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sábado, 26 de octubre de 2019

Vivimos con la confianza puesta en el amor de Dios que nos ama y nos llama continuamente a dar una respuesta de amor


Vivimos con la confianza puesta en el amor de Dios que nos ama y nos llama continuamente a dar una respuesta de amor

Romanos 8, 1-11; Sal 23; Lucas 13, 1-9
Alguna vez lo hemos oído o hasta nosotros nos hemos sentido tentados a decirlo. Castigo de Dios; hemos visto que le ha sucedido algo imprevisto y desagradable a alguien de quien no nos agradan algunas cosas o en alguna ocasión hemos quizá recibido algún daño y así se reacciona muchas veces. Pero ¿un cristiano puede reaccionar así? ¿Podemos ver las cosas de esa manera? ¿Estaremos haciéndonos un dios policía que está al tanto de lo que hacemos para castigarnos en todo momento por lo que hagamos mal? Creo que es una cosa en la que tenemos que reflexionar y ser capaces de buscar el odre nuevo para el vino nuevo que nos ofrece Jesús en el evangelio.
Era la reacción que tenían muchos también en los tiempos de Jesús. Vienen a contarle lo que Pilatos a hecho y que consideran sacrílego y Jesús quiere hacerlos reflexionar. ¿Un castigo de Dios a aquellos galileos por algo que quizás habían hecho?
Ya sabemos que los judíos de Judea, el hecho se sitúa en Jerusalén no veían con muy buenos ojos a los judíos de otras regiones; no solo era el odio que tenían hacia los samaritanos con quienes no se llevaban de ninguna manera, sino que a los galileos los consideraban también en un estadio por así decirlo inferior, no en vano se referían a aquella región como la Galilea de los gentiles; por ser zona fronteriza allí se mezclaban los de religión judía con los que no lo eran, los gentiles, y de alguna manera a todos los galileos los consideraban algo así como contaminados.
‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo’. Y hace a continuación Jesús referencia a un sucedo que habría sucedido hacía poco tiempo. ‘Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’. Fijémonos como Jesús siempre hace referencia a la necesaria conversión. Somos pecadores, hacemos el mal muchas veces, y en eso no somos mejores que los demás, pero Dios siempre está esperando nuestra conversión. Podemos decir que no está al acecho a ver cuando damos los traspiés para venir con la mano levantada del castigo.
Por eso a continuación les propone una pequeña parábola. La del hombre que viene año tras año a buscar fruto en su higuera y no lo encuentra; manda al que cuida de la viña que la arranque para que no ocupe terreno en balde, pero el viñador le dice que espere un poco más que va a cuidarla con esmero con la esperanza de que pronto comience a dar fruto. Es la espera de Dios. Es la respuesta de conversión que nosotros hemos de saber dar.
Todos tenemos la experiencia de nuestros errores y pecados, pero también tenemos experiencia – algo que tenemos que reavivar porque parece que algunas veces olvidamos – de la misericordia que Dios tiene con nosotros. Una y otra vez llama a nuestro corazón; cuántas veces escuchamos su palabra que nos invita a la conversión; cuantas veces a pesar de que somos pecadores experimentamos en nosotros el amor de Dios que no nos abandona, que cuida de nosotros, que nos ofrece su gracia.
Cuantas veces nos hemos visto envueltos en caminos oscuros en la vida, en situaciones difíciles, en situaciones que parecía que el mundo se nos venía encima, pero ahí ha estado siempre la gracia de Dios. Pensemos en nuestro momento presente fruto de ese amor de Dios que nos cuida, que nos ama, que nos regala su amor y su gracia. ¿Daremos respuesta radical con nuestra vida algún día?

viernes, 25 de octubre de 2019

Aprendamos a rumiar la vida y tener una mirada de fe de cuanto nos sucede para dejar la huella del sentido cristiano en el mundo que vivimos



Aprendamos a rumiar la vida y tener una mirada de fe de cuanto nos sucede para dejar la huella del sentido cristiano en el mundo que vivimos

Romanos 7,18-25ª; Sal 118; Lucas 12,54-59
Es necesario en la vida tener gran lucidez para ir sabiendo hacer una lectura de la misma vida que vamos viviendo, de los acontecimientos que nos envuelven, tener los ojos abiertos para saber leer e interpretar lo que vemos alrededor y de ahí saber sacar conclusiones que nos ayuden en la vida.
Eso nos dará nuevas perspectivas de la vida misma para tener también una visión de futuro vislumbrando los caminos que se pueden ir abriendo ante nosotros. Eso es salirnos de la superficialidad de simplemente ir viviendo el día a día sin mayores preocupaciones a lo que salga, pero que nos hará perdernos muchas posibilidades para nosotros mismos o para la misma sociedad en la que vivimos; necesitamos darle profundidad a la vida desde esa honda reflexión que nos podamos ir haciendo.
Es lo que tendrán que ir haciendo aquellos líderes de la sociedad que han de preocuparse de abrir caminos, pero también de afrontar los problemas que se pueden ver venir; cuánto nos quejamos cuando los políticos no tienen esa visión de futuro, o tratan de ocultarla desde sus partidistas intereses, y nos llevan por derroteros que nos pueden hundir en profundas crisis.
Pero no solo es el político o el dirigente de la sociedad, sino que todos, cada uno en su parcela, hemos de saber dar esa profundidad haciendo esa necesaria lectura de cuanto nos sucede. Diríamos que eso es un punto importante a nuestro favor en ese camino de madurez que hemos de ir recorriendo y nos viene a indicar la profundidad que le queremos dar a la vida.
Hemos venido hablando todo esto desde ese aspecto humano de la vida, en que cada uno hemos de ir creciendo y madurando más y más pero también hemos de referirlo a todo lo que atañe a nuestra madurez cristiana. Es lo que también llamamos tener la mirada de la fe porque también esos acontecimientos de la vida Dios se nos manifiesta y nos habla; es la lectura que hemos de hacer de cuanto nos rodea desde nuestros valores cristianos, desde todo lo que informa nuestra vida desde la fe. Es la mirada creyente de la vida para saber descubrir a Dios y escucharle como nos habla allá en lo hondo del corazón. Es ese rumiar cuanto nos sucede confrontándolo con lo que nos dice el Evangelio para descubrir lo bueno, pero también para sembrar esa semilla de los valores cristianos en ese mundo en el que vivimos.
Quizás en otros momentos de la historia los creyentes en cada momento nos han dejado su impronta, su espiritualidad expresada quizá en el arte que si ha ido variando su expresión con los tiempos sin embargo en cada momento nos dejaron señales de su fe y espiritualidad en esas distintas expresiones artísticas. No es de menor importancia que en unos momentos nos dejaran un estilo de catedrales determinados según la época pero que expresaban quizá esa manera de entender su relación con Dios y expresaban su propia espiritualidad. Que no solo ha sido a través del arte sino que ha sido toda una cultura, todo un humanismo fundamento de las relaciones entre gentes, pueblos y naciones.
Nosotros, de nuestra época, ¿cuál es la huella que vamos a dejar para el futuro? ¿Un mundo de indiferencia, de atonía religiosa, de pérdida de los valores cristianos quizás? Tendría que hacernos pensar a los cristianos.
Hoy Jesús en el evangelio echa en cara a las gentes de su época que no supieron leer los signos de los tiempos, no supieron muchos leer aquellos acontecimientos de su historia, o de cuanto rodeaba a Jesús y no supieron entonces reconocerle. Como les dice saben más cuando va a llover o hacer calor o viento por las señales de las nubes, y no saben leer lo que está delante de sus ojos para reconocer en verdad quién era Jesús. Lo decía Jesús en general para todos los que le escuchaban, para aquellos dirigentes del pueblo de Israel, e incluso para sus mismos discípulos más cercanos, que ni siquiera en su entrega en la cruz supieron reconocerle, sino más bien se echaron para atrás y se escondieron.
¿Nos estará sucediendo algo así a nosotros? No nos damos cuenta del momento presente y lo importante que dejemos huella de nuestro sentido cristiano en nuestra sociedad. ¿Cuál es la semilla que vamos sembrando hoy en el campo de la vida, en el campo de nuestra sociedad?

jueves, 24 de octubre de 2019

Sintamos el ardor del fuego del Espíritu en nuestro corazón para prender al mundo en los valores del Reino de Dios


Sintamos el ardor del fuego del Espíritu en nuestro corazón para prender al mundo en los valores del Reino de Dios

Romanos 6, 19-23; Sal 1;  Lucas 12, 49-53
Todos conocemos personas inquietas y ardientes que cuando desean algo, se proponen una cosa que para ellos es importante no paran hasta conseguirlo; a todos hablan de sus intereses, buscan lo que sea para conseguirlo, no se detienen ante nada que se les pueda oponer para conseguir sus objetivos. Son como un fuego devorador, como esos incendios que algunas veces hayamos podido contemplar o de los que hemos oído hablar que se vuelven tan voraces que parece que no hay medio humano que los detenga.
Con esta premisa de experiencia humana que podamos tener entenderemos mejor las palabras que le escuchamos hoy a Jesús en el evangelio. Es consciente de su misión, la misión que ha recibido del Padre, anuncia el Reino de Dios y sabe que el Reino sufre violencia, porque no todos los escuchan ni lo aceptan. Conoce la oposición que está encontrando en ciertos sectores de los judíos, sobre todo por parte de sumos sacerdotes, saduceos y fariseos, pero El quiere realizar su obra. Siente arder su corazón, siente la fuerza del Espíritu divino en El y tiene que hacer arder el mundo con un fuego nuevo.
‘He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ Es una auténtica revolución, por decirlo de alguna manera. Es toda una transformación. Por se nos habla de un mundo nuevo, de un hombre nuevo. No son remiendos, como nos dirá en otro lugar. Se necesitan unos odres nuevos, nos dirá también.
Pero esto va a producir inquietud también en los demás. Ya había sido anunciado por el anciano Simeón como un signo de contradicción, ante el que tendrán que decantarse los hombres. Ante Jesús no nos podemos quedar indiferentes, sino que hay que tomar posición. Nos dirá en otra ocasión que el que no recoge con El desparrama, y ‘el que no está conmigo, está contra mí’.
Entendemos lo que sigue diciéndonos Jesús de que en torno a El se creará división. El no quiere la guerra, sino la paz, pero la inquietud que se va a producir en el corazón de quienes lo escuchan y quieren seguirle, van a encontrar oposición que puede aparecer como división. Son las palabras que nos sigue diciendo. ‘¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra’.
Así ha sido la historia de los que siguen a Jesús a través de los tiempos. Ha sido la historia de la Iglesia. Será también la situación nuestra si en verdad nos decantamos por Jesús, por su mensaje, por el Evangelio, por el Reino de Dios. No vamos a encontrar una vida fácil porque el príncipe del mal estará siempre a la contra y se va a manifestar de muchos modos de oposición que vamos a encontrar e incluso persecución.
No pensemos que seguir a Jesús es vivir una vida cómoda. Pero si será una vida que vivamos con paz en el corazón, porque en El sentiremos siempre la seguridad de la fuerza de su Espíritu como nos ha prometido. Lo que se nos pide es fidelidad. Lo que se nos pide es seguir con todas las consecuencias a Jesús. Lo que se nos pide es que nos dejemos inundar por su Espíritu. Llenémonos de Jesús, conozcamos a Jesús, empapémonos de su evangelio. Que sintamos también el ardor del fuego del Espíritu en nuestro corazón para darlo todo por Jesús y los valores del Reino de Dios.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Por una falsa humildad no ocultemos los valores que hay escondidos en nosotros que esa pequeña semilla podrá y tiene que dar hermosos frutos a nuestro mundo



Por una falsa humildad no ocultemos los valores que hay escondidos en nosotros que esa pequeña semilla podrá y tiene que dar hermosos frutos a nuestro mundo

Romanos 6,12-18; Sal 123; Lucas 12,39-48
Nos encontramos de todo. Aquellos que van de sobrados en la vida, que creen que todo se lo merecen, que se ponen siempre en un escalón más alto que los demás, que corren de la manera que sea por alcanzar lugares de relevancia, que todo se lo saben o creen sabérselo y miran con cara compasiva a los demás porque los pobrecitos no pueden llegar hasta donde yo he llegado, que viven de la vanidad y de la apariencia. No es necesario que digamos nada de ellos porque con sus actitudes ya están haciendo su carta de presentación.
Pero nos encontramos también aquellos que siempre se ponen detrás, que piensan que nada valen y se consideran sin valores, que por humildad o por temor se ocultan, no buscan lugares de relumbrón ni quieren opinar dejando que otros tomen la primera palabra aunque allá en el fondo sí tienen su opinión pero piensan que no vale nada en comparación con ellos que siempre van por delante o se ponen por encima.
Es bueno y es bonito encontrarnos con una persona humilde, y esas personas que no buscan vanagloria se hacen verdaderamente agradables para los demás, sin embargo aunque sea con humildad y en nombre de esa humildad precisamente hemos de saber reconocer también nuestros propios valores. No los podemos ocultar. Aunque nos parezcan pequeños tienen su valor y hacen que seamos lo que en verdad somos y que no tenemos que ocultar. Y es que muchas veces en esas personas que se ocultan podemos encontrarnos más valores y de mayor importancia que de en aquellos que van subiéndose a los pedestales.
No podemos ocultar lo que somos, los valores que tenemos. También los hemos recibido de Dios y son los que nos hacen verdaderamente grandes. Y eso que nos parece pequeño tenemos que saber desarrollarlo porque de ahí puede salir algo grande. Una semilla es pequeña y muchas veces nos puede parecer insignificante pero una vez que germina puede salir una hermosa planta que nos regalará hermosos frutos. Pues sepamos hacer germinar esa semilla que hay en nosotros para que regalemos los hermosos frutos de nuestra vida a nuestro mundo.
Esos frutos no son oropeles como los de aquellos que solo buscan la vanidad y la apariencia exterior, sino que son verdaderos tesoros con los que podemos enriquecer nuestro mundo. Y el mundo está necesitando de esos valores, de esa riqueza que nosotros podemos llevar en nuestro interior y que no podemos ocultar. Sería una irresponsabilidad y en lugar de ser un gesto de humildad pudiera convertirse en un callado orgullo que un día puede explosionar, y el orgullo sí que hará daño a nuestro mundo.
El evangelio nos habla hoy de la responsabilidad con que hemos de tomarnos la vida, las misiones que en ella tenemos, lo que podemos hacer por los demás, el servicio que desde cualquiera que sea el lugar que ocupemos nosotros podemos prestar a los demás. Y termina diciéndonos que al que mucho se le dio mucho se le exigirá. Por eso es bueno que nos examinemos muy bien, que nos conozcamos en esos verdaderos valores que como pequeña semilla están en nosotros, pero que tenemos que hacer fructificar.

martes, 22 de octubre de 2019

La vigilancia, como la esperanza y la responsabilidad de la vida no será una actitud pasiva sino que nos exige estar despiertos buscando positivamente lo que dé plenitud a nuestro ser


La vigilancia, como la esperanza y la responsabilidad de la vida no será una actitud pasiva sino que nos exige estar despiertos buscando positivamente lo que dé plenitud a nuestro ser

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Sal 39; Lucas 12, 35-38
Nos confían que cuidemos de algo y lo menos que podemos hacer es estar vigilantes, con una vigilancia responsable para cuidar que aquello que nos confiaron no se pierda o no se dañe. Esa vigilancia significa responsabilidad que asumimos, significa atención y cuidado, no desde temores y desconfianzas sino poniendo los medios adecuados, la atención necesaria para poder llevar a cabo la tarea.
Cuando hablamos de esas responsabilidades que asumimos y que nos obliga a estar vigilantes podemos hacer referencias a muchas cosas en la vida; desde la responsabilidad del padre de familia para la atención de los suyos pero también para el cuidado por ejemplo de la casa familiar que ya no es solo tener los medios adecuados, por ejemplo, para que no nos entren a robar, sino que es la responsabilidad de cada día para atender las necesidades de todos, pero también para adelantarnos a poner cuanto esté de nuestra parte para el crecimiento personal, para el desarrollo vital de cada uno de los miembros de la familia.
Así podemos pensar en nuestros trabajos, como cada uno puede pensar en su propia vida que ha de cuidar y ha desarrollar debidamente. No es ya simplemente dejar pasar la vida con lo que pos si mismo vaya sucediendo sino que es el buscar como hacer crecer esa vida, esa persona que somos nosotros, ese desarrollo de valores y cualidades, esa maduración personal que buscará siempre lo mejor para alcanzar unas metas, para darle valor a la vida misma, para todo eso que ayudará desde el desarrollo de mis valores y capacidades también al crecimiento de la misma sociedad en la que vivimos.
La vigilancia, como la esperanza y la responsabilidad de la vida no es una cosa pasiva, no son actitudes pasivas de dejar hacer, dejar que sucedan las cosas, ni tampoco una actitud como de defensa ante temores de lo que inesperadamente pueda suceder, sino que se realiza con actitudes positivas poniendo de todo nosotros mismos ya sea para el desarrollo de nuestra propia vida, o para el desempeño de esas responsabilidades que nos hayan confiado.
No podemos ir de pasivos por la vida, simplemente defendiéndonos de lo que nos puedan dañar. No se trata de guardar el talento enterrado en un hoyo en la tierra para no nos lo roben sino que positivamente es poner a juego esos valores para que crezcan y se desarrollen. Recordaríamos aquí algunas parábolas del evangelio.
 Hoy nos dice Jesús en el evangelio: ‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame’. La lámpara encendida, la cintura ceñida no son las posturas del que está durmiendo, sino del que está dispuesto a caminar, a atender y a servir, a cuidar y a trabajar. Es la vigilancia para estar despiertos. Nos habla del amo que llega a la hora que menos lo piensa el que quedó en la casa vigilante y ha de abrir la puerta y tener todo preparado.
Es la vigilancia en la vida atendiendo a nuestras responsabilidades. Es la vigilancia del creyente atento en todo momento para escuchar al Señor, para sentir la presencia del Señor, para realizar la obra del Señor. Es la vigilancia de todo ser humano consciente de la vida que tiene en sus manos que es un regalo del Señor y de la que un día ha de dar cuentas, lo que le obliga a vivir como momento con responsabilidad cultivando su vida y haciendo crecer sus valores que a todos beneficien, a sentir que cuanto hace tiene también una trascendencia que va más allá  de su propio yo y del momento presente. Es la vigilancia del que vive su vida no de una forma superficial sino queriendo darle la mayor profundidad con la que alcanzar un día la plenitud de la vida eterna.


lunes, 21 de octubre de 2019

Nunca el valor del dinero esté por encima de aquellos valores que facilitan la armonía de las relaciones humanas y nos hacen verdaderamente felices


Nunca el valor del dinero esté por encima de aquellos valores que facilitan la armonía de las relaciones humanas y nos hacen verdaderamente felices

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc. 1,69-75; Lucas 12,13-21
‘Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia…’ La historia es antigua y es actual. Era habitual que los que andaban en litigios acudieran a los rabinos para encontrar solución a sus problemas o hicieran de intermediarios y ahora viene uno hasta Jesús con un problema de herencias con un familiar.
Pero siguen sucediendo casos así en todos los tiempos y en nuestra época. ¿Quién no conoce algún caso, o quizás muchos, de discordias familiares a causa de las herencias dejadas por sus padres? Había armonía en la familia hasta que se metió por medio el tema del dinero, de las propiedades o de las herencias. ¿Es posible que estos asuntos tan materiales estén por encima de una armonía familiar hasta el punto que surjan rupturas y desavenencias que llegan en ocasiones hasta el odio entre antes se amaban?
Son las ambiciones que aparecen en el corazón humano por el deseo propiedades o riquezas, la ambición del dinero por decirlo de una manera fácil. Tenemos esa apetencia de la propiedad, esto es mío, esto es para mí, esto no me lo quita nadie, mío, mío, mío… Aunque en nuestra razón a la hora de principios tengamos más o menos claro que no podemos ser ambiciosos ni egoístas sin embargo aparecen en cualquier rincón del corazón esas apetencias y ambiciones que terminan por encerrarnos en nosotros mismos y romper incluso las buenas relaciones que tengamos con los demás.
A la petición que le hace aquel hombre a Jesús éste le responde: ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Dónde ponemos su fundamento? La gente suele decir que el dinero no da felicidad pero ayuda a conseguirla. ¿Podemos contentarnos con una cosa así? ¿Dónde están las verdaderas relaciones humanas? Si ponemos como una condición que para poder ser felices necesitamos de la ayuda del dinero o de la riqueza, en algo muy pobre estamos poniendo la felicidad y esa felicidad pronto nos daremos cuenta que es caduca y fatua.
Tenemos que buscar unos valores que no tengan el brillo del oropel, que siempre será un brillo externo y superficial. Hemos de buscar valores que le den hondura a nuestra vida y que buscando unas relaciones de verdadera armonía porque seamos incluso capaces de perder para ver felices a los que están a nuestro lado será como sentiremos la hondura de la verdadera felicidad. Pongamos humanidad en nuestra vida, busquemos lo que sea verdaderamente el bien de la persona, sabremos ir viviendo en la armonía del compartir generoso, daremos importancia entonces a lo que es la verdad de la persona y estaremos obteniendo la mayor de las riquezas.
Si la posesión de unos bienes – volviendo de nuevo a lo que le planteaban a Jesús con el tema de las herencias – nos lleva a romper relaciones de amor y de amistad, a vivir con el corazón lleno de amargura y desconfianza y a hacérselo vivir también al otro, ¿merecerá la pena la posesión de esas riquezas? Vivir así rompiendo con todo el mundo, llenos de amarguras y resentimientos, ¿nos dará verdadera felicidad?
Termina Jesús recordándonos de qué nos vale la posesión de todas esas cosas que decimos que nos van a quitar toda preocupación cuando sabemos que un día moriremos y todo se quedará atrás, muchas veces quizá sin haberlas de verdad disfrutado.  ‘Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’.

domingo, 20 de octubre de 2019

Nos sentimos amados de Dios y nuestra oración será gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en total comunión de amor con confianza y esperanza




Nos sentimos amados de Dios y nuestra oración será gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en total comunión de amor con confianza y esperanza

Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14-4, 2; Lucas 18, 1-8
Desde nuestra experiencia humana cuando tenemos que hacer un trámite, solicitar algo o simplemente pedir desde algo que necesitamos, sobre todo cuando aquel a quien tenemos que acudir lo consideramos o él mismo se considera poderoso estamos esperando su magnanimidad para ver si nos otorga o no aquello que estamos pidiendo o solicitando; desde esos servilismos que nos creamos en la vida andamos como temerosos de que no nos quieran atender y parecería que siempre le estamos debiendo un favor que nunca acabamos de pagar.
Según la gravedad del problema o la necesidad que tengamos insistiremos humildemente pero no las tenemos todas con nosotros hasta que nos dé una respuesta. Así vivimos muchas veces nuestras relaciones humanas que casi se vuelven inhumanas porque falta una confianza por un lado y una amplia generosidad por el otro, o al menos desconfiamos de que puedan ser generosos con nosotros. Luego quizás nos volvemos obsequiosos o antes quizá tratamos de ganarnos ese favor quizá con medios humillantes.
Me ha surgido esta reflexión que nos pudiera reflejar situaciones que podemos vivir en paralelismo a la pequeña parábola que nos propone Jesús en el Evangelio. Habla de la viuda que pide justicia a un juez que no le hace caso, pero que ante la insistencia de aquella pobre mujer al final la atiende aunque solo fuera por quitársela de encima; en este caso es el que se cree con poder que no atiende, mientras en lo que antes reflexionábamos se trata de quien se siente necesitado y no se siente con confianza de que pueda ser escuchado.
Ya el evangelista nos comenta que Jesús lo que quiere señalarnos es la insistencia y perseverancia con que hemos de orar. No dice cómo es que un padre no va a escuchar y atender la súplica de sus hijos.
Pero es que aquí nos surge un pensamiento que se nos puede atravesar cuando acudimos a Dios en nuestra oración, que Dios no nos escucha ni atiende en nuestras necesidades. Nos parece, y así nos sentimos tantas veces, que Dios no nos escucha. Pero ¿no será que ya nosotros de antemano vamos con poca confianza, con poca fe, a nuestra oración? Cierto es que muchas veces en nuestra oración acudimos a Dios como a un curandero taumatúrgico que nos remedie en nuestras necesidades y a eso y solo eso reducimos nuestra oración. Porque también es cierto que muchas veces somos nosotros muy mezquinos o muy interesados en nuestras oraciones.
Pero ¿qué es o qué tendría que ser nuestra oración? Tendríamos que reconocer que si el Dios en quien creemos es un Padre que nos ama, nuestra relación con Dios tendría que ser otra cosa, tendríamos que darle otro sentido. Y aquí es donde tenemos que poner en juego toda nuestra fe y toda nuestra esperanza. Nos sentimos amados de Dios a quien nosotros queremos amar sobre todas las cosas, como decimos en el catecismo, pues entonces nuestra oración tendría que ser un gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en verdadera comunión con El. Casi tendrían que sobrar palabras simplemente para vivir una presencia gozosa de Dios, para sentirnos en Dios, para gozar de Dios y de su amor.
Quienes se aman profunda e íntimamente sienten el gozo de amarse, sienten la confianza que nos da el amor, se sienten mutuamente inundados por ese amor que les hace sentirse uno, y con esa certeza del amor tienen la esperanza gozosa de que ese amor nunca fallará, nunca se va a acabar. En esa confianza de amor y en esa esperanza llena de gozo sentirán la seguridad de un amor que se hace eterno. En esa comunión de amor no caben los temores ni las desconfianzas, no tienen sentido que andemos como chantajeándonos ofreciendo cosas y promesas de futuro ni con servilismos, no nos sentiremos humillados en nuestras necesidades porque tenemos la certeza de que en ese amor siempre obtendremos lo mejor.
Tenemos que llegar a la profundidad de ese amor, que es la profundidad de la fe y de la esperanza que va a animar siempre nuestra vida. Si hubiera desconfianza, si no tuviéramos una esperanza cierta algo nos está fallando en nuestra fe, algo nos está fallando en nuestro amor. Pero somos débiles y se nos puede debilitar nuestra fe que ya no nos hará saborear lo que es ese amor de Dios; por eso hoy Jesús quiere insistirnos en que seamos perseverantes en nuestra oración, en nuestra búsqueda de Dios, en recorrer ese camino que nos lleve a ese más tan intimo y profundo.
No nos podemos cansar, no podemos bajar los brazos, como veíamos en el Éxodo a Moisés orante por su pueblo que lucha para obtener la victoria; tenemos que insistir aunque algunas veces nos puedan aparecer las sombras de las dudas o de los silencios, que no son silencios de Dios, sino más bien sorderas de nuestra vida que no llegamos a captar toda la sintonía de Dios para descubrir su amor y para vivir lo que tiene que ser nuestro amor.

sábado, 19 de octubre de 2019

Arranquémonos de una vida superficial llenándonos interiormente de la fortaleza del Espíritu que nos guía y acompaña para mantener nuestra fidelidad


Arranquémonos de una vida superficial llenándonos interiormente de la fortaleza del Espíritu que nos guía y acompaña para mantener nuestra fidelidad

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12
Por muy seguros que nos sintamos, muy convencidos de nuestros principios y digamos que realmente sabemos lo que tenemos que hacer, hay momentos en que un poco nos sentimos desestabilizados, parece que no estamos tan seguros y nos llenamos de dudas, sin saber qué hacer o como reaccionar.
Será quizá porque nos suceden cosas imprevistas para las que no estábamos suficientemente preparados, será la influencia que recibimos de nuestro entorno, y también, ¿por qué no?, como consecuencia de nuestra propia debilidad que nos llena de incertidumbres. Negamos entonces aquello de lo que nos sentíamos tan seguros, los interrogantes que se nos plantean en nuestro interior nos hacen llenarnos de dudas incluso de cosas que son muy fundamentales, no sabemos como reaccionar, y ya quisiéramos tener a nuestro lado alguien que nos dé fortaleza y seguridad poniendo palabras en nuestros labios para saber qué decir en toda circunstancia.
Creo que tendríamos que saber buscar y encontrar esa fortaleza interior que todos podemos tener para mantenernos firmes en nuestros principios, superar nuestras dudas y también nuestros miedos. Claro que eso significa también que nos hayamos cultivado, que hayamos ido adquiriendo esa fortaleza de espíritu, porque realmente nos hayamos entrenado para ello. ¿Cómo? Siendo verdaderamente reflexivos, masticando una y otra vez aquellas cosas que nos van sucediendo, rumiando pensamientos, ideas, hechos, buscándole sentido, y sobre todo como cristianos que somos buscando esa fortaleza en el Espíritu de Dios que nos anima y acompaña. Será así cómo  nos sentiremos fuertes, encontraremos esa inspiración para lo que hemos de realizar, mantendremos a toda costa nuestra fidelidad.
Desgraciadamente vivimos demasiado en la superficialidad, a lo que salga, sin pensarnos las cosas, sin fortalecernos interiormente, dejándonos llevar por el primer viento que sople y así andamos como veletas de un lado para otro. Es una lástima que teniendo una espiritualidad cristiana tan fuerte, porque no nos faltará la fuerza del Espíritu, andemos a la caza de lo primero que aparezca en el horizonte; ¿Qué ahora están de moda las espiritualidades orientales? Allá nos vamos. ¿Qué aparece no sé quien que se cree muy espiritual y nos da unos consejitos como recetas? Allá vamos corriendo a ver esa novedad. Tenemos que reconocer que somos noveleros.
Por eso hoy Jesús nos habla de dar la cara por él, de que cuando venga la dificultad o incluso la persecución no nos faltará la fuerza de su Espíritu. ‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios’.
Claro que tenemos que creer seriamente que el Espíritu de Jesús nos acompaña, porque de lo contrario andaríamos perdidos. Por eso nos dice que es un pecado que no se puede perdonar. El perdón es un don del Espíritu, ¿como vamos a buscar ese perdón si no creemos de verdad en el Espíritu de Dios que nos acompaña y anima nuestra vida, llenándonos de paz, de gracia, de perdón y de vida? El es de verdad nuestra fortaleza y nuestra sabiduría. ‘Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’.

viernes, 18 de octubre de 2019

El evangelio del amor y la misericordia de Dios no nos lo podemos guardar para nosotros sino que hemos de ser verdaderos evangelistas de ese mensaje para el mundo de hoy


El evangelio del amor y la misericordia de Dios no nos lo podemos guardar para nosotros sino que hemos de ser verdaderos evangelistas de ese mensaje para el mundo de hoy

2Timoteo 4,9-17a; Sal 144; Lucas 10,1-9
‘Designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él’. ¿Qué misión les confiaba Jesús? Anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba, anunciar el nombre de Jesús.
Algo que no podemos olvidar. Entonces, de entre todos aquellos que le escuchan y le comienzan a seguir Jesús escoge a setenta y dos que envía con su misma misión. Más tarde, después de la resurrección, Jesús enviará a los apóstoles (los enviados) por todo el mundo a hacer anuncio de la buena noticia, a hacer anuncio de la salvación que Jesús ofrece a todos los hombres. ‘Seréis mis testigos’, les dice, pero no solo en Jerusalén y Judea, sino hasta los confines de la tierra. Y es que todo los hombres han de conocer ese anuncio, todos los hombres han de recibir esa buena nueva, ese evangelio de Jesús nuestro salvador.
He querido comenzar recogiendo estos dos momentos en que se enmarca el evangelio de san Lucas, a quien hoy estamos celebrando, porque es crucial que recibamos ese anuncio y esa misión. El mismo Lucas al comienzo de su relato nos dirá que ha querido escribir por orden todos aquellos acontecimientos en torno a Jesús y su salvación para que a todos pueda llegar ese mensaje. Ha recogido el relato de aquellos que fueron testigos de la vida de Jesús, ha recopilado información de lo que ya algunos habían intentado hacer pues bien sabemos que bebió de otras fuentes, de otro primer evangelio escrito del que también bebió en sus fuentes Marcos para escribir su evangelio, los exegetas lo llaman Evangelio Q.
Pero no nos metamos ahora por esos vericuetos de la exégesis, sino que tengamos claro que como Lucas nosotros también bebiendo de las fuentes del Evangelio lo hemos de hacer vida en nosotros pero para ser testigos en el mundo de hoy que necesita escuchar el nombre de Jesús, escuchar esa buena nueva de salvación que también es para el hombre de hoy.
Tenemos que ser muy conscientes de esa misión que nosotros también hemos recibido. Porque quienes hemos recibido el regalo de la gracia, el regalo de poder conocer a Jesús y querer convertir el Evangelio en vida de nuestra vida, no nos podemos guardar ese regalo para nosotros sino que necesariamente nosotros también tenemos que convertirnos en testigos. Testigos del amor y de la misericordia de Dios que hemos experimentado en nuestra vida y a todos también hemos de decir qué grande es la misericordia y al amor del Señor. Recordemos que es un mensaje fundamental del evangelio de san Lucas. Ahí encontramos las más hermosas páginas, las más hermosas parábolas que nos hablan del amor y de la misericordia del Señor. Está muy patente en este evangelio esa buena noticia que es Jesús para los pobres y para los que sufren desde lo más hondo de su corazón.
El mundo necesita de ese anuncio. Aunque parezca que el sentido del pecado esté desapareciendo de las gentes de hoy sin embargo en el fondo de las conciencias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo ahí está latente ese darse cuenta de los errores que se comenten en la vida y de cómo muchas veces por ese mal que aparece en nuestras vida hacemos mucho daño a los demás. Y aunque se trate de disimular de falaces alegrías que quieran señalar una efímera felicidad en el fondo del corazón perdura la amargura y la angustia. En ese mundo en el que queremos hacer desaparecer cualquier elemento religioso que pueda responder a las inquietudes de nuestra vida, sin embargo acudimos más que nunca a sanadores del cuerpo y del espíritu en la psicología o la psiquiatría. Angustia en el corazón cuando no sabemos encontrar caminos que nos lleven a la verdadera paz que nos obtenga el perdón por lo malo que hayamos hecho.
No digo que no acudamos a estos hombres y mujeres de ciencia que puedan ayudarnos a abrir nuestros corazones a un equilibrio interior. Pero sigo diciendo que necesitamos el mensaje de Jesús y de su evangelio que nos habla de la misericordia y del amor que sí nos llena el corazón de paz cuando nos sentimos perdonados por el amor de Dios que nos hace abrirnos a mundo en el que hemos de saber poner paz porque sepamos encontrar los medios de reconciliación entre todos. Es lo que Jesús nos ofrece y que tantas veces rechazamos, de lo que el mundo no quiere oír, pero que necesita reencontrarse de nuevo con el verdadero mensaje del Evangelio.
Esta fiesta que hoy celebramos de san Lucas evangelista pienso que puede ser una buena interpelación para nosotros. Lo que Lucas conoció de Jesús no se lo guardo para él, sino que se convirtió en evangelista. ¿Nos podemos guardar para nosotros el mensaje del Evangelio sin anunciárselo a nuestro mundo que tanto lo necesita? Hemos de ser evangelista también con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con todo el compromiso de nuestra vida.


jueves, 17 de octubre de 2019

Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio



Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio

Romanos 3,21-30ª; Sal 129; Lucas 11,47-54
¿Habremos pensado alguna vez lo que nosotros podemos influir en los demás casi sin darnos cuenta?  Vivimos en un mundo de relaciones; y no es porque ahora en nuestros tiempos parezca que eso destaca más, sino que por naturaleza estamos hechos para la relación, para el encuentro, para la comunicación.
Queremos quizá alguna vez vivir encerrados en nosotros mismos pero no olvidemos que vivimos rodeados de otros seres, otras personas, ya sea nuestra familia, compañeros de trabajo, los vecinos con los que convivimos en un mismo lugar, pero de alguna manera esa interrelación llega a todo ese mundo que nos rodea, aunque quizá ni nos conozcamos ni hayamos intercambiado una palabra alguna vez. Y eso hace que lo que hacemos y lo que vivimos tenga su repercusión en los demás, podemos ser ejemplo, podemos ser estímulo, simplemente caminamos los unos junto a los otros, pero también podemos influir negativamente.
Alguna vez tú mismo te diste cuenta que estabas fijándote en una persona que se cruzó en tu camino, con la que ni siquiera intercambiaste una palabra de saludo, pero viste algo en esa persona que te llamó la atención, que te hizo quizá pensar, o que de alguna manera te interpeló interiormente. Cuántos de la misma manera se habrán fijado en nosotros y quizá hayamos podido ser también interpelación para sus vidas. Decimos que no nos importa la vida de los demás, lo que hagan o dejen de hacer, pero consciente o inconscientemente tenemos en cuenta muchas cosas que nos pueden ayudar o que nos pueden entorpecer nuestro camino.
Importante entonces es la rectitud con que nosotros vivamos; importante la congruencia de nuestras acciones, que verdaderamente tengan una relación con lo que pensamos para que haya una unidad en nuestra vida y así nos presentemos ante los demás. Malo es que siendo capaces de decir cosas hermosas, que pueden ser buenos principios de vida, sin embargo luego nuestra manera de actuar o de relacionarnos con los demás vaya por otro camino. Y en esas incongruencias podemos caer fácilmente si vivimos una vida superficial. Es una gran tentación, es un gran peligro.
Creo que en la vida estamos para estimularnos para el bien los unos a los otros. Qué daño pueden hacer nuestros oscuridades en los demás, porque con esa negatividad de nuestra vida nos convertimos en mal ejemplo, nos convertirnos en una rémora para el conjunto de la sociedad en la que vivimos.
Todos hemos de tener esa buena preocupación, por decirlo de alguna manera, pero cuanto más aquellas personas que tienen una responsabilidad especial, los padres para sus hijos, los maestros y profesores para sus alumnos  los dirigentes de la sociedad en cualquiera de sus facetas para el conjunto de la sociedad. Con el ejemplo arrastramos para bien o para mal. No basta decir yo hago lo que quiero y que cada uno sea responsable y maduro por sí mismo en sus cosas, que a esa madurez hay que llegar, pero tenemos que saber ser estímulo para los demás.
Me estoy haciendo esta reflexión que pudiera parecer que solo tiene aspectos humanos de nuestras relaciones humanas, pero me la hago desde la reacción de Jesús ante los que eran los dirigentes, o pretendían serlo, del pueblo de su época. Venimos escuchando estos días las palabras incluso duras que tiene Jesús contra los fariseos y los maestros de la ley. Le dolía en el alma la incongruencia en que vivían y como tan negativamente estaban tratando de imponerse a las gentes de su época. Les echa en cara como tratan de imponer minuciosas normas de conducta con mucha rigidez a los que les seguían mientras, como dice Jesús, ellos no movían ni un dedo.
¿Sucederá de alguna manera igual en nuestro tiempo? Nos sucederá a nosotros por la incongruencia de nuestras vidas que no terminamos de vivir en total rectitud, pero puede suceder en tantos sectores y facetas de nuestra sociedad e incluso de nuestra comunidad eclesial. Pensemos, pues, como podemos repercutir en la vida de los demás. Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Busquemos siempre caminos de encuentro, aprendamos a caminar juntos que es lo que hace hermosa la vida alejando vanidades y orgullos


Busquemos siempre caminos de encuentro, aprendamos a caminar juntos que es lo que hace hermosa la vida alejando vanidades y orgullos

Romanos 2,1-11; Sal 61; Lucas 11,42-46
¿A quién le amarga un dulce? Solemos decir con frecuencia cuando recibimos un halago, cuando alguien tiene una deferencia para con nosotros, cuando tenemos la oportunidad de un reconocimiento por algo que hemos hecho. Quizá decimos que eso nos ruboriza, tratamos de disimular o querer pasar desapercibidos, por educación quizá rehusamos esas alabanzas diciendo que no las merecemos, pero no sé realmente qué es lo que nos pasa en nuestro interior que nos sentimos gratificados, nos sale un humito de orgullo y satisfacción que no somos capaces de disimular del todo.
Son cosas que nos pasan por nuestro pensamiento, unos primeros impulsos quizá ante lo que nos dicen que seriamente no quisiéramos tener, pero ahí están. Pero una cosa es que de una forma subliminal tengamos esas reacciones, y otra cosa es que eso lo estemos buscando, que hagamos las cosas para que los demás se den cuenta de lo bueno que somos para que nos canten las alabanzas, o acaso lleguemos a tener posibilidades de influencias sobre los demás. Es una tentación que nos aparece y hay quien no lo disimula sino que quizá está buscando esos reconocimientos, esos primeros puestos y queremos ir luciéndonos de lo que hacemos delante de todo el mundo. Orgullos y vanidades de las que no siempre estamos tan lejos.
Si escuchamos el evangelio de Jesús y queremos seriamente convertirlo en plan de vida para nosotros, en criterio de nuestro actuar y nuestro vivir, esa manera de actuar no tiene que ser nuestro sentido de vida. Bien nos lo repite Jesús a lo largo del evangelio, que alejemos de nosotros esas vanidades, que nuestro interés sea el servicio y con ese espíritu humilde vayamos siempre caminando con los demás. Es el sentido nuevo de vida que Jesús quiere para nosotros, aunque como les sucedía a sus discípulos entonces tanto nos cuesta entender y llevar a la vida.
En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús recrimina a quienes han convertido la vanidad en criterio de su vida. Habla fuerte Jesús contra aquellos que buscan solo la apariencia y el figurar y sus vidas están lejos del servicio y la búsqueda del bien. Habla contra los fariseos que buscan puestos de honor en las sinagogas y por donde quiera que vayan y habla también contra los maestros de la ley que la tergiversan e imponen cargas que ellos no son capaces de llevar.
La autenticidad de la vida que ha de pasar por caminos de humildad y de sencillez para no dejarnos arrastrar por vanidades ni orgullos. Aunque pensemos algunas veces que eso nos hace más grandes, nos destruye por dentro porque de ahí van a surgir muchos malos deseos que nos pueden llevar a hacer mal a los que están a nuestro lado, destruye la convivencia, la relación con los demás, nos aleja de las personas. Hemos de buscar siempre caminos de encuentro, de dialogo, de caminar juntos que es lo que hace hermosa la vida.


martes, 15 de octubre de 2019

Un camino que pasa por la humildad y sencillez de corazón dejándonos conducir por la revelación de Jesús que nos muestra y nos conduce hasta el Padre



Un camino que pasa por la humildad y sencillez de corazón dejándonos conducir por la revelación de Jesús que nos muestra y nos conduce hasta el Padre

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30
¿Quién mejor nos puede explicar algo sino aquel que lo haya experimentado en si mismo? ¿Quién mejor nos puede decir como es un lugar determinado o lo que hay en él sino quien ha estado en dicho lugar? ¿Quién mejor nos puede presentar a una persona sino quien la conozca profundamente y haya seguido toda la trayectoria de su vida? ¿Y quién nos puede dar a conocer a Dios?
Cuando llegamos a este punto nos encontramos con algo que nos supera. ¿Quién ha visto a Dios? ¿Cómo podemos llegar a conocerle? Aunque los pensadores y filósofos tratan con la razón humana, todos los razonamientos que nos puedan hacer se nos pueden quedar en algo frío y que realmente no llegue a un convencimiento del corazón.
Tampoco yo voy ahora a ponerme a buscar esos razonamientos. Es cierto que todos tenemos como ese interrogante dentro de nosotros porque en el ser humano hay un ansia de plenitud que por si mismo no llega nunca a alcanzar; nos sentimos limitados, como con las alas cortadas que nos impiden volar a esa altura de lo infinito, y tenemos la tentación de tirar la toalla en esa búsqueda dándolo por imposible cuando solo por nosotros mismos queremos alcanzarlo. Al final tenemos que reconocer que si no aceptamos lo que Dios de sí mismo nos revela no llegaremos a ninguna parte.
Pero la revelación que Dios hace de si mismo no son lecciones magisteriales como de un doctor que quiere enseñar a los que quieren ser sus discípulos, sino que Dios se nos manifiesta en nuestra propia vida y en nuestra propia historia humana donde nos va como dejando unas huellas vitales para que sepamos descubrirle, para que podamos llegar a ese conocimiento de Dios.
Será entonces en gestos sencillos como lo es la vida misma donde nos vaya manifestando su ser y su existencia. Porque es vida lo que Dios nos quiere transmitir, es su vida que va a ser luz y sentido de nuestra propia vida. Pero a veces en el orgullo de nuestro querer saber y entender, nos cuesta mucho más leer esas sencillas y humildes huellas que nos deja de su existencia y de su vida.
Siguiendo aquello que antes decíamos que nadie nos puede revelar lo que antes él no ha vivido y experimentado, hoy escuchamos a Jesús que nos dice que nadie puede revelar al Padre sino el Hijo. ‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Por eso de Jesús decimos que es la revelación de Dios, le llamamos el Verbo, la Palabra de Dios, porque es el hablar de Dios que se nos manifiesta, que no descubre todo el misterio de Dios. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí’, le responde Jesús a aquel discípulo que le pide que le muestre al Padre, que les revele al Padre.
Pero quienes veían a Jesús, ¿qué es lo que veían? No todos sabrán leer el signo de Dios que se manifestaba en Jesús. Muchas veces nos cuesta aceptar las cosas desde las actitudes que tengamos dentro de nosotros. Nos creamos barreras, ponemos rechazos en nuestro corazón y en la visión del corazón quizá desde nuestros orgullos y autosuficiencias con las que nos cuesta aceptar lo que venga de los demás o lo que venga de determinadas personas. No todos supieron descubrir el misterio de Dios que se nos revelaba en Jesús. Lo vemos a lo largo del evangelio que mientras la gente humilde y sencilla sabe descubrir las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús, otros, sin embargo, desde su autosuficiencia de que ya se creían los conocedores de Dios a Jesús lo rechazan.
Hoy le escuchamos a Jesús dar gracias al Padre porque se revela a los pequeños y a los sencillos, mientras para los autosuficientes y los que se creen poderosos se les ocultan. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Y todo eso es la obra de Dios. ‘Sí, Padre, así te ha parecido mejor’. Lo que nos está diciendo cómo es la manera como nosotros tenemos que ir a buscar a Dios, cómo Dios se revela en los que son humildes y sencillos de corazón. 
Hoy estamos celebrando a una gran mujer, Teresa de Jesús o de Ávila, que pasó por todo estos procesos en su vida hasta que llegó a penetrar profundamente en el misterio de Dios. Decimos que es una mística por eso mismo. Tuvo también momentos oscuros en su vida, en que se sentía desorientada y perdida, pero se dejó conducir por el Espíritu de Dios que la llevó a las grandes alturas de la Mística, de vivir en su vida todo el misterio maravilloso de Dios. De ella aprendamos su camino y su espiritualidad para así nosotros dejarnos inundar de Dios, llenarnos del misterio de Dios.

lunes, 14 de octubre de 2019

Nosotros con nuestra vida nueva hemos de ser también el gran signo de la Pascua de Jesús que transforme nuestro mundo



Nosotros con nuestra vida nueva hemos de ser también el gran signo de la Pascua de Jesús que transforme nuestro mundo

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32
Hay personas que cuando nos encontramos con ellas parece que nos dan un toque en el corazón. Simplemente sentir o contemplar su presencia nos transporta a otras alturas, podríamos decir, porque nos transmiten paz con su sencillez y su humildad, sin palabras nos están mostrando la bondad que llevan en su corazón, y su humilde mirada nos eleva por dentro para mirar a otras dimensiones de la vida que nos llenan de trascendencia. Su sola presencia se convierte para nosotros en signos de algo nuevo y distinto de lo que de alguna manera quisiéramos contagiar nuestro espíritu.
Ojalá nos vayamos encontrando así muchas personas en el camino de la vida, pero es que quizá tendríamos que decir que somos nosotros los que tenemos que abrir los ojos, levantar nuestra vida para descubrirlas porque en su silencio pasan a nuestro lado pero nosotros vamos muy interesados en muchas cosas. Como aquel que va caminando absorto en el móvil que lleva en sus manos, no sabe ni por donde camina con el peligro de irse de bruces contra algún peligro, pero tampoco admirando las bellezas que podemos encontrar a nuestro alrededor. Esta imagen que estoy expresando podríamos decir que es un signo de muchas cosas que nos suceden en la vida, de la ceguera con que tantas veces caminamos.
Pero también esto que estamos reflexionando nos podría valer para preguntarnos en qué somos nosotros signos para los demás. Quienes nos ven, escuchan nuestras palabras, contemplan lo que hacemos qué es lo que podrán ver en nosotros que les pueda ayudar; ¿en qué somos nosotros signos para los demás? Creo que es una seria pregunta. No tenemos, es cierto, que ir haciendo alarde por la vida de lo que somos o hacemos, pero sí nuestras vida tendrían que ser signo de algo bueno que pueda estimular a los demás. ¡Cuánto nos ayudaríamos unos a otros y cuanto podríamos hacer así para que nuestro mundo sea mejor!
Como decíamos antes, muchas veces en la vida somos ciegos que no queremos ver. Son otros quizá los intereses que tengamos. Les sucedía a los judíos en tiempos de Jesús. No todos llegaban a descubrir lo que Jesús les quería manifestar, lo que era su vida misma. Por esto continuamente piden signos. Para ellos quizá los signos se quedaban en los milagros que hacia simplemente como un poder taumatúrgico y no llegaban a saber leer lo que Jesús hacía para descubrir hondamente el mensaje de Jesús. Es lo que nos sucede cuando nos quedamos en la materialidad de las cosas, cuando nos falta un verdadero espíritu bien cultivado dentro de nosotros.
Jesús hoy les dice que no les será dado más signo que el signo de Jonás. Aquel profeta enviado de Dios que se resistía a cumplir su misión, que incluso tomó un camino contrario pero con las incidencias de la tormenta en el mar, de ser arrojada por la borda y ser devorado por un cetáceo, aunque pudiera salir vivo de aquella inusitada situación, le hizo volver a la ciudad para predicar la conversión que finalmente el pueblo escuchó para convertirse al Señor.
Es el signo de la muerte y de la vida que va a ser el signo de la pascua, de la muerte y de la resurrección del Señor. Que es el gran signo que nos descubre a Dios y nos llena de su salvación, el gran signo que hemos de ver, contemplar y vivir haciendo nuestra la Pascua de Jesús.
El gran signo pascual que hemos de realizar en nuestra vida sintiendo ese paso de Dios por nosotros que nos hace renacer a una nueva vida. El gran signo que hemos de manifestar cuando convertidos a Dios comenzamos a vivir las señales de una vida nueva. El gran signo que nosotros con esa vida nueva hemos de ser para los demás, que manifestaremos en la bondad de nuestra vida, en nuestro compromiso por el Evangelio y por el Reino, en todo lo bueno que hemos de hacer por los demás y por hacer nuestro mundo mejor.

domingo, 13 de octubre de 2019

El reconocimiento de Jesús como nuestro salvador nos lleva dar gloria a Dios dándole gracias y siendo signos de la obra salvadora de Jesús para los demás



El reconocimiento de Jesús como nuestro salvador nos lleva dar gloria a Dios dándole gracias y siendo signos de la obra salvadora de Jesús para los demás

2Reyes 5, 14-17; Sal 97; 2Timoteo 2, 8-13; Lucas 17, 11-19
‘Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Me causó sorpresa en estos días pasados que un sacerdote preguntaba a un grupo de niños en una homilía catequesis si sabían lo que era la lepra o lo que era un leproso; ningún niño supo responder.
No sé si por la edad de los niños, o porque algunas veces vivimos muy metidos en nuestro mundo y no sabemos o no queremos saber del problema del sufrimiento de los demás – tampoco los padres que asistían a la catequesis con sus hijos dieron muchas señales de que supieran del tema – el hecho estaba en que no sabían nada de la lepra; las lepras del mundo de hoy como son otras enfermedades como el Sida quizá nos resultaran más cercanas, aunque la reacción que tenemos ante esas enfermedades es bastante semejante de lo que sucedía con los leprosos que eran apartados de la sociedad y obligados a vivir o más bien a morir en condiciones bien inhumanas; recuerdo la reacción ante las personas con sida hace unos años en que se tomaban también unas medidas muy radicales ante el temor del contagio.
Valga esta como introducción para hacernos pensar un poco cual es la reacción que tenemos ante situaciones semejantes, y a cuantos de una forma o de otra también apartamos de la sociedad, bien por la situación social que viven, bien porque todavía andemos pasando por ciertos filtros de apariencias y buenas presencias, lo que significa esos ramalages que nos aparecen dentro de nosotros con los que hacemos nuestras distinciones y discriminaciones.
Aquellos leprosos que le salieron al paso a Jesús cuando iba a entrar en aquella población de quedaron de lejos suplicando que tuviera compasión y misericordia de ellos. Buscaban salud, buscaban su salvación, buscaban el poder encontrarse de nuevo con los suyos y volver con sus familias para una vida normal. Si alguien curaba había unos trámites de pasar por el sacerdote para que diera el visto bueno de su curación y el poder volver a estar con los suyos. Es por eso que Jesús les envía a que se presenten a los sacerdotes que certifiquen su curación y pudieran volver a sus casas. Todos corren en búsqueda del ansiado certificado; todos corren menos uno que se da la vuelta y viene a los pies de Jesús.
Alguien comenta que mientras estaba en medio de la miseria de su enfermedad habían permanecido unidos, hasta llegar a pedir a una sola voz que Jesús tuviera compasión de ellos, pero que cuando se vieron curados cada uno corrió por su cuenta porque ya no pensaba sino en si mismo. ¿Qué nos une y qué no separa en los caminos de la vida? 
Algo que tendríamos que pensar; quizá mientras luchamos contra el mal que nos esclaviza todavía somos capaces de hacer fuerza para apoyarnos los unos a los otros, pero ¿qué suele suceder cuando nos llegan momentos de prosperidad? Podemos fácilmente olvidar aquellos con los que antes estábamos unidos, pero ahora cada uno se busca su camino sin saber seguir contando con los demás. Es algo que nos puede suceder y algo que vemos con demasiada frecuencia en nuestro entorno.
Cuando vamos meditando y rumiando con toda sinceridad y con apertura de corazón los textos del evangelio son muchas cosas que nos van surgiendo y que de alguna manera es inspiración para nuestro corazón y descubriendo de muchas cosas, de muchos valores, de muchas actitudes o que tenemos que corregir o que tenemos que hacer brillar con luz especial en nuestra vida.
La vuelta de aquel samaritano hasta los pies de Jesús también nos puede interpelar en lo hondo de nuestro ser. Solo a él le dirá Jesús que su fe le ha salvado. Todos se sintieron curados, sanos de su enfermedad, con la posibilidad de la vuelta con sus seres queridos, pero a este se le dice que ha encontrado la salvación. Y es que éste fue el que se encontró de verdad con Jesús cuando viene a dar gracias por los beneficios recibidos. No era la fe solo en el taumaturgo que le liberaba de sus enfermedades sino era la fe en aquel en quien podría encontrar la salvación.
No diremos que aquellos otros nueve hicieron mal, puesto que hicieron lo que estaba previsto por la ley, pero les faltó algo. Podríamos decir la gratitud, que este evangelio lo utilizamos mucho para decir que tenemos que ser agradecidos, sino era algo más, era el reconocimiento de Jesús como su Salvador. ‘Por tu te fe has salvado’, le dirá Jesús al samaritano que volvió.
Podemos hacer muchas cosas buenas, ser buenos ciudadanos y fieles cumplidores de la ley, podemos sentir incluso algo más porque socialmente nos preocupamos de los demás y hacemos por una sociedad mejor, podemos implicarnos en muchas organizaciones o entidades que trabajen incluso por la justicia o por remediar tantos males del mundo. Todo eso es bueno y loable, pero el que se siente cristiano tiene que añadir algo más, porque no somos solamente una ONG, somos los que confesamos nuestra fe en Jesús como nuestra única salvación.
Y este aspecto no lo podemos descuidar porque no es secundario, aunque muchas veces no  lo resaltamos lo que deberíamos. En ocasiones podemos dar la impresión que andamos más preocupados de esos asuntos sociales que de nuestra fe y del reconocimiento que hemos de hacer de la obra de Dios y la proclamación del nombre de Jesús a cuantos nos rodean como nuestro salvador. Y la Iglesia no lo puede olvidar nunca.
Reconozcamos la obra de salvación que Jesús hace en nosotros y también a través de nosotros para con los demás. Reconocemos proclamando nuestra fe y dando gracias, pero eso tiene que llevarnos siempre a todo lo bueno que tenemos que hacer por los otros y por nuestro mundo; con nuestro compromiso también estaremos dando gloria a Dios.