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domingo, 20 de mayo de 2018

Con la manifestación del Espíritu vamos a aprender todos que es posible esa nueva comunión porque todos podremos tener un solo corazón y un solo espíritu en el amor


Con la manifestación del Espíritu vamos a aprender todos que es posible esa nueva comunión porque todos podremos tener un solo corazón y un solo espíritu en el amor

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Pentecostés era una fiesta judía que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, de ahí el significado de su nombre; era la fiesta de las ofrendas, de las primicias, cuando se comenzaban a recoger las cosechas lo primero y lo mejor era para el Señor. Pero también era una fiesta que recordaba la Ley que el Señor les había dado por medio de Moisés allá en el Sinaí cuando venían de camino hacia la tierra prometida y que de alguna manera les había constituido como pueblo. Era una fiesta principal y de gran importancia para el pueblo judío, de ahí que nos encontremos con tantos judíos venidos de la diáspora para participar en el templo en esa fiesta de Pentecostés con el significado que hemos mencionado.
En esa fecha y en ese entorno nos sitúa Lucas en los Hechos de los Apóstoles el cumplimiento de la promesa de Jesús, el Espíritu enviado desde el Padre. Viene a ser como la constitución del nuevo pueblo de Dios. Aquella primera comunidad de los discípulos se habían quedado reunidos en el Cenáculo en Jerusalén como Jesús les había dicho hasta que se cumpliera la promesa del Padre.
Aquel lugar donde había comenzado la verdadera y definitiva pascua, allí donde primero se habían refugiado los apóstoles en los acontecimientos de la pasión y donde se les había manifestado Jesús resucitado iba a ser el lugar donde se manifestase el Espíritu en medio de grandes signos como comienzo del nuevo Pueblo de Dios. Jesús había anunciado el Reino de Dios y con su entrega y su sangre redentora lo había iniciado. Llegaba el momento en que se hiciese visible y palpable ante los ojos del mundo lo que era ese Reinado de Dios.
Con la manifestación del Espíritu íbamos a aprender todos que era posible esa nueva comunión porque todos podríamos tener un solo corazón y un solo espíritu. Los hijos de Dios dispersos – e imagen de ello había sido la confusión y dispersión a partir de la torre de Babel – ahora se iban a congregar en una nueva unidad donde ya la lengua no sería un obstáculo porque habría un nuevo lenguaje, el lenguaje del Espíritu, por el que todos llegarían a entenderse. Es lo que vienen a expresarnos los signos que se manifiestan en este Pentecostés. ‘Todos los entendemos en nuestra propia lengua’, porque ahora el anuncio de Jesús se hacia con el lenguaje del Espíritu.
Cristo había venido con su sangre a derribar el muro que nos separaba – como nos dirá mas tarde san Pablo – y ahora Jesús les concede el Espíritu para el perdón de los pecados; un nueva vida y un nuevo corazón nacía con la fuerza del Espíritu donde todos nos sentiremos hermanos que nos amamos, porque nos hace por la fuerza del agua y del Espíritu hijos de Dios, como un día anunciara Jesús a Nicodemo.
Se manifiesta en toda su rotundidad el Reino de Dios porque van florecer los dones del Espíritu en aquellos que creen en Jesús y le siguen formando ese nuevo pueblo de Dios. La vida según el Espíritu es la vida en la que florecerá el amor, la alegría, la benevolencia y el equilibrio interior, la humildad, la generosidad y el desprendimiento, el amor por la justicia y el compromiso de la paz, que son los frutos del Espíritu en contrapartida a las obras del mal que ya sido derrotado para siempre.
Y es que será por la fuerza del Espíritu donde reconoceremos de verdad que Jesús es el Señor. Después que Cristo resucitado se les manifestara en el cenáculo con la fuerza del Espíritu ya los discípulos reconocerán a Jesús como el Señor; no es ya simplemente el Maestro que había hecho discípulos y ellos le habían seguido por los caminos de Galilea, sino que ahora ya sería para siempre el Señor.
Así lo anuncian los apóstoles a Tomás el ausente, ‘hemos visto al Señor’, así lo reconocerá el mismo Tomas cuando definitivamente se encuentra con Jesús ‘¡Señor mío y Dios mío!’, y así lo proclamará Pedro en la mañana de Pentecostés cuando anuncia a todos con valentía que ‘aquel a quien ellos habían crucificado, Dios lo ha constituido por la resurrección Señor y Mesías’. Ahora nos dirá san Pablo ‘nadie puede decir Jesús es el Señor sino por la acción del Espíritu’.
Ahora tendrán los apóstoles la energía y la fuerza del Espíritu para salir valientemente a cumplir el mandado de Jesús de anunciar la Buena Nueva a todas las gentes. Lo harían aquella mañana en Jerusalén ante toda aquella gente que se había aglomerado a sentir las señales con que se había manifestado el Espíritu pero será lo que la Iglesia ha continuado haciendo a través de los siglos por todos los rincones del mundo.
Hoy nosotros celebramos esta fiesta del Espíritu. Sentimos también su presencia y su fuerza que nos renueva y nos pone en camino y damos gracias por tanto don que Dios en su misericordia nos quiere conceder. Pero los dones del Espíritu no los podemos encerrar ni enterrar. Las puertas se han abierto porque tenemos que salir ya a todos los caminos a hacer el anuncio y la invitación del Señor a participar de su salvación. Las puertas de la Iglesia han de estar abiertas para que todos puedan entrar a participar de ese banquete de vida nueva que en el Espíritu podemos vivir.
Somos conscientes también que el mundo al que vamos a hacer ese anuncio es un mundo muy complejo; un mundo que también se puede hacer muchas preguntas ante nuestro anuncio y en el que tendrán también sus desconfianzas – de los apóstoles decían que estaban bebidos -.
No nos extrañe la dificultad para hacer ese anuncio a este mundo de la postmodernidad, que ya viene de vuelta de todo y de todo desconfía. Tenemos que presentarnos manifestando en nosotros, en nuestra vida y en la vida de nuestras comunidades esos frutos del Espíritu que harán mas creíble el mensaje que anunciamos que no puede ser otro que el evangelio de Jesús. Recordemos las señales que Jesús decía que podríamos realizar, porque con nosotros está la fuerza del Espíritu.
No lo olvidemos. El Espíritu habita en nosotros y nos llena de vida. Recemos con toda la Iglesia, Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.


sábado, 19 de mayo de 2018

Mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno en su propio su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús con la fuerza del Espíritu


Mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno en su propio su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús con la fuerza del Espíritu

Hechos 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

Interesarnos por los demás, mostrar preocupación por los otros, desear lo mejor y ofrecer nuestra mano, nuestro servicio, nuestra compañía son señales de una buena amistad y base de esa buena relación que siempre habríamos que tener con todos. Son caminos de buena convivencia, son señales de esa buena armonía y relación que tendríamos que tener con todos cuando además nos sentimos unidos caminando en un mismo mundo.
Pero eso no me da derecho a meterme en su intimidad, no puedo traspasar aquellos limites de intimidad que todos tenemos y que abriremos a quienes nos merezcan la mayor confianza; pero tampoco esa buena relación me da derecho a imponer mi idea o mi pensamiento, a querer manipular, y que los demás caminen a mi antojo. Y bien sabemos que mucho de esto nos podemos encontrar; hay gente a las que abrimos las puertas de la amistad, y ya se creen con derecho a todo y bien sabemos las desviaciones en las que podemos tropezar y caer. Algunas veces se crea confusión con la palabra amigo y con la relación de amistad.
Son unos pensamientos que me surgen y que alguno quizá pueda pensar que no vienen al caso, al hilo de la curiosidad que siente Pedro por lo que le pueda pasar a Juan después de lo que Jesús le ha anunciado a él. Podríamos decir que Jesús le da un corte, como solemos decir hoy, pero de alguna manera Jesús le está diciendo que cada uno ha de seguir su propio camino, y lo importante en la fidelidad en el seguimiento de Jesús que cada uno ha de mostrar. Así mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno siguiendo su propio camino.
Estamos en el final de la Pascua, ya mañana celebraremos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. La liturgia ha querido ofrecernos en las lecturas de en medio de semana el final del evangelio de Juan con este episodio por una parte de la ratificación de Pedro como pastor en nombre de Jesús para toda la Iglesia que nace precisamente en la fiesta del Espíritu; por otra parte con esta breve referencia al discípulo amado que viene a ser como una firma del evangelista al evangelio que ha querido trasmitirnos. ‘Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’. 
Nos dice que mucho más podemos saber y aprender de Jesús. ‘Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo’. Un lenguaje un tanto hiperbólico pero que nos habla de la magnitud del misterio de Jesús, de la magnitud del Evangelio. Pero que no podemos decir que no lo podamos aprender, conocer, vivir. Precisamente nos ha prometido al Espíritu de la Verdad que nos lo enseñará todo, que nos irá dando a conocer todo ese misterio de Jesús. Solo una cosa es necesaria, que pongamos toda nuestra fe en El y nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor.
Bueno es que lo recordemos en esta víspera de Pentecostés, que ya comenzaremos a celebrar en la tarde y que con toda intensidad pidamos la asistencia del Espíritu. Como los apóstoles que con María estaban reunidos en el cenáculo nosotros oremos también pidiendo la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida y dispongámonos a acogerlo en nuestro corazón.

viernes, 18 de mayo de 2018

Escuchemos en nuestro interior la pregunta que Jesús también nos hace por nuestro amor y la invitación a seguirle en la misión que nos confía



Escuchemos en nuestro interior la pregunta que Jesús también nos hace por nuestro amor y la invitación a seguirle en la misión que nos confía

Hechos de los apóstoles 25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

‘Sígueme…’ le había dicho un día Jesús, casi al comienzo de su anuncio del Reino por los caminos y aldeas de Galilea cuando se lo  había encontrado en la orilla del lago recogiendo las redes de su barca. ‘Sígueme y serás pescador de hombres’, le dijo entonces después de una pesca milagrosa porque Pedro había puesto toda su confianza en Jesús y en su nombre había echado las redes al lago donde parecía que no había nada.
Ahora, al final del evangelio, después de todos los acontecimientos de la pascua, también en la orilla del lago donde les había salido al encuentro e igualmente se había producido una pesca milagrosa, también terminaría diciéndole a Pedro, ‘Sígueme’. Si entonces había sido una confianza incondicional, ahora ha sido una triple protesta de amor después de huidas, negaciones y encierros en los momentos duros de la pascua.
Si entonces le había dicho que seria pescador de hombre, ahora le decía que habría de pastorear sus ovejas. ‘¿Me amas, Pedro?’ había sido la pregunta repetida. ‘¿Me amas más que estos?’ Mira que tengo para ti una misión muy especial. Te he llamado Pedro, aunque sé que eres Simón, el hijo de Jonás. Pero ya te lo había dicho, ahora serás Pedro, porque quiero que seas piedra, la piedra sobre la cual y en torno a la cual se formará la Iglesia, la comunidad de los que creen en mí y me siguen. Y tú, tienes que mantener viva la fe de los hermanos; en torno a ti se han de reunir y serás signo de comunión. Has de estar firme, por eso te pregunto sobre tu amor.  ‘¿Me amas, Pedro?’
Y Pedro sintió la alegría del amor, claro que amaba a Jesús, si por El había estado dispuesto a dar su vida. Pero al mismo tiempo ante la repetición de la pregunta, sintió tristeza en su corazón, porque había comenzado a recordar; mucho impulso a las primeras palabras, pero a los primeros peligros también se había echado para atrás y había negado.
Pero Jesús seguía preguntando, ‘¿me amas, Pedro?’ Es que quiero seguir confiando en ti, has de pastorear al rebaño, has de pastorear a las ovejas, has de cuidar de los corderos, has de defenderlos de todo peligro, has de hacerlos caminar con seguridad, la seguridad de la fe que no se debilita ni se apaga. Por eso tienes que confirmar en la fe a los hermanos, has de mantener firme y vivo el rebaño, han de ser un solo rebaño, porque solo tienen un Pastor. Y Pedro siente que Jesús sigue confiando en El. Un día salieron lágrimas de sus ojos cuando se dio cuenta de su pecado, de lo triste de su cobardía que le llevó a la negación, pero ahora quizás vuelven a rodar las lagrimas por su rostro, porque siente la confianza de Jesús. ‘¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo!’
¿Nos estará Jesús preguntando también a nosotros por nuestro amor? Escucha esa pregunta en tu interior. Aunque muchas hayan sido las debilidades de nuestra vida porfiémosle a Jesús nuestro amor. Señor, tú sabes que te amor, haz que crezca mi fe, haz que crezca mi amor. Jesús sigue confiando en nosotros; Jesús sigue confiándonos una misión en medio de la comunidad y en medio del mundo. Tenemos que ser sus testigos y lo seremos con nuestro amor. Que sea verdadero y auténtico nuestro amor. También nosotros nos dice: ‘Sígueme’.

jueves, 17 de mayo de 2018

Verdaderos constructores de unidad y de comunión poniendo en común los valores de todos para que el mundo crea



Verdaderos constructores de unidad y de comunión poniendo en común los valores de todos para que el mundo crea

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando queremos trasmitir un mensaje tenemos que ser verdaderamente congruentes entre lo que queremos trasmitir y lo que realmente es y refleja nuestra vida. Es un gran problema que nos encontramos hoy en la sociedad, en que no somos veraces, no somos auténticos porque una cosa es lo que queremos reflejar y bien distinto es lo que llevamos por dentro.
Es por una parte la hipocresía de la vida  con la que tan fácilmente quizás criticamos las cosas de los demás, pero en nuestro interior estamos haciendo igual o peor. Pudiera ser que a nivel de ideas tengamos las cosas claras, pero luego realmente eso no lo reflejamos en el actuar de nuestra vida. En muchas cosas podríamos fijarnos y ejemplos de un tipo y de otro tenemos muchos en la vida, de esa falta de autenticidad, de la no veracidad de nuestra vida, o de la hipocresía con que actuamos tantas veces quizá por dejarnos llevar por el ambiente que nos rodea.
En este aspecto los creyentes tenemos que ser más auténticos, más veraces con nuestra vida. Si nuestro anuncio es el Reino de Dios tiene que significar que nosotros esos valores del Reino los vivimos, aun con nuestras debilidades y flaquezas intentamos ponerlos por obra en nuestra vida.
Mal podemos hablar de misericordia si no tenemos un corazón misericordioso con los demás; mal podemos hablar de perdón si seguimos guardando en nuestro interior resentimientos, recelos, rencores, desconfianzas hacia los demás, deseos ocultos de revanchismo y de venganza; mal podemos hablar de humildad y cercanía a los demás, si nuestro corazón se sigue manifestando orgulloso y la soberbia nos domina para creernos siempre mejores y por encima de los demás; mal podemos hablar de amor si somos insolidarios con los que sufren y seguimos pensando en nosotros primero que en nadie. Y tenemos que reconocer que los cristianos no siempre somos ejemplo en estas cosas.
Hoy Jesús en su oración sacerdotal nos pone el dedo en la llaga. Pide al Padre que los que creemos en El seamos uno, mantengamos la unidad, porque será la manera en que de verdad el mundo crea. ‘Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’.
Es la gran herida de la Iglesia que se manifiesta y se presenta rota. No hay verdadera unidad entre todos los que creemos en Jesús; cuantas divisiones nos enfrentan y nos alejan; cuantas actitudes en los cristianos de diverso nombre que lo que hacen muchas veces es enfrentarnos y dividirnos. Y no es solo el cuadro doloroso de las diversas iglesias sino que es también en el seno de nuestras propias comunidades que no siempre nos manifestamos con esa unidad querida por Jesús.
Es la triste experiencia que podemos vivir muchas veces en nuestras propias parroquias o incluso en nuestras iglesias diocesanas. Cuantos distanciamientos también en quienes participamos en una misma eucaristía en el que ese abrazo de paz que nos damos no es verdaderamente sincero. También surgen esos resentimientos y esas desconfianzas, esas maneras de pensar distintas que en lugar de ser un medio de construcción en la unidad con el enriquecimiento mutuo son motivos de enfrentamientos y lejanías. ¿Y queremos anunciar el evangelio de Jesús?
Mucho tenemos que revisarnos; tenemos que aprender a aceptarnos para crear verdadera unidad y comunión; tenemos que buscar la forma de ser verdaderos constructores de la Iglesia porque aprovechemos los valores de todos para contribuir de verdad al bien común, a la unidad y a la comunión. Como nos dice Jesús, que seamos uno para que el mundo crea que Jesús es el enviado de Dios y el verdadero salvador de nuestra vida y nuestro mundo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

No somos del mundo aunque vivimos en el mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo y tenemos que dar nuestro testimonio


No somos del mundo aunque vivimos en el mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo y tenemos que dar nuestro testimonio

 Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Qué ganas tengo de que se acabe esta vida es una frase que hayamos escuchado alguna vez o quizá hasta nosotros mismos hemos pensado o dicho. Puede ser por una parte en un deseo piadoso de querer vivir con Dios para siempre como expresaba tan maravillosamente santa Teresa en sus arrobos místicos pero puede sucedernos también quizás mas habitualmente desde el agobio con que vivimos la vida con sus problemas, sus luchas, sus oscuridades en lo que ya nos sentimos cansados y con el deseo de que todo termine.
Son cosas que surgen espontáneas del corazón desde uno u otro sentido y que de alguna manera quieren hacernos huir de la situación en la que vivimos en un deseo de algo mejor. Pero la realidad es la que es y tenemos que vivir el momento presente y vivirlo con toda intensidad, aunque sea con deseos de tener un día algo mejor. La lucha y el esfuerzo en ocasiones se nos hace doloroso porque estamos sometidos a la tentación, porque no llegamos a encontrar en este mundo y en esta vida lo que mejor deseamos en lo más hondo de nosotros mismos, porque lo adverso que encontramos en nuestro entorno nos hace dudar muchas veces, o porque quisiéramos una vida sin luchas deseando un cierto conformismo pero que al final tampoco nos satisface.
Estamos escuchando y meditando en estos días, como hemos dicho anteriormente, la oración sacerdotal de Jesús en la última cena. Oración de acción de gracias y glorificación al Padre en el momento cumbre de su entrega – es la ofrenda del sacerdote ante el sacrificio, de ahí el nombre de oración sacerdotal – pero es el momento en que Jesús pide por los suyos, por aquellos que han creído en su nombre.
Pero fijémonos bien en la parte de la oración que hoy estamos meditando. Jesús ruega por los suyos pero no pide al Padre que los saque de este mundo, sino que los libre del mal. ‘Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad’.
El mundo nos odiará porque no somos del mundo aunque vivimos en el mundo. No somos del mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo. Por eso el mundo es un peligro para nosotros y nuestro testimonio en medio de ese mundo de una vida distinta, nos hará sentir en nuestra carne ese odio y ese rechazo del mundo. Son las luchas, las dificultades, los problemas, la tensión y el esfuerzo que hemos de mantener, como veníamos reflexionando. Pero ahí en medio del mundo hemos de estar, porque es ahí donde es necesario ese testimonio que se convierte en anuncio.
Queríamos que todo se acabara, desearíamos una vida mejor, tenemos ansias de poder llegar al cielo, pero mientras hemos de seguir haciendo este camino aunque cueste esfuerzo, lucha, lagrimas, sangre. Pero tenemos el apoyo de la oración de Jesús que pide al Padre que nos dé la fuerza de su Espíritu para que no nos venza el mal. No olvidemos que somos los enviados de Jesús y vamos siempre con la fuerza y la asistencia de su Espíritu.

martes, 15 de mayo de 2018

Conocer a Dios para alcanzar la vida eterna es saborear a Dios para conocerle y dar sabor de El con nuestra vida porque así le llevamos también en nuestro corazón


Conocer a Dios para alcanzar la vida eterna es saborear a Dios para conocerle y dar sabor de El con nuestra vida porque así le llevamos también en nuestro corazón

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

El texto del evangelio que la liturgia nos propone a lo lago de esta semana sigue formando parte de las palabras de Jesús con sus discípulos – el sermón de la ultima cena se le ha llamado en ocasiones – en la noche en que iba a comenzar su pasión. Ahora escucharemos en lo que suele llamarse la oración sacerdotal de Jesús.
Es una oración que Jesús hace al Padre como una acción de gracias, un proclamar la gloria del Señor, pero al mismo tiempo es una oración que Jesús hace por sus discípulos, por quienes han puesto toda su fe en El. ‘Han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado...’ dice Jesús. ‘Por ellos ruego’. Es la oración que Jesús hace por nosotros, por los que creemos en El.
Estamos en el corazón de Cristo. Nos ama y nosotros queremos amarle. Cuando amamos ponemos a aquel a quien amamos en el corazón. Así estamos, pues, en el corazón de Cristo, nos lleva en su corazón. Creemos en El, queremos reconocer en verdad que El es el enviado del Padre. Somos la corona de gloria de Jesús. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. La gloria del Señor se manifiesta en que Jesús nos ha revelado el misterio de Dios y nosotros creemos en El. Por eso Jesús nos ama.
Continuamente a lo largo del evangelio Jesús quiere que tengamos vida y vida para siempre. Nos invita a seguirle para que tengamos vida. Nos alimenta con su cuerpo y con su sangre haciéndose eucaristía para que tengamos vida eterna y El nos resucitará en el último día. Nos señala que si creemos en El y cumplimos sus mandamientos seremos amados del Padre de manera que vendrá morar en nosotros. Nos dice que nos quiere tener junto a El y quiere llevarnos junto al Padre. Y ahora nos dice que la vida eterna consiste en que le conozcamos. ‘Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
Conocer no es solo un acto intelectual de la mente. Conocer es vivir. No son solo unas ideas que tenemos sobre de Dios, sino que es llenarnos de la vida de Dios. Habrá gente que puede saber muchas cosas de Dios, muchas cosas de Jesús o del evangelio y sin embargo no creen. Adquieren conocimiento de Dios como quien estudia o aprende cosas igual que aprendemos cosas de otras materias. No es aprender cosas, es aprender a Dios, es conocer a Dios que es vivirle y es entonces como florecerá nuestra fe. No es saber muchas cosas de Dios sino saborear la vida de Dios. Por algo aquello de saber y de sabiduría tienen tanta concomitancia, tanta relación con el saborear.
Que vayamos creciendo en esa sabiduría de Dios, en ese saborear a Dios, en ese vivir a Dios. Nuestra vida será entonces distinta. Daremos entonces sabor de Dios con nuestras obras y con todo lo que vivimos. Pongamos también nosotros a Dios en nuestro corazón. Así sea nuestra respuesta de amor.


lunes, 14 de mayo de 2018

No podemos ser evangelio de verdad para los demás si nosotros no estamos verdaderamente impregnados del Señor desde nuestro espíritu de oración


No podemos ser evangelio de verdad para los demás si nosotros no estamos verdaderamente impregnados del Señor desde nuestro espíritu de oración

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

Una manifestación de la madurez de una persona es en la toma de decisiones. La persona madura reflexiona, sopesa diferentes aspectos y posibilidades, ventajas y desventajas, trata de tener unos criterios o también un perfil de lo que queremos o deseamos, mira las consecuencias pero fundamentalmente lo que es más justo, examina la bondad de lo que va a hacer para actuar de una manera recta y ética, repasa también sus posibilidades cuando se trata de desempañar una función. No se lo toma a la ligera.
Muchas veces nos encontramos indecisos y buscamos también la opinión de quien nos pueda aconsejar rectamente y con quien tengamos confianza para hablarlo. Por pequeña que sea la cosa siempre es importante para uno y no se hace de cualquier manera.
Pero aun no falta algo más si nos consideramos personas creyentes; queremos contar también con la luz y la fuerza de lo alto, por eso es algo que llevamos a nuestra oración para reflexionarlo en la presencia del Señor. Es pedir esa fuerza y esa inspiración del Espíritu pero es también encontrar esa sabiduría para aceptar la responsabilidad de lo que se nos ofrece con sus consecuencias. Qué importante es para el creyente querer contar con la inspiración y la fuerza del Señor; que importante que una decisión seria la queramos tomar en la presencia del Señor. Ahí se nos manifiesta también nuestra madurez cristiana, la madurez de nuestra fe.
Este día 14 de mayo celebramos la fiesta de uno de los Apóstoles que llegaría a formar parte del grupo de los Doce. No pertenecía a aquel primer grupo que escogió Jesús. Entre ellos estaba el que traicionaría al Señor, Judas Iscariote. Por eso al faltar uno del grupo los discípulos reunidos en el cenáculo después de la Ascensión del Señor deciden elegir quien lo sustituya; ha de tener un perfil, el haber pertenecido a aquellos que desde el principio estuvieron con Jesús y que fuera testigo de la resurrección del Señor. Se puede elegir entra varios que reúnen esas características, pero los discípulos se encomiendan al Señor, oran al Señor antes de tomar la decisión. Es elegido Matías, a quien hoy estamos celebrando.
Esta elección del Apóstol tras esa toma de decisión hecha en oración ha sido lo que me ha motivado la primera parte de esta reflexión. Muchas veces en la vida nos encontramos en esas encrucijadas donde tener que tomar decisiones que hemos de sopesar bien porque son importantes para nuestra vida y pueden atañer también a la vida de los demás. Y es lo que hoy quiero resaltar. Son temas y momentos de reflexión, pero decisiones que hemos de saber hacer queriendo seguir también la inspiración del Espíritu del Señor. Por eso el creyente es algo que lleva a su oración, algo en lo que quiere contar con el Señor, algo que ha de saber reflexionar en su presencia, algo para lo que pide la fuerza y la inspiración del Espíritu del Señor.
Por otra parte celebrar la fiesta de un Apóstol siempre nos hace pensar en esa tarea misionera que hemos de realizar porque a nosotros también se nos confía ese encargo de llevar la buena nueva de Jesús a los demás. Ayer en la Ascensión decíamos que recibimos ese testigo que nos impulsa a ir hacia los demás. Es una responsabilidad desde nuestra fe y una tarea que hemos de realizar.
Pero al hilo de lo que venimos reflexionando, de nuestra oración al Señor en medio de nuestras tareas y decisiones, es algo en lo que también hemos de pensar, algo que tenemos que saber llevar a nuestra oración. No podemos ser evangelio de verdad para los demás si nosotros no estamos verdaderamente impregnados del Espíritu del Señor. Será en nuestra oración al Señor donde nos llenemos de Dios, será desde nuestra oración desde donde saldremos con fuerza al mundo que nos rodea para hacer ese anuncio de salvación, llevar esa buena nueva de la Salvación.

domingo, 13 de mayo de 2018

La Ascensión del Señor pone en nuestras manos el testigo de la Buena Nueva de la Salvación que hemos llevar a un mundo que nos parece que camina por otros derroteros



La Ascensión del Señor pone en nuestras manos el testigo de la Buena Nueva de la Salvación que hemos llevar a un mundo que nos parece que camina por otros derroteros

Hechos 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20

Ascender es aspirar a llegar más alto. Creo que todos habríamos de tener ese deseo en la vida; no nos podemos quedar anquilosados siempre en lo mismo, en nuestro corazón tendríamos que tener ansias de más, de crecer, de vivir con mayor intensidad, de superarnos para llegar a algo mejor en la vida, en nosotros, en el desarrollo de nuestro yo.
Pero bien sabemos que hay personas que se contentan con lo que son, no aspiran a nada más, tienen de alguna manera miedo a lo nuevo y a lo que supere lo que ya son o ya tienen y su vida se vuelve monótona, aburrida, parece que no tienen vida. Muchas veces tenemos el peligro de ir dando tumbos por la vida dejándonos arrastrar por nuestras rutina porque no queremos esforzarnos, porque superarse exige esfuerzo como quien quiere subir a lo alto de una montaña tiene que hacer el esfuerzo de la ascensión y cuanto mas alto queremos llegar más grande será el esfuerzo, aunque cuando lleguemos a lo alto diremos que bien mereció la pena.
Es un primer pensamiento que me ha venido a la mente al observar la palabra que define la fiesta de este día, la Ascensión del Señor. Bien sabemos que estamos refiriéndonos al misterio de Cristo glorificado después de la resurrección a quien proclamamos como el Señor que está sentado a la derecha del Padre en el cielo. Hemos venido reflexionando en esta última semana de pascua sobre los anuncios que Jesús hace de su vuelta al Padre. El misterio de la Ascensión que hoy celebramos viene a expresarnos esa vuelta al Padre pero no es un final lo que estamos contemplando sino lo que podríamos decir la entrega de un testigo que Jesús nos entrega a los que creemos en El porque su Buena Nueva de Salvación está en nuestras manos para que lo anunciemos al mundo.
Pero no quiero dejar en el aire lo que veníamos diciendo de esa ascensión que nosotros también hemos de vivir en nuestra vida. Contemplar la Ascensión de Jesús nos está hablando también de nuestra Ascensión. El camino de ascensión de Jesús ha de ser también nuestro camino. La contemplación del misterio de Cristo no es para que nosotros nos quedemos extasiados y poco menos con los brazos cruzados.
Recordamos que cuando Jesús llevo a los tres discípulos preferidos al Tabor y se transfiguró delante de ellos Pedro tuvo la tentación de quedarse allí extasiado para siempre contemplando aquella glorificación de Jesús; ya quería hace tres tiendas para quedarse así para siempre. Pero había que bajar a la llanura para seguir haciendo camino. No era aquel momento una estación para quedarse, sino un punto para arrancar a ponerse en camino, como sucede ahora también con la Ascensión de Jesús.
‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ les dirán los Ángeles a los apóstoles en el monte de la Ascensión. Había que volver a Jerusalén y con la fuerza del Espíritu de Jesús que pronto el Padre les iba a enviar, ahora tendrían que salir al mundo para ser sus testigos hasta los confines de la tierra, como nos recuerda san Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Las últimas palabras de Jesús es enviar a sus discípulos a anunciar a todos los pueblos, a todas las gentes la Buena Nueva de la Salvación de Jesús.
No sería una tarea para quedarse con los brazos cruzados, ni para encerrarse porque se tuvieran que encarar a demonios, serpientes o venenos. Nada habrían de temer aunque muchas fueran las dificultades y persecuciones. Ellos Irán llevando siempre salud y salvación, perdón y gracia, vida y amor.
Un camino largo, ascendente, agotador muchas veces, pero al mismo tiempo ilusionante y que llena de gozo el corazón el que la Iglesia ha ido haciendo a lo largo de los siglos. Es el camino que nosotros tenemos que seguir haciendo. Muchas veces los cristianos hemos vivido demasiado adormilados, demasiado acomodados porque las cosas nos parecían fáciles, porque quizá nos queríamos apoyar en fundamentos o poderes humanos, pero no hemos terminado de hacer con toda claridad y valentía, con ese ardor del Espíritu en nuestro corazón ese anuncio del Evangelio.
Y el enemigo que nos rodea nos acecha y nos cerca creando desganas en nuestros corazones, queriendo vivir demasiado instalados y acomodados, dejando a un lado un poquito ese ardor y ese esfuerzo de superación y crecimiento y han ido apareciendo en nuestra sociedad muchas lagunas de indiferencia ante lo religioso y hasta de rechazo a lo que suene a espiritual y cristiano.
Hoy esta fiesta de la Ascensión del Señor tiene que ser un grito fuerte a nuestras conciencias, un despertador que suene fuerte en los oídos de nuestro corazón para que despertemos de nuevo en nosotros esas ansias de crecimiento espiritual y esos deseos de anunciar ardientemente el evangelio de Jesús. Nos sentimos preocupados por esa pendiente de tibieza espiritual en que hemos ido cayendo muchos cristianos y nos puede parecer que las cosas se nos escapan de las manos, que el mundo se nos escapa por otros derroteros.
Pero nosotros tenemos la certeza de la promesa de Jesús de que su Espíritu estaría siempre con nosotros. El próximo domingo celebraremos Pentecostés. Pero escuchemos claramente ese mandato del Señor hoy en el día de la Ascensión y pongámonos en camino, porque sabemos que el Señor camina con nosotros y hemos de realizar esa ascensión en nuestra vida y esa ascensión de nuestro mundo a las alturas de los valores del Evangelio.


sábado, 12 de mayo de 2018

Aprendamos a saborear el susurro del amor de Dios haciendo silencio en nosotros para sentir y vivir la presencia amorosa de Dios que solo podemos hacer con Jesús


Aprendamos a saborear el susurro del amor de Dios haciendo silencio en nosotros para sentir y vivir la presencia amorosa de Dios que solo podemos hacer con Jesús

Hechos de los apóstoles 18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

¿Os habremos fijado en cómo terminan habitualmente las oraciones en la liturgia de la Iglesia, por ejemplo, en la celebración de la Eucaristía? En una formulación más corta o más larga siempre presentamos nuestras oraciones al Padre por medio de Jesucristo. ‘Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor…’ decimos siempre.
Y en el momento cumbre de la Ofrenda de la Eucaristía, en la doxología final de la plegaria eucarística queremos dar todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso por Cristo, con Cristo, y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo. Es la ofrenda del sacrificio, hacemos memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, nos sentimos unidos en el Espíritu formando unidad, formando comunidad e Iglesia, recordamos a María y a los santos y a toda la Iglesia, los que aun peregrinamos en la tierra, los que han termino su camino y los que glorifican a Dios en el cielo y ofrecemos el Sacrificio de Cristo para la gloria del Señor; y lo hacemos con esa formula de la doxología ‘por Cristo, con El, y en El a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’.
Estamos haciendo lo que nos enseña Jesús en el Evangelio. Nos ha enseñado a sentir a Dios como Padre y a llamarlo Padre. Realizando Jesús siempre lo que era la voluntad del Padre – su alimento era hacer su voluntad – nos llama dichosos si somos capaces de plantar la Palabra del Padre en nuestro corazón y cumplirla; los que lo hacen serán en verdad los hijos de Dios.
Nos enseña a invocarle con la confianza y el amor de los hijos para pedirle cuanto deseemos o necesitemos, sabiendo que en su amor El siempre conoce bien lo que necesitamos; nos está diciendo cómo hemos de gozarnos en su amor y en su presencia, escuchándole y amándole. Qué dicha poder saborear ese amor de Dios en nuestra oración orando como El nos enseñó.
Y ahora nos dice que cuanto pidamos al Padre en su nombre podemos tener la seguridad de que lo obtenemos. ‘Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’. 
Claro que sí, nuestra alegría será completa porque nos sentimos amados de Dios, porque experimentamos en nuestro corazón y en nuestra vida como nos escucha y nos da cuanto necesitamos. Por eso añade Jesús, ‘Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Dios nos ama, el gran motivo de nuestra alegría, de la mayor de las alegrías.

Alguien dice que se aburre en la oración. Quitemos rutinas de nuestra manera de orar. No nos contentemos con repetir fórmulas y palabras. Vaciemos nuestra mente y nuestro corazón de ideas preconcebidas para aprender a orar. No se ha sabido abrir el corazón a Dios y a su presencia; no se ha aprendido a gustar de esa presencia de Dios y de su amor. Hagamos silencio en nosotros y escucharemos el susurro de amor de Dios; con ruidos no lo podremos escuchar ni saborear. Aprendamos a saborearlo, sí, pero eso solo se aprende orando, haciendo silencio ante Dios y dejándose inundar por su presencia que solo podremos experimentar plenamente con Jesús y por Jesús.

viernes, 11 de mayo de 2018

Con nosotros está el Señor y esa alegría nada ni nadie nos la podrá quitar y por eso trascendemos por encima de problemas y tristezas para llenarnos de esperanza



Con nosotros está el Señor y esa alegría nada ni nadie nos la podrá quitar y por eso trascendemos por encima de problemas y tristezas para llenarnos de esperanza

Hechos de los apóstoles 18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a

A todo el mundo le gusta la fiesta y estar alegres. Bien vemos cómo la gente se apresta pronto para la fiesta y cuando están en buen ambiente se lo pasan muy bien. Todo es música, todo quiere aparentar alegría, las risas, los cantos, las caras alegres, la buena relación entre todos haciendo desaparecer el malhumor o los pesares que se llevan por dentro. Es un ingrediente bueno para la vida, sobre todo cuando se vive una alegría sincera, una alegría que nos es forzada, una alegría y felicidad que no necesita de estímulos extraordinarios para vivirla.
Porque al mismo tiempo algunas veces observamos a la gente en las carreras locas que se tienen por la vida, para llegar al trabajo, para acudir quizá a una cita, mientras vamos por la carretera conduciendo el coche, o cuando estamos en nuestro lugar de trabajo o simplemente en medio de la gente quizás su familia, sus compañeros de trabajo o sus vecinos, observamos, digo, muchas caras demasiado serias, demasiados ceños fruncidos haciendo aparecer arrugas o muecas en el rostro, muchas miradas y gestos en tensión que podrían ser indicativos que no lo estamos pasando bien o no estamos a gusto en lo que hacemos. Prueba a ponerte un día junto a una vía de tráfico intenso y trata de fijarte en el rostro de los conductores de los vehículos.
¿Alegría y felicidad verdadera? ¿O alegría y felicidad que necesita de estímulos externos para que se manifiesten en nuestros gestos o en nuestros rostros? Por eso quizá haya que preguntarse si somos felices de verdad. Vivimos en demasiada tensión y no disfrutamos de lo que hacemos o de lo que en cada momento vivimos. ¿Serán esos buenos síntomas? ¿Pudiera ser que algo nos esté fallando en nuestro interior, o en las mismas motivaciones de nuestra vida para que nos sintamos agobiados por los problemas o las carreras de la vida? ¿Necesitaríamos hacer un parón para ver si somos felices de verdad, si hay alegría de verdad en nuestra vida?
A alguien podría parecerle que no vienen a cuento estas consideraciones que me hago en estas páginas en que reflexionamos sobre distintos aspectos del evangelio de Jesús. Pero sí, me hago estas consideraciones viendo la insistencia con que Jesús nos está hablando de la alegría. Porque Jesús nos viene a decir que nosotros, los creyentes, tendríamos que ser las personas más felices del mundo cuando experimentamos como nosotros podemos hacerlo el amor de Dios y salvación que nos llega con la presencia de Jesús. Pero resulta que nosotros los cristianos no nos diferenciamos mucho de la inmensa mayoría de la gente de nuestro alrededor a quienes no vemos tan felices como aparecen, como hemos venido diciendo.
Y aquí tendríamos que preguntarnos si vivimos con alegría y esperanza nuestra fe. Porque resulta muchas veces que cuando venimos a celebrar – y subrayo esta palabra de venir a celebrar, o lo que es lo mismo hacer fiesta – cuando venimos, digo, nuestra fe la expresión de nuestro rostro y las actitudes con que venimos no son precisamente de alegría y de felicidad. Demasiado serios vemos muchas veces a los cristianos. Y cuando digo serios puedo decir apenados, amargados y tristes en muchas ocasiones, sin ilusión y esperanza, sin alegría en su espíritu. Y eso no cabe en un cristiano.
‘También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’, nos dice Jesús. Y es que los problemas y los agobios los tendremos con nosotros, momentos de desánimo nos pueden aparecer, también estamos sujetos al malhumor y al cansancio en las luchas de la vida.
Pero nosotros tenemos una certeza que se convierte en motivación profunda. Jesús está con nosotros, El es nuestra fuerza y nuestra vida, nos da su Espíritu que es aliento y fuerza en nuestras luchas, la esperanza no nos puede faltar y por eso trascendemos más allá de aquello que nos puede hacer sufrir, para encontrar un sentido y un valor, para apoyarnos en todo  lo bueno que tenemos y que vamos encontrando también en la vida a pesar de las sombras, porque nosotros tenemos una vida distinta, tenemos una mirada de fe para cuanto nos sucede. Y con nosotros está el Señor y esa alegría nadie nos la podrá quitar.

jueves, 10 de mayo de 2018

Llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu venciendo toda tristeza y dejémonos inundar por su amor para llenar de la alegría de Dios a nuestro mundo


Llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu venciendo toda tristeza y dejémonos inundar por su amor para llenar de la alegría de Dios a nuestro mundo

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20

Las palabras de Jesús que venimos escuchando en el evangelio en estos últimos días de pascua se corresponden a aquella larga conversación de sobremesa tras la cena pascual. Palabras en las que se hace presentir lo que inmediatamente ha de suceder, aunque ya Jesús lo había anunciado una y otra vez; palabras que suenan a despedida; pero palabras con las ultimas recomendaciones del Señor en la que nos manifiesta una vez más lo que ha de ser el distintivo de los que le siguen y le aman; palabras, como hemos venido diciendo, en la que Jesús derrama su corazón sobre ellos con toda su ternura por lo que terminará orando al Padre por ellos, como escucharemos en días sucesivos.
Las palabras que hoy le escuchamos tienen la connotación de lo que inmediatamente va a suceder, su pasión, pero también tienen el sentido profético de hablarnos de cómo nos vamos a sentir nosotros también a lo largo de los tiempos que no serán fáciles para la Iglesia ni para los que seguimos a Jesús.
‘Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver’, es una referencia clara a su próxima pasión y muerte y a su resurrección. Ellos escandalizados por todos aquellos acontecimientos se van a dispersar y a dejar solo a Jesús. Solo algunas mujeres con María y el discípulo amado van a llegar hasta el Calvario. Será una experiencia dura que les llenará de tristeza y de sentido de fracaso por lo que terminaran refugiándose en el cenáculo con las puertas cerradas por miedo a que a ellos les pueda suceder igual. Los sumos sacerdotes, los fariseos y todos los enemigos de Jesús se alegrarán porque les parece una derrota de Jesús. Pero ellos volverán a verle resucitado y su tristeza se transformará en gozo, un gozo que ya nadie les podrá quitar y que luego con la fuerza del Espíritu Irán proclamando esa buena nueva por todo el mundo.
Pero es el camino que seguirá viviendo la Iglesia a través de los tiempos. Habrá momentos duros y difíciles; bien conocemos las persecuciones de todos los tiempos que nos ha dado tantos mártires, tantos testigos de la fe que fueron semilla de nuevos cristianos. Pero no serán solo los que derramaron o derramarán su sangre, sino es la entrega día a día de quienes creemos en Jesús también en momentos difíciles, momentos que se nos pueden volver oscuros, en que se siembra la duda en nuestros corazones, en que nos podemos sentir igualmente fracasados, donde contemplamos esa sangría de tantos que abandonan y se olvidan de su fe.
Momentos de crisis para la Iglesia como los ha habido en todos los tiempos y sigue habiendo ahora por unas razones o por otras. Momentos en que nos parece que nos sentimos solos y no nos parece sentir la presencia de Jesús con nosotros y flaqueamos porque no captamos la fuerza de Espíritu que está con nosotros. Algunas veces igualmente podemos sentirnos tristes, pero no tenemos motivos, porque sabemos bien que el resucitado ha vencido a la muerte, y que con la fuerza de su Espíritu nosotros podemos vencer también. Con nosotros está el Señor.
Estamos en el tiempo de la Ascensión, no solo porque hoy se cumplen los cuarenta días de la resurrección y el próximo domingo celebraremos su solemnidad, sino porque estamos en el tiempo de la Iglesia; sí, el tiempo en que viviendo en Iglesia seguimos sintiendo la presencia de Jesús con nosotros, aunque tengamos dudas, no lo veamos con los ojos de la cara como nos gustaría hacerlo, y podamos pasar por numerosas crisis. Es el tiempo de abrirnos al Espíritu para abrirnos así a la presencia del Señor que siempre está con nosotros como precisamente en ese día de la Ascensión nos prometió.
Superemos las tristezas, que tienen que estar reñidas con lo que es la vida de un autentico creyente en Jesús; llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu y dejémonos inundar por su amor; con amor en nuestro corazón la tristeza no nos vencerá sin que llenaremos de la alegría de Dios a nuestro mundo.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en frutos de vida cristiana


Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en frutos de vida cristiana

Hechos de los apóstoles 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15

Siempre hay cosas que se quedan en el tintero, solemos decir cuando olvidamos algo, o no tenemos tiempo de manifestar todo lo que quizás sabíamos o teníamos intención de manifestar. También hay ocasiones en que no podemos decir en el momento todas las cosas; en circunstancias tenemos que ir revelando lo que hemos de manifestar de una forma gradual, bien porque la noticia sea impactante y no queremos dañar ni escandalizar quizás a la persona a la que se lo comunicamos, bien sea porque en la educación la enseñanza ha de hacerse también de forma progresiva, porque un niño no puede asimilar, por ejemplo, de la misma manera lo que le digamos a un joven o a un adulto.
‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena’. Así les dice Jesús a sus discípulos cuando les hace el anuncio de la venida del Espíritu Santo. No es quizás por las mismas razones de lo que antes reflexionábamos para nosotros al introducir el tema de hoy, pero es cierto que a los discípulos les cuesta comprender todo el misterio de Jesús, y hay cosas, como hemos venido viendo a lo largo del evangelio, que incluso les cuesta aceptar, como fue todo el misterio de la pascua y de la pasión de la que tantas veces Jesús les había hablado y ellos no habían terminado de comprender.
Será tras la resurrección y con la venida del Espíritu Santo cuando lleguen a comprender plenamente que Jesús es el Señor. Así lo confesará Pedro en el primer sermón después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado Dios lo constituyó por la resurrección Señor y Mesías’.
Aunque a lo largo del relato del  evangelio vemos que llaman a Jesús ‘Señor’, hemos de tener en cuenta que el evangelio fue escrito posteriormente cuando ya realmente tras Pentecostés así lo habían reconocido. El relato del evangelio, entendemos bien, que no es una crónica que se iba escribiendo en el momento, sino que seria más tarde cuando surgen los evangelistas que quieren dejar por escrito cuanto se decía y conocían de Jesús.
Es lo que ahora – y el texto se corresponde a las palabras de Jesús en la última cena – Jesús les está anunciando. El Espíritu los guiará a la verdad plena; por la fuerza del Espíritu del Señor podrán en verdad reconocer a Jesús como el Señor; por la inspiración del Espíritu irán recordando y comprendiendo, asimilando de verdad en sus vidas, todo lo que Jesús había hecho y les había enseñado.
Es así como nosotros hemos de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Pensemos cuantas cosas hemos aprendido de Jesús, del evangelio, de la vida cristiana a lo largo de nuestra vida. ¿Cuántos serán los sermones que hemos escuchado? ¿Cuántas las catequesis que hemos recibido? ¿Lo recordamos todo? ¿Lo habremos asimilado de verdad? Pero ahí está sembrado en lo hondo de nuestro corazón, como un poso está en el fondo de nuestra mente y de nuestra conciencia aunque nos parezca que no lo recordamos todo, pero cuando nos dejamos conducir por el Espíritu en su inspiración irá sacando todo eso que está en nuestro interior y podremos en verdad irlo asimilando para ir en verdad renovando nuestra vida. Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en nosotros en frutos de vida cristiana.
Es por lo que yo digo muchas veces a los padres que viven quizás la angustia de que sus hijos han olvidado todo aquello que les enseñaron pero parece que ahora van por otros caminos. Si lo hemos sembrado bien, tengamos la esperanza de que un día esos valores vayan a brotar a pesar de que ahora haya tanto follaje. Recemos para que el Espíritu del Señor riegue con su gracia esos corazones que un día se puedan sentir movidos a rescatar esos valores que están ahí encerrados. No perdamos la esperanza, sino con toda confianza oremos al Señor para que un día haya ese despertar.

martes, 8 de mayo de 2018

Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre


Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Las despedidas no son agradables; a nadie le gusta despedirse. Hay un algo que nos embarga el alma cuando tenemos que despedirnos de alguien si sabemos que esa ausencia se va a prolongar mucho tiempo, o quizá no volvamos a encontrarnos. Multitud de sentimientos, de recuerdos, de añoranzas nos van surgiendo en nuestro interior; al tiempo la incertidumbre de cómo le va a ir a quien se separa de nosotros cuando hay un cariño sincero.
Y cuando la despedida es de improviso nos quedamos aturdidos muchas veces sin saber como reaccionar; quizá después pensamos cuantas cosas hubiéramos podido decirle, cuantos gestos de cariño o de amistad pudimos haber tenido con aquel ser amado. Queremos tener un recuerdo, un signo de su presencia junto a nosotros aunque él ya esté lejos, pero queremos seguir recordando, sintiéndole de alguna manera presente junto a nosotros; no queremos que aquel cariño o aquella amistad se pueda enfriar o deteriorar por ese distanciamiento forzado por las circunstancias.
Era el estado de ánimo que embargaba a los discípulos aquella noche en la cena pascual. Presentían que algo iba a suceder aunque no terminaban de entender todo lo que Jesús les había anunciado; y no lo habían terminado de entender porque no se creían que pudiera pasar todo aquello que Jesús les había dicho. Como les dice Jesús ahora, tan aturdidos estáis en vuestra tristeza que ninguno me pregunta a donde voy.
‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor’. 
Jesús les dejará algo más que un recuerdo o un signo. Jesús nos envía su Espíritu, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir la presencia de Jesús para siempre con nosotros tal como nos lo había prometido. ‘Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Defensor’, nos dice.
Vamos concluyendo ya el tiempo pascual; estamos en la cercanía de la Ascensión de Jesús al cielo. Pero llega el momento de la culminación de la Pascua cuando celebremos Pentecostés y sintamos la venida del Espíritu Santo sobre nosotros. Pero tenemos que prepararnos, ponernos en disposición de recibir el Espíritu del Señor. En muchos lugares hay grupos de cristianos que se preparan con una novena al Espíritu Santo como una preparación. La liturgia nos va ayudando en estos días cuando nos va recordando las palabras de Jesús que anuncian la presencia del Espíritu.
Con la liturgia de la Iglesia rezamos:
Espíritu de Dios, la tierra llenas,
las mentes de los hombres las bañas en tu luz,
tú que eres Luz de Dios, divino fuego,
infunde en todo hombre la fuerza de la cruz.
Sé luz resplandeciente en las tinieblas
de quienes el pecado sumió en la oscuridad,
reúne en la asamblea de los hijos
los justos que te amaron, los muertos por la paz.
Acaba en plenitud al Cristo vivo,
confirma en el creyente la gracia y el perdón,
reúnelos a todos en la Iglesia,
testigos jubilosos de la resurrección.


lunes, 7 de mayo de 2018

El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión y esperanza nuestro camino

El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión y esperanza nuestro camino

Hechos de los apóstoles 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a

Hay ocasiones en que la vida se nos hace cuesta arriba, tenemos el peligro de sentirnos derrumbados incluso antes de comenzar a luchar, no sentimos solos y la soledad nos abruma porque nos puede parecer que a nadie interesamos y los problemas se agolpan alrededor nuestro haciéndonos oscura la vida. qué bien nos viene en momentos así sentir una mano amiga que se posa sobre nuestro hombro y nos invita a seguir adelante con ilusión y esperanza; cuanto nos conforta la presencia de esa persona que se interesa y se preocupa por nosotros queriendo ayudarnos y ofreciéndonos su presencia alentadora.
Todos necesitamos esa presencia amable y amada, aunque no sean tan fuertes los nubarrones de la vida, porque incluso en lo bueno que vamos haciendo siempre nos hace bien esa mirada, esa palabra, esa sonrisa, esa presencia que nos anima a seguir adelante. Y eso en todos los aspectos de la vida, porque así nos sentimos como más valorados y nuestra vida se viste de otros colores mas luminosos.
Me hago esta reflexión desde esta experiencia humana que todos de una forma o de otra algunas veces hayamos tenido. En lo humano de la lucha de cada día, pero también cuando como creyentes y cristianos queremos vivir nuestra vida con intensidad. Hay momentos en que se  nos hace difícil, porque la cuesta arriba la tenemos en nosotros mismos, en nuestras pasiones o en nuestros particulares cansancios, pero también porque nos encontramos rodeados de un mundo que no siempre nos hace fácil el vivir nuestro compromiso cristiano.
Nos cuesta porque no todos entienden el mensaje que con nuestra queremos llevar y eso  nos desanima; nos cuesta porque algunas veces se vive la vida de una forma muy superficial y cuesta que nos paremos a pensar en valores mas trascendentes; nos cuesta por ese materialismo que impera en la vida que conlleva una pérdida de valores y cuando queremos presentarnos con los valores del evangelio nos vamos a encontrar con la pared enfrente por así decirlo.
Nos cuesta porque también nos harán la guerra, se valen de lo que sea para desprestigiarnos, cualquiera puede hablar en nuestra sociedad de sus ideas, pero cuando la iglesia o los cristianos queremos hablar de nuestros valores espirituales o del sentido que nosotros queremos darle a la vida desde el evangelio ya no se nos permite hablar. Y así muchas cosas.
Jesús hoy en el evangelio nos está anunciando estas cosas, pero nos promete la presencia de su Espíritu con nosotros. ‘Nos os dejaré solos, nos dirá en otro momento, y yo estoy con vosotros hasta el final del mundo’. Es la fuerza del Espíritu divino que estará siempre con nosotros, que nos alienta y nos da fuerza, que nos ilumina y nos hace comprender bien todo el misterio que hemos de vivir, que inspira en nuestro corazón lo que hemos de hacer.
‘Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto, para que no tambaleéis’. 
Pongamos nuestra confianza en el Espíritu del Señor que  nos acompaña y nos dejemos decaer ni abrumar por aquellas cosas que nos cuesta. El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión nuestro camino.

domingo, 6 de mayo de 2018

La dicha de la amistad pero la felicidad plena a la que nos lleva el amor verdadero cuando amamos con una entrega sin limites a la manera de Jesús


La dicha de la amistad pero la felicidad plena a la que nos lleva el amor verdadero cuando amamos con una entrega sin limites a la manera de Jesús

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Creo que todos lo podemos pensar así, se siente feliz el que se siente amado. Ya sabemos de tantas angustias que producen las soledades; ya sabemos las amargas y silenciosas lágrimas del corazón cuando no son valorados, sino más bien postergados, no son tenidos en cuenta sino olvidados de todos. El sentir que alguien te tiene en cuenta, se fija en ti, ve posibilidades en tu vida hace brillar luces de esperanza en el corazón. Cuando positivamente somos amados no queremos que esa dicha que sentimos en el corazón se acabe nunca. Es la dicha de la amistad, es la profundidad que da a la vida el amor verdadero.
He dicho amistad y he dicho amor verdadero. Porque hablo del amor profundo que se hace entrega generosa y desinteresada que es el amor que no nos falla. Los intereses merman la intensidad del amor. Bien sabemos cuanto nos cuesta encontrar en la vida ese amor desinteresado y generoso; muchas experiencias tenemos de amores que se diluyen, de amistades que se truncan y acaban.
Porque el amor verdadero va mas allá de una simpatía, de una sintonía por determinadas cosas en las que podamos coincidir, de una cercanía porque entra en nuestros mismos círculos de vida, de un sentirnos a gusto porque nos agrada su carácter o su conversación, de un queremos porque nos sentimos correspondidos o nosotros queremos corresponder.
Así son muchas veces nuestros amores humanos, el fundamento de nuestras relaciones y simpatías, de nuestras amistades o del concurrir con personas afines a nosotros. Cuántas experiencias podemos tener de este tipo, y son cosas buenas también y que también hemos de cultivar, y que nos dan momentos agradables y donde saboreamos cierto gozo, pero sabemos que un amor verdadero nos tiene que llevar a mucho más.
Hoy Jesús nos está hablando de ese amor verdadero que no nos puede fallar. Así es el amor de Dios, el amor con que el Padre ama al Hijo y el amor con que el Hijo nos ama a nosotros y así tiene que ser ese amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Es un amor que va más allá de la amistad, aun con lo bonito que puede ser y es de hecho el amor de amistad. Porque el amor de Dios es un amor sin medida, porque no es un amor ‘romántico’ sino que es el amor de quien ama a todos, sean o no sean correspondidos, el amor a los que le aman y el amor a los que no le aman, un amor que va más allá de simpatías humana, es un amor generoso, desinteresado y universal; es un amor que llega hasta el sacrificio supremo.
Por eso nos dirá Jesús hoy que no hay amor mayor que el de aquel que da la vida por el amado. Y es lo que hizo Jesús. Y es el modelo que Jesús nos está poniendo para nuestro amor. Y ese es el amor que produce la alegría verdadera y plena, porque sabemos que no nos fallará nunca. Aquí sí que sabemos que somos tenidos en cuenta por Dios que ya nos creó grandes; así sabemos cuanto nos valora que nos ha elevado a una dignidad sobrenatural al hacernos sus hijos; así sabemos que a pesar de las negativas de nuestras respuestas seguiremos siempre siendo amados por Dios que se mostrará siempre compasivo y misericordioso con nosotros, porque es el padre amoroso que siempre nos está esperando.
Por eso nos dirá Jesús que permanezcamos en su amor, en ese amor. Y nos dice que nos hablado de esto para que permanezcamos para siempre en su alegría. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. Y nos dirá que por eso, porque tenemos que sentirnos así amados de Dios El ha querido revelarnos todo esto.
Tenemos razones los cristianos para ser los hombres más felices del mundo, cuando así nos sentimos amados. Es cierto que en luego en el caminar de la vida nos encontraremos con muchas cosas que nos pueden producir dolor en el alma, pero en nosotros hay una esperanza que no nos falla que es el amor que Dios nos tiene. Y con la fuerza de ese amor podemos superar noches oscuras, podemos sortear los numerosos peligros que nos vamos encontrando en la vida, podemos comenzar a tener una mirada nueva sobre las cosas, pero sobre todo sobre las personas que nos rodean.
Y es que porque nos sentimos así amados de Dios nosotros comenzaremos a amar de la misma manera, y el amor nos hará tener una mirada nueva y distinta para ese mundo que nos rodea, pero sobre todo para esas personas con las que hacemos el camino. Y es que comenzaremos a amar con un sentido y estilo distinto. No podemos amar ya por simpatía, sino que tenemos que amar con un amor como el que nos tiene Jesús. Este es su mandamiento: ‘que os améis unos a otros como yo os he amado’.
Esos son los frutos que tenemos que dar en nuestra vida que para eso nos eligió con su amor. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’ nos dice. Ese es el mundo lleno de alegría y feliz que tenemos que construir. Esas son las nuevas relaciones que tenemos que mantener los unos con los otros. Ese es el Reino de Dios que nos anunció y en el que nos tenemos que sentir comprometidos para siempre.