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sábado, 10 de diciembre de 2022

Tengamos la valentía de ponernos con sinceridad ante la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por esa Palabra que es luz, fortaleza y camino hacia la verdad en plenitud

 


Tengamos la valentía de ponernos con sinceridad ante la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por esa Palabra que es luz, fortaleza y camino hacia la verdad en plenitud

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Sal 79; Mateo 17, 10-13

Muchas veces nos rondan preguntas en nuestro interior que de alguna manera se quedan en el tintero, porque parece que no encontramos el sitio ni el momento oportuno donde nos sintamos con confianza; puede ser la timidez o la inseguridad que muchas veces sentimos que nos hace como avergonzarnos de lo que nos ronda por dentro, pero en el fondo estamos deseando encontrar ese momento y esa persona. Sucede más de lo que pensamos; aunque parezca muchas veces que la relación es fluida entre las personas, entre los que se dicen amigos, o con aquellos que están ahí en la vida para ayudarnos, nos falta ese momento de coraje, de humildad y de valentía al mismo tiempo para plantearnos las cosas.

Hay cosas de las que nos cuesta hablar; nos parecen de nuestra particular intimidad, aunque en otras cosas seamos muchas veces muy locuaces y hasta muy liberales; pensemos que de nuestro interior poco decimos, de la vida espiritual no parece que sea un tema fácil o nos parece que nos van a tratar como ñoños o infantiles porque eso para algunos no está de moda, de las aspiraciones profundas de la vida solo contamos con muy pocas personas, de las dudas en cuestiones importantes nos callamos para no parecer unos analfabetos.

A los discípulos con Jesús les pasaba también muchas veces. Estaban con El, les explicaba con todo detalle las cosas que los demás no entendían, pero les vemos muchas veces por detrás discutiendo sobre sus ambiciones, y los recelos y envidias que entre ellos mismos se generaban porque siempre se andaban preguntando quien sería el más importante, algo así, que como quien iba a heredar el mando cuando Jesús faltase, lo hacían por detrás y como a escondidas, mientras iban de camino en que de alguna manera se dispersaban un poco.

Ahora parece que ha llegado el momento, sobre todo para aquellos tres que habían subido especialmente con El a la montaña y habían sido testigos de lo que allí había sucedido, la transfiguración del Señor. Parece que ahora se sienten con confianza y mientras van bajando surge alguna pregunta que llevaban rumiando en su interior. Habían conocido a Juan, el Bautista, allá en el desierto y alguno había sido incluso su discípulo, oían hablar de los antiguos profetas y de sus anuncios y promesas mesiánicas, ahora habían sido testigos en medio de la transfiguración de Jesús en la oración que habían aparecido Moisés y Elías hablando con Jesús.

De este profeta quieren preguntar. Estaba la nebulosa del misterio de su subida al cielo en un carro de fuego y los anuncios proféticos que hablaban de la vuelta de Elías cuando llegasen los momentos de plenitud. De alguna manera estaban presintiendo que esos momentos estaban llegando por lo que vislumbraban de Jesús y ahora más después de la teofanía del Tabor. ¿Había llegado ya el momento de la vuelta de Elías y eran entonces los tiempos del cumplimiento de las promesas mesiánicas?

‘¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?’ Jesús viene a decirles que muchas veces será difícil para la gente interpretar los signos de Dios. No siempre eran aceptados los profetas, muchos fueron rechazados violentamente. Allí habían tenido a Juan Bautista y no todos habían querido creer en El, y ya todos sabían cómo había terminado a manos de Herodes. Pero aprovecha Jesús para anunciar que al Hijo del Hombre le va a suceder de manera semejante porque no todos quieren aceptarlo. Aquí a ellos ahora mismo tampoco sabían interpretar estas palabras de Jesús. Pero Jesús les había día que Elías había venido ya, aunque no lo supieron ver. Interpretarían después ellos que Jesús se estaba refiriendo precisamente a Juan el Bautista.

El ángel en su aparición a Zacarías en el templo lo había anunciado como el que ‘venía con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de los padres hacia los hijos y a los desobedientes a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’. ¿No era eso precisamente lo que Juan había realizado con su predicación allá en el desierto junto al Jordán?

Dejémonos instruir por el Espíritu del Señor. Dejémonos conducir y no cerremos nuestros corazones. Tengamos la valentía de ponernos con sinceridad ante la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por esa Palabra que al mismo tiempo irá siendo luz en nuestras dudas, fortaleza en nuestra debilidad y camino cierto que nos conducirá a la Verdad plena.

viernes, 9 de diciembre de 2022

Busquemos la sabiduría que nos enseña a valorar lo bueno que los otros hacen y estaremos en camino de encontrar a Dios que ahí y así se hace presente en la vida

 


Busquemos la sabiduría que nos enseña a valorar lo bueno que los otros hacen y estaremos en camino de encontrar a Dios que ahí y así se hace presente en la vida

 Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19

Algunas veces no nos es fácil entendernos. Da la impresión que hablamos lenguajes o idiomas distintos. Nos hacemos nuestras particulares interpretaciones no solo de las palabras que escuchamos, sino que en nuestro juicio estamos queriendo mirar con lupa lo que los otros hacen, aunque da la impresión que la lupa está empañada. Si tenemos el cristal empañado, difícilmente podemos ver con claridad lo que hay al otro lado.

Los que utilizamos lentes o gafas, como comúnmente decimos, a veces nos damos cuenta que no vemos con claridad, pero es por la suciedad que se ha acumulado en nuestros cristales. Así nos pasa en el juicio o la interpretación que hacemos de los demás, vamos desde nuestras particulares ideas ya preconcebidas, vamos con nuestros prejuicios, o vamos también con nuestra malicia. Cuántos conflictos se generan.

Es cierto que cada uno tiene su manera de pensar, pero eso no nos debe encerrar nunca en nosotros mismos. Tiene que haber apertura en el corazón para ser capaces de ver lo bueno que hay en los demás. Cuando en la lucha de la vida nos volvemos opositores los unos de los otros, cuánto nos cuesta aceptar que el otro pueda tener razón, cuánto nos cuesta aceptar lo bueno que realiza el otro.

Y así andamos en nuestra sociedad, lo vemos en la vida social y política, pero lo vemos en las relaciones más cercanas, ya sea con los vecinos, con los compañeros de trabajo o incluso en la propia familia. Nosotros queremos tener siempre la razón y no aceptaremos que el otro pueda ofrecernos algo positivo.

Qué difícil es construir así. Más bien muchas veces nos destruimos. Siempre andamos enmendando pero desde nuestra particular vara de medir y nos cuesta ser objetivos. Nos falta serenidad de espíritu, nos falta madurez. Y no es cuestión de hacer sincretismos en cosas que puedan ser irreconciliables, pero tenemos que aprender a ser tolerantes y respetuosos, para poder ser en verdad constructores.

Les costaba entender a Jesús las gentes de su época. Vemos la diversidad de reacciones. La gente sencilla que se entusiasmaba porque se despertaban las esperanzas en su corazón, pero al mismo tiempo les costaba quitarse de la cabeza la idea preconcebida de lo que tenia que ser el Mesías, y eso no era lo que encontraban en Jesús, por eso se dejarán manipular fácilmente. Por otra parte los que veían que el mundo que se habían construido se les venía abajo, porque su postura era estar siempre en un escalón por encima de los demás, para sentirse con poder, para manipular para que todo fuera a su conveniencia, por sus interpretaciones erradas que hacían de la ley de los profetas.

Unos decían que nadie hablaba como este hombre, en referencia a Jesús, y otros venían con preguntas capciosas para intentar cogerle y para tener de donde desprestigiarle ante el áurea que se había creado en torno a Jesús. No podían aceptar la sabiduría de Jesús, aunque la tuvieran palpable ante sus ojos.

Era la queja de Jesús contra aquella generación. Son como los niños de la plaza, dice, que ni juegan ni dejan jugar. Juan les parecía demasiado austero y exigente en su petición de conversión, a Jesús lo veían como un comilón que se comía con gente de mala calaña, con publicanos y pecadores.

Pero no nos quedemos en hacer juicio de aquella generación, sino que esta Escritura lo que quiere es que nosotros nos enfrentemos con nosotros mismos. ¿Cuál es nuestra verdadera actitud ante Jesús y ante su Buena Nueva? ¿No andaremos también con nuestras componendas o con nuestros prejuicios? Con sinceridad tenemos que ponernos ante Jesús quitando todo lo que empañe nuestra mirada. Escucharle con sinceridad. Abrir nuestro corazón y dejarnos conducir por su espíritu. Tendremos que limpiar el corazón. Por algo siempre nos pide conversión. Es una mirada nueva y limpia con la que tenemos que mirar el evangelio para poder dejarnos conducir por el Espíritu.

Cuando vayamos limpiando nuestra mirada nos daremos cuenta que en los demás, en lo que hacen los otros, hay más belleza de la que nosotros imaginábamos. Es que no tenemos que andar con imaginaciones y prejuicios, sino que tenemos que aprender a valorar a los otros, valorar sus ideas y pensamientos, valorar su manera de actuar sin entrar en juicios sobre lo que hacen.

Así nos enriqueceremos todos, así podremos en verdad construir ese mundo mejor, así caminaremos con verdadera esperanza llena de optimismo por la vida, así estaremos haciendo verdadero adviento en nosotros. Encontraremos la verdadera sabiduría.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Con María desbordamos de gozo en el Señor porque a ella la hizo la llena de gracia y por ella somos nosotros bendecidos con toda clase de bendiciones

 


Con María desbordamos de gozo en el Señor porque a ella la hizo la llena de gracia y por ella somos nosotros bendecidos con toda clase de bendiciones

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

¡Qué suerte hemos tenido! Pensamos, por ejemplo ahora que estamos en fechas de eso, si nos toca la lotería. Es como un regalo que no esperábamos, aunque quizás lo deseamos. Nos volvemos locos de alegría. Como si nos hacen un regalo muy valioso que ni esperábamos y ni siquiera habíamos pensado en ello. No lo podemos callar, desborda la alegría de nosotros y queremos contagiar de ello a los demás.

‘Desbordo de gozo en el Señor mi Dios, porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava y el Señor ha hecho maravillas en mi’, cantará María cuando llega a casa de Isabel y no puede callar la noticia que lleva dentro de sí. Todo el camino había sido como un ensayo de cómo decirlo, de cómo cantar a Dios, de cómo dejar que todo aquel río de alegría y felicidad que lleva dentro de ella desborde y contagie a los demás. Por eso dirá Isabel que tan pronto oyó las palabras de saludo de María, la criatura – Juan el Bautista - saltaba de gozo en su seno.

No era para menos. El ángel en su saludo la había llamado la ‘llena de gracia’, y ante las dudas de María el ángel insiste en que ‘ha hallado gracia’ en la presencia de Dios y por eso ha sido elegida para ser la madre del Altísimo. Es más, el ángel le dirá que el Espíritu divino vendrá sobre ella y la cubrirá con su sombra para que lo que de ella ha de nacer sea llamado el Hijo de Dios.

Ha hallado gracia ante Dios, la llena de gracia, nos hemos acostumbrado a estas palabras que terminamos por no captar su hondo sentido. Gracia significa don, significa regalado; es lo que se regala gratuitamente, simplemente porque se quiere, no como pago a unos merecimientos, sino como un don que nos enriquece, porque nos da algo nuevo. Y María es la agraciada del Señor, la regalada del Señor; Dios derrocha en ella toda gracia, todo don, porque nada menos que le regala el que pueda ser su madre, la Madre de Dios. Y colmada de la bendición del Señor todo en ella será belleza porque será vida y será amor.

Es lo que se derrocha del corazón de Maria. En ella ya no podemos ver ninguna mancha, ninguna impureza, ningún pecado. Por eso hoy la llamamos Inmaculada, porque en ella ni siquiera la mancha del pecado original con el que todos nacemos la pudo manchar, porque en virtud de los méritos de Cristo, como decimos en el catecismo y en la teología, Maria fue preservada de toda mancha de pecado original. Es lo que hoy celebramos, es lo que hace que hoy la Iglesia se vista de fiesta con María.

Hoy nosotros nos sentimos bendecidos con María. Ese don de Dios, esa gracia de Dios para María no era solo para ella; somos nosotros los bendecidos también, somos nosotros los agraciados también. Porque en María, podemos decirlo así, se hizo presente la salvación de Dios para nosotros; quien nació de María, se llamaría Jesús, porque sería el Salvador, porque seria la salvación de Dios para la humanidad. El que nacerá de María, y ya prontamente lo vamos a celebrar, será el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Dios que se encarna en el seno de María, Dios que se hace hombre en las entrañas de María para participar de nuestra humanidad a la que iba a divinizar, iba a elevar también con ese don y esa gracia sobrenatural que a nosotros nos haría hijos de Dios. Es hermoso. Es motivo para que nosotros también desbordemos de gozo en el Señor, desbordemos de gozo con María porque también nos sentimos unos bendecidos de Dios, y para nosotros sería también la gracia, para nosotros sería también ese regalo del amor de Dios.

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’, decía el apóstol en la carta que hemos escuchado en la segunda lectura. Toda clase de bendiciones, porque ‘nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor… nos ha destinado a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

Somos, pues, también nosotros los agraciados, los regalados del Señor. Llamamos a María, la llena de gracia, pero es lo que también tendría que rebosar en nosotros. Tendríamos que aprender de María a decir sí, a reconocer la inmensidad de gracias y de maravillas que el Señor también realiza en nosotros, aunque seamos indignos, pero es el regalo del amor, que en María comprendemos mejor, que con María queremos por ello dar gracias a Dios.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Nos preparamos porque vamos a celebrar a quien viene a nosotros en el hoy de nuestra vida para poner esperanza en el corazón, ser nuestro descanso y nuestra fortaleza

 


Nos preparamos porque vamos a celebrar a quien viene a nosotros en el hoy de nuestra vida para poner esperanza en el corazón, ser nuestro descanso y nuestra fortaleza

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

Nos creemos que todos son felices, pero no lo son tanto. Quizás vivimos tan ensimismados en nuestras cosas que no se nos ocurre mirar alrededor, pero no por fuera, por la apariencia, sino en lo más hondo detrás de esa puerta, de ese rostro, de esa persona que pasa a nuestro lado corriendo a sus tareas, en medio de sus ocupaciones. También detrás de esa apariencia que nosotros manifestamos hay también muchas cosas que solo tu sabes si no lo compartes con nadie; aunque participemos en muchas cosas, hagamos fiesta o convivencia en muchas ocasiones juntos, siempre hay algo detrás que no a todos manifestamos y también la gente creerá que somos felices del todo, pero nos decimos ¡si tú supieras todo lo que hay dentro de mi, no tendrías esa opinión! Pero es lo que nos sucede con los otros.

La misma situación que vivimos en el momento presente no es propicia para muchas alegrías si nos paramos a pensar y a hacernos concientes de lo que hay a nuestro alrededor. En ocasiones parece que nos envolvieran tinieblas, o el túnel que atravesamos es tan oscuro que nos cuesta ver el final.

¿No nos duele el sufrimiento de los que llegan a nuestras costas – y pienso en nuestras costas canarias – en pateras que van dejando tras de sí un reguero de cadáveres mientras atraviesan nuestras aguas, o sobre el timón de carguero – como ha sucedido en estos días - en búsqueda de una vida mejor? Menciono lo más cercano a mi geografía, pero podemos pensar en esa riada continua que atraviesa Centroamérica en búsqueda de ese mundo mejor más al norte. Tantos desplazados de un lugar para otro en tantos lugares del mundo, o como sucede también cercano a nosotros en quienes dejan el campo para irse a las ciudades, o se van de una isla a otra, con todas las incógnitas e interrogantes que llevan en lo profundo de sí mismos ante lo que les deparará ese cambio de vida.

Pero está la lucha del día a día, con sus trabajos y preocupaciones, con los problemas que surgen en las familias o en los lugares de trabajo, con la convivencia que se hace cuesta arriba entre vecinos que no se hablan, con las enfermedades que no siempre se esperan y nunca se desean que nos van apareciendo en nosotros mismos o en los seres queridos que tenemos a nuestro lado, y así podríamos pensar en tantas cosas que nos llenan de angustias y de agobios, que nos quitan la sonrisa de nuestro semblante y nos hacen perder la paz en el corazón, aunque muchas veces intentemos por fuera mantener el tipo. A veces parece que perdemos la ilusión y la esperanza. Y eso amarga los corazones, nos hace perder la paz interior.

¿Dónde podremos encontrar una luz que nos haga soñar en algo mejor? ¿Podrá haber una esperanza que nos ilusione de nuevo y nos haga levantarnos de la angustia que nos envuelve? ¿Será posible la esperanza?

Es lo que los cristianos queremos proclamar en este tiempo de Adviento de una manera especial. Nos preparamos para celebrar algo que en verdad cambió la historia de la humanidad, aunque por falta de fe hayamos perdido de nuevo las esperanzas. Lo que vamos a celebrar próximamente no son unas fiestas de añoranzas, que al final nos pudieran dejar más tristes. Vamos a celebrar que viene a nosotros – y viene realmente nosotros en el hoy de nuestra vida – aquel que nos dice, como hemos escuchado en el evangelio, ‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’.

No son unas palabras cualquiera, no son algo que repe

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timos sin más porque queda bonito, es escuchar que Jesús se nos ofrece para que vayamos y descarguemos en El todos nuestros agobios y cansancios porque en el encontramos descanso, encontramos alivio, encontraremos paz. No son palabras para adormecernos, sino para comprometernos. Es que en Jesús vamos a encontrar un camino nuevo, un nuevo sentido de vida, un compromiso que nos transforma, una nueva manera de actuar, una sensibilidad especial para el corazón. Es un evangelio, es una buena noticia, que nos llenará de alegría porque toda buena noticia siembra paz y esperanza en el corazón.

Y vamos a escuchar a Jesús, y vamos a sentirnos unidos a El, y vamos a vivir en su mismo sentido de vida, y entonces iremos llenando de luz nuestro mundo porque nos sentiremos comprometidos a hacer un mundo mejor. No nos cruzaremos de brazos ante el sufrimiento sino que vamos a poner todo nuestro amor para mitigarlo, para transformarlo. Es algo grande lo que nos ofrece, es algo grande lo que vamos a celebrar, por eso queremos ir haciendo este camino de Adviento con toda intensidad para estar bien preparados, para que demos nuestra respuesta.

martes, 6 de diciembre de 2022

Quien tiene esperanza busca salidas, se esfuerza, lucha porque sabe quien viene en su rescate, nuestra fe en Jesús Buen Pastor que busca la oveja perdida nos llena de esperanza

 


Quien tiene esperanza busca salidas, se esfuerza, lucha porque sabe quien viene en su rescate, nuestra fe en Jesús Buen Pastor que busca la oveja perdida nos llena de esperanza

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

No sé, solo puedo imaginarlo, lo que sentirá una persona que en un lugar desconocido para ella se siente perdido, sin ningún tipo de orientación ni a quien poder acudir para encontrar una salida; son experiencias duras y no me atrevo a hablar con detalle de esa situación, porque, al menos no lo recuerdo, no he tenido esa experiencia. Pero todos hemos leído alguna vez relatos de este tipo, aunque sea en forma muchas veces novelada y nos podemos hacer una idea.

Pero, pienso, tiene que ser muy duro. Pero si por algún motivo a esa persona le llegaran indicios de que hay alguien que está buscándola, que se han organizado quizá equipos de rescate para ir en su búsqueda, en medio de sus amarguras está sintiendo algún tipo de consuelo y alguna esperanza se está suscitando en su corazón. Y una persona con esperanza lucha, busca salidas, se esfuerza por mantenerse firme en la espera de su rescate. No ha perdido la esperanza.

Es la esperanza que nos anima a los que tenemos fe. Es la esperanza que queremos revivir y cultivar con intensidad en este tiempo de Adviento. Y bien que lo necesitamos. Son muchas las sombras que nos envuelven. Necesitamos esperanza cuando vivimos la situación de nuestro mundo hoy. Algunas veces queremos encerrarnos en nosotros mismos en una campana que nos aísle de la situación que vive nuestro mundo, pero no podemos.

Ahí está la realidad de la vida con sus problemas, con sus guerras, con su racismo, con su pobreza, con tanta destrucción que parece que fuera lo favorito de muchos, con esa carrera que vivimos en medio de los pisotones de los más ambiciosos o de las angustias a los que les parece que se le cierran las puertas. ¿Podemos seguir así? ¿No tiene salida nuestro mundo? Necesitamos una luz que nos llene de esperanza.

Pero nos miramos a nosotros mismos y vemos que somos igual, que también nos dejamos envolver por nuestros orgullos, ambiciones y egoísmos, que muchas veces vestimos el traje de la vanidad con el que queremos disimular nuestras carencias, pero carencias de las peores cuando nos faltan valores, cuando nos olvidamos de unos principios, cuando dejamos a un lado los más elementales principios éticos. Nos sentimos mal,  nos sentimos perdidos, nos sentimos pecadores. ¿Habrá un rayo de luz que nos llene de esperanza?

Hoy Jesús nos dice algo muy hermoso, muy bonito, que siembra esperanza en el corazón. Somos esa oveja perdida que El viene a buscar. Como le he escuchado decir a algún comentarista ha dejado las noventa y nueve del cielo y se ha querido venir a la tierra, a esta tierra nuestra de sombras, a esta tierra nuestra donde nos hemos creados esos barrancos y abismos inmensos que nos hacen estar perdidos, pero para buscarnos.

Es lo que ahora en este tiempo de adviento nos estamos preparando para celebrar, para vivir. Navidad es ese Dios que como Buen Pastor viene a buscar a la oveja perdida y para eso se hace como nosotros, para caminar nuestros caminos, para enseñarnos el sendero que nos lleva a la vida, para poner esperanza, vida, salvación en nuestro corazón. Podemos sentirnos con esperanza, porque sabemos que hay alguien que nos busca, que viene a nuestro encuentro, que nos quiere hacer salir de esa piscina de nuestras imposibilidades donde nos hemos hundido, levantar de esa camilla de nuestro pecado donde nos hemos postrado, nos hace salir de nuestro camino de sombras.

Estaremos perdidos, pero para nosotros hay una esperanza, a nosotros llega la salvación.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

 


Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos,  con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

El amor siempre sorprende. Por amor seremos capaces de hacer aun aquello que no haríamos por todo el oro del mundo. Siempre seremos capaces de tener un nuevo gesto amor. Nos hace creativos. Nos hace que cuando por cualquier otro motivo no nos ofreceríamos para ser los primeros, por amor siempre estaremos dispuestos. Y el amor nos sorprende, lo que no imaginamos allí lo vamos a encontrar. Nos deja descolocados, porque aquello que no esperábamos lo vamos a encontrar.

Por eso siempre nos sorprende Dios, por eso Jesús continuamente nos estará sorprendiendo con nuevos gestos, con nueva cercanía, ofreciéndonos lo que nadie podría ofrecernos. Continuamente nos está dando muestras de lo que es su amor, de lo que es el amor de Dios, del que es la mejor imagen. 

Igual le vemos con la gente más sencilla rodeado de pescadores, o no le importa sentarse a la mesa tanto del fariseo que lo invita como del publicano que ofrecerá un banquete porque se ve honrado con la amistad de Jesús que lo admite a formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, igual lo veremos que la mujer pública se acerca para lavarle los pies con sus lágrimas y ofrecerle el ungüento que no recibirá en su sepultura como se deja tocar el manto por aquella mujer impura por sus hemorragias.

Pero  hoy la sorpresa será mayor. Cuando está rodeado de tanta gente que ya ni por la puerta pueden entrar, se van a descorrer las tejas de la azotea para bajar hasta él a un paralítico para que lo cure. Pero la sorpresa va más allá de la audacia de aquellos hombres que no temen romper el tejado para hacer llegar al paralítico a los pies de Jesús, sino que sus primeras palabras no serán para curar lo que tanto ansían, la invalidez de aquellas piernas, sino para ofrecerle el perdón de sus pecados.

El estupor y la sorpresa fueron grandes, sobre todo para aquellos que estaban allí para acechar sus gestos y sus palabras, porque ya comenzaban a desconfiar del mensaje nuevo que Jesús está propagando. Por allá estaban sentado unos escribas y unos fariseos, no porque tuvieran interés de escuchar a Jesús en provecho de sus vidas, sino para acecharlo en aquello que pudiera parecer un desliz y tener con qué acusarlo. Ahora tienen motivos porque aquellas palabras de Jesús parecen blasfemas porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. No han terminado de entender quien realmente es Jesús.

Este hombre blasfema. ‘¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?’, fue la reacción de los que estaban allí al acecho. Parecía que no tenían capacidad en su corazón para ver más allá de este gesto y estas palabras de Jesús que les sorprenden por lo que parece un atrevimiento de Jesús.

Solo Dios puede perdonar pecados, pero solo Dios es el que da la vida y nos puede liberar de la enfermedad, solo en Dios podemos alcanzar la salvación, les viene a decir Jesús. ‘¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar?’. Y tomó de la mano al paralítico, ‘levántate y anda’. Podía hacerlo Jesús. Podía perdonarnos Jesús. Es que en Jesús estaba la salvación. Y el paralítico ‘tomó su camilla donde había estado tendido y marchó a su casa dando gloria a Dios’. Todos quedaron admirados y sorprendidos. ‘Hoy hemos visto maravillas’, no les quedó más remedio que reconocer a todos los allí presentes.  Allí se había manifestado el amor de Dios que nos sana y nos da vida porque nos da su perdón, que nos levanta de nuestras camillas pero llena de gracia nuestro corazón.

¿Nos dejaremos sorprender nosotros igualmente por el amor de Dios? ¿Qué necesitamos nosotros más? ¿Seremos el paralítico tendido en la camilla o seremos aquellos que aunque sorprendidos seguimos desconfiados de la salvación de Dios? 

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, allí con nuestras parálisis que son algo más que unos miembros que no se pueden mover, o unos corazones endurecidos que muchas veces no sabemos sintonizar con el amor.

Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 


Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 Isaías 11, 1-10; Sal 71;  Romanos 15, 4-9;  Mateo 3, 1-12

Todos necesitamos en algún momento de la vida un grito que nos despierte, una palabra que llegue a lo más hondo de nosotros y despierte ilusiones y esperanzas, un susurro quizás al oído que nos sugiera otro camino, otras decisiones, un rayo de luz que nos abra horizontes nuevos.

Todos lo necesitamos, en cualquier situación o circunstancia que viva cada uno, porque nos aletargamos con nuestras rutinas, nos angustiamos con los problemas que se nos presentan, nos sentimos turbados ante la situación que podamos vivir, porque hay ocasiones en que no sabemos qué hacer, hay tal desconcierto en la sociedad en la que vivimos que parece que no encontramos valores que nos merezcan la pena, nos envuelven las crisis de la sociedad que ya son solo la guerra, las pandemias, la pobreza, los miedos ante lo que ahora tanto se habla como el cambio climático, sino que la crisis es más hondo porque hay vacío, los valores que siempre habíamos vivido parece que han desaparecido, en la locura en que vivimos no sabemos donde vamos a terminar.

Necesitamos esa palabra o ese grito que, como decíamos nos despierte y nos abra horizontes y caminos nuevos. ¿Nos estará faltando la esperanza? ¿Habremos dejado de creer en nosotros mismos y en la humanidad y lo damos todo por perdido? ¿Qué hemos hecho de la trascendencia que tiene nuestra vida que ahora parece que todo  se queda en el momento, en lo que ahora podamos disfrutar sin perdernos nada y por otro lado nos hemos materializado tanto que hemos dejado hasta de pensar en unos valores espirituales que nos eleven?

No son pesimismos sino realidades que contemplamos desde una esperanza que no nos puede faltar. No es una palabra cualquiera lo que queremos escuchar, porque ya hay muchas palabras vanas en la vida que nos ofrecen paraísos imposibles si no llegamos a darle verdadera profundidad a la vida. Necesitamos esa palabra que nos haga mirar a nuestro interior, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos haga descubrir lo que es verdaderamente importante, que nos eleve también porque andamos demasiado arrastrándonos a ras de tierra.

Como creyentes sabemos que esa palabra solo puede venirnos de Dios. Es Palabra nueva y Palabra viva lo que necesitamos, no una palabra cualquiera. Las soluciones que nos podamos dar nosotros mismos siempre pueden ser soluciones caducas y efímeras, y queremos algo que nos lleve por caminos de mayor plenitud, que nos hagan encontrar también nuestra verdadera grandeza. Y eso solo nos puede venir de Dios.

En este segundo domingo de Adviento tenemos un mensaje que nos llena de esperanza desde las dos grandes figuras que se nos presentan, Isaías y Juan Bautista. Isaías habla a un pueblo que también se siente perturbado por muchas cosas pero les anuncia tiempos nuevos, no con promesas falsas y vacías, sino con una Palabra llena de vida y que así se hace veraz.

Habla en imágenes de un tronco que parece reseco y aparentemente muerto – es la imagen de la situación en la que vive un pueblo sin Dios – pero del que va a brotar un renuevo de vida. Todos habremos contemplado alguna vez en nuestros campos un tronco así tirado por cualquier lugar, pero que vemos que de alguna de sus yemas aparentemente reseca brota un nuevo tallo lleno de vida y que nos llena de esperanza porque no está todo perdido.

‘Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor’, dice el profeta. Y habla de tiempos nuevos de justicia y de paz ‘porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar’. Es un anuncio profético de la venida del Mesías que nos llenará de ese conocimiento de Dios, porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, que ahora también a nosotros nos llena de esperanza en este tiempo de adviento que estamos viviendo. Podremos llegar también a ese conocimiento del Señor.

Pero es necesaria una cosa. Nos la recordará el otro personaje que nos aparece en este domingo, Juan el Bautista. El evangelista nos hace una descripción de su presencia como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. No predica Juan en la ciudad, en las sinagogas o en el templo, lo cual es bien significativo. Hablará en el desierto donde han de abrirse nuevos caminos, pero que tienen que pasar por la rectificación total de los viejos caminos que ya de nada nos sirven. Por eso la palabra que emplea el Bautista es conversión.

Y conversión no son los apaños de unos arreglitos quedándonos de base con lo mismo de siempre, sino que conversión es dar la vuelta, es transformación total, es cambio de apreciación y de vida. No es tarea fácil, es cierto, y fue la razón por la que tantos rechazaron el mensaje de Jesús y del Evangelio; querían hacer remiendos, y ya nos dirá Jesús que los remiendos no nos valen. Son caminos nuevos porque es vida nueva, como tienen que ser odres nuevos porque es vino nuevo.

Decíamos al principio que necesitábamos una palabra fuerte y una palabra viva. Aquí la estamos escuchando hoy en el mensaje de los profetas y en el mensaje del Bautista. Es un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco y que nos habla de esperanza y de que es posible esa esperanza para todo aquello que veíamos al principio que revolvía nuestra vida. Pero es también camino nuevo que tenemos que ser capaces de construir y de emprender aunque estemos en medio de desiertos; es la conversión que necesitamos hacer desde lo más profundo de nuestra vida.

sábado, 3 de diciembre de 2022

Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala, cuando Dios nos ama se nos está regalando a sí mismo a nuestra vida

 


Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala, cuando Dios nos ama se nos está regalando a sí mismo a nuestra vida

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8

No siempre valoramos lo suficiente lo gratuito; podríamos pensar que como es gratuito es de menos valor, que más valor tiene aquello que nos cuesta, en lo que no solo tenemos que poner esfuerzo para conseguirlo, sino incluso desprendernos de algo a cambio; claro que entonces tendríamos que preguntarnos donde está el verdadero valor ¿en lo material que tenemos aportar a cambio? ¿En lo que nosotros lo ambicionamos, y por eso, porque lo ambicionamos y nos cuesta esfuerzo, nos parece que tiene más valor? No digo que no tengamos que valor lo que significa nuestro esfuerzo, lo que ponemos de nosotros mismos para obtener algo. ¿Qué valor tendría entonces lo gratuito?

Se nos quedan ahí planteadas unas cuestiones, a lo que no siempre sabemos o podemos dar respuesta. Pero ¿y el valor que tiene quien, porque quiere regalarnos algo, se desprende de algo suyo que sea nuestro? Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala. Será o no será lo que nosotros apetecíamos, pero en ello está la vida, el amor de aquella persona que nos regala. ¿Y no vale eso más que todo el oro del mundo?

Creo que esto incluso tendría que hacernos pensar en la manera cómo nosotros recibimos un regalo; muchas veces aparece, quizá sin querer, una actitud de desdén porque no era lo que nosotros esperábamos o no terminamos de comprender lo que significa aquel regalo que nos hacen. Apuros como esos seguramente habremos pasado más de una vez en la vida.

¿Por qué me estoy haciendo todas estas consideraciones? Estoy recogiendo una frase que nos deja caer Jesús en el final del relato que hoy nos presenta el evangelio. ‘Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.

Vamos a fijarnos en el desarrollo del relato del evangelio. Nos habla de cómo Jesús va por todas las aldeas y pueblo ‘proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia’. Es como una constante de lo que significa siempre la presencia de Jesús. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. ¿Y qué es lo que hace Jesús? Anunciar el Reino y dando señales de que ese Reino ha llegado y se está haciendo presente. Cura Jesús, porque El es Amor; cura Jesús porque quiere quitar el mal, es la señal del Reino de Dios que llega, no será el mal el que domine sino que tiene que ser el amor. Es la llegada del Reino de Dios.

Pero eso es lo que nos pide que nosotros hagamos también. ‘La mies es abundante…’ nos dice Jesús. Y escoge entre sus discípulos aquellos que han de ir con la misma misión. El anuncio del Reino y la muestra de las señales de que ese Reino de Dios ha llegado, curando de todo mal. ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia… Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios’. 

No van a anunciar algo que ellos no hayan recibido. No son unas máquinas que repiten, son unos mensajeros que anuncian lo que ellos han vivido. Han sentido también que sus vidas se transformaban, que se sentían liberados del mal, que había algo nuevo que brillaba ahora en sus vidas, que Dios en verdad era y es el Señor de sus vidas. Eso que han recibido, es lo que tienen que transmitir. ‘Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.

Y haciendo referencia a lo que decíamos cómo muchas veces nos cuesta valorar lo gratuito, tendríamos que preguntarnos qué valor le damos en nuestra vida a la salvación que Jesús nos ofrece. Qué lugar ocupa en nuestra vida el evangelio de Jesús, la Palabra de Dios que escuchamos. Algunas veces damos la impresión que no valoramos la fe porque no termina de empapar totalmente nuestra vida.

En la práctica religiosa no hemos de reducir todo lo que es nuestra fe, pero si es una expresión y muy importante de lo que significa Dios en nuestra vida, y veamos cómo muchas veces las ponemos en un segundo plano. ¿No tendría que ser, entre otras cosas, esa práctica religiosa que expresamos en la oración y en la liturgia una manera de agradecer a Dios lo que tan generosamente nos ha regalado cuando nos ha dado todo su amor?

viernes, 2 de diciembre de 2022

Aunque ciegos vamos por los caminos abramos nuestros sentidos del espíritu para descubrir las señales que nos ayuden a encontrar el camino y la luz

 


Aunque ciegos vamos por los caminos abramos nuestros sentidos del espíritu para descubrir las señales que nos ayuden a encontrar el camino y la luz

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

Seguir a alguien por un camino siendo ciego parece una cosa bastante difícil, porque quien no va iría tropezando con todo, no sabría los límites del camino y tendría el peligro de despeñarse, y podría desistir ante la imposibilidad de seguir el paso de quien está bien, ve con claridad y nada le detiene.

¿Andaremos así en la vida? ¿Podremos con nuestras cegueras tener certeza del camino que hacemos y podremos alcanzar la meta? ¿No tenemos el peligro de errar el camino, de no encontrarle sentido a lo que hacemos, de que la oscuridad nos agobie o se convierta en una barrera difícil de superar? ¿Podremos tener claro hacia donde vamos? Y comprenderemos que no estamos ha hablando de las cegueras de los ojos, sino de esas otras cegueras de nuestro espíritu, de esas oscuridades en que nos vemos envueltos cuando hay cosas que no entendemos, cuando las dificultades de la vida nos hacen tropezar, nos desorientan y nos hacen perder el sentido de la vida.

El evangelio de hoy nos habla de dos ciegos que seguían a Jesús por el camino. En medio de sus tumbos al final llegaron también a la casa de Jesús. ¿Les guiaban sus oídos porque escuchaban el murmullo de los que acompañaban a Jesús y ya eso les servía de alguna manera de guía? ¿Alguien entre los que estaban caminando con Jesús les pudo quizás servir de lazarillo para ayudarles de alguna manera a seguir tras Jesús? Sabían ellos a quien estaban intentando seguir, porque pedían compasión y misericordia; no era solo la limosna que estaban acostumbrados a pedir en la orilla de los caminos a quienes por allí transitaban, sino que ellos lo que estaban pidiendo era recobrar la vista. ‘Ten compasión de nosotros, ¡Hijo de David!’ era su súplica.

Logran al final llegar a los pies de Jesús, ya en casa, y se establece aquel diálogo en aquella súplica que es oración, pero que es también proclamación de una fe, porque ante la pregunta de Jesús de si creían ellos que El pudiera hacerlo, su respuesta es una afirmación de su fe. Y desde esa fe recobran la vista. ‘Suceda conforme a vuestra fe’, les dice Jesús y ellos recobran la vista. Pero aquí no acaba todo porque no son sólo sus ojos los que se han abierto, sino que ante ellos se abre un horizonte nuevo donde tienen que anunciar lo que Jesús ha hecho con ellos. ‘Ellos al salir hablaron de él por toda la comarca’.

Estamos contemplando aquí todo un itinerario de nuestra búsqueda de la luz pero también de cuanto podemos hacer para ayudar a otros a encontrar la luz. Entre tropiezos caminamos, pero siempre con los sentidos abiertos para descubrir las señales que Dios va poniendo junto a nosotros como muestra de su amor.

Quizás nos llama la atención el camino que otros también están haciendo y seguimos el rumor de sus pasos porque también nosotros queremos encontrar algo; quizás sentimos una mano amiga que nos ayuda a caminar y nosotros nos dejamos ayudar, que puede ser una palabra o un gesto, que pueda ser descubrir que hay alguien a nuestro lado cuya presencia nos estimula para superar dificultades, para encontrar el camino de salida de esa oscuridad.

Pero estamos descubriendo también lo que podemos hacer, el testimonio que podemos ofrecer, la palabra buena que podemos decir, el brazo que tendemos generosos para que pueda servir de apoyo a otros, o el ser capaces de ponernos en camino para anunciar todo lo que el Señor ha hecho con nosotros. Es anuncio de evangelio.

¿Queremos seguir en la oscuridad? ¿Ayudaremos a otros a que también encuentren la luz? ¿Nuestra vida es testimonio de quien se ha dejado iluminar para reflejar esa luz y ayudar también a los demás? ¿Seremos unos testigos que pongamos más luz en nuestro mundo?

jueves, 1 de diciembre de 2022

El evangelio es algo más que un libro que nos ofrece unos relatos bonitos y entretenidos, es una buena noticia que nos ofrece un cimiento vivo para nuestra vida

 


El evangelio es algo más que un libro que nos ofrece unos relatos bonitos y entretenidos, es una buena noticia que nos ofrece un cimiento vivo para nuestra vida

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Me surge una pregunta. ¿Sobre qué estaremos hoy edificando la vida? ¿Qué es lo que estamos trasmitiendo a las nuevas generaciones? ¿Cuáles son los deseos profundos que tenemos hoy la mayoría de los mortales, por decirlo de alguna manera? No quiero decir que todos seamos iguales o hagamos lo mismo, y además, ¿por qué no? respetamos las opciones que otras personas puedan tomar desde sus principios o desde su concepción de la vida.

Estamos – o estamos creando – una cultura del mínimo esfuerzo, que todo nos lo den hecho, pero todos queremos ser grandes y poderosos. Que todo nos lo den, y exigimos derechos por todos lados, pero miramos poco cuales son nuestros deberes y responsabilidades. Todos queremos tener y cuanto más tengamos mejor, porque así decimos que vivimos bien, pero nos encontramos a la gente vacía de si mismos, con nada profundo por lo que luchar; ambicionamos para deslumbrar porque así pensamos que vamos a encontrar el respeto de los demás, pero muchas veces lo que queremos es dominar y manipular.

Ya lo venimos diciendo de alguna manera, nos sentimos vacíos, parece que no hay valores que merezcan la pena, sino el divertirnos y pasarlo bien, y cuando nos vienen las dificultades, porque las dificultades, vienen no sabemos a qué acudir, donde apoyarnos, tener unas raíces profundas que nos hagan mantenernos firmes frente a los vendavales de la vida. En ese vacío de la existencia, en ese vivir sin sentido, solo quizás para trabajar para poder tener más, pero sin siquiera disfrutar o saborear lo que tenemos, nos encontramos que vamos a la nada.

Con qué facilidad aparece el suicidio y hasta lo justificamos, con que facilidad queremos quitar de en medio lo que parece que ya no produce sino que más bien pueda generar gastos a la sociedad. Cuando nos cuesta enfrentarnos al sufrimiento, porque la enfermedad aparece, el accidente sucede, y nos cuesta aceptarlo y superarlo, porque lo que siempre habíamos pensado que era la vida era disfrutar y pasarlo bien. Y no quiero ser pesimista, pero es una realidad que nos rodea y que nos contagia.

¿Estaremos edificando la vida sobre arena? ¿Tenemos cimientos firmes en unos valores que de verdad llenen de sentido nuestra vida? ¿Dónde está el esfuerzo y la responsabilidad, la búsqueda de la unión y el entendimiento, de la armonía y de la paz en el corazón? ¿Habremos descubierto que no solo vivimos para nosotros mismos, sino que vivimos en una sociedad en la que tenemos que hacer los unos por los otros? ¿Se habrá endurecido el corazón?

Hoy Jesús nos ha puesto ese ejemplo, precisamente, en el evangelio. La casa edificada sobre roca o sobre arena. La que no está edificada con un cimiento firme y fuerte cuando viene el temporal se derrumba. Es necesario darle buenos cimientos a nuestra vida. Y Jesús nos ofrece su Palabra, la Palabra de Dios, para que en verdad cimentemos nuestra vida. Es algo que incluso nosotros los cristianos tenemos que revisar muy bien, muy a fondo. ¿Qué lugar está ocupando en nuestra vida?

El evangelio es algo más que un libro que os ofrece unos relatos bonitos y entretenidos. El evangelio es una buena nueva que se pronuncia para nosotros, es siempre una buena noticia que nos ofrece algo nuevo y vivo para nuestra vida. Mucho hemos navegado superficialmente por las páginas del evangelio. Es hora que nos detengamos, que lo rumiemos, que lo metamos en el corazón, que hagamos encontrar nuestra vida con su mensaje, que nos dejemos iluminar por esa luz resplandeciente que nos ofrece. Pero tenemos que ir con fe al Evangelio. Porque en esas páginas está la Palabra que Dios quiere decirnos, para que fundamentemos de verdad nuestra vida.

Demasiado hemos convertido nuestra religiosidad en unas devociones o unos fervores del momento y así nos quedamos con un cumplimiento que se queda vacío y sin contenido. La reevangelización que necesita hoy nuestro mundo, y también tenemos que decir nuestra Iglesia, no se puede quedar en resucitar devociones donde realicemos unos actos piadosos muy emotivos – y estamos viendo muchas de esas cosas en mucha de la labor pastoral que se realiza -, que se pueden quedar en el fervor del momento.

 Tenemos que ir a la profundidad del evangelio, a dejarnos interpelar en nuestra vida por el mensaje de Jesús, a empaparnos de esos valores que nos enseña el evangelio, para que allí donde estemos, en casa y en la familia, en el trabajo o en los momentos de diversión, en los momentos felices o en los momentos duros que nos aparecen continuamente en la vida, seamos capaces de vivir con profundidad, encontrarle un sentido y un valor, vivirlos con una responsabilidad nueva y profunda, e ir contagiando a ese mundo que nos rodea de ese espíritu y sentido del evangelio.

Miremos en qué estamos cimentando la vida como cristianos.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Ojalá tengamos el coraje de san Andrés para levantarnos y desenredarnos de nuestras redes para abrirnos a los nuevos horizontes que nos ofrece Jesús

 


Ojalá tengamos el coraje de san Andrés para levantarnos y desenredarnos de nuestras redes para abrirnos a los nuevos horizontes que nos ofrece Jesús

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Tengo un proyecto muy interesante y quiero contar contigo. No sé si alguien se ha acercado a ti en alguna ocasión y te ha hecho una propuesta así. Es así cómo en muchas ocasiones se proyectan cosas, se hacen planes de futuro, nos embarcamos o nos embarcan en proyectos que unas veces nos parecen interesantes y nos ilusionan, en otras no lo tenemos muy claro pero nos confiamos de aquella persona que nos lo propone, y comenzamos una nueva tarea en la en alguna ocasión ni habíamos soñado que se pudiera realizar, ni estaba en nuestra mente. Alguien notó tu capacidad, tu disponibilidad, que eres una persona soñadora e inquieta y se fijó en ti llegando a comprometerte.

Era el proyecto de Jesús, algo que había comenzado a dejar caer cuando hablaba con la gente; algunos le escuchaban con gusto, otros quizás se hacían preguntas por dentro; estaba además el momento que vivían en la situación social y política del pueblo de Israel, pero en el fondo estaban las esperanzas que todos mantenían y que se alimentaban aun más cuando los sábados escuchaban a los profetas en las sinagogas. Había aparecido no hacia mucho tiempo un nuevo profeta en las orillas del Jordán y allá habían ido muchos a escucharle, porque algo nuevo estaba anunciando que alimentaba sus ilusiones y sus esperanzas. Estaba por llegar el Mesías, aquel profeta del desierto decía que era la voz que preparaba los caminos del Señor.

Entre los que le escuchaban estaban también unos pescadores de Galilea que hasta el lugar de la predicación del Bautista se habían trasladado; habían escuchado como Juan señalaba a alguien, sobre el que había visto cómo el Espíritu del Señor se manifestaba con ocasión de un bautismo general de todos los que allí acudían, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y ellos, Juan y Andrés, se habían puesto a seguirle. Con El habían estado una tarde y una noche y salieron entusiasmados comunicando a los demás lo que habían encontrado.

Pero sus tareas habían continuado en lago de Tiberíades con la pesca de cada día para su sustento y de sus familiares. Por aquellas orillas andaba aquel nuevo profeta anunciando la llegada del Reino de Dios, como también el Bautista en el desierto había prometido. Es ahora Jesús el que se acerca hasta aquellos pescadores para invitarles a algo nuevo. Por así decirlo, como decíamos al principio, les presentaba unos nuevos proyectos y quería contar con ellos. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, les había dicho primero a los dos hermanos, Simón y Andrés, y luego también a los hijos del Zebedeo. Y ellos se habían ido con Jesús, dejando las redes y la barca.

Son los primeros momentos del anuncio del Reino de Dios. Jesús había comenzado invitando a la conversión para creer en el Buena Noticia que les estaba comunicando. No de cualquier manera se entusiasma uno por algo nuevo para no quedarse en lo superficial. Había que estar dispuesto a cambiar la mente y el corazón para aceptar lo nuevo que se nos propone. Si no hay esa disposición difícilmente escucharemos y difícilmente tomaremos decisiones que son opciones por algo nuevo, por una nueva vida. Y ahora eso se estaba manifestando en aquellos primeros discípulos, aquellos pescadores dispuestos a cambiar, se les ofrecía otro tipo de pesca, no era salir a aquellos mares sino a unos mares distintos y más profundos; en fin de cuentas aquello en lo que estaba era solo un pequeño lago con todas sus limitaciones.

Así nosotros en la vida, tenemos que tomar decisiones, tenemos que estar dispuestos a aceptar lo nuevo que se nos ofrece; es necesario estar dispuestos a cambiar esos pequeños lagos de los rincones en que hacemos nuestra vida de cada día en lo que fácilmente caemos en la rutina, por otros mares más profundos, por otros horizontes más amplios, por otros caminos que algunas veces se han hecho inescrutables, pero que ahora estaríamos dispuestos a recorrer.

Es la oferta que Jesús nos hace a nosotros también para seguirle. No nos podemos quedar encerrados en lo mismo, tenemos que abrir nuestros horizontes, tenemos que dejarnos entusiasmar por la Palabra de Jesús y la misión que a nosotros también nos quiere confiar, porque cuenta con nosotros.

¿Seremos capaces de levantarnos como Andrés, a quien hoy estamos celebrando, para desenredarnos de nuestras redes y comenzar a seguir en serio a Jesús?

martes, 29 de noviembre de 2022

 


Verdaderamente nos vamos a encontrar con Dios en aquel niño pobre, recostado entre las pajas de un pesebre si con el corazón de los sencillos buscamos a Dios

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Todos sabemos que un foco convenientemente colocado y según qué intenciones puede resaltar unos matices que nos interesan para darnos la imagen que quiere darnos, pero también pueden encandilarnos de tal manera que quedemos deslumbrados para no ver la auténtica realidad. Son técnicas de marketing y de publicidad que desde los diferentes ámbitos de la vida se utilizan, como muchos más, de manera que nos conducen a donde quieran ya sea en el consumo como en las orientaciones que queramos dar la sociedad.

Nos sentimos encandilados por los focos que relumbran y que pueden cegarnos, pero bien sabemos que las bonitas palabras se pueden convertir en una charlatanería pero que nos dejamos arrastrar por aquel que quizá más ruido hace o se presenta delante de nosotros con mayor ostentación. Sin embargo quizás no vamos a encontrar ahí las cosas más maravillosas de la vida, ni tienen por qué presentarse con espectacularidad, sino que en lo pequeño y en lo sencillo encontramos la mayor belleza y la mejor sabiduría para la vida. Es el camino de lo pequeño y de lo sencillo que muchas veces tanto nos cuesta escoger.

De eso se nos habla hoy en el evangelio, es lo que nos quiere hacer resaltar Jesús con sus palabras, es lo que tendría que hacernos detener cuando aun estamos comenzando este camino de Adviento para llegar a descubrir como verdaderamente nos vamos a encontrar con Dios en aquel niño pobre, nacido y recostado entre las pajas de un pesebre en Belén.

No fue el camino de Jesús un camino de espectacularidad. Muchas veces, incluso cuando nos acercamos al evangelio, podemos encandilarnos con esas páginas que nos hablan de los milagros de Jesús, pero no lleguemos a captar el verdadero sentido del evangelio incluso en esas páginas que nos pueden parecer más espectaculares. 

Es al Jesús que siempre veremos entre los pobres y los pequeños, que se acerca al que parece estar más abandonado y el que muestra su cercanía a los que son más despreciados de la sociedad. Se acerca al paralítico de la piscina perdido allá en un rincón y a quien nadie ayuda, deja que le toque el manto una mujer que carga con la impureza de sus flujos de sangre y de la que todos se apartarían, permitirá a la mujer pecadora que le lave los pies con sus lágrimas y con sus perfumes, o comerá con los publicanos y de los pecadores aunque fuera motivo de escándalo para los fariseos.

Hoy le vemos dar gracias al Padre que se revela no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos. Cuánto nos enseña de la actitud de humildad con que tenemos que acercarnos a Dios; cuanto nos enseña para que descubramos al Dios que El nos revela – ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ – precisamente en esos pequeños del mundo, de los que peligrosamente tantas veces quizás nosotros también pasamos de largo.

Es el camino que nos llevará a una auténtica navidad, que no se quedará en superficialidades ni apariencias sino que tendrá todo su sentido cuando veamos al Jesús que nace en Belén en esos pobres y en esos últimos de nuestro mundo. Será la auténtica transformación que el Espíritu del Señor realizará en nuestro corazón, un corazón que será siempre ya para la paz y para el amor, como nos refleja tan sabiamente el profeta en esas ricas imágenes que nos ofrece en su profecía. 


Ya no podremos ser fieras los unos para los otros porque reinará el amor, porque ‘habitarán juntos el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos y un muchacho será su pastor’. Imágenes del mundo nuevo que ha de comenzar a construirse.

 

lunes, 28 de noviembre de 2022

No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar, una palabra tuya puede sanarnos, humildes ponemos nuestra confianza en ti

 


No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar, una palabra tuya puede sanarnos, humildes ponemos nuestra confianza en ti

Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

‘Voy yo a curarlo’, es la pronta respuesta de Jesús cuando vienen a decirle que el criado del centurión romano está muy enfermo. Creo que esta prontitud de Jesús y esta respuesta que Jesús aunque luego las cosas discurran, por así decirlo, por otros cauces, ante aquella situación nos puede ser bien significativa en este tiempo de Adviento que estamos iniciando.

¿No será en verdad significativo este hecho en lo que ahora estamos celebrando? Decimos siempre es el tiempo de la esperanza, por decirlo de una forma muy simple, el tiempo en que nos preparamos para la celebración de la Navidad aunque comprendemos otras connotaciones que le darán verdadero sentido a este tiempo de Adviento. Viene el Señor, y pensamos siempre mucho, y tenemos que hacerlo también, en cómo nosotros nos preparamos para esa venida, no solo en el recuerdo o conmemoración de la venida del Señor en el tiempo para realizar su obra de salvación, sino pensamos en la venida final, pero pensamos en la venida en el hoy de nuestra vida del Señor saliéndonos al encuentro.

El centro de todo lo que hemos de vivir, es la venida del Señor. ¿A qué viene el Señor? Con facilidad decimos, para salvarnos. ¿Quién toma la iniciativa en esa venida? Ya nos dirá el evangelio en otro momento que ‘tanto amó Dios al mundo que nos envió a su Hijo único’. Es Dios el que nos envía a su Hijo único. Es Dios el que se adelanta para decirnos ‘voy yo a curarlo’.

Hay una promesa de Dios desde el primer momento del pecado del hombre, de la ruptura de la amistad con Dios por parte del hombre, en que nos promete un Salvador. Recordemos aquellas primeras páginas de la Biblia. Y toda la historia del Antiguo Testamento, del antiguo pueblo de Dios se convierte así en ese deseo de que Dios venga para redimir a la humanidad; es lo que nos van repitiendo continuamente los profetas y lo que es la historia de la salvación. Y como nos dirá san Pablo, en el momento culminante viene Dios a nosotros, nacido de una mujer, para liberarnos de la esclavitud del pecado y marcarnos con la dignidad nueva de los hijos de Dios.

Ahí contemplamos a Jesús en el evangelio que se pone en camino al encuentro del hombre, se pone en camino a nuestro encuentro. ‘Voy yo a curarlo’. ¿Lo buscamos nosotros?  De alguna manera, unas veces de una forma otras veces de otra, pero buscamos a Dios. Como aquel centurión, que tiene un criado al que mira casi como un hijo que está enfermo. De alguna manera a él ha llegado la fama de Jesús; ha curado a otros enfermos, ha liberado de la lepra a muchos leprosos, ha dado la vista a los ciegos, a los paralíticos los ha hecho caminar, y aquel hombre desde su angustia y su necesidad acude a Jesús.

Pero es Jesús el que ahora viene a su encuentro. En el centurión romano hay una fe grande, no solo porque cree que Jesús pueda curarlo y por eso envía una legación para hacerle saber a Jesús que tiene un criado enfermo, sino que ahora veremos aparecer su humildad que hará resplandecer aun más la fe de aquel hombre. Cuando se entera de que Jesús viene a su casa le sale al encuentro para manifestar su indignidad.

No se siente digno de recibirlo en su casa. ¿Sabía acaso él que los judíos rehuían entrar en casa de paganos porque eso podía ser considerado como una impureza legal? Claro que tendría conocimiento por cuanto como autoridad en aquellas tierras tenía que saber de sus costumbres y leyes particulares. Pero creo que las palabras del evangelio nos manifiestan algo más. Reconoce la autoridad y el poder de Jesús. No necesitaría Jesús llegar al lado del enfermo para curarlo porque con solo su palabra podía hacerlo. No sería una indignidad para Jesús entrar en la casa del pagano, sino que es su propia indignidad la que está como una barrera en su corazón para poder sentir la presencia de Jesús en su hogar. ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, una sola palabra tuya bastará para sanarme’, repetiremos nosotros también cuando sentimos que también Jesús llega a nuestras vidas.

Porque es la visita de Dios a nuestra vida, - esa visita de Dios la vamos a escuchar repetidamente a lo largo de este tiempo de Adviento - es Jesús que viene hasta donde está el hombre enfermo, allí donde estamos nosotros con nuestra indignidad. ¿No le vemos en el evangelio comer con los publicanos y los pecadores? Es el médico que viene a traernos la salud, la salvación.

¿Con que actitud nos ponemos nosotros ante Dios que llega a nuestras vidas? Creo que muchas veces en este adviento tenemos que repetir esa plegaria que hemos tomada prestada de las palabras del centurión. No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar; sácanos de nuestros sepulcros de muerte, pon luz en nuestros ojos. Una palabra tuya puede sanarnos. En ti ponemos toda nuestra confianza desde la humildad de nuestro corazón que se siente pecador.