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sábado, 11 de noviembre de 2017

La fidelidad en las cosas pequeñas es camino y el aprendizaje de la fidelidad en las cosas importantes de la vida


La fidelidad en las cosas pequeñas es camino y el aprendizaje de la fidelidad en las cosas importantes de la vida

Romanos 16,3-9.16.22-27; Sal 144; Lucas 16,9-15

Eso no tiene importancia, decimos tantas veces, es una minucia, tenemos que darle importancia a lo que de verdad merece la pena, tratamos de justificarnos. Pero para deslizarse por una pendiente que nos lleve a un gran peligro, solo es necesario ese primer resbalón donde nos parecía que no nos íbamos a caer, pero en la medida que nos vamos deslizando parece que la pendiente se hace mayor o es mayor la velocidad que vamos nosotros alcanzando de manera que al final no nos podemos detener.
La fidelidad no solo hemos de mostrarla en cosas grandes y extraordinarias, sino en esa pequeñeces de cada día. En esas cosas pequeñas al final nos damos cuenta de que nos cuesta más, porque quizá no ponemos la debida atención, porque no ponemos el esfuerzo de superación desde el principio, porque simplemente es un dejarnos ir y caemos en lo que todos hacen, nos deslizamos por la rutina sin poderlo remediar.
Y no son exageraciones mías, ni exigencias innecesarias; es el aprendizaje que nos hace fuertes y maduros, que nos ayudará a distinguir bien esas cosas importantes que luego nos pueden aparecer y estaremos preparados para afrontarlas. Recuerdo siempre lo que escuchaba de un hombre sabio y santo, la santidad no consiste en hacer grandes cosas extraordinarias, sino en hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas de cada día. Y eso quizá es lo costoso, pero lo que tendrá gran valor y donde apreciamos la grandeza y la madurez humana de las personas.
Hoy Jesús en el evangelio ante las reacciones de los discípulos y de los que le escuchan sobre lo que ha venido enseñando en las parábolas sobre el uso del dinero vendrá a decirnos que ‘el que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado’. Y también viene a decirnos que en ese tema de los asuntos materiales tenemos que saber ser fieles y honrados. ‘Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro quién os lo dará?’ 
La fidelidad de las cosas pequeñas, pero la fidelidad en cuantas responsabilidades tengamos en la vida. Nos dirá que no podemos convertir en un absoluto el dinero o las riquezas de la vida, porque uno solo es el Señor de nuestra vida y no podemos convertir lo material, las riquezas, el dinero en un dios al que adorar; y ya sabemos muy bien como se nos apega el dinero al corazón, como lo convertimos en dios y señor de nuestra vida.
Son, es cierto, medios humanos de los que tenemos que valernos en la adquisición de aquello que necesitamos para una vida digna y nuestro trabajo se ve retribuido de esa manera para que luego podamos valernos y tener lo necesario. Y en ello tenemos que ser fieles y responsables, pero nunca pueden ser un absoluto de nuestra existencia. Somos administradores de esos bienes, porque cuando Dios puso toda la riqueza de la creación en las manos del hombre, no era para el dominio o disfrute de uno solo, sino que era el bien de toda la humanidad. Esa fidelidad y responsabilidad se va a traducir en la justicia de nuestras acciones.
Ya nos lo dice claramente que no podemos servir a dos amos al mismo tiempo ‘porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se dedicará al primero y no hará caso del segundo. Por eso, nos dice, no podéis servir a Dios y al dinero’.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Somos habilidosos en la vida para conseguir la satisfacción de nuestros intereses materiales pero no lo somos tanto para buscar los verdaderos valores que hagan un mundo mejor


Somos habilidosos en la vida para conseguir la satisfacción de nuestros intereses materiales pero no lo somos tanto para buscar los verdaderos valores que hagan un mundo mejor

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8

Qué habilidosos somos en la vida cuando queremos conseguir algo que nos satisfaga o vaya bien a nuestros intereses. Somos capaces de darle vueltas y vueltas a las cosas hasta que encontremos ese resquicio por donde podamos entrar, ya sea porque queremos ganarnos la confianza de alguien para que nos facilite lo que deseamos, ya sea moviendo los hilos de lo que sucede para presentarlo a nuestro favor o para que podamos alcanzar aquello que deseamos.
Tenemos nuestras propias escalas de valores según nuestros intereses y hasta tenemos la tentación de saltarnos a la torera, como se suele decir, aquellos principios que en otro momento invocamos para manifestar la rectitud de nuestra vida. claro que cuando tenemos bien fundamentados nuestros principios y valores morales ya nada nos podrá mover y no andaremos con esos juegos que puedan convertirse un tanto peligrosos para nuestra propia integridad moral.
Pero así son las cosas de la vida, así vemos actuar a nuestro alrededor, y algunas veces pudiera parecer que los que queremos seguir el camino de Jesús por ese lado no andamos con tanta astucia y habilidad para luchar por lo bueno.
Los evangelios de san Lucas que venimos escuchando estos días en la liturgia creo que entre otras cosas – siempre podemos encontrar un amplio mensaje de vida en toda página del evangelio – nos están hablando de esa responsabilidad con que hemos de actuar en la vida, sabiendo que es un don de Dios, que somos unos administradores o gerentes de esa vida y esos valores que tenemos y un día hemos de rendir cuentas de lo que hemos hecho de nuestra vida. Es la actitud del autentico creyente que implica toda su vida en esa fe que profesa.
Hoy el evangelio nos habla de un administrador que ya de antemano decimos que era injusto. El amo le pedía cuentas de su administración y las cuentas parece que no iban por buen camino; se veía en la calle y sin tener donde trabajar, por eso se vale de sus artimañas para lograrse amigos con el dinero injusto para cuando se viera despedido. No es un ejemplo de rectitud y responsabilidad lo que nos propone Jesús.
Alguien quizás haciendo una lectura superficial de la parábola podría pensar que Jesús nos está proponiendo un mal ejemplo para nuestra vida en el actuar de aquel hombre. Jesús quiere solamente destacar como para nuestras cuestiones materiales o económicos somos demasiado listos, pero que en las cosas que verdaderamente importante no ponemos a juego todo nuestro ingenio. De ahí la sentencia con que termina la parábola  - ‘Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz’ – con lo que nos quiere dejar su mensaje.
Hablábamos antes de escalas de valores que hemos de tener en nuestra vida y como conforme a ello tendríamos que actuar. Lo que es verdaderamente importante es donde tendríamos que poner más empeño y por lo que tendríamos que luchar. Desde ahí tendríamos que ver qué lugar ocupa Dios en nuestra vida y lo que es el cumplimiento de su voluntad; qué lugar le damos al evangelio de Jesús como camino de nuestra verdadera salvación y si de verdad tratamos de empaparnos de sus valores; que lugar ocupa en nuestra vida todo lo que hace referencia nuestra relación con Dios y lo que son los valores espirituales; qué empeño ponemos en ser fieles de verdad en nuestro sentido cristiano de la vida sin dejarnos arrastrar por influencias que nos puedan venir de acá o de allá.
Avaloresí tendríamos que preguntarnos también qué valoración hacemos de la persona, de toda persona, y el respeto que a todos tenemos sin ningún tipo de discriminación; y tendríamos que seguir preguntándonos quizá muchas cosas en referencia a nuestro compromiso por la verdad y por la justicia, o cómo nos comprometemos de verdad por hacer que nuestro mundo sea mejor.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Por nuestra unión con Cristo, verdadero Templo de Dios, somos una cosa con El y en Cristo nos convertimos también en templo de Dios

Por nuestra unión con Cristo, verdadero Templo de Dios, somos una cosa con El y en Cristo nos convertimos también en templo de Dios

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9c-11.16-17; Juan 2,13-22
La liturgia de la Iglesia de Roma celebra hoy la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, que es la catedral del Roma y en consecuencia la sede del Obispo de Roma, es decir, del Papa. Es una fiesta litúrgica que está extendida a toda la Iglesia Católica, porque se considera la Iglesia madre de todas las Iglesias. Es importante para todo católico porque así se manifiesta nuestra comunión con el Obispo de Roma, que es el Vicario de Cristo para toda la Iglesia.
La Dedicación significa la consagración, es decir, el hacer que aquel templo se convierta para nosotros en un lugar sagrado que nos hace presente al Señor, porque en él nos reunimos los cristianos para la escucha de la Palabra y la celebración de nuestra fe en todos y cada uno de los sacramentos. Pero la celebración de esta consagración del templo nos quiere recordar mucho más.
El verdadero templo de Dios en medio de nosotros es Cristo. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se hizo hombre para ser nuestro salvador. Cristo es el templo, el altar y el sacrificio, podemos decir, porque por su entrega se ofreció al Padre, en el cumplimiento de su voluntad, para ser la salvación para toda la humanidad. Es en Cristo donde encontramos certeramente a Dios, porque ‘el que me ve a mi ve al Padre, el que me conoce, conoce al Padre’, que diría en la ultima cena a los discípulos; es Cristo el camino que nos lleva al Padre, como El mismo nos dice en el evangelio, porque ‘yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’.
Pero todo esto nos lleva a dar un paso más en nuestra consideración. Por nuestra unión con Cristo, somos una cosa con El, y en Cristo nos convertimos también nosotros en templo de Dios. ‘El que guarda mis mandamiento el Padre lo ama, y vendremos a El y haremos morada en El’, nos dice en el Evangelio. Por eso recordamos como en nuestra consagración bautismal – volvemos a la imagen del principio de la consagración del templo – hemos sido convertidos en morada de Dios y en templos del Espíritu Santo, como bien se expresa en la celebración del Bautismo.
Somos ese sagrario de Dios, ese templo del Espíritu, porque Dios mora en nosotros por la gracia. Por eso podemos ofrecer nuestros cuerpos y nuestra vida toda como ofrenda espiritual y agradable al Padre cuando hacemos su voluntad. Es por donde tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida. Si fuéramos conscientes de esa presencia de Dios en nosotros seguro que con fuerza nos alejaríamos del pecado venciendo toda tentación. El Espíritu divino está en nosotros para ser nuestra fuerza. No olvidemos esa presencia de Dios que mora en nuestros corazones.
Recuerdo siempre la imagen de la que escuché hablar un día, de un hombre que cada mañana iba junto a la cuna de su hijo recién nacido y que ya había sido bautizado y se ponía de rodillas ante él; decía que estaba a adorando a Dios, porque tenia la certeza de la presencia de Dios en el alma pura de aquel niño recién bautizado en el que no podía haber nada de pecado. Así hemos de mantenernos purificados de todo pecado para sentir y gozar de esa presencia maravillosa de lo infinito, esa presencia de Dios en nuestro corazón.
Cuidamos nuestros templos, queremos tenerlos limpios y adornados, los rodeamos de bellas obras de arte y queremos poner lo mejor en ellos, porque decimos que todo eso es para Dios, cuya presencia recordamos en medio de aquellas paredes. ¿No tendríamos que hacer lo mismo en ese templo de Dios que somos nosotros y adornar y embellecer nuestra vida con nuestra santidad, con nuestras virtudes, con nuestro amor más exquisito?
Pero algo más, pensemos en el templo de Dios que son los hermanos que nos rodean, ¿no nos tendría que hacer pensar en el respeto con que hemos de tratar a toda persona y como todo lo mejor que le hagamos a esa persona es como si se lo estuviéramos haciendo a Dios? Ellos también son templo de Dios.
‘Todo lo que hicisteis con uno de estos hermanos conmigo lo hicisteis’, nos dice Jesús.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Caminamos queriendo seguir a Jesús con la cruz de nuestras debilidades y tropiezos, con la realidad que es nuestra propia vida y la del mundo que nos rodea


Caminamos queriendo seguir a Jesús con la cruz de nuestras debilidades y tropiezos, con la realidad que es nuestra propia vida y la del mundo que nos rodea

Romanos 13,8-10; Sal 111; Lucas 14,25.33

‘Mucha gente acompañaba a Jesús…’ nos dice el evangelista. Y Jesús de alguna manera detiene su marcha para hacerles pensar y reflexionar cómo habían de buscar lo que era verdaderamente importante, asumiendo la realidad de su propia vida en ese camino del seguimiento de Jesús.
No somos perfectos y por muy radicales que nos pongamos en la vida siempre nos afloran nuestras limitaciones y nuestros tropiezos. Algunos se creen perfectos, yo al menos así no me siento porque reconozco cuantas limitaciones hay en mi vida. Quisiera hacer y quisiera ser pero aparecen las sombras, las dudas, las limitaciones, los tropiezos porque estamos sujetos a muchas influencias por acá y por allá.
Pero no significa eso que no pueda seguir a Jesús. Lo que necesito es un deseo de superación, una voluntad de querer dar pasos, de corregir errores, de soñar con cosas nuevas, de poner altura de miras en la vida buscando ideales altos y grandes que aunque no llegue a conseguirlos en plenitud al menos algún escalón vamos logrando subir si continuamos en nuestro empeño de superación.
Primero nos dice Jesús que pongamos en su justo punto de mira lo que son esas realidades más cercanas a nosotros como pueden ser nuestra familia o las cosas que poseamos. No nos dice Jesús que no amemos a nuestra familia, sea mujer o marido, padres o hijos, hermanos o personas allegadas a nosotros. No suprime Jesús el cuarto mandamiento de la ley del Señor. Tenemos que amarlos y hacer por ellos todo lo que esté en nuestra mano, tenemos que vivir nuestra vida familiar que no podemos desatender, pero en medio de todo eso, como centro de verdad de nuestra vida está el Reino de Dios por el que optamos.
No quiere Jesús que opongamos la familia y los seres queridos con el Reino de Dios, ni mucho menos. En ellos y con ellos tenemos que construirlo, y ellos no podrán ser nunca un obstáculo para esa consecución del Reino en lo que estoy comprometido. Dios sigue siendo el centro de mi vida, el punto más alto de nuestro amor, pero también el motor de ese amor que tengo que vivir con los que me rodean.
Luego nos dirá Jesús que hemos de tomar nuestra cruz para seguirle. Algunas veces entramos en confusiones, porque pensamos que es una cruz nueva que tenemos que cargar sobre nuestros hombros y quizá buscamos sacrificios y penitencias que nos imponemos como si ese fuera el camino que nos está señalando Jesús.
Pero Jesús nos dice que tomemos y carguemos nuestra cruz, la nuestra, la que está por así decirlo en nuestra vida. ¿Cuál será esa cruz? Decíamos antes que queremos pero no podemos muchas veces porque tenemos nuestras limitaciones. ¿Por qué no pensar en que va por ahí lo que nos quiere decir?
Muchas veces nos cuesta aceptarnos, nos damos cuenta de nuestros defectos o de nuestros fallos, ahí están presentes en nuestra vida lo que son nuestras debilidades o nuestros tropiezos, ahí podemos pensar está nuestra buena o mala salud en ocasiones, ahí están los encontronazos que tenemos en tantas ocasiones con los demás, quizá por nuestro propio carácter, quizás porque no terminamos de entendernos, quizás también por la manera de ser de los otros que nos cuesta aceptar. ¿Por qué no pensar que esa es la cruz, la realidad de nuestra vida que tenemos que aceptar y asumir?
Con esos tropiezos queremos avanzar, con esas debilidades queremos seguir caminando aunque nos cuesta, con esas personas que están en nuestro entorno y que nos hacen sufrir o quizá nosotros también las hacemos sufrir en ocasiones tenemos que convivir, ahí en esa realidad de nuestra vida tenemos que ir construyendo el Reino.
Nos cuesta, tenemos que superarnos, tenemos que elevar nuestro espíritu, tenemos que vencernos  en esas cosas que desde dentro quizá nos atacan, tenemos que caminar a pesar de la debilidad de nuestro cuerpo… esa es la cruz con la que seguimos a Jesús. Es por ahí por donde tenemos que caminar, es ahí donde sentiremos también la mano del Señor que nos ayuda, que nos levanta el peso de esa cruz porque El siempre será nuestro cireneo. No nos faltará la gracia del Señor. Caminemos, sigamos al paso de Jesús considerando lo que es lo verdaderamente importante, sintiendo siempre su amor y su voz que nos llama, nos invita a seguirle.

martes, 7 de noviembre de 2017

El encuentro en torno a una mesa de amigos nos llena de alegría, nos hace revivir momentos vividos o soñar en un camino que se quiere seguir haciendo y es un signo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia

El encuentro en torno a una mesa de amigos nos llena de alegría, nos hace revivir momentos vividos o soñar en un camino que se quiere seguir haciendo y es un signo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia

Romanos 12, 5-16ª; Sal 130; Lucas 14, 15-24

La experiencia que se suele de tener de una participación en una comida suele ser buena. Y no es porque simplemente busquemos ricos manjares, sino por el ambiente de cordialidad, de cercanía, de amistad que se suele vivir en esas ocasiones.
Ya sea una comida familiar donde se reúnen los hijos con los padres, se encuentran de nuevo los hermanos, participan también las nuevas generaciones que van surgiendo en los nietos y en todos los que van formando parte de la familia; ya sea en un encuentro de amigos y compañeros bien sea que habitualmente se vean y relacionen, o sea un motivo que se busca para reunirse de nuevo quienes por las circunstancias de la vida se encuentran mas alejados pero que vuelven a reencontrarse; ya sea entre compañeros de trabajo que en ocasiones especiales se reúnen desde la camarería que se vive en el lugar de trabajo, o ya sea por alguna efemérides especial de cualquiera de los participantes, cumpleaños, algún aniversario especial.
Es la alegría del encuentro, es el recuerdo de momentos vividos, es el sueño de un camino que se quiere seguir haciendo, es el cariño y la amistad compartida que no se apaga; se echan de menos los que faltan, los que no han podido participar, o se recuerda con cierta añoranza quizás a los que no han querido participar. Son momentos que nos llenan de vida, que nos dan fuerzas para seguir adelante, que nos hacen ver los pasos recorridos en la vida; son muchas las sensaciones hermosas que se pueden sentir.
Por eso quizá en el evangelio veremos que con frecuencia Jesús para hablarnos del Reino de Dios nos presenta la imagen de un banquete, en la forma que sea, una boda, el reencuentro del hijo perdido, la alegría por el encuentro con Jesús, las invitaciones de los que aprecian a Jesús y lo acogen en sus casas, la gratitud por las maravillas que ven realizar a Jesús, son algunos de los momentos que vemos reflejados en el evangelio.
Y Jesús nos propondrá parábolas en las que nos indicará como todos estamos invitados a ese banquete, a ser capaces de dar en la vida de esas señales del Reino de Dios que se nos manifiestan en los valores que apreciamos en un banquete. Pero en las parábolas de Jesús, como la que hoy se nos propone con el evangelio de san Lucas también nos refleja la actitud y la respuesta negativa que nosotros manifestamos o damos en ocasiones.
Sabían bien lo que podía significar aquel banquete que el rey ofrecía con motivo de la boda de su hijo, pero vemos como muchos invitados rehúsan de alguna manera a participar en dicha comida. Se van a sus cosas, pretenden pensar que en otras cosas y lugares podrían pasarlo mejor, no quieren aceptar la generosidad de quien les ofrece la oportunidad de vivir momentos buenos y agradables. Se van a sus cosas, ofrecen disculpas carentes de sentido y de valor.
Nos está retratando. Sabemos bien de toda la bondad que significa vivir en los valores que nos ofrece Jesús en el Reino de Dios. Muchas veces, en muchas ocasiones hemos saboreado en la vida todas esas cosas buenas de la amistad, de la cordialidad, de la cercanía de los demás, del camino de felicidad por el que nos lleva Jesús cuando en verdad queremos escucharle y poner en práctica su palabra. Pero preferimos nuestros caminos, nuestra manera de hacer las cosas, nuestras ambiciones personales que nos absorben el sentido para no hacernos ver lo que verdaderamente es bello y bueno, nuestros egoísmos y endiosamientos para no bajarnos de nuestros pedestales, o porque no queremos compartir con los demás lo bueno que puede haber en nuestra vida.
Pero de una cosa estamos seguros, el Señor sigue llamándonos, sigue buscándonos por todos los caminos y por todas las plazas de la vida donde nos hayamos dispersado, el Señor sigue con las puertas abiertas para que entremos a su banquete, para que formemos parte de ese Reino de Dios. Y nos dice también ‘dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios’.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús para que aprendamos a tener una mirada nueva hacia los demás y se despierte nuestra más auténtica solidaridad

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús para que aprendamos a tener una mirada nueva hacia los demás y se despierte nuestra más auténtica solidaridad

Romanos 11,29-36; Sal 68; Lucas 14,12-14

Nos hemos ido creando una serie de conveniencias en nuestra vida social que aunque las hacemos y quedamos bien con ello sin embargo pudiera sucedernos que son como normas que nos atan y nos esclavizan y aunque las realicemos no siempre allá en lo más hondo de nosotros mismos somos todo lo sincero que deberíamos. Es más, pudiera sucedernos que en nuestras relaciones sociales estemos en algo así como una compraventa de nuestras generosidades y buenos gestos.
Tu me invitas a mi y no me siento obligado a tener que invitarte a ti y no ser menos en mi generosidad sino que no solo he de quedar bien sino que incluso querré quedar por encima del otro con mi generosidad. Claro que si alguien nunca me invita a mi o corresponde a mis invitaciones poco menos que lo borraré de la lista y en la próxima ocasión ya me lo pensaré mucho en lo que voy a hacer en mi iniciativa. Normas y conveniencias sociales que nos hemos creado, que nos hacen poner buena cara siempre, pero que no siempre realizamos con total sinceridad y generosidad.
Jesús hoy en el evangelio viene a romper moldes. Resultarían chocantes e inquietantes las palabras de Jesús en aquella ocasión. Jesús también era uno de los invitados. Pero allí estaba la gente principal de la ciudad y los amigos y personas más cercanas del personaje que daba el banquete. Y resuenan de una manera especial produciendo quizá inquietudes en el corazón de algunos aunque otros vete a ver cómo se las tomaron. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado’, les dice Jesús. Pero añade: ‘Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
Seguro que se produjo un silencio desconcertante. Aquellas palabras no las esperaban. Quizá nosotros nos hayamos acostumbrado a oírlas, como nos sucede en general todo el evangelio. La costumbre nos hace entrar en rutina, dejar de ver la intensidad de las cosas, dejamos de sorprendernos y ya no son buena nueva para nosotros. Es lo que tenemos que cuidar cuando escuchamos el evangelio, decirnos que eso ya me lo sé.
Dejémonos sorprender para aprender a abrir los ojos y mirar con mirada nueva. Vamos por la vida tan entretenidos en nuestros pensamientos de siempre, en nuestros sueños o ambiciones persales, en esos pequeños problemillas que nos pueden ir apareciendo en la rutina de cada día que no somos capaces de ver las personas con las que nos cruzamos, o tenemos una mirada tan superficial que no nos damos cuenta de sus problemas, de su angustias, de sus sueños o de sus carencias y necesidades. Si abriéramos bien los ojos y fijáramos la mirada en esas personas con las que nos cruzamos seguro que las veríamos de otra manera y nuestro corazón se sensibilizaría de forma distinta.
Escuchemos esta palabra de Jesús con el corazón bien abierto para que se nos abran los ojos de la vida y comencemos a actuar más con el espíritu del evangelio, de una manera nueva. Se despertará nuestra solidaridad, comenzaremos a ser más justos con los demás, sentiremos la mayor satisfacción en el corazón.

domingo, 5 de noviembre de 2017

No nos dejemos tentar por la vanidad o la búsqueda de reconocimientos sino con humildad hagamos el bien para que todos puedan reconocer la gloria del Señor

No nos dejemos tentar por la vanidad o la búsqueda de reconocimientos sino con humildad hagamos el bien para que todos puedan reconocer la gloria del Señor

Malaquías 1, 14b-2, 2b. 8-10; Sal 130; 1Tesalonicenses 2, 7b-9. 13; Mateo 23, 1-12

Mala cosa sería que quien tiene la misión de enseñar, su vida marchara por otros derroteros de las cosas que enseña. Sería una incongruencia y el contra testimonio que daría con lo que hace de su vida anularía por completo la autoridad de su enseñanza. Las mejores lecciones no las damos con nuestras palabras sino con el testimonio de nuestra vida. Muchas cosas podríamos decir en consecuencia para el testimonio que todo cristiano que ha de dar con su vida de la fe que profesa.
Es lo que Jesús denuncia hoy en los maestros de la ley de Israel que podían enseñar cosas muy ciertas, pero que luego ellos no eran capaces de poner en práctica en su vida. ‘Haced lo que os digan pero no hagáis lo que ellos hacen’ previene Jesús a las gentes que lo escuchan.
Y Jesús nos habla del camino de rectitud y honradez en el que hemos de vivir siendo en verdad congruentes con nuestra vida. Pero además nos enseña caminos de humildad y de sencillez. Si en todo cristiano ha de resplandecer el amor y como consecuencia el espíritu de servicio, de qué manera ha de brillar ese amor y ese espíritu de servicio en aquellos que tienen la misión de servir a la comunidad desde el ministerio, nos viene a decir.
Denuncia Jesús a los que quieren manifestar su autoridad no por la rectitud de sus vidas y el espíritu de servicio, sino desde la ostentación y la vanidad. Cuanto nos tienta continuamente la vanidad, la búsqueda de reconocimientos, las alabanzas y que nos digan lo bueno que somos. ‘Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros’. No es ese el estilo del que sigue el camino de Jesús.
Ya nos dirá en otra ocasión que busquemos los últimos puestos, que aprendamos a pasar desapercibidos, que vivamos con espíritu de humildad y de servicio.  Nos dirá en otro momento del evangelio que nosotros no podemos manifestar en el espíritu del mundo, de los que quieren aparecer como poderosos y se imponen a los demás. Hoy nos dirá incluso que no nos dejemos llamar maestros, ni padre, ni consejero como una manifestación de autoridad. Nuestro maestro es el Señor, nuestro Padre es Dios y es el Espíritu de Dios el que nos inspira en el corazón lo mejor.
Si tenemos que prestar un servicio porque tenemos que ayudar a los demás desde nuestros conocimientos lo tenemos que hacer siempre desde ese espíritu de servicio, de quien se pone a disposición de los demás, comparte lo que es su vida y camina al lado del hermano para hacer juntos el camino ayudándonos mutuamente. Caminando así podrán reconocer, sí, lo bueno que hagamos pero no para darnos gloria a nosotros sino para cantar la gloria del Señor.
Por eso concluirá diciéndonos hoy Jesús: ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor’. Cuántas veces nos lo repite Jesús en el Evangelio. A los discípulos les costaba entenderlo. A nosotros nos cuesta entenderlo y realizarlo. Los discípulos lo hemos visto en otros momentos del evangelio discutían entre ellos quien iba a ser el primero y el más importante; recordemos cuando Jesús les pone un niño en medio de ellos para enseñarnos a acoger y a servir. Nosotros andamos también muchas veces encandilándonos con nuestras vanidades, y lo peor es cuando hasta en el seno de nuestras comunidades cristianas vemos luchas de intereses, manipulaciones, carrerismos, ganas de influir en los demás, cosas que se realizan de manera incongruente y poco sincera por miedo quizá a perder poder o influencia…
Mucho  nos dice el evangelio y muchas cosas tenemos que revisarnos en nuestro interior y en la vida de nuestras comunidades. Lejos de nosotros esas ostentaciones y esos brillos de poder. Es el espíritu humilde el que nos engrandece de verdad. Por eso nos dice Jesús ‘el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
Recordemos como lo canta María en el Magnificat – ‘derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos’ -, pero cómo era el espíritu de servicio de María la que se llamaba a si misma ‘la esclava del Señor’ aunque reconociera que el Señor se fijó en su pequeñez realizando en ella obras maravillosas.

sábado, 4 de noviembre de 2017

No hagamos de la vida una lucha con la que pretendemos quedar por delante o por encima de los demás sino un camino que hacemos juntos y nos hace mutuamente más felices


No hagamos de la vida una lucha con la que pretendemos quedar por delante o por encima de los demás sino un camino que hacemos juntos y nos hace mutuamente más felices

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11

Qué bonito que en la vida fuéramos con la sencillez de los amigos y la humildad de los que se sienten hermanos y saben quererse de verdad. Sería un trato fraterno donde nos sentimos iguales aunque cada uno con sus valores y cualidades y la sencillez y la cercanía fuera nuestra manera de ser y de estar. Sabríamos caminar juntos en la vida sin hacer distinciones ni estaríamos apeteciendo el ponernos por delante y por encima porque pensamos que así destacamos más.
No brillan más los que pretenden imponerse y sobresalir sino quienes saben poner autenticidad en su vida y saben estar siempre a la misma altura de los demás. Quienes falsamente se quieren poner por delante para sobresalir pronto se va a descubrir la falsedad de su vida y hay el peligro de que queden aislados en sus torres de apariencia que lo que hacen es separarles de los demás.
Jesús a quien había invitado a comer un personaje principal entre los judíos se encuentra con los empujones y los codazos de los que quieren resplandecer en los primeros puestos. Esas ambiciones por destacar por encima de los demás podríamos decir que es tan viejo como el mundo y seguiremos encontrándonos esas mismas posturas y ambiciones. Seguimos hoy dándonos empujones y codazos; seguimos encontrando quiere quitar de en medio a quien le pueda hacer sombra; seguimos viendo a los demás como a unos contrincantes contra los que tenemos que luchar.
Y Jesús quiere hacernos pensar para que nos demos cuenta qué es lo verdaderamente importante para la persona. Nos encandilamos, es cierto, con los reconocimientos humanos y dice le gente que a quien no le halaga un dulce. Pero esas apetencias que podamos sentir dentro de nosotros tenemos que saber transformarlas para saber encontrar lo que hace verdaderamente importante a la persona.
Hemos convertido demasiado la vida en una lucha en que nos enfrentamos unos otros, yo diría innecesariamente. Tenemos que aprender a hacer los caminos juntos para poder saber llegar a la meta, encontrar ese camino que nos ayude a todos. Es cierto que no todos somos iguales porque no todos tenemos las mismas cualidades y valores, pero tenemos que saber poner juntos nuestros granos de arena que unidos a los de los demos harán ese mundo mejor, ese mundo más hermoso. Así no estaremos quitándonos ya sea el lugar o la riqueza que pueda tener el otro, sino que nos enriqueceremos mutuamente porque todos nos sentiremos beneficiados de lo bueno que son, tienen o hacen los demás.
Por eso Jesús nos enseña un camino de sencillez y de humildad, que es un camino de servicio y de darnos por los demás, que será lo que verdaderamente nos hace grandes. La importancia de nuestra vida se medirá por la humildad de nuestro servicio realizado con mucho amor con que hacemos más feliz al que está a nuestro lado.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Dejémonos conducir por el espíritu del amor y fluirán de nuestra vida los gestos de amor que harán más felices a cuantos nos rodean y construiremos así un mundo mejor

Dejémonos conducir por el espíritu del amor y fluirán de nuestra vida los gestos de amor que harán más felices a cuantos nos rodean y construiremos así un mundo mejor

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Los gestos de amor nos sorprenden y desconciertan. Bueno, me diréis, los gestos de amor nos agradan, nos sorprenden quizá cuando no los esperamos de alguien, pero es algo con lo que nos sentimos felices y agradecemos. Es cierto. ¿A quien no le gusta recibir un cariñito? ¿A quien no le gusta sentirse amado? Pero aun así sigo afirmando que los gestos de amor nos desconciertan.
Un amor generoso, altruista, solidario, sincero y que es capaz en quien lo realiza de hacer que se olvide de si mismo y las posibles repercusiones que pueda tener en su vida y aun así sigue siendo generoso para darse totalmente hasta se capaz de quedarse sin nada, nos descolocan, nos desconcierta, porque tenemos la tentaciones de ponerle en ocasiones vallas y limites al amor que le tengamos a los demás, no nos sentimos quizá capaces de hacer nosotros lo mismo. A lo más que decimos es ‘no me lo esperaba’.
Por eso los gestos que le vemos realizar a Jesús en el evangelio, vemos que por una parte hay gente que se siente admirada y entusiasmada, sin embargo otros se sienten sorprendidos porque quizá por una parte no es lo que ellos esperaban y por otra parte se sienten denunciados porque ellos no son capaces de realizarlos.
Lo han invitado a comer en casa de un hombre principal que además era fariseo. Allí están al acecho de los gestos de Jesús. Hay un hombre enfermo y comenzó a resplandecer el amor. Y ahí está el gesto de Jesús. Aquel hombre es liberado de su mal. ¿Sorpresa? Quizá no tanto porque era lo normal de Jesús. Pero les desconcierta, es un sábado. Pero las palabras de Jesús les interrogan por dentro. ¿Quizá nos preocupamos más si se nos cae al pozo el animal que tenemos para nuestros trabajos? ¿Por qué no  nos vamos a preocupar por una persona que sufre? Son los caminos del amor al que no podemos ponerle vallas.
Es la disponibilidad que ponemos en nuestra vida cuando dejamos inundar nuestro corazón de amor. Es el camino que nos va a llevar a la verdadera felicidad, en nosotros mismos porque sentimos lo bueno y la satisfacción por lo que hemos hecho, y vamos repartiendo felicidad a los demás cuando vamos liberando ataduras, cuando vamos mitigando sufrimientos, cuando vamos sembrando esperanza e ilusión, cuando ponemos una nota de alegría en la vida. Y el amor nos hará ir encontrando esas ocasiones, esos momentos en que podemos regalar tanto bueno a los que nos rodean.
Y cuando entramos en esa tesitura las cosas van fluyendo con naturalidad de nosotros y llegaremos a ser capaces de hacer lo que no imaginábamos que pudiéramos hacer. Porque el amor es creativo, toma siempre la iniciativa, provoca en nosotros esos deseos del bien, no aguanta el sufrimiento de los demás y buscará la forma de mitigarlo, hará vayamos sembrando sonrisas de esperanza y felicidad en cuantos nos rodean. También nosotros seremos capaces de sorprender a los demás. Dejémonos conducir por ese espíritu del amor.

jueves, 2 de noviembre de 2017

La trascendencia con que vivimos la vida y la esperanza de vida eterna que tenemos nacida de nuestra fe nos hace mirar con una mirada nueva nuestra propia vida y la realidad de la muerte

La trascendencia con que vivimos la vida y la esperanza de vida eterna que tenemos nacida de nuestra fe nos hace mirar con una mirada nueva nuestra propia vida y la realidad de la muerte

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Juan 11, 17-27

La actitud o la postura que tomemos ante la muerte son la actitud y la postura con que hemos vivido  nuestra vida. El sentido y el valor que le hemos dado a nuestra vida nos hará comprender o no el sentido de la muerte. Cuando nos ponemos con una actitud de amargura ante el hecho de la muerte, preguntémonos como  hemos vivido nuestra vida, cual es la esperanza con que hemos vivido.
Claro que si hemos vivido la vida sin ningún tipo de trascendencia al llegar al umbral de la muerte nos encontraremos ante un final detrás del cual no esperamos ninguna cosa; si hemos vivido solo pensando en nosotros mismos, solo en disfrutar sea como sea, una amargura aparecerá en lo más hondo de nosotros mismos porque se nos acaba ese disfrutar y entonces nos desesperaríamos porque quizá no pudimos disfrutar todo lo que hubiéramos querido. Y así podríamos seguir analizando cual es el sentido o el valor, como decíamos, que le hemos dado a nuestra vida.
Ya nos decía san Pablo en ese texto que quizás tantas hemos escuchado que nosotros los creyentes en Cristo Jesús no podemos amargarnos ante la muerte como aquellos que no tienen esperanza.  Ayer cuando celebrábamos la fiesta de todos los santos algo en lo que queríamos incidir es la esperanza de vida eterna que anima nuestra vida desde la fe que tenemos en Jesús.
La muerte no es esa puerta que se nos abre ante nosotros en un momento dado, en el momento que quizá menos esperamos, ante una negrura sin fin en la que no hay nada. La muerte no es ese punto final en la que se acaba todo y ya nada más podemos esperar. Esa no es nuestra fe, la fe que proclamamos en el Credo que nos sabemos de memoria y tantas veces habremos recitado. Creemos y esperamos en la vida eterna, traspasamos ese umbral de la muerte esperando encontrar en la misericordia de Dios esa vida de dicha en plenitud que Dios nos tiene reservada. La muerte no nos conduce a una inseguridad y a un vacío sino que nos abre a la vida eterna.
Si mientras hemos caminado en esta vida lo hemos hecho con esa esperanza, con los pies bien firmes en nuestra tierra pero con nuestra mente y nuestro espíritu puesto en Dios, lo que hemos hecho tiene un valor para la eternidad, un valor que nos conduce a una plenitud de vida que Dios nos quiere regalar.
‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, al Reino que os tiene preparado desde la creación del mundo…’ nos dice Jesús en el Evangelio. Y nos dirá que El va a prepararnos sitio, porque donde está El quiere que estemos nosotros, y nos promete vida sin fin para quienes creemos en El, y nos pide que guardemos nuestros tesoros en el cielo donde no hay ladrón que nos los robe, ni polilla que se los carcoma.
Y esto lo pensamos para el sentido de nuestra vida y de nuestra muerte, y ese pensamiento de esperanza nos acompaña cuando fallecen nuestros seres queridos. Nuestra esperanza es que vivan para siempre en Dios en donde un día también con ellos nos encontraremos. Y porque sabemos que todos somos débiles, la experiencia la tenemos en nosotros mismos, la muerte de nuestros seres queridos la acompañamos con nuestra oración porque los ponemos en las manos de Dios para que los acoja en su misericordia, los perdone y los llene de vida para siempre.
Sentiremos la tristeza y el desgarro de la separación, pero con la esperanza de que un día volveremos a encontrarnos en el Señor. Por nuestras lagrimas no tienen que estar llenas de amargura y desesperación, por eso la esperanza ha de animar esos momentos de tristeza y de dolor.
Hoy, dos de noviembre, la Iglesia quiere hacer una conmemoración de todos los difuntos; es cierto que nosotros continuamente recordaremos a nuestros seres queridos y elevaremos una oración llena de esperanza por ellos, pero en este día no solo queremos recordar a los nuestros de una forma egoísta, sino que queremos abrir nuestro corazón para que nuestra oración sea más universal y quepan todos en nuestro corazón.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

Al celebrar a todos los santos sentimos el estimulo de sus vidas para vivir nosotros también esa santidad y elevamos nuestro espíritu con la esperanza de la vida eterna en la plenitud de Dios

Al celebrar a todos los santos sentimos el estimulo de sus vidas para vivir nosotros también esa santidad y elevamos nuestro espíritu con la esperanza de la vida eterna en la plenitud de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Aunque en el común del pensamiento de la gente hablar de la fiesta de todos los santos les hace pensar sobre todo en sus difuntos, en aquellos seres queridos que han muerto, realmente esa conmemoración corresponde más al día dos de noviembre que a este día primero del mes. Es como decíamos la fiesta de Todos los Santos, así sencillamente pero también con un hondo significado.
Hablamos de los santos y pensamos sobre todo en aquellos a los que la Iglesia ha reconocido su santidad y están incluidos sus nombres en ese catálogo, llamémoslo así, teniendo su fiesta o memoria en unos días determinados a lo largo del año. Sin embargo lo que la Iglesia quiere conmemorar y celebrar en este día son todos los santos, estén o no incluidos en ese catálogo oficial, porque ya gozan de la visión y la gloria de Dios en el cielo.
Claro que al hablar de santos podemos pensar también en los que aún caminan sobre la tierra, y que resplandecen por la santidad de sus vidas y contemplamos su entrega y su amor, la rectitud con que viven y su fe inquebrantable en Dios. Más aún no podemos dejar de pensar en aquello que mencionaba el apóstol cuando al dirigir sus cartas a las diferentes comunidades eclesiales se refería a los santos de aquella comunidad; y es que no podemos olvidar que en virtud de la consagración de nuestro bautismo todos estamos llamados a la santidad y si tratamos en verdad de ser fieles así podría y tendría que llamársenos a todos los que estamos bautizados.
Estamos, pues, viendo un sentido de esta solemnidad que hoy estamos celebrando que se convierte así en el ejemplo de los santos en un estímulo y acicate para el camino de nuestra vida cristiana. La propia palabra de Dios que en esta celebración se nos proclama nos señala también cuales han de ser esos caminos que nos conduzcan a esa dicha y felicidad que nos promete Jesús. Una buena reflexión tendríamos que hacernos en las bienaventuranzas que nos propone Jesús desde el sermón del monte en el Evangelio y que pueden marcar la pauta de lo que ha de ser nuestro camino.
Pero hay un aspecto en el que yo quisiera fijarme ahora. Algunas veces tenemos la tentación de caminar por esta vida como si ésta vida terrenal es lo único que pudiéramos vivir. Todo se reduce y se acaba a los días que vivamos acá sobre la tierra y entonces intentamos vivir con la mayor rectitud posible, buscando siempre el bien y la justicia, es cierto, queriendo lograr un mundo mejor donde todos seamos más felices y nadie tenga que sufrir por ningún motivo. Buscamos ser solidarios los unos con los otros, ser justos en lo que hacemos, evitando todo tipo de sufrimiento como si quisiéramos solo conseguir un paraíso sobre esta tierra.
Perdemos así una referencia muy importante, la trascendencia que le queremos dar a nuestra vida y nuestros actos que tiene que ir más allá que lo que ahora y aquí podamos conseguir; perdemos la trascendencia y la esperanza de la vida eterna y en lo menos que pensamos mientras vivimos los afanes de esta vida, aun queriendo vivir en la mayor rectitud, es en esa vida futura, en esa vida eterna de la que tanto nos habla Jesús en el evangelio.
Cortamos, de alguna manera, las alas de plenitud que todos llevamos en nuestro interior y que bien sabemos que solo en la realidad de esta vida no podemos llegar a conseguir en su totalidad. Si no tenemos la esperanza de esa plenitud total yo diría que nuestra vida se ve mermada, se ve limitada, porque cuando llegue la hora de la muerte, de terminar este camino aquí en la tierra se nos acaba todo y pareciera que caemos en un pozo oscuro y sin fondo.
Son parte de nuestra fe en la tenemos el peligro de no pensar. Vivimos como si solo existiera la realidad de este mundo. Perdemos el sentido de Dios en quien ansiamos encontrarnos para poder llegar a vivir esa plenitud total que solo en Dios podemos alcanzar. Si perdemos de vista todo lo que sea esa referencia a la vida eterna, a la vida del mundo futuro, aunque digamos que somos creyentes, nuestra fe en Dios se queda muy titubeante, muy debilitada. Y muchos que incluso nos llamamos cristianos vivimos sin esa esperanza, sin esa referencia a la plenitud de la vida eterna.
Quería fijarme en este aspecto precisamente hoy cuando estamos celebrando la fiesta de todos los santos. No queremos solamente recordar a unos hombres y mujeres que hicieron su camino antes que nosotros y trataron de vivir en la mayor rectitud y con el más profundo amor, sino que estamos celebrando a quienes viven y viven en la plenitud de Dios porque han alcanzado esa vida eterna de dicha y de felicidad.
Viven ya la felicidad y la plenitud del Reino de Dios que como nos dicen las bienaventuranzas poseerán los pobres, tendrán como recompensa los que se han mantenido fieles al camino del evangelio, los que gozan de la plena visión de Dios porque apartaron de sus vidas la malicia, los que ven saciados plenamente sus deseos y su hambre de justicia y de paz, y los que ahora gozan del consuelo de Dios tras los sufrimientos y tribulaciones que hayan podido vivir en esta vida terrena. Ahora gozan de la plenitud de Dios, ahora viven esa felicidad eterna que solo en Dios se puede alcanzar.
Es la esperanza de la vida eterna que anima nuestra vida y que nos hace sortear esos caminos muchas veces tan llenos de tribulaciones, lo que nos mantiene firmes en nuestras luchas y nos hace saber desprendernos de nosotros mismos por el amor que inflama nuestros corazones. Hoy miramos a lo alto, contemplamos esa multitud innumerable de la que nos habla el libro del Apocalipsis, y nuestro espíritu se eleva al contemplar a los santos, y nuestros corazones se llenan de esperanza, y ansiamos de verdad que un día podamos disfrutar de esa vida eterna en la plenitud de Dios.

martes, 31 de octubre de 2017

Crecer y multiplicarnos es la señal de la vitalidad que hay en nosotros y esos tienen que ser los signos que den nuestras comunidades cristianas


Crecer y multiplicarnos es la señal de la vitalidad que hay en nosotros y esos tienen que ser los signos que den nuestras comunidades cristianas

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

La vida es un continuo crecimiento y renovación. Las células del organismo se multiplican y se renuevan y eso es señal de que hay vida; cuando las células no se renuevan es señal de que el organismo comienza a morir, se entra en un estado que podríamos llamar de vejez, de agotamiento que hace incapaz esa renovación y la vida va decayendo poco a poco. No sé si me aclaro lo suficiente, pero los biólogos o a quien corresponda esa parte de la ciencia, nos lo pueden explicar mejor pero en mi torpeza para expresarme creo que no estoy lejos de lo que es el vivir y ya no me quedo en lo que sea la vida corporal sino la vida en si misma.
Nos sucede en nuestra sociedad, en nuestras comunidades, en lo que es el vivir de cada día de nuestro mundo. Vemos una comunidad que se queda estancada, que se queda siempre en lo mismo, en la que no aparece la savia nueva y joven de nuevos componentes, que va perdiendo iniciativas y es incapaz de renovarse, cualquiera puede augurarle que es una comunidad sin vida y que puede tener a desaparecer. Nos sucede en asociaciones, en clubes sociales, en organismos culturales, en equipos que se pueden crear en el mundo deportivo, en distintos ámbitos de la sociedad.
Es importante que sepamos darles vida, que sus miembros tengan nuevas ilusiones que hagan surgir nuevas iniciativas, que se sea capaz de atraer a nuevas personas a formar parte de esa comunidad o sociedad, que se vaya haciendo una renovación constante, que no significa cambiar lo que son las metas o los ideales con los que se formó, pero a lo que hay que dar siempre una nueva vitalidad. Algo tiene que haber en nuestro interior que nos impulse y nos llene de vitalidad, un espíritu renovador tenemos que sentir allá en lo más hondo.
Al hilo de esta reflexión que no venimos haciendo quizá tengamos que preguntarnos que hay o puede haber de todo esto en nuestras comunidades cristianas. Muchas veces los cristianos damos señales de esa falta de vitalidad que hace languidecer a nuestras comunidades cristianas, nuestras parroquias en concreto, nuestra iglesia. Nos avejentamos y no solo porque muchas veces quienes participan en la vida de la comunidad, sobre todo en las celebraciones somos cada vez más mayores, sino porque tenemos el peligro y la tentación de caer en un letargo que no nos motiva a una renovación y a un rejuvenecimiento de las parroquias, por ejemplo.
Jesús en el evangelio para hablarnos del Reino de Dios muchas veces emplea la imagen de la semilla. La semilla siempre será algo pequeño, insignificante en ocasiones, pero de la que al germinar surgirá una planta vigorosa que crece y crece hasta madurar y darnos fruto. Hoy Jesús en el evangelio nos habla de una semilla bien insignificante, la mostaza, pero que sin embargo, como nos dice Jesús, nos dará una planta, un arbusto que puede hacerse frondoso de manera que hasta puedan anidar las aves en él. No podemos menospreciar lo que nos parece pequeño, porque de ahí puede surgir una hermosa planta.
Así nos compara Jesús hoy al Reino de Dios. Seremos pequeños pero no nos podemos anular. Surge como una pequeña semilla pero hemos de saberle dar a la iglesia esa vitalidad de esa planta nueva capaz de acoger a todos, de multiplicarse y de extenderse. Esa planta que crece y llega a producir frutos, hará que de ella surjan nuevas semillas que multipliquen esas plantas que así vayan extendiéndose por doquier. ¿No hemos visto quizá como la semilla de una nueva especie se ha introducido en un lugar en donde no era endémica y pronto vemos como a su alrededor van surgiendo nuevas y nuevas plantas de esa especie que antes quizá era extraña en aquellos sitios?
Es la fuerza misionera que tendría que haber en el corazón de nuestras comunidades. No nos podemos contentar con ya nosotros tenemos esa fe y tratamos de vivirla de una forma o de otra. Si esa fe es vida en nosotros, nos llenará de esa vitalidad para propagarnos, para comunicarnos, para contagiar a los demás, para despertar en tantos otros esa misma fe que nosotros profesamos. ¿Nos multiplicamos y crecemos, ampliamos nuestro campo queriendo llegar a los demás? Es el signo de nuestra vitalidad. Es el signo de que en verdad queremos vivir de manera sincera el Reino de Dios.
Con la imagen de la otra parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, la levadura, pensemos cómo con lo que nosotros vivimos y queremos vivir intensamente queremos contagiar a nuestro mundo, queremos hacer fermentar ese mundo en los valores nuevos del Reino de Dios. No podemos ser comunidades muertas y sin vida.

lunes, 30 de octubre de 2017

Nada debe hacernos ir encorvados por la vida porque nos impida vivir con autenticidad lo que somos y lo que es la búsqueda sincera del bien de los demás

Nada debe hacernos ir encorvados por la vida porque nos impida vivir con autenticidad lo que somos y lo que es la búsqueda sincera del bien de los demás

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

Hay cosas que vamos aprendiendo en la vida, que se nos van inculcando desde pequeño y que pretenden enseñarnos unos valores, hacer que tengamos buenas costumbres en las que no solo nos manifestemos con dignidad sino que también tratemos con dignidad a los demás, que se van convirtiendo en norma, en plantilla por así decirlo, de nuestra conducta.
Es bueno y necesario que vayamos aprendiendo esos principios que van configurando nuestra vida, le van dando un sentido y tenemos que comprender bien el por qué lo hacemos, lo que pretendemos, y evitar que se conviertan en una rutina o que las hagamos así porque así sin darle una razón o sentido y al final vayamos siendo esclavos de esas normas que de entrada lo que pretendían era lo mejor para nosotros.
Que tengamos que lavarnos las manos o nuestro cuerpo por razones de higiene personal y también por dignidad y respeto a los que nos rodean, está bien, ahora que lo convirtamos en un escrúpulo que nos hace esclavos de esa limpieza de manera que sea una obsesión para nosotros ya no es tan bueno. Hemos de darle sentido a las cosas y vivirlas en su propio sentido y valor.
El respeto al día del Señor era algo inculcado en el pueblo judío con mucha intensidad, por una razón teológica por una parte porque era un reconocimiento de que Dios es el centro de la vida y a El hemos de mostrar todo nuestro amor y rendirle culto, pero también iba acompañado de una razón humanitaria por así decirlo, porque ese descanso es necesario para el hombre para no hacerse esclavo de trabajo y para tener un tiempo para si y para los suyos en un tiempo, por así decirlo, lúdico.
De ahí nacía el descanso sabático que buscando ese descanso y ese día para el Señor te impedía realizar cualquier tipo de trabajo. Pero eso pronto en Israel se llenó de normas y preceptos que prescribían hasta el más mínimo detalle lo que se podía y no se podía hacer. Y allá estaban los cumplidores fariseos, obsesionados con el descanso sabático para exigir el más estricto cumplimiento. ¿Es bueno el descanso sabático? No lo podemos negar pero no podemos convertirlo en una obsesión que llegue a impedirnos actuar con verdadera libertad.
En ese marco sucede el episodio que nos narra el evangelio hoy. Era sábado. Estaban en la sinagoga, para el culto, la oración y la proclamación de la lectura de la ley y los profetas. En medio anda una mujer encorvada a causa de la enfermedad. Y Jesús la cura. Surge la sorpresa porque era sábado. Para allá andan los fariseos con ojo avizor. Pero vemos la libertad de la actuación de Jesús, el amor que lo motivo, y la liberación que quiere significar para todos aquel signo.
No quiere Jesús que vayamos encorvados por la vida. muchos pesos pueden caer sobre las espaldas de nuestra vida que resten nuestra libertad. La vida superficial a la que nos sentimos abocados tantas veces resta mucho la valoración profunda que le hemos de dar a lo que hacemos; el estar pendientes de lo que puedan pensar o decir los demás nos puede impedir que nos mostremos tal como somos y manifestemos también lo que son nuestros verdaderos principios; las rutinas con que hacemos las cosas, simplemente porque hay que hacerlas pero sin buscarle su verdadero sentido pueden ser también un lastre para nuestra vida; el dejarnos arrastrar por la corriente de lo que todos hacen puede terminar volviéndonos insolidarios e injustos en nuestro trato o en la valoración que hagamos de los demás.
Muchas pueden ser las trabas que nos vayamos imponiendo en la vida y que a la larga nos hacen caminar encorvados. Pero Jesús viene a darnos la verdadera libertad, a arrancarnos de esas cosas que nos esclavizan, a abrir nuevos horizontes en nuestra vida y nuevos caminos que nos conduzcan a ser más libres, más solidarios, más justos, más auténticos en nuestro trato con los demás, como manera de hacer un mundo mejor. Dejemos que Jesús ponga su mano de amor sobre nosotros y nos levante.

domingo, 29 de octubre de 2017

Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien



Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

El que se siente amado se siente valorado y se siente protegido, porque se sabe que se le tiene en cuenta, que es alguien para alguien. Cuando pensamos en la pobreza quizá muchas veces pensamos primero que nada en la carencia de unos medios que le ayuden a subsistir; pero no solo es pobreza, me atrevo a decir que la soledad de quien se siente abandonado, de quien no es tenido en cuenta, de quien no significa nada para los demás, de quien quizá se ha convertido en un número sin rostro es lo que produce mayor dolor en alma porque se siente desamparado y no alcanza a ver un camino de luz por donde salir de su soledad.
Quizá no tenga para comer, una ropa con la que cubrirse, un techo bajo el cual guarecerse pero si encima siente que nadie tiene una mirada para él, oscuro se le ponen los caminos para salir de su situación, de su pobreza. Y así caminan muchos sin rumbo en su soledad por la vida sin encontrar caminos y no somos capaces de verlos, no queremos quizá ni pensar que existen. Qué triste seria escuchar de labios de alguien ‘a mi nadie me quiere’.
¿Por qué me hago estas consideraciones al comenzar mi reflexión sobre el evangelio y toda la Palabra de Dios de este domingo? Es que hoy se nos habla de amor, en concreto, del amor a Dios y del amor al prójimo. Pero quiero pensar en ello más que en una palabra en rostros concretos en los que falta ese amor, a los que no les tenemos ese amor aunque podamos decir muchas cosas bonitas.
El evangelio nos habla de que los principales entre los judíos, fariseos, sumos sacerdotes, gentes del sanedrín, estaban buscando la manera de coger, como se suele decir, en un renuncio a Jesús, confundirle en sus palabras. Vienen a preguntarle por el mandamiento principal lo que podríamos decir que era innecesario porque bien claro estaba en la Escritura y era algo que se sabía bien de memoria todo judío. Y Jesús les responde con las palabras exactas de la ley, el amor a Dios sobre todas las cosas, pero une a ello haciendo que tengan una semejanza en la fuerza del mandamiento lo que en otra parte también se lee en la Escritura, ‘y el segundo es semejante a él porque amarás al prójimo como a ti mismo’. No hay vuelta de hoja. Por eso concluye Jesús ‘en esto se encierran la ley y los profetas’.
Jesús nos viene a decir que no hay verdadero amor a Dios al que hay que amar ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’ si no amamos al prójimo también. Y es aquí donde tenemos que ver las cosas concretas, es aquí donde tenemos que ver los rostros a los que tenemos que amar y ponerle nombre para que ese amor no sea una palabra bonita sino sea algo muy concreto.
Ya sabemos que en otro lugar del evangelio ante esa respuesta de Jesús el maestro de la ley le preguntará y se preguntará, ‘¿quien es mi prójimo?’ No necesitamos hoy ir a ese texto paralelo del evangelio de Lucas sino simplemente fijarnos en los textos que se nos han ofrecido en la liturgia de este día. Es un texto del Éxodo que nos va describiendo lo que era la ley del Señor para su pueblo e irá detallando allí donde se ha de manifestar el amor y la compasión para con los pobres y desamparados.
Y se nos habla de unas situaciones muy concretas que luego a través de toda la Biblia se repetirán como una muletilla para hacer referencia a aquellos a los que primero hay que atender. Nos habla de los forasteros, de los huérfanos y de las viudas; luego seguirá poniéndonos situaciones muy concretas en las que se ha de manifestar esa misericordia y compasión. Pero fijémonos en esas como tres categorías que se nos señalan que van a ser como el paradigma de lo que es la situación de pobreza que pueda vivir el ser humano.
Forasteros, huérfanos y viudas, nos dice. ¿Por qué? Podríamos decir que son el paradigma de quienes se sienten abandonados y sin protección de nadie. El forastero esta lejos y fuera de su tierra, de su ambiente, de sus familiares y amigos, nadie lo conoce, es un extraño, vivirá tremendamente la soledad. Y no digamos nada cuando se meten en la sociedad los rabillos de la discriminación, del racismo y la xenofobia. Pensemos en lo que a nosotros mismos nos sucede muchas veces cuando nos encontramos con un extraño, alguien de otra raza o que viene de otro lugar, con quien por su idioma quizás no nos podemos entender, la desconfianza que se nos mete muchas veces dentro. ¿Cómo se sentirá el que es mirado así y no se siente querido, sino más bien quizás desplazado o rechazado?
El huérfano ha perdido todo su apoyo cuando le falta uno de sus padres y no digamos si le faltan los dos. No es solo la protección y la atención que podría recibir sino el calor del cariño de un padre, de una madre. La pobreza de su vida es grande, aunque quizá haya unos medios materiales, porque es grande la soledad de su corazón. Quizá su situación nos puede mover a la compasión, pero pudiera ser que el compromiso no vaya más allá.
Y en la misma situación vemos a la viuda, a quien le falta el apoyo de un esposo, con unos hijos quizá que cuidar, teniendo que enfrentarse sola a los problemas de la vida. Ya me diréis que al menos en nuestro entorno hay prestaciones sociales, apoyos y ayudas de muchas maneras, pero algo faltará en su corazón. Y bien sabemos que no en todos los lugares hay la misma protección.
Ahí tenemos reflejado lo que reflexionábamos en el principio de este comentario. Pero si nos hemos extendido un poco es para que en nuestra reflexión nos demos cuenta de cómo tenemos que hacer efectivo y concreto nuestro amor. No son palabras bonitas, no son solo las ayudas materiales que podamos ofrecer a quien pasa necesidad, es algo más lo que en nuestro amor podemos y tenemos que hacer con nuestra cercanía, con nuestro acompañamiento, con nuestra escucha, con nuestra mano tendida pero con nuestro corazón bien abierto para sintonizar con la otra persona.
Terminemos recordando lo que quizá volvamos a encontrarnos en el evangelio en las próximas semanas. En el atardecer de la vida seremos examinados del amor. Y Jesús nos va a decir que lo que le hayamos hecho o lo que hemos dejado de hacer con uno de estos hermanos a El se lo hicimos. Le toca a cada uno sacar las conclusiones para nuestra vida viendo como tenemos que ofrecer nuestro amor en la valoración que hacemos del hermano y en el amor concreto que le podemos ofrecer.