a El, creer en El y alimentarnos de su vida. Qué importancia más grande tiene para nosotros la Eucaristía en la que nos alimentamos de Cristo. Pero ya tendremos ocasión de seguir reflexionando sobre ello en los próximos días siguiendo el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún.
Pero hay algo más que nos dice hoy que también tendría que hacernos reflexionar sobre lo que hacemos o debemos de hacer por los demás. Nos ha dicho: ‘Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día’. Jesús viene a hacer la voluntad del Padre, y como dice, no puede perder nada de lo que el Padre le dio.
‘Al que venga a mi no lo echaré afuera… que no pierda nada de lo que me dio…’ Quiere Jesús que todos lleguen a Dios, lleguen al Padre; nada ni nadie tendría que perderse. Podríamos decir que siente dolor en el alma por cuantos se alejan de Dios. El ha venido para ser la salvación de todos y no quiere que nadie se pierda, por eso El viene no a condenar sino a salvar. Esto tendría que hacernos pensar a nosotros en esa inquietud misionera que tendríamos que tener en el alma. Querríamos que todos alcanzaran esa salvación de Dios. A nadie tendríamos que excluir, a todos tendríamos que llamar.
Ahí tiene que estar nuestra tarea, nuestra palabra, nuestro testimonio. Es la tarea de la Iglesia y es nuestra tarea. Es la inquietud honda que hemos de sentir en el alma. ¿Estaremos contribuyendo de verdad a que todos se acerquen a Dios? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que debe hacer para que todos alcancen la salvación? ¿No tendríamos el peligro quizá de excluir a alguien con nuestros rigorismos o con nuestro testimonio no tan bueno de lo que es la misericordia de Dios? Que todos puedan descubrir en la Iglesia, en nosotros esos signos de la misericordia del Señor que nos llama a la vida eterna.

martes, 21 de abril de 2015

Queremos comer a Cristo porque es la verdad y la sabiduría que nos lleva a la plenitud de Dios

Queremos comer a Cristo porque es la verdad y la sabiduría que nos lleva a la plenitud de Dios

Hechos, 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35
En la espiritualidad judía estaba muy presente la pascua, no solo en cuanto recordaban la salida de Egipto en la que el Señor les había liberado de la esclavitud haciéndoles pasar el mar Rojo, sino que todos aquellos acontecimientos de su peregrinar por el desierto estaban muy presentes en su vida. Recordaban así el paso de Dios por su historia haciéndose presente en su caminar y fortaleciéndoles con sus dones. Algo que recordaban muy bien era el maná con que Dios los había alimentado en su camino del desierto, aquel pan bajado del cielo, como ellos dirán que cada mañana con el rocío recogían y era un signo de esa presencia de Dios en su caminar.
Ahora lo recuerdan ante Jesús, después que Jesús les había alimentado en la tarde anterior con aquel pan milagrosamente multiplicado, pero que aún le exigirán más signos para creer en El. El les había dicho cuando lo buscaban que lo que Dios les pedía era que creyeran en el que era el enviado de Dios. Pero ahora le dicen: ‘¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo’.  Una vez más están pidiendo signos y milagros para creer en Jesús.
Pero Jesús les replicará que han de buscar ahora el verdadero pan bajado del cielo, no el que les dio Moisés en el desierto, sino el que Dios les quiere dar ahora. Pareciera que hay buena voluntad aunque luego veamos que no terminarán de entender las palabras de Jesús pues le piden: ‘Señor, danos siempre de este pan’. ¿Entenderán lo que significa ese pan que ahora Jesús les ofrece?
Signo, sí, de la presencia de Dios, alimento de Dios que da vida, y como les dirá Jesús más adelante ‘quien lo coma no sabrá lo que es morir para siempre’. Y Jesús les dirá claramente: ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’.
¿Qué significarán estas palabras de Jesús? Jesús es ese pan que nos alimenta y nos da vida para siempre; El nos está haciendo presente a Dios y su amor; en Jesús encontraremos las respuestas más profundas para los interrogantes más profundos del corazón del hombre; Jesús es nuestra sabiduría, porque es la Sabiduría y la Verdad de Dios que solo El puede trasmitirnos; El es Palabra y Revelación de Dios que no nos hace conocer solo el misterio de Dios, sino el mismo misterio del hombre; en Jesús encontramos el verdadero sentido de nuestra vida, la verdad de nuestra vida, por nos dirá en otro momento del Evangelio que El es el Camino y la Verdad y la Vida.
Cuando estamos diciendo que Jesús es el Pan de vida, que es nuestro alimento no nos estamos refiriendo a un alimento material que nutra nuestro cuerpo, sino que El nos alimenta y nutre en lo más hondo de nosotros mismos, porque nos llevará por los verdaderos caminos de plenitud.
Sí, le pedimos como aquellas gentes, ‘daños, siempre de ese pan’; queremos comer a Cristo, queremos llenarnos de Cristo, de su vida, de su plenitud; plantamos su palabra en nuestro corazón para que sea el verdadero motor y sentido de nuestra existencia. 

lunes, 20 de abril de 2015

Descubrir los caminos de Dios, estar atentos a esas señales que nos pone para que encontremos ese verdadero camino

Descubrir los caminos de Dios, estar atentos a esas señales que nos pone para que encontremos ese verdadero camino

Hechos, 6, 8-15; Sal 118; Juan 6,22-29
‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’. ¿Por qué buscaban a Jesús? ¿Por qué buscamos a Jesús? Es en lo que Jesús quiere hacerlos reflexionar. Nosotros también tenemos que pensárnoslo.
Nos preocupa lo más inmediato, lo que nos está sucediendo ahora o lo que tememos que de inmediato nos pueda suceder por la situación en que nos encontremos, por lo que intuimos que puede pasar, por los temores que llevamos en el alma. Es normal y humano, podríamos decir. Pero bien sabemos que a la vida tenemos que darle hondura, a la vida tenemos que darle un sentido más profundo, que tendríamos que buscar lo que nos diera mayor plenitud y que quizá eso inmediato que nos suceda pueda ser un signo, pueda ser una señal o una prueba de lo que verdaderamente tendríamos que buscar. Eso en los problemas de cada día, eso en aquellas opciones fundamentales que tenemos que hacer de cara a nuestro futuro, a lo que es buscar la verdadera felicidad.
‘Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’. El signo estaba en el mismo pan que habían comido, pero no habían visto el signo, sino que se habían quedado en satisfacer aquella necesidad primera que era comer. El pan multiplicado milagrosamente era el signo, pero solo se habían quedado en el pan. Por eso les dirá Jesús que busquen lo que les de una satisfacción más honda que saciar el estomago en un momento determinado aunque eso sea también importante, que busquen lo que les pueda dar una mayor plenitud.
‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre’. ¿Por qué buscamos a Jesús? ¿En verdad deseamos esa vida eterna? Pero es que tenemos que creer en Jesús, creer que en verdad en El podemos alcanzar esa plenitud de vida eterna; que en El podemos encontrar la felicidad verdadera y que dure para siempre. Ese es el trabajo que Dios quiere les dice Jesús; ‘la obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’.
Buscamos a Jesús, buscamos a Dios no porque nos vaya a resolver ese problema que tenemos tan inmediato. Sí, es cierto, Dios nos ayuda y acudimos a El desde nuestros problemas, nuestras necesidades. El nos enseña a que le pidamos y le pidamos con confianza. En el padrenuestro pedimos el pan nuestro de cada día, pero nos ha enseñado a pedir algo más. Buscar su Reino, buscar su voluntad, vivir apartados del mal, luchar contra todo lo malo sabiendo que El está con nosotros en esa lucha.
Eso inmediato que nos sucede y donde podemos ver también como El nos atiende y nos ayuda tendrá que ser un signo para descubrir algo más, algo mucho más hondo que en Jesús nos dará plenitud y verdadera felicidad para nuestra vida. No nos quedemos en lo que nos sucede, o que nos dé el pan de cada día, sino veamos el signo, como nos está enseñando hoy en el evangelio.
Descubrir los caminos de Dios, estar atentos a esas señales que pone en nuestra vida para que encontremos ese verdadero camino. Aunque algunas veces dudemos o incluso nos pueda resultar dura esa búsqueda vayamos tras Jesús para encontrar esa plenitud total para nuestra vida, lo que es la voluntad de Dios para nosotros.

domingo, 19 de abril de 2015

Cristo resucitado nos levanta y pone en camino para llevar el anuncio de la paz y el perdón a todos los hombres

Cristo resucitado nos levanta y pone en camino para llevar el anuncio de la paz y el perdón a todos los hombres

Hechos,  3, 12-15. 17-19; Sal. 4; 1 Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48
Seguimos viviendo la alegría pascual; seguimos celebrando a Cristo resucitado, motor, eje y centro de nuestra fe. Contemplamos una vez más en el evangelio en este tiempo pascual las manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos haciéndoles despertar a la fe, abriendo puertas a unos nuevos caminos y confiándoles la misión de seguir haciendo ese anuncio a todos los hombres, porque para todos es la salvación, para todos es el perdón de los pecados que Cristo nos ofrece.
La proclamación de nuestra fe en Cristo resucitado no nos deja encerrados en nosotros mismos, sino todo lo contrario. La fe que tenemos en Jesús nos impulsa, nos obliga a ponernos en camino, porque ya se acaban las dudas y los miedos y en la alegría de lo que vivimos y experimentamos en nosotros mismos en el encuentro con Cristo resucitado sentimos la valentía con la fuerza del Espíritu para ir a hacer ese anuncio a todos los hombres.
Es un signo precioso que el primer milagro que hicieran los apóstoles en el nombre de Cristo resucitado es quitar los impedimentos que pudiera tener aquel paralítico de nacimiento para que pudiera andar. Es lo que hemos de sentir en nosotros por la fe que tenemos en Jesús. Es lo que tiene que despertarse nosotros; es el envío que Jesús hará con la misión que les confía a todos los que crean en El desde esa experiencia de encontrarse y vivir a Cristo resucitado.
Un paralítico que es curado y que produce una gran conmoción entre las gentes de Jerusalén. Ahora Pedro en el templo anuncia que aquel hombre puede caminar no como si aquel milagro lo hubieran hecho los apóstoles por sí mismos; lo han realizado en el nombre de Jesús. Todos los impedimentos y trabas que había en su vida desaparecieron y ahora puede emprender una nueva vida en un nuevo caminar.
Es lo que tiene que suceder en nosotros cuando nos gozamos en la fe que tenemos en Jesús. Hoy hemos contemplado en el evangelio que al principio los discípulos estaban llenos de dudas y de miedos, de cobardías que los tenían encerrados allá en el cenáculo. Creían ver un fantasma cuando Cristo aparece en medio de ellos. ‘¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?’ Con Jesús ya no caben las alarmas, las dudas, los miedos; con Jesús llega la paz. Es su saludo pascual.
Y les hará comprender todas las cosas. ‘Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mi, tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’. Se los fue explicando una y otra vez con paciencia, como había hecho con los discípulos del camino de Emaús. Y ahora  ‘vosotros sois testigos de esto’, les dice, porque ahora en el nombre de Jesús ‘se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Les está confiando una misión; les está poniendo camino. Han de caerse las muletas que ahora ya no necesitarán para caminar porque se acaban las dudas y los miedos.
Repito es lo que nos tiene que suceder a nosotros. Seguimos con nuestros miedos, con nuestras cobardías, con nuestras dudas, con esa parálisis del temor y la indecisión que nos encierra en nosotros y nos impide ver la luz. Quisiéramos quizá tener la experiencia de los apóstoles allá en el Cenáculo de tener a Jesús en medio de nosotros. ¿Para qué queremos nuestra fe? ¿Cuándo de verdad vamos a creer en la Palabra de Jesús y abrirle nuestro corazón para sentirle ahí con nosotros? ¿Por qué seguimos con dudas en nuestro interior?
También nosotros nos reunimos, como los apóstoles, en el cenáculo de la Eucaristía cada domingo. No es una reunión cualquiera, no es una simple asamblea ritual lo que hacemos. Ahora estamos reunidos los hermanos y sepamos abrir los ojos de la fe para sentir que en verdad Cristo está en medio de nosotros. Detengámonos un poquito dejando fuera nuestros agobios que nos impiden tener paz en el corazón para sentir en verdad la presencia del Señor.
Es un acto profundo de fe por lo que tenemos que comenzar, para tener la seguridad de que ya solamente por el hecho de estar reunidos en el nombre del Señor El está con nosotros. Pero bien sabemos que se nos da en la Palabra, que nos ofrece el Pan de la Eucaristía para que le comamos y cada vez que comemos de este pan y bebemos de este Cáliz estamos anunciando la muerte del Señor hasta que venga. Y El viene y está en medio nuestro resucitado y también nos da su paz, y también nos pone en camino, también tenemos que salir siendo testigos para anunciar su salvación hasta los confines de la tierra.
Sintamos la mano del Señor que nos levanta de nuestras parálisis de miedos, de cobardías, de dudas, de indecisiones. Nos cuesta ver claro en ocasiones, pero sintamos que Cristo resucitado pone su mano sobre nuestros ojos, en nuestro corazón y con El sentiremos nueva vida, tendremos nueva luz, nos fortaleceremos con la fuerza de su Espíritu y ya nuestra vida tendrá que ser distinta y nos pondremos en camino para llevar vida, para llevar esperanza, para abrir los corazones de los hombres nuestros hermanos a algo nuevo que transforme también sus vidas. El mundo que nos rodea necesita nuestro testimonio, que nos manifestemos de verdad como testigos con nuestra nueva manera de vivir llenos de la alegría del Espíritu.