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sábado, 24 de marzo de 2018

Aprendamos a descubrir el designio de amor que Dios tiene sobre nosotros para saber dar en la vida una respuesta de amor


Aprendamos a descubrir el designio de amor que Dios tiene sobre nosotros para saber dar en la vida una respuesta de amor

 Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jr 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11,45-57

‘¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Las autoridades judías, los principales del pueblo, los miembros del Sanedrín, los fariseos andaban nerviosos. Les parecía que el tema se les escapaba de las manos y ya no sabían qué hacer con Jesús porque o se les escabullía cuando trataban de prenderle, o en su dialéctica se veían derrotados por la palabra de Jesús. No es solo el peligro de lo que pueda suceder en referencia a los romanos que dominaban en aquel territorio. Es algo mas y distinto. Malo es verse acorralado como una fiera asustada.
El Sumo Sacerdote les da a entender que no se enteran de nada. Hay que quitar a Jesús de en medio. Es mejor que muera uno por todo el pueblo. Allí están ellos con sus maquinaciones que tratan de llevar adelante. Pero si el Sumo Sacerdote les decía que no entendían nada, ni el mismo Sumo Sacerdote se enteraba de verdad de qué iba aquello. Porque no eran sus decisiones. Ya Jesús lo había anunciado y había subido libremente a Jerusalén por aquella Pascua. Detrás de todo está el designio de Dios.
¡Qué difícil nos resulta muchas veces primero descubrir y luego aceptar el designio de Dios! La voluntad y el designio de Dios están por encima de nuestras decisiones humanas. Y algunas veces parece que nos complica las cosas pero siempre el designio de Dios es un designio de amor y lo que Dios quiere es lo mejor para el hombre. Ahí está la gloria de Dios.
Nos sucede tantas veces en la vida. Vamos tomando decisiones, nos encontramos quizá envueltos en un mar de dudas, muchos interrogantes se nos pueden plantear en la vida, reflexionamos y queremos buscar lo mejor, tomar la mejor decisión, pero ¿contamos con Dios? Pareciera muchas veces en nuestra manera de actuar que no somos creyentes, que no ponemos nuestra confianza en Dios, que no creemos en la inspiración del Espíritu que se nos revela en el corazón. Tenemos que aprender a despertar nuestra fe, abrirnos a la trascendencia de Dios.
Volviendo al texto del evangelio que estamos comentando en las vísperas como estamos de entrar en la Semana que nos conduce a la celebración del misterio pascual. El Sumo Sacerdote ha tomado una decisión, que es cierto llevará a la muerte a Jesús. Pero ya el evangelista nos da una pista para nuestra reflexión. Estaba realizando un acto profético. Todo lo que va a suceder no es sino una consecuencia de aquello que ya se nos había dicho en este mismo evangelio de san Juan. ‘Tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único’. Aquí no se está manifestando otra cosa que el amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo, que quiere nuestra salvación, que va a ofrecer su sangre, su vida por nosotros y por todos los hombres para el perdón de nuestros pecados.
Es lo que tenemos que tener muy claro en nuestra mente y en nuestro corazón, siempre en toda nuestra vida, pero de una manera especial en estos días especiales que vamos a vivir y en que vamos a celebrar la muerte de Jesús. Es la ofrenda del amor. Es la señal del amor más grande. Es lo que de verdad debe conmover nuestro espíritu y despertarnos a una vida nueva. Es lo que tiene que conducirnos a la Pascua para con Cristo morir y con Cristo resucitar a nueva vida. Dispongámonos a vivir con intensidad estos días.



viernes, 23 de marzo de 2018

Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor


Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42

Si mal se siente uno cuando hace algo bueno y no hay nadie que se lo agradezca ni lo valore por aquello del amor propio que todos tenemos y que nos surge de forma violenta muchas veces dentro de nosotros, cuando más si encima somos perseguidos o  maltratados por aquello bueno que hemos hecho y por aquellos mismos que han sido beneficiarios de nuestra bondad.
Un torbellino se nos forma en nuestro interior con tentación de muchas reacciones no siempre muy buenas; una reacción fácil sería tirar la toalla, es decir, no seguir comportándonos de esa manera buena haciendo el bien a los que nos rodean, además de otras muchas reacciones que nos pudieran surgir de rechazo, de malquerencia, de resentimiento y hasta de odio.
Casi lo veríamos natural el que reaccionáramos así, pero según la madurez y seguridad que tengamos en la vida también podemos tener otras reacciones. Si hay unos principios en nuestra vida que nos impulsan a hacer siempre el bien sin mirar a quien, como suele decirse, si lo que queremos es sembrar la semilla del amor para hacer que nuestro mundo sea mejor, seguiremos sembrando la buena semilla con la esperanza de que poco a poco todo se pueda ir transformando, o al menos en algunos corazones.
Si tenemos claras nuestras metas y lo que queremos hacer en la vida,  no nos importarán esos desplantes, desprecios o el que ignoren lo bueno que nosotros vayamos haciendo. Nos sentiremos seguros de nosotros mismos para seguir haciendo el bien. Creo que sería una cosa buena que tenemos que aprender a hacer, teniendo ese dominio de  nosotros mismos para no dejarnos influir por lo negativo que veamos a nuestro alrededor.
Me surge esta reflexión que así en lo humano tendría mucho de positivo en nuestra vida pero desde la reacción que contemplamos en el evangelio de los judíos en contra de Jesús – en varias ocasiones vemos que quieren prenderle, tirarle piedras, o tirarlo por un barranco incluso en su propio pueblo – y la queja por así decirlo que hoy Jesús manifiesta ante ese trato de sus gentes.
‘Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?’, les dice Jesús. Lo tratan de blasfemo porque dice que hace las obras de Dios y porque se manifiesta como Hijo del Padre. Ellos no lo entienden, pero es que sus ojos están cegados para no reconocer las obras de Jesús.
Cuidado nos pase a nosotros algo así en nuestra relación con Dios, la religión o el ser cristiano. Cuidado que sea esa una reacción que tengamos algunas veces contra la Iglesia a la que pertenecemos. No sabemos descubrir las obras de Dios, no sabemos reconocer la obra de gracia que Dios realiza en nosotros y que nos llega a través de la Iglesia, o también a través de los demás que nos hacen cosas buenas. Somos fáciles para juzgar y para condenar porque muchas veces nuestros ojos están tan turbios que todo lo ven negro o solo saben ver y valorar las cosas negativas, que como humanos, podamos tener en la vida.
Igual que nos gustaría que nos valoraran lo bueno que nosotros hacemos, sabiendo también que somos imperfectos muy humanos y muy dados al error porque todos podemos tener debilidades y fallos, aprendamos a valorar lo bueno que hay en los demás, o, en este caso que estamos refiriéndonos también, en la Iglesia. Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor. Y sepamos también ser agradecidos.



jueves, 22 de marzo de 2018

Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.


Escuchemos y pongamos toda nuestra fe en esa Palabra de Jesús porque escucharle es ponernos en camino para vivir una vida nueva que dura para siempre

Génesis 17,3-9; Sal 104; Juan 8,51-59

Una palabra es algo más que un sonido gutural que brota de nuestra garganta. Una palabra dice, trasmite algo, comunica lo que de otra manera no seriamos capaces de expresar. Una palabra expresa una idea, un pensamiento, un sentimiento quizá también, algo que llevamos en nuestro interior y que queremos comunicar, compartir, hacer participe a nuestro interlocutor.
Hay palabras y palabras. Cuántas veces cuando escuchamos una palabra sentimos un aliento de vida en nuestro interior que nos levanta; cómo una palabra también puede hundirnos y llevarnos a sentimientos oscuros y tristes. Depende de lo que queremos comunicar, de los sentimientos que haya en quien nos trasmite la palabra o en nosotros que la recibimos.
No todos recibimos la misma palabra de la misma manera. Una palabra puede ser un rayo luminoso que nos abra a nuevos horizontes y nos puede trasmitir un aliento de vida. Cuántos se han puesto a caminar nuevos caminos en su vida tras una palabra que un día recibieron. Pero también podemos sentirnos heridos por una palabra que nos viene desde la arrogancia, la prepotencia y el orgullo, o desde la violencia.
Adquieren tantos matices las palabras que escuchamos y que podemos decir. Muchas cosas nos podríamos decir sobre cómo escucharlas y muchas cosas tendríamos también que tener en cuenta a la hora de pronunciar una palabra. Ojalá lo que trasmitamos siempre sean palabras de vida, de aliento, de esperanza, de consuelo. Hay demasiadas palabras tristes en la vida, muchas palabras de amargura y de muerte.
Hoy Jesús nos dice que quien escuche su Palabra no sabrá lo que es morir para siempre. Significa eso que su Palabra siempre es Palabra de vida, y no para vivir de una forma cualquiera, porque El ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, como se nos dirá en otro momento del evangelio. No entendieron o no quisieron entender los judíos lo que Jesús les decía. No creían en El. Es necesario creer en la Palabra, por algo ya desde el principio El nos dice que creamos en la Buena Noticia. La Palabra de Jesús es una Buena Noticia, una Buena Noticia para la vida.
Pero ya el evangelista al principio de su evangelio nos habla de la Palabra que estaba en dios desde toda la eternidad, la Palabra por la que fue hecho todo, la Palabra que era Luz y que era Vida. Pero también nos dice que hubo quien prefería las tinieblas a la luz; que la Luz quería brillar en medio de las tinieblas para iluminar a todo hombre, pero no la quisieron recibir. Pero también nos dice que a quienes la recibieron, quienes creyeron en la Palabra se llenaron de vida de tal manera que comenzaron a ser hijos de Dios.
Queremos recibir nosotros esa Palabra que es Luz y que es Vida. Queremos creer en esa Palabra dejándonos transformar por Ella para tener vida para siempre. Nos dice que quien cree en su Palabra no sabrá lo que es morir para siempre.
Jesús es esa Sabiduría de Dios, es la Palabra vida de Dios que se hizo hombre, que plantó su tienda entre nosotros, esa luz que nos ilumina, esa vida que nos resucita. Escuchemos y pongamos toda nuestra fe en esa Palabra de Jesús. No es un sonido cualquiera sino que es a Dios mismo que nos habla a quien vamos a escuchar. Sabemos que escucharle a El es ponernos en camino para vivir una vida nueva; escucharle a El es convertirnos también en trasmisores de esa Palabra para nuestros hermanos los hombres; escucharle a El es comulgar con El, comerle para tener vida para siempre y ser resucitados en el último día.



miércoles, 21 de marzo de 2018

Abramos nuestro espíritu a Jesús que llega a nuestra vida y nos hará libres de verdad y con El seremos capaces de superar todas esas cosas que nos atan en nuestro interior




Abramos nuestro espíritu a Jesús que llega a nuestra vida y nos hará libres de verdad y con El seremos capaces de superar todas esas cosas que nos atan en nuestro interior

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Salmo: Dn 3; Juan 8, 31-42

Cuando hablamos o pensamos en libertades o esclavitudes nos es fácil retrotraernos a otros tiempos, tiempos oscuros de la historia en que la esclavitud de las personas se veía como algo normal y hasta por el color de la piel se le mermaba la dignidad de las personas porque por su piel eran considerados como de un rango inferior. Esos oscuros tiempos han pasado aunque rebrotan por distintos lugares del mundo nuevas esclavitudes en las que se sigue manipulando de mil maneras a las personas y no se tiene en cuenta su dignidad.
Pero reflexionando sobre todo ello seguramente podemos llegar a la conclusión que esa falta de libertad o la esclavitud puede estar presente hasta en nuestra propia vida, en nuestro interior y en nuestra manera de proceder. Cuantas cosas en nuestra vida moderna nos esclavizan, de cuantas cosas dependemos de manera que si nos faltan parece que no pudiéramos ser felices, de cuantas cosas nos sentimos atados y nuestra voluntad se ve enajenada. A lo grande pensamos en grandes vicios, y hablamos que si la droga, que si la bebida, que si el sexo nos crean ataduras y dependencias y nos lamentamos con tantos que vemos en nuestro entorno que arruinan su vida por esos caminos.
Pero aun así pienso que podemos seguir ahondando más porque en muchas ocasiones nos falta esa libertad interior para llegar a lograr eso noble y digno que deseamos, pero nos falta voluntad, vivimos pendientes de los demás y de qué dirán, nos sentimos sin fuerzas para afrontar dificultades y también caemos por esas pendientes que nos llevan a dependencias y a falta de verdadera libertad.
Nos sentimos tantas veces confundidos y ofuscados por ideas o verdades que otros tratan de imponernos; no nos sentimos seguros de nosotros mismos y en muchas ocasiones no tenemos las ideas claras sobre lo que deseamos o por lo que luchar; recibimos mil influencias de todos los que quieren vender sus mercancías con promesas de felicidad y ya no son las cosas materiales sino esos distintos planteamientos o maneras de entender de la vida que cuando nos faltan unos principios de fondo en nuestra vida nos hacen dudar, nos llenan de confusiones, y no sabemos que camino tomar dejándonos llevar por el primero que aparezca o por el que nos parezca más fácil y menos costoso. ¿Estaremos siendo libres de verdad?
Yo simplemente ahora os ofrezco las palabras de Jesús que nos invita a seguir su camino y que quiere hacernos libres con la libertad mejor para nuestras vidas. Forma parte de mi fe y es lo que os ofrezco. ‘Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Jesús nos ofrece su Palabra y su salvación. El nos dirá que es el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nos señala que viéndole a El, siguiéndole a El iremos al Padre, conoceremos al Padre. Y ahora nos dice que con su verdad seremos libres.
Algunos no lo entienden, como no lo entendieron en su tiempo y vemos en el texto del evangelio de hoy que los judíos se lo discuten. Pero si en verdad nos convirtiéramos a esa Buena Nueva que nos anuncia y dejáramos que nuestro corazón se transforme entraríamos en esos caminos de felicidad que El nos ofrece. No dejemos que nunca el pecado y el mal dominen en nuestra vida. Cada uno conoce muy bien las ataduras que tiene en su interior.
Abramos nuestro espíritu a Jesús que llega a nuestra vida y nos hará libres de verdad. Con El seremos capaces de superar todas esas cosas que nos atan en nuestro interior, desde nuestros malos sentimientos como nuestras pasiones que nos desbordan; pongamos la pureza de Jesús en nuestro corazón y dejemos conducir por su gracia. El Espíritu de Jesús llenará nuestras vidas y nos hará libres de verdad.



martes, 20 de marzo de 2018

Sabemos de quien nos fiamos, en quien confiamos, cuales son los brazos de amor que nos está acogiendo y miramos al que está levantado en lo alto y ponemos toda nuestra fe en El


Sabemos de quien nos fiamos, en quien confiamos, cuales son los brazos de amor que nos está acogiendo y miramos al que está levantado en lo alto y ponemos toda nuestra fe en El

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30

‘Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.
La imagen del Hijo del Hombre levantado en lo alto se repite varias veces en labios de Jesús en el evangelio de san Juan. Ya había dicho que igual que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto así tendrá que ser levantado el Hijo del Hombre para encuentro la salvación quien crea en El. En otros momentos nos dirá que levantado en lo alto atraerá a todos hacia El. Ahora nos dice que conoceremos realmente quien es El.
El centurión dirá cuando acabe todo aquello que se había convertido en espectáculo para mucho que aquel hombre que había muerto en la cruz era inocente, era un hombre justo. Aunque pagano se le abrían los ojos a la fe. Pero ya sabemos como otros le desafiaban diciéndole que si era en verdad el Hijo de Dios que se bajara de la cruz para creer en El o ese Dios a quien llamaba su Padre lo salvara de aquel tormento.
Pero Jesús no se bajó de la cruz. Allí permaneció hasta entregar su ultimo suspiro poniendo su espíritu es manos de Dios. Es cierto que en Getsemaní había gritado al Padre para que pasara de él aquel cáliz tan duro de beber, pero por encima había prevalecido lo que era su deseo que era cumplir la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, clamaba allá en el huerto. Ya El había dicho que su alimento era hacer la voluntad del Padre y ansiosamente había deseado que llegara la hora de su glorificación que era la hora de su entrega de amor y de su muerte en la cruz.
‘No hago nada por mi cuenta, sino que hablo lo que el Padre me ha enseñado’, nos dice hoy. Por eso su confianza y aunque grite en la cruz ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ recogiendo el lamento de todos los que sufren y sus vidas se llenan de negruras y amarguras, continuando con ese mismo salmo que había iniciado allí en la cruz, en Dios ponía toda su confianza. ‘El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.
¿Será esa también nuestra confianza? ¿Así deseamos nosotros cumplir siempre la voluntad del Padre, aunque muchas veces se nos haga difícil y cuesta arriba el camino? Quizá también haya veces en el camino de la vida que  no quisiéramos que fuera tan oscuro o tan tortuoso. Se nos vuelve oscuro cuando somos tan autosuficientes que queremos hacer el camino a nuestro aire y llega un momento que no sabemos por donde vamos; se nos hace oscuro y tortuoso por no decir también tormentoso cuando nos aparecen las dificultades, los contratiempos, y cuando tenemos que caminar en medio del dolor y el sufrimiento.
Queremos también gritar ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’, pero tenemos que aprender a hacerlo como lo hizo Jesús en la cruz. Sabía que estaba en las manos del Padre, tenemos que aprender nosotros también de una vez por todas a confiar porque estamos en las manos del Padre y El no nos abandona a pesar de las oscuridades por las que pasemos en la vida.
Sabemos de quien nos fiamos, en quien confiamos, cuales son los brazos de amor que nos está acogiendo, que sentimos sobre los hombros de nuestra alta para alentarnos, y nos van llevando, nos van empujando suavemente para que nos perdamos el norte en el camino. Miramos al que está levantado en lo alto y ponemos toda nuestra fe en El.




lunes, 19 de marzo de 2018

Podrá aparecernos la figura de san José medio oculto entre una montaña de papeles de regalo pero con su silencio nos está dando un hermosa lección de espiritualidad



Podrá aparecernos la figura de san José medio oculto entre una montaña de papeles de regalo pero con su silencio nos está dando un hermosa lección de espiritualidad

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

A pesar de que todos sabemos muy bien que el día 19 de marzo es día de san José sin embargo hemos de reconocer que san José se nos pase un tanto desapercibido en este día. Son tantas las cosas de las que lo hemos rodeado que casi se quedará oculto en medio de tantas fiestas, aunque realmente esto era lo que él siempre quería.
Ahora serán otras las motivaciones, porque fiestas de fallas por un lado que con sus estruendos y fogonazos al final nos tenemos que preguntar que donde está escondido san José, o por otra parte que si el día del padre y sus regalos con lo que quedará enterrado quizá en medio de montañas de papel regalo u oculto detrás de cualquiera de todas esas cosas que con nuestro consumismo queremos en cierto modo empantanar esta fiesta y celebración. Acaso por aquello de la liturgia cuaresmal en la cercanía de la Pascua podemos encontrar un motivo más de ocultamiento. Detrás de todo eso ¿quien se va a fijar en San José?
Ya él pasa casi de puntillas por las páginas del evangelio y no le escucharemos pronunciar ni una sola palabra. Hombre bueno, nos dice el evangelio de él, lo vemos desposado con María y en medio de un mar de dudas y de problemas. Pero decirnos que es un hombre bueno y eso nos está diciendo muchas cosas de él que él  mismo no expresará con palabras sino con sus gestos y su manera de actuar.
Podremos admirarnos de su fe, porque siempre quería leer las señales de Dios en cuanto le acontecía y que tanto iba complicando su vida; podemos admirarnos de su equilibrio y serenidad afrontando problemas, tratando de resolver dudas o queriendo ir resolviendo cosas con la más absoluta discreción. Decide abandonar a María en secreto porque no entiende lo que sucede, pero a nadie quiere hacer daño.
Pero yo diría también que es el hombre del silencio. Ya hemos dicho que no le escuchamos pronunciar palabra. Es el silencio del hombre reflexivo que se piensa las cosas; es el silencio de quien sabe darle profundidad a su vida buscando las más profundas razones y queriendo encontrar las mejores soluciones que a nadie dañen. Es el silencio que nos manifiesta una espiritualidad grande porque nos está descubriendo a un hombre verdaderamente abierto a Dios y que si una palabra sabe decir es decir si a Dios en todo aquello que le va aconteciendo.
El hombre de profundas reflexiones y de espiritualidad grande no lo veremos nunca en medio de grandes gritos, sino que serán sus gestos los que hablen, las actitudes con las que se enfrenta a la vida las que nos hablen de esa reflexión y de esa espiritualidad. Es lo que contemplamos en José. El hombre que sabe decir Si a Dios en todo  momento, porque en todo momento estará abierto a lo que Dios le dice en su corazón; pero para escuchar lo que Dios nos dice en nuestro corazón no necesitamos gritos sino silencio porque es la mejor manera de encontrar la serenidad y la paz.
Hoy en la vida todo lo queremos hacer o manifestar con gritos y con palabras. Pero bien sabemos como muchas veces esas palabras saldrán airadas de nuestros labios que quizás puedan ocultar la soberbia del corazón. Apabullamos a los que están a nuestro lado con tanta palabra, hacemos que se pierda la verdadera sensibilidad de nuestro espíritu en medio de nuestros gritos violentos, y así nunca podremos sintonizar a Dios.
En el silencio lo escuchamos mejor y en el silencio de nuestra reflexión sentiremos la inspiración de Dios que no está invitando a cosas grandes, cosas grandes que sabremos hacer desde el silencio pero con la firmeza de quien está seguro de lo que Dios le pide y la misión que le confía.
Hermosa es la lección que en el silencio nos está dando san José en este día de su fiesta aunque parezca que pueda pasar desapercibido. Nunca san José pasó desapercibido por los grandes santos y los grandes maestros de nuestra espiritualidad. En san José encontraron el mejor aliado para aprender a saborear esa sabiduría de Dios.



domingo, 18 de marzo de 2018

Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando Jesús sea levantado en lo alto porque la gloria verdadera está en el amor, y la cruz es la prueba más sublime del amor



Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando Jesús sea levantado en lo alto porque la gloria verdadera está en el amor y la cruz es la prueba más sublime del amor

Jeremías 31, 31-34; Sal 50; Hebreos 55 7-9; Juan 12, 20-33

El grano de trigo no es para conservarlo permanentemente sin sacar ninguna utilidad de él; seria un grano infecundo que ni produciría una planta germinadora de nuevos frutos sin podríamos hacer de él blanca harina con la que confeccionaríamos sabroso pan que nos serviría de alimento. El trigo o lo plantamos en la tierra para que germinando, es cierto, desaparezca pero que hará surgir una nueva planta en la que se multiplicarían los granos en abundante cosecha, o lo trituramos en el molino para hacer la harina con la que confeccionar el pan de nuestro alimento.
Y hoy Jesús nos dice que El es ese grano de trigo que se tritura, que se entierra en lo hondo de la tierra, que es una manera de morir, para ser verdadero germen de vida que de fruto en nosotros. Es la prueba y es el signo del amor. Porque quien ama se entrega, se gasta y se desgasta por aquellos a los que ama. Porque amar no es buscar satisfacciones egoístas sino es volcarse por el amado. Y ya nos dirá Jesús que no hay amor más grande que el de aquel que es capaz de morir por el amado. No es el heroísmo casual de un momento, sino es el heroísmo del amar día a día dándose totalmente por los demás.
Y hoy Jesús nos dice que esa es su gloria. Llega la hora en que será glorificado el Hijo del hombre. Cuando escuchamos palabras así en nuestras interpretaciones humanas pensamos en la gloria de los triunfos, de las riquezas, de los honores o del poder. Pero la gloria del Señor se manifestará en todo su esplendor en lo que para los ojos del mundo pudiera parecer una contradicción o una paradoja. Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando sea levantado en lo alto, y está anunciando y refiriéndose a la cruz. Porque la gloria verdadera está en el amor, y la cruz es la prueba más sublime del amor.
No se oculta, sin embargo, que son momentos duros y difíciles. Lo que nos expresa aquí el evangelio de Juan tiene su paralelismo en lo que nos narran los sinópticos que fue la agonía de Getsemaní. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre’. También aquí sentirá Jesús el consuelo del Padre en la voz que se escucha desde el cielo. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Como el ángel de Getsemaní.
Momentos tensos pero momentos de gloria. Igual que nos narran los otros evangelistas la gloria del Tabor en la que se escucha desde el cielo la voz que le señala como el Hijo amado de Dios, ahora en las vísperas de la pasión, cuando ya estamos a punto de entrar en la semana de la pasión escuchamos nosotros también esta Palabra que nos hace mirar a lo alto para que también contemplemos la gloria del Señor. Necesitamos  no olvidar que a quien vamos a contemplar subir hasta lo alto de la cruz en el Calvario es nuestro Salvador y nuestro Redentor. Que acogiendo nosotros esa salvación que nos ofrece Jesús veremos en verdad la gloria del Señor.
Son las buenas actitudes con las que hemos de disponernos a vivir estos días que nos conducen a la Pascua. No podemos ser unos meros espectadores como muchos en las calles de Jerusalén que vieron pasar aquel cortejo y acaso simplemente les surgió una lágrima de compasión por aquellos condenados que iban al cadalso. Es algo más y alto distinto lo que nosotros tenemos que sentir porque tenemos que meternos de lleno en la Pascua de Jesús viviéndola en nosotros. Es la apertura a la gracia, es la disponibilidad de nuestro corazón a convertirnos de verdad al Señor, es el compromiso del amor para aprender a vivir un amor como el de Jesús, es el deseo de sentirnos transformados en esta Pascua para renacer con nueva vida con Cristo resucitado en la mañana de Pascua.
Pero yo diría que hay algo más. Es que tenemos que ser unos testigos de esa salvación, de esa vida nueva que en Jesús encontramos para también comunicarlo, llevarlo a los demás, o llevar a los demás al encuentro con Jesús. Hay un detalle hoy en el evangelio que no hemos dejar pasar desapercibido.
Ha comenzado el relato del evangelio de hoy diciéndonos que unos griegos fueron a decirle a Felipe que querían conocer a Jesús. Felipe cuenta con Andrés y ambos llevan a aquellos hombres hasta Jesús. En el mundo que nos rodea, y es ese mundo de nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo, habrá muchos que quizá están también con ese deseo de conocer a Jesús pero no hay nadie que los lleve hasta Jesús, nadie que les hable de Jesús.
Y ahí está nuestra tarea y nuestro compromiso, ahí está el testimonio que nosotros también hemos de dar. ¿Nuestra vida es realmente un signo que les hable a los demás de Jesús? Nos quejamos tantas veces que la gente ha perdido la fe, que ya la gente no es tan religiosa como antes, que muchos se han apartado de la Iglesia, de la religión, de la fe. Y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Qué signos somos para los demás? ¿Cómo les hablamos de Jesús o como hablamos a Jesús de ellos intercediendo para que a ellos llegue también la gracia del Señor? Puede ser un interrogante fuerte que se nos plantee en nuestra conciencia.



sábado, 17 de marzo de 2018

Sigamos nuestro camino de cuaresma queriendo sintonizar con el amor de Dios que se nos manifiesta tan palpablemente en el amor y la cercanía de Jesús


Sigamos nuestro camino de cuaresma queriendo sintonizar con el amor de Dios que se nos manifiesta tan palpablemente en el amor y la cercanía de Jesús

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’. Son los sencillos los que lo reconocen. Mientras los que se creen entendidos, los poderosos andarán con sus discusiones, sus elucubraciones, sus interpretaciones interesadas porque ellos son los que saben, ellos son los que pueden, qué van decir esos incultos que no entienden nada. Que si el Mesías no sabemos de donde viene, que a éste lo conocen bien, que nunca ha salido un profeta de Galilea, veinte mil cosas que se dicen y se razonan para si mismos porque no quieren aceptar la realidad.
Nos pasa en la vida tantas veces. Nos creemos poseedores de la verdad que hacemos nuestra y buscaremos mil razonamientos para convencernos y para querer convencer a los demás; pero aquí es el bosque enmarañado de cosas y razonamientos interesados el que no nos deja ver al auténtico árbol.
Nos pasa en las apreciaciones que nos hacemos de los demás; nos pasa en la manera de entender las cosas y la solución de los problemas que no queremos dar razón nunca al que consideramos un contrincante; nos pasa en nuestros afanes de grandeza y de poder donde siempre queremos quitar de en medio a quien nos pudiera hacer sombra y quizá no permitirnos alcanzar aquel puesto o aquella ganancia en lo que estamos tan interesados.
Así andaban ofuscados la gente principal e influyente entre los judíos, a quienes molestaba aquel nuevo sentido de las cosas que Jesús venia a descubrirles. Pero a los sencillos que no andan tan interesados en la vida por sus influencias y ganancias, se les da despertado una esperanza con las palabras, los anuncios y los signos que Jesús va realizando que en verdad puede comenzar un mundo nuevo.
‘Jamás nadie ha hablado como este hombre’, razonarán aquellos que fueron enviados a prender a Jesús y que vuelven con las manos vacías. No habían podido prenderle, porque ellos eran los primeros que se sentían cautivados por las palabras y los gestos de Jesús aunque esto pudiera costarles el puesto. Estaban dispuestos a todo y por eso vuelven sin haber cumplido la misión que les habían confiado. Pero es que no había llegado la hora de Jesús.
Es el Dios que se revela a los pequeños y a los sencillos; es el Dios a quien podemos alcanzar solo desde los caminos de la humildad y del amor. Los signos de la presencia de Dios en el mundo solo los podrán sintonizar los que sepan sintonizar con el amor, los que sean sensibles en la vida para las cosas buenas, los que tienen generosidad en su corazón, los que caminan caminos de sencillez y de humildad, los que saben hacerse pequeños por el Reino de los cielos.
Sigamos nuestro camino de cuaresma queriendo sintonizar con el amor de Dios que se nos manifiesta tan palpablemente en Jesús. Toda su vida es un signo del amor que Dios nos tiene. Entremos, pues, en esa sintonía de Dios para escucharle, para vivirle, para que haya verdadera pascua en nuestra vida, porque haya paso de Dios por nuestra vida con su amor y así  nos sintamos verdaderamente transformados. Aprenderemos así a mirar con ojos distintos a cuantos nos rodean y la vida misma.


viernes, 16 de marzo de 2018

Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor aunque nos cueste llegar a vivir la Pascua de Jesús


Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor aunque nos cueste llegar a vivir la Pascua de Jesús

Sabiduría 2,1ª.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
‘Intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora…’ Ha comenzado el acoso de Jesús, buscaban quitarlo de en medio; en las discusiones con Jesús no podían con El, pero para ellos Jesús era un problema. Maquinarán por un lado y por otro para quitarlo de en medio.
Pero la entrega de Jesús tenía otro sentido; no era que ellos lo entregaran aunque eso fuera lo que hicieran, sino que la entrega era del propio Jesús. Libremente había subido a Jerusalén porque sabia que se acercaba la hora de la entrega. Era conciente de ello y así lo había anunciado a los discípulos una y otra vez. El nos dirá que libremente entrega su vida que nadie se la arrebata. Pero aun no había llegado su hora.
Así había dicho allá en Caná cuando lo de las bodas y el agua convertida en vino para salvar la situación de aquel joven matrimonio. En otros momentos veremos también que no ha llegado su hora y se les escabulle de las manos. Pero cuando llegue el momento de la Pascua, de su Pascua, ya nos dirá el evangelista que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y se comenzaran entonces a desarrollar todos los gestos y todos los actos que lo conducen a la pasión, a la entrega, a la muerte en la cruz por nosotros.
Vendrán también momentos de angustia como le sucederá en Getsemaní pidiendo incluso al Padre que pase aquella hora, pero siempre dispuesto a que se cumpla por encima de todo la voluntad del Padre; libremente saldrá al encuentro de aquellos que le buscan. Dirá entonces que ha llegado el momento, que ha llegado la hora. No querrá incluso que sus discípulos lo defienden con la violencia. Es una entrega de paz, es una entrega de amor. En el momento final dirá ‘todo está cumplido’, había llegado la hora y en las manos del Padre pondrá su espíritu.
Contemplamos y vivimos. Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor. Nos cuesta, es cierto. Porque no es un amor cualquiera. Es la entrega hasta el final consciente de todo lo que significa esa entrega. Por eso cuando nos lo pensamos bien, nosotros también algunas veces sentimos miedo. Porque sabemos que el amor nos compromete y cuando comenzamos ese camino de amor somos conscientes de que tenemos que comenzar a olvidarnos de nosotros mismos y que tenemos que llegar hasta el final.
También como Jesús algunas veces gritamos, que pase este cáliz, que pase esta hora, y parece que nos sentimos sin fuerzas. Pero el ángel del Señor estará con nosotros, la fuerza de su Espíritu no nos faltará. Sentimos miedo, no queremos ser el hazmerreír de la gente que no entiende de nuestra entrega, tendremos que hacer gestos y signos que los que nos rodean no nos entenderán, tendrá que haber también un despojo de nosotros mismos y hay muchos apegos en nuestro corazón de los que nos cuesta arrancarnos.
Pero es el camino de Jesús y ha de ser también el camino del cristiano. Es nuestra Pascua que es unirnos a la Pascua de Jesús. Y tendremos que estar dispuestos para cuando llegue la hora, para estar atentos al momento y no nos coja desprevenidos. Cuando nos cuesta todo esto. Tenemos que pensárnoslo muy bien. Tenemos que abrir nuestro corazón a la fuerza y a la gracia del Señor porque de lo contrario no podremos vivir nuestra entrega, nuestra Pascua. Sigamos haciendo el camino en esta cuaresma con toda intensidad, libertad y amor.



jueves, 15 de marzo de 2018

Queremos escuchar a Dios y queremos llenaros de su luz y de su vida y acudimos con fe y humildad a la Escritura santa




Queremos escuchar a Dios y queremos llenaros de su luz y de su vida y acudimos con fe y humildad a la Escritura santa

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47

‘La Palabra era la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo hombre, vino a los suyos pero los suyos no la recibieron…’ Así ya desde el principio del evangelio de san Juan se nos refleja cual es la acogida que hacemos de Jesús, que hacemos de la luz y de la vida.
Es lo que se nos va presentando a lo largo de todo el evangelio. Al principio de la actividad pública de Jesús en Galilea se recordaban aquellas palabras del profeta que hablaban de que al pueblo que andaba en tinieblas le apareció una luz grande. Así entre resplandores de gloria también el evangelista nos habla del nacimiento de Jesús. Y los humildes y los sencillos lo acogieron. ‘Nadie ha hablado como El’, decían. Se maravillaban de sus palabras, de sus signos y querían seguirle.
Pero  no todos lo seguían. Había quienes estaban al acecho; quienes filtraban sus palabras y andaban con preguntas capciosas a ver como podía cogerle con sus palabras; quienes en su interior lo despreciaba y se oponían y hasta llegaban a decir que sus obras eran las obras del príncipe de las tinieblas. Era la hora de la confusión y del rechazo. Ya proféticamente el anciano Simeón había dicho que sería signo de contradicción, pero que ante su presencia habían de decantarse los malos y los buenos.
Son las diatribas que de manera especial iremos escuchando en estos últimos días de la cuaresma que nos preparan para la pasión y para la pascua. Jesús trata de hacerles comprender a los judíos – y cuando emplea Juan la palabra judíos en este caso se está refiriendo a los principales del pueblo, sus autoridades religiosas y magisteriales – de quien realmente era El.
El texto del evangelio de hoy nos recuerda cómo había venido Juan para preparar los caminos del Señor y lo había señalado como el Ungido de Dios, por todas aquellas manifestaciones de las que el bautista había sido testigo. Pero Jesús les dice que le crean por sus obras, que son las obras de Dios, que son las obras del Padre que se manifiestan en Jesús. Por eso, como nos dice, el Padre es quien con sus obras da testimonio de Jesús.
El es el anunciado por las Escrituras, por los profetas; en El tienen cumplimiento todas las profecías. Pero algunas veces nos cegamos ante la luz y la rechazamos, preferimos las tinieblas. ‘Estudias las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mi, y no venís a mi para encontrar vida’, les dice. Nos cegamos ante la luz y no queremos ver.
Todo esto tiene que hacernos reflexionar sobre la fe que nosotros tenemos y vivimos. Tenemos igualmente el peligro de cegarnos en muchas ocasiones. Y acudimos también a las Escrituras – cada semana y cada día se nos proclama la Palabra de Dios – pero no llegamos a entender, no llegamos a llevar ese mensaje a la vida.
Depende de la actitud con que vayamos a la Biblia. No vamos como unos eruditos que queremos aprender y quienes queremos disfrutar con una buena literatura, no dejando de reconocer que nos contienen paginas maravillosas; no vamos a buscar explicaciones o simples razonamientos aunque también los podamos encontrar; tenemos que ir a buscar vida, sintiendo que ahí el Señor quiere hablarnos. Es el espíritu de fe con que tenemos que acercarnos siempre a la Escritura Santa. Queremos escuchar a Dios y queremos llenaros de su luz y de su vida.
Este tiempo de cuaresma que estamos recorriendo ha sido y es un tiempo propicio para acercarnos a la Palabra de Dios, que es acercarnos a Jesús y a su vida. Con esa profunda humildad y con una grande fe tenemos que escuchar esa Palabra sintiendo que es Dios quien nos habla y si abrimos el corazón seguramente que esa semilla caerá en nosotros y dará frutos de vida. Intensifiquemos en estos días de cuaresma que nos quedan hasta la Pascua ese encuentro con la Palabra de Dios. Que  no se diga que la luz vino a nuestro encuentro y nosotros no la recibimos.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Creemos en Jesús, ponemos toda nuestra fe en El y escuchamos su Palabra, creemos que es el enviado del Padre y estamos llamados a la vida eterna


Creemos en Jesús, ponemos toda nuestra fe en El y escuchamos su Palabra, creemos que es el enviado del Padre y estamos llamados a la vida eterna

Isaías 49,8-15; Sal. 103; Juan 5, 17-30

Nos vamos ya acercando a la celebración del misterio pascual. Emprendimos un camino el miércoles de ceniza que quería ser peregrinación que nos preparara y nos purificara para llegar a vivir con intensidad la Pascua de Jesús que es, ha de ser también nuestra Pascua. Es un sentir ese paso de Dios por nuestra vida que nos renueva, nos purifica, nos llena de nueva vida. Y esto hay que hacerlo con intensidad.
No será semana santa así porque sí, porque toca, porque llega el tiempo y así nos lo ofrece la liturgia; no es semana santa porque queramos hacer una serie de actos piadosos y asistir a unas celebraciones. Si a esa semana la llamamos santa es porque algo grande vamos a vivir, y no es otra cosa que sentir ese paso salvador de Dios por nosotros, en nosotros, cuando conmemoramos la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
Pero la conmemoración no es solo un recuerdo, no son solo unos actos piadosos; la conmemoración tiene que ser un revivir en nosotros esa gracia salvadora que en Jesús llega a nuestra vida y a nuestro mundo. Pero no entrará nadie a nuestra casa si no le abrimos la puerta. No sentiremos ese paso salvador de Dios en nosotros si no abrimos nuestro corazón, si no disponemos nuestra vida para esa renovación salvadora. Y no es solo buena voluntad, es la disponibilidad real que tiene que haber en nuestra vida.
Para eso nos hemos ido preparando durante este camino cuaresmal que estamos haciendo. Esa apertura de nuestro corazón cada día a la Palabra de Dios hecha con verdadera sinceridad nos transforma. No nos quedamos impasibles ante toda esa riqueza de gracia que cada día se nos ofrece. Vamos dando respuestas, algunas veces tímidamente y hasta con miedo, pero con decisión queremos seguir adelante, queremos seguir siendo esa tierra preparada para esa semilla que se va sembrando en nosotros.
Por eso todo lo que nos va ofreciendo la cuaresma es como una gran catequesis que nos ayuda a descubrir el misterio de Dios, que nos ayuda a escuchar su palabra y ponerla por obra, que nos ayuda en esa renovación de nuestra vida. Así habrá Pascua.
Ante la grandeza del misterio que vamos a celebrar, ante lo fuerte que va a ser para nuestro espíritu la contemplación de la pasión y muerte de Jesús hemos de ir por delante con unas certezas de fe. El dolor y el sufrimiento de Jesús no nos pueden escandalizar porque estamos contemplando todo el misterio de amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús.
No simplemente vamos a contemplar la crueldad del sufrimiento en la cruz, sino que vamos a contemplar la maravilla del amor que se da hasta el final, el mayor amor, el amor más grande de quien es capaz de dar la vida por sus hermanos. Pero es además que no vamos a contemplar simplemente a un hombre que sufre sino que ese hombre es al mismo tiempo el Hijo de Dios. Con lo que ese amor, esa entrega, ese dolor y esa muerte tienen el valor infinito de la Redención.
Por eso en el evangelio en estos días vamos a escuchar con insistencia, en las discusiones que Jesús mantiene con los judíos en este relato del evangelio de Juan que principalmente se nos va a ir presentando, cómo Jesús nos manifiesta su unión con el Padre para ser verdaderamente el Hijo de Dios. Es el mensaje fundamental que escuchamos en el texto de hoy.
Por eso nos dirá: ‘Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida’. Creemos en Jesús, ponemos toda nuestra fe en El y escuchamos su Palabra, creemos que es el enviado del Padre y estamos llamados a la vida eterna. Esa fe en Jesús, una fe viva y que envuelve toda nuestra vida, nos llena de salvación; ‘ha pasado ya de la muerte a la vida’, que nos dice. Avivemos, pues, nuestra fe y llenémonos de su salvación.



martes, 13 de marzo de 2018

Vamos en la vida demasiadas veces creando soledades en nuestro entorno cuando no somos capaces de tener en cuenta a los otros y ayudarles a levantarse


Vamos en la vida demasiadas veces creando soledades en nuestro entorno cuando no somos capaces de tener en cuenta a los otros y ayudarles a levantarse

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16

‘Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado’. ¿Cuáles serian los sentimientos que podían anidarse en aquel corazón que se sentía incapacitado e imposibilitado en muchos sentidos?
Era su invalidez, no podía moverse, estaba postrado en una camilla con la esperanza, es cierto, de que un día milagrosamente podría curarse. Pero era algo más lo que le dolía en su corazón, era su soledad. No podía moverse, pero no tenía a nadie que le ayudara. Era quizá lo que más le doliera en el corazón.
Duro tiene que ser verse así solo sin que nadie te eche una mano; que pasen por tu lado y aunque sientan compasión traten de disimularlo y vuelvan el rostro para otro lado; que no te valoren ni te tengan en cuenta; que quizás, sea por lo que sea que has llegado a la situación en la que te encuentras, te miren quizás como un maldito, con quien no se pude uno mezclar, te ignoren o pasen de ti porque ya no vales, porque no cabes en los parámetros que nos hemos creado los hombres para aceptar o no aceptar a una persona.
No tengo quien me ayude… son tantos los que caminan por la vida o lo vemos arrinconados en los arrabales de nuestros caminos, los que van sin rumbo de un lado para otro sin que encuentren una luz que les oriente, una palabra que les aliente, una mirada con la que se sienten mirados y valorados. No tienen quien les ayude… no es una limosna o una ayuda material, es la consideración de la persona, es el que te tengan en cuenta, es el que se sepa descubrir que también tienes unos valores y unas posibilidades.
Este detenerse de Jesús junto a aquel hombre ignorado y olvidado nos hace pensar en muchas cosas. La presencia de Jesús junto a aquel hombre le hace comenzar a valorarse porque alguien se interesa por él; la presencia de Jesús le hará sentir de nuevo fuerzas en sus piernas para caminar, para cargar con su camilla y volver a los suyos donde de nuevo será valorado, pero más en su espíritu para emprender una vida nueva. El milagro de Jesús va más allá de lo que pudieran hacer aquellas aguas porque la curación de verdad del hombre viene de Jesús.
Y Jesús viene a nuestro encuentro para que nos curemos, para que valoremos todo lo que podemos hacer, para que recobremos de nuevo nuestra dignidad que ha de pasar también por la aceptación de los demás, por la valoración que nosotros seamos capaces de hacer de los demás, por la mano que nosotros seamos capaces de tender al otro que camina a nuestro lado y en el que quizá no nos habíamos fijado.
Creo que es un hermoso mensaje que nos deja hoy el evangelio. Jesús que nos cura de nuestras soledades y de nuestras angustias, de nuestra impotencia o de nuestra incapacidad para hacer las cosas buenas que tenemos que hacer. Pero Jesús que nos cura de algo más, nos cura y nos sana para que aprendamos a tener unas actitudes nuevas con los demás. Vamos en la vida demasiadas veces creando soledades en nuestro entorno cuando no somos capaces de tener en cuenta a los otros. Tenemos que saber ir y meternos en el rebullicio de las gentes que nos rodean que quizás vemos tan naturales pero que encierran muchas angustias en su corazón. Y en el nombre de Jesús podemos sanar si aprendemos a actuar a la manera de Jesús.
Tenemos que aprender también a decir ‘levántate, toma tu camilla y echa a andar’.



lunes, 12 de marzo de 2018

Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir


Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir

Isaías 65,17-21; Sal. 29; Juan 4,43-54

‘Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’.
En la vida continuamente tenemos que estar enfrentándonos a una multitud de problemas. Y no el menor de ellos el dolor y la enfermedad. No solo cuando personalmente nos vemos afectados por alguna enfermedad, por el dolor de algún miembro de nuestro cuerpo del que nos cuesta liberarnos, o cuando nos vemos sometidos a la invalidez y la discusión de algún miembro del cuerpo como consecuencia de un accidente que hayamos sufrido o alguna enfermedad grave que hayamos padecido, sino cuando esto tenemos que sufrirlo en un ser querido que está a nuestro cuidado ya sea por el paso de los años o los sufrimientos de la vida. ¿Cómo nos enfrentamos a ello? ¿Cuál es nuestra manera de reaccionar?
Tenemos el peligro de refugiarnos en la pasividad o como dicen algunos el destino porque esto me tocó a mi y pacientemente lo sufrimos aguantándonos como podamos; aparece en muchas ocasiones la desesperación, la pérdida de la esperanza que nos llena de amargura nuestro corazón y que no solo nos hará sufrir a nosotros sino que hará sufrir mucho más a los que están a nuestro lado. O tratamos de ser positivos en la vida para luchar y buscar por todos los medios la solución de esos problemas encontrando remedio de la forma que sea para nuestro dolor, nuestra enfermedad o nuestras discapacidad.
Siempre buscamos un sentido aunque algunas veces se nos haga tan oscuro que no seamos capaces de encontrarlo. Queremos no perder la esperanza y al mismo tiempo reconociendo la limitación que de alguna manera se nos impone tratamos de encontrar una fuerza, aunque también con humildad seremos capaces de pedir ayuda para lo que no podemos hacer por nosotros mismos. En esa misma debilidad podremos ser capaces de sentirnos fuertes o encontrar la fuerza para mantener el ánimo y darle un valor y sentido a lo que tenemos que vivir.
No es fácil todo esto que estamos diciendo. Aparece muchas veces la depresión y nos sentimos tentados a tirar la toalla. Necesitamos también encontrar a nuestro lado ejemplos que nos estimulen, palabras que nos den ánimos, metas por las que cada día luchar un poco para ir subiendo peldaños en ese camino de la vida que por el sufrimiento se nos puede hacer muy duro.
Allá en lo más profundo de nosotros mismos queremos mantenernos firmes, no perder la esperanza, y encontrar un sentido desde esa fe que tenemos.  Fe, es cierto, en nosotros mismos que somos capaces de levantar vuelo aunque sea difícil, pero también una fe sobrenatural que nos haga mirar a lo alto o a lo mas hondo de nosotros donde podemos encontrarnos con Dios. Tenemos que intentar buscarle y escucharle, sentir su presencia que nos da fuerza, pero al mismo tiempo mirar a su Hijo en la cruz también en medio de sufrimientos como nosotros que lo convirtieron en Redentor.
Hoy hemos visto en el evangelio a un hombre, que además era pagano, era un funcionario real, pero que en el problema de enfermedad que tiene en su casa, ha oído hablar de Jesús y acude a Jesús. Básicamente va pidiendo la curación del enfermo, pero en su encuentro con Jesús encontró algo más, porque su fe se vio fortalecida para confiar en la palabra de Jesús. No bajó Jesús a su casa para curar al enfermo, pero estuvo al lado de aquel hombre que sufría y le hizo creer y no perder la esperanza iluminando su vida a un sentido nuevo y a un valor nuevo. Su hijo se vería curado, pero quien realmente se curó fue él y toda su familia porque comenzaron a creer y confiar plenamente en Jesús.
¿No será algo así lo que nosotros necesitemos cuando nos veamos enfrentados al dolor, al sufrimiento, a la enfermedad o a la discapacidad de nuestros miembros? Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir.




domingo, 11 de marzo de 2018

Mirando a lo alto de la cruz de Jesús afinemos bien la cuerda de nuestro amor para que esté siempre en la sintonía del amor misericordioso de Dios


Mirando a lo alto de la cruz de Jesús afinemos bien la cuerda de nuestro amor para que esté siempre en la sintonía del amor misericordioso de Dios

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Sal 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

Da la impresión de que no estuviéramos suficientemente convencidos; nuestra vida seria otra, otra forma de actuar, otro sentido de vivir, otros sentimientos en nuestro corazón, otro compromiso en la vida.
Nos lo sabemos pero como algo que aprendimos de memoria pero que no terminamos de asimilar para la vida. ¿Nos faltará una verdadera experiencia de amor? Creer en Dios y creer en su amor no solo cuestión de ideas y de razonamientos, necesitamos vivencias, necesitamos la experiencia en nuestra vida de lo que es ese amor de Dios que nos llena con su presencia y esa experiencia de la presencia de Dios en nosotros que nos inunda con su amor. No es solo necesario que nos digan que Dios nos ama, sino que desde la experiencia de nuestra vida con sus luces y con sus sombras hayamos sentimos ese amor y esa presencia.
Ese amor y esa presencia que se hace viva en nosotros por Jesucristo. Es la prueba del amor de Dios; es la manifestación del amor que Dios nos tiene. Es lo que hoy nos repite de una forma y otra la Palabra que escuchamos en este cuarto domingo de Cuaresma. Necesitamos mirar a lo alto y necesitamos mirar hacia la cruz. Hasta aquel pagano que era el centurión encargado de cumplir la sentencia de Pilatos mirando hacia quien estaba en la cruz terminó por reconocer la grandeza del amor de Jesús.
Hoy nos ha dicho el evangelio que ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’. Moisés había levantado en el desierto un estandarte con una serpiente de bronce para que mirándola reconociesen su pecado pero al mismo tiempo sintieran el amor de Dios que les perdonaba una y otra vez en tantas veces que se habían rebelado contra El en el desierto. Era un signo que les recordaba su pecado, pero les hacia comprender lo que era el amor de Dios por su pueblo. Así eran curados los mordidos por serpiente; así experimentaban en su vida ese amor de Dios que les curaba, en adelante habían de ser fieles al Dios de la Alianza para siempre.
Pues así nos lo recuerda el evangelio. Jesús sería levantado en lo alto también, para que en El descubramos el amor de Dios que en su misericordia tiene piedad de nuestra miseria y nuestro pecado. En la contemplación de Jesús hemos de experimentar nosotros ese amor que nos hace creer y creer para siempre, creer para tener vida eterna. Es el juicio de amor de Dios que nos salva, porque ‘Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El’. Si así nos sentimos salvados ¿terminaremos de una vez por todos de creernos todo lo que es el amor que Dios nos tiene?
Por eso nos dirá tajantemente el evangelio: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna’. Así es el amor de Dios. Así es el amor que se da, que se olvida de si, que busca siempre el bien, que ofrece salvación.
¿Merecemos ese amor? Es un regalo de Dios. Es lo que luego reflexionaría san Pablo en la carta a los Efesios. ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él’.
Fijémonos como nos dice que ‘estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir en Cristo’. Ya nos dirá también san Juan en sus cartas que el amor de Dios es primero. No que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero y así nos creó, y así nos envió a su Hijo que daría la vida por nosotros. Miramos a lo alto de la cruz, como recordábamos. Es gracia, es don gratuito, es regalo de Dios, de su amor generoso para con nosotros. Es Dios, que es rico en misericordia.
Por eso, como decíamos, es necesario mirarnos a nosotros mismos que nos sentimos pecadores, para comprender la grandeza del amor de Dios. ‘Por el gran amor con que nos amó’. Sintámoslo hondamente en nosotros y aprendamos a amar así. Por eso decía que si estamos convencidos porque lo experimentamos en nosotros nuestra manera de actuar será distinta, nuestra manera de amar tendrá otros matices.
No nos vale decir a los cristianos que amamos a los que nos aman, que somos amigos de nuestros amigos. Eso lo hace cualquiera. Nuestro amor tiene que tener otra amplitud, otra universalidad. No esperamos a que nos amen para nosotros amar. Es que entonces no nos diferenciaríamos de los demás. Y nuestro amor tiene que ser distinto.
Por eso seremos capaces de regalar el perdón, eso que nos cuesta tanto, y hasta de rezar por nuestros enemigos y por los que nos hayan dañado o hecho mal. Esa cuerda de nuestro amor tiene que estar bien afinada en la sintonía de Dios. Y porque no lo cuidamos suena tan mal en tantas ocasiones la sinfonía de nuestra vida cristiana. No olvidemos que Jesús en la cruz nos está dando el tono para que afinemos bien la cuerda de nuestro amor.