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sábado, 17 de octubre de 2009

Una ofrenda de fe para ser convertidos en pan de Cristo

Rom. 4, 13.16-18
Sal.104
Lc. 12, 8-12


‘Abrahán creyó a Dios y le fue computado como justicia’. La carta a los Romanos que estamos leyendo estos días nos hace reflexionar sobre la fe y Pablo de manera especial se fija en la fe de Abrahán como modelo de nuestra fe.
‘Abrahán creyó a Dios…’ Dios le llama y Abrahán se pone en camino; Dios le llama y deja atrás tierra y parentela para ir a donde Dios le llevara. Se fía de dios, confía totalmente en el Señor. Su respuesta siempre es la fe.
Dios le promete descendencia numerosa, y Abrahán creyó. ‘Cuenta si puedes las estrellas del cielo… pues tu descendencia será más numerosa que las estrellas del cielo y que las arenas del mar’. Y Abrahán creyó, era viejo, no tenía hijos, pero siguió confiando en la promesa de Dios. ‘Te hago padre de muchos pueblos’.
Dios le da un hijo en la vejez y tiene la esperanza de que de él saldría esa descendencia numerosa, pero Dios le pide en sacrificio a su hijo. Y Abrahán está dispuesto al sacrificio y sigue creyendo en Dos. ‘Apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: Así será tu descendencia’. Confía en el regalo de Dios, porque todo es benevolencia del Señor. ‘Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia…’
Un ejemplo para nosotros. ¿Será así nuestra fe en el Señor? ¿Seguimos creyendo en El y en El esperando, cuando nos parece que se ha perdido toda esperanza? ¿Seguimos con nuestra fe en Dios, aunque nos parezca que Dios no nos escucha, o no hace lo que le pedimos y como nosotros se lo pedimos? ¿Sigue firme nuestra fe en el Señor a pesar de las dificultades, nuestros achaques o debilidades, las enfermedades o el sufrimiento que aparecen en nuestra vida, a pesar de la muerte que nos acecha?
Ojalá sea así firme nuestra fe y de ella demos testimonio en todo momento. Tenemos que ser testigos de la fe que profesamos con nuestra vida, con nuestras actitudes, con nuestra paciencia, con nuestra esperanza. ‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del Hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios’, nos decía Jesús hoy en el evangelio. Vendrán las tentaciones o las persecuciones, pero no hemos de temer. ‘El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’.
Celebramos hoy a san Ignacio de Antioquia, el testigo de una fe que le lleva al martirio en Roma. Es hermoso lo que nos dice en sus cartas. Cuando escribe a la Iglesia de Roma a donde va a llegar prisionero por el Señor, les dice cómo está deseando ser triturado por las fieras. No quiere que hagan nada por librarlo del tormento y del martirio. Es más el mismo dice que azuzará a la fieras para que le devoren. El quiere ser trigo de Dios triturado por los dientes de las fieras para ser pan blanco de Dios. Así quiere él hacer la ofrenda de su vida al Señor.
¿Querremos nosotros ser ese trigo de Cristo triturado para hacer ese pan de la ofrenda a Dios con nuestra vida? No seremos triturados por los dientes de las fieras, pero quizá los problemas o las dificultades, los sufrimientos o los achaques de nuestra vida, las incomprensiones o las críticas que suframos de los demás sea lo que nos triture para ser ese pan blanco de Cristo. Es la ofrenda que hemos de saber hacer en todo momento al Señor. Y si todas esas cosas que nos suceden, buenas o malas, las miramos con espíritu de fe, pueden ser ese modo en el que seamos triturados para Dios, en el que hagamos esa ofrenda de nuestra fe, de nuestra obediencia al Señor.

viernes, 16 de octubre de 2009

Una levadura para el mal

Rom. 4, 1-8
Sal. 31
Lc. 12, 1-7


‘Cuidado con la levadura de los fariseos…’ les dice Jesús a los discípulos. ¿Qué querrá decir? Ya sabemos la función de la levadura; un pequeño puñado de levadura se mezcla con toda la masa y la hace fermentar. Para la cantidad grande que es la masa, el puñado de levadura apenas se nota, es insignificante; sin embargo mira cómo la transforma.
Pues Jesús advierte a los discípulos de la levadura de los fariseos, y especifica de forma concreta, de la hipocresía, de la falsedad, de la mentira, de la doblez de corazón. Es como contagiosa. Cómo apenas sin darnos cuenta se nos infiltra en nuestro corazón y cambiamos
Jesús habló entonces de la levadura de los fariseos y hoy nos hablaría de la levadura del mundo en el que vivimos. Somos nosotros los que tenemos que transformar el mundo con la semilla del Reino de Dios, pero cómo se infiltra en nuestra vida el espíritu del mundo. Casi sin darnos cuenta comenzamos a pensar a la manera del mundo. ‘Tú piensas como los hombres, no como Dios le decía Jesús a Pedro’. Y nos pasa a nosotros.
Sutilmente se nos va metiendo en nuestra vida. Es que todo el mundo lo hace, todo el mundo piensa así, nos dicen. Es que las cosas han cambiado, nos dicen otros. Y se nos introduce el materialismo en la vida; y sentimos apegos desorbitados por una sensualidad que nos está invitando a gozar y disfrutar y a pasarlo bien de la forma que sea. Y nos dicen que todas las religiones son buenas, y nosotros nos lo creemos y renunciamos a la verdad del Evangelio y su salvación. Y así no sé cuantas cosas.
Vendrá la frialdad, seguirá la indiferencia, todo nos parece igual, ya no nos merece la pena esforzarnos tanto, desatendemos la vigilancia necesaria en la vida y vamos cayendo como por una pendiente sin darnos cuenta, donde al final casi abandonamos todo.
Hace unos días reflexionábamos en lo que Salomón le pidió al Señor. Sabiduría. Saber gobernar recta y sabiamente a su pueblo, y saber discernir el mal del bien. Necesitamos de esa sabiduría. Porque nos mezclan las cosas de tal manera y de tal manera nos las presentan que todo nos parece igual de bueno, y las cosas no tienen importancia, y al final nos vemos enredados en las redes de la tentación y el pecado.
A continuación Jesús les decía ‘no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a los que tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar en el fuego…’ Quien nos puede matar la vida divina en nosotros, quien nos hace perder la gracia y rodar por las honduras del pecado, quien nos puede engañar para llevar por el mal camino, quien nos puede llevar a la condenación eterna, a esos son a los que hay que temer. Es la vigilancia necesaria de la que hablábamos, es el cuidado de la mala levadura que nos transformará para mal.
Pero al mismo tiempo Jesús nos dice que no hay que temer. Nos puede parecer contradictorio pero no lo es. No tememos porque tenemos a un Dios que nos ama y que nos cuida. A un Dios que está a nuestro lado y nos ilumina y fortalece con su gracia. A un Dios que nos conoce profundamente, pero cuida del más pequeño detalle de nuestra vida. Porque no nos tiene que mover el temor sino el amor. Y sintiendo lo que es el amor que Dios nos tiene hemos de estar seguros. Pero hemos de saber aprovechar esa gracia; no dejar que caiga en saco roto.
Es el camino por el que nos quiere llevar Jesús. Es el camino que nos conduce a la santidad. Es el camino hermoso del amor de Dios, que tiene que ser también nuestro amor.

jueves, 15 de octubre de 2009

En Teresa de Jesús se muestra a la iglesia el camino de la perfección


Ecle. 15, 1-6
Sal. 88
Mt. 11, 25-30



‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Esta es la antífona que nos propone la liturgia para comenzar la celebración de la Eucaristía de este día. Sedientos de Dios, buscando al Señor, queriendo contemplar su rostro, como se manifiesta en tantos salmos. Como decía san Agustín ‘nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti. Ansiamos conocer a Dios. Es el deseo profundo de nuestro corazón, porque todos deseamos plenitud. Queremos llenarnos de lo más bello, buscamos lo que es el sumo bien. Buscamos a Dios.
Hoy celebramos a Santa Teresa de Jesús. Ansiosa de Dios, hambrienta de Dios. A los veinte años entra en el Carmelo en el monasterio de la Encarnación en Ávila. Era una monja como tantas, cumpliendo la regla, viviendo su consagración al Señor en lo que era la vida del convento entonces. Luego sabremos de su alma insatisfecha que le llevará a la reforma del Carmelo. Serán años también de pruebas, de sequedades interiores, de silencio de Dios muchas veces, de noches oscuras, como diría luego su gran amigo y compañero de reforma san Juan de la Cruz. Dios estaba purificando su corazón y preparando para cosas grandes. Llegaría a alturas místicas inauditas. Un día se volcaría totalmente en Dios.
A los veinte años de su entrada en el Carmelo, a partir de lo que ella llama su conversión, inicia la reforma del Carmelo saliendo de la Encarnación y fundando san José, también en Ávila. No le fue fácil pero fue el inicio de un camino largo que le llevaría por los anchos caminos de Castilla, incluso llegando a Andalucía, fundando nuevos conventos de la reforma. No hacemos reseña completa aquí de su vida y de su obra que encontraremos en otros lugares y momentos. Quede simplemente constancia de la altura y profundidad de su santidad.
La liturgia de la Iglesia en este día nos dice que el Señor suscitó por inspiración del Espíritu a Santa Teresa ‘para mostrar a la Iglesia el camino de la perfección’, y le pedíamos en la oración que encendiera en nosotros ‘deseos de verdadera santidad’, a su ejemplo y con su enseñanza. Es lo que contemplamos en los santos, en lo que son modelo y estímulo para nosotros y en lo que ellos de manera especial interceden por nosotros.
Como Teresa hemos de aprender nosotros a vaciarnos de nosotros mismos. Aquel camino de pruebas y purificación fue un aprender ella a vaciarse de sí misma para poder llenarse de Dios. Y qué bien supo hacerlo. De todos es conocido la profundidad de su contemplación y la altura mística en que vivía. Porque es que Dios se revela a los pequeños y a los sencillos. Así tenemos que hacerlo. Nos lo recuerda una vez más el evangelio de hoy. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y tierra, porque no has revelado esto a los sabios y entendidos sino a los pequeños y sencillos’.
Lo hemos reflexionado muchas veces pero tenemos que seguir haciéndolo para que así se transforme nuestro corazón, para que así nos despojemos de nuestro yo, nuestros orgullos, nuestras vanidades, nuestros ‘saberes’ para disponer nuestro corazón sólo para Dios. A los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Hagámonos pobres vaciándonos de nosotros mismos para que así llegue esa Buena Noticia a nuestro corazón, para que así nos sintamos impulsados por esos caminos de santidad.
Todos tenemos que ser santos, allí donde estamos, donde está nuestro lugar. La contemplación de santa Teresa nos podría hacer pensar que sólo en la soledad de un monasterio es donde podemos alcanzar ese grado de perfección y santidad. Esa es una vocación concreta. Cada uno tiene que descubrir su vocación, los planes de Dios para su vida, el lugar que ha de ocupar en la vida. Ahí respondiendo generosamente al Señor es donde tenemos que vivir nuestra santidad, donde tenemos que dar gloria a Dios.

miércoles, 14 de octubre de 2009

No abusemos de la misericordia de Dios

Rom. 2, 1-11
Sal. 61
Lc. 11, 42-46


‘¿Es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que esa bondad es para empujarte a la conversión?... A los que han perseverado en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará la vida eterna… Gloria, honor y paz a todo el que obre el bien… Dios no es parcial con nadie…’
la gran revelación que nos hace Jesucristo es el amor y la misericordia de Dios que es Padre. El Dios bueno y justo que nos ofrece su misericordia y su perdón, que se nos manifiesta de modo extraordinario en Jesús, en su pasión, muerte y resurrección.
Pero a esa oferta de amor y perdón tenemos que corresponder con nuestra conversión y nuestra nueva vida de amor. Al amor respondemos con amor. El amor tiene que provocar el amor como respuesta. Dios nos ofrece su amor, pero podríamos decir que le tenemos las manos atadas, porque siempre respeta nuestra libertad de respuesta. No nos dará, no nos impondrá lo que nosotros no queramos, porque para que se haga efectivo ese amor gratuito de Dios en nosotros, es necesaria nuestra respuesta.
El nos regala su gracia pero nosotros podemos hacerla o no. El, podemos decir, nos perseguirá con su gracia, pero nosotros hemos de abrirle las puertas de nuestro corazón. Y nuestra respuesta, la apertura de esa puerta pasa por nuestra conversión, por ese querer nosotros cambiar nuestra vida, reconociendo todo el amor que El nos tiene, para vivir en su vida de amor.
El nos acompaña, nos hace fácil ese camino de vuelta a El, porque para eso nos da su gracia que nos fortalece y ayuda. Es el Padre que nos espera con los brazos abiertos y que nos llama, y va poniendo muchas señales en el camino de nuestra vida para que le reconozcamos y vayamos a El. ‘Que te gracia nos preceda y acompañe para que estemos dispuestos a hacer siempre el bien’, pedíamos en la oración litúrgica del pasado domingo y que hemos repetido en los días de feria de esta semana. Para estar dispuestos para el bien, que nos acompañe, los fortalezca, nos ayude la gracia del Señor.
No nos vale decir, como el Señor es bueno y misericordioso, El tendrá paciencia conmigo, y yo ya cambiaré más adelante, seré más bueno pero tengo tiempo aún, ya me apartaré de ese camino de pecado. Eso es abusar de la misericordia de Dios, jugar con su amor y su gracia. Lo hacemos, desgraciadamente, tantas veces.
Como nos dice san Pablo: ‘con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios pagando a cada uno según sus obras… a los porfiados que se rebelaron contra la verdad y se rinden a la injusticia, les dará un castigo implacable…’
Esta Palabra de Dios que estamos escuchando y reflexionando no es para llenarnos de miedo ante el Señor y perder la esperanza de la salvación. Hemos de mantener en nuestro corazón el santo temor del Señor, que es uno de los dones del Espíritu también, que nos haga considerar y respetar su grande y su amor. Hemos de escucharla como una invitación a la conversión, al cambio de nuestro corazón, a la vuelta al amor de Dios, para llenarnos de él, para vivirle intensamente.

martes, 13 de octubre de 2009

Evangelio de Dios, revelación de la justicia salvadora de Dios

Rm. 1, 16-25
Sal.18
Lc. 11, 37-45


‘Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios’ . Así comienza la carta de san Pablo a los Romanos que hubiéramos leído ayer – al celebrar el día del Pilar tuvimos otras lecturas -, y que continuaremos escuchando durante dos semanas. Hoy nos dice: ‘Yo no me avergüenzo del Evangelio: es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree… en él se revela la justicia salvadora de Dios, para los que creen…’
Pablo habla en esta carta a los cristianos de la comunidad de Roma, muchos de ellos provenientes del mundo pagano donde reinaba la idolatría. Quiere anunciar el Evangelio de Jesús, Buena Nueva de Salvación, ‘fuerza salvadora de Dios’, revelación de ‘la justicia salvadora de Dios’. En el Evangelio tenemos la plena revelación de un Dios al que también podemos acceder desde la contemplación de todo lo creado por Dios. ‘Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras’, les dice. ‘El cielo proclama la gloria de Dios’, decíamos en el salmo. Toda la creación nos está hablando de Dios, nos está revelando el Dios Creador. Es el primer libro abierto delante de nuestros ojos para conocer a Dios.
Sin embargo por ese razonar, pudiendo hacerlo, no llegaron al conocimiento de Dios sino que su vida se lleno de idolatría y de tinieblas. ‘Cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles… cambiaron al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador… no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía’.
Pablo quiere anunciarles el Evangelio de Jesús donde está verdaderamente la salvación. Porque la tentación sigue acechando cuando viven en medio de un mundo pagano. Es fácil dejarse influir y bien lo sabemos nosotros por los que nos sucede en nuestro tiempo. Nos está dando la motivación de su carta desde el principio y les anunciará su próximo viaje a Roma.
Es el mensaje que también nosotros hemos de recibir. Decimos que vivimos en un mundo y en una sociedad cristiana, pero bien nos damos cuenta cómo tantos a nuestro alrededor abandonan la fe en la que fueron bautizados. Pero vivimos en una sociedad múltiple donde ya no todos se dejan guiar por los principios cristianos e incluso aun conservando una cierta fe, muchas veces se alejan en su concepción de la fe y de Dios mucho del Dios del Evangelio. Recibimos influencias de todo tipo y bien conocemos gente que se deja seducir por espiritualidades (así las llaman) venidas de lugares lejanos bastante ajenas al espíritu del Evangelio.
‘Conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía’, decía san Pablo en su carta. Conociendo a Dios, porque en la fe cristiana hemos sido educados, muchos la dejan de lado, abandonan su pertenencia a la Iglesia, y hacen muchas veces una mezcolanza de ideas y conceptos digamos religiosos en cierto modo incomprensibles.
¡Qué importante que nos mantengamos firmes en nuestra fe! Claro para ello es necesario que nos dejemos formar para ahondar en el conocimiento de esa fe. Quizá nos dejamos enseñar por cualquiera que venga de acá o de allá, pero no acudimos a la llamada que nos hace nuestra Iglesia para que adquiramos una verdadera formación cristiana. Pensamos muchas veces que por nos prepararon para hacer la primera comunión ya está todo hecho. Cuando en nuestras parroquias se nos llama a una catequesis para jóvenes o para adultos, pensamos que eso no es para nosotros, porque a mí que me van a enseñar, y nunca tenemos tiempo para ello. Así nuestra fe es débil y poco comprometida, y como veletas somos zarandeados por los vientos de las novedades que vengan de acá o de allá y pronto abandonamos nuestra fe cristiana y quizá al final podemos abandonarlo todo.
Preocupémonos de formarnos en nuestra fe.

lunes, 12 de octubre de 2009

María, pilar y columna que nos ayuda a fortalecer nuestra fe


1Cron. 19, 3-4.15-16; 16, 1-2
Sal. 26
Lc. 11, 27-28



La festividad de la Virgen del Pilar que hoy estamos celebrando nos recuerda la tradición secular de la presencia de María junto al Apóstol Santiago a la hora de la primera evangelización de nuestras tierras hispanas.
La columna, el Pilar de Zaragoza da testimonio de esa tradición inmemorial y tiene que seguir siendo columna importante en la tarea de la nueva evangelización que sigue necesitando nuestra tierra. Nueva porque siempre hemos de sentir la novedad del evangelio, Buena Nueva, y nueva porque necesitamos reavivar nuestra fe cristiana muchas veces y en muchos tan debilitada. Es lo que continuamente hemos venido escuchando en la voz del Papa, ya con Juan Pablo II y ahora de nuevo repetidamente con Benedicto XVI. Y María es importante en esa tarea para nuestro pueblo, porque así quiso también Jesús asociarla en su obra redentora.
Lo cierto es que María ha estado siempre presente en la historia del cristianismo en España, en la historia de la Iglesia Española. No sólo es el Pilar de Zaragoza, sino, cual otros pilares que nos han ayudado a mantener la fe cristiana en nuestra tierra, tantas y tantas Iglesias dedicadas a María en cualquiera de los rincones de nuestra tierra con tan múltiples advocaciones que no son otra cosa que piropos a María tal como cada lugar la ha contemplado y la ha amado.
Hoy recordamos de manera especial esta hermosa advocación del Pilar, porque en la firmeza de aquel pilar asentado a las orillas del Ebro sentimos como nuestra fe se fortalece, se afianza nuestra esperanza y crece más y más nuestro amor.
Es lo que hoy hemos pedido con fervor en la oración de esta liturgia y es lo que María nos ayuda con su intercesión poderosa de Madre, pero es en lo que en ella nos vemos estimulados porque ella es la primer testigo de esa fe. La mujer que se fió de Dios y lo supo escuchar en lo hondo de su corazón, y de lo que es el más hermoso modelo y ejemplo que tenemos que copiar en el camino de nuestra vida cristiana.
María camina delante de nosotros en ese camino de la fe y del amor. Es el faro que nos lleva a buen puerto en medio de los mares tenebroso de la vida que tenemos que cruzar. Si nos dejamos guiar por ese faro de luz, que es María, no erraremos la travesía, el camino. Ella es como aquella columna de nube que guiaba en el desierto al pueblo de Dios peregrino, luminosa en la oscuridad de la noche, pero produciendo la brisa refrescante de su sombra en el bochorno del camino del desierto durante el día.
¡Cómo no va a ser esa brisa refrescante como lo es siempre una madre para su hijo! En los momentos más difíciles allí está la madre que acompaña; en medio de los problemas que nos agobian, allí está la madre siempre presente a nuestro lado; en los momentos de incertidumbres, allí está la madre con su sonrisa, su palabra alentadora con su sabio consejo que nos conforta y anima; en los momentos felices y de dicha, allí está la madre que con nosotros siempre se alegra y se siente feliz al vernos a nosotros contentos y dichosos. Así María siempre a nuestro lado.
Hoy la contemplamos y la celebramos. Hoy pedimos, en este día nacional de nuestra patria, por España y todos sus habitantes; por la fe de nuestro pueblo, para que no se debilite, para que nos sintamos fuertes y no perdamos la esperanza en estos tiempos difíciles de crisis en muchos sentidos; para que esa proverbial hospitalidad de nuestra tierra no se vea menguada por ningún atisbo de insolidaridad ni de racismo; para que nuestra generosidad no tenga límites y siempre seamos capaces de descubrir y ayudar a tantos pueblos y personas que aún lo están pasando peor que nosotros.
Lo que decíamos: fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor; y que nunca perdamos la trascendencia de nuestra vida para que un día lleguemos a gozar, junto con María, de la plena visión de Dios por toda la eternidad.

domingo, 11 de octubre de 2009

¿Cuáles son nuestras aspiraciones, la verdadera sabiduría de nuestra vida?

Sab. 7, 7-11;
Sal. 89;
Heb. 4, 12-13;
Mc. 10, 17-30


Se cantaba hace unos años una canción que en cierto modo reflejaba lo que eran las aspiraciones normales de la gente ¿la recordáis?, ‘tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor…’ Era algo así lo que decía. Muchas veces escuchamos a la gente decir ‘si yo tengo salud, lo tengo todo…’, pero detrás de esto quizá, unos lo confiesan y otro no, también está lo de aquella película ‘si yo fuera rico…’ porque en el fondo también apetecemos el dinero, la riqueza, la suerte y cosas así.
Con esto que estoy diciendo de alguna forma estoy planteando cuáles son en verdad las aspiraciones que tenemos en la vida. Que no digo que para todos sea eso que hemos dicho de la salud, el dinero o la suerte, pero sí es bueno que con sinceridad, poniendo la mano en el corazón, nos los planteemos. Porque aunque seamos buenos y tengamos buenos ideales o metas en la vida, algunas veces se nos entremezclan otras muchas cosas. Eso es lo que vemos hoy también en la Palabra de Dios.
Efectivamente la Palabra que escuchamos este domingo nos plantea esos interrogantes por dentro y quiere iluminar nuestra vida, como siempre quiere hacerlo la Palabra de Dios. Decir de entrada, con lo que nos ha dicho la Carta a los Hebreos que ‘la Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo… y juzga las intenciones del corazón’. Bueno es que recordemos esto porque algunas veces queremos escuchar una Palabra desangelada y nos molesta cuando toca la fibra más íntima de nosotros mismos en aquello que quizá más nos duele. ¡Que no se meta en esas cosas!, protestamos algunas veces.
Al preguntarnos por nuestras aspiraciones y deseos nos estamos preguntado por la sabiduría de nuestra vida. Sí, la sabiduría no es simplemente las muchas o pocas cosas que hayamos aprendido o sepamos, sino que es algo más hondo que viene a definir el sentido que le hayamos dado a nuestra vida. Por eso nos hemos de preguntar ¿cuál es nuestra sabiduría? ¿qué sabiduría le pediríamos a Dios?
Es proverbial la sabiduría de Salomón en el Antiguo Testamento y hasta Jesús nos dice en el evangelio que la reina del Sur, de Saba, vino a conocer la sabiduría de Salomón, cuya fama había traspasado todas las fronteras del mundo antiguo. Fue lo que le pidió a Dios cuando el Señor le dice que le pida lo que quiera. ‘Da a tu siervo, le responderá Salomón, un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien…’ Lo que fue del agrado de Dios.
Hoy la primera lectura – y es un anticipo que nos prepara para escuchar el evangelio – nos ha hablado de la Sabiduría, ‘del espíritu de Sabiduría, preferida a cetros y tronos y en su comparación tiene en nada la riqueza… todo el oro a su lado es un poco de arena y junto a ella la plata vale lo que el barro… la quise más que la salud y la belleza…’ termina diciéndonos.
Ahí vamos teniendo respuesta a lo que nos planteábamos desde el principio, aunque fuera recordando viejas canciones. Y todo esto nos prepara para el evangelio. Ahí encontramos lo profundo del mensaje. Un mensaje que nos presenta a un hombre inquieto, que es bueno, que se hace preguntas importantes en su interior, que no estaba satisfecho con el mero cumplimiento y aspiraba a algo más, aunque luego sus apegos le impidan dar el paso adelante.
Iban de camino – una vez más se nos presenta esta imagen significativa de ir de camino siguiendo a Jesús - cuando alguien se presenta y pregunta: ‘Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?’ La petición o pregunta es importante. No busca satisfacciones para el momento, pregunta por la vida eterna. Hay que subrayar como algo muy positivo el llegar a hacerse esa pregunta. No todos se la hacen porque vivimos demasiados apegados al presente. Y es que además, a la respuesta de Jesús – ‘ya sabes los mandamientos…’ – él responde que los ha cumplido desde pequeño. Es bueno, pero no se contenta con lo bueno que ya hace. Para él no es sólo cumplir. Aspira a más. ‘Jesús le mira con cariño’, se emociona, nos dice el evangelista.
Viene lo difícil, la meta alta que Jesús propone. Más tarde nos dirá que ‘para los hombres es imposible, pero no para Dios’. Luego, contando con Dios, dejándonos conducir por El, con la fuerza de su Espíritu no es algo irrealizable. Más nos dirá Jesús cuando nos señala que para quien lo ha dejado todo ‘en la edad futura tiene asegurada la vida eterna’.
‘Una cosa te falta,
le dice Jesús, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’. Desprenderse de todo, de estos tesoros materiales, para tener un tesoro en el cielo. Desprenderse de todo para compartir con los pobres, para seguir, liberados de todo apego, a Jesús.
‘A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico’. Quien venía con ilusión de algo grande, no fue capaz de dar el paso que le pedía Jesús. Sus riquezas, sus posesiones, sus cosas estaban muy apegadas a su corazón. ‘¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!’ Pero los ricos no son sólo los que tienen muchos bienes o riquezas, sino los que tienen muchos apegos de los que no saben desprenderse.
¿Eres pobre o eres rico? Quizá te consideres pobre porque no tienes grandes riquezas ni bienes, pero analiza bien cuántos apegos tienes en tu corazón. Cuántas cosas de las que no te quieres desprender. Cuántas cosas sin las cuales no te puedes pasar porque, dices, serías un infeliz. Cuántos sueños y cuántos castillos en el aire construidos en tu mente y tu pensamiento que no te llevan a nada. Cuántas cosas que te quitan el sueño sin ser realmente importantes. Cuántas rutinas que no te dejan levantar el vuelo. Cuántas cosas que te atan a una vida monótona y te impiden plantearte qué más puedes hacer. Cuánto quedarte sólo en el cumplimiento y en el vacío interior… Mucho más podríamos decir.
Despréndete, despójate de cosas innecesarias; interrógate por dentro y no temas dar el paso a más. Seguir a Jesús no es quedarnos en una vida ramplona y rutinaria. Encuentra en Jesús la verdadera sabiduría que dé auténtico sentido y valor a tu vida.

sábado, 10 de octubre de 2009

Me sentaré a juzgar a las naciones

Joel, 3, 12-21
Sal. 96
Lc. 11, 27-28


Algunas veces resultan enigmáticas las palabras de los profetas. Por eso conviene detenernos un poquito a reflexionarlas y ver lo que el Señor quiere decirnos, porque suelen encerrar mensajes muy hermosos con sus expresiones tan llenos de imágenes bien significativas.
Las palabras que hemos escuchado hoy al profeta Joel hacen resonar en nosotros palabras semejantes que escuchamos a Jesús para hablarnos de los últimos tiempos y de la segunda venida del Hijo del Hombre con gran poder y majestad. Es un lenguaje semejante al usado por los profetas y que también encontraremos en el Apocalipsis. ‘Se oscurecerá el sol y la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo…’
Hoy hemos escuchado al profeta que decía de parte del Señor. ‘Vengan las naciones al valle de Josafat, allí me sentaré a juzgar a las naciones’. Es el día del juicio del Señor. No tiene por qué ser un juicio para el temor para los que han querido ser fieles. ‘Yo soy el Señor que habito en mi monte santo…’ nos dice.
La descripción que hace a continuación es más que nada una descripción de tiempo de dicha y felicidad para los escogidos del Señor, para su pueblo elegido y santo. ‘Aquel día los montes manarán vino, los collados se desharán en leche, las acequias de Judá irán llenas de agua…’ habla de tiempos de abundantes cosechas –‘los montes manarán vino’ -, de ganados ricos y abundantes que servirán para el sustento – ‘los collados se desharán en leche’ -, de fecundidad de la tierra en las aguas abundantes. Es una imagen de un nuevo paraíso, del cielo nuevo y la tierra nueva de la hablará el Apocalipsis.
Para los malvados, en cambio, será el castigo, y hablará de desiertos en Egipto, de áridas estepas para Edón, como imágenes del castigo a la infidelidad y la maldad. Pero ‘el Señor habitará en Sión’, el Señor que es justo y que es misericordioso. ‘Alégrense justos con el Señor… celebrad su santo nombre’, como recitábamos en el salmo.
Esta palabra del profeta es una palabra de esperanza, de estímulo y de aliento para que seamos fieles al Señor. Es la respuesta que tenemos que dar.
El evangelio que hemos escuchado también nos anima a ello. Mientras Jesús enseña una mujer anónima en medio de la multitud prorrumpe en alabanzas para la madre de Jesús. ¡Bendita madre que tiene tal hijo… ‘dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!’ Pero la respuesta de Jesús nos querrá decir que sí, que bendita su madre porque escuchó y plantó en su corazón la Palabra de Dios. Pero que benditos seremos nosotros también si de la misma manera escuchamos y plantamos esa Palabra de Dios en nuestra vida para que dé fruto. Serán frutos de vida eterna, frutos de dicha gozando de la presencia del Señor para toda la vida.

viernes, 9 de octubre de 2009

La opción de nuestra fe nos exige firmeza y vigilancia

Joel, 1, 13-15: 2, 1-2
Sal. 9
Lc. 11, 15-26


Hay quienes se resisten a creer. Aunque lo tengan todo claro, todas las cosas le motiven a creer, sin embargo se resisten, ponen pegas, dan largas, siguen pidiendo pruebas.
Y es que creer es algo más que saberse algo de memoria o decir unas palabras en unos momentos determinados. Creer implica la vida, porque significa hacer una opción, tener que decidirse por algo, o mejor, por alguien, tomar unas posturas. Quien opta por la fe, su vida ya no puede ser igual, necesitará cambios en muchas cosas, una nueva forma de vivir. Porque la fe implica a toda la persona.
Hay quienes se resisten a dar ese paso, dando largas continuamente y parapetándose detrás de muchas cosas que pueden sonar como a disculpas. Desde quienes nos pueden decir que todo eso son pamplinas, lo ven como un engaño, o intenciones o motivaciones torcidas ocultas en quien nos ofrece la fe, o quienes están pidiendo siempre pruebas y nunca terminan de convencerse.
Es lo que nos refleja el evangelio de hoy que pasaba con Jesús. Había hecho un milagro delante de la vista de todos y aún no terminaban de creer en él. ‘Habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: Si echa los demonios es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios. Otros para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo’.
No es la primera vez que piden signos. Los tienen ante los ojos y aún quieren más pruebas. Le preguntan con qué autoridad expulsó a los vendedores del templo y en muchas ocasiones vienen a pedirle un signo para creer en El, a pesar de que allí estaban los milagros que hacía curando enfermos, dando la vista a los ciegos, haciendo caminar a los paralíticos, limpiando a los leprosos o resucitando a los muertos.
Por otra parte bien contradictorio es que digan que echa los demonios por arte del príncipe de los demonios. ‘Leyendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa… Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo podrá mantener su reino?... si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’. Pero no quieren entender.
Pero Jesús nos está pidiendo que pongamos toda nuestra fe en El. Nos pide que le sigamos. Nuestra opción y decisión tiene que ser firme. ‘El que no está conmigo, está contra mí. El que no recoge conmigo, desparrama’. No podemos nadar a dos aguas. El seguimiento de Jesús tiene que ser total. No podemos andar a medias. Por eso es necesario nuestra unión con El, el conocerle profundamente y el llenarnos de su vida.
Pero también hemos de estar vigilantes. El enemigo acecha, el tentador está a las puertas. ‘Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y se reparte el botín’. El mal se presenta de muchas maneras, algunas veces de forma sutil, para arrastrarnos con sus redes.
Y la vigilancia no puede decaer, porque nos creamos seguros y que ha hemos superado muchas cosas. Pensemos, por ejemplo, en la persona que ha superado un vicio, ha dejado de fumar tras no fuerte esfuerzo y largo proceso, o el alcohólico o drogadicto que piensa que ha no va a volver a caer en las redes del vicio porque ha seguido un programa terapéutico adecuado. Cuántas veces vemos que tras cierto tiempo el fumador vuelve a fumar, el bebedor vuelve de nuevo al alcohol o el adicto a sus drogas. Había bajado la intensidad de su vigilancia, alguien quizá le dice porque un día fume un cigarrillo o tome una copa no pasa nada, un acto social cualquiera donde a su alrededor todos andan metidos en esas cosas, hará que comience por probar, - probarse a sí mismo, se suele decir – y al poco tiempo vuelve a andar por los mismos caminos.
Eso nos pasa en todos los aspectos de superación de nuestra vida, de vencimiento de las tentaciones pecaminosas o del cuidado que hemos de tener de nuestra religiosidad. Lo que dice Jesús en el evangelio. ‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero como no lo encuentra, dice: volveré a la casa de donde salí. Al volver la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio’.
Pidamos al Señor que nos dé la fortaleza de la fe y que nunca la gracia de Dios nos abandone.

jueves, 8 de octubre de 2009

El Señor los iluminará con un sol de justicia que da vida eterna

Malq. 3, 13-18; 4,2
Sal. 1
Lc. 11, 5, 13



‘No vale la pena servir al Señor, ¿qué sacamos con cumplir los mandamientos?... al contrario nos parecen dichosos los malvados; a los impíos les va bien, tientan a Dios y quedan impunes…’
Espejismos y vanidades, apariencias y falsedades… tentaciones de ayer y tentaciones de hoy. Los profetas no lo fueron sólo para otros tiempos sino que siguen siendo testigos de Dios para los hombres de todos los tiempos, para los hombres de hoy también.
‘Llegará el día del Señor… ardiente como un horno… y no quedarán de ellos ni rama ni raíz… Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas…’ Es el anuncio del tiempo final que nos hace el profeta. ¿Qué quedará de aquellas vanidades? Los espejismos perderán sus luces de engaño. Veremos la realidad de la vida y dónde está el verdadero mérito. Brillará lo que verdaderamente ha merecido la pena y lo que tendrá premio al final.
‘Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor… que su gozo es la ley del Señor… será como un árbol plantado al borde de las acequias… cuanto emprende tiene buen fin… El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal…’ Es la respuesta, la reflexión, la luz que recibimos con el salmo de nuestra oración.
Nos fiamos de la Palabra del Señor. ¿Quién ha hecho tanto por nosotros como lo ha hecho el Señor? Sentirse amado por el Señor compensa todos los esfuerzos y sacrificios. Los caminos del Señor, aunque nos pudiera parecer lo contrario, son siempre caminos de luz y de vida. Además no olvidemos la trascendencia que tiene nuestra vida y nuestros actos.
¿En qué queremos que acabe nuestra vida, aún pensando de tejas abajo? En la tentación nos cegamos y nos parece el camino de los impío como el camino de los más felices. Pero si nos paramos un poco a pensar caemos en la cuenta que es un camino sembrado de orgullos porque se creen los absolutos y los dioses de todos y de todo, ambiciones desmedidas porque sólo se piensa en mí mismo, falsedades, trampas y engaños para obtener lo que se apetece, envidias porque no se soporta que el otro pueda tener o pueda ser. ¿En qué termina todo eso? No puede acabar sino en peleas y enfrentamientos, guerras de unos contra otros como fieras rapaces que quieren arrebatar al otro lo que sea, buscar la manera de quitar de en medio al otro porque siempre será molesto y muchas cosas más. ¿Es ese el camino de felicidad para todos que todos deseamos? Seguro que no.
No nos dejemos engañar. Muchos cantos de sirena querrán atraernos. Prefiero seguir los caminos del Señor porque por ese camino sí queremos siempre la felicidad para todos y aunque aquí no lo consigamos tenemos la esperanza de la plenitud total y el premio eterno que el Señor nos tiene prometido. Escuchemos la llamada que hoy el Señor nos hace por el profeta que también nos vale para los hombres de hoy.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Todos juntos en oración con María, la madre de Jesús


VIRGEN DEL ROSARIO

Hech. 1, 12-14
Sal. Lc. 1, 46-54
Lc. 1, 26-38



‘Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos’. Es la imagen de la Iglesia orante en el cenáculo en la espera de la venida del Espíritu junto con María, la Madre de Jesús. Una imagen que nos acompaña desde la Palabra de Dios en esta celebración de la Virgen en su Advocación del Rosario. Precisamente esta advocación mariana tiene referencia especial a ese aspecto de la oración a María y la oración con María.
Históricamente tiene su origen esta celebración en el recuerdo de la batalla de Lepanto, en el triunfo de la cristiandad frente al invasor otomano de Europa, obtenido con la intercesión de la Virgen, a quien toda la cristiandad invocaba con el rezo del Rosario. Todos sabemos que esta devoción del Rosario con su origen probablemente muchos siglos antes en Santo Domingo – al menos fue su difusor – se basa en esa repetición de Avemaría a la Virgen mientras se va meditando el Misterio de Cristo – esos son los misterios del Rosario que se anuncian antes del rezo de cada decena de Avemarías - y la presencia de María en la obra de nuestra salvación.
Pero la oración litúrgica de esta fiesta también nos ayuda a comprender su sentido. Pedimos que se derrame la gracia del Señor sobre nosotros, que ‘hemos conocido, por el misterio del ángel, la Encarnación de Jesucristo’. Es lo que precisamente hemos escuchado hoy en la proclamación del Evangelio. El anuncio del ángel del Señor a María ‘la llena de gracia’ de que va a ser la Madre de Dios; en sus entrañas por obra del Espíritu Santo se va a realizar el admirable misterio de la Encarnación de Dios; de sus entrañas va a nacer el Hijo del Altísimo, el Emmanuel, el Dios con nosotros para ser nuestra salvación.
Pero no nos quedamos ahí sino que al tiempo contemplamos el misterio pascual es más queremos quedar impregnados del misterio pascual con la intercesión de la Virgen, nuestra Madre. Que ‘podamos llegar, por su pasión y su cruz, y con la intercesión de la Virgen María, a la gloria de la resurrección’.
Ahí, pues, está comprendido todo el misterio de Cristo, su Encarnación y su Pascua. Ahí nos sentimos implicados nosotros, en el Dios que por nuestro amor tomó nuestra naturaleza humana, pero en el Dios que por la Pascua de Cristo, por su muerte y resurrección, nos salva y nos redime, nos inunda de la vida de Dios para siempre haciéndonos sus hijos.
Todo eso lo queremos contemplar – el Rosario tiene mucho de contemplación – y vivir con María a nuestro lado. Cómo tendríamos que aprender de ella que ‘guardaba todo en su corazón’, que rumiaba una y otra vez en su corazón todo el misterio de Dios que se le revelada y se manifestaba al mismo tiempo en ella. Y lo queremos contemplar y vivir con la intercesión de María que es nuestra Madre.
La Madre que Cristo quiso asociar a su obra salvadora: desde que en ella quiso encarnarse; desde que ella es el mejor modelo y estímulo para acoger por nuestra parte la Palabra salvadora de Dios; desde el momento que quiso tenerla junto a sí en la hora de la cruz y de la muerte; desde el misterio de su amor infinito que quiso dárnosla como Madre. Mucho tenemos que aprender de María para dejar que la Palabra plante su tienda en nuestro corazón y en nuestra vida como lo hizo en María.
Por eso, a María no la podemos contemplar ni amar al margen de Jesús. Todo en ella hace relación a Jesús. María siempre nos conducirá a Jesús y nos dice como a los sirvientes de las bodas de Caná: ‘Haced lo que El os diga’.

martes, 6 de octubre de 2009

Nos multiplicamos en el amor pero también en la escucha del Señor

Jonás, 3, 1-10
Sal.129
Lc. 10, 38-42


‘Entró Jesús en una aldea – todos reconocemos que es Betanía por el relato de otros evangelistas – y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra’. Serían los amigos de Jesús y Betania el lugar de muchos momentos de reposo y de paz para Jesús y sus discípulos en su camino a Jerusalén.
Marta que acoge y recibe a Jesús en su casa y María que se sienta a escucharle bebiéndose sus palabras. Dos aspectos complementarios de la acogida y de la hospitalidad. Una virtud muy valiosa y que los judíos como todos los orientales realizan con gran fervor.
Marta, como toda buena ama de casa sigue haciendo hoy y en todos los tiempos, ‘se multiplicaba para dar abasto en el servicio’. Pero surge la queja porque su hermana no hace nada sino sentada escuchar a Jesús. Pero si no hubiera surgido la queja no se le había dicho Jesús que estaba bien lo que estaba haciendo ejerciendo de esa manera tan intensa la virtud de la hospitalidad pero que le faltaba una parte. ‘Andas inquieta y nerviosa… María ha escogido la mejor parte…’
Seguro que a partir de ese instante a Marta no le faltarían las dos partes. No podría ser de otra manera para poder llegar un día a hacer tan hermosa profesión de fe en Jesús. ‘Yo sé que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo’. Fue cuando la muerte de su hermano y el anuncio de resurrección de Jesús para quien creyese en El. Para llegar a ese conocimiento tan profundo de Jesús había que haberse sentado también muchas veces a escuchar a Jesús, a conocer a Jesús.
La lección es clara para nuestra vida. Tenemos que abrirle las puertas de nuestra vida a Jesús ofreciéndole las mejores señales de hospitalidad. Intentaremos gastarnos y desgastarnos en nuestro amor por El y muchas veces lo porfiaremos y querremos hacer muchas cosas. Pero tenemos que sentarnos mucho a los pies de Jesús para escucharle, para bebernos sus Palabras, para impregnarnos de su vida, para llenarnos de su amor.
Sentimos la urgencia en nuestro corazón de tantas cosas que hay que hacer a favor de nuestros hermanos, para mejorar nuestro mundo, para realizar el anuncio del Reino de Dios. pero tenemos que ser también contemplativos del misterio de amor del Señor. Porque sólo desde el amor del Señor podremos hacer todo eso bueno que es nuestra tarea. La urgencia de todo lo que hay que hacer no nos exime de esa oración en la que nos empapemos de Dios cada día, porque de lo contrario ¿qué sería lo que iríamos a llevar a los demás? Porque no nos vamos a llevar a nosotros mismos sino a Dios, a Jesús. No nos vamos a anunciar a nosotros mismos, sino el Reino de Dios.
Testimonio de ello tenemos ante nuestros ojos en tantos que se consagran a Dios por el Reino de los cielos, los que viven su consagración en la vida religiosa. Han optado por un seguimiento radical de Jesús cuando se han consagrado a servir a los pobres, a los enfermos, a las tareas de la evangelización de la Iglesia en múltiples tareas. Quizá admiramos su entrega, su servicio a los pobres, su gastarse por los demás, pero hay algo que quizá no vemos, lo que está detrás y que es el motor de toda su entrega.
Los religiosos, aunque no vivan tras los muros de un monasterio sino quizá cercanos a nosotros en esa múltiples tareas eclesiales que realizan, sin embargo son unos contemplativos. Muchos momentos de oración intensa para contemplar y llenarse del misterio de Dios, para poder vivir su entrega en total plenitud. Contemplativos en sus momentos de oración repartidos a través del día, pero contemplativos aunque los veamos en sus tareas de servicio a los demás, porque siempre se sienten en la presencia de Dios y a través de todo lo que hacen están también contemplando el rostro de Dios.
Hago mención a su testimonio, pero como estímulo para lo que tiene que ser la vida de todo cristiano que siempre tiene que sentirse también en la presencia del Señor, que ha de dedicar ese tiempo a la oración y contemplación del misterio de Dios para vivir luego esa entrega que desde el amor todo seguidor de Jesús ha de realizar.
Marta y María en el hogar de Betania son para nosotros un bien ejemplo, testimonio y estímulo para el crecimiento de nuestra fe y nuestra mejor acogida al Señor y a su Palabra.

lunes, 5 de octubre de 2009

Acción de gracias, reconciliación y súplica confiada

Dt. 8, 7-18
Sal. 1Cro.29. 10-12
2Cor. 5, 17-21
Mt. 7, 7-11


La Ordenación General del Misal Romano para explicarnos el sentido de esta Feria Mayor que celebramos en este día 5 de octubre nos dice: ‘Día de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual. Son una ocasión que presenta la Iglesia para rogar a Dios por las necesidades de los hombres, principalmente por los frutos de la tierra y por los trabajos de los hombres, dando gracias a Dios públicamente’ (OGMR 45).
Sobre todo en nuestro hemisferio norte es la época del recomienzo de todas las actividades en todos los ámbitos; en el campo se recogen las últimas cosechas (las vendimias (por ejemplo) y se comienza a preparar la tierra para nuevos trabajos, lo mismo en el ámbito de la enseñanza y la educación se han comenzado los nuevos cursos; atrás ha quedado el verano con sus vacaciones y todo comienza de nuevo.
Como cristianos no estamos ajenos a toda esta actividad humana. Es más, tenemos que iluminarlo con el sentido de la fe y como creyentes hemos de saber descubrir la presencia y la acción de Dios en toda la actividad humana. Por eso esta llamada de atención y celebración que nos ofrece la liturgia. Dios no es ajeno a nuestra vida; es más nosotros no podemos construir nuestra vida ajenos a Dios. Es un momento de reconocimiento de ese actuar de Dios. Las tres lecturas de la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia a ello nos ayudan.
Así el libro del Deuteronomio, uno de los cinco libros del Pentateuco o de la Torá (la Ley). Son como unos discursos o recomendaciones de Moisés de cara al momento en que se establezcan en la tierra prometida. Han vivido en la vida dura de la esclavitud en Egipto, la dureza igualmente de atravesar desiertos viviendo cómo nómadas de un lugar para otro sin ningún lugar donde establecerse y con carencias de todo tipo. Ahora se van a establecer en la tierra que el Señor les ha prometido. Podrán tener casas y habitar en ciudades; verán producir la tierra en abundancia como fruto de sus trabajos; su vida será distinta y mejor.
Es aquí donde está la llamada de atención de Moisés. ‘¡Cuidado! No os olvidéis del Señor vuestro Dios… que os sacó de Egipto y os hizo atravesar el desierto…’ Es cierto que está la obligación de hacer producir la tierra y es bueno y reconfortante ver el fruto de los trabajos. No podemos olvidar el mandado del Señor desde la creación de dominar la tierra y hacerla producir. No podemos olvidar lo que nos dice Jesús en el evangelio de los talentos que se nos han dado y que tenemos que hacerlos fructificar. Está el esfuerzo, la inteligencia del hombre, pero no podemos llenarnos de orgullo pensado todo es fruto de la acción del hombre como si fuera un ser absoluto. ‘No os olvidéis del Señor, vuestro Dios…’ Tenemos que confesar como decimos en el salmo: ‘Tú eres Señor del universo’.
Lo que le dice Moisés al pueblo nos viene bien a nosotros recordarlo. Alguien me comentaba hace unos días en referencia a cierto político que hacía mil promesas de que el año que viene las cosas iban a ser mejor y no sé cuantas promesas. Pero me decía esta persona, pero no dice ‘si Dios quiere’. Yo le decía si no es creyente es normal que no diga esa frase porque no cree en la acción de Dios en su vida y en la historia del hombre. Lo malo es cuando nosotros que nos confesamos creyentes ni lo digamos ni lo tengamos como actitud en nuestra vida. Por encima de todo ha de estar el querer del Señor y nosotros tenemos que reconocerlo. Porque algunas veces vivimos como si no fuéramos creyentes.
Otro es el aspecto del sentido de la celebración de este día. Y es que en el camino de la vida es fácil que nos pies se llenen del polvo del camino. Fácilmente manchamos nuestro corazón en el camino de la vida con nuestros orgullos o nuestros olvidos de Dios, con lo difícil que hacemos la convivencia con los demás a causa de nuestros egoísmos y envidias, en una palabra con nuestro pecado. Por eso es hoy también día de reconciliación con Dios. Como nos dice san Pablo ‘dejáos reconciliar con Dios’. Invoquemos la misericordia del Señor que nos limpie y que nos purifique.
Finalmente el tercer aspecto de la feria. Es reconocer que sin Dios nada somos ni podemos hacer; que hemos de estar como los sarmientos unidos a la vid para que puedan tener vida y dar fruto; que en el nombre del Señor hemos de echar la red de nuestros trabajos y nuestras acciones. Por eso hemos de orar y orar con insistencia a Dios. Jesús nos habla en el evangelio de pedir, buscar, llamar, que se nos dará, se nos abrirá y encontraremos.
Por eso elevamos nuestra oración pidiendo la ayuda del Señor para nosotros y nuestros trabajos y acciones, pero con un corazón muy abierto hacemos también una oración amplia en la que queremos que quepan todos, los de cerca y los de lejos, los que nos aman y los que no nos caen bien, los que son felices y los que sufren, los que tienen fe y los que no la tienen; todos han de caber en nuestra oración.

domingo, 4 de octubre de 2009

Un proyecto ilusionante de amor para siempre


Gn. 2, 18-24;
Sal. 127;
Heb. 2, 9-11;
Mc. 10, 2-16



Necesitamos en la vida proyectos ilusionantes con altura de miras que merezcan la pena. Es lo que da sentido, valor y profundidad a una vida. Por contrario tenemos la tentación del cansancio, sobre todo cuando hacemos de la vida una rutina y se ha perdido la ilusión por lo grande aunque cueste esfuerzo. Siempre se ha tenido esas tentaciones que nos llevan a abandonar proyectos, a perder el sentido de la lealtad y la fidelidad.
Otra tentación que sufrimos hoy es el querer conseguir las cosas de inmediato y sin el más mínimo esfuerzo. Hoy cuesta mucho sacrificarse, no nos gusta, porque las metas o los ideales (si es que los podemos llamar ideales) que nos ofrece el mundo es el pasarlo bien a toda costa, un mundo de sensaciones inmediatas donde lo importante es disfrutar de todo y pasarlo bien.
Por eso, como decíamos cuesta tanto la fidelidad y el sacrificio. Esto no me vale para lo que yo quiero ahora, pues lo rompo, lo tiro, lo dejo de lado y a buscar otra cosa que lo sustituya. Lo vemos en el uso y manejo de nuestras posesiones materiales, pero lo tremendo es cuando hacemos lo mismo con las personas, los hondos sentimientos de las personas, el amor.
Por eso, los proyectos son a muy corto plazo, se quedan cortos en nuestras metas, y a la menor dificultad se abandonan. Esto creo que pasa en todos los ámbitos de la vida y nos vamos contagiando como si de un virus se tratara. Y esto, claro, afecta también a la estabilidad de nuestros matrimonios y familias.
Pienso que el matrimonio es, tiene que ser un proyecto bien ilusionante, por seguir con la misma expresión del principio, y de una gran altura de miras si caemos bien en la cuenta todo lo que se pone en juego a la hora de proyectar un matrimonio y una familia. Se trata de personas, de una relación personal fundamentada en el amor. No son unas cosas materiales las que se están poniendo en juego, y sin embargo bien interesados que somos cuando se trata de arriesgar nuestras cosas o nuestros bienes. Pero tenemos el peligro de que cuando se trata de la persona y la relación más profunda que se puede establecer entre personas que es el amor, lo tomamos a la ligera y algunas veces con excesiva superficialidad. De ahí las consecuencias.
El proyecto de amor de un hombre y de una mujer que se aman y quieren llegar a la más profunda comunión para toda una vida en una entrega única y total es la verdad algo grande y que de verdad le da plenitud a una vida. Por eso no se puede tomar a la ligera dejándose llevar por unos primeros impulsos. Tiene que ser algo bien construido y preparado; algo que luego hemos de cuidar como lo más hermoso para que pueda tener esa estabilidad y duración definitiva, como tiene que ser un verdadero matrimonio fundado en el amor. Algo que hay que cuidar y mimar, restaurar cuando sea necesario, tratar de revitalizar como algo nuevo cada día. Que lejos tiene que estar la rutina de una relación de amor, de una vida matrimonial.
La Palabra de Dios que se nos propone en la liturgia de este domingo nos lleva a reflexionar sobre todo esto, porque además estamos viendo la triste realidad en muchos casos de muchos matrimonios a nuestro alrededor. En muchos el amor se enfría y termina por acabarse, la fidelidad se olvida y se rompe, se vive en muchos casos con demasiada superficialidad la relación de amor. Aquello que decíamos que cuando me canso de una cosa o no me sirve lo tiro y a buscar otra que lo sustituya. Peligros siempre los ha habido y los hay pero con los presupuestos que vivimos en el mundo de hoy donde rehuimos el sacrificio y el esfuerzo y sólo nos contentamos con alcanzar o vivir lo fácil, tenemos las consecuencias que todos conocemos.
Ya a Jesús le plantean el tema del divorcio y hemos visto como ha respondido. Jesús nos recuerda donde está el origen de esa realidad del amor del hombre y de la mujer que se llama matrimonio y donde encontramos, podríamos decir, el modelo y la fuerza para vivirlo. ‘Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer… para ser los dos una sola carne’. Es el proyecto de Dios para el hombre y la mujer que es proyecto de amor y comunión como Dios mismo es. Por eso, a partir de Cristo decimos que el amor del hombre y la mujer en el matrimonio es signo del amor que Dios es y nos tiene. En el amor verdadero del hombre y la mujer estamos reflejando lo que es el amor de Dios, lo que es el amor de Jesucristo a su Iglesia. Por eso para nosotros los cristianos es sacramento. Y tiene que ser, entonces, un amor fiel porque así es el amor que Dios nos tiene. De ahí las características del matrimonio cristiano.
Un proyecto hermoso e ilusionante que nos pone en camino de plenitud en la vida, pero que sabemos bien que desde nuestra limitada e imperfecta condición humana será algo que no siempre es fácil y nos va a costar. Ahí está nuestra tarea, nuestra entrega pero también el saber contar con la fuerza de Dios. Si Dios no nos abandona en ninguna situación de nuestra vida, ahí tampoco nos abandonará, estará siempre a nuestro alcance su gracia salvadora, santificante, que nos fortalece y nos ayuda. Es lo que llamamos la gracia del Sacramento. Cómo tendríamos que saber aprovechar esa gracia. Cómo tendríamos que saber fundamentar nuestro matrimonio cristiano en esa gracia del Señor. Que el sacramento no es solo cosa de aquel momento de la celebración, sino que es gracia que acompaña toda la vida matrimonial.
Pidamos al Señor que se rescaten todos esos profundos valores que nos ayuden a darle mayor plenitud a nuestra vida. Pidamos por nuestros jóvenes para que se preparen al proyecto maravilloso del matrimonio dándole profundidad y sentido a sus vidas. Que no se tomen los asuntos del amor a la ligera como si se tratara únicamente de disfrutar un rato. Que aprenden – que les enseñemos con nuestro ejemplo – lo valioso que es el sacrificio y el esfuerzo, lo maravillosa que es la fidelidad y lo importante que es en la vida saberse comprender y perdonar para reemprender, si fuera necesario eso, la restauración del amor para que cada día sea más bello y más profundo, más maduro y más estable que será lo que les hará alcanzar la verdadera felicidad.

sábado, 3 de octubre de 2009

Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo

Baruc, 4, 5-12.27-29
Sal. 68
Lc. 10, 17-24


Jesús había designado a ‘otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y ciudades a donde pensaba ir El…curad enfermos y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Ahora vuelven los discípulos después de cumplir su misión ‘muy contentos… Señor, hasta los demonios se nos sometían’. Jesús les acoge y les previene: ‘No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’.
En este evangelio hoy desborda la alegría porque a continuación nos dirá que Jesús ‘lleno de la alegría del Espíritu Santo’, da gracias al Padre porque se ha revelado el misterio de Dios a los pobres y a los humildes.
Ya hemos dicho que Jesús les previene del orgullo. Es una tentación en la que fácilmente podemos caer. Pensamos que ya nosotros sí somos buenos, sabemos hacer las cosas bien y hacemos tantas cosas buenas. Los discípulos venían contentos porque podían echar demonios. Pero eso no es lo importante, porque si pueden hacerlo no es por su poder, sino por la gracia del Señor. Y como les dice Jesús lo importante y lo que les tiene que dar verdadera alegría es que sus ‘nombres están inscritos en el cielo’.
¿Cómo podemos merecer tal honor? Echemos una mirada al evangelio y veamos quienes van a ser los importantes para Jesús. Los importantes para Jesús son los sencillos y los humildes porque es a ellos a quienes se les revela el misterio de Dios. Lo hemos escuchado hoy. ‘Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’.
No son los entendidos, los que se creen sabios, los que se ponen en un estadio superior. Serán los humildes y los sencillos, los que parece que nada valen ni nada saben. Recordemos lo anunciado por el profeta y que Jesús proclamará en la Sinagoga de Nazaret, diciéndonos que todo aquello se cumple ya. ‘A los pobres se les anuncia el Evangelio’. La Buena Noticia del Reino de Dios no es para los que ya se creen salvados y que todo se lo saben. Serán los pobres, los indefensos, los que nada tienen, los que se sienten oprimidos los que escucharán la Buena Noticia de la libertad y de la gracia.
No será desde el dominio y el poder donde se será grande en el Reino de los cielos, sino que los que se hacen los últimos y los servidores de todos, serán los primeros y los verdaderamente importantes.
Cuando nos vaciamos de nosotros mismos para servir, para hacernos los últimos y para amar y entregarnos hasta el final es cuando mereceremos que nuestro nombre esté inscrito en el cielo. Es el camino desconcertante en principio de Jesús, pero que luego comprenderemos que es el camino que en verdad merece la pena.
Demos gracias a Dios si escuchamos el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús. ¿Nos hemos parado a pensar en la predilección que Dios tiene por nosotros que cada día nos ofrece el alimento de su Palabra, cada día podemos escuchar el anuncio del Evangelio?
‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron’. Así les dice Jesús a los discípulos. Así nos dice también a nosotros, porque vemos y escuchamos, porque podemos vivir y podemos sentir la presencia de Jesús y su gracia cada día en lo más hondo de nuestra vida.
Tenemos que saber darle gracias a Dios. ¿Le has dado gracias por la oportunidad que te da cada día de escuchar su Palabra? ¿Le das gracias por la oportunidad que te da de recibirle y vivirle cada día en los sacramentos? ¿Le das gracias a Dios, amigo que lees estas líneas de reflexión por este medio de internet, por esta semilla que cada día Dios quiere sembrar en tu corazón?

viernes, 2 de octubre de 2009

Confesamos que el Señor nuestro Dios es justo y misericordioso

Baruc. 1, 15-22
Sal. 78
Lc. 10, 13-16


‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’. Es una invitación a la conversión. El Señor nos llama una y otra vez.
Hay quien mira sus desgracias personales como un castigo por su pecado, por lo que ha hecho mal. A todos nos suceden cosas desagradables, pasamos por situaciones difíciles, nos llega la desgracia en forma de enfermedad, un accidente, algo malo que nos puede sobrevenir. Muchas veces escuchamos ese lamento, ¿qué hecho yo para merecer esto? Esto es un castigo por mis pecados. Claro que si nos quedamos en esa consideración de castigo sin ninguna otra esperanza, nos sentiremos tan abrumados que podemos llegar a la desesperación.
Creo que hemos de tener una mirada más honda y más amplia también. No nos podemos quedar simplemente en el castigo. Es cierto que esas cosas malas por las que tenemos que pasar las podemos mirar como una purificación interior, pues Dios permite que nos sucedan esas cosas para que también recapacitemos y nos demos cuenta de lo que hemos hecho en nuestra vida; pero también podemos verlas como un punto de arranque para el arrepentimiento y la conversión.
Miramos, es cierto, nuestra vida y nos damos cuenta de la respuesta negativa a tantas cosas buenas que hemos recibido del Señor. Creo que en eso tenemos que fijarnos también. Cuántos beneficios recibimos del Señor. Cómo el Señor ha derrochado su gracia en nuestra vida y eso hemos de saberlo reconocer. Pero además tendría que movernos a que nuestra respuesta fuera distinta. Ha de ser una llamada de atención, una llamada del Señor a una vida mejor.
Es lo que contemplamos hoy en el profeta Baruc, a quien hemos escuchado en la primera lectura. Se reconoce pecador y reconoce que son un pueblo pecador. ‘Sentimos la vergüenza de nuestra culpa en este día: judíos, vecinos de Jerusalén, nuestros reyes y gobernantes, nuestros sacerdotes y profetas y nuestros antepasados; porque pecamos contra el Señor no haciéndole caso, desobedecimos al Señor nuestro Dios no siguiendo los mandatos que el Señor nos había propuesto…’
Pero aunque se siente abrumado por su pecado sin embargo se siente impulsado al arrepentimiento y a la conversión. Se vuelve al Señor ‘Dios compasivo y misericordia, lento a la ira y rico en clemencia’, como tantas veces ha rezado con los salmos. En la oración hay una confesión de fe, - ‘confesamos que el Señor nuestro Dios es justo’ -, y pensar en la justicia de Dios es pensar en la misericordia. Por eso se siente movido al arrepentimiento, a la vuelta al Señor.
Cuántos beneficios recibimos del Señor. Tenemos que pensarlo. No podemos endurecernos en nuestro pecado, ni nos podemos sentir tan abrumados que eso nos lleve a la desesperación. La contemplación del amor de Dios nos moverá al arrepentimiento pero también a la conversión a una vida nueva y distinta, a una vida santa.
En el evangelio de hoy Jesús recrimina a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Cuánto ha hecho el Señor con su presencia en medio de ellos, cuántos milagros ha realizado allí el Señor. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza’. Que el Señor no nos recrimine a nosotros porque no escuchamos su voz, porque no somos capaces de reconocer cuanto ha hecho en nosotros.
Todo es una invitación a la esperanza, a la vida, a la conversión, a vivir una nueva vida. No por miedo al castigo, sino en la consideración del amor del Señor.

jueves, 1 de octubre de 2009

Alegría, Sabiduría y Riqueza la más grande la Palabra del Señor

Neh. 8, 1-12
Sal. 18
Lc. 10, 1-12


‘Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón… más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila…’ Hermosa imagen que nos ofrece el salmo para comprender la riqueza y la sabiduría de la Palabra de Dios y la alegría con la que llena el corazón cuando la escuchamos.
Riqueza, sí, que no se queda en riquezas materiales, - ‘más que el oro fino’ -; Sabiduría, que nos ayuda a penetrar en el misterio de Dios y su voluntad para con nosotros - ‘más dulce que la miel de un panal que destila’ – y a saborear hondamente en el paladar el alma el amor que Dios nos tiene.
Si hermosa es la imagen del salmo, más hermoso, podríamos decir, el testimonio del libro de Nehemías en la acogida a la Palabra de Dios. Como hemos venido comentando estaban en la tarea de la reconstrucción de Jerusalén y del templo; llegó el momento de comenzar las celebraciones y allí están en la explanada del templo - ‘en la plaza que hay ante la puerta del agua’ – dispuestos a la escucha de la proclamación de la Ley del Señor.
Es una liturgia hermosa de proclamación de la Palabra de Dios lo que se nos ofrece. Allí está una asamblea reunida desde el amanecer hasta el medio día – ‘todo el pueblo se congregó como un solo hombre… el asamblea de hombres y mujeres y todos los que podían comprender… desde el amanecer hasta el mediodía… era el día primero del mes séptimo…’ -.
En medio un alto estrado para la proclamación de la Ley del Señor – ‘Esdras, el escriba y sacerdote estaba de pie sobre el estrado de madera que habían hecho para el caso’ -.
El sacerdote y escriba comienza bendiciendo a Dios y el pueblo aclama adorando al Señor - ‘Esdras abrió el libro a vista del pueblo, pues los dominaba a todos, y cuando lo abrió el pueblo entero se puso de pie… pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos, respondió Amén, Amén; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor’ -.
Una explicación continuada de los escribas – ‘mientras los levitas explicaban al pueblo la ley… de forma que todos comprendieron la lectura’ -.
Una acogida por parte del pueblo en silencio, con alegría y emoción, con lágrimas en los ojos y con fiesta para todos – ‘Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: no hagáis duelo ni lloréis (porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley)… comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene preparado… no estéis tristes, porque el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’ -.
Me entra una sana envidia, lo confieso, al escuchar este entusiasmo del pueblo por la Palabra del Señor. ¿Habrá ese entusiasmo, alegría, aclamaciones, fiesta, escucha silenciosa desde el corazón por nuestra parte cuando se proclama la Palabra de Dios? Tenemos que motivarnos más por la escucha de la Palabra de Dios. No podemos quedarnos en un rito cumplido formalmente pero al que le falta entusiasmo y vida.
Seamos sinceros, muchas veces estamos deseando que se acaban ya las lecturas, que se acabe ya el comentario de la homilía, porque lo que queremos es que se nos diga la misa y acabar pronto. Ellos estuvieron ‘desde el amanecer hasta el mediodía’. ¿No tendremos que poner más calor de fe y amor en la escucha de la Palabra?
Y hemos de decir algo importante. Nosotros no estamos solamente ante un Libro que contiene la Palabra de Dios, sino ante la misma Palabra viva de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Jesús mismo está en medio de nosotros en la proclamación de la Palabra. Jesucristo, Palabra eterna de Dios que se ha encarnado y plantado su tienda entre nosotros.
Pidámosle a Dios que aprendamos de esa Sabiduría de la Palabra, que aprendamos a saborear esa maravilla de Dios que se nos manifiesta con su amor. Que la guardemos en el corazón como la mayor de las riquezas y que como María sepamos rumiarla dentro de nosotros para hacerla dar fruto de vida. Que sea siempre nuestra alegría y nuestra fiesta y eso lo manifestemos también en la forma con que la acogemos.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

El seguimiento de Jesús nos plantea radicalidad en la respuesta

Neh. 2, 1-8
Sal. 136
Lc. 9, 57-62


El Evangelio nos dice que ‘mientras iban de camino Jesús y sus discípulos’ algunos se acercan a Jesús porque quieren ir con él o a otros será Jesús mismo el que los invite a seguirle. Seguir a Jesús. Ir de camino. No es algo estático sino que implica ponerse a caminar, ¿hacia dónde?
En versículos anteriores el evangelista ha hecho un comentario muy importante. ‘Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Subir a Jerusalén significaba algo. El lo había anunciado. Su subida a Jerusalén implicaba que allí iba a morir, porque ‘el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles…’ Significaba muerte porque era su entrega. Conscientemente ahora decide subir a Jerusalén. Es que lo impulsa el amor.
Claro, entonces, seguir a Jesús, ponerse a caminar con El, era implicarse en su mismo destino. Ya en otra ocasión nos había dicho que el que quiera seguir ha de tomar su cruz de cada día. Ahora nos plantea sus exigencias, su radicalidad. Exigencias que pasan por una disponibilidad total, generosidad de corazón libre de todo tipo de ataduras, siempre con deseos de caminar hacia delante.
‘Te seguiré a donde vayas’, le dice uno. Pero le recuerda la austeridad de su vida porque nada le puede atar. ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. El caminante no tiene sitio fijo donde aposentarse. ‘Quedáos en la casa donde entréis’, les dice a los discípulos cuando los envía a anunciar el Reino. Allí donde los reciban tendrán donde reclinar la cabeza y si no los reciben, a otro sitio. ‘No tiene donde reclinar la cabeza’. Vacíos de todo y disponibles para todo.
A otro lo invitará Jesús ‘sígueme’, pero quiere ir a enterrar a su padre. ‘Deja que los muertos entierren a los muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios’. Su camino no es de muerte sino de vida. Llenos de vida tenemos que ir siempre a anunciar la vida, el Reino de Dios. más que enterrar muertos, lo que tendrá que hacer el discípulo es resucitar muertos, sanar, llevar a la vida.
‘Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme de mi familia’. Miradas atrás y ataduras. No pueden quedar apegos en el corazón. Liberados de todo lo que nos pueda atar no podemos volver la vista atrás añorando quizá otros tiempos, otras situaciones. ‘El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios’. El agricultor que mientras tiene la mano en el arado mira hacia atrás sus surcos no pueden salir rectos. Mirada hacia delante. Liberados de todo, que para eso Cristo nos ha liberado.
Que el Señor nos conceda esa generosidad de corazón, la fuerza del Espíritu para seguirle sin poner condiciones y nos haga valientes para arrancarnos de lo que sea muerte. Cristo lo es todo para mí y cuando me decido a seguirle tengo que hacerlo con toda mi vida. No valen las medias tintas. No vale el ahora sí, y luego ya veremos. No vale quedarnos a medias y poniendo condiciones. El Evangelio nos exige radicalidad en el seguimiento de Jesús. Vayamos de camino con Jesús. Sigamos sus pasos aunque tengamos que subir a Jerusalén. En el seguimiento de Jesús también tiene que impulsarnos el amor.

martes, 29 de septiembre de 2009

Con los ángeles y arcángeles cantamos el himno de tu gloria


Fiesta de los Santos Arcángeles, San Miguel, San Gabriel y San Rafael
Daniel 7, 9-10.13-14
Sal. 137
Jn. 1, 47-51

‘Con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos el himno de tu gloria…’Así proclamamos en el prefacio uniéndonos a la alabanza de toda la creación. Iniciamos así ese cántico de alabanza y acción de gracias en el momento cumbre de la Eucaristía, cuando por Cristo, en Cristo y con Cristo en la unidad del Espíritu queremos dar todo honor y gloria al Padre del Cielo.
Hoy celebramos a los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Con ellos hoy queremos cantar la alabanza del Señor. En ellos se ha complacido de manera especial Dios en su creación. A ellos ha confiado misiones especiales en medio de toda la creación al tiempo en que se convierten en algo así como trasmisores de la obra y gracia salvadora de Dios para nosotros los redimidos.
Signos de gracia y mensajeros divinos que al contemplarlos, recordarnos y celebrarlos son como nuestros aliados que nos ayudan en nuestra lucha contra el mal, en trasmitirnos lo que son los planes de Dios y al tiempo que presentan nuestras oraciones ante Dios nos hacen llegarla medicina de la gracia que nos fortalezca y nos cure en este camino de la vida.
‘¿Quién como Dios?’ es el grito de Miguel – eso significa su nombre – en su lucha contra el dragón maligno arrojándolo al abismo, como nos lo describe el Apocalipsis y algunos textos de las profecías del Antiguo Testamento. Es nuestro mejor aliado en nuestra lucha contra las tentaciones, contra el mal y contra el pecado. ‘¿Quién como Dios?’ tiene que ser nuestro grito porque es nuestro único Dios y Señor y a nadie más adoraremos sino al Señor. No nos dejemos embaucar por el padre de la mentira.
‘Yo soy Gabriel que sirvo en la presencia de Dios… he sido enviado a hablarte para darte esta Buena Noticia…’ le dice el ángel de Dios a Zacarías en el templo a la hora de ofrecer el incienso. Fue también el mensajero divino que con semejantes palabras habla al profeta Daniel en el Antiguo Testamento. Y así anuncia a María el misterio inconmensurable de Dios que viene a encarnarse en sus entrañas para ser Emmanuel, Dios con nosotros, que nos trae la salvación.
¡Cuántas veces sentimos en nuestro corazón a ese mensajero divino que nos habla allá en lo más hondo de nosotros mismos para anunciarnos los planes de Dios en nuestra vida. Ojalá no nos hiciéramos sordos a su mensaje y así realizáramos esos proyectos de Dios que son siempre proyectos de amor y de salvación.
‘Yo soy Rafael, que estoy al servicio de Dios… uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos ante el Señor…’ Rafael, compañero de camino del joven Tobías, que libera de los peligros de los caminos, que le hace encontrar la medicina de Dios contra las asechanzas del maligno y que abrirá los ojos a la luz al anciano Tobías.
Celebraremos dentro de unos días a nuestro Santo Ángel de la guarda que nos acompaña a cada uno de nosotros en nuestra vida. Pero hoy celebramos a Rafael; que él inspire toda obra buena y esté siempre junto a nosotros para que hagamos lo bueno, para que desborde de nuestro corazón la misericordia porque, como le decía al revelarse a Tobías, ‘mejor es dar limosna que acumular tesoros, pues la limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado; los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de felicidad’.
Que ese sea el hermoso mensaje que recibimos en la celebración de los Santos Arcángeles que tan significativos son para nuestra vida cristiana. Además tengamos en cuenta que san Miguel es patrono de alguna de nuestras islas y de nuestros pueblos, y por otro lado san Rafael es especial protector de los Hogares de nuestras Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Que nos acompañen siempre en los caminos que nos conduzcan a la vida y la salvación.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Habrá oscuridades y turbulencias pero no podemos perder la esperanza

Zac. 8, 18;
Sal. 101;
Lc. 9, 46.50


Hay momentos y situaciones donde nos parece difícil mantener la esperanza. Nos encontramos con tantas turbulencias en la vida que nos parece ir en un avión sacudido por una fuerte borrasca y que no encontramos salida.
¿Vivimos momentos así? Reconozcamos que nuestro mundo, nuestra sociedad está bien revuelta. En estos momentos creo que lo peor no está en esta crisis económica que nos afecta a todos y que es lo que a la mayoría le preocupa, sin dejar de decir que es importante y que realmente afecta a muchísimas personas en la que su subsistencia es bastante precaria; pienso en otras muchas turbulencias de nuestra sociedad.
Muchos valores que considerábamos muy importantes en la vida parece que han perdido su vigor y a muchos poco le interesan. Somos conscientes de un cambio de costumbres muy importante. Se van introduciendo normas de conducta, que algunas veces se quieren imponer como leyes en el ámbito social desde sectores bien interesados y que no nos satisfacen. Se va perdiendo un sentido de Dios y los valores y las virtudes cristianas no sólo son dejados de lado por muchos, sino que también se les pretende ocultar, hacer que nadie pueda hablar de ello.
Podemos sentir la tentación de una sensación de pesimismo tal que nos ahogue y, como decíamos al principio, pareciera que la esperanza se hace imposible.
¿Cuál tiene que ser la postura y la actitud del cristiano ante todo eso? San Pablo nos dice en sus cartas que nosotros no podemos sufrir como los hombres que no tienen esperanza. Nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador nos hace creer en su Palabra y en el cumplimiento de sus promesas. El nos ha prometido un mundo nuevo, una tierra nueva y un cielo nuevo como dice el Apocalipsis, el Reino de Dios que llega como nos anuncia en el Evangelio.
Su Palabra es veraz. ‘Yo soy la verdad… para eso he venido al mundo para dar testimonio de la verdad’, nos dice Jesús en el Evangelio en el diálogo con Pilatos. Luego, a pesar de las sombras y de las turbulencias, su palabra se cumple. Eso tiene que ser nuestra fe y nuestra esperanza por encima de todo.
De eso nos habla también el profeta Zacarías hoy. ‘Volveré a Sión y habitaré en medio de Jerusalén’. Y nos habla de una nueva situación, de una nueva paz y armonía. ‘De nuevo se sentarán en las calles de Jerusalén ancianos y ancianas, hombres que, de viejos, se apoyan en bastones. Las calles de Jerusalén se llenarán de muchachos y muchachas que jugarán en la calle’.
Y cuando el profeta anuncia estos tiempo nuevos de armonía se pregunta: ‘Si el resto del pueblo encuentra esta imposible aquel día, ¿será también imposible a mis ojos?... Así dice el Señor de los Ejércitos: Yo libertaré a mi pueblo… y los traeré para que habiten en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios con verdad y con justicia’. El pueblo incrédulo, por la situación difícil en la que viven, piensa que no será posible ese nuevo mundo; habían perdido la esperanza. Pero el Señor empeña su palabra y ‘ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios con verdad y con justicia…’
Será posible ese pueblo nuevo. Seremos un resto, pero no importa. Dios quiere que seamos semilla, buena semilla en medio del mundo. Y no hemos de temer porque contamos con el Señor que es capaz de transformar los corazones. Y nosotros somos signos en medio de las gentes de ese mundo nuevo del Reino de Dios que es posible. Por eso hemos de ser valientes para dar nuestro testimonio sin perder la esperanza. La vida de los verdaderos creyentes, de los cristianos que viven con autenticidad su fe, su seguimiento de Jesús se convierte en llamada para los demás.
Me contaron no hace mucho del testimonio de un sacerdote que por diversas razones que no vienen al caso se encontró cerca de unas personas que ni estaban bautizadas ni tenían fe, ni por supuesto haberse preocupado de la fe de sus hijos. Por la cercanía de aquel sacerdote y su testimonio se abrieron a la fe, quisieron recibir el bautismo y los sacramentos, hicieron su catequesis catecumenal para prepararse debidamente, cambiaron totalmente su vida y se adhirieron a Jesús por el Bautismo toda la familia.
Un milagro, me decía la persona que me lo contaba admirándose de tal caso. Un milagro de la gracia, tenemos que decir, que mueve los corazones. Luego, no podemos perder la esperanza, porque siempre está brillando la luz del Señor. Habrá oscuridades y turbulencias en la vida, pero al final brillará la luz.