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sábado, 10 de octubre de 2015
Una nueva bienaventuranza para quienes saben escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón, como lo hizo María
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viernes, 9 de octubre de 2015
La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio
La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio
Joel
1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26
El hombre maduro es una persona con principios, sabe lo
que quiere y a la hora de tomar decisiones lo hace con firmeza y valentía,
aunque algunas veces le cueste; intenta que nada le tuerza de su camino y trata
de actuar en su vida conforme a esas ideas, esos principios que son como su
norte y su guía.
El cristiano todo eso lo ve desde el prisma de la fe y
será Jesucristo y su evangelio la fuente de sus principios y el motor de su
vida. Un autentico cristiano es el que ha hecho una opción firme y clara en su
vida por Jesús y su evangelio. Se siente verdaderamente libre con la mayor de
las libertades, pero trata de encauzar su vida desde esos valores del Evangelio
porque ahí cifra toda su felicidad y la mayor plenitud de su vida. Y es que
Jesús no ha venido a anular al hombre en su libertad, sino precisamente a darle
una mayor profundidad que le haga caminar por los caminos de la plenitud más
grande en su dignidad.
Sin embargo somos conscientes que son muchos los cantos
de sirena, por llamarlos de alguna manera, que nos quieren llamar la atención y
distraernos de ese camino que hemos emprendido. Son muchas las cosas de nuestro
entorno que pudieran atraernos y arrastrarnos por caminos bien distintos de los
del evangelio. Es ahí donde un cristiano siempre ha de andar vigilante, atento,
fiel a sus principios y a sus valores para que el mal no se introduzca en el
corazón. No podemos bajar la guardia porque de una manera muy subliminal con
apariencias de bien la tentación quiere engañarnos.
Muchas veces tenemos la tendencia a aflojar la tensión,
o nos decimos, bueno, eso son pequeñeces, cosas de menor importancia y no pasa
nada porque un día podamos consentirnos en algo. Pero ya sabemos que es como
una pendiente muy resbaladiza que nos hace caer casi sin darnos cuenta y luego
nos costará detenernos para enderezar el rumbo de nuestra vida.
Es la reflexión que me hago a partir del evangelio de
este día. Todo parte de aquel momento en que Jesús expulsa el demonio de un
hombre poseído por un espíritu inmundo y de los comentarios interesados que
algunos se hacen. Pero Jesús quiere prevenirnos y recordarnos que no podemos
andar con medias tintas, nadando entre dos aguas, como se suele decir. Que
nuestra opción por El y por el evangelio tiene que ser total en nuestra vida. ‘El que no está conmigo está contra
mí; el que no recoge conmigo desparrama’, nos viene a sentenciar Jesús de forma radical.
Luego nos hablará de cómo siempre el diablo ronda buscando la manera de
tentarnos y hacernos caer otra vez. ‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da
vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo
encuentra, dice: Volveré a la casa de donde salí." l volver, se la
encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores
que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el
principio’.
Creo que todos habremos pasado alguna vez por la experiencia de que en
cosas que pensábamos que teníamos ya superadas en ese camino de ascesis que
hemos ido haciendo en nuestra vida, de repente, sin saber cómo, volvimos a
tropezar en la misma piedra y volvimos por las andadas. Quizá habíamos aflojado
la guardia, como solemos decir, pensábamos que todo estaba superado y no
mantuvimos la debida vigilancia y volvimos a tropezar en lo mismo. Cuántas
experiencias personales podríamos cada uno contar.
Es el camino de superación que hemos de ir recorriendo siempre, no
olvidando nunca nuestros principios y nuestros valores, apoyándonos de verdad
en el Señor para mantenernos fieles. Que así se manifieste la madurez de
nuestra vida, de nuestro compromiso cristiano cuando de verdad amamos a Jesús y
queremos seguirle por los caminos del evangelio.
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jueves, 8 de octubre de 2015
La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha
La confianza del amor que nos hace
saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha
Malaquías
3, 13 – 4,2ª; Sal 1; Lucas 11,5-13
Es la confianza que da el amor; es la confianza de
quien se siente en la presencia del que sabe que le ama; es la confianza a la
que nos invita Jesús con que hemos de orar a Dios.
Ayer escuchábamos que nos enseñaba a llamar Padre a
Dios y decíamos cómo nuestra oración es un saborear en lo hondo del corazón ese
amor de Dios y ese sentirle y vivirle como Padre. Cuando estamos con el Padre
que nos amas se establece una relación profunda de amor que nos hace
desnudarnos ante El con nuestras miserias y nuestras necesidades; cuando
sabemos que así Dios nos ama a El acudimos con la confianza de que siempre
seremos escuchados y nos dará lo mejor que necesitemos. No nos caben dudas ni
miedos; todo ha de ser confianza porque todo es una relación de amor.
Pero por si acaso considerando nuestra pequeñez y
nuestra miseria dudáramos de acercarnos a Dios con nuestras necesidades hoy
Jesús nos insiste. ‘Pues
así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os
abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le
abre’. Antes nos había puesto el ejemplo de quien acude a su amigo
incluso en horas intempestivas para pedirle pan porque le ha llegado una visita
a casa y no tiene que ofrecerle; con insistencia llama al amigo sabiendo que al
final va a ser escuchado.
Así nosotros acudimos a Dios y nos ponemos ante El tal
como somos, con nuestra pobreza, con nuestras debilidades, con nuestras
carencias, con nuestra vida al desnudo sabiendo que en Dios encontraremos
siempre amor, misericordia, gracia, paz, ayuda y fortaleza en nuestras luchas y
necesidades.
Como nos dice pedimos, pero nuestra petición no es una
petición pasiva; pedimos y buscamos, pedimos y vamos a la búsqueda de la
verdad, pedimos y queremos encontrar caminos, pedimos y ponemos de nuestra
parte todo lo que sea necesario para hacer ese camino, pedimos y ansiamos no
solo cosas materiales sino que levantamos nuestro espíritu buscando algo más
hondo que llene nuestra vida.
Nuestra oración no es algo pasivo donde simplemente
esperamos que milagrosamente se nos resuelvan las cosas; nuestra oración es
encuentro con el Padre de amor que llena de luz nuestra vida; nuestra oración
es iluminación interior que nos hace encontrar sentido y valor, que nos abre
caminos, que nos lleva al compromiso; nuestra oración es escucha allá en lo más
hondo de nosotros mismos de esa voz de Dios que nos descubre sus designios de
amor; nuestra oración es aprender a tener una mirada nueva sobre nuestra vida,
pero también una mirada nueva de amor hacia los hermanos que nos rodean y que
nos hará actuar con una misericordia y un amor semejante al de Dios.
Nuestra oración es sentirnos envueltos por el amor de
Dios y en El nos sentimos llenos de bendiciones que hemos de saber llevar a
nuestro mundo.
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miércoles, 7 de octubre de 2015
Saboreemos que Dios es nuestro Padre que nos ama y todo comenzará a ser nuevo en nuestra vida en nuestra relación con Dios y con los hermanos
Saboreemos que Dios es nuestro Padre que nos ama y todo comenzará a ser nuevo en nuestra vida en nuestra relación con Dios y con los hermanos
Jonás
4,1-11; Sal
85; Lucas
11,1-4
Con Jesús todo tiene un sabor distinto; con Jesús
vivimos un sentido nuevo de la vida; con Jesús comenzamos a saborear de una
manera nueva el amor y la presencia de Dios en nuestra vida; con Jesús nuestra
mirada se transforma y tenemos una manera nueva de caminar junto al hombre
nuestro hermano; con Jesús comenzamos sentir un nuevo calor de amor en nuestro
corazón; con Jesús nos sentimos amados por un Dios que es Padre y todo se
reduce a partir de entonces a corresponder a ese amor con una vida nueva, una
relación nueva con Dios y una nueva relación con los que caminan a mi lado en la
peregrinación de la vida.
Comenzó diciéndonos Jesús que comenzaba algo nuevo y
había que creer en esa buena noticia que nos anunciaba; nos decía que llegaba
el Reino de Dios y pronto pudimos ir comprendiendo que ese Reino de Dios no era
a la manera de los reinos de este mundo. El gran descubrimiento que Jesús una y
otra vez nos recordaba es que ese Dios que es nuestro Rey y Señor es un Padre
bueno que nos ama. Una nueva palabra tenía que comenzar a brotar de nuestra
boca y desde lo hondo de nuestro corazón, Padre.
Así llamaba Jesús a Dios porque se sentía su Hijo; así
había sido proclamado desde el cielo allá en el Jordán cuando el bautismo y más
tarde solemnemente desde lo alto del Tabor. ‘Este
es mi Hijo amado, mi predilecto, el elegido’, era el mensaje del cielo.
Pero así ahora Jesús nos enseñaba a llamar a Dios, Padre. Se trata de saborear
esa palabra que es más que una palabra. Se trata de saborear ese sentido nuevo
de Dios. Se trata de saborear el sentirnos hijos amados. Se trata, pues, de
comenzar a vivir de una manera nueva.
Los discípulos ven a Jesús orando con frecuencia, cómo
se retira en momentos determinados a lugares apartados para orar o se levanta
al amanecer; contemplan y palpan cómo Jesús continuamente se siente en la
presencia del Padre porque su alimento es hacer la voluntad del Padre; le
escuchan invocarle o darle gracias por cómo se va manifestando Dios y su poder,
cómo se va manifestando continuamente su amor poderoso que todo lo transforma.
Ellos quieren hacer como Jesús, quieren orar como Jesús, le piden a Jesús que
les enseñe a orar.
Y Jesús les dice cómo han de hacerlo, no solo como una
formula que se repita, sino como algo que hay que aprender a saborear. Se trata
de saborear esa palabra en todas sus consecuencias, llamar a Dios Padre pero
aprender a gozarnos en su amor sintiendo como todo se transforma en nuestro
corazón y en nuestra vida, como todo ha de transformarse en ese mundo en el que
vivimos.
No nos contentemos a repetir mecánicamente las palabras
de Jesús para nuestra oración. Saboreémoslas empezando cuando llamamos a Dios
Padre. Todo lo demás vendrá como consecuencia. Porque si sentimos y saboreamos
su amor es justo que le alabemos y bendigamos, que queramos hacer su voluntad,
que nos pongamos ante El con nuestras necesidades que Dios bien conoce, que ya
nuestra vida comience a ser distinta y aprendamos a amar y a perdonar, a pedir
perdón reconociendo nuestros errores y a luchar contra lo malo con la certeza
que Dios está con nosotros y nos ayuda a superar el mal y la tentación.
Comencemos por saborear que Dios nos ama, que es
nuestro Padre y se derramará sobre nosotros una lluvia del amor de Dios.
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martes, 6 de octubre de 2015
Despertar la sensibilidad de la acogida y la hospitalidad de corazón y saber encontrar lo verdaderamente importante en la vida
Despertar la sensibilidad de la
acogida y la hospitalidad de corazón y saber encontrar lo verdaderamente
importante en la vida
Jonás
3, 1-10; Sal 129; Lucas 10, 38-42
Hay ocasiones en que se nos presenta un imprevisto y parece que todo se
nos vuelve un caos, nos ponemos nerviosos, nos afanamos y querer hacer mil
cosas a un tiempo para resolverlo todo. Pero no es solo cuando nos suceden
cosas extraordinarias, sino que nos hemos hecho un ritmo de vida tan trepidante
que andamos como a la carrera, queriendo solucionar todo al mismo tiempo o
queriendo abarcar más de lo que realmente podemos hacer.
Tan ajetreados andamos en la vida que tenemos el peligro de perder de
vista lo que es lo principal y pudiera ser que en el apuro de sacarlo todo
adelante le demos prioridad a lo que es menos importante. Nos es necesario
hacer una buena escala de valores en la vida para poner las cosas en su sitio.
¿Qué es lo verdaderamente importante a lo que tendríamos que darle
prioridad? Agobiados por los problemas o las necesidades materiales pudiera ser
que le demos más importancia a las cosas que a las personas, por ejemplo; que
le demos más importancia a lo material que a cultivar nuestro espíritu; que nos
importen más las ganancias económicas que el crecimiento de la persona.
‘Entró Jesús en un poblado, y una
mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa…se afanaba en diversos quehaceres…
María, su hermana, se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su
palabra...’ Es el cuadro que nos presenta
hoy el evangelio y que podría darnos mucha luz en nuestra vida.
En esta escena hay algo que destacar con fuerza y que es lo que
podríamos llamar la ley de la hospitalidad, en la que los orientales son tan
exquisitos. La acogida, la apertura del hogar al peregrino o al transeúnte que pasa
a nuestro lado. Ser acogedores los unos con los otros, abrir nuestros oídos y
nuestro corazón, ser capaces de detenernos junto al que pasa a nuestro lado,
mirarle a los ojos, escucharnos para entendernos, hacer funcionar la sintonía
del corazón. Qué hermoso si en la vida camináramos con estos presupuestos.
Despertar la sensibilidad en nuestra vida, en nuestras actitudes y posturas, en
nuestra mirada y en nuestras palabras, en nuestro corazón.
Aquel hogar de Betania que estaba al paso del camino que subiendo desde
Jericó conducía a Jerusalén y que era el lugar de paso obligado para los
peregrinos de Galilea que bajando por el valle del Jordán se dirigían a la
ciudad santa. Cuantos serían los que se vieran acogidos con hospitalidad
ofreciendo agua y descanso en aquel hogar en su subida a Jerusalén. ¿Por qué no
pensar que así nacerían muchas amistades, como nacería la amistad de aquella
familia con Jesús?
Pero el evangelio además de resaltarnos esta hermosa virtud de la
hospitalidad quiere enseñarnos algo más. Es, podríamos decir, en referencia al
tema con que iniciábamos nuestra reflexión. Pareciera que hay un conflicto de
intereses y actitudes en la postura de Marta afanosa que lo quiere tener todo
preparado y la postura de María sentada a los pies de Jesús escuchando. Jesús
les dice que hay que saber escoger la mejor parte. Es la conclusión a la que llegábamos
al principio.
Saber encontrar en la vida lo que es lo fundamental, lo que es lo más
importante. Hacernos una buena escala de valores. En el sentido de fe que tiene
que animar e iluminar nuestra vida es plantearnos el lugar que le damos a Dios,
a la escucha de su Palabra, al culto que hemos de darle, a lo que es lo
esencial en nuestra vida cristiana. Muchas cosas quizá sobre la que tendríamos
que reflexionar más largamente y que quedan aquí ahora apuntadas; muchas
actitudes y posturas que tendríamos que saber revisar. Es la búsqueda de ese
crecimiento espiritual de nuestra persona, ese crecimiento de nuestra fe, ese
compromiso de amor que tendría que centrar nuestra vida.
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lunes, 5 de octubre de 2015
El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor
El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor
Deuteronomio
8, 7-18; Salmo: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11
El creyente no es solo el que recita una fórmula de
profesión de fe, sino el que hace de esa fe el sentido de su vivir. Ser
creyente no es solo un acto intelectual donde proclamamos unas verdades que son
fundamentales sobre la existencia de Dios, sino que el creyente ha de sentir y
vivir en si mismo, en su propia vida esa existencia de Dios, esa presencia de
Dios. Lo formularemos con un credo donde se contengan esas verdades, pero lo
hemos de expresar en el sentido de nuestra vida y de nuestra existencia.
Creemos, sí, en el Dios infinito, todopoderoso y
creador pero vivimos a ese Dios que es amor y que se hace sentir en la vida y
en la historia del hombre. No somos creyentes solo cuando recitamos la fórmula
de un credo en una celebración religiosa, sino cuando en la experiencia de la
vida, en el caminar de la vida vamos sintiendo la presencia llena de amor de un
Dios que es nuestro Padre y nos ama y que nos salva.
El verdadero creyente lo es en todo momento de su vida,
no solo cuando nos encerramos tras las paredes de un templo o cuando hagamos nuestras
oraciones personales en el silencio de nuestro corazón. En todo momento, en
todo lo que hace y en todo lo que sucede el creyente ve la mano de Dios,
escucha la voz de Dios que le dice en su corazón que le ama y va respondiendo
en todo momento con la propia ofrenda de amor de su vida.
En este día la liturgia de la Iglesia nos ofrece una
especial celebración - las témporas - que dentro del ritmo de año y de la vida
nos viene a recordar cómo siempre hemos de tener viva esa presencia del Señor
en nosotros y en nuestra historia. Témporas de acción de gracias y de petición
es el título que se da a esta conmemoración. Y es que la primera respuesta de
amor que hacemos a esa inmensidad del amor de Dios sobre nosotros que se
manifiesta en nuestra historia y en los acontecimientos de cada día es la
acción de gracias.
El creyente ha de ser hombre de memoria para recordar
continuamente esa acción de Dios en su vida y en su historia. Esa memoria
agradecida de esa acción de Dios es algo que ha de estar siempre presente en
nosotros. Es bueno recordar la historia de la salvación no solo en los grandes
pasos en los que Dios se nos manifestó en Cristo Jesús para redimirnos, sino en
esa historia de la salvación, diríamos personal, en la que cada uno recuerda
esos momentos de su vida donde ha sentido de manera especial esa acción de
Dios. Y claro, ha de surgir la acción de gracias.
Pero llamamos a las témporas también días de petición,
porque somos concientes de nuestra debilidad e impotencia por nosotros mismos y
en ese camino de la vida necesitamos de la protección de Dios, de la gracia de
Dios que nos acompañe y nos fortalezca. Así surge nuestra oración, en este
caso, de petición por nosotros y nuestras necesidades, pero por nuestro mundo,
por toda la humanidad con sus problemas, y por la Iglesia.
Una oración de petición que se haría casi interminable
porque son tantas las necesidades y los problemas que no acabaríamos nunca de
presentarlos al Señor. Pero dediquemos tiempo para ir repasando esos problemas
de nuestro mundo con sus injusticias, sus miserias, sus violencias, sus
guerras, sus discriminaciones y con tantos odios con que los hombres una y otra
vez nos enfrentamos. Dediquemos un tiempo a hacer memoria de la Iglesia y de
sus necesidades para presentarla delante del Señor, y no podemos olvidar este
momento eclesial que estamos viviendo con la renovación promovida por el Papa
Francisco ni a los Obispos reunidos hoy mismo en Sínodo en Roma para tratar de
los problemas de la familia y ofrecernos la luz que necesitamos.
Pero en esa petición hay algo que no puede faltar que
es la petición de perdón. Nos sentimos débiles y pecadores. Al lado de toda la
historia de gracia de la salvación de Dios en nuestra vida, está nuestra
historia de debilidades y pecados. Pero la misericordia de Dios es más poderosa
que todas nuestras miserias. Nos presentamos ante el Señor sintiéndonos
pecadores y queriendo llenarnos hasta rebosar de la misericordia del Señor.
Es el camino del creyente va haciendo día a día con sus
limitaciones y con sus esperanzas, pero sintiéndose en todo momento regalado
por el amor del Señor. A todo esto nos ayuda la Palabra del Señor que hoy se
nos ofrece y que invito a leer y meditar de nuevo.
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domingo, 4 de octubre de 2015
Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud
Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud
Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16
La soledad es como la loza de una tumba oscura que si
cae sobre nosotros nos hace perder todo sentido y todo valor de aquello que
vivimos o que hacemos. No está hecho el hombre, la persona para la soledad.
Desde lo más intrínseco de nuestro ser estamos llamados a la comunicación y a
la comunión, aunque luego como consecuencia de nuestras propias limitaciones y
de los orgullos que dejamos meter en nuestra vida algunas veces se nos pueda
hacer difícil.
Necesitamos estar, o más aun, ser para alguien, para el
otro, para los demás. En la soledad decimos que nos aburrimos, o lo que es lo
mismo parece que todo carece de sentido. Podemos buscar la soledad en un
momento determinado porque quizá necesitamos centrarnos dentro de nosotros
mismos pero pronto nuestro ser tiende a abrirse a los demás, a ir al encuentro
con el otro, a entrar en comunicación y más aun en comunión con nuestros
semejantes.
Cuando vemos a alguien que dice que prefiere la
soledad, que trata de aislarse de los otros para vivir su vida sin esa
interdependencia con los otros, decimos que es un bicho raro o que está
caminando a contracorriente de lo que es su ser más hondo. Es difícil que en
esa situación se sea verdaderamente feliz, porque tendría que saber buscar ese
sentido de su ser para los demás aunque en determinados momentos o situaciones
viva a solas.
Pero la soledad no la podemos llenar con cosas. En las
cosas tendrá una utilización, pero no la valdrán para el encuentro. Tampoco
cualquier ser vivo puede llenar la soledad de la persona, porque esa comunión y
comunicación tiene mucho de personal, y entonces será el encuentro de la
persona con la persona donde se establezca esa relación personal. Nos
encontramos en la vida quienes quieren llenar sus soledades en la posesión de
las cosas o en la compañía de los animales. No es el camino que nos lleve a una
plenitud de nuestro ser y a esa relación personal que necesitamos desde lo más
hondo de nosotros mismos.
Muchos pensamientos y reflexiones surgen al hilo del
pensamiento de la soledad de la persona. ‘No
está bien que el hombre esté solo’, se dice Dios en el paraíso después de
haber creado a su criatura preferida, el hombre. ‘Voy a hacer alguien como él que le ayude’. Y nos habla de la
creación de todos los seres vivos que Dios va presentando al hombre para que le
ponga nombre. Es una expresión de posesión el dar nombre a algo o a alguien.
Pero nada de todos aquellos animales, como antes ninguna de las otras cosas
creadas, da satisfacción al corazón del hombre para hacerle salir de su
soledad.
Será cuando aparezca la mujer - hemos de saber entender
las imágenes de la creación que nos propone el Génesis como una forma de hablar
- cuando el hombre llegue a encontrarse de verdad con un ser semejante a él con
quien pueda entrar en comunicación y en comunión. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!’, dirá
Adán llamando a la mujer Eva.
Nos aparece la sentencia que será base y fundamento de
lo que es el matrimonio pero que viene a expresar esa nueva comunión entre los
seres humanos que romperá todas las soledades. Se rompe la soledad no solo
porque puede estar ya con alguien sino porque además ya la vida y la existencia
adquieren un nuevo sentido y valor al ser también para alguien en esa comunión
e interrelación que se crea entre los seres humanos.
Nada tendría que romper esa nueva interrelación entre
los seres humanos que le llevaría de nuevo a la soledad. Se han entendido
siempre estas palabras en relación a esa unión entre el hombre y la mujer que
llamamos matrimonio, pero más profundamente nos está hablando de esa comunión
que tendría que haber siempre entre todos los seres humanos.
En el evangelio hemos escuchado a los fariseos que
vienen a preguntarle a Jesús sobre el tema del divorcio. Les recuerda Jesús las
palabras del Génesis que manifiestan la voluntad y el designio de Dios desde la
creación para todo el género humano. ‘No
son dos sino una sola carne y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’,
termina sentenciando Jesús.
Pero hay algo importante que les dice Jesús en
referencia a que Moisés permitió en algunas circunstancias el divorcio. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés
este precepto’, les dice. La terquedad que se puede traducir en muchas
posturas y actitudes, en muchos contravalores que podemos dejar meter en el
corazón que nos destrozan y que nos dividen.
Es el orgullo que se mete en nuestra vida y que nos aísla
y que nos separa de los demás; todo lo que sea creernos superiores a los otros,
convertirnos en reyes y señores de todos para que prevalezca siempre mi propia
voluntad, las insolidaridades que nos hacen olvidarnos de los otros para pensar
solo en nosotros mismos, el egoísmo avaricioso en que todo lo quiero para mi
porque me creo merecedor de todo, y así podríamos seguir diciendo muchas más
cosas, nos destruyen desde lo más hondo de nosotros mismos y van creando
rupturas en nuestro entorno con aquellos con los que tendríamos que convivir. Y
hacemos referencia al matrimonio y a las causas de tantas rupturas, pero
podemos hacer referencia a todo lo que va creando barreras con aquellas
personas de nuestro entorno.
No podemos vivir en soledad, pero a causa de nuestra
terquedad volvemos a encerrarnos en ella aislándonos de la comunión y
comunicación que tendríamos que vivir con los demás. Creo que podríamos sacar
muchas consecuencias de esta reflexión para nuestra vida de cada día y para esa
mutua interrelación que habríamos de vivir con los demás. Cuidemos de no caer
de esa manera en las redes de la soledad.
En el camino de nuestra vida cristiana no vamos solos,
porque siempre hemos de vivir esa comunión de amor fraterno como nos enseñó
Jesús; pero ese camino de nuestra vida cristiana sabemos que tenemos de nuestra
parte al Espíritu del Amor que nos dará fuerzas y sabiduría para saber vivir
esa comunión de amor que ha de ser toda vida.
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sábado, 3 de octubre de 2015
Que nos llenemos de la alegría del Espíritu porque sepamos tener un corazón puro, humilde y sencillo para abrirnos a Dios y a los demás
Que nos llenemos de la alegría del Espíritu porque sepamos tener un corazón puro, humilde y sencillo para abrirnos a Dios y a los demás
Baruc
4, 5-12. 27-29; Sal
68; Lucas,
10, 17-24
A todos nos gusta la alegría; queremos estar contentos,
queremos ver la gente a nuestro lado llena de alegría, ansiamos y deseamos ser
felices y eso lo expresamos en la alegría de nuestros ojos y en múltiples
expresiones y signos exteriores. No todos lo viven y expresan de igual manera.
Como también sabemos que podemos expresar signos exteriores de alegría, pero
sin embargo no la haya en nuestro interior, o que la busquemos en sucedáneos y
no en aquello que nos dé una alegría honda profunda, que nos conduzca por
verdaderos caminos de felicidad. Podemos tener incluso actitudes egoístas en la
manifestación de nuestra alegría porque solo la busquemos para nosotros no
importándonos las tristezas o las amarguras que pudiera haber en nuestro
entorno.
¿Dónde buscamos y podemos encontrar esa verdadera
alegría? Para comenzar decir que tiene que nacer de lo más hondo de nosotros
buscando satisfacciones profundas que de verdad llenen nuestro espíritu. No nos
podemos quedar en una alegría superficial, cuando dentro de nosotros no reina
la paz, prevalecen los malos sentimientos, nos encerramos en nosotros mismos,
no sabemos apreciar lo bueno y lo bello que hay en la misma vida que vivimos y
también alrededor nuestro.
Qué satisfacción más grande sentimos tras el deber
cumplido, tras el desarrollo pleno de nuestras responsabilidades; qué gozo sentimos
cuando somos capaces de superar retos y obstáculos; qué alegría también cuando
vemos que podemos poner nuestro granito de arena para hacer felices a los
demás. Una verdadera alegría nunca nos aísla de los demás, nos llevará al
compartir nuestra alegría para contagiarla a los demás y para que los demás
vivan también en nuestra alegría.
Muchas cosas podríamos seguir reflexionando en torno a
ello. He querido comenzar por estas breves pinceladas para introducirnos en el
texto del evangelio de hoy. Se nos habla en él de la alegría. Por una parte nos
habla de la alegría y satisfacción interior con que volvieron los apóstoles y discípulos
después de cumplir con la misión encomendada por Jesús. ‘Los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: Señor,
hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Habían podido realizar la
obra que Jesús les había encomendado de anunciar el Reino y habían visto como
se realizaban las señales anunciadas por Jesús. La Palabra que anunciaban en
nombre de Jesús era una Palabra de salvación con la que se iba liberando -
salvando - del mal a quienes la escuchaban y acogían en su corazón. Y Jesús les
dice que estén contentos porque sus nombres están inscritos en el libro de la
vida.
Pero a continuación el evangelio nos habla de la
alegría de Jesús. ‘Lleno de la alegría
del Espíritu Santo’, nos dice el evangelista. No es una alegría cualquiera,
es la alegría del Espíritu. Dios se nos revela, y se revela de manera especial
a los pequeños y a los sencillos. Los de corazón humilde saben abrirse a Dios,
escuchar a Dios. Los de corazón puro podrán conocer y contemplar el misterio de
Dios. El llamará dichosos a los pobres, a los pequeños, a los de corazón
humilde y sencillo, a los puros de
corazón, para ellos es el Reino de Dios, a ellos se les manifiesta Dios, podrán
contemplar a Dios. Recordemos las bienaventuranzas. Y si en las
bienaventuranzas los llamará dichosos, felices, es la felicidad y la alegría
que Jesús siente ahora en su corazón.
Que encontremos nosotros el camino de esa verdadera
alegría porque así vayamos viviendo en la vida con un corazón puro, humilde,
sencillo. Podremos saborear de verdad las cosas bellas; podremos llenarnos de
Dios; podremos sentir verdadera paz en nuestro corazón; aprenderemos a abrirnos
a Dios pero a abrirnos necesariamente también a los demás; trabajaremos así
porque reine la verdadera alegría en nuestro mundo.
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viernes, 2 de octubre de 2015
Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión del santo Ángel de la Guarda
Desde su comienzo hasta la muerte,
la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión del santo Ángel
de la Guarda
Baruc
1,15-22; Sal
78; Mateo
18, 1-5- 10
Hace unos días celebrábamos la festividad de los santos
arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael. Entonces reflexionábamos sobre
la gloria que en el cielo cantan a Dios los ángeles y arcángeles y todos los
coros celestiales, considerando también la misión que habían tenido en la
historia de la salvación, misión que siguen teniendo en medio de la Iglesia.
Pero la liturgia hoy nos recuerda y nos presenta a
nuestra consideración la figura de los santos Ángeles Custodios. Ese ángel de
Dios que está a nuestro lado acompañándonos en el camino de la vida para
hacernos llegar esa inspiración del Señor, esa fuerza del Espíritu divino que
nos preserva del mal y nos conduce por el camino del bien.
Si en otra época ya nos enseñaban desde pequeños
aquellas oraciones que quizá nos parezcan muy infantiles en los que recordábamos
esos Ángeles que nos acompañan en nuestra vida, hoy quizá es algo que tenemos
muy olvidado. Pero la presencia de los ángeles del Señor está ahí a nuestro
lado; cuántas veces frente al mal y la tentación que nos acecha, sentimos al
mismo tiempo una fuerza interior que nos hace repeler ese mal y buscar la
manera de alejarnos de la tentación; pensemos en ese ángel del Señor que nos
cuida, nos protege, está a nuestro lado, nos hace sentir esa presencia y esa
fuerza del Espíritu del Señor.
Y lo mismo tendríamos que decir de esa inspiración y
fuerza interior que nos lleva a hacer el bien, en un momento determinado a
sentir el animo para hasta olvidarnos de nosotros mismos para hacer lo bueno,
para el compartir con el otro, o en nuestra lucha por la justicia y por la
verdad. Reconozcamos esa presencia del ángel del Señor, del Ángel Custodio o
Ángel de la Guarda, como solemos llamarlo.
San Basilio nos decía: ‘Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para
conducirlo a la vida’. Y en este sentido el catecismo nos enseña: ‘Desde su comienzo hasta la muerte, la vida
humana está rodeada de su custodia y de su intercesión’.
Que sepamos en verdad sentir su presencia y su
protección y que nos dejemos conducir por sus divinas inspiraciones para que
caminemos siempre por el camino del bien.
Hoy Jesús en el evangelio que nos ofrece la liturgia en
este día nos ha hablado de ser como niños para entrar en el reino de los
cielos, pero nos hablado también de cómo hemos de acoger a los niños y a los
pequeños. Es un tema que nos ha servido muchas veces de reflexión y aunque
ahora no profundicemos en ello, sin embargo sabemos muy bien que es algo que
tenemos que tener siempre presente en nuestro actuar. Pero quería fijarme en
las últimas palabras, que son el motivo por el que se nos ofrezcan en este día
de los Ángeles Custodios.
‘Cuidado con
despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo
siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’. Una referencia clara a nuestro
santo Ángel Custodio que está siempre viendo en el cielo el rostro del Padre
celestial. Esa presencia de nuestro ángel ante el trono de Dios nos hacer
sentirnos también nosotros en esa presencia del Señor. Nos lo recuerda el ángel
del Señor y nos ha de hacer vivir siempre en esa presencia de Dios; nosotros en
la presencia de Dios y Dios siempre presente en nuestra vida. Sus santos
Ángeles nos hacen llegar la fuerza y la gracia divina para vivir esa presencia
de Dios.
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jueves, 1 de octubre de 2015
Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a nuevos horizontes
Ponerse en camino no es quedarnos
resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a
nuevos horizontes
Nehemías
8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Sal 18; Lucas 10, 1-12
‘Designó otros setenta
y dos discípulos y los envió por delante… a los lugares y sitios donde pensaba
ir él… y les decía: Poneos en camino…’
Los envía y los envía a sitios y lugares distintos; no
donde siempre se había ido, no donde ya lo conocían. Es significativo este
detalle porque nos está diciendo cómo no podemos quedarnos en lo mismo ni en
los mismos; es nuestra tentación, con aquello de que queremos dejar bien
fortalecida la obra encomendada nos quedamos en lo mismo y nos quedamos con los
mismos. Y el corazón del apóstol es un corazón inquieto que siempre busca más,
busca lugares nuevos, de la misma manera que sabe que muchos otros que no han
recibido la Buena Noticia y a los que tenemos que llegar.
Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el
calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a otros horizontes,
enfrentarse quizá a otros problemas, ir al encuentro de otras personas,
descubrir otras necesidades, salir a ese mundo real que quizá muchas veces
estando cercano a nosotros quizá desconocemos. Ponerse en camino es ir
tendiendo puentes a otros mundos, a otras personas; es romper barreras y
fronteras para ir a lo que está más allá y quizá nos pueda resultar
desconocido. Sin temores ni miedos porque vamos con la misión de Jesús y la
fuerza de su Espíritu.
Dichosos los pies de los evangelizadores de la paz;
dichosos los misioneros y los apóstoles que se arriesgan a ponerse en camino
para llevar ese anuncio de la paz. Algunas veces parece que lo olvidamos
reposando tranquilamente a la sombra de nuestro campanario, a la sombra de ese
mundo en el que nos hemos acostumbrado a vivir plácidamente y terminamos que ya
ni nos preocupamos de hacer de verdad ese anuncio a los que están cercanos a
nosotros. Dichosos hemos de sentirnos porque aun hay misioneros, apóstoles que
se arriesgan, que se lanzan por el mundo con ese encargo de Jesús. Han de ser
para nosotros un despertador de nuestras conciencias.
El mundo nos necesita porque no tiene esa paz. Cuántos
conflictos y guerras y no son solo esas guerras que parece que son las únicas
que merecen unos titulares en los medios de comunicación, sino que son esas
otras batallas y enfrentamientos que cada día afloran en nuestras mutuas
relaciones cuando no nos respetamos ni aceptamos, cuando nos dejamos arrastrar
por esos orgullos y desavenencias, cuando aun no hemos hecho desaparecer del
todo la insolidaridad de nuestro corazón.
Es el mensaje que nos he encargado Jesús que llevemos a
los demás cuando nos ha puesto en camino. Salgamos valientes, presurosos, decididos,
con generosidad en el corazón a llevar ese anuncio de paz saltando barreras y
fronteras para ser capaces de llegar también a esos que están más allá, en los
que nunca hemos pensado o en los que nunca nos hemos fijado. Es la fuerza del
Espíritu la que nos tiene que guiar.
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miércoles, 30 de septiembre de 2015
Escuchando la llamada del Señor entramos en un nuevo espacio de libertad para seguirle con prontitud y radicalidad
Escuchando la llamada del Señor entramos en un nuevo espacio de libertad para seguirle con prontitud y radicalidad
Nehemías
2,1-8; Sal 136; Lucas 9,57-62
‘Maestro, te
seguiré adonde vayas’ le dijo uno que quería seguir a
Jesús. ¿Con que disposición seguimos a Jesús? ¿Es solamente cosa de un momento
de fervor o de entusiasmo? ¿Será la reacción a una situación de fracaso en
otras cosas por las que hemos pasado y ahí en la religión o en las cosas
religiosas buscamos como un refugio que nos proteja?
Muchas veces oímos decir que aquel se quiso hacer o aquella chica se
metió de religiosa porque tuvo un desengaño amoroso y tras esos fracasos de la
vida la salida mejor, o el mejor refugio era hacerse cura o irse de monja.
Reconocemos que son cosas que hemos oído más de una vez. ¿Sólo desde ahí
podemos encontrar una motivación para una decisión tan importante de la vida?
Es cierto que la voz de Dios la podemos oír en circunstancias bien
diversas; el Señor nos habla allá en lo secreto del corazón o nos
manifiesta sus designios a través de
acontecimientos de la vida. Y ya cuando estamos diciendo esto estamos partiendo
no solo de una cuestión solo de mi propia voluntad, sino de descubrir lo que
son los designios de Dios. En el fondo tenemos que decir que nuestras decisiones
no terminarán de tener el verdadero fundamento si no consideramos lo que es una
llamada de Dios, lo que es la voluntad del Señor.
Seguir a Jesús no es cuestión de respuesta a momentos emotivos, sino
que tenemos que arrancar de algo mucho más profundo. Cuando hablamos de
vocación, como ya la misma palabra nos está indicando, estamos hablando de una
llamada, es la llamada de Dios. Una llamada de Dios que en nosotros ha de
encontrar unas especiales disposiciones, porque será necesaria una generosidad
de corazón, una disponibilidad de la vida, un ser capaz de vaciarte de ti mismo
y de tus voluntarismos para descubrir lo que es la voluntad del Señor.
Por ese camino van las respuestas que el Señor va dando a aquellos que
quieren seguirle o a los que va haciendo su llamada. ‘Las zorras tienen madriguera, y los
pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’ le dice Jesús a aquel que primero se había ofrecido generosamente para
seguirle. No podemos ir buscando un refugio, unas seguridades humanas. ‘El Hijo del hombre no tiene donde
reclinar la cabeza’, le dice. Estaremos dispuestos a
seguir a Jesús así con esa pobreza y esa disponibilidad. Recordemos cuando
Jesús hace el envío de los discípulos que los envía en la pobreza, sin dinero
en la faja, con una sola túnica y un par de sandalias, y solamente el bastón
para caminar.
La vida pasada, lo que yo era, pensaba o tenía lo es lo que ahora tiene
que prevalecer. Por eso es emprender un nuevo camino desprendiéndome de todo;
en este caso Jesús dice que hasta de su familia, porque ‘el que echa mano al arado y sigue
mirando atrás no vale para el reino de Dios’. Es situarnos en un espacio nuevo de libertad donde el corazón no puede
estar apegado a nada.
Quien nos guía es el Espíritu del Señor y son los valores del evangelio
y los valores del Reino los que ahora van a predominar en mi vida. Por el Reino
de Dios nos vamos a poner del lado de los pobres, de los que sufren, de los que
son perseguidos o no tenidos en cuenta; por el Reino de Dios entramos en nuevo
camino de justicia y de solidaridad; por el Reino de Dios trabajar por la paz y
la justicia será nuestra bandera.
Y cuando optamos por esos valores, cuando tenemos esos principios
actuamos con la libertad de Dios en nuestro corazón; nuestro corazón tendrá que
en verdad vacío de muchos apegos; y la decisión con que emprendemos ese nuevo
camino no es solo cuestión de voluntarismo, sino de sentir la llamada del Señor
y dejarnos conducir por su Espíritu.
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martes, 29 de septiembre de 2015
En la fiesta de los santos Arcángeles nos unimos a los coros celestiales para cantar la gloria y la santidad del Señor
En la fiesta de los santos Arcángeles nos unimos a los coros celestiales para cantar la gloria y la santidad del Señor
Daniel
7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51
‘Delante de los
ángeles tañeré para ti, Señor’,
es el responsorio o antífona que nos ofrece la liturgia con el salmo para
alabar y bendecir al Señor en esta fiesta de los santos Arcángeles que hoy
celebramos. Comúnmente por tradición decimos que hoy es el día de san Miguel,
puesto que los otros arcángeles tenían otro día para su fiesta, pero la reforma
litúrgica unió su celebración en un único día. Por eso hoy celebramos a san
Miguel, san Rafael y san Gabriel.
Los ángeles y los arcángeles cantan la gloria del
Señor. Así lo expresamos en la liturgia y al comenzar la celebración de la Eucaristía,
en el prefacio de la plegaria eucarística, nos unimos a los coros de los
ángeles y arcángeles para cantar la gloria y la santidad del Señor. Dentro de
unos días la liturgia nos ofrecerá la memoria de los santos Ángeles Custodios,
esos Ángeles que están a nuestro lado para traernos la inspiración del Señor en
ese camino de santidad que habríamos de recorrer.
Hoy son los santos arcángeles recordando de manera
especial aquellos que en la aparecen con una misión muy especial y concreta en
el desarrollo de la historia de la salvación. Mensajeros de Dios nos ayudan a
descubrir el misterio de Dios y nos manifiestan lo que es la gloria del Señor.
Es el ángel del Señor que anuncia el momento culminante de la salvación con la
aparición del Arcángel Gabriel primero a Zacarías para el nacimiento del
Bautista que había de preparar los caminos del Señor y luego a María que
manifestaba así la efusión del Espíritu Santo para que de ella naciera el Hijo
del Altísimo, nuestro Salvador.
Será el arcángel también que como mensajero divino
viene a acompañar el camino de Tobías que será camino de salud y de vida para
aquel hogar de hombres piadosos del Señor; es la misión del Arcángel Rafael. O
será la manifestación del poder del Señor frente al mal que nos recuerda
siempre la fortaleza del Señor en medio de nuestras adversidades y peligros
para sentir así la gracia que nos haga mantenernos en fidelidad a Dios; el
arcángel Miguel es el signo que nos manifiesta la presencia del Señor que nos
llena de fortaleza.
El camino del creyente, el camino del cristiano ha de
ser siempre un camino de fidelidad; muchas veces los caminos de la vida se nos
oscurecen pero Dios nos hace sentir su luz y su presencia; es el Señor el que
mueve nuestros corazones y nos fortalece con su gracia. Los ángeles del Señor
nos hacen sentir esa presencia de Dios, inspiran nuestro corazón, nos hacen
llegar ese mensaje divino que nos está manifestando siempre lo que es el amor
eterno de Dios.
Que así vivamos y sintamos su presencia junto a
nosotros; no como unos talismanes milagrosos que misteriosamente nos lo
resuelvan todo, sino que nos ayuden a descubrir y sentir esa presencia de Dios,
ese amor eterno que Dios nos tiene. Son espíritus puros que están junto a Dios
y nos acompañan en el camino de la vida; muchas personas tienen una confusión
grande con el misterio de los ángeles como si fueran espíritus que actúan por
si mismos y que no nos manifestaran esa presencia y gracia del Señor. Hemos de
verlos en todo su sentido. y pensemos que son siempre esos mensajeros de Dios
que nos alcanzan esa gracia y fortaleza del Señor que es quien nos cura y nos
salva, quien nos perdona y nos llena de la gracia divina que nos hace a
nosotros también hijos de Dios.
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lunes, 28 de septiembre de 2015
Hazte pequeño que cuando hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y orgullo serás verdadera grande
Hazte pequeño que cuando hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y orgullo serás verdadera grande
Zacarías
8,1-8; Sal 101; Lucas 9,46-50
Quién es más… desde chiquillos estaban ya presentes
esas luchas; quién es más alto, quien es más fuerte, quien llega más lejos,
quien es más, en una palabra, importante. Como se preguntan hoy en el texto del
evangelio en el grupo de los discípulos, quién es el más importante.
Y ya sabemos que cuando andamos con esas apetencias
surgen las luchas, surgen las zancadillas, surgen los orgullos mal digeridos,
surge el descontento y la división. Pasa en todas partes; nos pasa a todos los
seres humanos en nuestros mutuos encuentros y relaciones; surgen las luchas
políticas o los enfrentamientos en lo social. Al final terminamos yendo cada
uno por nuestro lado encerrados en nuestro yo, en nuestro orgullo, en nuestro
amor propio y terminamos pisoteándonos, porque no hemos terminado de
respetarnos y de valorarnos en lo que cada uno es por sí mismo como persona.
Cuántas luchas y enfrentamientos, cuántos pisotones que
nos damos unos a otros, cuántos proyectos que se anulan y vienen abajo como
castillos de naipes, cuanta destrucción vamos creando en nuestro entorno con
nuestras guerrillas, nuestras desconfianzas y recelos, nuestras apetencias por
figurar y estar por encima, nuestras envidias que no solo destruyen el
entramado social que nos rodea sino que nos destruyen a nosotros mismos.
Jesús que conocía bien cual es la debilidad del corazón
humano no quiere que esto sucede entre los que le siguen, ni sea el estilo de
la nueva comunidad. En los discípulos permanecen esas apetencias del corazón,
pero Jesús estará continuamente al quite para enseñarles, para hacerles
comprender, para que aprendan a llenar sus corazones de humildad y de
generosidad. Humildad para reconocer donde están los verdaderos valores, para
reconocer nuestras limitaciones, y humildad y generosidad para ser capaces de
ponernos siempre disponibles desde lo que somos al servicio de los demás y al
bien de la comunidad. Humildad y generosidad que no significa enterrar los
talentos, que ya en otro momento nos exigirá que hemos de desarrollarlos, sino
disposición generosa para el servicio y para el bien común.
Jesús nos repite hoy una vez donde está nuestra verdadera
grandeza y como tenemos que saber acogernos y aceptarnos aunque nos pudiera
parecer que el otro es más pequeño o vale menos. Nos quiere señalar Jesús
cuales son los verdaderos valores de la persona. Tras las discusiones que le
oye a sus discípulos ‘Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano
a un niño, lo puso a su lado y les dijo: El que acoge a este niño en mi nombre
me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más
pequeño de vosotros es el más importante’.
Quién es más, decíamos al
principio, que es la pregunta permanente que nos hacemos y que se convierte en
lucha muchas veces. Hazte pequeño, no importa que parezcas insignificante, que
hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y de todo orgullo,
entonces serás grande.
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domingo, 27 de septiembre de 2015
Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor
Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor
Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43.
45. 47-48
Qué celosos somos de nuestras cosas y de la manera cómo
las hacemos; qué celosos somos de nuestros grupos o de los que son y piensan
como nosotros. Como nosotros nadie hace las cosas; somos unos ‘chachis’, como decíamos en mi época;
nadie como nuestro grupo, nuestro partido, los que son afines a nosotros.
Sucede en muchos ámbitos de la vida, de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Y
en consecuencia desconfiamos de los demás, que aunque hagan cosas buenas
nosotros siempre le pondremos un ‘pero’;
desconfiamos y nos volvemos suspicaces, o porque nos copian o porque queremos
ver segundas intenciones o intenciones torcidas o partidistas en los demás.
Seguro que al hilo de esto que reflexionamos podríamos poner muchos ejemplos.
Es lo que vemos reflejado de alguna manera en el texto
del evangelio de hoy con la actitud de Juan que viene a decirle a Jesús que han
visto a uno que hace cosas buenas y se lo trataron de impedir. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba
demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los
nuestros’. Celosos de nuestras cosas y de los nuestros. Si no eran del
grupo de Jesús, ¿cómo es que se atrevían a utilizar el nombre de Jesús para
echar demonios?
‘No se lo impidáis, les dice Jesús… el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. No seamos
desconfiados, podríamos de alguna manera traducir; dejemos que hagan el bien,
valoremos que hagan el bien. El bien y la bondad no es algo exclusivo nuestro.
Además quien está sembrando el bien, quien está sembrando amor, quien obra con
rectitud y justicia, aunque quizá no lo sepa está también construyendo el
reinado de Dios.
¿Significa eso que nosotros renegamos de nuestros
principios, de nuestros valores? De ninguna manera. Nosotros podremos tener
otras motivaciones y razones que nacen de nuestra fe y de la trascendencia con
que vivimos nuestra vida, es cierto. Nosotros en nuestra fe y desde el
testimonio y la Palabra de Jesús le podremos dar un sentido más amplio y más
profundo a nuestro amor y a nuestro compromiso por los demás. Y nosotros
seguiremos viviendo nuestro amor y nuestro compromiso cristiano desde esos
valores profundos del evangelio, desde esa trascendencia de nuestra fe y de
nuestra esperanza cristiana.
Pero aprovechemos todo lo bueno que podemos encontrar
en nuestro mundo, en nuestro entorno, en los demás que también trabajan por los
demás, se comprometen por hacer un mundo más justo, se dan y se entregan también
desde la solidaridad con los que los rodean. Abramos bien los ojos para ver
todo lo bueno esté donde esté. Hay mucha gente que actúa con rectitud, con
generosidad, con auténtico espíritu solidario, es la búsqueda de la justicia y
del bien.
No seamos tan obtusos de pensar que solo nosotros somos
los buenos y los que sabemos hacer las cosas. No todo es malo en nuestro mundo,
aunque desgraciadamente demasiadas veces nos pongamos las gafas oscuras para
contemplarlo y nos parezca verlo todo negro. También hay mucha luz; hay mucha
gente buena que trabaja por la justicia y también quiere amar solidariamente a
los demás. Sepamos valorar todo eso bueno que hay en los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’.
Y esto aprendámoslo para vivirlo en el ámbito de
nuestra vida cristiana, pero aprendámoslo en todas las circunstancias de la
vida en lo social, en lo político, en lo cultural. Hay demasiados exclusivismos
en nuestras relaciones y en las cosas que hacemos en la vida de nuestra
sociedad; exclusivismos que son partidismos excesivos en lo político, por
ejemplo, donde siempre al que se mira como adversario no le aceptamos que pueda
hacer algo bueno o acertar en sus planteamientos, ni reconocerle incluso
aquellas cosas que son comunes. Y así sucede en todos los ámbitos de la
sociedad.
Reconozcamos además de que a pesar de tener los
principios que tenemos y aprender de los valores del evangelio y actuar con la
fuerza de Jesús también nosotros cometemos errores, muchas veces se nos puede
manifestar el cansancio, o hacemos las cosas mal. No porque nuestros valores no
sirvan o nos conduzcan por lo malo, sino por nuestra debilidad, nuestra
inconstancia, y porque también nos podemos sentir tentados por el mal y torcer
nuestros caminos.
Que nunca nuestros tropiezos sean causa de tropiezo
para los demás. Por eso tenemos que cuidar mucho la santidad de nuestra vida
para que en verdad podamos ser luz, nuestro testimonio sea auténtico. Y aquello
que nos podría hacer tropezar a nosotros arranquémoslo de nuestra vida, como
nos enseña Jesús. Eso malo que hay en nosotros no solo nos hace tropezar a
nosotros haciendo el mal, sino que además puede hacer de tropiezo para los
demás. Por eso hemos de evitar el escándalo que podamos dar con nuestra vida,
pensando en el significado de la palabra que es precisamente tropiezo.
Hoy nos enseña Jesús a valorar hasta lo más pequeño, lo
que nos parezca tan insignificante como dar un vaso de agua. ‘No quedará sin recompensa’, nos dice. Hagamos
el bien, aunque sean cosas pequeñas y aprendamos a valorar siempre el bien que
hacen los demás. Como decíamos, todo son semillas del Reino de Dios. Claro que
nosotros desde nuestra, desde esa motivación profunda que encontramos en Jesús
queremos que Dios sea el centro de todo, que en verdad el sea el Señor de
nuestra vida y de nuestra historia.
Quizá ese aspecto no lo tendrán en cuenta los demás,
por la ausencia de la fe en sus vidas, pero con el testimonio que nosotros
también podamos darle una luz puede comenzar a brillar en sus corazones para
que también se encuentren con Dios. Lo bueno que nosotros vamos haciendo, por
la rectitud con que lo hagamos, por el amor que vayamos poniendo en nuestra
vida, sea una luz que ilumine. Como nos dice Jesús en otro lugar del Evangelio
que vean nuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo.
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sábado, 26 de septiembre de 2015
Aunque todo parecía que iba bien Jesús no deja de anunciarles los momentos de la pasión y de la entrega que han de ser su pascua
Aunque todo parecía que iba bien Jesús no deja de anunciarles los momentos de la pasión y de la entrega que han de ser su pascua
Zacarías
2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr. 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45
Cómo nos sentimos cuando, en medio de buenos momentos
en que estamos saboreando el que las cosas nos estén marchando bien y estamos
viendo quizá el éxito de nuestros logros, de nuestras luchas y quehaceres, nos
vienen con una mala noticia, o nos dicen que quizá aquello que nos parecía un
triunfo son solamente apariencias y las cosas van a ir mal muy pronto. Nos sentiríamos
frustrados, desalentados, como un jarro de agua fría que nos echaran encima,
como suele decirse. Quizá todo se nos vuelva oscuro y no sabemos cómo salir
adelante ni el sentido de lo que nos pasa.
Algo así les estaba pasando a los discípulos. Todo
parecía que iba bien, pues ellos veían como la gente se entusiasmaba por Jesús,
había muchos que lo seguían y venían a escucharle de lejos y continuamente
Jesús iba realizando signos con sus milagros de ese Reino nuevo que comenzaba,
aunque ellos aun bien no terminaban de entender cómo se iba a realizar. En su
interior seguían los sueños de grandezas humanas y ya hemos visto como en
ocasiones disputan entre ellos sobre quien era el que iba a ser más importante
en ese reino de Jesús.
Es lo que hoy nos trasparente este corto texto del
evangelio que hemos escuchado. ‘Entre
la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Meteos
bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los
hombres’. Un jarro de agua fría. Entre la
admiración general, dice el evangelista, Jesús aprovecha para seguir haciendo
sus anuncios de pascua. No lo entienden; si las cosas van bien, las gentes
siguen a Jesús, todo parece un éxito. Pero Jesús anuncia que lo van a entregar,
Jesús anuncia prisión y muerte.
A los discípulos - y hablamos de aquellos más cercanos a Jesús que
estaban siempre con El -les cuesta meterse eso en la cabeza. ‘Pero ellos no entendían este
lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo
preguntarle sobre el asunto’. Y como dice el evangelista no se
atreven ni a preguntar. No terminaban de entender lo que era el Reino de Dios
que anunciaba Jesús. No pueden entender que tenga que haber esa pascua para
Jesús, que significaría pasar por la pasión y la muerte, aunque, como les
anunciara claramente en otras cosas, al tercer día habría resurrección.
Es el camino de la entrega, del servicio, del amor hasta el final. Y
entregarnos y darnos por los demás, porque eso es amar y servir, significa
olvidarnos más de nosotros mismos. Hacernos los últimos, como nos dirá en otra
ocasión, será valorar por encima de todo a los demás, valorar por encima de
nosotros mismos. No soy yo el importante, sino el importante es el otro, por el
que me tengo que preocupar.
Es sentir verdadera desazón en nuestro corazón cuando vemos sufrimiento
en los demás, hasta tal punto que nos olvidamos de nuestro propio sufrimiento,
y comenzamos a buscar cómo remediar ese sufrimiento, qué podemos hacer para
liberar de ese mal al hermano que sufre; comenzamos a desprendernos de nosotros
mismos porque desde el amor nos duele el sufrimiento del hermano y ya no
importa lo que guardemos para nosotros porque todo será buscar el bien del
otro.
Claro que muchas mas reflexiones nos podríamos hacer desde este
evangelio cuando nosotros en la vida hemos de vivir momentos de pascua,
momentos de pasión, de sufrimiento, de muerte en nosotros mismos, cuando nos
aparecen circunstancias adversas en nuestra vida, cuando quizá tenemos que
dejar aquella tarea que estamos realizando con ilusión, cuando quizá tenemos
que pasar por ser esa semilla enterrada en una vida oculta y sin ninguna
realización exterior. Son momentos que se nos pueden hacer duros en que no entendemos
lo que nos pasa ni por qué. Son los momentos en que tenemos que aprender a
fiarnos del Señor y de sus caminos y designios para vida aunque quizá no los
entienda o me cueste aceptarlos.
No puede decaer mi fe, porque ponemos nuestra mirada en el Señor, en su
pasión, en su pascua, y viviremos con la esperanza de que todo un día puede dar
fruto. Que no nos falte esa confianza en el Señor.
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