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sábado, 20 de julio de 2019

No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia, sino que reavivemos lo pequeño que es de valor grande


No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia, sino que reavivemos lo pequeño que es de valor grande

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21
Qué mal nos sentimos cuando intentamos hacer algo bueno, pero por las circunstancias que sea no nos sale como nos gustaría a nosotros, o cuando pretendíamos algo grande e importante, sin embargo lo que resultó fue algo muy pequeño, insignificante quizás, que parece que no tiene ningún valor, pero donde habíamos puesto nuestra ilusión y nuestro esfuerzo y viene alguien y nos lo echa abajo; y llega alguien y nos dice que aquello es una mezquindad, que tanto decir y decir y mira lo que hemos conseguido, la poquedad o la pequeñez de lo logrado. Se nos viene el mundo abajo, con la ilusión y el esfuerzo que habíamos puesto, y viene ahora alguien y nos dice que aquello no vale nada. Se nos vuelan las ilusiones, nos sentimos perdidos y empequeñecidos, no tenemos ilusión ni fuerza para comenzar de nuevo algo bueno. Hay personas que parece que son especialistas en cortarnos las alas.
Algo que nos puede suceder en los ámbitos educativos, o en el seno familiar donde tenemos el peligro de que a alguno de sus miembros no lo valores, no tengamos en cuenta lo que hace aunque sea pequeño; algo que nos puede suceder en el ámbito de la sociedad y donde hay personas que quieren colaborar, pero quizá no saben hacer más o no pueden hacer sino cosas sencillas, y pudiera ser que los dejemos a un lado; y nos sucede, hemos de reconocerlo, también en el ámbito de la comunidad cristiana, en el ámbito eclesial.
Cuantas veces no valoramos ese pequeño real de la viejita de turno que simplemente ofrece sus oraciones en su misa diaria a la que no falta nunca, pero que no puede comprometerse en otras cosas o actividades; muchas cosas y también muchos encontronazos o discriminaciones pudieran estar sucediendo en el ámbito de la comunidad porque el encargado de turno, digámoslo así, no valora a determinadas personas y no sabe o no quiere contar con ellas; o a cuántos por no sé qué motivos apartamos de actividades o acciones pastorales que pudieran realizar dentro de la Iglesia. Hay muchos con los que no se quiere contar, quizás por que nos parezcan poca cosa o por algunas sombras que pudiera haber habido en su vida y que no hemos sabido ayudar a superar.
Muchas reflexiones de este tipo nos pueden surgir en nuestro interior desde el pasaje del evangelio que incluso cita un texto del profeta Isaías. Los fariseos habían planeado ya acabar con Jesús y Jesús se retira a otros lugares esperando mejores momentos. Sin embargo a cuantos se acercan los atiende, les enseña, les cura de sus enfermedades o dolencias, aunque siempre los dice que no lo digan a nadie. Quiere pasar desapercibido, pero siempre que tiene la oportunidad sigue anunciando el Reino de Dios.
Es cuando el evangelista se acuerda de profeta y trae a colación un texto. ‘Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
Es lo que queremos recordar y ha motivado la reflexión que nos hacíamos y que bien tendríamos que tener en cuenta, como decíamos, para muchos aspectos de la vida. ‘La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará…’ Cómo tendríamos que recordarlo y tenerlo en cuenta en tantas ocasiones. Parece que el pabilo se va a apagar, pero tenemos que reavivarlo; parece que es una caña cascada - ¿para qué nos va a servir si ya está rota?, pensamos – pero aunque nos pudiera parecer inútil puede servirnos para algo, puede tener su función. Podríamos pensar cuantas cosas en el terreno de la artesanía se realizan con cosas que nos pudieran parecer desechos.
Todos tenemos un valor por insignificantes que parezcamos. Todos podemos realizar una función aunque nos pudiera parecer que no tienen capacidades. Pienso en el mundo de los discapacitados con los que he tenido el honor de colaborar en muchas cosas y de los que he aprendido tanto y del valor de sus vidas a pesar de las limitaciones.
Jesús nos enseña – y podríamos recordar muchos lugares del evangelio – a que valoremos lo pequeño y que seamos capaces de ser fieles en lo pequeño porque de lo contrario no lo seremos tampoco en lo grande o importante. No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia.

viernes, 19 de julio de 2019

Sepamos buscar las motivaciones hondas que dan sentido y plenitud a lo que hacemos como respuesta de un corazón agradecido y siempre lleno de amor


Sepamos buscar las motivaciones hondas que dan sentido y plenitud a lo que hacemos como respuesta de un corazón agradecido y siempre lleno de amor

 Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
Siempre hay alguien que está en su punto, en el punto exacto. Y no habla de perfección sino de esos perfeccionistas que están en el punto exacto para decirnos donde nos pasamos, donde nos quedamos cortos, aquello que no hicimos bien según sus normas; parece que están al acecho a ver como nos cogen en algún renuncio, como se suele decir. Siempre ha habido esos perfeccionistas, esos que miden milimétricamente las cosas, pero sobre todo lo que hacen los demás, pero sin contar con la realidad de lo que cada uno es, de lo que cada uno puede hacer o las cosas que pudieran darnos la razón en lo que hacemos aunque a ellos les parezca mal.
Son los que van con el juicio y la condena por delante, parece como si tuvieran ya preparada de antemano las sentencias para caer encima y para condenar. No dejan pasar una. Perfeccionistas, decíamos antes por definirlos de alguna manera, pero que exigen la perfección de los demás en el cumplimiento riguroso de las normas, pero que no lo son tanto para sí mismos porque ahí siempre encontrarán justificaciones o se harán sus propias rebajas.
¿Se puede ser así de verdad y tener algo de humanidad en el corazón? Nos hacemos la vida cuadriculada y todo tenemos que meterlo en su cuadricula, aunque sea a la fuerza. Se nos hace insoportable una vida así y es que además nos hacemos insoportables para los demás. No somos capaces de tener la flexibilidad necesaria para contar con lo que cada uno puede hacer, o con las debilidades que todos tenemos que si fuéramos capaces de reconocerlas seríamos más humanos con los demás.
Todo este comentario muy en lo humano que nos venimos haciendo parte de aquel episodio en que caminando de un lado para otro como iban con Jesús pasaron en un sábado por un sembrado e hicieron eso que se hace tan espontáneamente como arrancar unas espigas, estrujarlas con las manos y comerse los granos. Pero ya vemos quienes están allí al acecho. ¿Sería el mediodía? ¿Vendrían cansados del camino y tendrían ya ganas de comer? Son cosas que se hacen de forma espontánea y que quizá alivian la fatiga del camino. Pero era sábado y allí están los observantes cumplidores de la ley. 
Normas que en su origen eran de gran sabiduría y que buscaban humanidad, cuando entran de camino los rigorismos se convierten en inhumanas y pierden todo su sentido. En la ley mosaica era de gran sabiduría el que se dedicara un día de la semana al descanso por una parte y al culto al Señor por otra. Humanamente era hacer que el hombre no fuera esclavo del trabajo, liberando un día para su descanso, ni nadie pudiera manipular a la persona haciéndola su esclava de su trabajo. La ley en su sentido era estricta pero al mismo tiempo liberadora y humana. Serán luego los rigorismos lo que la hagan inhumana porque llegaba incluso a que se pudiera ayudar a la persona a causa de la prohibición de trabajar.
Estaba también el sentido religioso de la vida y de la persona que de quien único se sentía dependiente era de Dios y a quien habían de dar culto. Ese día del descanso sería la ocasión y oportunidad para con mayor serenidad poder escuchar la Palabra de Dios y cantar su alabanza. No es algo que solo debamos de cumplir por la obligación de una ley, sino que ha de ser la respuesta agradecida de la criatura a su Creador.
Ya sabemos bien que hasta las mejores cosas las podemos malear cuando le hacemos perder su sentido y su valor. Nacen así las imposiciones y las normas estrictas que hay que cumplir así porque sí. No será entonces la respuesta de un corazón agradecido ni de un amor verdaderamente libre y humano lo que hagamos simplemente por obligación. Por eso hemos de saber buscar las motivaciones hondas para hacer lo que hacemos dando plenitud a cuanto hagamos porque lo hagamos siempre desde el sentido del amor.

jueves, 18 de julio de 2019

Jesús es el brazo amigo que nos acoge, la mano que nos levanta, el corazón que nos escucha, descanso de nuestro espíritu atormentado, respuesta de luz para nuestras dudas, paz para el corazón


Jesús es el brazo amigo que nos acoge, la mano que nos levanta, el corazón que nos escucha, descanso de nuestro espíritu atormentado, respuesta de luz para nuestras dudas, paz para el corazón

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30
Que bueno después de una jornada de trabajo agotador poder llegar a nuestro hogar para descansar y sobre todo cuando allí vamos a encontrar unos seres queridos que nos aman y con cuya sola presencia nos sentimos ya reconfortados después de nuestro trabajo; bueno es encontrar ese brazo amigo en quien apoyarnos y que nos cubre los hombros dando paz y serenidad a nuestro espíritu; bueno es encontrar ese corazón que nos escucha y nos comprende y que sentimos que es un descanso para nuestro espíritu; bueno es reposar después de nuestras tareas apoyando nuestra cabeza en un pecho donde sentimos latir un corazón que nos ama; buena es esa presencia amiga que camina a nuestro lado, en ocasiones en silencio sin decir ni reprochar nada hagamos lo que hagamos, o que tiene una palabra de ánimo que nos levanta de postraciones, cansancios y desánimos, agobios frustraciones, y que se convierte en luz en medio de nuestras dudas y oscuridades.
Lo necesitamos y no siempre lo encontramos, como sucede también en ocasiones que tampoco nosotros saber dar ese tiempo para el otro, para escucharle y reconfortarle, para levantar los ánimos o simplemente decir nuestra presencia. Igual que lo necesitamos de los demás y nos sentimos confortados cuando lo encontramos, también hemos de saber ofrecerlo a los demás que también lo necesitan, que también nos necesitan. Tendríamos que saber ser siempre apoyo los unos de los otros en el camino de la vida. Eso tendría que ser la familia, eso tendrían que ser los amigos de verdad, eso tiene que ser también esa comunidad en la que convivimos con los demás, de cualquier tipo que sea.
Hoy Jesús se nos ofrece. Es el mejor descanso para nuestra vida, es nuestra fortaleza y es quien nos llena de vida de verdad. Siempre está ahí, a nuestro lado; siempre nos escucha cuando desahogamos nuestro corazón; no necesitamos espacios especiales ni tenemos que esperar a otro tiempo, porque siempre Jesús quiere hacerse presente en nuestro corazón para ser nuestro descanso.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
Así le vemos en el evangelio en su cercanía para con todos. Acudían de todas partes, no les dejaban tiempo ni para comer, la gente se agolpaba a la puerta de la casa, siempre estaba rodeada de gente que le escuchaba, pero que también venían a traerle sus cuitas y preocupaciones. Tenían siempre la confianza de que Jesús les escuchaba. Era la mansedumbre de su corazón.
Era el descanso de las preocupaciones de todos, Jairo, el centurión, la mujer de las hemorragias, el que en la noche venia a hablar con El con sus preocupaciones y sus dudas, el que estaba tendido junto a la piscina y nadie ayudaba, el que no podían entrar por el gentío, el que se subía a la higuera para poder verle, el que le llamaba desde la orilla del camino, el que sentado en las calles de Jerusalén solo sabia que le habían puesto barro en sus ojos para ir a lavarse a la piscina de Siloé, las mujeres que lloraban a su paso por la calle de la amargura, el que se había visto obligado a ayudarle a llevar la cruz y había sentido que no era tanto su peso… podemos seguir recorriendo una y otra vez las páginas del evangelio y eso es lo que vamos a encontrar, el corazón lleno de ternura y misericordia de Jesús que a todos escuchaba y a todos atendía.
¿Y nosotros acudimos también a Jesús sabiendo que en El está nuestro descanso y nuestra fuerza? Muchas serán las cosas que pesan sobre nuestro corazón y en Jesús tenemos que desahogarlas. El será de verdad la liberación de nuestro espíritu, porque El es nuestro Salvador.

miércoles, 17 de julio de 2019

Caminemos con sencillez al encuentro con los demás para sentir el gozo y la ternura de los sencillos y los otros se puedan sentir igualmente a gusto con nuestra presencia


Caminemos con sencillez al encuentro con los demás para sentir el gozo y la ternura de los sencillos y los otros se puedan sentir igualmente a gusto con nuestra presencia

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27
Yo no sé ustedes, pero a mi me encanta estar con la gente humilde y sencilla. Se siente uno a gusto, te hacen saborear la cercanía y la ternura de las cosas pequeñas, de las cosas sencillas. Pero también digo que hay que saber tener ojos limpios para descubrir a esas personas que quizá nos pueden pasar desapercibidas, porque no serán nunca personas que busquen las apariencias, que busquen sobresalir, sino que calladamente van por la vida realizando pequeñas gestos, teniendo pequeños detalles que cuando los descubrimos nos daremos cuenta de la grandeza de esas personas e incluso de su sabiduría.
Sencillez y humildad que no está por si misma vinculada a ningún grupo social, sino que es el espíritu con que vivamos la vida cualquiera que sea nuestra condición. No porque tengamos más o menos medios, más o menos conocimientos, no porque estemos en una escala social determinada, sino que depende de nuestro corazón, de nuestras actitudes, de la humildad que pongamos en la vida.
Algunas veces nos cuesta porque nos puede aparecer la tentación al orgullo y creernos que todo nos lo sabemos. Qué sutil es la autosuficiencia que queremos disimular con la autovaloración que podamos hacer de nosotros mismos. El que valoremos nuestra dignidad e incluso reconozcamos los valores que hay en nosotros, no está en contra de ese espíritu de sencillez y de humildad con que hemos de manifestarnos.
Ojalá sepamos descubrir a tantos que con humildad y sencillez caminan a nuestro lado en la vida y sepamos, sí, aprender de su sabiduría siendo nosotros de la misma manera también sencillos y cercanos a los demás, sea quien sea. Es el espíritu con que hemos de saber vivir la vida y así podremos abrirnos mejor a los demás y a Dios. Es la humildad, repito, y humanidad que hemos de saber poner en el corazón.
Es lo que nos hace ver hoy Jesús en el evangelio. En su presencia en medio del pueblo, en su predicación y en la manera de acercase a todos se ha encontrado con gente que le acoge con sencillez, se admira de sus palabras y de los hechos que realiza, pero también ha encontrado oposición entre los que se creen poderosos o que pueden manipular a los demás a su antojo. Ahora como un desahogo que le sale de lo más profundo del corazón da gracias al Padre del cielo porque ha querido manifestarse a los que son pequeños y sencillos mientras los orgullos y se creen autosuficientes no han sido capaces de descubrir el misterio de Dios.
‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Es la oración que brota de su corazón. Es la alabanza que también nosotros hemos de saber hacer, reconociendo las maravillas del Señor que cuando somos también nosotros sencillos y humildes se nos manifiesta en lo hondo de nuestro corazón.
María sintió que el Señor había realizado en ella obras maravillosas pero al mismo tiempo supo ser humilde para sentirse la esclava del Señor. Daba gracias a Dios por ello, por las maravillas que en ella realizaba, pero se siguió sintiendo la pequeña, la humilde esclava del Señor. En el reconocimiento de las maravillas de Señor y en su humildad al mismo tiempo le hizo salir con mayor rapidez de si misma para ir al encuentro de los demás, corrió hasta casa de su prima Isabel para servirla. Caminó humilde los caminos del Señor que le llevaban siempre al servicio, al encuentro con los demás.
Ha de ser también nuestro camino para abrirnos a los demás, para sentir el gozo de la presencia y la ternura de los sencillos que están a nuestro lado, pero para manifestarnos de la misma manera con otros haciendo que también se sientan a gusto con nosotros.


martes, 16 de julio de 2019

Nos queremos vestir de la librea de María con el escapulario del Carmen que es como meternos en el molde de María para vivir una vida resplandeciente de virtudes


Nos queremos vestir de la librea de María con el escapulario del Carmen que es como meternos en el molde de María para vivir una vida resplandeciente de virtudes

 Zacarías, 2, 14-17; Mateo 12, 46-50
Al norte del territorio de Israel se alza la cordillera del Carmelo cuyas estribaciones en su lado occidental vienen a descansar casi en las aguas del Mediterráneo. Estas montañas del Carmelo tienen hondas resonancias bíblicas muy relacionadas con los profetas sobre todo con el adalid de su lucha contra los cultos paganos a los baales que entre los israelitas se querían introducir el profeta Elías y cuyos momentos más significativos se desarrollan precisamente en estas montañas.
Fueron luego en los tiempos de las cruzadas remanso de paz, y refugio de descanso y recogimiento para aquellos cruzados que no querían alejarse de la tierra del Señor. Pronto surge un grupo de anacoretas en estas montañas que se agrupan bajo la regla que como norma de vida el patriarca de Jerusalén elabora para ellos reuniéndose en torno al templo levantado en honor de María, naciendo así la Orden religiosa de la Virgen María del Monte Carmelo, a quien invocan como Madre protectora y a quien llamarán también estrella del mar, viviendo el espíritu de recogimiento y su mismo ardor misionero que viviera el profeta en aquellas montañas. Allí en lo alto de aquellas estribaciones del monte Carmelo se levanta María como luz y como guía que va a ser para todos los navegantes de la vida.
Más tarde entre los avatares que sufrió la Orden que se tuvo que venir a Europa la tradición habla de cómo María se la manifiesta a san Simón Stock entregándole como signo y como librea para su vestimenta y para sus vidas el Santo Escapulario que tan especial significación va a tener para el hábito de los Carmelitas pero también en la devoción del pueblo cristiano que ama a María como un querer vestirse también de María. Este tendría que ser su especial significado para quieren portar sobre sus hombros el escapulario del Carmen queriendo expresar así como queremos vestirnos de María, como queremos imitar a María llevando impresas en nuestra vida todas sus virtudes.
Vestir el escapulario tiene que ser un compromiso de santidad en nosotros, queriendo sentirnos seguros en ese navegar de la vida en medio de las tormentas de las tentaciones con la especial protección de María. Es nuestro compromiso pero es la gracia que a través de María recibimos para nuestra lucha contra el pecado, pero también para el resplandecer de nuestras virtudes, comprándolas intensamente de María. Es un vestirse de Maria no ya tanto como un ropaje externo o un disfraz, sino como querer meternos en el molde de María para así lograr esa vida perfecta resplandeciente de santidad.
La devoción a María en esta advocación del Monte Carmelo o como simplemente decimos la Virgen del Carmen está profundamente enraizada en el pueblo cristiano a lo largo de todo el mundo. Aunque en cada lugar la invoquemos con una advocación especial como reina y protectora de nuestros pueblos, sin embargo la Advocación del Carmen prevalece por todas partes y ya bien sabido es la devoción que tienen a la Virgen del Carmen los hombres y las mujeres del mar.
A la orilla de nuestras playas o acantilados sobre el mar aparecen repetidamente las ermitas y los templos dedicados a la Virgen del Carmen; marineros y pescadores la tienen como patrona y a ella la invocan como esa Estrella del Mar que siempre les guía y les protege en sus singladuras y en su honor sabemos cómo surgen fiestas en todos los pueblos. Somos muchos, hombres y mujeres, los que llevamos su nombre como nuestro nombre propio, queriendo expresar así como nos sentimos sus hijos y no nos falta nunca su protección de Madre en todos los peligros.
He querido hoy detenerme en esta página de la semilla de cada día en la figura de María y aunque aparentemente no hago ningún comentario del evangelio del día, podríamos decir, sin embargo, que mirando a María estamos mirando el Evangelio, porque ella es la portadora de esa Buena Noticia de salvación porque nos trae a Jesús y porque es el mejor ejemplo de cómo tenemos que ser los discípulos de Jesús. Su presencia siempre nos está diciendo que hagamos como El nos dice, su presencia siempre nos está llevando al Evangelio de Jesús, su presencia siempre está sembrando en nosotros los valores del Reino de Dios que nos anuncia Jesús.

lunes, 15 de julio de 2019

Podemos encontrarnos en tiempos de confusión, pero han de ser tiempos de fidelidad, de búsqueda de la verdad del evangelio, de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor


Podemos encontrarnos en tiempos de confusión, pero han de ser tiempos de fidelidad, de búsqueda de la verdad del evangelio, de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1
‘No hay quien te entienda’, reaccionamos ante un amigo que quiere explicarnos algo y se hace sus razonamientos y reflexiones y parece como si no se terminará de aclarar, porque nos da la impresión que nos dice cosas contradictorias. Nos cuesta seguirle y entenderle y de un plumazo queremos quitárnoslo de encima.
¿Será lo que algunas personas piensan de Jesús? ¿Será la reacción de tantos a los que les parecen exigentes las palabras de Jesús que se nos manifiesta con radicalidad y nos cuesta entender? Algunas veces ante ciertas páginas del evangelio reaccionamos de alguna manera así, quisiéramos pasar página porque como se dice ahora son cosas que en el mundo en que vivimos no entendemos porque ahora tenemos otros intereses u otros deseos.
En la página del evangelio de hoy Jesús está dando instrucciones a sus discípulos, sobre todo a los más cercanos, y preparándolos para que se sepan enfrentar a ese mundo al que tienen que anunciar la Buena Nueva del Reino y que no siempre los van a entender, incluso los van a rechazar.
Y es que el mensaje del evangelio se presenta como signo de contradicción para el mundo que nos rodea, que no siempre sabe entender las palabras de Jesús y, más que entender, aceptar. Jesús era también un signo de contradicción en medio de las gentes de su tiempo; no todos lo entendían, y las reacciones de la gente eran contradictorias, pero no por eso Jesús iba a hacer rebajas en el mensaje de salvación que nos ofrecía. Por eso en torno a Jesús se crea esa contradicción de unos que lo aceptan y lo aclaman y otros que lo rechazan e incluso buscarán quitarlo de en medio.
¿Nos sucederá a nosotros hoy así también? Si somos fieles al mensaje de Jesús, así nos vamos a encontrar. Por eso Jesús habla de fuego y de espada, habla de cómo los más cercanos, padre, madre, familia, etc., nos van a rechazar, pero a pesar de ello ahí tiene que manifestarse nuestra fidelidad, nuestra integridad, nuestra fe que no se puede tambalear. Por eso nos dirá que los enemigos los tendremos en la propia casa.
¿Quiere Jesús la división? ¿Busca esa contradicción? Jesús busca la paz, aunque tanto nos cueste conseguirla; Jesús quiere la unidad porque lo que quiere es que vivamos en una comunión de amor. Pero eso cuesta, y nos cuesta desde nosotros mismos que tenemos que superarnos, crecer por dentro, purificarnos interiormente, arrancar de nosotros todo brote de violencia o de orgullo, hacer florecer el amor aunque la rosa tenga espinas.
Y esto en nuestro nivel individual, personal, pero esto lo vivimos, lo hemos de vivir también como comunidad que somos, como Iglesia. No importa que la Iglesia se presente como un signo de contradicción ante el mundo. Y no es porque se le anden buscando defectos y fallos en si misma o en sus miembros, sino por la fidelidad al evangelio y sus valores con que tiene que presentarse.
Hay también quien nos dice que la Iglesia hoy tiene que renovarse, y renovarse significa para muchos adaptarse a las exigencias o a las comodidades de esta época, de estos tiempos. Y eso significaría hacer rebajas en sus principios y en sus valores, querer enseñar ahora por aquello de adaptarse unas cosas que están en contradicción con lo que siempre ha enseñado dejando a un lado su doctrina y los principios morales derivados del evangelio; y cuando la iglesia no se adapta, decimos que no nos interesa, que la Iglesia no vale, y abandonamos y nos vamos por nuestros caminos que solo pretenden satisfacer nuestros intereses o nuestros deseos mas egoístas y pasionales.
Podemos encontrarnos en tiempos de confusión, en que no veamos las cosas claras, en que entre nuestras dudas y debilidades andemos de un lado para otro sin saber bien a qué atenernos. Pero tienen que ser tiempos de fidelidad, tiempos de búsqueda de la verdad del evangelio, tiempos en que tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Nos cuesta, pero tenemos que emprender ese camino aunque sea difícil porque tengamos que negarnos a nosotros mismos y nuestras visiones particulares, para tratar de ser fieles de verdad al evangelio.
Que el Espíritu del Señor nos ilumine y nos lleve siempre los caminos de la verdad del evangelio.


sábado, 13 de julio de 2019

Mirando desde la óptica de Dios entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los caídos del camino



Mirando desde la óptica de Dios entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los caídos del camino

Det. 30, 10-14; Sal 68; Col. 1, 15-20; Lc. 10, 25-37
Se había acercado a Jesús un letrado para poner a prueba a Jesús preguntándole qué es lo que había que hacer para heredar la vida eterna. Una pregunta repetida en el evangelio; recordamos al joven rico, pero recordamos otros letrados que vienen también con suspicacias semejantes para preguntar qué era la principal de la ley. Pregunta que de alguna manera nos hacemos nosotros también, porque andamos buscando una y otra vez que tenemos que hacer y en nuestro caso también tantas veces buscando rebajas para ver en cierto modo hasta donde podemos llegar simplemente para cumplir.
Como no era para menos Jesús le responde recordando los mandamientos, lo que estaba escrito en la Ley que todo buen judío conocía incluso de memoria y no menos quien ahora le hacia la pregunta que era un letrado. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?... Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo’. Es el diálogo que entre Jesús y el letrado se cruzan. Pero aun así el letrado trata de justificarse y se hace la pregunta ‘¿Y quién es mi prójimo?’
Esta pregunta que viene respondida con la parábola que Jesús propone viene, por así decirlo, contrarrestada con la pregunta que Jesús le hará al final. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Creo que aquí está la clave, lo principal que se nos quiere decir hoy. Decir quién es el prójimo es fácil, porque prójimo significa el que está cerca, el que está al lado y eso lo sabemos todos. Pero decir quién se porta como prójimo es algo más comprometido.
Portarme como prójimo será decir acercarme yo al otro, ponerme a su lado, sentir sus mismos sentimientos y sus mismos sufrimientos, no cerrar los ojos para ver y para descubrir al otro, ni poner vendas ni poner filtros para no ver o solo ver lo que yo quiero ver descubriendo crudamente su realidad, llegar a sentir como propio lo que al otro le sucede, lo que el otro vive. Y eso no se hace de cualquier manera ni todos sabemos hacerlo bien. Porque vamos en la vida demasiado ensimismados en mis cosas, en lo que nos parece que pueden ser nuestras obligaciones o nuestros entretenimientos.
Cuántas veces podemos decir o pensar, déjalo ahora, en otro momento te atiendo o te presto atención porque ahora estoy ocupado, estoy en mis cosas, estoy entretenido, o ahora tengo que atender no sé cuantas cosas y dejamos al otro en su sufrimiento o en su soledad, a quien no queremos ver ni queremos escuchar. Son nuestras prisas, nuestras carreras en la vida o nuestra manera de ver la importancia de las cosas y sobre todo de las personas. Nos comunicamos hoy por las redes sociales con quien está al otro lado del mundo, y no podemos dejar de contestar un mensaje o un WhatsApp, pero no tenemos tiempo para escuchar al que tenemos delante de los ojos pero quizás no llegamos a ver.
La parábola que propone Jesús habla del sacerdote y del levita que bajaban también por aquel mismo camino de Jericó donde estaba tendido al borde el camino a quien habían asaltado y maltratado, pero cuantos ejemplos concretos nos pondría hoy Jesús de tantas situaciones en que vamos enfrascados en lo nuestro y no llegamos ni siquiera a hablar con el que está a nuestro lado.
Pero nos hablará luego Jesús del samaritano que bajaba por aquel mismo camino. El personaje está puesto con mucha intención por Jesús, porque el samaritano era un extranjero para el judío, una persona maldita con quien no se hablaban y a quien se marginaba desde la sociedad judía porque los consideraban como unos herejes al querer tener su templo propio en Garizín  distinto del templo de Jerusalén con lo que rompían la unidad del pueblo de Dios. Ejemplos muchos podríamos poner hoy en la figura del samaritano en tantos a los que por una razón u otra marginamos de nuestra sociedad porque vienen de otros lugares o son de otra raza o color de la piel, o incluso de otra religión.
Pero aquel samaritano sí se detuvo, se bajó de su cabalgadura, atendió al hombre malherido queriendo curar sus heridas y montándolo en su propia cabalgadura lo llevo a donde pudiera ser atendido haciéndose cargo incluso de los gastos correspondientes. Su mirar y ver, supo detenerse y acercarse, supo poner palabras y gestos de consuelo y de ayuda, supo también ponerle en su lugar porque lo montó en su cabalgadura, lo que significaría que luego él tendría que ir caminando, supo ponerse él y poner todo lo suyo a disposición de quien allí estaba malherido y moribundo. Podríamos decir, en una palabra, supo poner vida allí donde había prevalecido la muerte.
Cuanto nos están diciendo estos gestos y estos detalles, porque aquel hombre sí se portó como prójimo del que estaba caído. Y es lo que quiere enseñarnos Jesús. ‘Vete y haz tu lo mismo’, le dijo Jesús al letrado. Y es que tenemos que comenzar a mirar la vida, a mirar a los otros, a mirar a las personas con otra óptica, la óptica de los ojos de Dios. Y cuando miramos con la mirada de Dios estamos mirando con el cristal del amor. Es entrar en una dinámica distinta, porque es la dinámica de la vida.
Quienes nos decimos seguidores de Jesús esa tiene que ser nuestra dinámica, nunca para la muerte, siempre para la vida; nunca encerrándonos en nosotros mismos, sino con la mirada del amor que nos hace salir de nosotros mismos, bajarnos de tantas cabalgaduras en los que no hemos subido y que tienen el peligro de alejarnos, separarnos, aislarnos. Y esa nunca puede ser la dinámica de un cristiano.
Muchas conclusiones de cosas muy concretas tenemos que sacar para nuestra vida. Comencemos a mirar con los ojos de Dios y entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los hermanos que están a nuestro lado.

Jesús no quiere que andemos por la vida llenos de miedos y temores, sino que nos quiere en plenitud de vida, valientes para dar el testimonio de nuestra fe



Jesús no quiere que andemos por la vida llenos de miedos y temores, sino que nos quiere en plenitud de vida, valientes para dar el testimonio de nuestra fe

Génesis 49,29-32; 50, 15-26ª; Sal 104;  Mateo 10,24-33
‘No tengáis miedo…’ hasta tres veces se nos repite en este breve pasaje del evangelio. Pero si hacemos una mirada amplia al evangelio, veremos que son muchas las veces que se nos dice lo mismo. ‘No tengáis miedo…’
Nos hacemos los valientes; de valientes queremos ir por la vida; muchas veces vamos fanfarroneando nuestra valentía, pero quizás ocultando los miedos que llevamos dentro. Miedos de muchas clases. Miedos que nos producen inseguridad, que nos impiden dar un paso adelante, que nos acobardan ante decisiones importantes que tenemos que tomar, que nos paralizan o que nos hacen reaccionar en ocasiones hasta de mala manera porque perdemos el control de lo que hacemos; miedos a dar la cara y luchar contra lo que nos parece injusto; miedos que nos hacen ocultar la verdad, porque quizá no es recto lo que hemos hecho, o no queremos que nos conozcan en nuestras debilidades; miedos que nos llevan a quedar en un segundo plano disimulándolo como si fuera humildad pero que son los temores los que nos impiden estar en primera fila; miedo al qué dirán, a enfrentrarnos a la realidad de la vida, a dar el testimonio valiente que tendríamos que dar; sería una lista poco menos que interminable.
Temores y miedos de los que llenamos la vida. Temores y miedos que no nos dejan crecer y ser libres de verdad. Temores y miedos que nos hablan de nuestra propia inseguridad y en consecuencia de nuestra poca madurez. Temores y miedos a vivir con intensidad nuestros valores porque nos acobardamos ante lo que los otros puedan decir o puedan ponernos enfrente y en contra. Temores y miedos con que vivimos tantas veces nuestra fe no dando un testimonio valiente frente al mundo que nos rodea. El mundo no se llena de la luz de Dios porque por nuestra cobardía ocultamos esa luz, no trasmitimos con intensidad esa vida.
Jesús no quiere que andemos así por la vida. Quiere un hombre y una mujer en plenitud, un hombre y una mujer maduros, un hombre y una mujer llenos de luz y de vida que sepan irradiarla a los demás; un hombre y una mujer que den su testimonio cristiano con toda claridad; hombres y mujeres valientes que den testimonio claro de su fe. Y eso es lo que necesita nuestro mundo que en el fondo, aunque no quiera reconocerlo está sediento de luz y hambriento de vida.
Y Jesús nos dice que no estamos solos, que nos sentimos fortalecidos con su Espíritu, que El estará siempre con nosotros hasta el final de los tiempos, que nuestro Padre del cielo cuida de nosotros y hemos de confiar en su providencia, que todo un día quedará claro y resplandecerá como brillante luz.
Alejemos los temores de nuestra vida; sintámonos en verdad fortalecidos por su Espíritu; vayamos con valentía a nuestro mundo a dar testimonio de nuestra fe. Con nosotros está el Señor. Cristo nos necesita porque somos sus mensajeros, pero el mundo también nos necesita porque está hambriento de la luz que nosotros le podamos transmitir.

viernes, 12 de julio de 2019

Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas




Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas

Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36;  Mateo 10,16-23
Cada uno vamos por la vida con nuestros valores y principios tratando de ser mejores nosotros mismos, pero también de poner nuestro grano de arena para que nuestro mundo sea mejor. Porque creemos en nuestros valores no nos apartamos de ellos, sino más bien tratamos de transmitirlos a los que están a nuestro lado, aunque no siempre es tarea fácil.
Lo normal sería un diálogo amigable donde queremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, al tiempo que queremos descubrir también lo bueno que hay en los demás, aunque nuestros principios o el sentido de la vida sea muchas veces diverso, sin embargo en lugar de ello parece que hay una confrontación que en ocasiones se vuelve hasta violenta.
En caminos de intolerancia incluso quieren impedirnos lo que nosotros queremos vivir y no solo se cierran sino que se enfrentan a lo que nosotros queremos transmitir. Es el diálogo de sordos que muchas veces se vuelve hasta violento en palabras y hasta en gestos que contemplamos en tantos aspectos de nuestra sociedad.
No somos capaces de construir juntos, sino que más bien siempre queremos destruir lo de los que consideramos nuestros contrincantes. Es triste muchas veces el espectáculo que muestra sociedad en lo social y en lo político algo que vivimos muy intensamente en nuestra tierra. Parece que en lugar de constructores estemos llamados a ser siempre destructores de lo que hacen los demás. Parece como si molestara que alguien que no sea de los suyos pueda hacer algo bueno.
Y esto nos pasa en los caminos de la vivencia de nuestra fe. Llamamos sociedad plural pero solo quieren imponer sus ideas y molesta para muchos la fe de los que nos llamamos creyentes y cristianos. Pero esto es algo que a nosotros los cristianos no nos tendría que hacer perder el sueño. Jesús nos lo anunció y también nos prometió la fuerza que necesitamos para afrontar esas situaciones que se convierten en tantos momentos en persecución como ha sido a lo largo de la historia, pero que también se viven en estos tiempos.
‘Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, nos dice Jesús. Y nos habla de tribunales y de persecuciones, pero que en todo momento tenemos que seguir dando nuestro testimonio, pero nuestro testimonio tiene que ser siempre desde la paz. La paz que tenemos que llevar a los demás, a ese mundo que tanto lo necesita, pero la paz que no nos puede faltar en nuestro interior, por difíciles que se puedan poner las cosas. Por eso nos dice que no nos preocupemos de lo que hemos de decir en nuestra defensa, porque tenemos un Defensor, el Espíritu de la Verdad que está con nosotros y pondrá palabras de sabiduría en nuestros labios, y paz en nuestro corazón.
Nos vamos a encontrar a quien no le gusta nuestro mensaje o el testimonio que queremos dar con nuestra vida, y buscarán de todos modos acallarnos de la forma que sea. Es la intolerancia que se quiere imponer en nuestro mundo cuando tanto se habla de un mundo plural, pero donde no se respeta lo que puedan opinar los demás porque es distinto. Siempre la verdad es molesta, siempre el testimonio del bien hace escozor en los que tienen otros caminos en la vida. No nos debe extrañar, no hemos de perder el ánimo, con nosotros está el Señor y hemos de seguir dando ese testimonio.
Es un testimonio de luz el que nosotros queremos dar, y la luz a los que prefieren estar en tinieblas les molesta, porque les hace ver sus malas obras y las deja patentes también ante los demás. Mantengamos encendida nuestra luz que no es otra que la luz de Jesús y su evangelio que queremos llevar a nuestro mundo.

jueves, 11 de julio de 2019

Nos habla Jesús de un nuevo sentir, de un nuevo amar, de una nueva comunión que nos hace vivir en la más estrecha familia de amor que nos lleva por camino de plenitud


Nos habla Jesús de un nuevo sentir, de un nuevo amar, de una nueva comunión que nos hace vivir en la más estrecha familia de amor que nos lleva por camino de plenitud

Proverbios 2,1-9; Sal 33;  Mateo 19,27-29
Justo y humano es que cuando hacemos algo bueno de alguna forma podamos disfrutar de eso bueno que hemos hecho y podamos ver su fruto sobre todo cuando lo hacemos en beneficio de los demás. No es en si mismo un buscar una recompensa, aunque el obrero merece su salario, sino sobre todo gozarnos en lo bueno que hayamos hecho con la satisfacción del beneficio que también estamos produciendo para nuestra sociedad. Se convierte así en un estímulo para nosotros con la satisfacción de lo bueno y al saborear de alguna manera que merece la pena, aunque nos haya costado esfuerzo e incluso sacrificio.
Claro que no es lo mismo el buscar el aplauso y el reconocimiento como deseo primordial en lo que estamos haciendo; poner nuestro interés en el agradecimiento o el vernos de alguna manera recompensados por lo que gratuita y generosamente hicimos por los demás; así ya no sería tan gratuita ni tan generosa nuestra entrega porque va motivada por el interés de unas ganancias aunque solo fuera en el reconocimiento.
Es el escalón superior al que Jesús nos invita sabiendo poner esa generosidad y esa gratuidad en lo que hacemos, no motivándonos por intereses que podríamos llamar mercantilistas, aunque desgraciadamente eso es mucho de lo que vemos en nuestro entorno en quienes tendrían que tener una vocación de servicio para con los demás o para con la sociedad.
Malo sería que los que nos decimos seguidores de Jesús cuando asumimos unas responsabilidades de servicio lo hiciéramos desde esos intereses; demasiados intereses partidistas, gananciales, con segundas intenciones en lo que hacen, buscando prestigios o influencias contemplamos en la sociedad.
Malo sería también que en el seno de nuestra Iglesia y en aquellos llamados a pastorear el pueblo de Dios actuaran desde esas motivaciones que no son nada evangélicas. La Iglesia en sus instituciones demasiado se deja manchar por esas costumbres del mundo y calla muchas veces por temor a una reacción que le hiciera bajar escalones de influencia en la sociedad. No somos lo suficientemente profetas como tendríamos que ser.
Hoy escuchamos la pregunta reacción de Pedro ante lo que Jesús venía diciendo de cuán difícil le es a los ricos entrar en el reino de los cielos. Sus apegos a las riquezas, a la posesión de las cosas que termina queriendo ser posesión también de las personas les impiden entrar por la puerta estrecha como el camello con sus jorobas y sus cargas no puede pasar por la puerta de aguja de las entradas a las ciudades.
¿Y nosotros que lo hemos dejado todo?, se pregunta Pedro. Habían dejado sus redes y sus barcas, habían dejado sus casas y sus familias, se habían ido con Jesús con una generosidad sin igual cautivados por el mensaje del Reino de Dios que anunciaba. ¿Tendrían recompensa?
Y Jesús les habla de una recompensa que no se puede cuantificar en cosas materiales. Si han dejado casa, padre y madre, hermanos y hermanas, casas y posesiones, les dice Jesús que tendrán cien veces más. ¿Van a tener cien padres y cien madres, cien hermanos y cien hermanas…? Jesús les está hablando de otra riqueza, de esa familia universal que tenemos que formar entre todos porque todos tenemos que sentirnos así familia y eso sí que será una gran recompensa.
Ese nuevo sentir del amor, ese nuevo sentirse miembros de una nueva familia, ese sentirse acogidos y amados ofreciendo también cada día mayor amor, será la satisfacción honda que ahora podrán sentir en su corazón, pero que tiene recompensa eterna en la gloria de Dios.
Nos habla Jesús de un nuevo sentir, de un nuevo amar, de una nueva comunión que nos hace vivir en la más estrecha familia de amor. Es un gozo que podremos llevar en el alma y nadie nos lo quitará. Es la nueva vida que Jesús nos ofrece cuando nos hace partícipes de su propia vida, una vida que nos llevará a la plenitud, a una felicidad sin fin.
Aprendamos a vivir ese nuevo sentido de Cristo. Pongamos verdadera generosidad en nuestro corazón. Hagamos el bien aunque nos despojemos de nosotros mismos, porque en Dios seremos en verdad recompensados.


miércoles, 10 de julio de 2019

Los cristianos tenemos que bajar a la arena de la vida para luchar con cosas muy concretas para hacer que desaparezca el mal de nuestro mundo



Los cristianos tenemos que bajar a la arena de la vida para luchar con cosas muy concretas para hacer que desaparezca el mal de nuestro mundo

Génesis 41,55-57; 42, 5-7.17-24ª; Sal 32; Mateo 10,1-7
Qué mal andan las cosas de la vida, que mal va todo… es la conversación socorrida cuando nos encontramos y surge la conversación sobre cómo va la vida; pronto comenzamos a hacernos una lista de cosas que en lo social, en lo político, en lo económico, en las experiencias de familia no nos gustan como marchan; buscamos con facilidad a quien echarle la culpa, los políticos de turno se llevan nuestras reclamaciones porque decimos que no hacen nada y no voy a decir cuantos comentarios mas se hacen en este sentido, o nos quejamos de la juventud, de la vida moderna y no sé cuantas cosas.
Somos fáciles para hacer nuestros juicios, aventurar quizás como haríamos nosotros para que las cosas vuelvan a su sitio, pero de ahí no pasamos, nos quedamos en nuestras lamentaciones lúgubres, pero lo de poner un dedo de nuestra parte para hacer mejor las cosa, que sean otros los que se comprometan, a nosotros nos toca criticar, que eso es bien fácil.
Conversaciones así surgen con facilidad sobre todos los temas, hablamos de los políticos o nos metemos con todo el mundo, todos se llevan su parte en nuestras críticas. Pero eso sucede en muchos más aspectos de la vida. Y así encarrilamos también nuestras conversaciones sobre el tema de la Iglesia y también tenemos nuestras críticas que hacer. Y es que también nosotros los cristianos no vivimos con la intensidad que tendríamos que hacerlo nuestro compromiso desde la fe con la misma iglesia a la que pertenecemos ni tampoco en nuestra relación con la sociedad.
¿Tenemos derecho a quejarnos así? ¿Habremos leído bien el evangelio que tendría que ser el vademécum de nuestra vida y donde encontremos luz para todas las situaciones de nuestra vida? ¿Nos habremos dado cuenta de verdad los cristianos de la misión que Jesús nos ha confiado y, por decirlo así, de los poderes que nos ha dado, de la fuerza con que quiere acompañar nuestra vida para esa transformación del mundo según los valores del Reino de Dios, del Evangelio?
¿Qué nos dice el evangelio que hoy escuchamos? Se trata de la elección de los doce, los que se enumeran incluso por su nombre, y el envío que Jesús hace de aquellos que ha elegido para que vayan anunciando el Reino de Dios por todas partes. En cierto modo paralelo con un texto semejante de Lucas en que envía a los setenta y dos discípulos de dos en dos a predicar el Reino por donde habría de ir El luego.
Lo que Jesús ha venido haciendo, predicando en las sinagogas y en cualquier lugar que fuera necesario haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios y curando de todo mal o enfermedad a todos aquellos que de cualquier manera sufrían, es lo que ahora tienen que hacer sus discípulos. Es la misión que les confía y el poder que les da; al hacer el anuncio del Reino han de ir liberando de todo mal a todos los que sufren. Son las señales del Reino.
Hoy nos dice que les da poder sobre todo espíritu inmundo – ‘ les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’, que nos dice el evangelio – ¿y qué es lo que eso significa? ¿No es precisamente esa misión que nos confía de transformación de ese mal de nuestro mundo para hacerlo mejor? Una interpretación fácil es pensar en el milagro por el que se cura de una enfermedad o se resucita un muerto, pero creo que todos entendemos que significa mucha más que todo eso.
Los milagros son signos, son señales de esa transformación de la vida ¿y cual es la más importante transformación de la vida? Cuánto es el mal que tenemos que quitar, cuantas son las cosas que tenemos que transformar, cuanta es la justicia que tenemos que promover, la paz que tenemos que buscar, la sinceridad y la honradez de la vida que tenemos que ir construyendo en las relaciones entre unos y otros.
Comenzábamos reflexionando sobre las quejas de lo mal que anda nuestro mundo, pero ¿no tendríamos que preguntar qué es lo que nosotros los cristianos estamos haciendo en ese mundo concreto en que vivimos para que nuestro mundo sea mejor, para que nuestro mundo se transforme? Quizá tendríamos que pensar en nuestra culpa, en esa irresponsabilidad nuestra, en esa desgana o frialdad con que vivimos nuestro compromiso por el Reino de Dios, en lo poco que estamos haciendo.
Los cristianos no nos podemos contentar con ver los toros desde la barrera, por decirlo con una frase ya hecha, sino que tenemos que bajar a la arena de la vida para ahí luchar y luchas con cosas muy concretas para transformar nuestro mundo, para hacerlo mejor. Es la misión que Jesús nos ha confiado, seamos jóvenes o seamos mayores, en cualquier lugar que ocupemos en la vida y en la sociedad. No nos podemos desentender. Escuchemos con el corazón abierto esta buena nueva del Evangelio que hoy se nos ha proclamado.

martes, 9 de julio de 2019

Necesitamos hoy hacer un nuevo anuncio del evangelio porque nuestro mundo sigue estando desorientado y perdido como ovejas que no tienen pastor



Necesitamos hoy hacer un nuevo anuncio del evangelio porque nuestro mundo sigue estando desorientado y perdido como ovejas que no tienen pastor

Génesis 32, 22-32; Sal 16; Mateo 9,32-38
Los que ya viven una vida urbana en medio de las ciudades con poco o nulo contacto con el campo, el mundo de la agricultura o de la ganadería las imágenes de un rebaño con su pastor poco le dicen salvo por lo que hayan aprendido de oídas o lo hayan leído en libros. Quienes todavía viven en un ámbito rural pueden estar mas familiarizados con estas imágenes, que quizá ya cada día vemos menos, porque incluso el cuidado del los animales también va cambiando en la forma y cada vez menos se ve es trashumancia con el traslado de rebaños o manadas de ovejas o de cabras de un lugar para otro.
Sin embargo es difícil imaginar un rebaño que no sea conducido por su pastor; no es lo normal ver a los ganados sin sus pastores o sus cuidadores. Incluso aquellas ovejas que podamos ver sesteando en un prado en el campo, por algún lugar ha de estar sus pastores con sus perros guardianes vigilantes y cuidado de sus ovejas o sus ganados.
Sin embargo esta es la imagen que nos ofrece Jesús en el evangelio para hablarnos de la situación en la que se encontraban las gentes de su tiempo. A pesar de que en el pueblo de Israel se cuidaba mucho la religiosidad de las gentes, la atención a través de los maestros o doctores de la ley que la explicaban cada sábado en la sinagoga y todos los días en las explanadas de templo Jesús dicen que están como ovejas extenuadas y abandonadas porque no tienen pastor.
El evangelio nos ha venido hablando del endemoniado que era mudo y al que Jesús curó; la reacción de las gentes admiradas ante el hecho proclamando que nunca han visto cosa igual, mientras por otra parte aquellos que se consideraban dirigentes en medio del pueblo, en este caso los fariseos, atribuyen el milagro de Jesús al poder de los demonios.
Todo esto crea confusión entre las gentes, pero Jesús recorría pueblos y ciudades, enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todo tipo de enfermedades. Las gentes acudían ansiosas a Jesús, querían escuchar su Palabra, tenían hambre de Dios, se sentían pobres y necesitados y acudían a Jesús con sus problemas y necesidades expresadas en el hecho de llevar a sus enfermos para que Jesús los curase. Es cuando Jesús nos expresa la necesidad y la confusión de aquellas gentes con la mencionada imagen, pero nos dice que los obreros son pocos, que roguemos al Señor de la mies para que envíe obreros a su mies.
Si también nosotros fuéramos capaces de tener la visión de Dios, la visión que Jesús tenia del mundo, lo mismo constataríamos de nuestro mundo y nuestra sociedad. Podemos hoy tener muchas cosas y el nivel de vida de nuestra sociedad haya cambiando al menos en nuestro entorno, aunque todavía descubrimos muchas necesidades y problemas, pero quizás tendríamos que saber constatar esa angustia, esa desorientación, esas confusiones que podemos descubrir en nuestro mundo moderno.
En la mayoría de nuestra sociedad percibimos una pérdida del sentido de Dios y vemos que aunque en momentos podamos ver a muchos en los que afloran unos sentimientos religiosos ante determinados acontecimientos, sin embargo se va desterrando de nuestra sociedad lo que suene a religioso y a cristiano.
En una sociedad que en principio llamábamos de cristiandad la luz del evangelio no es ya la que brilla en ella y los verdaderos valores de evangelio van siendo desterrados de nuestro mundo, queriendo incluso en ocasiones quererlos sustituirlos por otros, como si fueran ya cosa caducada; rescatamos viejos ritos ancestrales ajenos al cristianismo y cuando hemos desterrado los ritos religiosos de sentido cristiano resucitamos otras creencias, otros ritos, que casi como una nueva superstición se van apoderando de nuestra sociedad.
Personas que fueron educadas en la fe cristiana, que un día se prepararon para una primera comunión o incluso la confirmación, vemos como han dejado a un lado todo eso olvidándose de su fe cristiana y dejándose mecer por otros ritos o sortilegios de más sentido pagano, como si nunca el evangelio hubiera pasado por sus vidas. Escuchan solo lo que les puede interesar o que les haga fácil la vida dejándose arrastrar por caprichos o cosas que nos satisfagan nuestros apetitos y así vamos andando por la vida.
Nuestra sociedad descarriada, extenuada, como ovejas abandonadas que no tienen pastor que les guíe y les conduzca a las verdaderas fuentes de la vida que solo en Cristo podemos encontrar. Es el grito de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio y que tendría que despertarnos a aquellos que queremos vivir de verdad y con todo sentido nuestra fe cristiana. Es el grito que tendría que sensibilizarnos para que en verdad vivamos de una forma comprometida nuestra fe, y sintamos la urgencia del anuncio de nuevo del Evangelio.
Se nos habla hoy con urgencia de una nueva evangelización y tenemos que comprenderlo, sentirlo de verdad como una urgencia en el corazón, que el Evangelio sea de nuevo proclamado con valentía para que sea la sal y la luz de la tierra y del mundo.

lunes, 8 de julio de 2019

La certeza y seguridad de que Dios nos escucha no puede llevarnos a vivir una fe mágica y supersticiosa sino a abrir nuestro corazón a Dios para dejarnos transformar por su gracia


La certeza y seguridad de que Dios nos escucha no puede llevarnos a vivir una fe mágica y supersticiosa sino a abrir nuestro corazón a Dios para dejarnos transformar por su gracia

Génesis 28, 12- 22; Sal 90; Mateo 9,18-26
Cuando tenemos la certeza de que podemos conseguir algo no hay quien nos detenga, y sobre todo si la angustia es grande porque aquello que queremos remediar o conseguir afecta a la vida de alguien y mas si es un ser muy querido para nosotros. Nada ni nadie podía detener a aquel jefe de la sinagoga, cuya hija estaba en las últimas, si acaso no muerta ya.
Lo mismo podríamos decir de aquella mujer que para curar sus hemorragias se había gastado lo que tenía y lo que no tenía acudiendo a todos los médicos que pudieran curarla, pero que en lugar de curarse estaba cada vez peor. Quizá en su timidez no se atrevía a dar la cara para hacer su petición en medio de la gente, porque además aquel tipo de enfermedad era vergonzante para las mujeres y más en aquel contexto social e histórico.
Si Jairo se había postrado delante de todos para hacer su petición interrumpiendo incluso lo que Jesús estaba haciendo, aquella mujer había ido calladamente por detrás porque en su seguridad tenía la certeza de que solo era necesario tocar el manto. Ni en uno ni en otro podemos ver situaciones mágicas porque en uno y en otro se destaca la fe por encima de todo.
‘Tu fe te ha curado’ le dice Jesús a la mujer; ‘basta que tengas fe’, le dirá a Jairo cuando vienen a comunicar el fatal desenlace y que entonces ya no es necesario molestar al maestro. No quiere Jesús tampoco hacer espectáculo del milagro y cuando llega y se encuentra a todos llorando  - por allí andan ya las plañideras – dirá que no está muerta sino dormida y entrando solo con sus padres y tres de sus discípulos a donde estaba la niña, la toma de la mano y la entrega viva a su padre. Si antes se reían de Jesús ahora todo serán alabanzas haciendo que corriera la noticia por toda la comarca.
Esto nos plantea seriamente sobre la seguridad con que nosotros vivimos nuestra fe.  Es cierto que muchas veces damos la impresión de que todo el día le estamos pidiendo milagros al Señor en nuestras súplicas pero tenemos que analizar de verdad con qué seguridad confiamos en obtener lo que le pedimos al Señor. No puede ser, desde luego una fe mágica en la que parece que estamos esperando que el Señor nos toque con su varita mágica para que se realice todo aquello que le pedimos.
No podemos hacer supersticiosa nuestra fe, como tantas veces por ejemplo a través de las redes sociales nos llegan sugerencias de que recemos tal o cual oración, la enviemos a no se cuentas personas de nuestros amigos, y esa misma noche el milagro se realizará porque alcanzaremos todo aquello que estemos deseando dentro de nosotros.
Cuántas cadenas mágicas de oración nos llegan continuamente por las redes sociales para que hagamos unas determinadas cosas porque de lo contrario recibiríamos en castigo no sé cuantas cosas malas que caerían sobre nosotros. Y nos ponen como amenazas el testimonio del que hizo lo que se le decía y se multiplicaron sobre él no sé cuántas cosas buenas, y aquel que no lo hizo y se desentendió de aquella cadena le sucedieron no sé cuantas desgracias. ¿Es que ahora el medio de comunicarse el Señor con nosotros es a través de las redes sociales y ese es el camino de nuestra oración? ¿Ese es el nuevo camino del evangelio?
No es esa la fe y la confianza en su Palabra que el Señor nos está pidiendo. Ojalá tuviéramos la fe de Jairo o de la mujer de las hemorragias, para acudir con esa confianza al Señor. Pero es la fe que nos hace escuchar su Palabra y plantarla en lo más hondo de nuestro corazón para que como buena semilla germine y fructifique en nosotros dando señales por nuestra parte de una vida nueva, de una vida mejor y más santa.
El Señor quiere resucitarnos, es cierto, como a la hija de Jairo, o curarnos de nuestros males como a aquella mujer de evangelio. Es así como hemos de sentir que el Señor nos tiende su mano, deja que le toquemos su manto, y nos inunda con su gracia que nos transforma que nos hace sentirnos un hombre nuevo y renovado totalmente. Es la fe que nos transforma, nos resucita, nos cura, nos llena de nueva vida, porque nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en nosotros.