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viernes, 6 de diciembre de 2019

Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades


Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades

 Isaías 29, 17-24; Sal 26;  Mateo 9, 27-31
Afrontar las dificultades de la vida es algo que en muchas ocasiones nos cuesta y casi preferiríamos evadirnos, no querer ver ni saber para no tener que pasar por ese esfuerzo, repito, muchas veces costoso y que nos podría acarrear también en ocasiones muchos sufrimientos. Huimos de aquello que nos hace ver la realidad, que nos puede hacer sufrir, preferimos, repito, cerrar los ojos.
Pero no quiero pensar en este momento en las dificultades que podamos encontrar, por así decirlo, enfrente, sino quiero pensar en lo que encontramos en nosotros mismos, nuestras limitaciones, o las malas costumbres que se convierten en vicio y que tenemos que esforzarnos por superar. No queremos reconocer nuestras limitaciones, o los errores que hayamos podido cometer en la vida; queremos creernos perfectos, fuertes y poderosos e incluso cuando la enfermedad nos toca por algún lado no queremos pensar en ello o tardamos en ocasiones en dar pasos por superar esa situación. Enfermedades que se vuelven crónicas con todos sus inconvenientes, o malas costumbres que se convierten no solo en rutinas sino también en vicios en nuestra vida.
Pero bien sabemos que la solución no pasa por cerrar los ojos, sino por afrontar la realidad, reconocer eso que nos limita o que nos hace daño, para encontrar caminos luego de solución, de reparación o de encuentro con una vida renovada. No es la actitud pasiva, de esperar a ver si por si mismo se solucionan las cosas la que nos puede ayudar sino una actitud positiva de caminar y de dar pasos hacia delante buscando camino y solución.
Creo que es el estilo de esperanza activa que hemos de vivir en este tiempo de Adviento. No podemos simplemente dejar pasar el tiempo. No es decir, viene la navidad y ya vivimos en esos momentos la alegría de la fiesta o nos llenaremos de nostalgias y tristezas como les sucede a muchos. Es otra la manera de celebrar el nacimiento del Señor, pero haciendo de verdad que el Señor venga a nuestra vida con su salvación. Claro que necesitamos reconocer que estamos necesitados de esa salvación. Y para ello tenemos que mirarnos frente a frente a nosotros mismos para reconocer cómo somos, qué es lo que hay en nuestra vida que necesita la renovación de esa salvación que nos trae el Señor.
Hoy vemos a dos ciegos en búsqueda de Jesús. Le siguen aunque pueda parecer que Jesús no los escucha, insisten y llegan incluso a las puertas de la casa donde está Jesús. Reconocen su ceguera y esperan la compasión y el amor del Señor. Seguramente se habrán valido incluso de alguien que les lleve y les conduzca hasta Jesús porque en su ceguera les sería difícil seguir el camino. Pero allí están.
¿Puede Jesús curarles? ¿Puede el Señor renovar de verdad nuestra vida tan llena de limitaciones, de errores, de pecados? Ahí tiene que estar nuestra fe que nos da seguridad. Ahí tiene que estar nuestra fe para dejarnos curar por Jesús. Porque algunas veces no nos dejamos curar, preferimos quizá seguir cómo estamos o sean otros los remedios que se nos ofrezcan. Pero dejar que el Señor llegue a nuestra vida tiene que ser algo radical, en una disponibilidad total para recibir y aceptar la gracia que el Señor nos ofrece y comenzar luego a vivir con un sentido nuevo, con una vida nueva. Que no queramos seguir como antes, como tantas veces hacemos.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra, que siembra en su corazón para tener buenas raíces como cimientos de vida



Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra, que siembra en su corazón para tener buenas raíces como cimientos de vida

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27
Es duro y es triste que continuamente estemos oyendo sonidos que llegan a nuestros oídos, pero poco escuchemos y poco entendamos de lo que se nos dice. Es uno de los problemas que van apareciendo en aquellos cuyos oídos van perdiendo la sensibilidad para escuchar. No pueden estar en un ambiente ruidoso porque los sonidos se confunden en sus oídos y en su mente y poco podrán entender de lo que se les dice. Por eso diferenciamos entre oír y escuchar, porque la escucha necesita una mayor atención y una mejor sensibilidad.
Pero si estamos hablando de uno de esos problemas, llamémoslo fisiológicos, que nos van apareciendo en la vida, por el contrario tenemos que reconocer que aunque tengamos los oídos con la sensibilidad suficiente, sin embargo en la vida vamos muchas veces como sordos; vamos a lo nuestro y no prestamos atención, escuchamos aquello que nos interesa, vamos descartando pensamientos e ideas que pudieran ser una interpelación dentro de nosotros para llevarnos a cosas de mayor profundidad. Muchas veces vamos por la vida con mucha superficialidad y nos vamos haciendo un mundo ficticio, irreal, superficial, lleno de sueños y de pocas realidades que centren de verdad nuestra vida.
Nos sucede en nuestras mutuas relaciones en que poco nos escuchamos y quizá demasiado nos enfrentamos sin conocer realmente el pensamiento del que tenemos enfrente o a nuestro lado. Nos dejamos seducir y arrastrar por prejuicios que tengamos nosotros mismos, que nacen la mayoría de las veces de un desconocimiento, o por lo que puedan influir otros en nosotros. Vamos de flor en flor seducidos por colores llamativos pero no buscando aquella flor que nos puede dar un fruto hermoso para la vida.
De eso se vale la publicidad para inducirnos a coger unos productos o para llevarnos según unos intereses determinados, pero también muchas veces dirigentes interesados para hacernos ver sus ideas o su política llena de falacias y de tópicos. Así nos va en la vida, así van los derroteros de nuestra sociedad.
Necesitamos ser más críticos, pero para eso tenemos que darle una mayor profundidad a la vida, para eso tenemos que aprender también a escuchar y escuchar con deseos de aprender pero también con un sentido critico ante lo que se nos pueda ofrecer.
La persona madura ha sabido ir cultivando estos valores en si mismo. La persona madura es reflexiva, sabe escuchar y sabe discernir, tiene la curiosidad de la búsqueda porque siempre aspira a algo más y mejor, pero tiene el valor de ir rumiando todo cuanto va llegando a su mente o a su corazón para encontrar el jugo bueno que puede alimentar bien su vida.
Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra de Dios, que quiere ir sembrando de forma honda en su corazón para que tenga buenas raíces como cimientos de su vida. Un árbol bien enraizado es más difícil que el viento lo arranque o se lo lleve, se verá zarandeado por las tormentas, pero permanece firme y pronto reverdece después de la pérdida de sus hojas o sus ramas. Es lo que necesitamos ser los cristianos que nos vemos sometidos a muchas tormentas en la vida y que no nos queremos quedar en palabras bonitas o palabras de una emoción pasajera que serán flor de un día. Es el cristiano que da frutos y que contagia con su vida a cuantos le rodean porque siempre será un interrogante y una interpelación para los demás.
Hoy nos habla Jesús de edificar la casa sobre roca, no sobre arena. Ya sabemos cómo tenemos que hacer.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?



No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22;  Mateo 15, 29-37
Comer, alimentarnos es una de las necesidades básicas de la vida. Necesitamos del alimento porque es la energía que nos hace mantenernos vivos. Y no vamos a abundar aquí y ahora en lo de la alimentación adecuada y equilibrada que tanto se nos repite por todas partes, pero aquel que tiene carencias en su vida en sus necesidades básicas buscará el alimento que sea donde pueda encontrarlo. Poder alimentarnos es una satisfacción importante de la que todos tendríamos que poder disfrutar.
Pero bien sabemos que la comida puede significar mucho más, porque es ocasión de encuentro con los otros y algo que nos motiva y nos lleva a la unión y a la comunión cuando hacemos la comida en común y puede ser signo de alegría y de fiesta; cuando celebramos algo que nos llena de alegría y queremos compartir esa alegría con los demás comemos juntos y la comida se convierte en fiesta. Muchas más cosas podríamos reflexionar siguiendo por ese camino.
Entre los anuncios que se hacen para los tiempos mesiánicos están precisamente los signos del festín, de la comida de fiesta a la que todos están invitados, como nos habla hoy el profeta. ‘En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados’. Se acabarán los lutos y los sufrimientos, todo será alegría y fiesta en una vida nueva. Es el encuentro, es la nueva comunión entre todos, es el signo de ese mundo nuevo que se llamará el Reino de Dios.
Y Jesús realiza esos signos con todo su sentido profético, pero también como señal de que ese mundo nuevo ha llegado. Hoy el evangelio habla de las multitudes hambrientas que siguen a Jesús; hambrientas de su Palabra, acuden a escucharle de todas partes porque en Jesús renace la esperanza en los corazones; hambrientos con sus necesidades y problemas, siempre vemos en esas multitudes corazones atormentados, cuerpos rotos, sufrimiento y dolor desde sus imposibilidades físicas, pero también desde la insatisfacción que hay en sus corazones.
‘Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel’, nos dice el evangelio.
Pero Jesús realiza un nuevo signo también de profundo sentido mesiánico. La multitud está hambrienta porque llevan muchos días con Jesús, están en descampado, no tienen que comer. ‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino’.
Allí en despoblado no hay donde buscar panes para tantos, como dicen sus discípulos ante el comentario de Jesús pero aparecerá alguien que tiene cinco panes y dos peces y que los pone a disposición. ‘¿Qué es eso para tantos?’ Cuando hay amor no importa lo pequeño sino la disponibilidad que nace de ese amor. Y el milagro se realiza. Comerán todos y sobrará.
Es la señal del Reino. Es el encuentro y el compartir que al final se convertirá en fiesta. Ojalá supiéramos irlo haciendo por la vida. No hace falta mucho, no hacen falta muchas cosas sino lo que hace falta es mucho amor. ¿Seremos capaces nosotros de ponerlo para que se realicen también entre nosotros las señales del Reino? Un buen pensamiento que nos puede ir acompañando en este camino de Adviento que estamos haciendo. Y la vida será un festín.




martes, 3 de diciembre de 2019

Actitudes nuevas, valores nuevos, vestidura de hombre nuevo de la que tenemos que revestirnos para conocer y vivir de verdad a Dios


Actitudes nuevas, valores nuevos, vestidura de hombre nuevo de la que tenemos que revestirnos para conocer y vivir de verdad a Dios

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24
Bueno es que cuando emprendemos un camino sepamos cómo es el camino que vamos a recorrer y podamos hacer los correspondientes preparativos para poder afrontarlo con alguna garantía de éxito; así no cargaremos cosas innecesarias, nos liberaremos de pesos muertos que van a ser un obstáculo en la dureza del camino y para poder llegar de la mejor manera a la meta.
Cuantas cosas metemos tantas veces en la mochila de la vida por aquellas precauciones por no saber lo que nos vamos a encontrar ni lo que vamos a necesitar, como cuando hacemos un viaje y recargamos y recargamos la maleta con pesos de cosas que no vamos a necesitar; que si puedo necesitar aquel traje, si aquellos zapatos nos vendrán bien si vamos a asistir a una gala en combinación con no sé que conjunto y al final pareciera que vamos a un desfile donde vamos a lucirnos y no a hacer un camino que nos conduce a una meta determinada. Lujos, vanidades, orgullos, apariencias que realmente nos van a hacer tropezar e impedir alcanzar no solo lo bueno sino lo mejor.
Alguno me podría preguntar y donde nos habla Jesús hoy en el evangelio o en la palabra proclamada de todas esas cosas. Mirémoslo desde otra perspectiva o perfil. ¿Por qué da gracias hoy Jesús en el evangelio? Porque el Padre se ha revelado a los que son humildes y sencillos de corazón. No se necesitaban tantas alforjas para escuchar y acoger la revelación de Dios. Aquellos que iban cargados con sus orgullos y vanidades no fueron capaces de entender el misterio de Dios, no comprendieron el misterio de Dios que en Jesús se revelaba, solo aquellos que habían liberado su corazón porque a nada se apegaban ni nada ambicionaban podían tener un corazón sensible para sintonizar con el misterio de Dios.
Por eso decía que teníamos que liberarnos de pesos muertos, de nuestras ideas preconcebidas que serán como un velo que nos impide ver con nitidez el misterio del amor de Dios; liberarnos de nuestras apetencias manipuladoras, de nuestros afanes de sobresalir, de los deseos que aparecen tantas veces en el corazón de grandezas humanas que al final se nos quedan en vanidades, de nuestros prejuicios porque son barreras que ponemos y que nos impedirán descubrir donde se hace presente Dios, de los castillos y las torres que nos edificamos que nos encierran en nosotros mismos o nos elevan tanto que no llegaremos a ver como en lo pequeño y en lo que parece insignificante  Dios también se hace presente.
Ya sabemos como tiene que ser el camino que nos lleve a conocer a Dios. Da gracias Jesús al Padre que se ha querido revelar a los pequeños y a los sencillos, a los que son humildes de corazón y a los que quitan toda maldad de su corazón; serán los que en verdad verán a Dios. Un camino como nos decía el profeta en que siempre tenemos que ser instrumentos de paz, de concordia, de encuentro, de armonía de los unos con los otros.
Cuando estamos entretenidos en nuestras guerras porque nuestras personales apetencias las hemos puesto por delante no podremos sentir la paz de Dios en el corazón.
Tenemos que aprender a controlar esa pequeña fiera que llevamos tantas veces en nuestro corazón que nos hace violentos, que nos enfrenta los demás, que nos hace estar buscando siempre como echar la zancadilla para que el otro no camine ni avance.
Parecen idílicas las imágenes que nos ofrece el profeta pero es lo que nosotros tenemos que ser y que hacer. Por eso nos habla del lobo, del carnero, del cabrito, de la oveja, de león que pacerán juntos. Y sin embargo los hombres tantas veces nos convertimos en lobos para el otro hombre. Qué bello el texto de Isaías que yo diría que inspiraría el cántico de las criaturas de san Francisco de Asís.
Qué diferencia y qué cambio. Qué actitudes nuevas tienen que haber en nuestro corazón. Cuántos valores tenemos que desarrollar en nosotros,  lealtad, fidelidad, confianza, verdad, sinceridad, apertura, deseos de bien y de justicia, autenticidad, cercanía… Qué distintas serian nuestras relaciones.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Tenemos que sacar a flote nuestra fe, nuestra fe humilde porque reconocemos nuestra pequeñez y también tantas cosas y complejos que nos distraen


Tenemos que sacar a flote nuestra fe, nuestra fe humilde porque reconocemos nuestra pequeñez y también tantas cosas y  complejos que nos distraen

Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11
Quizá por aquello de que nos gusta relacionarnos con la gente, que quizás entablamos conversación con facilidad con la gente con las que nos vamos encontrando, se pueda llegar a un cierto grado de comunicación y principio de amistad con esos personas con las que nos vamos encontrando; pero nuestras conversaciones son casuales, allí donde nos encontremos, en el parque, la calle o aquellos lugares que frecuentamos para nuestra vida social, y puede darse que esa amistad maya en cierto modo creciendo y esa persona con la que nos relaciones quizá quiera conocernos más, o hacer que la amistad sea más profunda y quizá nos  habla de visitarnos mutuamente, él nos ofrece su casa para lo que necesitemos y ya ahí nos quedamos un tanto parados porque ya no sabemos qué hacer.
¿Voy a abrir las puertas de mi casa a esa persona que quizá no conozca tanto? Pero si mi casa es un desastre porque soy un desordenado y no está como para recibir visitas, nos buscamos unas disculpas; yo soy una persona humilde y quien soy yo para recibir a esa persona en mi casa que se ve que el tiene otro porte, otro señorío, y seguimos dando largas, quizá no nos consideramos dignos de que personas así vengan a mi casa a visitarme y probablemente nos frenemos.
¿Nos pueden suceder cosas así? ¿Podemos pensar nosotros que nuestra casa no está preparada para recibir el regalo de la visita de esa persona? ¿Es realmente humildad, o puede ser que escondamos algunos miedos allá en lo más hondo de nosotros mismos?
Estamos dando los primeros pasos de este camino de Adviento. Y decimos con toda normalidad y naturalidad que el Señor viene a visitarnos, porque de alguna manera ¿qué significa el misterio de la navidad que vamos a celebrar sino que Dios quiso hacerse hombre para no venir solo a visitarnos, sino para vivir en nosotros y con nosotros? ¿Seremos en verdad conscientes de lo que eso significa?
La conciencia que tengamos de ello será lo que en verdad va a motivar nuestra mejor preparación. Dios ha visitado a su pueblo, fue una de las exclamaciones de la gente sencilla cuando veían las obras de Jesús. Nos visitará el sol que nace de lo alto, cantará Zacarías en alabanza al Señor en el nacimiento del Juan. Dios viene a poner su tienda entre nosotros reflexionará el evangelio de Juan en su inicio. Y también dirá vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.
En este primer lunes de Adviento la liturgia nos propone un texto en el evangelio que quizás más de una vez nos habremos preguntado por qué ese texto precisamente cuando estamos iniciando el Adviento. Le veo todo su sentido. Nos habla del centurión que tenía criado enfermo al que miraba casi como un hijo. Y no sabiendo ya a quien acudir, aunque era pagano acude a Jesús. Hay por medio unos intermediarios que suplican en su nombre y quizá hasta hacen valer sus méritos para ser atendido por lo bueno que había sido con los judíos, por los que se había preocupado hasta de arreglarles la sinagoga. Y Jesús decide ir a la casa del centurión.
Quizá asombro entre los mismos que hacían de intermediarios, pero lo más grandioso es la reacción de aquel soldado romano. ‘Yo no soy digno de que vengas a mi casa…’ Y no es solo el considerar su indignidad sino también aparece la confianza absoluta que había puesto en Jesús. ‘Basta tu palabra y mi criado quedará sano’, ya sabemos de las alabanzas de Jesús que ni en todo Israel había encontrado una fe así. Pero es una fe enraizada en la humildad. Jesús quiere ir a su casa, pero él no se siente digno, pero aun así pone a juego a tope toda su fe, Se fía de la palabra de Jesús que es poderosa.
¿No será lo que nosotros necesitamos? Como reflexionábamos al principio quizá somos un desastre, es un desorden grande el que hay en nuestra casa, en nuestro corazón, porque al final no sabemos ni lo que queremos ni lo que buscamos. Pero sí tenemos que sacar a flote nuestra fe, nuestra fe humilde porque reconocemos nuestra pequeñez y también tantas cosas que nos distraen de lo que tendría que ser lo fundamental.
Y aquí, aunque nos consideremos indignos sí que tenemos que abrir las puertas, dejar que el Señor venga a visitarnos, venga a morar en nuestra tienda, en nuestra casa, en nuestro corazón. Su presencia va a ser presencia de vida, de gracia, de salvación. Pero tenemos que dejarle entrar, no poner obstáculos en la puerta porque estemos pensando o distrayéndonos con otras cosas, hacer desaparecer también nuestros miedos, complejos y rutinas. Cuantas cosas nos distraen estos días de preparación para la vida yéndonos por cosas accesorias, secundarias; vayamos a lo principal, y para eso dejémonos conducir por el Espíritu que gime en nuestro interior.
¿Qué será lo principal que tendría que buscar para celebrar hoy la navidad?

domingo, 1 de diciembre de 2019

Cuando iniciamos hoy el adviento ¿cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?


Cuando iniciamos  hoy el adviento ¿cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44
Cuando llega este momento en que litúrgicamente la Iglesia comienza el tiempo de Adviento, que decimos preparación para la navidad y visto el ambiente que nos rodea en que parece que ya estuviéramos en navidad, iluminación extraordinaria y especial – navideña decimos aunque algunas veces no termino de entender la imágenes y los símbolos de los adornos luminosos - , las ‘campañas navideñas’ – y lo pongo también entre comillas - que se realizan por todas partes, las felicitaciones de navidad que ya se cruzan hoy no tanto por el correo postal cuanto por las redes sociales e Internet, el ambiente de fiesta y de preparativos con sus comidas, regalos con sus correspondientes compras y no sé cuantas cosas más, me surgen muchas dudas e interrogantes en mi interior sobre lo que realmente la gente busca en estos momentos y lo que nosotros decimos que le queremos ofrecer en esta fiesta que tendría que ser profundamente cristiana que es la navidad.
Decimos con facilidad Navidad, nacimiento de Cristo, venida del Señor, ¿realmente qué es lo que la gente busca y desea desde lo más hondo? Decimos Navidad, repito, como celebración de la venida del Señor – ahora Adviento como preparación para esa celebración – y en verdad ¿habremos despertado en ese mundo que nos rodea y que dice que celebra la navidad un deseo de esa venida del Señor? ¿Para qué? Y no quiero ser aguafiestas, pero si creo que tendríamos que buscar un verdadero y profundo sentido.
Si pensamos en aquella primera venida del Señor, el pueblo de Israel tenia detrás toda una historia, una historia de salvación, con unas esperanzas suscitadas desde antiguo y alimentadas por los profetas, que además en aquel momento histórico se traducían en unas apetencias y deseos de la llegada de un Mesías libertador que incluso devolviese su soberanía al pueblo de Israel. Desde sus situaciones de opresión, de falta de libertad, de carencia de paz, de pobreza en todos los sentidos que vivían, ansiaban y deseaban esa liberación. Es cierto que muchos no llegaron a entender la llegada del Mesías en Jesús y se vieron en cierto modo desbordados con su mensaje, que le llevaría incluso a la muerte.
Y nosotros hoy, nuestro mundo de hoy, ¿Cómo se encuentra en este sentido? ¿Qué expectativas tiene el hombre y la mujer de nuestro tiempo, del siglo XXI, de algo que les libere y les conduzca a un mundo futuro mejor? ¿Se encuentra concretado en la navidad que vamos a celebrar?
La problemática que vive nuestro mundo, las situaciones sociales que se viven en los distintos lugares, la misma destrucción que incluso vamos haciendo de nuestro mundo y nuestro planeta que tan a la orden del día está con lo del cambio climático, las crisis, los descontentos, las manifestaciones, las luchas que vemos aflorar en tantas personas, pero también en tantos lugares a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo, ¿nos pueden hacer pensar que en la Navidad que celebramos vamos a encontrar una respuesta, vamos a encontrar una luz, se nos va a ofrecer un camino de salvación? Con nuestra navidad ¿tenemos una buena noticia que ofrecer a ese nuestro mundo concreto con su problemática tan concreta?
Alguno me puede decir, bueno, ya el ambiente de fiesta hogareña con que celebramos la navidad, los buenos deseos que nos tenemos en esos días con las felicitaciones, los encuentros familiares y de amigos con sus comidas y con sus regalos, ese ambiente al menos en lo externo de paz del que queremos rodearnos, ya son cosas buenas que hacemos y ya eso es navidad. ¿Solo eso? ¿Pero ese mensaje va a calar hondo de nosotros de manera que no sean cosas de unos días sino que de alguna manera va a ser principio de una transformación que hagamos en nosotros y que ayudemos a hacer a los demás? Porque quizá cuando pasen estos días luego seguiremos diciendo ‘como era en el principio, ahora y siempre’, porque nada va a cambiar ni en mi vida ni en el mundo.
Algunos también me podrían objetar, bueno el mundo es el mundo y sigue sus ritmos y sus altibajos, y seguirán las ambiciones de tantos y la pobreza de muchos con las injusticias que siguen, pero en eso la navidad no tiene nada que hacer porque eso se queda en otro ámbito, son caminos distinto, son cosas de la vida. Eso es lo triste que podamos llegar a pensar así, que a los cristianos que celebramos el nacimiento del Salvador nos den igual esas situaciones y esa problemática de nuestro mundo y no seamos capaces de llevar a ese mundo que sufre con todas esas cosas una buena noticia que despierte la esperanza de que podemos hacer un mundo mejor.
Quizá los cristianos que queremos vivir con un poco más de intensidad la navidad nos llenamos la boca de palabras bonitas pero no hemos terminado de saber cómo llevar la Buena Noticia de Jesús al mundo que nos rodea. Y aunque quizá en muchos lugares la inmensa mayoría esté inclusos bautizados, el evangelio no ha llegado a calar en sus vidas, no se termina ni de entender ni de desear esa salvación que Jesús nos viene a traer que camuflamos quizá en algunas cosas bonitas que podamos hacer en momentos determinados.
No es solo un recuerdo lo que es la Navidad. Celebramos la venida del Señor, y del Señor que viene hoy a mi vida y a mi mundo, a esta sociedad en la que vivimos con sus problemas y sus anhelos. ¿Cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?
Este ha de ser el camino de Adviento que tenemos que emprender, despertando una auténtica esperanza en nosotros y en los corazones de los hombres y mujeres que nos rodean. No nos preparamos solamente para una fiesta con unas tradiciones que no queremos perder; cuidado que nos quedemos a veces solo en nostalgias de los que ya no están con nosotros; nos preparamos para algo más, es un anuncio más profundo el que tenemos que realizar y es también la esperanza del mundo futuro, de la venida del Señor también al final de los tiempos. Que nos mantengamos alerta, atentos, vigilantes, como tantas veces se nos va a decir en estos días, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

sábado, 30 de noviembre de 2019

A partir de un encuentro en Andrés nació la fe para seguir a Jesús y convertirse en su mensajero ¿habremos tenido nosotros un encuentro así con Jesús en nuestra vida?


A partir de un encuentro en Andrés nació la fe para seguir a Jesús y convertirse en su mensajero ¿habremos tenido nosotros un encuentro así con Jesús en nuestra vida?

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22
Hay encuentros que son poco más que tropezarnos con alguien y hay encuentros que dejan huella. Vivimos en mundo de comunicaciones y estamos en contacto quizá con las personas que están al otro lado del mundo porque hoy los medios nos lo permiten, pero no somos capaces de detenernos a hablar en un tú a tú con el que está a nuestro lado, o con quienes tengamos la oportunidad de vernos cara a cara.
Decimos que conocemos mucha gente y tenemos muchos amigos, pero en verdad ¿ese conocimiento nos lleva a algo hondo, a una comunicación más profunda de nuestro yo, a un encuentro vivo con la persona? Enseguida quizá corremos porque queremos irnos a otro lado o no queremos permitir que se nos metan en el yo más profundo que nos guardamos. Y eso nos hace superficiales, nos impide incluso encontrarnos con nosotros mismos, porque ocultando tanto quizá hasta queremos ocultarnos a nosotros mismos.
Cuando hay un encuentro verdadero quedará siempre una huella en nosotros, será algo que ni podremos olvidar ni permitirá quizá que nuestra vida sea igual. Pero de esos no-encuentros tenemos muchos en la vida y seguimos en nuestra loca carrera.
Hoy estamos celebrando a alguien que encontró la importancia de su vida en un encuentro. Había inquietud en su corazón, es cierto, y allá había acudido al Bautista junto al Jordán porque todos hablaban de aquel profeta que predicaba en el desierto, en la orilla del Jordán. Quizá ya las palabras de Juan comenzarán a hacer mella en él y a preparar su corazón, porque eso cuando Juan les señala al que iba pasando ante ellos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, o lo que es lo mismo, señalándolo como el Mesías esperado, Andrés y otro amigo procedente también del mar de Galilea se fueron detrás de aquel a quien Juan había señalado.
‘¿Qué buscáis?’ les había preguntado. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ había sido la respuesta como si hubieran estado más interesados en el lugar de residencia que en la persona. ‘Venid y lo veréis’ Había sido la respuesta y con El se fueron. El compañero anotaría más tarde incluso la hora que era en aquel momento. ‘Eran las cuatro de la tarde’, comentaría. Y se les pasaron las horas, la tarde y la noche, el tiempo con El.
¿Qué sucedería en esos momentos? Solamente podemos decir que se habían encontrado con El, porque a la mañana siguiente – o no importa el tiempo que habría pasado aunque pareciera que fue a la mañana siguiente – cuando Andrés se encontró con su hermano Simón y le anuncia que habían ‘encontrado’ al Mesías. Un encuentro, que no había sido cualquier cosa. Un encuentro en que no importa el tiempo que había pasado en él. Un encuentro que le hace descubrir muchas cosas. Un encuentro por el que se siente cogido. Un encuentro que no podrá callar y por eso con el primero que se da de bruces ya le está contando lo que le ha sucedido. Fue el encuentro con Jesús que marcó sus vidas.
Los otros evangelistas nos contarán que allá en la orilla del lago estaban repasando las redes después de la pesca, o que habían salido a pescar y habían cogido una redada grande donde en la noche anterior no habían cogido nada, pero siempre está ese encuentro. Jesús que pasa junto a ellos y les invita a seguirle; Jesús que les dice que hay que echar de nuevo las redes al agua para pescar y que les dirá luego que van a ser pescadores de hombres.
A partir de entonces ya va a estar siempre con Jesús. Nada lo va a detener; será del grupo de los doce, será de los más cercanos a Jesús, con El subirá también a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, en el Cenáculo estará en la noche memorable de la cena pascual, y en el cenáculo se van a encontrar definitivamente con Cristo resucitado. De labios de Jesús antes de la Ascensión escuchará su mandato de ir por el mundo anunciando el Evangelio, la buena nueva que él un día había escuchado y ahora como hizo primero con su hermano, ahora tendrá que hacerlo con todos los hombres anunciando que Jesús es el Señor.
Y todo a partir de un encuentro. ¡Qué importante! Nos decimos nosotros también discípulos de Jesús y en El decimos que tenemos puesta nuestra fe. De una forma o de otra habremos tenido también, con mayor o menos intensidad a lo largo de nuestra vida, un encuentro con Jesús, del que ha brotado nuestra fe en El. Es necesario que revivamos ese encuentro de fe que un día vivimos, es necesario que lo reavivemos para mantener viva esa experiencia y ese recuerdo que hay el peligro que se nos haya quedado un tanto diluido.
Esa frialdad que se nos mete en el espíritu tantas veces puede significar que esa señal está llegando débil a nuestro corazón – como nos sucede con la señal de las redes sociales que nos llega débil y nos debilita la comunicación – y se nos puede estar enfriando nuestra fe y nuestro entusiasmo por Jesús. Tenemos que buscar manera de reavivar nuestra fe, nuestra vivencia de Jesús, ese encuentro profundo con El que cada día hemos de mantener.
¿Necesitaremos una oración más intensa de encuentro vivo con el Señor? ¿Necesitaremos escuchar con una mayor intensidad en nuestro corazón la Palabra de Dios? ¿Necesitaremos encender el fuego de una espiritualidad profunda porque en verdad nos dejemos llenar por el Espíritu?
Esta fiesta del apóstol san Andrés que hoy estamos celebrando puede ser una llamada y una gracia para nosotros. No la echemos en saco roto.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Ojos de fe hemos de tener para leer los signos de los tiempos que pueden ser anuncio de una nueva primavera de vida nueva para nuestra iglesia y para nuestro mundo



Ojos de fe hemos de tener para leer los signos de los tiempos que pueden ser anuncio de una nueva primavera de vida nueva para nuestra iglesia y para nuestro mundo

 Daniel 7,2-14; Sal. Dn 3,75-81; Lucas 21,29-33
Aunque ciertamente ahora en nuestro hemisferio estamos en otoño, aunque nuestras islas canarias tienen unas características especiales de clima, sabemos muy bien que cuando se acerca la primavera, se acaban los fríos invernales parece que la naturaleza que parecía muerta se renueva comenzando a rebrotar por todas partes las gemas de los árboles, las semillas que germinan, las plantas que surgen por todas partes y las flores que comienzan a brotar. La frialdad del invierno nos hace parecer una naturaleza muerta cuando desde el otoño los árboles y las plantas pierden sus hojas, pero tras esos tiempo oscuros con el nuevo sol de la primavera para resurgir una vida nueva.
Una imagen – aunque ahora estemos en otoño – que conviene recordar y que nos puede servir de lección para los otoños y los inviernos de la vida de los tiempos difíciles y de crisis por los que podamos pasar. No es el fin, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, son signos que se convierten en llamadas e invitación a hacer surgir una vida nueva en nosotros y en nuestro mundo. En las lecturas de la Palabra que hemos venido reflexionando en estos días todo tienen un sabor apocalíptico como si del final de todo se tratara, pero ya hemos dicho que el Apocalipsis, el último libro de la Biblia, es un libro de esperanza, pues tras las duras batallas del mal aparecerá al final la luz del mundo nuevo, del cielo nuevo.
Y estas consideraciones nos las hacemos de cara, es cierto, a esos últimos tiempos de la historia que no sabemos cuando serán, pero son una lección y una llamada a la esperanza a los tiempos convulsos en que podamos vivir en todos los órdenes de la vida. Como creyentes sabemos, es cierto, que el mundo está en nuestras manos, porque a nosotros nos ha confiado Dios la obra de la creación para que continuemos realizándolas en la transformación de nuestro mundo, pero sabemos también muy bien que todo eso está por encima de todo en las manos de Dios. Y Dios no nos abandona; su palabra es una palabra fiel y cuando siembra esperanza en nuestros corazones es porque en verdad el quiere realizar ese mundo nuevo y nos da la fuerza para que hagamos esa tarea.
No nos podemos cruzar de brazos ni desentendernos. Tiempos convulsos vemos en nuestra sociedad que se transforma y algunas veces no es del todo a gusto nuestro pero que precisamente ahí está nuestra tarea y nuestro compromiso. No podemos dejarla en manos de los demás sino que nosotros hemos de contribuir al bien de esa sociedad en la que vivimos valiéndonos de todos los cauces de participación que en la misma sociedad encontramos. Pienso en nuestra propia tierra, como en tantos países de un lado y de otro que se ven envueltos en revueltas, manifestaciones y protestas, señal de que algo nuevo tiene que despertar. No nos podemos acobardar, sino que tenemos que trabajar seriamente por encontrar caminos de paz. Y la esperanza de alcanzarlo no la podemos perder. Esos mismos brotes pueden ser señales de ese mundo nuevo que se puede estar gestando.
Tiempos convulsos en ocasiones y por distintos problemas nos podemos encontrar también en nuestra propia Iglesia. Suenan aires de renovación, pero también hay personas confundidas; aparecen sombras que desestabilizan pero también hay deseos de algo mejor; todo tiene que realizarse en una búsqueda sincera del evangelio, que ilumine nuestra vida en estos tiempos en que vivimos. No perdemos tampoco la esperanza porque sabemos que es el Espíritu del Señor el que guía la Iglesia. Abramos nuestros oídos y nuestro corazón a esa moción del Espíritu que nos conducirá por esos caminos nuevos llenos de esperanza.

jueves, 28 de noviembre de 2019

En el sentido de nuestra fe cristiana no cabe la angustia ni el temor ante el final de la vida y de la historia, es tiempo de esperanza como nos dice Jesús ‘se acerca nuestra liberación’


En el sentido de nuestra fe cristiana no cabe la angustia ni el temor ante el final de la vida y de la historia, es tiempo de esperanza como nos dice Jesús ‘se acerca nuestra liberación’

Daniel 6, 11-27; Sal. Dn 3,68-74; Lucas 21, 20-28
Aunque queramos ir muchas veces de estoicos por la vida, diciendo que nada nos preocupa, que esos temas del final de los tiempos y de otros mundos y de otra vida son frutos de imaginaciones y sueños nacidos de la incultura y no sé cuantas cosas más que queramos decir, sin embargo hemos de reconocer que allá en el fondo de nosotros mismos nos queda la duda, aparece una cierta inquietud y hasta angustia, porque como solemos decir, ¿y si todo eso es verdad? El mundo ha de acabarse un día ¿un cataclismo final? Ahora que tanto hablamos de medio ambiente y de la destrucción del planeta es que algo nos tememos para ese final.
Ahora que estamos en el final del año litúrgico se nos presentan en la Palabra de Dios unos textos con un sentido apocalíptico de final y de final envuelto en medio de catástrofes y de guerras. Lo hemos venido escuchando estos días que Jesús ha comenzado a hablarnos en el evangelio de esos últimos tiempos y habla de algo inmediato para lo que podían estar muy sensibles los judíos como era la destrucción de Jerusalén y el templo. Pero se entremezclan cosas, porque ayer escuchábamos esa profecía de la historia donde los cristianos íbamos a ser perseguidos y pasar por tiempos difíciles. Hoy, podemos decir, se da un paso mas pues se habla incluso de cataclismos de carácter cósmico.
¿Todo eso para que nos entre el pánico, la angustia y el temor? De ninguna manera porque el mensaje de Jesús siempre es para la esperanza y para la paz. No nos puede faltar porque si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El verdadero sentido del Apocalipsis es la esperanza, la esperanza del triunfo final. Y todas esas señales son los signos de la venida del Señor a nosotros. ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación’, nos dice hoy Jesús.
El sentido apocalíptico del final de los tiempos era algo muy presente en el pensamiento del pueblo de Dios. Pero todo era para una invitación a la esperanza, pero para prepararnos para ese encuentro definitivo con el Señor. En ese lenguaje oriental tan rico en imágenes y comparaciones, los últimos grandes profetas habían hablado de esos últimos tiempos, como había sido por ejemplo el profeta Daniel. Claro que según tengamos nuestra conciencia podrá surgir el temor y la angustia en nuestro corazón.
Por eso Jesús nos repetirá continuamente en el evangelio también con muchas imágenes como hemos de estar preparados para ese momento final. Las lámparas encendidas en nuestras manos, como las jóvenes que esperaban al novio para la boda, el traje de fiesta para participar en el banquete, el administrador que tiene que estar atento para el cuidado de los que trabajan en casa, o el criado vigilante para abrir la puerta apenas venga y llame el ama, la fe que continuamente Jesús pedía a quienes acudían a El son algunas muestras de esa preparación que ha de haber en nuestra vida.
Y esto es algo serio que tenemos que pensarnos. No nos gusta pensar en ese momento final de nuestra vida; quizá nos preocupamos de preparar nuestros asuntos materiales con tema de las herencias para evitar problemas en el futuro, pero poca trascendencia le damos a esos momentos de nuestra vida para prepararnos para nuestro encuentro con el Señor.
El viene como ladrón en la noche cuando menos lo esperamos, como nos dirá en otro lugar, y para ello hemos de estar atentos y preparados. Quien ha purificado su corazón acogiéndose a la misericordia del Señor nada teme porque nos confiamos al que es compasivo y misericordioso, y para nosotros entonces será en verdad el momento de nuestra liberación. Si ahora te llama el Señor, te pide la vida, ¿estarás con la conciencia realmente preparada?

miércoles, 27 de noviembre de 2019

El tallo de la rosa tiene espinas pero esperamos alcanzar a contemplar e impregnarnos de la belleza y del aroma de la flor


El tallo de la rosa tiene espinas pero esperamos alcanzar a contemplar e impregnarnos de la belleza y del aroma de la flor

Daniel 5,1-28; Sal. Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19
¿Quién te dijo que es un camino de rosas? Habremos escuchado que se nos dice cuando quizá nos quejamos de las dificultades que vamos encontrando en la vida y cómo nos cuesta alcanzar nuestras metas. De la rosa nos gusta el perfume y la belleza de los colores de la flor, pero bien sabemos que hemos de tomarlas con cuidado porque sus tallos están llenos de espinas y no nos queremos herir, pero no es fácil tomar un ramo de rosas en nuestras manos sin que alcancemos alguna pequeña herida.
¿Lo podemos aplicar al camino de nuestra vida cristiana y del seguimiento de Jesús? Nos quisiéramos quedar en la belleza de la flor y en su perfume. Y claro que seguir a Jesús nos conduce a esa belleza para nuestra vida; llegar a encontrarnos con El y vivirle es lo más hermoso que podamos encontrar, lo que mayor felicidad nos daría. Sin embargo vemos que el camino de ese seguimiento de Jesús a veces se nos hace duro, dificultoso. Como si fuéramos subiendo por el tallo de la rosa donde nos vamos a encontrar las espinas, pero queremos llegar al final, queremos alcanzar la meta.
Ya nos lo plantea Jesús a lo largo del todo el evangelio cuando desde el principio nos pide cambiar el corazón para poder creer en la Buena Noticia que nos anuncia. Cambiar el corazón que significará despojarnos de muchas cosas, de muchas ideas preconcebidas, de muchas posturas, de un estilo de vida. Y eso no es fácil. Nos hablará de un hombre nuevo desprendiéndonos de las viejas vestiduras que tan bien se habían amoldado a nuestra vida o nosotros nos habíamos amoldado a ellas; nos hablar de camino estrecho y nos hablará de cruz que hemos de cargar, de negarnos a nosotros mismos y de un nacer de nuevo.
Pero cuando tenemos una meta, cuando queremos alcanzar algo que es precioso y valioso para nosotros no nos importarán sacrificios, lo que sea necesario, porque lo que queremos es llegar a esa meta. Nos hablará de vender nuestros tesoros para poder conseguir la perla más preciosa, nos hablará de un tesoro guardado allí donde no nos lo puedan robar ni la polilla roer; nos hablará de vigilancia y de estar atentos sin dejarnos dormir. Pero todo merece la pena por poder entrar al banquete del Reino al que nos tiene convidados.
Hoy nos habla de otras dificultades que vamos a encontrar en el camino, como son la oposición que podamos encontrar en los demás que conduzca a la persecución, la cárcel e incluso la muerte. Bien conocemos que la historia de los cristianos y de la Iglesia ha estado siempre rodeada de persecución. Pero Jesús nos habla de cómo no podemos perder la paz en nuestro corazón, porque el Espíritu del Señor es nuestra fortaleza.
Oposición y persecución que nos puede llegar por diferentes caminos, nos habla Jesús que nos podrá venir hasta de los más cercanos a nosotros, en quienes no vamos a encontrar la comprensión para nuestro sentido de vida. Y eso lo vivimos muy fuerte en la sociedad en que nos ha tocado vivir, el aislamiento y la soledad, el crear en torno a quienes quieren proclamar valientemente con sus palabras y su vida el evangelio de Jesús, una barrera de silencio que quiere acallarnos, que busca desprestigiarnos aprovechándose de cualquier circunstancia e incluso de nuestra debilidad, o donde querrán quitar ese sentido religioso de la vida y por supuesto todo lo que suene o tenga sabor a cristiano.
No temamos, nos dice el Señor. Su Espíritu es nuestra fuerza, y nuestra perseverancia nos hará llegar en fidelidad a la meta final. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas, termina diciéndonos Jesús. No importa el buen olor de Cristo se desprenderá al final para darle un perfume nuevo a la vida y un sentido nuevo a nuestro mundo.

martes, 26 de noviembre de 2019

En ese mundo revuelto y confuso, desconcertados y desorientados en ocasiones, tenemos que saber estar siempre en la búsqueda comprometida de la verdad y la justicia


En ese mundo revuelto y confuso, desconcertados y desorientados en ocasiones, tenemos que saber estar siempre en la búsqueda comprometida de la verdad y la justicia

Daniel 2,31-45; Salm. Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11
Ojalá en la vida todo fuera plácido y tranquilo, que los proyectos con los que soñamos pudiéramos sacarlos adelante sin contratiempos, que no tuviéramos problemas ni encontronazos con los demás sino que fuéramos capaces de ponernos de acuerdo para sacar adelante nuestra sociedad superando retos, buscando siempre metas mal altas, aunando esfuerzos.
Parece algo idílico pero es en cierto modo lo que soñamos, lo que deseamos, lo que nos anima cuando ponemos nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, pero bien sabemos que muchas veces se nos vienen abajo esos proyectos cuando quizá nos parecía que los teníamos encaminados, que nos vamos a encontrar enfrente y en contra nuestro aquellos que antes quizá caminábamos en el mismo surco, que surgen las crisis de entendimiento entre unos y otros y en los carriles por los que quisiéramos que caminara nuestra sociedad.
¿Qué hacer? ¿Tirar la toalla y marcharnos a otro lugar? ¿A dónde vamos a ir? ¿Refugiarnos en nosotros mismos o solo en nuestras cosas personales batallando cada uno su batallita particular? ¿Desentendernos y dejar que otros hagan a su antojo dispuestos a soportar lo que sea con tal de no meternos en líos?
Muchas de esas tentaciones tenemos en muchas ocasiones. Nos sucede en la vida social, nos sucede muchas veces hasta en la misma vida familiar, nos sucede con aquellos que están o han estado más cercanos a nosotros y considerábamos amigos, lo estamos viendo en la misma vida política que tendría que aunarse para buscar soluciones. No sabemos que hacer y nos encerramos en nuestro cascarón, nos desentendemos. Nos situamos en ocasiones como la expectativa, mirando como meros espectadores, para criticar quizá lo que otros hacen sin poner nada de mi parte. Qué fácil es hablar y cuanto cuesta comprometerse. ¿Pero me puedo quedar tranquilo con posturas pasivas y negativas?
Creo que el evangelio de hoy puede ser un rayo de luz que nos ayude a encontrar caminos. Jesús les anuncia a los discípulos las fuertes crisis por las que habrán de pasar, tanto el pueblo judío en si mismo con muchas cosas que les afectarán hasta en lo más hondo de su identidad, como a los propios seguidores de Jesús con el paso de los años.
Parte de las consideraciones que se hacían por la hermosura del templo de Jerusalén y Jesús les anuncia de todo aquello no quedará piedra sobre piedra porque todo seria destruido. Posiblemente cuando el evangelista nos narra estas palabras proféticas de Jesús ya se había realizado la destrucción de Jerusalén y su templo. Supuso una grave crisis en la identidad del pueblo judío que les llevaría a la dispersión y la diáspora a través de los siglos por todas las naciones.
Pero las palabras de Jesús no se quedan en ese anuncio sino que les dirá que sus discípulos tendrán que afrontar momentos difíciles y es cuando nos invita a ser fuertes, a mantener la esperanza, a tener paciencia porque nunca el discípulo de Jesús se ha de sentir solo y abandonado. No es la huida el camino que han de tomar, sino afrontar con paciencia todas esas dificultades en que muchas veces les parecerá – nos parecerá porque a través de los tiempos esas mismas situaciones seguimos viviendo - que el mundo se viene abajo.
Paciencia, no significa una actitud pasiva, sino una actitud de esperanza y de confianza. Es lo que necesitamos en la vida, que parece que esos valores se han evaporado. Y aquí podemos hacer referencia a lo que vivimos en el mismo seno de la Iglesia, de nuestras comunidades cristianas, pero también a todo el ámbito de la vida social que vemos tan revuelto y sin saber muchas veces qué partido o qué camino tomar.
Pero ahí tenemos que estar sin cruzarnos de brazos, sin huidas ni búsquedas de refugios sino dando el callo, poniendo nuestro esfuerzo y nuestro saber aunque quizá muchas veces podamos equivocarnos, pero siempre en la búsqueda de la verdad, de lo bueno, de lo justo, porque siempre tenemos que sentirnos comprometidos en hacer un mundo mejor.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado


Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal. Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4
Es cierto que vamos caminando con los ojos abiertos, de lo contrario iríamos tropezando con todo y con todos, pero también hemos de decir, aunque parezca contradicción, que no siempre vamos con los ojos abiertos y suceden cosas delante de nosotros y ni las vemos ni nos enteramos.
Es mirar, prestar atención, detenernos, darnos cuenta del detalle o del gesto; no nos quedemos en una mirada superficial y ligera donde paseamos los ojos por todos lados pero al final no vemos nada. ¿Te diste cuenta de aquel detalle? Nos dice el que va con nosotros que sí ha sabido observar y se fijó en un detalle al que nosotros no prestamos atención. Pasan desapercibidos delante de nuestros ojos y no los vemos.
Ya sé que me vais a decir que hay muchos que se fijan en todo, que todo lo están observando para criticar, para ver lo malo o la segunda intención, pero yo te digo no mires con mirada turbia, porque algunas veces, es cierto, la maldad que llevamos en el corazón se convierte en persiana delante de los ojos para dejarnos ver solo lo que nos interesa desde nuestra maldad. Sin embargo hay tantas cosas hermosas que nos pasan desapercibidas; nuestros ojos se han ido entumeciendo y ya no nos permiten ver esas cosas tenues pero bellas que si nos fijamos en ellas tienen bello resplandor.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús estaba cerca de la entrada del templo y levantando los ojos vio a cuantos iban entrando y como estaba cerca el cepillo de las limosnas no podía menos que observar la ostentación con que algunos echaban sus limosnas, pero esos oropeles no le impidieron ver a una mujer sencilla, una pobre viuda que echó solo dos reales porque era lo que tenia. Aquella mujer hubiera pasado desapercibido, como realmente lo fue para la inmensa mayoría, frente a los sonidos tintineantes de las monedas que echaban los ricos o de los que hacían ostentación, que además querían hacerse notar.
Normalmente siempre destacamos, como lo hace el mismo Jesús, en este evangelio la generosidad y desprendimiento de aquella pobre mujer que echó cuanto tenía para vivir. Diríamos que en principio es el primer mensaje del evangelio de este día, pero como siempre decimos, con una lectura atenta podemos descubrir algo más. Y es en lo que hoy nos fijamos, la mirada de Jesús que nos enseña para nuestras miradas.
Porque hay tanto detalles en la vida que pueden ser Buena Nueva para nosotros, evangelio para nuestra vida, porque nos enseñan a vivir, nos abren los ojos para amar, nos ponen en una disposición distinta cuando nos hacen salir de nosotros, de nuestros anhelos, de nuestras preocupaciones y agobios para ver algo nuevo, para descubrir una nueva actitud, o para hacernos notar una nueva manera de mirar que hemos de tener en la vida.
Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno; abramos los ojos para ver más allá de las apariencias y poder descubrir el corazón de las personas; abramos los ojos llenos de luz para ver lo bueno, para llegar a descubrir que siempre en toda persona hay algo bueno, en toda persona puede florecer el amor, aunque si nos quedamos en lo externo solo veamos hojarasca y espinas; abramos los ojos para descubrir también el sufrimiento que muchos llevan calladamente en su corazón y necesitan el bálsamo de un corazón amigo que camine a su lado y podemos ser nosotros. Abramos los ojos y nos encontraremos a Dios en los que caminan a nuestro lado y en cuanto sucede en torno nuestro.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Algo hizo Jesús para que le proclamemos rey contemplándolo colgado de una cruz, ¿no tendríamos que hacer nosotros lo mismo cuando ponemos nuestra fe en El?


Algo hizo Jesús para que le proclamemos rey contemplándolo colgado de una cruz, ¿no tendríamos que hacer nosotros lo mismo cuando ponemos nuestra fe en El?

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43
Algo habrá hecho para que termine así, habremos dicho, pensado o escuchado en más de una ocasión cuando alguien que parecía que iba de triunfador en la vida o al menos así era tenido por muchos vemos que de pronto todas las cosas le van mal y se ve abocado al fracaso más estrepitoso. Lo decimos o pensamos cuando vemos el fracaso de muchos en la vida y, al margen ahora de nuestros sentimientos tradicionales de fe, podríamos decir, o alguno podría incluso con sarcasmo decir en referencia a Jesús y su muerte en la cruz. Un fracaso, cinco días antes las multitudes todavía le aclamaban a su llegada a la ciudad de Jerusalén, y ahora pocos días después un multitud frente al pretorio pide su muerte y además una muerte ignominiosa como es la muerte de cruz.
Pero más INRI, como se suele decir, vamos nosotros y queremos en este domingo proclamar a Jesús como Rey del Universo con este texto del evangelio que nos habla de su muerte en la cruz. Parecen todo contradicciones; los ajenos a nuestra fe cristiana y tantos que luchan contra todo tipo de religión parece que se frotarían gozosos las manos y nos hablarían de absurdos y de contradicciones. ¿Qué clase de rey es proclamado como tal precisamente cuando es ejecutado a muerte? ¿Qué clase de maestro es y qué magisterio nos puede enseñar aquel que por causa de todo lo que enseña es apresado y condenado a muerte? Podríamos decir que son los gozos de los enemigos.
Pero es además que nosotros los cristianos pecamos muchas veces de triunfalistas y queremos copiar la manera de los triunfos del mundo para aplicárselos a Jesús proclamándolo rey y coronándolo con coronas doradas y poniendo sobre sus hombros mantos de terciopelo y armiño, a la manera de los lujos y los oropeles de este mundo. Hemos olvidado quizá las mismas palabras de Jesús que nos decía por una parte que su reino no es de este mundo y que la manera de presentar nuestras grandezas no ha de ser nunca a la manera de los reyes y de los poderosos de este mundo. Conocemos bien las palabras de Jesús pero poco caso le hacemos. Fijémonos como incluso nosotros queremos revestirnos de esas vestiduras de vanidad y de gloria en las que tan distantes nos situamos de lo que fue el camino de Jesús.
Anunciaba es cierto el Reino de Dios pero  nunca las características que nos dio era el de un reino a la manera de los reinos de este mundo; no era desde la ostentación y la búsqueda de grandezas humanas como habíamos de vivir ese reino sino en la búsqueda de la verdadera paz sembrando el auténtico amor en los corazones para vivir en la justicia verdadera que nada la pudiera empañar.
Por eso cuando querían hacerlo rey huía de aquellas manifestaciones y muchas veces las obras maravillosas que hacia no quería que se divulgaran para que no entrara ninguna confusión en el corazón de los que le seguían. Bien conocemos su insistencia a sus discípulos más cercanos para que aprendieran a hacerse los últimos y los servidores de todos y cuando le pedían lugares de honor lo que ofrecía era un bautismo igual que por el que El había de pasar. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
Solo permitió que lo aclamaran con cánticos de sabor mesiánico cuando entró en la ciudad santa sabiendo que ya era la recta final hacia la pascua.  Lo más que permitió fue el ir sentado en un borrico como había anunciado el profeta y las aclamaciones inocentes de los niños que proféticamente, como saben hacerlo los inocentes anunciaban la llegada del que venia en nombre del Señor para ser en verdad nuestra salvación.
Algo habrá hecho para terminar así, retomamos las palabras con que iniciamos esta reflexión y no las vamos a dejar caer en saco vacío. Algo había hecho Jesús, es cierto, estar al lado de los pobres y de los que sufren, mezclarse con los pecadores y los que eran considerados la clase más baja de este mundo, prostitutas y publicanos, vivir la cercanía de la gentes para sintonizar la humillación que vivían y enseñarnos así a caminar por esos mismos caminos de humildad, pero para que aprendiéramos nosotros a entrar en una nueva sintonía de amor cuando fuéramos capaces de sintonizar con su corazón, pasar por el mundo haciendo el bien repartiendo amor y misericordia y queriendo poner paz en todos los corazones.
No nos extrañe verlo ahora crucificado entre dos malhechores – entre los últimos de este mundo había preferido vivir - y ser comparado con ellos para recibir las mofas de todos que le contemplan como un perdedor, que ni ahora puede salvarse a si mismo porque no baja de la cruz y parece que entonces poca puede ser la salvación que nos pueda ofrecer.
Pero allí estaba El dando su vida, derramando su sangre  por nosotros y por todos, entregándose en la entrega más sublime del amor que es llegar a ser capaz de dar la vida por los que ama.
Lo que ahora contemplamos es el fruto de lo que hasta entonces había vivido. Alguien, colgado de un mismo madero como El, ha sido capaz de sintonizar con ese amor, ha sido capaz de darse cuenta de que un justo está sufriendo los mismos dolores y el mismo tormento que ellos que han sido malhechores; será el que grite desde lo más hondo de su miseria pero desde donde ha sido capaz de sintonizar con el amor, ‘Jesus, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino’.
Ya el nombre con que lo invoca lo dice todo, ‘Jesus’, Dios me salva. Era reconocer en verdad que Jesús es el salvador y esa misma tarde va a recibir esa salvación ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’, fue la respuesta de Jesús. Claro que es el Rey y el Salvador, claro que es el Señor y es el Mesías como lo podremos proclamar con toda razón desde la resurrección. ‘A ese Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’, proclamaría solemnemente Pedro lleno del Espíritu de Jesús en el día de Pentecostés.
Claro que nosotros celebramos que Jesús es Rey, el Rey del Universo como lo proclamamos en esta fiesta de hoy. Pero es que nosotros hemos entendido cual es la manera de su Reino, la manera de ser Rey. Cuidado, pero eso tenemos que vivirlo, eso tenemos que manifestarlo, y por eso tenemos que comenzar a desterrar tanto oropel y tanta vanidad de los que tantas veces nos revestimos incluso en la Iglesia. Serán otros los mantos que tendrán que vestir tantos cuerpos desnudos, serán otras las vestiduras del hombre nuevo del amor de las que tenemos que revestirnos.
No digamos más sino realicémonos en nuestra vida. Tenemos que hacer las mismas cosas que Jesús y que le llevaron a terminar así.