Vistas de página en total

martes, 3 de noviembre de 2020

Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

 


Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

Filipenses 2, 5-11; Sal 21; Lucas 14, 15-24

Alguna puede habernos pasado en un sentido o en otro; alguien nos hizo un regalo con mucha ilusión, pero cuando lo recibimos lo hicimos de manera fría, porque quizá no era lo que nosotros esperábamos, nos pareció poco o inútil y por mucho que lo tratamos de disimular se notó el desencanto en nuestra expresión, pero mayor fue el desencanto de quien nos hizo el regalo por la fría acogida con que lo recibimos. O nos habrá podido pasar al revés, fuimos nosotros lo que hicimos el regalo, pero quien lo recibió no lo tuvo en cuenta, casi ni lo miró, se fue a entretener con otras cosas dejando lo que le regalamos allá olvidado en cualquier rincón.

No es que tengamos que ser hipócritas si no nos gusta lo que nos ofrecen, pero si hemos de saber valorar lo que nos hayan ofrecido por más pequeño que nos pueda parecer. No podemos ir de sobrados creyendo que nos lo merecemos todo y siempre nos parecerá poco lo que nos puedan ofrecer o regalar. Ya sea en referencia a lo que recibimos de los demás o a la vida misma que vivimos, quizás siempre estemos descontentos y añorando otras circunstancias, otros momentos u otra cosas que acaso nos pudiera ofrecer la vida. Son otros nuestros sueños, nuestras aspiraciones, o incluso nuestros valores. Sepamos valorar, sepamos acoger, sepamos aceptar, seamos capaces de reconocer el amor que han puesto en lo que nos regalan y hasta el esfuerzo que haya podido significar para las otras personas lo que nos ha regalado.

Según nos ha venido diciendo el evangelio Jesús estaba invitado a comer en casa de unos fariseos. Quizás por lo que Jesús iba diciendo o quizá la abundancia del banquete en que estaban participando, a uno se le ocurre decir que serán dichosos los que coman en el banquete del Reino de Dios. ¿Un entusiasmo ante las palabras de Jesús? ¿Un entusiasmo por aquel banquete que le hace soñar aun en cosas mejores? ¿Quizás imaginaba que el Reino de Dios era como una buena mesa y un buen banquete como del que ahora estaba participando?

Pero Jesús querrá decirle algo importante. No nos pongamos a soñar ni a imaginar, sino sepamos aceptar lo que nos ofrecen, porque en ese saber aceptar y acoger se van a dar precisamente las señales del Reino de Dios. Aquellos invitados al banquete de bodas de la parábola no supieron aceptar aquella invitación que les estaban haciendo y preferían otras cosas, que si sus campos, que si lo que tenían o lo que habían comprado, que si su propia boda, que si sus intereses particulares que tenían que cuidar, pero descuidaron la invitación, no supieron valorar la invitación que les hacían. Quedarían fuera del banquete y el banquete sería para otros que sí supieron aceptarlo. Ya conocemos el desarrollo de la parábola.

¿Y nosotros qué somos capaces de aceptar? ¿Cuál es la acogida que hacemos desde el fondo del corazón a la invitación al amor que nos está haciendo el Señor? ¿Tendremos también otros intereses? ¿También habrá otras cosas que nos entretengan más? ¿Valoramos la riqueza de gracia que quizás desde lo más humilde puedan ofrecernos? ¿Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan?

Me viene a la memoria un hecho, una anécdota como queráis llamarlo, de algo que me sucedió en una ocasión hace años. Había ido a visitar a una anciana enferma, que en aquellos momentos y en aquellos lugares en medio del monte nunca habría recibido quizá la visita de un sacerdote.

Me senté con ella a los pies de su cama en la pobreza de aquel hogar, escuché sus suspiros y sus lágrimas, pasé sencillamente un rato con aquella persona a la que simplemente había dado mi tiempo y mi presencia, pero cuando me iba a marchar desde su pobreza quería ofrecerme algo. Rebuscó hasta encontrar una bolsa donde ponerme unos higos pasados que tenía allí guardados en un cajón quizá para su sustento, y había que ver con qué entusiasmo ella me hacía aquel paquete, pero qué alegría sentía también porque yo se los aceptaba. Hice feliz a aquella persona acogiendo aquello que en su pobreza me ofrecía con tanto cariño y agradecimiento. Algo tan sencillo que puede hacer felices a los demás, y yo me sentí feliz, no tanto por los higos que me ofrecía, sino por el cariño que aquella persona estaba poniendo y que la hacía tan feliz.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Aunque sienta abatimiento por lo vacío que me veo con mis miserias, en Dios me lleno de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina

 


Aunque sienta abatimiento por lo vacío que me veo con mis miserias, en Dios me lleno de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina

Lamentaciones 3, 17-26; Salmo 129; Juan 14, 1-6

Si ayer celebramos la fiesta de todos los santos con lo que queríamos recordar a todos los que participan ya de la gloria del Señor en el cielo, en la visión de Dios porque fueron marcados con la señal del Cordero y en su sangre lavaron y blanquearon sus mantos para poder participar con todo resplandor en la liturgia del cielo, hoy queremos recordar y convertirlo en celebración de fe y esperanza a todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección y de la vida eterna. Hoy es la conmemoración de los difuntos en la que cada uno recuerda a sus seres queridos difuntos y reza por ellos para que un día puedan ser partícipes de esa gloria del cielo.

Si la celebración de ayer tenía mucho de triunfo y de gozo al contemplar la gloria del cielo y aquella multitud innumerable que unida a los coros de los Ángeles y arcángeles cantaban la gloria del Señor, hoy nuestra celebración tiene el peligro y tentación de verse envuelta en los nubarrones de la tristeza y los lúgubres sombras de la tristeza por la separación de los seres queridos. Aunque sintamos esa pena, por otro lado muy humana del duelo de la separación, sin embargo como toda celebración cristiana tiene que estar envuelta en la esperanza porque todos siempre miramos a la meta, pero sobre todo nos confiamos en la misericordia y en la bondad del Señor.

Ya el texto de las lamentaciones escuchado en la primera lectura quizá comenzaba con esos sones de angustia o de tristeza pero terminaba dejándonos un mensaje de esperanza y donde hay verdadera esperanza no faltará la paz del corazón. ‘Aunque me invade el abatimiento, nos dice, apenas me acuerdo de ti me lleno de esperanza porque sé que la misericordia del Señor nunca termina y no se acaba su compasión’. 

Y Jesús nos invita en el evangelio a no perder la calma, a poner toda nuestra fe y nuestra confianza en Dios, a creer en El. Y nos dice que nos va a preparar sitio, que volverá por nosotros y nos llevará consigo porque donde está El quiere que estemos también nosotros. Aquí se ven colmadas todas nuestras esperanzas, aquí se ve más que colmada la inquietud y ansias de vida y de vida para siempre que todos llevamos en el corazón. Sí, todos queremos vivir, queremos vivir para siempre, que no se acaba nunca la vida.

¿No significará eso de algún modo el por qué del miedo que le tenemos a la muerte? No queremos morir, queremos vivir y aunque nuestra vida terrena no siempre nos da todas las satisfacciones que anhelamos y en la medida en que lo deseamos, no queremos desprendernos de nuestra vida. Claro que toda esa angustia que se nos mete en el alma ante el hecho de la muerte es porque no hemos sabido encontrar todavía todo el sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida. Y vivimos el momento presente como si fuera único y no hubiera nada más; nos falta esa fe verdadera en las palabras de Jesús, nos falta esa esperanza que siempre tiene que animar al cristiano, al que ha puesto su fe en Jesús. Y no pensamos entonces en ese salto a la vida verdadera, a la vida para siempre que solo en Dios podemos encontrar. Porque por mucho que nosotros queramos por nosotros mismos no nos podemos construir una vida que no tenga fin, eso es solo un don de Dios, un regalo de Dios que nos hace partícipes de su vida.

Si nos pensamos bien todo eso, no tenemos porque sentir esa angustia y ese miedo a la muerte, a que un día esta vida terrena se nos acabe, ni podemos quedarnos angustiados y llenos de dolor cuando llega la hora de la muerte de un ser querido. Pensamos en una vida sin fin, en una vida en plenitud, en una vida para siempre en Dios, luego el que muere se abre a la vida verdadera a la que le va a dar mayor plenitud, ¿Por qué ponernos tristes?

Es cierto que cuando nos llega esa hora de la verdad quizá nos damos cuenta cómo hemos perdido la vida porque mientras caminamos en este mundo no supimos darle un verdadero sentido y un sentido de plenitud y trascendencia en todo aquello que realizábamos. Nos sentimos apenados quizá en ver la pobreza de nuestra vida, quizá llena de las miserias del pecado. Pero aunque sienta abatimiento, como nos decía el profeta, cuando pienso en Dios mi vida se llena de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina, lo hermosa que es su compasión que siempre nos estará regalando con su amor.

Qué sentido más bonito ha de tener esta conmemoración que hoy hacemos; con qué profundidad hemos de vivirla; qué interrogantes nos plantea para nuestra vida de hoy; qué propósitos han de surgir para que aprendamos a llenar de trascendencia nuestra vida; qué paz tenemos que sentir en el corazón desde esa esperanza que anima nuestra vida y motiva nuestra oración.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

 


Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de todos los santos. No sé si siempre los cristianos alcanzamos a saborear el sentido de esta fiesta o si la palabra santidad sigue diciéndonos algo hoy. Para muchos, para el conjunto de nuestra sociedad se ha quedado obsoleta, no porque su significado sea algo viejo y sin sentido ni valor, sino porque no hemos llegado a comprenderlo de verdad. Por eso nuestra fiesta de Todos los Santos queda desdibujada con el día de Difuntos y un poco en eso se nos queda, y terminamos porque toda la celebración que hagamos sea la visita a las tumbas de nuestros difuntos en el cementerio.

De entrada decir que la santidad es una característica divina porque solo Dios es santo en si mismo. Pero es algo de lo que nos hace partícipes Dios. Por decirlo con pocas palabras es decir que somos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos. Y esa es la santidad en su sentido más profundo. Estamos marcados por el amor de Dios que no solo nos creó y nos dio la vida, sino que nos hace partícipes de su vida divina. Es por eso por lo que nos sentimos sus hijos, somos sus hijos, podemos llamarle Padre, como nos dice hoy san Juan en el texto de su carta.

La lectura del Apocalipsis que hoy se nos ofrece nos habla de los que han sido marcados con la Sangre del Cordero, y nos habla de cantidades innumerables, nadie las puede contar, aunque primeramente nos habla de los ciento cuarenta y cuatro mil, en una clara referencia al Antiguo Testamento, al número de doce tan significativo por aquello de las doce tribus de Israel; pero a continuación nos hablará de esa multitud innumerable que viene todas partes y que han sido marcados.

La marca es una señal de pertenencia; han sido marcados con la sangre del Cordero, han sido marcados y separados para formar un nuevo pueblo con una clara referencia a la consagración de algo que es marcado, señalado, separado para ser algo distinto, y la palabra santo precisamente de ahí tiene tu derivación.

Hemos sido marcados para ser esa pertenencia de Dios, para ser los consagrados del Señor, para ser los santos, tendríamos que decir en una palabra. Recordemos nuestro bautismo con su significado más hondo y más profundo, no solo hemos sido marcados y señalados con la señal de la cruz, sino que luego hemos sido ungidos para ser consagrados. ¿Qué significa esa señal de la cruz y qué significa esa unción? Hemos sido consagrados por el amor de Dios, nos sentimos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos, por eso tenemos que sentirnos ya los santos.

Ahora nos toca vivirlo. Vivir como quien se siente en verdad amado de Dios. ¿Cómo no nos vamos a sentir amados si nos ha llenado de su vida divina para hacernos sus hijos? Y no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús para comprender toda la maravilla de lo que es el amor que Dios derrama sobre nosotros y escuchar a Jesús paras vivir con ese sentido nuevo de los que están llenos del amor de Dios y por eso ya somos santos.

Por eso hoy Jesús nos dice en el evangelio que somos dichosos, que somos felices. ¿Cómo no lo vamos a ser con ese amor de Dios que se derrocha sobre nosotros? y cuando sentimos así su amor en nosotros no necesitamos ni riquezas ni grandezas humanas, estaremos por encima de los sufrimientos que nos pueda tocar sufrir en las luchas de la vida, pero es que necesariamente tendremos que comenzar a amar con un amor igual.

Somos dichosos y felices porque somos hijos; somos dichosos y felices con ese desprendimiento que hacemos de nosotros mismos para darnos en humildad y para darnos en amor por los demás; no nos importan las posesiones que tengamos sino el amor con que nos repartimos por los demás.

Somos dichosos y felices y nuestro corazón está lleno de mansedumbre, de humildad, de ternura y de misericordia para los demás; somos dichosos y felices aunque tengamos que llorar con las lágrimas de los demás porque así compartimos su vida, pero porque así compartimos todo lo que hay en nuestro corazón con los que sufren a nuestro lado.

Somos dichosos y felices porque ansiamos y buscamos siempre lo bueno, la verdad y la justicia porque trabajamos con ahínco por la paz, porque hemos arrancado de nuestro corazón todo tipo de malicia porque quien está lleno de Dios no puede sino actuar de esa manera; no caben en nosotros las sospechas ni las reticencias que nos dividen y nos enfrentan, no caben en nosotros orgullos mal curados sino que todo será buscar lo bueno y al ofrecer lo mejor de nosotros mismos estará siempre presente el perdón que nos lleva a la paz con nosotros mismos y a la paz con los demás.

Somos dichosos y felices porque sintiéndonos llenos de Dios por su amor en verdad sentimos que Dios es el único Señor de nuestra vida con lo que alcanzamos la más hermosa libertad; bien sabemos que cuando dejamos que otras cosas se enseñoreen de nuestras vidas terminaremos siendo siempre esclavos que nos quitan lo más preciado de nuestra dignidad.

Y eso es lo que en verdad hoy celebramos. Y celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que antes que nosotros han recorrido el camino y ahora alaban eternamente a Dios en el cielo y celebramos que nosotros estamos queriendo hacer ese camino de santidad con lo que siempre nos sentiremos dichosos y felices como nos proclama Jesús en las bienaventuranzas. No es, pues, recordar y celebrar a los difuntos, porque estamos celebrando a los que viven, a los que estamos queriendo vivir esa santidad en el amor que Dios nos tiene.

sábado, 31 de octubre de 2020

Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar, es la consecuencia y el fruto del amor y la generadora de la más hermosa de las sonrisas



Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar, es la consecuencia y el fruto del amor y la generadora de la más hermosa de las sonrisas

Filipenses 1, 18b-26; Sal 41; Lucas 14, 1. 7-11

¡Qué distinta es la sonrisa del que lo hace forzado por aparentar y agradar buscando la adulación y los halagos, de aquel que sonríe de verdad porque es feliz en lo que es y en lo que está!

Nos llenamos fácilmente la vida de vanidad y falsedad. Queremos aparentar, sentirnos el ombligo del mundo, que nos tengan en consideración y nos hagan reverencias. Hay quienes son verdaderamente unos artistas en estas simulaciones, en la colocación de esas caretas con las que queremos aparentar nuestras grandezas y en echarnos incienso a nosotros mismos sintiéndonos poco menos que los dioses y los reyes del mundo. Personas que lo buscan, que darían cualquier cosa por aparecer al lado de los que consideramos o nos parecen personas importantes, para que vean lo importantes que nosotros somos que tenemos tan grandes amistades e influencias.

Cuántos codazos nos damos en la vida por alcanzar esos lugares, pero también cuantas veces nos vamos de bruces en la vida porque las cosas no resultaron como nosotros nos imaginábamos y al final no tuvimos la influencia ni el lugar que nosotros esperábamos. Con qué mal cuerpo nos quedamos pero cuantos orgullos hervían dentro de nosotros quemándonos y destrozándonos por dentro, porque nos sentimos heridos con lo que nosotros llamamos esos desaires. Son cosas que vemos que suceden en la vida, y acaso alguna vez nos han sucedido a nosotros.

Jesús se encuentra en una ocasión en medio de esos ruidos mundanos. Lo habían invitado a comer y entre los invitados había fariseos y escribas que siempre estaban al acecho de lo que Jesús hiciera o de las actitudes que Jesús tomara. Pero era Jesús el que los estaba observando y aprovecha la ocasión para dejarles el mensaje. Los invitados eran personajes que se consideraban importantes en aquella sociedad pero todos con el deseo de medrar, de alcanzar lugares de relumbrón, puestos en aquella mesa en la que se reconociera lo que ellos consideraban que era su dignidad y grandeza. Por eso Jesús observa que andan como a la carrera a ver quien consigue mejor lugar.

Jesús comienza por hacerles buenas recomendaciones como buen amigo para que no se vean en situaciones embarazosas. Que no sea que te echen para abajo porque has ocupado un sitio que no te corresponde. Parecen palabras de amigo, palabras para evitar el bochorno, pero es algo más hondo lo que Jesús quiere enseñarnos, porque nos da unos principios de unos valores nuevos. Seguro que se sentirían aludidos por las palabras de Jesús y no se si serían capaces de dejar que el sonrojo apareciera en sus mejillas.

Nos viene bien recordar una vez más las palabras de Jesús: ‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales’.

Pero como decíamos Jesús no solo quiere darnos buenos consejos de urbanidad y buen comportamiento, sino a enseñarnos actitudes nuevas que tenemos que cultivar en nuestro espíritu. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Es lo que nos dirá y repetirá en muchos momentos del evangelio. A los discípulos cercanos a Jesús también les costaba digerir estas palabras, o mejor, estas nuevas actitudes de la humildad y de la sencillez, de la grandeza de servir y de la importancia de ser capaces de hacernos los últimos y servidores de todos.

Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar; es la consecuencia y el fruto del amor y generadora de la más hermosa de las sonrisas.

 


viernes, 30 de octubre de 2020

Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 


Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 Filipenses 1, 1-11; Sal 110; Lucas 14, 1-6

El creyente dice por encima de todo está Dios. Es cierto, es nuestra fe. Y Dios es solamente uno, y a Dios tenemos que amarle sobre todas las cosas, como decimos en nuestra formulación breve del catecismo. En consecuencia, decimos, nada ni nadie puede superar ese amor que le tenemos a Dios, nada ni nadie podemos poner por encima de Dios. Decimos que cuando ponemos algo sobre Dios estamos cometiendo idolatría, porque adoramos a quien no es Dios. Hasta aquí, podemos decir, todo correcto.

¿Y qué lugar ocupa el hombre? ¿Qué lugar ocupamos nosotros? ¿Podemos sustituir a Dios o convertirnos nosotros en Dios? Algunas veces quizás nos idolatramos a nosotros mismos, cuando queremos poner nuestra voluntad por encima de lo que es la voluntad de Dios. Pero precisamente es aquí donde el mensaje nuevo de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús nos proclama nos va poniendo, por así decirlo, unos matices distintos. Y es que para Jesús, y nos enseña que para Dios, el importante es el hombre, es la persona.

En primer lugar quizá tendríamos que recordar aquella primera página de la Biblia donde se nos habla de la creación y de la creación del hombre y ya allí se nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Cuando Dios crea al hombre no quiere hacer de él una criatura cualquiera, ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ y a imagen de Dios nos creó. Aquí empezamos a ver la maravilla.

Pero luego Jesús nos irá recalcando en el evangelio continuamente el valor de la persona humana, el valor del hombre y no me importa emplear este lenguaje de toda la vida, porque nos estamos refiriendo por igual al hombre y a la mujer, al varón y a la hembra. Hoy es una muestra de ello, pero no hace mucho hemos recordado aquel pasaje del evangelio en que le preguntan cuál es el mandamiento principal y nos habla del amor a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todo el ser, pero nos dice a continuación y el segundo es semejante a este, amarás a tu prójimo como a tí mismo. Un amor semejante al que le tenemos a Dios hemos de tenerle a nuestro prójimo, sea quien sea. Maravillas de Dios, tenemos que volver a decir.

Y es lo que Jesús nos quiere resaltar hoy como en tantos otros pasajes del evangelio, que por así decirlo se convierten siempre en la defensa del hombre, en la defensa del ser humano. Hoy será con ocasión de aquel hombre con su mano paralizada que está allí en medio de ellos cuando le invitan a comer en casa de un fariseo. Pero es sábado y el sábado no se puede curar; en la visión estricta de los fariseos el sábado estaba dedicado totalmente a Dios y no se podía trabajar, entonces, como Jesús les hace ver, ¿tenemos que dejar a una persona en su sufrimiento porque ese día no podemos curar por estar dedicado totalmente al culto del Señor?

El culto que el Señor quiere, y ya lo decían también los profetas, es abrir las prisiones injustas, vestir al que ves desnudo, enternecerte en tu propia carne ante el sufrimiento del hermano para ayudarle, para curarle. Es lo que hace Jesús con gran escándalo de los fariseos que sin embargo no saben qué decir. El hombre está por encima de todas nuestras leyes y nuestras normas, y poner al hombre por encima de todo lo hacemos porque en verdad Dios está por encima de todo y lo que Dios siempre quiere es la felicidad y el bien del hombre.

Ya decíamos que Jesús en todo su evangelio nos va dando siempre esta valoración de la persona, que es lo que agrada a Dios; podríamos recordar muchos pasajes pero podemos traer a colación la parábola del buen samaritano. ‘Acaso por llegar temprano al templo’, como cantamos también en un canto de celebración, aquel sacerdote y aquel levita pasaron de largo ante el hombre caído a la orilla del camino. Pero, ¿quién se portó como verdadero prójimo del caído? Aquel que se bajó de su cabalgadura para montar al  herido y llevarlo donde fuera en verdad socorrido.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Será esa la valoración que hacemos de toda persona? ¿Será así cómo levantamos al caído? ¿No nos haremos nuestras distinciones y acaso nos apartamos a un lado por miedo a ‘contagiarnos’ cuando nos encontramos al paso a determinadas personas quizá con sus vicios y con sus miserias? ¿Quién será entonces el que lleva la miseria en el corazón porque no es capaz de tener misericordia con el hermano, mientras dice que ama tanto al Señor?

Reconozcamos que nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra mentalidad, en nuestras costumbres y rutinas.

jueves, 29 de octubre de 2020

Orar por nuestros enemigos, por quienes nos hayan desprestigiado y por aquellos que nos hayan hecho daño es la forma sublime del amor y del perdón

 


Orar por nuestros enemigos, por quienes nos hayan desprestigiado y por aquellos que nos hayan hecho daño es la forma sublime del amor y del perdón

Efesios 6, 10-20; Sal 143; Lucas 13, 31-35

La experiencia de sentirse amenazado es una experiencia dura de la que si tuviéramos que enfrentarnos a ella no sabríamos cómo salir. Miedo, angustia, encerrarse en sí mismo, huida, violencia y enfrentamiento, volvernos en contra de los que nos amenazan… son muchas y diversas la formas de reaccionar dependiendo de la manera de ser de la persona, de su carácter o de su madurez. Puede ser ante situaciones o amenazas graves que puedan poner en peligro la vida, o pueden ser otras amenazas más sutiles que pueden dañar nuestra persona, nuestro prestigio o buen nombre, la situación en la que nos encontremos ante la sociedad.


Enfrentarnos a perder la vida no es quizá tan habitual aunque en el mundo de violencias en que vivimos puede ser cada día más posible y así sucede en muchos lugares con secuestros y extorsiones, pero ese otro tipo de amenaza que nos viene de una crítica o de un juicio que hagan contra nosotros queriendo quizás desprestigiarnos, de una denuncia o incluso desde murmuraciones que pueden terminar en calumnias son cosas que nos pueden suceder más fácilmente. Repito ¿cuál es nuestra reacción? Hay gente que se queda como paralizada con el miedo a perder el nombre o el prestigio que puedan tener; gente que quiere que se la trague la tierra antes de verse en situaciones así; gente que se va en desbandada y huída, son muchas, repito, las reacciones.

Cuando Jesús se dirigía a Jerusalén, escuchamos hoy en el evangelio que vienen unos fariseos a decirle que mejor es que se esconda porque Herodes anda buscándolo para matarlo. Todos tenían conocimiento que así había sucedido un día con Juan el Bautista, primero lo había metido en los calabozos de Maqueronte para hacerlo callar, pero al final había terminado con su muerte como un final de fiesta de aquellas a las que estaba tan acostumbrado Herodes. Son unos fariseos los que vienen ahora a decírselo a Jesús, aunque luego ellos por otra parte unidos a los sumos sacerdotes de Jerusalén también querían quitar de en medio a Jesús.

Pero Jesús no se acobarda, veremos más tarde que cuando enviado por Pilatos lo llevan a la presencia de Herodes, Jesús no le dirigió la palabra, tratándolo Herodes por loco porque no había accedido a lo que le pedía para divertir a su corte.  Jesús dice que no teme. El sabe además que sube a Jerusalén y allí va a ser entregado en manos de los gentiles, como tantas veces le había anunciado a los discípulos más cercanos. Además, como diría en otro momento, nadie le arrebata la vida, nadie tiene poder para arrebatarle la vida, sino que El la entrega libremente.

Claro que la fortaleza del Espíritu de Jesús no se parece en nada a nuestros miedos y cobardías; cómo rehuimos cualquier tipo de sufrimiento, cómo nos quejamos ante cualquier situación adversa en la vida a la que tengamos que enfrentarnos, cómo nos resguardamos y nos ponemos a buen recaudo ante cualquiera que pudiera venir a pedirnos cuentas, cómo escurrimos el bulto tantas veces que tendríamos que dar la cara. Jesús nos está dando una hermosa lección y está siendo de interrogante antes nuestras cobardías y nuestras tibiezas.

Qué hermoso lo que llegaría a poder decir san Pablo ‘ni la muerte ni la vida nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús’. Y es que cuando nos sentimos envueltos en el amor de Dios nos sentimos seguros, no tememos ante los riesgos y los peligros, sentimos en nuestro interior la valentía del amor, la valentía que solo puede dárnosla el Espíritu del Señor. Podremos sentirnos o no culpables ante aquello que presentan contra nosotros, pero de una cosa estamos seguros, de la piedad y de la misericordia del Señor. Los hombres nos juzgarán, nos condenarán, pretenderán atentar contra nosotros e incluso hacer que se ponga en peligro nuestra vida, pero nuestra fortaleza está en el Señor y en su misericordia que aunque seamos pecadores nos ofrece su perdón, aunque nos podamos sentir indignos El sigue contando con nosotros.

Nos manifestará algo más Jesús en este texto que estamos comentando. Contempla con lágrimas en los ojos la infidelidad, la ligereza y la tibieza de espíritu de aquellos a los que se dirige y no le escuchan o incluso se van a poner en su contra. En otro momento del evangelio se nos hablará de las lágrimas de Jesús por la ciudad de Jerusalén que incluso va a ser destruida de manera que todo aquel esplendor que desde el monte de los Olivos se contempla va a desaparecer. Ahora de alguna manera Jesús está manifestando las lágrimas que hay en su corazón por aquellos que no lo escuchan, por aquella ciudad de Jerusalén que un día le rechazará aunque habrá momentos en que se le aclame a la entrada de la ciudad como el que viene en el nombre del Señor

Y nosotros, ¿cómo nos sentimos?, ¿qué actitud tomamos ante aquellos que pudieran hacernos daño? Jesús le vemos ahora orando en sus lágrimas por la ciudad de Jerusalén, nosotros, ¿habremos sido capaces de orar por los que nos persiguen o nos hacen daño? Ya Jesús nos ha enseñado que tenemos que orar por nuestros enemigos y por aquellos que nos hayan hecho daño; es la forma sublime del amor y del perdón.

miércoles, 28 de octubre de 2020

A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

 

Añadir título

A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Todos lo sabemos. Un edificio no se construye solo ni lo construye una sola persona. Un promotor tendrá la idea, aquí quiero construir un edificio, y nos dará algunas características de lo que él sueña para aquel edificio; pero tendrá que acudir al arquitecto que elabore el proyecto y luego a los constructores que lo levanten; ni la elaboración del proyecto será solo obra del arquitecto – como se ve que tengo algún amigo arquitecto, ¡je je je! – sino que serán muchos los que colaborarán en su diseño y el proyecto definitivo, como no será solo un constructor sino que tendrán que intervenir diferentes especialista para llevar la obra hasta el final, según aquel proyecto deseado por el promotor y diseñado por el arquitecto. Cuántas personas han de colaborar en la construcción de aquel edificio.


¿Y a qué viene todo esto? Se podrá estar preguntando alguno. Hoy estamos celebrando la fiesta de dos santos Apóstoles, san Simón y san  Judas Tadeo; por supuesto además del poco conocimiento que tenemos de estos dos apóstoles, tampoco nos vamos a quedar en las leyendas populares que nos hablarán de unos santos muy milagrosos y a los que tenemos que rezarles en determinadas circunstancias, manifestando la pobreza espiritual con que vivimos tantos cristianos.

Quiero centrarme en la Palabra del Señor que se nos ha proclamado y en un texto de la carta de san Pablo a los Efesios que leemos habitualmente en las festividades de los apóstoles y que nos habla de que ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’. Un edificio, una construcción como seguirá diciéndonos, unos cimientos, una piedra angular que lo ensambla todo. Eso somos como Iglesia y esa es la construcción en la que todos nos tenemos que sentir comprometidos. Como termina diciéndonos el apóstol ‘por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu’.

Pero veamos unas cosas esenciales también de la que nos habla el evangelio. Hoy nos dice que Jesús pasó la noche en oración, y a las primeras luces del alba llamó a los discípulos y de entre ellos escogió a Doce a los que constituyó Apóstoles. Nos da la referencia y el listado. Ellos iban a tener una función especial; san Pablo luego nos hablará del cimiento de los apóstoles sobre el que estamos edificados. Y eso fue haciendo el Señor con aquellos doce, convertirlos en cimiento.

¿Por qué aquellos doce y no otros si algunos les salieron ‘rana’? Pedro lo negó y siguió confiando en él; Tomás lleno de sus dudas que siempre estaba haciendo preguntas, luego no estaría presente en la primera aparición de Jesús resucitado al grupo y pedirá pruebas palpables de que en verdad era Jesús, pero Jesús había seguido contando con él; Santiago y Juan andarían ambiciosos y queriéndose quizá aprovechar del parentesco - ¿o sería la influencia de la madre? – para ocupar primeros puestos en el reino nuevo, pero Jesús siguió contando con ellos; Mateo eran un recaudador de impuestos y no era bien mirado por los principales del pueblo, porque lo consideraban un publicano y un pecador, y sin embargo Jesús lo había llamado; Judas Iscariote le robaba y al final lo entregó por treinta monedas y sin embargo lo mantuvo en el grupo.

Una lección podemos aprender y es que Jesús quiere contar con todos, no importa sus debilidades o sus mayores o menores cualidades. No es la obra de los hombres, es la obra de Dios pero que sin embargo Dios quiere contar con nosotros y también con nuestras debilidades, porque así nos enseña como El está buscando a todos sin distinción, aunque seamos pecadores. Pensemos en tí y en mí, ¿somos realmente tan perfectos? ¿No estaremos llenos de debilidades? Tú y yo sabemos cuales son nuestros pecados, nuestras caídas, nuestras reincidencias, nuestras negaciones y traiciones a lo lago de la vida. Alguien quizá no querría contar con nosotros y quizás nos dejaría a un lado.

Pero Jesús ha querido contar conmigo a pesar de todo, y Jesús ha querido contar contigo y tú sabes bien los secretos que guardas en el corazón. Solo tenemos que hacer una cosa, estar dispuesto a seguirle, a irnos con El, a dejarnos cautivar por su amor, a llorar nuestras debilidades pero a sentir el gozo que El nos permita llevar nuestra mano hasta sus llagas para reconocerle.

Ah, aquí está algo importante, saber ver las llagas de Cristo hoy y reconocerle, en esos hermanos que vemos quizá tirados junto al camino, en esos a los que nadie quiere porque tienen no sé que vicios o porque son injustos y perversos, en esos que caminan en la soledad abandonados de todos y a los que vemos siempre sus defectos… son tantas las llagas de Cristo que tenemos que reconocer.

Dos cosas para terminar, a aquellos que había llamado los envió a curar y a predicar; pensemos pues la tarea que tenemos por delante. Pero otro detalle que quiero resaltar, Jesús bajó de la montaña, llegó a la llanura y se encontró una muchedumbre que le esperaba. ‘Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos’. Venían a verlo, a escucharlo y a que El los escuchara; venían con sus tormentos en el alma y sufrimientos para que Jesús los curara ‘y salía de El una fuerza que los curaba a todos’.

¿Será eso lo que nosotros estamos haciendo cuando vemos esa multitud a nuestro alrededor? ¿Será eso en verdad lo que hace la Iglesia, o andaremos por otros intereses y preocupaciones que parece que están lejos de lo que el Señor hacía? Recordemos lo que decíamos al principio ese edificio somos todos, lo construimos entre todos, y de todos es la responsabilidad de que cumpla su función.

 

martes, 27 de octubre de 2020

Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

 


Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Nos gusta lo espectacular. Como ahora cuando vemos una película con efectos extraordinarios y espectaculares como se pueden obtener con los medios digitales y tecnológicos de los que hoy se dispone. Nos llama la atención el espectáculo cuánto más insólito mejor, nos entretiene, nos lleva quizá en nuestra imaginación por caminos insospechados y vamos de asombro en asombro. Pero aunque no siempre se ha tenido esa posibilidad de crear lo espectacular como lo podemos hacer hoy por ejemplo con el cine, cualquier cosa que se saliera de lo normal en todos los tiempos a la gente le apasionaba, aunque hubiera algo de terror y pudiera producir temores y miedos.

En los tiempos de Jesús cuando les hablaba del Reino de Dios que venía a instaurar, de alguna manera la gente que lo escuchaba también estaban esperando cosas espectaculares; quizás las guerras con toda la destrucción que les acarreaban de alguna manera subirán en la mente de los hombres esas ansiedades y deseos que de alguna manera podían estar latiendo en el corazón; y si no, eran los espectáculos que nos podía ofrecer la naturaleza en medio de una tormenta; es por eso que los profetas utilizaron esas imágenes, pero también ahora se emplearían para hablar del sentido o de la forma del final de la historia; recordemos algunas cosas que nos dirá Jesús y que próximamente en el final del año litúrgico vamos a escuchar de nuevo.

¿Sería algo así como se imaginaban que se iba a realizar el Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús y que estaba en la esperanza de la llegada del Mesías? No olvidemos que en el concepto del pueblo venía algo así como un guerrero al frente de un ejército liberador de aquellas esclavitudes que vivían bajo la dominación de pueblos extranjeros. En ese sentido eran los diversos movimientos que había entre en el pueblo dispuestos a esas guerrillas liberadoras.

En algún momento le preguntarán a Jesús si era ya llegado el momento de la liberación del pueblo como signo de la constitución del Reino de Dios del que El les hablaba. Ya andaban los discípulos cercanos a Jesús preparándose para conseguir los primeros puestos de poder, como tantas veces hemos reflexionado. Pero Jesús propone hoy dos parábolas que rompen todos esos parámetros que se habían construido en sus mentes, porque no habrá nada más espectacular como sencillo que la imagen de una insignificante semilla sembrada y que nos podría dar una gran arbusto capaz hasta de acoger a los pajarillos para que en él hicieran sus nidos; o les habla también de ese pequeño puñado de levadura, algo tan fino que parece como polvo, que sin embargo es capaz de transformar la masa para darnos buen pan. Y nos dice Jesús, así es el Reino de Dios.

Nosotros también soñamos con una iglesia de cristiandad, triunfante sobre todo y sobre todos, acompañada de los sones de los himnos que más bien en algunas ocasiones parecen guerreros y donde todo parece que tendría que someterse a nuestros pies. Algo de eso nos queda de espectacularidad con la herencia de signos grandiosos que con el arte a través de los tiempos nos han levantado grandes edificios a los que hoy quizá contemplamos vacíos porque no se encuentran los verdaderos adoradores del Padre en espíritu y verdad de lo que nos habla Jesús en el evangelio.

Nos ponemos tristes muchas veces porque ya no podemos hacer esas espectaculares procesiones que más bien podrían parecer los desfiles victoriosos de los generales cuando venían de la guerra y en cuyo honor se levantaban arcos de triunfo que han quedado para la posteridad. No toda la gente está hoy por esas espectacularidades o cuando hay quien las promueve tenemos el peligro de que se desvíen de su verdadero sentido y no sea una auténtica expresión religiosa lo que allí estemos manifestando, y por otra parte ya son cada vez menos los que participan en esos desfiles procesionales.

Nos olvidamos quizás – y ya son varias las veces que empleo la palabra olvido – de esa pequeña semilla que tenemos que sembrar y que tenemos que cultivar, quizá de forma callada y silenciosa, pero haciendo que cada día más y mejor llegue el mensaje del evangelio al corazón de las personas. Ese tendría que ser nuestro esfuerzo como cristianos, como iglesia, donde en un tú a tú con las personas, en unos encuentros personales pero también en los pequeños grupos que se formen en nuestras comunidades vayamos de verdad difundiendo la buena nueva del evangelio.

Que en verdad seamos como esa levadura que nos transforme a nosotros y que ayude a transformar a los que están a nuestro lado y que ese bien de la buena nueva de Jesús, esa verdad del evangelio se vaya difundiendo por sí misma y extendiéndose cada vez más como una mancha de aceite que vaya contagiando todos los corazones. Eso es lo grande en lo que tenemos que soñar, eso es lo verdaderamente espectacular del Reino de Dios.

Creer en Jesús y en el evangelio no es simplemente un entretenimiento ni el espectáculo de algo extraordinario que nos va a impresionar con mucho asombro de forma momentánea. Será, tiene que ser, algo que de verdad nos transforme desde lo más hondo de nosotros mismos. Mucho tendríamos que cambiar los cristianos en esas cosas que se nos han metido en la cabeza.

lunes, 26 de octubre de 2020

No nos quiere Jesús que andemos encorvados y escondidos en nuestros miedos y complejos sino hombres libres que gozan de la nueva libertad y ofrecen su mano regalando libertad

 


No nos quiere Jesús que andemos encorvados y escondidos en nuestros miedos y complejos sino hombres libres que gozan de la nueva libertad y ofrecen su mano regalando libertad

Efesios 4, 32 — 5, 8; Sal 1; Lucas 13, 10-17

Aquella mujer pasaba desapercibida en medio del grupo que aquel sábado frecuentaba la sinagoga. Encorvado, encogida más bien diríamos nosotros en su complejo, en su dolor e imposibilidad, en su pobreza de espíritu, en su humildad allí estaba y si Jesús no se acerca a ella para levantarla y para curarla quizá nadie se habría fijado en ella. Como tantas veces pasa; gente en silencio que no hacen ruido en su humildad, gente encogida en sus complejos y en sus miedos, gente que parece meterse en el último y más escondido lugar casada quizás de luchas y de fracasos, gente en la que nadie se fija porque no relumbran como tanto nos gusta relumbrar y llamar la atención quizás a nosotros.

Pero Jesús vino a sacarla de su anonimato, Jesús quería levantarla, no podía permitir Jesús que siguiera encorvada con tantos sufrimientos que probablemente atenazaban su corazón, el que había venido a liberar a los oprimidos como había proclamado en la otra sinagoga, en la de Nazaret,  y a romper toda clase de cepos no podía dejarla con aquellas ataduras y la quería con una vida nueva, con un nuevo dinamismo en su vida. Y Jesús se acercó y la puso derecha, la mujer se levantó y la que había estado en silencio se puso a glorificar al Señor.

Claro que habrá siempre quien prefiera que los que están acobardados y escondidos así permanezcan para que no produzcan ninguna perturbación; hay quien prefiere que la gente siga calladita y perdida anónimamente en medio de la multitud no sea que vayan a decir o a mostrar algo que nos desestabilicen esa paz que artificialmente nos hemos creado. Ya habrá razones que invocar para que los que están oprimidos no se les suelte la lengua y comiencen a hablar; mejor todos calladitos y nadie se ofende, y se buscarán razones hasta espirituales y religiosas queriendo escudarnos en Dios cuando precisamente Dios no es eso lo que quiere para la humanidad. En este caso era sábado y había que guardar el descanso sabático, no importaba quien siguiera esclavizado. Para algunos parecía más importante soltar el borrico para que fuera a abrevar aunque fuera sábado que una persona se viera libre de su enfermedad o de sus opresiones.

No olvidemos que Jesús nos quiere con los hombros bien levantados, en disponibilidad de ir siempre al encuentro del otro, con la cintura ceñida porque estamos siempre dispuestos a servir y hacer el bien y con la lámpara encendida en nuestra mano porque tenemos que salir a los caminos a alumbrar los senderos de los hombres para que alcancen la verdadera luz. Nos quiere humildes y serviciales, si, pero nunca humillados y oprimidos, nos quiere hombres libres con la nueva libertad del hombre nuevo que Jesús nos ofrece porque siempre su presencia ha de ser para nosotros un año de gracia del Señor.

Es lo que hemos de ir haciendo nosotros por los demás, encontrando esas personas que pasan desapercibidas, esas personas a las que la vida ha hundido quizás y se sienten incapaces de levantarse, a esas personas que no saben valorarse para que les demos confianza en sí mismas y sepan ponerse a caminar. Somos los que tenemos que ir proclamando la libertad que Dios nos ofrece a todos y ayudando a todos a que se liberen de sus esclavitudes, somos los que tenemos que sentir esa mano amiga de Jesús que se nos ofrece para levantarnos y ser nosotros esa mano de Jesús que ayude a levantarse a los demás.

Todos al final cantaremos la gloria del Señor.

domingo, 25 de octubre de 2020

La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos porque sin amor no seríamos humanos

 


La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos porque sin amor no seríamos humanos

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

Cuando es nuestro modo de hablar humano hablamos de la ley, hablamos de las leyes pensamos de forma espontánea en todas esas normas y preceptos que nos hemos dado para regular la relación y la vida de las personas dentro de la sociedad en la que vivimos; cada vez son más complejas las leyes – y claro que no soy un erudito en el tema del derecho – porque más complejas son las relaciones entre los hombres, entre las personas y las leyes de cada lugar, aunque hay algo universal que nos afecta a todos, sin embargo tienen más las características de ese lugar según las normas y preceptos que se han ido elaborando y mejorando con el paso del tiempo. Me atrevería, sin embargo, a decir algo así de entrada y es que las leyes que nos imponemos tienen que estar siempre por el bien de la persona en medio de esa comunidad en la que vive.

Me hago esta consideración previa al escuchar el texto del evangelio de hoy. Ya dice el evangelista que aquellos que fueron a preguntar pretendían tentar a Jesús con preguntas que presentaban como capciosas, la pregunta que le lanzan a bocajarro es ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ preguntan por la ley y preguntan por el mandamiento principal. Si en nuestra cultura actual se hiciera o nos hicieran esa pregunta iríamos al fundamento de nuestras constituciones que nos conforman como pueblo y de donde dimanan luego todas las leyes y preceptos de nuestros códigos civiles.

Pero la pregunta que le lanzan a Jesús tiene una respuesta clara y que parece no tener sentido para el hombre de hoy que ha construido su vida quizá sobre otros parámetros o principios, que vive de una forma en la práctica agnóstica o donde la fe o la religión parece que no tienen que ver con las leyes de la vida de los hombres, ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero’.

Sin embargo ess respuesta tiene una razón para el que se siente creyente. Por otra parte Jesús no hace sino repetir al pie de la letra lo que está escrito en la ley judía y tiene todo su sentido. Tengamos en cuenta que Jesús además añade ‘El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Sí, somos creyentes y Dios sí tiene que ver con la vida del hombre, con el sentido y el valor de la vida de las personas, sobre el camino verdadero de la construcción de nuestra sociedad. En Dios tenemos el fundamento de todo y la historia de la presencia de Dios en la vida del hombre es una historia de amor. Una historia de amor donde nos hemos sentido amados porque hemos estado, podemos decirlo así, en la preocupación de Dios. Por eso primero que nada y por encima de todo nuestro amor para Dios. ‘Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente’. Es el eje y el fundamento.

Pero nunca ese amor a Dios va a mermar nuestro amor al hombre sino todo lo contrario. Va a ser el cauce y la fuerza precisamente para que nos amemos los unos a los otros. ‘El segundo es semejante a él’, nos dice Jesús. Que no podemos vivir el uno sin el otro, que no podemos decir que tenemos amor a Dios si no tenemos amor al prójimo. Es la base de todo. ‘Sostienen toda la ley y los profetas’, termina diciendo Jesús.

Por algo san Juan en su carta cuando nos habla de que Dios es amor nos dice que en consecuencia tenemos que amarnos los unos a los otros. ‘Si Dios nos ha amado de esta manera, amémonos los unos a los otros’, nos dice. No dice si Dios nos ha amado de esta manera, amémosle a El, amemos a Dios, sino amémonos los unos a los otros. Y es que en ese amor que nos tenemos mutuamente estamos amando a Dios. ¿No nos dirá Jesús que cuando dimos pan al hambriento o agua al sediento era a El a quien estábamos alimentando o calmando su sed?

Creo que no es necesario hacernos más consideraciones sino rumiar muy bien esto que nos ha trasmitido hoy el Evangelio y hemos venido comentando y reflexionando. Luego saquemos nuestras conclusiones, veamos cómo con toda claridad cada uno de los mandamientos que tenemos reflejados en el decálogo buscarán siempre el bien del otro, el respeto al otro, la valoración del otro, en una palabra el amor que hemos de tener al prójimo. La verdadera gloria de Dios está en la gloria que le demos al hombre, en el amor que les tengamos a los demás. Por eso cuando nosotros vamos anunciando el evangelio de Jesús lo que queremos ir haciendo es que haya más humanidad entre los hombres y las mujeres de hoy. La Buena nueva de Jesús nos descubre ese amor nuevo, esa vida nueva, ese estilo de nuevo de tratarnos y de amarnos en que siempre estaremos buscando el bien del prójimo.

Recojo algunos párrafos de un comentario que me ha llegado y pienso que nos pueden ayudar a completar esta reflexión. ‘Ahí está la esencia y la radicalidad de la fe y de la identidad cristiana… Nuestra felicidad depende de acoger y poner por obra los preceptos y mandatos del Señor, porque ellos son misericordia, en ellos hay sabiduría, hay esperanza de un vivir mejor, hay vida eterna… La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos.  Sin amor la ley y los preceptos se vuelven tiranía, sin amor nada seríamos, es decir, no seríamos humanos (una persona inhumana es aquella que no conoce ni sabe del amor), sin amor todo se vuelve oscuro, estéril, vacío’ (Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.).

Nuestro mandamiento principal es el amor.

 

sábado, 24 de octubre de 2020

También venimos nosotros y le contamos a Jesús los graves problemas de hoy pero escuchemos su palabra de paz, de serenidad, de esperanza, de invitación a caminos nuevos

 

Añadir título

También venimos nosotros y le contamos a Jesús los graves problemas de hoy pero escuchemos su palabra de paz, de serenidad, de esperanza, de invitación a caminos nuevos

Efesios 4, 7-16; Sal 121; Lucas 13, 1-9

‘En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían…’ Era algo que había conmocionado a toda Jerusalén, no digamos nada de cómo estarían los sumos sacerdotes y servidores del templo, el Sanedrín garante de las leyes y costumbre judías y sobre todo aquellos judíos piadosos como los fariseos. Era algo sacrílego lo que había hecho Pilatos.

Como si nosotros ahora venimos y le contamos a Jesús los graves problemas que está pasando nuestra sociedad de los que nos hacemos nuestras lecturas quizá muy particulares y a la vez diversas con el tema de la pandemia del coronavirus que estamos padeciendo con todas sus consecuencias. Profetas calamitosos los ha habido en todos los tiempos y no es raro que aun en la sociedad en que vivimos escuchemos alguna vez la voz de esos profetas de calamidades que nos pueden llegar a hablar de castigos divinos y apocalípticos que más zozobra pueden dejar en nuestro espíritu.

Cuando le hablan a Jesús de lo hecho por Pilatos en el templo Jesús quiere que se detengan un poco a reflexionar y les recuerda también otro hecho calamitoso que no hacia mucho tiempo había sucedido cuando se cayeron algunas arcadas de la piscina de Siloé y murieron algunos judíos. ¿Pensáis que aquellos que murieron en la piscina, o los que ahora ha dado muerte Pilatos en el templo eran más pecadores que los demás por tener una muerte así?  Era una reacción en cierto modo natural cuando no había una respuesta racional a las preguntas que se pudieran hacer ante algo sucedido de manera extraordinaria. Un castigo del cielo, algo habrían hecho que merecieron una muerte así…

Esos acontecimientos algunas veces cruentos que nos suceden ante los que nos pueden quedar muchas dudas y preguntas en nuestro interior hemos de saber hacerles una lectura creyente pero buscando siempre la paz que Dios quiere trasmitirnos en su palabra. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez que sentido tiene la muerte de un inocente, por ejemplo, un niño con un cáncer, una madre joven con muchos hijos afectada por la grave enfermedad, un accidente sin sentido en el que pierden la vida quienes tranquilamente transitaban por aquel lugar…?

La respuesta de Dios, podemos decirlo así, es invitarnos a la paz y a la esperanza, no perder la serenidad de nuestro espíritu para saber encontrar un día respuesta a esas preguntas, mantener la confianza en la sabiduría de Dios que como suele decir el refrán escribe recto en renglones torcidos, escuchar esa llamada en nuestro interior a preguntarnos por nuestra propia vida y qué es lo que estamos haciendo con ella, sentir la invitación a una renovación de nuestra vida y a una auténtica conversión del corazón que todos siempre necesitamos. No es un conformismo ante las situaciones inesperadas sino una apertura de los oídos del alma para escuchar lo que solo en el silencio de nuestro corazón podremos escuchar.

Entre toda esta barahúnda de mensajes que estos días escuchamos con motivo de la pandemia y crisis que estamos viviendo escuchaba sin embargo un mensaje muy positivo de un joven a sus compañeros jóvenes  invitando sí a tomarse en serio la situación, pero también a hacerse preguntas sobre todo para descubrir la riqueza que tenemos en la vida y que no  hemos sabido aprovechar, pero también a mirarse por dentro para descubrir como todo esto tiene que hacernos crecer y madurar, transformar muchas cosas que hemos llenado de muchas rémoras en la vida y comenzar a actuar en positivo para encontrar nuevos caminos.

Es una invitación grande la que podemos escuchar haciendo una buena lectura de cuanto nos sucede, pero que nunca nos falte ni la paz ni la esperanza. Podemos salir, podemos seguir caminando en la vida, tenemos quizá que transformar muchas cosas no solo en estructuras de la sociedad sino principalmente dentro de nosotros mismos que cuando las hagamos tendrán como consecuencia también la mejora de nuestro mundo. Y todo esto lo hacemos no solo con los grandes problemas que podemos ver en la sociedad sino también en esos problemas que cada uno de nosotros tenemos en el camino de la vida y que muchas veces se nos atraviesan en el alma.

viernes, 23 de octubre de 2020

Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de f

 


Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de fe

Efesios 4, 1-6; Sal 23; Lucas 12, 54-59

Hoy todos somos meteorólogos (?) pero quizá no sabemos interpretar el tiempo de la vida; en los medios de comunicación se nos ofrecen las previsiones del tiempo, nos presentan las cartas de isobaras, nos muestran gráficos con las altas o las bajas presiones y sabemos, o creemos saber, si mañana va a llover o no va a llover. Yo soy ya un poco mayor y recuerdo más bien las previsiones que hacían nuestros padres o nuestros abuelos, que no tenían esas cartas de isobaras, pero según las nubes, las corrientes de aire y una serie de señales que observaban en la naturaleza eran capaces de decirnos el tiempo que iba a hacer.

En nuestras islas canarias unas señales que nos hablaban de la cercana lluvia era cuando se veía el Teide coronado de nubes, como sombrillas sobre él o en forma de bufanda arropándolo. Estos días pasados tuvimos unas imágenes espectaculares en este sentido y ya nuestros mayores o los que recordaban lo que decían nuestros mayores nos estaban anunciando por encima de lo que dijeran los meteorólogos que iba a llover, como así fue. Claro que si nos anuncian la lluvia tendríamos que prepararnos para que no nos hagan daño o se sepan aprovechar esos caudales que nos bajan de los cielos.

Interpretamos los signos o señales de la naturaleza y nos confiamos a esas interpretaciones, pero como nos dice Jesús hoy en el evangelio, que empleó esta misma imagen, no sabemos interpretar los signos de los tiempos. En la historia, en los acontecimientos, en lo que sucede en nuestro hoy tenemos que saber hacer una interpretación de la vida. ¿Por qué no podemos pensar que Dios nos habla también a través de los acontecimientos? Es lo que hacían los profetas, leían su propia historia, lo que les estaba aconteciendo con ojos de fe, intentando descubrir la mirada de Dios y en ello lo que Dios quería decirles para su momento presente. No eran simplemente unos visionarios que se creían inventar el futuro, sino que en una honda reflexión sacaban conclusiones de lo que acontecía.

Somos reflexivos para algunas cosas; quizás en nuestros estudios nos hacemos nuestras elucubraciones y hasta nos vamos haciendo una filosofía de la vida desde las experiencias que hayamos vivido. ¿Por qué eso no lo podemos hacer también desde una mirada de fe? Los hechos, incluso, que nos narran los evangelios o nos narra la Biblia pueden tener una transposición también en lo que ahora nos sucede. Tenemos que aprender a mirar la vida desde ese llamémosle filtro de la fe, desde ese filtro del evangelio y tratemos con el evangelio de responder a lo que ahora nos va sucediendo, encontrarle un significado o un sentido, descubrir un camino que hemos de recorrer.

El creyente no es el que simplemente dice que cree en Dios pero lo pone como bien guardado en un armario dejándolo allá en la quietud de los cielos, sino que el creyente saber descubrir a Dios en el caminar de la historia, en nuestro caminar de cada día, descubriendo así lo que Dios quiere de nosotros, lo que ha de ser nuestra vida. Y esa mirada nueva que desde la fe se nos abre tenemos que saber llevarla a los demás, aplicarla a los aconteceres de nuestra vida, iluminar también la vida de los demás abriéndoles los ojos y el corazón a esa trascendencia que desde la fe somos capaces de descubrir.

Muchas veces en nuestros diálogos con personas cercanas a nosotros, o con personas que tienen una sensibilidad semejante a la nuestra reflexionamos sobre la situación de nuestro mundo, nos damos cuenta de la carencia de valores que hay en muchos o de la superficialidad con que viven sus vida, del materialismo que les cerca y de la falta de una espiritualidad que dé profundidad a la vida. Pero quizá nos quedamos ahí, que es lo que no debemos hacer. Esa reflexión que hacemos y que quizá con algunos compartimos sintamos que es esa fuerza de la Palabra de Dios que llega a nosotros y que nos está pidiendo que la llevemos a los demás.

No podemos cruzarnos de brazos, no podemos quedarnos en unas reflexiones muy bonitas que nos hagamos para nosotros mismos, sino que tenemos que salir al encuentro de los demás con un anuncio, con un testimonio, con una palabra que despierte esperaza y que aliente a una búsqueda de algo nuevo y superior. En todo eso nos está hablando el Señor, está poniendo señales que no podemos obviar.

Sepamos leer esas señales de Dios que nos abren caminos nuevos, que nos llevan a un impulso nuevo del anuncio del evangelio, aunque nos cueste. Son señales que nos hacen despejar caminos nuevos, como cuando vemos señales de lluvia y nos preparamos bien para no mojarnos o bien para que las aguas de lluvia aunque sean torrenciales no hagan ningún daño sino que se sepan aprovechar.