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sábado, 13 de septiembre de 2014

Los cimientos de una verdadera espiritualidad cristiana que nos lleven a dar buenos frutos

Los cimientos de una verdadera espiritualidad cristiana que nos lleven a dar buenos frutos

1Cor. 10, 14-22; Sal. 115; Lc. 6, 43-49
¿Las obras de nuestra vida denotarán el árbol bueno que llevamos en nuestro corazón? Será quizá la pregunta que tengamos que hacernos tras escuchar el evangelio proclamado. Porque viene el Señor a ayudarnos a que nos interroguemos por dentro con toda sinceridad por nuestra vida.
‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos está diciendo Jesús. Por eso, repito, tenemos que ver los frutos que damos en nuestra vida. Y no nos vale decir que nosotros somos buenos, que tenemos buenas intenciones, ni hasta que rezamos mucho. Tenemos que hacerlo, es cierto,  y tenemos que ser buenos, pero no solo porque lo digamos sino porque estemos dando frutos de obras buenas.
Pero, como decíamos, tenemos que analizarlo con toda sinceridad, porque bien sabemos cuales son nuestras tentaciones; hemos de ser sinceros y analizar con detalle nuestras palabras, nuestras obras, nuestros gestos, esos prontos que nos salen de dentro muchas veces llenos de violencias o de resentimientos, de desconfianzas o de envidias. Y esas cosas van manchando nuestra vida.
Ya en otra ocasión Jesús nos decía en el evangelio que no es lo que entra lo mancha el corazón del hombre y lo hace impuro, en referencia a todas aquellas normas y preceptos que se habían creado declarando cosas o animales puros o impuros y que se podrían comer o no porque podrían hacer impuro el corazón del hombre. El nos dice que lo que sale del corazón del hombre es lo que hace impuro al hombre, porque ahí dentro de nosotros tenemos la codicia y la envidia, la maldad y el egoísmo, los malos sentimientos y las malas ideas, y ‘lo que rebosa del corazón lo habla la boca’, como hoy nos dice.
‘¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?’ Ya nos decía en otro momento paralelo a este que ‘no todo el que dice Señor, Señor entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre’. Y nos pone la comparación de los cimientos sobre los que edificamos la casa. ¿Serán roca firme o serán arena? A nadie se le ocurriría edificar sin tener una firme cimentación sobre roca, porque sabríamos de seguro que ante cualquier temporal la casa se nos vendría abajo.
Nos puede suceder que vamos edificando así nuestra vida. Con cuánta superficialidad vamos construyendo nuestra vida, porque simplemente nos vamos dejando llevar por lo más fácil o lo más cómodo o por lo que todos hacen. Siempre decimos que hemos de darle una espiritualidad profunda para que podamos lanzarnos a lo alto, a lo más grande, a lo más hermoso. Un árbol que no tiene raíces pronto lo veremos caer arrancado de la tierra donde está plantado. Para crecer tenemos que tener esas raíces hondas. Para crecer hacia arriba, antes hay que crecer en profundidad hacia dentro.
¿Dónde vamos a cimentar nuestra vida o donde vamos a ahondar esas raíces del árbol de nuestra vida? ¿Dónde tienen que estar las raíces o los cimientos de nuestra espiritualidad cristiana? No puede ser una religiosidad superficial basada en rutinas o banalidades. Es en Cristo donde tenemos que cimentar nuestra vida. Por eso es tan importante para nosotros su Palabra; que la escuchemos con fe y atención; que la meditemos, la rumiemos para ir de verdad impregnándonos del Espíritu de Cristo que nos transformemos en El.
Por eso es tan importante la oración en la vida del cristiano para unirnos a Cristo, para llenarnos de Dios, para sentir la luz y presencia de su gracia que nos orienta la vida y nos da fortaleza para nuestro caminar. Un cristiano tiene que ser siempre una persona de oración, pero de una oración profunda que le haga vivir la presencia y la fuerza del Señor. Importante también la vida sacramental para llenarnos de la gracia del Señor.
Será así como iremos ahondando en nuestra espiritualidad, poniendo los verdaderos cimientos de nuestra vida cristiana que nos harán mejorar, que nos harán crecer, que harán que lleguemos a dar frutos de verdad, como árboles buenos, tal como nos dice hoy Jesús. Mucho más tendríamos que hablar de todo eso.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre

Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre

Ecls. 24, 17-22; Sal: Lc. 1,46-54; Lc. 1, 26-38
El Señor Dios te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo, que tu alabanza está siempre en la boca de todos’. Es la antífona con que ha comenzado hoy la liturgia esta celebración de María con la que queremos glorificar su santo nombre.
Palabras tomadas de aquellas con las que el pueblo aclamaba a Judit que con su valor había liberado al pueblo del opresor y que la liturgia quiere aplicar a María, dando así cumplimiento al mismo tiempo a sus propias palabras proféticas en el Magnificat donde proclamaba que todas las generaciones la felicitarían. ‘Tu alabanza está siempre en la boca de todos’. Así queremos nosotros alabar a María, pero bendecir sobre todo al Señor que la hizo instrumento de salvación para nosotros al traernos al Salvador.
En el evangelio hemos escuchado el relato de la embajada angélica. ‘El ángel Gabriel fue enviado por Dios… a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María’. Es el dulce nombre de la Madre de Dios y nuestra Madre, que hoy nosotros queremos celebrar. Pero si nos fijamos en el fondo de la celebración en los diversos textos y oraciones que nos ofrece la liturgia hay una triple referencia al nombre, aunque nos estemos fijando de manera especial en María, pero que las vemos íntimamente interrelacionadas.
Hay una referencia constante al santo nombre de Dios, al nombre, más bien, de Jesús. No solo es el cántico de María, que hemos recitado en el salmo, donde bendice y alaba el nombre de Dios - ‘santo es su nombre’, proclama María - sino que en el prefacio de manera especial se dice: ‘En el nombre de Jesús se nos da la salvación, y ante El se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo’, recordándonos aquel himno cristológico que nos traerá la carta de san Pablo y que nos recuerda también que no hay otro nombre en el que podamos obtener la salvación. Toda fiesta de María, toda referencia que hagamos siempre de María contemplando su grandeza la hemos de contemplar siempre relación a Jesús, siempre dentro del misterio de Cristo porque El es nuestro único Salvador.
Está, en segundo lugar, la referencia al nombre de María de manera especial en esta celebración de hoy. ¿Qué nos dice el nombre de María? Como nos decía el libro del Eclesiástico ‘mi nombre es más dulce que la miel y mi herencia, mejor que los panales’. Es ese nombre de María que endulza nuestra boca al invocarlo y llena del sabor divino nuestro corazón.
Decir María es decir ‘la llena de gracia’, la inundada de la presencia del Señor, aquella sobre la que el Señor volvió su rostro y la llenó de gracia, la agraciada del Señor que podemos decir, y la hizo toda pura y santa, la que está llena del Espíritu de Dios que la cubrió con su sombra para que de ella naciera hecho hombre el Hijo de Dios. Nombre glorioso el de María que ‘ha sido glorificada de tal modo, como recordábamos con la antífona, que su alabanza está siempre en la boca de todos’.
Decir el nombre de María es decir Madre, ese dulce nombre con que la llamó el mismo Hijo de Dios, pero que también nosotros podemos pronunciar con el mismo amor porque fue el regalo hermoso que nos dejó Jesús desde la Cruz. Jesús, el Señor, ‘al expirar en la cruz quiso que la virgen María, elegida por El como madre suya, fuese en adelante nuestra madre’, como hemos expresado en la oración litúrgica. Cómo podemos saborear desde entonces ese dulce nombre de María.
Decir María es sentirnos para siempre confortados con su protección maternal cuando con devoción y amor de tantas maneras invocamos su nombre. ‘Con frecuencia está el nombre de María en nuestros labios porque la contemplamos como estrella luminosa, invocándola como madre en los peligros sintiéndonos siempre seguros cuando acudimos a ella’, como expresamos también en el prefacio. ¿Cuántas veces invocamos el nombre de María a lo largo del día? Pensemos en las avemarías que rezamos, en las jaculatorias con que invocamos a María. Estamos expresando así la confianza y el amor de los hijos que invocan a la Madre, pero estamos al mismo tiempo glorificar el nombre de Jesús, porque siempre María nos llevará de la mano hasta Jesús.
Hablábamos de una triple referencia al nombre y es que nos queda nuestro nombre de cristianos. Y es que en la oración final de la Eucaristía de esta memoria de la Virgen pediremos que ‘bajo la guía y la protección de la Virgen, confortados con la gracia de los sacramentos, rechacemos lo que es indigno del nombre cristiano y cumplamos cuanto en él se significa’. Hemos de pensar en la dignidad del nombre de cristiano que llevamos marcado en nuestra vida desde nuestra consagración bautismal; pero hemos de saber vivir conforme a esa dignidad con una vida santa.
Cada día decimos cuando rezamos el padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’; ¿cómo vamos a santificar el nombre de Dios,  que ya por si mismo es santo? Viviendo conforme a la dignidad de nuestro nombre cristiano, viviendo una vida santa. Que no haya nada en nuestra vida que desdiga ese dignidad de cristianos que hemos de llevar con todo orgullo. Invocamos el nombre de María, para que así recordemos nuestra condición; invocamos el dulce nombre de María, para que así sintamos la protección de nuestra Madre y nos alejemos del pecado y vivamos para siempre en la gracia del Señor.

‘Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre’ como hemos pedido en la oración litúrgica.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

1Cor. 8, 1-7.11.13; Sal. 138; Lc. 6, 27-38
Alguien ha escrito que ‘nos encontramos con el trozo más revolucionario del Evangelio’. Quizá nos hemos acostumbrado a escucharlo, pero reconozcamos que aunque lo hemos escuchado y comentado muchas veces es una página que se nos atraviesa y no se nos hace fácil ponerla en práctica.
Como siempre digo, trato de ponerme en la situación de quienes escucharon por primera vez estas palabras directamente de labios de Jesús, que si ya les había sido sorprendente lo que le escuchaban en el principio del sermón del monte con el anuncio de las bienaventuranzas - las escuchábamos ayer -, no sería menos la sorpresa ante lo que les siguió diciendo Jesús y que hoy escuchamos.
Amor a los enemigos, bendiciones para quienes nos maldicen, oraciones por los que nos injurian, responder a la violencia con gestos de mansedumbre y amor, dar a cualquiera que nos pida y prestar sin esperar que se nos devuelva son cosas bien sorprendentes que no caben en los esquemas de actuación que solemos tener en nuestra cabeza y en nuestra manera de hacer o relacionarnos con los demás.
Pero Jesús está anunciando un mundo nuevo al que llamamos Reino de Dios y ya nos pedía desde el principio que para aceptar esa Buena Nueva que El nos venía a proclamar había que cambiar totalmente los esquemas de nuestra vida. Conversión, nos pedía, pero nos acostumbramos a la palabra y ya no le damos el sentido profundo que tiene que sentir. Es dar la vuelta totalmente a nuestra manera de actuar, si en verdad queremos poner a Dios en el centro de nuestra vida. Eso es el Reino de Dios, poner a Dios en el centro, que vendrá a ser entonces toda la motivación de lo que hagamos y todo el sentido de nuestro vivir.
Como tantas veces hemos reflexionado, no se trata de seguir con las mismas cosas o con la misma manera de vivir si en verdad nos convertimos a Dios porque en El hemos encontrado la salvación y el sentido de nuestra vida. Seguir con lo mismo significa que no hemos encontrado aun el sentido del evangelio. Y tras veinte siglos aun seguimos renqueando porque aunque nos llamemos cristianos y todo eso que decimos aun no nos hemos impregnado totalmente del espíritu y del sentido del evangelio. ¿No es señal de eso que nos sintamos sorprendidos con páginas del evangelio como esta que hemos escuchado y que tanto nos cuesta vivir?
Es la revolución del amor la que nos viene a proponer Jesús. Muchas revoluciones y guerras nos hacemos cuando decimos que queremos mejorar nuestro mundo, pero todas nos llevarán al fracaso porque siempre la violencia va a engendrar más violencia y todo va a ser como una espiral que no se acaba sino que se agranda.
La espiral que tenemos que meter en nuestro mundo es la del amor. Y a esto es a lo que nos enseña Jesús hoy cuando nos habla del amor a los enemigos, o nos dice que tenemos que bendecir a los que nos maldicen o rezar por aquellos que nos hacen daño; es lo que nos enseña Jesús cuando nos dice que nunca tenemos que responder con violencia a quien nos injuria o nos hace violencia y como Jesús nos ha dejado una frase bien significativa de poner la otra mejilla, ya no nos lo tomamos en serio y no llegamos a responder con amor a quienes nos odian o nos hacen daño, sea cual sea.
Os digo una cosa, cuando nos vemos insultados o tratados mal seguro que lo pasamos mal y nos surge pronto dentro de nosotros esos deseos de venganza y de respuesta violenta; te digo, intenta, aunque te cueste, rezar no solo para que el Señor te ayude a soportar pacientemente ese mal que te hayan podido hacer, sino a rezar por aquellos que te injurian o hacen daño, y vas a sentir una paz en tu interior que vale más que todos los oros del mundo. No es la venganza la que te dará paz o satisfacción, es esa respuesta de amor hecha oración la que va a producir la paz más hermosa en tu corazón.
Y ¿dónde encontramos el motivo y la fuerza para todo esto?  ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos viene a decir. Nuestro modelo está en el amor de Dios. Un amor que nosotros hemos de vivir en su mismo estilo y en su misma medida. El amor de Dios no tiene fronteras y así ha de ser nuestro amor. Porque si nos decimos amados de Dios, pero luego nosotros amamos con un amor lleno de límites, porque amamos solo a los que nos aman, porque hacemos el bien solo a los que nos hacen el bien, ¿en qué nos estamos diferenciando? Nuestro modelo y nuestro estilo es el amor de Dios.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Las bienaventuranzas son también para nosotros hoy un mensaje de esperanza que nos lleva a tener alegría y paz en el corazón

Las bienaventuranzas son también para nosotros hoy un mensaje de esperanza que nos lleva a tener alegría y paz en el corazón

1Cor. 7, 25-31; Sal. 44; Lc. 6, 20-26
Las palabras de Jesús nos interpelan, no nos dejan tranquilos, nos hacen pensar. Esto que estamos escuchando hoy en el Evangelio ¿es una utopía? ¿un sueño o un deseo? ¿un interrogante, quizá? ¿algo quizá que desconcierta? No podemos pasar por las palabras de Jesús a la ligera, ni podemos dejar que pasen por nosotros y no nos dejen huella.  
Pero ahí está el mensaje de las bienaventuranzas, como decimos siempre, la carta magna del cristianismo, el llamado sermón del monte, que en el evangelio de san Mateo es mucho más extenso. Pero quizá aquí en el evangelio de san Lucas las podemos escuchar más en su crudeza. Habla sencillamente de los pobres, de los que tienen hambre, de los que lloran, y de los que son odiados. Y de ellos Jesús les dice que es el Reino de Dios, que quedarán saciados, las lágrimas se transformarán en risa y alegría que no teman si son odiados sino que se llenen de alegría y salten de gozo porque será grande la recompensa en el cielo.
Trato de situarme en el marco que nos ha descrito el evangelista para estas palabras con aquellas gentes que habían venido a escucharle y a que les curara de sus dolencias, desde Judea y Jerusalén o desde Tiro y Sidón, o sea, desde toda Palestina. Y ya sabemos que los que principalmente están ante Jesús son los pobres y los enfermos, los que lo estaban pasando mal, aquellos que quizá en sus sufrimientos de todo tipo han perdido todas sus esperanzas, los de corazón inquieto que estaban siempre en búsqueda de algo nuevo y mejor, aquellos quizá que no encajaban en ninguna parte y hasta eran mal mirados por los demás por sus inquietudes o por su manera de hacer las cosas.
No eran precisamente a los que les iba bien en la vida y que ya se sentían satisfechos de si mismos los que hicieran grandes recorridos por escuchar al profeta de Nazaret; no eran los que se sentían llenos de cosas en las que ponían su felicidad los que estuvieran más dispuestos a escuchar el mensaje nuevo de Jesús. 
Por eso aquellas palabras de Jesús en las que les decía que a pesar de todos los males que sufrían eran dichosos y felices serían de gran impacto, despertarían quizá esperanzas en sus corazones porque vislumbraban un mundo nuevo, aunque quizá aun no supieran bien como iba a ser, donde iban a ser felices y ver saciadas sus inquietudes. Las palabras de Jesús estaban quizá planteándoles qué es lo que realmente es importante en la vida, cuál es el verdadero camino de felicidad y de plenitud, y cómo habría quizá que relativizar cosas que hasta entonces podían considerar importantes o esenciales.
Es quizá también en lo que nos quiere hacer pensar Jesús a nosotros, que venimos aquí también con nuestras pobrezas o nuestros sufrimientos,  con nuestras debilidades y con nuestros achaques quizá debido a los años, con nuestros problemas o también con los problemas de los demás que queremos hacer nuestros, con nuestras angustias o nuestras inquietudes por algo nuevo y distinto. Estas palabras de Jesús también tienen que llegar a nuestro corazón para que vislumbremos el camino que el quiere enseñarnos a seguir cuando nos invita a vivir el Reino de Dios.
Jesús nos están enseñando también cómo a pesar de todas esas cosas que afectan nuestra vida también puede haber alegría y paz en nuestro corazón. Es lo que nunca podemos perder. El quiere estar en el centro de nuestra vida, porque teniendole a El con nosotros nos daremos cuenta donde podremos encontrar esa verdadera felicidad y alegría, esa verdadera paz. El es nuestra fuerza, nuestra vida, nuestra esperanza.
El está con nosotros fortaleciendonos con su gracia y haciendo que podamos tener esa paz en el corazon si somos capaces de poner más amor en nuestra vida, si somos capaces de pensar un poco más en los otros antes que en nosotros mismos, si somos capaces de compartir solidariamente el sufrimiento y las angustias de los demás, si somos capaces de tener una palabra de consuelo y de animo para los otros. Jesús nos hace encontrar lo que verdaderamente llena de plenitud nuestra vida.

El mensaje de las bienaventuranzas es también para nosotros. No es una utopía ni un sueño irrealizable, sino algo que podemos vivir porque su amor llena de esperanza nuestra vida; y cuando hay esperanza podemos tener alegría en el corazón y podemos tener paz. Es vivir el Reino de Dios.

martes, 9 de septiembre de 2014

Aprendamos a ponernos en silencio ante Dios para dejar que ilumine nuestra vida y nos hable en lo secreto del corazón

Aprendamos a ponernos en silencio ante Dios para dejar que ilumine nuestra vida y nos hable en lo secreto del corazón

1Cor.6, 1-11; Sal. 149; Lc. 6, 12-19
‘Subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios’. Así ha comenzado hoy el texto del Evangelio proclamado. Y creo que quedándonos solo con estas palabras tenemos un hermoso mensaje para nuestra vida.
Vemos a Jesús a lo largo del Evangelio en diversos momentos en oración. Y no solo es su participación en la oración de la comunidad cuando va el sábado a la Sinagoga donde se proclama la Palabra de Dios y se cantan los salmos a Dios, o su presencia en el templo de Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua u otras fiestas que allí se celebraban, sino que vemos también, igual que en esta ocasión, que se retira a lugares apartados para orar, o sube a lo alto de la montaña, como cuando el Tabor, o se retira en Jerusalén a Getsemaní.
Algo que los discípulos captaban muy bien, porque explicará en diversas ocasiones cómo tenían que orar sin alardes, con una oración confiada e insistente, con verdadero espíritu de humildad y confianza, y también les veremos en algún momento que se acercan a El para pedirle que les enseñe a orar. Fruto de ello es la oración del padrenuestro que nos dejó como modelo de nuestra oración.
Parece que esta noche de oración de la que nos habla el evangelista hoy tiene una motivación especial. Tras ‘pasar la noche orando a Dios, cuando se hizo de día llamó a sus discípulos escogiendo a doce de ellos y los nombró apóstoles’. Podríamos decir que era un momento importante y una decisión llamémosla trascendental; iba a escoger a doce de entre todos los discípulos que le seguían para confiarles una misión especial. El evangelista nos deja la relación de los doce escogidos.
A continuación lo veremos bajar a la llanura donde se va a encontrar con un grupo grande de discípulos y gentes venidas de todos los rincones de Palestina. Se supone que estamos en Galilea, pero allí hay gente venida de Judea y Jerusalén al sur, como de más al norte porque se menciona Tiro y Sidón que son ya ciudades fenicias. ‘Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades’, dice el Evangelista. Allí se está manifestando lo que es la misión de Jesús, el que lleno del Espíritu de Dios, como le escuchamos en la sinagoga de Nazaret, venía a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a sanar a los oprimidos por el diablo, pero, podríamos decir también, se está manifestando la misión que confía a sus discípulos, a los apóstoles sus enviados a los que ahora ha escogido de manera especial.
Podríamos decir que está enseñando con sus mismos gestos y acciones lo que los apóstoles han de realizar. Es la misión que a nosotros también nos confía. No sé si los apóstoles en aquellos primeros momentos eran del todo conscientes de la misión que Jesús quería confiarles; mucho habrían de aprender, porque les veremos a lo largo del evangelio en muchas ocasiones con sus ambiciones y algo así como sus luchas entre ellos. Un día se llenarían también del Espíritu divino, que Jesús les prometerá, y comprenderán también su misión y saldrán por el mundo también con el anuncio de la Buena Nueva. Ya les veremos en el Cenáculo reunidos en oración en la espera del Espíritu prometido por Jesús.
Abriendo su corazón a Dios en la oración aprenderán a llenarse de Dios y de la fuerza del Espíritu Santo y saldrán valerosos por el mundo con la misión de Jesús. Creo que es el mensaje que hoy recibimos nosotros, que algunas veces podemos sentirnos acobardados ante todo lo que nos damos cuenta que tendríamos que hacer para ese anuncio del Evangelio en el mundo que hoy vivimos. Aprendamos a llenarnos de Dios, a saborear su presencia en la oración, a discernir bien nuestra vocación o lo que el Señor nos pida precisamente en ese espíritu de oración.

También necesitamos ponernos en silencio delante de la presencia del Señor para dejar que el Señor ilumine nuestra vida y nos hable en el corazón. Aprendamos de la oración de Jesús y escuchemos su voz allá en lo más hondo de nuestro corazón. Recordemos que en la oración del Tabor en la que estaban participando también Pedro, Santiago y Juan, la voz del Padre desde el cielo no solo nos señalaba a Jesús como su Hijo amado, sino que nos decía también que teníamos que escucharle. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Celebramos el nacimiento de María, esperanza y aurora de salvación

Celebramos el nacimiento de María, esperanza y aurora de salvación

Miqueas, 5, 2-5; Sal. 12; Mt. 1, 1-16. 18-23
‘Celebremos con devoción, en este día el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustre da esplendor a todas las Iglesias’. Esta es una de las antífonas con que la liturgia de este día canta a María en la celebración de su nacimiento.
Es muy significativo que en el conjunto de la liturgia de este día algo que se repite en sus antífonas es la mención a que el nacimiento de María fue como una aurora, un anuncio de una nueva luz que nos iba a iluminar, que ya comenzaba a resplandecer para el mundo con su nacimiento. ‘Cuando nació la santísima Virgen, el mundo se iluminó; ¡dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!’, canta otra de las antífonas. Su nacimiento,  se nos dice en una de las oraciones, fue ‘esperanza y aurora de salvación’.
Nos gozamos hoy nosotros en esta fiesta de María, con la que la invocamos en numerosas y diversas advocaciones en este día: Virgen de la Luz la celebramos en muchos de nuestros pueblos, Virgen de los Remedios como lo hacemos en nuestra propia catedral y en otros lugares, Virgen del Pino que se celebra en la diócesis hermana de Canarias, y así tantas y tantas advocaciones, que muestran el fervor y el amor que le tenemos a María y como nos alegramos y festejamos su nacimiento.
En el designio amoroso de Dios El la había escogido desde toda la eternidad para ser su Madre y la hizo Inmaculada y Purísima desde el primer instante de su Concepción. Pudo y quiso Dios hacerlo porque ¿cómo no la iba a hacer llena de toda gracia si en sus entrañas iba a encarnarse el Hijo de Dios para hacerse hombre y ser Dios con nosotros?
María es ese primer sagrario de Dios porque a Dios mismo llevó en su seno; no podía menos que llamarla ‘la llena de gracia’ el ángel que venía a traerle la Buena Nueva, el anuncio divino de que había sido escogida para ser la madre de Dios. Con razón le decía el ángel que el Señor estaba con ella cuando el hijo que de ella iba a nacer sería para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros, y que llevando el nombre de Jesús venia a expresar cómo Dios nos salva y a nosotros también nos llena de gracia.
Si contemplamos la grandeza de María y consideramos lo suficiente lo que era el designio de Dios es lógico y normal que ahora en su nacimiento toda la humanidad cante a María, porque con su nacimiento estamos viendo como en un amanecer llegar para nosotros los resplandores del Sol que viene de lo alto y nos trae la salvación. ‘Han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación’ que dice la liturgia bizantina de esta fiesta del nacimiento de María.
Ella como en primicia está siendo participe de los frutos de la redención porque cuanto en virtud de los méritos de Cristo fue preservada de todo pecado desde el primer instante de su Concepción. Pero en ella vemos también una primicia de la salvación, porque ella es una de los nuestros por así decirlo y con ella estamos viendo cómo toda la humanidad va a alcanzar esa gracia y esa salvación.
Festejamos, celebramos y felicitamos a María en su nacimiento. ¿No recordamos cada año la fecha del nacimiento de aquellos seres a los que apreciamos y los felicitamos en su día deseándole toda clase de parabienes? Así queremos felicitar hoy a María. Pero es que cuando festejamos y celebramos su nacimiento somos nosotros los que tenemos que felicitarnos por el regalo tan maravilloso que nos hizo Dios al darnos a María.
Y festejarnos y alegrarnos con María es querer gozarnos con sus alegrías, es cultivar en nosotros sus mismas esperanzas manteniendo viva nuestra fe a la manera como fue la fe de María, es queremos llenarnos e inundarnos de su mismo amor porque es lo que en María vemos de manera especial resplandecer y en lo que nosotros, copiando a María, hemos de resplandecer también en nuestra vida. Es la mejor felicitación que podemos ofrecer a María en el día de su nacimiento. Es en lo que ha de gozarse la Iglesia toda cuando siente esa protección maternal de María y hoy quiere celebrarla con inmensa alegría.

Celebramos, pues, con la liturgia y con inmensa alegría el nacimiento de María, la Virgen, de ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. Con razón la llamamos Madre, Reina y Señora de la Luz, porque es la Madre de Jesús, por citar algunas de las adovaciones de la fiesta de este día. Con María desbordamos de gozo en el Señor.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Un amor comprensivo y respetuoso, delicado y humilde, que busque el bien y que ayude a corregirse y superarse al hermano


Un amor comprensivo y respetuoso, delicado y humilde, que busque el bien y que ayude a corregirse y superarse al hermano

Ez. 33, 7-9; Sal. 94; Rm. 13, 8-10; Mt. 18, 15-20
 ‘A nadie le debáis nada más que amor…’ nos dice san Pablo hoy. Para pensar. Sí, es necesario detenerse un poco a pensar, a reflexionar, a saborear lo que el Señor quiere trasmitirnos. Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios y queremos escucharla de verdad para plantarla en nuestro corazón y en nuestra vida no podemos venir con prisas. Hemos de tratar de serenarnos dentro de nosotros mismos olvidando prisas y agobios para poder saborear bien toda la riqueza que nos ofrece la Palabra de Dios. Además la Palabra del Señor siempre llena de paz nuestro corazón. Demasiado corremos en la vida y así tenemos el peligro de caer fácilmente por la pendiente de las superficialidades.
¿Cuáles son nuestras deudas?, quizá tendríamos que preguntarnos. ¿Qué es lo que realmente nos debemos los unos a los otros? Algunas veces tenemos excesivamente marcada nuestra vida o nuestras mutuas relaciones por demasiadas cosas negativas. Guardamos demasiadas cosas en el corazón que nos hacen daño. Y con ello hacemos daño a los demás y nos hacemos daño a nosotros mismos. Tendríamos que guardar lo bueno, buscar lo bueno, ser capaces de ver siempre lo bueno de los otros, pero ya sabemos cómo somos.
Ahora nos dice el apóstol que  ‘A nadie le debáis nada más que amor…’ ¿Qué significa esa deuda de amor? A continuación nos dice ‘porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley’, para que así comprendamos mejor lo que nos puede llevar a una plenitud de vida.
Todo tenemos que centrarlo en el amor. Es la base de nuestra vida, de nuestras relaciones con los demás, del cumplimiento de nuestras responsabilidades y obligaciones, de todo lo que hagamos. Es en verdad lo que tendría que dar sentido a toda nuestra vida. Amando seremos en verdad felices y haremos felices a los que amamos. Amando de verdad estaremos haciendo un mundo mejor, porque el amor hará desaparecer todas las sombras de los odios y de los egoísmos, de los orgullos y de los recelos, nos haría mirarnos de una manera más luminosa y aprenderíamos de verdad a aceptarnos y a convivir, a caminar juntos y a ser solidarios, a ayudarnos y a hacernos mejores. Como terminaba diciendo el apóstol en el texto de hoy ‘uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera’.
En el salmo fuimos repitiendo haciéndolo oración ‘ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón’. Que sea nuestra súplica de verdad y seamos capaces de abrir bien nuestro corazón y nuestra vida toda al Señor y a su palabra.
Cuántas veces nos sucede que tenemos claro delante de nosotros lo que el Señor nos dice o nos pide, pero nos cuesta escucharlo y entenderlo quizá por aquellas cosas negativas de las que hemos llenado nuestra vida, como decíamos antes. Se nos endurece el corazón. Se hace como una costra impenetrable que no deja que llegue a nosotros esa luz de su gracia. Y en este tema del mandamiento del amor que el Señor nos dejó como su único y principal mandamiento andamos demasiado con los oídos cerrados y cegados. Sabemos cuál es el camino pero no hacemos sino poner pegas y siempre decimos que no amamos como tendríamos que amar por culpa del otro. Cuántas disculpas nos buscamos.
El amor es el color que debe impregnar nuestra vida, todo lo que hagamos. Será el amor lo que nos motive en nuestras relaciones fraternas y nos ayude siempre a buscar el bien de los demás, que no solo es no hacerle daño, sino positivamente buscar lo bueno; es lo bueno que nosotros podemos ofrecerle desde nuestro propio amor lleno de delicadeza, pero lo bueno que queremos que resplandezca también en su vida poniendo siempre delante el respeto y la comprensión. Es a lo que tenemos que ayudarle también en nombre de ese amor que da color y calor a nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de esa unidad y comunión en el amor que entre todos ha de haber y que se convierte en signo de la presencia del Señor en medio de nosotros; nos da la seguridad de que el Señor está con nosotros si así permanecemos unidos en el amor. ‘Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’, nos dice. Cuando estamos unidos en el amor estamos unidos en el nombre del Señor. Unión que dará fortaleza y profundidad también a nuestra oración, porque en una oración hecha así tenemos la seguridad de que el Padre del cielo nos escuchará.
Y nos habla también, como una consecuencia de ese amor, de la corrección fraterna, algo muy importante porque todos somos pecadores y estamos sujetos a debilidades y fallos, de lo que mutuamente hemos de corregirnos, ayudarnos para superar esas limitaciones de nuestra vida; nos da las pautas por los que hemos de guiarnos cuando queremos ayudar al otro en este sentido.
Siempre guiados por el amor y son suma delicadeza; nunca la corrección se puede convertir en un juicio ni en una condena; siempre tenemos que tener una capacidad muy grande de comprensión y respeto; siempre desde un espíritu de humildad sabiendo y reconociendo que también nosotros somos pecadores; siempre con la fortaleza del Señor que estará con nosotros inspirados por su Espíritu para encontrar la mejor manera.
No es fácil, hemos de reconocer, pero el amor que le tenemos al hermano quiere siempre lo mejor y sabremos encontrar la  mejor forma de hacerlo. No podemos ir nunca a corregir al hermano desde unas posturas de superioridad ni con actitudes soberbias. Es el amor el que tiene que guiarnos, y cuando hay amor de verdad, brillará enseguida la delicadeza y florecerá la humildad.
Es la delicadeza con la que mutuamente hemos de tratarnos siempre para sabernos ayudar a salir de las malas situaciones a las que nos lleven nuestros fallos pero también para ser comprensivos y acogedores con el hermano que falla - también nosotros fallamos -, siendo capaces de ofrecer también siempre un perdón generoso. Y es la delicadeza y el amor de la comunidad para con el hermano que yerra, al que siempre tiene que buscar para ayudar y no para condenar. Cuánto nos hacen falta estas actitudes acogedoras y comprensivas, llenas de amor y de humildad para los hermanos que yerran, porque será siempre la mejor manera de ganarlos para los caminos del bien.
Era el sentido también de lo escuchado al profeta en la primera lectura. Una imagen muy expresiva la que emplea el profeta, el centinela que está en la atalaya vigilante y que ha de dar aviso del peligro. ‘A ti hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta’.
Que el Señor nos llene de su Espíritu de amor que impregne totalmente nuestra vida. Que siempre sea el amor el que inspire y mueva cuanto hacemos. 

sábado, 6 de septiembre de 2014

El templo Catedral nos simboliza cómo somos edificio de Dios, templo de Dios y signo de la presencia de Dios en medio del mundo


El templo Catedral nos simboliza cómo somos edificio de Dios, templo de Dios y signo de la presencia de Dios en medio del mundo

1Pd. 2, 4-9; Sal. 121; Lc. 19, 1-10
En nuestra Iglesia Diocesana, en esta fecha del 6 de septiembre,  tenemos una conmoración muy especial y significativa, es el aniversario de la consagración de la Catedral; en este caso 101 años de su consagración por lo que se está celebrando en nuestra diócesis un especial año jubilar. Podría ser una fecha que pasara desapercibida como nos sucede en la mayoría de las ocasiones, pero si consideramos la importancia y el significado que la Iglesia Catedral tiene en la Diócesis por ser la sede del Obispo que nos preside en la fe, como sucesor de los Apóstoles no tendríamos que dejarla pasar por alto.
En el prefacio de Misa de la Dedicación o Consagración de un templo se nos dice algo que viene a ser como un hermoso resumen del significado del templo. “Porque en la casa visible que nos has concedido construir, en este lugar donde proteges sin cesar a la familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros. Porque aquí te vas edificando aquel templo que somos nosotros y haces crecer la Iglesia, extendida por toda la tierra, unida como Cuerpo del Señor, hasta que la lleves a su plenitud, en la Jerusalén del cielo,  visión de paz” .
Un lugar santo y consagrado donde sentimos de manera especial la presencia del Señor que nos protege con su gracia - ‘lugar donde proteges sin cesar a la familia que hacia ti peregrina’, que decimos - y que por ser ese lugar donde la Iglesia se reúne congregada por el Señor estamos manifestando ‘de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’. Un lugar, pues, que se convierte en signo de comunión.
Si esto lo podemos decir de todo templo, con cuanta mayor razón lo podemos decir de la Catedral; manifiesta el signo de unidad y comunión de toda la comunidad diocesana, precisamente en torno al templo que es la sede del Pastor que nos congrega y reúne en el nombre del Señor. ‘Es signo de unidad de la Iglesia particular, lugar donde acontece el momento más alto de la vida de la diócesis y se cumple también el acto más excelso y sagrado del oficio santificador (munus sanctificandi) del Obispo, que implica juntamente, como la misma liturgia que él preside, la santificación de las personas y el culto y la gloria de Dios’.
El templo material nos recuerda del templo de Dios que somos nosotros consagrados desde el Bautismo; y es en ese templo, en este caso la catedral, es donde al celebrar la liturgia nos santificamos en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración de los sacramentos. Pero en ese templo, sede y cátedra del Obispo, escuchamos su magisterio y enseñanza.
El Obispo es el Pastor, es el Maestro en la fe, como sucesor de los apóstoles, para toda la Iglesia Diocesana que ejerce su ministerio desde la Cátedra donde nos alimenta en la fe, desde donde cuida de toda la Iglesia Diocesana para que caminemos en la verdad, para que caminemos en fidelidad por los caminos del Evangelio desde el magisterio de la Iglesia.
Como  nos decía el Sr. Obispo en la carta pastoral con motivo de la reapertura de la Catedral después de su restauración el pasado enero, ‘podemos afirmar que a partir de la Catedral se va construyendo la historia de fe y salvación de nuestra diócesis. De ella, como si de una fuente se tratara, fluyen los medios de salvación por los que Dios enseña, santifica, guía a los fieles y así, en las distintas comunidades, parroquiales o de otro tipo, se va edificando la Iglesia, como pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. Todo ello queda especialmente reflejado en las celebraciones que tienen lugar en la Catedral, como la Misa Crismal y la ordenación de los sacerdotes y diáconos que luego han de servir a las parroquias’. 
Por eso la importancia de esta conmemoración que hoy hacemos en este aniversario de la consagración de la Catedral. Nos viene bien recordar todo esto porque eso nos recuerda también cómo formamos parte de la comunidad diocesana. No somos unos cristianos o unas comunidades que vamos por libre, sino que hemos de sentirnos en profunda comunión de Iglesia en nuestro ser comunidad diocesana, pero también necesariamente en comunión con toda la Iglesia universal.
No nos quedamos, por supuesto, en el templo material ni en considerar su belleza o valor arquitectónica. ‘Vemos la figura y contemplamos la realidad: vemos el templo y contemplamos a la Iglesia. Miramos el edificio y penetramos en el misterio. Porque este edificio nos revela, con la belleza de sus símbolos, el misterio de Cristo y de su Iglesia’, como explicaba san Juan Pablo II cuando consagró la catedral de Madrid. Se convierte, pues, en un signo también de la presencia de Dios en medio del mundo.
El templo visible nos tiene que llevar a lo invisible; la comunión que allí vivimos y que allí alimentamos en la sagrada liturgia que celebramos nos ha de hacer profundizar en esa comunión de Iglesia, comunión en la fe y en el amor, que entre todos los creyentes en Jesús hemos de tener, y que de una manera intensa hemos de vivir en lo que es la Iglesia o comunidad diocesana; y la valoración del templo material nos ha de hacer considerar también cómo nosotros somos esos templos del Espíritu Santo velando y procurando esa santidad personal que ha de resplandecer en nuestra vida.

Y termino con palabras del San Juan Pablo II en la misma ocasión: ‘Y mirándonos a nosotros mismos, podremos decir con san Pablo: “Sois edificio de Dios... El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1Co 3, 9.17). Éste es el misterio que simboliza el templo catedral». Esto es lo que hoy nosotros también de manera especial queremos celebrar.

viernes, 5 de septiembre de 2014

No podemos seguir viviendo como si Jesús no hubiera venido con el Evangelio que renueva nuestra vida

No podemos seguir viviendo como si Jesús no hubiera venido con el Evangelio que renueva nuestra vida

1Cor. 4, 1-5; Sal. 36; Lc. 5, 33-39
Pronto comenzarán a darse cuenta los judíos que con Jesús está comenzando un tiempo nuevo, que su manera de estar con las gentes y la autoridad con la que se manifiesta cuando habla y enseña es distinta, que sus palabras despiertan algo nuevo en el corazón y lo que está pidiendo es una renovación profunda que ha de pasar por unas actitudes más hondas y una profundidad distinta en la manera de hacer las cosas.
No se trata de cumplir por cumplir sino que está enseñando una nueva manera de entender la relación con Dios y una vida más auténtica. No se trata ya de seguir haciendo lo que siempre se ha hecho sino de darle una mayor profundidad y autenticidad a la vida lo que provocará también que no solo la relación con Dios se vea de una forma distinta sino también la manera de relacionarnos los unos con los otros.
Será la novedad del Evangelio que se va descubriendo en la medida en que se escucha con profundidad la palabra de Jesús al tiempo que se siente una presencia de Dios que se manifiesta en Jesús y en el amor misericordioso que se derrama de su vida. Es lo que tenemos que aprender a descubrir.
Por allá andan los que se creen muy cumplidores y parece que están siempre con la medida o la regla en la mano para ver si nos pasamos o si llegamos al menos justitos para cumplir ritualmente con las cosas prescritas. Las normas de vida en lugar de ser cauces que nos ayuden y faciliten el cumplimiento de la voluntad de Dios más bien parecen corsés que nos aprietan y que nos hacen cumplir esas normas porque no queda más remedio. Las actitudes de aquellos fariseos tan ávidos de cumplimientos rituales pero que no tenían espíritu en el fondo de su corazón a la hora de hacer las cosas, aun no han desaparecido de nuestro tiempo.
Ahora andan preguntando a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de Juan o los propios discípulos de los fariseos. Ya escuchamos la respuesta de Jesús que nos hace entender lo que es vivir el Reino de Dios con la imagen del banquete de bodas. ‘¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?’ ¿Cómo si vivir el Reino de Dios es como participar en un banquete de bodas, podemos estar pensando en ayunar mientras vivimos la fiesta y la alegría de la fe? ¿No tenemos a Jesús con nosotros? Ya llegará el momento de hacerlo.
Lo importante no es tanto ayunar cuanto escuchar y empaparse del mensaje de Jesús, que se centra en la venida ya cercana de un Dios que es salvación y perdón para todos, incluso para los pecadores y paganos. Ya en otro momento del evangelio Jesús les echará en cara a los fariseos que ayunan mientras se dan codazos los unos a los otros. ¿No será más importante y mejor abrir el corazón a la palabra de Jesús y empapados de esa palabra comenzar a amarnos más y mejor los unos a los otros que contentarnos con cumplimientos rituales mientras tratamos mal al que está a nuestro lado?
Aunque finalmente cuando llegamos a amar sentiremos una satisfacción grande en el corazón, muchas veces el aceptarnos los unos a los otros, siendo comprensivos y siendo capaces de perdonarnos porque nos amamos, nos puede resultar más costoso - y podríamos decir penitencial - que el dejar de tomar unos alimentos en un momento determinado. El ayuno nos puede servir de entrenamiento para aprender a dominarnos y a decirnos no a nuestro egoísmo o a nuestros orgullos y pasiones, pero lo importante serán las actitudes nuevas que hemos de aprender a tener con los demás, siendo acogedores con todos, no haciendo ningún tipo de discriminación, sabiendo acercarnos a los pequeños, a los humildes y también a los pecadores, como le vemos hacer a Jesús a lo largo del evangelio.
Por eso terminará Jesús diciéndonos hoy en el evangelio que el cambio que hemos de hacer en nosotros es grande para poder contener en nosotros ese vino nuevo del Reino de Dios. Un cambio y una transformación tan grande que no nos valen ni los remiendos por una parte, sino los odres o vasijas viejas incapaces de contener ese vino nuevo de la gracia que El nos ofrece. No olvidemos que su primer anuncio fue la conversión.

La novedad del Reino instaurado por Jesús no cabía en los moldes viejos del judaísmo; exigía odres nuevos, personas nuevas. El Reino es un vino nuevo, que pide a gritos conductas nuevas, estructuras distintas. Se trata de ser y vivir con un estilo nuevo, como el de Jesús, con valores evangélicos como los suyos. No podemos seguir viviendo igual como si El no hubiera venido con su Evangelio y su gracia salvadora, sino que tenemos que ser en verdad esos hombres nuevos transformados por la gracia. ‘A vino nuevo,  odres nuevos’,  nos dice. Cuántas conclusiones se tendrían que sacar.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Tenemos que aprender a remar mar adentro en las profundidades de nuestra vida para encontrarnos con la vida nueva que Jesús nos ofrece

Tenemos que aprender a remar mar adentro en las profundidades de nuestra vida para encontrarnos con la vida nueva que Jesús nos ofrece

1Cor. 3, 18-23; Sal. 23; Lc. 5, 1-11
‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios estando El a orillas del lago de Genesaret…’ La gente quiere estar con Jesús, escucharle. Ayer escuchábamos cómo le buscaban en Cafarnaún después que en la tarde había curado a muchos enfermos que le habían llevado, estando El en casa de Simón. En la mañana le habían buscado, porque El se había ido al descampado, e ‘intentaban retenerlo para que no se les fuese’.
Ahora ha vuelto de nuevo a estar junto al lago y la gente se agolpa a su alrededor. Se sirve de las barcas que están en la orilla mientras los pescadores limpian y reparan las redes, para ‘sentado en una de ellas, apartado un poco de tierra para mejor abarcar a todos en su conjunto, enseñar a la gente’.
Pero Jesús quería enseñarles algo más a aquellos que iban a ser sus especiales discípulos, porque para ellos tenía también una misión. ‘Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar’. Pedro se resiste porque han estado toda la noche bregando y no han cogido nada. Pero Jesús quiere que reme mar adentro, es necesario no quedarse en la orilla aunque nos cueste o nos parezca imposible desde nuestros criterios humanos conseguir algo, como le estaba sucediendo a Pedro. Cuántas pegas ponemos en tantas ocasiones cuando se nos pide algo que nos parece que se sale de lo habitual.
Esa imagen de Jesús pidiendo remar mar adentro pudiera enseñarnos muchas cosas. Es necesario remar mar adentro en la vida, porque es necesario tener otra perspectiva; es entrar en una profundidad mayor allá en el fondo de nuestra propia conciencia; es necesario hacernos quizá una reflexión más profunda sobre nuestra vida y el sentido de las cosas, el sentido de lo que hacemos y esa reflexión no la podemos hacer desde la orilla de la superficialidad o en medio de ruidos que nos distraigan; es necesario que encontremos otra nueva visión que le de una mayor trascendencia a lo que vivimos; es necesario que nos elevemos a un plano más espiritual porque no nos podemos quedar en las cosas materiales a ras del suelo; es necesario un abrirse a Dios, un abrirse a la fe sin ningún miedo ni temor.
Remando mar adentro encontraremos sentido, encontraremos el verdadero valor de las cosas; remando mar adentro podremos encontrarnos con Dios, con Cristo que viene a nuestro encuentro y nos dará una luz distinta para ver las cosas. Pero es necesario confiar, fiarnos de quien nos llama o nos conduce. Pedro lo hizo aunque en principio se resistía porque él sabía tantas cosas de aquel mar, de aquel lago, que sin embargo en la noche anterior le habían servido de poco. Se desprendió de sus saberes, de sus intuiciones humanas, de las rutinas de lo que hacía todos los días. Y algo nuevo sucedió.
‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes’. Y vaya si había merecido la pena remar mar adentro y echar de nuevo la red. La redada de peces fue muy grande de manera que tuvieron que llamar a otros compañeros que vinieran a ayudarle. Pero lo importante no fue la redada de peces sino lo que había sucedido en el corazón de Pedro cuando fue capaz de desprenderse de sí mismo para aprender a confiar en Jesús. Había aprendido a decir ‘por tu palabra, echaré las redes’.
Ahora Pedro y los demás discípulos se encontraban inundados por la presencia del misterio de Dios. ‘Apártate de mi, Señor, que soy un pecador’, fue lo que supo decir, aunque había aprendido muchas cosas. Jesús le confiaría una misión nueva, ya no sería pescador de aquellos lagos, sino que sería pescador de hombres.
Es el mensaje para nuestra vida. Remar mar adentro, abrirnos al misterio de Dios, encontrar el sentido y el valor de nuestra vida, descubrir quizá nuestra vocación, sentir que hay una vida nueva para nosotros que Jesús nos ofrece. Tenemos que aprender a confiar, a dejarnos conducir, a dejar a un lado nuestros criterios o pareceres para descubrir lo que el Señor nos revela, nos dice o nos pide.

Fiémonos de Jesús y de su Palabra. Nos sentiremos pequeños y pecadores como Pedro ante la grandeza del misterio de Dios, pero al mismo tiempo nos sentiremos engrandecidos con la vida nueva que Cristo nos ofrece. Se acabarán nuestras dudas y nuestros miedos; emprenderemos con decisión el camino de vida que el Señor nos señala. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Jesús se acerca al encuentro del hombre con su salvación y nosotros llenos de esperanza vamos a El con la vida de toda la humanidad

Jesús se acerca al encuentro del hombre con su salvación y nosotros llenos de esperanza vamos a El con la vida de toda la humanidad

1Cor. 3, 1-9; Sal. 32; Lc.4, 38-44
Escuchando este texto del evangelio hay una cosa que pudiéramos destacar; Jesús que viene al encuentro del hombre, que viene a nuestro encuentro para regalarnos su salvación, a lo que se corresponde la confianza que suscita en nosotros para ir hasta El con lo que es nuestra vida, nuestros sufrimientos y angustias, los deseos y esperanzas de toda la humanidad. Todo un campo que se abre ante nosotros desde ese venir Jesús a nuestro encuentro, pero también para que nosotros seamos capaces de llevarlo a los demás y haya esperanza para un mundo que sufre.
Jesús llega allí donde nosotros estamos en nuestro dolor y en nuestro sufrimiento, viene a buscarnos, sale al encuentro del mundo y de los hombres porque para todos es el Reino de Dios. Hoy lo vemos que ‘al salir de la sinagoga entró en casa de Simón donde se encontró que la suegra de Simón estaba en cama con fiebre y le pidieron que hiciera algo por ella’. Llegó Jesús a su lado - ‘de pie a su lado’, dice el evangelio - y la levantó de su enfermedad y la curó.
Más tarde, cuando se pasó la hora del descanso sabático, ‘al ponerse el sol’ dice el evangelista, ‘los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y El, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando’. Dos detalles, por una parte es la confianza y esperanza que se despierta en el corazón de aquellas gentes que le traen a sus enfermos, pero hemos de fijarnos cómo Jesús llega a cada uno para curarlos de sus males y enfermedades, ‘poniendo las manos sobre cada uno’. Es la cercanía de Jesús; es la presencia personalizada, podríamos decir, de Jesús junto al que sufre. Mateo al narrarnos la curación de la suegra de Simón, nos dirá que ‘la tomó de la mano y la levantó’.
Es un signo repetido de la cercanía de Jesús que veremos en muchos momentos del evangelio. Pone las manos sobre los ojos del ciego, toca al leproso, mete sus dedos en los oídos del sordo o toca la lengua del mundo, son diversos gestos que vemos de esa cercanía de Jesús. Ahora nos dice que puso las manos sobre cada uno. Aunque bien sabemos que es mucho más que ese tocar, porque lo que se nos está expresando es esa cercanía de Jesús, pero ese llegar de Jesús a cada uno de nosotros con lo que es nuestra vida en concreto.
A Jesús no lo podemos mirar nunca de lejos. Es la cercanía de Dios. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Es quien se ha hecho hombre, uno como nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Es quien llora con lágrimas semejantes a las nuestras, o quien nos mira directamente a los ojos de nuestro corazón haciéndonos descubrir lo que en verdad llevamos en él. Es el que nos está manifestando continuamente su amor, sea cual sea la situación de nuestra vida, porque nos ama aún siendo nosotros pecadores y por eso dará su vida por nosotros.
Es la confianza que se despierta en nuestro corazón considerando siempre lo que es la misericordia de Dios; por eso acudimos a El con nuestros males, que no son solo nuestras enfermedades o necesidades materiales, sino todo ese mal que con el pecado hemos dejado meter en el corazón, porque sabemos que El nos sana, nos cura, nos perdona y nos llena de vida. Queremos estar con El y que El siempre esté con nosotros, a nuestro lado y sentir su mano que nos levanta, y sentir su mirada que nos envuelve con su amor, y sentir el calor de su presencia que nos estimula a querer ser mejores cada día.

Jesús al final de este texto cuando la gente a la mañana siguiente lo busca - lo van a encontrar que se fue de madrugada al descampado a orar, como nos dirá otro evangelista en este mismo episodio - dirá que ‘también a otros pueblos tengo que anunciarles el Reino de Dios, que para eso me han enviado’. Creo que eso nos está diciendo algo a nosotros. Los demás también han de escuchar ese anuncio, sentir el gozo de la presencia misericordiosa de Jesús; y ahí está entonces nuestra tarea. Lo que hemos conocido y vivido de la presencia y del amor de Dios hemos de comunicarlo, llevarlo a los demás. Ha de ser nuestro compromiso. Con nuestra vida, con nuestro ejemplo, con nuestra palabra tenemos que anunciar la salvación de Jesús que es para todos los hombres.

martes, 2 de septiembre de 2014

Se manifiesta el Reino de Dios en la fuerza de la Palabra de Jesús que nos libera de la muerte y del pecado

Se manifiesta el Reino de Dios en la fuerza de la Palabra de Jesús que nos libera de la muerte y del pecado

1Cor. 2, 10-16; Sal. 144; Lc. 4, 31-37
‘¿Qué tiene su palabra?’, comentaban estupefactos. ‘Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad’. Es la reacción que se va produciendo ante la presencia de Jesús y su Palabra. ‘Hablaba con autoridad’, que decían las gentes.
Había sido enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres como escuchábamos ayer al profeta en la sinagoga de Nazaret. Su Palabra era Buena Noticia y las buenas noticias son siempre bien acogidas. Su Palabra era una palabra de vida y de salvación. Y serán los pobres, los que se sienten pobres los que sabrán acogerla. La pobreza en el espíritu hace que el corazón esté abierto, esté deseoso de una buena noticia que le traiga salvación. Por eso es tan bien acogido Jesús ahora en Cafarnaún. Allí estaban deseosos de escuchar esa Buena Nueva; se dejaban enseñar por Jesús.
Estos no van buscando orgullos patrióticos que les haga sentirse superiores, sino que con humildad se ponen ante Jesús con sus necesidades y sus males. No es que aquí venga a hacer lo que hace en otros sitios o a comparar si aquí hace más o menos que en los otros lugares. Esa Buena Noticia irá llegando a todos los lugares, y allí donde haya un corazón pobre sentirá la alegría y la esperanza que renace en su corazón que se llena de nueva vida; será capaz de admirarse ante las maravillas que se realizan ante tus ojos.
¡Cuánto tenemos que aprender! Para dejarnos sorprender por la Palabra de Jesús; es necesario tener ese corazón pobre y humilde, ese corazón de pobre para escuchar esa Buena Noticia que se anuncia a los pobres. Lejos de nosotros autosuficiencias o el creernos con derecho a todo; lejos de nosotros nuestros orgullos y nuestras exigencias; lejos de nosotros esas actitudes de los que ya nos lo sabemos todo y qué nos van a decir o enseñar. Actitudes así se nos pueden meter en el corazón y lo que hacen es cerrarlo a la vida y a la salvación que Jesús nos ofrece.
‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar a voces’. Comenzaba a manifestarse el Reino de Dios en la Palabra de Jesús y el mal se oponía como la tiniebla quiere rechazar la luz. La luz quería resplandecer en las tinieblas del mal pero las tinieblas quieren sofocar la luz, como ya se nos había anunciado al principio del evangelio de Juan.
‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quien eres: el Santo de Dios’, vociferaba el espíritu inmundo que poseía a aquel hombre. Pero allí está quien viene a hacer resplandecer la luz para siempre; allí está quien viene a liberar a los oprimidos por el mal, para liberarnos de toda esclavitud. Allí está la Palabra de Jesús llena de autoridad. ‘¡Cierra la boca y sal!’, le intimidó Jesús. ‘Y el demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño’. Y viene la admiración de las gentes y la buena noticia se propaga por toda la comarca.
Viene la luz a iluminar nuestras tinieblas, llega la salvación a nuestra vida para arrancarnos de todas las cadenas del mal, pero a veces nos resistimos; no queremos reconocer el mal que hay en nosotros, no queremos dejarnos liberar por Jesús, no nos acercamos a Jesús con nuestro mal y nuestras tinieblas para llenarnos de su salvación. ¡Cuánto nos cuesta! A pesar de que decimos que tenemos fe y hasta nos acercamos a las cercanías de Jesús, pero quizá no damos los suficientes pasos de humildad para reconocer todo lo que hay de pecado en nosotros y seguimos arrastrándonos con nuestras cosas.

Que el Señor se haga presente en nuestra vida; que seamos capaces de poner humildad y amor en nuestro corazón; que la gracia del Señor de verdad mueva nuestra vida, nuestra voluntad para dejarnos llenar de esa salvación que Jesús nos ofrece. Dejémonos sorprender por la Palabra de Jesús y por salvación que El nos ofrece. No nos resistamos a la gracia del Señor.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Con nuestras nuevas actitudes y nuestra manera nueva de actuar y de amar haremos posible que se cumpla la Escritura en el mundo de hoy

Con nuestras nuevas actitudes y nuestra manera nueva de actuar y de amar haremos posible que se cumpla la Escritura en el mundo de hoy

1Cor. 2, 1-5; Sal. 118; Lc. 4, 16-30
He de comenzar confesando que cuando tengo que anunciar o explicar la Palabra de Dios me siento en plena sintonía con lo que hoy expresa san Pablo en la carta a los Corintios. ‘Me presento a vosotros débil y temblando de miedo’, por la grandeza que significa el anuncio de la Palabra de Dios y lo pequeño y pecador que me siento ante ella. ‘Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado’, dice el apóstol, y es lo que quiero anunciar, porque la fuerza de la Palabra de Dios no está en mis palabras ni en mis saberes, sino en la fuerza del Espíritu del Señor.
Dentro del ritmo de la proclamación de la Palabra en el tiempo Ordinario en medio de la semana, hoy comenzamos a proclamar el evangelio de san Lucas; hemos venido escuchando a san Mateo. Dejamos aparte todo lo referente al nacimiento y a la infancia de Jesús hasta su Bautismo en el Jordán, pues fueron textos que ya escuchamos en el tiempo de la Navidad y la Epifanía. Hoy partimos de su presentación en la sinagoga de Nazaret.
Jesús se presenta en su pueblo Nazaret, allí donde se había criado y donde estaban sus parientes, y el sábado en la sinagoga se puso en pie para hacer la lectura. Proclamó un texto de Isaías que viene a ser el gran anuncio de la misericordia del Señor que se nos va a manifestar en Jesús. ‘Es el año de gracia del Señor’. Como dirían en otra ocasión las gentes al contemplar las obras de Jesús ‘Dios ha visitado a su pueblo’, en consonancia también con lo cantado proféticamente por Zacarías en el nacimiento de Juan.
Donde y cómo se va a manifestar esa misericordia del Señor. El profeta habla de amnistía, de año de gracia. ¿Y qué es lo que se nos manifiesta en Jesús? Allí está el que viene a traer la salud a todos los que sufren, el que se nos manifiesta como luz para hacernos comprender el misterio de Dios y la grandeza del hombre, el que viene a liberarnos de la peor de las esclavitudes que pueden atenazar el corazón de los hombres.
Allí está Jesús, el ungido del Espíritu para anunciarnos que viene la hora del perdón y de la paz, que viene la hora de comenzar algo nuevo que llamaremos reino de Dios porque ya para siempre Dios va estar en el centro del corazón del hombre. Allí está el Mesías de Dios; no olvidemos que decir ungido es lo mismo que decir Mesías o decir Cristo, según el idioma que empleemos. Por eso proclamará Jesús al terminar de hacer la lectura: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
Ya muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y hemos comentado la reacción de las gentes de Nazaret que si primero se manifestaron con admiración y orgullo porque Jesús era uno de ellos, allí estaban sus parientes y allí se había criado, al final lo rechazaron intentando incluso despeñarlo por un barranco que estaba a las afueras del pueblo. ¿Aceptamos o no aceptamos nosotros a Jesús también según nos convenga o no? Cuantas veces nosotros también ante el evangelio tenemos la tentación de hacer como apartados en los que hay unas cosas que nos gustan pero hay otras cosas que no nos caen tanto en gracia y fácilmente las olvidamos o incluso las rechazamos. Da qué pensar todo esto.
Pero quisiera terminar invitando a que nos hiciéramos una pregunta. ¿También hoy entre nosotros se podría decir como dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret ‘hoy se cumple aquí esta Escritura que acabáis de hoy’?
Se cumple esta Escritura porque también nosotros hacemos presente a Jesús si al menos servimos de consuelo para los que lloran a nuestro lado y somos capaces de despertar ilusión y esperanza en tantos que viven con el corazón atormentado; se cumple esta Escritura entre nosotros si con nuestro compartir estamos haciendo en verdad un mundo mejor donde nos amemos más; se cumple esta Escritura porque no solo queremos recibir el perdón y la gracia que el Señor nos ofrece, sino que también en nuestras relaciones mutuas y en nuestro trato somos también capaces de ser comprensivos con los demás, ofrecemos generoso perdón a quienes nos hayan ofendido y tratamos en todo momento de buscar la concordia y la paz en nuestra convivencia de cada día.
Muchas más cosas podríamos decir y reflexionar en este sentido. Cada uno tendría que pensar cómo va a hacer posible con su vida, con sus actitudes nuevas, con su manera de actuar y de comportarse que esta Escritura se cumpla también entre nosotros y así hagamos más presente a Jesús y su salvación en nuestro mundo, en ese mundo concreto en el que vivimos cada día.