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sábado, 27 de febrero de 2021

El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

 


El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118;  Mateo 5, 43-48

Bueno,  no nos pongamos así, exigentes, que la cosa no es para tanto, yo hago lo que puedo; bueno, yo no soy tan mala persona, soy amigo de mis amigos. Y así nos ponemos a jugar a las rebajas porque, decimos, una cosa son los ideales, y otra es la realidad con que nos tropezamos cada día, porque hay cada uno.

Y esto no lo dice uno que vive alejado de todo sentimiento religioso, uno de tantos que nos podemos encontrar por ahí, sino que muchas veces esto lo oímos en el seno de la propia comunidad cristiana, entre los que vamos a misa el domingo, los que nos llamamos cristianos y hasta quizás nos hemos apuntando a alguna asociación religiosa o alguna cofradía. Así andamos los cristianos con nuestras mediocridades, así andamos sin metas ni ideales, así vamos poco menos que arrastrándonos haciendo, como solemos decir, lo que podemos pero no me exijan más.

Y hoy directamente nos pregunta Jesús ¿Qué estás haciendo de especial cuando dices que te llamas cristiano? Si amas solamente a los que te aman, ayudas a los que te ayudan y de ahí no pasas, eso lo hacen también los que no son cristianos, los gentiles, en una honradez y rectitud de quienes comparten un mismo mundo. En algo tendremos que diferenciarnos. ‘Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’

Con esa mediocridad andamos por la vida. En tantos aspectos, en todo lo que pueda significar superación o espíritu de sacrificio para alcanzar mejores objetivos, más altas metas. Es la mediocridad de nuestro amor con el que no convencemos a nadie. Porque no somos más cristianos porque llevemos una medalla al cuello, sino cuando con nuestra vida estamos reflejando el amor de Dios en el amor que nosotros tenemos a los demás.  ‘Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial’, nos viene a decir.

La meta que nos propone Jesús es que lleguemos a amar a los enemigos, a los que nos hacen mal. Es la sublimidad del amor cristiano; bien distinto de aquello que tan fácilmente decimos de que somos amigos de mis amigos. Ser amigo del que ya es amigo mío no tiene nada de especial, es simplemente corresponder. Y es que en el camino del amor cristiano siempre tenemos que ir por delante, ser capaces de tomar la iniciativa, no estamos esperando a que nos amen para nosotros amar.

Por eso hoy nos dice claramente Jesús contraponiéndolo a lo que parece que seria lo normal o lo  habitual: ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Amar que significa llegar a rezar por aquellos que nos hacen mal. No es fácil, pero si quieres comenzar a tener un amor en el estilo de Jesús comienza por ahí, aunque te repugne comienza por rezar por aquel que te haya injuriado, por aquel que te ha hecho mal, por aquel que dice mal de ti, por aquel a quien cualquiera consideraría un enemigo; para nosotros no es un enemigo, para nosotros es un hermano al que tengo que amar y comienzo por rezar por él; cuando seas capaz de hacerlo, estarás amándolo ya casi sin darte cuenta. Hacedlo que al final no es tan difícil, porque lo que por otra parte comenzarás a sentir en tu corazón bien merece la pena.

El amor cristiano, es cierto, no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes; simplemente sintámonos hijos amados de Dios y comencemos a mirar con los ojos de Dios, como en otro momento hemos reflexionado, y a amar con el amor de Dios.

viernes, 26 de febrero de 2021

Seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz

 


Seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129; Mateo 5, 20-26

La medida de la grandeza del hombre, de la grandeza de la persona es el amor. Podemos tener la tentación de que al pensar en grandezas busquemos riquezas o busquemos poder, busquemos reconocimientos o busquemos honores. Pero el amor nos hace grandes porque nos hace humildes, el amor nos hace grandes porque no nos buscamos a nosotros mismos sino que buscamos siempre el bien de los demás, el amor nos hace grandes porque nos hace tener la mirada que en verdad dignifica a la persona, nos dignifica a nosotros pero dignifica a los demás.

Hoy leía algo sobre un poeta que en sus bellas palabras nos venía a decir que el amor nos hace mirar al otro con la mirada de la divinidad. Es una mirada distinta cuando miramos con amor, como decíamos, no solo nos dignifica a nosotros sino que nos hace tratar con dignidad a los demás. Y esa es la maravilla del amor cristiano, en el que queremos copiar en nosotros lo que es el amor de Dios. Bueno, ya nos enseñará Jesús que tenemos que amar al prójimo como El nos ha amado.

Amar no es solo decirlo de palabras; el amor es algo que tenemos que construir día a día; el amor se va manifestando en pequeñas cosas, en pequeños detalles gestos que tenemos con los demás, en ese buen trato, en ese trato digno que con ellos tenemos. Por eso el amor verdadero evita todo tipo de violencia. Aunque el conjunto de los diez mandamientos nos expresa y manifiesta cómo ha de ser ese amor hecho también respeto por los otros, fijémonos que muchas veces cuando hablamos del amor un poco parece que lo redujéramos al quinto mandamiento, el ‘no matarás’, aunque luego nos lo tomemos demasiado literalmente y como no llegamos al hecho de quitar la vida a alguien ya nos quedamos tranquilos y satisfechos como si ya lo tuviéramos todo hecho.

Con una somera reflexión, aunque tenemos que intentar hacerla siempre lo más profunda que podamos, sin embargo nos damos cuenta como en ese no matar está englobado todo lo que pueda significar hacer daño al otro; y hacemos daño no solo porque le arranquemos la vida, sino que le podemos hacer daño con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con nuestros gestos de desprecio o no valoración, con la poca sinceridad que nos mostremos en nuestras mutuas relaciones. Mira su dignidad y respétasela  y no le harás daño, es más te darás por él, buscarás el hacerle el bien, tratarás de hacer que la relación mutua sea agradable y amistosa, procurarás siempre su felicidad.

Es lo que nos enseña hoy Jesús en el evangelio; es lo que pide para nuestras mutuas relaciones; es la búsqueda del encuentro en todo momento para acogernos mutuamente; es el saber comprender que quizá en nuestra debilidad en un momento dijimos, hicimos o tuvimos algún mal gesto que nos pudiera distanciar y por eso hemos de saber buscar el reencuentro, tomando siempre nosotros la iniciativa de la reconciliación. Y en la búsqueda de la reconciliación hemos de saber tener la grandeza de la humildad para reconocer nuestro error y nuestra debilidad y saber pedir perdón, que bien sabemos cuanto nos cuesta.

Aunque muchas veces tratemos de disimularlo y en nuestro orgullo no somos capaces de agachar la cabeza cuando se ha producido un distanciamiento con el otro, sin embargo cuánto nos duele por dentro. Aunque la gente parece que se haya acostumbrado en ocasiones a vivir en esos distanciamientos. Qué lástima cuando entre hermanos o entre familiares andamos divididos y enfrentados hasta el punto de muchas veces negarse el saludo. Qué triste cuando vemos vecinos que por un mal momento que se tuvo en tiempos pretéritos, tan lejanos que ya ni saben ni recuerdan cuando comenzó esa situación, aún se mantienen las distancias, los resentimientos y rencores, el no hablarse aunque se viva pared con pared y todos los días nos los estemos encontrando casi a la puerta de la casa. Son situaciones dolorosas, pero de las que no se sabe salir.

Que seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz. ¡Cuánta falta nos hace!

 

jueves, 25 de febrero de 2021

Sabemos que una puerta siempre está abierta para nosotros porque Dios tiene la puerta siempre abierta para sus hijos

 


Sabemos que una puerta siempre está abierta para nosotros porque Dios tiene la puerta siempre abierta para sus hijos

Ester 4, 17k. l-z; Sal 137; Mateo 7, 7-12

En aquella casa están siempre con las puertas abiertas. Hoy sería algo extraño, pero los mayores recordamos otros tiempos en que las puertas de nuestras casas estaban siempre abiertas; no hacía falta poco menos que echar la puerta abajo para entrar sino que llamabas y entrabas; lo he vivido hasta no hace muchos años en algunos lugares, no hacían falta timbres ni videos para ver quien estaba a la puerta; una simple llamada y sabias que siempre eras bien acogido. La imagen de la puerta abierta puede darnos muchos sentidos, porque  no es solo la casa sino la persona, el corazón lo que está abierto para los demás. Sabemos que podemos ir y confiamos con toda certeza que seremos recibidos, que seremos escuchados, que seremos atendidos, que vamos a encontrar lo que buscamos.

Sabemos, sí, de una puerta que está siempre abierta para nosotros. Es lo que Jesús quiere decirnos hoy; es lo que vemos reflejado en su vida, imagen verdadera del Padre del cielo. Recorriendo el evangelio lo vemos, como todos pueden acercarse a Jesús, no importa cual sea su condición porque todos van a ser acogidos; y aquellos que parecen los últimos van a ser los primeros, porque primeros serán los pecadores, sea cual sea su pecado. Siempre habrá una respuesta que será siempre una respuesta de amor, porque asegurado está el perdón.

‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Y nos habla del padre que siempre atiende la petición de su hijo para darle lo mejor, ¿cómo no lo hará nuestro Padre del cielo?

Nos invita Jesús a que lo hagamos con toda confianza porque siempre está asegurado el amor que Dios nos tiene. Por eso pedimos, buscamos, llamamos. Tres palabras, tres verbos, tres actitudes muy presentes siempre en nuestro corazón. Con la certeza de que seremos escuchados, con la certeza de que nos vamos a encontrar siempre con el amor, con la certeza de que el corazón de Dios siempre está abierto para sus hijos. Aunque nosotros lo olvidemos, aunque nosotros queramos construirnos la vida por nosotros mismos creyéndonos autosuficientes.

Muchos dicen que buscan a Dios y no lo encuentran. ¿No será ya que van con prevenciones en esa búsqueda? ¿No será que vamos poniendo nuestras condiciones? Tenemos que ir siempre con la confianza de que vamos a encontrar, pero no pensemos que tiene que ser a nuestra manera. Somos rebuscados cuando queremos ir a nuestra manera y Dios se nos manifiesta a su manera que siempre es mucho más sencillo de lo que nosotros podamos imaginar. Por eso la confianza que hemos de poner por delante para no poner condiciones, para no exigir pruebas a nuestro estilo. Vacíate de ti mismo, siéntete pobre delante de Dios y lo encontrarás.

¿No dijimos antes que los que parecían los últimos van a ser los primeros? Pues así en nuestra y con nuestra pobreza vamos a Dios, vaciándonos de autosuficiencias y de los orgullos de nuestros saberes, y vas a encontrar a Dios, porque Dios te sale a tu encuentro, viene a tu encuentro y te hace el camino más fácil de lo que tú te lo habías imaginado.

Dios siempre tiene la puerta abierta para sus hijos. No le cierres tu puerta a Dios, porque eso es una tentación que sutilmente nos puede aparecer. Pero piensa también que no cerrar la puerta a Dios es no cerrársela a los demás, cosa que hacemos con demasiada frecuencia.

‘¡Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor!’ lo podemos decir con toda certeza y con toda confianza. Mucha experiencia de ello tenemos en nuestra vida.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Una vida de contradicciones y de vaivenes como la de Jonás pero que tenemos que saber convertir en pascua para que lleguemos a renacer a una vida nueva

 


Una vida de contradicciones y de vaivenes como la de Jonás pero que tenemos que saber convertir en pascua para que lleguemos a renacer a una vida nueva

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

Pedir signos, pedir pruebas, pedir milagros, pedir cosas concretas para fundamentar nuestra fe es un camino que de alguna manera todos recorremos. Pedimos pero no buscamos, pedimos pero no abrimos el corazón, pedimos pero no hacemos silencio para escuchar la respuesta, pedimos pero sin paciencia y sin esperanza porque ya casi damos por hecho que no vamos a tener respuesta. Pero ¿estaremos deseando de verdad encontrar esa prueba, ese signo, esa palabra que nos ilumine, que nos haga ver y creer?

Estamos en una generación en que apretamos un botón y se realizan mil cosas, muchas veces hasta sin tocar, con una lectura magnética quizá simplemente de nuestros ojos. Y como queremos que todo sea así no sabemos ponernos al paso del Dios que se nos revela, que no son nuestros pasos, que no son nuestras carreras ni superficialidades, que es algo mucho más hondo.

Y Jesús les dice que a esta generación no se les dará más signo que Jonás. Aquel profeta que Dios llamó para que fuera a predicar a Nínive. Pero un profeta que se nos presenta bastante contradictorio. Quizá por eso mismo Jesús nos dice que es nuestro signo, nuestra señal; porque quizá refleja mucho nuestras propias contradicciones, nuestras dudas y nuestros entusiasmos, nuestras vueltas atrás pero también las turbulencias que se nos presentan en el corazón porque queremos creer y no terminamos de creer, porque hasta algunas veces nos parece mucho lo que Dios está haciendo, mientras en otras protestamos porque no nos escucha.

Dios le llamó para que fuera a predicar a Nínive la gran ciudad, pero tuvo miedo. Se embarcó en sentido contrario. Pero los caminos se le fueron complicando, la tormenta no dejaba avanzar el barco, en sus creencias alguien con mala sobre podría ir en el barco y aquello era un castigo del cielo, se ofrece para ser arrojada al mar porque reconoce el error de ponerse en camino en sentido contrario. Y está por medio el cetáceo que se lo traga por tres días para regurgitarle sano y salvo y pueda emprender el camino hasta Nínive. Realiza la gran predicación y el pueblo responde. Pero ya en su misma predicación va con desconfianza, les pide que se vistan de saco y ceniza a ver si Dios se arrepiente de su amenaza y no se destruye la ciudad. No se siente seguro, por eso cuando el pueblo se arrepiente y Dios le perdona todavía tiene agallas para enfrentarse a Dios y decirle qué es que fue compasivo y misericordioso con aquel pueblo pecador.

Los vaivenes de nuestra propia vida; nuestras huidas pero también nuestros fervores, nuestras dudas y nuestros reclamos, nuestra inconstancia y la repetición de nuestras caídas después que tantas veces hemos sido perdonados. Pero Jonás será de verdad una señal para nosotros, un signo para que nos demos cuenta de nuestros vaivenes, para que de una vez por todas emprendamos el verdadero camino de salvación que Dios nos ofrece, para que creamos con toda nuestra fuerza en la misericordia y compasión del Señor que por nosotros se da y a todos ofrece siempre su perdón. Nos sentimos en ocasiones reconocedores de que no somos merecedores de ese perdón y de ese amor que Dios nos tiene y nuestro corazón se llena tantas veces de turbulencias y de dudas.

La señal de Jonás que es su vida misma. La señal de Jonás que es como una resurrección cuando vuelve a la vida después de estar tres días en el vientre del cetáceo; enterrados estamos nosotros en nuestro pecado, pero estamos llamados a una vida nueva. Es un camino de pascua toda nuestra misma vida. En cuaresma hacemos camino hacia la pascua, pero tenemos que ir haciendo pascua en nuestra vida aprendiendo a morir al pecado para renacer a una vida nueva. ¿Podremos ser signos también nosotros para los demás?

martes, 23 de febrero de 2021

Aprendamos a orar aprendiendo a dejarnos empapar por Dios como una lluvia que mansamente nos inunda y nos hace dar nuevos frutos de amor y de vida

 


Aprendamos a orar aprendiendo a dejarnos empapar por Dios como una lluvia que mansamente nos inunda y nos hace dar nuevos frutos de amor y de vida

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15

Quizás alguna vez nos hemos sorprendido a nosotros mismos contemplando la lluvia desde detrás de los cristales de nuestra ventana; ya hemos procurado que nadie nos sorprendiera para que no tener que oír si no teníamos cosa mejor que hacer que ver llover. Pues seguramente en ese momento no había cosa mejor que hacer; a mí me encanta, como me encantaba cuando era más joven y más atrevido circular en medio de la lluvia, a través de caminos poco menos que impracticables como muchas veces me tocó hacer en algunos lugares donde he habitado.

Pero si recuerdo esto, y lo hago de mano de lo que hemos escuchado hoy en las lecturas de la Palabra de este día, porque realmente es hermoso y se está como realizando un misterio de vida delante de nosotros cuando vemos llover y se va empapando la tierra donde luego germinarán fecundas las semillas para darnos hermosas plantas y hermosas flores y frutos. Ese irse depositando mansamente el agua en el terreno, cuando apenas vemos caer las gotas sino como una suave cortina que todo lo envuelve, pero donde vemos como la tierra se va empapando y empapando. Una imagen muy hermosa, una imagen que nos puede también decir muchas cosas.


Como ya hemos mencionado el profeta emplea esta imagen de la lluvia que cae y que todo lo empapa, pero en el evangelio se ha hecho el planteamiento de la oración. Hoy se nos recogen palabras de Jesús en el sermón del monte, pero al hilo de otro evangelista vemos que los discípulos en una ocasión se acercaron a Jesús para pedirle que les enseñara a orar. Seguramente será una petición que llevamos ahí escondida en nuestro corazón porque queremos orar y muchas veces no sabemos como hacerlo; repetimos fórmulas de oración ya elaboradas o cuando por nosotros mismos queremos balbucear nuestra propia oración casi no nos salen las palabras y a lo más nos ponemos a hacer simplemente un listado de peticiones.

También nosotros hoy queremos pedirle a Jesús que nos enseñe a orar. Y ya nos dice que no usemos de muchas palabras sino que nuestra oración tiene que ser como más sencilla y más espontánea. Pero no queremos dejarnos nada en el tintero, son tantas las cosas que queremos decir que igualmente nos ponemos a decir muchas palabras, pero nos ponemos poco a hacer silencio interior para sentir a Dios, para llenarnos de Dios, para escuchar esa presencia de Dios.

Y es aquí donde quiero utilizar esa imagen de la lluvia con la que hemos comenzado hoy nuestra reflexión. ¿Por qué no pensar que la oración es ese empaparnos de Dios como la tierra en la que cae mansamente la lluvia y poco a poco se va empapando de esa agua que la fecunda y la hace fructificar? Sí, dejarnos empapar por Dios; quedarnos quietos para ir dejando que Dios nos vaya inundando, sí, inundarnos de Dios.

Vamos a gozarnos de su presencia, escuchar su presencia que solo lo podemos hacer si hacemos silencio en nosotros, vamos a dejarnos sorprender por cuanto El irá suscitando en nuestro corazón, vamos a sentir que igual que corre la sangre por nuestras venas así Dios va llenando todo nuestro espíritu con su Espíritu y sentiremos entonces que ya no es nuestra vida sino la vida de Dios la que circula dentro de nosotros. Vamos a hacer silencio y quedarnos callados, porque sobran las palabras para que así podamos escuchar bien la Palabra, su Palabra de vida y de amor que nos llena y que nos inunda.

Nos sentiremos como en el cielo porque el cielo ha venido a nosotros y ya no está Dios allá en la lejanía de las alturas sino que lo sentiremos en nosotros y sentiremos entonces el gozo de su gloria, la alegría de su amor que nos transforma y así fluirá nuestra vida no ya por nuestros caprichos o caducas voluntades sino siempre en lo que es la voluntad del Señor. Casi no necesitaremos pedirle que nos ayude, aunque lo hagamos, porque en El y en su Espíritu nos sentiremos fortalecidos y comenzará a fluir de nosotros casi espontáneamente el amor y la paz.

Hagamos silencio, dejemos que esa lluvia de la presencia de Dios mansamente vaya poco a poco empapándonos para sentirnos así inundados por una nueva vida y por el amor. Nos veremos transformados porque nos sentimos amados de Dios y aprendemos a gustar y saborear esa hermosa palabra con la que comenzaremos a llamar a Dios, Padre.

lunes, 22 de febrero de 2021

Necesitamos momentos para reafirmar nuestro más profundo sentido eclesial proclamando la misma fe y sintiéndonos en comunión con toda la Iglesia única y universal

 


Necesitamos momentos para reafirmar nuestro más profundo sentido eclesial proclamando la misma fe y sintiéndonos en comunión con toda la Iglesia única y universal

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19

Sin romper del todo el ritmo del camino cuaresmal que estamos haciendo hay días que tienen especiales celebraciones que son importantes para la vivencia de la fe sobre todo con un fuerte sentido eclesial como es hoy el caso. En este día celebramos la Cátedra de san Pedro en Roma, que viene a ser algo así como una afirmación  de nuestra fe hincando sus raíces en ese sentido eclesial por nuestra comunión con el Obispo de Roma y sus sucesores manteniendo así nuestra comunión con Pedro, nuestra comunión de la Iglesia toda considerando el primado que Cristo le confió en la fe y en el amor para mantener una unidad y comunión de toda la Iglesia

Sabido es que como Iglesia nos sentimos unidos y en comunión con nuestro Obispo, nuestro Pastor constituyendo así verdadera Iglesia de Cristo. Cuando decimos Diócesis de Tenerife, por ejemplo para mencionar la diócesis a la que pertenezco, estamos diciendo con ese mismo sentido Iglesia de Tenerife. Pero la Iglesia toda católica y universal no es simplemente una federación de Iglesias, sino que es la comunión de todas las Iglesias en una única Iglesia presidida por el que en nombre de Cristo es Pontífice para toda la Iglesia. No somos iglesias por si solos sino en esa comunión que con toda la Iglesia vivimos, con esa comunión con la Iglesia de Roma donde su Obispo es el sucesor de Pedro a quien Cristo le confió esa misión universal de mantener en comunión de fe y amor a todos los que creemos en El.

Y es lo que hoy celebramos. La cátedra de Pedro, nuestra comunión con Pedro y con toda la Iglesia. Cosas que tenemos que recordar, pues las damos por sabidas pero tenemos el peligro de ir haciéndonos tan autónomos que hay el peligro de que rompamos esa comunión de toda la Iglesia. Os confieso que es hermoso cuando uno tiene oportunidad de participar en una celebración, ya sea en Roma, ya sea en grandes Santuarios como los hay repartidos por todo el mundo, donde en esa misma celebración sentimos que a nuestro lado hay cristianos de otros lugares, de otros pueblos y razas, pero que estamos allí proclamando una misma fe, que estamos allí sintiéndonos una única Iglesia e Iglesia universal, verdaderamente católica.

En Roma en torno al Papa allí al pie y en torno del altar llamado así de la Cátedra de san Pedro, en Fátima o en Lourdes en celebraciones marianas con gentes que oímos rezar a nuestro lado en distintas lenguas procedentes de las más diversas naciones, en Santiago de Compostela en un año santo jacobeo en diversas ocasiones con peregrinos que han atravesado media Europa para llegar hasta la tumba del Apóstol, en Jerusalén o cualquiera de los santuarios de los Santos Lugares, he tenido esa oportunidad y ha sido grande el gozo que he sentido en mi corazón, grande la emoción que me ha embargado en esos momentos haciendo que afloren los mejores sentimientos y sentido de comunión eclesial.

Son momentos en que se reafirma nuestro sentido eclesial y universal, de ser esa Iglesia única de Cristo que así proclama su fe en cualquier rincón del mundo. Porque eso es además lo que tendríamos que sentir y vivir cada vez que celebramos la Eucaristía, que nos reunimos en comunión con todos los santos pero en comunión con toda la Iglesia.

Tras la hermosa confesión de fe de Pedro hoy hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús confiando a Pedro esa misión de pastor universal de su Iglesia. No vamos a entrar en muchos comentarios, sino tratemos de escucharlas abriendo en verdad nuestro corazón para hacer crecer nuestra fe y nuestra comunión.

‘¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’.

domingo, 21 de febrero de 2021

Llega el momento de que nos tomemos en serio la Buena Nueva que nos anuncia Jesús, nos convirtamos y comencemos a creer en el Reino de Dios

 


Llega el momento de que nos tomemos en serio la Buena Nueva que nos anuncia Jesús, nos convirtamos y comencemos a creer en el Reino de Dios

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

En este primer domingo de cuaresma hay una serie de palabras que nos suenan retumbonas año tras año como martilleando nuestra cabeza y nuestro corazón. Podemos acostumbrar el oído a ese sonido retumbante que nos atruena en el corazón, podemos intentar olvidarlas con la disculpa de que todos los años resuenan las mismas y de la misma manera o podemos prestarle atención e intentar descifrar su sentido y su mensaje en lo que creemos que pueda valer para nuestras vidas.

Desierto y austeridad, ayunos y tentaciones, evangelio y buena noticia, conversión y camino de pascua que nos lleva a vida nueva. Palabras algunas que nos resultan duras y parece que nos hicieran daño frente a la vida de suavidad y comodidad en que queremos vivir alejados de problemas, de esfuerzos y de lucha; nos gustaría que todo fuera suave y fácil y no tener que hacer mayores esfuerzos porque necesitemos hacer cambios en la vida que vivimos. Lo de meternos en un desierto por cuanto signifique una vida dura que en su escasez nos obligue a una austeridad poco menos que impuesta y a muchas renuncias de comodidades a las que nos hemos acostumbrado es algo que nos pensamos mucho.

Cuánto nos ha costado adaptarnos a las circunstancias que llevamos viviendo en el último año y como nos revolvemos en el deseo de zafarnos de todos los protocolos y normas que nos han impuesto en la vida. La imposibilidad de movimientos a la manera en que estábamos acostumbrados, la imposición a tener que confinarnos y hasta tener unos horarios para determinadas cosas, las renuncias a las que nos hemos visto abocados impidiéndonos encuentros, celebraciones, fiestas y hasta acontecimientos deportivos se nos ha vuelto muy duro. Y no hemos tenido que irnos a lugares apartados y difíciles, sino que lo hemos tenido que realizar allí donde ha sido nuestra vida de cada día donde aún se nos han permitido muchas comodidades al estar con nuestras cosas y en nuestro propio hogar. Pero ha sido un desierto que hemos tenido que atravesar y del que aún no hemos salido.

Cuando estamos en el desierto, lejos de las comodidades de cada día y escasos de esos bienes que nos hacen la vida agradable, sin embargo ha podido servir para que aprendamos a buscar lo que es verdaderamente importante, arrancarnos de superficialidades y banalidades, para centrarnos en lo que quizás más necesitamos o para descubrir aspectos de la vida que por la rutina y la costumbre quizá habíamos banalizado o dejado en un segundo plano.

Habrá podido servirnos para encontrarnos más con la familia, con los hijos, con los hermanos, los padres, los esposos entre sí; para añorar a los verdaderos amigos, aquellos que son verdaderos acompañantes a nuestro lado en el camino que vamos haciendo.

O nos habrá podido servir para encontrarnos con nosotros mismos, con el sentido y el valor de nuestra vida, o para abrirnos a la trascendencia elevando nuestro espíritu, buscando los valores más espirituales, yendo también a encontrarnos con Dios y a escucharle en nuestro corazón.

A muchas personas este desierto que llevamos viviendo ya más de un año, con todos los problemas incluso de orden social y económico que nos han acompañado y seguirán acompañándonos, les ha servido para intentar centrarse más en sus vidas y habrá sido también una oportunidad para que se abran caminos nuevos ante ellos, ante nosotros. A eso y a mucho más nos pueden ayudar los momentos de crisis, los momentos de desierto, los momentos en que la vida se nos vuelve dura. Es encontrar un sentido, es darle profundidad a la vida, es también elevarnos por encima de esas carencias que sabemos que no son solo lo material para darnos cuenta de la necesidad de una espiritualidad que ennoblezca nuestra existencia.

Ahora siguiendo el ritmo de la liturgia de la Iglesia y de todo el sentido cristiano de nuestra existencia cuando nos acercamos a la Pascua entramos también en un tiempo de desierto. Nos lo recuerda hoy el evangelio y vemos el actuar de Jesús. Pasó Jesús por un desierto en el que, como nos dice el evangelista, también fue tentado por el diablo. Marcos no es tan expresivo ni tan expansivo como los otros evangelistas y su relato es breve, pero ahí nos deja constancia de ello. Es el tiempo en el que nosotros estamos entrando, como decíamos el pasado miércoles de ceniza, es un tiempo de regalo de Dios, de gracia para nosotros.

Y escuchamos la llamada a la conversión y a la fe. ‘Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio’. Ha llegado, pues, el momento; ha llegado el momento en que nos tomemos en serio el Reino de Dios. En todo ese mundo de desierto, como decíamos antes, en que nos hemos visto envueltos llega el momento de encontrar lo verdaderamente importante. ¿No llegará el momento también de que nos tomemos en serio esta Buena Nueva que nos propone Jesús?

Por el hecho de estar en desierto nos hemos visto obligados a cambiar muchas cosas, pero ¿no tendría que ser algo mucho más profundo lo que tendríamos que hacer? Pero no vamos dando palos de ciego a ver lo que sale de todo esto, nosotros tenemos una meta y un ideal, es la Buena Nueva que nos anuncia Jesús y en la que tenemos que creer, y esa Buena Nueva es el Reino de Dios que tenemos que vivir.

Son muchas las superficialidades que tenemos que dejar atrás para centrarnos en lo que verdaderamente es importante; hemos llenado nuestro corazón de muchos apegos y de muchas cosas de las que nos parece que no nos podemos desprender porque no sabríamos vivir sin ellas.

Es el paso adelante que tenemos que dar que lo estamos resumiendo en esas dos palabras conversión y fe, conversión y creer en la buena noticia que Jesús nos trae, conversión para poder vivir a tope el Reino de Dios, y que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida. Es el camino que estamos emprendiendo, el camino de pascua que nos llevará a una vida nueva que cantaremos con la resurrección.

sábado, 20 de febrero de 2021

Nos sentimos desarmados cuando contemplamos el amor de Jesús hacia los pecadores y nos bajamos pronto de nuestras posturas discriminatorias hacia los demás

 


Nos sentimos desarmados cuando contemplamos el amor de Jesús hacia los pecadores y nos bajamos pronto de nuestras posturas discriminatorias hacia los demás

Isaías 58, 9-14; Sal 85; Lucas 5, 27-32

Hay una frase que solemos utilizar y que incluso empleamos como recurso educativo que sin embargo escuchando el evangelio de hoy me hace hacer un replanteamiento. Es aquello que decimos ‘dime con quién andas y te diré quien eres’. Según con la gente con la que te juntes, y lo decimos muchas veces a la gente joven que está a nuestro cuidado, vas a aparecer con tal o cual categoría; sobre todo la empleamos en un sentido negativo y peyorativo, pero pensemos si acaso no tiene mucho de discriminatorio en referencia a nuestra manera de ver a las personas, y en consecuencia no queremos que nuestros  hijos, por ejemplo, se mezclen con toda clase de personas.

Pero de alguna manera ¿no era así como estaban viendo los fariseos y los letrados a Jesús porque se juntaba con los pecadores, porque se sentaba a la mesa con los publicanos? Es lo que les están diciendo los fariseos y los escribas a los discípulos en aquella ocasión. ‘¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ Y ya vemos la respuesta de Jesús.

Había sucedido en esta ocasión – porque las ocasiones se repiten en el evangelio y Jesús también come con fariseos y gente que se considera como muy principal en sus arrogancias – después que invitara a Leví a seguirle. Leví, o Mateo según sea el evangelista que nos transmita este relato, era un publicano; bueno, Leví era un recaudador de impuestos, pero que por eso mismo los fariseos y los que se creían puros así los trataban, como publicanos, unos pecadores.

Para un judío un recaudador de impuestos era un colaboracionista con el poder extranjero que era el que dominaba entonces en Israel, los romanos; ellos eran los que controlaban la hacienda y ponían los impuestos; los judíos por sí mismos tenían sus impuestos que iban a engrosar las arcas del templo de Jerusalén, pero que en principio era como la Hacienda del pueblo de Israel; pero ahora eran los dominadores extranjeros los que se llevaban esta parte, y los recaudadores era unos colaboracionistas.


Por otra parte tenían fama de usureros porque por un lado inflaban los impuestos a su capricho y beneficio, pero al mismo tiempo como hombres de dinero y de negocios eran unos prestamistas para aquellos que se veían en necesidad; un camino también para el lucro y las ganancias desmedidas por la gravedad de los intereses que imponían. Ejemplo tenemos en otro publicano que también tuvo su encuentro con Jesús, Zaqueo, del estilo de vida llena de injusticia en que vivían. De ahí su fama y la mala consideración que tenían ante el pueblo, eran unos publicanos, es decir, unos pecadores.

Y Jesús había escogido a Leví para seguirle, que prontamente dejó su mesa de cobrador de impuestos para irse con Jesús. Algo que le llenó de alegría y quiso celebrarlo con un banquete para Jesús y los discípulos que ya lo acompañaban, pero al que también invitó a sus amigos y compañeros de profesión; era algo así como una despedida. Y ahora vienen los fariseos criticando porque Jesús está en medio de ellos. ¿Dime con quién andas y te diré quien eres? Se lo estaban aplicando a Jesús.

Pero a Jesús no le importa, porque El es el médico que viene a curar no a los que se creen sanos sino a los enfermos. Y allí en medio de esos enfermos, en medio de los pecadores está Jesús  para sanar, para transformar los corazones. No soporta Jesús la discriminación; en su reino no caben esos estilos, algo nuevo tiene que surgir y algo a lo que están todos llamados, sean santos o sean pecadores, pero lo que Jesús nos trae es la gracia, lo que nos trae es el regalo del perdón, el regalo del amor de Dios.

Ya decíamos al empezar la cuaresma que es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia que Jesús nos regala que es descubrirnos cuánto es el amor que Dios nos tiene. No importa lo pecadores que seamos, si somos capaces de reconocerlo, pero de reconocer sobre todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Claro que eso nos tiene que poner en otra onda, en otra órbita, que es la manera con que nosotros miremos a los demás. Porque aquello de decir que según con quien andes así eres tú, entraña mucha discriminación hacia los que nosotros también como aquellos fariseos tratamos de mirar por encima del hombro.

Analicemos con sinceridad nuestra manera de mirar a los demás y en consecuencias nuestras discriminaciones. Sintámonos desarmados cuando contemplamos lo que es el amor de Jesús por todos. Pongámonos de parte de Jesús y aprenderemos entonces a ir como El siempre como médico para los demás, porque lo que queremos es sanar, porque lo que queremos es rescatar a los que se ven envueltos por el pecado, porque lo que queremos es llevar vida y hacer que vivamos con un nuevo estilo de vida, con el estilo del amor.

 

viernes, 19 de febrero de 2021

Nuestras componendas e incongruencias, nuestra falta de autenticidad no nos podrán llevar por una vida de rectitud y son causa de escándalo para muchos

 


Nuestras componendas e incongruencias, nuestra falta de autenticidad no nos podrán llevar por una vida de rectitud y son causa de escándalo para muchos

Isaías 58, 1-9ª; Sal 50; Mateo 9, 14-15

Aunque las modas y los gustos cambian continuamente, sin embargo solemos decir que las mezcolanzas no son buenas; hay cosas que son incompatibles unas con otros. Claro que dije que las modas y los gustos cambian, lo vemos en todo tipo de cosas, de costumbres; los modistos nos ofrecen cada vez cosas más atrevidas en cuestión de vestidos con mezclas de materiales que antes no podíamos concebir, y lo mismo, por ejemplo, en la cocina los grandes cocineros nos presentan los platos más raros del mundo con una variedad de sabores que nunca se nos hubiera ocurrido mezclar.

Pero bueno, dejemos a un lado modas y gustos de ese tipo y vayamos a lo que son nuestras costumbres, a lo que es la rectitud de una vida, a lo que tiene que ser una congruencia entre el pensar y el hacer o vivir; y aquí sí que lo moralmente malo será siempre malo desde los más elementales principios éticos y lo que es bueno en sí mismo tiene su resplandor y su belleza.

Pero ahí surgen nuestras confusiones y errores, porque vienen las apetencias de nuestras pasiones que se nos desbordan y nos preguntamos qué tienen de malo, vienen lo que llamamos costumbres y aquello de que siempre se ha hecho así, o también aquello de que eso es difícil y nos cuesta y entonces queremos hacer nuestros arreglos a ver hasta donde podemos llegar, pero no nos preguntamos por la rectitud y bondad de aquello que hacemos o si podemos hacerlo mejor; vienen los intercambios de ideas, vienen las formas distintas de pensar o de plantearnos la vida, vienen lo que tienen que ser nuestros principios religiosos y éticos nacidos de una fe que no podemos mezclar (y aquí viene lo de las mezcolanzas de las que hablábamos al principio) con otras rutinas de la vida que nos hacen vivir sin sentido, sin profundidad, sin autenticidad.

Es importante esto que estamos diciendo sobre la autenticidad de la vida; o somos o no somos, o como nos dirá Jesús en el evangelio ‘el que no está conmigo está contra mí’. Demasiadas componendas pretendemos hacernos, arreglitos y remiendos y ya recordamos como en otro momento del evangelio nos habla de que no valen los remiendos, que tiene que ser un vestido nuevo para un hombre nuevo, como tienen que ser odres nuevos para vinos nuevos.

Y todo esto hoy el evangelio y la palabra de Dios que se nos ha proclamado nos lo aplican a una serie de actos penitenciales que nos vendría bien hacer en este tiempo cuaresmal, pero a los que tenemos que dar perfecta autenticidad. Hoy se nos habla del ayuno y cuál es el ayuno que el Señor quiere. Parte el evangelio de la pregunta que le plantean a Jesús de por qué sus discípulos no ayunan, mientras si lo hacen los discípulos de Juan y los seguidores de los fariseos. ¿Pueden estar los amigos del novio ayunando cuando están en el banquete de bodas del amigo? Como decía santa Teresa de Jesús ‘Hijas, cuando perdiz, perdiz; y cuando penitencia, penitencia’; cuando toca austeridad, pues es la austeridad la que tiene que brillar.

¿Cuál es el ayuno que el Señor quiere? El profeta que hoy hemos escuchado es muy claro. ‘En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo…’ Ahí van nuestras mezcolanzas. Cuántas cosas en este sentido hacemos, y qué daño hacemos con esto a los demás.

Por eso el profeta nos dirá claramente y casi no son necesarios muchos comentarios: ‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor’.

Todo un sentido del amor del que tenemos que envolver y empapar nuestra vida. Una vida de rectitud y de justicia, una vida en la que buscamos siempre hacer el bien, una vida en la que nos liberamos de tantas ataduras que nos persiguen. Y aquí tendríamos que pensarnos cuáles serian los nuevos ayunos que nos hiciéramos, que tienen que ir más allá de privarnos de unos alimentos.

Un comentarista a estos textos de la Palabra de Dios hacia estas sugerencias que no me resisto a copiar: ‘¿Cuáles serían en la actualidad nuestros “ayunos” necesarios…? Ayunar de tanto móvil y WhatsApp; ayunar de tantas horas de televisión; ayunar de tantas dependencias tecnológicas; ayunar de esas obsesiones por el correo electrónico, por la avidez de noticias repetitivas fraudulentas; ayunar de tantos encuentros baladíes; ayunar de pequeños caprichos como si nos fuera la vida en ello; ayunar de gastos superfluos y de la adquisición de cosas innecesarias…

No ayunar de generosidad con los demás, no ayunar de ratos dedicados a la oración o lectura meditativa, no ayunar de visitar a alguien que vive en soledad; no ayunar de compartir bienes y limosnas en silencio que ayuden a otros; no ayunar de una cara más alegre y unas actitudes más esperanzadas y optimistas; no ayunar de buscar momentos de silencio y paz que redundará en beneficio de los más cercanos; no ayunar en los deseos de búsqueda y encuentro con Dios; no ayunar del pan de la Eucaristía…’ (Fr. José Antonio Solórzano Pérez O.P.)

Con este comentario os dejo, porque de ahí podríamos sacar todo un programa para nuestra penitencia cuaresmal.

jueves, 18 de febrero de 2021

Aunque nos encontremos en el dilema de hallar el verdadero camino estamos en tiempo de hacernos preguntas, de buscar, de perseguir la verdad, de discernir qué es lo mejor

 


Aunque nos encontremos en el dilema de hallar el verdadero camino estamos en tiempo de hacernos preguntas, de buscar, de perseguir la verdad, de discernir qué es lo mejor

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25

Todo lo que nos pueda sonar a fracaso lo rehuimos; si el camino que emprendemos está lleno de dificultades o de problemas que me hacen sufrir tratamos de evitarlo; lo que muchas veces nos hace sufrir es la incertidumbre del mañana, y pensamos en el avance y progreso de nuestros trabajos o de nuestros proyectos y si vemos que la cosa se nos puede torcer nos llenamos de angustias; nos inquieta incluso nuestra propia salud y cuando con el paso de los años nos encontramos más debilitados y que ya quizá no podemos hacer cuanto hacíamos en otro momento de la vida de más esplendor, parece que nos sentimos que nos morimos.

Pero ¿será bueno tener esos planteamientos? ¿No nos llevará a obsesiones y angustias que nada nos ayudan? Pero así se nos va presentando la vida y cada vez quizás nos cuesta mayores sacrificios o el esfuerzo del camino se nos hace cuesta arriba y ni por asomo se nos ocurre pensar, no lo queremos al menos, en fracasos y contratiempos que nos derriben los edificios que en nuestra mente queremos construir.

¿Cómo se sentirían los discípulos más cercanos a Jesús, aquellos que habían puesto en El todas sus esperanzas cuando Jesús les anunciaba que todo aquello tenía que pasar por una pascua de dolor y de muerte? No les sería fácil entender las palabras de Jesús y esto sembraría inquietudes y posibles desánimos en sus corazones, o veremos que en una ocasión poco menos que Pedro se enfada con Jesús y le dice que no esté pensando en esas cosas que todo eso no le puede pasar.

Pero Jesús vemos que una y otra vez les repite el anuncio que habla de que va a ser entregado incluso en manos de los gentiles – qué duro tendría que ser esto para unos judíos que querían quitarse de encima del dominio de los romanos – y de que al final lo crucificarán y morirá. Nunca llegarán a oír, porque sus mentes andaban en otras cosas, los anuncios que Jesús les hacía, ni entenderán qué significado tienen sus últimas palabras que hablan de resurrección.

Y es lo que hoy nosotros también cuando estamos iniciando este camino de Cuaresma escuchamos en el Evangelio. Como para que no olvidemos que vamos camino de la Pascua, y que la cuaresma es el camino que nos lleva hasta el Calvario donde tendremos que subir también, aunque algunas veces edulcoramos un poco esos conceptos y no terminamos de entrar a trapo con el tema de la Cuaresma y de la pasión y pascua. Pero ahí están también para nosotros esas palabras de Jesús.

Pero es que además Jesús nos habla de que nosotros si queremos seguirle también tenemos que tomar el camino de la cruz, cargar con la cruz. Nos podría resultar hasta hermoso contemplar a Cristo en la Cruz y para eso nos hemos servido de los artistas que nos hagan bellísimas imágenes que contemplamos extasiados, pero entender cómo nosotros hemos de tomar la cruz, ya es algo que nos cuesta más, se nos atraganta. ¡Cómo hemos maquillado nuestras celebraciones de la Semana Santa despojándolas de todo lo cruento que ha de ser para nuestra vida la pasión del Señor que nosotros también hemos de asumir! Pensemos cómo hemos transformado la pasión y muerte de Jesús en unas bonitas y emocionantes procesiones y quizá de ahí muchos no pasamos.

Hoy nos dice Jesús y nos lo dice cruda y claramente: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’.

¿Habremos pensado bien en estas palabras? Negarse a si mismo cuando nosotros lo que queremos son triunfos; tomar la cruz cuando rehuimos el dolor y nos amargamos antes de tiempo incluso ante lo que tengamos que sufrir en la vida; perder la vida para salvarla cuando lo que buscamos son por encima de todo ganancias materiales o aquello  con lo que lo pasemos bien sin mayores preocupaciones.

Por eso parece que algunas veces nos encontramos en un dilema para saber cuál es el verdadero camino, cuál es la vida verdadera. ¿En quién confiamos?,  nos preguntamos. ¿Solo en nosotros mismos y en aquellas cosas que satisfagan nuestros caprichos? ¿Buscaremos acaso una voz más profunda pero que nos eleve por encima de esa superficialidad con que mayormente vivimos la vida?

Tiempo de hacernos preguntas, tiempo de buscar, tiempo de perseguir la verdad, tiempo de discernir qué es lo mejor, tiempo de mirar hacia delante aunque tengamos la cruz por medio, porque sabemos que ahí vamos a encontrar la vida, tiempo de vivir en una entrega que nos lleve de verdad a la plenitud, tiempo de escuchar a Jesús.

Emprendamos este tiempo, decidámonos por este camino del evangelio, apostemos por Jesús, en El obtendremos la auténtica ganancia, en El alcanzaremos la verdadera victoria final.

miércoles, 17 de febrero de 2021

Es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia, es el tiempo de la misericordia del Señor.

 


Es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia, es el tiempo de la misericordia del Señor.

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Cuando recibimos un regalo diversas son las cosas que podemos recibir como obsequio; quien nos regala seguramente estará atentos a nuestros gustos o cuando se es una persona práctica también a nuestras necesidades, pero el que regala quiere dejar la impronta de sí mismo en el regalo que nos hace para que entonces recordemos a quien nos hizo el regalo, y tengamos como algo muy propio de esa persona, donde está reflejando todo su ser y el grado de amistad que tiene con nosotros.

¿Quién me regala tiempo?, podría gritar alguien, aunque no pareciera que eso fuera un posible regalo; marcamos nuestros tiempo con las horas y con los minutos, marcamos nuestro tiempo por aquellos momentos que haya significado algo especial para nosotros, marcamos nuestro tiempo por las cosas que tenemos que hacer, por las urgencias de la vida, y solemos decir con mucha frecuencia que no tenemos tiempo. ¿No necesitaríamos el regalo del tiempo?

Mira por donde la palabra de Dios nos dice que es tiempo de regalo. ‘Ahora es tiempo de gracia’, nos ha dicho, y ¿qué significa precisamente una cosa que se nos da por gracia? Un regalo; pues así podríamos traducir este pasaje, estas palabras de la Biblia, tiempo de regalo.

Nos explicamos. Comenzamos la cuaresma y tenemos que decir que es tiempo de regalo; un tiempo que nos regala el Señor con un especial amor y al que tendríamos que dar una respuesta. Y quiero precisamente al hablar de la cuaresma comenzando por considera lo que el Señor nos da, lo que el Señor nos regala. Pensamos en la cuaresma y pensamos en no sé cuantas cosas que tenemos que hacer, que si hacemos penitencia para convertirnos al Señor, que si ofrecemos nuestros sacrificios y nuestras renuncias, que si tenemos que ayunar o abstenernos de algunos alimentos, pero olvidamos lo principal, lo que el Señor nos ofrece.

Por ahí tendríamos que comenzar, comenzar por darnos cuenta del regalo que significa para nosotros el amor que el Señor nos tiene. Y creo que si lo consideramos bien ya todo está hecho. Porque todo va a ser una respuesta a ese amor del Señor. Por eso nos viene bien esto que hemos comenzado diciendo del tiempo del regalo, del tiempo en que vamos a recordar de manera especial el regalo del amor que Dios nos tiene. Y a los regalos correspondemos. Será nuestra gratitud o serán unas actitudes nuevas que vamos a tener para aquel que nos hizo el regalo. Alguien nos hace un regalo y nos sentimos avergonzados si no correspondemos a ese gesto de amor que se ha tenido con nosotros; lo llamamos agradecimiento, lo llamaremos todas esas actitudes nuevas que va a haber en nuestra vida para quien tanto nos ama.

Claro que entonces resonará con todo sentido lo primero que vamos a escuchar cuando iniciamos este tiempo de Cuaresma: ‘Conviértete y cree en el Evangelio’. No es simplemente decir que tengo que cambiar porque ahora toca eso de cambiar; es algo más, es corresponder a ese amor que Dios tiene contigo, y como quieres corresponder te das cuenta que tu vida no puede ser igual, que unas actitudes nuevas tiene que haber en nuestro corazón, que una nueva forma de actuar tiene que haber en nuestra vida. Pero ¿en qué van a consistir? ‘Cree en el evangelio’. Es la Buena Noticia de Jesús, en lo que tenemos que creer y que nos va a impulsar a emprender caminos nuevos, a vivir valores nuevos, a tener una vida nueva, a ser hombres nuevos.

Un camino de ascesis, de crecimiento, de maduración el que vamos a emprender. Un camino que algunas veces nos costará seguir, porque también habrá muchas cosas que quieran distraernos. Un camino que como toda subida exige esfuerzo, superación, crecimiento. Un camino en que aprenderemos a buscar lo que verdaderamente es importante, porque no podemos llevar recargada la mochila de la vida en esa subida, lo que nos obligará a una austeridad en nuestra vida, a desprendernos de muchas cosas innecesarias o que son un estorbo.


Hablamos de ayunos y abstinencias, como hablamos de limosna para compartir. Pero no es dejar de comer por dejar de comer, sino que en ello hemos de buscar un sentido y un valor. No nos regalamos en cosas exquisitas sino que vivimos en una austeridad quizá pensando en los que no tienen qué comer y que por necesidad tendrán que ayunar porque no tienen que echarse a la boca; y se moverá nuestro corazón al compartir porque no podemos sufrir ni soportar que un hermano pase necesidad; no vamos a dar de lo que nos sobre y ya no necesitemos sino de eso que es nuestro pan de cada día vamos a partirlo, vamos a compartirlo. Es una nueva manera de ver las cosas, no es imponernos cosas así porque sí o porque estén mandadas, sino que todo va a surgir de ese amor nuevo que habrá en nuestro corazón cuando decimos que creemos en el evangelio.

Y nos falta pensar en algo más aunque en el fondo de todo lo que hemos venido reflexionando está presente. Nuestra unión con el Señor que cada día tiene que crecer más y más. ¿Cómo no van a crecer nuestros deseos de estar con El cuando respondemos agradecidos al tiempo de regalo que nos está dando el Señor, al regalo de su amor que se está haciendo presente en nuestra vida? cuando somos agradecimos con alguien de mil maneras le manifestamos nuestra gratitud, y tratamos de mantener su amistad, y nos gustará vivir en la cercanía de quien sabemos que nos quiere y nos ama, y deseamos escucharle como manifestarle también cuáles son nuestros sentimientos o incluso las peticiones que nos podamos atrever a hacer viendo tantas necesidades y sufrimientos a nuestro alrededor. Ya entendemos todo lo que eso significa.

Es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia, es el tiempo de la misericordia del Señor. Leamos ahora con atención las citas de los textos bíblicos propuestos al principio y propios del miércoles de Ceniza.

martes, 16 de febrero de 2021

Para entender y comprender el mensaje de Jesús hemos de saber entrar en su sintonía y lavarnos los ojos con el colirio de Dios para que resplandecientes veamos las obras de la luz

 


Para entender y comprender el mensaje de Jesús hemos de saber entrar en su sintonía y lavarnos los ojos con el colirio de Dios para que resplandecientes veamos las obras de la luz

Génesis 6,5-8; 7, 1-5.10; Sal 28; Marcos 8,14-21

Nos habrá sucedido en más de una ocasión. Quisimos hacer un comentario simple a algo que vimos y no nos gusto, a algún hecho acaecido en nuestro entorno, a una noticia  que nos llegó por algún medio de comunicación, lo hicimos con la mayor sencillez y sin ninguna doble intención y no nos entendieron, mal interpretaron nuestras palabras, al final terminaron metiéndose con nuestras actitudes o nuestras intenciones. No entendieron o no quisieron entender.

En un buen deseo de decir palabras buenas, pensamientos optimistas que nos llenen de ánimo y de sentido en medio de momentos duros, porque al expresarnos quisimos hacerlo con elegancia, con palabras distintas, de una forma que todos entendiéramos y quizá empleamos alguna imagen, pues la gente se quedó con la imagen, no fueron capaz de entender el sentido y por supuesto el mensaje se quedó cojo porque realmente no llegó a esas personas.

Me ha pasado en unos pensamientos que pretendo hacer llegar todos los días a mis amigos de las redes sociales, y quizá empleo una imagen de la naturaleza o de la agricultura como comparación o alegoría de lo que realmente quiero trasmitir, pero hay quien me lo comenta quedándose simplemente en aquella imagen de la naturaleza, de la agricultura o de lo que en estos trabajos ha hecho siempre, pero el mensaje de fondo no se supo interpretar.

A los discípulos, y en este caso a los más cercanos, a los que están siempre con El en ocasiones también les cuesta entender a Jesús y como aquello de las imágenes de la naturaleza, se quedaban también en la materialidad de las palabras sin captar el más hondo sentido que Jesús quería darles, o se las tomaban como indirectas hacia hechos que quizá se les había pasado desapercibido.

Ahora iban en la barca y Jesús deja caer un comentario que les sirviera de reflexión. Les habla de la levadura de los fariseos de la que tienen que tener cuidado y no dejarse caer en sus redes, pero ellos interpretan las palabras de Jesús casi como una reprimenda porque se habían olvidado de suministrarse y prácticamente no llevaban pan en la barca.

‘¿Es que no comprendéis?’, terminará diciéndoles Jesús. No entendían, se quedaban en la materialidad de las cosas y no llegaban a entender esa imagen de la levadura, pero de la levadura de lo fariseos, de la que tenían que liberarse. No se trataba de hacer panes y tener buena levadura, sino que se trataba de que en la vida no influyan en nosotros las cosas negativas de los demás.

¿Es que no comprendéis? ¿No entendéis? También terminará diciéndonos Jesús. Nos dejamos influenciar por muchas cosas, nos sentimos aturdidos por tantas cosas negativas de la vida, que no sabemos descubrir todo lo bueno que el Señor continuamente nos está ofreciendo. Cuántas maravillas obra en nosotros; cuántas maravillas de Dios podemos descubrir en los demás, en tantas personas generosas, por ejemplo, que son capaces de quitarse el pan de la boca para compartirlo ya sean sus hijos como hace una madre, o ya sea cualquiera que pase necesidad a nuestro lado. Nos hacemos obtusos mirando siempre lo negativo con que podamos encontrarnos y no vemos esos reflejos de luz, que como las luciérnagas en la noche, van apareciendo a nuestro lado y nos van enseñando caminos, nos van iluminando el camino.

Hay muchas semillas buenas en nuestro entorno; no todo es negativo, no todo es oscuro y negro, hay también muchas luces, muchos reflejos del amor y la bondad de Dios en tantos que aman y se entregan, que viven con dignidad y se toman en serio y con responsabilidad la vida, en tantos que sin hacer ruido cumplen con su deber y aún hacen más pues son capaces de sacar tiempo hasta de su descanso para vivir un compromiso a favor de los demás.

Si abriéramos los sentidos seríamos capaces de ver muchas cosas buenas y podríamos hacer una lista muy grande, que sacamos de ahí, de donde habitualmente solo vemos cosas negras. Muchos ejemplos podríamos poner. Necesitamos claridad en nuestros ojos, que Jesús nos ponga el colirio de Dios, que es un colirio de luz y de color que nos hace ver la vida de forma distinta.

lunes, 15 de febrero de 2021

Buscamos pruebas y seguridades que tenemos muy cerca porque las tenemos en nosotros mismos y en la experiencia de Dios que hemos vivido

 


Buscamos pruebas y seguridades que tenemos muy cerca porque las tenemos en nosotros mismos y en la experiencia de Dios que hemos vivido

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13

Aunque a veces nos digamos progresistas y que queremos avanzar, que queremos lo nuevo, haciendo no se cuantas transformaciones ya sea en nuestra sociedad o ya sea en nuestro trabajo de cada día, sin embargo en el fondo siempre buscamos seguridades; aquello nuevo que se nos ofrece, aquello que vamos a probar, aquello que se nos presenta como una mejora queremos tener la certeza de que se puede realizar, que es efectivo, en una palabra, buscamos seguridades. Y eso como decimos tantas veces en muchos aspectos de nuestra vida, desde lo más pequeño y sencillo que nos parece más ordinario o también cuando se nos presentan grandes proyectos del tipo que sean.

Ha aparecido un profeta por los caminos y pueblos de Galilea, ofrece algo nuevo que llama el Reino de Dios, su presencia y sus palabras despiertan esperanzas porque ofrece la realización de un mundo nuevo, parece que las promesas anunciadas desde antiguo y que han repetido una y otra vez los profetas llega el tiempo en que se van a realizar. Pero ¿será eso cierto? ¿Tiene algún futuro ese profeta que así se está presentando? ¿Se puede poner toda la esperanza en El? Está pidiendo una transformación muy grande en la que muchas de las cosas que se venían haciendo desde siempre tienen que cambiar, exige una autenticidad que no siempre somos capaces de ver en aquellos que nos hablan, ¿Podremos creer en ese profeta? ¿No necesitaremos pruebas que nos confirmen todo eso que está anunciando?

Podríamos ver en una cierta lógica humana, desde esas seguridades y certezas que pedimos ante lo que se nos ofrece que se nos den algunas pruebas de que lo anunciado por este nuevo profeta se va a hacer realidad, que en verdad llegan esos tiempos nuevos. Por eso le piden signos.

Jesús ha ido acompañando sus palabras con muchos signos que va realizando, los milagros en los que cura a los enfermos, sana a los leprosos, hace hablar a los sordomudos o caminar a los inválidos son los signos que nos manifiestan la veracidad y la autenticidad de las palabras de Jesús. Pero sobre todo aquellos que tendrían que cambiar muchas cosas en su vida, que hasta este momento se han considerado dirigentes del pueblo porque sus palabras y sus enseñanzas han ido marcando época, no quieren cambiar. Perderían prestigio quizá o cuotas de poder, por eso serán los que más fuertemente se van a oponer a Jesús pidiendo una y otra vez señales. No les bastan los milagros que Jesús ha ido realizando.


Y eso de pedir signos y señales, pruebas de la autenticidad de las palabras de Jesús se va a repetir muchas veces y va a ser motivo de fuertes diatribas entre Jesús y los fariseos, los letrados o los saduceos, pero ahora Jesús no les da respuesta, no les quiere dar nuevos signos, sino que sepan leer los signos que en aquella misma gente que escucha y que sigue a Jesús les pueden dar.

¿Seguiremos nosotros con la misma cerrazón? ¿Seguiremos también pidiendo signos y señales, pidiendo pruebas para poder creer y darnos por entero a Jesús? Tendríamos que comenzar por nuestra propia vida y reconocer cuántas señales ha puesto Dios en nosotros mismos de lo que es su amor por nosotros. Cuántas pruebas de que Dios nos ama, cuántos regalos de amor recibimos cada día, cuántas veces nos ha ofrecido y regalado su perdón, cuántas veces hemos sido capaces de levantarnos después de malos momentos, de pruebas por las que hemos pasado y si lo hemos hecho es porque no nos ha faltado la gracia del Señor.

Mira tu vida, mira lo que sientes en tu corazón, mira los horizontes que se te han abierto tantas veces en la vida cuando todo parecía oscuro, mira cómo pudiste mantenerte fuerte en aquellas ocasiones y momentos difíciles por los que has pasado. Mira toda esa experiencia de fe, todas esas vivencias religiosas que has tenido a lo largo de tu vida y cómo entonces te sentiste bien, te sentiste feliz porque te sentías lleno de Dios.

Y de la misma manera puedes contemplarlo en los demás, en los que se entregan, en los que trabajan por los demás, en los que viven un compromiso fuerte a favor de los pobres en medio de la comunidad, en tantos a los que ves caminar con ilusión y esperanza a tu lado a pesar de los nubarrones de la vida. Ahí tenemos las pruebas, las seguridades para que totalmente nos entreguemos a Jesús y a caminar los caminos del evangelio.