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sábado, 23 de abril de 2016

En Jesús contemplamos el rostro misericordioso de Dios que llena de paz nuestro corazón

En Jesús contemplamos el rostro misericordioso de Dios que llena de paz nuestro corazón

Hechos 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces…?’ Fue la queja de Jesús a Felipe y en consecuencia al resto de los apóstoles ante las preguntas que le hacían porque no terminaban de comprender lo que les estaba diciendo.
Nos cuesta conocer a las personas, aunque pensemos que ya las conocemos; nos cuesta introducirnos de verdad en el misterio de la persona y no quedarnos en detalles, en superficialidades, en cosas externas por las que fácilmente juzgamos y hasta tantas veces condenamos. Por supuesto me atrevería a decir que cada persona es un misterio, porque encierra en si misma muchas cosas que no siempre somos capaces de percibir. Conocer el pensamiento o el interior de la persona no podemos llegar a él si la persona no se nos comunica, abre su interior. Pero una mirada atenta a la persona, fijándonos bien en su trayectoria, siguiendo atentamente sus palabras y lo que va manifestando de si misma nos ayudará a comprender, a ir penetrando en ese misterio, como decíamos, de la persona, para no quedarnos en superficialidades, que nos lleven a ese juicio temerario, a la murmuración o a la critica a lo que nos sentimos tantas veces tentados.
¿Será acaso una queja que Jesús también nos haga a nosotros? ¿Le conocemos de verdad? Hemos venido reflexionando mucho sobre esto. Porque hay ocasiones en que por nuestras actitudes y comportamientos, o incluso por la manera de mantener nuestra relación con Dios, da la apariencia de que aun no terminamos de conocer plenamente a Jesús. Y es que conocer a Jesús nos llevará a conocer a Dios; en Jesús se nos revela todo el misterio de Dios. Por eso decimos en nuestro lenguaje teológico que es el Verbo, la Palabra del Padre que se nos revela.
Necesitamos de verdad escuchar a Jesús, su Palabra, su revelación de Dios. Y es algo que muchas veces nos cuesta porque nos distraen tantos ruidos de nuestro mundo. Hoy nos dice: ‘Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Es de donde surge la petición de Felipe: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’. A lo que Jesús le terminará respondiendo, tras su queja, ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre’.
Jesús nos manifiesta con su persona, con su vida, con sus palabras y gestos el rostro misericordioso y lleno de amor de Dios. Ahí tenemos sus parábolas, como aquella parábola tan hermosa y que tantas veces hemos meditado que nos manifiesta al padre compasivo y misericordioso siempre dispuesto a acoger al hijo pródigo que se ha marchado de la casa. Es el rostro de Dios.
Ahí tenemos también sus gestos, su cercanía con los pobres, con los niños, con los que sufren, con los pecadores. El no viene a condenar porque nos está manifestando al Padre misericordioso siempre dispuesto a perdonar. Y acoge a los pecadores y come con ellos, y siempre tendrá la palabra oportuna para salvar a la persona como cuando llega ante El la mujer pecadora, y estará dispuesto incluso a disculpar para ofrecer el perdón – ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’o para abrir las puertas de la salvación eterna al pecador arrepentido que le reconoce como el Señor y el Salvador – ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’ –.
Qué gozo y que paz podemos sentir en nuestro corazón; somos pecadores pero tenemos la certeza de los brazos amorosos del padre que nos acoge y nos perdona y nos llena de vida. Es la maravillosa revelación de amor que nos hace Jesús.

viernes, 22 de abril de 2016

El camino de la vida se nos puede llenar de dudas y de preguntas pero será siempre un camino de pascua, un camino desde la fe hecho al paso de Dios


El camino de la vida se nos puede llenar de dudas y de preguntas pero será siempre un camino de pascua, un camino desde la fe hecho al paso de Dios

Hechos 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí’. Andaban inquietos los discípulos en la noche de la cena. Muchos signos extraordinarios se habían sucedido a lo largo de aquella cena que tenía que estar llena de alegría como eran siempre para los judíos la celebración de la pascua. Pero las palabras de Jesús hacían barruntar algo que ellos, a pesar de tantos anuncios que Jesús había realizado, seguían sin comprender. Las palabras de Jesús tratan de infundir calma en sus corazones invitándoles a poner toda su confianza en El, a poner toda su fe en Dios, porque era la pascua, el paso definitivo de Dios en sus vidas y en la historia.
Andamos inquietos también muchas veces ante cosas que nos desconciertan. Y cuando nos sentimos así parece que el mundo tiembla bajo nuestros pies. Contratiempos en los problemas que cada día nos van apareciendo, situaciones difíciles de las que no sabemos cómo salir, enfermedades que nos hacen sufrir ya sea porque nos afecten a nuestra propia salud o porque veamos enfermar a los que queremos y están a nuestro lado quizás con enfermedades incurables que les aboquen a la muerte, acontecimientos extraordinarios que se suceden en la sociedad que no llegamos a entender, catástrofes naturales que siegan la vida de tantos y que llenan de dolor a poblaciones enteras…
Parece que nos llenamos de dudas ante las cosas que nos suceden o lo que contemplamos en nuestro entorno y nos surgen muchas preguntas desde lo hondo del corazón. Miremos simplemente lo que cada día sucede en nuestro entorno, o las calamidades que se suceden unas tras otras en el hoy de nuestra historia. Podríamos recordar muchas cosas y hacer una lectura de nuestra historia.
 Pero escuchemos la palabra de Jesús: ‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí’. Jesús nos invita a hacer otra mirada distinta sobre la vida y sobre todo eso que nos sucede. Jesús nos invita a levantar la mirada hacia lo alto con otras metas distintas y más sublimes. Jesús nos invita a una trascendencia de nuestra vida que no se termina en el hoy que ahora vivimos y que puede concluir en la muerte.
Nos habla Jesús de su vuelta al Padre pero de que quiere que estemos con El para siempre. Jesús nos habla de otras estancias en las que podremos encontrar una vida superior y donde ya no habrá muerte ni luto ni dolor.
Los discípulos no entienden, quieren buscar caminos y no saben por donde encontrarlos. Pero Jesús les dice que El es el Camino, que El es la Verdad plena y absoluta, que El es la Vida que dura para siempre. Jesús les está enseñando que no han de hacer otra cosa que seguirle a El, poner toda su fe en El y hacer su mismo camino.
Será un camino de pascua, pero que es un camino que conduce a la vida. Es un camino que haremos al paso de Dios. Y el paso de Dios está también ahí en nuestros sufrimientos, en nuestras dudas e incertidumbres, en nuestros miedos y desánimos,  en esos problemas que nos aparecen cada día o en esos sufrimientos, los propios o los de los que están en nuestro entorno. Y si lo hacemos al paso de Dios todo eso nos llevará a la vida. Se nos puede hacer duro y nos costará muchas veces entender haciendo que surjan preguntas dolorosas en nuestro interior. Pero pongamos nuestra fe en el Señor y todo se llenará de luz y de vida. 

jueves, 21 de abril de 2016

En cuántas cosas concretas de la vida hemos de traducir ese amor que arde nuestro corazón, encendido en el fuego del amor divino

En cuántas cosas concretas de la vida hemos de traducir ese amor que arde nuestro corazón, encendido en el fuego del amor divino

Hechos 13,13-25; Sal 88;  Juan 13,16-20

Con toda seguridad todos tenemos la experiencia de aquellos tiempos de nuestros estudios, ya fuera en la escuela elemental, en los estudios secundarios o acaso en los superiores si llegamos a ellos, de un maestro – y empleo esta palabra ‘maestro’, no profesor con toda razón – que dejó huella en nosotros; no solo se preocupaba profesionalmente de enseñarnos cosas, de enseñarnos la materia correspondiente, sino que realmente nos enseñaba para la vida; de ahí sus sabios consejos, sus reflexiones que nos hacían pensar, aquellos pensamientos que dejaban huellas en nosotros y sentaban principios en nuestra vida.
Ya no era solamente lo que nos hacia reflexionar, sino que por la rectitud de su vida actuando según sus principios se convertía para nosotros en ejemplo que de alguna manera deseábamos imitar; por eso decía, no solo profesor, sino maestro del que queríamos ser sus discípulos, porque realmente nos sentíamos impulsados a seguir sus pasos, a imitarle. Dichosos si tuvimos un maestro así al que estaremos eternamente agradecidos y de alguna manera vaya como homenaje.
A Jesús en el evangelio lo llamaban el Maestro; así lo escuchamos en labios de los discípulos más cercanos, como veremos también que es la sensación que tienen aquellas multitudes que acudían de todas partes para escucharle. Es el Maestro que nos enseña, a quien tenemos que escuchar y a quien tenemos que seguir. Por eso a aquellos que acudían a él para escucharle y que estaban con El los llamamos discípulos. El discípulo es el que sigue los pasos de su maestro, no solo lo escucha, sino que lo imita. Somos discípulos de Jesús porque escuchamos a Jesús pero porque seguimos a Jesús.
En la cena, cuando Jesús se despojó de su manto y se puso a lavarles los pies los discípulos escandalizados pensaban que eso no era la tarea de su maestro; por eso cuando Jesús termina les dice ‘me llamáis el Maestro y el Señor, y en verdad lo soy; pero esto que he hecho con vosotros tenéis que hacerlo los unos a los otros…’ Es el Maestro que enseña con sus gestos, con su vida, con su acción. Muchas veces había día que había que hacerse el ultimo y el servidor de todos, ahí, en la cena lo contemplamos haciéndose el último, haciendo el servidor de todos.  ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Es lo que nos está pidiendo Jesús. 
Es en lo que hoy Jesús quiere insistir. No nos podemos creer mayores ni mejores que nuestro Maestro y Señor, sino que como El hemos de sabernos hacer los últimos, los servidores de todos. No nos tiene que dar vergüenza el servir; es nuestro orgullo el ser servidor de todos, el prestar siempre con total disponibilidad servicio a los demás. Así haremos creíble el mensaje cristiano porque no enseñamos doctrinas, sino que trasmitimos vida a través de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestras acciones, de nuestro espíritu de servicio.
Seremos en verdad discípulos, seguidores de Jesús porque haremos lo mismo que hizo Jesús. En cuantas cosas concretas de la vida hemos de traducir ese amor que arde nuestro corazón, encendido en el fuego del amor divino.

miércoles, 20 de abril de 2016

No rechacemos la luz, no nos apartemos del camino de la fe, busquemos de verdad a Jesús queriendo conocerle más y más iluminándonos con su luz para tener vida

No rechacemos la luz, no nos apartemos del camino de la fe, busquemos de verdad a Jesús queriendo conocerle más y más iluminándonos con su luz para tener vida

Hechos 12, 24-13, 5; Sal 66; Juan 12, 44-50

Tener a nuestro alcance la luz, y preferir hacer el camino a oscuras no nos parece lo más sensato. No tiene sentido el que pudiendo llevar una luz en nuestra mano nos introduzcamos en un lugar oscuro, ya sea un camino, ya sea un lugar cerrado, y vayamos tropezando con todo lo que nos encontremos, con el peligro incluso de hacernos daño, por no querer tomar esa luz.
Quizá en la materialidad de esos hechos no lo hagamos y ya procuraremos alumbrarnos debidamente para introducirnos en un lugar oscuro y que no conocemos, pero hay muchas facetas en la vida en la que sí ponemos en riesgo de peligro nuestro ser más profundo por rechazar la luz que se nos pueda ofrecer. Es el que rechaza un sabio consejo de un amigo previniéndonos contra algunos peligros que nos podamos encontrar en la vida; es el que rechaza la posibilidad de unos mejores conocimientos, no aprovechando quizá unos estudios, que nos darían una mayor estabilidad en la vida o unas mejores posibilidades de crecimiento como persona. Pero es también el que se cierra a la luz de la fe que nos podría llevar por caminos de una mayor plenitud.
Es el que se niega a creer en el orgullo de su autosuficiencia que cree que por si mismo encontrará el pleno sentido de su vida, o el que se reduce a una fe pobre y descafeinada que se contenta con lo de siempre esto ha sido así, pero no es capaz de avanzar, profundizar en ese conocimiento de Dios quizá por un temor a que le pueda llevar a unos nuevos compromisos en su vida.
La fe tiene que ser algo vital en nosotros, algo vivo que realmente nos haga crecer espiritualmente y como personas, por eso el verdadero creyente está siempre en deseos de querer conocer más y más a Jesús y a su evangelio para tratar de impregnarse profundamente del sentido que Cristo quiere dar a nuestra vida. La fe no se puede quedar en un barniz exterior que un día se puede diluir y perder todo su color; la fe no puede ser como un vestido o un disfraz que nos ponemos en ocasiones, pero que en el resto de la vida actuamos como si la fe no nos afectara en absoluto; la fe tiene que ser algo profundo en nosotros porque en fin de cuentas será un llenarnos de Dios que es el que verdaderamente dará plenitud de sentido a nuestra existencia.
‘Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’, nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio. Todo es una invitación a escuchar a Jesús porque es escuchar a Dios, conocer a Dios, vivir a Dios. ‘El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado…  Por tanto, lo que yo hablo lo hablo como me ha encargado el Padre’. Es lo que escuchábamos desde la voz del cielo en el Tabor: ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadle’.
No rechacemos la luz, no nos apartemos del camino de la fe, busquemos de verdad a Jesús queriendo conocerle más y más. Dejémonos iluminar por su luz porque así tendremos vida, una vida que nos conducirá a la plenitud del sentido de nuestra existencia.

martes, 19 de abril de 2016

Recordar la historia de amor de Dios en mi vida es hacer una profesión de fe y una protesta de amor para escucharle y seguirle siempre

Recordar la historia de amor de Dios en mi vida es hacer una profesión de fe y una protesta de amor para escucharle y seguirle siempre

Hechos  11,19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30
‘¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Es, por así decirlo, la eterna pregunta. ‘¿Quién eres tú?’ Lo conocían, sabían de sus obras, escuchaban sus enseñanzas, se entusiasmaban con los signos y milagros que realizaba, pero seguían con la inquietud de la duda en su interior. ¿Sería o no sería el Mesías prometido? No cuadraba en muchas cosas con lo que ellos habían imaginado que sería el Mesías, por las deducciones que hacían de lo anunciado por los profetas. En las palabras proféticas no terminaban de descifrar en su sentido las señales con las que se anunciaba su venido; por eso seguían ahora en su confusión y seguían preguntando. ‘Dínoslo francamente’, le decían.
Como nos sucede a nosotros en tantas cosas, en tantas circunstancias. Ya sea en nuestra relación con los demás, a los que creemos que conocemos pero nos sorprenden en muchas ocasiones; como nos sucede de cara a nosotros mismos que muchas veces quizá parece que no sabemos lo que queremos; como nos sucede con los principios que son como soporte de nuestra vida, en lo que nos entran dudas en algunos momentos cuando vemos el actuar de otras personas, cuando nos presentan otras maneras de ver las cosas y nos ponemos de alguna manera críticos ante todo.
Nos sucede en nuestra vida cristiana, en nuestro seguimiento de Jesús donde también nos hacemos preguntas, nos cuestionamos si en verdad lo que vivimos es el evangelio y nos hacemos muchas revisiones, que también nos son necesarias.
El evangelio insiste en el mensaje que hemos venido escuchando estos últimos días. Con Jesús nos sentimos seguros porque El es en verdad el Buen Pastor de nuestras vidas. ‘Somos suyos y el rebaño que El guía’, como hemos meditado estos días con los salmos. Somos del Señor, somos su rebaño, le conocemos y El nos conoce. Queremos escucharle y seguirle. Ha de ser nuestro propósito. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.
No nos podemos sentir confundidos. Y no nos sentimos confundidos cuando nos sentimos amados. Es la experiencia más hermosa, reconocer el amor y la misericordia del Señor en nuestra vida. Cuando uno se siente amado se siente en verdad seguro y nada le confundirá. Tenemos que revivir continuamente en nosotros esos momentos en que de manera especial hemos experimentado el amor del Señor.
La historia de la salvación no es otra cosa que un ir recordando esa historia de amor de Dios para con su pueblo. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia de la salvación, esa historia del amor de Dios en nuestra vida cuando tantas veces nos hemos sentido perdonados, cuando tantas veces hemos sentido su protección y hemos experimentado con su evangelio ha sido luz en nuestra vida en las circunstancias concretas que hayamos vivido. Recordar esa propia historia de salvación es como hacer una profesión de fe y una profesión de amor que nos hará sentirnos fuertes y seguros en el Señor.



lunes, 18 de abril de 2016

No están reñidas nuestra autonomía personal y nuestra fe porque siguiendo a Jesús, nuestro Buen Pastor, encontraremos la mayor grandeza y dignidad

No están reñidas nuestra autonomía personal y nuestra fe porque siguiendo a Jesús, nuestro Buen Pastor, encontraremos la mayor grandeza y dignidad

Hechos 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10

Toda persona aspira a tener su autonomía personal y el irlo logrando forma parte de ese crecimiento y maduración de la personalidad de cada uno; es tener nuestro pensamiento, el saber caminar por la vida tomando sus decisiones personales con total libertad, sentirse libre y nunca coaccionado por nada ni por nadie, tener sus propias metas e ideales, tener voluntad para hacer su propio camino.
Pero esa autonomía y libertad con que vivamos nuestra vida no significa que en el fondo queramos tener unas seguridades, tener alguien que camine a nuestro lado y sea como un estimulo que nos fortalezca interiormente, y también al mismo tiempo querer aprender de quien en verdad puede ser algo más que acompañante porque sea guía y luz de nuestra vida. Todo eso desde una decisión personal por nuestra parte y desde ese deseo de encontrar ese camino recto para nuestra vida. Aún con nuestra autonomía sabemos que necesitamos esa luz, esa guía, esa fortaleza interior, ese estimulo para nuestro caminar, ese alguien que nos señale claramente esas metas altas a las que hemos de aspirar y por las que luchar.
Alguien quizá cuando le hablan de la fe y de seguir un camino desde lo que Jesús en el evangelio nos señala piensa que eso puede coartar su libertad y su autonomía en una confusión quizá de lo que es el sentido de una verdadera fe. Es cierto que es un don sobrenatural, y por eso nos sobrepasa por así decirlo, pero la fe nunca va a restar nuestra libertad pero nuestra respuesta, - y la fe es también una respuesta por nuestra parte -, la realizamos con total libertad. No está reñida nuestra autonomía personal con nuestra fe, porque la ve nos ayudará precisamente a descubrir la verdadera grandeza y dignidad del hombre. Además recordemos que Jesús nos dirá que el que le sigue encuentra la verdadera libertad, porque precisamente nos va a liberar de tantas ataduras interiores y exteriores que son las que verdaderamente nos esclavizan. ‘La verdad os hará libres’, nos dice y El es esa Verdad plena y total para nuestra vida.
Decir que Jesús es el Buen Pastor y nosotros somos su rebaño, no significa que seamos unos borregos que ciegamente sigamos a Jesús. La imagen del pastor nos habla de mansedumbre y de amor, de preocupación por sus ovejas y del cuidado que de ellas tiene el pastor buscando para ellas los mejores pastos; decir que somos el rebaño que sigue a Jesús significan que en El hemos encontrado ese amor que nos motiva a seguirle porque en El encontramos ese verdadero sentido de nuestra vida y siempre su voz nos va a conducir a lo mejor, a la mayor plenitud de nuestra vida. Para el verdadero creyente es un gozo, el mayor de su vida, el seguir al Buen Pastor, seguir el camino de Jesús.
Hoy en el evangelio Jesús nos habla de cómo en El vamos a encontrar esa plenitud, que es lo que El quiere para nosotros. Le seguimos y escuchamos su voz y lo hacemos con total libertad desde lo hondo del corazón porque en El encontramos lo que en verdad da el mayor sentido y valor a nuestra vida. Por eso nos dice: Yo soy la puerta: quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos…  Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’.
Busquemos a Jesús, queramos en verdad escucharle, hagámonos verdaderos discípulos siguiendo sus pasos y caminos y alcanzaremos la mayor plenitud de nuestro ser.

domingo, 17 de abril de 2016

Que aprendamos en verdad a escuchar la voz del Señor para seguirle porque somos su pueblo, el rebaño que El apacienta

Que aprendamos en verdad a escuchar la voz del Señor para seguirle porque somos su pueblo, el rebaño que El apacienta

Hechos 13, 14. 43–52; Sal 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30
El salmo que hoy nos ofrece la liturgia es toda una invitación a la alegría, al júbilo, a aclamar al Señor con todo nuestro corazón y nuestra vida. ‘¡Aclamad al Señor, habitantes de toda la tierra, servid al Señor con alegría, entrad ante El con cánticos de júbilo!’, nos invita. Y no es para menos. Seguimos viviendo la alegría de la Pascua, seguimos proclamando a Cristo resucitado. No lo podemos olvidar.
Es una alegría expansiva, no se puede quedar en nosotros, se extiende y se contagia a todos. Así tendría que ser siempre la alegría que vivimos los cristianos, aunque algunas veces no lo sabemos expresar. No siempre somos capaces de dar los síntomas de esa alegría que tenemos que llevar dentro y envolver toda nuestra vida. Y no es para menos cuando nos sentimos amados del Señor.
Como sigue diciendo el salmo ‘sabed que el Señor es Dios, que El nos hizo y suyos somos, su pueblo y ovejas de su rebaño que él apacienta’. Cuando hemos contemplado en la celebración de la Pascua, en el triduo pascual, la entrega de Jesús hasta la muerte por nosotros para darnos vida, para resucitarnos con El, esto lo tenemos que ver bien claro. ‘Porque el Señor es bueno y su amor es eterno, su fidelidad permanece de generación en generación’, continuamos diciendo con el salmista. Cuánto tenemos que considera esa bondad del Señor y su fidelidad. ‘Permanece de generación en generación’, nos dice, porque nos ama aunque nosotros no le hayamos amado.
‘Su pueblo y ovejas de su rebaño, ovejas que Él apacienta’. Este cuarto domingo de pascua es llamado el domingo del Buen Pastor, por el tema que se nos ofrece en el evangelio. El texto que se nos ofrece en este ciclo es breve, pero conectamos perfectamente con los textos paralelos que se nos ofrecen en los otros ciclos y todo lo que Jesús nos dice en este sentido en el evangelio.
‘Mis ovejas escucharán mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna y no perecerán para siempre…’ nos dice Jesús en el evangelio. Qué relación más hermosa podemos establecer con el Señor, Pastor de nuestras vidas. Escuchamos su voz, le seguimos, y el Señor nos conoce – y podríamos decir por nuestro nombre – y nos ama hasta el punto de inundarnos de su vida. Expresa el amor del Señor por nosotros, pero quiere expresar cómo nosotros hemos de responder. Escucharle y seguirle.
Escucharle es prestar atención. Podemos oír muchas voces, como oímos muchos ruidos, pero no queremos distraernos y escuchamos con atención. Es entrar en nosotros mismos en un silencio interior para poder escuchar la voz del Señor. Es prestar atención solo a su voz que es la que nos guía, la que en verdad va a iluminar nuestra vida. Es la actitud permanente de escucha y contemplación que siempre ha de tener un cristiano. No podemos en verdad llamarnos cristianos porque seamos verdaderamente discípulos para seguirle si no escuchamos, si no contemplamos de verdad desde lo más hondo de nosotros mismos esa voz, esa Palabra del Señor.
El cristiano tiene que verdaderamente un hombre de oración, de contemplación, de escucha. Cuánto nos cuesta porque como decíamos hay muchas voces, muchos ruidos que nos distraen, muchos cantos de sirena que quieren atraernos por otros derroteros y por otros caminos. Es esa oración que cada día, y si queremos en cada momento, hemos de saber hacer, no como un acto rutinario, sino como un verdadero encuentro para escuchar. Es esa oración que no se reduce a decir cosas, a pedir cosas, aunque mucho sea lo que tenemos que pedir, sino que hace silencio para escuchar.
Es la postura de oración, la actitud de escucha y contemplación que hemos de tener ante la Palabra de Dios. Esa palabra que sí podemos escuchar individualmente en cualquier momento, pero que tiene una relevancia especial cuando es proclamada en la celebración. Es la actitud que en uno y en otro momento hemos de tener. Es una lástima que  muchas veces en nuestras celebraciones no le demos la importancia debida a ese momento de la proclamación de la Palabra que tendría que ir acompañada por nuestra parte por ese silencio para la verdadera acogida, para poder escucharla de verdad y rumiarla gozándonos en ella en nuestro interior, de la misma manera que ha de ser el ambiente que en la celebración se ha de crear para que esto sea así.
A muchas más consideraciones nos tendría que llevar esta escucha de la Palabra. Como María hemos de saber plantarla en nuestro corazón para que dé fruto. Escuchan su voz y le siguen. Ser verdaderos discípulos que seguimos el camino de Cristo. Es el Pastor que nos guía, que va delante de nosotros, que nos ofrece pastos de vida eterna, y que nos busca cuando andamos perdidos.
No quiero terminar esta reflexión sin una ultima palabra que haga referencia a cómo en este día hemos de orar por nuestros pastores, que en nombre del Señor pastorean el pueblo de Dios, y orar por las vocaciones a la vida sacerdotal y a la vida religiosa. Hoy es la jornada mundial de oración por las vocaciones. Pidamos al Señor que envíe abundantes y santos pastores para el pueblo de Dios.

sábado, 16 de abril de 2016

La Palabra de Cristo es nuestra vida y El se hace Eucaristía, alimento y viático de nuestro caminar para que nada nos haga vacilar

La Palabra de Cristo es nuestra vida y El se hace Eucaristía, alimento y viático de nuestro caminar para que nada nos haga vacilar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

‘¿Esto os hace vacilar?’, les pregunta Jesús viendo que muchos discípulos lo criticaban por lo que les acababa de decir y muchos ya desde entonces lo abandonaron y no quisieron ir más con él; por eso les pregunta también al grupo de los Doce ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’
Dudan, no terminan de entender sus palabras que les parecen duras, les entra el desaliento porque no era quizá lo que esperaban. Tras momentos de euforia y entusiasmo – allá en el descampado hasta habían querido hacerlo rey – vienen los momentos de la desilusión, del enfriamiento del entusiasmo, de comenzar a ver que las cosas no son como las imaginamos, se vislumbran las dificultades y que la lucha puede ser ardua.
Nos pasa a todos. Tenemos nuestros altibajos, como se suele decir. Y cualquier cosa quizá que nos pueda contrariar nos enfría los entusiasmos y tenemos la tentación del abandono, de la huida porque quizá nos parece lo más fácil. Es en muchos aspectos; en el campo de nuestras responsabilidades; cuando adquirimos unos compromisos concretos con los que estábamos entusiasmados; cuando nos sentimos fracasados quizá en nuestros propósitos o en nuestros ideales; cuando se nos hace difícil y pesada la tarea, por ejemplo, en los padres de la educación de los hijos con tantas cosas enfrente con que nos encontramos que influyen en ellos; cuando los derroteros de la sociedad no van por lo que a nosotros nos hubiera gustado y hay muchas ideologías o muchas formas de pensar; en el compromiso de nuestra vida cristiana de cada día. Cada uno vemos nuestros desalientos, nuestras tentaciones al abandono.
Los discípulos se quedan dudando ante las preguntas de Jesús. ‘¿Esto os hace vacilar? ¿También vosotros queréis marcharos?’ Pero allí está Pedro con sus impulsos de amor. Quizá él tampoco termine de comprender las palabras de Jesús, pero un día se había decidido a seguirle dejándolo todo, cuando sintió además su pequeñez y su pobreza, su debilidad y lo que él consideraba su indignidad, y ahora estaba dispuesto también a estar con Jesús, fuera como fuera. Además la Palabra de Jesús le llegaba dentro. Ahora mismo el Maestro había dicho ‘mis palabras son espíritu y vida’, ¿cómo había de responder él? ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’.
Es el impulso de fe y de amor que no nos puede faltar. Dudamos, tenemos miedos, nos acobardamos, nos cuesta seguir adelante en la vida, se nos hace difícil la lucha, pero sabemos de quien nos fiamos, sabemos en quien confiamos. Tiene que crecer continuamente nuestra fe y nuestra confianza. Podemos porque el Señor está con nosotros. Mantenemos firmes nuestra fe porque en su Palabra encontramos vida. Seguimos adelante en la lucha de nuestra vida cristiana porque sabemos muy bien que El es nuestro alimento y nuestra fuerza. Para eso se ha hecho Eucaristía, Pan de vida eterna, alimento y fuerza de nuestra vida. 

viernes, 15 de abril de 2016

Comulgar, comer a Cristo es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre

Comulgar, comer a Cristo es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre

Hechos  9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’,  se preguntaban los judíos. No entendían las palabras de Jesús. Como dirán luego esta doctrina es dura y difícil. Pero de alguna manera es la pregunta que se pueden hacer tantos en nuestro entorno. Seamos sinceros con nosotros mismos. ¿De verdad todos los que a nuestro alrededor se llaman incluso cristianos y católicos creen que comemos a Cristo cuando comulgamos, en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía? Reconozcamos que para muchos es simplemente un rito pero no es nunca esa presencia real y verdadera del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Pero vayamos a las palabras de Jesús y del evangelio. Jesús les había hablado de que El era el verdadero Pan bajado del cielo y que quien lo coma tendrá vida para siempre. Había terminado diciéndoles ‘y el pan que yo os daré es mi carne, para la vida del mundo’. Fue entonces la reacción de los que le escuchaban.
Es algo que tenemos que comprender muy bien. Hemos venido diciendo con las palabras de Jesús que El es nuestra verdadera vida, la verdad que da sentido a nuestro ser y nuestro vivir y cómo hemos de poner toda nuestra fe en El. Y poner nuestra fe en Jesús no es algo teórico o meramente intelectual, sino que tiene que hacerse verdaderamente vital en nosotros. Es asumir su vida, llenarnos de su verdad para que sea nuestra única verdad. Su camino es nuestro el único camino que nos conducirá a la plenitud. Por eso nos dice que así tendremos vida para siempre.
Cuando nos alimentamos ese alimento que comemos se transforma en nosotros en esa energía que nos da vida, que nos mantiene la vida; es el alimento el que se transforma para nuestro vivir. Pero cuando comemos a Cristo, nos alimentamos de Cristo, Pan de Vida, quienes se transforman somos nosotros. Comemos a Cristo y nos transformamos en Cristo para vivir su misma vida.
Por eso nos dirá Jesús hoy, ‘el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en él’. Vivimos en Cristo porque es su vida la que ya vivimos. ‘El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre’.
Son hermosas estas palabras de Jesús. No creemos en El y le mantenemos aparte de nuestra vida; cuando creemos en El y le comemos, El viene a habitar en nosotros, nosotros habitamos en El. ¿Queremos más hermosa comunión? Y quien vive en Dios, quien vive en Cristo ya no sabe lo que es morir, porque Cristo vive para siempre y nosotros estamos participando de su vida.
Unión maravillosa la que podemos vivir en Cristo. Así tenemos que pensar que sentido más hondo tenemos que darle a nuestras comuniones. Comulgar, comer a Cristo no es cualquier cosa, porque es vivir su vida, es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre. De ahí entonces la fuerza que recibimos, la gracia como decimos, que nos hará mantenernos fieles en nuestras luchas, que nos hará seguir fielmente su camino, que nos ayudará a superar el mal para vivir siempre en su gracia, en su amistad, en su vida.
Qué lástima que no vivamos siempre así nuestras comuniones, todo el misterio de la Eucaristía. Qué lástima que haya tantos que no hayan llegado a comprender plenamente, como reconocíamos al principio, todo el misterio de amor que es la Eucaristía.

jueves, 14 de abril de 2016

Comer a Jesús que es llenarnos de su vida… es encontrar todo lo que verdaderamente nos va a dar plenitud… vivir los valores nuevos del Reino… llenarnos de vida para siempre

Comer a Jesús que es llenarnos de su vida… es encontrar todo lo que verdaderamente nos va a dar plenitud… vivir los valores nuevos del Reino… llenarnos de vida para siempre

Hechos 8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51

Todos queremos la vida; todos queremos vivir, y vivir de la mejor forma, y que no se nos acabe la vida. ¿No es cierto que de algún modo temamos la muerte? ¿No es cierto que todos deseamos una vida plena y feliz y que no se acabe? Aunque luego muchas veces no seamos capaces de buscar lo que da verdadera plenitud y felicidad; son las tentaciones que tenemos, y quizá nos apegamos a lo que no es tan importante, lo que realmente no nos da una felicidad plena. Pero deseamos en el fondo darle una verdadera trascendencia a nuestra vida, tenemos ansias de algo que en verdad nos llene para siempre, cuando andamos en medio de tantas cosas efímeras y caducas tras las que se nos va el corazón aunque al final nos demos cuenta que eso no merecía la pena.
La fe levanta nuestro espíritu; la fe nos hace vislumbrar eso que da verdadera plenitud al hombre; la fe le da alas al espíritu y nos hace soñar con cosas grandes; la fe nos ayuda a descubrir que esos sueños son posibles, porque pone metas altas en nuestra vida, nos hace encontrar los verdaderos valores que en verdad nos llenen por dentro. No podemos ver la fe como algo que coarte nuestra libertad, ponga límites a nuestra vida, sino todo lo contrario, porque la fe nos abre a cosas grandes. La fe no son limitaciones, sino apertura a la verdadera y más grandiosa libertad.
Es lo que nos ofrece Jesús. Pero tenemos que escucharle, saber escucharle con un corazón liberado, con un corazón que sea capaz de soñar y de abrirse a cosas grandes. Escucharle sin predisposiciones previas – valga la redundancia – con una apertura grande a esa novedad que quiere ofrecernos Jesús para nuestra vida. Muchas veces tenemos el peligro o la tentación de escuchar a Jesús con ideas preconcebidas. Tenemos que abrirnos a lo nuevo y descubriremos por qué caminos más hermosos nos hace transitar Jesús cuando en verdad ponemos fe en El y en su palabra.
Una necesaria apertura y sabernos dejar guiar. Hoy nos ha dicho ‘Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado’. Es el Espíritu divino el que nos conducirá a Jesús y nos hará comprender bien las palabras de Jesús. Y nos promete que cuando ponemos nuestra fe en El nos dará vida para siempre. ‘Y yo lo resucitaré el último día’. 
Nos promete Jesús un alimento que nos haga tener esa vida para siempre. No es un alimento cualquiera. Siguiendo con la comparación de lo que antes los judíos le habían dicho que Moisés les había dado un pan del cielo allá en el desierto, ahora les explica Jesús cual es ese verdadero pan del cielo.  ‘Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’.
El nos va a ofrecer ese pan de vida y de vida eterna. El nos va a ofrecer el verdadero pan bajado del cielo que es El mismo. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo para que el hombre coma de él y no muera…’ les dice.  ‘Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Tenemos que comer a Jesús y tendremos vida para siempre. Comer a Jesús que es llenarnos de su vida; comer a Jesús que es encontrar todo eso que verdaderamente nos va a dar plenitud; comer a Jesús que es vivir esos valores que El nos enseña que constituyen el Reino de Dios; comer a Jesús que es vivir su evangelio, esa Buena Nueva de salvación que nos anuncia y nos regala; comer a Jesús nos llena de la vida que dura para siempre.
Cuando sacramentalmente comemos a Jesús, comulgamos, es todo esto lo que estamos comiendo, comulgando, para llenarnos de su vida, para vivir para siempre. Tendremos vida nosotros y estaremos así también dando vida al mundo.


miércoles, 13 de abril de 2016

Nos ofrece Jesús el Pan de vida eterna que nos saciará para siempre y dará plenitud de sentido a cuanto hacemos y vivimos

Nos ofrece Jesús el Pan de vida eterna que nos saciará para siempre y dará plenitud de sentido a cuanto hacemos y vivimos

Hechos 8, l-8; Sal 65; Juan 6, 35-40

Hay panes que por mucho que comamos no nos sentimos saciados nunca. Claro que podemos entender esto que estoy diciendo y no refiriéndonos simplemente al pan o la comida material. Hablar aquí y ahora de pan es referirnos a tantas propuestas que se nos ofrecen de un lado y de otro, tantos caminos que nos dicen que nos conducen a la felicidad, tantas ideas o pensamientos que se nos ofrecen como la ultima solución a todos los problemas. No todo nos satisface por muy adornado que se nos presente. Tantas cosas que son efímeras y caducas cuando en el fondo de nosotros mismos ansiamos algo que nos llene de plenitud. ¿Dónde podemos encontrarlo? ¿Quién nos puede ofrecer realmente algo que dé plenitud a nuestra vida?
Hoy Jesús en el evangelio nos dice que El sí puede darnos un pan que nos sacie plenamente. Los judíos que le escuchaban y que había comido en la tarde anterior aquel pan multiplicado milagrosamente allá en el descampado, como se habían visto sin panes, estaban pidiéndole que les diera siempre de ese pan. ¿Así no tendrían que trabajar porque ya tenían resuelto el tema de la comida para siempre? Pero no era eso precisamente lo que Jesús quería ofrecerles.
Aquello sucedido en el desierto era una señal, un signo de lo nuevo que Jesús quería ofrecernos para su vida. En verdad Jesús sí quiere llenar nuestra vida de plenitud. Para eso se nos ofrece El mismo, comerle a El era en verdad aceptarle y creer en El, comerle a El era en verdad llenarnos del sentido de su vida que nos introduciría por caminos nuevos de resurrección y de vida para siempre, comerle a El era llenarnos de su vida.
Solemos decir que comulgamos con alguien cuando estamos totalmente de acuerdo con él, con sus ideas y su pensamiento, con su manera de actuar y de hacer las cosas, con el sentido que él le da a su vida. Cristo nos invita a que le comamos porque para eso El se hace pan de vida, para que comiéndole no tengamos hambre nunca más, para que comiéndole y llenándonos de su vida tengamos vida para siempre, para que comiéndole ya para siempre nuestro vivir sea el de Cristo, nuestro pensamiento, nuestro actuar, nuestra manera de ser esté ya para siempre empapado del sentido de Cristo.
Escuchemos directamente las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘o soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed…’ Nos pide Jesús que creamos en El, que pongamos toda nuestra fe El, nos confiemos de su Palabra y actuemos en consecuencia. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’, nos viene a decir.
Busquemos a Jesús porque en verdad queremos vivirle; busquemos a Jesús y que cada día lo conozcamos más, nos impregnemos de su palabra; busquemos a Jesús para caminar a su paso, para realizar sus mismas obras, para tener la certeza de que en El tendremos vida para siempre. En El nunca nos sentiremos defraudados. Comiendo de su pan nos sentiremos en verdad saciados para siempre porque nos llenamos de vida eterna. 

martes, 12 de abril de 2016

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Hechos 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35

¿Y por qué vamos a creer en ti? Algo así es lo que le responden a Jesús los judíos allá en Cafarnaún. Como nos sucede a nosotros en tantas ocasiones. Alguien quiere convencernos de algo de lo que nosotros no estamos muy seguros o no vemos claro, y de alguna manera así respondemos también. Queremos razones que nos convenzan sobre todo cuando se nos presentan ideas que parece que pueden cambiar nuestra manera de ver las cosas, o cuando estamos muy aferrados a lo que siempre hemos pensado o es nuestra propia tradición.
Jesús venía proponiéndoles muchas cosas en las que tendrían que cambiar sus maneras de pensar y de actuar. Desde la misma presentación de si mismo o desde lo que eran las expectativas de lo que les habían trasmitido que habría de ser el Mesías. Jesús había sido claro desde el principio porque les decía que para aceptar la Buena Noticia que El los ofrecía del Reino de Dios había que realizar un cambio profundo en sus vidas; les hablaba de conversión. Y dejar atrás nuestras maneras de pensar o la manera como hasta entonces hacíamos las cosas no era cosa fácil.
Ahora les dice que tienen que poner toda su fe en El. Les había dicho que lo que Dios quería era que creyeran en su enviado, que creyeran en El. Por eso reaccionan, ¿por qué hemos de creer en ti? Y ellos le recuerdan que si habían creído en Moisés es porque Moisés les había dado de comer en el desierto un pan bajado del cielo. Claro que eso era además reducir mucho las cosas, porque Moisés había sido líder del pueblo judío desde toda su lucha por liberarlos de Egipto y hacerlos atravesar el Mar Rojo, como el Señor le había confiado en aquella misión. Pero, diríamos que ahora van por lo fácil en su discusión con Jesús.
Os aseguro, les dice Jesús, que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Hemos de saber descubrir la acción de Dios. Igual que aquel pan multiplicado que en el día anterior habían comido en el descampado, no se podía quedar en el milagro de saciar momentáneamente el hambre que entonces podían comer. Habían de descubrir el signo, la señal que Dios les estaba dando. Aquel pan multiplicado milagrosamente era un signo de lo nuevo que en Jesús habían de encontrar.
En Jesús habían de saber descubrir ese sentido nuevo de la vida y de las cosas, ese sentido del nuevo Reino de Dios que Jesús anunciaba. Era, pues, necesario creer en Jesús. Jesús viene a revelarles la plenitud de la verdad, Jesús viene a ofrecerles la verdadera sabiduría que viene de Dios, Jesús nos quiere regalar su vida y para eso se hace pan. Es la gran revelación que Jesús les está haciendo. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. En Jesús vamos a encontrar esa verdad que nos va a saciar plenamente desde lo más hondo de nosotros mismos.
Aquellos judíos, no sé si muy conscientemente de lo que decían, le pedían a Jesús: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Quizá pensaban solo en el pan material que saciara sus estómagos, porque aun no habían terminado de comprender el signo. Nosotros sí podemos de una forma más consciente pedirle a Jesús que nos dé siempre de ese pan, porque así deseamos alcanzar esa sabiduría de Dios.

lunes, 11 de abril de 2016

Cuando vayamos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que va a ser el verdadero motor de nuestra vida y nos llenará de luz y de sentido.

Cuando vayamos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que va a ser el verdadero motor de nuestra vida y nos llenará de luz y de sentido.

Hechos 6, 8-15; Sal 118; Juan 6,22-29

‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’. Fueron en busca de Jesús. Cuando lo encuentren Jesús les hará pensar en cuales serían las buenas razones para buscarle.
La búsqueda es algo connatural a la vida de todo ser humano, de todo ser viviente, podríamos decir también. Buscamos porque queremos conocer, queremos saber, queremos tener. Buscamos y no solo lo material, sino que en nuestra búsqueda nos interrogamos sobre nosotros mismos, buscamos el sentido y el valor de lo que somos, de lo que vivimos, de adonde vamos, las metas o los ideales de la vida por lo que luchamos. Y en esa búsqueda queremos siempre algo mejor. Forma parte del crecimiento de la persona y yo me atrevería a decir que cuando ya no deseamos nada, nada buscamos o nada queremos, de alguna manera dejamos de vivir, porque parecería que ya la vida no tiene sentido.
¿Qué buscamos nosotros en la vida? ¿Buscaremos en verdad algo que nos dé sentido, que nos llene de plenitud, que dé trascendencia a nuestra vida? ¿Acaso nos contentamos solo con lo material, lo terreno, lo inmediato? ¿Nos habremos cansado y ya no tenemos deseos de buscar? Creo que seria interesante hacernos preguntas así para descubrir la intensidad con que estamos viviendo nuestra vida.
La gente que había comido pan hasta saciarse allá en el descampado ahora viene a buscar a Jesús a Cafarnaún. ‘Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’.  ¿Por qué buscaban a Jesús? ¿Solo lo buscaban porque con el milagro habían comido pan? ¿Serían capaces de ver lo que aquel signo significaba? Es en lo que Jesús quiere hacerles reflexionar. Y ya les anuncia que busquen algo que en verdad les dé plenitud a sus vidas. ‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre’.
Es lo que tenemos que saber buscar en la vida, lo que en verdad llene plenamente  nuestra vida, lo que nos haga encontrar un sentido y una fuerza. Muchas veces en la vida nos quedamos en cosas inmediatas, en cosas que nos den una pronta satisfacción pero luego nos quedamos vacíos y sin nada por dentro. Cuando busquemos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que significa en verdad su salvación. Eso que va a ser el verdadero motor de nuestra vida; eso que nos llenará de luz y de sentido.
Tenemos que buscar a Jesús, querer conocerle, escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos para que así vayamos encontrando esas respuestas que El va dando a esos interrogantes profundos que tengamos en nuestra vida. Que cada día haya un encuentro verdaderamente vivo con El y nos llenemos de su vida y de su plenitud. Como nos termina diciendo hoy ante las preguntas de los judíos: ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’. Pongamos en verdad nuestra fe en Jesús porque El nos llevará por caminos de plenitud.

domingo, 10 de abril de 2016

Que el colirio del amor cure nuestros ojos ciegos para descubrir y reconocer a Jesús y emprendamos caminos de verdadero amor y fidelidad

Que el colirio del amor cure nuestros ojos ciegos para descubrir y reconocer a Jesús y emprendamos caminos de verdadero amor y fidelidad

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Sal 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19
Con los ojos del amor podremos en verdad descubrir y reconocer a Jesús; con un corazón lleno de amor podremos seguir con toda seguridad un camino de fidelidad a Jesús. Me vais a permitir que en esta doble frase resuma el mensaje que hoy nos ofrece el evangelio en este tercer domingo de pascua.
Muchas veces parece que a nosotros también se nos nubla el corazón y no sabemos reconocer lo que está delante de nuestros ojos, delante de nuestra vida. Les estaba pasando a los discípulos; parecía que aun no estuvieran totalmente convencidos de que el Señor hubiera resucitado. Desalentados quizá, cansados, agobiados por tantos acontecimientos que habían vivido, impactados por todo lo que había significado la pasión y muerte de Jesús en la cruz, todo se les volvía negro, parecía sentirse desestabilizados. Un grupo de ellos encabezados por Pedro deciden tomar de nuevo las barcas y las redes e irse a pescar. ‘Me voy a pescar… Vamos también nosotros contigo…’ Pero aquella noche no cogieron nada. Su trabajo resultaba infructuoso.
Estaba amaneciendo. En la orilla alguien les preguntaba si habían cogido algo; una pregunta que podría parecer habitual en los que en la mañana esperaban la pesca en la orilla. Pero aquel a quien no podían vislumbrar claramente en la orilla les señala donde han de echar la red para conseguir la pesca. Y la pesca fue abundante; quizá podrían recordar otra pesca milagrosa en otras circunstancias. Y se sienten sobrecogidos por lo extraordinario. Pero hay unos ojos que ven con una claridad especial. Es el discípulo amado el que le va a susurrar a Pedro que quien está en la orilla es Jesús. ‘Es el Señor’. El amor había sido el colirio que le había hecho ver con claridad y distinguir que allí estaba el Señor.
Ya conocemos la reacción de Pedro en el impulso del amor por estar lo más pronto posible con Jesús que le hace lanzarse al agua para llegar el primero, aunque en este caso dejara a los demás el arrastrar la red y llevar la barca hasta la orilla. Pero también en su corazón se había despertado el amor.
Más tarde Jesús le preguntará insistentemente por su amor. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Tú que has querido ser el primero en llegar hasta mis pies cuando me has reconocido desde la barca, tú que eran tan impulsivo que decías que estaba dispuesto a dar tu vida por mi, aunque yo te decía que tuvieras cuidado, que fueras fuerte, que vendría la tentación y me ibas a negar, tu el que no quería que yo sufriera y te negabas a aceptar mis anuncios de pasión y de pascua, tú siempre dispuesto a hablar el primero para confesar tu fe, para decir que no te podías marchar aunque no terminaras de entender bien mis palabras, porque yo tenía palabras de vida eterna, ‘¿me amas? ¿me amas más que estos?’
Y allí está Pedro porfiando su amor, aunque aquella triple pregunta de Jesús le produzca dolor en el alma porque recuerda sus debilidades; allí está Pedro porfiando su amor pero allí está Jesús que sigue confiando en él, porque en ese amor sabe que será fiel, sabe que llevará la nave a buen puerto porque ya no se fiará de si mismo sino del amor del Señor y de la presencia de su Espíritu, sabe que será buen pastor porque ha aprendido bien la lección. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le dirá una y otra vez Jesús.
¿No nos estará haciendo Jesús la misma pregunta a nosotros? ¿no nos estará preguntando por nuestro amor? Tantas veces también nos sentimos débiles; tantas veces se nos oscurecen los ojos y parece que nos sentimos solos y tenemos también la tentación del desaliento y del cansancio; tantas veces nos entran las dudas con lo que sufrimos o con lo que vemos sufrir a los que están a nuestro lado; tantas veces también nos sentimos inseguros, desorientados sin saber qué hacer, aturdidos por los problemas que podamos tener o por la situación que vemos en nuestro entorno; tantas veces no terminamos de entender bien por donde caminamos o por donde estamos llevando nuestro mundo y necesitamos encontrar una luz, encontrar algo que nos abra los ojos para discernir bien la situación que vivimos, necesitamos sentirnos seguros de que la Palabra de Jesús nos sigue siendo válida y necesaria para hacer que nuestra vida tenga sentido, para hacer que nuestro mundo sea mejor. Quizá tantas veces también nos volvemos a pescar en los oscuros mares donde no ha amanecido el Señor.
Que se despierte en nosotros el amor, porque nos sintamos amados, como Juan el discípulo amado, para saber descubrir esa presencia del Señor; que vuelva a arder de nuevo nuestro corazón en el amor y así nos sintamos impulsado cada vez con más fuerza para buscar a Jesús, para ir al encuentro con Jesús, para querer estar al lado de Jesús.
Que lavemos nuestros ojos con el colirio del amor para ver también donde podemos y donde tenemos que encontrar a Jesús porque también tenemos que saber descubrirle en los hombres y mujeres que nos rodean, en los hombres y mujeres que sufren a nuestro lado o pasan necesidad, o emigrantes o refugiados que han tenido que dejar sus casas y sus países buscando algo mejor para sus vidas. Miremos y seamos capaces de ver a Jesús que en ellos viene también a nuestro encuentro y nos está preguntando por nuestro amor. Y nuestra respuesta no pueden ser palabras sin más que digamos como aprendidas de memoria, sino que tienen que surgir de unos corazones que están convencidos de que ahí está el Señor esperando nuestro amor.
Mucho tiene que hacernos pensar el evangelio de este domingo. Es una pregunta muy honda que se nos hace a lo más profundo de nuestro corazón a ver si en él encontramos amor del verdadero. Seguro que el Señor sigue confiando en nosotros y en la respuesta de amor y de fidelidad que le vamos a dar.

sábado, 9 de abril de 2016

Con Jesús a nuestro lado aunque sean muchas las oscuridades que nos puedan llenar de miedos nos sentimos seguros, nuestra fe se fortalece y renace la esperanza

Con Jesús a nuestro lado aunque sean muchas las oscuridades que nos puedan llenar de miedos nos sentimos seguros, nuestra fe se fortalece y renace la esperanza

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
‘Soy yo, no temáis’, les había dicho Jesús. Estaban asustados. Habían estado esperando a Jesús al embarcarse pero Jesús no había aparecido, más bien antes les había indicado que se fueran a la otra orilla. Era de noche cerrada, el viento era fuerte, las olas iban creciendo porque el lago se iba encrespando con el viento; eran habituales en aquel lago las tormentas que se levantaban repentinas por la depresión en que se encontraba al pie del monte Hermón y los cambios bruscos de temperatura. Muchas circunstancias que hacía que tuvieran miedo. Ahora aparecía alguien caminando sobre el agua como si fuera un fantasma. Estaban asustados y tenían miedo.
Tratamos de ocultar nuestros miedos porque nos parecen cobardías, pero siendo sinceros con nosotros mismos muchas veces se nos meten los miedos en el alma en la vida, aunque no lo queramos reconocer. Miedos en nuestras dudas que nos llenan de oscuridad; miedos porque nos sentimos solos y en el fondo necesitamos alguien que camine a nuestro lado; miedos porque no nos hemos afirmado en la verdad y en el sentido de la vida y parece que nos falte un norte que nos guíe; miedo porque nos sentimos débiles e ignorantes aunque lo ocultemos tras fachas que disimulan nuestras cobardías; miedos a enfrentarnos con el otro, a caminar junto a los demás, a que nos conozcan de verdad; miedos a lo que está por venir, a lo que nos pueda suceder, a las consecuencias de lo que hacemos sea bueno o sea malo; miedos al compromiso que nos haga olvidarnos de nosotros mismos porque siempre queremos hacernos nuestras reservas… podríamos hacer una lista muy grande de nuestros miedos y cada uno ha de mirarse con sinceridad en su interior.
Ahí estamos en el mar de la vida y nos parece sentirnos solos cuando las olas y los vientos de los problemas y dificultades chocan contra la barca de nuestra vida y nos parece que nos hundimos. Pero Jesús viene, está ahí, aunque no lo veamos, aunque lo confundamos con otras muchas cosas, pero hemos de tener la certeza de que El no nos falla, de que El no nos dejará solos nunca. Aunque nos pudiera parecer como aquel que se estaba ahogando en la playa y pensaba que aún había mucha profundidad de agua bajo sus pies, con Jesús a nuestro lado no nos hundimos y tenemos muy cerca esa orilla que nos da seguridad. Es la seguridad que nos da nuestra fe en El.
En nuestros miedos las oscuridades que se nos meten en el alma nos parecen tenebrosas y que no seremos capaces de salir de los peligros que nos acechan. Pero si en verdad nos apoyamos en Jesús, nuestra fe se fortalece, el alma se llena de seguridad y podremos emprender esos caminos, meternos de lleno en esas tareas que tenemos que realizar, vivir a fondo nuestros compromisos, y todo eso siempre con alegría en el alma porque la presencia de Jesús nos llena de esperanza y de seguridad. El Señor nos dice: ‘soy yo, no temáis’.

viernes, 8 de abril de 2016

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

‘Pero, ¿qué es esto para tantos?’ era la pregunta que se hacía aquel discípulo cuando habían encontrado un muchacho con cinco panes y dos peces. Era una multitud grande la que se había congregado en torno a Jesús. Les había dicho que había que darles de comer porque llevaban varios días con él y no tenían que comer estando además en despoblado; ya habían hecho sus cálculos de la cantidad de dinero que necesitarían para dar de comer a toda aquella gente, pero estaban en despoblado y allí tampoco había donde comprar pan; parecía que todo eran dificultades y con lo que tenían no encontraban solución.
¿No nos pasará algo igual a nosotros? Nos abruman los problemas y nos sentimos tan débiles y sin fuerzas; no sabemos a quien acudir ni como encontrar soluciones; y eso hasta en las cosas más nimias de nuestra vida. Pero contemplamos nuestro mundo con sus crisis, con sus miserias, con sus injusticias y con el hambre que padecen millones de hombres por todas partes. Queremos hacer pero algunas veces parece que no sabemos que hacer; pensamos quizá que la solución del problema está en otras manos, los poderosos, los que tienen el mando o la dirección de la sociedad, y nos inhibimos.
¿Qué puedo hacer yo si soy solo uno en medio de tantos? ¿De que me valdría dar incluso todo lo que yo tengo si eso no va a solucionar el hambre de millones? ¿Qué puede valer mi opinión si soy una persona insignificante? Hay otros que saben más, que pueden más, que ellos comiencen. Y reculamos, nos echamos atrás, nos cruzamos de brazos, al final ni nuestros pobres cinco panes y dos peces somos capaces de ponerlos a disposición en unas falsas humildades o en una poca valoración de lo que podemos valer y de lo que podríamos hacer si ponemos nuestro granito de arena.
Creo que este pasaje del evangelio de la multiplicación de los panes que tantas veces hemos meditado nos puede interpelar por dentro sobre lo que hacemos o no hacemos por nuestra sociedad o por nuestro mundo. Nuestro pequeño pan, el de nuestra inteligencia, el de nuestra capacidad, el de nuestras ideas, el de nuestra buena voluntad, el de nuestro compromiso tiene un valor muy grande. Aunque parezcamos insignificantes podemos hacer mucho, tenemos además mucho que hacer.
El milagro de Jesús de la multiplicación de los panes Jesús lo está poniendo en nuestras manos porque nosotros tenemos que seguir realizándolo hoy. No podemos quedarnos impasibles ante las necesidades de los demás, ante la situación de nuestra sociedad, ante la dejadez quizá de los que mucho tendrían que hacer, pero que nosotros tenemos mucho que hacer. No podemos consentir que nuestra sociedad y nuestro mundo marchen por derroteros de destrucción y de muerte.
Es el amor el que puede salvar al mundo, como fue el amor de Jesús el que hizo posible que toda aquella multitud pudiera comer en el desierto. Ahí tenemos que poner nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos que tenemos que realizar. Cada uno tenemos que analizar la situación allí donde estamos para abrir los ojos y ver los problemas y poner nuestros esfuerzo, nuestro empeño en hacer un mundo de mayor justicia.
Y finalmente un detalle del evangelio. Jesús mandó recoger los panes que sobraron para que nada se desperdiciara. ¿Hemos pensado cuanto se desperdicia en nuestro mundo? Serán esas capacidades que tenemos y que no utilizamos. Y será también materialmente cuántas cosas se tiran, cuántos alimentos se destruyen, cuántas cosas que pueden servir para ayudar a los demás se desperdician. Esto nos tendría que llevar a más largas reflexiones.