Vistas de página en total

sábado, 4 de diciembre de 2010

Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca


Is. 30, 18-21.23-26;

Sal. 146;

Mt. 9, 35-10, 1.6-8

‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor…’ Una situación que conmueve hasta las entrañas a Jesús. El recorría pueblos y aldeas… enseñaba en las sinagogas… anunciaba el evangelio del Reino… curaba a todos los enfermos de sus enfermedades y dolencias… Contemplaba un panorama duro y doloroso. Extenuadas, abandonados, desorientados, desesperanzados, desanimados…

Era la situación de desesperanza que vivían las gentes en aquel momento. Llama a sus discípulos y a los que ha hecho apóstoles los envía a anunciar el Reino, la Buena Noticia que despertara esperanzas, que abriera los corazones a Dios, que hiciera sentir deseos de mundo mejor. Los discípulos habían de ir haciendo lo mismo que había hecho Jesús. Anunciaban el Reino y también curaban. ‘Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca…’ Curaban porque llevaban salud para los cuerpos doloridos, pero hacían sentir ansias de salvación para sus espíritus desorientados. Tenían que hacer de pastores en nombre de Jesús para aquellas ovejas que no tenían pastor.

¿Cuál será nuestra situación, la situación del mundo actual? También nuestro mundo necesita quien despierte esperanzas; quien ayude a abrir los corazones algunas veces encerrados en el individualismo y el egoísmo para hacerles buscar, trabajar por un mundo nuevo y mejor. Nosotros vamos viviendo este camino de Adviento que como siempre decimos es un camino de esperanza. Esperamos al Señor que viene, esperamos la salvación que nos transforme, esperamos que las cosas puedan cambiar, pero empezando por cambiar nuestros corazones endurecidos muchas veces.

Y Jesús nos envía a su Iglesia como testigo en medio de ese mundo en el que vivimos; nos envía a nosotros con su misma misión. Necesita el mundo escuchar ese evangelio de Jesús, esa buena noticia de Jesús. Porque también hay esa desorientación y desesperanza, hay cansancio y muchas veces a la gente parece que le faltan ganas de luchar por algo nuevo y mejor. Le sucede al mundo que nos rodea y nos puede suceder a nosotros que tenemos el peligro de caer en una modorra, una atonía, una desgana, una tibieza que nos hace mucho daño.

Tenemos que anunciar el Reino de Dios como lo anunciaba Jesús. Sí, tiene que ser anuncio del verdadero evangelio de Jesús, no las cosas que nosotros nos imaginemos o simplemente nos pida la gente; tenemos que anunciar esa buena noticia que es un evangelio de esperanza; tenemos que anunciar la buena noticia del evangelio de la misericordia y del amor; tenemos que anunciar esa buena noticia de Jesús que nos lleve a creer más en las personas y a confiar en la bondad y también en el arrepentimiento; la buena noticia que nos despierte de nuestros letargos y desganas; la buena noticia que nos comprometa a trabajar cada día allí donde estamos para que las cosas funcionen mejor, para que nos queramos más, para que nuestra convivencia sea cada día más armoniosa.

Por eso vamos escuchando continuamente en este tiempo de Adviento que tenemos que preparar caminos enderezando lo que esta torcido o es escabroso; que tenemos que despertarnos del sueño porque el Reino de Dios está cerca. Por eso con sinceridad de corazón hemos de ir escuchando la Palabra del Señor e irnos dejando interpelar por ella. Es una Palabra que nos corrige, pero que también levanta el ánimo, despierta la esperanza, nos empuja a un amor más fuerte cada día; es una Palabra que nos hace abrir el corazón a Dios.

Roguemos al Señor para que haya muchos pastores en el campo de la Iglesia que nos ayuden en estos caminos que nos acercan a Dios.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos

Sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos

Is. 29, 17-14; Sal. 26; Mt. 9, 27-31

Las descripciones que hacen los profetas de los tiempos mesiánicos están llenas de ricas imágenes que tanto nos hablan de fecundidad y frondosidad como de desiertos convertidos en vergeles, mientras por otra parte anuncian los tiempos en que todo se transforma de manera que el mal y la enfermedad como todo tipo de limitaciones van desapareciendo. Ya iremos escuchando todos estos bellos anuncios que nos hacen los profetas a través de este tiempo del Adviento de manera especial.

Hoy además de los vergeles y bellos bosques del Líbano nos habla el profeta también de luz y de vida. ‘Aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos’. Desaparecen las tinieblas y todo es luz. Quienes se sienten oprimidos en la oscuridad del mal se llenarán de alegría con la salvación de Dios. ‘Los oprimidos volverán a alegrarse con el Señor y los pobres gozarán con el santo de Israel’.

Anuncio que vemos cumplido en el evangelio. Y decimos que vemos cumplido en el evangelio porque se nos narra la curación de dos ciegos que siguen a Jesús gritando insistentemente y con fe: ‘Ten compasión de nosotros, Hijo de David’. Jesús los escucha y los cura, les devuelve la luz. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.

Se cumple lo anunciado por los profetas. Podemos reconocer en Jesús al Mesías de Dios, al que es en verdad nuestra salvación. Cuando Juan envía a sus discípulos a preguntar a Jesús si era El en verdad el esperando de las naciones, el anunciado por los profetas, en la respuesta de Jesús les dice que cuenten a Juan lo que han visto y oído, y entre otras cosas menciona que los ciegos recobran la vista.

Pero decimos que lo vemos cumplido en el evangelio porque con Jesús llega la luz; con Jesús se disipan para siempre las tinieblas; con Jesús nos llega la salvación. ‘El Señor es mi luz y mi salvación’, hemos repetido en el salmo. Y Jesús se proclama a sí mismo la luz del mundo. ‘Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas’, nos dirá en otro lugar del evangelio.

Disiparse las tinieblas es sacarnos de la oscuridad de la muerte y del pecado. Disiparse las tinieblas para llenarnos de la luz de Jesús es encontrar su salvación. Reconocer que Jesús es nuestra luz, la luz del mundo significa mucho en nuestra vida. Es reconocer la salvación que El nos ofrece; es querer vivir en su Reino nuevo que El ha venido a instaurar; es comenzar a caminar en una vida nueva llena de vida, de gracia, de amor, de santidad; es arrancar de nosotros todo lo que sea tinieblas, error, mentira, falsedad, odio, resentimiento, envidia, orgullo.

De cuántas tinieblas tiene que liberarnos el Señor. Cuánta oscuridad tiene el Señor que curar, que iluminar en nuestra vida. Acudimos también nosotros al Señor como aquellos ciegos en este camino de purificación, de renovación de nuestra vida, pidiéndole también: ‘Ten compasión de nosotros, Jesús, Hijo de David’. Con esa luz nueva que Jesús va a dar a los ojos de nuestra vida veremos nuestra realidad en toda su crudeza, nos daremos cuenta de cuantas cegueras hay en nosotros. Que el Señor nos ilumine.

En la noche de la Navidad del Señor todo será luz con el nacimiento de Jesús. Cuando se aparecieron a los pastores para anunciarles el nacimiento del salvador ‘la gloria del Señor los envolvió con su luz’, nos dice el evangelista Lucas. Que así podamos nosotros llenarnos, vernos envueltos por esa luz divina, cuando sintamos como Dios verdaderamente nace en nuestro corazón.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Edificó su casa sobre roca porque escuchó la Palabra y la puso en práctica


Is. 26, 1-6;

Sal. 117;

Mt. 7, 21.24-27

‘No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos…’ Muchas veces lo hemos reflexionado, la fe no se puede quedar en palabras. Con palabras también, es cierto, que la expresamos, porque de ellas nos valemos para nuestra relación con Dios y nuestra oración y en palabras resumimos la fe que tenemos para confesarla en el Credo. Pero bien sabemos que la fe tiene que envolver toda nuestra vida, tiene que hacerse vida en nosotros.

Es la fe que nos dará sentido y valor. Es la fe que nos señala caminos. La fe que nos hace reconocer a Dios con toda nuestra vida, pero que luego también nos hará mirar con una mirada nueva y distinta a los hombres y mujeres que están a nuestro lado, y que nos harán sentirnos comprometidos de una manera especial con ese mundo en el que vivimos, con esa sociedad que entre todos hemos de construir.

Hoy se nos dice que el verdadero discípulo de Jesús es aquel que no sólo lo escucha sino que también realiza en su vida lo que le dice o le pide la Palabra de Dios. Y nos habla Jesús del edificio edificado sobre roca y del edificio edificado sobre arena, el que tiene un buen cimiento y el que no. Si lo que escuchamos a Jesús lo llevamos a la práctica de la vida y lo cumplimos seremos como el edificio sobre roca.

En este sentido podríamos escuchar la respuesta que dio Jesús a aquella mujer que entre la multitud prorrumpió en alabanzas a María. ‘Dichosos más bien los que escuchan la Palabra y la cumplen’. Claro que es una alabanza a María también porque ella supo plantar en su vida la Palabra de Dios. ‘Hágase en mí según tu palabra. Aquí está la esclava del Señor’. Hermoso ejemplo que tenemos en María de quien está bien fundamentado en la Palabra de Dios.

O aquel otro momento en que le dicen a Jesús que fuera están su madre y sus hermanos. ‘¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos? Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’. Somos la familia de Jesús porque le escuchamos y le seguimos. Somos la familia de Jesús porque queremos cumplir en nosotros su mandamiento.

Nos viene bien escuchar este mensaje que nos ofrece la Palabra cuando estamos casi iniciando nuestro camino de Adviento. Este camino que nos ayuda a prepararnos para la venida del Señor no lo podemos fundamentar mejor ni hacer mejor recorrido si no es en esa Palabra de Dios que cada día vamos escuchando. Es nuestra riqueza y nuestra sabiduría.

Abramos con sinceridad y con valentía las puertas de nuestro corazón a esa Palabra que cada día se nos proclama. No temamos escuchar esa Palabra ni lo que nos pueda decir o pedir. Acudamos con humildad a la Palabra de Dios para dejarnos conducir por el Espíritu del Señor.

Es la Palabra que nos hará profundizar en esos caminos que hemos de hacer para hacer que en verdad Cristo llegue a nosotros, celebremos con sentido su nacimiento, porque le dejemos nacer en nuestro corazón. Nos ayudará, como iremos escuchando en los profetas y en Juan Bautista, a enderezar nuestros caminos que muchas veces se nos tuercen.

Pero que todo eso se vaya haciendo realidad en nuestra vida. Pongamos bien los cimientos de nuestra vidda sobre esa Roca que es Cristo. Y notaremos que se va haciendo realidad en nuestra vida en cuanto nos amemos más, sepamos aceptarnos mejor, hayamos aprendido a caminar juntos en paz. Es un abrirnos a Dios para que Dios se posesione de verdad de nuestra vida. El tiene que ser nuestro único Señor. Y el camino de nuestra vida será hacer siempre su voluntad. Que como María digamos: ‘hágase en mí según tu palabra’, porque plantemos en verdad su Palabra, la voluntad de Dios en nuestra vida.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Celebremos y gocemos con su salvación

Is. 25, 6-10;
Sal. 22;
Mt, 15, 29-37

‘Aquel día se dirá: aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’. Una proclamación de fe, una expresión de esperanza y una invitación a celebrar y gozar con la salvación de Dios. Hermoso mensaje de Adviento. Es lo que vamos expresando en nuestro camino, fe y esperanza, y lo que nos disponemos a celebrar con toda alegría.
Cuando iniciábamos el adviento nos hacíamos una reflexión contemplando los sufrimientos y desesperanzas que vivimos hoy, pero para tratar de descubrir la esperanza que se nos podía despertar en este tiempo de Adviento. El profeta nos anuncia con toda certeza el cumplimiento de esa esperanza. Vendrán unos tiempos nuevos en que con la presencia del Señor que viene con su salvación se van a ver cumplidas y colmadas todas esas esperanzas.
Nuestra esperanza está puesta en el Señor, ‘de quién esperábamos que nos salvara’. Pues aquí está el Señor, que arrancará y hará desaparecer todos los velos de duelo y de llanto, que enjugará todas las lágrimas y todos los pesimismos, porque viene y nos prepara una gran fiesta, un gran banquete. ‘Preparará para todos los pueblos en este monte un festín de manjares suculentos, un festin de vinos de solera…’ Así nos describe la alegría de la fiesta del Reino nuevo que se viene a instaurar. Aquí está el Señor y por eso hemos de hacer fiesta y alegrarnos.
Lo vemos cumplido en el evangelio con la presencia de Jesús. Allí están todos los que habían perdido la esperanza en su pobreza y en sus sufrimientos. ‘Acudió a El mucha gente’ con toda clase de enfermedades y dolencias. Tenían hambre de Dios, de salud, de salvación. ‘Los echaban a sus pies y El los curaba’, dice el evangelio. Pero hizo algo más. La gente estaba desfallecida; había que alimentarlos. Realiza los signos prodigiosos de que todos puedan comer pan hasta hartarse y aún sobrar. Son las señales del Reino. ‘Aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara…’
Esos signos tienen que seguirse realizando hoy. Esa esperanza también tienen que verla cumplida los hombres de hoy. Tenemos la certeza de que el Señor viene a nuestra vida, a nuestro mundo y quiere la salvación para todos. Nos ponemos a sus pies para que el Señor nos cure, para que el Señor nos alimente, para que se cumplan nuestras esperanzas más hondas con la presencia del Señor, para que todos podamos gozarnos y celebrar la salvación que Jesús nos trae. Nos ponemos a sus pies pero tenemos que ser nosotros manos y pies que hagan llegar esa presencia de Jesús con su salvación a los demás, a nuestro mundo.
Hablábamos al iniciar el Adviento del camino de solidaridad y de amor que teníamos que hacer. Ese amor de Dios que nos trae la salvación que ahora vamos a celebrar tiene que prolongarse a través de nuestras vidas, de nuestros gestos y nuestras actitudes, de nuestros compromisos concretos y de nuestro compartir para hacerlo llegar a todos. El amor de Dios se tiene que hacer visible entre nuestros hermanos los hombres, y sobre todo de los que sufren, a partir de nuestro amor y de nuestra solidaridad. Así podrán ver los hombres la salvación de Dios que llega a sus vidas.
Cuando lleguemos a celebrar la navidad, a celebrar y gozarnos con la salvación de Dios, tenemos que haber aprendido a amarnos más. Será una navidad más hermosa si nos aceptamos un poquito más los unos a los otros a pesar de nuestros achaques y nuestras majaderías, si hemos sido capaces de perdonarnos una y otra vez cuando nos hemos sentido molestados por alguien, si hemos sabido tener un gesto o un detalle generoso con alguien que está a nuestro lado aunque no nos caiga bien, si hemos procurado que haya más paz en nuestra convivencia de cada día…
Pensemos en cuantas cosas en este sentido podemos hacer para ser mejores, para querernos más, para poder sentir mejor la presencia del Señor en medio nuestro. Si vamos haciendo todas esas cosas es que le estamos haciendo un huequito a Dios en nuestro corazón y de verdad va a nacer en nosotros. Y claro todo esto será motivo de fiesta grande, ese banquete de fiesta del que nos habla el profeta, ese banquete del Reino de Dios que Cristo quiere ofrecernos.

martes, 30 de noviembre de 2010

Si supieras con quién me he encontrado…


Rom. 10, 9-18;
Sal. 18;
Mt. 4, 18-22

‘¿Sabes lo que me pasó? Si supieras con quien me he encontrado…’ Frases así utilizamos en nuestras conversaciones o escuchamos que nuestros amigos nos cuentan. Cuando nos sucede algo que nos parece importante, o que nos ha llamado la atención o nos ha impactado, no nos lo guardamos para nosotros mismos sino que a la primera ocasión que tengamos se la comunicamos al amigo, a la famlia o a aquel con quien compartamos conversación. Lo mismo si nos hemos encontrado con alguien que nos llama la atención o nosotros consideramos importante o de relevancia.
Bueno, eso fue lo que le pasó a Andrés. Era de Betsaida, allá en las cercanías del lago de Tiberíades o de Galilea, donde ejercia su profesión de pescador junto con otros miembros de la familia. Había inquietud seguramente en su corazón porque se había venido hasta la orilla del Jordán, quizá en las cercanías de Jericó para escuchar a aquel austero predicador o profeta que por allí había aparecido anunciando la pronta llegada del Mesías. Se había convertido en discípulo de Juan, el Bautista, el que bautizaba allá en el Jordán invitando a la gente a convertirse y prepararse porque el Reino de Dios estaba cerca.
Habían sucedido cosas extraordinarias y un día Juan había señalado a Jesús que pasaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y él, Andrés, y otro pescador, el hermano menor de los Zebedeos, que por allí estaba con sus mismas inquietudes, se habían ido detrás de Jesús. ‘Maestro, ¿dónde vives?’, fue lo que se atrevieron a preguntar cuando Jesús se volvió hacia ellos para preguntarles ‘¿Qué buscáis?’ Y se habían ido con él, cuando les respondió ‘Venid y lo veréis’.
Pero ahora algo importante había sucedido en su corazón – hasta recordarían la hora, pues Juan en su evangelio diría que serían las cuatro de la tarde cuando lo encontraron – porque al pasar un día con El, ya estaba corriendo al día siguiente a comunicar la noticia. ¿Sabes con quien me he encontrado? Andrés fue corriendo a comunicarle a su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Y lo llevó hasta Jesús.
Más tarde sería, como hemos escuchado hoy en el evangelio, el que estaba con su hermano repasando las redes y vendría Jesús y les invitaría: ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’. Y lo habían dejado todo para seguir a Jesús. Formaría parte del grupo de los Doce, aquellos a los que Jesús había elegido con llamada especial para hacerlos sus apóstoles.
Andrés había llevado a su hermano Simón hasta Jesús. Pero hay otro episodio en que unos griegos quieren conocer a Jesús y vienen hasta Felipe y Andrés para comunicarles sus deseos. Y ahí lo vemos realizando la misma labor. Los llevaron hasta Jesús. Parece como si esa fuera su misión especial. El Apóstol que tiene la misión de anunciar la Buena Nueva de Jesús es eso lo que busca: llevar a los demás hasta Jesús. Y creo que este puede ser el hermoso mensaje que hoy nosotros recibamos al celebrar la fiesta de san Andrés, apóstol del Señor.
San Pablo en el texto hoy proclamado en la liturgia nos dice: ‘Todo el que invoca el nombre del Señor Jesús se salvará. Ahora bien: ¿Cómo van a invocarlo si no creen en El? ¿y cómo van a creer en El si no oyen hablar de El? ¿y cómo van a oír si alguien que proclame? ¿y cómo van a proclamar si no los envían?’
¿No tendríamos nosotros que hacer como Andrés que anunció a su hermano Simón el gran acontecimiento que había vivido en su encuentro con Jesús? ¿No tendríamos que hacer como Andrés para llevar a Cristo a tantos que hay a nuestro alrededor buscándole algunas veces sin saber bien? ¿Es que para nosotros no es suficiente noticia importante, o suficiente acontecimiento en nuestra vida, el conocer a Jesús, el habernos encontrado con El por la fe y con su Buena Nueva de Salvación?
Creo que tiene que ser algo muy importante la fe que tenemos. Creo que tiene que ser un acontecimiento trascendental en nuestra vida el poder vivir esa salvación de Dios. Pues no lo callemos. Lo que es vida para nosotros tenemos que trasmitirlo para que sea vida también para los demás. Cuántas consecuencias se podrían sacar para nuestra vida y para el compromiso de apostolado que habríamos de vivir.
Es el hermoso mensaje que tenemos que recibir en la fiesta de este Apóstol y parecernos a él.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Aprendamos del centurión a descubrir a Jesús que viene a nosotros con su salvación

Is. 2, 1-5;
Sal. 121;
Mt. 8, 5, 11

‘Os aseguro que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos’. Es el anuncio lleno de gozo que hace Jesús tras contemplar la fe del centurión.
Un hombre que no era judío, un gentil, que con fe acude a Jesús porque tiene en casa un criado paralítico que sufre mucho. No se contenta con hacer la petición. Tiene una seguridad grande de que va a ser escuchado. Sabe que la palabra de Jesús es palabra de salvación y de vida. ‘Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano’. Jesús se había ofrecido para ir a curarlo. ‘Voy yo a curarlo’. Pero fue suficiente la fe de aquel hombre. Jesús dirá admirado ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’.
De ahí el anuncio que Jesús hace. No sólo los judíos, todo el que tenga fe. ‘Vendrán de Oriente y de Occidente…’ Es lo que habíamos escuchado anunciar al profeta. ‘Estará firme el monte de la casa del Señor… hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos… venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob…’
Es la universalidad de la salvación, que ya habían anunciado los profetas. Jesús es la salvación de todos los hombres. El quiere que todos los hombres se salven, que todos conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo. Su Sangre derramada en la cruz es por la salvación de todos los hombres. Todo el que cree en Jesús se salvará. Es lo único necesario. La fe en Jesús. Una fe que por supuesto va a envolver toda nuestra vida; una fe que no son sólo palabras.
Cuando estamos dando los primeros pasos en el camino del Adviento éste es el mensaje que recibimos. Todos estamos llamados a ir hasta Jesús; el Señor viene y para todos es su salvación. Pero nosotros hemos de irnos preparando. Es lo que vamos haciendo en este camino de Adviento. Queremos avivar nuestra fe; que nuestra fe crezca más y más; que en la fe vayamos encontrando esas razones y esos motivos para darle esa profundidad a nuestra vida; que maduremos en nuestra fe.
Cómo tenemos que aprender del centurion del evangelio, para tener esa seguridad y esa confianza, para saber descubrir todo el poder y la grandeza de Dios que se nos manifiesta. El centurión supo hacerlo. Para él Jesús no era un profeta más que había aparecido en medio de aquel pueblo. Supo descubrir el actuar de Dios, el poder de Dios, la maravilla de Dios. Por eso acudión con tanta confianza y con tanta seguridad hasta Jesús. Merecería la alabanza de Jesús.
Es la fe que nos hará descubrir con toda hondura el misterio de Dios que vamos a contemplar en Belén. Es la fe con la que vamos a reconocer en ese niño nacido entre pajas al Hijo de Dios que viene con su salvación. Es la fe que nos hará dar todo ese sentido maravilloso a la Navidad. Es la fe que nos hará purificar nuestra Navidad de añadidos y superficialidades. Es la fe con la que vamos a ver a Jesús, el Hijo de Dios que viene a nosotros con su salvación. Pero es la fe con la que escucharemos a Jesús para aprender cómo a El también podemos verle en el hermano que sufre, o que pasa necesidad, o que está esperando nuestro cariño o nuestra sonrisa que cree ilusión y esperanza en su alma.
Como pedía otro hombre en el evangelio cuando acudió a Jesús rogando por su hijo enfermo, ‘Señor, yo creo; pero aumenta mi fe’.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Un adviento en el mundo de hoy que desembocará en el hoy de la salvación de Dios que es Navidad


Is. 2, 1-5;
Sal. 121;
Rom. 13, 11-14;
Mt. 24, 37-44


Podríamos comenzar nuestra reflexión con lo que es propio de este domingo. Se acerca la Navidad, litúrgicamente comenzamos un nuevo ciclo o año litúrgico y en consecuencia iniciamos el adviento. Tiempo en el que dejándonos conducir por los profetas, por Juan Bautista, el precursor, y también contemplando la figura de María nos preparamos para la venida del Señor en la celebración de la Navidad.
Con ser totalmente cierto esto que estoy manifestando, sin embargo, confieso que no me quedo satisfecho en mi reflexión. Primero porque aquí en la celebración hablamos de adviento, cambiamos los colores litúrgicos o incluso empleemos algunos signos especiales, sin embargo para la mayor parte de la gente que nos rodea – quizá nos pueda pasar a nosotros también – decir adviento no les dice nada. En el fondo está quizá eso de que se acerca la navidad y tenemos que hacer muchos preparativos, pero no llegamos a captar algo más.
Por otra parte quizás nos encontramos con reacciones, posturas, actitudes, sentimientos diversos en mucha gente en relación a la navidad que vamos a celebrar. Con la crisis que vivimos tendremos que ajustarnos un poco, dicen algunos, porque claro no podemos gastarnos lo mismo que otros años en la navidad, las fiestas ya no serán las mismas y no sé cuántas consecuencias más.
Otros quizá el pensar en la navidad les llena de tristezas, añoranzas y soledades, porque se recuerda a los que faltan, bien porque hayan fallecido, porque estén ausentes en otro lugar o porque quizá ya están solos en la vida y todo son recuerdos.
A otros quizá les ha aparecido en la vida la enfermedad, el sufrimiento por distintos motivos, sienten muchas discapacidades en su vida y cómo van a celebrar la navidad así, se preguntan, donde pueden encontrar alegría de fiesta en una situación así. Podríamos seguir haciendo en ese sentido toda una lista de problemas, preocupaciones, ilusiones tronchadas y rotas, desesperanzas, y hasta amarguras.
¿No tendríamos que comenzar por preguntarnos que concepto tenemos de la Navidad y de lo que realmente ha de significar en nuestra vida? Responder con acuerto a esa pregunta nos llevaría a tener una mejor perspectiva del adviento. Decimos que el Adviento es un tiempo de esperanza. ¿En qué medida el adviento puede suscitar una esperanza nueva en este mundo en el que vivimos tan desolado, tan falto de ilusión o con tantos problemas como ahora tenemos? ¿Habrá una respuesta para la inquietud más profunda que pueda sentir el corazón humano en estos momentos?
Es aquí donde tenemos que hacer que nuestra fe ilumine de verdad la vida del hombre. Tenemos que sacar a flote lo más hermoso y lo más hondo de nuestra fe. Y es que además no nos disponemos a hacer unas fiestas sin más, sólo unos encuentros familiares por muy hermosos que sean o unos días simplemente de regalos porque ahora toca.
Nosotros vamos a celebrar a Jesús que es en verdad la única luz y sentido del hombre y de la vida. Nosotros vamos a celebrar a Jesús que viene, que vino y que sigue viniendo para ser la única y más profunda salvación del hombre. Nosotros vamos a celebrar al nacimiento de Jesús que es la verdadera y más pronfuda esperanza para el hombre.
Si yo creo que Jesús es todo eso para mi, habrá esperanza honda en mi corazón y en mi vida. Porque Jesús es eso para mí, porque es en verdad mi salvador claro que sentiré una alegría que desborda y que trata de contagiar a cuantos me rodean. El sentido profundo de estas alegrías y estas fiestas tiene que partir de ahí, de todo lo que significa Jesús para mí y lo que entonces representa para mí y para el mundo su nacimiento. Esa es la razón profunda. Y entonces podré celebrar desde lo más hondo, porque tengo esperanza, aunque haya problemas, haya ausencias, o vea mi vida limitada por enfermedades o sufrimientos o hasta vivamos en la más grande pobreza.
Es aquí donde encuentra sentido el adviento, este tiempo litúrgico que la iglesia nos ofrece en estas cuatro semanas para prepararnos para vivir con todo sentido la navidad. Es prepararnos para avivar fuertemente nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor que viene con su salvación. Así descubrimos su hondo significado. A eso tenemos que tender. A eso realmente quiere irnos llevando la Palabra de Dios que se nos va proclamando en estos días.
‘Daos cuenta del momento en que vivís, nos decía san Pablo; ya es hora de despertarse del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca…’ Es verdad; vamos a vivir el hoy de la salvación de Dios que llega nuestra vida. No es sólo un recuerdo; es algo vivo que se hace presente en nuestra vida. Es el Señor que llega a nosotros. Pero hemos de estar preparados.
Y vivimos un adviento en tiempos de crisis, de problemas, de ausencias quizá, de sufrimiento, de carencias. Pero es que vamos a celebrar a quien nace para traernos la salvación; a traernos la salvación hoy a esos problemas que tenemos. Y porque creemos en Jesús que es Dios que llega a nosotros hecho hombre para nuestra salvación nos llenamos de esperanza y de ilusión. Y buscaremos entonces la manera de celebrar una navidad viva, pero tenemos que hacer también un adviento vivo.
El evangelio nos invita a estar preparados y vigilantes porque no sabemos ni el día ni la hora en que vendrá el Señor; el profeta nos anunciaba unos días de paz, donde todos los instrumentos de la guerra se transformarían en herramientas de vida y de paz, porque serían herramientas de trabajo; san Pablo nos dice que nos apartemos de las tinieblas, caminemos en la luz y nos vistamos de la vestidura nueva de Jesucristo.
Por eso nuestro camino de adviento al tiempo que será un camino de austeridad, será también un camino de solidaridad y de amor. Porque ante los problemas que se viven hoy en nuestra sociedad no podemos hacerlo de otra manera. ¿Cómo no vamos a hacernos solidarios con los que a nuestro lado están llenos de carencias y sufrimientos?
Tienen que florecer en nuestro corazón esos valores tan hermosos que nos hacen solidarios y generosos, que nos llevan a compartir y a ser capaces de amar de corazón, que nos comprometen por hacer un mundo más justo y más lleno de paz, que llenan nuestro corazón de misericordia para saber consolar y sanar los corazones desgarrados que nos vamos encontrando en el camino, que hacen brillar en nuestros ojos una mirada nueva y limpia para ver en el otro siempre un hermano con el que caminar juntos.
Si hacemos ese camino de Adviento llegaremos a la navidad con un corazón renovado de verdad. Y aunque nuestros problemas no se hayan acabado, aunque sigan muchas soledades cercando nuestro corazón o puedan haber aún algunas lágrimas en nuestros ojos o en nuestro corazón, sin embargo viviremos una navidad distinta, porque ese camino que hayamos recorrido nos llevará a encontrarnos de verdad con el Señor que viene a nuestra vida. Y sentiremos su presencia y su salvación, como nos sentiremos inundados de su amor y de alegría más honda.
‘Caminemos a la luz del Señor… vistámonos del Señor Jesucristo’.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Allí en medio crecía el árbol de la vida y gritamos ¡Marana tha!

Apoc. 22, 1-7;
Sal. 94;
Lc. 21, 34-36

Las primeras páginas de la Biblia nos hablan de un paraiso donde Dios colocó a Adán; nos lo describe atravesado por un río y en medio el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios al crear al hombre lo quería para la felicidad y la vida aunque el hombre prefiera la muerte al dejar meter el pecado en su corazón.
Ahora en la última página de la Biblia, al finalizar el libro del Apocalipsis al hablarnos de la ‘nueva jerusalén, la ciudad santa, el nuevo cielo y la nueva tierra’ nos la describe también con imágenes semejantes a las del paraiso porque también nos habla de un río que atravesaba la ciudad y de un árbol de la vida. ‘A mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía el árbol de la vida… y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones’.
Ahora todo será vida y será luz. Si en el paraíso el hombre sintió la tentación de ser como Dios, ahora partícipes de la vida de Dios podrá ver a Dios cara a cara. ‘En la ciudad está el trono de Dios y el del Cordero… lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente’. Nos recuerda lo que el mismo Juan nos decía en su primera carta. ‘Somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos, porque cuando se manifieste seremos semejantes a El y le veremos tal cual es’.
Y todo será luz. Si al principio del evangelio Juan nos habla de que las tinieblas rechazaron la luz, no la recibieron, ahora las tinieblas han desaparecido para siempre ‘ya no habrá mas noche, ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará la luz sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos’.
Un último grito se oirá en el Apocalipsis, que hoy hemos repetido como responsorio en el salmo. ‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’. Es la súplica repetida en la liturgia de la Iglesia y que si aparece hoy en el último día y la última celebración del año litúrgico, comenzaremos el Adviento, un nuevo año, con esa misma súplica que iremos repitiendo en todo el Adviento. ‘Ven, Señor Jesús’.
Pero es la súplica de la Iglesia también en cada Eucaristía. Cuando celebramos la Pascua, cuando hacemos presente sobre el altar todo el sacrificio de Cristo de forma incruenta, también será esa nuestra suplica. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús’. Es que ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas’.
Es la esperanza que nos mueve a la vigilancia y a la atención. ‘Mientras esperamos su venida gloriosa…’ Es la esperanza y la vigilancia que nos hace estar despiertos y atentos. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza…’ nos decía Jesús en el evangelio. ‘Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.
Terminamos un año litúrgico para comenzar ya con las primeras vísperas de hoy un nuevo ciclo litúrgico al iniciar el Adviento que nos prepara para la navidad. No sólo vamos a celebrar su primera venida en la carne, sino que vivimos en la esperanza de su segunda venida gloriosa y en plenitud. ‘Cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar’ como vamos a decir en el prefacio del Adviento. Por eso ahora pedimos, suplicamos, gritamos ‘¡Marana Tha! Ven, Señor Jesús’

viernes, 26 de noviembre de 2010

Cielo nuevo y tierra nueva, nueva Jerusalén, morada de Dios en medio de los hombres

Apoc. 20, 1-4.11 - 21, 2; Sal. 83; Lc. 21, 29-33

El lenguaje del Apocalipsis es un lenguaje simbólico, muy rico en imágenes y comparaciones que hemos de saber leer e interpretar debidamente. Imágenes, símbolos, comparaciones que muchos de ellos habían aparecido ya también en los profetas, sobre todo en los de género apocalíptico, y que ahora todo tienen, podríamos decir, una referencia a la Iglesia, en las circunstancias concretas que vive en su propio tiempo, y que todo se dirige y confluye en el triunfo final de Cristo y su salvación para todos los hombres.
Por eso me gusta decir que es un libro de esperanza para la iglesia, para los cristianos inmersos en luchas y persecusiones. Tenemos la certeza final de la victoria de Cristo. Tenemos la esperanza de un día nosotros poder participar de su victoria y para nosotros nos está reservado ese cielo nuevo y esa tierra nueva de la que nos habla, por ejemplo hoy, el texto sagrado.
Se nos habla de la derrota del ‘dragón, que es la antigua serpiente, el diablo o satanás’. Encandenado fue arrojado al abismo. Quien quiere con sus tentaciones encadenarnos a nosotros al pecado, tenemos la esperanza cierta de que va a ser vencido y encadenado. Por eso nos habla a continuación de los mártires que salieron victoriosos en el combate, ‘las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y el mensaje de Dios y que no habían recibido su señal en la frente ni en la mano’. Para ellos es la victoria y la vida. ‘Volvieron a la vida y reinaron con Cristo…’ nos dice.
Nos habla de resurrección. Y nos habla del juicio de Dios que conduce a la vida a los que estaban inscritos en el libro de la vida. ‘Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, que nos dice Jesús en el Evangelio cuando nos habla del juicio final.
Termina el texto de hoy con una visión apoteósica. Estamos llegando al final del Apocalipsis y por eso todo nos habla de ese triunfo del Cordero. Nos habla ahora del ‘cielo nuevo y la tierra nueva, porque que el primer cielo y la primera tierra han pasado y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. Es la imagen de la Iglesia, pero ya de la Iglesia triunfante, de la Iglesia del cielo, pero de la que ya participamos como en primicias aquí en la tierra formando parte de la Iglesia peregrina.
‘Esta es la morada de Dios con los hombres’, ha sido nuestra réplica y respuesta en el salmo responsorial. Esa morada de Dios que es la Iglesia en la que se hace presente Dios con su gracia, en la que nos hace partícipes de su vida divina a través de los sacramentos. Es la Iglesia en la que sentimos presente a Dios y que quiere ser signo de esa presencia de Dios y salvación para todos los hombres.
Esa morada de Dios que hemos de ser nosotros también, porque cuando creemos en El y le amamos, como nos dice Jesús, ‘vendremos a él y haremos morada en él’. Nosotros pues que hemos de vivir una santidad especial no dejándonos seducir por el mal ni por el pecado, para que resplandeciendo la gracia en nosotros seamos también para el mundo esa señal de Dios en medio de los hombres. Cuánto nos exige todo esto para nuestra santidad personal. Para esa lucha contra el mal y el pecado y para esa superación que hemos de vivir cada día. Cuánto nos exige en tanto que hemos de ayudar a los demás a vivir también esas ansias de Dios, de santidad, de gracia. Nuestra vida tiene que ser testimonio que despierte en los demás esos deseos de Dios.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Se acerca vuestra liberación… dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero

Apoc. 18, 1-2.21-23: 19, 1-3.9;
Sal. 99;
Lc. 21, 20-28

‘Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube con gran poder y gloria… levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’. Nos habla Jesús de su segunda venida, al final de los tiempos.
Nos recuerda su respuesta ante el Sanedrín a preguntas del Sumo Sacerdote. ‘Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso que viene entre las nubes del cielo’. O también la descripción que nos hace del juicio final. ‘Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria con todos los ángeles, se sentará en su trono de gloria’.
Es parte de nuestra fe y de nuestra esperanza. Así lo hacemos oración también en la celebración litúrgica, ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’. Por eso pedimos vernos libres de toda pertubación, que no nos falta nunca la paz del Señor en nuestro corazón, que no nos veamos turbados por los acontecimientos de lo que nos sucede o sucede a nuestro alrededor.
Esas imágenes que nos aparecen hoy en el evangelio en esas descripciones que nos hace Jesús tanto de la destrucción de Jerusalén como de los últimos tiempos, de eso nos quieren hablar. Pero el Señor no quiere que perdamos la paz. Los incrédulos, los que han perdido su fe en el Señor, ante esos acontecimientos se llenan de turbación y de temor. ‘Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad de lo que se le viene encima al mundo…’ dice Jesús. Nosotros, como decíamos, no podemos perder la paz. El Señor está con nosotros; el Señor viene con su salvación. Es la confianza que ponemos en Dios. El Señor nos acompaña con su fuerza, con la fuerza de su Espíritu.
Que todos esos acontecimientos sepamos ver la presencia del Señor que llega a nuestra vida con su salvación. Es la invitación que nos hace. ‘Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación’. Una invitación a la vigilancia, a estar despiertos, como escucharemos repetidamente estos días.
Por eso son también tan consoladoras las descripciones que nos hace el libro del Apocalipsis, como las escuchadas hoy. ‘Ha caído, ha caído Babilonia la grande’. Expresa la derrota del maligno – es la descripción que se nos hace - para ser anuncio de victoria e invitación de que vayamos a sentarnos a la mesa del banquete del reino de los cielos. Primero nos dice que oyó ‘en el cielo algo que recordaba el griterío de una gran muchedumbre que cantaban: Aleluya. La victoria, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios, porque sus sentencias son rectas y justas…’ para terminar diciendo: ‘Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero’.
Dichosos nosotros porque podemos vivir esa salvación que Cristo viene a traernos. Dichosos nosotros que estamos invitados al banquete de bodas del Cordero. Ahora, cada día, cuando celebramos la Eucaristía, escuchamos esa invitación: ‘Dichosos los invitados a la cena del Señor’, se nos dice para que nos acerquemos a comulgar, a comer a Cristo Eucaristía que ‘se nos da en prenda de la gloria futura’. Ahora comemos a Cristo que así se nos da en la Eucaristía como viático, como alimento para nuestro camino, como vida de nuestra vida. Un día podremos sentarnos en la plenitud de la mesa del banquete del Reino de los cielos cuando gocemos de Dios para siempre en el cielo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Dar testimonio del nombre de Jesús para cantar el cántico de victoria de los vencedores

Apoc. 15, 1-4;
Sal. 97;
Lc. 21, 12-19

Los versículos anteriores (los que escuchamos y comentamos ayer) nos hablaban de los tiempos difíciles que nos invitaban a la conversión y a la solidaridad, los que hoy escuchamos nos invitan a la perseverancia en la fidelidad, de la que hemos de dar testimonio que nos conduce a la salvación y que será testimonio también que ayude a los demás a encontrarse con esa salvación.
‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre, así tendréis ocasión de dar testimonio… con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’. Así nos lo anuncia Jesús. Así nos prepara Jesús.
Tiempos difíciles también, pero ocasión de dar testimonio. Es la historia de los creyentes de todos los tiempos. Es la historia de los cristianos ayer y hoy. Sigue siendo hoy. Pero recordemos una cosa: Jesús nos llama dichosos por ser perseguidos. Recordemos las bienaventuranzas. Y de los que son perseguidos es el Reino de los cielos.
Pero, qué confianza nos da Jesús. Las palabras de Jesús no son para el temor, sino para la confianza y la esperanza. Nos podría parecer que nos llenamos de miedo cuando sabemos esto que nos anuncia Jesús que nos puede suceder. Las palabras de Jesús nos hacen sentirnos fuertes. Nos dice que no es ni siquiera necesario preparar nuestra defensa. ‘Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningun adversario vuestro…’ Recordemos la valentía de tantos mártires a través de los tiempos. Es que Jesús nos promete la asistencia de su Espíritu.
Hoy mismo seguimos viendo el testimonio de tantos cristianos en tantos lugares del mundo que siguen arriesgando su vida por su fe. No suelen ser noticias de portada de los telediarios, pero las podemos encontrar cada día. Y sería bueno que las encontráramos y las conociéramos, no para llenarnos de temor por lo que también a nosotros nos pudiera pasar, sino para sentirnos más fortalecidos en el Espíritu.
¿No hemos oído estos días la noticia de la mujer que en Pakistán había sido condenada a muerte, dicen que por blasfemia, pero que lo único que ella había hecho era confesar su fe en Jesús como su único Salvador. Es cierto que ya ayer salían noticias de que se le había condonado su pena a muerte y quedaría en libertad. Pero son tantos los que siguen muriendo, teniendo que abandonar sus tierras, o poniendo su vida en peligro, solamente por eso, por ser cristianos y confesar su fe.
‘Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas’, termina diciéndonos Jesús. Quería unir en esta reflexión que nos estamos haciendo el libro del Apocalipsis. Hoy nos ha hablado de aquellos ‘que han vencido a la bestia… tenían en sus manos las arpas que Dios les había dado y cantaban el cántico de Moisés y el cántico del Cordero: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios soberano de todo… ¿quién no dará gloria a tu nombre…? Todas las naciones vendrán y se postrarán ante Ti…’
Es el cántico de los salvados, de los vencedores. Es el cántico triunfal que pueden cantar aquellos que ‘han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero… aquellos que vienen de la gran tribulación’, como nos dice en otro lugar el Apocalipsis y que muchas veces ya hemos escuchado.
Tenemos ocasión de dar testimonio. Que un día podamos cantar ese cántico del Cordero porque seamos también del grupo de los vencedores, de los que participemos de la victoria y de la gloria de Cristo para siempre.

martes, 23 de noviembre de 2010

Señales que nos invitan a la conversión y a la solidaridad

Apoc. 14, 14-20;
Sal. 95;
Lc. 21, 5-11

El texto del evangelio que hoy se nos ha proclamado es parte del escuchado hace un par de domingos. Es en lo que la liturgia de la Iglesia nos insiste de manera especial en estos días. Aspectos de nuestra fe y de nuestra vida cristiana que nos conviene recordar, tener muy presente, porque tenemos el peligro de perder esa trascendencia que hemos de darle a nuestra vida.
Seguiremos leyendo este capítulo 21 de san Lucas durante esta semana del final del año litúrgico desde esa perspectiva del anuncio de los tiempos finales que nos hace Jesús. Un texto, el que iremos escuchando durante toda esta semana, que invita a la perseverancia y a la vigilancia. Nunca para el temor sino siempre para la esperanza. En el fondo una invitación a la conversión, como una invitación al amor y a la solidaridad.
Parte Jesús, como ya indicábamos el otro día, del anuncio de la destrucción de la ciudad de Jerusalén y del templo. ‘Maestro, ¿cuándo va a suceder esto? ¿Cuál será la señal de que todo esto está para suceder?’ le preguntan. Pero nos invita a no dejarnos engañar. Más que de los últimos tiempos les está hablando ahora de todos esos tiempos difíciles por los que hemos de pasar a través de la historia. Guerras, revoluciones, terremotos, epidemias, catástrofes… Pero nos previene Jesús. No habrá de hacerse caso de falsos profetas que querrán ver en todo ello señales del fin del mundo. ‘Muchos vendrán usando mi nombre, diciendo “yo soy”, o bien “el momento está cerca”; no vayáis tras ellos’.
Pero sí podremos ver en esas cosas llamadas e invitaciones del Señor, por una parte a nuestra conversión personal para que vayamos mejorando nuestro mundo y no permitamos entonces que esas desgracias sean por causa humana. Jesús nos pone en camino de un mundo en paz, de un mundo donde nos sepamos entender, de un mundo en el que evitemos enfrentamientos y violencias.
Es el Reino de Dios al que El nos invita y con el que tenemos que sentirnos comprometidos desde nuestra fe y nuestro amor cristiano. Si ponemos más amor en nuestra vida, si ponemos más amor en nuestras relaciones personales con los que están a nuestro lado cada día, podemos ir haciendo ese mundo mejor, ese mundo de paz, del que desterremos odios y violencias. Tendrían, entonces, que desaparecer las guerras y los enfrentamientos.
Pero podemos ver también una llamada y una invitación en ese mismo camino de conversión a la solidaridad más auténtica. Desgracias y calamidades se suceden en nuestro mundo, muchas veces por causas naturales como puedan ser terremotos y demás violencias de la naturaleza. Y es ahí donde hemos de saber hacer resplandecer nuestra solidaridad, nuestro amor cristiano más genuino.
Al menos podemos actuar desde la misericordia y la compasión para remediar males, para consolar en las tristezas de la vida o para servir de consuelo con nuestro amor a los que sufren. Cuánto podemos hacer de eso cada día con los hermanos que están a nuestro lado en el sufrimiento de la enfermedad, de una discapacidad o de tantas limitaciones que nos pueden ir apareciendo en la vida. Ahí tenemos que expresar con toda autenticidad y con toda intensidad nuestro mejor amor, nuestro amor cristiano.
Tengamos muy presente todo esto en nuestra vida, en el camino de nuestra fe. Que no se enfríe nunca nuestra esperanza. Que no se apague la llama del amor de nuestro corazón. Convirtámonos de verdad al Señor.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Un amor que tiene una generosidad especial

Apoc. 14, 1-5;
Sal. 23;
Lc. 21, 1-4

Apenas tiene cuatro versículos el texto del evangelio de hoy. Suficientes para un gran mensaje. Un mensaje que también podemos resumir en pocas palabras, pero que como siempre el evangelio envuelve toda nuestra vida. Hay textos que nos hacen pensar, revisar, cambiar posturas, ver las cosas de otra manera. Textos que nos hacen preguntarnos dónde está el valor de nuestra vida, a qué le damos verdaderamente importancia, qué es lo que realmente estamos haciendo de nuestra vida. Creo que si con sinceridad nos enfrentamos a la Palabra del Señor siempre tiene que hacer surgir en nosotros una nueva inquietud.
‘Esta pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’. No es nada lo que nos está diciendo Jesús. Y nosotros que nos creemos generosos y espléndidos en lo que hacemos. Pero ¿seríamos capaces de hacer como aquella mujer? Pasa necesidad y, aún así, no es que comparta partiendo lo que tiene para dar una parte y reservarse la otra para sí, para su necesidad. ‘Ha echado todo lo que tenía para vivir’. Es que no podemos ser insensibles.
Cuesta. No es fácil. Podríamos decir incluso que no es nuestra obligación. Pero aquella pobre viuda lo hizo. Es el más puro estilo del evangelio. No sé qué estaríamos dispuestos a hacer o hasta dónde llegaríamos. Me atrevo a decir no sé hasta donde nos estará pidiendo el Señor. Quizá surja mi egoísmo, mi individualismo, mis miedos y mis reservas. Podríamos decir que hasta es humano.
Pero el amor de Jesús no se quedó nunca corto. Ayer, último domingo del año litúrgico, lo proclamamos nuestro Rey y Señor. Y lo proclamamos contemplándolo clavado en una cruz ignominiosa, dando su vida. Pero así es su amor. Así entregó El su vida. No hay amor más grande. El amor en Jesús no tiene límites, ni reservas, ni distinciones, ni medidas, ni escalas. Jesús no da nunca de lo que sobra. En Jesús siempre está la generosidad sin límites. En Jesús siempre es total. Y es así cómo Jesús es el Rey y Señor de nuestra vida. Y haciendo como El hizo es como lo proclamamos nuestro Rey y podemos decir en verdad que estamos en su reino.
Y claro, El nos dijo que nosotros teníamos que amar como El nos ha amado. O sea, que nos está poniendo el listón bien alto. Esa tendría que ser nuestra meta y nuestro ideal. ¿Habría escuchado aquella mujer del templo de Jerusalén a Jesús? ¿sabría ella de evangelio? Si no lo había oído, al menos lo estaba practicando, de tal manera que Jesús nos haría fijarnos en ella, nos la pondría como ejemplo de nuestro amor.
Un corto evangelio pero que nos hace pensar mucho. Nos hace revisar nuestras medidas. Nos hace tentarnos los bolsillos, podríamos decir; o tentarnos el alma para ver hasta donde llega la generosidad de nuestro amor.
El libro del Apocalipsis, que hemos escuchado en la primera lectura, nos habla del cortejo del Cordero que lo seguirán adondequiera que vaya. Aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero, y que eran los que podían cantar el cántico nuevo, porque son los rescatados como primicias de la humanidad para Dios y el Cordero, los que eran irreprochables porque en sus labios no se encontró mentira. Los números son simbólicos y no podemos quedarnos en la literalidad del número. Hablan realmente de una universalidad.
Quisiera formar parte de ese número, de ese cortejo, porque también lleve grabado en mi frente el nombre del Cordero. Y ¿cómo se graba en nuestra frente el nombre del Cordero? Una buena pregunta. Somos, sí, los rescatados, pero somos los marcados con el nombre del amor. Vivamos un amor como el de Jesús, como el que nos enseña hoy el evangelio, y seguro que seremos del número de los marcados, y los que podremos cantar ese cántico nuevo al Señor, nuestro Dios.

domingo, 21 de noviembre de 2010

A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos


2Sam. 5, 1-3;

Sal. 121;

Col. 1, 12-20;

Lc. 23, 35-43


Si a alguien ajeno a nuestra fe y sin tener conocimiento de nuestro sentir cristiano le dijeramos que hoy estamos celebrando a Jesucristo, Rey del Universo, y escuchara el evangelio que hemos proclamado, quizá se preguntaría cómo es que tenemos a un Rey que está colgado de un madero y entre dos malhechores condenado como un malhechor. Quizá se preguntaría si tendríamos otro evangelio mejor que nos definiera ese reinado de Cristo. ¿Qué pensamos nosotros y qué respuesta le daríamos?
Claro que para nosotros sí tiene significado este texto del evangelio y con él mejor que con ningún otro proclamamos la realeza de Cristo. Ahí lo contemplamos en su entrega suprema, en el más grande y hermoso sacrificio que podía ofrecer por nuestra redención y con el que proclama en verdad que es el único Rey y Señor de nuestra vida.
Jesús a lo largo del evangelio nos habla del Reino de Dios. Es su principal anuncio y proclamación. En el comienzo de su predicación nos anuncia la llegada del Reino y nos invitaba a convertirnos a él. Nos explica con sus parábolas las características de ese Reino y a los discípulos en concreto les señala cuales han de ser las actitudes fundamentales para vivir en el estilo de su Reino.
La gente confundida unas veces preguntan si ya ha llegado el momento de instaurarse esa soberanía de Israel o en otras ocasiones entusiasmados con las cosas que Jesús hace querrán hacerlo Rey. Cuando lo acusan ante Pilato y éste pregunta si es Rey, le dirá que su Reino no es como lo de este mundo, porque El ha venido a proclamar la verdad. El rehusa esos deseos de hacerlo rey a la manera de los reyes de este mundo porque la verdadera grandeza en su reino no va por esos caminos, como nos lo había enseñado; sólo aceptará ser aclamado a la entrada en Jerusalén, pero montado sobre una borrica, porque va a ser el anticipo de su verdadero momento de gloria que será su entrega en su muerte en la cruz.
Conociendo el evangelio, habiendo escuchado lo que Jesús nos ha ido enseñando, podremos entender muy bien que al celebrar a Jesucristo como Rey del universo, tal como es el título de esta fiesta, escuchemos el evangelio que nos lo presenta colgado del madero de la cruz. Ahí está como el último, entre los malhechores, en la muerte más ignominiosa, pero con las muestras del amor más profundo y más verdadero; el amor de quien se entrega hasta el final, hasta dar la vida que es la suprema prueba del amor.
Y contemplándolo así nosotros, hoy, con ese hermosísimo himno de la carta a los Colosenses, que ya era un himno a Cristo en aquellas primeras comunidades cristianas ‘damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz’. Con Cristo somos herederos de la más rica de las herencias, que es la gracia, que es la vida de Dios que nos regala, que es la participación en su reino.
Y ‘damos gracias… porque El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’. ¿Queremos más títulos y más razones para proclamarlo en verdad como Rey y Señor de nuestra vida? El nos ha redimido, nos ha rescatado, nos ha dado la salvación, nos ha hecho hijos y herederos, nos hace partícipes de su Reino.
Volviendo al texto del evangelio allí estamos viendo que, aunque quieren tentarlo y hasta burlarse de El por estar clavado en el suplicio de la cruz, sin embargo van desgranando, como si de una letanía o una lista se tratara, que es el Mesías, el Elegido de Dios – como lo había anunciado el profeta y como será proclamado también desde el cielo en el Jordán o en el Tabor -, el Hijo de Dios y el verdadero Rey de Israel. Será ese también el título que aparece en la tablilla de la sentencia, ‘Jesús Nazareno, Rey de los Judíos’. Pero será el malhechor arrepentido quien hará una verdadera confesión de fe en Jesús y en la trascendencia que espera alcanzar para su vida. ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino’. A lo que Jesús responderá con ese hermosísimo ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’. El hoy de Dios y de su Salvación que tan puntualmente llegue a nuestra vida cuando nos abrimos a Dios aunque sea desde la más honda miseria de nuestro pecado.
Sí, proclamamos a Jesús como Rey y Señor, como el primero y el principio, como el primogénito de entre los muertos, porque además le contemplamos no sólo en su muerte en la Cruz sino resucitado y glorioso. Tiene todos los derechos a que lo llamemos el Señor, el Rey de nuestra vida, porque así nos ha arrancado de las tinieblas y de la muerte, porque así quiere que vivamos para siempre en su vida. El es nuestra reconciliación y nuestra paz. ‘Por El quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su Cruz’, como nos dice san Pablo.
Pero esta proclamación que hoy nosotros hacemos en nuestra celebración no se puede quedar en palabras entusiastas, aunque por supuesto tenemos que cantar y victorear al Señor de nuestra vida. Esta proclamación para nosotros tiene que ser un compromiso, porque si queremos que El sea nuestra Rey, queremos vivir en su Reino, queremos entonces darle a nuestra vida el estilo y el sentido del Reino de Dios. Y no es otra cosa que hacer lo que El nos dice, o vivir como fue su vida.
Proclamar a Jesucristo Rey es vivir un amor generoso siempre entregado y hasta el final; es hacerse el último y el servidor de todos; es ser siempre instrumentos de reconciliación porque buscamos y ofrecemos el perdón y la amistad siempre renacida y nueva; es ser constructores de paz y de unión allí donde estemos, arrancando todo atisbo de violencia o cualquier semilla de discordia; es buscar esos caminos de plenitud, de autenticidad, de verdad, de justicia y de amor; es saber poner siempre en el centro de nuestra vida a Dios verdadero sentido de nuestro vivir y de nuestro caminar.
Cristo Jesús será ya para siempre para nosotros el mejor lugar de encuentro con Dios porque es el Emmanuel (Dios con nosotros); el verdadero templo de Dios porque en El y por El será como mejor demos culto al Padre todopoderoso; el que nos hará sentir a Dios como único Señor del hombre y de la historia. ‘El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque porque medio de El fueron creadas todas las cosas’, como nos ha dicho san Pablo y como confesamos en el Credo.
Como dice el Apocalipsis y nos ofrecía la antífona de entrada de esta Eucaristía, ‘digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos’.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Dos testigos, dos olivos, dos lámparas… y una victoria

Apoc. 11, 4-12;
Sal. 143;
Lc. 20, 27-40

‘Dos testigos, dos olivos, dos lámparas que están en la presencia del Señor’. Descritos están con los rasgos tradicionales en la Biblia de Moisés y Elías, la ley y los profetas, verdaderos fundamentos del antiguo pueblo de Dios. El profeta celoso del verdadero culto de Dios frente a los baales que hizo que no lloviera sobre la tierra, Elías; y Moisés que condujo al pueblo en el duro camino de la fidelidad a la Alianza y la ley que el Señor les dio en el Sinaí.
Recordemos que también aparecen Moisés y Elías junto a Jesús en la transfiguración. Hablaban de lo que iba a suceder en Jerusalén para significar con ello la pasión y la muerte de Jesús. Son un signo ahora del camino del bien y de la fidelidad al Señor; dieron su testimonio y la bestia que sube del abismo se enfureció. La lucha del mal, la imagen de todo lo que pasaba el nuevo pueblo de Dios con las persecusiones. Pareciera que todos se alegraban de la aparente victoria del mal, de la muerte de los dos profetas. Como se alegraban y festejaban los que llevaron a Jesús hasta la cruz porque pensaban que con eso estaba conseguida su victoria.
Pero este tiempo de maldad tiene su límite, tres días y medio; la mitad del número siete que seria el de la plenitud. ‘Al cabo de esos tres días y medio, un aliento de vida mandado por Dios entró en ellos y se pusieron en pie en medio del terror de todos los que lo veían… Subid aquí, se oyó una voz. Y subieron al cielo en una nube a la vista de sus enemigos’. Nos está hablando de resurrección y de victoria. La resurrección y la victoria que en Cristo obtenemos.
Dos testigos, dos olivos, dos lámparas… Quiero hacer una lectura de esto: es el testimonio de la Iglesia que se sigue proclamando en medio del mundo. Ya sabemos cómo se la rechaza, cómo se la critica, como se la quiere destruir, cómo no se le quiere escuchar, cómo se quiere encerrar la fe, como se suele decir, en la sacristía.
Todos los días escuchamos noticias interesadas y tergiversadas. Se publica todo lo que pueda desprestigiar a la Iglesia. Se le quiere llenar de sombrar porque muchas veces molesta su luz. Cuesta al mundo de hoy reconocer lo que es la verdadera riqueza de la Iglesia que está en sus obras de amor, en tantas y tantas obras de tantos cristianos, de tantas instituciones que trabajan por los demás, que están comprometidos con los pobres, que quieren en verdad hacer un mundo mejor y más justo.
Pero no hemos de temer ni podemos acobardarnos. Seguimos con nuestro testimonio de amor, y con el anuncio de la fe que hacemos en medio del mundo. Jesús ya le dijo a Pedro cuando le confió las llaves. ‘El poder del infierno no la derrotará’. Nosotros somos los que creemos en la resurrección y en el triundo de Cristo porque nosotros creemos en Cristo resucitado. En esa fe y en esa esperanza queremos seguir nuestro camino de testimonio valiente y decidido.
Por supuesto que siempre tenemos que estar con el deseo y el trabajo de purificarnos para que nuestro testimonio sea siempre el más limpio y más claro. Pero nos confiamos en el Señor. ‘Bendito sea el Señor, mi roca’, hemos repetido en el salmo responsorial. Que no sea un responsorio que repetimos sin más, sino que exprese de verdad toda esa confianza que ponemos en el Señor y toda esa fortaleza que en El sentimos. ‘Mi bienhechor, mi alcázar, mi baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio…’ Por eso queremos cantar al Señor un cántico nuevo ‘tocaré para ti el arpa de diez cuerdas, para ti que das la victoria…’, porque con todo mi corazón, con toda mi vida quiero cantar siempre al Señor y darle gracias.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Al paladar será dulce como la miel, en el estómago sentirás ardor

Apoc. 10, 8-11;
Sal. 118;
Lc. 19, 45-48

‘Ve a coger el librito abierto de mano del ángel… cógelo y cómetelo…’ Una bella imagen la que nos ofrece hoy el Apocalipsis, pero que ya aparecía en el profeta Ezequiel como signo de su vocación profética. ‘Hijo de hombre, come este libro y ve luego a hablar al pueblo de Israel’, le dijo entonces el Señor al profeta.
Lo hemos escuchado hoy de nuevo en el Apocalipsis que además continúa: ‘al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor’. ¿Qué querrá significar?
En el salmo precisamente como respuesta a esta Palabra hemos repetido: ‘Qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca; tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón; abro la boca y respiro, ansiando tus mandamientos’. Creo que podemos entender lo que nos quiere decir el Apocalipsis. La Palabra del Señor, los mandamientos del Señor, el mensaje de salvación que en Jesús recibimos es nuestra delicia y nuestra dicha. ‘Más dulce que la miel’. Así tenemos que sentirlo y gozarnos con ello.
Así recibimos la Palabra del Señor como alimento para nosotros pero así al mismo tiempo nos sentimos enviados a dar testimonio de esa fe, de esa Palabra que recibimos, de esa salvación que vivimos a los demás. Recordemos lo que decíamos que el profeta recibió este signo como señal de la misión profética a la que era enviado. Y nosotros, todos los cristianos esa fe que vivimos, todo ese amor de Dios que es nuestro gozo y que recibimos también hemos de compartirlo, llevarlo a los demás. ‘Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos’, que decía el ángel del Apocalipsis.
‘Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas’, dijimos también en el salmo. Pero el que sintamos ese gozo en el Señor no significa que algunas veces no nos cueste.
Nos cueste por nosotros mismos, porque la Palabra del Señor que recibimos muchas veces nos escuece en nuestra vida. Palabra tajante como espada de doble filo, que nos dice la Escritura santa en otro lugar, y que penetra hasta lo más hondo de nuestra vida. Una Palabra que nos enseña y que nos corrige; una Palabra que nos señalará cosas que tenemos que arrancar de nosotros porque no son buenas, o que tenemos que transformar y mejorar. Y eso nos cuesta muchas veces.
Nos cuesta porque como nos dice Jesús en el evangelio para seguirle hemos de tomar la cruz de cada día, que nos puede aparecer en el dolor y sufrimiento como en el sacrificio y esfuerzo de superación que cada día hemos de realizar para mantener nuestra fidelidad al Señor.
Nos cuesta también porque el mundo que nos rodea nos puede resultar muchas veces adverso. Ya Jesús nos lo había anunciado y nos llama dichosos cuando por causa de su nombre podamos ser perseguidos. Ya hemos dicho que el libro del Apocalipsis es un mensaje de esperanza para los cristianos de aquel momento en que fue escrito, porque ya estaban padeciendo esas persecusiones.
Entendemos, entonces, que al mismo tiempo que nos dice que es dulce como la miel al paladar, sin embargo ‘en el estómago se sentirás ardor’. Ese ardor del corazón, podríamos decir, en nuestra lucha, en nuestra camino de fidelidad que no siempre nos es fácil, en esa inquietud que sentimos por esa misma Palabra del Señor y por querer llevarla a los demás. Pero siempre es un gozo hondo en nuestro corazón.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Las lágrimas de Jesús

Apoc. 5, 1-10;
Sal. 149;
Lc. 19, 41-44

Las lágrimas de Jesús. ‘Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz!’
Unas lágrimas siempre impresionan y nos mueven emociones. Al leer y meditar en este pasaje del evangelio me he quedado casi sin palabras ante las lágrimas de Jesús. Pueden decirme tantas cosas. Quizá podríamos contemplarlas en silencio. No convendría romper la emoción del momento con nuestras palabras.
Sólo veremos a Jesús llorar en otro momento. Ante la tumba de Lázaro. Llora ante la muerte, ante la tumba del amigo. ‘Jesús, al verla llorar, y a los judíos que también lloraban, lanzó un hondo suspiro y se emocionó profundamente… y rompió a llorar’, dice el evangelista Juan en aquella ocasión. En la oración del huerto más que lágrimas veremos la angustia de su corazón, aunque en la carta a los Hebros se nos hable de cómo ‘Cristo en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte…’; sin embargo el evangelista sólo nos dirá que ‘le entró un sudor, que chorreaba hasta el suelo, como si fueran gotas de sangre’ sin mencionar las lágrimas. Luego le veremos cargar con la cruz y subir hasta el calvario y aún en medio de dolor tendrá la serenidad y la paz de consolar a las que encuentra llorando a la vera del camino o de perdonar disculpando incluso a los que le crucificaban.
Ahora llora Jesús ante la ciudad de Jerusalén. Y no es sólo el amor que siente por la ciudad santa y lo que ella significaba para todo judío y que iba a ser destruida. Es algo más. ‘Porque no reconociste el momento de mi venida’. No reconocieron a Jesús y lo que Jesús ofrecía. ‘¡Si al menos comprendieras en este día lo que conduce a la paz!... pero está escondido a tus ojos…’
Su Palabra de vida y salvación se había prodigado en los pórticos del templo y por las calles de Jerusalén. Paralíticos, ciegos, enfermos habían recobrado la salud y la luz de sus ojos que se habían abierto a la salvación. Pero tantos habían dicho no. Aunque le aclamen en su entrada en la ciudad, más tarde vendrán los gritos pidiendo su crucifixión por parte de unos, mientras otros se escondían temerosos de lo que les pudiera pasar. Hasta entre los más cercanos a El, uno le traicionaría, otro negaría conocerle, mientras los otros huían asustados.
Pero miremos las lágrimas que Jesús hoy pueda seguir derramando por nuestro mundo, por nosotros. ¿Nos sucederá lo mismo que a aquellos que estaban en Jerusalén? ¿Habrá también traiciones y negaciones, huídas y temores de dar la cara por Jesús? Nos pueden parecer duras estas preguntas que nos hacemos, pero miremos la realidad de nuestro pecado tantas veces repetido. Somos pecadores muchas veces reincidentes en lo mismo a pesar de tantas promesas de arrepentimiento y corrección.
Somos débiles tantas veces en nuestra fe. Nos dejamos arrastrar por la tentación y no sabemos reconocer la presencia del Señor que está con su gracia a nuestro lado para fortalecernos frente a la tentación. También huimos para no dar la cara, o tenemos la tentación de ocultarnos en lugar de dar valiente testimonio.
Lágrimas de Cristo ante la muerte o ante el sufrimiento. Ante la muerte porque el pecado es una muerte para nosotros porque rompe nuestra relación con Dios, destroza la vida divina que el Señor ha impreso en nuestra alma. Tendríamos que llorar una y otra vez ante el pecado que nos rodea en nuestro mundo y ante nuestro pecado. Ante el sufrimiento nosotros tendríamos que derramar lágrimas de compasión, de solidaridad, de consuelo, de compromiso serio de hacer que haya menos dolor y menos sufrimiento.
Esas lágrimas de Cristo para nosotros tienen que ser gracia, tienen que ser llamada e invitación para responderle más, para reconocerle mejor en tantos que son su pecado y su dolor pasan a nuestro lado o se acercan a nosotros esperando compasión. Lágrimas de arrepentimiento y lágrimas de solidaridad y de amor que también nosotros hemos de derramar.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Les repartió diez onzas de oro para negociarlas

Apoc. 4, 1-11;
Sal. 150;
Lc. 19. 11-28

‘Les dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro’. Subían a Jerusalén. Jesús había hecho tantos anuncios y sentían que algo iba a suceder. Había anunciado Jesús la llegada del Reino desde el principio de su predicación y estaba la esperanza ardiente de la venida del Mesías. ¿Qué es lo que tenían que hacer?
Y Jesús por este motivo les propone una parábola. ¿Qué quería realmente decirles Jesús? Porque les habla de que había que hacer fructificar aquellas onzas de oro que había puesto en manos de sus empleados. ¿Qué relación podía tener una cosa y otra?
Cuando estamos ansiosamente esperando algo y vislumbramos o ya sabemos que de un momento a otro se va a realizar, pudiera ser que bajáramos la guardia y ya nos pusiéramos en actitud pasiva, una esperanza pasiva. Probablemente cuando Lucas escribe el evangelio pudieran también estar pasando aquellos primeros cristianos por una situación así. Recordemos que san Pablo habla fuerte y claro a los Tesalonicenses porque creían que la segunda venida del Señor era inminente y algunas ya se dedicaban a vivir sin trabajar. Y como escuchamos el pasado domingo, les dice tajantemente que ‘el que no trabaja que no coma’.
La esperanza cristiana no es una actitud pasiva. No es simplemente cruzarnos de brazos y esperar. La esperanza que nosotros vivimos, y esperamos la vida eterna, y esperamos el poder llegar a vivir en plenitud con el Señor – de todo eso hemos venido reflexionando últimamente – pero precisamente esa esperanza no nos adormece ni anquilosa, sino que nos hace más activos, nos hace vivir con mayor intensidad nuestras responsabilidades y nuestro compromiso de amor.
Ese cielo y esa gloria de Dios que tan maravillosamente nos describe hoy el Apocalipsis no es para adormecernos y hacernos olvidar nuestras luchas y responsabilidades, sino todo lo contrario. La esperanza de ese cielo, de esa gloria de Dios de la que nosotros podemos participar nos obliga a vivir con mayor intensidad nuestra vida, a poner más fuerza de amor en lo que hacemos. La esperanza de la plenitud del Reino nos compromete más intensamente a ir realizando, construyendo día a día ese Reino de Dios en nuestro mundo. Por ese Reino de Dios hemos de saber arriesgar nuestra vida, entregar nuestra vida en el amor cada día.
Es lo que Jesús quiere decirnos con la parábola que hoy nos narra Lucas. Es la paralela a la que nos narra san Mateo, que nos habla de talentos. Con aquellos talentos que Dios nos haya dado, esas onzas de oro que ha puesto en nuestras manos, en nuestra vida en nuestras cualidades y capacidades, en las responsabilidades que tenemos que asumir y el trabajo que tenemos que realizar, tenemos que dar fruto. Onzas de oro, las llama el Señor en la parábola. ¿No tendríamos que aprender a valorar esas cualidades y capacidades de las que Dios nos ha dotado? No podemos decir que nada valemos porque el Señor con la vida ha puesto en nuestras manos una riqueza muy grande.
‘Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro diciéndoles: negociad mientras vuelvo’. Y no nos pide el Señor un fruto cualquiera. Está en razón de cuanto nos ha dado el Señor. Pero bien sabemos que para lograr ese fruto no estamos solos porque nunca nos faltará la gracia del Señor. Vivamos con intensidad la responsabilidad de nuestra vida y los dones que Dios ha puesto en ella.

martes, 16 de noviembre de 2010

Sé ferviente y conviértete

Apoc. 3, 1-6.14-22;
Sal. 14;
Lc. 19, 1-10

Cuando entraba en Jericó se encontró con el ciego que le salía al encuentro gritándole que tuviera compasión de él para recobrar su visión perdida. Ahora atravesando la ciudad va a ir al encuentro de un pecador que tienes deseos de verle. Allí está Zaqueo que al no poder hacerlo de otra manera se ha encaramado a una higuera para verle desde allí sin que nadie se interpusiera.
Muchas veces hemos meditado sobre este encuentro del hombre pecador con la gracia. La luz llegó también a su vida y se dejó iluminar. ¡Cómo tendríamos que aprender! Buscaba conocer a Jesús, aunque sólo fuera desde la distancia – quizá no se consideraba digno – pero eso bastó para que Jesús quisiera ir a su casa. ¡Cuánta sería la sorpresa pero también la alegría de poder recibir a Jesús! ‘Bajó enseguida y lo recibió contento en su casa’, dice el evangelio. Y ya vemos cómo se transformó su vida. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa’, diría Jesús tras las resoluciones de nueva vida que hacía Zaqueo compartiendo todo lo suyo con los pobres y restituyendo a quienes había defraudado.
Ahí está Cristo, el Hijo del hombre, que viene a buscar y a salvar. Aquí está Cristo que también nos mira directamente como hiciera con Zaqueo y se auto-invita para venir a nuestra casa, a nuestra vida. Espera nuestra hospitalidad, la apertura de nuestro corazón. Quizá no nos sentimos dignos porque también nos consideramos pecadores pero aún así El quiere venir hasta nosotros, porque nos busca, porque nos ofrece su salvación, porque quiere regalarnos su gracia y su vida. ¿Nos costará bajarnos de la higuera? ¿Nos costará arrancarnos de nuestras cosas, de nuestras rutinas, de nuestras malas costumbres? Aprendamos de Zaqueo. Espera Jesús sólo que demos el paso delante de querer conocerle, de querer estar con El, para El inundarnos con su amor.
En la Palabra del Señor que cada día escuchamos El nos está llamando e invitando continuamente. Desde ayer hemos comenzado a escuchar el Apocalipsis. Una profecía de esperanza en nuestras luchas y en nuestros deseos de caminar en fidelidad al Señor. Pero es una Palabra viva que llega también a nuestra vida planteándonos seriamente ese camino de fidelidad.
En lo que hoy hemos escuchado habla claramente a las Iglesias de Sardes y Laodicea. ‘Conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir…’ E invita a la Iglesia de Sardes a guardar la Palabra que había recibido, pero manteniéndose en vela ‘porque si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a que hora vendré sobre ti’.
Nos recuerda esto lo que hemos escuchado en estos días de lo que Jesús nos ha dicho en el evangelio, de la vigilancia, de la atención que hemos de poner ante su venida.
En la Iglesia de Laodicea denuncia la tibieza de su espíritu. Ni frío ni caliente. Así andamos a veces. Así tenemos el peligro de entrar en rutinas. Tenemos que despertar, avivar el fuego del Espíritu en nuestro corazón. Y mira lo que nos dice el Señor: ‘A los que yo amo los reprendo y los corrijo. Sé ferviente y conviértete’. No rechacemos la corrección del Señor. Es prueba del amor que nos tiene.
‘A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí’. Que merezcamos esa dicha.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Pasa el Señor Jesús

Apoc. 1, 1-4; 2, 1-5;
Sal. 1;
Lc. 18, 35-43

‘Pasa Jesús Nazareno’, fue la respuesta que le dieron al ciego que, sentado al borde del camino pidiendo limosna, pregunta que era aquello por el revuelo de la gente que pasaba acompañando a Jesús.
Pasa Jesús Nazareno’, y aquel ciego no puede perder la ocasión. Hasta ahora pedía limosna. La situación de la gente que no veía era extremadamente grave de manera que se veían sumidos en la pobreza más extrema al no poder trabajar por la falta de visión. Por eso tenían que ponerse en lugares estratégicos para pedir limosna a la gente que pasaba.
Pero lo que pide ahora aquel buen hombre no son unas monedas. ‘¡Jesús, hijo David, ten compasión de mí!’ repetía gritando cada vez más fuerte de manera que incluso lo quieren hacer callar. Pero Jesús quiere que se lo traigan. ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que vea otra vez… recobra la vista, tu fe ha curado…’
‘Pasa Jesús Nazareno’,
pasa el Señor por nuestra vida tantas veces y de tantas maneras. ¿Estaremos atentos a ese paso del Señor? Viene el Señor pero nosotros hemos de querer recibirle. Viene el Señor pero no podemos estar distraídos en otras cosas de manera que no nos demos cuenta de que pasa a nuestro lado. Viene el Señor y tenemos que saber aprovechar su gracia. Viene el Señor a nosotros y ¿qué le vamos a pedir? Triste sería que pase el Señor con su gracia por nuestro lado y nosotros no la sepamos aprovechar.
‘Pasa Jesús Nazareno’, y aquel hombre que al principio no sabía quien pasaba se interesó, preguntó a los que le rodeaban. Hemos de saber buscar, preguntar, encontrar a quien nos ayude, quien nos guíe hasta el encuentro con el Señor. Y nosotros dejarnos guiar.
De la misma manera que nosotros hemos de hacer lo mismo con los demás; guiarlos también para que vayan hasta Jesús. ¡Qué hermosa tarea! ¡Cuánto de bueno podemos hacer! Porque Jesús querrá valerse de nosotros para que otros vayan hasta él. En este caso Jesús quiso valerse de la gente que lo acompañaba para que condujeran al ciego hasta El. Quiere el Señor valerse de nosotros. tantos habrá a la vera del camino, ahí a nuestro lado, que quizá nos necesiten para que les ayudemos a ir hasta Jesús.
‘Tu fe te ha curado’, le dijo Jesús. La fe que le había hecho gritar cuando se enteró que pasaba Jesús. La fe de su súplica perseverante, constante, insistente. No le arredraron los obstáculos. La gente quería que se callara. ‘Los que iban delante le regañaban para que se callara’. Nos quieren hacer callar a veces para que no gritemos nuestra fe; les puede molestar porque nuestro testimonio puede convertirse en un interrogante en su vida. Pero el grito de nuestro testimonio, el grito de nuestra fe no tiene que haber nadie que lo haga acallar, porque nos sentimos muy seguros de la fe que tenemos, de nuestro seguimiento de Jesús.
‘Lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver eso, alababa a Dios’. Primero, glorificamos a Dios porque cuanto de El recibimos. Tenemos que dar gracias, alabar y bendecir al Señor por cuántas maravillas El hace en nuestra vida continuamente. Pero es que la gloria que cantamos a Dios puede y tiene que mover a otros para que también ellos alaben al Señor. ¿Movemos en verdad a los otros a alabar al Señor? Es que no podemos encerrar en nosotros como en un secreto las maravillas que el Señor realiza en nuestra vida. A través de ello, tienen que conocer y alabar también al Señor.