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lunes, 8 de abril de 2019

Seamos humildes reconociendo que también cometemos errores y así seremos compasivos y misericordiosos con los demás a imagen de nuestro Padre del cielo


Seamos humildes reconociendo que también cometemos errores y así seremos compasivos y misericordiosos con los demás a imagen de nuestro Padre del cielo

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Juan 8,1-11

No siempre conocemos lo que hay en el interior de las personas y muchas cosas hermosas se pueden escoger en la intimidad de nuestro ser, de la misma manera que también podemos tener lados oscuros en nuestro interior llenos de malicia y de malas intenciones. Conocemos a las personas desde lo que manifiestan, desde lo que es su apariencia exterior, pero no tenemos por que andar en la vida desconfiando de la sinceridad de lo que muestran para llenarnos de sospechas y de juicios condenatorios. Es cierto que por el fruto de conoce el árbol, pero también en la apreciación de ese fruto podemos entrar en confusiones que nos pudieran llevar al juicio y a la condena.
Esto por una parte donde tenemos que aprender a no juzgar ni condenar, pero donde también hemos de presuponer la buena voluntad y la buena intención en lo que hacen los demás. Pero aun así me podéis decir, es que estamos viendo claramente lo malo que está haciendo y entonces claro que podemos condenar. ¿Y a ti por cualquier debilidad que tenga siempre tenemos que condenarte? Porque somos débiles, no siempre somos capaces de sentir la verdadera fortaleza para superar aquel mal momento, aquella tentación que nos sobreviene y en nuestra debilidad podemos cometer el error. ¿Y ya por eso condenamos?
Se suele decir que el mejor escribano hace un borrón, por lo que siempre tendríamos que estar en disposición de disculpar el error, dar la posibilidad a que esa persona se corrija y cambien su manera de actuar o las actitudes que pueda tener dentro de si, pero en otro momento no tener el mismo tropezón o hacer el mismo borrón.
Distintas y nuevas tienen que ser nuestras posturas y actitudes ante los errores o los pecados, como queramos decir, que puedan cometer los demás. Y pensemos que con el mismo juicio que nosotros condenamos, vamos a ser juzgados nosotros y condenados a la mínima también. Somos seres humanos, y en consecuencia sujetos a errores, y conociendo como todos tenemos nuestras debilidades, con esas buenas posturas hemos de ir por la vida en nuestra relación y trato con los demás. De eso nos habla mucho el evangelio.
Hoy en la celebración volvemos, en este ciclo, a escuchar el mismo evangelio que ayer domingo. La mujer sorprendida en adulterio que traen a la  presencia de Jesús ya condenada previamente pero para ver cual sería la postura que iba a tomar Jesús. Y el que ya en el evangelio nos había dicho ‘no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados’, es la respuesta que da Jesús a aquellos que vienen con exigencias de condenas, haciéndoles recapacitar que todos en la vida tenemos pecados, porque no siempre somos fieles al mandamiento del Señor.
Con esa hipocresía andamos muchas veces en la vida, porque nos damos por buenos, nos presentamos fácilmente como cumplidores, sabiendo que nuestro corazón está muy lejos de los caminos del Señor. Pero en nuestra vanidad queremos siempre aparentar que somos buenos, que no vayan a pesar mal de mí los demás cuando ya me he creado un prestigio. Con lo fácil que sería ser humilde reconociendo que también somos débiles, que también cometemos errores, y así seríamos siempre comprensivos con los demás.
No olvidemos lo que nos repite Jesús en el evangelio, que seamos santos, que seamos compasivos y misericordiosos porque nuestro Padre del cielo – que El si es el único Santo – es siempre compasivo y misericordioso con nosotros. Qué distinto sería nuestro caminar por la vida.

domingo, 7 de abril de 2019

Tenemos que impregnar a nuestro mundo con la levadura del perdón y de la misericordia pero cuidemos no nos estemos contagiando de los contravalores del mundo

Tenemos que impregnar a nuestro mundo con la levadura del perdón y de la misericordia pero cuidemos no nos estemos contagiando de los contravalores del mundo

Isaías 43, 16–21; Sal 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11
‘El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’ se nos invita a confesar, a repetir una y otra vez en la liturgia con el salmo responsorial. ¿Y qué menos podemos sentir y decir cuando comprendemos lo grande que es la misericordia del Señor? ¿No sería lo que repetiría una y otra vez, iría cantando sin cansarse por las calles de Jerusalén rumbo a su casa la mujer de la que nos habla el evangelio de hoy?
Una mujer pecadora, sorprendida en adulterio, que arrastran por las calles de Jerusalén hasta el templo los que se creían puros y santos para tirarla a los pies de Jesús, aunque tendríamos que preguntarnos dónde estaba el adúltero que pecó con ella, que merecía también el castigo que imponía la ley de Moisés. Había destrozado su dignidad aquella mujer con su pecado, pero aun la hundían más restándole lo que aún le podía quedar de dignidad al arrastrarla así y acusarla públicamente. Claro que poco importaba a aquellos puritanos cuando ya sabemos las intenciones que traían porque era como una prueba o una zancadilla que querían ponerle a Jesús para tener también de qué acusarle.
Los adúlteros habrían de ser apedreados públicamente y vamos a ver cómo reaccionaría aquel que hablaba del perdón hasta setenta veces siete, que hablaba del Dios compasivo y misericordioso al que teníamos que parecernos con nuestra misericordia, que hablaba de amar incluso a los que nos hicieran daño y hasta rezar por nuestros enemigos. ¿Cómo se iban a compaginar estas enseñanzas de Jesús con lo que la ley de Moisés decía? Era lo que ellos realmente estaban tramando porque ya no encontraban forma de quitar de en medio a Jesús.
Ante aquel cuadro angustioso y trágico que se presenta allí en medio del templo Jesús calla, en silencio parece que quiere distraerse haciendo dibujos en el suelo mientras los acusadores siguen insistiendo. ‘Tú ¿qué dices?’ Pero nadie se ha preocupado de la dignidad de aquella mujer, nadie se ha preocupado por las razones de su vida y su situación personal, nadie se ha preocupado de la recuperación de la persona porque las personas también pueden cambiar. Jesús escucha y calla, no responde, cuando tanto insisten le mira a la cara a todos y les lanza un reto. ‘El que esté sin pecado que le tire la primera piedra’. Y entonces se hizo silencio.
Podría estar allí o no estar en medio de todos el adúltero con quien había pecado aquella mujer, no quería decir Jesús que todos aquellos que acusaban a la mujer también fueran reos de ese pecado, pero, ¿quién se puede presentar justo y sin pecado ante Dios? ¿Queremos acaso que salgan a la luz pública nuestros errores y pecados o acaso no se quedan ocultos en nuestra conciencia y en silencio le pedimos al Señor que sea misericordioso con nosotros?
Pero ¿cómo podemos pedir que Dios tenga misericordia de nosotros si lo que hacemos es condenar a todo aquel en quien encontramos un error, una debilidad, un pecado? ¿Cómo es que tenemos valor para hacerlo si nosotros también somos pecadores? Por algo Jesús nos enseñó a pedir a Dios que perdone nuestros pecados así como nosotros perdonamos también a los que nos ofenden. Pero quizá lo decimos demasiado a la carrerilla y sin pensárnoslo bien.
Ya conocemos el desfile de huidas que se produjo entonces en el templo de Jerusalén. Al final solo quedó aquella mujer, rota en su dignidad y tirada por tierra, ante los pies de Jesús. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’, son las palabras de Jesús. Y levanta a aquella mujer de su postración, la levanta y la pone en camino. Que vuelva a su casa, que vuelva con los suyos.
Por parte de Jesús no hay preguntas recriminatorias. Por parte de Jesús no hay sino una palabra de vida, una palabra que llenaría de paz y alegría el corazón de aquella mujer. Jesús la había levantado y le había devuelto su dignidad. Es cierto que recordaremos el pasaje de la mujer adúltera, pero lo que más bien estamos recordando es la misericordia que el Señor tuvo con ella. Bien podría cantar en su carrera hasta su casa aquello del salmo, ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’.
Si, cuando contemplamos este evangelio consideramos lo grandiosa que es la misericordia del Señor y queremos darle gracias por tantas veces como en nuestra vida personal hemos experimentado esa alegría de la misericordia de Dios para con nosotros- Aunque quizás tengamos que considerar también si eso lo pensamos y la reflexionamos lo suficiente cuando recibimos el perdón de Dios en el sacramento y si en verdad sentimos esa alegría en nuestro corazón.
Claro que quizá tantos que se acercan a Dios arrepentidos de su pecado y sienten cómo se derrama el amor de Dios en sus corazón con el perdón, queden sin embargo con alguna pena o desconfianza en su corazón, porque quizás saben que ese perdón no lo van recibir de igual manera de los demás. Y es que somos demasiado inmisericordes con nuestros hermanos, quizá seguimos planteando muchas exigencias y reparaciones y no somos lo suficientemente generosos con el perdón, quizá seguimos recriminando y recordando que un día aquella persona cometió tal delito o hizo tal cosa horrible y queremos seguirla manteniendo en esa indignidad, no terminamos de quitarle el sambenito que cuelga sobre su cabeza.
Yo creo que también entre nosotros, en nuestra iglesia, esto es algo que tendríamos que pensar y analizar para ver si actuamos en el estilo de Jesús. ¿Nos preocupamos desde la Iglesia de verdad por la recuperación del pecador? ¿Le ayudamos a que en verdad recobre su dignidad y podamos seguir contando con esas personas a las que mantenemos en su dignidad?
Yo tengo miedo de que en lugar de que la iglesia sea sal y levadura en medio del mundo impregnando de ese sentido de Cristo cuanto hacemos, lo que nos sucede es que nos contagiamos de los estilos del mundo que nos rodea y pudiera ser que no se manifestara del todo esa misericordia del Señor en su actuar. Qué triste si nos dejamos contagiar del mundo, porque la sal que tenemos que ser se estaría desvirtuando.

sábado, 6 de abril de 2019

Dejémonos sorprender por el evangelio y no lo escuchemos con ideas preconcebidas sino abriéndonos a él conducidos por el Espíritu del Señor


Dejémonos sorprender por el evangelio y no lo escuchemos con ideas preconcebidas sino abriéndonos a él conducidos por el Espíritu del Señor

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Nos cuesta muchas veces liberarnos de prejuicios o de ideas preconcebidas en nuestra relación con los demás. Un dato claro en este aspecto es lo que nos está sucediendo y muchos quizá alentado con el problema tan actual de las migraciones. Hay un flujo migratorio muy grande en nuestra sociedad y llegan a nuestras tierras personas que vienen de otros continentes, de otra raza, de otra religión o de otras costumbres, y ya de alguna manera nos sentimos como prevenidos hacia esas personas, a las que en muchas ocasiones, o desde ciertos ambientes se le acusa de todos los males, resistiéndonos interiormente y muchas veces también con manifestaciones externas a la aceptación o a la acogida.
Esto que es una problemática social que se vive hoy con mucha intensidad y no solo es en Europa sino también en otros continentes y en otros ambientes, es también algo que de alguna manera vivimos en la cercanía del cada día en nuestra relación con los pueblos vecinos o de nuestro entorno. En mi tierra porque se es de otra isla, por ejemplo, surgen muchas veces reticencias y desconfianzas que nos llevan en muchas ocasiones a desaires e incluso desprecios.
¿Esta manera de actuar entra en nuestros sentimientos humanos? ¿No habrá una cierta inhumanidad en actitudes o posturas de este tipo? Claro que tendríamos que preguntarnos si actuando así estamos con actitudes verdaderamente cristianas. Mucho tendríamos que reflexionar y revisar en este aspecto, porque no siempre podemos tirar la primera piedra por mucho que hablemos de humanidad.
 Me surge esta reflexión a raíz de lo que escuchamos en el evangelio. La gente se preguntaba si Jesús era o no era el Mesías esperado. Y hoy vemos en este pasaje del evangelio diferentes posturas en esa aceptación o no aceptación de Jesús como profeta y como Mesías.
Está la reacción de algunos que se preguntan. ‘¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?’ Y nos dice el evangelista que surgió una gran discordia entre las gentes por este motivo. Pero veremos luego también la reacción de aquellos que de ninguna manera quieren aceptar a Jesús en las discusiones que surgían en el Sanedrín y entre los sumos sacerdotes y fariseos y saduceos. Cuando  Nicodemo de forma prudente les dice que no se puede juzgar a nadie sin haberlo escuchado, le echan en cara si él se está poniendo de parte de Jesús y le cuestionan sus planteamientos. ‘Ellos le replicaron: ¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas’. Eran las ideas preconcebidas con las que ellos actuaban.
Pero en medio nos encontrábamos con una proclamación muy hermosa que se hace de Jesús por parte de aquellos que habían sido enviados para prenderle. Al volver con las manos vacías a la presencia del Sanedrín y echarles en cara que no han cumplido con lo que se les había mandado, ellos replican: ‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’. Una proclamación de la admiración que todos sentían por Jesús.
Muchas lecciones, podríamos decir, se derivan para nuestra vida de este corto pasaje del evangelio. Empecemos por esto último y aprendamos a sentir verdadera admiración por la Palabra de Jesús, que para nosotros es Palabra de Dios. Dejémonos sorprender por el evangelio, no lo demos por sabido que es nuestra terrible tentación.
Cuantas veces cuando nos acercamos a una página del evangelio casi no la leemos ni la escuchamos en nuestro corazón porque la damos por sabida. Pensemos que siempre el Evangelio es Buena Noticia; y la noticia es algo fresco, algo de hoy, algo que escuchamos como nuevo, y así tenemos que abrir nuestro corazón al Evangelio. El Espíritu siempre va a sugerirnos algo nuevo para nuestra vida de cada página del evangelio que escuchemos con atención en nuestro corazón.
No podemos ir con ideas preconcebidas ante Jesús y su mensaje, como tenemos que aprender a arrancar de nuestros corazones esas cosas, como prejuicios, que nos predisponen contra los demás. Y aquí tendríamos que interrogarnos en nuestro interior por muchas cosas de nuestras mutuas relaciones con todos.

viernes, 5 de abril de 2019

No pongamos tanta resistencia a los que nos pide Jesús que es vivir su misma vida cuando ponemos nuestra fe en El como el enviado de Dios


No pongamos tanta resistencia a los que nos pide Jesús que es vivir su misma vida cuando ponemos nuestra fe en El como el enviado de Dios

Sabiduría 2, 1.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
En la medida en que nos  vamos acercando a la semana de Pasión y a la Pascua el evangelio de cada día – estamos leyendo a san Juan – nos va presentando la oposición que Jesús va encontrando sobre todo en Jerusalén a su persona y a su mensaje; surgen diatribas y enfrentamientos dialécticos entre los judíos y Jesús; cuando el evangelio de Juan emplea la palabra judíos, no se refiere al pueblo en general, sino sobre todo a sus dirigentes, los sumos sacerdotes y el sanedrín compuesto principalmente por fariseos y saduceos, y por los escribas y maestros de la ley. Quieren quitar de en medio a Jesús.
Por eso los detalles que  hoy nos ofrece el evangelio con ocasión de la fiesta de las Tiendas en la que muchos de todas partes subían a Jerusalén; en principio no encuentran a Jesús, que había decidido  no ir, precisamente por ese malestar que se palpaba en la ciudad, porque todos sabían que sus dirigentes no querían a Jesús, aunque finalmente Jesús sube a la fiesta aunque sin hacerse mucho presente. Sin embargo algunos lo reconocen, y se preguntan si acaso ya sus dirigentes han terminado de aceptar que Jesús es el Mesías. Aun permanecía la duda en muchos, porque a Jesús lo conocían como el Galileo, y sin embargo del Mesías pensaban que no sabrían de donde procedía; siempre a la expectativa de cosas milagrosas y extraordinarias.
‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado’. Es la afirmación rotunda que Jesús hace de si mismo. Nos hace recordar lo que ya antes habíamos escuchado en este mismo evangelio de san Juan. ‘Tanto amó Dios al mundo que nos envió a su Hijo’. Jesús es el enviado de Dios Padre; Jesús es la manifestación grandiosa del amor que Dios Padre nos tiene.
Por eso ya nos había dicho que creer en El, era creer en el que lo había enviado; que quien cree en El ya tiene en si la vida eterna. En otros momentos nos hablará de la unión intima y profunda que significa creer en Jesús. No son solo palabras, sino que es vida. Por eso nos invitará a que le comamos para que tengamos vida para siempre, porque ‘quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna… yo lo resucitaré en el ultimo día’.
Es maravilloso lo que significa nuestra fe en Jesús. No se trata simplemente de hacer cosas y de hacer cosas buenas; es cuestión de vida, de vivirle a El, de vivir su misma vida. A eso nos invita y nos llama. Eso es lo que nos ofrece. Por eso quiere inundarnos de su Espíritu, para que podamos tener su misma vida.
Muchas son las cosas que tenemos que cambiar en nuestra propia mente. Es una nueva visión, un nuevo sentido, un nuevo vivir. Por eso desde el principio nos ha hablado de conversión; y conversión es darle la vuelta a la vida; no es simplemente hacer unos arreglitos en algunas cositas que tendríamos que cambiar o mejorar, es darle la vuelta a la vida, porque es nuevo vivir, es una nueva vida la que ha de haber en nosotros.
Claro que eso nos cuesta, nos descoloca, podríamos decir. Es lo que le pasaba a los judíos que no querían entender todo el alcance de las palabras de Jesús. Vivian tan cómodos en su vivir, que dejarse transformar era algo que les parecía imposible, porque ellos querían seguir con sus cosas, con sus ansias, con sus ambiciones, con sus brillos de poder, con su vanidad. Y cambiarlo todo para vivir como Jesús en un estado de servicio constante, era mucho pedir.
Como nos sucede a nosotros tantas veces que nos llenamos de miedo, que miramos hacia atrás y no queremos dejar nada de lo que vivíamos o de los que teníamos, y nos resistimos. No nos extrañe la actitud de los judíos, de los fariseos, de los sumos sacerdotes y de los principales del pueblo, porque a nosotros nos sucede igual y muchas veces queremos quedarnos en pequeños arreglitos, y lo que nos pide Jesús es una nueva viva, es vivir su vida, es vivirle a El. No pongamos tanta resistencia.

jueves, 4 de abril de 2019

Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana por muchas que sean las oscuridades y tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús


Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana por muchas que sean las oscuridades y tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
Nos cansamos hasta de lo bueno; así somos en la vida, inconstantes, en cierto modo olvidadizos, nos dejamos impresionar por cosas pero pronto nos acostumbramos y entramos en rutina; nos hacemos nuestras ilusiones desde lo que son nuestras apetencias y de alguna manera queremos manipular aquello que nos llama la atención y cuando no conseguimos lo que nos habíamos imaginado, pronto lo descartamos; andamos muchas veces como en un vaivén de la vida y no terminamos de ser perseverantes ni en unos principios que sean motor de lo que hacemos, ni en la lucha por alcanzar una meta.
Y esto nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras responsabilidades, en nuestro encuentro con los demás que lo hacemos muchas veces de manera superficial, en muchas cosas de nuestra vida y nuestras relaciones sociales, en aquellas cosas que tienen que darnos un sentido a la vida, en nuestra fe, en nuestra vida religiosa. Necesitamos de darle una mayor profundidad a la vida; necesitamos aprender a saborear lo bueno que encontramos y aquello que hacemos y vivimos. No podemos dejarnos arrastrar por nuestros cansancios ni por nuestra inconstancia.
Estaba sucediendo con Jesús en la vida de los judíos, como nos puede suceder en nuestra vida de fe y en nuestro compromiso cristiano. Con Jesús se habían entusiasmado al ver sus milagros, al escuchar sus enseñanzas y se había despertado una nueva esperanza. Los pobres, los sencillos y humildes, los que sufrían y no solo con dolores del cuerpo sino también por la situación social que Vivían parecía que despertaban a algo nuevo con lo que Jesús les anunciaba.
Pero como sucede en muchas situaciones, había siempre quien quería sembrar cizaña, quien quería sembrar desconfianza, o también aquellos que podían ver peligrar sus posiciones, la situación de fuerza y poder que querían ostentar con sus manipulaciones con aquel mundo nuevo que Jesús les anunciaba. Y comienza a aparecer la oposición a Jesús, porque lo que Jesús les enseñaba no respondía a sus intereses muy particulares. Y quieren comenzar a influir sobre el pueblo sencillo negándose a aceptar a Jesús y queriendo, como decíamos, sembrar desconfianza. Niegan y rechazan la autoridad con que se presenta Jesús.
Es a lo que Jesús les está respondiendo con lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Ahora querían negar incluso el testimonio que Juan el Bautista había dado de Jesús, pero es que tampoco quieren ver que se cumplía en Jesús lo anunciado en las Escrituras, lo que anunciaba Moisés y los Profetas que eran para ellos sus principales valedores. Pero es que además querían negar el testimonio de las mismas obras que Jesús realizaba que solo se podían realizar con el poder de Dios. Por eso Jesús les dice que Moisés y los profetas dieron testimonio de El, que ahora es el Padre del cielo el que da testimonio de Jesús. Pero ellos no lo quieren aceptar.
Nosotros nos cegamos también muchas veces y no queremos ver. Somos culpables de nuestra propia ceguera, por encerrarnos en nosotros mismos y hasta en cierto modo perder la esperanza. Algunas veces se nos presentan situaciones difíciles en nuestra propia vida, en la sociedad en la que vivimos, o en la Iglesia a la que pertenecemos. Y nos podemos sentir confundidos.
Tratemos de ver las obras de Dios detrás de todo eso; sepamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu que es el que nos guía en estos momentos en que podamos sentir confusión por muchas cosas. Apoyémonos de verdad en Jesús y en su evangelio y no decaigamos.
Necesitamos fortalecer nuestra fe y así se fortalezca nuestra vida para ser perseverantes, para que no hagamos de nuestra vida, como decíamos antes, un vaivén. Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana. Aunque muchas sean las oscuridades y hasta las tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús. No la dejemos apagar.

miércoles, 3 de abril de 2019

Nos acercamos a la Pascua y vamos a contemplar la pasión y muerte de Jesús teniendo claro que ahí está nuestra salvación porque es el Hijo de Dios y nuestro Salvador


Nos acercamos a la Pascua y vamos a contemplar la pasión y muerte de Jesús teniendo claro que ahí está nuestra salvación porque es el Hijo de Dios y nuestro Salvador

Isaías 49,8-15; Salmo 103; Juan 5, 17-30
‘Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio,-,- porque ha pasado ya de la muerte a la vida…’ Escuchar a Jesús es creer en El y quien cree en Jesús se llena de vida. ‘Ha pasado de la muerte a la vida’, nos dice. El es nuestro Salvador. No hay bajo el cielo otro nombre que pueda salvarnos, en quien podamos encontrar la salvación. Es importante que afirmemos con rotundidad nuestra fe en Jesús.
No es solamente un personaje de la historia; no es simplemente un  hombre bueno que  nos enseña a ser buenos; no es solamente alguien que viene a enseñarnos metas nuevas para nuestra vida porque ansiemos algo más alto, algo mejor para nosotros y para nuestro mundo; no es simplemente un hombre con su mente llena de utopías que encontraría la incomprensión de sus contemporáneos; no es simplemente un reformador que viene a hacernos propuestas nuevas porque haya muchas cosas que cambiar, quien quisiera proponerle cosas nuevas a los judíos insatisfecho por el estilo de vida que se hubieran creado y que eso le costara el enfrentamiento con los más atrincherados en posturas conservadoras de manera que eso le costara la vida.
Jesús es algo más. Es cierto que podemos ver muchas de esas cosas que hemos mencionado en Jesús, pero Jesús no se queda ahí. Nos anuncia el nuevo Reino de Dios para hacer que en verdad Dios fuera el centro de la vida y del hombre, y en consecuencia que hubiera un nuevo estilo de humanidad. Pero tenemos que ir a lo más hondo de Jesús. Aquello que tanto les costó comprender a los contemporáneos de su tiempo, e incluso a sus mismos discípulos que estaban más cercanos a El.
No siempre fueron capaces de definir quien era Jesús. Recordemos cuando les pregunta que es lo que pensaban de El, y como fueron divagando por muchas ideas preconcebidas, y si Pedro fue capaz de hacer una hermosa confesión de fe, Jesús le dice que lo ha hecho no porque lo conociera por si mismo, sino porque el Padre se lo había revelado en su corazón.
Hoy Jesús habla claramente, aunque aquello que les dice provocara el rechazo de muchos e incluso ya hasta quisieran quitarlo de en medio por blasfemo. Habla de Dios como su Padre; habla de que El es el enviado del Padre que no hace sino lo que es la voluntad del Padre. Nos habla claramente de que creer en El como el enviado del Padre es ponerse en camino de alcanzar la vida eterna. Habla de resurrección y de vida nueva ‘porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida’. Nos habla de que aceptarle a El es aceptar al Padre que lo ha enviado. ‘El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió’.
En los textos que se nos van proponiendo en los próximos días hasta llegar a la semana de pasión Jesús nos irá manifestando lo más hondo de si mismo para que reconozcamos en verdad que es el Hijo de Dios en quien hemos de creer, al mismo tiempo que iremos viendo también el rechazo de los judíos que no quieren aceptarle como Hijo de Dios. Nos ayudará a que vamos clarificando nuestra fe en Jesús para que en verdad le sintamos y le reconozcamos como Hijo de Dios y como nuestro único Salvador.
Nos acercamos a la Pascua y hemos de contemplar su pasión y su muerte, pero tenemos que tener claro que ahí está nuestra salvación. La liturgia con la Palabra de Dios nos irá ayudando a profundizar en nuestra fe para que podamos vivir con hondo sentido estos días de pasión y de pascua. Dejémonos conducir por la Palabra de Dios, dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Por nuestra fe en Jesús pasaremos de la muerte a la vida, viviremos intensamente nuestra pascua y la Pascua del Señor

martes, 2 de abril de 2019

A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino


A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Nos ponemos enfermos un par de día con la gripe y nos ponemos incómodos y hasta insoportables, porque no nos gusta estar enfermos y en cama, sentirnos imposibilitados, imaginemos lo que puede sentir un hombre que lleva postrado 38 años sin poder valerse por si mismo. A nuestro lado en la vida nos encontramos personas postradas en cama en larga enfermedad, personas que vemos discapacitados sin poder valerse por si mismos y los que nos decimos sanos nos interrogamos como pueden sentirse esas personas y nos preguntamos quizá si nosotros tuviéramos la paciencia para soportar un estado así.
Muchas veces no solo es la enfermedad, el dolor físico lo que se padece, sino que la imposibilidad nos hace sentirnos quizá inútiles, el vernos en una situación así que se prolonga nos hace sentirnos solos y es la soledad una de las cosas que más dañan por dentro. Triste es verse solo y sin valernos por nosotros mismos, nos humilla quizás el tener que recurrir a quien nos pueda ayudar y pedirlo, y terrible es llegar a la situación en que nadie se acerca a nosotros no solo para interesarse por nosotros sino además para prestarnos una ayuda cuando lo necesitamos.
Muchas más cosas podríamos pensar de situaciones de este tipo, de las que en nuestro entorno podemos conocer muchas y quizá somos nosotros también quienes no nos acercamos al que sufre para hacerle compañía o para tender una mano de ayuda. Me ha surgido toda esta reflexión, que podría llevarnos por demás a muchas conclusiones y también a muchos compromisos, desde lo que nos cuenta hoy el evangelio.
Nos habla de aquella piscina cercana a la puerta de las ovejas del templo – llamada así porque era por allí por donde se llevaban al templo los animales para los sacrificios que nos podría dar también alguna otra pista de reflexión – alrededor de la cual se arremolinaban muchos enfermos, impedidos, discapacitados de todo tipo, porque tenían la esperanza de que un ángel del Señor removía aquellas aguas y el primero que entrara quedaba curado. Nunca faltaba la esperanza.
Allí estaba un hombre que llevaba 38 años en aquella situación de sufrimiento, de impotencia y de soledad. Hasta El se acerca Jesús. ‘¿Quieres quedar sano?... Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, ya otro se me ha adelantado’. Es escueto el diálogo, pero se manifiestan muchas cosas. Aquel hombre seguía manteniendo la esperanza, a pesar de su impotencia y su soledad; no podía, pero lo intentaba. Nadie le ayudaba, otros se le adelantaban. Las soledades y las carreras locas de la vida en la que cada uno por sí mismo quiere llegar más allá.  
Todo esto nos puede decir muchas cosas de cara a las actitudes que tenemos en la vida, de las luchas que queremos hacer, de cansancios y de impotencias, de soledades y de lágrimas derramadas por dentro, de egoísmos y de insolidaridades, de las ganas de tirar la toalla o de las veces que una vez queremos intentarlo aunque nos parezca que no vamos a llegar; cosas positivas y cosas negativas como es la vida misma, queremos tener esperanza pero en ocasiones todo se nos nubla y se nos llena de tinieblas otra vez la vida. ¿No habrá mucho de todo eso por dentro de nosotros?
Allí está Jesús que le dice que tome la camilla y se vaya a su casa. El paralítico no sabe a ciencia cierta con quien está hablando, pero cree en la palabra de aquel que se lo dice. Y puede tomar la camilla y cargar con ella y marcharse a su casa aunque sea sábado y ese trabajo no le está permitido. Mas tarde se encontrará con Jesús que ya sí lo reconocerá y de nuevo Jesús tiene palabras de paz y de fortaleza para aquel  hombre. No olvides lo que Dios ha hecho por ti, en cierto modo le dice Jesús, y mantente fiel, no olvides la fidelidad a quien te ama y te ha regenerado la vida, no vayas a perder de nuevo el sentido de todo. Algo así podemos traducir las palabras que Jesús le dice. Y ahora sí puede decir que fue Jesús el que le había sanado.
Jesús también llega a nuestro lado, aunque en lo nublado que vivimos la vida no siempre lo reconozcamos. Dejémonos encontrar por Jesús, que El toma la iniciativa tantas veces de venir a nosotros. Descubramos que a pesar de las negruras que puede haber en la vida, a pesar de la desorientación en que tantas veces andamos, Dios es fiel en su amor por nosotros, Dios nos ama. Tratemos de responder con fidelidad en el amor para que nunca más volvamos a perder el rumbo y sentido de la vida. Y desde esas soledades en que nosotros quizás hayamos vivido veamos cómo tenemos que hacernos solidarios de tantos que sufren a nuestro lado en los caminos de la vida.

lunes, 1 de abril de 2019

Aprendamos a dar cabida en nuestro corazón a los sufrimientos y problemas de todos los hombres que son nuestros hermanos


Aprendamos a dar cabida en nuestro corazón a los sufrimientos y problemas de todos los hombres que son nuestros hermanos

Isaías 65,17-21; Sal. 29; Juan 4,43-54
Sentimos preocupación cuando tenemos enfermo un ser querido; siente preocupación una madre cuando enferma un hijo, nos preocupamos cuando  nos padres se van haciendo mayores y con sus limitaciones físicas cada día se han más dependientes de los demás; pero sentimos preocupación cuando esas personas que llevamos en el corazón tienen problemas y buscamos, aunque muchas veces no sabemos, cómo ayudarles. Queremos que salgan de esa situación, que se curen de enfermedad, que tengan una vida normal y feliz.
Aunque en la distancia vemos también las situaciones problemáticas de otras personas, la situación de miseria y pobreza, por ejemplo, que puede haber en ciertos sectores de la población o acaso pensamos también en otros países con sus guerras, su hambre y su miseria, las situaciones inestables que viven en su sociedad, sentimos algo dentro de nosotros, pero lo miramos en la distancia, y parece como que no nos duele tanto.
¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos solidarizarnos no solo de palabra sino de una forma efectiva? Tenemos también el peligro de que nos acostumbremos y hasta lleguemos a olvidarnos pensado solo en nuestras preocupaciones más cercanas, en las problemáticas que tengamos a nuestro lado o en los seres que amamos.
Me surge este pensamiento y esta reflexión viendo la angustia de aquel padre que tiene un hijo enfermo y en peligro de muerte quizá por la gravedad de sus fiebres y acude a Jesús, va en busca de Jesús, aunque tenga que trasladarse en este caso desde Cafarnaún hasta Caná de Galilea. En repetidas ocasiones vemos situaciones similares en el evangelio, el centurión que busca la salud de su criado, Jairo que acude a Jesús porque su hija está en las últimas.
Valora Jesús la fe de aquellos hombres o de cuantos acuden a él en busca de ayuda en su enfermedad o en sus limitaciones, pero también vemos que Jesús quiere llegar más allá de esa preocupación de la salud del cuerpo, quiere despertar una verdadera fe en aquellos que le siguen y nos hace descubrir que hay otros males dentro de nosotros o en el corazón de los demás de los que tenemos que preocuparnos también de encontrar solución o salvación. Recordemos cómo Jesús al despedir a los enfermos curados o aquellos con los que ha tenido una acción especial siempre les desea la paz. ‘Vete en paz’, les dice.
Esto me lleva en esta reflexión a pensar en algo más que ha de motivar nuestras oraciones, por nosotros mismos o por los demás. Pedimos normalmente con insistencia al Señor la salud, y decimos quien tiene salud lo tiene todo. ¿Pero qué salud estamos pidiendo? ¿Solo que se nos quite el dolor de nuestro cuerpo o que se remedie cualquier limitación física que podamos tener? ¿No habrá otros dolores en nuestra vida que no se quedan en el cuerpo? ¿No habrá otras preocupaciones u otros problemas en nosotros o en los demás que nos pueden llenar de angustia, de inestabilidad, de pérdida de la paz interior?
Pero también me hace pensar en la actitud, en cierto modo, egoísta que podamos tener en nuestras oraciones, porque o solo pedimos por nosotros mismos, o cuando más por aquellos seres que queremos o a quienes podamos tener algún aprecio. Pedimos por los demás, pero que creo que tenemos que aprender a romper el círculo de solo quedarnos en los que podríamos llamar los nuestros. La amplitud de nuestra oración tendría que ser más universal, para dar cabida en nuestro corazón a tantos sufrimientos de todo tipo que padecen tantos aunque no los conozcamos y por quienes tendríamos que convertirnos también en intercesores.
¿No decimos que el amor que nos enseña y nos pide Jesús tiene que ser universal? Si a todos hemos de amar, porque de todos tenemos que sentirnos hermanos, a todos démosle un sitio en nuestro corazón, y pongámoslos también en nuestra oración en la presencia del Señor.

domingo, 31 de marzo de 2019

El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos


El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32
Dolor de un padre o de una madre es contemplar como un hijo marcha por malos caminos dejándose arrastrar por el vicio o la maldad que terminará hundiéndolo en la más penosa miseria; pero, no sé si decir más aun es el dolor del padre o de la madre que ve como el hijo se marcha lejos del amor y del calor de la casa del padre, o cuando contempla el enfrentamiento de los hermanos que los alejan entre sí y que al mismo tiempo rompen esa unidad y ese calor del hogar. Será el dolor callado en el silencio de las lágrimas amargas y el desgarro angustioso del corazón cuando ve que ya no reina el amor en aquello que tendría que ser un hogar que tendría que ser ese punto de encuentro que caldease los corazones para mantener el fuego del amor entre todos.
Hoy el evangelio nos propone la parábola que habitualmente llamamos del hijo pródigo, como si fuera uno solo de los hijos el que rompiese esa estabilidad del hogar. Siempre en nuestros comentarios nos fijamos en el hijo menor, el que se marchó lejos para gastar de mala manera la herencia del padre, y casi no nos fijamos en aquel que aun permaneciendo físicamente en el seno del hogar su corazón estaba bien lejos y en su orgullo y resentimiento se había también distanciado de lo que tenia que ser aquel amor de hogar.
Dolorosa tenía que haber sido la marcha del hijo menor del que nada sabía de sus andanzas y en eso casi siempre hemos abundado mucho en los comentarios, pero doloroso tenia que ser aquel distanciamiento silencioso lleno de desconfianza y resentimiento de quien tenia a su lado pero cuyo corazón se había alejado.
Pero era un corazón de padre que en su amor siempre estaba esperando el momento oportuno para ir al encuentro del hijo, del que volvía arrepentido, o del que estando allí tan cerca sin embargo no era capaz de sentir la alegría que su padre podía sentir en la vuelta del hermano pródigo.
Cuando el hijo mejor, postrado en la miseria no solo de quien no tiene que comer sino lo que es peor en la desconfianza de lo que podía ser el amor del padre y se atreve a iniciar el camino de regreso para al menos poder estar cerca y ser admitido aunque solo fuera como un jornalero más, es el padre el que acorta el camino del regreso, porque sale lleno de alegría a su encuentro queriendo hacer fiesta para que todos participen de la alegría del regreso del hijo que estaba perdido y fue encontrado, del  hijo que estaba muerto pero que ahora volvía a la vida.
Pero la fiesta no era completa. El hijo cumplidor, el que permanecía en sus tareas aunque solo fuera de una manera formal, aun no participaba de aquella alegría ni quería en ella participar. Cuando oye los alborotos de la música y de la fiesta y le dicen que su hermano ha regresado se niega a entrar y participar. No quería ni considerarlo como un hermano, sino que tal era la distancia que ya lo consideraba como un extraño al que despreciaba por su vida viciosa.
Afloran los viejos resentimientos en su corazón que siguen produciendo una honda división y distanciamiento. No es solo contra el hermano que se había marchado sino que era también contra el padre del que le parecía a él que no le atendía lo suficiente. Ante la insistencia del padre que viene también a su encuentro buscándole para que participe de aquella alegría y de aquella fiesta. No quiere entrar, no quiere participar de aquella alegría, en su orgullo quiere poner distancias y ya no es solo el distanciamiento con su hermano al que desprecia y al que ni siquiera llama así – ese hijo tuyo que se ha gastado todo en malas mujeres, le dice al padre -, sino es la distancia que quiere poner también con su padre.
Un retrato el de estos dos hijos que nos habla y describe bien muchas situaciones que nosotros vivimos en la vida en el desarrollo de nuestra vida personal tan llena de miserias y en nuestra relación con los demás.
Miserias que vivimos cuando queremos escoger nuestro camino a nuestra manera no importándonos tantas veces de las rupturas y de las distancias que ponemos en nuestra relación con los que convivimos cada día; miserias de nuestra vida cuando nos llenamos de desconfianzas y hasta desconfiamos del amor de quienes nos rodean y de la capacidad de comprensión que pueden tener los demás; miserias de nuestra vida en esos resentimientos orgullosos que tantas veces guardamos en el corazón y que van ahondando las distancias entre unos y otros, terminando quizás muchas veces enfrentados los unos con los otros; miserias cuando olvidamos lo que es el amor que Dios nos tiene que nunca nos fallará y siempre está como un padre bueno esperando nuestro regreso, o esperando nuestra decisión de reencontrarnos también con los demás hermanos.
Pero el retrato importante de la parábola es el retrato del padre, es el retrato de Dios. Cuánto podríamos decir. Es el Padre bueno que nos ama, que nos espera y que nos busca, como nos enseñará también Jesús en otras parábolas; el Padre bueno que sale a nuestro encuentro porque siempre tiene los brazos abiertos para la misericordia y para el perdón; el Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos.
Como  nos decía san Pablo hoy en su carta ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados…’ El es quien pone en nuestro corazón el reconocimiento de lo que son nuestros males y el arrepentimiento, es quien mueve nuestro corazón para que volvamos a su encuentro con la esperanza cierta de que en El siempre vamos a encontrar ese abrazo de amor. Pero como seguía diciendo el apóstol ‘nos ha confiado el mensaje de la reconciliación’.
Estamos llamados a seguir anunciando entre los hombres el mensaje de la fiesta de la vida, el mensaje de la reconciliación siendo capaces de llenarnos nosotros también de misericordia para acoger a nuestros hermanos, como nos decía el apóstol, ‘sin pedirle cuenta de sus pecados’. Hemos de saber quitar esas honduras que nos distancian y esas barreras que nos separan. Es lo que no hizo el hermano mayor con su hermano y lo que nos sentimos tentados nosotros de hacer tantas veces con los demás a los que siempre les estaremos recordando  sus errores y pecados.
Quienes nos gozamos en la alegría del perdón, así hemos de llenar de misericordia nuestro corazón.

sábado, 30 de marzo de 2019

Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano a los pequeños y humildes que caminan a su lado


Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano a los pequeños y humildes que caminan a su lado

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14
La autosuficiencia, el orgullo, la soberbia son malos compañeros para el camino de la vida. Aunque algunos crean que llevándoselo todo por delante son más fuertes, más importantes o más respetados.
Nos encontramos gentes que caminan por la vida así. Se creen que ellos son todo para el mundo, miran por encima del hombro a los demás considerándolos unos pobrecitos que nada saben o nada pueden, van avasallando a todo el que se encuentran en el camino con su prepotencia echando a la cuneta de la vida a quienes consideren que les pueden impedir conseguir sus objetivos.
Respeto no conseguirán sino quizá miedo, y salvo aquellos que los envidian y quieren ser como ellos nadie los querrá como amigos; claro que quienes siguen sus ejemplos y entran por caminos de adulación, pronto estarán buscando como echar la zancadilla para ocupar su lugar.
Si esto lo hemos de tener en cuenta en unas verdaderas relaciones humanas con los que caminan con nosotros en la vida, ese estilo de vida lleno de vanidad y orgullo no nos vale de  ninguna manera para nuestras relaciones con Dios. Ante Dios todo tiene que ser sinceridad porque El conoce bien nuestro corazón y bien sabemos que Dios se goza con los humildes, porque ellos de manera especial se revela y para ellos tiene las gracias más especiales.
Hoy nos dice el evangelio que Jesús propone una parábola por aquellos ‘que teniéndose por justos, despreciaban a los demás’. Y nos habla de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar. En uno resplandece el orgullo y la autosuficiencia, el creerse justo y despreciar a todo el que se encuentra a su lado. Se refleja en sus posturas y en su manera de orar.
Es sintomático que nos diga que se puso en pie delante de todos. No quiere mezclarse con nadie y como se cree superior ese gesto de estar de pie nos está señalando como quiere estar por encima de los demás. Y son también sus palabras llenas de vanidad donde trata de justificarse pero de hacer lista de merecimientos en sus cumplimientos. ¿Vendrá a comprar el favor de Dios?
Mientras el publicano postrado en tierra no hacia sino repetir que se sentía un hombre pecador e imploraba la misericordia del Señor. Siente y reconoce la pequeñez de su vida; sabe que ante Dios nadie se puede considerar bueno por si mismo; no le importa ocupar el ultimo lugar, porque sabe que allí donde esté y si lo hace con humildad siempre sentirá el favor de Dios; no le importa estar a ras de tierra, porque así se siente más cerca de los que con él van haciendo también el camino de la vida; se siente pobre y necesitado en su condición pecadora, porque sabe que la justificación y el perdón solo vienen de Dios.
Ya sabemos, como nos dice la parábola, quien bajo del templo justificado aunque luego caminar en medio de los demás confundiéndose con todos, también con los pequeños y con los pecadores. Con su humildad y sencillez sabrá estar cercano a los demás sintiendo la pobreza y pequeñez de los otros como suya también. Sabrá estar cercano a los otros porque los pedestales no son los que lo levantan sino sola la misericordia y la compasión del Señor que se ha derramado en su corazón y que será la misericordia y la compasión con que también se acercarán a los demás.
¿Cuál es nuestra postura ante Dios y ante los demás? ¿Nos costará también a nosotros doblar las rodillas ante Dios? Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano con el amor con los pequeños y humildes que caminan a nuestro lado.
Demasiado vamos viendo hoy en nuestros templos gente que no sabe ponerse, o no quiere ponerse de rodillas delante de Dios. ¿No tendría que hacernos pensar en la pobreza de nuestros gestos cuando nos ponemos en la presencia de Dios que puede ser indicativo de la pobreza de nuestro acercamiento a los demás?

viernes, 29 de marzo de 2019

La prueba de nuestra fe está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, a todos sin distinción


La prueba de nuestra fe está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, a todos sin distinción

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
Seguimos en nuestro camino de cuaresma, se acerca la Pascua. Y no podemos olvidar lo que ha sido el objetivo desde el principio de este camino que vamos realizando. Nos esforzamos, queremos superarnos, pero lo importante es que nos volvamos hacia Dios. Fue la llamada que escuchamos desde el principio. ‘Conviértete al Señor, tu Dios’.
Cada día la liturgia nos va ofreciendo diversos textos de la Palabra de Dios para ir iluminando nuestra vida y para que nos mantengamos firmes en el camino. Nos recuerda actitudes y posturas que hemos de tomar en la vida, nos hace mirar hacia la meta de la Pascua, y nos hace sentir presente en nuestra vida el amor del Señor que no nos falla. No nos hemos de cansar en considerar lo que es el amor que el Señor nos tiene.
Como nos dirá san Juan en sus cartas ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que El nos amó primero’. Y claro con esa consideración no nos queda otra cosa que una respuesta de amor. Es a lo que nos lleva la Palabra que en este día nos ofrece la liturgia.
El profeta Oseas que escuchamos en la primera lectura nos insiste en nuestra conversión al Señor haciéndonos reconocer que hemos tropezado, que muchas veces hemos abandonado los caminos del Señor. Pero nos recuerda la ternura de Dios que siempre es fiel en su amor, y nos busca, y nos llama, y nos cura, y nos hace volver a sus caminos, porque nos damos cuenta que solo en el Señor tenemos la salvación.
Con un lenguaje casi poético nos hace volvernos a Dios. ‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos. Seré para Israel como rocío, florecerá como azucena, arraigará como el Líbano. Brotarán sus vástagos, será su esplendor como un olivo, su aroma como el Líbano. Vuelven a descansar a su sombra: harán brotar el trigo, florecerán como la viña; será su fama como la del vino del Líbano…’
¿Qué hemos de hacer? Amar y amar con todo el corazón. Nos lo recuerda el evangelio. Nos habla de un letrado que viene a preguntarle a Jesús cual es el mandamiento principal. ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ A lo que Jesús le responderá con lo que todo buen judío se sabía de memoria porque hasta lo repetían muchas veces al día. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.  El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.
Aquel letrado trata de justificarse como dándole la razón a Jesús y diciendo que el amor a Dios y al prójimo está por encima de todos los holocaustos y sacrificios. Pero no nos basta saberlo o repetirlo. Tiene que ser algo que en verdad tengamos muy presente en nuestra vida, se haga vida de nuestra vida. Aún quizá seguimos pensando muchas veces en la importancia de nuestros sacrificios, en la importancia de las ofrendas que podamos hacer, pero quizá no hemos llenado de verdad nuestro corazón de amor.
La prueba del algodón, por decirlo con una frase muy de moda, la prueba de nuestra fe verdadera está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, y cuando decimos los demás decimos a todos sin distinción. Es la única manera de volvernos de verdad a Dios, hacer que Dios sea el único centro y sentido de nuestra vida.
Es en lo que cada día tenemos que crecer más y más. No nos podemos pasar por alto ese primer mandamiento dando por sentado que ya lo cumplimos, que eso es lo que hacemos muchas veces cuando examinamos nuestra conciencia. Tenemos que preguntarnos seriamente si amamos así a Dios, si así le expresamos el amor que le tenemos. Hemos de hacer arder nuestro corazón en amor; pidamos que nos llenemos del Espíritu del amor, que es en verdad llenarnos de Dios.


jueves, 28 de marzo de 2019

Que aprendamos a tener una mirada limpia, arranquemos de nuestro corazón la malicia, abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás


Que aprendamos a tener una mirada limpia, arranquemos de nuestro corazón la malicia, abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
‘Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo’. Acababan de ser testigos de un milagro. Un mudo había sido curado; según el sentido que aquella gente tenia de la enfermedad era un mal, un signo del dominio del maligno sobre la persona; por eso con frecuencia vemos que a los enfermos los llamaban endemoniados, poseídos por un espíritu inmundo.
Jesús había curado a aquel hombre que no podía antes hablar y habría recobrado la posibilidad de hablar. Pero siempre hay quien hace sus interpretaciones interesadas, por eso dirán que Jesús expulsa los demonios con el poder del demonio. Incomprensible. Jesús les habla de un reino dividido que no se puede sostener, pero no terminan de comprender por eso piden más signos del cielo.
También nosotros pedimos pruebas en tantas ocasiones; andamos muy preocupados de que el Señor nos ayude y nos libere de esos males, esas situaciones difíciles con las que nos tropezamos por la vida, y parece que como si toda nuestra fe dependiera de ese milagro que el Señor haga en nosotros. Y no terminamos de ver tantos signos de la presencia de Dios en nuestra vida. ¿Nos habremos contagiado del espíritu del mundo que nos rodea que también está pidiendo pruebas y señales para creer? ¿Nos habremos contagiado de ese espíritu de desconfianza, o lo que es peor de esa malicia para no saber descubrir lo bueno o hacer nuestras interpretaciones sesgadas?
Que aprendamos a tener una mirada limpia, que arranquemos de nuestro corazón esas malicias, que abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás. Así veremos los signos que Dios va poniendo a nuestro lado en el camino de la vida. Sepamos ver esas cosas pequeñas y sencillas que van sucediendo a nuestro lado, que podemos descubrir en los que son pequeños y humildes. Son tantos los signos de ese Reino de Dios que se va realizando a nuestro lado y que tenemos que sentir también dentro de nuestro corazón.
Esa mirada limpia como la de un niño, pero que podemos descubrir en tantas personas que van sin malicia por el mundo; esa sonrisa que nos llega al alma y nos contagia de ilusión y de esperanza porque a pesar de todo en el mundo se puede sonreír; esa mano tendida que tantos ofrecen a los sufren a su lado porque saben escucharlos o simplemente estar allí; esas personas buenas que comparten lo poco que tienen pero que lo hacen con generosidad; esa gente que es capaz de sacrificarse comprometiéndose en tantas tareas sencillas pero que hacen más amable nuestro mundo, más humano y que nos llena de esperanza de que puede hacerse un mundo mejor.
Podríamos seguir en una lista interminable y yo te invito a que te detengas un poco en lo que estés haciendo y te pongas a pensar en tantas cosas buenas que cada día suceden a tu lado y de las que casi no nos damos cuenta o no les prestamos atención, pero que merece la pena contemplarlas, porque nos hacen confiar en las personas, y nos hacen confiar en que podemos hacer un mundo mejor.
Son muchas las señales que Dios va dejando de su paso a nuestro lado y que se hace presente en tantas personas buenas y sencillas de corazón humilde.