Vistas de página en total

miércoles, 3 de abril de 2019

Nos acercamos a la Pascua y vamos a contemplar la pasión y muerte de Jesús teniendo claro que ahí está nuestra salvación porque es el Hijo de Dios y nuestro Salvador


Nos acercamos a la Pascua y vamos a contemplar la pasión y muerte de Jesús teniendo claro que ahí está nuestra salvación porque es el Hijo de Dios y nuestro Salvador

Isaías 49,8-15; Salmo 103; Juan 5, 17-30
‘Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio,-,- porque ha pasado ya de la muerte a la vida…’ Escuchar a Jesús es creer en El y quien cree en Jesús se llena de vida. ‘Ha pasado de la muerte a la vida’, nos dice. El es nuestro Salvador. No hay bajo el cielo otro nombre que pueda salvarnos, en quien podamos encontrar la salvación. Es importante que afirmemos con rotundidad nuestra fe en Jesús.
No es solamente un personaje de la historia; no es simplemente un  hombre bueno que  nos enseña a ser buenos; no es solamente alguien que viene a enseñarnos metas nuevas para nuestra vida porque ansiemos algo más alto, algo mejor para nosotros y para nuestro mundo; no es simplemente un hombre con su mente llena de utopías que encontraría la incomprensión de sus contemporáneos; no es simplemente un reformador que viene a hacernos propuestas nuevas porque haya muchas cosas que cambiar, quien quisiera proponerle cosas nuevas a los judíos insatisfecho por el estilo de vida que se hubieran creado y que eso le costara el enfrentamiento con los más atrincherados en posturas conservadoras de manera que eso le costara la vida.
Jesús es algo más. Es cierto que podemos ver muchas de esas cosas que hemos mencionado en Jesús, pero Jesús no se queda ahí. Nos anuncia el nuevo Reino de Dios para hacer que en verdad Dios fuera el centro de la vida y del hombre, y en consecuencia que hubiera un nuevo estilo de humanidad. Pero tenemos que ir a lo más hondo de Jesús. Aquello que tanto les costó comprender a los contemporáneos de su tiempo, e incluso a sus mismos discípulos que estaban más cercanos a El.
No siempre fueron capaces de definir quien era Jesús. Recordemos cuando les pregunta que es lo que pensaban de El, y como fueron divagando por muchas ideas preconcebidas, y si Pedro fue capaz de hacer una hermosa confesión de fe, Jesús le dice que lo ha hecho no porque lo conociera por si mismo, sino porque el Padre se lo había revelado en su corazón.
Hoy Jesús habla claramente, aunque aquello que les dice provocara el rechazo de muchos e incluso ya hasta quisieran quitarlo de en medio por blasfemo. Habla de Dios como su Padre; habla de que El es el enviado del Padre que no hace sino lo que es la voluntad del Padre. Nos habla claramente de que creer en El como el enviado del Padre es ponerse en camino de alcanzar la vida eterna. Habla de resurrección y de vida nueva ‘porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida’. Nos habla de que aceptarle a El es aceptar al Padre que lo ha enviado. ‘El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió’.
En los textos que se nos van proponiendo en los próximos días hasta llegar a la semana de pasión Jesús nos irá manifestando lo más hondo de si mismo para que reconozcamos en verdad que es el Hijo de Dios en quien hemos de creer, al mismo tiempo que iremos viendo también el rechazo de los judíos que no quieren aceptarle como Hijo de Dios. Nos ayudará a que vamos clarificando nuestra fe en Jesús para que en verdad le sintamos y le reconozcamos como Hijo de Dios y como nuestro único Salvador.
Nos acercamos a la Pascua y hemos de contemplar su pasión y su muerte, pero tenemos que tener claro que ahí está nuestra salvación. La liturgia con la Palabra de Dios nos irá ayudando a profundizar en nuestra fe para que podamos vivir con hondo sentido estos días de pasión y de pascua. Dejémonos conducir por la Palabra de Dios, dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Por nuestra fe en Jesús pasaremos de la muerte a la vida, viviremos intensamente nuestra pascua y la Pascua del Señor

martes, 2 de abril de 2019

A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino


A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Nos ponemos enfermos un par de día con la gripe y nos ponemos incómodos y hasta insoportables, porque no nos gusta estar enfermos y en cama, sentirnos imposibilitados, imaginemos lo que puede sentir un hombre que lleva postrado 38 años sin poder valerse por si mismo. A nuestro lado en la vida nos encontramos personas postradas en cama en larga enfermedad, personas que vemos discapacitados sin poder valerse por si mismos y los que nos decimos sanos nos interrogamos como pueden sentirse esas personas y nos preguntamos quizá si nosotros tuviéramos la paciencia para soportar un estado así.
Muchas veces no solo es la enfermedad, el dolor físico lo que se padece, sino que la imposibilidad nos hace sentirnos quizá inútiles, el vernos en una situación así que se prolonga nos hace sentirnos solos y es la soledad una de las cosas que más dañan por dentro. Triste es verse solo y sin valernos por nosotros mismos, nos humilla quizás el tener que recurrir a quien nos pueda ayudar y pedirlo, y terrible es llegar a la situación en que nadie se acerca a nosotros no solo para interesarse por nosotros sino además para prestarnos una ayuda cuando lo necesitamos.
Muchas más cosas podríamos pensar de situaciones de este tipo, de las que en nuestro entorno podemos conocer muchas y quizá somos nosotros también quienes no nos acercamos al que sufre para hacerle compañía o para tender una mano de ayuda. Me ha surgido toda esta reflexión, que podría llevarnos por demás a muchas conclusiones y también a muchos compromisos, desde lo que nos cuenta hoy el evangelio.
Nos habla de aquella piscina cercana a la puerta de las ovejas del templo – llamada así porque era por allí por donde se llevaban al templo los animales para los sacrificios que nos podría dar también alguna otra pista de reflexión – alrededor de la cual se arremolinaban muchos enfermos, impedidos, discapacitados de todo tipo, porque tenían la esperanza de que un ángel del Señor removía aquellas aguas y el primero que entrara quedaba curado. Nunca faltaba la esperanza.
Allí estaba un hombre que llevaba 38 años en aquella situación de sufrimiento, de impotencia y de soledad. Hasta El se acerca Jesús. ‘¿Quieres quedar sano?... Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, ya otro se me ha adelantado’. Es escueto el diálogo, pero se manifiestan muchas cosas. Aquel hombre seguía manteniendo la esperanza, a pesar de su impotencia y su soledad; no podía, pero lo intentaba. Nadie le ayudaba, otros se le adelantaban. Las soledades y las carreras locas de la vida en la que cada uno por sí mismo quiere llegar más allá.  
Todo esto nos puede decir muchas cosas de cara a las actitudes que tenemos en la vida, de las luchas que queremos hacer, de cansancios y de impotencias, de soledades y de lágrimas derramadas por dentro, de egoísmos y de insolidaridades, de las ganas de tirar la toalla o de las veces que una vez queremos intentarlo aunque nos parezca que no vamos a llegar; cosas positivas y cosas negativas como es la vida misma, queremos tener esperanza pero en ocasiones todo se nos nubla y se nos llena de tinieblas otra vez la vida. ¿No habrá mucho de todo eso por dentro de nosotros?
Allí está Jesús que le dice que tome la camilla y se vaya a su casa. El paralítico no sabe a ciencia cierta con quien está hablando, pero cree en la palabra de aquel que se lo dice. Y puede tomar la camilla y cargar con ella y marcharse a su casa aunque sea sábado y ese trabajo no le está permitido. Mas tarde se encontrará con Jesús que ya sí lo reconocerá y de nuevo Jesús tiene palabras de paz y de fortaleza para aquel  hombre. No olvides lo que Dios ha hecho por ti, en cierto modo le dice Jesús, y mantente fiel, no olvides la fidelidad a quien te ama y te ha regenerado la vida, no vayas a perder de nuevo el sentido de todo. Algo así podemos traducir las palabras que Jesús le dice. Y ahora sí puede decir que fue Jesús el que le había sanado.
Jesús también llega a nuestro lado, aunque en lo nublado que vivimos la vida no siempre lo reconozcamos. Dejémonos encontrar por Jesús, que El toma la iniciativa tantas veces de venir a nosotros. Descubramos que a pesar de las negruras que puede haber en la vida, a pesar de la desorientación en que tantas veces andamos, Dios es fiel en su amor por nosotros, Dios nos ama. Tratemos de responder con fidelidad en el amor para que nunca más volvamos a perder el rumbo y sentido de la vida. Y desde esas soledades en que nosotros quizás hayamos vivido veamos cómo tenemos que hacernos solidarios de tantos que sufren a nuestro lado en los caminos de la vida.

lunes, 1 de abril de 2019

Aprendamos a dar cabida en nuestro corazón a los sufrimientos y problemas de todos los hombres que son nuestros hermanos


Aprendamos a dar cabida en nuestro corazón a los sufrimientos y problemas de todos los hombres que son nuestros hermanos

Isaías 65,17-21; Sal. 29; Juan 4,43-54
Sentimos preocupación cuando tenemos enfermo un ser querido; siente preocupación una madre cuando enferma un hijo, nos preocupamos cuando  nos padres se van haciendo mayores y con sus limitaciones físicas cada día se han más dependientes de los demás; pero sentimos preocupación cuando esas personas que llevamos en el corazón tienen problemas y buscamos, aunque muchas veces no sabemos, cómo ayudarles. Queremos que salgan de esa situación, que se curen de enfermedad, que tengan una vida normal y feliz.
Aunque en la distancia vemos también las situaciones problemáticas de otras personas, la situación de miseria y pobreza, por ejemplo, que puede haber en ciertos sectores de la población o acaso pensamos también en otros países con sus guerras, su hambre y su miseria, las situaciones inestables que viven en su sociedad, sentimos algo dentro de nosotros, pero lo miramos en la distancia, y parece como que no nos duele tanto.
¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos solidarizarnos no solo de palabra sino de una forma efectiva? Tenemos también el peligro de que nos acostumbremos y hasta lleguemos a olvidarnos pensado solo en nuestras preocupaciones más cercanas, en las problemáticas que tengamos a nuestro lado o en los seres que amamos.
Me surge este pensamiento y esta reflexión viendo la angustia de aquel padre que tiene un hijo enfermo y en peligro de muerte quizá por la gravedad de sus fiebres y acude a Jesús, va en busca de Jesús, aunque tenga que trasladarse en este caso desde Cafarnaún hasta Caná de Galilea. En repetidas ocasiones vemos situaciones similares en el evangelio, el centurión que busca la salud de su criado, Jairo que acude a Jesús porque su hija está en las últimas.
Valora Jesús la fe de aquellos hombres o de cuantos acuden a él en busca de ayuda en su enfermedad o en sus limitaciones, pero también vemos que Jesús quiere llegar más allá de esa preocupación de la salud del cuerpo, quiere despertar una verdadera fe en aquellos que le siguen y nos hace descubrir que hay otros males dentro de nosotros o en el corazón de los demás de los que tenemos que preocuparnos también de encontrar solución o salvación. Recordemos cómo Jesús al despedir a los enfermos curados o aquellos con los que ha tenido una acción especial siempre les desea la paz. ‘Vete en paz’, les dice.
Esto me lleva en esta reflexión a pensar en algo más que ha de motivar nuestras oraciones, por nosotros mismos o por los demás. Pedimos normalmente con insistencia al Señor la salud, y decimos quien tiene salud lo tiene todo. ¿Pero qué salud estamos pidiendo? ¿Solo que se nos quite el dolor de nuestro cuerpo o que se remedie cualquier limitación física que podamos tener? ¿No habrá otros dolores en nuestra vida que no se quedan en el cuerpo? ¿No habrá otras preocupaciones u otros problemas en nosotros o en los demás que nos pueden llenar de angustia, de inestabilidad, de pérdida de la paz interior?
Pero también me hace pensar en la actitud, en cierto modo, egoísta que podamos tener en nuestras oraciones, porque o solo pedimos por nosotros mismos, o cuando más por aquellos seres que queremos o a quienes podamos tener algún aprecio. Pedimos por los demás, pero que creo que tenemos que aprender a romper el círculo de solo quedarnos en los que podríamos llamar los nuestros. La amplitud de nuestra oración tendría que ser más universal, para dar cabida en nuestro corazón a tantos sufrimientos de todo tipo que padecen tantos aunque no los conozcamos y por quienes tendríamos que convertirnos también en intercesores.
¿No decimos que el amor que nos enseña y nos pide Jesús tiene que ser universal? Si a todos hemos de amar, porque de todos tenemos que sentirnos hermanos, a todos démosle un sitio en nuestro corazón, y pongámoslos también en nuestra oración en la presencia del Señor.

domingo, 31 de marzo de 2019

El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos


El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32
Dolor de un padre o de una madre es contemplar como un hijo marcha por malos caminos dejándose arrastrar por el vicio o la maldad que terminará hundiéndolo en la más penosa miseria; pero, no sé si decir más aun es el dolor del padre o de la madre que ve como el hijo se marcha lejos del amor y del calor de la casa del padre, o cuando contempla el enfrentamiento de los hermanos que los alejan entre sí y que al mismo tiempo rompen esa unidad y ese calor del hogar. Será el dolor callado en el silencio de las lágrimas amargas y el desgarro angustioso del corazón cuando ve que ya no reina el amor en aquello que tendría que ser un hogar que tendría que ser ese punto de encuentro que caldease los corazones para mantener el fuego del amor entre todos.
Hoy el evangelio nos propone la parábola que habitualmente llamamos del hijo pródigo, como si fuera uno solo de los hijos el que rompiese esa estabilidad del hogar. Siempre en nuestros comentarios nos fijamos en el hijo menor, el que se marchó lejos para gastar de mala manera la herencia del padre, y casi no nos fijamos en aquel que aun permaneciendo físicamente en el seno del hogar su corazón estaba bien lejos y en su orgullo y resentimiento se había también distanciado de lo que tenia que ser aquel amor de hogar.
Dolorosa tenía que haber sido la marcha del hijo menor del que nada sabía de sus andanzas y en eso casi siempre hemos abundado mucho en los comentarios, pero doloroso tenia que ser aquel distanciamiento silencioso lleno de desconfianza y resentimiento de quien tenia a su lado pero cuyo corazón se había alejado.
Pero era un corazón de padre que en su amor siempre estaba esperando el momento oportuno para ir al encuentro del hijo, del que volvía arrepentido, o del que estando allí tan cerca sin embargo no era capaz de sentir la alegría que su padre podía sentir en la vuelta del hermano pródigo.
Cuando el hijo mejor, postrado en la miseria no solo de quien no tiene que comer sino lo que es peor en la desconfianza de lo que podía ser el amor del padre y se atreve a iniciar el camino de regreso para al menos poder estar cerca y ser admitido aunque solo fuera como un jornalero más, es el padre el que acorta el camino del regreso, porque sale lleno de alegría a su encuentro queriendo hacer fiesta para que todos participen de la alegría del regreso del hijo que estaba perdido y fue encontrado, del  hijo que estaba muerto pero que ahora volvía a la vida.
Pero la fiesta no era completa. El hijo cumplidor, el que permanecía en sus tareas aunque solo fuera de una manera formal, aun no participaba de aquella alegría ni quería en ella participar. Cuando oye los alborotos de la música y de la fiesta y le dicen que su hermano ha regresado se niega a entrar y participar. No quería ni considerarlo como un hermano, sino que tal era la distancia que ya lo consideraba como un extraño al que despreciaba por su vida viciosa.
Afloran los viejos resentimientos en su corazón que siguen produciendo una honda división y distanciamiento. No es solo contra el hermano que se había marchado sino que era también contra el padre del que le parecía a él que no le atendía lo suficiente. Ante la insistencia del padre que viene también a su encuentro buscándole para que participe de aquella alegría y de aquella fiesta. No quiere entrar, no quiere participar de aquella alegría, en su orgullo quiere poner distancias y ya no es solo el distanciamiento con su hermano al que desprecia y al que ni siquiera llama así – ese hijo tuyo que se ha gastado todo en malas mujeres, le dice al padre -, sino es la distancia que quiere poner también con su padre.
Un retrato el de estos dos hijos que nos habla y describe bien muchas situaciones que nosotros vivimos en la vida en el desarrollo de nuestra vida personal tan llena de miserias y en nuestra relación con los demás.
Miserias que vivimos cuando queremos escoger nuestro camino a nuestra manera no importándonos tantas veces de las rupturas y de las distancias que ponemos en nuestra relación con los que convivimos cada día; miserias de nuestra vida cuando nos llenamos de desconfianzas y hasta desconfiamos del amor de quienes nos rodean y de la capacidad de comprensión que pueden tener los demás; miserias de nuestra vida en esos resentimientos orgullosos que tantas veces guardamos en el corazón y que van ahondando las distancias entre unos y otros, terminando quizás muchas veces enfrentados los unos con los otros; miserias cuando olvidamos lo que es el amor que Dios nos tiene que nunca nos fallará y siempre está como un padre bueno esperando nuestro regreso, o esperando nuestra decisión de reencontrarnos también con los demás hermanos.
Pero el retrato importante de la parábola es el retrato del padre, es el retrato de Dios. Cuánto podríamos decir. Es el Padre bueno que nos ama, que nos espera y que nos busca, como nos enseñará también Jesús en otras parábolas; el Padre bueno que sale a nuestro encuentro porque siempre tiene los brazos abiertos para la misericordia y para el perdón; el Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos.
Como  nos decía san Pablo hoy en su carta ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados…’ El es quien pone en nuestro corazón el reconocimiento de lo que son nuestros males y el arrepentimiento, es quien mueve nuestro corazón para que volvamos a su encuentro con la esperanza cierta de que en El siempre vamos a encontrar ese abrazo de amor. Pero como seguía diciendo el apóstol ‘nos ha confiado el mensaje de la reconciliación’.
Estamos llamados a seguir anunciando entre los hombres el mensaje de la fiesta de la vida, el mensaje de la reconciliación siendo capaces de llenarnos nosotros también de misericordia para acoger a nuestros hermanos, como nos decía el apóstol, ‘sin pedirle cuenta de sus pecados’. Hemos de saber quitar esas honduras que nos distancian y esas barreras que nos separan. Es lo que no hizo el hermano mayor con su hermano y lo que nos sentimos tentados nosotros de hacer tantas veces con los demás a los que siempre les estaremos recordando  sus errores y pecados.
Quienes nos gozamos en la alegría del perdón, así hemos de llenar de misericordia nuestro corazón.

sábado, 30 de marzo de 2019

Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano a los pequeños y humildes que caminan a su lado


Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano a los pequeños y humildes que caminan a su lado

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14
La autosuficiencia, el orgullo, la soberbia son malos compañeros para el camino de la vida. Aunque algunos crean que llevándoselo todo por delante son más fuertes, más importantes o más respetados.
Nos encontramos gentes que caminan por la vida así. Se creen que ellos son todo para el mundo, miran por encima del hombro a los demás considerándolos unos pobrecitos que nada saben o nada pueden, van avasallando a todo el que se encuentran en el camino con su prepotencia echando a la cuneta de la vida a quienes consideren que les pueden impedir conseguir sus objetivos.
Respeto no conseguirán sino quizá miedo, y salvo aquellos que los envidian y quieren ser como ellos nadie los querrá como amigos; claro que quienes siguen sus ejemplos y entran por caminos de adulación, pronto estarán buscando como echar la zancadilla para ocupar su lugar.
Si esto lo hemos de tener en cuenta en unas verdaderas relaciones humanas con los que caminan con nosotros en la vida, ese estilo de vida lleno de vanidad y orgullo no nos vale de  ninguna manera para nuestras relaciones con Dios. Ante Dios todo tiene que ser sinceridad porque El conoce bien nuestro corazón y bien sabemos que Dios se goza con los humildes, porque ellos de manera especial se revela y para ellos tiene las gracias más especiales.
Hoy nos dice el evangelio que Jesús propone una parábola por aquellos ‘que teniéndose por justos, despreciaban a los demás’. Y nos habla de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar. En uno resplandece el orgullo y la autosuficiencia, el creerse justo y despreciar a todo el que se encuentra a su lado. Se refleja en sus posturas y en su manera de orar.
Es sintomático que nos diga que se puso en pie delante de todos. No quiere mezclarse con nadie y como se cree superior ese gesto de estar de pie nos está señalando como quiere estar por encima de los demás. Y son también sus palabras llenas de vanidad donde trata de justificarse pero de hacer lista de merecimientos en sus cumplimientos. ¿Vendrá a comprar el favor de Dios?
Mientras el publicano postrado en tierra no hacia sino repetir que se sentía un hombre pecador e imploraba la misericordia del Señor. Siente y reconoce la pequeñez de su vida; sabe que ante Dios nadie se puede considerar bueno por si mismo; no le importa ocupar el ultimo lugar, porque sabe que allí donde esté y si lo hace con humildad siempre sentirá el favor de Dios; no le importa estar a ras de tierra, porque así se siente más cerca de los que con él van haciendo también el camino de la vida; se siente pobre y necesitado en su condición pecadora, porque sabe que la justificación y el perdón solo vienen de Dios.
Ya sabemos, como nos dice la parábola, quien bajo del templo justificado aunque luego caminar en medio de los demás confundiéndose con todos, también con los pequeños y con los pecadores. Con su humildad y sencillez sabrá estar cercano a los demás sintiendo la pobreza y pequeñez de los otros como suya también. Sabrá estar cercano a los otros porque los pedestales no son los que lo levantan sino sola la misericordia y la compasión del Señor que se ha derramado en su corazón y que será la misericordia y la compasión con que también se acercarán a los demás.
¿Cuál es nuestra postura ante Dios y ante los demás? ¿Nos costará también a nosotros doblar las rodillas ante Dios? Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano con el amor con los pequeños y humildes que caminan a nuestro lado.
Demasiado vamos viendo hoy en nuestros templos gente que no sabe ponerse, o no quiere ponerse de rodillas delante de Dios. ¿No tendría que hacernos pensar en la pobreza de nuestros gestos cuando nos ponemos en la presencia de Dios que puede ser indicativo de la pobreza de nuestro acercamiento a los demás?

viernes, 29 de marzo de 2019

La prueba de nuestra fe está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, a todos sin distinción


La prueba de nuestra fe está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, a todos sin distinción

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
Seguimos en nuestro camino de cuaresma, se acerca la Pascua. Y no podemos olvidar lo que ha sido el objetivo desde el principio de este camino que vamos realizando. Nos esforzamos, queremos superarnos, pero lo importante es que nos volvamos hacia Dios. Fue la llamada que escuchamos desde el principio. ‘Conviértete al Señor, tu Dios’.
Cada día la liturgia nos va ofreciendo diversos textos de la Palabra de Dios para ir iluminando nuestra vida y para que nos mantengamos firmes en el camino. Nos recuerda actitudes y posturas que hemos de tomar en la vida, nos hace mirar hacia la meta de la Pascua, y nos hace sentir presente en nuestra vida el amor del Señor que no nos falla. No nos hemos de cansar en considerar lo que es el amor que el Señor nos tiene.
Como nos dirá san Juan en sus cartas ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que El nos amó primero’. Y claro con esa consideración no nos queda otra cosa que una respuesta de amor. Es a lo que nos lleva la Palabra que en este día nos ofrece la liturgia.
El profeta Oseas que escuchamos en la primera lectura nos insiste en nuestra conversión al Señor haciéndonos reconocer que hemos tropezado, que muchas veces hemos abandonado los caminos del Señor. Pero nos recuerda la ternura de Dios que siempre es fiel en su amor, y nos busca, y nos llama, y nos cura, y nos hace volver a sus caminos, porque nos damos cuenta que solo en el Señor tenemos la salvación.
Con un lenguaje casi poético nos hace volvernos a Dios. ‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos. Seré para Israel como rocío, florecerá como azucena, arraigará como el Líbano. Brotarán sus vástagos, será su esplendor como un olivo, su aroma como el Líbano. Vuelven a descansar a su sombra: harán brotar el trigo, florecerán como la viña; será su fama como la del vino del Líbano…’
¿Qué hemos de hacer? Amar y amar con todo el corazón. Nos lo recuerda el evangelio. Nos habla de un letrado que viene a preguntarle a Jesús cual es el mandamiento principal. ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ A lo que Jesús le responderá con lo que todo buen judío se sabía de memoria porque hasta lo repetían muchas veces al día. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.  El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.
Aquel letrado trata de justificarse como dándole la razón a Jesús y diciendo que el amor a Dios y al prójimo está por encima de todos los holocaustos y sacrificios. Pero no nos basta saberlo o repetirlo. Tiene que ser algo que en verdad tengamos muy presente en nuestra vida, se haga vida de nuestra vida. Aún quizá seguimos pensando muchas veces en la importancia de nuestros sacrificios, en la importancia de las ofrendas que podamos hacer, pero quizá no hemos llenado de verdad nuestro corazón de amor.
La prueba del algodón, por decirlo con una frase muy de moda, la prueba de nuestra fe verdadera está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, y cuando decimos los demás decimos a todos sin distinción. Es la única manera de volvernos de verdad a Dios, hacer que Dios sea el único centro y sentido de nuestra vida.
Es en lo que cada día tenemos que crecer más y más. No nos podemos pasar por alto ese primer mandamiento dando por sentado que ya lo cumplimos, que eso es lo que hacemos muchas veces cuando examinamos nuestra conciencia. Tenemos que preguntarnos seriamente si amamos así a Dios, si así le expresamos el amor que le tenemos. Hemos de hacer arder nuestro corazón en amor; pidamos que nos llenemos del Espíritu del amor, que es en verdad llenarnos de Dios.


jueves, 28 de marzo de 2019

Que aprendamos a tener una mirada limpia, arranquemos de nuestro corazón la malicia, abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás


Que aprendamos a tener una mirada limpia, arranquemos de nuestro corazón la malicia, abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
‘Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo’. Acababan de ser testigos de un milagro. Un mudo había sido curado; según el sentido que aquella gente tenia de la enfermedad era un mal, un signo del dominio del maligno sobre la persona; por eso con frecuencia vemos que a los enfermos los llamaban endemoniados, poseídos por un espíritu inmundo.
Jesús había curado a aquel hombre que no podía antes hablar y habría recobrado la posibilidad de hablar. Pero siempre hay quien hace sus interpretaciones interesadas, por eso dirán que Jesús expulsa los demonios con el poder del demonio. Incomprensible. Jesús les habla de un reino dividido que no se puede sostener, pero no terminan de comprender por eso piden más signos del cielo.
También nosotros pedimos pruebas en tantas ocasiones; andamos muy preocupados de que el Señor nos ayude y nos libere de esos males, esas situaciones difíciles con las que nos tropezamos por la vida, y parece que como si toda nuestra fe dependiera de ese milagro que el Señor haga en nosotros. Y no terminamos de ver tantos signos de la presencia de Dios en nuestra vida. ¿Nos habremos contagiado del espíritu del mundo que nos rodea que también está pidiendo pruebas y señales para creer? ¿Nos habremos contagiado de ese espíritu de desconfianza, o lo que es peor de esa malicia para no saber descubrir lo bueno o hacer nuestras interpretaciones sesgadas?
Que aprendamos a tener una mirada limpia, que arranquemos de nuestro corazón esas malicias, que abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás. Así veremos los signos que Dios va poniendo a nuestro lado en el camino de la vida. Sepamos ver esas cosas pequeñas y sencillas que van sucediendo a nuestro lado, que podemos descubrir en los que son pequeños y humildes. Son tantos los signos de ese Reino de Dios que se va realizando a nuestro lado y que tenemos que sentir también dentro de nuestro corazón.
Esa mirada limpia como la de un niño, pero que podemos descubrir en tantas personas que van sin malicia por el mundo; esa sonrisa que nos llega al alma y nos contagia de ilusión y de esperanza porque a pesar de todo en el mundo se puede sonreír; esa mano tendida que tantos ofrecen a los sufren a su lado porque saben escucharlos o simplemente estar allí; esas personas buenas que comparten lo poco que tienen pero que lo hacen con generosidad; esa gente que es capaz de sacrificarse comprometiéndose en tantas tareas sencillas pero que hacen más amable nuestro mundo, más humano y que nos llena de esperanza de que puede hacerse un mundo mejor.
Podríamos seguir en una lista interminable y yo te invito a que te detengas un poco en lo que estés haciendo y te pongas a pensar en tantas cosas buenas que cada día suceden a tu lado y de las que casi no nos damos cuenta o no les prestamos atención, pero que merece la pena contemplarlas, porque nos hacen confiar en las personas, y nos hacen confiar en que podemos hacer un mundo mejor.
Son muchas las señales que Dios va dejando de su paso a nuestro lado y que se hace presente en tantas personas buenas y sencillas de corazón humilde.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Todo ha de centrarse en una vuelta de nuestro corazón a Dios y en su voluntad encontraremos la sabiduría y el sentido verdadero de nuestra vida


Todo ha de centrarse en una vuelta de nuestro corazón a Dios y en su voluntad encontraremos la sabiduría y el sentido verdadero de nuestra vida

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
‘Mirad, yo os enseño los mandatos y decretos que me mandó el Señor, mi Dios… Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia…’ ¿Cuántos podemos decir con toda sinceridad esto mismo acerca de los mandamientos de Dios? Claro que no se trata solo de decirlo de palabra, sino decirlo porque esa es también nuestra manera de actuar, respetando y cumpliendo la ley del Señor.
Tenemos la tendencia a quitarnos de encima todo lo que signifique un mandato o una obligación. O al menos intentamos hacernos rebajas, o decirnos que bueno está bien, pero que no todo  hay que tomárselo al pie de la letra, que tenemos que interpretarlo con el devenir de los tiempos, que eso estaba bien para otra época y cosas así.
Pero esto es que es una tendencia en todo lo que signifique una ley, una norma, una obligación legal, y así en la vida estamos siempre a ver como escapamos de aquella obligación, a ver como nos birlamos la ley o como nos escapamos de determinadas obligaciones, ya sea en nuestras normas de conducta más elementales, ya sea en obligaciones fiscales, y nos buscamos mil y un subterfugio para ver cómo escapamos y no cumplimos para hacer lo que nos da la gana, como se suele decir vulgarmente.
Quizá en el momento en que aparece Jesús como un nuevo profeta en medio del pueblo de Israel, con los sueños y esperanzas del Mesías que todos tenían y sentían como algo ya inminente, cansados de tantas normas y preceptos que se habían inventado en la interpretación de la ley de Moisés, o de las imposiciones que sectores más rigurosos y muy poderosos en medio del pueblo, como serian los fariseos y saduceos, ahora pensaban que el nuevo profeta iba a abolir todo aquello.
Pero no es eso lo que nos viene a decir Jesús. No ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento, a darle plenitud. ¿Significa eso que tienen que seguir sujetos a toda aquella multitud de preceptos que se habían multiplicado de tal manera que hacia olvidar o dejar en segundo plano lo que era realmente la ley de Moisés?
No era ese el camino de Jesús. El dar plenitud había de pasar por ir de verdad a lo que era la ley del Señor, sabiduría e inteligencia verdadera del pueblo de Dios, para no quedarse en cumplimientos formales, sino para llegar al fondo del corazón. No quería el Señor que su pueblo le honrara con los labios mientras su corazón estaba lejos de El. Y era eso lo que les estaba pasando.
Todo tenia que centrarse en una vuelta de verdad desde lo hondo del corazón a Dios. Tenia que ser en verdad el centro de todo. Por eso Jesús anunciaba el Reino de Dios. Decir el Reino de Dios era decir que en verdad Dios era el único centro de la vida y del hombre. Y desde ahí todo había de ramificarse en un nuevo sentido de las cosas, en un nuevo sentido de las relaciones entre unos y otros, en un nuevo sentido de vivir. Y ese sentido estaba en el amor. Ahí es donde habíamos de encontrar la plenitud de todo.
Ahí encontramos de verdad nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, como nos decía la Escritura santa en el libro del Deuteronomio. Es el camino de Jesús. Es el amor que lo resume todo. Es el amor que vivimos como respuesta al amor que Dios nos tiene. Es el amor que hemos de vivir en el estilo de Jesús, en el estilo de Dios. No será un amor cualquiera; no serán cosas que hagamos para contentarnos y por cumplir. Es la profundidad que hemos darle a nuestra vida. Es lo que va a dar verdadera razón y sentido a nuestra existencia. Es como en verdad construiremos el Reino de Dios.

martes, 26 de marzo de 2019

No olvidemos nunca el perdón que Dios nos ofrece para ser nosotros generosos en nuestro amor y en el perdón


No olvidemos nunca el perdón que Dios nos ofrece para ser nosotros generosos en nuestro amor y en el perdón

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35
No lo queremos reconocer pero el cerrarnos al perdón y guardar rencor en el corazón tiene que ser un tormento difícil de sobrellevar. No hay paz más grande que cuando generosamente somos perdonados y no hay liberación más profunda dentro de nosotros mismos cuando somos generosos para dar el perdón a quien nos haya ofendido, porque es sentir la paz que se produce dentro de nosotros cuando nos descargamos de ese tormento del orgullo y del amor propio que nos cuesta tanto mitigar. Cuando nos mantenemos en nuestro orgullo o amor propio malherido estamos engendrando negatividad dentro de nosotros que fácilmente puede explotar de muchas maneras en violencias.
Lo sabemos pero no lo queremos reconocer. Y seguimos con las espadas en alto, creando distanciamientos por heridas mal curadas que  nos alejan los unos de los otros haciendo tan dura y difícil la convivencia. Que triste es ver pasar a una persona junto a otra evitándose, no dirigiéndose ninguna palabra amable, y marcando la tensión en sus rostros y en sus vidas o ignorándose mutuamente. Nunca más se dijeron un día, por cualquier impertinencia y las distancias se han seguido ahondando entre unos y otros creando abismos que parecen insuperables. Vemos demasiado de todo eso en nuestro entorno y tendríamos que decir que sufren esas personas, como también nos hace sufrir porque vemos esa falta de amor y comprensión y esa falta de humanidad.
El problema del perdón es un problema permanente en el corazón del hombre; algo que se nos hace difícil. Algunas veces no quisiéramos ser así, nos gustaría llegar a sentir esa paz en el corazón pero nos cuesta. Buscamos subterfugios, queremos encontrar soluciones fáciles, pero seguimos poniendo límites, y es que en fin de cuentas le ponemos límites al amor; nos falta generosidad en el corazón; nos falta reconocimiento por nuestra parte de forma verdaderamente agradecida a quienes son comprensivos con nosotros y llegan a perdonarnos.
Es lo que se nos plantea hoy en el evangelio. Viene Pedro por allí preguntando hasta cuándo tenemos que perdonar, cuantas veces tenemos que perdonar al hermano que me ofende; y en un gesto que quiere llamar él de generosidad, dice si será suficiente que perdonemos siete veces al que nos haya ofendido. Y ya conocemos la respuesta de Jesús que se ha hecho bien proverbial hasta en nuestra manera de hablar. ‘Siete veces no, sino setenta veces siete’.
Aquello le parece excesivo a Pedro y por eso Jesús les propone la parábola. Del criado que ha sido perdonado por su amo, y que luego no sabe perdonar a su compañero con diferencia grande entre lo que debe uno y lo que debe el otro. Y con la parábola Jesús nos está hablando de cómo es el perdón que Dios nos ofrece, al que no sabemos nosotros corresponder siendo capaces de perdonar a los demás, cuando tantas veces hemos pedido perdón a Dios y el Señor nos ha perdonado.
Ya nos ha dicho Jesús en otro momento que seamos compasivos y misericordiosos como Dios nuestro Padre es compasivo y misericordioso. Es el modelo que tendríamos que seguir, aunque nos cueste. Pero sí es necesaria una cosa, y es que seamos nosotros capaces de saborear el perdón que Dios nos ofrece. Sí, digo, saborear. Porque quizá vamos a pedirle perdón a Dios como una rutina, pero no llegamos a saborear lo que es ese perdón gozándonos en esa paz que Dios nos da. Creo que si lo saboreáramos bien sabríamos ser capaces de saborear también nosotros el perdón que le ofrecemos a los demás, sintiendo también nosotros la paz del que libera su espíritu de resentimientos y rencores, de orgullos y de ese amor propio que nos encierra en nosotros impidiéndonos el dar generosamente ese perdón.
Qué distintas serían nuestras relaciones entre unos y otros si actuáramos así. Que hermanamiento de amor iríamos creando entre unos y otros que nos facilitarían el encuentro y la convivencia. No olvidemos nunca el perdón que Dios nos ofrece para ser nosotros generosos en nuestro amor y en el perdón.

lunes, 25 de marzo de 2019

En la contemplación hoy del misterio de la Encarnación sintamos en lo hondo de nosotros mismos los pasos de Dios que viene a nuestro encuentro



En la contemplación hoy del misterio de la Encarnación sintamos en lo hondo de nosotros mismos los pasos de Dios que viene a nuestro encuentro

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
Hay cosas que uno repite una y otra vez, las cuenta muchas veces repetidamente porque han sido acontecimientos que han dejado huella en su vida y compartirlo con los demás parece que se lo hace a uno revivir. Fue mi experiencia de Nazaret. Allí en la profundidad de la Basílica de la Anunciación, frente a las ruinas de lo que fue la casa de María en Nazaret leímos con el grupo que me acompañaba en esos momentos el evangelio que hoy nos ofrece la liturgia de la Anunciación del Ángel a Maria. Y recuerdo una palabra que se me quedó resonando en aquel momento y en aquel lugar en el corazón. ‘Aquí…’
Sí, ‘aquí’, en aquel mismo lugar según se nos recordaba, María dijo ‘sí’ al ángel como respuesta al mensaje que le llegaba de lo alto. María dijo ‘sí’ y allí se realizó el milagro de la Encarnación de Dios en las entrañas de Maria para hacerse hombre, para hacerse Emmanuel, Dios con nosotros. Por eso repetía, saboreándolo en el corazón, y no sé expresar todo lo que sentía en aquellos momentos, ‘aquí… aquí Dios se hizo hombre en el seno de María’. Se hizo silencio para mí, se hizo silencio en mi entorno, solo escuchaba los pasos de la gente en la basílica pero que eran como los pasos de Dios que caminaba a mi encuentro, se hizo un silencio profundo en el alma para sentir en lo hondo del alma ese gozo de la presencia de Dios.
Hoy, en esta fecha del 25 de marzo, estamos celebrando el Misterio de la Encarnación. No podemos dejar de decir que es misterio, porque es algo tan maravilloso y tan grande que no nos cabe en nuestro saber humano, pero al mismo tiempo tenemos que sentir ese gozo de la presencia de Dios en medio de nosotros. Dios que nos entrega a su Hijo, tan grande es su amor, que realiza el milagro que solo Dios puede hacer.
No podemos dejar de considerar, de meditar una y otra vez esta grandeza y maravilla del amor que Dios nos tiene. Tenemos que sentir, sí, en lo hondo de nuestro espíritu esa alegría del amor de Dios que también a nosotros nos inunda. Tenemos que comenzar a cantar la alabanza al Señor porque no nos podemos cansar de alabarle y darle gracia por tan grande amor.
Miramos hoy a Maria, la que hizo posible ese milagro de amor, Dios quiso contar con ella, y como ella también nosotros queremos abrir nuestro corazón a Dios. Dios le ofrecía que se dejara inundar por el espíritu, y ella se dejó hacer por Dios. Ahí tenemos su respuesta, ‘hágase en mi según tu palabra’; se sentía en la manos de Dios y aunque comprendía que el Señor estaba haciendo en ella cosas maravillosas, sin embargo humildemente se seguía sintiendo la esclava del Señor, ‘aquí está la esclava del Señor’.
La Escritura Santo en otro lugar nos dirá que el Hijo de Dios al entrar en el mundo para encarnarse en el seno de Maria y ser así nuestro Salvador había proclamado ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Esa era su vida y su alimento; ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, les había respondido a los discípulos allá junto al pozo de Jacob cuando le insistían que comiera. Y en Getsemaní, aunque grande era el dolor de alma ante la pasión que se avecinaba, en su oración terminaba clamando al Padre ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’. Por eso culminaría su vida poniéndose en la manos de Dios ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Contemplar hoy este misterio de la Encarnación que hoy estamos celebrando es contemplar todo el misterio de Cristo, es contemplar su pascua, porque es contemplar su entrega y su amor. Es una contemplación que nos lleva a dejarnos nosotros inundar también por el mismo espíritu de Jesús - para eso se ha hecho hombre para darnos su mismo Espíritu -, y que nosotros también podamos decir con toda nuestra vida ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’.
Como María sintámonos pequeños y humildes, pero como Maria sepamos admirar cuantas maravillas también el Señor realiza en nosotros. Queremos que se cumpla la Palabra del Señor en nosotros, queremos en verdad plantarla en nuestro corazón, y al mismo tiempo agradecemos las maravillas del Señor y, como decíamos antes, no nos cansaremos de alabarle y darle gracias por tanto misterio de amor.


domingo, 24 de marzo de 2019

Todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor



Todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Sal 102; 1Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9
¿Por qué? ¿Por qué esto? ¿Por qué a mí? Es una pregunta muchas veces llena de amargura que nos hacemos ante un acontecimiento trágico que contemplamos, ante una enfermedad que nos sobreviene, una tragedia que se cierne sobre nosotros, ante la maldad de algunos que nos hacen daño, ante los problemas que nos vamos encontrando y que a veces se nos hacen insolubles y nos atormentan…
¿Por qué? Y dirigimos la mirada hacia lo alto, o nos miramos a nosotros mismos y nos decimos por qué ese castigo, o ese destino caprichoso que nos envuelve en sufrimientos. ¿Es que soy tan pecador? ¿Es que esas personas que están sufriendo esas calamidades, terremotos, huracanes, inundaciones, catástrofes que se llevan miles de vidas por delante eran tan pecadoras?
Es una pregunta repetida que el hombre se ha hecho siempre a lo largo de la historia y aun nos seguimos haciendo. Y vemos castigos divinos, venganzas del mas allá, situaciones que nos amargan por dentro y cuyo peso se nos vuelve insoportable. Todos podemos conocer en nuestro entorno situaciones así, unos padres que pierden a un hijo en un accidente o en una rápida e incomprensible enfermedad y que no levantan cabeza en sus angustias y lo ven todo negro, y se rebelan interiormente contra todo, contra la vida, contra si mismos, contra Dios llenándose de mil culpabilidades. Y se hace difícil encontrar respuestas, hacer que se renueve la paz en sus corazones.
Algo así le vienen planteando a Jesús hoy en el relato del evangelio. Le cuentan de un sacrílego y abominable crimen que ha cometido Pilatos cuando ha matado a unos galileos que estaban ofreciendo un sacrificio en el templo. Algo que conmocionó a la gentes y que les llevaban a hacerse preguntas como las que antes nos veníamos comentando. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ les pregunta Jesús para hacerlos reflexionar. Una reacción espontánea de las gentes era decir que si les había pasado eso tan horrible algo malo habrían hecho en sus vidas, pecadores tenían que ser.
Y Jesús les recuerda otro episodio que también había conmocionado a Jerusalén. En algunas obras que se estaban realizando en la piscina de Siloé muchos habían muerto muchos aplastados porque se había derrumbado una torre. Un accidente en este caso, como tantas calamidades que vemos de ese tipo, o la consecuencia de la maldad de un gobernador habían llevado a la muerte a algunos. ¿Eran culpables? ¿Murieron porque eran pecadores? Ya escuchamos la respuesta de Jesús. No eran más culpables que otros, les dice; y aprovecha Jesús para invitarnos a estar preparados en la vida, el primer paso es nuestra conversión.
El Dios del que nos habla Jesús no es un Dios vengador y que busca la muerte; es el Dios de la vida y que quiere para nosotros la vida y para eso nos ofrece su amor. Aunque algunas veces nos hagamos algunas interpretaciones por lo tremendo y hasta diríamos a la ligera, el Dios que nos presenta la Biblia es el Dios que se acuerda de su pueblo, que viene en su ayuda para liberarlo, que quiere caminar junto a nosotros.
Es de lo que nos habla la primera lectura. Dios se le manifiesta a Moisés en el Orbe en medio de algo portentoso, es cierto, en la zarza ardiendo que no se consumía, pero fijémonos en lo que Dios le dice a Moisés. Ha visto el sufrimiento de su pueblo que sufre la esclavitud en Egipto y quiere hacerse presente para liberarlo.
‘He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel’. Y para eso ha escogido a Moisés y lo envía con esa misión. Es el Dios de sus padres, de Abraham, de Isaac y de Jacob, es el Dios que vive y que da la vida, es el Dios que quiere la vida para su pueblo y quiere liberarlo de la muerte, quiere liberarlo de la esclavitud. Es la misión que le está confiando a Moisés.
No es el Dios ajeno a nuestras miserias, no es el Dios que nos abandona, es el Dios que viene a nosotros con su salvación, es el Dios que quiere estar junto a su pueblo, y por eso lo terminaremos llamando Emmanuel, Dios con nosotros. No es el Dios del temor, sino del amor. Es el Dios que nos llama y nos invita a vivir su vida, que quiere estar con nosotros y que llegaré el momento culminante, el momento de la plenitud en que tanto nos ama que nos envía a su Hijo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Es el Dios paciente que nos espera, como el agricultor que espera que la higuera dé fruto. El dueño de la higuera que ha venido a buscar fruto tres años y no lo encuentra quiere arrancarla y arrojarla al fuego; pero allí está el agricultor que pide paciencia, que ofrece nuevos abonos y nuevos cuidado esperando que al final de fruto. Es lo que Dios está haciendo continuamente con nosotros. Pensemos cada uno en nuestra vida.
Este tercer domingo de Cuaresma nos invita a hacer una parada en nuestra vida para que reflexionemos sobre la vida misma y cuanto nos sucede, para que le encontremos un sentido de vida incluso a aquellas calamidades por las que podamos pasar, para que sintamos como todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor que siempre nos está ofreciendo su amor.

sábado, 23 de marzo de 2019

Que en nuestra hambre no busquemos saciarnos en las algarrobas que nos ofrece el mundo sino busquemos el pan de la vida y del amor que en plenitud nos ofrece Jesús



Que en nuestra hambre no busquemos saciarnos en las algarrobas que nos ofrece el mundo sino busquemos el pan de la vida y del amor que en plenitud nos ofrece Jesús

 Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
¡Qué triste y doloroso es tener hambre y no tener o no saber con que alimentarse! Este pensamiento nos lleva a la realidad, es cierto, del hambre, de la pobreza, de la miseria que hay en nuestro mundo; pensamos en la comida material, en las necesidades materiales de las personas y tanto sufrimiento y muerte como genera cuando sería un problema que si tuviéramos más solidaridad los que nos decimos humanos podríamos poner solución – porque tenemos que preguntarnos qué clase de humanidad tenemos cuando lo permitimos -. 
Sabemos que es pan, pero sabemos también que necesitamos de otro pan que va más allá del hecho con harina y horneado. Es el hambre de dignidad, es el hambre de conocimiento y de saber, es el hambre que nos impide aspirar a sueños de algo mejor, es el hambre de humanidad y de encuentro, es el hambre que padecemos en tantas soledades con las que tenemos que cargar cuando no nos interesamos los unos por los otros, son tantas las hambres que afligen el corazón del hombre.
Hoy el evangelio, en esta hermosa parábola que nos ofrece, nos decía que al hijo menor ‘le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer’. Tenía hambre. El hambre era la miseria en que había caído; el hambre era el sentirse solo y lejos de su casa; el hambre era la situación de desesperanza en que se encontraba; el hambre era el desconocer que había un amor que le seguía amando pero que en su desesperación pensaba que ya nadie lo amaba; el hambre era el reconocimiento de su infidelidad y su pecado.
Quería salir, no sabia como porque en su oscuridad parecía que todas las puertas estaban cerradas. No se atrevía a dar pasos pensando en el rechazo, quería encontrar fórmulas distintas, porque desconfiaba de la formula del amor que era la única que le podía hacer salir de aquella situación. Soñaba, se comparaba con la situación de otras personas, se daba cuenta de lo que había dejado atrás y pensaba que nunca jamás podría recuperarlo.
¿Nos pasará a nosotros algo así, aunque nos cueste reconocer que también tenemos hambre? Es en lo que tenemos que recapacitar en este tiempo de Cuaresma que estamos recorriendo como una peregrinación. Nosotros sabemos sí que tenemos que mirar a la Pascua hacia la que caminamos y allí encontraremos el amor que nunca nos falla. Nos fallarán los que están a nuestro lado, fallaremos nosotros mismos en nuestra propia desconfianza, nos cuesta en ocasiones encontrar apoyos humanos, pero tenemos que reconocer que el Señor va poniendo señales en nuestro camino y siempre habrá alguien que confía en ti, te tiende una mano, te ayuda a dar los pasos necesarios para ir al encuentro del Padre que nos espera con su amor.
Algunas veces en la parábola nos olvidamos del otro hermano, del que parecía satisfecho, del que no quería reconocer que también tenía hambre en su desconfianza, en la cerrazón en que se había metido también cuando no quería aceptar al hermano, en el orgullo de creerse bueno y cumplidor pero que sin embargo su corazón estaba seco de amor.
Nos puede pasar a nosotros también. Nos creemos buenos y miramos por encima del hombro; nos creemos buenos y nos creemos merecedores de todo; nos creemos buenos y nos volvemos intransigentes, exigentes para con los demás, porque algo estará faltando en nuestro corazón. Que no se nos sequen nuestras raíces, que no se nos meta dentro la insensibilidad, que no miremos a la distancia a los otros porque los creemos pecadores. También hay hambre en nosotros.
Hay algo que nos puede saciar de verdad y es el amor que Dios nos tiene y en el que hemos de envolver nuestra vida. Es lo que saciará de verdad nuestro corazón y que encontraremos en abundancia infinita en el que es el compasivo y misericordioso. Vayamos al encuentro del Señor y dejémonos abrazar por su amor.

viernes, 22 de marzo de 2019

El camino cuaresmal que estamos haciendo un momento para la reflexión y revisión sintiendo cómo llega de manera viva y actual la Palabra de Dios a nosotros


El camino cuaresmal que estamos haciendo un momento para la reflexión y revisión sintiendo cómo llega de manera viva y actual la Palabra de Dios a nosotros

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Lo entendieron bien pero se hacían oídos sordos. ‘Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’. Ya el evangelista al narrarnos el episodio apunta que aquella parábola la dijo ‘Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’.
Y habla Jesús de la viña que aquel propietario había preparado con todo detalle y que confió a unos arrendadores. Pero los arrendadores no cumplieron, no rindieron sus frutos, es más respondieron con violencia a las exigencias lógicas del propietario. Al final en la conclusión de la parábola Jesús se pregunta si el propietario no quitará la viña a quienes no habían respondido debidamente y se la confiará a otros.
Es cierto que la parábola es un retrato de lo que ha sido la historia del pueblo de Israel. Ellos confesaban en su fe toda la historia de salvación que Dios había realizado con ellos. Pero se quedaba en eso, en una confesión de palabra, pero no en un reconocimiento vital, porque no daban respuesta a cuanto Dios había hecho por ellos.
Pero cuando nosotros escuchamos hoy la parábola no nos quedamos en constatar hecho antiguos o que sucedieran en otro momento, sino que siempre la Palabra es una palabra viva que llega a nuestra vida concreta. ¿No tendremos igualmente nosotros que darnos por aludidos cuando se nos presenta este hecho del evangelio? Es la forma como tenemos que escuchar nosotros de una forma viva la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida concreta. Para que nuestra fe no se quede en palabras sino que sea algo vivo que implica toda nuestra vida.
En este camino cuaresmal que estamos haciendo es momento para la reflexión, para la escucha atenta de la Palabra de Dios, para la revisión de nuestra vida, de nuestras actitudes y de nuestros comportamientos. Es momento para reconocer esa historia de salvación que Dios ha ido desarrollando en nuestra vida; cuantas maravillas ha ido Dios haciendo en nosotros; de cuantos dones nos adornado en su maravilloso amor; cuanta ha sido la gracia que ha derrochado en nosotros. ¿Y cuál ha sido nuestra respuesta?
No siempre hemos dado respuesta de amor; cuantas veces también nos hemos hecho oídos sordos a tantos signos de su amor que Dios ha puesto a nuestro lado; cuantas personas buenas, cual profetas, han llegado hasta nosotros y han tenido una palabra buena, una invitación al amor y la generosidad y no hemos sabido ni verlos ni escucharlos; cuantas llamadas habremos escuchado cada vez que se nos ha proclamado la Palabra del Señor o hemos participado en celebraciones litúrgicas.
Sintamos en verdad que esta Palabra hoy quiere llegar a nuestra vida y nos está pidiendo frutos, de penitencia y de conversión, de amor y de generosidad, de empeño por vivir esa vida nueva que el Señor nos ofrece. No cerremos nuestros oídos ni nuestro corazón. Respondamos a su amor con nuestro amor aunque quizá en principio sea pobre, pero que con la llama de amor a nuestro lado crecerá y crecerá hasta dar fruto.