Hechos, 1, 12-14
Cántico de María, Lc.1, 47-55
Lc. 1, 26-38
‘Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús y con los hermanos...’ Fue después de la Ascensión de Jesús al cielo. Les había dicho que no se alejaran de Jerusalén hasta que se cumpliera la promesa que les había hecho de enviarles el Espíritu Santo. Y ahí están ‘unánimes en la oración’, y allí está ‘María, la Madre de Jesús’.
¿Cómo sería aquella oración con María? Por el corazón de María y de los Apóstoles estaría pasando todo lo sucedido. En su corazón estaría muy presente todo el misterio de Jesús que aún no habían terminado de comprender en toda su totalidad. Había de venir el Espíritu Santo ‘que les enseñaría la verdad plena’. La vida de Jesús en todos sus detalles, sus palabras, sus hechos, sus milagros, su muerte y sus manifestaciones resucitado a los apóstoles y a los discípulos, también a su Madre aunque el evangelio no lo mencione, hasta su Ascensión al cielo. Sería un rumiar una y otra vez todos aquellos acontecimientos, para tratar de ahondar más y más en el misterio de Cristo.
Creo que la oración de María junto a los Apóstoles en el Cenáculo en la espera de Pentecostés nos está enseñando lo que debe ser nuestra oración. En nuestra oración acudimos muchas veces muy preocupados por pedirle muchas cosas a Dios. vamos a la oración como quien va a despachar y lleva una lista de las cosas que tenemos que pedirle a Dios.
De María tenemos que aprender a orar, a escuchar, a contemplar, a rumiar el misterio de Dios. Saborear que nos encontramos en la presencia del Señor. Dejarnos inundar por El, por su amor, por su vida. Gozarnos en que podamos sentirnos amados de Dios. Llenarnos del misterio de Dios, de su vida, de su gracia.
Cuando nos sentimos así en su presencia, sentimos la mirada de Dios sobre nosotros, y al mismo tiempo comenzamos nosotros a mirar de distinta manera nuestra propia vida, las situaciones en que nos encontremos, los problemas que tengamos. Es la luz de Dios que nos ilumina y nos da un nuevo sentido de las cosas. Es la Palabra de Dios que escuchamos allá en lo íntimo del corazón y ya comenzaremos a actuar de distinta manera. Porque es la mirada de Di9os la que tenemos; porque será en el actuar de Dios cómo actuemos.
Esa fue la oración de María en Nazaret cuando llegó hasta ella el ángel de la Anunciación. Ante el saludo del ángel que la llamaba la ‘llena de gracia’, la inundada de la presencia del Señor, ‘el Señor está contigo’, Dios había vuelto su mirada sobre ella, se siente anonada, ‘se turbó y se preguntaba qué saludo era aquel’, que dice el evangelista. ¿Qué hacía María? Rumiaba allá en su interior, en su corazón, todo aquel Misterio de Dios que se le estaba manifestando. Se sentía pequeña, pero reconocía cómo el Señor hacía en ella cosas grandes y maravillosas. Se ponía en las manos de Dios, como la humilde esclava, y aceptaba el plan de Dios para su vida. Era su oración. Oración maravillosa que la hacía llenarse de Dios.
Derrama tu gracia en nuestro corazón, a cuantos hemos llegado a conocer el Misterio de Dios, el Misterio del Dios que se encarna, que se hace carne y presente entre nosotros. Dios que llega a nuestra vida, aunque seamos pequeños, por su gracia. Dios que viene a nosotros para darnos su salvación. Que por la Pasión y la Cruz, por su obra redentora, lleguemos a la Resurrección, a la vida nueva con la intercesión de María.
Intercesión de María, ¿para qué? Para llegar a la vida nueva de la salvación. Es lo que nos viene a ofrecer María. Lo más grande y más hermoso que nos puede dar. ¿Es lo que realmente es nuestra oración y la intercesión que invocamos de María?
Así tiene que ser nuestra oración a María. El Rosario que rezamos invocando a María tiene que ser una oración como la del Cenáculo. Mientras vamos desgranando las Avemarías como saludo a María tenemos que ir sabiendo contemplar todo el Misterio de Cristo, todo el Misterio de nuestra salvación. No es simplemente pasar las cuentas de un instrumento – el rosario – ni simplemente desgranar Avemarías. Tiene que ser algo más.
¿Qué significa el que en cada uno de sus partes vayamos recordando distintos misterios de la vida de Jesús? No es simplemente un enunciado ritual que hacemos antes de comenzar a rezar nuestro Padrenuestros y nuestras Avemarías. Es el Misterio de Cristo que hemos de contemplar, que tenemos que rumiar en ese momento de nuestra oración. Como María y los Apóstoles rumiaban el Misterio de Cristo en el Cenáculo. Y algunas veces cuando llegamos a la cuarta Avemaría ya ni nos acordamos cuál fue el Misterio que enunciamos.
Que de María aprendamos a contemplar y rumiar el Misterio de Dios que se está haciendo presente en nuestra vida. Que de María aprendamos a hacer una profunda y viva oración.
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martes, 7 de octubre de 2008
Una oración como la del cenáculo, el rosario
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lunes, 6 de octubre de 2008
Acción de gracias, reconciliación y oración
Dt. 8, 7-18
1Cron. 29, 10-12
2Cor. 5, 17-21
Mt. 7, 7-11
‘Tú eres el Señor de todo el universo; a Ti, Señor, la grandeza, el poder, el honor, la majestad y la gloria’. Así queremos confesar con toda nuestra vida el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Cosa que no podemos olvidar en ningún momento, sino que siempre todo lo que hagamos sea para la gloria del Señor.
En este día, al principio del curso, la Iglesia nos invita a celebrar las témporas de Acción de gracias y de petición, y nos ofrece en la liturgia unos hermosos textos de la Palabra de Dios. Merece la pena detenernos a meditarlos, porque nos recuerdan algo que nunca hemos de olvidar.
El primero de los textos es del libro del Deuteronomio, del Antiguo Testamento. Cuando están a punto de terminar el recorrido lleno de austeridad y tentaciones de todo tipo a través del desierto para entrar ya en la tierra que el Señor les había prometido, tierra que manaba leche y miel en la expresión bíblica y en la esperanza del pueblo de Israel, Moisés en nombre del Señor les hace unas graves advertencias. Van a llegar días de prosperidad, van a tener tierras donde plantar para recoger abundantes cosechas, casas donde habitar, y muchos medios que les pueden llevar a la prosperidad y la riqueza.
Pero les advierte: ‘¡Cuidado! No te olvides del Señor, tu Dios, ni dejes de observar los mandamientos, leyes y preceptos que te prescribo... que no se engríe tu corazón ni te olvides del Señor, tu Dios. Fue El quien te sacó del país de Egipto, de aquel lugar de esclavitud, quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto... acuérdate del Señor, tu Dios; El es quien te ha dado fuerza para adquirir esa riqueza, cumpliendo así la Alianza...’
Bueno es recordarlo en el camino de nuestra vida. Mientras vivimos momentos duros y difíciles fácil es acudir al Señor para que nos libere de nuestros males. Pero cuando nos llega la prosperidad y la vida cómoda, qué fácil nos es olvidar al Señor y querer vivir ya la vida prescindiendo de El. ‘Cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios...’
En la segunda lectura san Pablo nos invita a la reconciliación y a la paz con nosotros mismos, con los hermanos y con Dios. Es el Señor el que viene en nuestra búsqueda para ofrecernos la reconciliación, ese reencuentro en el corazón. ‘Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación... en nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios’.
En el Evangelio nos insiste en la confianza con que hemos de orar a Dios. ‘Pedid, y recibiréis, buscad, y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren...’ Con confianza hemos de orar porque oramos a un Dios que nos ama y que es nuestro Padre, un Padre providente que cuida de nosotros y que siempre nos dará lo mejor que necesitemos.
¿Por qué nos ofrece la Iglesia en su liturgia este día de Acción de Gracias y de Petición? En nuestra cultura y en nuestro hemisferio norte ha sido el momento de la culminación de unos trabajos y del descanso veraniego, para reiniciar de nuevo la tarea. En nuestros campos se concluye la recolección de las cosechas con las últimas vendimias, y es el momento de comenzar a preparar la tierra para una nueva siembra y unos nuevos trabajos. Como decíamos, acabado el verano y su descanso, se reanudan las actividades en todos los niveles, y a nivel escolar y de la enseñanza comienza de nuevo año escolar.
Por eso la Iglesia nos invita a realizar este día de acción de gracias y de petición. Todo queremos ponerlo en las manos del Señor. Es reconocer la obra y el actuar de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se manifiesta hasta en la hora de recoger el fruto de nuestros trabajos. Y en la abundancia y en la pobreza queremos estar siempre en las manos de Dios. Ahora mismo en nuestra sociedad a nivel de la economía se está pasando por momentos difíciles y es también el momento de saber ponernos con confianza en la manos del Señor, al tiempo que pondremos todo nuestro esfuerzo para superar dificultades.
Por otra parte en toda ocasión hemos de saber mantenernos en paz con Dios y con los hermanos. Por eso, puede ser ocasión propicia para la reconciliación, para el reencuentro con Dios y con los hermanos. Y es que además en toda situación hemos de saber contar con Dios. Es un momento para elevar nuestra oración al Señor, pero una oración verdaderamente universal en la que quepan en nuestro corazón todos los hombres y todas las situaciones que podamos vivir.
Pedimos por la Iglesia, y pedimos en este momento en que reanudan las actividades pastorales de nuestras comunidades para que el Señor bendiga nuestros trabajos y el trabajo de toda la Iglesia para realizar esa nueva evangelización que necesita nuestro mundo. A tener en cuenta también los grandes acontecimientos de la Iglesia universal, como es el Sínodo de los Obispos ayer iniciado en Roma y que durante casi todo este mes de Octubre reflexionará junto al Santo Padre sobre el tema de la Palabra de Dios.
Acción de gracias, reconciliación y oración.
1Cron. 29, 10-12
2Cor. 5, 17-21
Mt. 7, 7-11
‘Tú eres el Señor de todo el universo; a Ti, Señor, la grandeza, el poder, el honor, la majestad y la gloria’. Así queremos confesar con toda nuestra vida el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Cosa que no podemos olvidar en ningún momento, sino que siempre todo lo que hagamos sea para la gloria del Señor.
En este día, al principio del curso, la Iglesia nos invita a celebrar las témporas de Acción de gracias y de petición, y nos ofrece en la liturgia unos hermosos textos de la Palabra de Dios. Merece la pena detenernos a meditarlos, porque nos recuerdan algo que nunca hemos de olvidar.
El primero de los textos es del libro del Deuteronomio, del Antiguo Testamento. Cuando están a punto de terminar el recorrido lleno de austeridad y tentaciones de todo tipo a través del desierto para entrar ya en la tierra que el Señor les había prometido, tierra que manaba leche y miel en la expresión bíblica y en la esperanza del pueblo de Israel, Moisés en nombre del Señor les hace unas graves advertencias. Van a llegar días de prosperidad, van a tener tierras donde plantar para recoger abundantes cosechas, casas donde habitar, y muchos medios que les pueden llevar a la prosperidad y la riqueza.
Pero les advierte: ‘¡Cuidado! No te olvides del Señor, tu Dios, ni dejes de observar los mandamientos, leyes y preceptos que te prescribo... que no se engríe tu corazón ni te olvides del Señor, tu Dios. Fue El quien te sacó del país de Egipto, de aquel lugar de esclavitud, quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto... acuérdate del Señor, tu Dios; El es quien te ha dado fuerza para adquirir esa riqueza, cumpliendo así la Alianza...’
Bueno es recordarlo en el camino de nuestra vida. Mientras vivimos momentos duros y difíciles fácil es acudir al Señor para que nos libere de nuestros males. Pero cuando nos llega la prosperidad y la vida cómoda, qué fácil nos es olvidar al Señor y querer vivir ya la vida prescindiendo de El. ‘Cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios...’
En la segunda lectura san Pablo nos invita a la reconciliación y a la paz con nosotros mismos, con los hermanos y con Dios. Es el Señor el que viene en nuestra búsqueda para ofrecernos la reconciliación, ese reencuentro en el corazón. ‘Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación... en nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios’.
En el Evangelio nos insiste en la confianza con que hemos de orar a Dios. ‘Pedid, y recibiréis, buscad, y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren...’ Con confianza hemos de orar porque oramos a un Dios que nos ama y que es nuestro Padre, un Padre providente que cuida de nosotros y que siempre nos dará lo mejor que necesitemos.
¿Por qué nos ofrece la Iglesia en su liturgia este día de Acción de Gracias y de Petición? En nuestra cultura y en nuestro hemisferio norte ha sido el momento de la culminación de unos trabajos y del descanso veraniego, para reiniciar de nuevo la tarea. En nuestros campos se concluye la recolección de las cosechas con las últimas vendimias, y es el momento de comenzar a preparar la tierra para una nueva siembra y unos nuevos trabajos. Como decíamos, acabado el verano y su descanso, se reanudan las actividades en todos los niveles, y a nivel escolar y de la enseñanza comienza de nuevo año escolar.
Por eso la Iglesia nos invita a realizar este día de acción de gracias y de petición. Todo queremos ponerlo en las manos del Señor. Es reconocer la obra y el actuar de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se manifiesta hasta en la hora de recoger el fruto de nuestros trabajos. Y en la abundancia y en la pobreza queremos estar siempre en las manos de Dios. Ahora mismo en nuestra sociedad a nivel de la economía se está pasando por momentos difíciles y es también el momento de saber ponernos con confianza en la manos del Señor, al tiempo que pondremos todo nuestro esfuerzo para superar dificultades.
Por otra parte en toda ocasión hemos de saber mantenernos en paz con Dios y con los hermanos. Por eso, puede ser ocasión propicia para la reconciliación, para el reencuentro con Dios y con los hermanos. Y es que además en toda situación hemos de saber contar con Dios. Es un momento para elevar nuestra oración al Señor, pero una oración verdaderamente universal en la que quepan en nuestro corazón todos los hombres y todas las situaciones que podamos vivir.
Pedimos por la Iglesia, y pedimos en este momento en que reanudan las actividades pastorales de nuestras comunidades para que el Señor bendiga nuestros trabajos y el trabajo de toda la Iglesia para realizar esa nueva evangelización que necesita nuestro mundo. A tener en cuenta también los grandes acontecimientos de la Iglesia universal, como es el Sínodo de los Obispos ayer iniciado en Roma y que durante casi todo este mes de Octubre reflexionará junto al Santo Padre sobre el tema de la Palabra de Dios.
Acción de gracias, reconciliación y oración.
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domingo, 5 de octubre de 2008
Dios quiere cantar un canto de amor a su viña
Is. 5, 1-7; Sal. 79; Filip. 4, 6-9; Mt. 21, 33-43
‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a mi viña’. Es el canto de amor que la Palabra de Dios quiere cantarnos a nosotros también. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo. Pero no sólo estamos refiriéndonos a Israel, sino que esa casa de Israel somos nosotros.
Por tercera vez, en tres domingos consecutivos la Palabra del Señor nos está hablando de la viña del Señor. Nos invitaba a ir a trabajar en su viña, en distintos momentos de la vida, como escuchamos hace un par de domingos. Nos mandaba como padre a trabajar a su viña, como escuchamos el domingo pasado. Pero hoy nos está diciendo más: somos nosotros esa viña del Señor y cuánto ha hecho el Señor por nosotros.
El evangelio dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo’ y al final directamente a ellos les dijo ‘se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero bien sabemos que la Palabra que Dios nos dirige no son historias pasadas y dicha para otras personas, sino que es Palabra que el Señor nos dirige en el hoy y el ahora concreto de nuestra vida. Por eso decía al principio que es el canto de amor que Dios quiere decirnos a nosotros también.
La historia de la viña, podemos decir, es la historia de la salvación. Jesús con la parábola está comparando la historia de la salvación que nos ha ofrecido con los trabajos que el agricultor concienzudamente realiza en su viña. ‘Plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda y la dio en arriendo a unos labradores’.
Historia de la salvación que ha llevado un proceso progresivo que ha culminado en Cristo Jesús. Miramos la historia de la salvación en la amplitud de toda la historia desde la creación hasta el momento de la historia de hoy, y recordamos cuantas intervenciones de Dios hasta enviarnos a su propio Hijo para nuestra redención, para nuestra salvación. No es necesario detenernos a hacer su recorrido ahora, que por formación bien o sabemos. Miremos la historia de la salvación y miremos nuestra propia historia, que es también historia de salvación, de amor de Dios en nuestra vida.
Bueno es recordar nuestra historia personal y descubrir en ella todas las intervenciones de Dios. ¡Cuánto amor nos ha regalado el Señor! Con ojos de fe hemos de saber descubrir ese actuar de Dios con su gracia en nosotros, desde esa fe que recibimos en el seno de nuestra familia y que luego se ha visto enriquecida en la acción de la Iglesia y en tantos momentos de gracia que cada uno de nosotros hemos vivido.
¡Cuántas veces hemos recibido esa llamada del Señor! ¡Cuántas veces nos hemos visto libre de tantos peligros o fortalecidos en tantos momentos difíciles o de tentación! Cada uno tenemos nuestra historia personal. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’, nos pregunta el Señor con las palabras del profeta.
Una historia de luz, pero que está llena también de sombras. La historia de luz en todo el actuar de Dios, en todo el amor de Dios derrochado en nuestra vida. Es el rostro lleno de amor de Dios que nos ama, nos cuida, nos regala el don precioso de la vida y nos enriquece con su gracia. Es el Dios que a pesar de nuestras sombras sigue amándonos y, aún más, nos levanta de nuestra postración y nuestro pecado para hacernos la gracia de regalarnos su vida para hacernos hijos suyos.
Pero están nuestras sombras, las sombras de la humanidad. Porque junto a esa historia de salvación está nuestra historia de pecado, que, sin embargo, se ve siempre desbordado por la gracia del Señor. Como aquellos viñadores que se apoderaron de la viña y no quisieron rendir fruto, también nosotros queremos construir la vida a nuestra manera tantas veces al margen de Dios. Nos sentimos tan dueños de la viña que queremos olvidarnos de Dios, prescindir de Dios. Desechamos la piedra angular que es Cristo para construir con nuestros ladrillos de barro, de egoísmo y de maldad, olvidando todo lo que El nos ha dado y nos ha enseñado.
Busquemos esa piedra angular de nuestra vida que es Cristo, que es el que da fundamento de verdad a nuestra existencia. Aunque muchas sean las ambiciones que tengamos en nuestro corazón, aunque muchas sean las apetencias que cual cantos de sirena quieren distraernos para atraernos por otros caminos, busquemos a quien de verdad es el fundamento de nuestra vida y nos dará sentido y valor a todo lo somos y vivimos, Cristo el Señor.
Busquemos a Cristo para que con su gracia podamos dar los frutos que nos pide; para que hagamos de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra iglesia la más hermosa viña que nos dé la más honda felicidad que es lo que el Señor quiere de nosotros.
Cuando logremos vivir en armonía todos juntos en esa viña en la que Dios nos ha colocado, viviendo una comunión de amor y de solidaridad entre unos y otros, porque todos caminemos juntos, porque todos nos ayudemos y porque todos miremos a quien es la meta de nuestra vida, estaremos dando las muestras, las señales verdaderas del Reino de Dios, vivo y presente en medio de nosotros.
Que podamos escuchar ese canto de amor de Dios a su viña lejos de toda sombra, y resplandecientes siempre de la más brillante luz.
‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a mi viña’. Es el canto de amor que la Palabra de Dios quiere cantarnos a nosotros también. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo. Pero no sólo estamos refiriéndonos a Israel, sino que esa casa de Israel somos nosotros.
Por tercera vez, en tres domingos consecutivos la Palabra del Señor nos está hablando de la viña del Señor. Nos invitaba a ir a trabajar en su viña, en distintos momentos de la vida, como escuchamos hace un par de domingos. Nos mandaba como padre a trabajar a su viña, como escuchamos el domingo pasado. Pero hoy nos está diciendo más: somos nosotros esa viña del Señor y cuánto ha hecho el Señor por nosotros.
El evangelio dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo’ y al final directamente a ellos les dijo ‘se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero bien sabemos que la Palabra que Dios nos dirige no son historias pasadas y dicha para otras personas, sino que es Palabra que el Señor nos dirige en el hoy y el ahora concreto de nuestra vida. Por eso decía al principio que es el canto de amor que Dios quiere decirnos a nosotros también.
La historia de la viña, podemos decir, es la historia de la salvación. Jesús con la parábola está comparando la historia de la salvación que nos ha ofrecido con los trabajos que el agricultor concienzudamente realiza en su viña. ‘Plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda y la dio en arriendo a unos labradores’.
Historia de la salvación que ha llevado un proceso progresivo que ha culminado en Cristo Jesús. Miramos la historia de la salvación en la amplitud de toda la historia desde la creación hasta el momento de la historia de hoy, y recordamos cuantas intervenciones de Dios hasta enviarnos a su propio Hijo para nuestra redención, para nuestra salvación. No es necesario detenernos a hacer su recorrido ahora, que por formación bien o sabemos. Miremos la historia de la salvación y miremos nuestra propia historia, que es también historia de salvación, de amor de Dios en nuestra vida.
Bueno es recordar nuestra historia personal y descubrir en ella todas las intervenciones de Dios. ¡Cuánto amor nos ha regalado el Señor! Con ojos de fe hemos de saber descubrir ese actuar de Dios con su gracia en nosotros, desde esa fe que recibimos en el seno de nuestra familia y que luego se ha visto enriquecida en la acción de la Iglesia y en tantos momentos de gracia que cada uno de nosotros hemos vivido.
¡Cuántas veces hemos recibido esa llamada del Señor! ¡Cuántas veces nos hemos visto libre de tantos peligros o fortalecidos en tantos momentos difíciles o de tentación! Cada uno tenemos nuestra historia personal. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’, nos pregunta el Señor con las palabras del profeta.
Una historia de luz, pero que está llena también de sombras. La historia de luz en todo el actuar de Dios, en todo el amor de Dios derrochado en nuestra vida. Es el rostro lleno de amor de Dios que nos ama, nos cuida, nos regala el don precioso de la vida y nos enriquece con su gracia. Es el Dios que a pesar de nuestras sombras sigue amándonos y, aún más, nos levanta de nuestra postración y nuestro pecado para hacernos la gracia de regalarnos su vida para hacernos hijos suyos.
Pero están nuestras sombras, las sombras de la humanidad. Porque junto a esa historia de salvación está nuestra historia de pecado, que, sin embargo, se ve siempre desbordado por la gracia del Señor. Como aquellos viñadores que se apoderaron de la viña y no quisieron rendir fruto, también nosotros queremos construir la vida a nuestra manera tantas veces al margen de Dios. Nos sentimos tan dueños de la viña que queremos olvidarnos de Dios, prescindir de Dios. Desechamos la piedra angular que es Cristo para construir con nuestros ladrillos de barro, de egoísmo y de maldad, olvidando todo lo que El nos ha dado y nos ha enseñado.
Busquemos esa piedra angular de nuestra vida que es Cristo, que es el que da fundamento de verdad a nuestra existencia. Aunque muchas sean las ambiciones que tengamos en nuestro corazón, aunque muchas sean las apetencias que cual cantos de sirena quieren distraernos para atraernos por otros caminos, busquemos a quien de verdad es el fundamento de nuestra vida y nos dará sentido y valor a todo lo somos y vivimos, Cristo el Señor.
Busquemos a Cristo para que con su gracia podamos dar los frutos que nos pide; para que hagamos de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra iglesia la más hermosa viña que nos dé la más honda felicidad que es lo que el Señor quiere de nosotros.
Cuando logremos vivir en armonía todos juntos en esa viña en la que Dios nos ha colocado, viviendo una comunión de amor y de solidaridad entre unos y otros, porque todos caminemos juntos, porque todos nos ayudemos y porque todos miremos a quien es la meta de nuestra vida, estaremos dando las muestras, las señales verdaderas del Reino de Dios, vivo y presente en medio de nosotros.
Que podamos escuchar ese canto de amor de Dios a su viña lejos de toda sombra, y resplandecientes siempre de la más brillante luz.
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sábado, 4 de octubre de 2008
Asemejarnos a Cristo y entregarnos con un amor jubiloso
Gal. 6, 14-18
Sal. 15
Mt. 11, 25-30
El corazón del que se siente cautivado por Cristo busca quizá cosas grandes y extraordinarias para manifestar su amor. Pero ¿qué nos pide Cristo? Las cosas pequeñas de cada día realizadas en la profundidad del amor. Lo que en cierto modo es más difícil, por la continuidad y la constancia nos cuesta más. Pero seremos capaces de hacer cosas extraordinarias si nos hemos entrenado bien en esa fidelidad a las cosas pequeñas de cada día.
Una cosa sí es necesaria. Que nos unamos de tal manera a Cristo que su vida sea nuestra vida. Y digo que su vida sea nuestra vida, no sólo porque El nos ha hecho el regalo maravilloso de hacernos partícipes de su vida divina, para que en El seamos también hijos de Dios. Eso ya es un regalo grande que El nos hace. Pero por nuestra parte tenemos que buscar la forma de asemejarnos en todo a El. Como hemos reflexionado no hace muchos días, que tengamos los mismos sentimientos de una vida en Cristo Jesús.
Asemejarnos a Cristo pasa por el camino del amor, de la humildad y de la sencillez, de la entrega y de la cruz, de la mansedumbre y de la paz. Es amar con su mismo amor; amar como El nos ama; amar a todos como a todos ama el Señor.
Por el camino de la humildad y sencillez; sólo los humildes se pueden llenar de Dios, podrán conocer a Dios. El da gracias porque el misterio de Dios no se rebela a los soberbios y a los engreídos que se creen sabios, sino a los sencillos y a los humildes. Lo hemos escuchado en el Evangelio y tantas veces repetido. ‘Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’. Sólo los humildes podrán ser grandes, porque el que sabe ser el último podrá ser el primero.
Camino de la entrega y de la cruz. Es la consecuencia del amor. El se dio y se dio hasta el final. Y así la entrega y la cruz tiene que ser nuestra gloria. ‘Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo’. Así nos decía san Pablo. Por eso terminaba diciendo el apóstol, ‘llevo en mi carne las marcas de Cristo’. Que así seamos capaces nosotros de ser marcados por Cristo. No podemos olvidar que ya desde nuestro bautismo fuimos marcados con la señal de la cruz. Y la cruz es la señal del cristiano.
Camino de mansedumbre y de paz. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Los mansos verán a Dios, nos dijo también en las bienaventuranzas. Que haya pues esa mansedumbre en nuestro corazón porque es una forma de parecernos a Dios, de asemejarnos a Jesús. Que desterremos todo signo de violencia en nosotros para que nos llenemos de su paz.
Todo esto lo vemos perfectamente reflejado en san Francisco de Asís a quien hoy estamos celebrando. Precisamente en la oración litúrgica lo hemos expresado. ‘Otorgaste a san Francisco de Asís la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la pobreza’. Bien conocemos todos detalles de su vida, desde el momento en que se despojó de todo para vivir pobre como Jesús y entre los pobres y los humildes. Es el hombre de la mansedumbre total, de la humildad hasta lo más profundo, de la santidad de vida más sublime.
Se abrazó a la cruz de Cristo haciendo suyas las palabras de san Pablo que hemos mencionado, de tal manera que incluso en su propia carne llevaba los estigmas de la pasión de Cristo, en las heridas de sus manos, sus pies y su costado.
Que imitemos a san Francisco en ese asemejarnos en todo a Cristo. Que podamos en verdad seguir a Cristo y entregarnos con un amor jubiloso. La alegría del amor; la alegría de la humildad y de la mansedumbre; la alegría de la fe; la alegría de la entrega y de la cruz.
Nos falta muchas veces esa alegría. Quizá hacemos ofrenda de nuestras vidas al Señor, de nuestro amor, de nuestros sacrificios, de nuestros sufrimientos, pero no lo hagamos resignados, sino con alegría para que nuestra entrega y nuestra ofrenda sea más verdadera.
Sal. 15
Mt. 11, 25-30
El corazón del que se siente cautivado por Cristo busca quizá cosas grandes y extraordinarias para manifestar su amor. Pero ¿qué nos pide Cristo? Las cosas pequeñas de cada día realizadas en la profundidad del amor. Lo que en cierto modo es más difícil, por la continuidad y la constancia nos cuesta más. Pero seremos capaces de hacer cosas extraordinarias si nos hemos entrenado bien en esa fidelidad a las cosas pequeñas de cada día.
Una cosa sí es necesaria. Que nos unamos de tal manera a Cristo que su vida sea nuestra vida. Y digo que su vida sea nuestra vida, no sólo porque El nos ha hecho el regalo maravilloso de hacernos partícipes de su vida divina, para que en El seamos también hijos de Dios. Eso ya es un regalo grande que El nos hace. Pero por nuestra parte tenemos que buscar la forma de asemejarnos en todo a El. Como hemos reflexionado no hace muchos días, que tengamos los mismos sentimientos de una vida en Cristo Jesús.
Asemejarnos a Cristo pasa por el camino del amor, de la humildad y de la sencillez, de la entrega y de la cruz, de la mansedumbre y de la paz. Es amar con su mismo amor; amar como El nos ama; amar a todos como a todos ama el Señor.
Por el camino de la humildad y sencillez; sólo los humildes se pueden llenar de Dios, podrán conocer a Dios. El da gracias porque el misterio de Dios no se rebela a los soberbios y a los engreídos que se creen sabios, sino a los sencillos y a los humildes. Lo hemos escuchado en el Evangelio y tantas veces repetido. ‘Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’. Sólo los humildes podrán ser grandes, porque el que sabe ser el último podrá ser el primero.
Camino de la entrega y de la cruz. Es la consecuencia del amor. El se dio y se dio hasta el final. Y así la entrega y la cruz tiene que ser nuestra gloria. ‘Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo’. Así nos decía san Pablo. Por eso terminaba diciendo el apóstol, ‘llevo en mi carne las marcas de Cristo’. Que así seamos capaces nosotros de ser marcados por Cristo. No podemos olvidar que ya desde nuestro bautismo fuimos marcados con la señal de la cruz. Y la cruz es la señal del cristiano.
Camino de mansedumbre y de paz. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Los mansos verán a Dios, nos dijo también en las bienaventuranzas. Que haya pues esa mansedumbre en nuestro corazón porque es una forma de parecernos a Dios, de asemejarnos a Jesús. Que desterremos todo signo de violencia en nosotros para que nos llenemos de su paz.
Todo esto lo vemos perfectamente reflejado en san Francisco de Asís a quien hoy estamos celebrando. Precisamente en la oración litúrgica lo hemos expresado. ‘Otorgaste a san Francisco de Asís la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la pobreza’. Bien conocemos todos detalles de su vida, desde el momento en que se despojó de todo para vivir pobre como Jesús y entre los pobres y los humildes. Es el hombre de la mansedumbre total, de la humildad hasta lo más profundo, de la santidad de vida más sublime.
Se abrazó a la cruz de Cristo haciendo suyas las palabras de san Pablo que hemos mencionado, de tal manera que incluso en su propia carne llevaba los estigmas de la pasión de Cristo, en las heridas de sus manos, sus pies y su costado.
Que imitemos a san Francisco en ese asemejarnos en todo a Cristo. Que podamos en verdad seguir a Cristo y entregarnos con un amor jubiloso. La alegría del amor; la alegría de la humildad y de la mansedumbre; la alegría de la fe; la alegría de la entrega y de la cruz.
Nos falta muchas veces esa alegría. Quizá hacemos ofrenda de nuestras vidas al Señor, de nuestro amor, de nuestros sacrificios, de nuestros sufrimientos, pero no lo hagamos resignados, sino con alegría para que nuestra entrega y nuestra ofrenda sea más verdadera.
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viernes, 3 de octubre de 2008
Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...
Job, 38, 1.12-21; 39, 33-35
Sal. 138
Lc. 10, 13-16
Recordamos al paciente Job sobre el que caían desgracias sin cuento, pero que no perdió nunca la calma ni la esperanza en medio de su adversidad. Esta semana ha sido el tema de la primera lectura, aunque por razón de las memorias que hemos tenido que celebrar, santos Arcángeles, Ángeles custodios y otros santos, no hemos podido seguir con detalle.
Decir que a casa de Job llegaron diversos amigos con palabras de consuelo, palabras que no satisfacían a nadie ni nada consolaban, y hasta el mismo Job se hace sus reflexiones buscando una respuesta a sus preguntas e interrogantes profundos de su alma.
Hoy, ya casi al final del libro de Job, es Dios quien le habla para dar a conocer su grandeza manifestada en la obra de la creación. Cuando el hombre con sus sabidurías humanas quiere dar respuesta a todos los interrogantes, Dios viene a decirle a Job que está por encima de todo eso, puesto que ¿ha sido capaz el hombre de realizar toda esa maravilla de la creación?
Con lenguaje y preguntas propias de su época, que hoy tendrían quizá otros planteamientos, el Señor le pregunta a Job si es el hombre el que ha creado la maravilla de un amanecer o un atardecer, o ha podido medir toda la profundidad y amplitud de la tierra y el universo. Aunque en nuestros avances científicos y conocimiento de la naturaleza y el universo podamos dar muchas respuestas, siempre detrás de todo eso sigue el interrogante del misterio, porque la inmensidad de todo lo creado y de su Creador va mucho más allá de lo que el hombre con su inteligencia pueda abarcar.
Hoy mismo tenemos esos experimentos científicos capaces quizá de decirnos que hubo en el momento del bing bang, pero siempre queda el misterio y la pregunta, ¿y antes? ¿y más allá? ¿y en el fondo de todo eso no hay un Creador? Preguntas y misterio que al creyente lo llevan a preguntarse por Dios.
Ante la inmensidad de la creación y de lo que Dios le plantea Job se queda mudo. ‘Me siento pequeño, dice, ¿qué replicaré? Me llevaré la mano a la boca; he hablado una vez, y no insistiré, dos veces, y no añadiré nada’.
Ante Dios ¿qué podemos decir? ¿Nos quedaremos mudos también? Con el salmo 138 nosotros decimos también: ‘¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo... si me acuesto en el abismo... si vuelo hasta el margen de la aurora... si emigro hasta el confín del mar... allí estás tú... allí te encuentro... allí me alcanzará tu izquierda... me agarrará tu derecha...’
¿Qué puedo decir? ¿Me quedaré mudo? Tendré que reconocer la grandeza de Dios y darle gracias. ‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...’ Maravilloso es el mundo que has creado, pero más maravillosa es la obra más bella de todas tus criaturas. ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, para hacerlo poco inferior a los ángeles?’ Grande nos has creado cuando nos has dado esa inteligencia y esa capacidad de conocimiento para poder descubrir y admirar tus maravillas. Lo has hecho el rey de la creación y todo lo has puesto en sus manos. Te doy gracias, Señor, porque te hayas fijado en mí, pequeño entre la inmensidad de tu creación, pero me amas con un amor tan especial.
‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras...’
Sal. 138
Lc. 10, 13-16
Recordamos al paciente Job sobre el que caían desgracias sin cuento, pero que no perdió nunca la calma ni la esperanza en medio de su adversidad. Esta semana ha sido el tema de la primera lectura, aunque por razón de las memorias que hemos tenido que celebrar, santos Arcángeles, Ángeles custodios y otros santos, no hemos podido seguir con detalle.
Decir que a casa de Job llegaron diversos amigos con palabras de consuelo, palabras que no satisfacían a nadie ni nada consolaban, y hasta el mismo Job se hace sus reflexiones buscando una respuesta a sus preguntas e interrogantes profundos de su alma.
Hoy, ya casi al final del libro de Job, es Dios quien le habla para dar a conocer su grandeza manifestada en la obra de la creación. Cuando el hombre con sus sabidurías humanas quiere dar respuesta a todos los interrogantes, Dios viene a decirle a Job que está por encima de todo eso, puesto que ¿ha sido capaz el hombre de realizar toda esa maravilla de la creación?
Con lenguaje y preguntas propias de su época, que hoy tendrían quizá otros planteamientos, el Señor le pregunta a Job si es el hombre el que ha creado la maravilla de un amanecer o un atardecer, o ha podido medir toda la profundidad y amplitud de la tierra y el universo. Aunque en nuestros avances científicos y conocimiento de la naturaleza y el universo podamos dar muchas respuestas, siempre detrás de todo eso sigue el interrogante del misterio, porque la inmensidad de todo lo creado y de su Creador va mucho más allá de lo que el hombre con su inteligencia pueda abarcar.
Hoy mismo tenemos esos experimentos científicos capaces quizá de decirnos que hubo en el momento del bing bang, pero siempre queda el misterio y la pregunta, ¿y antes? ¿y más allá? ¿y en el fondo de todo eso no hay un Creador? Preguntas y misterio que al creyente lo llevan a preguntarse por Dios.
Ante la inmensidad de la creación y de lo que Dios le plantea Job se queda mudo. ‘Me siento pequeño, dice, ¿qué replicaré? Me llevaré la mano a la boca; he hablado una vez, y no insistiré, dos veces, y no añadiré nada’.
Ante Dios ¿qué podemos decir? ¿Nos quedaremos mudos también? Con el salmo 138 nosotros decimos también: ‘¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo... si me acuesto en el abismo... si vuelo hasta el margen de la aurora... si emigro hasta el confín del mar... allí estás tú... allí te encuentro... allí me alcanzará tu izquierda... me agarrará tu derecha...’
¿Qué puedo decir? ¿Me quedaré mudo? Tendré que reconocer la grandeza de Dios y darle gracias. ‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...’ Maravilloso es el mundo que has creado, pero más maravillosa es la obra más bella de todas tus criaturas. ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, para hacerlo poco inferior a los ángeles?’ Grande nos has creado cuando nos has dado esa inteligencia y esa capacidad de conocimiento para poder descubrir y admirar tus maravillas. Lo has hecho el rey de la creación y todo lo has puesto en sus manos. Te doy gracias, Señor, porque te hayas fijado en mí, pequeño entre la inmensidad de tu creación, pero me amas con un amor tan especial.
‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras...’
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jueves, 2 de octubre de 2008
Voy a enviarte un ángel por delante que te cuide en el camino
Ex. 23, 20-23
Sal. 90
Mt. 18, 1-5.10
‘Bendecid al Señor, ángeles del Señor; cantadle y ensalzadle eternamente’, así hemos comenzado hoy nuestra celebración en esta fiesta de los santos Ángeles Custodios.
Cuando pensamos en los ángeles la imagen primera que viene a nuestra mente es la que nos refleja la Biblia en diversos textos de la gloria del cielo. Así lo expresamos incluso en la celebración cuando al inicio de la plegaria eucarística nos unimos ‘a los ángeles y arcángeles que cantan sin cesar el himno de tu gloria’. Así podríamos recordar por ejemplo un texto bellísimo del Apocalipsis: ‘Oí después, en la visión, la voz de innumerables ángeles que estaban alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos; eran cientos y cientos, miles y miles, que decían con voz potente: Digno es el Cordero degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, el honor, la gloria y la alabanza’.
Pero hoy en nuestra celebración litúrgica hacemos memoria especial de los Ángeles Custodios. Como decimos en la oración litúrgica de esta fiesta, ‘en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles...’ Ahí lo estamos expresando. Los ángeles que Dios ha puesto a nuestro lado en el camino de la vida, que nos custodian, nos protegen, nos ayudan, nos traen las inspiraciones de lo alto del camino bueno que hemos de hacer, de lo malo de lo que tenemos que apartarnos. Por eso pedíamos ‘vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía... que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’.
De ello nos ha hablado la Palabra de Dios proclamada, aunque podrían ser también otros los textos que leyéramos.
En el libro del Éxodo, haciendo referencia a la protección del Señor a su pueblo mientras peregrina por el desierto camino de la tierra prometida, se dice: ‘Así dice el Señor: voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado... mi ángel irá por delante y te llevará...’
En ese sentido es hermoso también el salmo 90 que hemos recitado. ‘Ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en tus caminos... te librará de la red del cazador... te cubrirá con sus plumas... bajo sus alas te refugiarás... no temerás el espanto nocturno...’ De día y de noche el ángel del Señor está a nuestro lado. Las imágenes son bellas para expresar esa protección, esa ayuda, ese refugio que significa su presencia junto a nosotros.
Abramos los ojos de la fe para descubrir esa presencia del ángel del Señor a nuestro lado. Cuántas veces nos sentimos en peligro, pero nos vemos libres de él. cuántas veces sentimos en nuestro interior ese impulso a lo bueno, o ese algo que nos impide realizar lo malo. Veamos la presencia del ángel del Señor en nuestra vida; escuchemos esa inspiración que es gracia del Señor que nos protege.
Recuerdo, como una imagen gravada en mi retina, aquel cuadro que mi madre tenía en la cabecera de la cama – muchos iguales he visto en muchos lugares en mis visitas a las familias y a los enfermos – que representaba a un ángel que agarrándolo de la mano ayuda a un niño que tenía el peligro de caer por el abismo de un barranco o algo así. Escuchemos allá en nuestro interior la voz del ángel de la guarda que nos quiere prevenir contra lo malo. Ese ángel que está siempre viendo el rostro de Dios, ‘el rostro de mi Padre celestial’ como nos decía Jesús en el evangelio.
En la oración final pediremos al Señor que ‘a los que has alimentado con estos sacramentos que llevan a la vida eterna, dirígelos bajo la tutela de tus ángeles por los caminos de la salvación y de la paz’. Que con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales podamos cantar eternamente la alabanza del Señor en el cielo.
Sal. 90
Mt. 18, 1-5.10
‘Bendecid al Señor, ángeles del Señor; cantadle y ensalzadle eternamente’, así hemos comenzado hoy nuestra celebración en esta fiesta de los santos Ángeles Custodios.
Cuando pensamos en los ángeles la imagen primera que viene a nuestra mente es la que nos refleja la Biblia en diversos textos de la gloria del cielo. Así lo expresamos incluso en la celebración cuando al inicio de la plegaria eucarística nos unimos ‘a los ángeles y arcángeles que cantan sin cesar el himno de tu gloria’. Así podríamos recordar por ejemplo un texto bellísimo del Apocalipsis: ‘Oí después, en la visión, la voz de innumerables ángeles que estaban alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos; eran cientos y cientos, miles y miles, que decían con voz potente: Digno es el Cordero degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, el honor, la gloria y la alabanza’.
Pero hoy en nuestra celebración litúrgica hacemos memoria especial de los Ángeles Custodios. Como decimos en la oración litúrgica de esta fiesta, ‘en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles...’ Ahí lo estamos expresando. Los ángeles que Dios ha puesto a nuestro lado en el camino de la vida, que nos custodian, nos protegen, nos ayudan, nos traen las inspiraciones de lo alto del camino bueno que hemos de hacer, de lo malo de lo que tenemos que apartarnos. Por eso pedíamos ‘vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía... que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’.
De ello nos ha hablado la Palabra de Dios proclamada, aunque podrían ser también otros los textos que leyéramos.
En el libro del Éxodo, haciendo referencia a la protección del Señor a su pueblo mientras peregrina por el desierto camino de la tierra prometida, se dice: ‘Así dice el Señor: voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado... mi ángel irá por delante y te llevará...’
En ese sentido es hermoso también el salmo 90 que hemos recitado. ‘Ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en tus caminos... te librará de la red del cazador... te cubrirá con sus plumas... bajo sus alas te refugiarás... no temerás el espanto nocturno...’ De día y de noche el ángel del Señor está a nuestro lado. Las imágenes son bellas para expresar esa protección, esa ayuda, ese refugio que significa su presencia junto a nosotros.
Abramos los ojos de la fe para descubrir esa presencia del ángel del Señor a nuestro lado. Cuántas veces nos sentimos en peligro, pero nos vemos libres de él. cuántas veces sentimos en nuestro interior ese impulso a lo bueno, o ese algo que nos impide realizar lo malo. Veamos la presencia del ángel del Señor en nuestra vida; escuchemos esa inspiración que es gracia del Señor que nos protege.
Recuerdo, como una imagen gravada en mi retina, aquel cuadro que mi madre tenía en la cabecera de la cama – muchos iguales he visto en muchos lugares en mis visitas a las familias y a los enfermos – que representaba a un ángel que agarrándolo de la mano ayuda a un niño que tenía el peligro de caer por el abismo de un barranco o algo así. Escuchemos allá en nuestro interior la voz del ángel de la guarda que nos quiere prevenir contra lo malo. Ese ángel que está siempre viendo el rostro de Dios, ‘el rostro de mi Padre celestial’ como nos decía Jesús en el evangelio.
En la oración final pediremos al Señor que ‘a los que has alimentado con estos sacramentos que llevan a la vida eterna, dirígelos bajo la tutela de tus ángeles por los caminos de la salvación y de la paz’. Que con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales podamos cantar eternamente la alabanza del Señor en el cielo.
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miércoles, 1 de octubre de 2008
El que se hace pequeño como este niño...
Is. 66, 10-14
Sal. 130
Mt. 18, 1-4
Las palabras de Jesús van despertando la conciencia de los que le escuchan y eso hace que, en los interrogantes que se van produciendo en el corazón de cada uno de los que lo escucha o contemplan sus acciones, se acerquen a Jesús con preguntas sobre temas fundamentales sobre el Reino de Dios que Jesús está anunciando.
Hoy hemos contemplado que ‘los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?’ Pero de la misma manera podemos contemplar a otros que también se acercan a Jesús con sus cuestiones.
El joven rico, se acerca a preguntarle: ‘Maestro bueno, ¿qué es lo que hay que hacer para heredar la vida eterna?’
Y también recordamos cómo Nicodemo fue de noche a ver a Jesús. Había inquietud en su corazón. ‘Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él’. Y vendrán luego las preguntas ‘¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo?... ¿Cómo puede ser esto de nacer del Espíritu?’
Y Jesús va respondiendo a todos. A todos va aclarando las dudas que se van planteando. Y habla de nacer de nuevo por el agua y el Espíritu; y de hacerse niño y pequeño; y de ser capaz de acoger a todos y acoger, entonces, también a un niño; y habla de ser fiel y dejarse guiar por Dios para darlo todo por El. Nos está enseñando Jesús a apoyarnos en Dios, como un niño que se apoya y recuesta en el regazo de una madre, porque es allí donde encuentra la verdadera seguridad.
Hacerse niño, nos viene a decir Jesús hoy. ‘El llamó a un niño, lo puso en medio, y dijo: Os digo que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos’. Volver a nacer, que le había dicho a Nicodemo. Hacerse niño que es la respuesta que le da a los discípulos.
Hacerse niño es, entre otras cosas, dejarse conducir; hacerse pequeño y dejarse llevar de la mano; querer aprender y dejarse enseñar; no se cree sabio y entendido, sino siempre tiene los ojos abiertos y el corazón para aprender y para asimilar; ser sencillo y humilde para no dejar meter en el corazón el orgullo de que soy grande y nadie me tiene que decir ni enseñar; amar y dejarse amar. Un niño se fía y se confía. Un niño da cariño y se hace querer.
Dios ha preparado su Reino para los humildes y los sencillos, y los humildes y los sencillos podrán poseer el Reino de Dios. Recordemos las bienaventuranzas. Los pobres, los mansos, los humildes poseerán y verán a Dios. Recordemos cómo Jesús bendice y da gracias al Padre del cielo ‘porque ha revelado estas cosas a los pequeños y los sencillos y las ha ocultado a los sabios y entendidos’. Recordemos también el cántico de María. Los que se ponen al nivel de los pequeños son los que entenderán los valores del Reino de Dios y podrán vivirlos.
Estamos celebrando a santa Teresa del Niño Jesús: santa Teresita, como le decimos todos. La de la espiritualidad de la infancia espiritual. La que era pequeña aunque su corazón fuera grande porque su tarea era la del amor, como llegó a descubrir que Dios le pedía. Se dejó conducir por el Espíritu y alcanzó la senda de la santidad. Henchida de Dios fue capaz de poner a todo el mundo en su corazón, y con su humildad, sus sacrificios, su oración, el ofrecimiento de su vida y de su enfermedad, sin salir del convento, fue misionera por todo el mundo, de manera que la Iglesia la reconoce como Patrona de las misiones, junto a aquel otro gran misionero que recorrió el mundo conocido de entonces para llegar hasta el Japón.
Que así vivamos nuestro seguimiento de Jesús. No nos importe ser pequeños, humildes, quizá pasemos desapercibidos, pero en nuestro amor podemos realizar cosas grandes si de verdad nos llenamos de Dios. Como María, la humilde esclava del Señor, pero el Señor se había fijado en la pequeñez de su esclava, como cantaría en el Magnificat.
Sal. 130
Mt. 18, 1-4
Las palabras de Jesús van despertando la conciencia de los que le escuchan y eso hace que, en los interrogantes que se van produciendo en el corazón de cada uno de los que lo escucha o contemplan sus acciones, se acerquen a Jesús con preguntas sobre temas fundamentales sobre el Reino de Dios que Jesús está anunciando.
Hoy hemos contemplado que ‘los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?’ Pero de la misma manera podemos contemplar a otros que también se acercan a Jesús con sus cuestiones.
El joven rico, se acerca a preguntarle: ‘Maestro bueno, ¿qué es lo que hay que hacer para heredar la vida eterna?’
Y también recordamos cómo Nicodemo fue de noche a ver a Jesús. Había inquietud en su corazón. ‘Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él’. Y vendrán luego las preguntas ‘¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo?... ¿Cómo puede ser esto de nacer del Espíritu?’
Y Jesús va respondiendo a todos. A todos va aclarando las dudas que se van planteando. Y habla de nacer de nuevo por el agua y el Espíritu; y de hacerse niño y pequeño; y de ser capaz de acoger a todos y acoger, entonces, también a un niño; y habla de ser fiel y dejarse guiar por Dios para darlo todo por El. Nos está enseñando Jesús a apoyarnos en Dios, como un niño que se apoya y recuesta en el regazo de una madre, porque es allí donde encuentra la verdadera seguridad.
Hacerse niño, nos viene a decir Jesús hoy. ‘El llamó a un niño, lo puso en medio, y dijo: Os digo que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos’. Volver a nacer, que le había dicho a Nicodemo. Hacerse niño que es la respuesta que le da a los discípulos.
Hacerse niño es, entre otras cosas, dejarse conducir; hacerse pequeño y dejarse llevar de la mano; querer aprender y dejarse enseñar; no se cree sabio y entendido, sino siempre tiene los ojos abiertos y el corazón para aprender y para asimilar; ser sencillo y humilde para no dejar meter en el corazón el orgullo de que soy grande y nadie me tiene que decir ni enseñar; amar y dejarse amar. Un niño se fía y se confía. Un niño da cariño y se hace querer.
Dios ha preparado su Reino para los humildes y los sencillos, y los humildes y los sencillos podrán poseer el Reino de Dios. Recordemos las bienaventuranzas. Los pobres, los mansos, los humildes poseerán y verán a Dios. Recordemos cómo Jesús bendice y da gracias al Padre del cielo ‘porque ha revelado estas cosas a los pequeños y los sencillos y las ha ocultado a los sabios y entendidos’. Recordemos también el cántico de María. Los que se ponen al nivel de los pequeños son los que entenderán los valores del Reino de Dios y podrán vivirlos.
Estamos celebrando a santa Teresa del Niño Jesús: santa Teresita, como le decimos todos. La de la espiritualidad de la infancia espiritual. La que era pequeña aunque su corazón fuera grande porque su tarea era la del amor, como llegó a descubrir que Dios le pedía. Se dejó conducir por el Espíritu y alcanzó la senda de la santidad. Henchida de Dios fue capaz de poner a todo el mundo en su corazón, y con su humildad, sus sacrificios, su oración, el ofrecimiento de su vida y de su enfermedad, sin salir del convento, fue misionera por todo el mundo, de manera que la Iglesia la reconoce como Patrona de las misiones, junto a aquel otro gran misionero que recorrió el mundo conocido de entonces para llegar hasta el Japón.
Que así vivamos nuestro seguimiento de Jesús. No nos importe ser pequeños, humildes, quizá pasemos desapercibidos, pero en nuestro amor podemos realizar cosas grandes si de verdad nos llenamos de Dios. Como María, la humilde esclava del Señor, pero el Señor se había fijado en la pequeñez de su esclava, como cantaría en el Magnificat.
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martes, 30 de septiembre de 2008
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir?
Job, 3, 1-3.11-17.20-23
Sal. 87
Lc. 9, 51-56
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir? Muchas cosas nos hacen sufrir, ya sean nuestras propias debilidades o enfermedades, y sean tantas limitaciones a las que nos vemos sometidos, o ya sea también en el sufrimiento que tengamos causado por los otros, porque nos hagan daño, nos contradigan en nuestros deseos, o por tantas otras cosas que surgen en nuestra relación con los otros. La vida no siempre es un camino de rosas y, aunque así fuera, esas rosas también tienen espinas que en determinados momentos nos pudieran herir.
La Palabra de Dios, el Evangelio, ilumina todas las situaciones de nuestra vida. Desde el Evangelio tendremos que saber encontrar esas actitudes nuevas con las que nos enfrentemos a esas situaciones y es escuela que nos enseña para nuestro actuar. Por eso, el creyente cristiano, el que cree en Cristo, tiene que saber leer la Palabra de Dios en esas situaciones de nuestra vida y dejar que nos ilumine y nos dé pautas para nuestro actuar.
La Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado nos presenta dos situaciones en este sentido y quiere ser esa luz para nuestra vida. Ayer comenzamos a leer el libro de Job, uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento (aunque ayer no lo tuvimos en la realidad, porque en la liturgia prevalecía la celebración de los Santos Arcángeles que tenía sus lecturas propias). Todos conocemos la situación de justo Job, proverbial en su paciencia y en su camino desde el dolor y el sufrimiento para encontrar en Dios esa respuesta que necesitaba en su situación.
Desposeído de sus hijos y de todas sus posesiones – es la prueba a la que quiere someterle el diablo, permitiéndolo Dios, para ver hasta donde llegaba su fidelidad al Señor – su reacción es la del hombre creyente que se somete a la voluntad de Dios. sus primeras palabras tras tanta desgracia que le sumía además en cruel enfermedad, fueron: ‘Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y concluye el texto sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’.
Pero la situación se prolonga y se hace difícil. Hoy escuchamos el grito desesperanzado de Job que hubiera preferido no haber nacido. ‘¡Muera el día en que nací, la noche que dijo: se ha concebido un varón!... ¿Por qué dio a luz a un desgraciado y vida al que la pasa en amargura..?’ Es el llanto del que se ve en un callejón sin salida en medio de tinieblas. Seguiremos en los próximos días con el texto de Job e iremos escuchando las distintas respuestas que se le van dando con buena voluntad por parte de los amigos que le visitan. Al final vendrá la respuesta del Señor. Hoy sólo queda la súplica que expresamos en el salmo responsorial. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica... de noche grito en tu presencia... mi vida está al borde del abismo... tengo mi cama entre los muertos...’
Por su parte en el evangelio vemos otra situación, en este caso ya no producida por la enfermedad. Jesús sube Jerusalén, lo hace consciente de lo que significa esa subida porque es la subida a su Pascua, y lo hace atravesando Samaría, que no es el camino habitual en el que los galileos que se dirigen a Jerusalén utilizan.
Envía a sus discípulos a buscar alojamiento en una de aquellas aldeas, pero son rechazados ‘porque se dirigía a Jerusalén’. Ante el desaire allá están los dos hijos del Zebedeo, los hijos del trueno como los llama Jesús deseando que bajara fuego del cielo contra aquellas gentes que los han rechazado. ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’ Es la reacción de la violencia y de la venganza. Pero Jesús los regaña. ‘No sabéis de qué espíritu sois’.
No es ese el estilo de Jesús. El no ha venido para condenar, sino para salvar. En su corazón estará siempre la misericordia y el perdón. En una situación así – cuántas veces nos sentimos impulsados también a reacciones de violencia y de venganza cuando nos contradicen o las cosas no nos gustan – mejor es irse a otro lado. ‘Se marcharon a otra aldea’, dice el evangelista. La humildad y la mansedumbre son las actitudes que Jesús nos enseña. Es el mejor camino que nos conduce al amor y al perdón.
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tenemos que sufrir? Nos preguntábamos al principio. Miremos, pues, cuales son las actitudes de Jesús. Dejémonos enseñar por Jesús.
Sal. 87
Lc. 9, 51-56
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir? Muchas cosas nos hacen sufrir, ya sean nuestras propias debilidades o enfermedades, y sean tantas limitaciones a las que nos vemos sometidos, o ya sea también en el sufrimiento que tengamos causado por los otros, porque nos hagan daño, nos contradigan en nuestros deseos, o por tantas otras cosas que surgen en nuestra relación con los otros. La vida no siempre es un camino de rosas y, aunque así fuera, esas rosas también tienen espinas que en determinados momentos nos pudieran herir.
La Palabra de Dios, el Evangelio, ilumina todas las situaciones de nuestra vida. Desde el Evangelio tendremos que saber encontrar esas actitudes nuevas con las que nos enfrentemos a esas situaciones y es escuela que nos enseña para nuestro actuar. Por eso, el creyente cristiano, el que cree en Cristo, tiene que saber leer la Palabra de Dios en esas situaciones de nuestra vida y dejar que nos ilumine y nos dé pautas para nuestro actuar.
La Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado nos presenta dos situaciones en este sentido y quiere ser esa luz para nuestra vida. Ayer comenzamos a leer el libro de Job, uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento (aunque ayer no lo tuvimos en la realidad, porque en la liturgia prevalecía la celebración de los Santos Arcángeles que tenía sus lecturas propias). Todos conocemos la situación de justo Job, proverbial en su paciencia y en su camino desde el dolor y el sufrimiento para encontrar en Dios esa respuesta que necesitaba en su situación.
Desposeído de sus hijos y de todas sus posesiones – es la prueba a la que quiere someterle el diablo, permitiéndolo Dios, para ver hasta donde llegaba su fidelidad al Señor – su reacción es la del hombre creyente que se somete a la voluntad de Dios. sus primeras palabras tras tanta desgracia que le sumía además en cruel enfermedad, fueron: ‘Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y concluye el texto sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’.
Pero la situación se prolonga y se hace difícil. Hoy escuchamos el grito desesperanzado de Job que hubiera preferido no haber nacido. ‘¡Muera el día en que nací, la noche que dijo: se ha concebido un varón!... ¿Por qué dio a luz a un desgraciado y vida al que la pasa en amargura..?’ Es el llanto del que se ve en un callejón sin salida en medio de tinieblas. Seguiremos en los próximos días con el texto de Job e iremos escuchando las distintas respuestas que se le van dando con buena voluntad por parte de los amigos que le visitan. Al final vendrá la respuesta del Señor. Hoy sólo queda la súplica que expresamos en el salmo responsorial. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica... de noche grito en tu presencia... mi vida está al borde del abismo... tengo mi cama entre los muertos...’
Por su parte en el evangelio vemos otra situación, en este caso ya no producida por la enfermedad. Jesús sube Jerusalén, lo hace consciente de lo que significa esa subida porque es la subida a su Pascua, y lo hace atravesando Samaría, que no es el camino habitual en el que los galileos que se dirigen a Jerusalén utilizan.
Envía a sus discípulos a buscar alojamiento en una de aquellas aldeas, pero son rechazados ‘porque se dirigía a Jerusalén’. Ante el desaire allá están los dos hijos del Zebedeo, los hijos del trueno como los llama Jesús deseando que bajara fuego del cielo contra aquellas gentes que los han rechazado. ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’ Es la reacción de la violencia y de la venganza. Pero Jesús los regaña. ‘No sabéis de qué espíritu sois’.
No es ese el estilo de Jesús. El no ha venido para condenar, sino para salvar. En su corazón estará siempre la misericordia y el perdón. En una situación así – cuántas veces nos sentimos impulsados también a reacciones de violencia y de venganza cuando nos contradicen o las cosas no nos gustan – mejor es irse a otro lado. ‘Se marcharon a otra aldea’, dice el evangelista. La humildad y la mansedumbre son las actitudes que Jesús nos enseña. Es el mejor camino que nos conduce al amor y al perdón.
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tenemos que sufrir? Nos preguntábamos al principio. Miremos, pues, cuales son las actitudes de Jesús. Dejémonos enseñar por Jesús.
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lunes, 29 de septiembre de 2008
Bendecid al Señor, santos arcángeles, poderosos ejecutores de la obra de Dios
Apoc. 12, 7-12
Sal. 137
Jn. 1, 47-51
‘Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra’, así comienza la liturgia de este día invitándonos a unirnos a la alabanza que los ángeles en cielo cantan a su Creador. Hoy es el día de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael. Arcángeles santos que tuvieron especial misión en la historia de nuestra salvación y que nos aparecen reflejados en la Biblia, en distintos textos, ya sea del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento.
Su nombre indica su misión y su función. Miguel, ‘¿quién como Dios?’, es el grito en el cielo como nos describe el Apocalipsis y también el libro, también con un sentido apocalíptico, del profeta Daniel. ‘Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón... la serpiente primordial que se llama diablo y Satanás...’ que nos dice el Apocalipsis. De ‘tiempos difíciles’, nos habla la profecía de Daniel en la intervención del arcángel san Miguel.
Gabriel, ‘fortaleza de Dios’ que es el significado que le dan algunos Padres de la Iglesia, mensajero divino que trae celestiales mensajes que anuncian la salvación que llega o que nos ayudan a comprender el misterio de Dios revelado. Es el arcángel que se aparece a Zacarías en el templo que anuncia el nacimiento del Precursor del Mesías. ‘Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia’.
Es el arcángel que viene a anunciar a María el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas. ‘Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María...’ Muchas veces hemos escuchado y meditado este texto de la Anunciación y así hemos contemplador al mensajero divino que era portador de tal Buena Noticia de Salvación para todos los hombres.
Rafael, ‘medicina de Dios’, es el ángel que acompaña al joven Tobías y le hace encontrar la medicina para curar la ceguera del anciano Tobit. ‘El Dios de la gloria escuchó al mismo tiempo las plegarias de ambos, y envió a Rafael para curar a los dos: a quitar las manchas blancas de los ojos de Tobit, para que pudiera ver con sus ojos la luz de Dios; y a entregar como esposa a Sara, hija de Ragüel, a Tobías, el hijo de Tobit... yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que asisten al Señor y pueden contemplar tu gloria’.
En la obra y la misión de estos santos Arcángeles que hoy celebramos podemos ver reflejado lo que es la misión que los ángeles realizan en nuestra propia vida y en la acción de la Iglesia. Dentro de unos días celebraremos los ángeles custodios y abundaremos más en ello, pero válganos ahora esta reflexión que nos hacemos de los arcángeles para descubrir cómo a través de ellos se hace presente Dios en nuestra vida y nos llena de su gracia y protección.
Que sintamos así la fortaleza de Dios en nosotros en nuestra lucha contra el mal, sabiendo que no nos faltará la gracia de Señor para resistir y vencer en las tentaciones. Sintamos su presencia que nos guía y nos acompaña en nuestro caminar en la fe. Que por la protección de los santos arcángeles se nos abran los ojos para descubrir y conocer los misterios de Dios, para descubrir cuáles son los planes de Dios para nuestra vida. Mensajeros de Dios impulsan nuestro corazón, mueven nuestro espíritu en esa búsqueda de lo que es siempre y en todo la voluntad de Dios.
Que así la Iglesia sienta su protección en lucha contra el mal, en el anuncio del Evangelio de Jesús, buena nueva de salvación para todos los hombres, y en ese caminar por los caminos de este mundo siempre buscando la paz, siempre tratando de llevar a Dios a todos los hombres.
Sal. 137
Jn. 1, 47-51
‘Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra’, así comienza la liturgia de este día invitándonos a unirnos a la alabanza que los ángeles en cielo cantan a su Creador. Hoy es el día de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael. Arcángeles santos que tuvieron especial misión en la historia de nuestra salvación y que nos aparecen reflejados en la Biblia, en distintos textos, ya sea del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento.
Su nombre indica su misión y su función. Miguel, ‘¿quién como Dios?’, es el grito en el cielo como nos describe el Apocalipsis y también el libro, también con un sentido apocalíptico, del profeta Daniel. ‘Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón... la serpiente primordial que se llama diablo y Satanás...’ que nos dice el Apocalipsis. De ‘tiempos difíciles’, nos habla la profecía de Daniel en la intervención del arcángel san Miguel.
Gabriel, ‘fortaleza de Dios’ que es el significado que le dan algunos Padres de la Iglesia, mensajero divino que trae celestiales mensajes que anuncian la salvación que llega o que nos ayudan a comprender el misterio de Dios revelado. Es el arcángel que se aparece a Zacarías en el templo que anuncia el nacimiento del Precursor del Mesías. ‘Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia’.
Es el arcángel que viene a anunciar a María el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas. ‘Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María...’ Muchas veces hemos escuchado y meditado este texto de la Anunciación y así hemos contemplador al mensajero divino que era portador de tal Buena Noticia de Salvación para todos los hombres.
Rafael, ‘medicina de Dios’, es el ángel que acompaña al joven Tobías y le hace encontrar la medicina para curar la ceguera del anciano Tobit. ‘El Dios de la gloria escuchó al mismo tiempo las plegarias de ambos, y envió a Rafael para curar a los dos: a quitar las manchas blancas de los ojos de Tobit, para que pudiera ver con sus ojos la luz de Dios; y a entregar como esposa a Sara, hija de Ragüel, a Tobías, el hijo de Tobit... yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que asisten al Señor y pueden contemplar tu gloria’.
En la obra y la misión de estos santos Arcángeles que hoy celebramos podemos ver reflejado lo que es la misión que los ángeles realizan en nuestra propia vida y en la acción de la Iglesia. Dentro de unos días celebraremos los ángeles custodios y abundaremos más en ello, pero válganos ahora esta reflexión que nos hacemos de los arcángeles para descubrir cómo a través de ellos se hace presente Dios en nuestra vida y nos llena de su gracia y protección.
Que sintamos así la fortaleza de Dios en nosotros en nuestra lucha contra el mal, sabiendo que no nos faltará la gracia de Señor para resistir y vencer en las tentaciones. Sintamos su presencia que nos guía y nos acompaña en nuestro caminar en la fe. Que por la protección de los santos arcángeles se nos abran los ojos para descubrir y conocer los misterios de Dios, para descubrir cuáles son los planes de Dios para nuestra vida. Mensajeros de Dios impulsan nuestro corazón, mueven nuestro espíritu en esa búsqueda de lo que es siempre y en todo la voluntad de Dios.
Que así la Iglesia sienta su protección en lucha contra el mal, en el anuncio del Evangelio de Jesús, buena nueva de salvación para todos los hombres, y en ese caminar por los caminos de este mundo siempre buscando la paz, siempre tratando de llevar a Dios a todos los hombres.
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domingo, 28 de septiembre de 2008
Ciertamente vivirá y no morirá...
Ez. 18, 25-28; Sal. 24; Filipenses, 2, 1-11; Mt. 21, 28-32
El evangelio, la Buena Nueva de la Palabra de Dios, siempre tiene que hacernos recapacitar para, por una parte, descubrir las actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón y, fundamentalmente, para descubrir lo que es el amor misericordioso que Dios nos tiene. Creo que si lo descubrimos y experimentamos en la vida normalmente tiene que provocar en nosotros ese cambio del corazón. Eso además ya nos está señalando cuál es la actitud que tiene que haber en nosotros ante la Palabra de Dios que se nos proclama.
¿En qué hemos de fijarnos primero? La mirada más profunda es al corazón de Dios. ¡Qué distinto a nuestro corazón! ¡Qué dulce es el corazón de Dios y qué duro se vuelve tantas veces nuestro corazón!
Creo que un mensaje muy importante de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado y que nosotros hemos escuchado es ver cómo Dios siempre cree en la persona y espera ese cambio que en nosotros se va a producir. El amor de Dios es paciente. Porque el Señor quiere la vida y no la muerte del pecador. Ya nos lo decía el profeta. ‘Cuando el que hace mal se convierte de la maldad que hizo, de los delitos cometidos y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida, ciertamente vivirá y no morirá’.
¡Cómo tendríamos que aprender para nuestras relaciones con los demás! Tantas veces que somos duros y desconfiados y cómo nos volvemos inmisericordes con los otros. Hemos de reconocer que tenemos desgraciadamente una doble tabla de medir, ya sea para nosotros o ya sea para los demás. Con nosotros condescendientes y siempre buscando una disculpa para el mal que hacemos, a los otros no le pasamos nada. No es ese el actuar del Señor.
Si tuviéramos la humildad, y me atrevo a decir la madurez, de reconocer lo que somos y lo que hacemos, seguro que seríamos más comprensivos con los demás, tendríamos siempre esa palabra de ánimo y de confianza en el otro para ser capaces de mostrar la delicadeza de nuestro amor. San Pablo nos decía hoy que ‘tengamos entre nosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús’.
Y nos traza el apóstol todo un itinerario, que casi tendríamos que aprendernos de memoria. ‘Si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas... manteneos unánimes y concordes en un mismo amor y un mismo sentir... dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás... buscad siempre el interés de los demás y no os encerréis en vuestros intereses’, no os encerréis en vosotros mismos.
Y nos pone como modelo a Cristo Jesús. La humildad de Jesús fue la puerta de nuestra salvación. Quería nuestra salvación y se entregó. Buscaba nuestra vida y no temió morir El. Se hizo en todo semejante a nosotros. Se abajó pasando por uno de tantos..., se rebajó hasta someterse a la muerte... no hizo alarde de su categoría de Dios, pero es el Señor. Dios está siempre dispuesto a ofrecer la amnistía, el perdón total, porque lo que quiere es la vida para nosotros.
Es lo que tenemos que saber imitar de Jesús en nuestra vida. Sentimientos propios de Cristo Jesús, que nos dice el apóstol. Eso significa esas actitudes nuevas que he de tener hacia los demás. Humildad, comprensión, amor. La humildad posibilita el encuentro, facilita la relación, abre los caminos del amor, crea cauces de comunión entre los que comenzamos a sentirnos hermanos.
Humildad que no es servilismo, pero que sí es capacidad de servicio. Humildad, como la de Cristo, que me hace mirar con una mirada distinta al otro, porque ya no será una mirada desde la prepotencia y desde el orgullo, sino la mirada del hermano que camina junto al hermano. Humildad que me lleva a la aceptación del otro; nunca a juzgar ni a condenar sino siempre a creer, entonces, y a esperar que también el otro puede cambiar. ¡Qué distinto será entonces nuestro corazón!
En la parábola del evangelio Jesús resalta precisamente eso. Aquel hijo que dijo en principio que no iría a la viña como le señalaba el padre, recapacitó y luego fue. Y Jesús resalta ante los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo que le escuchaban y que tan dados eran a juzgar y a condenar. ‘Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios...’ Habrán sido pecadores, viene a decirles Jesús, pero cambiaron su vida, escucharon la llamada e invitación a la conversión. Como decía el profeta ‘si recapacita y se convierte de los pecados cometidos, ciertamente vivirá y no morirá’.
Así es el corazón de Dios. Así tiene que ser también nuestro corazón.
El evangelio, la Buena Nueva de la Palabra de Dios, siempre tiene que hacernos recapacitar para, por una parte, descubrir las actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón y, fundamentalmente, para descubrir lo que es el amor misericordioso que Dios nos tiene. Creo que si lo descubrimos y experimentamos en la vida normalmente tiene que provocar en nosotros ese cambio del corazón. Eso además ya nos está señalando cuál es la actitud que tiene que haber en nosotros ante la Palabra de Dios que se nos proclama.
¿En qué hemos de fijarnos primero? La mirada más profunda es al corazón de Dios. ¡Qué distinto a nuestro corazón! ¡Qué dulce es el corazón de Dios y qué duro se vuelve tantas veces nuestro corazón!
Creo que un mensaje muy importante de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado y que nosotros hemos escuchado es ver cómo Dios siempre cree en la persona y espera ese cambio que en nosotros se va a producir. El amor de Dios es paciente. Porque el Señor quiere la vida y no la muerte del pecador. Ya nos lo decía el profeta. ‘Cuando el que hace mal se convierte de la maldad que hizo, de los delitos cometidos y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida, ciertamente vivirá y no morirá’.
¡Cómo tendríamos que aprender para nuestras relaciones con los demás! Tantas veces que somos duros y desconfiados y cómo nos volvemos inmisericordes con los otros. Hemos de reconocer que tenemos desgraciadamente una doble tabla de medir, ya sea para nosotros o ya sea para los demás. Con nosotros condescendientes y siempre buscando una disculpa para el mal que hacemos, a los otros no le pasamos nada. No es ese el actuar del Señor.
Si tuviéramos la humildad, y me atrevo a decir la madurez, de reconocer lo que somos y lo que hacemos, seguro que seríamos más comprensivos con los demás, tendríamos siempre esa palabra de ánimo y de confianza en el otro para ser capaces de mostrar la delicadeza de nuestro amor. San Pablo nos decía hoy que ‘tengamos entre nosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús’.
Y nos traza el apóstol todo un itinerario, que casi tendríamos que aprendernos de memoria. ‘Si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas... manteneos unánimes y concordes en un mismo amor y un mismo sentir... dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás... buscad siempre el interés de los demás y no os encerréis en vuestros intereses’, no os encerréis en vosotros mismos.
Y nos pone como modelo a Cristo Jesús. La humildad de Jesús fue la puerta de nuestra salvación. Quería nuestra salvación y se entregó. Buscaba nuestra vida y no temió morir El. Se hizo en todo semejante a nosotros. Se abajó pasando por uno de tantos..., se rebajó hasta someterse a la muerte... no hizo alarde de su categoría de Dios, pero es el Señor. Dios está siempre dispuesto a ofrecer la amnistía, el perdón total, porque lo que quiere es la vida para nosotros.
Es lo que tenemos que saber imitar de Jesús en nuestra vida. Sentimientos propios de Cristo Jesús, que nos dice el apóstol. Eso significa esas actitudes nuevas que he de tener hacia los demás. Humildad, comprensión, amor. La humildad posibilita el encuentro, facilita la relación, abre los caminos del amor, crea cauces de comunión entre los que comenzamos a sentirnos hermanos.
Humildad que no es servilismo, pero que sí es capacidad de servicio. Humildad, como la de Cristo, que me hace mirar con una mirada distinta al otro, porque ya no será una mirada desde la prepotencia y desde el orgullo, sino la mirada del hermano que camina junto al hermano. Humildad que me lleva a la aceptación del otro; nunca a juzgar ni a condenar sino siempre a creer, entonces, y a esperar que también el otro puede cambiar. ¡Qué distinto será entonces nuestro corazón!
En la parábola del evangelio Jesús resalta precisamente eso. Aquel hijo que dijo en principio que no iría a la viña como le señalaba el padre, recapacitó y luego fue. Y Jesús resalta ante los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo que le escuchaban y que tan dados eran a juzgar y a condenar. ‘Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios...’ Habrán sido pecadores, viene a decirles Jesús, pero cambiaron su vida, escucharon la llamada e invitación a la conversión. Como decía el profeta ‘si recapacita y se convierte de los pecados cometidos, ciertamente vivirá y no morirá’.
Así es el corazón de Dios. Así tiene que ser también nuestro corazón.
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sábado, 27 de septiembre de 2008
Les resultaba duro este lenguaje
Eclesiastés, 11, 9 – 12, 8
Sal. 89
Lc. 9, 44-45
Ya Jesús había hecho un primer anuncio. Recordamos lo que escuchábamos ayer de que era el primer anuncio de la pasión, muerte y resurrección que nos recogía el evangelio de san Lucas. ‘El Hijo el Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Los discípulos que habían subido con Jesús al Tabor ahora bajaban entusiasmados aunque no podían decir nada a nadie hasta después de la resurrección de Jesús. Cosa que no terminaban de entender, eso de la resurrección de los muertos.
Y al llegar a la llanura se habían encontrado con aquel padre que traía a un hijo dominado por el mal, un epiléptico seguramente, y al que Jesús había curado. Surgió una admiración general entre las gentes por los milagros que Jesús hacía.
Ahora les habla de nuevo de entrega hasta la muerte insistiéndoles Jesús para que lo entiendan. ‘Entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres’.
Pero a los discípulos les costaba entender. Será algo que se repite muchas veces cada vez que Jesús habla de pasión y de muerte. Recordemos a Pedro cómo trataba de quitarle esa idea de la cabeza a Jesús diciéndoles que eso no le podía pasar, que él no lo permitiría. ‘Ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no cogían el sentido’.
Cómo cuesta quitar de la cabeza una idea cuando se nos metido fijamente. Tenemos una idea, pensamos que las cosas tienen que ser así, y cambiar el planteamiento nos resulta bien difícil. Les pasaba a ellos, como sigue pasando hoy, sucede a nuestro alrededor y en muchas cosas nos puede suceder a nosotros.
Una entrega de esa manera, hasta el final, que puede llevar incluso a la muerte, si fuera preciso, es cosa que no se entiende hoy. Relativizamos tanto las cosas que nos parece que no pueden haber principios inmutables, compromisos que puedan implicarnos tanto que nos hagan gastar la vida totalmente hasta llegar incluso a la muerte. La palabra dada o el compromiso radical mucha gente no lo entiende. Nos comprometemos, sí, mientras me sea posible o no me cause demasiados problemas. Cambiamos de idea como se cambia de camisa uno todos los días.
Cuántas veces escuchamos, es que la Iglesia tiene que cambiar, tiene que ponerse al día, en eso del matrimonio indisoluble, ese sentido de la vida inviolable, eso del aborto o de la eutanasia, porque claro surgen otros problemas, y así no se cuántas cosas. El que una persona pueda entregar su vida a un compromiso total y radical de su vida hasta la muerte, es algo que cuesta entender. No se entiende un sacerdocio para toda una vida, no se entiende cómo un joven en un momento determinado deje sus cosas, su futuro que parece inmejorable en tantas perspectivas que tiene, para consagrarse en la vida religiosa o en el sacerdocio. Y así tantas cosas.
Seguimos sin entender el sentido del dolor y de la muerte. Es un interrogante que se produce en nosotros cuando nos llega la enfermedad en nosotros mismos o en los que están cercanos a nosotros, que nos hace daño, y es preferible no pensar en ello. Lo del avestruz que esconde la cabeza bajo el ala, para no ver a los que lo están persiguiendo. Escondemos la cabeza bajo el ala, no queremos pensar para no enterarnos o para que no nos hagan daño esas cosas por dentro.
Es necesario saberle dar un sentido al dolor y a la muerte, para que no se convierta para nosotros simplemente en una desgracia. Contemplarlo como una ofrenda o como una purificación de nuestra vida; verlo como un camino de santificación.
¿Quiere Dios el dolor y la muerte? Es una pregunta que nos hacemos. No te doy otra respuesta sino que mires a Cristo. Dios que sufre con nuestro dolor y que muere con nuestra muerte. Se hizo en todo semejante a nosotros, asumió totalmente nuestra condición humana pasando también por nuestro sufrimiento y por nuestra muerte. Pero lo contemplamos como el Señor, ante cuyo nombre hemos de doblar nuestra rodilla, ante el que toda lengua ha de proclamar, Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Sal. 89
Lc. 9, 44-45
Ya Jesús había hecho un primer anuncio. Recordamos lo que escuchábamos ayer de que era el primer anuncio de la pasión, muerte y resurrección que nos recogía el evangelio de san Lucas. ‘El Hijo el Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Los discípulos que habían subido con Jesús al Tabor ahora bajaban entusiasmados aunque no podían decir nada a nadie hasta después de la resurrección de Jesús. Cosa que no terminaban de entender, eso de la resurrección de los muertos.
Y al llegar a la llanura se habían encontrado con aquel padre que traía a un hijo dominado por el mal, un epiléptico seguramente, y al que Jesús había curado. Surgió una admiración general entre las gentes por los milagros que Jesús hacía.
Ahora les habla de nuevo de entrega hasta la muerte insistiéndoles Jesús para que lo entiendan. ‘Entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres’.
Pero a los discípulos les costaba entender. Será algo que se repite muchas veces cada vez que Jesús habla de pasión y de muerte. Recordemos a Pedro cómo trataba de quitarle esa idea de la cabeza a Jesús diciéndoles que eso no le podía pasar, que él no lo permitiría. ‘Ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no cogían el sentido’.
Cómo cuesta quitar de la cabeza una idea cuando se nos metido fijamente. Tenemos una idea, pensamos que las cosas tienen que ser así, y cambiar el planteamiento nos resulta bien difícil. Les pasaba a ellos, como sigue pasando hoy, sucede a nuestro alrededor y en muchas cosas nos puede suceder a nosotros.
Una entrega de esa manera, hasta el final, que puede llevar incluso a la muerte, si fuera preciso, es cosa que no se entiende hoy. Relativizamos tanto las cosas que nos parece que no pueden haber principios inmutables, compromisos que puedan implicarnos tanto que nos hagan gastar la vida totalmente hasta llegar incluso a la muerte. La palabra dada o el compromiso radical mucha gente no lo entiende. Nos comprometemos, sí, mientras me sea posible o no me cause demasiados problemas. Cambiamos de idea como se cambia de camisa uno todos los días.
Cuántas veces escuchamos, es que la Iglesia tiene que cambiar, tiene que ponerse al día, en eso del matrimonio indisoluble, ese sentido de la vida inviolable, eso del aborto o de la eutanasia, porque claro surgen otros problemas, y así no se cuántas cosas. El que una persona pueda entregar su vida a un compromiso total y radical de su vida hasta la muerte, es algo que cuesta entender. No se entiende un sacerdocio para toda una vida, no se entiende cómo un joven en un momento determinado deje sus cosas, su futuro que parece inmejorable en tantas perspectivas que tiene, para consagrarse en la vida religiosa o en el sacerdocio. Y así tantas cosas.
Seguimos sin entender el sentido del dolor y de la muerte. Es un interrogante que se produce en nosotros cuando nos llega la enfermedad en nosotros mismos o en los que están cercanos a nosotros, que nos hace daño, y es preferible no pensar en ello. Lo del avestruz que esconde la cabeza bajo el ala, para no ver a los que lo están persiguiendo. Escondemos la cabeza bajo el ala, no queremos pensar para no enterarnos o para que no nos hagan daño esas cosas por dentro.
Es necesario saberle dar un sentido al dolor y a la muerte, para que no se convierta para nosotros simplemente en una desgracia. Contemplarlo como una ofrenda o como una purificación de nuestra vida; verlo como un camino de santificación.
¿Quiere Dios el dolor y la muerte? Es una pregunta que nos hacemos. No te doy otra respuesta sino que mires a Cristo. Dios que sufre con nuestro dolor y que muere con nuestra muerte. Se hizo en todo semejante a nosotros, asumió totalmente nuestra condición humana pasando también por nuestro sufrimiento y por nuestra muerte. Pero lo contemplamos como el Señor, ante cuyo nombre hemos de doblar nuestra rodilla, ante el que toda lengua ha de proclamar, Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre.
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viernes, 26 de septiembre de 2008
Una mirada de fe para descubrir el Misterio de Cristo, el Mesías de Dios
Eclesiastés, 3, 1-11
Sal. 143
Lc. 9, 18-22
Si ayer hablábamos del desconcierto de Herodes y de las gentes sobre la identidad de Jesús, es el mismo Jesús el que les pregunta a los discípulos sobre lo que piensa la gente y lo que piensan ellos de su identidad.
‘Una vez que estaba Jesús orando solo, en presencia de sus discípulos les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta de los discípulos acerca de lo que pensaba la gente es semejante a lo que ayer nos reflejaba el evangelio. La respuesta de Pedro, según nos lo narra san Lucas, es más concisa de lo que nos contaba san Mateo, aunque vienen a decir lo mismo. ‘El Mesías de Dios’.
Hay una mirada distinta de la gente y de aquellos discípulos que estaban más cerca de Jesús. ¿Con qué mirada hemos de acercanos a Jesús? ¿Cómo podremos realmente conocerle?
Una mirada exclusivamente humana nos lo puede hacer ver desde un hombre maravilloso, pero solo un hombre, a alguien que está dotado de poderes especiales, puesto que cura enfermos, limpia leprosos o resucita a los muertos. Una mirada de fe más profunda puede llegar a vislumbrar detrás de todas esas obras la acción de Dios.
La respuesta de Pedro exige una mirada más honda, una mirada de fe. En el relato de san Mateo se nos dirá en palabras de Jesús que eso no lo ha aprendido Pedro por si mismo, de carne y sangre, sino que le ha sido revelado por el Padre del cielo. Aquí no se hace referencia a ello y, aunque se acepta por parte de Jesús, sin embargo no quiere que la noticia se divulgue. Tenía diversas connotaciones la idea que tenían los judíos de lo que había de ser el Mesías. Podría tener una carga política y de liberación solamente de poderes humanos, con toda la carga de violencia que esa lucha traería detrás. Jesús quiere que le descubran en su auténtica realidad, en su auténtica identidad.
Es la hora del anuncio de su auténtico ser de Mesías. Por eso es la hora del anuncio de la pasión y de la muerte, así como también de la resurrección. Es el primer anuncio de la pasión que nos trae el relato del evangelio de san Lucas. Es una evocación y una referencia a lo que habían anunciado los profetas y de manera especial el profeta Isaías en el cántico del siervo sufriente de Yavé.
‘Y añadió: el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Cristo es el Mesías, pero el Mesías redentor. Cristo es el ungido de Dios, así se había presentado en la Sinagoga de Nazaret, pero ese Ungido del Señor, lleno del Espíritu del Señor había de pasar por el camino de la pasión y de la Cruz. Es el que se anonadó haciendo como uno de tantos, sufriendo la muerte de los malhechores porque cargaba con nuestras culpas para darnos la salvación. Mesías, sí, el Señor ante cuyo nombre había que doblar toda rodilla en el cielo, en el tierra y en el abismo. Pero es el Mesías que ‘sufriendo aprendió a obedecer’.
Todo esto lo podemos descubrir con los ojos de la fe. Porque tras esa pasión y esa muerte siempre tenemos que vislumbrar los resplandores de la resurrección. Lucas en los versículos siguientes nos va a traer el relato de la transfiguración, aunque en esta lectura continuada no lo escucharemos.
Que se despierte nuestra fe para conocer todo el misterio de Jesús. Que crezcamos en esa fe y ese seguimiento de Jesús. Que lleguemos a descubrir la maravilla de ese camino de amor que Jesús está realizando para que nosotros intentemos seguirlo, hacer el mismo recorrido.
Sal. 143
Lc. 9, 18-22
Si ayer hablábamos del desconcierto de Herodes y de las gentes sobre la identidad de Jesús, es el mismo Jesús el que les pregunta a los discípulos sobre lo que piensa la gente y lo que piensan ellos de su identidad.
‘Una vez que estaba Jesús orando solo, en presencia de sus discípulos les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta de los discípulos acerca de lo que pensaba la gente es semejante a lo que ayer nos reflejaba el evangelio. La respuesta de Pedro, según nos lo narra san Lucas, es más concisa de lo que nos contaba san Mateo, aunque vienen a decir lo mismo. ‘El Mesías de Dios’.
Hay una mirada distinta de la gente y de aquellos discípulos que estaban más cerca de Jesús. ¿Con qué mirada hemos de acercanos a Jesús? ¿Cómo podremos realmente conocerle?
Una mirada exclusivamente humana nos lo puede hacer ver desde un hombre maravilloso, pero solo un hombre, a alguien que está dotado de poderes especiales, puesto que cura enfermos, limpia leprosos o resucita a los muertos. Una mirada de fe más profunda puede llegar a vislumbrar detrás de todas esas obras la acción de Dios.
La respuesta de Pedro exige una mirada más honda, una mirada de fe. En el relato de san Mateo se nos dirá en palabras de Jesús que eso no lo ha aprendido Pedro por si mismo, de carne y sangre, sino que le ha sido revelado por el Padre del cielo. Aquí no se hace referencia a ello y, aunque se acepta por parte de Jesús, sin embargo no quiere que la noticia se divulgue. Tenía diversas connotaciones la idea que tenían los judíos de lo que había de ser el Mesías. Podría tener una carga política y de liberación solamente de poderes humanos, con toda la carga de violencia que esa lucha traería detrás. Jesús quiere que le descubran en su auténtica realidad, en su auténtica identidad.
Es la hora del anuncio de su auténtico ser de Mesías. Por eso es la hora del anuncio de la pasión y de la muerte, así como también de la resurrección. Es el primer anuncio de la pasión que nos trae el relato del evangelio de san Lucas. Es una evocación y una referencia a lo que habían anunciado los profetas y de manera especial el profeta Isaías en el cántico del siervo sufriente de Yavé.
‘Y añadió: el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Cristo es el Mesías, pero el Mesías redentor. Cristo es el ungido de Dios, así se había presentado en la Sinagoga de Nazaret, pero ese Ungido del Señor, lleno del Espíritu del Señor había de pasar por el camino de la pasión y de la Cruz. Es el que se anonadó haciendo como uno de tantos, sufriendo la muerte de los malhechores porque cargaba con nuestras culpas para darnos la salvación. Mesías, sí, el Señor ante cuyo nombre había que doblar toda rodilla en el cielo, en el tierra y en el abismo. Pero es el Mesías que ‘sufriendo aprendió a obedecer’.
Todo esto lo podemos descubrir con los ojos de la fe. Porque tras esa pasión y esa muerte siempre tenemos que vislumbrar los resplandores de la resurrección. Lucas en los versículos siguientes nos va a traer el relato de la transfiguración, aunque en esta lectura continuada no lo escucharemos.
Que se despierte nuestra fe para conocer todo el misterio de Jesús. Que crezcamos en esa fe y ese seguimiento de Jesús. Que lleguemos a descubrir la maravilla de ese camino de amor que Jesús está realizando para que nosotros intentemos seguirlo, hacer el mismo recorrido.
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jueves, 25 de septiembre de 2008
Tenía ganas de ver a Jesús
Eclesiastés, 1, 2-11
Sal. 89
Lc. 9, 7-9
‘El virrey Herodes tenía ganas de ver a Jesús...’ Así nos dice el Evangelista.
Había oído hablar de Jesús y estaba desconcertado. Eran distintas las opiniones que la gente tenía sobre Jesús ‘y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías – el que había arrebatado al cielo en un carro de fuego – y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas’.
Quizá tenía mala conciencia –‘a Herodes lo mandé decapitar yo’, se decía – y ahora aparecían los remordimientos. Desconcierto para Herodes y desconcierto para todos. ‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’
Unos interrogantes que bien podían ser una llamada del Señor. Una búsqueda sincera. Una fe que descubrir. Un camino que puede conducir hasta Jesús si se recorre con buena voluntad y sinceridad.
Si nos fijamos en el evangelio, sobre todo en el principio del Evangelio de Juan donde se nos habla de la vocación de los primeros discípulos, Felipe, Natanael, Simón, Juan y Andrés eran personas inquietas que andaban también un camino de búsqueda. Si Andrés y Juan estaban junto al Bautista siendo sus discípulos es porque en ellos estaba también el ansia y la esperanza de la pronta venida del Mesías. Será así como el Bautista les señale a Jesús detrás de quien se irán porque quieren conocerle. ‘¿Dónde vives?’, es algo más que preguntar por una casa o una habitación. Era un deseo de conocer. Era un camino de búsqueda el que ellos realizaban. Y así podemos pensar de aquellos primeros discípulos.
En la vida todos tenemos inquietudes, interrogantes y preguntas. Hay cosas que nos suceden que nos desconciertan y nos hacen preguntarnos muchos ¿por qué?. ¿Por qué me tenía que suceder eso a mí? ¿Por qué ese accidente? ¿Por qué esa enfermedad? ¿Por qué esa muerte de ese niño inocente? ¿Por qué...?
A veces en nuestras dudas e interrogantes perdemos la ilusión y la esperanza y todo nos parece un vacío y un sin sentido, como nos habla hoy el libro del Eclesiastés.
Nos encontramos con gente confundida que se va tras la primera respuesta que se les ofrece. Católicos de siempre, bautizados en nuestra fe, que hicieron su primera comunión y han vivido una cierta religiosidad en su vida, de la noche a la mañana vemos que abandonan, que se ‘apuntan’ a otro grupo cristiano, que dicen que han encontrado una verdadera espiritualidad en esas corrientes que van y vienen de un lado para otro, o que lo abandonan todo viviendo en la increencia, el agnosticismo o un ateismo práctico y radical.
Gentes que te dicen que asistieron a no sé qué reunión y allí no se decía nada malo, que se decían cosas buenas, que todo les parecía bien. Gentes que hacen una mezcolanza como si todo fuera igual de bueno y al final no saben distinguir entre una cosa y otra.
¿Por qué todo esto? Muchas veces una falta de formación en la fe que han vivido toda su vida, ahora les confunde y les parece que lo que los otros le dicen está bien y no ven la diferencia.
Recuerdo una anécdota de un buen hombre, ya mayor, al que un día le invitaban a asistir a unas reuniones de religiones distintas a nuestra religión católica. El buen hombre, con la socarronería propia de los hombres mayores de nuestra tierra, le respondió al que le invitaba. Tengo ya muchos años y aun no he terminado de conocer y comprender bien lo que ha sido la religión de toda mi vida, ¿cómo me vas a invitar a mí para que a mis años conozca otra nueva religión si no conozco la mía de siempre?La respuesta nos puede parecer muy simple, pero sí tiene que hacernos preguntar si nosotros conocemos de verdad lo que es nuestra fe católica. Por eso no abandones tu fe sino trata de conocerla más y mejor, de profundizar en ella. Sigamos este camino que nos ha trazado Jesús y vivamos su verdad y su vida. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie va al Padre sino por mí’. Encontremos las razones profundas de nuestra fe y de nuestra esperanza, para encontrar la respuesta que Cristo quiere darnos a esos interrogantes profundos que tiene toda persona.
Sal. 89
Lc. 9, 7-9
‘El virrey Herodes tenía ganas de ver a Jesús...’ Así nos dice el Evangelista.
Había oído hablar de Jesús y estaba desconcertado. Eran distintas las opiniones que la gente tenía sobre Jesús ‘y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías – el que había arrebatado al cielo en un carro de fuego – y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas’.
Quizá tenía mala conciencia –‘a Herodes lo mandé decapitar yo’, se decía – y ahora aparecían los remordimientos. Desconcierto para Herodes y desconcierto para todos. ‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’
Unos interrogantes que bien podían ser una llamada del Señor. Una búsqueda sincera. Una fe que descubrir. Un camino que puede conducir hasta Jesús si se recorre con buena voluntad y sinceridad.
Si nos fijamos en el evangelio, sobre todo en el principio del Evangelio de Juan donde se nos habla de la vocación de los primeros discípulos, Felipe, Natanael, Simón, Juan y Andrés eran personas inquietas que andaban también un camino de búsqueda. Si Andrés y Juan estaban junto al Bautista siendo sus discípulos es porque en ellos estaba también el ansia y la esperanza de la pronta venida del Mesías. Será así como el Bautista les señale a Jesús detrás de quien se irán porque quieren conocerle. ‘¿Dónde vives?’, es algo más que preguntar por una casa o una habitación. Era un deseo de conocer. Era un camino de búsqueda el que ellos realizaban. Y así podemos pensar de aquellos primeros discípulos.
En la vida todos tenemos inquietudes, interrogantes y preguntas. Hay cosas que nos suceden que nos desconciertan y nos hacen preguntarnos muchos ¿por qué?. ¿Por qué me tenía que suceder eso a mí? ¿Por qué ese accidente? ¿Por qué esa enfermedad? ¿Por qué esa muerte de ese niño inocente? ¿Por qué...?
A veces en nuestras dudas e interrogantes perdemos la ilusión y la esperanza y todo nos parece un vacío y un sin sentido, como nos habla hoy el libro del Eclesiastés.
Nos encontramos con gente confundida que se va tras la primera respuesta que se les ofrece. Católicos de siempre, bautizados en nuestra fe, que hicieron su primera comunión y han vivido una cierta religiosidad en su vida, de la noche a la mañana vemos que abandonan, que se ‘apuntan’ a otro grupo cristiano, que dicen que han encontrado una verdadera espiritualidad en esas corrientes que van y vienen de un lado para otro, o que lo abandonan todo viviendo en la increencia, el agnosticismo o un ateismo práctico y radical.
Gentes que te dicen que asistieron a no sé qué reunión y allí no se decía nada malo, que se decían cosas buenas, que todo les parecía bien. Gentes que hacen una mezcolanza como si todo fuera igual de bueno y al final no saben distinguir entre una cosa y otra.
¿Por qué todo esto? Muchas veces una falta de formación en la fe que han vivido toda su vida, ahora les confunde y les parece que lo que los otros le dicen está bien y no ven la diferencia.
Recuerdo una anécdota de un buen hombre, ya mayor, al que un día le invitaban a asistir a unas reuniones de religiones distintas a nuestra religión católica. El buen hombre, con la socarronería propia de los hombres mayores de nuestra tierra, le respondió al que le invitaba. Tengo ya muchos años y aun no he terminado de conocer y comprender bien lo que ha sido la religión de toda mi vida, ¿cómo me vas a invitar a mí para que a mis años conozca otra nueva religión si no conozco la mía de siempre?La respuesta nos puede parecer muy simple, pero sí tiene que hacernos preguntar si nosotros conocemos de verdad lo que es nuestra fe católica. Por eso no abandones tu fe sino trata de conocerla más y mejor, de profundizar en ella. Sigamos este camino que nos ha trazado Jesús y vivamos su verdad y su vida. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie va al Padre sino por mí’. Encontremos las razones profundas de nuestra fe y de nuestra esperanza, para encontrar la respuesta que Cristo quiere darnos a esos interrogantes profundos que tiene toda persona.
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miércoles, 24 de septiembre de 2008
Algunas semillas de Sabiduría divina
Proverbios, 30, 5-9
Sal. 118
Lc. 9, 1-6
‘La Palabra de Dios es acendrada, El es escudo para los que se refugian en El’. Es el primero de los proverbios que nos ofrece la primera lectura de este día del libro del Antiguo Testamento del mismo nombre, perteneciente a los libros sapienciales o de la Sabiduría. Vamos a fijarnos en los dos proverbios propuestos con un breve comentario. Semillas de sabiduría, podemos decir que son para nosotros.
La Palabra del Señor es pura y limpia, pero también llena de fortaleza. ‘Lámpara Señor, es tu Palabra para mis pasos’, dijimos y repetimos en el salmo responsorial. Es escudo, nos decía proverbio, porque el Señor es nuestra fortaleza. El viene siempre en nuestra ayuda y en verdad nos apoyamos en El.
‘Aleja de mí la falsedad y la mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti... no sea que necesitando, robe y blasfeme de mi Dios’. Rectitud y sinceridad en la vida, alejando toda maldad y toda mentira. Pero nos dice más: ‘no me des riqueza ni pobreza’, sino que no me falte el pan de cada día. Es lo que pedimos al Señor en la oración que Jesús nos enseñó. Algunas veces le pedimos al Señor suerte y que podamos obtener riquezas y grandezas. Pero el Señor nos enseñó, no a pedir mucho, sino el pan de cada día.
Pero nos da una motivación. Cuando me sienta saciado, lleno de bienes y de riquezas, ¿no tendré el peligro que mi espíritu se sienta saciado, o mejor dicho, tendríamos que decir, cegado, y nos olvidemos de Dios? Ya sabemos que cuando llenamos nuestro corazón de cosas y de apegos, no le dejamos lugar a Dios en nuestra vida.
También finalmente le pedimos a Dios que nos libre de la pobreza extrema, para que en mi desesperación nunca me sienta abandonado de Dios ni reniegue de El.
Del Evangelio queremos subrayar también algo. Nos confía el Señor una misión, es el envío de los discípulos a anunciar el Reino, pero nos está enseñando la confianza en la providencia divina y en el actuar de Dios todopoderoso que está por encima de nuestras pobres acciones. En la obra de Dios no vamos confiando solamente o exclusivamente en nuestras fuerzas o en nuestro saber, sino confiando por encima de todo en la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros. Como hemos dicho en más de una ocasión, dejemos actuar al Espíritu del Señor en nuestra vida.
‘Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos’, nos dice el Evangelista. Es la misma misión de Jesús, la misma obra de Jesús que nosotros hemos de continuar. Pero hemos de fijarnos en lo que dice a continuación. ‘No llevéis nada para el camino; ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio...’
¿Qué nos quiere decir el Señor? Lo dicho. Nuestros apoyos no son apoyos humanos. Nuestra fuerza está en el Señor. Ya nos enseñaba en otro lugar a confiar en la Providencia de Dios que cuida de los lirios del campo o de los pájaros del cielo y de la misma manera y con mayor razón va a cuidar de sus hijos. Ahora con más razón. Si la obra que vamos a realizar es la obra de Dios, el anuncio del Reino y las señales de la salvación, no puede aparecer como obra nuestra sino siempre como obra de Dios. Por eso no nos vamos a apoyar en medios humanos, aunque tengamos que utilizarnos, sino por encima de todo en la gracia y el poder del Señor.
Una semilla de sabiduría también para nuestro actuar como cristianos, que nos enseña a poner toda nuestra confianza en el Señor.
Sal. 118
Lc. 9, 1-6
‘La Palabra de Dios es acendrada, El es escudo para los que se refugian en El’. Es el primero de los proverbios que nos ofrece la primera lectura de este día del libro del Antiguo Testamento del mismo nombre, perteneciente a los libros sapienciales o de la Sabiduría. Vamos a fijarnos en los dos proverbios propuestos con un breve comentario. Semillas de sabiduría, podemos decir que son para nosotros.
La Palabra del Señor es pura y limpia, pero también llena de fortaleza. ‘Lámpara Señor, es tu Palabra para mis pasos’, dijimos y repetimos en el salmo responsorial. Es escudo, nos decía proverbio, porque el Señor es nuestra fortaleza. El viene siempre en nuestra ayuda y en verdad nos apoyamos en El.
‘Aleja de mí la falsedad y la mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti... no sea que necesitando, robe y blasfeme de mi Dios’. Rectitud y sinceridad en la vida, alejando toda maldad y toda mentira. Pero nos dice más: ‘no me des riqueza ni pobreza’, sino que no me falte el pan de cada día. Es lo que pedimos al Señor en la oración que Jesús nos enseñó. Algunas veces le pedimos al Señor suerte y que podamos obtener riquezas y grandezas. Pero el Señor nos enseñó, no a pedir mucho, sino el pan de cada día.
Pero nos da una motivación. Cuando me sienta saciado, lleno de bienes y de riquezas, ¿no tendré el peligro que mi espíritu se sienta saciado, o mejor dicho, tendríamos que decir, cegado, y nos olvidemos de Dios? Ya sabemos que cuando llenamos nuestro corazón de cosas y de apegos, no le dejamos lugar a Dios en nuestra vida.
También finalmente le pedimos a Dios que nos libre de la pobreza extrema, para que en mi desesperación nunca me sienta abandonado de Dios ni reniegue de El.
Del Evangelio queremos subrayar también algo. Nos confía el Señor una misión, es el envío de los discípulos a anunciar el Reino, pero nos está enseñando la confianza en la providencia divina y en el actuar de Dios todopoderoso que está por encima de nuestras pobres acciones. En la obra de Dios no vamos confiando solamente o exclusivamente en nuestras fuerzas o en nuestro saber, sino confiando por encima de todo en la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros. Como hemos dicho en más de una ocasión, dejemos actuar al Espíritu del Señor en nuestra vida.
‘Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos’, nos dice el Evangelista. Es la misma misión de Jesús, la misma obra de Jesús que nosotros hemos de continuar. Pero hemos de fijarnos en lo que dice a continuación. ‘No llevéis nada para el camino; ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio...’
¿Qué nos quiere decir el Señor? Lo dicho. Nuestros apoyos no son apoyos humanos. Nuestra fuerza está en el Señor. Ya nos enseñaba en otro lugar a confiar en la Providencia de Dios que cuida de los lirios del campo o de los pájaros del cielo y de la misma manera y con mayor razón va a cuidar de sus hijos. Ahora con más razón. Si la obra que vamos a realizar es la obra de Dios, el anuncio del Reino y las señales de la salvación, no puede aparecer como obra nuestra sino siempre como obra de Dios. Por eso no nos vamos a apoyar en medios humanos, aunque tengamos que utilizarnos, sino por encima de todo en la gracia y el poder del Señor.
Una semilla de sabiduría también para nuestro actuar como cristianos, que nos enseña a poner toda nuestra confianza en el Señor.
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martes, 23 de septiembre de 2008
Los que son la auténtica familia de Jesús
Proverbios, 21, 1-6.10-13
Sal. 118
Lc. 8, 19-21
‘Vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta El...’
Este hecho del evangelio da pie a Jesús para indicarnos cuál es su auténtica familia y a nosotros a reflexionar también cómo somos nosotros la familia de Jesús. No es necesario entretenerse en la expresión que emplea el evangelio de ‘los hermanos’, porque todos sabemos muy bien que esta expresión en el lenguaje judío y semita quiere expresar algo más que los hermanos de carne y sangre, los nacidos de un mismo padre y madre, para significar en ello todo lo que son los familiares.
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’, se pregunta Jesús tal como nos lo expresa el relato de otro evangelista. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
No es una negación del valor de los lazos familiares. Lo que Jesús quiere expresarnos es la ampliación a un nuevo concepto de familia. Con Jesús entramos a formar parte de una nueva familia. Con Jesús se establece entre todos los que creemos en El y a El queremos unirnos una nueva relación, nacida de un amor nuevo y de una vida nueva que nace en nosotros. Somos una nueva familia por nuestra unión con El, por la fe que tenemos en Jesús.
Una nueva relación, una nueva familia no simplemente como fruto de un simple rito. Es algo más. Se era del pueblo judío por raza, o porque mediante un rito, la circuncisión se entraba a formar parte de ese pueblo. Podríamos pensar nosotros, tomándonoslo a la letra, que nosotros comenzamos a ser de esa nueva familia solamente como fruto de un rito, del Bautismo.
Es cierto que es necesario el Bautismo. Pero el Bautismo no lo reducimos a un rito, aunque en su celebración tenga una expresión ritual. El Bautismo es algo más hondo porque es algo que tiene que nacer de la fe; tiene que nacer de un Sí que damos con nuestra vida a Jesús y a su vida; un Sí que implica toda una vida.
Es el Sí que le damos a Dios escuchando su Palabra, pero también llevándola a la vida. Le escuchamos y le seguimos. Le escuchamos y nos ponemos en camino de una nueva vida. Le escuchamos y haciendo vida en nosotros esa Palabra, que plantamos en nuestro corazón, nacemos para Dios; mejor, Dios nos regala su vida, nos hace hijos suyos. Le damos nuestro Sí y entonces comenzamos a formar parte de esa nueva familia de Jesús.
Esta expresión que estamos comentando, de escuchar la Palabra y ponerla en práctica, será algo que más adelante en este mismo evangelio de san Lucas volveremos a escuchar. Una mujer anónima del pueblo al escuchar y ver las obras de Jesús exclama: ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’. Pero recordamos también la respuesta de Jesús. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
Que seamos dichosos también nosotros, como María a quien siempre es la primera que hemos aplicado estas palabras de Jesús, María la que conservaba todas las cosas en su corazón, porque también nosotros guardemos en nuestro corazón la Palabra de Dios escuchada; porque nosotros también la pongamos en práctica; porque nosotros escuchando y poniendo la Palabra de Dios en práctica comencemos a ser la familia de Jesús; dichosos nosotros si también después de escuchar la Palabra llevamos una vida digna del Evangelio de Jesús que hemos recibido.
Sal. 118
Lc. 8, 19-21
‘Vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta El...’
Este hecho del evangelio da pie a Jesús para indicarnos cuál es su auténtica familia y a nosotros a reflexionar también cómo somos nosotros la familia de Jesús. No es necesario entretenerse en la expresión que emplea el evangelio de ‘los hermanos’, porque todos sabemos muy bien que esta expresión en el lenguaje judío y semita quiere expresar algo más que los hermanos de carne y sangre, los nacidos de un mismo padre y madre, para significar en ello todo lo que son los familiares.
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’, se pregunta Jesús tal como nos lo expresa el relato de otro evangelista. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
No es una negación del valor de los lazos familiares. Lo que Jesús quiere expresarnos es la ampliación a un nuevo concepto de familia. Con Jesús entramos a formar parte de una nueva familia. Con Jesús se establece entre todos los que creemos en El y a El queremos unirnos una nueva relación, nacida de un amor nuevo y de una vida nueva que nace en nosotros. Somos una nueva familia por nuestra unión con El, por la fe que tenemos en Jesús.
Una nueva relación, una nueva familia no simplemente como fruto de un simple rito. Es algo más. Se era del pueblo judío por raza, o porque mediante un rito, la circuncisión se entraba a formar parte de ese pueblo. Podríamos pensar nosotros, tomándonoslo a la letra, que nosotros comenzamos a ser de esa nueva familia solamente como fruto de un rito, del Bautismo.
Es cierto que es necesario el Bautismo. Pero el Bautismo no lo reducimos a un rito, aunque en su celebración tenga una expresión ritual. El Bautismo es algo más hondo porque es algo que tiene que nacer de la fe; tiene que nacer de un Sí que damos con nuestra vida a Jesús y a su vida; un Sí que implica toda una vida.
Es el Sí que le damos a Dios escuchando su Palabra, pero también llevándola a la vida. Le escuchamos y le seguimos. Le escuchamos y nos ponemos en camino de una nueva vida. Le escuchamos y haciendo vida en nosotros esa Palabra, que plantamos en nuestro corazón, nacemos para Dios; mejor, Dios nos regala su vida, nos hace hijos suyos. Le damos nuestro Sí y entonces comenzamos a formar parte de esa nueva familia de Jesús.
Esta expresión que estamos comentando, de escuchar la Palabra y ponerla en práctica, será algo que más adelante en este mismo evangelio de san Lucas volveremos a escuchar. Una mujer anónima del pueblo al escuchar y ver las obras de Jesús exclama: ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’. Pero recordamos también la respuesta de Jesús. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
Que seamos dichosos también nosotros, como María a quien siempre es la primera que hemos aplicado estas palabras de Jesús, María la que conservaba todas las cosas en su corazón, porque también nosotros guardemos en nuestro corazón la Palabra de Dios escuchada; porque nosotros también la pongamos en práctica; porque nosotros escuchando y poniendo la Palabra de Dios en práctica comencemos a ser la familia de Jesús; dichosos nosotros si también después de escuchar la Palabra llevamos una vida digna del Evangelio de Jesús que hemos recibido.
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lunes, 22 de septiembre de 2008
Pon en alto tu luz para que todos tengan luz
Proverbios, 3, 27-35
Sal. 14
Lc. 8, 16-18
‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz’.
Confieso que al leer estas palabras de Jesús me vino a la mente mi infancia; en la casa en la que nací no tenía luz eléctrica y la casa estaba en medio de una finca donde mi padre trabajaba como peón de la agricultura. Para alumbrarnos se tenían lámparas de petróleo que había que colocar estratégicamente en la cocina por la noche que era donde nos reuníamos para que así pudiéramos tener alguna iluminación. Recuerdo que cuando alguien llegaba y desde los patios llamaba para que le abriéramos o supiéramos de su presencia, mi padre acudía con aquella lámpara o un farol para que el que llegaba pudiera atravesar los patios sin tropiezos y llegar hasta la casa.
Creo que la imagen que nos propone Jesús es muy rica en enseñanza. No para que hablemos de nuestras lámparas o candiles, sino para que caigamos en la cuenta de que es necesario tener encendida siempre esa luz que ilumine nuestra vida. Y esa Luz para nosotros no es otro que Cristo. Ya nos lo dice en el Evangelio ‘yo soy la luz del mundo y el que me sigue no anda en tinieblas’.
Que no nos falte nunca esa luz para que realmente sepamos por donde hemos de caminar en la vida. Pero que o ocultemos esa luz. Sabemos que desgraciadamente muchas veces queremos prescindir de esa Luz, no queremos dejarnos iluminar, o tratamos de ocultarla y así terminamos realizando las obras de las tinieblas. ¡Qué resbaladiza se nos vuelve la pendiente y con la ausencia de esa Luz que muchas veces queremos ocultar cómo caemos tan fácilmente en la tentación y en el pecado! No podemos dejar de iluminarnos con esa Luz que es Cristo. Si nos dejamos iluminar por la luz de Cristo no iremos tropezando en las piedras y los obstáculos del camino.
Pero ya sabemos también lo que nos dice Jesús en referencia a esa Luz que nosotros tenemos que llevar a los demás. ‘Sois la luz del mundo... soy la sal de la tierra...’ nos repite en el Evangelio. Y hoy hemos escuchado en la antífona del Aleluya esa invitación de Jesús. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre’.
Tenemos que ser luz para los demás, iluminar a los otros con la luz de Cristo. ‘...que vean vuestras buenas obras’, nos dice Jesús. Pero no para buscar nuestra gloria, sino la gloria del Señor. No vamos pregonando nuestras obras buscando la obsequiosidad de los demás. Ya nos dice también que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Pero sí es necesario iluminar a los otros con la luz de Cristo. Que vean entonces nuestras buenas obras, y así den gloria, no a nosotros, sino a nuestro Padre del cielo.
En la primera lectura estos días vamos a leer diferentes textos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Hoy hemos escuchado un fragmento de libro de Los Proverbios. Hermoso texto que nos da pautas para ver cómo tenemos que hacer que brille nuestra luz.
¿Cuáles son esos pasos iluminados que yo tengo que dar? ‘No niegues un favor a quien lo necesita... si tienes, no digas a tu prójimo, mañana te lo daré.. no trames daños contra tu prójimo... no pleitees con nadie... no envidies al violento, ni sigas su camino...’ Llenar nuestra vida de obras buenas, de obras de amor. Desterrar de nosotros el egoísmo, la violencia, la insolidaridad, el orgullo y la envidia. Porque ‘el Señor se confía a los honrados... bendice la morada del justo... concede su favor a los humildes... y el juto habitará en el monte santo del Señor’, en la presencia del Señor.
Así tenemos que iluminar para ayudar a los otros a que vayan también por buenos caminos y no tropiecen. Así tenemos que iluminar repartiendo siempre amor. Y todo siempre, para la gloria del Señor.
Sal. 14
Lc. 8, 16-18
‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz’.
Confieso que al leer estas palabras de Jesús me vino a la mente mi infancia; en la casa en la que nací no tenía luz eléctrica y la casa estaba en medio de una finca donde mi padre trabajaba como peón de la agricultura. Para alumbrarnos se tenían lámparas de petróleo que había que colocar estratégicamente en la cocina por la noche que era donde nos reuníamos para que así pudiéramos tener alguna iluminación. Recuerdo que cuando alguien llegaba y desde los patios llamaba para que le abriéramos o supiéramos de su presencia, mi padre acudía con aquella lámpara o un farol para que el que llegaba pudiera atravesar los patios sin tropiezos y llegar hasta la casa.
Creo que la imagen que nos propone Jesús es muy rica en enseñanza. No para que hablemos de nuestras lámparas o candiles, sino para que caigamos en la cuenta de que es necesario tener encendida siempre esa luz que ilumine nuestra vida. Y esa Luz para nosotros no es otro que Cristo. Ya nos lo dice en el Evangelio ‘yo soy la luz del mundo y el que me sigue no anda en tinieblas’.
Que no nos falte nunca esa luz para que realmente sepamos por donde hemos de caminar en la vida. Pero que o ocultemos esa luz. Sabemos que desgraciadamente muchas veces queremos prescindir de esa Luz, no queremos dejarnos iluminar, o tratamos de ocultarla y así terminamos realizando las obras de las tinieblas. ¡Qué resbaladiza se nos vuelve la pendiente y con la ausencia de esa Luz que muchas veces queremos ocultar cómo caemos tan fácilmente en la tentación y en el pecado! No podemos dejar de iluminarnos con esa Luz que es Cristo. Si nos dejamos iluminar por la luz de Cristo no iremos tropezando en las piedras y los obstáculos del camino.
Pero ya sabemos también lo que nos dice Jesús en referencia a esa Luz que nosotros tenemos que llevar a los demás. ‘Sois la luz del mundo... soy la sal de la tierra...’ nos repite en el Evangelio. Y hoy hemos escuchado en la antífona del Aleluya esa invitación de Jesús. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre’.
Tenemos que ser luz para los demás, iluminar a los otros con la luz de Cristo. ‘...que vean vuestras buenas obras’, nos dice Jesús. Pero no para buscar nuestra gloria, sino la gloria del Señor. No vamos pregonando nuestras obras buscando la obsequiosidad de los demás. Ya nos dice también que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Pero sí es necesario iluminar a los otros con la luz de Cristo. Que vean entonces nuestras buenas obras, y así den gloria, no a nosotros, sino a nuestro Padre del cielo.
En la primera lectura estos días vamos a leer diferentes textos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Hoy hemos escuchado un fragmento de libro de Los Proverbios. Hermoso texto que nos da pautas para ver cómo tenemos que hacer que brille nuestra luz.
¿Cuáles son esos pasos iluminados que yo tengo que dar? ‘No niegues un favor a quien lo necesita... si tienes, no digas a tu prójimo, mañana te lo daré.. no trames daños contra tu prójimo... no pleitees con nadie... no envidies al violento, ni sigas su camino...’ Llenar nuestra vida de obras buenas, de obras de amor. Desterrar de nosotros el egoísmo, la violencia, la insolidaridad, el orgullo y la envidia. Porque ‘el Señor se confía a los honrados... bendice la morada del justo... concede su favor a los humildes... y el juto habitará en el monte santo del Señor’, en la presencia del Señor.
Así tenemos que iluminar para ayudar a los otros a que vayan también por buenos caminos y no tropiecen. Así tenemos que iluminar repartiendo siempre amor. Y todo siempre, para la gloria del Señor.
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domingo, 21 de septiembre de 2008
Todos somos invitados a la viña del Señor
Isaías, 55, 6-9; Sal. 144; Fil. 1, 20.24-27; Mt 20, 1-16
En horas y tiempos diferentes todos somos invitados a la viña del Señor. Creo que es un esencial mensaje que nos puede dar el evangelio de este domingo. ‘El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer... a media mañana... mediodía... al media tarde... al caer la tarde... salió a contratar jornaleros para su viña’. Así nos decía la parábola del Evangelio.
Dios nos llama y nos invita. Escuchamos su especial llamada en distintos momentos de la vida. Es cierto que podemos pensar en esa primera llamada que fue ya nuestro Bautismo. Pero a través de nuestra vida hemos ido escuchando en distintos momentos esa llamada del Señor que nos invitaba a algo más que simplemente dejar correr rutinariamente nuestra vida, o ser cristiano porque siempre ha sido así. Y lo importante es la respuesta que nosotros le demos.
Nos llama a vivir y trabajar en la viña del Señor. ¿Qué significa ese ir a trabajar en la viña del Señor? Normalmente podemos pensar en ese compromiso que en el seno de la Iglesia podamos adquirir para vivir como apóstoles en medio de nuestro mundo. No lo descartamos, sino que además es algo que seriamente hemos de plantearnos.
Pero yo quisiera pensar ahora más que en lo que podamos hacer, en lo que hemos de ser. Es una gracia y un regalo que el Señor nos invite a vivir su vida. Ha querido hacernos partícipes de su vida desde nuestro Bautismo cuando nos ha llamado y nos ha hecho hijos de Dios. Como decimos es una gracia del Señor que no terminamos de considerar la suficiente. A san Pablo le hemos escuchado hoy decir ‘para mí la vida es Cristo’.
¡Qué hermoso que nosotros pudiéramos decir lo mismo desde lo más hondo de nosotros mismos! Que así yo sienta lo que es ser cristiano, estar bautizado. Cristo me ha hecho partícipe de su vida divina y entonces para mi vivir es Cristo, la vida es Cristo; porque así yo me identifique con El; porque así yo me sienta unido a El; porque yo así quiera plasmar en mi todo lo que es la vida de Cristo. Por eso terminaba diciéndonos hoy el apóstol: ‘Lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo’.
Entrar en la viña del Señor nos exige buscar al Señor y dejarnos encontrar por El. ‘Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca’, nos decía el profeta Isaías. El Señor está cerca, viene a nuestro encuentro. Nos invita a estar con El, a vivir su vida. Pero vivir su vida no es hacerlo a mi manera. Vivir su vida es saber descubrir siempre lo que el Señor quiere de mí. ‘Mis planes no son vuestros planes, seguía diciéndonos el profeta, vuestros caminos no son mis caminos... mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que los vuestros...’
El camino de santidad que hemos de vivir arranca de saber descubrir qué es lo que el Señor quiere para mí, quiere de mi vida. Es esa llamada que a todos nos hace, estemos donde estemos. Y habiendo descubierto ese plan de Dios para mi vida, tratar de ser fiel realizando en todo momento su voluntad allí donde estamos o donde el Señor quiere que estemos, llevando una vida digna del Evangelio de Cristo, como nos decía el apóstol.
Algunas veces queremos medir nuestra vivencia cristiana o nuestra pertenencia a la Iglesia con parámetros demasiado humanos. Miramos a la Iglesia demasiado a lo humano y queremos ver en ella – lo malo sería que también lo hiciéramos – también esas luchas, carreras, afanes de poder o de influencias y hasta zancadillas que demasiado vemos a nuestro alrededor en nuestra sociedad civil. Es cierto que la Iglesia está formada y compuesta por miembros que somos totalmente humanos y podemos tener también esas tentaciones. Pero tenemos que ver y descubrir que la misión de la Iglesia y la labor que los cristianos tenemos que vivir y realizar tiene otras medidas y otras características.
Ya nos prevenía Jesús en el evangelio, cuando los discípulos andaban también en sus luchas por los primeros puestos, que no podía ser entre nosotros como sucede con los poderosos de este mundo. ‘No será así entre vosotros...’ Y nos hablaba del espíritu de servicio y de sabernos hacer los últimos para poder entender bien lo del Reino de los cielos. Hoy nos lo está repitiendo también en el final de la parábola. ‘Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’.
¿Quiénes pueden entrar en esa viña del Señor? El no escoge, invita a todos. No tiene en cuenta a los más cumplidores, ni a los más perfectos, ni a los que son de los de siempre, ni a los más conocidos o más amigos. El Señor nos llama a todos, porque para todos es su salvación y a todos quiere regalarnos su vida divina. No lo llegan a entender los que se consideraban más puros en la época de Jesús, los fariseos y los escribas, y ya sabemos cómo lo criticaban porque se mezclaba con todos y con todos comía. El llama a seguirle a unos y otros. Y también el ladrón arrepentido que llegó en la última hora de su vida alcanza su Reino y su paraíso. Para todos tiene reservado el denario de la vida eterna.
Es también lo que tenemos que ser y que vivir dentro de la Iglesia. Cuántas conclusiones se podrían sacar. La Iglesia tiene que ser acogedora y misericordiosa como lo fue el Señor. Nosotros tenemos que ser acogedores con todos y misericordiosos con todos como lo es el Señor.
Como decíamos al principio, en horas y tiempos diferentes todos somos invitados a la viña del Señor, démosle nuestra respuesta, dándole gracias por esa llamada e invitación del Señor y mostremos la santidad de nuestra vida en esa pertenencia a la viña del Señor, llevando una vida digna del Evangelio de Cristo, como nos decía el apóstol.
En horas y tiempos diferentes todos somos invitados a la viña del Señor. Creo que es un esencial mensaje que nos puede dar el evangelio de este domingo. ‘El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer... a media mañana... mediodía... al media tarde... al caer la tarde... salió a contratar jornaleros para su viña’. Así nos decía la parábola del Evangelio.
Dios nos llama y nos invita. Escuchamos su especial llamada en distintos momentos de la vida. Es cierto que podemos pensar en esa primera llamada que fue ya nuestro Bautismo. Pero a través de nuestra vida hemos ido escuchando en distintos momentos esa llamada del Señor que nos invitaba a algo más que simplemente dejar correr rutinariamente nuestra vida, o ser cristiano porque siempre ha sido así. Y lo importante es la respuesta que nosotros le demos.
Nos llama a vivir y trabajar en la viña del Señor. ¿Qué significa ese ir a trabajar en la viña del Señor? Normalmente podemos pensar en ese compromiso que en el seno de la Iglesia podamos adquirir para vivir como apóstoles en medio de nuestro mundo. No lo descartamos, sino que además es algo que seriamente hemos de plantearnos.
Pero yo quisiera pensar ahora más que en lo que podamos hacer, en lo que hemos de ser. Es una gracia y un regalo que el Señor nos invite a vivir su vida. Ha querido hacernos partícipes de su vida desde nuestro Bautismo cuando nos ha llamado y nos ha hecho hijos de Dios. Como decimos es una gracia del Señor que no terminamos de considerar la suficiente. A san Pablo le hemos escuchado hoy decir ‘para mí la vida es Cristo’.
¡Qué hermoso que nosotros pudiéramos decir lo mismo desde lo más hondo de nosotros mismos! Que así yo sienta lo que es ser cristiano, estar bautizado. Cristo me ha hecho partícipe de su vida divina y entonces para mi vivir es Cristo, la vida es Cristo; porque así yo me identifique con El; porque así yo me sienta unido a El; porque yo así quiera plasmar en mi todo lo que es la vida de Cristo. Por eso terminaba diciéndonos hoy el apóstol: ‘Lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo’.
Entrar en la viña del Señor nos exige buscar al Señor y dejarnos encontrar por El. ‘Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca’, nos decía el profeta Isaías. El Señor está cerca, viene a nuestro encuentro. Nos invita a estar con El, a vivir su vida. Pero vivir su vida no es hacerlo a mi manera. Vivir su vida es saber descubrir siempre lo que el Señor quiere de mí. ‘Mis planes no son vuestros planes, seguía diciéndonos el profeta, vuestros caminos no son mis caminos... mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que los vuestros...’
El camino de santidad que hemos de vivir arranca de saber descubrir qué es lo que el Señor quiere para mí, quiere de mi vida. Es esa llamada que a todos nos hace, estemos donde estemos. Y habiendo descubierto ese plan de Dios para mi vida, tratar de ser fiel realizando en todo momento su voluntad allí donde estamos o donde el Señor quiere que estemos, llevando una vida digna del Evangelio de Cristo, como nos decía el apóstol.
Algunas veces queremos medir nuestra vivencia cristiana o nuestra pertenencia a la Iglesia con parámetros demasiado humanos. Miramos a la Iglesia demasiado a lo humano y queremos ver en ella – lo malo sería que también lo hiciéramos – también esas luchas, carreras, afanes de poder o de influencias y hasta zancadillas que demasiado vemos a nuestro alrededor en nuestra sociedad civil. Es cierto que la Iglesia está formada y compuesta por miembros que somos totalmente humanos y podemos tener también esas tentaciones. Pero tenemos que ver y descubrir que la misión de la Iglesia y la labor que los cristianos tenemos que vivir y realizar tiene otras medidas y otras características.
Ya nos prevenía Jesús en el evangelio, cuando los discípulos andaban también en sus luchas por los primeros puestos, que no podía ser entre nosotros como sucede con los poderosos de este mundo. ‘No será así entre vosotros...’ Y nos hablaba del espíritu de servicio y de sabernos hacer los últimos para poder entender bien lo del Reino de los cielos. Hoy nos lo está repitiendo también en el final de la parábola. ‘Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’.
¿Quiénes pueden entrar en esa viña del Señor? El no escoge, invita a todos. No tiene en cuenta a los más cumplidores, ni a los más perfectos, ni a los que son de los de siempre, ni a los más conocidos o más amigos. El Señor nos llama a todos, porque para todos es su salvación y a todos quiere regalarnos su vida divina. No lo llegan a entender los que se consideraban más puros en la época de Jesús, los fariseos y los escribas, y ya sabemos cómo lo criticaban porque se mezclaba con todos y con todos comía. El llama a seguirle a unos y otros. Y también el ladrón arrepentido que llegó en la última hora de su vida alcanza su Reino y su paraíso. Para todos tiene reservado el denario de la vida eterna.
Es también lo que tenemos que ser y que vivir dentro de la Iglesia. Cuántas conclusiones se podrían sacar. La Iglesia tiene que ser acogedora y misericordiosa como lo fue el Señor. Nosotros tenemos que ser acogedores con todos y misericordiosos con todos como lo es el Señor.
Como decíamos al principio, en horas y tiempos diferentes todos somos invitados a la viña del Señor, démosle nuestra respuesta, dándole gracias por esa llamada e invitación del Señor y mostremos la santidad de nuestra vida en esa pertenencia a la viña del Señor, llevando una vida digna del Evangelio de Cristo, como nos decía el apóstol.
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sábado, 20 de septiembre de 2008
El que tenga oídos para oír, que oiga
1Cor. 15, 35-37.42-49
Sal. 55
Lc. 8, 4-15
‘El que tenga oídos para oír, que oiga’. ¿Estáis oyendo lo que os digo? ¿Me estáis escuchando? Así exclamó Jesús cuando terminó de decirles la parábola. Una llamada de atención.
Nos podemos quedar embobados sin saber ni donde estamos ni lo que oímos. Nos pasa a veces. Nos puede pasar cuando escuchamos la Palabra de Dios. Porque es una parábola que hemos escuchado tantas veces, que hasta nos la sabemos de memoria; porque decimos que estamos ante una de las páginas más bellas del evangelio; porque tenemos la tentación de pensar qué bien le vendría a los demás, y pensamos en éste o aquel a quien nosotros decimos eso es para él; porque al final podemos ser esa tierra árida y pisoteada que no vale para que sea sembrada en ella la semilla.
Jesús nos grita y nos llama la atención. Jesús me llama la atención a mí mismo que tengo que explicar la Palabra a los demás y también me puedo quedar embobado pensando sólo en lo que puedo o tengo que decirle a los otros. Tengo yo que escucharla primero que nada para mí mismo si no quiero ser también esa tierra estéril que no da fruto.
Ya todos sabemos el significado de la parábola y la explicación nos la ha dado Jesús mismo. No podemos decir que no sabemos lo que el Señor nos está diciendo y pidiendo. Y lo primero que nos está pidiendo es que seamos esa tierra buena. Busquemos entonces la manera de ser esa tierra buena en la que plantada la semilla da la posibilidad de dar fruto al ciento por uno.
Para disponer esa tierra tenemos que hacer como todo buen labrador. Labrar debidamente la tierra y abonarla. No se planta la semilla en una tierra llena de cardos. Hay que ver cuántos trabajos realiza el buen agricultor para preparar la tierra esperando que dé buena cosecha.
¿Cómo hacerlo nosotros con esa tierra de nuestra vida? Pidamos la fuerza del Espíritu. Dejemos actuar al Espíritu en nosotros. Que sea El quien labre la tierra de nuestra vida y la predisponga debidamente para dar fruto.
El Espíritu es el que nos purifica para que tengamos un corazón limpio y abierto a la semilla de la Palabra de Dios.
El Espíritu es el que nos fortalece frente a las tentaciones del maligno que quiere arrancar con sus seducciones esa buena semilla o quiere plantar la mala semilla de la cizaña en nosotros.
El Espíritu es el que nos hace ver los obstáculos que puedan haber en nuestra vida con tantas seducciones y apegos que lastran nuestro corazón impidiéndole que vaya hacia Dios.
El Espíritu poda en nosotros todas esas ramas innecesarias que nos distraen, nos quitan fuerza, en tantos entretenimientos que nos hacen oídos sordos a esa palabra, que nos adormecen y nos ciegan.
Es necesario ponernos en una actitud de oración, de escucha, de apertura del corazón. Si es el Señor el que nos habla, hemos de escucharle, hemos de entrar en diálogo con El, hemos de dejarnos conducir por El.
Danos, Señor, tu Espíritu de Sabiduría para que aprenda a saborear la riqueza maravillosa de tu Palabra.
Sal. 55
Lc. 8, 4-15
‘El que tenga oídos para oír, que oiga’. ¿Estáis oyendo lo que os digo? ¿Me estáis escuchando? Así exclamó Jesús cuando terminó de decirles la parábola. Una llamada de atención.
Nos podemos quedar embobados sin saber ni donde estamos ni lo que oímos. Nos pasa a veces. Nos puede pasar cuando escuchamos la Palabra de Dios. Porque es una parábola que hemos escuchado tantas veces, que hasta nos la sabemos de memoria; porque decimos que estamos ante una de las páginas más bellas del evangelio; porque tenemos la tentación de pensar qué bien le vendría a los demás, y pensamos en éste o aquel a quien nosotros decimos eso es para él; porque al final podemos ser esa tierra árida y pisoteada que no vale para que sea sembrada en ella la semilla.
Jesús nos grita y nos llama la atención. Jesús me llama la atención a mí mismo que tengo que explicar la Palabra a los demás y también me puedo quedar embobado pensando sólo en lo que puedo o tengo que decirle a los otros. Tengo yo que escucharla primero que nada para mí mismo si no quiero ser también esa tierra estéril que no da fruto.
Ya todos sabemos el significado de la parábola y la explicación nos la ha dado Jesús mismo. No podemos decir que no sabemos lo que el Señor nos está diciendo y pidiendo. Y lo primero que nos está pidiendo es que seamos esa tierra buena. Busquemos entonces la manera de ser esa tierra buena en la que plantada la semilla da la posibilidad de dar fruto al ciento por uno.
Para disponer esa tierra tenemos que hacer como todo buen labrador. Labrar debidamente la tierra y abonarla. No se planta la semilla en una tierra llena de cardos. Hay que ver cuántos trabajos realiza el buen agricultor para preparar la tierra esperando que dé buena cosecha.
¿Cómo hacerlo nosotros con esa tierra de nuestra vida? Pidamos la fuerza del Espíritu. Dejemos actuar al Espíritu en nosotros. Que sea El quien labre la tierra de nuestra vida y la predisponga debidamente para dar fruto.
El Espíritu es el que nos purifica para que tengamos un corazón limpio y abierto a la semilla de la Palabra de Dios.
El Espíritu es el que nos fortalece frente a las tentaciones del maligno que quiere arrancar con sus seducciones esa buena semilla o quiere plantar la mala semilla de la cizaña en nosotros.
El Espíritu es el que nos hace ver los obstáculos que puedan haber en nuestra vida con tantas seducciones y apegos que lastran nuestro corazón impidiéndole que vaya hacia Dios.
El Espíritu poda en nosotros todas esas ramas innecesarias que nos distraen, nos quitan fuerza, en tantos entretenimientos que nos hacen oídos sordos a esa palabra, que nos adormecen y nos ciegan.
Es necesario ponernos en una actitud de oración, de escucha, de apertura del corazón. Si es el Señor el que nos habla, hemos de escucharle, hemos de entrar en diálogo con El, hemos de dejarnos conducir por El.
Danos, Señor, tu Espíritu de Sabiduría para que aprenda a saborear la riqueza maravillosa de tu Palabra.
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viernes, 19 de septiembre de 2008
Seguimos creyendo y proclamando nuestra fe en la resurrección
1Cor. 15, 12-20
Sal. 16
Lc. 8, 1-3
‘Os recuerdo el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis y en el que estáis fundados y que os está salvando... que Cristo murió por nuestros pecados... que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las escrituras...’ Es lo que escuchamos ayer.
Ahí está el meollo de nuestra fe y de nuestro credo. Ahí está lo que es el centro de nuestra vida cristiana. Todo arranca de los testigos de la Resurrección de Jesucristo, de la que también nosotros nos convertimos en testigos. Centro de la predicación de los apóstoles y de la Iglesia. Centro de nuestro fe. Es desde la resurrección cuando los apóstoles llegaron a descubrir en plenitud y luego con la fuerza del Espíritu que Jesús es el Señor. Podríamos recordar la predicación de Pedro en la mañana de Pentecostés.
¿Seguirá siendo así hoy entre nosotros? Es importante porque se pone en juego lo que es nuestra fe cristiana. Algo que no podemos apartar a un lado de lo que es nuestra fe.
Pero escuchemos las voces de alrededor. Miremos si es eso lo que todos los cristianos, todos los bautizados que nos rodean proclaman esa misma fe. Hoy los que se creen más modernos - ¿realmente eso es ser moderno cuando es algo de lo que también se hablaba hace siglos aunque se haya hoy puesto de moda? – nos están hablando de reencarnación. Y otros que quizá se creen más sabios, más hijos de su tiempo o más científicos niegan que pueda haber resurrección. Después de esta vida no hay ninguna otra cosa. Y no vamos a decir cuántas cosas más dicen.
Eran cosas que ya se decían en la época de Pablo. Bueno, en el evangelio, vemos que los saduceos que negaban la resurrección venían a ponerle pegas a Jesús. Pero Pablo nos dice tajantemente: ‘Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo’.
La predicación cristiana, la fe cristiana no se queda reducida a decirnos que tenemos que ser más buenas personas. Creer en Cristo, y la predicación cristiana es anunciar que Cristo es el Señor, es algo mucho más trascendente que todo eso. Es que en nuestra fe cristiana estamos pensando en la salvación que Cristo nos ha ofrecido; estamos pensando en la vida eterna que nos regala; estamos descubriendo todo lo que significa reconocer que Jesús es el Señor; se nos manifiesta el mensaje grande y maravilloso que nos dice que Dios es nuestro Padre que nos ama y nos perdona. Son muchas cosas.
San Pablo lo resume así tal como hemos escuchado hoy: ‘Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados, y los que murieron en Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo se acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados’.
Proclamemos con valentía nuestra fe en Cristo resucitado. Manifestémonos como testigos de Cristo resucitado y no sólo porque somos herederos de una tradición que se nos ha trasmitido desde aquellos primeros testigos de la resurrección de Jesús que fueron los apóstoles, sino porque nosotros mismos nos convertimos en testigos cuando sentimos allá en lo más hondo de nosotros mismos esa presencia de Cristo vivo en nosotros, de Cristo resucitado que también a nosotros nos hace resucitar a nueva vida.
Sal. 16
Lc. 8, 1-3
‘Os recuerdo el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis y en el que estáis fundados y que os está salvando... que Cristo murió por nuestros pecados... que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las escrituras...’ Es lo que escuchamos ayer.
Ahí está el meollo de nuestra fe y de nuestro credo. Ahí está lo que es el centro de nuestra vida cristiana. Todo arranca de los testigos de la Resurrección de Jesucristo, de la que también nosotros nos convertimos en testigos. Centro de la predicación de los apóstoles y de la Iglesia. Centro de nuestro fe. Es desde la resurrección cuando los apóstoles llegaron a descubrir en plenitud y luego con la fuerza del Espíritu que Jesús es el Señor. Podríamos recordar la predicación de Pedro en la mañana de Pentecostés.
¿Seguirá siendo así hoy entre nosotros? Es importante porque se pone en juego lo que es nuestra fe cristiana. Algo que no podemos apartar a un lado de lo que es nuestra fe.
Pero escuchemos las voces de alrededor. Miremos si es eso lo que todos los cristianos, todos los bautizados que nos rodean proclaman esa misma fe. Hoy los que se creen más modernos - ¿realmente eso es ser moderno cuando es algo de lo que también se hablaba hace siglos aunque se haya hoy puesto de moda? – nos están hablando de reencarnación. Y otros que quizá se creen más sabios, más hijos de su tiempo o más científicos niegan que pueda haber resurrección. Después de esta vida no hay ninguna otra cosa. Y no vamos a decir cuántas cosas más dicen.
Eran cosas que ya se decían en la época de Pablo. Bueno, en el evangelio, vemos que los saduceos que negaban la resurrección venían a ponerle pegas a Jesús. Pero Pablo nos dice tajantemente: ‘Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo’.
La predicación cristiana, la fe cristiana no se queda reducida a decirnos que tenemos que ser más buenas personas. Creer en Cristo, y la predicación cristiana es anunciar que Cristo es el Señor, es algo mucho más trascendente que todo eso. Es que en nuestra fe cristiana estamos pensando en la salvación que Cristo nos ha ofrecido; estamos pensando en la vida eterna que nos regala; estamos descubriendo todo lo que significa reconocer que Jesús es el Señor; se nos manifiesta el mensaje grande y maravilloso que nos dice que Dios es nuestro Padre que nos ama y nos perdona. Son muchas cosas.
San Pablo lo resume así tal como hemos escuchado hoy: ‘Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados, y los que murieron en Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo se acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados’.
Proclamemos con valentía nuestra fe en Cristo resucitado. Manifestémonos como testigos de Cristo resucitado y no sólo porque somos herederos de una tradición que se nos ha trasmitido desde aquellos primeros testigos de la resurrección de Jesús que fueron los apóstoles, sino porque nosotros mismos nos convertimos en testigos cuando sentimos allá en lo más hondo de nosotros mismos esa presencia de Cristo vivo en nosotros, de Cristo resucitado que también a nosotros nos hace resucitar a nueva vida.
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jueves, 18 de septiembre de 2008
Pongamos amor que se nos van a perdonar nuestros pecados
1Cor. 15, 1-11
Sal. 117
Lc. 7, 36-50
De todos es conocido el texto y lo hemos meditado muchas veces. La mujer pecadora que se atreve a introducirse en la casa del fariseo para llorar a los pies de Jesús y con su amor sentirse perdonada por El. Ya conocemos los detalles. El fariseo, tan puritano él, que juzga en su interior, Jesús que descubre su pensamiento y que le propone una pequeña parábola a aquel hombre para hacerle comprender de verdad lo que allí está sucediendo.
Vamos a fijarnos en algunos detalles de este pasaje que es muy rico en enseñanzas para nuestra vida. En la parábola que Jesús propone a Simón, y ante la pregunta final que Jesús le hace de quien le amará más de aquellos dos deudores, le responde: le amará más ‘aquel a quien le perdonó más’.
Pero en la comparación que Jesús le hace en referencia a aquella mujer que con sus lágrimas, sus perfumes y sus besos ha hecho lo que ritualmente tenía que haber realizado el anfitrión de aquella comida, finalmente le dice: ‘sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor’.
En uno el amor es porque se le perdonó mucho, y en la otra el que haya amado mucho es causa y motivo para el perdón. Nos enseña así cómo tenemos que acercarnos a Jesús incluso desde nuestra condición pecadora. Con mucho amor, porque además sabemos que siempre el Señor nos va a perdonar.
Cuatro palabras resaltaría de este texto. Paz, fe, amor y salvación o perdón.
‘Vete en paz’, le dice finalmente Jesús a aquella mujer. Vete en paz porque has encontrado la salvación y el perdón. Es la paz que tenemos que sentir siempre en nosotros cuando nos acercamos a Jesús.
‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. Con fe aquella mujer pecadora se acercó a Jesús. No temió. Confiaba. Tenía la certeza y la confianza de que en Jesús iba a encontrar el perdón de sus muchos pecados. Habría contemplado ella el actuar de Jesús. Había visto a tantos que se acercaban a Jesús y salía rebosantes de paz y de vida de su presencia.
‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’. Bien lo había manifestado atreviéndose a acercarse a Jesús. Bien lo había manifestado con sus lágrimas, con sus besos, con sus perfumes profusamente derramados sobre los pies de Jesús. Eran signos externos del amor que había en su corazón. Sabía que mucho era lo que se le iba a perdonar, y por eso ya estaba amando mucho. Era el amor sí del agradecimiento. Era el amor de quien se sentía amada.
‘Tus pecados están perdonados... tu fe te ha salvado’. Había llegado para ella la salvación y el perdón. Por eso ahora desparramaría amor por todos sus poros. Por eso ahora podía salir llena de paz de la presencia del Señor.
Pero ¿qué había detrás de todo esto? Allí está el amor de Dios que quiere la salvación de todos. Allí está el amor de Jesús que se deja encontrar por el pecador, que llama y atrae al pecador, que sale al encuentro. Es su amor y su cercanía. Lo vemos tantas veces en el Evangelio. Lo sentimos en nosotros si sabemos abrir los ojos a la fe. Son tantas las llamadas del Señor invitándonos a ir a El a pesar de que sean muchos nuestros pecados. Para todo pecado hay perdón. Es gracia. Es regalo del Señor. Cristo, en esta ocasión, se deja hacer: que le laven los pies con sus lágrimas, que se le enjugue con su cabello, que se derrame perfume carísimo, aunque haya alguno como en otra ocasión que piense que se podía haber gastado de otra manera.
Detrás está también el amor y el arrepentimiento del pecador. El mejor arrepentimiento está en el amor. No en el temor, sino en el amor. Es así, desde el amor, con amor, cómo tenemos que acercarnos arrepentidos al Señor. Porque tenemos la confianza y la certeza de su amor. Y es que en Cristo siempre vamos a encontrar la paz.
Sal. 117
Lc. 7, 36-50
De todos es conocido el texto y lo hemos meditado muchas veces. La mujer pecadora que se atreve a introducirse en la casa del fariseo para llorar a los pies de Jesús y con su amor sentirse perdonada por El. Ya conocemos los detalles. El fariseo, tan puritano él, que juzga en su interior, Jesús que descubre su pensamiento y que le propone una pequeña parábola a aquel hombre para hacerle comprender de verdad lo que allí está sucediendo.
Vamos a fijarnos en algunos detalles de este pasaje que es muy rico en enseñanzas para nuestra vida. En la parábola que Jesús propone a Simón, y ante la pregunta final que Jesús le hace de quien le amará más de aquellos dos deudores, le responde: le amará más ‘aquel a quien le perdonó más’.
Pero en la comparación que Jesús le hace en referencia a aquella mujer que con sus lágrimas, sus perfumes y sus besos ha hecho lo que ritualmente tenía que haber realizado el anfitrión de aquella comida, finalmente le dice: ‘sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor’.
En uno el amor es porque se le perdonó mucho, y en la otra el que haya amado mucho es causa y motivo para el perdón. Nos enseña así cómo tenemos que acercarnos a Jesús incluso desde nuestra condición pecadora. Con mucho amor, porque además sabemos que siempre el Señor nos va a perdonar.
Cuatro palabras resaltaría de este texto. Paz, fe, amor y salvación o perdón.
‘Vete en paz’, le dice finalmente Jesús a aquella mujer. Vete en paz porque has encontrado la salvación y el perdón. Es la paz que tenemos que sentir siempre en nosotros cuando nos acercamos a Jesús.
‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. Con fe aquella mujer pecadora se acercó a Jesús. No temió. Confiaba. Tenía la certeza y la confianza de que en Jesús iba a encontrar el perdón de sus muchos pecados. Habría contemplado ella el actuar de Jesús. Había visto a tantos que se acercaban a Jesús y salía rebosantes de paz y de vida de su presencia.
‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’. Bien lo había manifestado atreviéndose a acercarse a Jesús. Bien lo había manifestado con sus lágrimas, con sus besos, con sus perfumes profusamente derramados sobre los pies de Jesús. Eran signos externos del amor que había en su corazón. Sabía que mucho era lo que se le iba a perdonar, y por eso ya estaba amando mucho. Era el amor sí del agradecimiento. Era el amor de quien se sentía amada.
‘Tus pecados están perdonados... tu fe te ha salvado’. Había llegado para ella la salvación y el perdón. Por eso ahora desparramaría amor por todos sus poros. Por eso ahora podía salir llena de paz de la presencia del Señor.
Pero ¿qué había detrás de todo esto? Allí está el amor de Dios que quiere la salvación de todos. Allí está el amor de Jesús que se deja encontrar por el pecador, que llama y atrae al pecador, que sale al encuentro. Es su amor y su cercanía. Lo vemos tantas veces en el Evangelio. Lo sentimos en nosotros si sabemos abrir los ojos a la fe. Son tantas las llamadas del Señor invitándonos a ir a El a pesar de que sean muchos nuestros pecados. Para todo pecado hay perdón. Es gracia. Es regalo del Señor. Cristo, en esta ocasión, se deja hacer: que le laven los pies con sus lágrimas, que se le enjugue con su cabello, que se derrame perfume carísimo, aunque haya alguno como en otra ocasión que piense que se podía haber gastado de otra manera.
Detrás está también el amor y el arrepentimiento del pecador. El mejor arrepentimiento está en el amor. No en el temor, sino en el amor. Es así, desde el amor, con amor, cómo tenemos que acercarnos arrepentidos al Señor. Porque tenemos la confianza y la certeza de su amor. Y es que en Cristo siempre vamos a encontrar la paz.
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miércoles, 17 de septiembre de 2008
La sublimidad del amor
La sublimidad del amor
1Cor. 12, 31 – 13, 13
Sal.32
Lc. 11, 31-35
‘Ambicionad los carismas mejores’. Así ha comenzado diciéndonos san Pablo hoy. ¿De qué nos va a hablar? Nos había hablado anteriormente de los diferentes carismas existentes en la comunidad, cuando nos hablaba de que somos uno en Cristo Jesús formando un solo cuerpo. Hoy nos va a hablar del amor.
Amor que es el que da profundidad a la vida. Amor que es algo más que hacer cosas buenas, o tener conocimiento de altísimos conocimientos. Amor que es una actitud profunda del corazón. Amor que es el sentimiento del alma. ‘Podría hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles... podría conocer todos los secretos y todo el saber... podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve’, nos dirá tajantemente.
Efectivamente sólo el hacer cosas buenas no es señal del amor, porque lo puedo hacer de forma interesada, lo puedo hacer a regañadientes, lo puedo hacer simplemente porque me han hecho cosas buenas a mí, pero puede ser que realmente no ame desde el fondo de mi corazón. Por eso, nos habla de la importancia y de la necesidad del amor. Puedo hacer cosas buenas y hoy hablamos de derechos y de derechos humanos, de justicia y de deber para con los demás, pero será el amor el que dulcifique, el que humanice profundamente el ejercicio o la defensa de esos derechos humanos y esa justicia.
Nos da una serie de cualidades el apóstol para ese amor. No en vano a este trozo de la carta a los Corintios se le suele llamar el himno de la caridad. Y nos habla del amor comprensivo y generoso, del amor de quien se da y no da simplemente cosas, del amor humilde y servicial, del amor que nos hace ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos, del amor que perdona siempre.
Lo que nos dice san Pablo es un fiel reflejo de lo que nos dice el Evangelio. Sería hermoso detenerse a ir comparando cada una de esas cualidades que Pablo le atribuye al amor con dichos de Jesús, con actitudes y gestos de Jesús en el Evangelio.
Jesús nos enseña a darnos sin medida, generosamente; nos enseña a no ponernos nunca por encima de nadie ni despreciar al otro; nos enseña a hacernos los últimos; a hacernos pequeños por el Reino de Dios; a ser delicados en nuestro amor hasta en los más pequeños detalles; a perdonar siempre hasta setenta veces siete; a confiar siempre en los demás; a aceptar a todos sea quien sea; a amar incluso a quienes nos hagan daño o se consideren nuestros enemigos.
Recordemos los gestos que Jesús tenía con los discípulos, las palabras de Jesús en el sermón del monte. Es nuestro modelo y ejemplo. Le vemos acoger a los niños, a los pecadores, a los que son marginados de la sociedad, prometer el paraíso al ladrón arrepentido, perdonar disculpando incluso a los que lo están crucificando.
Pero es que nuestro amor cristiano tiene algo más en su interior. Jesús nos dice que seamos ‘perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto’, seamos ‘comprensivos como nuestro Padre del cielo’. Y además Jesús nos dice que cuando amamos y hacemos el bien al hermano a El se lo estamos haciendo. Es ese plus, podríamos decir, que tiene el amor cristiano. Ponemos a Dios en nuestro amor. Vemos a Jesús en aquel a quien amamos. No son ya sólo nuestros sentimientos humanos. Es algo más, porque el Espíritu de Jesús está amando en nosotros. Nuestro estilo de amor es el estilo del amor de Jesús. Es su mandamiento, pero además hemos de hacerlo con un amor como el de El. ‘Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. Es ya la sublimidad del amor.
Y finalmente tenemos que decir que en un amor así llegaremos al conocimiento de Dios. Quien ama, conoce a Dios, porque Dios es amor, como nos enseñará luego san Juan en sus cartas.
‘El amor no pasa jamás’, nos dice el Apóstol. Terminará diciéndonos: ‘Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más excelente de todas es el amor’. Amemos con un amor así.
1Cor. 12, 31 – 13, 13
Sal.32
Lc. 11, 31-35
‘Ambicionad los carismas mejores’. Así ha comenzado diciéndonos san Pablo hoy. ¿De qué nos va a hablar? Nos había hablado anteriormente de los diferentes carismas existentes en la comunidad, cuando nos hablaba de que somos uno en Cristo Jesús formando un solo cuerpo. Hoy nos va a hablar del amor.
Amor que es el que da profundidad a la vida. Amor que es algo más que hacer cosas buenas, o tener conocimiento de altísimos conocimientos. Amor que es una actitud profunda del corazón. Amor que es el sentimiento del alma. ‘Podría hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles... podría conocer todos los secretos y todo el saber... podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve’, nos dirá tajantemente.
Efectivamente sólo el hacer cosas buenas no es señal del amor, porque lo puedo hacer de forma interesada, lo puedo hacer a regañadientes, lo puedo hacer simplemente porque me han hecho cosas buenas a mí, pero puede ser que realmente no ame desde el fondo de mi corazón. Por eso, nos habla de la importancia y de la necesidad del amor. Puedo hacer cosas buenas y hoy hablamos de derechos y de derechos humanos, de justicia y de deber para con los demás, pero será el amor el que dulcifique, el que humanice profundamente el ejercicio o la defensa de esos derechos humanos y esa justicia.
Nos da una serie de cualidades el apóstol para ese amor. No en vano a este trozo de la carta a los Corintios se le suele llamar el himno de la caridad. Y nos habla del amor comprensivo y generoso, del amor de quien se da y no da simplemente cosas, del amor humilde y servicial, del amor que nos hace ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos, del amor que perdona siempre.
Lo que nos dice san Pablo es un fiel reflejo de lo que nos dice el Evangelio. Sería hermoso detenerse a ir comparando cada una de esas cualidades que Pablo le atribuye al amor con dichos de Jesús, con actitudes y gestos de Jesús en el Evangelio.
Jesús nos enseña a darnos sin medida, generosamente; nos enseña a no ponernos nunca por encima de nadie ni despreciar al otro; nos enseña a hacernos los últimos; a hacernos pequeños por el Reino de Dios; a ser delicados en nuestro amor hasta en los más pequeños detalles; a perdonar siempre hasta setenta veces siete; a confiar siempre en los demás; a aceptar a todos sea quien sea; a amar incluso a quienes nos hagan daño o se consideren nuestros enemigos.
Recordemos los gestos que Jesús tenía con los discípulos, las palabras de Jesús en el sermón del monte. Es nuestro modelo y ejemplo. Le vemos acoger a los niños, a los pecadores, a los que son marginados de la sociedad, prometer el paraíso al ladrón arrepentido, perdonar disculpando incluso a los que lo están crucificando.
Pero es que nuestro amor cristiano tiene algo más en su interior. Jesús nos dice que seamos ‘perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto’, seamos ‘comprensivos como nuestro Padre del cielo’. Y además Jesús nos dice que cuando amamos y hacemos el bien al hermano a El se lo estamos haciendo. Es ese plus, podríamos decir, que tiene el amor cristiano. Ponemos a Dios en nuestro amor. Vemos a Jesús en aquel a quien amamos. No son ya sólo nuestros sentimientos humanos. Es algo más, porque el Espíritu de Jesús está amando en nosotros. Nuestro estilo de amor es el estilo del amor de Jesús. Es su mandamiento, pero además hemos de hacerlo con un amor como el de El. ‘Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. Es ya la sublimidad del amor.
Y finalmente tenemos que decir que en un amor así llegaremos al conocimiento de Dios. Quien ama, conoce a Dios, porque Dios es amor, como nos enseñará luego san Juan en sus cartas.
‘El amor no pasa jamás’, nos dice el Apóstol. Terminará diciéndonos: ‘Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más excelente de todas es el amor’. Amemos con un amor así.
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martes, 16 de septiembre de 2008
Todos somos uno en Cristo Jesús formando un solo Cuerpo
1Cor. 12, 12-14.27-31
Sal. 99
Lc. 7, 11-17
Sal. 99
Lc. 7, 11-17
Las palabras de Pablo podrían haber resultado novedosas en la sociedad de su tiempo. Una sociedad marcada por grandes diferencias entre unas personas y otras, pues no a todos se les consideraba como iguales. Así estaban los esclavos y los libres, los que tenían el derecho de ciudadano romano o los que eran extranjeros, los que se les consideraba bárbaros o los que fueran de otra raza.
Y san Pablo, siguiendo el espíritu del evangelio habla de una nueva igualdad donde todos somos uno como miembros de un mismo cuerpo. ‘Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu...’ Y nos propone la imagen del cuerpo humano. Son muchos los miembros que lo forman, pero es un solo cuerpo.
Pero en su comparación nos dice que así es Cristo, porque nosotros somos sus miembros y en Cristo todos somos uno. ‘Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro’. Se fundamenta así lo que llamamos la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Por eso nos hablará a continuación de las diversas funciones o ministerios que vamos a encontrar dentro de ese Cuerpo que es la Iglesia. ‘Apóstoles... profetas... maestros... los que tienen el don de hacer milagros... o el don de curar... la beneficencia... el gobierno... etc’.
Una primera mirada, pues, que tenemos que hacer a la Iglesia, donde tenemos que vivir esa unidad y ese servicio entre todos los miembros de la Iglesia. Miramos así a nuestras comunidades, y tendríamos que apreciar la riqueza que en ellas podemos encontrar cuando todos nos sentimos en verdad miembros de esa Iglesia, pero no queremos ser unos miembros pasivos, sino que de forma activa todos contribuimos a su crecimiento. Catequistas, agentes de cáritas, visitadores de enfermos, apostolado seglar, movimientos de familia, movimientos juveniles, animadores litúrgicos, etc...
Miremos pues cómo tendríamos en nuestras comunidades que fomentar esos carismas de sus miembros para que haya ese verdadera enriquecimiento mutuo, ese enriquecimiento de la comunidad. Cuando nos encontramos con unas comunidades con esa vitalidad tenemos que saber dar gracias a Dios que suscita así sus dones dentro de la Iglesia. Pero tenemos que procurar también que eso sea posible en nuestras comunidades porque lo fomentemos y porque todos además lo valoremos.
Muchas veces en nuestras comunidades cristianas no sabemos apreciarlo y valorarlo. No somos capaces de detectar esos valores que existen en los demás y descubrir cómo cada uno tiene su carisma, sus cualidades, sus valores que han de saber poner al servicio de la comunidad. Confieso que es algo que he deseado fuertemente cuando en las parroquias quería hacer que hubiera vitalidad, entusiasmo, espíritu de servicio en todos sus miembros y me gustaba resaltar esos carismas que se podían encontrar en los demás, aunque no siempre era fácil. Algunas veces nos encontramos que hay personas que podrían hacer muchas cosas en ese sentido, pero no siempre tienen la disponibilidad necesario para esa entrega y eso merma la riqueza de vida de una comunidad.
Decía al principio que en su época las palabras de Pablo podrían resultar novedosas por las tremendas diferencias sociales que marcaban la vida de las personas y de la sociedad. Pero quiero pensar si no tendríamos que sacar consecuencias también para el momento en que vivimos actualmente. Con la movilidad de personas que vivimos en estos momentos en nuestra sociedad con la emigración, donde ya es fácil encontrarnos con personas de muchos diferentes países en nuestro entorno, tendríamos que aplicar estas palabras de palabra a lo que vivimos hoy.
Tenemos el peligro y la tentación de seguir mirando de manera diferente a las gentes que nos llegan a nuestro entorno, y sea por el color de su piel, por sus costumbres o porque nos vienen de países de cultura diferente. También hoy tendríamos que decir las palabras de Pablo ‘todos nosotros, seamos canarios o africanos, vengan de Sudamérica o de los países del este europeo, seamos de un color o de otro, de una raza o de otra, todos somos uno en Cristo Jesús’. Y eso se traduzca en la aceptación de toda persona sin ningún tipo de desconfianza; y eso signifique su integración en nuestras comunidades humanas y cristianas. Nuestras parroquias tendrían que ser de verdad un hogar acogedor para toda clase de personas, y, en este caso, pienso de manera especial en los emigrantes que llegan a nuestras fronteras.Que seamos en verdad ese único Cuerpo que es Cristo.
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lunes, 15 de septiembre de 2008
Junto a la cruz de Jesús estaba su madre
Hebreos, 5, 7-9
Sal. 30
Jn. 19, 25-27
‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena...’
Ayer contemplábamos la Cruz y a Jesucristo crucificado en ella. Hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la Madre de Jesús. Nos deteníamos ante su misterio de amor y tratábamos de aprender todas las lecciones que desde la Cruz Jesús nos enseñaba. “Miramos a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte”.
Como nos dice la Carta a los Hebreos, ‘a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’. Se encarnó para hacer la voluntad del Padre. ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, que nos dice la misma Carta a los Hebreos que fue el grito del Hijo al entrar en el mundo. Asumió nuestra condición humana, de manera que, como reflexionábamos ayer, "en su cruz están todos los que sufren... en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos... el dolor y sufrimiento de todos los hombres..."
De la misma manera contemplamos a María. También ella dijo Sí. ‘Aquí estoy... aquí está la esclava del Señor... hágase en mí según tu palabra...’ Fueron las palabras de María dando su consentimiento a que Dios se encarnase en sus entrañas. Fue el Sí de María para unirse a la vida de su Hijo, que sería el Mesías Salvador, con todo lo que ello implicaba. Ese Sí de María es el que ahora sigue repitiendo al pie de la Cruz. María también ‘aprendió, sufriendo, a obedecer’, porque ella en todo lo que quería siempre era la voluntad de Dios, la gloria del Señor.
La vemos transida de dolor, pero fuerte y de pie al lado de la cruz. También para María ese es la parte del camino que conduce a la vida. Y ahí, la contemplamos Madre dolorosa, porque está en el sufrimiento de una Madre que ve morir a su Hijo. La contemplamos Madre dolorosa porque es la Madre que se une al sufrimiento redentor de Cristo, en esa ofrenda de amor que ella hace de su vida. La vemos Madre dolorosa porque en su corazón están ya desde ahora todos sus hijos los hombres, que Cristo allí en la Cruz le ha confiando y con ella están también todos sus dolores y sufrimientos.
María está al lado del sufrimiento de sus hijos, haciendo suyo su dolor, como una madre sabe hacerlo. Si está junto a la cruz de Jesús y la cruz de Cristo es el espejo de ese sufrimiento y muerte de toda la humanidad, María está junto al dolor y sufrimiento de toda la humanidad.
¿No acudimos nosotros a María desde nuestras necesidades y sufrimientos? ¿No buscamos en ella el consuelo y la fortaleza de una madre? ¿No queremos sentirla a nuestro lado en todo momento, pero de manera especial cuando nos atenaza el dolor y el sufrimiento de nuestros padeceres, de nuestros problemas, o de esa inquietud y desazón que brota en nuestro corazón cuando vemos el sufrimiento de nuestros hermanos los hombres? Hambre y sed de justicia que nos hacen padecer y sufrir ante las injusticias de los hombres. Viviendo en nosotros ese misterio de la encarnación en nuestros hermanos sepamos hacer nuestro el dolor y el sufrimiento de los demás. Hambriento y sedientos acudimos a María para que ella sea nuestra fortaleza y pueda entonces realizarse en nosotros la bienaventuranza de Jesús.
Que sintamos ese caminar de María a nuestro lado. Que María nos enseñe a sentir también nosotros como nuestro el sufrimiento y el dolor de nuestros hermanos. Que María nos alcance el Señor la gracia de la fortaleza. Que María sea nuestro consuelo. Que con María caminemos ese camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, que es el camino de la cruz, pero que es el camino que nos lleva a la vida.
Sal. 30
Jn. 19, 25-27
‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena...’
Ayer contemplábamos la Cruz y a Jesucristo crucificado en ella. Hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la Madre de Jesús. Nos deteníamos ante su misterio de amor y tratábamos de aprender todas las lecciones que desde la Cruz Jesús nos enseñaba. “Miramos a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte”.
Como nos dice la Carta a los Hebreos, ‘a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’. Se encarnó para hacer la voluntad del Padre. ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, que nos dice la misma Carta a los Hebreos que fue el grito del Hijo al entrar en el mundo. Asumió nuestra condición humana, de manera que, como reflexionábamos ayer, "en su cruz están todos los que sufren... en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos... el dolor y sufrimiento de todos los hombres..."
De la misma manera contemplamos a María. También ella dijo Sí. ‘Aquí estoy... aquí está la esclava del Señor... hágase en mí según tu palabra...’ Fueron las palabras de María dando su consentimiento a que Dios se encarnase en sus entrañas. Fue el Sí de María para unirse a la vida de su Hijo, que sería el Mesías Salvador, con todo lo que ello implicaba. Ese Sí de María es el que ahora sigue repitiendo al pie de la Cruz. María también ‘aprendió, sufriendo, a obedecer’, porque ella en todo lo que quería siempre era la voluntad de Dios, la gloria del Señor.
La vemos transida de dolor, pero fuerte y de pie al lado de la cruz. También para María ese es la parte del camino que conduce a la vida. Y ahí, la contemplamos Madre dolorosa, porque está en el sufrimiento de una Madre que ve morir a su Hijo. La contemplamos Madre dolorosa porque es la Madre que se une al sufrimiento redentor de Cristo, en esa ofrenda de amor que ella hace de su vida. La vemos Madre dolorosa porque en su corazón están ya desde ahora todos sus hijos los hombres, que Cristo allí en la Cruz le ha confiando y con ella están también todos sus dolores y sufrimientos.
María está al lado del sufrimiento de sus hijos, haciendo suyo su dolor, como una madre sabe hacerlo. Si está junto a la cruz de Jesús y la cruz de Cristo es el espejo de ese sufrimiento y muerte de toda la humanidad, María está junto al dolor y sufrimiento de toda la humanidad.
¿No acudimos nosotros a María desde nuestras necesidades y sufrimientos? ¿No buscamos en ella el consuelo y la fortaleza de una madre? ¿No queremos sentirla a nuestro lado en todo momento, pero de manera especial cuando nos atenaza el dolor y el sufrimiento de nuestros padeceres, de nuestros problemas, o de esa inquietud y desazón que brota en nuestro corazón cuando vemos el sufrimiento de nuestros hermanos los hombres? Hambre y sed de justicia que nos hacen padecer y sufrir ante las injusticias de los hombres. Viviendo en nosotros ese misterio de la encarnación en nuestros hermanos sepamos hacer nuestro el dolor y el sufrimiento de los demás. Hambriento y sedientos acudimos a María para que ella sea nuestra fortaleza y pueda entonces realizarse en nosotros la bienaventuranza de Jesús.
Que sintamos ese caminar de María a nuestro lado. Que María nos enseñe a sentir también nosotros como nuestro el sufrimiento y el dolor de nuestros hermanos. Que María nos alcance el Señor la gracia de la fortaleza. Que María sea nuestro consuelo. Que con María caminemos ese camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, que es el camino de la cruz, pero que es el camino que nos lleva a la vida.
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domingo, 14 de septiembre de 2008
La cruz, misterio de amor
Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Fil. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17
Ponernos ante la Cruz es ponernos ante el Misterio. La cruz nos sobrecoge, como el sufrimiento nos duele. Es lo que contemplamos desde una primera mirada en la cruz. Muchos se sienten así cuando contemplan la cruz. Y a quienes la fe no les dice nada no terminan de comprender que nosotros los cristianos levantemos los ojos hasta la Cruz para contemplar a alguien que en ella muere ajusticiado.
Y es que ante el misterio no nos podemos poner de cualquier manera. Decíamos que es misterio y el misterio es algo que nos sobrepasa, va más allá de lo que nosotros podamos comprender y supera todas nuestras lógicas humanas. O somos capaces de ponernos ante ella con ojos de fe, o si seguimos contemplando ese misterio cara a cara y con sinceridad al final terminaremos haciendo también un reconocimiento de fe. El que se va en huída no llegará a vislumbrar lo que hay detrás de ese misterio, y se rebelará y desesperará o terminará perdiendo la poca fe que le quede en su interior.
Contemplamos, es cierto, un instrumento de muerte, de pasión, de dolor, de sufrimiento. Pero la cruz no puede ser una meta, un fin, sino que tiene que ser un camino, como lo fue en el misterio de Cristo. La Cruz es parte del camino que lleva a la vida. Es lo que podemos contemplar en Cristo muerto en la Cruz. Porque nunca me voy a quedar sólo en la cruz, como no puedo separar a Cristo de la Cruz, pero tampoco me quedo sólo con Cristo en la Cruz. Porque a Cristo no lo puedo separar de la vida, y siempre detrás de la Cruz tendré que contemplar la resurrección para poder captar su pleno sentido.
El evangelio de este domingo nos ha presentado palabras de la conversación de Jesús con Nicodemo, para terminar hablándonos del misterio de Cristo y del misterio del amor de Dios. Pero antes Jesús le había dicho a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para poder ver, para poder entrar en el Reino de Dios. Nos hace falta sí, un nuevo nacimiento, un nuevo sentido en mi vida, para comprender todo el misterio de Cristo, y lo que representa entonces su muerte y resurrección.
‘Mirarán al que atravesaron’, había anunciado un profeta y nos lo vuelve a repetir de alguna manera Juan en su Evangelio. ‘Porque el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna’.
Miramos a Cristo atravesado por la pasión y la muerte, clavado en el madero de la cruz, y descubrimos un misterio inmenso de amor. Ahí se está manifestando cuánto es el amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al hombre, al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Ahí en la Cruz estamos descubriendo ese camino de amor, ese camino de vida que Dios ofrece al hombre, que Dios ofrece al mundo. Estamos contemplando un amor a fondo perdido.
La cruz de Cristo es manifestación de amor y es signo y señal de la entrega y del sacrificio que nos libera y que nos salva. Todo para la vida. Porque ‘donde tuvo origen la muerte, de allí resurgirá la vida, y el que venció en un árbol, será en un árbol vencido’. Nos recuerda a Adán que al pie de un árbol sintió la tentación de ser como dios, y se dejó vencer por la muerte; pero contemplamos a Cristo que en lo alto de un madero se entrega para vencer a la muerte y para darnos la vida. La Cruz no es una derrota, es una victoria.
Pero la cruz de Cristo puede ser algo más. Puede ser espejo de la tiniebla, del mal y de la muerte. Puede ser espejo donde contemplemos la tinieblas de nuestro mundo, el mal que nos tienta y nos atenaza, donde estamos viendo también todo el sufrimiento de la humanidad. En esa cruz están todos los que sufren.
Algunas veces cuando contemplamos los sufrimientos de los hombres, especialmente de los inocentes, nos hacemos muchas preguntas en nuestro interior de difícil respuesta. Miremos entonces al Inocente que está clavado en la cruz y veamos que El es espejo de todo ese mundo de tinieblas y de muerte que nos rodea en el sufrimiento de tantos. Pero si contemplamos toda ese lado oscuro de la vida del hombre, miremos el lado de luz con que Cristo quiere iluminarnos. Porque en Cristo y en su amor está la luz. Como decíamos antes no nos quedamos sólo en Cristo en la Cruz, sino que siempre nuestra mirada tiene llevarnos más allá, porque tiene que llevarnos a la luz de la resurrección.
La cruz de Cristo, finalmente, nos descubre lo que es el rostro misericordioso del Padre. ‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de El’. Porque Dios nos ama, contemplamos a Cristo en la Cruz. Miramos, pues, a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte. Por eso en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos y está nuestra muerte, el dolor, sufrimiento y muerte de todos los hombres, que Cristo ha asumido en sí mismo desde el momento de su Encarnación.
Que esa mirada a la Cruz de Cristo, hoy que estamos celebrando esta fiesta de su exaltación, nos lleve a hacer nosotros el mismo camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, de seguimiento de Jesús, de ser en verdad discípulos y apóstoles que es el camino de la cruz, pero que será siempre camino que nos lleve a la vida.
Nos ponemos ante la cruz y nos ponemos ante el Misterio. Pero será un misterio, entonces, que nos haga ahondar en nuestra fe y en nuestro amor. La cruz, por otra parte, no puede ser nunca sólo un adorno bonito, ni algo así como un talismán milagroso que lo llevo porque me da suerte. La cruz tendrá siempre que recordarme una fe y un amor, para ponerme siempre en ese camino que es el seguimiento de Jesús con todas sus consecuencias, como lo fue su Encarnación.
Ponernos ante la Cruz es ponernos ante el Misterio. La cruz nos sobrecoge, como el sufrimiento nos duele. Es lo que contemplamos desde una primera mirada en la cruz. Muchos se sienten así cuando contemplan la cruz. Y a quienes la fe no les dice nada no terminan de comprender que nosotros los cristianos levantemos los ojos hasta la Cruz para contemplar a alguien que en ella muere ajusticiado.
Y es que ante el misterio no nos podemos poner de cualquier manera. Decíamos que es misterio y el misterio es algo que nos sobrepasa, va más allá de lo que nosotros podamos comprender y supera todas nuestras lógicas humanas. O somos capaces de ponernos ante ella con ojos de fe, o si seguimos contemplando ese misterio cara a cara y con sinceridad al final terminaremos haciendo también un reconocimiento de fe. El que se va en huída no llegará a vislumbrar lo que hay detrás de ese misterio, y se rebelará y desesperará o terminará perdiendo la poca fe que le quede en su interior.
Contemplamos, es cierto, un instrumento de muerte, de pasión, de dolor, de sufrimiento. Pero la cruz no puede ser una meta, un fin, sino que tiene que ser un camino, como lo fue en el misterio de Cristo. La Cruz es parte del camino que lleva a la vida. Es lo que podemos contemplar en Cristo muerto en la Cruz. Porque nunca me voy a quedar sólo en la cruz, como no puedo separar a Cristo de la Cruz, pero tampoco me quedo sólo con Cristo en la Cruz. Porque a Cristo no lo puedo separar de la vida, y siempre detrás de la Cruz tendré que contemplar la resurrección para poder captar su pleno sentido.
El evangelio de este domingo nos ha presentado palabras de la conversación de Jesús con Nicodemo, para terminar hablándonos del misterio de Cristo y del misterio del amor de Dios. Pero antes Jesús le había dicho a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para poder ver, para poder entrar en el Reino de Dios. Nos hace falta sí, un nuevo nacimiento, un nuevo sentido en mi vida, para comprender todo el misterio de Cristo, y lo que representa entonces su muerte y resurrección.
‘Mirarán al que atravesaron’, había anunciado un profeta y nos lo vuelve a repetir de alguna manera Juan en su Evangelio. ‘Porque el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna’.
Miramos a Cristo atravesado por la pasión y la muerte, clavado en el madero de la cruz, y descubrimos un misterio inmenso de amor. Ahí se está manifestando cuánto es el amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al hombre, al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Ahí en la Cruz estamos descubriendo ese camino de amor, ese camino de vida que Dios ofrece al hombre, que Dios ofrece al mundo. Estamos contemplando un amor a fondo perdido.
La cruz de Cristo es manifestación de amor y es signo y señal de la entrega y del sacrificio que nos libera y que nos salva. Todo para la vida. Porque ‘donde tuvo origen la muerte, de allí resurgirá la vida, y el que venció en un árbol, será en un árbol vencido’. Nos recuerda a Adán que al pie de un árbol sintió la tentación de ser como dios, y se dejó vencer por la muerte; pero contemplamos a Cristo que en lo alto de un madero se entrega para vencer a la muerte y para darnos la vida. La Cruz no es una derrota, es una victoria.
Pero la cruz de Cristo puede ser algo más. Puede ser espejo de la tiniebla, del mal y de la muerte. Puede ser espejo donde contemplemos la tinieblas de nuestro mundo, el mal que nos tienta y nos atenaza, donde estamos viendo también todo el sufrimiento de la humanidad. En esa cruz están todos los que sufren.
Algunas veces cuando contemplamos los sufrimientos de los hombres, especialmente de los inocentes, nos hacemos muchas preguntas en nuestro interior de difícil respuesta. Miremos entonces al Inocente que está clavado en la cruz y veamos que El es espejo de todo ese mundo de tinieblas y de muerte que nos rodea en el sufrimiento de tantos. Pero si contemplamos toda ese lado oscuro de la vida del hombre, miremos el lado de luz con que Cristo quiere iluminarnos. Porque en Cristo y en su amor está la luz. Como decíamos antes no nos quedamos sólo en Cristo en la Cruz, sino que siempre nuestra mirada tiene llevarnos más allá, porque tiene que llevarnos a la luz de la resurrección.
La cruz de Cristo, finalmente, nos descubre lo que es el rostro misericordioso del Padre. ‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de El’. Porque Dios nos ama, contemplamos a Cristo en la Cruz. Miramos, pues, a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte. Por eso en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos y está nuestra muerte, el dolor, sufrimiento y muerte de todos los hombres, que Cristo ha asumido en sí mismo desde el momento de su Encarnación.
Que esa mirada a la Cruz de Cristo, hoy que estamos celebrando esta fiesta de su exaltación, nos lleve a hacer nosotros el mismo camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, de seguimiento de Jesús, de ser en verdad discípulos y apóstoles que es el camino de la cruz, pero que será siempre camino que nos lleve a la vida.
Nos ponemos ante la cruz y nos ponemos ante el Misterio. Pero será un misterio, entonces, que nos haga ahondar en nuestra fe y en nuestro amor. La cruz, por otra parte, no puede ser nunca sólo un adorno bonito, ni algo así como un talismán milagroso que lo llevo porque me da suerte. La cruz tendrá siempre que recordarme una fe y un amor, para ponerme siempre en ese camino que es el seguimiento de Jesús con todas sus consecuencias, como lo fue su Encarnación.
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