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viernes, 23 de mayo de 2025

Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en vedad a dar frutos

 


Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en vedad a dar frutos

 Hechos 15, 22-31; Salmo 56; Juan 15, 12-17

Gracias por considerarme tu amigo, me decía hace días una persona con la que se había ido estableciendo una bonita relación, una buena comunicación aun en las distancias que muchas veces podamos tener en la vida - hoy tenemos de fácil la posibilidad de comunicación a través de las redes con personas que físicamente pueden estar lejos de nosotros – y a la que en un momento le había llamado amigo. Es bonito ese paso, desde una comunicación ocasional a algo más cercano que pueda convertirse en amistad. Que no es solo, repito, un conocimiento ocasional, sino que es una comunicación más hondo donde ya vamos trasmitiendo parte de nosotros mismos al tiempo que comienza esa nueva interrelación.

Es una palabra, amigo, que muchas veces utilizamos con demasiada ligereza; parece que a todo persona que por la razón que sea hayamos conocido e intercambiado algunas palabras, ya tenemos que llamarlo amigo. Y no podemos confundir la amistad con otro tipo de relaciones; todos nos llamamos amigos, pero no siempre tenemos bien claro quienes son nuestros amigos de verdad; de alguna manera es un proceso de la persona que lleva a una nueva y distinta comunión y cuando vivimos la belleza de una amistad verdadera nos sentimos más felices y realizados como personas, nos conocemos mejor a nosotros mismos como entrar en un conocimiento y comunicación con esas personas a las que consideramos amigos, nos sentimos impulsados a un desarrollo mejor de lo que somos y nos sentimos verdaderamente apoyados en los proyectos que tengamos en la vida.

¿Cómo se sentirían los apóstoles en aquella noche de confidencias en que se había convertido la cena pascual que estaban celebrando? Muchas son las cosas que se van como destilando del corazón de Cristo que les abren nuevas expectativas, al mismo tiempo que sentían como una preangustia porque les parecía que todo aquello lo podían perder, aunque aun no terminaran de comprender lo que se iría sucediendo en aquellos días. De alguna manera era para ellos momentos de crisis en la incertidumbre que llegaría como a explosionar con el prendimiento de Jesús en el Huerto y todo lo que a continuación sucedería.

Pero en medio de esas recomendaciones de Jesús, donde les está hablando del amor con que han de vivir, en un momento dado los llama amigos. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Qué dulce tendría que haber sonado esa palabra en sus oídos, ‘a vosotros os llamo amigos’. A ellos se les había revelado, a ellos les había transmitido todo el misterio de Dios. Aunque ahora no terminaban de comprender como más tarde recordarían irían pasando por su mente todo aquello que había hecho y había dicho Jesús. Como El mismo les prometería ‘cuando venga el Espíritu de la Verdad es os lo recordará todo’. Será cuando terminen de comprender estas palabras de Jesús.

Y Jesús los puede llamar amigos porque todo ha sido algo que ha salido de su corazón, de su amor. Algunas veces nos queremos echar flores, queremos decir cuántas cosas nosotros hemos hecho, o como un día Pedro le recordaría a Jesús, es que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte. Pero no son méritos nuestros, aunque muy meritorio sea el haber llegado a ser capaces de despojarnos de cosas o de personas para seguir a Jesús, sino que todo parte de la elección de Dios. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en verdad a dar frutos. ¿Es lo que estamos sintiendo?, ¿es lo que estamos haciendo?

jueves, 22 de mayo de 2025

Aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados… es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de amar

 


Aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados… es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de amar

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

Hacer que las cosas duren, seguramente es un deseo que todos tenemos. Adquirimos algo que pudiéramos considerar importante y lo cuidamos para que no se nos estropee, ni se dañe ni se pierda porque queremos tenerlo para siempre; es una posesión que alguien quizás nos ha regalado y queremos guardarlo porque siempre queremos tener el recuerdo agradecido a quien nos lo donó.

Pero no son las cosas las que queremos conservar y que duren; son los recuerdos de las experiencias que hemos tenido y que siempre tendrán en nosotros un recuerdo permanente por lo dichoso, por ejemplo, que fue esa experiencia, y su recuerdo nos hace permanecer en esa dicha; pero más aun son las personas que han pasado por nuestra vida, nuestros padres y hermanos, nuestra familia y seres queridos, las amistades que hemos tenido que nos han hecho vivir y compartir tantas cosas que queremos que permanezcan, que no nos fallen ni nosotros fallarles, y cuidamos ese cariño y esa amistad, y avivamos en nosotros el deseo de estar siempre a su lado.

Como nos hemos fijado en la medida en que hemos ido avanzando en nuestra reflexión, ya no son solo las cosas las que queremos que permanezcan sino que pasamos a otros recuerdos y a otras experiencias, pero sobre todo llegamos a lo más hermoso y que sí queremos que permanezca para siempre que es el amor que hemos vivido en nuestras relaciones con los demás. ¿Se pueden marchitar esos recuerdos, como se pueden estropear esas cosas que queremos conservar? ¿Se puede marchitar el amor de manera que esa relación se rompa y ya no permanezca? Es lo que no queremos que suceda aunque bien sabemos de nuestras limitaciones y debilidades que pueden ajar muchas cosas bellas de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de permanecer en el amor. Diríamos que es la huella que quiere dejar en nuestra alma esos momentos supremos que El está viviendo en que precisamente por amor, por el amor que nos tiene, se va a entregar en el más hermoso y profundo amor, dando su vida por nosotros. No olvidemos el marco en el que el evangelio nos sitúa estas palabras de Jesús, en aquella cena pascual que celebró con sus discípulos antes de vivir su Pascua hasta la entrega definitiva y total.

Nos habla del amor del Padre en el que El permanece, nos habla de su amor en el que quiere que nosotros permanezcamos en El, nos está hablando de amor en el que hemos de permanecer para llegar con él también a los demás, a los que hemos de amar con un amor semejante al suyo. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice. Así nos ha amado El y en ese amor quiere que nosotros permanezcamos.

¿Qué significa esta permanencia en el amor? Un amor que no se apaga, un amor que siempre es leal, un amor que es fiel, un amor que hemos de cuidar.  Ya sabemos cómo somos que hasta nos cansamos de lo bueno; cuando le hacemos perder intensidad lo volvemos aburrido y monótono, le falta calor y le falta color; entramos en la dinámica de las rutinas en que ya hacemos las cosas sin motivación, sin ganas, como quien cumple un rito más, como si fuera simplemente una obligación que cumplir; hacerlo así es entrar en una peligrosa pendiente que hará que se amor se entibie y lo que se entibia pierde sabor.

Tenemos que aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados para con ese amor contagiar también a los demás. Es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de darse, el gozo de amar. Por eso nos señalará que nos ha dicho todo esto para que nuestra alegría sea completa, ‘mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a su plenitud’. Disfrutemos de la alegría del amor, es la felicidad más grande que podemos alcanzar.

martes, 20 de mayo de 2025

Bella imagen que presentar al mundo que nos rodea cuando vivimos esa comunión con Cristo en la escucha y en el amor y también en la comunión con los hermanos

 


Bella imagen que presentar al mundo que nos rodea cuando vivimos esa comunión con Cristo en la escucha y en el amor y también en la comunión con los hermanos

Hechos 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Es cosa que todos sabemos aunque no estemos muy habituados a la vida en el campo o en el trabajo de la agricultura, los árboles y en especial los árboles frutales hay que podarlos para mejorar su calidad y su producción. Alguien desconocedor de estos elementos al llegar en una ocasión a una huerta con árboles frutales, todos ellos muy frondosos y llenos de ramas alababa el que ellos se podría tener hermosas cosechas, pero un viejo agricultor le señaló que aquellos árboles había que podarlos, quitarle ese excesos de ramaje inservible que más bien dañaría o mermaría su producción, en la cabeza de aquel individuo le cabía el hecho de que sería necesario una profunda poda.

Una profunda poda necesitamos nosotros en la vida para que todo no se nos vaya por las ramas, como se suele decir, para que podamos llegar a la hondura del sentido de la vida y así en verdad podamos producir hermosos frutos de vida. Dicen que con la educación, aunque pudiera haber otras teorías, la rama hay que ir enderezándola desde chiquita; bellas formas vemos también en nuestros huertos y jardines de esas plantas que se han ido preparando con hermosas figuras, para lo que ha sido necesario ir haciendo podas aquí y allá para resaltar esa belleza que pretendemos.

Así la vida, no vamos a lo que salga; eso denotaría frivolidad y superficialidad; pero para dar esa profundidad de sentido a la vida mucho habrá que enderezar y corregir; tarea de educación, tarea que cada uno tiene que ir realizando en su vida para esa maduración, para ese crecimiento humano y espiritual, para lograr lo mejor de nuestra vida. Eso humanamente tenemos que hacerlo todos si queremos esa madurez en nuestra vida para afrontar problemas, para asumir responsabilidades, para dar lo mejor de nosotros mismos para hacer una sociedad mejor.

Es lo que nos está pidiendo Jesús para su seguimiento, para lo que sería una vida cristiana. Decimos vida cristiana porque el camino que queremos hacer es el de Cristo. ¿No le hemos escuchado recientemente que nos decía que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida? No vamos a escoger el camino que nos aparezca o se nos ocurra a ver lo que sale, es Jesús el camino, y si nos decimos cristianos es porque escogemos ese camino, porque le seguimos o más aun porque caminamos sus mismos pasos. No es solo camino para seguirle sino para hacerlo.

Hoy nos habla Jesús de la vid, de los sarmientos, de la poda, de la necesidad de que los sarmientos estén unidos a la vid, en fin de cuentas nos dice que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Nuestro seguimiento de Jesús exige radicalidad en nuestra vida, aun sabiendo de nuestra debilidad y de nuestra flaqueza. No siempre es fácil, nos cuesta, son muchos los apegos que se van cargando sobre nuestro corazón de los que tenemos que desprendernos para encontrar esa libertad en el seguimiento de Jesús. Que nada nos ate, que nada nos entorpezca el camino, que nada sea tropiezo en nosotros; son esas varas no solo infecundas sino también malignas que nos hacen daño, que tenemos que podar.

Es esa necesaria revisión que cada día tenemos que ir haciendo de nuestra vida, para que haya avance, para que haya crecimiento, para que haya vida de verdad en nosotros. Como nos dice hoy Jesús a todo sarmiento inservible hay que podarlo. Pero no es solo una tarea de ascesis la que vamos realizando sino que tiene que ser la tarea de estar unidos a Cristo, de conexión, de comunión, para que por nuestras venas circule la sabia de la gracia que es la que nos dará vida.

Esa necesidad de estar unidos a Cristo, que es escucharle, escuchar su Palabra pero recibiendo esa semilla en un campo bien labrado; esa necesidad de estar unidos a Cristo con nuestra oración y con los sacramentos; es nuestro encuentro vivo con El, para llenarnos de Dios, para llenarnos de vida; pero estar unidos a Cristo significa también nuestra comunión con los hermanos, nuestra comunión sintiéndonos Iglesia, nuestra comunión en la fe con los que hacen el mismo camino a nuestro lado.

Esa comunión de hermanos es también comunión con Cristo, es ese estar unidos a la vida para que los sarmientos tengan vida y puedan producir fruto. Un aspecto que es muy importante y que no podemos olvidar. Nos dirá Jesús que en ellos tenemos que verle a El, porque El así se nos hace presente también, y nos dirá Jesús que si no vivimos esa comunión de amor con los hermanos tampoco podremos vivir esa comunión de vida con El.

Por eso nos dirá también que cuando en su nombre nos reunimos y en su nombre desde esa comunión oramos al Padre siempre seremos escuchados, porque El mismo estará orando con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo decimos en nuestras oraciones litúrgicas y eso es lo que queremos expresar.

Qué bella imagen podemos presentar al mundo que nos rodea cuando vivimos esa comunión con Cristo y también con los hermanos.

No es desde los gritos estentóreos llenos de violencia y resentimiento como tenemos que buscar la paz que tanto necesitamos, miremos a Jesús y el camino del calvario

 


No es desde los gritos estentóreos llenos de violencia y resentimiento como tenemos que buscar la paz que tanto necesitamos, miremos a Jesús y el camino del calvario

Hechos 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

Podríamos comenzar por decir que la paz es el anhelo más hondo que hay en el corazón del hombre. Sin paz no somos nada. Vemos cómo se desmoronan los pueblos por falta de paz. Y quizás lo primero que nos venga a la mente son las imágenes que nos llegan todos los días por diferentes medios de cómo se destruyen los pueblos y ciudades, cómo se destruye la vida en esas guerras que azotan a nuestro mundo, unas más publicadas que otras, algunas muchas veces olvidadas porque las vemos en la lejanía, pero no terminamos de acostumbrarnos a tanta destrucción.

Pero la falta de paz no solo produce esa destrucción más externa, que vemos más con los ojos de la cara, pero sentimos que esa falta de paz corroe por dentro las relaciones de las personas, de las familias, de las comunidades y cuánta es la destrucción que se va produciendo también. Y no miremos solo hacia fuera, sino miremos a nuestro interior cómo hay tantas cosas que nos corroen por dentro, nos hacen perder la paz y con ella perdemos todo el equilibrio que necesitamos como personas.

Hoy nos está diciendo Jesús que quiere la paz para nosotros, que viene a traernos la paz. Surge, es cierto, esa primaria plegaria de pedirle la paz para nuestro mundo atormentado por tanta violencias y tantas guerras que nos hacemos los unos a los otros de tantas maneras. Y no podemos dejar de pedirlo, pero cuando Jesús nos está hablando de paz hoy quiere decirnos mucho más. Porque nos dice que no nos la da como la da el mundo. ¿Es solo hacer silencio de las armas? ¿Son los gritos estentóreos con los que gritamos en contra de esas guerras o de quienes las producen? ¿Qué paz llevamos dentro de nosotros tras esos gritos estentóreos tan llenos de radicalismos, tan envueltos en odios y resentimientos, tan proclamados incluso con violencias, tan reclamados con deseos de venganza y de exclusiones para crear más abismos entre unos y otros? ¿Creando abismos lograremos al final tener paz? ¿No será eso lo que estamos viendo en el entorno de nuestro mundo cuando se manifiestan pidiendo la paz?

Por eso nos dice Jesús que no nos da la paz como la da el mundo. Y fijémonos que lo está diciendo en un momento en que El mismo se va a ver envuelto en esa violencia que lo llevará a la pasión y a la muerte. Y Jesús mantiene el anuncio de esa paz, el ofrecimiento de esa paz y nos está señalando cual es el verdadero camino, cuales han de ser los presupuestos para que logremos esa paz. Por amor Jesús subirá al calvario, en ese supremo momento estará incluso pidiendo perdón por aquellos que lo están crucificando ofreciendo incluso una disculpa porque no saben lo que hacen; podrá sentir todo el vacío del mundo, que puede parecer incluso vacío de Dios, pero El seguirá poniéndose en las manos de Dios, en las manos del Padre.

¿No nos estará enseñando Jesús cual es el camino para que lleguemos a esa paz?  Cuando pasen todos estos momentos de sombras y volvamos a encontrarnos con la luz y con la vida, ese será el saludo de Jesús, la paz. Fueron sus primeras palabras en el encuentro con los discípulos en el cenáculo. Por eso ahora nos dirá también que a pesar de todo lo que pueda pasar no se nos enturbie el corazón. ‘Que no se turbe el corazón ni se acobarde’. Necesitamos escuchar claramente esas palabras de Jesús. En los Hechos de los Apóstoles que hoy también escuchamos, tras aquellos momentos de violencia en que incluso apalean a Pablo dejándolo incluso por muerto, a la mañana siguiente Pablo se levanta y entra de nuevo en la ciudad. No había perdido el coraje de la paz.

¿Y qué hacemos nosotros? ¿Cómo comenzaremos a construir esa paz que tanto necesitamos? ¿Habremos aprendido del camino de Jesús? ¿Sabremos poner ese amor en la vida en el que vamos a encontrar esa fortaleza para que nuestro corazón no se acobarde a pesar de que veamos todo lo que cuesta conseguir esa paz? ¿Llegaremos a entender que el presupuesto del perdón es condición necesaria para alcanzar la paz?

lunes, 19 de mayo de 2025

Sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en el manantial de su amor, porque Dios llega a habitar en nosotros

Sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en el manantial de su amor, porque Dios llega a habitar en nosotros

Hechos 14, 5-18; Salmo 113;  Juan 14, 21-26

Sabemos que en la vida hemos de saber mantener unas buenas relaciones con los que caminan a nuestro lado basadas en el respeto mutuo y también en la buena colaboración porque en fin de cuentas sabemos que compartimos un mismo mundo, necesitamos relacionarnos los unos con los otros y lograr una cierta armonía nos hace las cosas más fáciles y agradables. Sin embargo no siempre es fácil, decir respeto por respeto parece no suficiente, mantener unas distancias entrelazadas con unas cercanías que nos hagan las cosas fáciles no siempre parece que sea posible, porque fácilmente afloran desde nuestro interior nuestras propias ambiciones e intereses que si nos parece que son mermados ya nos sentimos incómodos. Algo tiene que haber distinto que le pueda dar otro sabor y otro color.

Lo sabemos, pero no siempre sabemos llevarlo a cabo, por esas debilidades que afloran, por esos intereses individualistas que salen a superficie, por ese amor propio en que nos parece que si damos estamos perdiendo. Sabemos, sí, que solo el amor es el que hará posible que nos sintamos felices, que hagamos ese mundo agradable para todos, que hará posible un verdadero enriquecimiento interior que nunca hará mermar la felicidad de los demás. Pero nos cuesta entender, nos cuesta realizarlo.

Es lo que Jesús nos está planteando en el evangelio. Es la buena noticia que nos quiere dar, pero la buena noticia viene de Dios, hace referencia a Dios y de ella tenemos luego que sacar nuestras conclusiones. La buena noticia de Jesús que llamamos la Buena Noticia del Reino de Dios es decirnos que Dios nos ama. Esa es la maravilla que no podemos olvidar. Esa es la maravilla que va a mover nuestra vida. Esa es la maravilla que nos va a poner en un nuevo camino, el camino del amor. Sintiéndonos así amados por Dios, y cómo se manifiesta eso en Jesús, nuestro camino no puede ser otro que el del amor.

Nos costará, porque como decíamos antes nos aparecerán muchas sombras en nuestra vida que nos hacen el camino oscuro, que nos impiden encontrar ese brillo del amor, que nos encierran en nosotros mismos, en nuestras individualidades, en nuestros orgullos, en nuestro amor propio y comenzaremos a restar, comenzaremos a poner limites a nuestra generosidad y a nuestra entrega, comenzaremos a hacer distinciones y discriminaciones, no llegaremos a vivir con intensidad el amor que Jesús nos propone.

Por eso tenemos que saber escuchar a Jesús, plantar de verdad su palabra en nuestro corazón, dejarnos envolver por su mandamiento y comenzar a amar con su mismo amor. Cuando lo probamos, lo saboreamos; cuando comenzamos a intentarlo veremos que eso nos llena de dicha; cuando comenzamos a ser fieles en ese amor sentiremos dentro de nosotros algo que no podemos explicar, es que estamos sintiendo a Dios en nosotros. Es lo que nos está diciendo hoy en el evangelio. ‘El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama será amado mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él’. Fijémonos qué hermoso, qué regalo estamos recibiendo de Dios, ‘al que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a El’.

Pero no se queda ahí, porque sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en ese manantial de su amor. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Nos convertiremos en morada de Dios. ¿No comenzará entonces a ser nuestra vida distinta?

Ya no es solo el respeto o la colaboración; ahora es la comunión, porque amar es entrar en comunión, es sentirnos uno con aquel a quien amamos, como nos sentimos unos con Dios cuando nos dejamos envolver por su amor. Seguiremos siendo débiles, seguirán aflorando en nosotros todas aquellas sombras de las que antes hablábamos, pero ahora tenemos una luz nueva, nos sentimos fortalecidos en el amor, una nueva esperanza renace en nuestro corazón de que es posible hacer un mundo nuevo y mejor, una paz indescriptible llenará nuestro espíritu.


domingo, 18 de mayo de 2025

Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

 


Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria  y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

Hechos 14, 21b-27; Salmo 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando hablamos de gloria, de glorificación y lo hacemos en términos muy a lo humano, a lo terreno y material, por decirlo de alguna manera, pensamos en triunfos, en victorias, en aclamaciones; la gloria de un deportista es la victoria personal o la victoria de su equipo, es el triunfo sobre el adversario, es la aclamación que va a tener de sus seguidores o de los que valoran esa victoria; salvo que nos hagamos unas interpretaciones ya muy particulares en las que se admire el esfuerzo realizado aunque no haya vencido se suele decir que su victoria es su superación, es su esfuerzo, o es el lograr llegar a aquella final aunque no haya habido triunfo sobre el adversario.

¿Cómo podemos entender las palabras que emplea Jesús hoy en el evangelio en las que habla de que ha llegado la hora de la glorificación precisamente en el contexto en que las pronuncia? Ya al comenzar la cena pascual el evangelista nos dice que ha llegado su hora, y lo repetirá Jesús en distintos momentos. Ya anteriormente hablando en Jerusalén había hablado de que estaba deseando que llegara la hora de la glorificación, mientras se escucha como un grito una voz venida del cielo que habla de esa glorificación.

Ahora ha salido ya Judas del cenáculo, y bien sabemos por los derroteros por los que caminaba pues iba a preparar el prendimiento de Jesús en aquella noche, y Jesús vuelve a hablar de glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros’. Son palabras que tienen un tinte especial, de ahí la tristeza que embarga al grupo de los discípulos, que no entienden lo que suceda, pero que presienten que algo especial va a suceder, como Jesús les había anunciado y ellos no habían comprendido.

Es el comienzo de la pasión; pronto vendrá el prendimiento, y como les ha dicho Jesús ‘me queda poco de estar con vosotros’. Pero es la hora de la entrega y del amor. Aunque sea difícil de ver y comprender todo lo que va a suceder tiene un sentido. Es el sentido de quien se entrega por nosotros, es el sentido del amor. Es el amor de Dios al hombre y al mundo que no se detiene hasta entregar a su Hijo para que nosotros tengamos vida. Aunque sean pasos amargos, porque a nadie le gusta el sufrimiento, fueron los pasos decididos con que Jesús subía a Jerusalén sabiendo que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, pero nadie le arrebata la vida, como nos dirá en una ocasión, sino que El la entrega libremente.

Puede pedirle al Padre que le libere de ese cáliz, pero El está dispuesto a llegar hasta el final. Porque no hay amor más grande que el de quien entrega su vida por los que ama. Es lo que está haciendo Jesús y la gloria de Dios se manifiesta cuando se manifiesta el amor, cuando llegamos a descubrir lo que es el amor que Dios nos tiene. Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor. Era lo que los judíos no entendían de la manera en cómo Jesús e presentaba como Mesías. Para ellos el Mesías tenía que se un caudillo que hiciera la guerra a quienes los oprimían para en esa violencia dominarlos y conquistar su libertad. No era la guerra que Jesús iba a emprender ni la que nos confiara a nosotros sus seguidores.

Y ese será el camino de nuestra gloria, el camino de nuestro triunfo. Es nuestra lucha y nosotros queremos ver también derrotados nuestros enemigos, pero nuestra victoria no viene por la violencia, nuestra victoria viene por el amor. Por eso nos dirá que será nuestro distintivo, por lo que nos conocerán. Es su ley y su mandato, amar. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros’.

Es la tarea que nos confía, pone en nuestras manos para poder manifestar la gloria de Dios. Solo en el amor se va a manifestar la gloria de Dios. Muchas veces tenemos la tentación de la ostentación en las cosas externas. Nos rodeamos de muchos resplandores y brillos que no son sino hojarasca; tenemos demasiadas manifestaciones de poder desde la imposición y desde la vanidad. Todavía seguimos sin entender las palabras de Jesús y pretendemos imponernos, convertir nuestra manera de ver y vivir el amor en leyes humanas que terminan maleándose porque se nos meterán nuestros intereses y nuestras vanidades por medio. Incluso hasta cuando hablamos de paz en tantos conflictos como nos encontramos en el mundo, terminamos hablando de imposiciones y exigencias, pero llegamos a entender que solo por el camino del amor es como la vamos a encontrar.

Tenemos que ver el camino de Jesús para hacerlo nuestro camino. Tenemos que ver lo que fue la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús para que lo hagamos también nuestra gloria porque emprendamos ese mismo camino de entrega y de amor. Despojémonos de esas ansias de poder que se sigue manifestando en nosotros y en nuestra Iglesia, esa fastuosidad y vanidad que lo que hace es crear abismos y distancias, que además nos están alejando del evangelio. Bajemos a ese terreno llano donde nos sentimos todos a la misma altura y se palpa la cercanía entre nosotros porque estamos todos caminando el mismo camino del amor.

sábado, 17 de mayo de 2025

Vayamos dando pasos, creciendo en nuestra fe, abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús siempre todo el amor de Dios para contemplar la vida y el mundo con ojos nuevos

 


Vayamos dando pasos, creciendo en nuestra fe, abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús siempre todo el amor de Dios para contemplar la vida y el mundo con ojos nuevos

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Tenemos tantas veces las cosas delante de nosotros y no terminamos de verlas; algunas veces estamos en casa buscando algo que necesitamos, un papel, por ejemplo, que tiene mucha importancia para nosotros y revolvemos todo y no lo encontramos, aunque algunas veces lo tenemos delante pero nos pensamos que era otra cosa; pero no es cuestión solo de cosas sino de algo que nos afecta en lo más profundo de nosotros mismos porque de ahí depende cómo veamos la vida, pero no terminamos de entender; como se trata de personas, con las que queremos encontrarnos, que deseamos un amigo de verdad y no lo acabamos de encontrar, alguien que ocupe un lugar que nos pueda ayudar en una tarea que queremos emprender y no terminamos de ver la persona que sea capaz porque queremos poner tantos filtros, estamos poniendo tantas condiciones que al final todo nos parece confuso.

Los prejuicios que tengamos, las ideas preconcebidas, los filtros a trabes de los cuales veamos las cosas o las personas, las influencias que podamos recibir en muchas ocasiones interesadas, las turbulencias por las que podamos estar pasando por la vida nos llenan de confusión. Bien sabemos que un mar revuelto y agitado no nos deja ver el fondo y nos perdemos la belleza y hasta riqueza que podemos encontrar en los fondos marinos.

Nos pasa con lo que queremos hacer de nuestra sociedad que como suele decirse el árbol que está en primer término no nos deja ver el bosque; juzgamos y prejuzgamos a la sociedad en la que vivimos desde los prejuicios o ideas preconcebidas que tengamos o desde lo que algunos nos quieran presentar como una pantalla a través de la cual contemplemos el resto del cuadro; por la actitud o la postura de uno ya juzgamos el resto y estableces marcos generales en los que queremos meter a todos. Aunque contemplemos muchas cosas negativas en nuestro entorno o en ciertas personas de nuestro entorno ¿por eso vamos a decir que todos son iguales y que todo es negativo? Son los juicios que muchas veces nos hacemos.

Nos pasa en el camino de nuestra fe, el camino que nos lleve al conocimiento de Dios y a descubrir lo que son los valores del evangelio que hemos de vivir. Muchas veces tampoco terminamos de aclararnos. Y vienen explicaciones por acá por allá, unas veces interesadas, otras desde algún momento que hayamos vivido y que no ha tenido suficiente claridad y no terminamos de dar los pasos necesarios para ir al encuentro de Dios, o están también las rutinas en las que hemos envuelto la vida y nuestra experiencia religiosa que se convierten en un filtro que puede distorsionar la realidad del evangelio.

Los discípulos de Jesús andaban confusos. Habían seguido a Jesús, le habían escuchado y contemplado las obras que El  hacía, pero pesaba en su interior las ideas preconcebidas que tenían, la imagen que se habían hecho de la religión que ahora les costaba transformar desde la Buena Nueva que Jesús les proponía, se sentían confusos con Jesús mismo porque no terminaban de comprender todo lo que Jesús les decía y también les costaba llegar a Dios. No es tarea fácil el camino de conversión que Jesús pedía, donde tanto había que transformar para vestir ese vestido del hombre nuevo que Jesús nos proponía.

Por eso aún ahora andan haciéndose preguntas y preguntándole o pidiéndole a Jesús que les aclare algunas cosas. La referencia de Jesús era siempre el Padre, del que se sentía enviado y que hacía las obras del Padre, porque en fin de cuentas Jesús viene a ser ese rostro de la misericordia de Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le piden. Y es la respuesta de Jesús. ‘¿Tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis?’. Quien ha visto a Jesús ha visto al Padre. Pero quitemos esos filtros que tantas veces nos ponemos, aclaremos esas turbulencias que hay en nuestra vida para que podamos ver con claridad, para que entendamos de verdad lo que son las obras de Jesús.

‘Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre…’ Claramente nos lo dice Jesús. Y es tal la maravilla que poniendo toda nuestra fe podemos hacer nosotros también las obras de Dios. ‘Hará las obras que yo hago’.

Vayamos dando pasos, vayamos creciendo en nuestra fe, vayamos abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús contemplemos siempre todo el amor de Dios. Contemplaremos la vida y el mundo de forma distinta, veremos con ojos nuevos también a cuantos están a nuestro lado.

 

viernes, 16 de mayo de 2025

Con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu para afrontar los caminos de la vida porque El es el camino

 

Con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu para afrontar los caminos de la vida porque El es el camino

Hechos 13, 26-33; Salmo 2;  Juan 14, 1-6

Vivimos en un mundo agitado en el que parece imposible que podamos encontrar paz y serenidad; es esa vertiginosa y alocada carrera en que vivimos, donde parece que nunca estamos satisfechos, siempre buscamos más, queremos escalar puestos más o alcanzar más poder y dominio, donde siempre andamos a la zancadilla porque no queremos que nada ni nadie se nos interponga en nuestros sueños y ambiciones; pero son los problemas de nuestra sociedad con sus miserias y con sus guerras, con sus alianzas y contra-alianzas en todos los ámbitos de la sociedad, con los muros que nos levantamos entre unos y otros o con los abismos que nos creamos que nos hace imposible la cercanía y la humanidad; son esas luchas interiores que todos vivimos entre lo bueno que soñamos y las ambiciones que se nos meten por medio maleando lo mejor de nosotros mismos, serán esas dudas e interrogantes que nos surgen en nuestro interior o las incongruencias a las que tenemos que enfrentarnos. Con esos planteamientos de vida, de nuestra sociedad y de nosotros mismos, ¿podremos alcanzar sosiego y serenidad?

Sin embargo a pesar de todas las tentaciones a las que nos veamos sometidos es un ansia que tenemos en nuestro interior, una búsqueda que incluso también nos desasosiega, un camino que intentamos hacer pero que muchas veces no sabemos cómo, una invitación que nos hace Jesús en su buena nueva del Evangelio que no sabemos escuchar o no sabemos muchas veces como realizar.

Pero hoy Jesús, en el evangelio que se nos propone, nos invita a que confiemos en El porque con El podremos encontrar esa paz. Nos pide que no perdamos la calma, pase lo que pase, vengan las sombras que vengan y puedan aparecer, sean o no sean difíciles los momentos que tengamos que vivir.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’. Eso les dice Jesús a los apóstoles cuando se acercaban momentos que iban a ser muy difíciles para todos. Pronto incluso le abandonarían en el huerto y lo dejarían solo; alguno se atreverá a acercarse al patio del Sanedrín y aunque era de los que habían prometido mucho, porque decía que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús, terminaría negando conocerle ante la pregunta de una criada; el camino primero hasta la casa del gobernador y luego hasta el calvario lo haría en terrible soledad, porque los que le seguían andaban escondidos en el cenáculo o vete a saber donde. Serían momentos difíciles que comenzarían con aquella agonía del huerto, pero donde los más cercanos terminarían por dormirse. Y Jesús les dice que no pierdan la calma, que no se les turbe el corazón, que sigan poniendo su fe y su confianza en El. ¿Podrían llegar a tener esa serenidad de la confianza?

Pero cuando escuchamos este evangelio tenemos que pensar que eso nos lo está diciendo hoy Jesús a nosotros en esa situación que vivimos, en ese mundo complejo que  nos rodea, en lo difícil que se nos hace muchas veces mantener nuestra fe y nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer que nuestro mundo sea mejor. Y es que para alcanzar esa paz, tenemos que creer en la paz, que la paz es posible; para alcanzar esa serenidad que necesitamos para enfrentarnos por la vida, tenemos que primero que hace crecer en esa serenidad y paz interior, dentro de nosotros mismos. Cuando andamos en medio de todas esas turbaciones que se nos meten en nuestro espíritu no podremos tener una visión clara de saber a donde vamos o lo que buscamos.

Y nosotros, con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu. ¿Por qué? ¿Cómo? Porque nos sentimos amados, porque hemos llegado a descubrir el amor que Dios nos tiene, porque llegamos a tener la experiencia de lo que es la misericordia y el perdón, porque así podemos sentirlo en nuestra vida; con esas premisas podemos acercarnos de manera nueva a los demás, acercarnos de manera nueva a ese mundo que nos rodea, podemos ir para transformar esa sociedad que queremos distinta. Podremos sentir esa fortaleza en el espíritu  para afrontar todo lo que es nuestra vida, con sus problemas, con sus inquietudes, con sus luchas, con sus deseos de hacer algo nuevo y mejor.

El ha terminado diciéndonos que es el Camino y la Verdad y la Vida. No perdamos esa serenidad de nuestro corazón, porque Dios está con nosotros.

jueves, 15 de mayo de 2025

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

 


Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

Hechos 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

Imaginaos que nos llega alguien que viene a traernos noticias de un familiar que tenemos lejos, a quien apreciamos mucho pero del que últimamente teníamos pocas noticias; son sentimientos de alegría lo acogemos por las noticias que nos trae pero también por la relación de amistad que parece tener con nuestro pariente para confiarle ese encargo de visitarnos y traernos noticias suyas; pero en un momento determinado tal mensajero se nos pone insolente y exigente, gloriándose de la amistad que tiene que nuestro familiar, y poco menos que mostrándose dominante con nosotros y reclamándonos una atención mayor de lo que realmente se está haciendo merecedor; nos sentiremos incómodos, surgirán reservas en nuestro interior y aflorará un rechazo por esas posturas orgullosas con las que se nos manifiesta. Son situaciones que de una forma o de otra muchas veces se nos pueden dar en nuestras mutuas relaciones.

Pero he querido partir de este ejemplo o experiencia para hacer una concordancia con lo que Jesús hoy nos dice en el evangelio y que puede tener resonancia no solo en la manera de nosotros acoger ese mensaje que nos llega sino también en la forma como nosotros hemos de trasmitirlo.

Apunta el evangelista que las palabras de Jesús son pronunciadas después del gesto que tuvo al principio de la cena pascual de lavarles los pies a los discípulos. Algo que los dejó en cierto modo descolocados, como hemos expresado recientemente, por la sorpresa del gesto de Jesús. Pero es que Jesús a continuación les dice que es lo que ellos también han de realizar; no es el discípulo mayor que su maestro, y si hemos visto al Maestro y al Señor lavar los pies en esa nueva revolución de las toallas, como alguien la ha llamado, hemos de implicarnos. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, viene a decirles Jesús.

Jesús ha venido como el enviado del Padre como tantas veces nos ha repetido y la forma de mostrarse Jesús es precisamente desde los caminos del amor. ¿Qué es lo que vemos a lo largo de todo el evangelio? ‘Pasó haciendo el bien’, sería la definición que Pedro en uno de sus discursos daría de Jesús. Contemplamos su cercanía, su búsqueda constante del pecador o de todo aquel en quien hay un sufrimiento; se deja hacer y se deja llevar, le tocan la orla del manto o va allá donde lo necesitan, se detiene junto a quien está al borde del camino o se acerca al que es ignorado por todos y nadie tiene compasión de él como el paralítico de la piscina. Es la muestra del amor y de la misericordia porque el médico ha venido para sanar a los enfermos, por eso comerá con publicanos y pecadores o se dejará lavar los pies por una mujer pecadora. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, repito que nos dice Jesús.

Es esa entonces también la sintonía con que nosotros hemos de acoger a Jesús. Siempre nos está mostrando el rostro misericordioso de Dios. Es el maestro, es el Señor, pero nos dirá que ser primero y principal es hacer el último. Es lo que hace Jesús llegando a morir en el más degradante de los tormentos.

¿Será así cómo nosotros llevamos su mensaje a los demás? ¿Será en ese camino de humildad y sencillez como la Iglesia se presenta ante el mundo para anunciar el mensaje del Reino? Tentados nos sentimos a veces de mostrarnos con prepotencia y orgullo, hacer manifestaciones de poder y autosuficiencia, de volvernos exigentes y radicales con los que se muestran diferentes o a los que les cuesta aceptar y llevar a la vida el mensaje del evangelio que tratamos de trasmitir, de volvernos duros e inmisericordes con los que han cometido errores o son pecadores.

No olvidemos que tenemos que ser siempre muestra en nuestras actitudes en nuestra manera de ir a los demás de ese rostro de misericordia de Dios, como lo hizo Jesús. Muchas veces quizás ha sucedido que no ha sido aceptado el mensaje del evangelio porque nosotros los mensajeros íbamos con mucha autosuficiencia y muy engreídos con nuestra verdad y a la larga pudimos hacer odioso el mensaje para aquellos que nos escuchaban. Muchas actitudes nuevas hemos de poner, porque mucho hemos de corregir.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Un mundo nuevo en que brille la alegría y el amor un mundo nuevo de fraternidad y de comunión, no rompamos la red de amor que nos alimenta

 


Un mundo nuevo en que brille la alegría y el amor un mundo nuevo de fraternidad y de comunión, no rompamos la red de amor que nos alimenta

Hechos 1, 15-17. 20-26; Salmo 112;  Juan 15, 9-17

Sabemos que la energía - o si queremos decir la electricidad – necesita unos cauces de comunicación, un transporte, unas redes de la forma que sea para que pueda llegar a todas partes y podamos utilizarla, esté donde esté su fuente. Si se cortan esas redes de comunicación, esas líneas de comunicación no podremos, por ejemplo, tener luz, no podrán funcionar muchas cosas que necesitan de esa energía para poder realizar su función. Sin entrar en cómo fue o cómo no fue hace unos días el territorio peninsular español y portugués se quedó sin energía y todo quedó por así decirlo paralizado. Hay que conservar y cuidar esas redes de distribución para que no nos fallen y llegando a todas partes pueda alegrarse la vida de nuestra sociedad, vamos a decirlo así por expresarlo de alguna manera.

Hoy nos habla Jesús de otras redes de comunicación o de comunión que van a producirnos la verdadera energía que transforme nuestra vida y nuestro mundo y sin la cual no habría vida, todo sería tristeza y muerte. Hoy nos habla Jesús del amor. Tenemos una fuente de ese amor, porque parte de Dios. Ya se nos dirá en otro momento que ‘Dios es amor’. Hoy nos lo expresa Jesús de una forma muy hermosa. En este esto que hoy se nos ha ofrecido que es todo un compendio, comienza diciéndosenos  ‘como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Ahí está como en un resumen esa cadena del amor. El amor del Padre, el amor de Jesús y nuestro amor.

Ya nos dirá san Juan que el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que primero nos amó Dios a nosotros. Es la fuente del amor que en Jesús se va a derramar sobre nosotros y que entonces nos hará amar de la misma manera. Por eso es toda la insistencia de Jesús en hablarnos primero de la compasión y de la misericordia de Dios para que así nosotros seamos compasivos y misericordiosos. Es nuestro modelo, es lo que tenemos que plasmar en nuestra vida. Por eso cuando nos habla del mandamiento del amor es El mismo quien se nos pone como modelo. No es ya solo amar como nos amamos a nosotros mismos, lo cual ya sería una hermosa señal de la madurez de nuestro amor, sino amar como El nos amó. Es su mandamiento ‘que os améis los unos a los otros como yo os he amado’.

No es una medida cualquiera. Es la medida más sublime. Es la medida que usa Dios que tanto nos amó que nos envió y nos entregó a su propio Hijo. Es la medida que vemos reflejada en Jesús. Porque ‘nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y es lo que hizo Jesús, mostrarnos la medida más grande del amor, la que El vivió y la que nos está enseñando a que vivamos nosotros. No podemos andar con mezquindad en nuestro amor poniendo medidas y poniendo límites, haciendo distinciones o esperando a que nos amen para nosotros amar. Es lo tan hermoso que nos dice san Pablo en la carta a los Corintios que tantas veces habremos escuchado y reflexionado. De ahí nace toda esa exquisitez y delicadeza del amor, esa cercanía y ese presencia, esa generosidad y hasta esa radicalidad con que nos vamos a mostrar en nuestro amor.

De ahí en consecuencia también cómo nos vamos a sentir cuando amamos así. Como nos dice hoy nos habla de todo esto para que nuestra alegría sea grande, ‘mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud’, que nos dice. Pero aun nos sentimos distintos en nuestra relación con Dios; no podrá ser la relación distante del que se siente pequeño ante el poderoso, sino que es el gusto y el gozo de sentirse amados y entonces hijos y amigos. ‘Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos’, nos dirá. Pero todo eso se va a traducir además en nuestros frutos, en la forma cómo nos mostramos, en ese nuevo sentido de vida y de relación que va a haber entre todos; nacerá una nueva comunión, un nuevo sentido de vida; nacerá un mundo de fraternidad y de paz, un mundo donde iremos haciendo desaparecer el sufrimiento y todo aquello que nos pudiera distanciar los unos de los otros.

‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’, terminará diciéndonos. ¿Llegaremos entonces a un mundo nuevo? Es el fruto de la energía del amor, no rompamos de ninguna manera esa red que nos une y que nos hace crecer en el amor. No siempre es fácil, pero tenemos que lograrlo. Permanezcamos en su amor y busquemos hacer siempre lo que es su voluntad.

martes, 13 de mayo de 2025

Los que siguen a Jesús y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados porque Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia

 


Los que siguen a Jesús y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados porque Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia

Hechos 11, 19-26; Salmo 86; Juan 10, 22-30

Hay ocasiones en que la actitud o la manera de actuar de una persona nos deja, como solemos decir, descolocados; nos sorprende, no sabemos cómo reaccionar, lo que está haciendo nos choca porque quizás nosotros no somos capaces de hacerlo o porque va contra nuestra forma de actuar y de alguna manera es como una denuncia de lo incongruente que nosotros estamos haciendo.

Una postura de generosidad y de entrega a los que menos nosotros pensamos frente a nuestras comodidades y actitudes de insolidaridad, por ejemplo. Una postura de humildad y cercanía de quien nosotros considerábamos una persona tan importante que nos parecía incapaz de tener esos gestos o quizás nos pudiera parecer fuera de lugar;  muchos ejemplos de cosas que nos descolocan podíamos recordar, porque son cosas por las que alguna vez hemos pasado.

Por supuesto de ahí podemos sacar lecciones positivas, pero también muchas veces nos empecinamos más en nuestra manera de actuar y de alguna manera nos molesta. Es precisamente lo que nos hace sentirnos descolocados, fuera de lugar.

¿Le estaba sucediendo a ciertos sectores de los judíos con Jesús? De alguna manera, sí. Por una parte quienes incluso valiéndose de la religión habían logrado poner en un estado de privilegio y de influencia que se sentían incómodos con lo que Jesús enseñaba y con lo que Jesús hacía. Estaba también la manera de pensar sobre lo que tenía que ser un profeta y ser el Mesías que chocaba con la enseñanza de Jesús, y aunque los sencillos lo aclamaban y reconocían los signos que Jesús hacía, por otra parte mantenían unas esperanzas que no concordaban con el mensaje del Reino de Dios que Jesús proclamaba. Para algunos incluso Jesús resultaba peligroso, por eso veremos cómo acaban tramando contra Él hasta llevarlo a la cruz y a la muerte.

Es el diálogo que hoy vemos entre Jesús y los judíos en aquella visita a Jerusalén. Estaban en Jerusalén en la fiesta de la Dedicación del templo. Y a Jesús se acercan con sus expectativas para que Jesús les diga claramente si es o no es el Mesías esperado. ‘¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Y Jesús pacientemente les explica que Él está haciendo las obras del Padre que dan testimonio de El, de quien es. Pero les dice que como no son de sus ovejas, no pueden escuchar su voz, no pueden entender lo que Jesús les está diciendo. Ya lo hemos reflexionado estos días en que el evangelio ha girado en torno a la figura del Buen Pastor. Las ovejas conocen y escuchan la voz de su pastor y le siguen. Es lo que no está sucediendo con ellos.

Pero Jesús les dice que a los que le siguen y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados. Él ha venido para que tengamos vida y en abundancia. Y es lo que nos ofrece. Se va a entregar por nosotros para que tengamos esa vida, para que podamos sentir esa paz en el corazón, para que en verdad nos sintamos transformados para ser unos hombres nuevos. Lo que necesitamos es poner nuestra fe en El, que nunca nos fallará.

Algunas veces, sin embargo, cuando escuchamos el evangelio de alguna manera nos sentimos descolocados; pero nos sentimos así porque aún quedan en nosotros vestigios del hombre viejo y aparecen nuestras ambiciones y nuestras búsquedas de intereses, porque vemos la distancia que quizás nos falta para aprender a actuar a la manera de Jesús, o cuando contemplamos a nuestro lado a personas que en verdad quieren seguir el espíritu del evangelio y se muestran humildes y cercanas, se les ve entregadas incondicionalmente, se les ve con una generosidad grande para compartir.

Como decíamos antes que todo eso nos sirva para lo bueno, sea para nosotros un estímulo, que aprendamos a dar también esos pasos de generosidad y de amor que serán los que en verdad transformarán nuestro mundo.


lunes, 12 de mayo de 2025

Con Jesús siempre seguros, porque tenemos la certeza de la puerta que se nos abre, la seguridad de la fortaleza para el camino, la luz suficiente para alejarnos de las tinieblas

 


Con Jesús siempre seguros, porque tenemos la certeza de la puerta que se nos abre, la seguridad de la fortaleza para el camino, la luz suficiente para alejarnos de las tinieblas

Hechos 11, 1-18; Salmo 41; Juan 10, 1-10

Si tenemos una puerta, ¿por qué tenemos que saltar por la valla? Por la valla saltan los que no pueden tener acceso por la puerta, o los que teniendo acceso posible por la puerta, como sus intenciones no son buenas, tratan de pasar disimuladamente para poder lograr sus fines ocultos. Y el que viene con esas intenciones o esos deseos seguramente lo que va a producir son estragos, trastornos, daños. Es importante y serio quien entre por la puerta, el sentido de la puerta.

Es una imagen más y bien enriquecedora que nos ofrece Jesús de sí mismo a lo largo del evangelio y que hoy de manera especial escuchamos. Ha estado hablando de las ovejas y del pastor, de las ovejas que escuchan y conocen a su pastor, pero del pastor que conoce y que ama a sus ovejas hasta el punto de dar la vida por ellas. En otros momentos del evangelio nos hablará de camino y de verdad, nos hablará de luz y de vida diciéndonos que todo eso es Él para nosotros.

Ha venido como la luz, aunque se encontrará que la tiniebla rechaza la luz, no la recibirá, como ya desde el principio del evangelio de san Juan se nos dice; nos dirá que quien le sigue no anda en tinieblas, y eso tiene que ser la opción que tenemos que hacer. Por eso la imagen de la luz aparecerá muchas veces en el evangelio pero además nos pide que vayamos a su encuentro con las luces en nuestras manos, pero que hemos de tener suficiente aceite para que se mantengan encendidas. Claro que su verdad y su sabiduría es ese aceite que nos mantendrá con la luz encendida.

Pero si nos manda caminar a su luz, también nos dirá que Él es el camino. Cuando los discípulos le piden que les muestre al Padre, del que tanto les viene hablando, les dirá que quien le ve a Él ve al Padre, porque nadie podrá ir al Padre sino por El; pero además nos dice que nadie conoce al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiere revelar; viene a decirnos así cómo El nos revela al Padre. ‘Nadie va al Padre, sino por mí’. Y concluirá con una afirmación definitiva, ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’.

Y hoy abundó en la idea de las ovejas que le siguen, le escuchan, El las ama y da su vida por ellas, en esa imagen del aprisco nos dirá que Él es la Puerta. Para entrar a formar parte de este aprisco, de ese rebaño no tenemos otro camino que El mismo. ‘En verdad, en verdad os digo, yo soy la Puerta’. Nos hablará del verdadero pastor y nos hablará de los malos pastores que no cuidan a su rebaño sino que solo se aprovechan de él. Pero eso nos hablará de ladrones que solo vienen para hacer estrago, para robar y para matar.

Es importante esta imagen. Una imagen que nos lleva a desear conocer esa puerta, que algunas veces nos dirá Jesús que es estrecha porque es exigente, pero que en otro momento nos dirá que no  hemos de temer en lo que Él pueda pedirnos porque reina por encima de todo la libertad porque reina el amor. ‘Mi yugo es llevadero y mi carga es liviana’, nos dirá. El desconocimiento nos hace ver muchas veces las cosas como demasiado grandiosas u opresivas. Estamos ante un paisaje que no conocemos, pero que además por ese desconocimiento se nos manifiesta de entrada oscuro, ya estamos pensando que todo lo que hay detrás es tenebroso y nos dará miedo entrar en ese huerto o en ese camino. Cuando tengamos conocimiento de lo que hay veremos que no es tan temeroso sino que los carriles por los que nos hace circular el Señor están bien engrasados con la gracia y nos dan facilidad a nuestro rodaje.

Con Jesús siempre nos tenemos que sentir seguros, porque tenemos la certeza de a dónde nos va a llevar la puerta que se nos abre, tenemos la seguridad de la fortaleza para el camino, tendremos la luz suficiente para alejarnos de las tinieblas y de los peligros, tenemos la certeza de la meta porque sabemos que nos vamos a encontrar con el Padre. Qué gozada seguir el mensaje del evangelio.


domingo, 11 de mayo de 2025

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

 


Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

Hechos 13, 14. 43–52; Salmo 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

A veces damos la impresión que nos lo sabemos todo, vamos con nuestros prejuicios por delante, con nuestras ideas preconcebidas, con nuestras apariencias y empleo esta palabra no solo refiriéndome a nuestras apariencias personales que damos sino que nosotros nos hacemos una apariencia de la otra persona para juzgarla o para condenarla sin conocerla ni escucharla. No, si yo la conozco bien, de toda la vida, decimos, pero quizás nunca nos hemos detenido a hablar con esa persona para saber lo que piensa o por qué hace las cosas.

Necesitamos escuchar para conocer; y nos cuesta escuchar, porque ponemos una presintonía en nuestros oídos y no estamos escuchando a la persona sino escuchándonos a nosotros mismos en las prevenciones que podamos tener hacia esas personas. Escuchando podemos conocer y podemos comenzar a establecer una nueva relación, una relación de amistad, una relación de nueva comunión. Nos aislamos y solo nos escuchamos a nosotros mismos.

Pero nos sucede en todos los aspectos de la vida, en nuestras relaciones con las personas que nos rodean, muchas veces comenzando por la propia familia, pero puede sucedernos en las cosas que emprendamos que vayamos solo encuadramos en nuestras propias maneras de ver las cosas, o nos puede suceder en todo lo que es nuestra relación con la sociedad en la que vivimos; desconocemos cual es el sentir de ese mundo cercano a nosotros y luego no sabremos responder a los problemas que se presentan.

¿Nos sucederá también en lo que es nuestra relación con Dios, en nuestra manera de entender lo que significa ser cristiano, en la tarea que como cristianos tenemos que realizar en nuestro mundo, en nuestra relación también con la Iglesia? Quizás tendrían que ser cosas que también nos planteáramos.

Estamos en este ya cuarto domingo de pascua celebrando el domingo llamado del Buen Pastor, por la imagen que se nos ofrece en el evangelio en los tres ciclos litúrgicos. Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.

Nos propone Jesús la imagen tan bucólica de las ovejas y de sus pastores. ‘Mis ovejas escuchan mi voz…’ nos dice, ‘y yo las conozco, y ellas me siguen’. Una imagen muy hermosa. Quizás en nuestra sociedad tan urbana en que vivimos estemos lejos ya de esa experiencia de las ovejas y de los rebaños en el campo, pero si en nuestra cultura de hoy estaremos más acostumbrados a tener nuestras mascotas en casa, unos animalitos que nos hacen compañía, que cuidamos o que ellos también nos siguen y hasta en cierto modo nos cuidan. ¡Cómo conocen nuestra voz! ¡Como sienten nuestra cercanía aunque no nos vean cuando llegamos a casa! Son experiencias que fácilmente muchos podamos tener.

Nos está queriendo hablar Jesús de cómo hemos de escucharle. Nos llamamos cristianos, sin embargo, y muchas veces no hemos sabido escucharle, no nos detenemos lo suficiente ante las páginas del evangelio para conocerle y para aprender a seguirle, no hacemos ese silencio interior para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué hemos convertido muchas veces eso de ser cristiano? ¿Solamente en una tradición porque aquí todos somos cristianos, porque mis padres eran cristianos y me bautizaron y un día quisieron que hiciéramos la primera comunión?

Es cierto que quienes nos acercamos más a las celebraciones litúrgicas tenemos más la oportunidad de escuchar la Palabra de Dios; pero eso tenemos que aprender a hacer, escuchar, escuchar de verdad la Palabra de Dios, que no es solo lo que luego el sacerdote pueda decirnos o comentarnos en la homilía, que forma parte también, es cierto, de esa proclamación de la Palabra de Dios, sino en ese necesario silencio interior que hemos de hacer para escuchar en lo más hondo de nosotros esa Palabra de Dios.

¿Andaremos muchas veces distraídos, entretenidos en nuestros pensamientos, atentos a otras cosas que puedan haber en el entorno de nuestras celebraciones pero no atentos a escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiera decirnos? Nada tendría que distraernos en esa proclamación de la Palabra de Dios, en ninguna otra cosa tendríamos que estar entreteniéndonos. No siempre lo hacemos.

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder llenarnos de Dios, escuchar para descubrir por donde tiene que ir la respuesta de nuestra vida, nuestro compromiso cristiano, escuchar sin prevenciones o con ideas preconcebidas, escuchar para poder ser luego misioneros en medio de nuestro mundo. ¿Si no hemos escuchado qué es lo que luego podemos trasmitir?