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sábado, 19 de septiembre de 2009

Una semilla recibida con actitud orante para dar mucho fruto

1Tim. 6, 13-16
Sal. 99
Lc. 8, 4-15


‘Dichosos los que con un corazón noble y generoso guardan la Palabra de Dios y dan fruto perseverando’. Son las palabras finales del Evangelio y que hemos utilizado también como antífona del Aleluya. Resumen verdadero del mensaje del Evangelio de hoy.
Es la parábola del sembrador narrada por san Lucas. La hemos escuchado muchas veces. Pero siempre es una semilla nueva que cae en la tierra de nuestra vida y que tiene que dar fruto. La misma parábola nos lo dice. Hay diversos tipos de tierra. Hay diversas actitudes ante esa semilla de la Palabra que llega a nuestra vida.
¡Cuidado que diciendo ‘una vez más la parábola del sembrador’ seamos esa tierra endurecida en la que no penetra, no cala en nosotros y no puede echar raíces para que sea una planta hermosa que luego nos dé el fruto de una dorada espiga en las buenas obras, en la fe y en el compromiso de nuestra vida.
Ya hay muchos vientos de tentaciones en la vida que quieren agostar y echar a perder esa planta para que también nosotros endurezcamos el corazón. Jesús mismo nos explica la parábola a petición de los discípulos. ‘¿Qué significa esa parábola?’ Cuidemos nuestras actitudes, la apertura sincera de nuestro corazón. Para que cale y eche raíces. Para que los momentos de la prueba no pongan en peligro sus frutos, para que ‘los afanes y las riquezas y los placeres de la vida’ no la vayan ahogando. Por eso tenemos que buscar todos los medios para hacerla fructificar. Por eso tenemos que evitar lo que impida dar el generoso fruto. Por eso tenemos que saber acogerla con actitud orante. Es la mejor manera prometedora de ricos y abundantes frutos. No en vano es Dios que nos habla y se ha de establecer ese diálogo de amor entre nosotros y Dios.
Hoy se está recomendando vivamente – ya se habló de ello intensamente en el reciente Sínodo de la Palabra - y está surgiendo en nuestras comunidades la ‘lectio divina’, que dicho en pocas palabras es una lectura desde una actitud orante y comunitaria, en todos los casos en que sea posible, de la Palabra de Dios.
Con espíritu de fe acudimos al sagrado texto. No vamos a leer o a escuchar un texto cualquiera, sino que es la Palabra que el Señor en todo tiempo quiere dirigirnos. De ahí esa postura de fe y de recogimiento; de ahí esa oración, no sólo para prepararnos para escucharla, sino también en esa reflexión, en esa respuesta. Porque con esa misma Palabra tenemos que orar para, una vez descubierto lo que el Señor ha querido decirnos, nosotros darle nuestra respuesta. Para hacerlo tanto de forma individual como en grupos, por así decirlo, tiene un método propio, pero que es fundamentalmente lo que acabamos de explicar.
Una Palabra así escuchada es semilla caída en tierra buena que necesariamente tiene que llevarnos a dar frutos. Y creceremos por dentro en nuestra espiritualidad. Y creceremos en nuestro compromiso cristiano de fe y de amor. Haremos que nuestra cristiana sea más viva y aquellas comunidades cristianas donde haya muchos cristianos que hagan esta lectura orante de la Palabra de Dios se convertirán en comunidades vivas, en comunidades de intensa vida cristiana y espiritual.
Que con corazón noble y generoso escuchemos la Palabra de Dios, la guardemos porque la hagamos vida nuestra y con perseverancia alcancemos frutos de vida eterna.

viernes, 18 de septiembre de 2009

La codicia raíz de todos los males…

1Tim. 6, 2-12
Sal. 48
Lc. 8, 1-3


Aunque las consideraciones que se hace Pablo tienen especial referencia a su discípulo Timoteo en orden al cumplimiento de su ministerio de Obispo de la comunidad de Éfeso, sin embargo son tan universales que nos viene bien reflexionarlas a todos los que nos llamamos discípulos de Jesús.
¿En que nos afanamos? ¿cuáles son nuestras preocupaciones? Demasiado afanados andamos muchas veces por las cosas que poseemos, los bienes o ganancias materiales y el deseo de riquezas. El apóstol nos dirá ‘sin nada venimos a este mundo y sin nada nos iremos de él’. Sentenciará a continuación: ‘teniendo qué comer y qué vestir nos basta’. Pero, ya sabemos, no nos contentamos con esto.
Por aquello de las múltiples necesidades que tenemos y que, tenemos que reconocer, algunas veces nos creamos, ahí andamos afanados con nuestros trabajos porque tenemos que tener unos rendimientos o unas ganancias para todo lo que queremos tener o hacer, y ahí andamos llenos de ambiciones.
Entonces, ¿lo que tenemos que hacer es no trabajar?, podrían argumentarnos algunos. De ninguna manera, tenemos que decir. Tenemos unas responsabilidades con nosotros mismos, con los nuestros, unas responsabilidades familiares, con la sociedad en la que vivimos y, si queremos, con toda la creación que Dios ha puesto en nuestras manos. Los talentos que Dios nos ha entregado en esos valores y capacidades de la vida y de esas responsabilidades que tenemos que asumir, tenemos que desarrollarlas porque además nos debemos a ese mundo que tenemos que hacer mejor cada día.
Pero eso no significa que tengamos que dejar meter la codicia en nuestro corazón. La codicia nos encierra y hace egoístas, porque todo lo queremos para nosotros. Como nos dirá el apóstol ‘los que buscan las riquezas se enredan en mil tentaciones, se crean necesidades absurdas y nocivas que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque la codicia es la raíz de todos los males…’
Queremos tener y tener de todo. Los ojos hacen envidioso el corazón, porque todo aquello que vemos que tiene el otro, yo también quiero tenerlo. Lo envidias y le deseas mal. Nos vamos corroyendo por dentro y de ahí estamos a un paso de querer mal a los demás, o de querer apoderarme de la manera que sea de lo que el otro tiene. Es una cadena que acaba mal.
Y nos previene de algo más el apóstol. Nos dirá: ‘Muchos arrastrados por la codicia se han apartado de la fe y les ha acarreado muchos sufrimientos’. Parece que está haciendo un retrato fiel de lo vemos a nuestro alrededor. ¡Cuántos han abandonado la vida cristiana y la fe cuando llegan a una vida incompatible en lo que hacen en su codicia y un mínimo de moral o de ética cristiana! ¿Serán tentaciones para nosotros también? No tires la piedra al aire que te puede caer encima. No digas de esta agua no beberé… como se suele decir en el refranero, que más tarde o más temprano podemos vernos arrastrados por esas tentaciones.
Termina el apóstol con unas hermosas recomendaciones. ‘Huye de todo esto y practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza… combate el buen combate de la fe… conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…’ Nos quiere hacer precavidos y por eso nos hace pensar. Nos invita a vivir una vida cristiana íntegra, luchando por mantenernos fieles al espíritu del Evangelio. Tendríamos que meditar mucho en el mensaje de las bienaventuranzas: ‘Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos’.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Con nuestros pecados vayamos con fe y amor a lavarnos en la Sangre de Cristo

1Tim. 4, 12-16
Sal.110
Lc. 7, 36-50


En un platillo de la balanza, sus muchos pecados, y en el otro platillo su mucha fe y su mucho amor; como consecuencia, los frutos que podríamos decir, el perdón y la paz.
Así prácticamente podríamos resumir el mensaje del texto del evangelio hoy propuesto, aunque como contrapuesto a este luminoso mensaje está la negatividad del fariseo que en su interior despreciaba a aquella mujer por ser pecadora – ‘si este fuera profeta, sabría quién es esa mujer que lo está tocando y lo que es, una mujer pecadora’ -, y las dudas y reticencias de los otros comensales que ponían en duda la capacidad de Jesús para perdonar – ‘¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?’ -.
Pero subrayemos algunos aspectos de este hermoso texto del evangelio. Aquella mujer era una mujer pecadora, y por eso mismo despreciada por todos; el pensamiento del fariseo expresa la idea que tenían de que con solo tocar a una persona pecadora, ya se volvían también impuros. Pero era una mujer de una fe grande y de un amor grande también.
Tenía la fe grande y la confianza total en que Jesús no la iba a rechazar ¿Habría escuchado ella en alguna ocasión a Jesús? Habría escuchado quizá aquellas palabras que hoy la liturgia nos ha ofrecido como antífona en el aleluya antes del evangelio: ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré’. Habría quizá conocido el caso de aquella otra mujer pecadora, la adúltera, a la que Jesús perdonó. Las noticias corren en los pueblos y habría oído hablar de Zaqueo el que quería ver a Jesús escondido tras las ramas de la higuera, pero Jesús se había hospedado en su casa. Podría ser que ella también si no detrás de las ramas de una higuera, quizá medio oculta en ocasiones por el rechazo y desprecio que recibía, habría escuchado muchas veces a Jesús.
Una fe grande y una confianza total de aquella mujer que se atreve a introducirse en casa de Simón y llegar hasta la sala de comensales a los pies de Jesús. Y allí está aquella mujer realizando con Jesús todos aquellos gestos de hospitalidad que Simón había olvidado. Lo normal, como señal de hospitalidad, era ofrecer agua al huésped, saludarlo con el beso de la paz y ungirlo con perfume. Pero en este caso ‘Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa’. Ahora Jesús le dirá a Simón: ‘¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su cabello. Tú no me besaste; ella en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella en cambio me ha ungido los pies con perfume…’
Son las señales del amor grande de aquella mujer que Jesús destaca de manera especial. Le propone la parábola de los dos deudores, y concluirá Jesús, que igual que amará más aquel al que perdonó mas, ‘sus pecados están perdonados porque tiene mucho amor’.
Finalmente Jesús dirá a la mujer: ‘Tus pecados están perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz’. ¿Cómo no iba a salir aquella mujer de la presencia de Jesús con paz? Iba rebosante de paz, de la paz más grande, de la paz que de los hombres no había podido recibir, de la paz que sólo en Jesús podemos encontrar.
Pero ¿y nosotros? Vayamos a Jesús con esa misma fe, con esa misma humildad, con ese mismo amor. Con confianza absoluta podemos acercarnos a Jesús porque en El vamos a encontrar ese perdón y esa paz que necesitamos. Vayamos con humildad, reconociéndonos pecadores, viendo primero que nada la viga que llevamos en nuestro ojo antes que las pequeñas motas de los ojos de los hermanos. Que se destierre para siempre de nuestro corazón las actitudes de desconfianza, de desprecio, de orgullo, de creernos mejores o superiores. Vayamos a Jesús poniendo todo el amor que seamos capaces, porque sabemos que El nos lo va a devolver multiplicado por el infinito, porque así infinito es el amor que el Señor nos tiene.
Ya tenemos en nuestro platillo de balanza nuestros pecados, pero pongamos en el otro nuestra fe, nuestra humildad, nuestro amor, que con la sangre derramada de Cristo vamos a encontrar el perdón y la paz.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que hoy sigue inspirando el camino de la Iglesia

1Tim. 3, 14-16
Sal. 110
Lc. 7, 31-35


‘Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’. Probablemente sea un juego de niños de la época . la cuestión era hacer la cosa contraria de lo que se pedía hacer, entre cantos, bromas y fiestas, propias de los niños o de la juventud.
¿Por qué saca a colación Jesús este canto o juego infantil de los niños en la plaza? Se ha preguntado antes: ‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?’ Está haciendo referencia a las distintas reacciones que los judíos están teniendo ante su presencia y su actuar. No habían terminado de aceptar la vida de austeridad en la que vivía el Bautista en el desierto junto al Jordán, pues conocido era el rechazo de ciertos sectores de la sociedad religiosa y dirigente de Jerusalén por ejemplo al grupo de los esenios que vivían en algo parecido a un eremitorio junto al mar Muerto. Pero ahora les costaba aceptar a Jesús, que a todos se acercaba, con todos convivía porque lo que quería era anunciar el Reino de Dios a todos.
‘Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores. Sin embargo, los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón’. Ni aceptaban a Juan ni aceptaban a Jesús. Pareciera que lo importante era estar a la contra de todo lo que pudiera surgir como algo nuevo.
¿Nos preguntará Jesús a nosotros, ‘¿a quiénes se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?’ Algunas veces parece que estuviéramos también nosotros desorientado y sin saber a qué quedarnos. Nos vemos confundidos, pueden surgir añoranzas de tiempos pasados que nos parecen mejores y no somos capaces de descubrir lo bueno que el Espíritu va haciendo surgir en nosotros y en lo que nos rodea.
Hace cuarenta años con qué ilusión vivíamos aquel momento de renovación en la vida de la Iglesia suscitado por el reciente Concilio Vaticano II. Fueron tiempos intensos de muchas esperanzas, pero también con los riesgos de la crisis que se produce en todo ser vivo y en crecimiento. Los tiempos han ido cambiando en nuestra sociedad y en la concepción de la vida y del mundo y algunas veces nos llenamos de pesimismo porque nos pareciera que brilla más la negrura de la oscuridad que la propia luz. Por eso surgen en ciertos sectores añoranzas de pasado.
Ante esa frase que decimos que los tiempos pasados fueron mejores, yo digo que ni mejores ni peores que los actuales. Cada tiempo tiene sus dificultades y sus problemas. En cada tiempo surgen las crisis propias de donde hay vida en crecimiento. También en otros tiempos se tuvieron que enfrentar a problemas y dificultades como tenemos que enfrentarnos nosotros ahora. Pero en cada tiempo el creyente tiene que saber descubrir la acción del Espíritu que está actuando y que es quien de verdad conduce a la Iglesia y le inspira todo lo bueno.
Hoy nos toca vivir en este tiempo. Estamos en el siglo XXI que tendrá sus luces y sus sombras como todos los tiempos. Pero este es nuestro tiempo. Y es ahí donde tenemos primero que vivir como cristianos y donde tenemos que dar el testimonio de nuestra fe y el anuncio del evangelio. El Evangelio es el mismo, porque ese no cambia pero los métodos, por así decirlo, de su anuncio tienen que estar en consonancia con los tiempos en que vivimos porque tenemos que responder a las expectativas y a los problemas de los hombres de esta época, ni mejores ni peores que los de otros tiempos, pero que tienen sus propios problemas y expectativas.
No vamos a anunciarle el evangelio el evangelio a los hombres de hoy con un lenguaje arcaico o unas formas propias de siglos pasados, porque ni siquiera nos entenderían. El Espíritu que suscita todo lo bueno en nuestro interior también nos dará el lenguaje apropiado y la forma más conveniente para poder hacerlo hoy al hombre de hoy. En esa actitud abierta desde el fondo del corazón tenemos que estar.
Y como adelantábamos antes, no nos dejemos vencer por las negruras del pesimismo que nos pudiera envolver. No todo es negro en este mundo y en esta Iglesia concreta que vivimos en el momento de hoy. Hay muchas luces, porque hay muchas cosas buenas, porque hay mucha gente con una vivencia de fe muy intensa, porque hay mucha gente comprometida que no vive su vida cristiana desde la rutina sino con una entrega admirable. Nos hace falta abrir los ojos para descubrirlo porque eso está a nuestro lado. Porque no podemos negar que el Espíritu del Señor sigue actuando hoy en su Iglesia y sigue suscitando mucha generosidad en los corazones de los hombres de hoy.
Igual que tú o yo sentimos inquietud por la fe y por el anuncio del evangelio a nuestro lado hay muchos que sienten y viven intensamente esa inquietud. Sepamos descubrirlos porque eso además nos servirá de ánimo y estímulo en nuestra tarea y nuestro compromiso. Y no olvidemos que vivimos en pleno siglo XXI que tiene sus características propias y es a ese hombre y mujer de hoy en el que tenemos que sembrar la semilla del evangelio.
Ni carreras alocadas y sin sentido que no nos llevan a nada, ni paso de cangrejo o de tortuga que nos hagan volver para detrás. Solamente dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que hoy sigue inspirando el camino de la Iglesia.

martes, 15 de septiembre de 2009

María en su dolor se asoció con sus entrañas de madre al Sacrificio de Jesús


Hb. 5, 7-9;

Sal. 30;

Jn. 19, 25-27



‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre…’ Allí estaba María. Si ayer contemplábamos la Cruz de Cristo y la celebrábamos, hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la madre de Jesús.
El concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia, dedica el último capítulo para hablarnos de María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Entresacamos algunos párrafos en referencia a lo que hoy contemplamos, a María al pie de la cruz.
‘En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su madre ya desde el principio… a lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino … proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente. Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la Cruz como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo’.
Subrayamos algunos pensamientos. Allí estaba al pie de la cruz con su dolor de madre, unida a Jesús; allí estaba unida al sufrimiento redentor de su Hijo; pero tendríamos que decir que allí estaba en el sufrimiento doloroso de todos sus hijos. Esos hijos que precisamente, allí desde la Cruz, Jesús le había confiado.
Allí estaba la Madre asociándose al sacrificio de Cristo. Es Cristo quien nos redimió, pero ella puso su dolor de madre junto al dolor y sufrimiento redentor de Cristo; pero podríamos decir también, ya que ella es una de los nuestros, con ella, con su dolor y sufrimiento estaba también nuestro dolor, nuestro sufrimiento. Contemplándola a ella con esa firmeza al pie de la cruz nos está enseñando a estar nosotros con firmeza y con amor también junto a la cruz, o si queremos, con nuestra cruz.
Allí estaba María ‘consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado’, nos dice el concilio. Ella estaba haciendo también una inmolación de su vida. Como dirá más adelante el mismo concilio: ‘concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente impar a la obra del salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas’.
Es la gran lección que tenemos que aprender. La sabiduría de la cruz es la sabiduría del amor. Vamos a poner nosotros también nuestra obediencia, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra ardiente caridad. Es el sí de la fe y es el sí del amor. Es el sí con que nosotros nos ponemos al lado de la cruz de Cristo. Pero un sí que aprendemos a decir de María. Que nos enseñe a decir Amén, cantamos en nuestra oración a María tantas veces. El Amén de María no fue sólo el de la Anunciación, sino el de toda su vida. Allá en el templo lo ofreció a Dios como hijo primogénito, pero ahora consuma esa ofrenda en el Amén que María pronuncia en la Cruz.
Es lo que hoy le hemos pedido al Señor en nuestra oración. Que nos asociemos con María a la pasión de Cristo, para que un día merezcamos participar de su resurrección. Nos asociamos a la pasión de Cristo, pero queremos tomar también todo el sufrimiento de todos los hombres para ponerlo ahí también a la sombra de la cruz. Que todo él se transforme en vida, que todo ese dolor y sufrimiento de la humanidad pueda ser camino de vida nueva para todos los hombres.
Que ese regalo que desde la cruz hoy Jesús nos hace al darnos a María como madre nosotros sepamos apreciarlo, amando cada vez más a María, aprendiendo de ella a decir Amén y copiando sus virtudes y su santidad en nuestra vida. Que María, Madre, nos proteja, nos ayude alcanzándonos la gracia del Señor y nos conduzca siempre de su mano maternal hasta Jesús.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor


Núm. 21, 4-9
Sal. 27
Jn. 3, 13-17



‘Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’.
Así hemos comenzado hoy nuestra eucaristía. En la aclamación después de la consagración podemos decir: ‘Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor’. Hoy es la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Si en mayo por una antiguo fiesta litúrgica que recordaba el encuentro de la Santa Cruz en tiempos de Constantino la devoción popular se centraba en el adorno de las Cruces, esta fiesta de Setiembre está normalmente más unida a una fiesta de Cristo crucificado. Y realmente tiene una gran razón teológica, a mi parecer. Cuando nosotros celebramos la Cruz a quien realmente estamos celebrando es a Cristo en ella crucificado. Quien nos salva no es la cruz, sino Cristo que ha muerto en ella para nuestra salvación. De ahí que veneremos la Cruz, e incluso como lo hacemos el Viernes Santo en la Liturgia de la Pasión y Muerte de Cristo la adoramos. Pero realmente a quien estamos adorando es a Cristo mismo en ella clavado para nuestra salvación.
‘Oh Cruz bendita, tú sola fuiste digna de sostener al Rey Señor de los cielos’, decimos en una antífona de la Liturgia de las Horas. En otra antífona decimos: ‘Cómo brilla la Cruz, de la que colgó Dios en carne humana y en la que, con su sangre, lavó nuestras heridas’. En ese sentido podríamos recordar algunas otras antífonas que vienen a recoger lo que para la Iglesia ha significado la Cruz a través de los siglos y expresado en la oración de la Iglesia.
La Cruz que es para nosotros el gran signo de la vida y del amor. En ella Cristo muriendo nos dio la vida. Y por otra parte podemos decir que Cristo crucificado en ella es la prueba más grande del amor. ‘Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por el amado’. Y Cristo en la Cruz dio su vida por nosotros. ¿Habrá signo mayor de amor?
Para los judíos es una locura y para los griegos una necedad, nos explica san Pablo en sus cartas, pero nosotros hablamos de Cristo Crucificado que es nuestra sabiduría y nuestra salvación. Fuerza y poder de Dios que se manifiesta en la aparente debilidad de una cruz. Es, pues, nuestro orgullo que con gallardía sabemos llevar como signo ante los demás de nuestra fe y de nuestra condición de cristianos, porque con ella fuimos marcados desde nuestro bautismo.
Se convierte como en nuestro estandarte que llevamos con nosotros como un signo de nuestra pertenencia a Cristo y de nuestra fe, pero que se convierte para nosotros también en señal de victoria que nos defiende de las acechanzas del enemigo. Recordamos cuando Constantino iba a emprender batalla contra unos contrincantes que eran signo de la persecución que hasta entonces sufrían los cristianos, se cuenta que tuvo una visión en la que aparecía una cruz como estandarte de batalla y escuchaba una voz que le decía: ‘con este signo vencerás’. Puso la cruz en sus estandarte y fue el principio de fin de las persecuciones que en aquellos tiempos estaban sufriendo los cristianos.
Que así llevemos nosotros como un estandarte, como una gran señal en nuestra vida el signo de la cruz. Nuestros antepasados, llenos de fe, la ponían en los cruces de los caminos y allí habían sufrido alguna desgracia. Así nuestros pueblos en sus calles, caminos y plazas están sembrados de cruces que fueron un gran signo de fe y de religiosidad para nuestros antepasados y pueden seguir siendo en nuestro tiempo también un signo visible de nuestra fe y de nuestra religiosidad, aunque nuestra sociedad secularizada, laicista hasta extremos en ocasiones que rozan la ridiculez, atea y guerrera contra todo lo que suene a Dios, quiera desterrar la cruz de todas partes.
No podemos permitirlo. Necesitamos de ese signo que nos eleve a Dios y al mismo tiempo nos haga abrazar a los hermanos – no olvidemos los dos trazos de la cruz, uno vertical que nos lleva a Dios y otro horizontal como un abrazo con los hermanos -.
Necesitamos de ese signo de reconciliación y de reencuentro en nuestra sociedad rota, enfrentada y dividida por tantas razones.
Y es que tenemos que decir que si los cristianos llevamos la señal de la cruz con nosotros seguro que siempre estaremos buscando la paz y la reconciliación. Precisamente cuando parece que nos molesta la señal de la cruz en la vida del hombre o presente en la sociedad es cuando la mayoría de las veces lo que hacemos es sembrar rencores y resentimientos, estamos resucitando viejas heridas que en lugar de curarlas parece que las enconamos más para más enfrentarnos, para más sembrar desconfianza en las relaciones humanas, para mantener los distanciamientos, y para olvidar lo que significa el perdón y la reconciliación.
Necesitamos, pues, de la presencia de la cruz en nosotros y en medio de nuestra sociedad. Hoy celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. Que cada día la exaltemos más porque con orgullo la llevemos presente en nuestras vidas, cada día sepamos descubrir esa cruz que nosotros personalmente hemos de cargar sintiendo que Cristo es nuestro Cireneo, y sepamos hacer también nosotros de cireneos para ayudar a los demás, a llevar su cruz de cada día que de tantas maneras se les manifiesta en sus vidas.
‘Resplandece la Santa Cruz por la que el mundo recobra la salvación. ¡Oh Cruz que vences, cruz que reinas, cruz que nos limpias de nuestros pecados!’

domingo, 13 de septiembre de 2009

¿Nuestro camino o el camino de Jesús?

Is. 50, 5-9;
Sal. 114;
Sant. 2, 14-18;
Mc. 8, 27-35


Nos decimos cristianos porque creemos en Jesús y queremos ser sus discípulos, seguirle. Pero esa es precisamente la cuestión que nos podemos plantear. Cuando decimos que queremos seguirle y ser sus discípulos ¿estaremos en verdad queriendo escuchar lo que El nos dice o nos plantea, o más bien nosotros nos hemos hecho nuestra idea y es sólo eso lo que escuchamos y hacemos? ¿será nuestra idea o pensamiento, o será el pensamiento de Dios?
Los discípulos habían ido conociendo a Jesús poco a poco, estaban viendo sus actividades, siendo testigos de los signos que hacía y escuchando sus enseñanzas. Hoy hemos visto en el evangelio que Jesús se lleva al grupo más íntimo de discípulos a lugares apartados – Cesarea de Filipo quedaba bien al norte, cercana al territorio de Fenicia –y ahora les hace unas preguntas y unos anuncios que ayudarán a clarificar la idea que tenían de El.
‘¿Qué piensa la gente del Hijo del Hombre? ¿Qué pensáis vosotros?’ Hoy diríamos que estaba haciendo una encuesta. ‘Que eres uno de los grandes profetas como Elías o el recientemente desaparecido Juan el Bautista’. Pero vosotros, sí vosotros, ¿qué pensáis? Y allí está la respuesta de Pedro, el primero, el impulsivo, el que toma enseguida la palabra. ‘Tú eres el Cristo, el Mesías’. Pero Jesús no quiere que se lo digan a la gente. ‘Les prohibió terminantemente decírselo a la gente’. ¿Por qué? Ahora lo veremos claro.
‘Jesús empezó a instruirlos’. ¿De qué les hablaba? ‘El hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitará al tercer día’.
‘El se los explicaba con toda claridad’,
pero ellos no entendían. Comprendemos nosotros ahora por qué les prohibió terminantemente decir a nadie que El era el Mesías. Tenían otra idea. El Mesías era un triunfador, un libertador que se iba a poner al frente del pueblo para libéralo de la dominación extranjera. Era lo que pensaban entonces que haría el Mesías. Lo que estaban todos esperando. Vemos que a Pedro no le cabe en la cabeza lo que Jesús acaba de anunciar. A Ti no te puede pasar eso. ‘Se llevó a Jesús aparte y se puso a increparlo’. Jesús lo rechazó. ‘Apártate, quítate de mi vista… piensas como los hombres, no según los planes de Dios’. Tú lo que tienes que hacer es seguirme, ir detrás de mí.
Ahí lo tenemos, nos hacemos nuestra idea, como Pedro, como la gente de la época, de lo que tenía que ser y hacer el Mesías. Pero si queremos seguir a Jesús tenemos que ir detrás de El. No somos nosotros los que señalamos el camino, sino que nuestro camino es seguir su camino. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. Es seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es comenzar a pensar como piensa El; y comenzar a actuar como actúa El. Y El se entrega, se da, es capaz de perder la vida para ganarla. ‘El que pierde su vida por mí y por el evangelio, la salvará’.
Esto que estamos reflexionando es serio y tendríamos que sacar muchas consecuencias. Y me lo digo a mí mismo. Porque nos pasa como a Pedro, como le pasaba a aquella gente en tiempos de Jesús. Como nos sigue pasando hoy. ¿En qué se queda muchas veces nuestra fe en Jesús?
En estos días en nuestros pueblos se están haciendo muchas fiestas a Cristo Crucificado. Vamos a sus santuarios donde se veneran Imágenes de Cristo con mucha devoción – Cristo de La Laguna, Cristo de los Dolores de Tacoronte, Cristo del Calvario de Icod, Cristo de la Salud de Arona, por mencionar algunos en mi tierra tinerfeña -; asistimos devotamente a muchos actos de culto y a muchas procesiones, sentimos enorme emoción religiosa al ponernos ante sus impresionantes imágenes, pero, ¿estaremos dispuestos seriamente y de verdad a vivir un amor y una entrega como la que El vivió que le llevó a la Cruz y a la muerte?
Tenemos devoción a una determinada imagen de Cristo en Cruz, pero cuando nos llega el dolor, el sufrimiento, la cruz de una enfermedad ¿cuál es nuestra reacción? Aquello que nos decía Jesús de cargar con nuestra cruz de cada día, ¿nos dice algo?
¿Seremos capaces de ver la cruz de la gente que sufre a nuestro lado – enfermedades, problemas de todo tipo, carencias y necesidades en esta situación social por la que estamos pasando, limitaciones de todo tipo – y estaríamos dispuestos a convertirnos en auténticos cireneos que con nuestro compromiso, nuestra entrega, nuestro tiempo les ayudemos a llevar su cruz?
¿Nos quedaremos solamente en esos momentos emotivos y de fervor, o seremos capaces de traducir todo eso en un compromiso serio, por ejemplo, de arrancarnos de nuestros vicios y pecados para vivir una vida más santa?
¿Sucederá que los que vienen a nuestras fiestas del Cristo les cuesta entender todo ese camino de compromiso y de amor por una vida nueva y distinta? ¿Nos dirán también, no nos compliquen la vida ahora que la cosa no es para tanto, que yo tengo mi fe y a mí no me la van a cambiar ahora?
Fue hermoso que Pedro fuera capaz de confesar su fe en Jesús proclamándolo el Cristo y el Mesías, pero le era más difícil aceptar un camino de entrega y de pasión, un camino de amor hasta el final que le llevar a la muerte y a la resurrección.
Que seamos capaces de confesar valiente e íntegramente nuestra fe en Jesús. Nos lo está planteando hoy el evangelio. Pero que lo hagamos con toda nuestra vida, con una mayor santidad, arrancándonos del pecado, viviendo un compromiso de amor por los demás en medio de la Iglesia y del mundo, que lo testimoniemos con el ejemplo de nuestra vida en los momentos fáciles y de fervor, pero también en los momentos difíciles, que seamos capaces de dar la cara por Cristo y por su Evangelio.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Dulce nombre de María con olor a jardín florecido


Ecles. 24, 17-22
Sal.: Lc. 1, 46-55
Lc. 1, 26-38



‘¡Alégrate, la llena de gracia! ¡Alégrate, no temas, María! El Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios…’
Bendito nombre el de María. Su nombre es bendición y es gracia. Decir María es decir Madre, la Madre de Dios… también nuestra madre. Decir María es caminar hacia la luz, es sentir que la luz viene sobre nosotros. Decir María es pensar en Jesús. Bendito el nombre de María… bendito el nombre de Jesús.
No hay otro nombre bajo el cielo ni sobre la tierra que sea para nosotros salvación como el nombre de Jesús. ‘Ante El toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo…’ porque al decir Jesús estamos llamando a Dios, al decir Jesús sobre nosotros se derrama la salvación. Jesús es el Dios que nos salva, el que nos trae el perdón, el que nos llena de vida.
Pero hoy estamos haciendo fiesta de María y aprendiendo a invocar su nombre; hacemos fiesta de María y le damos gracias a Dios porque nos ha dado una madre tan hermosa que es la Madre de Dios; bendecimos y alabamos al Señor porque cuando llamamos a María parece que todos los caminos se nos abren, los caminos que nos llevan y acercan al Salvador.
¡Qué hermoso es el nombre de María, el nombre de la Madre, de nuestra Madre, la Madre del Señor! Un nombre que nos huele a jardines florecidos, porque al decir María, al nombrar a María van brotando en su derredor todas las hermosas flores que son sus virtudes, sus gracias de las que toda ella está inundada. Además de María brota la más hermosa frescura, el más intenso aroma del amor, el perfume más exquisito de todas sus virtudes de las que ella es para nosotros el mejor ejemplo.
Glorioso es el nombre de María, como decíamos en la antífona de entrada tomando palabras del cántico a Judith, la heroína del Antiguo Testamento por la que se vio libre el pueblo antiguo de la vara del opresor. ‘El Señor te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo que tu alabanza está siempre en boca de todos’. ‘Bendita tú entre todas las mujeres’, como le dijo Isabel y como le repetimos una y otra vez en el Avemaría.
Su nombre es santo porque con él llamamos e invocamos a ‘la llena de gracia’, la que encontró gracia ante Dios de manera que fecundada por obra del Espíritu Santo de ella había de nacer el que nos trajera la gracia y la salvación.
Es su nombre el que invocamos y está frecuentemente en nuestros labios porque así recurrimos a su protección maternal; así nos sentimos defendidos y protegidos contra las acechanzas del enemigo, contra todos los peligros que nos acechan. ‘Has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de tus fieles; éstos la contemplan confiados, como estrella luminosa, la invocan como madre en los peligros y en las necesidades acuden seguros a ella’, diremos en el prefacio de esta fiesta de María.
Queremos que la protección de María, cuando invocamos su nombre, nos haga comprender lo que significa también llevar el nombre de cristiano; que nunca profanemos la dignidad a la que está elevada nuestra vida desde el bautismo; que siempre seamos capaces de comportarnos conforme a esa dignidad con una santidad de vida.
Que María nos proteja; que María nos ayude; que María nos alcance esa gracia de parte del Señor.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Se fió de mi y me confió este ministerio

1Tim. 1, 1-2.12-14
Sal. 15
Lc. 6, 39-42


Iniciamos hoy la lectura de la primera carta de san Pablo a Timoteo, ‘verdadero hijo en la fe’, como le llama en el saludo de la carta. Efectivamente Timoteo se había unido a Pablo en su segundo viaje por el Asia Menor. Le había acompañado hasta que Pablo lo dejó al frente de la comunidad de Éfeso. A él dirige dos cartas, llamadas pastorales, donde principalmente le da orientaciones en orden a organizar la comunidad, pero con hermoso contenido que nos ilumina en nuestro camino de la vida cristiana.
Tras el saludo Pablo hace una auténtica confesión de fe, reconociendo de quien ha recibido la misión que se le ha encomendado. ‘Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio…’
‘Que me hizo capaz…’ Ya en su presentación en el saludo se llama a sí mismo ‘Apóstol de Cristo Jesús por disposición de Dios, nuestro Salvador, y de Jesucristo, nuestra esperanza’. No es un ministerio o servicio que haya asumido por sí mismo, como reconocerá también en otros lugares, sino que ha sido llamado por el Señor para ser apóstol.
‘Y se fió de mí…’ A continuación reconoce humildemente su condición anterior a su conversión. ‘Eso que yo era antes un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía’. Hermoso su gesto de humildad, al tiempo que el reconocimiento de la grandeza del Señor que le ha llamado y se ha fiado de él. Tiene otras resonancias esta confesión. María, se llama a sí mismo la esclava del Señor, pero reconoce que el Señor ha hecho en ella cosas grandes.
Y terminará diciendo Pablo: ‘Y me confió este ministerio’. Y es que ‘Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano’. Todo es gracia, regalo de Dios. Y los regalos de Dios son siempre generosos, sin medida. Por eso dice ‘derrochó’. Todo es un derroche de gracia del Señor.
Muchas cosas podemos aprender de estas palabras y de esta actitud de Pablo. El ha experimentado en su vida lo que es la gracia de Dios, el amor misericordioso del Señor. Eso le hace actuar también con misericordia con los demás. Cómo tenemos que aprender la lección. Reconocer en nuestra vida la misericordia del Señor con nosotros que somos pecadores, nos tendrá que hacer actuar de manera distinta con los otros. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar? Como nos dice hoy el evangelio tenemos que mirar la viga de nuestro ojo antes de ver la mota que pueda haber en ojo de nuestro hermano. Pero qué dados somos para el juicio y la condena, ver las faltas de los demás pero no ser capaces de reconocer nuestras propias debilidades y flaquezas.
Yo también, de manera personal, quiero como el Apóstol dar gracias a Dios ‘que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio’, el ministerio sacerdotal. Así de grande ha sido el amor de Dios en mi vida. Así lo ha derrochado sobre mi para seguir confiando en mí a pesar de mis debilidades, de mis fracasos, de mi pecado. Y el Señor sigue confiándome este ministerio. Invito a quien lea estas consideraciones a dar gracias a Dios conmigo.
Pero todos hemos de saber descubrir esa acción maravillosa en nuestra vida, ese amor que se derrama sobre cada uno de nosotros, allí donde estemos, y en la misión que nos haya confiado. Todo es vocación, porque todo es llamada de Dios. Ese lugar que ocupo, esa profesión que realizo, esas actividades que hago, esa vida en el seno del hogar y de la familia, todo son llamadas de Dios, y todo es un derroche de la gracia de Dios sobre nosotros para el cumplimiento fiel de esa vocación a la que hemos sido llamados.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado

Col. 3, 12-17
Sal. 150
Lc. 6, 27-38


Tenemos que comenzar por decir que pueblo no es sólo una determinada demarcación geográfica, ni sólo un conglomerado de personas que viven en un lugar determinado. Quizá muchas veces cuando nos referimos a un pueblo nos quedemos en esa primaria idea de lo que es un pueblo, pero si nos paramos a pensar nos damos cuenta que es algo más.
Las personas que conforman un pueblo normalmente y se sienten de verdad miembros de ese pueblo o comunidad tienen unas características que les son comunes. Es lo que llamamos idiosincrasia o la manera de ser de las personas de un lugar y que de alguna manera las caracterizan y definen. Eso lo notamos claramente sobre todo de algunos pueblos fijándonos en sus costumbres, su manera de actuar y, si queremos, comparando pueblos vecinos y descifrando las características propias de cada pueblo.
¿Por qué decimos todo esto? San Pablo hoy en su carta a los Colosenses nos habla de un pueblo, al que llama ‘elegido de Dios, pueblo sacro (sagrado) y amado…’ Está refiriéndose, como todos podemos comprender, a la Iglesia, a la comunidad de los que creemos en Jesús.
Y nos habla de un uniforme. Y ya sabemos que el uniforme es el vestuario que define a un determinado grupo, porque en él todos llevan el mismo vestido y apariencia.
Pero Pablo nos está hablando del uniforme del cristiano que no puede quedarse reducido a un vestido externo, sino que está haciendo referencia a algo mucho más hondo. Nuestra idiosincrasia, por emplear la palabra que mencionábamos anteriormente, nuestra manera de ser, aquello que nos distingue como pueblo de Dios.
¿Cuál es ese uniforme? En una palabra, es el amor. Ya nos lo dejó dicho Jesús que sería por lo que nos distinguirían. Claro que el amor tiene como su raíz más profunda la fe y la esperanza. Ese amor va a nacer en esa fe que tenemos en Dios, que primero El nos ha amado y elegido. Porque desde esa fe en Dios encontramos el modelo y la fuerza para vestirnos de él.
¿Qué características nos propone el apóstol? ‘La misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión…’ No amamos simplemente porque no hagamos daño al otro, o formalmente seamos buenos y respetuosos con él. Es algo más hondo y más lleno de matices. Nos habla de un amor entrañable, luego tiene que nacer de lo más hondo de nuestras entrañas, o de nuestro corazón. Pero nos habla también de los detalles en los que se ha de manifestar ese amor, porque está lleno de dulzura, de comprensión, de bondad, de humildad. Y cuántas cosas se encierran en estas palabras.
Eso nos llevará, por ejemplo, a aceptarnos y sobrellevarnos, que no es simplemente aguantarnos, sino que es aceptarnos desde una relación de amor. Amor que tendrá que traducirse en perdón. ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro…’, que nos dice el apóstol. Precisamente hoy en el Evangelio Jesús nos ha hablado del perdón. Perdón a todos, también a los enemigos; perdón que se hace oración también por aquellos a los que nos cuesta amar. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…’ Porque en algo tenemos que diferenciarnos los que seguimos a Jesús.
Nos habla de amor como ceñidor y de paz como árbitro. Todo envuelto en el amor, buscando siempre la paz. Y ante cualquier dificultad o conflicto, la paz que nace del amor es lo que tiene siempre que primar. Cuánto tendríamos que decir en este aspecto, pero no queremos alargarnos.
Y como termina diciéndonos hoy el apóstol, todo siempre para la gloria de Dios. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de El’.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Las bienaventuranzas ¿una utopía irrealizable o el proyecto de Dios?

Col. 3, 1-11
Sal. 144
Lc. 6, 20-26


¿Utopía, sueño inalcanzable, proyecto de Dios? Hay quienes al escuchar el mensaje del evangelio, sobre todo cuando escuchan las Bienaventuranzas tal como nos las presenta Mateo o como Lucas como hoy hemos escuchado, piensan que eso es una utopía, queriendo decir que es un sueño bonito, sí, pero que eso no se puede realizar en la vida.
Consciente de la dificultad, sin embargo me atrevo a decir, es el proyecto de Dios para el hombre, un hermoso proyecto que nos haría inmensamente felices. Es que Jesús lo que quiere proponernos es algo nuevo, Buena Noticia, Evangelio. Nos plantea un nuevo sentido de vivir, una nueva óptica para ver las cosas, un nuevo corazón.
Por eso, no nos extrañe que comience su predicación precisamente invitándonos a la conversión, al cambio del corazón, de la mentalidad. Nos anuncia el Reino de Dios, pero para poder aceptarlo tiene que haber una nueva disponibilidad en el corazón, una apertura a lo grande y maravilloso que nos presenta, aunque de entrada pudiera parecernos inalcanzable.
Las palabras y los gestos de Jesús muchas veces nos desconciertan, nos encuentran mal colocados, pero sus palabras y sus gestos no son locuras, son hermosos proyectos de vida nueva que nos ofrece el amor inmenso de Dios.
En las Bienaventuranzas que nos propone Lucas y que hoy hemos escuchado, se nos habla de que serán dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los que son perseguidos. Ya decíamos que nos puede parecer desconcertante. ‘Dichosos los pobres… dichosos los que ahora tenéis hambre… dichosos los que ahora lloráis… dichosos vosotros cuando os odien los hombres, os excluyan y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre…’ ¿Y qué nos ofrece? ‘…porque vuestro es el Reino de los cielos… quedaréis saciados… reiréis… alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo’.
Todo esto se puede comprender con la esperanza del Reino de Dios. En la sinagoga de Nazaret en lo que hemos dicho que fue su presentación había dicho que los pobres serían evangelizados, que habría libertad para los oprimidos, alegría para los que lloran y para los que son perseverantes hasta el final a pesar de las dificultades era el año de gracia. En otro lugar también nos dirá ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.
Se anuncia pues la Buena noticia a los pobres y a los que sufren, a los que se sienten oprimidos y a los que lloran. En la esperanza ya sentimos el gozo. Pero es que ese gozo no es un sueño, sino es la consecuencia de la vida nueva que surge cuando de verdad hemos optado por el Reino de Dios. Cuando hemos optado por seguir a Jesús y vivir el Reino de Dios nuestra vida, la vida de todos ha comenzado a ser distinta; habrá más amor y más solidaridad, habrá más autenticidad en la vida del hombre y habrá más justicia. Y eso ¿no hará que la vida de los pobres y de los que sufren cambie? Comenzarán día de dicha y de felicidad porque nos hemos tomando en serio el seguir a Jesús.
Ya no es un sueño irrealizable sino que es algo que ya estamos comenzando a vivir. Es el proyecto de Dios. Y para realizarlo no nos sentimos solos y sin fuerzas. Si Jesús en la Sinagoga con Palabras del Profeta había dicho ‘el Espíritu está sobre mí porque El me ha ungido y me ha enviado…’ eso lo podemos sentir nosotros también. Somos los ungidos y los enviados con la fuerza del Espíritu Santo. No nos faltará nunca la gracia divina para que se cumplan esas esperanzas del Reino de Dios y lo comencemos a vivir.

martes, 8 de septiembre de 2009

El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día




Miqueas, 8, 2-5
Sal. 12
Mt. 1, 1-16.18-23




Los textos bíblicos que nos ofrece hoy la liturgia hacen más bien referencia al nacimiento de Jesús aun cuando estemos celebrando el nacimiento de María. Creo que podemos comprenderlo fácilmente porque en primer lugar celebrar el misterio de María no podemos hacer sin referencia a Jesús su Hijo. Y por otra parte nada hay en la Biblia que directamente nos cuente el nacimiento de María. Y es que además nunca podemos quedarnos en María sino que siempre ella nos llevará a que nos centremos en Jesús.
Nos llenamos de gozo en esta fiesta del nacimiento de María que es como un anticipo o como un ensayo general para lo que será la alegría del Nacimiento de Jesús. Hay un Himno en la Liturgia de las Horas, tomado probablemente del tesoro inagotable y riquísimo de nuestros poetas místicos de la Edad de Oro del Misticismo, que así precisamente la canta como una invitación a los ángeles a la alegría y a la fiesta en el nacimiento de María como un ensayo para los cantos y las aclamaciones de los coros celestiales en el nacimiento de Jesús.



‘Canten hoy, pues nacéis vos,


los ángeles, gran Señora,


y ensáyense desde ahora,


para cuando nazca Dios.


Canten hoy, pues a ver vienen


nacida su Reina bella,


que el fruto que esperan de ella


es por quien la gracia tienen.


Digan, Señora, de voz,


que habéis de ser su Señora,


y ensáyense, desde ahora,


para cuando nazca Dios’.



El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día. María es la Madre de la luz, con una de las hermosas advocaciones con las que el pueblo cristiano la celebra en muchos lugares en este día, porque es la Madre de Cristo, la verdadera luz del mundo. La luz que brilla y resplandece en la santidad de María es el reflejo de la santidad de Dios, de la que ella bien supo llenarse. Porque ella es la llena de gracia, la que está inundada de Dios, ‘el Señor está contigo’, le dice el ángel de la anunciación.
Pero es que Dios la había llamado y escogido de manera especial para ser su Madre. La había adornado de toda gracia. En el conocimiento de Dios, para quien no hay tiempo, El sabía del sí de María al proyecto de Dios, que no sólo era para su vida, sino para la salvación de la humanidad. Por eso la hizo toda pura, toda santa desde el primer instante de su concepción. Porque si hoy nos alegramos y hacemos fiesta en el nacimiento de María, hace nueves meses exactamente, el 8 de diciembre, la proclamábamos Inmaculada, sin pecado, purísima desde el primer instante de su concepción.
Nos alegramos y cantamos las alabanzas de María en su fiesta. La felicitamos en su cumpleaños, podemos decir con toda razón. ¿No nos felicitamos unos a otros en nuestros cumpleaños, en la coincidencia con el día de nuestro nacimiento? ¡Cómo no hacerlo y hacerlo de manera especial con la Madre, la Madre de Dios pero también nuestra Madre!
Pero ya sabemos cuál es la mejor alabanza y felicitación que podemos hacer a nuestra madre. No son regalos de flores o de joyas lo que ella quiere de nosotros. Esos regalos tendríamos que hacérselos a ella en nuestros hermanos, sus hijos, más pobres. El mejor regalo que podemos hacerle es copiar de ella en nuestra vida sus virtudes y su santidad.
Que aprendamos de María a decir Sí al proyecto de Dios para nuestra vida. Y el proyecto de Dios es un proyecto de salvación. Llenándonos y viviendo su salvación es como estaremos diciendo sí a ese proyecto divino para nosotros. Ese sí pasa por una vida santa, una vida sin pecado, una vida llena de gracia, como la de María. A su lado nos sentimos pequeños y pobres con nuestra vida tan llena de pecado.
Lo que agradaría a María es nuestro propósito y nuestro compromiso de mejorar y cambiar nuestra vida. Ser cada día más santos. si tan prontos somos desgraciadamente para caer en las redes de la tentación y del maligno que nos lleva al pecado, que prontos seamos para levantarnos de nuestro pecado. Sabemos que la Madre está siempre rogando por nosotros que somos pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte como le decimos en el Avemaría, y que con su ayuda seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Un valor y significado para nuestros trabajos y dolores

Col. 1,24-2, 3
Sal. 61
Lc. 6, 6-11


San Pablo nos habla hoy de sus luchas y trabajos para anunciar a todos el evangelio de Jesús. ‘Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros el mensaje completo….’ Y quiere que el anuncio llegue a todos y es lo que quiere hacer. ‘Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos con todos los recursos de la sabiduría…’
Por eso les dice que quiere que tengan ‘noticia del empeñado combate que sostengo por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente… tarea en la que lucho denodadamente con la fuerza poderosa que El me da’.
Pero esta lucha y este esfuerzo le hace sufrir. Es el celo del apóstol que a todos quiere llegar y que busca la manera de mejor hacerlo y no siempre obtiene la respuesta deseada. Pero este sufrimiento no es para él un tormento sino una alegría. ‘Me alegro de sufrir por vosotros’, les dice. Podría parecer incomprensible que sufra y al mismo tiempo esté alegre. Pero hay un motivo, que además nos descubre un mensaje bien hermoso.
Y este mensaje es el descubrir el valor del sufrimiento. Algo que nos vale para motivarnos a nosotros cuando también tenemos que enfrentarnos al dolor y al sufrimiento que padecemos muchas veces en nuestra propia carne, allá en lo más hondo de la persona. ‘Me alegro de sufrir por vosotros, les dice, así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia’.
¿Significa esto, acaso, que la pasión de Cristo no está completa? No es eso lo que nos quiere decir el apóstol. Los dolores y sufrimientos de Cristo en su entrega por nosotros que le hizo padecer la pasión y la muerte, son de un valor infinito. Por amor Cristo se entregó por nosotros dándole valor y sentido al sufrimiento para así hacernos llegar la vida y la redención.
Cuando el apóstol habla de completar es una manera de decirnos que él con sus sufrimiento se une a los sufrimientos y la pasión de Cristo. Es querer ponernos al lado de Cristo sufriente, de Cristo en el amor de su pasión y su cruz. Nos está enseñando a darle un valor y un sentido a nuestro propio dolor y sufrimiento, cuando seamos capaces de hacer una ofrenda de amor en El, para unirnos al amor de Cristo en su entrega por nosotros.
Es Cristo quien nos ha redimido, nos ha salvado. Nosotros queremos recibir su salvación, su vida, su gracia, su perdón. Pero tenemos la oportunidad de unirnos a El en su sacrificio con nuestro sacrificio y nuestra vida, con nuestro dolor y con nuestro amor. Y así nuestro sufrimiento en ese amor y en esa unión con Cristo adquiere un nuevo valor y un nuevo sentido. No es lo mismo sufrir resignadamente que poner amor en nuestro dolor. Y cuando por amor nos unimos a Cristo El no nos va a dejar solos; si queremos nosotros ser sus cireneos que le ayudemos a llevar la Cruz, es El quien se convierte en nuestro Cirineo estando a nuestro lado y ayudándonos a llevar nuestra cruz.
Les decía a mis ancianitos y ancianitas esta mañana cuando les comentaba este texto: No penséis que porque sois mayores, llenos de achaques y debilidades, con muchas enfermedades en vuestros cuerpos, ya sois unas personas para arrinconar y que no valéis nada. Tenéis un valor grande, no solo en esa riqueza inmensa que atesora vuestra vida con tanta sabiduría que habéis adquirido con el paso de los años, sino que tenéis el potencial de vuestras debilidades, de vuestros achaques, de vuestros sufrimientos, si sabéis ofrecerlos al Señor.
Tienen ustedes una palanca muy poderosa en vuestras manos para pedir al Señor. Os acordáis mucho, por ejemplo, de vuestros hijos y de vuestros familiares y aunque estéis aquí dentro os sigue preocupando su futuro, su prosperidad, su vida. Pues desde aquí podéis hacer mucho para ayudarles ofreciendo vuestra vida, vuestros dolores, vuestras debilidades al Señor.
Una palanca poderosa para pedir por la Iglesia y por el mundo, para pedir por la paz y para que cambien muchas cosas a mejor: el ofrecimiento de vuestra vida. Y lo digo a todos los que comparten esta reflexión. Todos tenemos muchas cosas que ofrecer al Señor desde la debilidad que de una manera u otra aparece continuamente en nuestra vida. Completamos, si, en nuestra carne, los dolores de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia, por nuestro mundo, por tantas cosas que queremos pedirle al Señor.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Complejos, discapacidades, barreras de las que nos cure o libere el Señor


Is. 35, 4-7;
Sal. 145;
Sant. 2, 1-5;
Mc. 7, 31-37


‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos’.
Fue la reacción de la gente. Un milagro que contemplamos hoy en el evangelio que nos hace comprender que Jesús hace lo anunciado por los profetas. ‘Mirad que viene nuestro Dios… se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará’.
Recordamos que cuando Juan, el Bautista, está en la cárcel prisionero de Herodes mandó a sus discípulos a preguntar ‘¿eres tú el que ha de venir, o sea tu eres el anunciado por los profetas como Mesías de Dios, o hemos de esperar a otro?’ Ya sabemos la respuesta de Jesús que, después de hacer milagros curando enfermos, les dice a los embajadores de Juan: ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído…’
Signos de la llegada del Señor con su salvación. Alegría porque la transformación es tan grande como que el desierto y el páramo se conviertan en vergel porque lo surcan abundantes corrientes de agua. Nos lo decía hoy también Isaías. ‘Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramos será un estanque, lo reseco un manantial’.
Pero, ¿qué tendremos que transformar en nuestra vida o cuáles son los males de los que el Señor habrá de curarnos? Eso mismo que hemos escuchado en el evangelio tendría, tiene que realizarse hoy en nosotros. Sí, hemos de decir como Jesús en la Sinagoga de Nazaret: ‘Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír’. Tiene que ser lo que vivimos y celebramos.
Jesús curó a un hombre con una tremenda discapacidad que le impedía mantener una relación normal y fluida con las demás personas. Era un sordomudo. Si eso sigue sucediendo hoy con tantos tipos de discapacidades que aíslan, crean barreras, incomunican y hasta pueden llevar a una minusvaloración de los que padecen tales discapacidades, cómo sería en aquella época y aquella cultura. No podemos culpabilizar lo sucedido entonces porque es consecuencia de sus costumbres y la cultura de una época; pero sí tendríamos que sacar lecciones para que en nuestra época no sigan sucediendo ese tipo de cosas. Ese cambio de mentalidad en nosotros podría ser un primer fruto de la reflexión en torno a la Palabra de Dios que nos estamos haciendo.
Pero creo que podríamos ahondar más para ver nuestras propias discapacidades que también nos aíslan, los complejos que nos encierran, las barreras que siguen existiendo en nuestra vida que nos incomunican porque nos impiden acercarnos a los demás, o porque impiden que los demás se acerquen a nosotros. Tendríamos que reflexionar seriamente sobre ello y pensar en cosas concretas en nuestra vida.
Dejemos que el Señor venga y nos imponga sus manos, como le pedían que hiciera con aquel sordomudo del evangelio; que toque nuestros oídos o nuestra lengua; nos tienda la mano para levantarnos de la postración e invalidez, no ya de nuestro cuerpo sino de nuestro espíritu. Que con la fuerza del Señor sepamos ir siempre al encuentro de los demás, rompamos esas barreras y nos liberemos de tantas ataduras.
Podríamos decir, por ejemplo, que nos falta amor y llenamos nuestra vida de prejuicios contra los demás. Son barreras que nos creamos. Yo no tengo prejuicios, yo no soy racista, o yo no desprecio a nadie, saltamos a decir enseguida. Pero preguntémonos sinceramente si nuestros juicios hacia los otros son siempre limpios, o si acaso más bien lo que hacemos cuando pensamos algo de los demás no será su historia, o su supuesta historia como nosotros nos la hayamos imaginado, lo primero que veamos en el otro. Es que es así, que hizo esto o lo otro, que proviene de tal familia o aquel lugar, o cuando no, sentimos prevención hacia su cultura o su estilo de vida y, aunque lo tratemos de disimular, el color de su piel.
¿No nos faltará entonces amor? ¿No tendría el Señor algo de lo que liberarnos? Así podemos pensar en muchas cosas y situaciones. Lo vemos y lo oímos cada día a nuestro alrededor y fácilmente nos dejamos influir por esas actitudes y posturas.
Jesús libera de la traba de su lengua a aquel sordomudo y abre sus oídos y enseguida comenzó a comunicarse con los demás y también a comunicar lo que el Señor había hecho con él. Que se suelten también las trabas que tenemos en la vida. Que nunca más nos encerremos en nosotros mismos. Que el amor abra nuestro espíritu para acercarnos más a los demás, parea mejor comunicarnos y aprendamos a caminar juntos en la vida. No caminemos nunca solos como si nosotros fuéramos los únicos que hay en el mundo. Es una tentación.
Por otra parte podemos pensar en más cosas. En el mundo en el que vivimos se han inventado mil redes de comunicación y podemos comunicarnos con alguien del otro lado del mundo con toda facilidad o sabemos lo que sucede en cualquier lugar del planeta al instante, pero quizá no nos comunicamos con el que está a nuestro lado y no sabemos, o no queremos saber, el problema que hace sufrir al que está sentado en la silla de al lado o vive enfrente de mi casa. ¿No seremos también sordomudos que queremos serlo para evitar una comunicación de corazón con el que está cerca de nosotros?
Mucho tiene que transformar el Señor en nuestro corazón y en nuestra vida. Que ponga su mano sobre nosotros para que nos cure. Es lo que el Señor hoy quiere realizar en nosotros. Ojalá al final podamos decir: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabamos de oír’.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Cimentados y estables en la fe, inamovibles en la esperanza

Col. 1, 21-23
Sal. 53
Lc. 6, 1-5


Cuando leemos las cartas de san Pablo a las diversas comunidades a las que escribe podemos tener la tendencia a pensar que dichas comunidades abarcan quizá toda la población donde están asentadas porque todos hayan abrazado la fe. Normalmente no son comunidades grandes aunque sí lo sean de gran vitalidad, pero viven en medio de una población que en su mayoría no han abrazado la fe en Jesús y no siempre les es fácil el testimonio en medio de un mundo pagano adverso o incluso en medio de comunidades judías que aún no han aceptado a Jesús que Mesías Salvador.
Estas cartas del apóstol, aunque en ocasiones tratan de corregir y orientar en problemas concretos a los que se enfrentan aquellas comunidades en su propio seno, una de los principales fines es alentarles en la fe, animarles mantenerse firme en medio de las adversidades en que se puedan encontrar y hacerles llegar el mensaje del Evangelio en el que han de ir profundizando más y más.
Este puede ser el caso de la carta a los Colosenses que estamos escuchando en estos días y que comentamos. ‘La condición es, les dice, que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio’. Importante el mensaje de aliento que trata de trasmitirles. ‘Cimentados y estables en la fe… inamovibles en la esperanza’. Esa fe que recibieron al escuchar el Evangelio y adherirse a Jesús confesándolo como su Salvador.
Si estamos situados en un lugar inestable y en continuo movimiento, lo normal es que perdamos el equilibrio y tengamos el peligro de caernos, así como se caen las cosas que estén en ese lugar y no firmemente sujetas. Lo mismo un edificio si no está suficientemente cimentado ante cualquier movimiento telúrico fácilmente se nos viene abajo. Pero eso que sucede en la materialidad de las cosas, nos sucede también a las personas. Una persona madura decimos es una persona segura, con convicciones fuertes, que sabe lo que quiere y hacia lo que va. Podrán venirle situaciones difíciles pero se sentirá segura y firme para no dejarse arrastrar por ese torbellino de los problemas.
Pero todo eso también tenemos que decirlo en el orden de la fe y de la vida cristiana. ¿Seremos en verdad personas maduras en la fe? ¿Nuestras convicciones son firmes? ¿Sabremos hacer frente a los peligros que como vientos huracanados vienen contra nuestra fe y nuestra vida cristiana desde diversos frentes? ¿O andaremos titubeantes y dejándonos llevar como veletas por la primera opinión en contrario que llegue a nosotros?
Creo que tenemos que preocuparnos de tener una fe madura y bien formada. Como solemos decir, no nos vale simplemente la fe del carbonero. No nos vale decir esto siempre ha sido así o así me lo enseñaron aunque yo ahora no sepa dar razón de ello. Hemos de preocuparnos de formarnos, de ahondar en nuestra fe, de crecer en el conocimiento del Evangelio. Hemos de saber aprovechar todo medio bueno que esté a nuestro alcance para ese crecimiento de nuestra fe.
Pero cuánto le cuesta a la mayoría de los cristianos acudir a una charla de formación, enrolarse en un grupo cristiano de profundización en la fe, o en un catecumenado o catequesis de adultos. Nuestro conocimiento de nuestra fe, y a la larga las manifestaciones de la misma en nuestra vida, se nos ha quedado en la catequesis que de niño recibimos para la primera comunión. Hemos madurado en otras cosas pero no hemos madurado en nuestra fe.
Y como decíamos muchos vientos tenemos en contra ante los cuales tendríamos que saber sentirnos seguros. Vientos de tentaciones de todo tipo, que nos pueden llevar al pecado o que nos pueden hacer poner en duda nuestra fe. Vientos que provienen a veces de nosotros mismos que queremos hacer una fe a nuestro gusto o nuestro capricho. Vientos que recibimos del ambiente que nos rodea, del materialismo con que se vive la vida, dejando de lado todo lo que suene a espiritual o religioso.
Vientos de un sincretismo donde lo mezclamos todo o todo nos parece igual de bueno; nos dicen todas las religiones son iguales, ¿por qué tengo que ir a enseñar a otros mi fe cristiana? ¿por qué no los dejamos en sus creencias? Lo que significaría que no estamos tan seguros y tan bien cimentados en la fe en Jesús como nuestro único Salvador, Dios con nosotros que nos manifiesta todo el amor del Padre que nos hace hijos de Dios.
Vientos de la rutina y del costumbrismo, en que caemos luego en una frialdad y una indiferencia que poco a poco nos puede llevar a abandonar la fe. Vientos de un ateismo circundante práctico donde se prescinde de Dios en la vida y el hecho religioso se trata de ocultar o reducir a ámbitos meramente privados.
Todo esto nos está pidiendo esa buena cimentación de nuestra fe que les pedía el apóstol a los cristianos colosenses. ‘La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio’. Que así sea nuestra fe y nuestra esperanza.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Un Himno de Amor a Cristo nuestro principio y nuestra plenitud

Col. 1, 15-20
Sal.99
Lc. 5, 33-39


Cuando amamos a alguien de verdad y cada día lo vamos conociendo más y más profundizando en intimidad y amor, cuando tenemos que hablar de esa persona buscamos las mejores palabras que expresen lo que esa persona es para nosotros y toda la hondura que en él hayamos descubierto. Es lo que los enamorados hacen en sus poemas y canciones de amor.
Nosotros amamos a Jesús y cada día vamos profundizando en el conocimiento del misterio de su vida y de su persona, vamos ahondando en el amor que le tenemos y llegamos a tener una intimidad profunda con El a través de nuestra oración. Cuando queremos hablar de Jesús ya no lo hacemos reduciéndonos a contar simplemente aquellas cosas que hizo en el evangelio, sino que partiendo de ese conocimiento también buscamos las mejores y más hondas palabras para expresar todo lo que significa en nuestra vida y todo lo que es el misterio de Dios que en El se manifiesta. Lo llamamos reflexión teológica – hacemos teología – o son también esos himnos cristológicos que incluso utilizamos como cánticos en las celebraciones de la liturgia.
Hoy en la carta a los Colosenses nos encontramos con uno de esos himnos cristológicos que nos recoge san Pablo en sus cartas, como en la de los Filipenses o la de los Efesios. Quiere expresar todo el misterio de Cristo que es el misterio de su amor por nosotros. Casi no se tendría que hacer comentario alguno sino simplemente dejarnos llevar por nuestro corazón y nuestro amor a la hora que lo vamos recitando en la liturgia o lo escuchamos, como hoy, en la proclamación de la Palabra de Dios.
Subrayemos algunas de las cosas que se expresan en este bello texto. ‘Cristo Jesús es imagen de Dios invisible’, comienza diciéndonos. Y recordamos lo que El nos ha dicho en el evangelio. ‘Quien me ve a mí ve al Padre’, le respondía a la pregunta de uno de los discípulos en la última cena. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelárselo’, nos dirá en otro lugar, Cristo Jesús es esa revelación de Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros. Viéndolo a El estamos viendo a Dios, poseyéndole a El estamos dejándonos inundar por el misterio de Dios.
Lo llama luego ‘primogénito de toda criatura y primogénito de entre los muertos’. El Hijo Unigénito de Dios, ‘engendrado no creado’ como decimos en el Credo. Pero que en cuanto que se ha hecho hombre, se ha encarnado, murió por nosotros, pero es el vencedor de la muerte por su resurrección. Es ‘el primero’, porque es la primicia, el que va delante de nosotros par que nosotros sigamos su camino, pero también porque El es el Señor, el único Señor. ‘Dios lo resucitó de entre los muertos constituyéndolo Señor y Mesías’, que diría San Pedro en el discurso de Pentecostés.
‘Todo fue creado por El y para El’, nos dice ahora san Pablo. Y san Juan en el principio del Evangelio nos hablará de ‘la Palabra que estaba junto a Dios y que es Dios, por medio de la cual se hizo todo y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho’
‘El es Cabeza del Cuerpo: de la Iglesia’, y nos recuerda todo lo que Pablo nos hablará del misterio del Cuerpo Místico de Cristo en la carta a los Corintios. Todos formamos un solo cuerpo y Cristo es la Cabeza. Y a El tenemos que estar unidos, porque en El es como conformamos ese único Cuerpo, que es Cristo mismo, y ‘sin El nada podemos hacer’, que nos dirá por otra parte en el Evangelio. ‘En El quiso Dios que residiera toda plenitud’.
Finalmente nos dice que es nuestra reconciliación y en El por la sangre derramada podemos alcanzar la paz para siempre. ‘En El quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su Cruz’. Lo que nos recordaría otros pasajes de las cartas de san Pablo.
Es quizá un poco denso lo que estamos reflexionando pero simplemente recogemos, comentando con otros textos de la misma Biblia, lo que san Pablo nos expresa en este hermoso Himno, este cántico a la larga de alabanza y de bendición a quien lo es todo para nosotros, quien es el centro y la razón de nuestra vida, porque es nuestra vida y nuestra salvación.

jueves, 3 de septiembre de 2009

La gente sigue ansiosa de oír la Palabra de Dios…

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios’. No estaban ahora en la sinagoga, como lo habíamos visto anteriormente en Nazaret, en Cafarnaún o por los sinagogas de Judea. Estaban junto al lago y allí se reúne también la gente porque quieren escuchar la Palabra de Dios. Ansia de la Palabra de Dios. ‘Y Jesús subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la aparta un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente’.
¿Será así cómo nosotros la deseamos y buscamos la manera de encontrarnos con el Señor? Todo lugar es bueno para escuchar a Dios: nuestras celebraciones, en lo secreto de nuestra habitación, en un momento de relax o también en momentos turbulentos, cuando estamos en casa o cuando vamos de viaje. Lo necesario es tener esa hambre de la Palabra de Dios.
Como Jesús la Iglesia tiene también que aprovechar cualquier oportunidad para hacer el anuncio de la Palabra de Dios. No podemos esperar que la gente venga a nuestros templos, sino que tenemos que emplear los medios a nuestro alcance para hacer el anuncio del Evangelio. Por estas redes del ciberespacio te está llegando ahora este mensaje de la Palabra de Dios. Aprovéchalo, pero hazte transmisor para que llegue también a otros. Igual que nos pasamos tantas cadenas que nos llegan a nuestro correo, pasa también el mensaje de la Palabra, señala a tus amigos donde pueden encontrarla.
Pero destacamos algo más de este texto del evangelio que hemos comenzado a comentar. Destacaríamos la fe y la confianza de Pedro. Ha estado toda la noche intentando pescar, pero ha sido uno de esos días en que parece que los peces han desaparecido. Bien lo saben los pescadores. Y ahora Jesús le dice que eche de nuevo las redes para pescar. El sabe lo que hay, está su experiencia, pero se fía de Jesús. ‘Maestro nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido nada, pero, por tu palabra, echaré las redes’.
Y la redada fue grande. Y ‘el asombro se apoderó de él y de los que estaban con él’. Asombrarnos y sorprendernos ante las maravillas de Dios. Tenemos que hacerlo. No nos podemos acostumbrar. Nos hemos de buscar otras explicaciones con nuestros razonamientos. Ver la acción de Dios que actúa maravillosamente tantas veces en nuestra vida. Pero porque también nosotros hemos sabido confiar.
También hemos sabido decir ‘por tu palabra, en tu nombre…’ emprendo la tarea, te ofrezco el día que comienza, no temo ante las dificultades de lo que pueda suceder. Hemos de saber hacer la ofrenda de nuestra voluntad y de nuestra vida en ese ofrecimiento de obras que hacemos cada día cuando nos levantamos. No por nosotros, sino por ti, en tu nombre y para tu gloria inicio este día, emprendo esta tarea, me comprometo con tus obras, Señor.
Y ante el asombro de las maravillas de Dios que estaba contemplando se sintió pequeño y pecador. ‘¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!’, exclama Pedro. Ante Dios así nos sentimos. Nos recuerda el episodio del profeta Isaías cuando contempla la gloria de Dios y se siente pecador y hombre de labios impuros. Teme morir, pero el ángel del Señor con las ascuas tomadas del fuego que ardía en la presencia de Dios, le purifica.
‘Apártate de mí’, le dice Pedro, pero nosotros no se lo vamos a decir así, sino le vamos a pedir que venga a nosotros aunque seamos pecadores, o porque somos pecadores. Necesitamos de su misericordia y de su perdón. Como hacemos cada vez que iniciamos la Eucaristía, que ante el Misterio al que nos vamos a acercar para celebrar, nos sentimos pecadores y le pedimos al Señor que nos purifique.
‘No temas, desde ahora será pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’. Aquello que habían vivido no se podía quedar en el secreto de aquella barca. Esa buena noticia hay que comunicarla a los demás. ‘Seréis pescadores de hombres…’ tenéis que ir a contar todo eso de lo que os habéis asombrado; esa palabra que habéis escuchado allá en vuestro corazón, ahí no se puede quedar encerrada y hay que ir a comunicarla a los demás; todo eso que has experimentado en ti cuando te has sentido amado por Dios, perdonado generosamente por El, tienes que contarlo a los demás para que ellos descubran también cuánto los ama el Señor.

Colosas una comunidad estimulada por la carta del apóstol

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


La carta a los Colosenses que hemos comenzado a escuchar desde ayer en la lectura continuada de la liturgia es un texto muy alentador y muy lleno de esperanza. Cuando el apóstol escribe a aquellas comunidades donde él ha anunciado el evangelio, aunque en ocasiones tenga que corregir y llamar la atención sobre cosas que hay que mejorar en la comunidad, sin embargo lo que pretende es dar ánimos valorando todas las cosas buenas de aquella comunidad, como su acogida de la Palabra de Dios que hicieron cuando se les anunció.
Da gracias el Apóstol al Señor por la fe, el amor y la esperanza que anima a aquella comunidad. ‘Damos gracias a Dios Padre… desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo y del amor que tenéis a todo el pueblo santo… os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos… desde el día en que escuchasteis y comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’.
Por eso pide el que cada día vayan creciendo más y en el conocimiento de Dios y sus designios: ‘un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual’. Es el conocimiento del Evangelio, el conocimiento de Cristo, que se traducirá luego en una conducta agradable al Señor y en los frutos de buenas obras. ‘De esta manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas…’ Siempre el conocimiento de Dios, de su voluntad, de lo que nos dice el evangelio ha de reflejarse en la vida, en la conducta.
Y eso se expresa además mediante las buenas obras. Nunca podremos separar nuestra fe del conjunto de nuestra vida. Esa fe que tenemos en Dios no es sólo un acto religioso que realicemos en unos momentos determinados, sino que se va manifestando en todo lo que es nuestra vida; de ahí nuestra conducta y de ahí el compromiso de nuestras obras de amor.
Pero además esto nos dará fuerza para enfrentarnos a las dificultades que vamos encontrando en nuestra vida. Son como pruebas que tenemos que superar. Muchas veces pueden ser incluso cosas molestas, sacrificadas. Pero ahí tiene que verse nuestra paciencia. Como dice el apóstol: ‘El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad’. No es un soportarlo porque no quede más remedio. Es que esos sufrimientos se han de vivir de una forma distinta, ‘con alegría dando gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz’.
¿Cómo no vivirlo con alegría sabiendo lo que el Señor ha hecho por nosotros, sabiendo lo que significa la redención que Cristo nos ofrece cuando ha derramado su sangre por nosotros? Nos ha sacado de las tinieblas para llevarnos a la luz; nos ha sacado del reino de la esclavitud y del pecado, para conducirnos a la vida y a la salvación. ‘El nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’.
Esto que les decía san Pablo a los cristianos de Colosas, admirando su fe, su entrega, la buena respuesta que dieron al evangelio que les anunció, nos lo dice a nosotros también. Es nuestra tarea ese crecimiento de nuestra fe, de nuestro conocimiento de Cristo y de su Evangelio. Es en algo en lo que tenemos que estar empeñados siempre tengamos la edad que tengamos, porque ese es un conocimiento que no se agota.
Es nuestra tarea el crecimiento de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra esperanza. Queremos vivir en su Reino. Escuchamos su Palabra cada día porque cada día queremos mejorar la pertenencia a su Reino. Y tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud. Es la esperanza de la vida eterna, es la esperanza del cielo con la que vivimos, nos esforzamos, luchamos superándonos cada día más y mejor. Es la fuerza que recibimos para aceptar pacientemente sufrimientos, luchas, problemas, dificultades. La meta a la que aspiramos, el cielo que deseamos bien merece la pena pasarlo todo. Porque eso en nuestra esperanza hemos de estar también alegres en el Señor.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El Reino de Dios en medio de nosotros: renacimiento de la fe y espíritu de servicio

Col. 1, 1-8
Sal. 51
Lc. 4, 38-44


‘El Señor me ha enviado para anunciar el evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad’. Ha sido la antífona del aleluya antes de la proclamación del evangelio. Resuenan estas palabras escuchadas hace pocos días cuando Jesús proclamó la lectura de Isaías en la sinagoga de Nazaret. El programa de la misión de Jesús que ya lo hemos visto realizando en su continuo actuar.
En la sinagoga de Cafarnaún anunciaba el Reino de Dios enseñando a la gente. Pero a sus palabras, ante las que se quedaban sorprendidos sus oyentes, acompañan los signos. Los signos de que el Reino de Dios se estaba ya realizando en medio de ellos. Arranca el mal del corazón de aquel hombre poseído por el espíritu maligno.
A continuación le vemos ir a la casa de Simón, donde su suegra estaba en cama con fiebre, y Jesús la levanta de su postración y enfermedad. Más tarde vendrán todos trayendo enfermos ‘con el mal que fuera’, dice el evangelista. Y Jesús los va curando a todos; ‘y El, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando’.
Un detalle que merece comentar. Dice el evangelista que ‘al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban’. Probablemente el día en que Jesús había enseñado en la sinagoga era sábado. Era el día del descanso y no se podía realizar ningún trabajo, luego no podían cargar con los enfermos para traérselos a Jesús. Por eso esperan a la puesta del sol, porque una vez caída la tarde se acababa el sábado, porque los judíos computaban el día desde el momento en que se ponía el sol. Por eso es ahora cuando ha terminado el sábado cuando se los traen.
Con esos milagros se Jesús se están dando las señales del Reino de Dios. Un Reino de Dios que afecta a toda la persona, que tiene que manifestarse en toda la persona. Desde lo más hondo nos sentimos transformados para reconocer la presencia y la acción de Dios, pero también nos sentiremos liberados de los males más profundos que nos afectan, y que muchas veces se pueden manifestar también en esos males que sufrimos en nuestro cuerpo.
Ya en el evangelio vemos como esas señales de la pertenencia al Reino de Dios se van manifestando. ‘Jesús, de pie a su lado, increpó a la fiebre y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles’. Y por otra parte veremos que ‘de muchos de ellos salían también los demonios y gritaban: Tú eres el Hijo de Dios’. Dos cosas, un reconocimiento de fe en Jesús: ‘Tú eres el Hijo de Dios’, por otro lado, una actitud de servicio que surgen en el corazón de la persona que ha sido liberada de su mal.
Fe y servicio, expresiones de que se quiere vivir ya en ese Reino de Dios. Fe y servicio que provocarán que la gente quiera estar con Jesús, seguirle o que su presencia no falte en medio de ellos. ‘La gente lo andaba buscando – El al amanecer se había ido a un lugar solitario -, dieron con El e intentaban retenerlo para que no se fuese’. Pero Jesús tenía que seguir anunciando el Reino de Dios. le veremos incluso lejos de Galilea. ‘Predicaba en las sinagogas de Judea’. Su campo de acción se ampliaba.
Que se den esas señales del Reino de Dios en nosotros porque se avive nuestra fe en Jesús, pero también porque surjan esas actitudes nuevas del amor y del servicio en nuestro corazón y en nuestra vida. Pero también nosotros nos sentimos llamados y enviados para seguir anunciando ese Reino a los demás, como Jesús, por todas partes. ‘También a los otros tengo que anunciarles el Reino de Dios, para eso me han enviado’. Así nosotros también.

martes, 1 de septiembre de 2009

Cristo es nuestra luz, vivamos como hijos de la luz

1Tes. 5, 1-6.9-11
Sal. 26
Lc. 31-37


“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?’ Así rezamos con el salmo. Así lo proclamamos con toda convicción. Cristo es nuestra Luz. Con El nos sentimos seguros, iluminados, con esperanza, renovados, llenos de vida nueva, llenos de luz. Nada tememos porque El es nuestra fuerza, ‘la defensa de mi vida’.
La imagen de la luz es muy repetida en el evangelio para significar nuestro encuentro con Jesús. Encontrarnos con Él es dejarnos iluminar por su luz. El que acepta a Jesús se llena de su luz. Es la fe que ilumina nuestra vida. Es el sentido nuevo de la vida que encontramos en Jesús. Es una nueva manera de vivir cuando nos iluminamos por su luz, cuando nos dejamos inundar por su luz.
En el Evangelio Jesús nos dice que El es la luz del mundo. De eso nos habló también el inicio del evangelio de san Juan, diciéndonos que la Palabra es la Luz que viene a iluminarnos. ‘La luz verdadera que ilumina a todo hombre…’ La luz que nos salva y nos llena de vida. Pero también nos habla de que las tinieblas rechazaron la luz, no quisieron recibir la luz. ‘La luz brilla en las tinieblas pero las tinieblas no la recibieron… vino a los suyos pero los suyos no lo recibieron’.
San Pablo hoy en la carta a los Tesalonicenses nos dice que nosotros no vivimos en las tinieblas sino en la luz desde que nos hemos encontrado con Cristo. ‘Vosotros, hermanos, no vivís en las tinieblas… porque todos sois hijos de la luz e hijos del día…’
Ser hijo de la luz nos exige el cuidar esa luz para no perderla. Por eso nos invita a estar atentos, vigilantes. ‘Así, pues, no nos durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente’.
El que camina en la luz camina con seguridad. La fe da seguridad a nuestra vida, nos da fortaleza en nuestras convicciones, en nuestro seguimiento de Jesús. El que camina en medio de las tinieblas de la noche lo hace con miedo porque no sabe lo que se puede encontrar, o los peligros que acechan detrás de esa oscuridad. Pero si caminamos con la luz ya no tenemos miedo.
El que camina con la luz camina con esperanza. Sabemos el Camino; Cristo es el camino. Sabemos a donde vamos. Tenemos la seguridad de la salvación que ya Cristo nos ha ganado. ‘Porque Dios no nos ha destinado al castigo sino a la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo: el murió por nosotros para que vivamos con El’. Salvación que nos lleva a vivir en Cristo y con Cristo. Por eso podíamos decir con el salmo: ‘Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’. Es la esperanza que anima nuestra vida cristiana. Es la esperanza de la vida eterna.
El que camino con la luz camina realizando las obras del amor. Nos decía san Pablo: ‘Por eso, animaos mutuamente, y ayudaos unos a otros para crecer, como ya lo hacéis’. Animarnos mutuamente en el amor, ayudándonos, queriéndonos, haciéndonos el bien. En nosotros tiene que resplandecer de manera especial el amor. Es ese blando deslumbrador que con luz se hace aún más brillante.
Cristo que viene a nosotros con su luz lo contemplamos hoy en el evangelio que llega a Cafarnaún trasmitiendo esa luz de la vida. ‘Bajó a Cafarnaún, y los sábados enseñaba a la gente… y se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad’. Pero a las palabras de Jesús acompañan las obras. Hay ‘un hombre que tenía un demonio inmundo…’ Jesús le increpa para expulsarlo: ‘¡Cierra la boca y sal!’ Y aquel hombre se vio liberado del espíritu inmundo. La gente sigue admirada porque está viendo la fuerza de la Palabra de Jesús, de la Palabra de Dios. ‘¿Qué tiene su palabra?’ se preguntaban. Era una palabra de vida y de salvación. Era una palabra de luz y de vida. Era la Palabra salvadora de Jesús.
Dejémonos iluminar por esa Palabra. Que nos llenemos de su luz. Que no dejemos que las tinieblas nos cerquen. Hay que estar vigilantes. ‘Que nos os sorprenda como un ladrón’; así está la tentación acechándonos continuamente. Por eso caminemos siempre a la luz del Señor, porque son su luz nada hemos de temer.