Vistas de página en total

sábado, 10 de abril de 2010

Una Buena Noticia que hemos de llevar a toda la creación

Hechos, 4, 13-21;
Salmo, 117;
Mc. 16, 9-15

El evangelio de san Marcos es el más breve en los relatos de la resurrección del Señor. Prácticamente es el resumen que hoy hemos escuchado precedido del momento en que ‘María Magdalena, María la de Santiago y Salomé fueron el primer día de la semana, muy de madrugada, a la salida del sol al sepulcro con los aromas que habían comprado…’
Nos resume ahora el que no habían creído a María Magdalena cuando ella fue a anunciarles que estaba vivo y lo había visto; lo mismo los dos discípulos que habían ido caminando a una finca, a Emaús, a quienes también se les había y no lo creyeron. Finalmente es Jesús el que se les manifiesta ‘y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado’.
Pero ahora Jesús que se les ha manifestado les confía una misión: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación’. Ahora que lo habían visto resucitado y habían terminado por creer, esa Buena Noticia han de llevarla por todo el mundo. Es el envío que prácticamente en todos los evangelio escuchamos de labios de Jesús para que el Evangelio sea anunciado a todos los hombres, que creyendo que Jesús es el Hijo de Dios y nuestro Mesías Salvador han de alcanzar la vida eterna.
Es lo que los creyentes, verdaderos testigos de Cristo resucitado han hecho, han querido hacer a través de todas las generaciones. Es la misión que a nosotros también se nos confía. Así lo hicieron los apóstoles desde el primer momento y es lo que la Iglesia sigue haciendo a través de los tiempos. Es lo que nosotros hemos de hacer también.
El cumplimiento del mandato de Cristo no siempre fue fácil para los creyentes. No todos querrán escuchar esa Buena Noticia. Aunque la tengan delante de los ojos, no todos querrán aceptarla. Lo vemos hoy en el texto de los Hechos de los Apóstoles, que viene como a concluir todo el episodio de la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo.
Terminarán los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas por reconocer que el milagro es patente. ‘Es evidente que han hecho un milagro; lo sabe todo Jerusalén y no podemos negarlo…’ pero han de evitar que se siga difundiendo; han de evitar que se siga hablando del nombre de Jesús. Admirados y ‘sorprendidos por el aplomo de Pedro y Juan, sabiendo que eran hombres sin letras ni instrucción’, pretenden amedrentarlos prohibiéndoles mencionar el nombre de Jesús como Salvador.
Pero ya conocemos la valiente respuesta de los Apóstoles. Respuesta que sólo podemos entender porque están llenos del Espíritu que Jesús les había prometido y que habían recibido en Pentecostés; ellos que estaban escondidos y con las puertas cerradas en el Cenáculo. Pero ahora responderán con coraje y valor: ‘¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en lugar de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos que contar lo que hemos visto y oído’. Han de obedecer a Dios antes que a los hombres.
Que el Señor nos dé ese coraje y valentía. Que sintamos el ardor del Espíritu en nuestro corazón. Que seamos en verdad sus testigos con nuestras palabras y nuestras obras, con nuestra vida toda. Es una exigencia de nuestra fe. Es la consecuencia lógica de quienes se sienten amados del Señor.

viernes, 9 de abril de 2010

Cristo resucitado, nuestra piedra angular y el fundamento de la Iglesia

Hechos, 4, 1-12;
Sal. 117;
Jn. 21, 1-14

Una primera impresión del hecho de que Pedro y algunos de los Apóstoles se volvieran de nuevo en Galilea a pescar pudiera parecernos como que Pedro y los discípulos se vuelven a la tarea de siempre retornando a la barca y a las redes que un día habían dejado para seguir a Jesús cuando los había llamado para ser pescadores de hombres.
Con ser totalmente legítima esta explicación, sin embargo en esta escena que concluye con la manifestación de Cristo resucitado podemos encontrar un hermoso mensaje con sentido eclesial.
Me explico. La barca, las redes, la pesca son imágenes que muchas veces hemos interpretado en referencia a la Iglesia. En esa barca en su travesía por el lago, o, si queremos, atravesando profundos mares podemos ver a la Iglesia, de la comunidad de los discípulos de Jesús en medio del mar de este mundo no siempre tan calmo y muchas veces azaroso y lleno de peligros.
Pedro se va a pescar y con él algunos de los discípulos que están en Galilea. ‘Me voy a pescar… vamos también nosotros contigo’. Y nos detalle el evangelista a ‘Tomás, apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos’.
La faena fue infructuosa hasta que desde la orilla del lago alguien les señala por donde han de lanzar las redes. Allí estaba Cristo resucitado, aunque por la distancia o la tenue luz del amanecer no lo reconozcan. Sin Jesús la tarea era infructuosa. Con Jesús todo cambia hasta el punto ‘que no tenían fuerzas para sacar la red, por la multitud de peces’.
Ahí va la primera lección para nosotros, para la Iglesia, que no seríamos nada, ni nada podríamos hacer de provecho si nos falta Jesús. la Iglesia sin Jesús no sería Iglesia; podría ser cualquier cosa, una reunión de amigos o una sociedad con unos fines determinados. Con Jesús es otra cosa, otra es su tarea y su misión, como otros serían también los frutos que se obtuvieran.
Será el discípulo amado – otra vez el amor por medio – el que reconozca a Jesús. El mejor camino para reconocer a Jesús que nos sale al encuentro de tantas maneras, en tantas ocasiones y en tantas personas. Pongamos las lentes del amor en nuestros ojos, pongamos el filtro del amor en nuestro corazón. Veremos a Jesús, conoceremos y reconoceremos al Señor que viene a nuestro encuentro.
‘Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua’, porque le impacientaba el ir remando o tirando de las redes. Quería llegar pronto hasta Jesús. quería estar a su lado. Cómo tenemos que correr hasta Jesús para estar con El. Sin El nada somos; en su palabra, con su fuerza, con su gracia cuánto podemos hacer.
Es nuestra piedra angular, aunque sea desechada por los arquitectos, aunque sea desechada por tantos que se creen sabios y entendidos. Sólo los sencillos pueden conocer las cosas de Dios, porque es a ellos a quienes Dios se revela de manera especial. El es el verdadero fundamento de nuestra vida. El que lo es todo para nosotros.
Sigamos sintiendo el gozo de la Pascua, de la presencia de Cristo resucitado. Que siga saliéndonos a nuestro encuentro cuando nos vayamos a la pesca, cuando estemos en nuestras responsabilidades o cuando queramos hacer algo por los demás. El sigue saliendo al encuentro de su Iglesia, en medio de ella está y ahí tenemos que saber reconocerle.

jueves, 8 de abril de 2010

Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras

Hechos, 3, 11-26;
Sal. 8;
Lc. 24, 35-48

‘Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’.
Volvemos a contemplar hoy una manifestación de Cristo resucitado a los discípulos. Allá están comentado ‘lo que les había pasado por el camino a los que se habían ido a Emaús, y cómo lo habían reconocido al partir el pan’. Jesús se manifiesta en medio de ellos pero vuelve a decirnos el evangelista que ‘llenos de miedo por la sorpresa creían ver un fantasma’. Seguían las dudas en su interior. Jesús tendrá que convencerles que no es un fantasma dejando que palpen sus manos y sus pies y comiendo en su presencia. Y el mismo les explicará todo lo sucedido.
A nosotros con nuestra perspectiva nos puede parecer incomprensible aquella cerrazón de los discípulos y apóstoles para comprender el hecho de la resurrección. Jesús lo había anunciado repetidamente, pero era algo nuevo lo que estaba sucediendo y el trauma por lo sucedido en el calvario era fuerte y marcaba su corazón. Vamos a escuchar repetidas veces que andaban con miedo y con las puertas cerradas. Y ¿si los judíos arremetían contra ellos pues eran sus discípulos? Comprendamos que aún no habían recibido el don del Espíritu prometido.
‘Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’, dice el evangelista, como ya hemos citado. Que nos abra el entendimiento a nosotros también; y que nos abra el corazón. Que nos dé el don de su Espíritu, porque como había anunciado antes de su muerte nos lo enseñará todo. Porque a nosotros también nos cuesta a pesar del testimonio de los apóstoles que la Iglesia nos ha trasmitido, y a pesar del don del Espíritu que hemos recibido. Pero también nos llenamos de dudas. Que se nos acaben las dudas y los temores. Que en verdad nos sintamos seguros en nuestra fe a pesar de nuestra debilidad.
‘Vosotros sois testigos de esto’, terminaba diciéndoles Jesús. Nos lo dice a nosotros también. Ejemplo tenemos en la valentía de Pedro como hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles. Tras la curación del paralítico – lo escuchábamos ayer – la gente se arremolina curiosa alrededor de Pedro y Juan y es la ocasión para hacer el anuncio de Jesús.
Un anuncio fuerte en las palabras de Pedro pero que al mismo tiempo se convierte en una invitación a la conversión y a creer en Jesús. No es por su propio poder por lo que ellos han realizado aquel hecho maravilloso. Ha sido en nombre de Jesús. ‘El Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato… Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Como éste que veis aquí y que conocéis, ha creído en su nombre, su nombre le ha dado vigor, su fe le ha restituido completamente la salud a vista de todos vosotros’.
Terminará el apóstol invitándolos a la conversión. ‘Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados’. En cierto modo los disculpa por la ignorancia, y por grande que fuera su pecado, en el Señor pueden encontrar el perdón. ‘Dios resucitó a su siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros, para que os traiga la bendición si os apartáis de vuestros pecados’.
Palabras consoladoras para nosotros. Creemos en Jesús y queremos seguirle. Ahora vivimos con entusiasmo este tiempo pascual y estamos proclamando con intensidad nuestra fe en Cristo resucitado. Pero ya conocemos nuestra debilidad. Tantas veces volvemos nuestros pasos hacia atrás, para caer de nuevo en el pecado. Es nuestra debilidad, pero está también la gracia del Señor que está dispuesto a regalarnos su bendición, su salvación, el perdón de nuestros pecados si nos volvemos a El con arrepentimiento y deseos de conversión.

miércoles, 7 de abril de 2010

Dejémonos enseñar por el Espíritu y llegaremos a reconocer a Jesús

Hechos, 3, 1-10;
Sal. 104;
Lc. 24, 13-35

‘Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día a una aldea llamada Emaús… y Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo…’
Ya sabemos cómo se entabló la conversación; la pregunta de Jesús por qué andaban preocupados, la respuesta de ellos si acaso era el único forastero que no se había enterado lo que había pasado y las sucintas explicaciones que denotaban sus esperanzas y desesperanzas, la confianza que habían puesto en Jesús y cómo todo se había venido abajo.
No creyeron el mensaje que habían traído las mujeres que habían ido temprano al sepulcro, pero no eran ellos solos los que estaban con los ojos incapaces para reconocerlo. Le había sucedido a María Magdalena que lo había confundido con el encargado del huerto. Creerían ver un fantasma más tarde los discípulos cuando estén todos juntos y Jesús se les manifieste. Tomás querrá palpar con sus manos, meter lo dedos en las heridas, su mano en la llaga del costado. Incluso más tarde en el lago no serán capaces de verlo y reconocerlo mientras están en su faena de pesca.
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!’ Era necesario creer en lo anunciado por las Escrituras. Juan y Pedro comenzarían a creer cuando fueron al sepulcro y lo vieron vacío. Pero a nosotros también nos puede costar creer con tantas cosas que oímos a nuestro alrededor o con tantas cosas que puedan suceder en nuestro mundo o en nuestra misma Iglesia que nos pueda hacernos sentir defraudados de alguna manera por alguna cosa.
Dejemos que el Señor venga a nosotros en nuestros caminos tantas veces llenos de oscuridades y sombras; venga a nosotros también nos explique las Escrituras. ‘Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’. ¡Qué mejor Maestro y guía! Su Espíritu sigue iluminándonos para que comprendamos las Escrituras, para que conozcamos cada vez más hondamente a Jesús, para que seamos capaces de reconocerlo tal como se nos manifiesta, para que nuestra fe sea siempre firme en su resurrección. Es algo importante. Y su Espíritu nos habla a través del magisterio de la Iglesia; y va llegando a lo hondo de nuestro corazón dándonos ese fuego de la sabiduría divina, aunque no siempre sepamos captarlo.
Más tarde dirán aquellos discípulos cómo sentían arder su corazón mientras El les hablaba por el camino. Ojalá sepamos nosotros discernir ese ardor del corazón que tantas veces también nosotros podamos sentir. No lo echemos en saco roto. El Espíritu iba moviendo el corazón de aquellos hombres, que finalmente se abrieron a la generosidad para no dejar marchar al caminante solo por aquellos caminos que podían ser peligrosos. ‘Quédate con nosotros que se hace tarde…’
Que así abramos nuestro corazón, que así sintamos nosotros también deseos de estar con Jesús, que Jesús se quede con nosotros. Que abramos nuestro corazón a la generosidad, a la disponibilidad, al amor para compartir y para hacer un hueco al hermano en el hogar de nuestro corazón. Algunas veces estamos tan llenos de cosas que no le damos cabida al hermano, o lo que es lo mismo, no le damos cabida al Señor en nuestra vida.
Al final le reconocieron al partir el pan, como no podía ser menos; como tenemos que saber reconocerlo nosotros siempre en la celebración de la Eucaristía. Pero aquel reconocimiento no fue para quedarse ellos sentados y tranquilitos en sus cosas o en sus casas. Corrieron de nuevo a Jerusalén porque todo aquello había que compartirlo con los hermanos. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor…’ Llevaban la noticia y se encontraron también con esa Buena Nueva.
Cuando estamos convencidos de que Cristo resucitó y es el verdadero y único Señor de nuestra vida aprenderemos también una cosa. Que en su nombre podemos hacer muchas cosas, en su nombre podemos hacer maravillas. Es lo que vemos hacer a Pedro y a Juan con el paralítico de la puerta Hermosa del que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles hoy.

martes, 6 de abril de 2010

He visto al Señor y ahora todo es distinta con la gracia incomparable del bautismo recibido

Hechos, 2, 36-41;
Sal. 32;
Jn. 20, 11-18

‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?
’ son las preguntas primero de ‘los ángeles, vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies donde había estado el cuerpo de Jesús’, y del mismo Jesús que aparece allí junto a ella, aunque no lo reconoce, ‘tomándolo por el encargado del huerto’.
‘Se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto… si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto, y yo lo recogeré’. Al escuchar que la llaman por su nombre, ‘¡María!’, lo reconocerá, ‘¡Rabóni!’, y se echará a sus pies. ‘He visto al Señor y me ha dicho esto’, correrá a contarle a los discípulos.
Entrañable escena la que nos ofrece el evangelio hoy. Seguimos contemplando las manifestaciones de Cristo resucitado. Hemos de cuidar que no se nos cieguen a nosotros también los ojos y no seamos capaces de reconocer al Señor. El viene a nosotros, se nos manifiesta y se nos manifiesta de muchas maneras. A María Magdalena le parecía que era el hortelano. A nosotros no es que nos parezca que es éste o el otro, sino que sabemos que en cualquiera que pase a nuestro lado hemos de saber reconocer al Señor. Y de manera especial en el pobre o en el que sufre.
¡Cuántas oportunidades tenemos de encontrarnos con el Señor y expresar nuestra fe y nuestro amor! Hemos de saber estar atentos. Porque confesaremos nuestra fe en El en la medida en que lo expresemos con nuestro amor. Ya sabemos lo que nos ha dicho El a lo largo del Evangelio, dónde y cómo tenemos que reconocerlo, a quien hemos de manifestar nuestro amor para expresar hondamente el amor que a El le tenemos.
Fijémonos también en lo que se nos dice en los Hechos de los Apóstoles. Pedro ha anunciado valientemente el nombre de Jesús. 'Todo Israel esté cierto de que el mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’. A la gente se le ha movido el corazón y quieren comenzar a creer en Jesús. ¿Qué han de hacer? ‘Preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿qué tenemos que hacer hermanos?’ Conversión y bautismo. Dar la vuelta al corazón y la vida para comenzar a creer de verdad que Jesús es nuestro Salvador, creer que es el Hijo de Dios que nos está manifestando todo el amor que Dios nuestro Padre nos tiene, y recibir el Bautismo.
Nosotros escuchamos también el anuncio, lo seguimos escuchando y queriendo hacerlo vida de nuestra vida en esta Pascua que estamos viviendo. Hemos querido dar pasos de conversión en este camino cuaresmal que hemos hecho y nos ha conducido a la Pascua. La conversión es una actitud y una tarea que ya la tomamos como normal en nuestra vida. Es una actitud permanente en nosotros. Y no podemos ahora bajar la guardia sino querer seguir vivir con toda intensidad esa vuelta al Señor, buscando siempre mejorar la santidad de nuestra vida.
Nosotros estamos bautizados, y nos podría parecer que ya a nosotros poco nos dicen entonces esas indicaciones que hacen los apóstoles a la petición de la gente que han sentido como se les ha movido el corazón. Pero en nosotros también tienen que estar presentes esas cosas. Ahora mismo en la pascua, en la noche de la vigilia pascual recordamos nuestro Bautismo e hicimos una renovación de nuestras promesas bautismales. Hemos de seguir recordando, pues, nuestra condición de bautizados. Para vivirlo.
En la oración de después de la comunión vamos a pedir al Señor, quizá recordando a los que han recibido el bautismo en esta Pascua, pero que nos puede valer perfectamente a todos los bautizados. ‘Concede a estos hijos tuyos que han recibido la gracia incomparable del Bautismo, poder gozar un día de la felicidad eterna’.
Fijaos cómo nos habla de la gracia incomparable del Bautismo. Qué grande es su valor, que no lo podemos comparar con nada. Qué grandeza nos ha conferido, pues que un día podamos alcanzar esa felicidad eterna. Día a día vivimos nuestra condición de bautizados, y deseamos y esperamos alcanzar la plenitud del Reino de Dios.

lunes, 5 de abril de 2010

Continúa la pascua: Dios lo resucitó y nosotros somos testigos

Hechos, 2, 14.22-32;
Sal. 15;
Mt. 28, 8-15

Estamos entrando en la octava de Pascua. Eso significa que seguimos viviendo el mismo gozo y alegría por la resurrección del Señor que se van a prolongar por estos ocho días con una intensidad semejante.
Realmente ayer tanto en la palabra proclamada en la noche de la vigilia pascual como en la Misa de Pascua lo que escuchamos en el evangelio era el anuncio de los ángeles de que Cristo había resucitado y el testimonio de la tumba vacía. Tanto María Magdalena que llora porque se han llevado el cuerpo de Jesús y no saben donde lo han puesto, como el testimonio de Pedro y Juan que simplemente encuentran la tumba vacía y las vendas por el suelo y el sudario enrollado aparte. Sin embargo Juan vio y creyó y comenzaron a entender lo anunciado por la Escritura, que Jesús había de resucitar de entre los muertos.
Ahora durante la semana en la Eucaristía de cada día en el evangelio proclamado iremos ya contemplando las diversas manifestaciones de Cristo resucitado que irán haciéndonos ahondar en nuestra fe en Jesús, resucitado de entre los muertos. No es hora de hacer excesivos comentarios sino yo diría de ir rumiando lo que nuestra fe nos dice y lo que vamos contemplando en el evangelio, esas diferentes manifestaciones de Cristo resucitado. No es momento de entrar en demasiados razonamientos sino en este caso dejarnos impregnar por la presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros, tal como lo vamos contemplando en el evangelio.
Iremos escuchando los relatos de los diferentes evangelistas que de alguna manera se complementan unos a otros. Según lo que nos dice hoy Mateo, después del anuncio del ángel que les manifiesta que si buscan a Jesús, el crucificado allí no lo van a encontrar porque ha resucitado y les señala que anuncien a los discípulos este mensaje para que vayan a Galilea donde le verán, ‘se marcharon a toda prisa del sepulcro, impresionados y llenas de alegría, y corrieron a anunciárselo a los discípulos’.
Pero ahora es Jesús el que les sale al encuentro. ‘Alegráos… No tengáis miedo…’ es el saludo de Jesús. Con Jesús se alejan todos los temores; con Jesús nos llenaremos siempre de alegría y de paz. Pero también el mismo encargo. ‘Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán’. Son mensajeras que han de llevar este anuncio a los apóstoles. Luego serán ellos los testigos de Cristo resucitado que lo anunciarán al mundo.
Es lo que hemos escuchado en la primera lectura y seguiremos escuchando durante esta semana y todo el tiempo pascual que iremos leyendo como primera lectura el libro de los Hechos de los Apóstoles. ‘Os hablo de Jesús nazareno… a quien Dios resucitó rompiendo las ataduras de la muerte… Dios resucitó a este Jesús y nosotros somos testigos’. Es el primer anuncio que Pedro hace en Pentecostés después de recibir al Espíritu Santo.
Ahí nos quedamos nosotros contemplando y convirtiéndonos también en testigos. Somos testigos de Cristo resucitado porque bien hondo lo hemos sentido dentro de nosotros en estos días. Y ese ha de ser también nuestro anuncio constante. Empapémonos de Cristo resucitado para que lo llevemos a los demás con el testimonio de nuestra vida.

domingo, 4 de abril de 2010

Cristo ha resucitado, que florezcan las flores de la nueva primavera


Hechos, 10, 34.37-43;
Sal. 117;
1Cor. 5, 6-8;
Jn. 20, 1-9

‘En verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A El la gloria y el poder por toda la eternidad’. Es la noticia, la gran noticia que hoy corre, tiene que correr de boca en boca o a todo pulmón allí donde hay un cristiano. Es la Pascua. Es nuestro gozo y nuestra alegría honda. Es nuestra fiesta. Es nuestra vida y el sentido de todo. Ha resucitado el Señor.
Es la noticia del Evangelio. Es ‘el primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro’. Comienzan las carreras. ¿Las carreras para ver quien tenía la fe más grande, el amor más fuerte? Su amor – porque había amado mucho se le había perdonado mucho - la había llevado muy temprano al sepulcro, pero ‘se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han puesto’. El evangelista nos da un detalle, ‘aún estaba oscuro’ que podría bien significar que aunque su amor por Jesús era grande algo podía fallar en su fe para hacerla dudar de lo que tanto Jesús había anunciado, su resurrección.
Lleva la noticia a los apóstoles y correrá Pedro, el que tenía un amor muy ardiente por el Señor y correrá Juan, el discípulo amado camino también del sepulcro. Se quedará éste a la entrada del sepulcro aunque fuera el más veloz, y entrará Pedro. Allí ‘vio la vendas por el suelo y el sudario enrollado aparte’. Entrará Juan ‘y vio y creyó. Hasta entonces no habían entendido la Escritura que El había de resucitar de entre los muertos’. Se despertó en sus corazones la fe en la resurrección de Jesús. era verdad, había resucitado el Señor. Más tarde vendrían los encuentros con Jesús, las primeras apariciones de Cristo resucitado.
Nosotros venimos cantando nuestra alegría desde anoche, desde la vigilia pascual. Los ‘aleluyas’ se repiten y no nos cansamos de aclamar al Señor. ‘En verdad ha resucitado el Señor. A El la gloria y el poder por toda la eternidad’. Y es que con Cristo nosotros también nos sentimos resucitados. En Cristo resucitado sentimos la vida nueva que El nos da. Somos los hombres nuevos de la Pascua. A El nos unimos en nuestro bautismo ‘para ser sepultados con El, para que así como Cristo resucitó de entre los muertos, así nosotros andemos en una vida nueva’, como escuchábamos anoche.
Estamos hoy rebosantes de gozo pascual. Contemplamos a Cristo, vencedor de la muerte y que a nosotros nos hace también resucitar. Nos sentimos renovados por su Espíritu para resucitar en el reino de la luz y de la vida, como hemos pedido en la oración litúrgica. Ya para siempre en nosotros la vida nueva de la gracia y lejos de nosotros el pecado.
Anoche proclamábamos que ‘quienes confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y agregados a los santos’. Así nos sentimos nosotros en esta mañana de Pascua después del camino de renovación que emprendimos a través de toda la cuaresma, tras la vivencia intensa de toda la pasión y de la muerte del Señor en estos días pasados, sintiendo ahora el gozo profundo de la resurrección del Señor, y de la vida nueva en nuestros corazones.
Están rotas ya las cadenas de la muerte. Cristo asciende victorioso del abismo y nos lleva con El a una vida nueva. Por eso dejamos atrás la vieja levadura – la de la corrupción y el pecado - porque tenemos que ser masa nueva, como nos ha dicho hoy san Pablo. ‘Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo’. La verdad, la sinceridad, la fe, el amor serán hermosos sabores de ese pan nuevo de la pascua.
Pero esta noticia como esta vida nueva de Cristo resucitado no nos la podemos quedar para nosotros. Somos testigos y los testigos tienen que dar testimonio. Somos resucitados con Cristo y hemos de llenar el mundo de resurrección. Hoy es Pascua, pero la Pascua no se puede quedar reducida a este día ni será ya sólo para nosotros. Litúrgicamente seguiremos celebrándola con gran intensidad durante cincuenta días hasta Pentecostés. Pero es que para un cristiano que ha vivido intensamente la pascua, ya la pascua no se tiene que terminar. Como hombre de pascua todo cristiano tiene que manifestarse al mundo para llevar el perfume de Cristo que inunde y empape cuando nos rodea.
Cuando nos veníamos preparando para la Pascua en nuestro camino cuaresmal en un momento reflexionamos y decíamos que en la primavera de la pascua nuevas flores tenían que florecer. Estamos ya en la primavera de la pascua, adornamos hoy nuestros altares con muchas flores para significar la alegría de la pascua que estamos viviendo. Pero ya sabemos; hemos de hacer surgir esas nuevas flores de la pascua en nuestro mundo. Que su perfume en verdad nos inunde y nos contagie.
Decíamos entonces que el Señor quiere hacer que los desiertos de nuestra vida ya no sean desiertos porque florezcan flores de vida en nosotros prometedores de hermosos frutos. Son esas nuevas actitudes de vida que tienen que ir floreciendo en nosotros. Para siempre ya la generosidad, el perdón, el amor, la concordia, la paz, la dicha para todos. Seamos, pues, sembradores de esperanza y defensores de la vida. Construyamos un mundo de más amor y fraternidad. Es decir, seamos testigos de Cristo resucitado, seamos a la vez sembradores y semillas de resurrección. Trasmitamos a todos nuestro hondo convencimiento, aunque al mundo le cueste creer.
‘Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua’, hemos proclamado en la hermosa secuencia de este día. Es lo que hacemos ahora en esta celebración solemne de la Eucaristía en esta mañana de Pascua. Celebrémosla y vivámosla con hondura, poniendo toda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor. Aclamemos y pidámosle al Señor ‘Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa’.

sábado, 3 de abril de 2010

Esta es la noche santa en que Cristo asciendo victorioso del abismo


Esta es la noche santa en que Cristo asciendo victorioso del abismo

‘Exulten por fin los coros de los ángeles y las jerarquías del cielo… goce también la tierra inundada de tanta claridad… alégrese también nuestra madre la iglesia revestida de luz tan brillante…’ ha resucitado el Señor; ‘que las trompetas anuncien la salvación… resuene este templo con las aclamaciones del pueblo’ porque ha resucitado el Señor.
Así lo proclamábamos ardientemente en el pregón pascual que nos anunciaba la resurrección del Señor cuando comenzábamos esta vigilia. Así lo hemos ido repitiendo, cantando una y otra vez en toda la celebración gozosa de esta noche. ¡Es verdad! ¡Ha resucitado el Señor!
Noche grande y maravillosa, así fuimos recordando todas las maravillas del Señor en la historia de la salvación en el mismo pregón y en toda la liturgia de la Palabra en la que hemos hecho un recorrido hasta llegar al momento culminante de la resurrección del Señor. Noche en que se disipan las oscuridades y desaparecen las esclavitudes. ‘Esta es la noche santa en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo… noche clara como el día… noche que nos llena de alegría… noche de gracia y salvación’.
Aquí en medio de nosotros brilla la luz de Cristo resucitado. Hemos tomado de su luz. Queremos seguir iluminándonos siempre de luz. No queremos que nunca más se apague esa luz de Cristo en nuestro corazón. Que no nos falte el aceite que nos mantenga siempre encendida esa lámpara, esa luz en nuestro corazón. Que con su luz iluminemos el mundo, transformemos nuestro mundo, le llevemos esperanza y renazca la fe en todos los corazones.
No podemos seguir rebuscando entre las sombras y las tinieblas. No tenemos que volver a los sepulcros de la corrupción y de la maldad porque Cristo nos ha liberado ya de todo eso. Con su muerte bajó a las profundidades del abismo pero para arrancarnos ya para siempre de esa muerte y hacer que tengamos vida para siempre.
‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado’. Fue el anuncio de los ángeles a las mujeres que todavía desesperanzas y llenas de dolor volvieron al sepulcro la mañana de aquel primer día. Llevaban perfumes para embalsamar debidamente el cuerpo muerto de Jesús, pero de la tumba salía el perfume más intenso de la vida. Cristo había resucitado y no quiere ya que volvamos a la muerte. Ha resucitado para levantarnos a nosotros a la vida. Impregnémonos nosotros de ese olor de vida, de ese olor de Cristo y con él perfumemos nuestro mundo, que tanto lo necesita.
Llevemos ese perfume, ese anuncio a los hermanos, y no temamos que haya muchos que no nos quieran creer y nos digan que eso de la resurrección es cosa de ilusos. Les sucedió también a aquellas buenas mujeres que habían ido al sepulcro. ‘María Magdalena, Juana y María, la de Santiago, sus compañeras contaban esto a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no lo creyeron’. Pedro querrá comprobarlo por sí mismo e irá también al sepulcro para encontrar lo mismo que habían visto las mujeres. ‘Y se volvió admirándose de lo sucedido’. Más tarde vendrán las apariciones, los encuentros con Jesús resucitado. Se afianzará firmemente la fe en Jesús y ya será un anuncio que no dejarán de hacer.
San Pablo nos decía: ‘Así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva’. Es el fruto de la resurrección de Jesús en nuestra vida. Quienes creemos en Jesús, quienes proclamamos a Jesús resucitado de entre los muertos como hoy con tanto ardor y alegría queremos proclamarlo, ya nuestra vida no puede ser igual. Tenemos que sentirnos transformados por la resurrección del Señor. ‘Nuestra vieja condición de pecadores ha quedado crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud del pecado… hemos muerto con Cristo, creemos que viviremos con El… tenemos que considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús’.
Es nuestra alegría, nuestra esperanza; es la motivación grande de nuestra vida. Es lo que nos hace sentirnos alegres de manera especial en esta noche de Pascua, en esta noche de la resurrección del Señor. Para eso nos hemos venido preparando con intensidad a través de toda la Cuaresma y hemos vivido con un fervor especial esta Semana de la pasión y muerte del Señor. Nos sentimos resucitados con Cristo, ‘muertos al pecado, vivos para Dios’. Y todo eso porque Cristo murió por nosotros y resucitó. Y hoy estamos viviendo este momento victorioso de Cristo. Por eso decíamos al principio con el pregón pascual que las trompetas anuncien la salvación, que la Iglesia toda se regocije y resuenen fuerte las aclamaciones y los cantos de todos.
Y ¿cómo hemos podido llegar a esto? Somos esos hombres nuevos gracias al Bautismo. El Bautismo nos unió a Cristo, nos incorporó a la vida de Cristo. ‘Los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo, nos decía san Pablo, fuimos incorporados a su muerte. Por el Bautismo fuimos sepultado con El en la muerte…’ para que por la resurrección de Cristo, resucitemos nosotros, renazcamos nosotros a una nueva vida, ‘andemos en una vida nueva’.
Por eso hoy vamos a tener muy presente nuestro bautismo en la celebración. En nuestras parroquias se consagra el agua bautismal y en muchos lugares tiene lugar el bautismo de los niños que sus padres quieren hacer hijos de Dios uniéndolos a Cristo por el Bautismo, pero también el bautismo de muchos adultos que no estando bautizados se han encontrado con Cristo y han hecho opción en su vida por El. Nosotros bendeciremos también el agua para recordar nuestro bautismo y haremos la renovación de las promesas bautismales como una expresión de nuestra fe y nuestra voluntad de querer vivir la vida de Cristo, de querer vivir esa libertad que Cristo nos ha ganado cuando nos ha arrancado de la esclavitud del pecado y de la muerte con su muerte y resurrección.
‘Que este cirio arda sin apagarse para destruir la oscuridad de la noche…’ Que no se apague nunca esa luz de Cristo resucitado en nosotros. Que se disipen para siempre en nuestra vida las tinieblas del pecado. Que con esa luz de Cristo resucitado iluminemos nuestro mundo. No temamos decir a todo el que nos encontremos.¡Cristo ha resucitado! ¡El Señor vive y te ama para que tengas vida!
¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!

viernes, 2 de abril de 2010

Buscamos a Jesús nazareno para llevar flores a su cruz



Buscamos a Jesús nazareno para llevar flores a su cruz


Hay momentos en la vida en que uno se queda sin palabras. Algo impresionante que sucede ante nosotros, que nos deja casi sin respiración; acercarnos a una persona atenazada fuertemente por el dolor y el sufrimiento, ante el cual nada podemos hacer; contemplar a un moribundo que exhala su último aliento, o contemplar la muerte injusta de un inocente, son cosas que nos dejan sin palabras.
Algo así nos sucede en esta tarde del viernes santo a los pies de la cruz de Jesús. Un silencio lo envuelve todo y nos inunda por dentro. Fuerte e inaudita ha sido la descripción que nos hacía el profeta del siervo doliente de Yahvé, y ante lo que no podemos hacer otra cosa que repetir como un eco las palabras de Jesús mientras el salmista nos completaba la descripción. Pero con un silencio hondo el alma escuchamos luego el relato de la pasión y muerte de Jesús según san Juan.
Casi no tendríamos que turbar ese silencio con nuestras palabras para que no se rompa el ritmo de la contemplación. Por eso la liturgia en este día de Viernes Santo es bien austera: contemplación, oración, adoración y comunión.
Quizá en el silencio de nuestra contemplación siga resonando la pregunta de Jesús en Getsemaní a los que iban a prenderle. ‘¿A quién buscáis?’ ¿A quién buscamos? ¿A quien vamos a encontrar? ¿Qué es lo que podemos descubrir? Como aquel que se ha quedado mudo ante el dolor y el sufrimiento y se pregunta ¿por qué, Señor, por qué? O quizá algunos nos puedan preguntar, tú ¿qué haces aquí? ¿eres también de sus discípulos?
Buscamos a ‘Jesús Nazareno’, pero no buscamos solamente a un hombre que pueda ser profeta o que pueda ser rey de Israel; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, que no sólo es nuestro Maestro sino también nuestro Dios y Salvador; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, y en El encontraremos el amor, la paz, la vida y la salvación; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, y queremos seguirle y ser sus discípulos, y con El no tememos también cargar con la cruz, con El hemos aprendido a negarnos a nosotros mismos para seguirle, en El y en su amor, el amor que se ha manifestado en la cruz, encontramos todo el sentido y el valor de nuestra vida, aunque nos parezca que poca cosa somos, aunque nos pudiera parecer nuestra vida inútil porque con nuestras limitaciones sintamos que poco valemos.
Y es que nuestro dolor, nuestros sufrimientos, nuestras discapacidades, nuestra aparente inutilidad tiene un sentido y un valor grande, el sentido y el valor que le da el amor. Es el sentido de la cruz. Es el sentido que descubrimos en las pasión y la muerte de Jesús. Por eso tenemos la esperanza de la vida plena, la esperanza de la resurrección. Damos un paso más allá para no quedarnos en la negrura de la muerte, sino llenarnos de la luz de la vida.
De ahí surgirá nuestra oración confiada y llena de esperanza. Una oración que hoy la Iglesia, al pie de la cruz de Jesús, hace universal para pedir por todos los hombres, por toda la humanidad; para que un día todos nos encontremos con nuestro Creador y nuestro Salvador. Oración en la que queremos poner la ofrenda de nuestra vida, nuestras lágrimas y nuestro dolor, nuestras esperanzas y también nuestras alegrías, en una palabra, todo lo que somos.
Otro momento en nuestra celebración de hoy es la Adoración, la veneración de la Cruz de Cristo. ‘Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo’. Fue levantado en alto para que todos creamos en El, para que todos nos sintamos atraídos hacia El. Por eso su cruz adoramos, su cruz veneramos porque de ahí de lo alto de la cruz fluye para nosotros la gracia salvadora. Esa cruz que nos redime, pero que es imagen también de nuestras cruces, esa cruz que nosotros hemos de tomar para seguirle, pero esa cruz que vemos también una humanidad doliente a nuestro alrededor, y donde hemos de ser cirineos que ayudemos a llevar esa cruz. Con nuestra adoración y veneración nosotros vamos hoy a cubrir de flores la cruz. Me explico.
Os trascribo un hermoso testimonio que me encontré. ‘Decía una joven, que de manera inesperada cargó con la cruz del cáncer, que no se hablase tanto de cruz; que esa cruz no le pesaba, porque estaba cubierta de flores. Y explicaba: cada palabra amistosa que me dicen, cada beso que recibo, cada oración que me ofrecen, cada prueba de cercanía e interés, es una flor que yo coloco en mi cruz. ¡Y son tantas!’
Vamos, pues, a colocar flores junto a la cruz de Cristo. Vamos a ir luego todos acercándonos a venerar la cruz con un beso y vamos a llevar una flor. Pero, ¿dónde están esas flores que no vemos preparadas?, me vais a decir. Alguien que tenía que hacerlo se olvidó de prepararlas. ¿Habrá que ir corriendo a comprarlas? No, esa flor la tienes tú, está en tu mano llevarla.
Cuando vayas a besar la cruz, en ese momento hermoso y emocionante de adorar y venerar la cruz de Jesús, piensa de una forma concreta en una persona a la que hoy de manera especial te vas a acercar. Ya sea para tener un gesto de amistad o una palabra de cercanía, un consuelo en su sufrimiento o una lágrima que enjugar; una ayuda que esa persona pueda necesitar; un gesto de paz y reconciliación con alguien con quizá haya algo pendiente de arreglar y sin resolver; una sonrisa que despierte una ilusión o un gesto de cariño a quien se pueda sentir solo; una llamada a esa persona con la que hace tiempo que no hablas; un gesto de comprensión ante una situación concreta y que pueda ser difícil…
Cada uno piense en una cosa concreta y en una persona concreta. No es quedarnos en generalidades de decir que voy a ser más amable con los demás. Hagamos el esfuerzo de lo concreto. Al besar la cruz ese beso sea el compromiso de realizarlo a lo largo del día. Y si alguien se acerca a ti, no lo rechaces, que eso es también una flor. Sí, esas son las flores con que vamos a cubrir la Cruz de Jesús. Y esas flores sí que está en nuestras manos tenerlas y ponerlas. Seguro que si así lo hacemos las cruces de muchas personas van a estar adornadas de flores y en nuestro ambiente va a comenzar a oler el florecer de la primavera que brillará con un nuevo resplandor el domingo cuando celebremos la resurrección del Señor.
Estaremos así comulgando a Cristo, inundándonos de su sangre redentora y empapándonos de su gracia. Es el momento con el que concluimos hoy nuestra celebración. Comulgamos el Cuerpo de Cristo, ese cuerpo entregado e inmolado pero que se nos da como alimento para que tengamos vida y vida en abundancia.

jueves, 1 de abril de 2010

Un paso de amor de Jesús que nos enseña a amar con su amor


Ex. 12, 1-8.11-14;
Sal. 115;
1Cor. 11, 23-26;
Jn. 13, 1-15


‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor… porque es la Pascua, el paso del Señor…’ Así hemos escuchado a Moisés en el libro del Exodo en la primera lectura. Recordarán y celebrarán por todas las generaciones el paso del Señor que les liberó de Egipto.
Nosotros también celebramos el paso del Señor, no ya en la liberación de Egipto sino en Jesús que es nuestra salvación. También decimos es la Pascua, estamos comenzando a celebrar en esta tarde el Triduo Pascual, es el paso salvador del Señor. Y lo estamos celebrando en la entrega más grande, en la más grande manifestación de amor, que es la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Hoy todo nos habla de amor; nos sentimos inundados de amor hasta rebosar en un amor infinito como es el del Señor; sentimos el perfume penetrante del amor que quiere empapar totalmente nuestra vida. Gestos, palabras, mandatos, señales claras y bien significativas de amor, presencia de amor que se va a hacer permanente por la voluntad del Señor.
‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, nos dice el evangelista. Hasta el extremo, pero ese extremo no tiene limites porque no se puede poner límites al amor eterno e infinito de Dios. Y comienzan a sucederse los gestos y los signos. Gestos y signos que realizará Jesús mismo, el primero. El dueño de casa cuando llegaba un huésped ofrecía siempre agua a través de sus sirvientes o esclavos. Recordemos la queja de Jesús en casa de Simón, el fariseo, porque no le había ofrecido agua.
Ahora será Jesús mismo el que se pondrá a los pies de los discípulos no sólo ofreciendo agua sino lavándoselos El mismo. ¿Quizá habían tenido que ser ellos los que lavaran los pies a Jesús? ¿Haría falta una María Magdalena que lo hiciera al no hacerlo los discípulos? ¿Lo hubiéramos hecho nosotros si hubiésemos estado allí? Pero es Jesús el que se quita el manto, se ciñe la toalla, echa agua en la jofaina y se pone a lavar los pies de cada uno de los apóstoles. Ahora ellos se quedan quizá extrañados o alguno protestará para no dejarse lavar, como Pedro. ‘Si no te lavo no tendrás parte conmigo…’ le replica Jesús.
‘Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros…’ ¿No había dicho que el que quisiera ser primero y principal se hiciera el esclavo y el último de todos? Tantas veces que habían estado discutiendo de excelencias y preeminencias ahora tenían que haberse quedado callados seguramente al contemplar tales gestos en Jesús. Era una hermosa lección.
Gestos de amor de Jesús que tendríamos que decir que no vienen a ser una novedad en estos momentos, aunque ahora nos llamen la atención de manera especial, sino que son una consecuencia de su camino de amor y de entrega a través de toda su vida como palpamos bien en las páginas del evangelio. Son ahora una subida o escalada en ese camino de amor que ahora iba a llegar a su mayor altura, a su plenitud. Es lo que vamos a contemplar y celebrar en estos días.
‘Sed esclavos los unos de los otros por el amor’, nos explicará más tarde san Pablo en sus cartas. ‘A nadie le debáis nada más que amor…’ Será nuestro distintivo, su mandamiento, pero que en realidad es exigencia de respuesta a tanto amor cómo el Señor nos tiene. ‘Este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dirá Jesús. Porque además no puede ser un amor con una medida cualquiera. El nos amó hasta el extremo, como hoy hemos escuchado, y esa tendrá que ser la medida de nuestro amor. Mucho tendríamos que hablar en este sentido.
Pero todo no termina ahí. No se agotan ni los gestos ni los signos de amor. Si un día nos había dicho que por el amor le íbamos a encontrar en los demás, porque todo lo que le hiciéramos a los otros a El se lo hacíamos, ahora en su amor y por amor nos va a dejar el gran signo de su presencia en el Sacramento de la Eucaristía que ahora va a instituir como memorial de su presencia, de su amor y de su entrega hasta la muerte por nosotros.
San Pablo nos ha recordado la tradición recibida del Señor, como El dice, que nos expresa lo que sucedió en aquella cena pascual y lo que ya desde el principio la comunidad hacia y ha seguido haciendo hasta la consumación de los tiempos. ‘El Señor Jesús en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio: Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… lo mismo hizo con el cáliz… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Haced esto en memoria mía…’ Y terminará diciéndonos el apóstol: ‘Por eso cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva’.
Jesús que se rompe de amor por nosotros. De tal manera se rompe de amor por nosotros que se hace pan partido y repartido para que le comamos, para que le vivamos, para que le hagamos vida en nuestra vida igual que un alimento se asimila y se hace vida de nuestro organismo, para que comiéndole a El estemos comiendo su amor, estemos haciendo su amor vida de nuestra vida. Es la mejor manera de llenarnos, inundarnos de su amor para que lleguemos a vivir un amor semejante a su amor, como fue su mandato.
La Eucaristía será para nosotros fuente de amor pero también compromiso de amor. En la misma cena pascual en la que Jesús se dio por nosotros hasta hacerse pan y hacerse Eucaristía para que le comamos, se puso a lavar los pies a sus discípulos. Todo ha sido una cena donde ha brillado y resplandecido el amor. Que es lo que nosotros tenemos que hacer. No se entenderá ya en adelante un cristiano que comulgue a Cristo y no sea capaz también de comulgar al hermano..
Por eso nos ha dicho tras darnos a comer el pan de su Cuerpo entregado y beber del Cáliz de su Sangre derramada que eso mismo hiciéramos nosotros en adelante en memoria suya. ‘Haced esto en memoria mía…’ Así pues, ahí está como una primera consecuencia ese necesario amor que nosotros hemos de vivir a imitación de su entrega de manera que comeremos a Cristo y necesariamente tenemos que comenzar a la lavar los pies del hermano y no se entenderá entonces que quien coma del Pan de la Eucaristía no ame de corazón a su hermano.
Pero algo más nos quiere decir con estas palabras ‘haced esto en memoria mía’. Instituye el Sacerdocio de la Nueva Alianza que haga posible ese milagro de amor que es la Eucaristía. A los apóstoles estaba confiándoles el realizar ese signo por el cual el pan y el vino iban a ser verdaderamente su Cuerpo y su Sangre. ‘Al instituir el sacrificio de la eterna Alianza… nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya’, como decimos en el prefacio. Ellos habían de repetir los gestos y las palabras de Jesús para realizar ese sacramento y milagro de amor en el que haríamos presente el sacrificio de su entrega y de su amor, como luego a lo largo de los siglos ha seguido realizándose en el ministerio de la Iglesia y sus sacerdotes.
Otro gesto y locura de amor de Jesús que así quiere seguir haciéndose presente en medio nuestro en el ministerio de la Iglesia a través de sus ministros los sacerdotes. Harán presente a Cristo en la Eucaristía y en la gracia sacramental de cada uno de los sacramentos; hacen presente a Cristo en la Palabra de Dios proclamada y a través de todo el ministerio pastoral para ayudar al pueblo de Dios a vivir esa presencia y ese amor de Jesús.
No podemos extendernos excesivamente en estos momentos sobre el tema del sacerdocio de Cristo, pero sobre todo teniendo en cuenta el Año Sacerdotal que estamos viviendo os invito a que en esta hermosa celebración demos gracias a Dios por ese ministerio de amor en sus sacerdotes así como elevemos nuestra oración al Señor pidiendo por los sacerdotes que es una forma también de valorar este regalo de amor que significa el sacerdocio para la comunidad cristiana.
Día para nosotros memorable… fiesta del Señor… es la Pascua, el paso de Dios con todo su amor, lo que estamos viviendo hoy. El Sacerdote repetirá el gesto de Jesús de lavar los pies, expresión del servicio a la comunidad y del servicio de amor de la comunidad, pero repetirá luego también las palabras y los gestos de Jesús para que por la fuerza del Espíritu el pan y vino que presentamos sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cuando comamos de este pan de la Eucaristía no olvidemos que estamos anunciando y proclamando la muerte del Señor que de manera tan intensa en estos días estamos celebrando.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Deseo celebrar la pascua en tu casa

Is. 50, 4-9;
Sal. 68;
Mt. 26, 14-25

‘El Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Cuando se siente a la mesa para iniciar la comida pascual el evangelista Juan dirá ‘habiendo llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…’ pero ahora Jesús sólo nos dirá que su momento está cerca, porque está buscando dónde celebrar la Pascua.
Jesús está en Jerusalén, lejos de Galilea donde podríamos decir que tenía la casa de Pedro porque ese lugar era como su centro de operaciones. En Jerusalén no tiene casa. En otra ocasión dirá que ‘el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’, cuando alguno se ofrece a seguirle para que comprenda sus condiciones y su manera de ser y hacer. Jesús quiere necesitar de una casa para celebrar la Pascua.
Cuando el grupo de los discípulos le pregunta dónde quiere que le preparen la cena pascual, Jesús les dará los detalles concretos de ir a la ciudad y cómo encontrar la casa de su amigo. Y ése es el mensaje que envía. Jesús está buscando un Cenáculo. Aquella habitación del piso de arriba que iba a tener una repercusión que duraría por los siglos por lo allí acaecido y que generación tras generación todos recordarán.
Pero más que entrar ahora en esos detalles, cuando estamos ya en las vísperas del triduo pascual vamos a escuchar en nosotros y como hecha a nosotros esa petición. ‘Deseo celebrar la pascua en tu casa con mis discípulos’. Has escuchado bien, ‘en tu casa’, como yo he escuchado ‘en mi casa’. Quiere Jesús nuestra casa, nuestro corazón, nuestra vida para cenáculo, para celebrar la pascua, para comer el Cordero Pascual, para que sucedan en nosotros todos esos acontecimientos memorables que, como mañana veremos, allí sucederán.
Un día Jesús había dicho a Zaqueo que quiere hospedarse en su casa. Ya sabemos cómo Zaqueo lo recibió, lo preparó todo y lo que allí aconteció; cómo Jesús dirá que aquel día la salvación había llegado a aquella casa.
Así ahora. Vamos a ofrecerle nuestra casa para celebrar la Pascua. ¿Qué preparativos tendremos que hacer? En este caso no hemos de preocuparnos por la comida del banquete porque Cristo será el Cordero inmolado que se nos dará a sí mismo como comida. Si acaso, se me ocurre pensar que tendremos que preparar los hachones para las luces que iluminen la estancia, aunque luego nos daremos cuenta que Jesús es la luz del mundo.
Sin embargo dos hachones de luz se me ocurre que debemos preparar: el de la fe y el del amor. Son imprescindibles. Sin esas luces no veremos a Cristo. Es imprescindible la luz de la fe. Cuidemos que no nos falte el aceite que los alimente, no nos suceda como aquellas doncellas de la parábola que cuando llegó el esposo no tenían luz porque se había acabado el aceite.
Pero es imprescindible también el del amor. Sin amor no podremos celebrar la pascua. Por muchos motivos. Fijémonos que Jesús viene con sus discípulos a celebrar la pascua en nuestra casa. El amor será el que agrande nuestro corazón para que todos puedan caber. Si hacemos discriminaciones de unos sí y otros no, la pascua no se podría celebrar. Y además nunca podremos celebrar la pascua ni solos ni aislados de los demás. Por eso ha sido tan necesaria la reconciliación en estos días previos al triduo pascual.
Dispongámoslo todo para poder celebrar la Pascua. Mañana ya comenzaremos.

martes, 30 de marzo de 2010

Era de noche…

Is. 49, 1-6;
Sal. 70;
Jn. 13, 21-33.36-38

El texto del evangelio de hoy parece estar lleno de sombras y hasta de un cierto dramatismo – anuncio de negación, traición – pero que en cierto modo se ve compensado por unos destellos de luz en propósitos de buenos deseos, de manifestación de un amor preferencial del Señor, pero en que además todo conduce a la glorificación del Hijo de Dios.
‘Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en El. Si Dios es glorificado en El, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. ¿Qué nos está anunciando Jesús? ¿Su propia muerte? ¿Su resurrección y Ascensión?
Pero estas palabras las pronuncia Jesús después de la salida de Judas, que ya nosotros entendemos a donde va, aunque el resto de los apóstoles en aquel momento no sabían lo que Jesús quiso decirle. ‘Lo que has de hacer, hazlo enseguida’.
‘Era de noche’ apunta el evangelista como un signo o una señal. Las sombras se habían apoderado de todo, y como diría Jesús más tarde en Getsemaní ‘llega la hora del poder de las tinieblas’. Ahora Jesús, profundamente conmovido, había dicho: ‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’. A unas palabras como éstas era normal que les entrara la desazón a todos en la incertidumbre de quién podía ser. Tanto querían a Jesús que no pueden entender este anuncio.
Cerca de Jesús estaba Juan, el discípulo que tanto amaba – un destello de luz – y ‘Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía’. Ya vemos la confianza de Juan con Jesús para sonsacarlo. ‘Aquél a quien yo le dé este trozo de pan untado…’
Es cuando tras los gestos y palabras de Jesús, Judas se marcha. Y como dice el evangelista ‘era de noche’. Había entrado la negrura de la noche, de las tinieblas en el corazón de Judas.
Se suceden los rayos de luz y las oscuridades. Pedro porfiará de que seguirá para siempre a Jesús. ‘Daré mi vida por ti… ¿por qué no puedo acompañarte ahora?’ le dice cuando Jesús habla de su marcha. Pero está la réplica de Jesús que anuncia sombras también en el corazón de Pedro. ‘¿Conque darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces’. Y ya sabemos lo que realmente sucedió en el patio de la casa del Sumo Pontífice.
¿Es de noche o es de día en nosotros? No estamos mirando la luz del sol o de la luna tan llena en estas fiestas de pascua, es la luna del Nisán, de la primavera. Es por otra luz por la que tenemos que preguntarnos. Pasos hemos querido ir dando a través de toda la cuaresma para encontrarnos con esa luz brillante de Cristo resucitado. Probablemente ya a estas alturas no habremos acercado al Sacramento de la Penitencia para arrancar esas sombras y para llenarnos de la luz de la gracia. Si acaso no, aún estamos a tiempo de hacerlo.
Pero sabemos bien que la tentación y el peligro nos acechan aunque estemos cerca de Jesús, por mucho que porfiemos que le amamos y digamos que estamos dispuestos a darlo todo por él. Cerca de Jesús estaba Judas y cerca de Jesús estaba Pedro. Pero escuchemos lo que Jesús va a decir en el huerto de los Olivos: ‘Velad y orad, para no caer en la tentación, el espíritu está pronto pero la carne es débil’. Que no dejemos meterse las sombras de la noche en nuestro corazón.

lunes, 29 de marzo de 2010

Y la casa se llenó de la fragancia del perfume

Is.42,1-7
Sal. 26
Jn. 12, 1-11


‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. Es un perfume fuerte y penetrante. Todo esto estaba sucediendo después de la resurrección de Lázaro. Habían ofrecido una comida Jesús. ‘Marta servía y Lázaro estaba a la mesa’. Nos recuerda otros momentos de las visitas de Jesús a Betania. La misma situación Marta que está afanosa preocupándose por el servicio, para que todo estuviera preparado. En aquella ocasión María estaba a los pies de Jesús escuchándole, lo que motivó las quejas de Marta. Ahora María lo que hace es ungir los pies de Jesús con tan costoso perfume. Y como comenta el evangelista ‘la casa se llenó de la fragancia del perfume’. Y ya sabemos las quejas de uno de los discípulos.
Pero ¿cuál es la fragancia que realmente está llenando aquella casa? En la ocasión la palabra de Jesús tenía cautivada a María que estaba embelesada escuchando, bebiéndose las palabras de Jesús. ¿Quería ahora María compensar con la ofrenda que estaba haciendo lo que entonces había recibido de Jesús? ¿Sería una consecuencia de la alegría que sentían por la resurrección de su hermano, porque en esta ocasión no es Marta la que protesta? Pero creo que el perfume que de verdad llenaba aquella casa y a aquella familia era la presencia de Jesús.
Porque seguimos a Jesús queremos llenarnos de esa fragancia de su presencia; porque amamos a Jesús queremos dejarnos inundar por ese perfume de su amor. Pero porque somos sus discípulos y queremos llevar el nombre de cristianos somos nosotros los que tenemos que dar esa fragancia de Jesús a los demás. Dar el buen olor de Cristo.
No olvidemos que nosotros hemos sido ungidos - en el Bautismo y en la Confirmación todos los cristianos, y también los que hemos recibido el Orden Sacerdotal – con el Crisma Santo, que significa esa marca de Cristo que nos señala y nos identifica como cristianos. Pero la unción con Crisma Santo viene a significar también ese buen olor de Cristo que como cristianos hemos de dar en el testimonio de nuestra vida, en el ejemplo de nuestras buenas obras, en la fragancia de nuestra santidad. No en vano el Crisma es esa mezcla de aceite y perfume, como mañana mismo en la Misa Crismal vamos a ver y celebrar en la consagración y bendición del crisma y de los óleos por parte del Obispo.
Recogiendo, pues, el sentido de lo que estamos comentando a partir del Evangelio tendríamos que decir que allí donde hay un cristiano o un grupo de cristianos, allí donde hay una comunidad cristiana la sala, todo ha de llenarse de esa fragancia del perfume de Cristo. Esa fragancia que tendría que brotar de nuestras vidas, de nuestra santidad, de nuestras buenas obras. No es ya el perfume de nardo como el que María derramó sobre los pies de Jesús. Es otro perfume en nuestro amor, en nuestro servicio, en nuestra fe, en tantas obras buenas que tenemos que realizar con los demás, el que tiene resplandecer fulgurante en nuestras vidas.
Todo esto que estamos viviendo y celebrando en estos días, esta meditación y contemplación de la pasión y muerte del Señor que estos días vamos a hacer a esto tendría que ayudarnos. Que todo nos valga para ese crecimiento de nuestra fe, para esa maduración de nuestra vida cristiana, para ese resplandor de santidad con el que tenemos que brillar.

domingo, 28 de marzo de 2010

Un marco que señala y anticipa toda la celebración del triduo pascual

Lc. 19, 28-40;
Is. 50, 4-7;
Sal. 21;
Lc. 22.14-23, 56

Se dice que el marco de un cuadro o de una pintura nos ayuda a resaltar el valor o la belleza en él reflejado, o que la portada de entrada de un lugar nos puede estar hablando de la grandiosidad que allí podemos encontrar. Se me ocurre pensar que el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor que hoy celebramos para introducirnos en esta Semana Mayor es ese marco o pórtico que nos está haciendo ver y vivir como en adelanto lo que son las celebraciones de estos días que tienen su culminación en el Triduo Pascual con la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Tiene ya sus aires de gloria en la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, que nos hace pregustar lo que será el triunfo pleno y definitivo en la resurrección del Señor. Pero al mismo tiempo ya nos deja entrever lo que va a ser la pasión y la cruz donde Cristo ha de subir en su entrega de amor para morir por nuestra salvación. Por eso hoy hemos comenzado leyendo a Isaías en uno de los Cánticos del Siervo de Yahvé y la pasión del Señor, este año según san Lucas.
Vamos subiendo a Jerusalén donde el Hijo del Hombre va a ser entregado, habíamos escuchado anunciar a Jesús. Subir a Jerusalén, una subida porque es una entrega que va como in crescendo (utilizando un lenguaje musical) para llegar a la apoteosis de su entrega en la Cruz y en la resurrección.
Como un anticipo de esa gloria, y parece como si resonaran en nuestros oídos todavía los cánticos de los ángeles en Belén a la gloria de Dios, hemos visto al pueblo sencillo y a los niños aclamando al que viene en el nombre del Señor. Decimos muchas veces entrada triunfal en Jerusalén, pero no son los ejércitos vencedores lo que acompañan al Mesías que entra en la ciudad santa sino que serán los sencillos, los pobres y los niños los que le aclaman; y su montura no será un brioso corcel sino un humilde borrico para que así se cumpliera lo anunciado por el profeta.
Esa es la claridad del marco o la portada porque pronto entramos en el claroscuro de la pasión, de la cruz, de la entrega hasta la muerte, de la culminación de la subida hasta llegar a lo alto del Calvario y de la cruz.
Allí le vamos a reconocer de verdad. Vamos a reconocer a Aquel que tiene el amor extremo de dar su vida por los que ama. ‘¿Quién eres tú?’ hemos escuchado en estos pasados días que los judíos preguntaban a Jesús. Esa pregunta se va a repetir de una forma u otra varias veces a lo largo de la pasión. Será el Sumo Sacerdote y el Sanedrín, será Poncio Pilatos en el Pretorio, o serán algunos en torno a la cruz aunque con diversas intenciones unos y otros.
‘Si tú eres el Mesías, dínoslo… entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?’, son las preguntas ante el Sanedrín. ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’ preguntará Pilatos porque quizás le interesa más el aspecto político. ‘Si tú eres el Rey de los judíos… si tú eres el Mesías… sálvate a ti mismo… sálvanos a nosotros…’ dirán los soldados o los malhechores crucificados con El.
Pero también hay respuestas. Ya hemos meditado en otra ocasión que es en la Cruz donde en verdad íbamos a reconocer a Jesús como Hijo de Dios, como nuestro Mesías Salvador y como el mayor amor que pudiéramos encontrar. ‘Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino’, le suplica el malhechor arrepentido que contemplando a Jesús en el mismo suplicio que él sintió la llamada a la conversión. Comprendió todo el Reino de Dios que Jesús había anunciado y ahora, podemos decir, estaba constituyendo. ‘Realmente este hombre era justo’, reconocía por su parte el centurión.
Aunque nos pudiera parecer un cuadro demasiado lleno de sombras por la pasión y muerte que en él estamos contemplando, sin embargo están brillando ya los destellos del Reino de Dios. Van apareciendo esas ráfagas de luz en gente compasiva y llena de misericordia en torno al camino de la cruz sin dejar de ver el fogonazo de luz que es el amor de Jesús que le llevó a tal entrega. Y digo destellos de luz porque por allá aparece como un destello el Cireneo que ayuda a llevar la cruz de Jesús hasta el Calvario. ¿Qué podría sentir aquel hombre en su interior, en principio cogido al azar en las calles de Jerusalén, al tomar sobre sus hombros lo que era la cruz de Cristo con todo su valor de amor y de redención?
Aparecen también las buenas mujeres de Jerusalén que lloran compasivas al paso de Jesús bajo el peso de la Cruz; algunas veces las hemos minusvalorado diciendo que eran las plañideras que lloran siempre por oficio, pero ¿por qué no podemos pensar que lloraban compadecidas de un justo condenado injustamente y llevado al lugar del suplicio? ‘No lloréis por mi, llorad por vosotras y vuestros hijos…’
Allí estuvo, por qué no pensarlo, algún soldado compasivo que le quería hacer beber un poco de vinagre como calmante de su sufrimiento y agonía. Y ya lo hemos mencionado, estaba el malhechor arrepentido, al que se le había movido el corazón a la conversión y pedía estar para siempre en el Reino con Jesús.
Estaban además aquellos ‘conocidos que se mantenían a distancia… y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, que miraban atentamente donde lo ponían’ para preparar ungüentos y aromas para venir pasado el sábado a embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, aunque luego ya ser lo encontrarían resucitado.
Y estaba finalmente José de Aritmatea, hombre bueno y justo, que pidió el cadáver de Jesús a Pilatos y facilitó la sábana y el lugar para la sepultura, ‘un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido colocado todavía’.
A través de este hermoso marco o portada que es el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor hemos echado una primera mirada a lo que vamos a encontrar y celebrar. Pero ahora tenemos que entrar, y entrar hasta el fondo, y meternos de lleno en la pasión de Jesús, mirando dónde está nuestro lugar, mirando también cómo vamos a hacer para que caiga sobre nosotros esa sangre redondora de Cristo.
Vamos ir impregnándonos de esos valores del Reino que tanto necesitamos meter en nuestra vida. Lecciones tenemos de donde aprender. Lo importante es que nos pongamos en camino en esta recta final que nos lleva hasta la Pascua. Y no querer ser espectadores que ven pasar un cortejo o contemplar un espectáculo. Es algo que tenemos que vivir intensamente para que al final brille la luz del triunfo de Cristo, la luz de su resurrección en nosotros.

sábado, 27 de marzo de 2010

Subamos con Jesús a la Pascua

Ez. 37, 21-28
Sal. Jer. 31
Jn. 45-56

‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Por supuesto entendemos el sentido de las palabras de Caifás según sus propios supuestos.
La gente se estaba yendo con Jesús y para ellos era un fracaso. Tras la resurrección de Lázaro muchos judíos habían comenzado a creer en Jesús. Así nos lo ha ido explicando el evangelista en distintas situaciones. Según las suposiciones de los sumos sacerdotes, de los fariseos y del Sanedrín aquella podría acabar en división y en una posible revuelta y los romas actuarían y podría haber grandes matanzas. Mejor que muera uno, no muchos o todo un pueblo que podría verse aplastado.
Pero aunque esta era la buena posición en su lógica política, los creyentes en Jesús desde un principio entendieron estas palabras de Caifás como una profecía y así nos lo recoge el evangelista. ‘Esto no lo dijo por propio impulso sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos'.
La muerte de Jesús no fue sólo una trama humana de quienes no quisieran aceptar a Jesús como Mesías o como Hijo de Dios. Con ojos de fe detrás de todo eso estamos viendo el designio de Dios. Un designio amoroso en el que quiere darnos la paz y la salvación. Un designio divino ya anunciado en el paraíso terrenal cuando anuncia la derrota de la serpiente. Pero un designio divino mantenido en la fe y la esperanza del pueblo creyente por los profetas en la espera de un Mesías Salvador. Es cierto que habían confundido muchas veces el sentido de ese Mesías Salvador, pero así estaba anunciado como aquel que iba a restablecer de una vez para siempre la Alianza de Dios con su pueblo, con toda la humanidad, como hoy mismo lo hemos escuchado en el profeta Ezequiel como muchas veces en otros profetas. ‘Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… con ellos moraré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo…’
Por eso nos hablará Jesús de su voluntad decidida de subir a Jerusalén cuando llegaba el tiempo y la hora. Se mantiene lejos de Jerusalén mientras no ha llegado esa hora, como le vemos en estos momentos que se va más allá del Jordán. Nos hablará de que nadie tiene poder para quitarle su vida, sino que El la entrega libremente.
Cuando llegue la hora de pasar de este mundo al Padre El iniciará todos los preparativos y dará los pasos. Lo veremos prontamente cuando se disponga a celebrar la Cena del Cordero Pascual, el cordero de la Antigua Alianza. El será el Cordero de la Nueva Alianza que se entregará y se inmolará, que nos dará la más suprema prueba de amor. Que derramará su Sangre para sellar la Alianza nueva y eterna. Es verdad, el va a morir por nosotros y por todos los hombres. Se entrega El para que nosotros no muramos sino que tengamos vida. A precio de su sangre hemos sido rescatados. Su muerte por nosotros en la Cruz es el inicio de una vida nueva porque podremos comenzar a llamarnos y ser hijos.
Es lo que nos disponemos a celebrar y a vivir. Hemos de disponer de verdad nuestro espíritu, abrir nuestro corazón a la gracia divina, celebrar y vivir con toda intensidad esta fiesta pascual a la que vamos a subir con Jesús.

viernes, 26 de marzo de 2010

Grité a mi Dios y mi grito llegó a sus oídos

Jer. 20, 10-13
Sal. 17
Jn. 10, 31-42


El evangelio habla del rechazo de los judíos a Jesús que le llaman incluso blasfemo porque se manifiesta como el Hijo de Dios. A pesar de las obras que Jesús hace – ‘creed a las obras, para que comprendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre’, les dice -; por eso Jesús marcha más allá del Jordán, el lugar donde Juan había estado bautizando. Precisamente estará allí cuando le avisan de la enfermedad y la muerte de Lázaro de Betania.
Con estos textos la liturgia nos va preparando para la celebración de la pasión de Jesús que ya tenemos inminente, cuando el domingo de ramos entremos en la Semana Santa.
Lo que escuchamos en Jeremías, primera lectura de hoy, podemos decir que va en el mismo sentido, en el que el justo es perseguido y acosado. ‘Oigo el cuchicheo de la gente…’ Le ponen incluso motes a Jeremías para burlarse de él y como expresión del rechazo a su misión profética.
Pero el profeta se siente fuerte porque su apoyo está en el Señor. ‘El Señor está conmigo, como fuerte soldado… tropezarán y no podrán conmigo…’ Es la seguridad y la confianza que nosotros hemos de sentir y tener. Como nos dice el salmo ‘me cercaban olas mortales, torrentes destructores, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte…’ ¿No recordamos los tsunamis y las inundaciones que todo lo destrozan? ‘Pero en el peligro invoqué al Señor y me escuchó’.
Hermosas imágenes que nos hablan de las tentaciones de todo tipo con las que en la vida nos vemos zarandeados. Queremos muchas veces, pero no podemos. Nos sentimos arrastrados por un torbellino de las pasiones, de los odios, los resentimientos, las envidias, las violencias de la vida… ¡Cuántas cosas! Nos parece que estamos envueltos por un mar embravecido y nos ahogamos.
Pero ‘el Señor es mi Roca’, esa roca donde me apoyo y me siento seguro, me agarro con fuerza para no perder pie en esa lucha contra el mal y el pecado. ‘El Señor es mi fortaleza, mi alcázar, mi libertador’, me siento seguro. Con El nada temo. ‘Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos’.
‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal…’ pedimos todos los días en el padrenuestro. Pero pidámoslo de verdad. Algunas veces decimos, es que no puedo, la tentación es superior a mis fuerzas, es que me ciego con la pasión y el mal… Pero ¿pedimos al Señor su fuerza y su gracia? ¿Le invocamos en el momento del peligro?
‘En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios… y mi grito llegó a sus oídos’.
Este último viernes de Cuaresma en la devoción popular es llamado el Viernes de Dolores y en muchos lugares se invoca a la Virgen en esta advocación como una preparación inmediata a la Semana Santa. Miremos a María junto a la Cruz de Jesús. Allí nos la dio como madre. Que ella interceda con su intercesión maternal por nosotros para que sigamos el camino de la fe y del amor. Que ella esté a nuestro lado en estos días que celebramos la pasión de Jesús y de ella aprendamos a abrir nuestro corazón a Dios y a su gracia. Que nos lleve por caminos de conversión.

jueves, 25 de marzo de 2010

Una resurrección para la vida

Una resurrección para la vida
la resurrección de Lázaro imagen de nuestra resurrección en Cristo (Jn. 11, 1-44)


Toda la vida del cristiano no es sino una participación en el misterio pascual de Cristo, una participación en su muerte y resurrección. Así desde nuestro Bautismo que fue un sumergirse en la muerte de Cristo para con El y en El renacer a una vida nueva.
Como nos dice san Pablo ‘los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el Bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…en una resurrección como la suya’.
De ahí que todo ha de ser para nosotros un vivir ese sentido de Pascua. Es más, en cada uno de los sacramentos estamos viviendo ese misterio pascual de Cristo, ya sea la Eucaristía, ya la Penitencia, o cualquiera de los otros sacramentos.
Pero la Iglesia en su liturgia nos invita y nos ayuda a vivirlo si cabe con mayor intensidad cuando a través del año litúrgico vamos celebrando el misterio de Cristo. Con una especial intensidad y solemnidad lo vivimos en el triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Momento intenso y momento central de todo el año litúrgico, que lo es también de toda la vida del cristiano.
Por eso nos preparamos a través de toda la Cuaresma en la que, iluminados por la Palabra de Dios que con toda riqueza cada día se nos proclama, por una más intensa vida de oración y la austeridad penitencial, vamos revisando, iluminando, renovando nuestra vida para que haya verdadera pascua en nosotros; para que logremos ese morir en verdad con Cristo al pecado para renacer limpios, purificados, llenos de nueva vida en la resurrección del Señor.
Estos días, con estas reflexiones que nos hemos ido haciendo, con estos tres encuentros con el Señor a través de estos textos de la Palabra de Dios que tanta importancia tienen en el itinerario de la catequesis bautismal y cuaresmal, hemos querido dar unos pasos que nos acerquen más a ese encuentro con el Señor. Hoy vamos a contemplar y meditar la escena de la resurrección de Lázaro, verdadero signo para nosotros de lo que tiene que ser ese renacer en el Señor.
‘El que amas está enfermo…’ le habían comunicado a Jesús de parte de las hermanas de Lázaro. Pero Jesús había respondido que esa ‘enfermedad no es de muerte, sino que tiene por finalidad manifestar la gloria de Dios, y a través de ella se dará también a conocer la gloria del Hijo de Dios’. Una respuesta semejante a lo que Jesús había respondido cuando el ciego de nacimiento allá en las calles de Jerusalén.
Pasados unos días Jesús dirá: ‘Vamos otra vez a Judea’. Algunos discípulos se resisten con miedo porque saben lo que traman contra Jesús. Se sentían acobardados y con miedo, por lo que pudiera pasar. ‘Lázaro está dormido, voy a despertarlo…’ seguirá diciendo Jesús. ‘Si duerme, despertará’, le comentan, pero Jesús aclarará ‘Lázaro ha muerto y me alegro por vosotros de no haber estado allí para que creáis…’ Será Tomás el que exclamará ‘vayamos y muramos con El’, aunque más tarde sea el que esté ausente y luego dude pidiendo pruebas palpables de su resurrección.
Iba a ser un gran signo para la fe de sus discípulos. Una gran señal para nosotros también. Para que se reavive nuestra fe, pero también para que nos demos cuenta de nuestras verdaderas enfermedades de las que Jesús ha de curarnos, de esos sueños de muerte que hay en nosotros de los que tiene que despertarnos, de esa muerte que nos acecha, y de la vida que Jesús quiere ofrecernos. Tendrá, pues, que crecer nuestra fe en El. Fe en la vida verdadera que nos arranca de la muerte, de la peor de las muertes.
¿Cuál es la muerte que nos acecha? ¿Cuál es la muerte que hemos dejado entrar en nuestra vida? Reconozcamos nuestro pecado. Reconozcamos que muchas veces se nos adormece nuestra fe. Reconozcamos también los miedos que nos oprimen el alma. Reconozcamos la debilidad de nuestra vida, la poca constancia con la que luchamos contra el mal. Reconozcamos que muchas veces también nosotros dudamos, queremos pruebas, queremos palpar y tocar con nuestras manos o con nuestras razones para poder creer. Reconozcamos que rehuimos el sacrificio y el esfuerzo y preferimos una vida más cómoda y sin dificultades. Reconozcamos nuestras rebeldías, nuestros anti-testimonios y malos ejemplos. Reconozcamos esa vida tan insulsa que vivimos sin querer comprometernos con nada. Reconozcamos nuestras insolidaridades y egoísmos. Reconozcamos el materialismo y las sensualidades a los que nos hemos acostumbrado. Son tantas cosas que tenemos que reconocer…
Cuando Jesús llegó a Betania ambas hermanas, cada una por su lado, saldrán con la misma queja al encuentro con Jesús. ‘Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano…’ Es cierto que con tiempo le habían avisado y en cierto modo suplicado su presencia, como tantas veces Jesús había venido a Betania a aquel acogedor hogar. Pero Jesús ahora no había venido tan pronto como a ellas les hubiera gustado.
Como nos sucede a nosotros que también algunas veces nos quejamos al Señor porque decimos que no nos escucha, que no le vemos tan presente a nuestro lado (o eso nos parece) cuando lo necesitamos en nuestros problemas, en nuestros sufrimientos. Pero aquel comentario de Jesús a los discípulos nos puede valer a nosotros también. ‘Esta enfermedad no es de muerte… para que se manifieste la gloria de Dios… para que vosotros también creáis…’ Pero es que nos cuesta a veces descifrar los caminos de Dios. El nos escucha pero seguro que El actuará en nosotros cuando sea mejor para la mayor gloria de Dios, para lo que sea mejor para nuestro crecimiento en la fe.
A pesar de las quejas de Marta y María, y de que están pasando por la noche oscura de la muerte de su hermano con todo el dolor para ellas, vemos, sin embargo, que la fe de aquellas mujeres no mermará. ‘Aún así yo sé que todo lo que pidas a Dios, El te lo concederá’, le dirá Marta para terminar afirmando categóricamente: ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo’.
Y es que Jesús es la Resurrección y la Vida. Si creemos de verdad en El tendremos vida para siempre. Que no decaiga nuestra fe. Aunque se nos metan muchas sombras y tinieblas en la vida, si nos mantenemos firmes en nuestra fe, la muerte no podrá hacernos ningún daño. El nos arrancará de las tinieblas, de las garras de la muerte. Con Jesús podemos tener vida para siempre. ‘El que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre…’
Marta está entendiendo todo esto en principio pensando en la resurrección final. ‘Sé que resucitará en el último día, cuando tenga lugar la resurrección de los muertos, al fin de los tiempos’, le dice. Pero Jesús le dice que no será sólo entonces. Es cierto que esa esperanza no la podemos perder. La necesitamos. Pero Jesús dice algo más: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida’. Es que el Señor puede resucitarnos ahora, quiere resucitarnos ahora de esa muerte que se nos va metiendo en el alma, de ese pecado que nos lleva a la muerte. Cristo nos resucitará, nos dará el perdón de los pecados.
Aquí tenemos que pensar en el sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación. Ya dijimos que todo sacramento es una participación en la muerte y en la resurrección del Señor. Cristo en el sacramento de la Penitencia nos resucita, nos arranca de la muerte, nos perdona nuestros pecados. Así tenemos que vivirlo. Así tenemos que experimentar en nosotros esa nueva vida que Dios nos da en virtud de su muerte y resurrección.
‘Dios, Padre de misericordia, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz…’ Así nos dice el Sacerdote cuando nos da la absolución, perdón de los pecados en el nombre de Dios, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo cuando celebramos el sacramento.
También Cristo se para delante de la tumba de nuestra vida para arrancarnos de la muerte. Así llega a nosotros en el Sacramento. Jesús lloró ante la tumba de Lázaro profundamente conmovido, dice el evangelio. ‘Jesús al verla llorar y a los judíos que también lloraban, lanzó un profundo suspiro y se emocionó profundamente… rompió a llorar… y profundamente emocionado se acercó más al sepulcro’. Los judíos estaban admirados de cómo Jesús lo quería.
También Cristo nos ama y llora por nosotros, por nuestra muerte, por nuestro pecado. Podemos recordar todo su sufrimiento en su pasión, desde el sudor de sangre en Getsemaní hasta la sangre y agua que brotó de su costado con la lanzada del soldado después de muerto, podríamos recordar aquí toda su pasión en sus diferentes pasos hasta su muerte en la Cruz.
Muchas más cosas podríamos comentar. ‘Lázaro, sal fuera…’ gritó Jesús. Cristo nos llama, viene a nosotros para desatarnos de todas esas ataduras, de todas esas vendas y sudarios de muerte y de pecado que no nos dejan caminar con la libertad de la luz y de la vida.
Cristo viene a nosotros también como el padre que corre al encuentro del hijo perdido y muerto que vuelve y que resucita para comérselo a besos y hacer fiesta, como nos enseña Jesús en la parábola. Cristo nos viste de nuevo la vestidura nueva de la gracia, de la vida; aquella vestidura que blanca se nos dio en el Bautismo, que hemos manchado tantas veces con nuestro pecado y que ha sido lavada en la sangre del Cordero. Cristo viene para crear en nosotros los hombres nuevos de la gracia. Cristo nos salva, nos redime, nos perdona, hasta llegar a disculparnos como lo hizo desde la cruz, ‘porque no saben lo que hacen’.
Que cuando llegue la celebración de la Pascua de Resurrección nosotros hayamos resucitado con Cristo.

Unos ojos que se abren para conocer a Cristo

Unos ojos que se abren para conocer a Cristo
El ciego de nacimiento imagen de nuestras cegueras y nuestro encuentro con la luz (Jn. 9, 1-41)


¿Qué es lo que he hecho para que Dios me trate así? Es una queja recientemente escuchada de un joven que se con muchos problemas en su vida: problemas de índole familiar, social, del propio desarrollo de sus estudios e, incluso, casi de subsistencia. En la negrura y casi desesperación con que ve su vida a causa de los problemas se interroga incluso sobre su fe, preguntándose por qué ese castigo de Dios, qué es lo que hecho para merecerlo.
Digo esta experiencia porque es algo que he escuchado recientemente en un desahogo de esa persona, pero son preguntas que mucha gente se hace, que muchas veces nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas y sufrimientos, una enfermedad que aparece en nuestra vida, la muerte quizá de unos seres queridos o de personas inocentes, problemas que nos surgen y a los que nos parece encontrarle solución y nos preguntamos por el por qué de tanto sufrimiento o dónde está Dios que permite que nos sucedan esas cosas.
Bien sabemos que muchas personas ven la enfermedad y el sufrimiento como un castigo de Dios y es por eso por lo que se preguntan qué es lo que han hecho para merecer tanto sufrimiento o tanto castigo. Claro que planteado desde una auténtica fe no podemos verlo de esa manera.
‘Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?’ Es el planteamiento que le hacen también los discípulos a Jesús. caminaban por las calles de Jerusalén y allí estaba aquel hombre ciego de nacimiento pidiendo limosna a todo el que pasaba. Eran frecuentes esas situaciones en Palestina. Ya el evangelio nos habla de muchos ciegos que acuden a Jesús en búsqueda de luz para sus ojos.
La respuesta de Jesús es tajante y rápida por así decirlo. ‘La causa de su ceguera no ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres. Nació así para que el poder de Dios pueda manifestarse…’ Y se va a manifestar la gloria de Dios. Jesús se acercó al ciego y dice el evangelista con todo detalle ‘escupió en el suelo, hizo un poco de lodo con la saliva y lo extendió sobre los ojos de aquel hombre. Luego le dijo: Ahora ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa enviado) El ciego fue, se lavó y, cuando regresó, ya había recobrado la vista’.
Muchas consideraciones nos podemos hacer y es bien hermoso el mensaje. Comencemos apuntando cómo el ciego se dejó hacer. No sabía bien qué es lo que pasaba, por qué le hacían aquello ni tampoco tenía muy claro quien se lo había hecho, sin embargo se dejó hacer. Admirable esa actitud del ciego. Quizá era su confianza, su esperanza y su deseo de recobrar la vista. Pero no siempre nos dejamos hacer así. ¿Para qué me sirve eso? Siempre buscando un utilitarismo en todo lo que hacemos o nos piden hacer. ¿Qué me va a añadir a mi vida? Desconfiamos si aquello me va a servir para algo o va a mejorar mi situación de algunas manera. ¿Qué gano yo con esto? Siempre andamos interesados buscando ganancias o beneficios. ¿No tendríamos que cambiar en esas actitudes de prejuicio con que andamos?
El camino del ciego una vez recuperada la vista no fue tan fácil. Había comenzado a ver la luz y aún no sabía bien de donde venía. Cuando le preguntan quien se lo ha hecho, en principio él no sabe dar razón de quien ha sido. Comenzarán para él muchas pruebas y dificultades, que podríamos decir le van purificando por dentro. Poco a poco sus ojos se irán abriendo a la luz verdadera. Y si en principio no sabía quien había sido, pronto dirá que no puede ser un pecador quien le haya hecho eso porque tiene que ser un hombre de Dios, o tendrá que ser un profeta.
Un camino largo hemos de recorrer también nosotros porque habrá que ir cambiando muchas cosas dentro de nosotros, desmontando muchas ideas como aquello que decíamos antes del castigo de Dios por los sufrimientos o problemas que nos puedan surgir, hasta que lleguemos a conocer a Jesús de verdad y el sentido que en El vamos a encontrar para nuestra vida. Al final de todo el proceso el ciego que ha sido curado llegará a conocer a Jesús de verdad, aunque antes tenga que pasar por muchas pruebas. ‘¿Crees en el Hijo del Hombre?... y ¿quién es para que pueda creer en El?... ya lo has visto, es el que te está hablando…’
Pero la gente que está a su alrededor no le ayudaba porque lo que hacían era presentar oposición, porque no quieren aceptar el milagro, ni tampoco quien aceptar a aquel a través del cual se ha manifestado la gloria de Dios. Incluso sus propios padres, temiendo comprometerse, lo dejarán solo. Al final se verá también excluido de la sinagoga porque tal es la oposición a quien pueda aparecer con fe en Jesús.
¿Se parecerá todo esto a situaciones por las que nosotros pasamos o actitudes que de una forma o de otra podemos tener dentro de nosotros? Cuando se nos manifiestan las maravillas de Dios pueden surgir dudas dentro de nosotros, o también habrá quienes quieran hacernos poner en duda todo eso que nos ha sucedido; se tratará de darnos explicaciones de orden natural o de la razón con tal de que no seamos capaces de ver la acción sobrenatural del Señor que actúa en nosotros manifestándose así la gloria del Señor.
Pero Dios sigue saliéndonos al encuentro. Podrá realizar maravillas con cosas asombrosas, no podemos negar el poder infinito de Dios, pero también se nos manifestará a través de signos sencillos pero que producirán en nosotros frutos maravillosos de gracia. Son los sacramentos.
Los sacramentos, tenemos que decir, signos sencillos pero maravillosos. Sencillos como el agua, el aceite, el pan y el vino, una imposición de manos, una expresión de entrega y de amor… pero a través de esos signos Cristo se nos va a hacer presente en nuestra vida y nos llenará de su gracia, Cristo viene a nuestro encuentro con la fuerza de su Espíritu; Cristo se nos da para hacernos partícipes de su vida llenándonos de la vida de Dios; Cristo nos perdona o nos alimenta, nos fortalece en la debilidad de nuestro cuerpo enfermo o se hace compañero de nuestra vida y nos dará la fuerza más grande y sobrenatural a nuestro amor.
Unos signos sencillos, como decíamos, pero que por la acción del Espíritu Santo son para nosotros sacramento de Dios, signo y señal clara y certera de que Dios está con nosotros, seguridad absoluta de la gracia y de la fuerza del Señor que no nos faltará en nuestra vida. Recordemos lo que decía a Nicodemo, nacer de nuevo, nacer por el agua y el Espíritu y nos está señalando los signos del Bautismo.
Recordáis lo que comentábamos al principio del lodo que Jesús hizo para poner en los ojos del ciego, que algunos se preguntaban y para qué sirve, o qué voy a ganar, qué me va a añadir a mi vida y cosas así. También muchos se lo preguntan acerca de los sacramentos, qué me añade a mi matrimonio si yo ya amo a mi pareja el que me case o no por la iglesia, como dicen algunos. Y así tantas objeciones que nos ponen muchos.
Claro que todo esto solo por la fe lo podemos entender y llegar a vivir. No es simplemente el agua, el aceite o el pan, por decir sólo algunos elementos, sino que es la acción del Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, como ya mencionamos recordando las palabras de Jesús a Nicodemo en relación al Bautismo, lo que hace que para mí sea Sacramento y signifique esa presencia de Dios, de Cristo, de su gracia en mi vida.
Por la fuerza del Espíritu será ese nuevo nacimiento, se hará Cristo alimento y presencia en el pan y vino de la Eucaristía, nos da esa gracia y esa fuerza del Señor en cada uno de los sacramentos por ejemplo en la unción, se hace presente todo el don del Espíritu en nosotros para hacer verdaderos testigos y apóstoles, alcanzaremos el perdón de los pecados por el ministerio de la Iglesia, o nuestro amor matrimonial se hará verdadero signo del amor de Cristo por su Iglesia y será fortalecido con la gracia del Señor. Es la fe la que nos hará descubrir, sentir y vivir esa gracia de Dios en nuestra vida, esa presencia de Cristo que viene a nosotros con su salvación. Cada vez que estemos celebrando un sacramento estaremos haciendo presente esa pascua salvadora de Cristo en su muerte y resurrección.
Por eso ahora cuando vamos a vivir estos días de la Semana Santa tenemos que llegar a ese encuentro vivo y profundo con Cristo que me salva y viene a mí en la gracia sacramental. Repito, encuentro vivo y profundo con Cristo. Un encuentro personal con el Señor que viene a nosotros, que viene a mi. Un encuentro que viviremos y celebraremos, por supuesto, con los demás, en comunidad, en sentido verdadero de Iglesia que se siente amada y salvada por el Señor.
Algunos se quedan en asistir, un poco como espectadores, contemplar unas imágenes o ir a unas procesiones. Parece eso un tanto pasivo, como espectador, con falta de hondura y profundidad. No nos podemos quedar en lo externo. No terminamos de llegar a ese encuentro vivo con el Señor. Es en lo que tenemos que estar muy vigilantes.
Esos actos religiosos a los que asistimos, esas imágenes sagradas que contemplamos y que son algo más que unos objetos de arte, esas procesiones en las que vamos contemplamos los distintos momentos del misterio de nuestra redención como fue la pasión y la muerte de Jesús, tienen que ser medios que nos lleven a Cristo, a dejarnos encontrar por El, y a vivirle con toda profundidad llenándonos de su gracia; tienen que llevarnos a la vivencia sacramental de la presencia del Señor que es verdadera presencia en nuestra vida; tienen que llevarnos a vernos inundados por la gracia salvadora del Señor que nos perdona y que nos da vida, que nos salva y que nos pondrá en camino de una más exigente santidad.
Todo ello nos llevará a una transformación de nosotros mismos. Porque Cristo viene a nosotros para que tengamos vida, para arrancarnos de la muerte, para quitar esas cegueras de nuestra vida, como abrió los ojos del ciego de nacimiento como hemos venido reflexionando.
‘¿Acaso nosotros también estamos ciegos?’, se preguntaban los fariseos cuando escucharon a Jesús. No temamos hacernos esa pregunta, porque será la manera de que comencemos a dar pasos hacia la luz, hacia Cristo que nos abrirá los ojos del corazón llenándonos de su luz y de su gracia salvadora. Que como se manifestó la gloria del Señor en la curación del ciego de nacimiento así también se manifieste la gloria de Dios en la transformación de nuestra vida y cuando Cristo se hace presente en mí en la celebración de los Sacramentos.

Un agua que calma nuestra sed para siempre

Un agua que calma nuestra sed para siempre
la samaritana que va al pozo de Jacob nos enseña a buscar el agua que calme nuestra sed (Jn. 4, 5-42)


Los encuentros con Jesús son siempre encuentros para la vida y la salvación. En esta recta final de la Cuaresma queremos intensificar nuestra preparación para la Pascua para que podamos vivir con toda intensidad todo el misterio que vamos a celebrar, aunque durante toda la cuaresma hemos venido preparándonos con la celebración de cada día y los demás actos piadosos y penitenciales que hemos ido realizando.
Vamos a hacernos tres reflexiones en estos días dejándonos guiar por el evangelio, como no podía ser de otra manera. Nos valdremos de tres textos evangélicos que han sido siempre fundamentales en el camino de la cuaresma y lo que en la Iglesia fue siempre la catequesis cuaresmal que preparaba a los cristianos para el triduo pascual. Son los evangelios que leemos en los tres últimos domingos en el ciclo A de la liturgia cuaresmal.
Son encuentros con Jesús en donde nos sale al encuentro y es lo que hemos de tener muy presente, porque no es simplemente lo que yo pueda ofreceros con mis reflexiones, sino lo que hondamente podemos experimentar ustedes y yo en estos encuentros con Jesús.
Camina Jesús desde Judea a Galilea atravesando Samaria y se detiene junto al pozo de Jacob a descansar mientras los discípulos van a comprar comida en la ciudad cercana. Jesús quiere quedarse allí porque quería salir al encuentro de la mujer que viniera a buscar agua al pozo.
La mujer viene hasta el pozo, pero es Jesús quien provoca el encuentro. No era normal que un judío hablase con un samaritano, o que un hombre hablase con una mujer en un descampado. La conversación surge como lo más normal. ‘Dame de beber’. Jesús sediento del camino pide un poco de agua que calme su sed. Pero no era sólo la sed física la que Jesús llevaba dentro de sí. ‘Tengo sed’, gritaría también desde la cruz en medio del tormento de su pasión. Entonces rehusará los calmantes que puedan ofrecerle, porque es otra la sed más importante en estos momentos y en aquellos. Jesús tiene sed del alma de aquella mujer que se acerca por allí.
Ya sabemos cómo siguió la conversación con las reticencias de la mujer, pero sobre todo con el ofrecimiento que hace Jesús. ‘Si supieras quién es el que te pide de beber me pedirías tú a mí y te daría un agua viva… el pozo es hondo y no tienes con qué sacar el agua cómo puedes darme agua viva… el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed…’
¿Tenemos sed? ¿Queremos saciar nuestra sed para siempre? No se trata ya del agua de cualquier pozo, ni es agua que calme la sed de nuestros cuerpos. ¿Habrá otra inquietud más honda en nuestro corazón? Siempre hay preguntas dentro de nosotros que nos callamos a veces, o no queremos que otros sepan de las inquietudes que podamos tener dentro de nosotros mismos. Parecen ser secretos bien guardados que a nadie queremos dejar traslucir. Otras veces, sin embargo, salen a flote esas preocupaciones de diverso tipo que hay dentro de nosotros.
Si nos fijamos en todo este texto del encuentro de la mujer samaritana con Jesús vemos cómo irán aflorando poco a poco diversas cuestiones e inquietudes que había en el corazón de aquella mujer. Tan seca y distante en un principio, poco a poco irá abriendo su corazón. Serán preocupaciones materiales que pasan por tener que ir todos los días a la fuente a buscar agua, o serán otras preocupaciones surgidas quizá de una vida desordenada e irregular – cuántas frustraciones podía haber en el corazón de aquella mujer que tantos maridos había tenido -, o serán otros interrogantes más hondos en su vida religiosa y de relación con Dios, o en la esperanza que todo judío tenía en la expectativa de la pronta llegada del Mesías.
Todo fue surgiendo en aquel encuentro de una forma que parecía de lo más normal. Se sentía a gusto aquella mujer en su encuentro con Jesús a pesar de los primeros momentos llenos de suspicacias y desconfianzas. Pero es que cuando nos ponemos con sinceridad delante de Jesús poco a poco se nos va desnudando el alma y ante Jesús nada podemos callar o dejar oculto.
Es como hemos de sentirnos nosotros ahora, a gusto con Jesús, dejando que El nos hable al corazón y abriendo también las puertas de toda nuestra vida para nuestro encuentro con El, para que El llegue y se posesione de nuestra casa, de nuestra vida. También dentro de nosotros tenemos problemas, preocupaciones, interrogantes, ilusiones. Necesitamos la Palabra clarificadora de Jesús, que su luz nos ilumine.
Preocupaciones en lo que es la vida de cada día con sus problemas. Pueden ser nuestras soledades o nuestras limitaciones; pueden ser los achaques y los problemas de salud que van apareciendo con los años; pueden ser los problemas que nos preocupan de nuestras familias; puede ser la persona que está a nuestro lado y con quien convivimos… Como la samaritana que andaba preocupada porque cada día tenía que venir a buscar agua al pozo de Jacob.
Pero ¿sabéis una cosa? Porque fue al pozo de Jacob a buscar agua se encontró con Jesús. Pensemos que en esa preocupación y problema, en esa persona que está a nuestro lado podemos encontrarnos con Jesús; en ellos viene Jesús a nuestro encuentro. Hemos de saber descubrirlo, verlo, sentirlo. Pidamos que se abran los ojos de nuestra fe. La samaritana al principio sólo veía en Jesús un judío cuya presencia de alguna manera le importunaba desde lo mal que se llevaban judíos y samaritanos. Terminará diciendo que en Jesús hay algo de Dios porque le reconoce en un momento al menos como un profeta.
Pero aquel encuentro sirvió para algo más. Saldrían a flote otros problemas del interior y de la vida de aquella mujer. Aparecerá lo irregular de su vida en el plano moral. ‘Vete a casa y llama a tu marido… no tengo marido… es verdad, has tenido cinco y con el que ahora vives no es tu marido…’ Problemas que están ahí y que necesitarán una luz que los clarifique.
Si con sinceridad nos ponemos ante Dios, como ahora queremos hacerlo, miraremos lo hondo de nuestra vida y nos daremos cuenta de las cosas que no marchan bien, allí donde nos falla la fidelidad al Señor, y donde todo no es recto ni bueno. No rehuyamos esa mirada de Jesús a nuestro corazón. Porque no es sólo nuestra mirada, sino que es la mirada de Jesús. No cerremos los ojos para no querer reconocer la verdad de nuestra realidad. Aquella mujer diría más tarde a sus convecinos ‘me ha dicho todo lo que he hecho’. No temamos mirar nuestra vida con los ojos de Dios. No perdamos la paz. Porque la mirada de Jesús es siempre una mirada misericordiosa. Ya lo seguiremos reflexionando. No nos cerremos a esta gracia del Señor, sino dejémonos transformar por El.
Habrá también otras inquietudes e interrogantes. No sabemos a veces que hacer algunas veces con nuestra fe. Nos llenamos de dudas. A veces no queremos complicarnos mucho y solamente nos dejamos llevar, porque esto siempre ha sido así, porque es algo que hay que hacer; bueno, eso es lo que nos enseñaron y simplemente creo porque me lo enseñaron así mis padres… pero no nos hacemos otros planteamientos más hondos para profundizar en esa fe, para hacerla crecer y madurar, para llevarla a un convencimiento profundo que implique de verdad toda mi vida.
La mujer samaritana tenía también sus dudas, si había que adorar a Dios en el monte Garizin que estaba allá cerca en Samaria como los samaritanos habían hecho desde hacía mucho tiempo o si el templo verdadero era el de Jerusalén como decían los judíos. En un momento de su historia Israel y Judá se habían separado y enfrentado constituyendo reinos distintos y eso implicaba también el culto a Yavé. Es lo que ahora plantea aquella mujer. ‘Llega la hora, le dice Jesús, en que los que rindan verdadero culto al Padre, lo harán en espíritu y verdad…’
Ya nos está descubriendo la verdadera hondura del culto que hemos de darle a Dios. Además no dice simplemente culto o adoración, sino que ya nos está descubriendo algo hermoso, le llama Padre, ‘verdadero culto al Padre’. Una nueva relación con Dios, un culto más hondo y más auténtico, un culto que va a surgir desde el amor. Porque a Dios ya lo miramos de una manera distinta. Es el Padre bueno que nos ama, y al que tenemos que amar en verdad sobre todas las cosas.
Nos surgirán dudas en nuestro interior, se nos plantean problemas en cosas que muchas veces no acabamos de entender. Una cosa es importante, miramos a Dios con una nueva mirada, la mirada de los hijos al Padre. Dios es el Padre bueno que nos ama, como ya hemos dicho y repetido. En su amor nos ha entregado a su Hijo, a Jesús. por eso en cada momento de la vida, incluso en los momentos difíciles tenemos esa mirada distinta hacia Dios porque sabemos que es nuestro Padre, sabemos que nos ama, que no nos abandona ni nos deja solos; que está ahí a nuestro lado llevándonos sobre las palmas de sus manos. Con una mirada así, sintiéndonos amados de Dios, nuestra vida tendrá que ser distinta, la respuesta de nuestra fe ha de ser siempre una respuesta llena de amor.
Es lo que vamos a intentar hacer estos días. Dejemos que esa mirada de Dios llegue sobre nosotros. Con los ojos de Dios veremos las cosas distintas, nos sentiremos impulsados a dar pasos para ir a su encuentro. El viene a nosotros. No podemos desaprovechar esta oportunidad. Es una gracia del Señor que no podemos perder.
Busquemos momentos de silencio y soledad. Repasemos este encuentro de la samaritana con Jesús y pongámonos nosotros en su lugar. Escuchemos las palabras de Jesús como dirigidas directamente a nosotros. Y hablémosle. Démosle respuesta. Dejémonos conducir de su mano hacia la Pascua. El nos dará el agua viva que calma nuestra sed para siempre.