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sábado, 10 de octubre de 2015

Una nueva bienaventuranza para quienes saben escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón, como lo hizo María

Una nueva bienaventuranza para quienes saben escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón, como lo hizo María

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28
Cuantas veces nos sentimos impresionados por algo y nos dan ganas de gritar para que todo el mundo conozca aquello maravilloso que nos causa admiración. Es algo espontáneo que nos surge por dentro y que si tantas veces no hacemos es quizá por aquello del sentido del ridículo o los respetos humanos.
Pero aquella mujer del evangelio no se pudo callar. Escuchaba a Jesús y seguramente sus palabras estaban haciendo mella en su corazón. Como tantas veces nos cuentan los evangelistas de la admiración de las gentes ante lo que Jesús hacía y lo que Jesús enseñaba. Ya sabemos que algunos con el corazón demasiado encerrado en si mismos iban con ojo crítico a escuchar a Jesús y siempre estaban viendo doble sentido en lo que Jesús hacia o decía y le oponían sus dudas no porque tuvieran deseos de que Jesús las aclarase y ellos quisieran seguir a Jesús sin con un espíritu corrosivo que lo que querían eran desprestigiar al maestro.
Aquella mujer sencilla del pueblo no puede callar y como saben hacer los humildes y sencillos de corazón no solo alaba a Jesús por sus palabras y acciones, sino que la alabanza se transporta a la madre que lo crió. ‘¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!’, es el grito de aquella mujer. Alababan a Jesús como a un profeta y hasta se preguntaban si no sería el Mesías; reconocían que la mano de Dios estaba en El porque de lo contrario no podría realizar los signos que hacía. Pero ahí está el corazón de una mujer sencilla, que seguramente será madre también y quizá ella piensa en sí misma en la alegría y gozo que tendría en su corazón si tuviera un hijo así. Por eso la alabanza a Jesús se transporta a la madre de Jesús. ¡Dichosa la mujer… dichosa la madre que tuviera un hijo así!
Ya María inspirada lo había anunciado en el cántico del Magnifica. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’. Pero es el corazón de los humildes y sencillos el que es capaz de descubrir los misterios de Dios, a quienes Dios se les revela.
Pero Jesús sin mermar para nada aquella alabanza espontánea que había surgido en honor de su madre quiere decirnos algo más. Algo para nosotros para que sepamos encontrar la dicha verdadera, pero algo que viene a aclararnos también por qué María es la dichosa en el Señor. La respuesta o la réplica de Jesús ya la hemos escuchado. ‘Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica’. Ya en otra ocasión nos dirá también en un momento con clara referencia a la presencia de María, que su ‘madre y hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
Una nueva dicha o bienaventuranza además de las proclamadas allá en el Sermón del Monte que nos viene a señalar quienes son verdaderamente la familia de Jesús y cómo seremos realmente felices y dichosos si escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica, la cumplimos, la realizamos en nuestra vida.
No nos quedamos en la admiración y en la alabanza aunque también las tengamos, sino que hemos de saber escuchar, acoger, plantar en nosotros esa Palabra de Dios. Como lo hizo María, porque si ella fue merecedora de que el Verbo de Dios se encarnase en sus entrañas, antes ella había ido plantando esa Palabra de Dios en su vida. Así surgiría su disponibilidad, la ofrenda de su vida: ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra’, que le dijera al ángel.

viernes, 9 de octubre de 2015

La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio

La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

El hombre maduro es una persona con principios, sabe lo que quiere y a la hora de tomar decisiones lo hace con firmeza y valentía, aunque algunas veces le cueste; intenta que nada le tuerza de su camino y trata de actuar en su vida conforme a esas ideas, esos principios que son como su norte y su guía.
El cristiano todo eso lo ve desde el prisma de la fe y será Jesucristo y su evangelio la fuente de sus principios y el motor de su vida. Un autentico cristiano es el que ha hecho una opción firme y clara en su vida por Jesús y su evangelio. Se siente verdaderamente libre con la mayor de las libertades, pero trata de encauzar su vida desde esos valores del Evangelio porque ahí cifra toda su felicidad y la mayor plenitud de su vida. Y es que Jesús no ha venido a anular al hombre en su libertad, sino precisamente a darle una mayor profundidad que le haga caminar por los caminos de la plenitud más grande en su dignidad.
Sin embargo somos conscientes que son muchos los cantos de sirena, por llamarlos de alguna manera, que nos quieren llamar la atención y distraernos de ese camino que hemos emprendido. Son muchas las cosas de nuestro entorno que pudieran atraernos y arrastrarnos por caminos bien distintos de los del evangelio. Es ahí donde un cristiano siempre ha de andar vigilante, atento, fiel a sus principios y a sus valores para que el mal no se introduzca en el corazón. No podemos bajar la guardia porque de una manera muy subliminal con apariencias de bien la tentación quiere engañarnos.
Muchas veces tenemos la tendencia a aflojar la tensión, o nos decimos, bueno, eso son pequeñeces, cosas de menor importancia y no pasa nada porque un día podamos consentirnos en algo. Pero ya sabemos que es como una pendiente muy resbaladiza que nos hace caer casi sin darnos cuenta y luego nos costará detenernos para enderezar el rumbo de nuestra vida.
Es la reflexión que me hago a partir del evangelio de este día. Todo parte de aquel momento en que Jesús expulsa el demonio de un hombre poseído por un espíritu inmundo y de los comentarios interesados que algunos se hacen. Pero Jesús quiere prevenirnos y recordarnos que no podemos andar con medias tintas, nadando entre dos aguas, como se suele decir. Que nuestra opción por El y por el evangelio tiene que ser total en nuestra vida. ‘El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’, nos viene a sentenciar Jesús de forma radical.
Luego nos hablará de cómo siempre el diablo ronda buscando la manera de tentarnos y hacernos caer otra vez. ‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: Volveré a la casa de donde salí." l volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio’.
Creo que todos habremos pasado alguna vez por la experiencia de que en cosas que pensábamos que teníamos ya superadas en ese camino de ascesis que hemos ido haciendo en nuestra vida, de repente, sin saber cómo, volvimos a tropezar en la misma piedra y volvimos por las andadas. Quizá habíamos aflojado la guardia, como solemos decir, pensábamos que todo estaba superado y no mantuvimos la debida vigilancia y volvimos a tropezar en lo mismo. Cuántas experiencias personales podríamos cada uno contar.
Es el camino de superación que hemos de ir recorriendo siempre, no olvidando nunca nuestros principios y nuestros valores, apoyándonos de verdad en el Señor para mantenernos fieles. Que así se manifieste la madurez de nuestra vida, de nuestro compromiso cristiano cuando de verdad amamos a Jesús y queremos seguirle por los caminos del evangelio.

jueves, 8 de octubre de 2015

La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha

La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Sal 1; Lucas 11,5-13

Es la confianza que da el amor; es la confianza de quien se siente en la presencia del que sabe que le ama; es la confianza a la que nos invita Jesús con que hemos de orar a Dios.
Ayer escuchábamos que nos enseñaba a llamar Padre a Dios y decíamos cómo nuestra oración es un saborear en lo hondo del corazón ese amor de Dios y ese sentirle y vivirle como Padre. Cuando estamos con el Padre que nos amas se establece una relación profunda de amor que nos hace desnudarnos ante El con nuestras miserias y nuestras necesidades; cuando sabemos que así Dios nos ama a El acudimos con la confianza de que siempre seremos escuchados y nos dará lo mejor que necesitemos. No nos caben dudas ni miedos; todo ha de ser confianza porque todo es una relación de amor.
Pero por si acaso considerando nuestra pequeñez y nuestra miseria dudáramos de acercarnos a Dios con nuestras necesidades hoy Jesús nos insiste. ‘Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. Antes nos había puesto el ejemplo de quien acude a su amigo incluso en horas intempestivas para pedirle pan porque le ha llegado una visita a casa y no tiene que ofrecerle; con insistencia llama al amigo sabiendo que al final va a ser escuchado.
Así nosotros acudimos a Dios y nos ponemos ante El tal como somos, con nuestra pobreza, con nuestras debilidades, con nuestras carencias, con nuestra vida al desnudo sabiendo que en Dios encontraremos siempre amor, misericordia, gracia, paz, ayuda y fortaleza en nuestras luchas y necesidades.
Como nos dice pedimos, pero nuestra petición no es una petición pasiva; pedimos y buscamos, pedimos y vamos a la búsqueda de la verdad, pedimos y queremos encontrar caminos, pedimos y ponemos de nuestra parte todo lo que sea necesario para hacer ese camino, pedimos y ansiamos no solo cosas materiales sino que levantamos nuestro espíritu buscando algo más hondo que llene nuestra vida.
Nuestra oración no es algo pasivo donde simplemente esperamos que milagrosamente se nos resuelvan las cosas; nuestra oración es encuentro con el Padre de amor que llena de luz nuestra vida; nuestra oración es iluminación interior que nos hace encontrar sentido y valor, que nos abre caminos, que nos lleva al compromiso; nuestra oración es escucha allá en lo más hondo de nosotros mismos de esa voz de Dios que nos descubre sus designios de amor; nuestra oración es aprender a tener una mirada nueva sobre nuestra vida, pero también una mirada nueva de amor hacia los hermanos que nos rodean y que nos hará actuar con una misericordia y un amor semejante al de Dios.
Nuestra oración es sentirnos envueltos por el amor de Dios y en El nos sentimos llenos de bendiciones que hemos de saber llevar a nuestro mundo.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Saboreemos que Dios es nuestro Padre que nos ama y todo comenzará a ser nuevo en nuestra vida en nuestra relación con Dios y con los hermanos

Saboreemos que Dios es nuestro Padre que nos ama y todo comenzará a ser nuevo en nuestra vida en nuestra relación con Dios y con los hermanos

Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4
Con Jesús todo tiene un sabor distinto; con Jesús vivimos un sentido nuevo de la vida; con Jesús comenzamos a saborear de una manera nueva el amor y la presencia de Dios en nuestra vida; con Jesús nuestra mirada se transforma y tenemos una manera nueva de caminar junto al hombre nuestro hermano; con Jesús comenzamos sentir un nuevo calor de amor en nuestro corazón; con Jesús nos sentimos amados por un Dios que es Padre y todo se reduce a partir de entonces a corresponder a ese amor con una vida nueva, una relación nueva con Dios y una nueva relación con los que caminan a mi lado en la peregrinación de la vida.
Comenzó diciéndonos Jesús que comenzaba algo nuevo y había que creer en esa buena noticia que nos anunciaba; nos decía que llegaba el Reino de Dios y pronto pudimos ir comprendiendo que ese Reino de Dios no era a la manera de los reinos de este mundo. El gran descubrimiento que Jesús una y otra vez nos recordaba es que ese Dios que es nuestro Rey y Señor es un Padre bueno que nos ama. Una nueva palabra tenía que comenzar a brotar de nuestra boca y desde lo hondo de nuestro corazón, Padre.
Así llamaba Jesús a Dios porque se sentía su Hijo; así había sido proclamado desde el cielo allá en el Jordán cuando el bautismo y más tarde solemnemente desde lo alto del Tabor. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto, el elegido’, era el mensaje del cielo. Pero así ahora Jesús nos enseñaba a llamar a Dios, Padre. Se trata de saborear esa palabra que es más que una palabra. Se trata de saborear ese sentido nuevo de Dios. Se trata de saborear el sentirnos hijos amados. Se trata, pues, de comenzar a vivir de una manera nueva.
Los discípulos ven a Jesús orando con frecuencia, cómo se retira en momentos determinados a lugares apartados para orar o se levanta al amanecer; contemplan y palpan cómo Jesús continuamente se siente en la presencia del Padre porque su alimento es hacer la voluntad del Padre; le escuchan invocarle o darle gracias por cómo se va manifestando Dios y su poder, cómo se va manifestando continuamente su amor poderoso que todo lo transforma. Ellos quieren hacer como Jesús, quieren orar como Jesús, le piden a Jesús que les enseñe a orar.
Y Jesús les dice cómo han de hacerlo, no solo como una formula que se repita, sino como algo que hay que aprender a saborear. Se trata de saborear esa palabra en todas sus consecuencias, llamar a Dios Padre pero aprender a gozarnos en su amor sintiendo como todo se transforma en nuestro corazón y en nuestra vida, como todo ha de transformarse en ese mundo en el que vivimos.
No nos contentemos a repetir mecánicamente las palabras de Jesús para nuestra oración. Saboreémoslas empezando cuando llamamos a Dios Padre. Todo lo demás vendrá como consecuencia. Porque si sentimos y saboreamos su amor es justo que le alabemos y bendigamos, que queramos hacer su voluntad, que nos pongamos ante El con nuestras necesidades que Dios bien conoce, que ya nuestra vida comience a ser distinta y aprendamos a amar y a perdonar, a pedir perdón reconociendo nuestros errores y a luchar contra lo malo con la certeza que Dios está con nosotros y nos ayuda a superar el mal y la tentación.
Comencemos por saborear que Dios nos ama, que es nuestro Padre y se derramará sobre nosotros una lluvia del amor de Dios.

martes, 6 de octubre de 2015

Despertar la sensibilidad de la acogida y la hospitalidad de corazón y saber encontrar lo verdaderamente importante en la vida

Despertar la sensibilidad de la acogida y la hospitalidad de corazón y saber encontrar lo verdaderamente importante en la vida

Jonás 3, 1-10; Sal 129; Lucas 10, 38-42

Hay ocasiones en que se nos presenta un imprevisto y parece que todo se nos vuelve un caos, nos ponemos nerviosos, nos afanamos y querer hacer mil cosas a un tiempo para resolverlo todo. Pero no es solo cuando nos suceden cosas extraordinarias, sino que nos hemos hecho un ritmo de vida tan trepidante que andamos como a la carrera, queriendo solucionar todo al mismo tiempo o queriendo abarcar más de lo que realmente podemos hacer.
Tan ajetreados andamos en la vida que tenemos el peligro de perder de vista lo que es lo principal y pudiera ser que en el apuro de sacarlo todo adelante le demos prioridad a lo que es menos importante. Nos es necesario hacer una buena escala de valores en la vida para poner las cosas en su sitio.
¿Qué es lo verdaderamente importante a lo que tendríamos que darle prioridad? Agobiados por los problemas o las necesidades materiales pudiera ser que le demos más importancia a las cosas que a las personas, por ejemplo; que le demos más importancia a lo material que a cultivar nuestro espíritu; que nos importen más las ganancias económicas que el crecimiento de la persona.
‘Entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa…se afanaba en diversos quehaceres… María, su hermana, se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra...’ Es el cuadro que nos presenta hoy el evangelio y que podría darnos mucha luz en nuestra vida.
En esta escena hay algo que destacar con fuerza y que es lo que podríamos llamar la ley de la hospitalidad, en la que los orientales son tan exquisitos. La acogida, la apertura del hogar al peregrino o al transeúnte que pasa a nuestro lado. Ser acogedores los unos con los otros, abrir nuestros oídos y nuestro corazón, ser capaces de detenernos junto al que pasa a nuestro lado, mirarle a los ojos, escucharnos para entendernos, hacer funcionar la sintonía del corazón. Qué hermoso si en la vida camináramos con estos presupuestos. Despertar la sensibilidad en nuestra vida, en nuestras actitudes y posturas, en nuestra mirada y en nuestras palabras, en nuestro corazón.
Aquel hogar de Betania que estaba al paso del camino que subiendo desde Jericó conducía a Jerusalén y que era el lugar de paso obligado para los peregrinos de Galilea que bajando por el valle del Jordán se dirigían a la ciudad santa. Cuantos serían los que se vieran acogidos con hospitalidad ofreciendo agua y descanso en aquel hogar en su subida a Jerusalén. ¿Por qué no pensar que así nacerían muchas amistades, como nacería la amistad de aquella familia con Jesús?
Pero el evangelio además de resaltarnos esta hermosa virtud de la hospitalidad quiere enseñarnos algo más. Es, podríamos decir, en referencia al tema con que iniciábamos nuestra reflexión. Pareciera que hay un conflicto de intereses y actitudes en la postura de Marta afanosa que lo quiere tener todo preparado y la postura de María sentada a los pies de Jesús escuchando. Jesús les dice que hay que saber escoger la mejor parte. Es la conclusión a la que llegábamos al principio.
Saber encontrar en la vida lo que es lo fundamental, lo que es lo más importante. Hacernos una buena escala de valores. En el sentido de fe que tiene que animar e iluminar nuestra vida es plantearnos el lugar que le damos a Dios, a la escucha de su Palabra, al culto que hemos de darle, a lo que es lo esencial en nuestra vida cristiana. Muchas cosas quizá sobre la que tendríamos que reflexionar más largamente y que quedan aquí ahora apuntadas; muchas actitudes y posturas que tendríamos que saber revisar. Es la búsqueda de ese crecimiento espiritual de nuestra persona, ese crecimiento de nuestra fe, ese compromiso de amor que tendría que centrar nuestra vida.

lunes, 5 de octubre de 2015

El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor

El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

El creyente no es solo el que recita una fórmula de profesión de fe, sino el que hace de esa fe el sentido de su vivir. Ser creyente no es solo un acto intelectual donde proclamamos unas verdades que son fundamentales sobre la existencia de Dios, sino que el creyente ha de sentir y vivir en si mismo, en su propia vida esa existencia de Dios, esa presencia de Dios. Lo formularemos con un credo donde se contengan esas verdades, pero lo hemos de expresar en el sentido de nuestra vida y de nuestra existencia.
Creemos, sí, en el Dios infinito, todopoderoso y creador pero vivimos a ese Dios que es amor y que se hace sentir en la vida y en la historia del hombre. No somos creyentes solo cuando recitamos la fórmula de un credo en una celebración religiosa, sino cuando en la experiencia de la vida, en el caminar de la vida vamos sintiendo la presencia llena de amor de un Dios que es nuestro Padre y nos ama y que nos salva.
El verdadero creyente lo es en todo momento de su vida, no solo cuando nos encerramos tras las paredes de un templo o cuando hagamos nuestras oraciones personales en el silencio de nuestro corazón. En todo momento, en todo lo que hace y en todo lo que sucede el creyente ve la mano de Dios, escucha la voz de Dios que le dice en su corazón que le ama y va respondiendo en todo momento con la propia ofrenda de amor de su vida.
En este día la liturgia de la Iglesia nos ofrece una especial celebración - las témporas - que dentro del ritmo de año y de la vida nos viene a recordar cómo siempre hemos de tener viva esa presencia del Señor en nosotros y en nuestra historia. Témporas de acción de gracias y de petición es el título que se da a esta conmemoración. Y es que la primera respuesta de amor que hacemos a esa inmensidad del amor de Dios sobre nosotros que se manifiesta en nuestra historia y en los acontecimientos de cada día es la acción de gracias.
El creyente ha de ser hombre de memoria para recordar continuamente esa acción de Dios en su vida y en su historia. Esa memoria agradecida de esa acción de Dios es algo que ha de estar siempre presente en nosotros. Es bueno recordar la historia de la salvación no solo en los grandes pasos en los que Dios se nos manifestó en Cristo Jesús para redimirnos, sino en esa historia de la salvación, diríamos personal, en la que cada uno recuerda esos momentos de su vida donde ha sentido de manera especial esa acción de Dios. Y claro, ha de surgir la acción de gracias.
Pero llamamos a las témporas también días de petición, porque somos concientes de nuestra debilidad e impotencia por nosotros mismos y en ese camino de la vida necesitamos de la protección de Dios, de la gracia de Dios que nos acompañe y nos fortalezca. Así surge nuestra oración, en este caso, de petición por nosotros y nuestras necesidades, pero por nuestro mundo, por toda la humanidad con sus problemas, y por la Iglesia.
Una oración de petición que se haría casi interminable porque son tantas las necesidades y los problemas que no acabaríamos nunca de presentarlos al Señor. Pero dediquemos tiempo para ir repasando esos problemas de nuestro mundo con sus injusticias, sus miserias, sus violencias, sus guerras, sus discriminaciones y con tantos odios con que los hombres una y otra vez nos enfrentamos. Dediquemos un tiempo a hacer memoria de la Iglesia y de sus necesidades para presentarla delante del Señor, y no podemos olvidar este momento eclesial que estamos viviendo con la renovación promovida por el Papa Francisco ni a los Obispos reunidos hoy mismo en Sínodo en Roma para tratar de los problemas de la familia y ofrecernos la luz que necesitamos.
Pero en esa petición hay algo que no puede faltar que es la petición de perdón. Nos sentimos débiles y pecadores. Al lado de toda la historia de gracia de la salvación de Dios en nuestra vida, está nuestra historia de debilidades y pecados. Pero la misericordia de Dios es más poderosa que todas nuestras miserias. Nos presentamos ante el Señor sintiéndonos pecadores y queriendo llenarnos hasta rebosar de la misericordia del Señor.
Es el camino del creyente va haciendo día a día con sus limitaciones y con sus esperanzas, pero sintiéndose en todo momento regalado por el amor del Señor. A todo esto nos ayuda la Palabra del Señor que hoy se nos ofrece y que invito a leer y meditar de nuevo.

domingo, 4 de octubre de 2015

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16
La soledad es como la loza de una tumba oscura que si cae sobre nosotros nos hace perder todo sentido y todo valor de aquello que vivimos o que hacemos. No está hecho el hombre, la persona para la soledad. Desde lo más intrínseco de nuestro ser estamos llamados a la comunicación y a la comunión, aunque luego como consecuencia de nuestras propias limitaciones y de los orgullos que dejamos meter en nuestra vida algunas veces se nos pueda hacer difícil.
Necesitamos estar, o más aun, ser para alguien, para el otro, para los demás. En la soledad decimos que nos aburrimos, o lo que es lo mismo parece que todo carece de sentido. Podemos buscar la soledad en un momento determinado porque quizá necesitamos centrarnos dentro de nosotros mismos pero pronto nuestro ser tiende a abrirse a los demás, a ir al encuentro con el otro, a entrar en comunicación y más aun en comunión con nuestros semejantes.
Cuando vemos a alguien que dice que prefiere la soledad, que trata de aislarse de los otros para vivir su vida sin esa interdependencia con los otros, decimos que es un bicho raro o que está caminando a contracorriente de lo que es su ser más hondo. Es difícil que en esa situación se sea verdaderamente feliz, porque tendría que saber buscar ese sentido de su ser para los demás aunque en determinados momentos o situaciones viva a solas.
Pero la soledad no la podemos llenar con cosas. En las cosas tendrá una utilización, pero no la valdrán para el encuentro. Tampoco cualquier ser vivo puede llenar la soledad de la persona, porque esa comunión y comunicación tiene mucho de personal, y entonces será el encuentro de la persona con la persona donde se establezca esa relación personal. Nos encontramos en la vida quienes quieren llenar sus soledades en la posesión de las cosas o en la compañía de los animales. No es el camino que nos lleve a una plenitud de nuestro ser y a esa relación personal que necesitamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Muchos pensamientos y reflexiones surgen al hilo del pensamiento de la soledad de la persona. ‘No está bien que el hombre esté solo’, se dice Dios en el paraíso después de haber creado a su criatura preferida, el hombre. ‘Voy a hacer alguien como él que le ayude’. Y nos habla de la creación de todos los seres vivos que Dios va presentando al hombre para que le ponga nombre. Es una expresión de posesión el dar nombre a algo o a alguien. Pero nada de todos aquellos animales, como antes ninguna de las otras cosas creadas, da satisfacción al corazón del hombre para hacerle salir de su soledad.
Será cuando aparezca la mujer - hemos de saber entender las imágenes de la creación que nos propone el Génesis como una forma de hablar - cuando el hombre llegue a encontrarse de verdad con un ser semejante a él con quien pueda entrar en comunicación y en comunión. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!’, dirá Adán llamando a la mujer Eva.
Nos aparece la sentencia que será base y fundamento de lo que es el matrimonio pero que viene a expresar esa nueva comunión entre los seres humanos que romperá todas las soledades. Se rompe la soledad no solo porque puede estar ya con alguien sino porque además ya la vida y la existencia adquieren un nuevo sentido y valor al ser también para alguien en esa comunión e interrelación que se crea entre los seres humanos.
Nada tendría que romper esa nueva interrelación entre los seres humanos que le llevaría de nuevo a la soledad. Se han entendido siempre estas palabras en relación a esa unión entre el hombre y la mujer que llamamos matrimonio, pero más profundamente nos está hablando de esa comunión que tendría que haber siempre entre todos los seres humanos.
En el evangelio hemos escuchado a los fariseos que vienen a preguntarle a Jesús sobre el tema del divorcio. Les recuerda Jesús las palabras del Génesis que manifiestan la voluntad y el designio de Dios desde la creación para todo el género humano. ‘No son dos sino una sola carne y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando Jesús.
Pero hay algo importante que les dice Jesús en referencia a que Moisés permitió en algunas circunstancias el divorcio. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto’, les dice. La terquedad que se puede traducir en muchas posturas y actitudes, en muchos contravalores que podemos dejar meter en el corazón que nos destrozan y que nos dividen.
Es el orgullo que se mete en nuestra vida y que nos aísla y que nos separa de los demás; todo lo que sea creernos superiores a los otros, convertirnos en reyes y señores de todos para que prevalezca siempre mi propia voluntad, las insolidaridades que nos hacen olvidarnos de los otros para pensar solo en nosotros mismos, el egoísmo avaricioso en que todo lo quiero para mi porque me creo merecedor de todo, y así podríamos seguir diciendo muchas más cosas, nos destruyen desde lo más hondo de nosotros mismos y van creando rupturas en nuestro entorno con aquellos con los que tendríamos que convivir. Y hacemos referencia al matrimonio y a las causas de tantas rupturas, pero podemos hacer referencia a todo lo que va creando barreras con aquellas personas de nuestro entorno.
No podemos vivir en soledad, pero a causa de nuestra terquedad volvemos a encerrarnos en ella aislándonos de la comunión y comunicación que tendríamos que vivir con los demás. Creo que podríamos sacar muchas consecuencias de esta reflexión para nuestra vida de cada día y para esa mutua interrelación que habríamos de vivir con los demás. Cuidemos de no caer de esa manera en las redes de la soledad.
En el camino de nuestra vida cristiana no vamos solos, porque siempre hemos de vivir esa comunión de amor fraterno como nos enseñó Jesús; pero ese camino de nuestra vida cristiana sabemos que tenemos de nuestra parte al Espíritu del Amor que nos dará fuerzas y sabiduría para saber vivir esa comunión de amor que ha de ser toda vida.

sábado, 3 de octubre de 2015

Que nos llenemos de la alegría del Espíritu porque sepamos tener un corazón puro, humilde y sencillo para abrirnos a Dios y a los demás

Que nos llenemos de la alegría del Espíritu porque sepamos tener un corazón puro, humilde y sencillo para abrirnos a Dios y a los demás

Baruc 4, 5-12. 27-29; Sal 68; Lucas, 10, 17-24
A todos nos gusta la alegría; queremos estar contentos, queremos ver la gente a nuestro lado llena de alegría, ansiamos y deseamos ser felices y eso lo expresamos en la alegría de nuestros ojos y en múltiples expresiones y signos exteriores. No todos lo viven y expresan de igual manera. Como también sabemos que podemos expresar signos exteriores de alegría, pero sin embargo no la haya en nuestro interior, o que la busquemos en sucedáneos y no en aquello que nos dé una alegría honda profunda, que nos conduzca por verdaderos caminos de felicidad. Podemos tener incluso actitudes egoístas en la manifestación de nuestra alegría porque solo la busquemos para nosotros no importándonos las tristezas o las amarguras que pudiera haber en nuestro entorno.
¿Dónde buscamos y podemos encontrar esa verdadera alegría? Para comenzar decir que tiene que nacer de lo más hondo de nosotros buscando satisfacciones profundas que de verdad llenen nuestro espíritu. No nos podemos quedar en una alegría superficial, cuando dentro de nosotros no reina la paz, prevalecen los malos sentimientos, nos encerramos en nosotros mismos, no sabemos apreciar lo bueno y lo bello que hay en la misma vida que vivimos y también alrededor nuestro.
Qué satisfacción más grande sentimos tras el deber cumplido, tras el desarrollo pleno de nuestras responsabilidades; qué gozo sentimos cuando somos capaces de superar retos y obstáculos; qué alegría también cuando vemos que podemos poner nuestro granito de arena para hacer felices a los demás. Una verdadera alegría nunca nos aísla de los demás, nos llevará al compartir nuestra alegría para contagiarla a los demás y para que los demás vivan también en nuestra alegría.
Muchas cosas podríamos seguir reflexionando en torno a ello. He querido comenzar por estas breves pinceladas para introducirnos en el texto del evangelio de hoy. Se nos habla en él de la alegría. Por una parte nos habla de la alegría y satisfacción interior con que volvieron los apóstoles y discípulos después de cumplir con la misión encomendada por Jesús. ‘Los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Habían podido realizar la obra que Jesús les había encomendado de anunciar el Reino y habían visto como se realizaban las señales anunciadas por Jesús. La Palabra que anunciaban en nombre de Jesús era una Palabra de salvación con la que se iba liberando - salvando - del mal a quienes la escuchaban y acogían en su corazón. Y Jesús les dice que estén contentos porque sus nombres están inscritos en el libro de la vida.
Pero a continuación el evangelio nos habla de la alegría de Jesús. ‘Lleno de la alegría del Espíritu Santo’, nos dice el evangelista. No es una alegría cualquiera, es la alegría del Espíritu. Dios se nos revela, y se revela de manera especial a los pequeños y a los sencillos. Los de corazón humilde saben abrirse a Dios, escuchar a Dios. Los de corazón puro podrán conocer y contemplar el misterio de Dios. El llamará dichosos a los pobres, a los pequeños, a los de corazón humilde y sencillo,  a los puros de corazón, para ellos es el Reino de Dios, a ellos se les manifiesta Dios, podrán contemplar a Dios. Recordemos las bienaventuranzas. Y si en las bienaventuranzas los llamará dichosos, felices, es la felicidad y la alegría que Jesús siente ahora en su corazón.
Que encontremos nosotros el camino de esa verdadera alegría porque así vayamos viviendo en la vida con un corazón puro, humilde, sencillo. Podremos saborear de verdad las cosas bellas; podremos llenarnos de Dios; podremos sentir verdadera paz en nuestro corazón; aprenderemos a abrirnos a Dios pero a abrirnos necesariamente también a los demás; trabajaremos así porque reine la verdadera alegría en nuestro mundo.


viernes, 2 de octubre de 2015

Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión del santo Ángel de la Guarda

Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión del santo Ángel de la Guarda

Baruc 1,15-22; Sal 78; Mateo 18, 1-5- 10
Hace unos días celebrábamos la festividad de los santos arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael. Entonces reflexionábamos sobre la gloria que en el cielo cantan a Dios los ángeles y arcángeles y todos los coros celestiales, considerando también la misión que habían tenido en la historia de la salvación, misión que siguen teniendo en medio de la Iglesia.
Pero la liturgia hoy nos recuerda y nos presenta a nuestra consideración la figura de los santos Ángeles Custodios. Ese ángel de Dios que está a nuestro lado acompañándonos en el camino de la vida para hacernos llegar esa inspiración del Señor, esa fuerza del Espíritu divino que nos preserva del mal y nos conduce por el camino del bien.
Si en otra época ya nos enseñaban desde pequeños aquellas oraciones que quizá nos parezcan muy infantiles en los que recordábamos esos Ángeles que nos acompañan en nuestra vida, hoy quizá es algo que tenemos muy olvidado. Pero la presencia de los ángeles del Señor está ahí a nuestro lado; cuántas veces frente al mal y la tentación que nos acecha, sentimos al mismo tiempo una fuerza interior que nos hace repeler ese mal y buscar la manera de alejarnos de la tentación; pensemos en ese ángel del Señor que nos cuida, nos protege, está a nuestro lado, nos hace sentir esa presencia y esa fuerza del Espíritu del Señor.
Y lo mismo tendríamos que decir de esa inspiración y fuerza interior que nos lleva a hacer el bien, en un momento determinado a sentir el animo para hasta olvidarnos de nosotros mismos para hacer lo bueno, para el compartir con el otro, o en nuestra lucha por la justicia y por la verdad. Reconozcamos esa presencia del ángel del Señor, del Ángel Custodio o Ángel de la Guarda, como solemos llamarlo.
San Basilio nos decía: ‘Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida’. Y en este sentido el catecismo nos enseña: ‘Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión’.
Que sepamos en verdad sentir su presencia y su protección y que nos dejemos conducir por sus divinas inspiraciones para que caminemos siempre por el camino del bien.
Hoy Jesús en el evangelio que nos ofrece la liturgia en este día nos ha hablado de ser como niños para entrar en el reino de los cielos, pero nos hablado también de cómo hemos de acoger a los niños y a los pequeños. Es un tema que nos ha servido muchas veces de reflexión y aunque ahora no profundicemos en ello, sin embargo sabemos muy bien que es algo que tenemos que tener siempre presente en nuestro actuar. Pero quería fijarme en las últimas palabras, que son el motivo por el que se nos ofrezcan en este día de los Ángeles Custodios.
‘Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’. Una referencia clara a nuestro santo Ángel Custodio que está siempre viendo en el cielo el rostro del Padre celestial. Esa presencia de nuestro ángel ante el trono de Dios nos hacer sentirnos también nosotros en esa presencia del Señor. Nos lo recuerda el ángel del Señor y nos ha de hacer vivir siempre en esa presencia de Dios; nosotros en la presencia de Dios y Dios siempre presente en nuestra vida. Sus santos Ángeles nos hacen llegar la fuerza y la gracia divina para vivir esa presencia de Dios.

jueves, 1 de octubre de 2015

Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a nuevos horizontes

Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a nuevos horizontes

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Sal 18; Lucas 10, 1-12

‘Designó otros setenta y dos discípulos y los envió por delante… a los lugares y sitios donde pensaba ir él… y les decía: Poneos en camino…’
Los envía y los envía a sitios y lugares distintos; no donde siempre se había ido, no donde ya lo conocían. Es significativo este detalle porque nos está diciendo cómo no podemos quedarnos en lo mismo ni en los mismos; es nuestra tentación, con aquello de que queremos dejar bien fortalecida la obra encomendada nos quedamos en lo mismo y nos quedamos con los mismos. Y el corazón del apóstol es un corazón inquieto que siempre busca más, busca lugares nuevos, de la misma manera que sabe que muchos otros que no han recibido la Buena Noticia y a los que tenemos que llegar.
Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a otros horizontes, enfrentarse quizá a otros problemas, ir al encuentro de otras personas, descubrir otras necesidades, salir a ese mundo real que quizá muchas veces estando cercano a nosotros quizá desconocemos. Ponerse en camino es ir tendiendo puentes a otros mundos, a otras personas; es romper barreras y fronteras para ir a lo que está más allá y quizá nos pueda resultar desconocido. Sin temores ni miedos porque vamos con la misión de Jesús y la fuerza de su Espíritu.
Dichosos los pies de los evangelizadores de la paz; dichosos los misioneros y los apóstoles que se arriesgan a ponerse en camino para llevar ese anuncio de la paz. Algunas veces parece que lo olvidamos reposando tranquilamente a la sombra de nuestro campanario, a la sombra de ese mundo en el que nos hemos acostumbrado a vivir plácidamente y terminamos que ya ni nos preocupamos de hacer de verdad ese anuncio a los que están cercanos a nosotros. Dichosos hemos de sentirnos porque aun hay misioneros, apóstoles que se arriesgan, que se lanzan por el mundo con ese encargo de Jesús. Han de ser para nosotros un despertador de nuestras conciencias.
El mundo nos necesita porque no tiene esa paz. Cuántos conflictos y guerras y no son solo esas guerras que parece que son las únicas que merecen unos titulares en los medios de comunicación, sino que son esas otras batallas y enfrentamientos que cada día afloran en nuestras mutuas relaciones cuando no nos respetamos ni aceptamos, cuando nos dejamos arrastrar por esos orgullos y desavenencias, cuando aun no hemos hecho desaparecer del todo la insolidaridad de nuestro corazón.
Es el mensaje que nos he encargado Jesús que llevemos a los demás cuando nos ha puesto en camino. Salgamos valientes, presurosos, decididos, con generosidad en el corazón a llevar ese anuncio de paz saltando barreras y fronteras para ser capaces de llegar también a esos que están más allá, en los que nunca hemos pensado o en los que nunca nos hemos fijado. Es la fuerza del Espíritu la que nos tiene que guiar.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Escuchando la llamada del Señor entramos en un nuevo espacio de libertad para seguirle con prontitud y radicalidad

Escuchando la llamada del Señor entramos en un nuevo espacio de libertad para seguirle con prontitud y radicalidad

Nehemías 2,1-8; Sal 136; Lucas 9,57-62

‘Maestro, te seguiré adonde vayas’ le dijo uno que quería seguir a Jesús. ¿Con que disposición seguimos a Jesús? ¿Es solamente cosa de un momento de fervor o de entusiasmo? ¿Será la reacción a una situación de fracaso en otras cosas por las que hemos pasado y ahí en la religión o en las cosas religiosas buscamos como un refugio que nos proteja?
Muchas veces oímos decir que aquel se quiso hacer o aquella chica se metió de religiosa porque tuvo un desengaño amoroso y tras esos fracasos de la vida la salida mejor, o el mejor refugio era hacerse cura o irse de monja. Reconocemos que son cosas que hemos oído más de una vez. ¿Sólo desde ahí podemos encontrar una motivación para una decisión tan importante de la vida?
Es cierto que la voz de Dios la podemos oír en circunstancias bien diversas; el Señor nos habla allá en lo secreto del corazón o nos manifiesta  sus designios a través de acontecimientos de la vida. Y ya cuando estamos diciendo esto estamos partiendo no solo de una cuestión solo de mi propia voluntad, sino de descubrir lo que son los designios de Dios. En el fondo tenemos que decir que nuestras decisiones no terminarán de tener el verdadero fundamento si no consideramos lo que es una llamada de Dios, lo que es la voluntad del Señor.
Seguir a Jesús no es cuestión de respuesta a momentos emotivos, sino que tenemos que arrancar de algo mucho más profundo. Cuando hablamos de vocación, como ya la misma palabra nos está indicando, estamos hablando de una llamada, es la llamada de Dios. Una llamada de Dios que en nosotros ha de encontrar unas especiales disposiciones, porque será necesaria una generosidad de corazón, una disponibilidad de la vida, un ser capaz de vaciarte de ti mismo y de tus voluntarismos para descubrir lo que es la voluntad del Señor.
Por ese camino van las respuestas que el Señor va dando a aquellos que quieren seguirle o a los que va haciendo su llamada. ‘Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’ le dice Jesús a aquel que primero se había ofrecido generosamente para seguirle. No podemos ir buscando un refugio, unas seguridades humanas. ‘El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’, le dice. Estaremos dispuestos a seguir a Jesús así con esa pobreza y esa disponibilidad. Recordemos cuando Jesús hace el envío de los discípulos que los envía en la pobreza, sin dinero en la faja, con una sola túnica y un par de sandalias, y solamente el bastón para caminar.
La vida pasada, lo que yo era, pensaba o tenía lo es lo que ahora tiene que prevalecer. Por eso es emprender un nuevo camino desprendiéndome de todo; en este caso Jesús dice que hasta de su familia, porque ‘el que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios’. Es situarnos en un espacio nuevo de libertad donde el corazón no puede estar apegado a nada.
Quien nos guía es el Espíritu del Señor y son los valores del evangelio y los valores del Reino los que ahora van a predominar en mi vida. Por el Reino de Dios nos vamos a poner del lado de los pobres, de los que sufren, de los que son perseguidos o no tenidos en cuenta; por el Reino de Dios entramos en nuevo camino de justicia y de solidaridad; por el Reino de Dios trabajar por la paz y la justicia será nuestra bandera.
Y cuando optamos por esos valores, cuando tenemos esos principios actuamos con la libertad de Dios en nuestro corazón; nuestro corazón tendrá que en verdad vacío de muchos apegos; y la decisión con que emprendemos ese nuevo camino no es solo cuestión de voluntarismo, sino de sentir la llamada del Señor y dejarnos conducir por su Espíritu.

martes, 29 de septiembre de 2015

En la fiesta de los santos Arcángeles nos unimos a los coros celestiales para cantar la gloria y la santidad del Señor

En la fiesta de los santos Arcángeles nos unimos a los coros celestiales para cantar la gloria y la santidad del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

‘Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor’, es el responsorio o antífona que nos ofrece la liturgia con el salmo para alabar y bendecir al Señor en esta fiesta de los santos Arcángeles que hoy celebramos. Comúnmente por tradición decimos que hoy es el día de san Miguel, puesto que los otros arcángeles tenían otro día para su fiesta, pero la reforma litúrgica unió su celebración en un único día. Por eso hoy celebramos a san Miguel, san Rafael y san Gabriel.
Los ángeles y los arcángeles cantan la gloria del Señor. Así lo expresamos en la liturgia y al comenzar la celebración de la Eucaristía, en el prefacio de la plegaria eucarística, nos unimos a los coros de los ángeles y arcángeles para cantar la gloria y la santidad del Señor. Dentro de unos días la liturgia nos ofrecerá la memoria de los santos Ángeles Custodios, esos Ángeles que están a nuestro lado para traernos la inspiración del Señor en ese camino de santidad que habríamos de recorrer.
Hoy son los santos arcángeles recordando de manera especial aquellos que en la aparecen con una misión muy especial y concreta en el desarrollo de la historia de la salvación. Mensajeros de Dios nos ayudan a descubrir el misterio de Dios y nos manifiestan lo que es la gloria del Señor. Es el ángel del Señor que anuncia el momento culminante de la salvación con la aparición del Arcángel Gabriel primero a Zacarías para el nacimiento del Bautista que había de preparar los caminos del Señor y luego a María que manifestaba así la efusión del Espíritu Santo para que de ella naciera el Hijo del Altísimo, nuestro Salvador.
Será el arcángel también que como mensajero divino viene a acompañar el camino de Tobías que será camino de salud y de vida para aquel hogar de hombres piadosos del Señor; es la misión del Arcángel Rafael. O será la manifestación del poder del Señor frente al mal que nos recuerda siempre la fortaleza del Señor en medio de nuestras adversidades y peligros para sentir así la gracia que nos haga mantenernos en fidelidad a Dios; el arcángel Miguel es el signo que nos manifiesta la presencia del Señor que nos llena de fortaleza.
El camino del creyente, el camino del cristiano ha de ser siempre un camino de fidelidad; muchas veces los caminos de la vida se nos oscurecen pero Dios nos hace sentir su luz y su presencia; es el Señor el que mueve nuestros corazones y nos fortalece con su gracia. Los ángeles del Señor nos hacen sentir esa presencia de Dios, inspiran nuestro corazón, nos hacen llegar ese mensaje divino que nos está manifestando siempre lo que es el amor eterno de Dios.
Que así vivamos y sintamos su presencia junto a nosotros; no como unos talismanes milagrosos que misteriosamente nos lo resuelvan todo, sino que nos ayuden a descubrir y sentir esa presencia de Dios, ese amor eterno que Dios nos tiene. Son espíritus puros que están junto a Dios y nos acompañan en el camino de la vida; muchas personas tienen una confusión grande con el misterio de los ángeles como si fueran espíritus que actúan por si mismos y que no nos manifestaran esa presencia y gracia del Señor. Hemos de verlos en todo su sentido. y pensemos que son siempre esos mensajeros de Dios que nos alcanzan esa gracia y fortaleza del Señor que es quien nos cura y nos salva, quien nos perdona y nos llena de la gracia divina que nos hace a nosotros también hijos de Dios.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Hazte pequeño que cuando hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y orgullo serás verdadera grande

Hazte pequeño que cuando hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y orgullo serás verdadera grande

Zacarías 8,1-8; Sal 101; Lucas 9,46-50

Quién es más… desde chiquillos estaban ya presentes esas luchas; quién es más alto, quien es más fuerte, quien llega más lejos, quien es más, en una palabra, importante. Como se preguntan hoy en el texto del evangelio en el grupo de los discípulos, quién es el más importante.
Y ya sabemos que cuando andamos con esas apetencias surgen las luchas, surgen las zancadillas, surgen los orgullos mal digeridos, surge el descontento y la división. Pasa en todas partes; nos pasa a todos los seres humanos en nuestros mutuos encuentros y relaciones; surgen las luchas políticas o los enfrentamientos en lo social. Al final terminamos yendo cada uno por nuestro lado encerrados en nuestro yo, en nuestro orgullo, en nuestro amor propio y terminamos pisoteándonos, porque no hemos terminado de respetarnos y de valorarnos en lo que cada uno es por sí mismo como persona.
Cuántas luchas y enfrentamientos, cuántos pisotones que nos damos unos a otros, cuántos proyectos que se anulan y vienen abajo como castillos de naipes, cuanta destrucción vamos creando en nuestro entorno con nuestras guerrillas, nuestras desconfianzas y recelos, nuestras apetencias por figurar y estar por encima, nuestras envidias que no solo destruyen el entramado social que nos rodea sino que nos destruyen a nosotros mismos.
Jesús que conocía bien cual es la debilidad del corazón humano no quiere que esto sucede entre los que le siguen, ni sea el estilo de la nueva comunidad. En los discípulos permanecen esas apetencias del corazón, pero Jesús estará continuamente al quite para enseñarles, para hacerles comprender, para que aprendan a llenar sus corazones de humildad y de generosidad. Humildad para reconocer donde están los verdaderos valores, para reconocer nuestras limitaciones, y humildad y generosidad para ser capaces de ponernos siempre disponibles desde lo que somos al servicio de los demás y al bien de la comunidad. Humildad y generosidad que no significa enterrar los talentos, que ya en otro momento nos exigirá que hemos de desarrollarlos, sino disposición generosa para el servicio y para el bien común.
Jesús nos repite hoy una vez donde está nuestra verdadera grandeza y como tenemos que saber acogernos y aceptarnos aunque nos pudiera parecer que el otro es más pequeño o vale menos. Nos quiere señalar Jesús cuales son los verdaderos valores de la persona. Tras las discusiones que le oye a sus discípulos ‘Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante’.
Quién es más, decíamos al principio, que es la pregunta permanente que nos hacemos y que se convierte en lucha muchas veces. Hazte pequeño, no importa que parezcas insignificante, que hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y de todo orgullo, entonces serás grande.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor

Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
Qué celosos somos de nuestras cosas y de la manera cómo las hacemos; qué celosos somos de nuestros grupos o de los que son y piensan como nosotros. Como nosotros nadie hace las cosas; somos unos ‘chachis’, como decíamos en mi época; nadie como nuestro grupo, nuestro partido, los que son afines a nosotros. Sucede en muchos ámbitos de la vida, de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Y en consecuencia desconfiamos de los demás, que aunque hagan cosas buenas nosotros siempre le pondremos un ‘pero’; desconfiamos y nos volvemos suspicaces, o porque nos copian o porque queremos ver segundas intenciones o intenciones torcidas o partidistas en los demás. Seguro que al hilo de esto que reflexionamos podríamos poner muchos ejemplos.
Es lo que vemos reflejado de alguna manera en el texto del evangelio de hoy con la actitud de Juan que viene a decirle a Jesús que han visto a uno que hace cosas buenas y se lo trataron de impedir. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros’. Celosos de nuestras cosas y de los nuestros. Si no eran del grupo de Jesús, ¿cómo es que se atrevían a utilizar el nombre de Jesús para echar demonios?
‘No se lo impidáis, les dice Jesús… el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. No seamos desconfiados, podríamos de alguna manera traducir; dejemos que hagan el bien, valoremos que hagan el bien. El bien y la bondad no es algo exclusivo nuestro. Además quien está sembrando el bien, quien está sembrando amor, quien obra con rectitud y justicia, aunque quizá no lo sepa está también construyendo el reinado de Dios.
¿Significa eso que nosotros renegamos de nuestros principios, de nuestros valores? De ninguna manera. Nosotros podremos tener otras motivaciones y razones que nacen de nuestra fe y de la trascendencia con que vivimos nuestra vida, es cierto. Nosotros en nuestra fe y desde el testimonio y la Palabra de Jesús le podremos dar un sentido más amplio y más profundo a nuestro amor y a nuestro compromiso por los demás. Y nosotros seguiremos viviendo nuestro amor y nuestro compromiso cristiano desde esos valores profundos del evangelio, desde esa trascendencia de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana.
Pero aprovechemos todo lo bueno que podemos encontrar en nuestro mundo, en nuestro entorno, en los demás que también trabajan por los demás, se comprometen por hacer un mundo más justo, se dan y se entregan también desde la solidaridad con los que los rodean. Abramos bien los ojos para ver todo lo bueno esté donde esté. Hay mucha gente que actúa con rectitud, con generosidad, con auténtico espíritu solidario, es la búsqueda de la justicia y del bien.
No seamos tan obtusos de pensar que solo nosotros somos los buenos y los que sabemos hacer las cosas. No todo es malo en nuestro mundo, aunque desgraciadamente demasiadas veces nos pongamos las gafas oscuras para contemplarlo y nos parezca verlo todo negro. También hay mucha luz; hay mucha gente buena que trabaja por la justicia y también quiere amar solidariamente a los demás. Sepamos valorar todo eso bueno que hay en los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’.
Y esto aprendámoslo para vivirlo en el ámbito de nuestra vida cristiana, pero aprendámoslo en todas las circunstancias de la vida en lo social, en lo político, en lo cultural. Hay demasiados exclusivismos en nuestras relaciones y en las cosas que hacemos en la vida de nuestra sociedad; exclusivismos que son partidismos excesivos en lo político, por ejemplo, donde siempre al que se mira como adversario no le aceptamos que pueda hacer algo bueno o acertar en sus planteamientos, ni reconocerle incluso aquellas cosas que son comunes. Y así sucede en todos los ámbitos de la sociedad.
Reconozcamos además de que a pesar de tener los principios que tenemos y aprender de los valores del evangelio y actuar con la fuerza de Jesús también nosotros cometemos errores, muchas veces se nos puede manifestar el cansancio, o hacemos las cosas mal. No porque nuestros valores no sirvan o nos conduzcan por lo malo, sino por nuestra debilidad, nuestra inconstancia, y porque también nos podemos sentir tentados por el mal y torcer nuestros caminos. 
Que nunca nuestros tropiezos sean causa de tropiezo para los demás. Por eso tenemos que cuidar mucho la santidad de nuestra vida para que en verdad podamos ser luz, nuestro testimonio sea auténtico. Y aquello que nos podría hacer tropezar a nosotros arranquémoslo de nuestra vida, como nos enseña Jesús. Eso malo que hay en nosotros no solo nos hace tropezar a nosotros haciendo el mal, sino que además puede hacer de tropiezo para los demás. Por eso hemos de evitar el escándalo que podamos dar con nuestra vida, pensando en el significado de la palabra que es precisamente tropiezo.
Hoy nos enseña Jesús a valorar hasta lo más pequeño, lo que nos parezca tan insignificante como dar un vaso de agua. ‘No quedará sin recompensa’, nos dice. Hagamos el bien, aunque sean cosas pequeñas y aprendamos a valorar siempre el bien que hacen los demás. Como decíamos, todo son semillas del Reino de Dios. Claro que nosotros desde nuestra, desde esa motivación profunda que encontramos en Jesús queremos que Dios sea el centro de todo, que en verdad el sea el Señor de nuestra vida y de nuestra historia.
Quizá ese aspecto no lo tendrán en cuenta los demás, por la ausencia de la fe en sus vidas, pero con el testimonio que nosotros también podamos darle una luz puede comenzar a brillar en sus corazones para que también se encuentren con Dios. Lo bueno que nosotros vamos haciendo, por la rectitud con que lo hagamos, por el amor que vayamos poniendo en nuestra vida, sea una luz que ilumine. Como nos dice Jesús en otro lugar del Evangelio que vean nuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Aunque todo parecía que iba bien Jesús no deja de anunciarles los momentos de la pasión y de la entrega que han de ser su pascua

Aunque todo parecía que iba bien Jesús no deja de anunciarles los momentos de la pasión y de la entrega que han de ser su pascua

Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr. 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Cómo nos sentimos cuando, en medio de buenos momentos en que estamos saboreando el que las cosas nos estén marchando bien y estamos viendo quizá el éxito de nuestros logros, de nuestras luchas y quehaceres, nos vienen con una mala noticia, o nos dicen que quizá aquello que nos parecía un triunfo son solamente apariencias y las cosas van a ir mal muy pronto. Nos sentiríamos frustrados, desalentados, como un jarro de agua fría que nos echaran encima, como suele decirse. Quizá todo se nos vuelva oscuro y no sabemos cómo salir adelante ni el sentido de lo que nos pasa.
Algo así les estaba pasando a los discípulos. Todo parecía que iba bien, pues ellos veían como la gente se entusiasmaba por Jesús, había muchos que lo seguían y venían a escucharle de lejos y continuamente Jesús iba realizando signos con sus milagros de ese Reino nuevo que comenzaba, aunque ellos aun bien no terminaban de entender cómo se iba a realizar. En su interior seguían los sueños de grandezas humanas y ya hemos visto como en ocasiones disputan entre ellos sobre quien era el que iba a ser más importante en ese reino de Jesús.
Es lo que hoy nos trasparente este corto texto del evangelio que hemos escuchado. ‘Entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres’. Un jarro de agua fría. Entre la admiración general, dice el evangelista, Jesús aprovecha para seguir haciendo sus anuncios de pascua. No lo entienden; si las cosas van bien, las gentes siguen a Jesús, todo parece un éxito. Pero Jesús anuncia que lo van a entregar, Jesús anuncia prisión y muerte.
A los discípulos - y hablamos de aquellos más cercanos a Jesús que estaban siempre con El -les cuesta meterse eso en la cabeza. ‘Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto’. Y como dice el evangelista no se atreven ni a preguntar. No terminaban de entender lo que era el Reino de Dios que anunciaba Jesús. No pueden entender que tenga que haber esa pascua para Jesús, que significaría pasar por la pasión y la muerte, aunque, como les anunciara claramente en otras cosas, al tercer día habría resurrección.
Es el camino de la entrega, del servicio, del amor hasta el final. Y entregarnos y darnos por los demás, porque eso es amar y servir, significa olvidarnos más de nosotros mismos. Hacernos los últimos, como nos dirá en otra ocasión, será valorar por encima de todo a los demás, valorar por encima de nosotros mismos. No soy yo el importante, sino el importante es el otro, por el que me tengo que preocupar.
Es sentir verdadera desazón en nuestro corazón cuando vemos sufrimiento en los demás, hasta tal punto que nos olvidamos de nuestro propio sufrimiento, y comenzamos a buscar cómo remediar ese sufrimiento, qué podemos hacer para liberar de ese mal al hermano que sufre; comenzamos a desprendernos de nosotros mismos porque desde el amor nos duele el sufrimiento del hermano y ya no importa lo que guardemos para nosotros porque todo será buscar el bien del otro.
Claro que muchas mas reflexiones nos podríamos hacer desde este evangelio cuando nosotros en la vida hemos de vivir momentos de pascua, momentos de pasión, de sufrimiento, de muerte en nosotros mismos, cuando nos aparecen circunstancias adversas en nuestra vida, cuando quizá tenemos que dejar aquella tarea que estamos realizando con ilusión, cuando quizá tenemos que pasar por ser esa semilla enterrada en una vida oculta y sin ninguna realización exterior. Son momentos que se nos pueden hacer duros en que no entendemos lo que nos pasa ni por qué. Son los momentos en que tenemos que aprender a fiarnos del Señor y de sus caminos y designios para vida aunque quizá no los entienda o me cueste aceptarlos.
No puede decaer mi fe, porque ponemos nuestra mirada en el Señor, en su pasión, en su pascua, y viviremos con la esperanza de que todo un día puede dar fruto. Que no nos falte esa confianza en el Señor.