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viernes, 11 de mayo de 2018

Con nosotros está el Señor y esa alegría nada ni nadie nos la podrá quitar y por eso trascendemos por encima de problemas y tristezas para llenarnos de esperanza



Con nosotros está el Señor y esa alegría nada ni nadie nos la podrá quitar y por eso trascendemos por encima de problemas y tristezas para llenarnos de esperanza

Hechos de los apóstoles 18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a

A todo el mundo le gusta la fiesta y estar alegres. Bien vemos cómo la gente se apresta pronto para la fiesta y cuando están en buen ambiente se lo pasan muy bien. Todo es música, todo quiere aparentar alegría, las risas, los cantos, las caras alegres, la buena relación entre todos haciendo desaparecer el malhumor o los pesares que se llevan por dentro. Es un ingrediente bueno para la vida, sobre todo cuando se vive una alegría sincera, una alegría que nos es forzada, una alegría y felicidad que no necesita de estímulos extraordinarios para vivirla.
Porque al mismo tiempo algunas veces observamos a la gente en las carreras locas que se tienen por la vida, para llegar al trabajo, para acudir quizá a una cita, mientras vamos por la carretera conduciendo el coche, o cuando estamos en nuestro lugar de trabajo o simplemente en medio de la gente quizás su familia, sus compañeros de trabajo o sus vecinos, observamos, digo, muchas caras demasiado serias, demasiados ceños fruncidos haciendo aparecer arrugas o muecas en el rostro, muchas miradas y gestos en tensión que podrían ser indicativos que no lo estamos pasando bien o no estamos a gusto en lo que hacemos. Prueba a ponerte un día junto a una vía de tráfico intenso y trata de fijarte en el rostro de los conductores de los vehículos.
¿Alegría y felicidad verdadera? ¿O alegría y felicidad que necesita de estímulos externos para que se manifiesten en nuestros gestos o en nuestros rostros? Por eso quizá haya que preguntarse si somos felices de verdad. Vivimos en demasiada tensión y no disfrutamos de lo que hacemos o de lo que en cada momento vivimos. ¿Serán esos buenos síntomas? ¿Pudiera ser que algo nos esté fallando en nuestro interior, o en las mismas motivaciones de nuestra vida para que nos sintamos agobiados por los problemas o las carreras de la vida? ¿Necesitaríamos hacer un parón para ver si somos felices de verdad, si hay alegría de verdad en nuestra vida?
A alguien podría parecerle que no vienen a cuento estas consideraciones que me hago en estas páginas en que reflexionamos sobre distintos aspectos del evangelio de Jesús. Pero sí, me hago estas consideraciones viendo la insistencia con que Jesús nos está hablando de la alegría. Porque Jesús nos viene a decir que nosotros, los creyentes, tendríamos que ser las personas más felices del mundo cuando experimentamos como nosotros podemos hacerlo el amor de Dios y salvación que nos llega con la presencia de Jesús. Pero resulta que nosotros los cristianos no nos diferenciamos mucho de la inmensa mayoría de la gente de nuestro alrededor a quienes no vemos tan felices como aparecen, como hemos venido diciendo.
Y aquí tendríamos que preguntarnos si vivimos con alegría y esperanza nuestra fe. Porque resulta muchas veces que cuando venimos a celebrar – y subrayo esta palabra de venir a celebrar, o lo que es lo mismo hacer fiesta – cuando venimos, digo, nuestra fe la expresión de nuestro rostro y las actitudes con que venimos no son precisamente de alegría y de felicidad. Demasiado serios vemos muchas veces a los cristianos. Y cuando digo serios puedo decir apenados, amargados y tristes en muchas ocasiones, sin ilusión y esperanza, sin alegría en su espíritu. Y eso no cabe en un cristiano.
‘También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’, nos dice Jesús. Y es que los problemas y los agobios los tendremos con nosotros, momentos de desánimo nos pueden aparecer, también estamos sujetos al malhumor y al cansancio en las luchas de la vida.
Pero nosotros tenemos una certeza que se convierte en motivación profunda. Jesús está con nosotros, El es nuestra fuerza y nuestra vida, nos da su Espíritu que es aliento y fuerza en nuestras luchas, la esperanza no nos puede faltar y por eso trascendemos más allá de aquello que nos puede hacer sufrir, para encontrar un sentido y un valor, para apoyarnos en todo  lo bueno que tenemos y que vamos encontrando también en la vida a pesar de las sombras, porque nosotros tenemos una vida distinta, tenemos una mirada de fe para cuanto nos sucede. Y con nosotros está el Señor y esa alegría nadie nos la podrá quitar.

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