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sábado, 23 de mayo de 2009

Misioneros del Evangelio para los que están a nuestro lado

Hechos, 18, 9, 18
Sal. 46
Jn. 16, 20-23

¿La misión de anunciar el evangelio, de hablar del nombre de Jesús es exclusivamente de los apóstoles? Puede ser una buena pregunta que nos hagamos para que lleguemos a comprender que esa misión de trasmitir el nombre de Jesús a los demás nos corresponde a todos los que tenemos fe en El.
Y es bueno que reflexionemos sobre ello porque algunas veces en una comunidad pensamos que el único que tiene que predicar el evangelio de Jesús es el sacerdote y a lo más algunas personas lo que hacen es ayudarle en su tarea, por ejemplo, de catequistas.
Sobre todo a partir del concilio Vaticano II los laicos han asumido la responsabilidad del anuncio del evangelio, del apostolado como algo propio en su ser de cristiano y creyente en Jesús. No es que eso no se pensara antes, pero si, hemos de reconocer, que el concilio fue algo que impulsó fuertemente aún siendo una tarea que en diversas obras de apostolado ya muchos cristianos hacían. Pero es todo cristiano, desde su condición de bautizado y ungido, el que tiene esa responsabilidad del anuncio del Evangelio en medio de la Iglesia y ante el mundo.
La Palabra proclamada hoy nos ayuda a comprenderlo, sobre todo el texto de los Hechos de los Apóstoles. Aunque comienza hablándonos del inicio del tercer viaje apostólico de Pablo, sin embargo de quien nos va a hablar a continuación es de Apolo, Priscila y Aquila. Ya anteriormente en los Hechos de los Apóstoles habían aparecido estos personajes, Priscila y Aquila como judíos y cristianos que habían tenido que exiliarse de Roma por un decreto del emperador en contra de los judíos. Hoy les vemos haciendo una hermosa tarea apostólica.
Apolo, era un ‘judío de Alejandría, hombre elocuente y versado en la Escritura’. Conocía los caminos de Señor pero su conocimiento no era completo, pues sólo conocía el Bautismo de Juan, luego en referencia a Jesús, aunque 'exponía la vida de Jesús con toda exactitud’, había algo que faltaba. Y es cuando aparece aquel matrimonio, ‘Priscila y Aquila, que lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino del Señor’. Posteriormente Apolo marchará a Acaya, lo veremos en Corinto, donde ‘con la ayuda de la gracia de Dios contribuyó mucho al provecho de los creyentes… demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías’.
Aquí está lo que queremos destacar. La tarea que aquel matrimonio realizó de hacer un anuncio explicito, una formación más completa, del nombre de Jesús a Apolo. Por una parte resaltar el dejarnos enseñar, tener deseos de una mayor formación y profundización en todo lo referente al misterio de Cristo y en consecuencia a nuestra vida cristiana. Y por otra parte lo hermoso que podemos hacer si el conocimiento y vivencia que tenemos de Jesús lo compartimos con los demás, nos hacemos misioneros y apóstoles de los demás.
Siempre hay a nuestro lado a quien podemos enseñar el nombre de Jesús, a quien podamos reconducir por los caminos de la fe, a quien podemos animar para que venga a un mayor y mejor conocimiento de Cristo. Es esa tarea de apostolado que podemos hacer con el que está a nuestro lado, sea un familiar, un amigo, un vecino, un compañero de trabajo, al que podemos ofrecer el testimonio de nuestra vida pero también nuestra palabra para hacer ese anuncio explícito del nombre de Jesús y su salvación.
Esa misión evangelizadora el Señor nos la confía a todos. Seamos misioneros del evangelio allí donde estemos.

viernes, 22 de mayo de 2009

La fuerza del Apóstol en la presencia del Espíritu del Señor

Hechos, 18, 9-18
Sal. 46
Jn. 16, 20-23

¡Dónde encuentra su fuerza el apóstol para anunciar con constancia y sin cansancio la Palabra de Dios una y otra vez a pesar de las dificultades, los contratiempos, y hasta la oposición que pueda encontrar? Si nos fijamos el recorrido apostólico del apóstol Pablo a quien hemos seguido en las últimas semanas en la lectura de los Hechos de los Apóstoles vemos que su tarea no fue fácil, no sólo por las distancias que tuvo que recorrer de un lado para otro, sino también por la oposición que en muchos lugares se encontraba, y hasta las persecuciones, cárceles y vituperios de todo tipo que tuvo que sufrir.
Hoy lo contemplamos en Corinto, a donde había llegado procedente de Atenas y donde estaría largo tiempo. Y como nos dice el texto sagrado ‘estando Pablo en Corinto, durante la noche le dijo el Señor en una visión: No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo y nadie se atreverá a hacerte daño; muchos de esta ciudad son pueblo mío’.
Ahí está su fuerza, en el Señor. Ya nos prometió que estaría con nosotros hasta la consumación de los siglos. Pero además como hemos venido escuchando el promete que nos enviará al Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad que nos lo enseñará todo, el Espíritu que pondrá palabras en nuestros labios y fuerza en nuestro corazón para ser testigos, para dar testimonio de nuestra fe.
Lo que siente el Apóstol y le impulsa al anuncio del evangelio es lo que hemos de sentir cada uno de nosotros en esa lucha de superación de cada día, en ese testimonio de nuestra fe que hemos de dar en todo momento, en ese trabajo que hacemos por los demás, en ese cumplimiento fiel de nuestras responsabilidades vividas además desde la óptica de la y desde el compromiso que tenemos con Jesús. Ahí, en nuestra vida y con nuestra vida, hemos de dar nuestro testimonio, hemos de manifestarnos siempre como testigos.
Nos costará, tendremos dificultades y hasta encontraremos oposición cuando no incluso que nos puedan vituperar a causa de nuestra fe. Pero sabemos quien está con nosotros y estando la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestro corazón, ¿quién podrá contra nosotros? Y aún en esos momentos hemos de manifestar la alegría de nuestra fe, la alegría de ser unos seguidores de Jesús y que incluso podamos padecer por su nombre. Los apóstoles salían contentos de la presencia del Sanedrín a pesar de los castigos que sufrían o de las prohibiciones que trataban de imponerles.
De esa alegría nos habla Jesús en el Evangelio. Sabemos las circunstancias en que fueron pronunciadas estas palabras. Era la última cena y se avecinaba toda la pasión del Señor, y los discípulos vislumbraban que algo iba a pasar. Jesús les habla de su marcha junto al Padre, lo cual aumentaba la tristeza de la separación. Pero Jesús les invita a la alegría que nace de la fe y de la esperanza. Porque cuando esperamos algo bueno no nos importa pasar lo que sea con tal de llegar a esa alegría y plenitud final.
‘Vosotros estaréis tristes pero vuestra tristeza se convertirá en alegría… volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría…’ Jesús viene a estar con nosotros. Los discípulos lo experimentaron después de la resurrección, de manera que incluso ya no era necesario ni preguntarle quien era porque ellos sabían muy bien que era El, como se nos dice cuando ser manifiesta junto al lago de Galilea. Nosotros por la fe lo podemos sentir siempre en nuestra corazón y nuestra vida y El nunca nos fallará.
Vivamos esa alegría de la fe. Recordamos que los mártires incluso cuando eran conducidos al martirio, a las fieras o a las tormentos iban cantando la gloria de Dios. Que así cantemos nosotros esa gloria del Señor con nuestra vida en todo momento cualquiera que sea nuestra situación

jueves, 21 de mayo de 2009

El ardor de Pablo para anunciar la alegría del evangelio

Hechos, 18, 1-8
Sal. 97
Jn. 16, 16-20

‘Muchos corintios, al oír la palabra de Pablo, creyeron y recibieron el Bautismo’. Pablo había partido de Atenas y llegó a la ciudad de Corinto, una ciudad importante y donde poco a poco lograría una comunidad intensa y floreciente. La prueba lo tenemos en las cartas que nos han quedado en el Nuevo Testamento de san Pablo a la comunidad de Corinto.
Creo que, en este año de san Pablo que convocó el Papa para celebrar al año dos mil de su nacimiento, es bueno que nos fijemos en el ardor y celo del apóstol por anunciar el Evangelio de Jesús. Hemos ido siguiendo en los últimos, días al hilo de los Hechos de los Apóstoles que estamos leyendo en este tiempo de Pascua, los viajes del Apóstol, su ir de un lado a otro anunciando el evangelio a pesar de los contratiempos y hasta persecuciones que tuvo que soportar.
Creo que para nosotros, cristianos del siglo XXI, puede y tiene que ser para nosotros un buen estímulo en la tarea evangelizadora que hemos de realizar. En nuestro tiempo no nos es fácil y también nos encontramos un mundo bien alejado del evangelio, aunque mayoritariamente en nuestra sociedad occidental la mayoría estén bautizados. Unos viven unas religiosidades muy elementales y muchos viven un mundo sin Dios, materializado y sensual. Nuevos dioses que sustituyen al verdadero Dios en el corazón del hombre. Y es ahí donde tenemos que anunciar el evangelio, donde tenemos que anunciar la salvación que nos ofrece Jesús que es el que verdaderamente engrandece al hombre.
Esto nos exige a nosotros primero que nada dejarnos impregnar por el evangelio, poner a Jesús en el centro de nuestro corazón y nuestra vida. Y esto es algo que nos falta a muchos cristianos, descubrir que de verdad Jesús es el centro de nuestra vida, dejarnos cautivar por Jesús. Como lo hizo Pablo desde que se encontró con Jesús en el camino de Damasco. Para él ya desde entonces no había nada ni nadie que pudiera cautivar su vida. No conoció a Jesús ni le escuchó directamente cuando Jesús predicó el evangelio por los caminos de Galilea y Palestina, pero supo poner a Jesús en el centro de su corazón; se dejó conducir por el Espíritu de Jesús que era el que le hablaba en su corazón y le hizo descubrir todo el misterio de Jesús.
Dejémonos conducir nosotros por el Espíritu Santo, que, como hemos escuchado repetidamente estos días, es el que nos conducirá a la verdad plena, el que nos ayudará a conocer todo el misterio de Jesús, y que es el que pondrá ese ardor y celo en nuestro corazón convertirnos en verdad testigos del evangelio en medio de nuestro mundo.
Hoy Jesús en el evangelio les decía a los discípulos. ‘Dentro de un poco ya no me verán. Pero en un poco de tiempo más me volverán a ver’. Palabras que les resultaban incomprensibles para los discípulos por lo que se preguntan que significaban. ‘¿Qué querrá decir esto de que dentro de un poco de tiempo ya no me verán, y un poco de tiempo más me volverán a ver?’ Pero Jesús le habla de que esa tristeza que tienen se convertirá en alegría.
Es la alegría que por la fuerza del Espíritu podemos vivir porque nos hace sentir a Cristo en nuestro corazón. Es la alegría de nuestra fe. Es la alegría de poner a Cristo en el centro de nuestra vida. Es la alegría del anuncio del evangelio. No perdamos esa alegría que Cristo está con nosotros.

La oración de fe salvará al enfermo

Sacramento de la Unción de los enfermos
Santiago, 5, 11-16;
Sal. 89;
Mt. 15, 29-31

‘Acudió mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y El los curaba…’ Así hemos escuchado este texto como hubiéramos podido escuchar muchos más. Es una escena que se repite en el evangelio.
Cuando Juan le mandó a preguntar si era El quien había de venir, la respuesta de Jesús a los discípulos del Bautista fue: ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia…’
Y Jesús envía a los discípulos a anunciar la Buena Noticia de salvación y a curar a los enfermos. ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación… impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados…’
Hoy estamos nosotros dando respuesta a ese mandato de Jesús. Anunciamos y celebramos la Buena Noticia de la salvación. El Evangelio se está haciendo presente hoy entre nosotros. Llega la salvación; celebramos que el Señor nos salva y nos sana. Cristo está en medio de nosotros igual que en aquel momento en que le llevaban los tullidos, los ciegos, los lisiados, los sordomudos… y toda clase de enfermos.
Y Jesús pasa en medio de nosotros y nos toca con su mano salvadora y llena de gracia y nos sana. No es un recuerdo de lo que entonces Jesús hacía, sino algo presente que se realiza ahora mismo en nuestras vidas. Es sacramento. Es el hoy de la salvación de Jesús.
¿Significa que se nos van a acabar los achaques, las enfermedades, la debilidad de nuestros muchos años? Tengamos fe y será lo que el Señor quiera depararnos. Tengamos fe y veremos al Señor que sana nuestra vida.
¿Qué será peor, el dolor de unas piernas a las que les cuesta ya caminar o la impaciencia y desazón que se produce en nuestro interior al vernos tan debilitados? ¿Qué será peor, el que estemos torpes quizá para entender o incluso para llevarnos la comida a la boca, o el egoísmo que nos encierra y que nos hace desconfiados y agresivos hacia los que están a nuestro lado? ¿Qué será peor, que a nuestros ojos les cueste ver con claridad o que nos volvamos huraños, nos encerremos en nuestras soledades o nos aislemos de los demás?
El Señor viene a sanarnos y a salvarnos, a ayudarnos a salir de ese circulo en que nos encerramos, a hacernos más generosos de corazón, a quitar esas actitudes impacientes y violentas que muchas veces se nos meten en la vida, a arrancarnos de ese pecado que nos ha alejado de Dios, a hacer desaparecer esos miedos ante la incertidumbre de lo que va a ser nuestra vida, o ante la muerte que pueda avecinársenos.
Pidamos al Señor que nos sane en lo más hondo de nosotros mismos, que purifique nuestro corazón de todo pecado, que lo llene de su gracia.
Estamos ahora realizando lo mismo que nos decía Santiago en su carta. ‘¿Está enfermo alguno de vosotros?’ Aquí estamos con nuestras debilidades, nuestros achaques, nuestras limitaciones, nuestras discapacidades, nuestros sufrimientos.
‘Llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él…’ Aquí estamos reunidos en Iglesia y en Iglesia en oración con los presbíteros que en nombre del Señor presiden esta comunidad y esta celebración. Y oramos y pedimos al Señor que se haga presente entre nosotros. Y vamos a ser ungidos en nombre del Señor con el Santo Óleo.
‘Y la oración de fe salvará al enfermo…’ Vamos a sentir esa salvación de Dios en nuestra vida y nos vamos a sentir renovados y rejuvenecidos en el espíritu. Porque vamos a sentir que nuestra vida es otra donde habrá más ilusión y más ganas de vivir, más esperanza, más amor y más paz en nuestro corazón y en nuestra convivencia con los demás, después que hayamos sentido que el Señor ha puesto su mano salvadora sobre nosotros, ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha llenado de su paz.
Que lo sintamos. Que lo vivamos. Que lo celebremos. Que el Señor está hoy aquí en medio de nosotros.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El Espíritu de la verdad que nos haga conocer a Dios

Hechos, 17, 15. 22-18, 1
Sal. 148
Jn. 16, 12-15

Continuamos siguiendo el segundo viaje apostólico de san Pablo. Ahora llega Pablo a Atenas, ciudad de la cultura y de las artes, ciudad de los pensadores y de los filósofos; bella ciudad llena de monumentos rebosantes de arte. Una ciudad griega, en consecuencia gentil para un judío, y llena de templos a todos los dioses, pues no olvidemos que son politeístas teniendo infinidad de dioses de todo tipo.
Pasea Pablo por el Areópago, que era como el centro de la ciudad donde todos confluían, pues allí estaban los filósofos enseñando sus doctrinas a todo el que quisiera oírles; en su entorno estaban los diferentes templos a todos los dioses, y era algo así como el mercado adonde todos acudían y donde todo se compraba y se vendía.
Se encuentra Pablo con un altar dedicado al ‘dios desconocido’ y eso le da pie para su discurso en medio de aquel variopinto mercado de oyentes y paseantes. Aprovecha Pablo la ocasión para hacer el anuncio del Evangelio. ‘Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: el Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor del cielo y tierra…’ Parte del Dios creador, infinito y todopoderoso, que todo lo ha creado y todo lo llena con su inmensidad, que no necesita de ‘templos contraídos por hombres’. El Dios que no necesita ser representado ‘en imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre’.
Es el Dios que tenemos que buscar ‘a ver si, al menos a tientas, lo encontráis…’ pero que es el Dios que podemos encontrar no solo en toda la obra de la creación – ‘los cielos y la tierra están llenos de tu gloria’, que dijimos en el salmo – sino también en nosotros mismos allá en lo hondo del corazón porque El quiere habitar en nosotros, ‘pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’
Llega Pablo a anunciarles la conversión para aceptar a aquel que es el rostro amoroso de Dios y que ha venido a traernos la salvación y que por nosotros murió y resucitó. ‘Ha dado prueba de esto resucitándolo de entre los muertos’.
Claro que cuando oyen hablar de resurrección aquellos filósofos escépticos poco menos que se ríen de él – había muchas corrientes contradictorias en la filosofía de aquel entonces como ahora – y le dicen ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’. Solamente un pequeño grupo aceptó la palabra de Pablo y se le adhirieron. ‘Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos más’. A continuación nos dice el autor de los Hechos de los Apóstoles: ‘Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto’. No se vuelve a oír hablar de Atenas en el nuevo Testamento.
Un altar al dios desconocido se encontró san Pablo en Atenas. ¿Será para nosotros también Dios un dios desconocido? Aunque nos llamemos creyentes y cristianos hemos de reconocer que algunas veces en nuestra fe actuamos como si se tratara igualmente de un Dios desconocido. Nos quedamos como atascados ante el misterio de Dios, y no vamos más allá para conocerle y para sentirle en nosotros y en nuestra vida.
Sin embargo, nosotros tenemos a Jesús que viene a revelarnos el Misterio de Dios. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se le quiere revelar…’ Y Cristo ha venido para eso, para mostrarnos el rostro de Dios que es rostro de amor porque Dios es Amor. Nos cuesta a veces llegar a penetrar en esa inmensidad de Dios o de sentirlo en nuestro corazón. Pero Jesús que nos habla de Dios y nos revela al Padre nos da su Espíritu para que nos conduzca hasta la verdad plena de Dios. Lo estamos escuchando en el evangelio en estos días, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que enviará desde el Padre. ‘Ahora, cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena’, le hemos escuchado hoy decir a Jesús.
Que nos envíe su Espíritu, sí, que nos conduzca a la verdad plena porque nos llene de Dios, nos inunde con la vida de Dios que nos hace hijos y que nos permite llamar a Dios Padre; que venga el Espíritu de la Verdad, que gima en nuestro interior para que nos enseñe a orar de verdad; que nos inunde el Espíritu de la Verdad, porque sólo ‘con el Espíritu podemos decir Jesús es Señor’.
Es nuestra súplica y nuestra oración.

martes, 19 de mayo de 2009

Celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios

Hechos, 16, 22-34
Sal.137
Jn. 16, 5-11


‘Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu…’ hemos pedido hoy al comenzar nuestra celebración. Una oración que se repite con frecuencia en este tiempo pascual gozosos por la salvación que nos renueva, que nos hace hombres nuevos en el Espíritu.
Y esto nos invita a la alabanza y a la acción de gracias al Señor en todo momento y situación. ‘Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti… daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad…’ cantamos al Señor, hacemos sonar todos los instrumentos, todo tiene que ser júbilo y alegría en nuestro corazón, todo para la alabanza del Señor.
Es lo que nos enseña también la Palabra de Dios hoy proclamada, en especial, el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pablo y Silas han llegado a Filipos. Habían acudido junto al río donde los judíos se reunían para rezar y allí entablan conversación con algunas mujeres. Lo escuchábamos ayer. Al final, una de aquellas mujeres, Lidia, que han aceptado la fe incluso les invitan a su casa.
Hoy escuchamos la otra cara de la moneda en parte, porque algunos se soliviantan contra Pablo y Silas. ‘La plebe se amotinó contra ellos y los magistrados dieron orden que los desnudaran y los apalearan…’ Terminan con cepos en la mazmorra. Pero allí. ‘a eso de medianoche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios’. No parece el momento más adecuado para cantar, mientras molidos a palos yacen en la cárcel. Pero en todo momento el verdadero creyente ha de saber cantar a Dios su alabanza. Pueden ser momentos duros y difíciles, pero no es sólo pedir la ayuda de Dios para esa situación, sino que ha de ser también el canto de la alabanza al Señor. Es lo que hacen Pablo y Silas.
Pero suceden más cosas. ‘De repente vino una sacudida violenta, que temblaron los cimientos de la cárcel. Las puertas se abrieron de golpe y a todos se les soltaron las cadenas…’ El carcelero teme que le hayan escapado los presos e intenta suicidarse, pero Pablo se lo impide. Al final como hemos escuchado termina haciéndole el anuncio de Jesús y de la salvación. ‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?... cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia…’
Ya lo hemos escuchado. ‘Le explicaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. El carcelero se los llevó a aquellas horas de la noche, les lavó las heridas, y se bautizó enseguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’.
Hermoso mensaje. Nos manifiesta la alegría de la fe, la alegría de aquella familia por haber encontrado la fe que les lleva a la salvación. ‘Celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’. Es la alegría con la que hemos de vivir nuestra fe. Lo hemos repetido muchas veces los cristianos tenemos que ser los hombres y mujeres más alegres del mundo.
Gozosos y orgullosos de nuestra fe. Y eso en todo momento y situación como decíamos. Gozosos y alegres venimos a nuestra celebración de la Eucaristía que siempre tiene que ser la fiesta de la Pascua del Señor. No caben Eucaristías tristes, porque cualquiera que sea el estado anímico que vivamos, en la fe encontramos la fuerza, la luz, el sentido para vivir nuestra vida. Y quien ha encontrado esa luz camina siempre en plenitud. Plenitud en la fe y plenitud en la esperanza. Como hemos escuchado estos días a Jesús, ‘os he contado todo esto para mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a su plenitud’.

lunes, 18 de mayo de 2009

Os he hablado de esto para que no os tambaleéis

Hechos, 16,11-15
Sal. 149
Jn. 15, 26-16, 4


‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis…’ les estaba diciendo Jesús a los discípulos. ¿No necesitaremos que nos lo diga Jesús también a nosotros?
Nos tambaleamos cuando nos falta un apoyo firme bajo los pies. Todo se nos mueve y nos da vueltas, perdemos el equilibrio y no sabemos donde apoyarnos. Tiembla la tierra bajo nuestros pies en un terremoto y todo se cae; tiembla una estructura ante cualquier movimiento inesperado y se nos puede venir abajo… cuantas cosas nos pueden suceder en la vida en todo ámbito y que nos pueden hacer tambalearnos.
‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis…’ para que no perdáis pie en el camino de vuestra fe, parece que les está diciendo Jesús a los discípulos y nos está diciendo también a nosotros.
Incluso cuando Jesús estaba con ellos también pasaron por momentos de duda, de crisis y hasta de negación. Le negó Pedro allá en el patio del Sumo Sacerdote. Le traicionó uno de los discípulos vendiéndole por unas monedas. Muchos discípulos ya no quisieron seguir con Jesús cuando les hablaba de cosas que no entendían o les era difícil comprender. La pasión y la cruz fue un momento de crisis y de escándalo para los discípulos, porque al ser prendido Jesús en el huerto ‘le abandonaron y huyeron…’ Encerrados estaban en el cenáculo ‘por miedo a los judíos…’
Podría sucederles cuando fueran ellos los que tuvieran que pasar por su propia pasión cuando comenzaran las persecuciones. Cuando el evangelista Juan escribe el evangelio ya casi a finales del siglo primero habían arreciado las persecuciones. Por eso recordaría lo que Jesús ahora les decía: ‘Os excomulgarán de la Sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte, pensará que da culto a Dios…’
‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis… os he hablado de esto para que cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Nos sucede a nosotros también. Somos conscientes de cómo fácilmente se nos debilita la fe, y vemos a nuestro alrededor a tantos que quizá fervorosos y entregados un día, pronto se enfriaron, abandonaron, y ahora quizá marchan por otros caminos. Ante los problemas o dificultades que vamos encontrando en la vida, ante la dificultad para vivir con coherencia nuestra fe, también muchas veces dudamos y nos tambaleamos, nos sentimos débiles y pareciera que perdiéramos todo punto de apoyo.
Por eso Jesús nos previene, pero además nos asegura que no nos faltará nunca ese punto de apoyo para nuestra vida. Nos promete la presencia de su Espíritu, el Espíritu divino que nos fortalezca y santifique. Nos promete un Abogado, el Paráclito, que nos defienda y nos enseñe la verdad plena. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí, como vosotros daréis testimonio…’
El ha prometido que estaría con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. Por eso tenemos que sentirnos fuertes y nada tendría que hacernos tambalear. Cuidemos nuestra fe, pero confiemos de verdad en la presencia del Espíritu de Jesús junto a nosotros. Cuidemos nuestra fe tratando de ser en verdad coherentes en la vida, sin temor a ningún contratiempo y dejémonos iluminar y conducir por el Espíritu Santo. No desconfiemos, tenemos un Abogado, el Espíritu Santo que está con nosotros.

domingo, 17 de mayo de 2009

Todo es cuestión de amor, y ¡de qué amor!


Hechos, 10, 25-26.34-35.44-48
Sal. 97
1Jn. 4, 7-10
Jn. 15, 9-17



Todo es cuestión de amor, y ¡de qué amor!, tendríamos que reconocer como a manera de resumen del mensaje de la Palabra de Dios escuchada hoy.
Quizá podríamos pensar preguntándonos – algunos se lo preguntan – si el amor puede ser un mandamiento y un mandato, algo que hay que hacer por imperativo o por ley. Todo lo que nos suena a mandamiento, nos suena a imposición, y ante aquello que nos quieren imponer una primera reacción es de rechazo o de cierta rebeldía. Queremos defender nuestra libertad o lo que entendemos por nuestra libertad y rechazamos todo lo que nos suene a imposición. Y es que lo que hoy hemos escuchado en el evangelio es que Jesús nos da un mandato y ese mandato será el del amor. Con lo que empezamos a hacernos nuestros razonamientos para decir que en el amor no puede haber mandato ni obligación. Amo a quien quiero y no porque nos lo impongan, decimos.
Pero, ¿es así que el mandamiento del amor nos condiciona, nos coarta o se convierte en una dependencia no querida? Tendríamos que leer o escuchar con detenimiento todo lo que nos dice la Palabra proclamada.
Nos habla Jesús del amor del Padre con el que El se siente amado y que es fuente del amor con que nos ama. 'Como el Padre me ha amado, así os he amado yo...' Y nos dice: ‘Permaneced en mi amor’. ¿Qué significa ese permanecer en el amor? Yo diría, primero que nada saborear un amor como el que Señor nos tiene. Saborear es sentirnos amados, gozarnos en su amor, vivir esa experiencia desde lo más hondo del alma. Es como un torrente que parte del Padre, se manifiesta en Jesús y llega a nosotros. Jesús, podríamos decir, nos sirve de cauce para que llegue a nosotros el amor del Padre.
Por eso san Juan en su carta nos dirá: ‘el amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero y nos envió a su Hijo’. Se manifiesta ese amor del Padre en que Dios envía a su Hijo al mundo, no para condenarlo sino para salvarlo. Dios envió a su Hijo al mundo para que vivamos por medio de El. Así pues, permanezcamos en su amor, o lo que es lo mismo, amemos nosotros con un amor así.
Y le da una sublimidad hasta entonces desconocida al amor. Amar significa haber nacido de Dios. ‘El que ama ha nacido de Dios’. El amor le da un toque divino a nuestra vida. Nos eleva de tal manera que nos hace parecernos a Dios. Sí, amando, nos parecemos a Dios, ‘porque Dios es Amor’.
Surge entonces lo que decíamos: el mandamiento que nos deja Jesús. Un mandamiento que nos sirve para destacar, para subrayar lo que ha de ser el verdadero amor. Porque no se trata de un amor cualquiera. Tiene que ser un amor a la manera del amor de Jesús. ‘Como yo os he amado’. Y ¡ojo!, que El nos ha amado con un amor como con el que el Padre lo amó a El. Es mandamiento, pero no es una imposición. Es para que aprendamos a hacer una oblación de nuestra vida – amor es oblación, donación y entrega – como la que hizo Jesús. Con el mandamiento Jesús lo que nos está diciendo es la altura y sublimidad que tiene que tener nuestro amor si queremos ser discípulos suyos.
Es por eso por lo que podemos decir que Jesús nos mira ya de otra manera. ‘A vosotros os llamo amigos’, nos dice. Amigos, amados, y ¡de qué manera!, con el amor más grande, el amor del que se da hasta el final, del que se da totalmente sin reservarse nada. Por no reservarse no se reserva ni su propia vida, porque la entrega por nosotros. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y es lo que hizo Jesús.
Es, entonces, la sublimidad con que nosotros hemos de vivir el amor. Y es que no puede ser de otra manera cuando uno se siente querido y amado de Dios con un amor como con el que El nos ama. Un amor que nos llena de dicha y de felicidad, nos lleva a la plenitud. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud’. Hemos de reconocer que tendríamos que ser los hombres y mujeres más felices del mundo. Y cuando amamos con un amor así es cuando podemos hacer felices de verdad a los demás, cómo iremos transformando nuestro mundo.
Intenta cada día ir poniendo un amor así, como el que nos enseña Jesús, en cada una de esas personas con las que convives, con las que te cruzas en los caminos de la vida. Ya sé que no es fácil, pero no por eso hemos de dejar de intentarlo. Además no lo vamos a hacer por nosotros mismos o por nuestras fuerzas, sino que tiene que brotar casi espontáneamente de esa experiencia que nosotros vivimos del amor que Dios nos tiene.
Os confieso que algunas veces no sé que pensar cuando uno ve tanta gente amargada alrededor, que caminan como fantasmas, pues esa amargura que han dejado meter en su corazón les llena de negrura y de muerte. No saben amar, guardan el odio y el rencor en su corazón, y a la larga sufren porque no saben perdonar, no son generosos y se guardan tanto para si que se guardan hasta el rencor, la envidia, el orgullo y no sé cuantas cosas y al final no saben ser felices.
Amemos contagiando de amor a los demás y haremos un mundo más feliz y mejor. Tendría que ser algo que surgiera espontáneo de un corazón generoso que se siente amado. Mira, sin embargo, cómo somos que para que lo hagamos tendrá que mandárnoslo el Señor.

sábado, 16 de mayo de 2009

Miramos a lo alto y no nos importan las piedras del camino

Hechos, 16, 1-10
Sal. 99
Jn. 15, 18-21


Cuando miramos a lo alto, porque allí tenemos la meta, no nos importan las piedras que encontremos en el camino. La meta nos eleva y nos da alas para superar todas las dificultades.
En la antífona del Aleluya al evangelio hemos escuchado palabras de san Pablo que nos decían: ‘buscad los bienes de allá arriba…’ Es que ya nosotros somos distintos, porque ‘hemos resucitado con Cristo’. No nos podemos quedar a ras de tierra, aunque caminemos con los pies sobre la tierra. Nuestro corazón y nuestra mente están puestos en lo alto. Allí ‘donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios’.
Habrá piedras en el camino, como habrá dificultades, trabajos, o incluso odio en contra nuestra. Pero nos sentimos seguros. Con nosotros está Cristo. El nos ha dejado su Espíritu. Y el Espíritu de Jesús nos guía, nos da fuerza, está a nuestro lado como luz en nuestro camino.
En la Palabra proclamada en este sábado vemos en la primera lectura cómo Pablo se deja conducir por el Espíritu allí donde el Señor quiere llevarle. Estamos escuchando ya el relato de su segundo viaje apostólico. Vuelva Pablo por algunas de aquellas comunidades que había dejado constituidas en su primer viaje, Iconio, Derbe, Listra. Pero será el Espíritu el que le vaya guiando, unas veces incluso impidiéndole que vaya a algunos lugares donde pesaba ir y otra señalándole nuevos caminos. ‘Como el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y Galacia… intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu no se los consintió… bajaron a Troas’. Allí Pablo tendrá una visión invitándole a ir a Macedonia, salta de Asia a Europa. Lo seguiremos escuchando en los próximos días.
En el evangelio está el anuncio que Jesús les hace a los discípulos de esas dificultades con las que se van a encontrar. Pero el ejemplo de Jesús nos estimula y nos da fuerza. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros…’ Jesús ha sido signo de contradicción, como anunciara el anciano Simeón en la presentación de Jesús en el Templo, y nosotros igualmente hemos de ser signos de contradicción en medio del mundo.
No nos van a entender. Querrán acallar nuestra voz. Nos rechazarán o querrán incluso ridiculizarnos. Ha sido lo que la Iglesia, los cristianos hemos vivido a través de todos los tiempos y también vivimos hoy. Y es que nosotros no nos podemos dejar arrastrar por la corriente del mundo. Tenemos una fe y esa fe hemos de proclamar. Creemos en Jesús y no nos podemos avergonzar. Hay unos principios para nuestra vida que dimanan del evangelio y a ello hemos de ser fieles. Nadaremos a contracorriente porque el mundo piensa de otra manera, pero nos hemos de sentir seguros en nuestro caminar.
Cuantos nos dicen que la iglesia tiene que adaptarse a los tiempos modernos, pero lo que nos están queriendo decir es que tendríamos que renunciar a cosas que son fundamentales en nuestra fe y en el espíritu del Evangelio. Y en eso no nos podemos adaptar. Seremos una voz discordante y por eso querrán quitarnos el derecho a que podamos hablar y expresar lo que es nuestro sentido de la vida. Hoy todos se creen con derecho a trazar las líneas de la moralidad de la vida y a la Iglesia no se le quiere permitir que proclame sus principios. Cosas así escuchamos cada día en los noticieros de televisión o de la radio.
‘Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándonos del mundo, por eso el mundo os odia’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Caminamos en este mundo, pero nuestras metas, nuestros ideales, nuestros principios, nuestro sentido de la vida y el estilo de caminar no es el del mundo, sino el de Jesús. Y a eso tenemos que ser fieles.
No importan las piedras que nos pongan para hacernos tropezar, porque nuestra meta esta alta y no nos arrastramos a ras del suelo. Y con nosotros está el Espíritu del Señor que es nuestra fuerza y nuestra vida.

viernes, 15 de mayo de 2009

Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…

Hechos, 15, 22-31
Sal. 56
Jn. 15, 12-17

Una cosa hermosa que vamos viendo en el libro de los Hechos de los Apóstoles que vamos leyendo en este tiempo de Pascua es que vamos conociendo cómo es la vida de las primeras comunidades cristianas con sus logros y con sus problemas y cómo iban viviendo y expresando su fe en toda situación. Nos vale como un estímulo para nuestro caminar cristiano, además del ejemplo que podemos tomar para nuestra propia vida.
La Iglesia había ido creciendo y extendiéndose por todas partes y con la predicación de los Apóstoles el Evangelio se había ido anunciando también a los pueblos gentiles que habían abrazado así la fe. Surgen problemas que poco a poco se van solucionando, por ejemplo, de cómo acoger a los que provenían del mundo pagano y si era necesario hacerles pasar previamente por los ritos de incorporación y pertenencia al judaísmo.
Ante esos problemas Pablo y Bernabé suben de Antioquia a Jerusalén y allí la comunidad se reúne. Es el texto que hubiéramos leído ayer y que no hicimos al celebrar la fiesta del apóstol san Matías. Esa reunión de la comunidad, los apóstoles y los miembros de la comunidad de Jerusalén es lo que solemos llamar el primer concilio de Jerusalén. Se dialoga y se discute algunas veces incluso de forma apasionada porque hay distintas posturas, pero sienten la fuerza y la presencia del Espíritu Santo que les llena de paz, incluso esos momentos difíciles y de tensión y les conduce a una solución.
Es hermoso el mensaje que terminada la reunión envían a las otras comunidades. ‘Los apóstoles y presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquia con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes de la comunidad…’
Y hermosa es la fórmula empleada para señalar las decisiones tomadas: ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Los hombres discuten y tratan de llegar a un acuerdo de solución, pero el Espíritu Santo que está dentro de nosotros, en nuestro corazón, decide. Y se dejan conducir por el Espíritu Santo. De manera que las decisiones sienten que son obra del Espíritu Santo que obra en ellos.
Ojalá nosotros hoy tuviéramos tan clara la presencia del Espíritu Santo en el actuar en nuestra vida personal, en nuestros grupos, en nuestras comunidades y en lo que es la vida de toda la Iglesia.
Pareciera algunas veces que no creyéramos en la acción del Espíritu Santo que está guiando y fortaleciendo tanto nuestra vida como a la Iglesia. No sabemos a veces aceptar las decisiones de la Iglesia. Algunas veces la miramos como si se tratara de un simple organismo humano que se rige solo por leyes humanas y hablamos de nuestros pastores viendo en ellos más tendencias de uno u otro bando como si fueran simplemente seguidores de ideologías políticas o a la manera de cómo se actúa en el ámbito civil y político.
Tenemos que aceptar un sano pluralismo en la forma de ver las cosas, pero sabiendo descubrir que detrás de todo está el Espíritu Santo que es el que en verdad nos guía, contando sí con esos medios humanos que somos nosotros también con sus limitaciones y debilidades. Creo que nos da una hermosa lección este texto del libro de los Hechos que estamos escuchando en estos días.

jueves, 14 de mayo de 2009

Pequeñas y humildes semillas testigos de fe y de amor

fiesta de san Matías
Hechos, 1, 15-17.20-26
Sal. 112
Jn. Jn. 15, 9-17


‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure…’ Ya no nos llama siervos sino que nos llama amigos porque nos lo ha dado todo a conocer. Somos sus amigos elegidos y amados del Señor. Y se espera de nosotros fruto y fruto abundante, fruto que dure para siempre.
Este texto que por diversas circunstancias este año vamos a escuchar varias veces, porque lo escucharemos mañana viernes y será de nuevo proclamado el sexto domingo de Pascua, la liturgia nos lo presenta en este día de la fiesta del apóstol San Matías, por referencia a su elección.
El colegio apostólico estaba formado por los doce apóstoles que el Señor escogió y envió. Había fallado Judas en su traición y ahora es necesario por así decirlo cubrir el hueco. La pequeña comunidad de los discípulos está reunida. En el Cenáculo están los once apóstoles y muchos discípulos con María, la Madre de Jesús y otras mujeres en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Lucas nos dice que serían unas ciento veinte personas.
Pedro, a quien Jesús había confiado el primado en el colegio apostólico, toma la Palabra para proceder a la elección. Y les da lo que serían las pautas para su elección. Primero está la actitud de oración y escucha al Señor en la que se encuentran reunidos. ‘Señor, tú penetras el corazón de todos; muéstranos a cual de los dos has elegido para que, en este servicio apostólico, ocupe el puesteo que dejó Judas…’
Pero será necesario algo más y es la fidelidad y el testimonio. ‘Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús…’ Ha de ser un testigo, uno que haya conocido a Jesús, que pueda vivir la fidelidad a la palabra de Jesús y pueda proclamarse como testigo de la resurrección del Señor.
Habían sido propuestos dos. ‘José, apellidado Barsabá, de sobrenombre Justo,y Matías’. Fue elegido Matías y entró en el grupo de los Doce, del Colegio Apostólico. No vuelve a nombrarse a Matías en todo el Nuevo Testamento, y las historia prácticamente lo desconoce en sus tradiciones. Recogía las características necesarias y fue un testigo que dio testimonio de Jesús hasta su muerte. Ese silencio de su vida también es una lección para nosotros.
En la oración litúrgica de este día hemos pedido al Señor ‘que podamos alegrarnos de tu predilección al ser contados entre tus elegidos’. Somos elegidos y amados del Señor con un amor de predilección. Esto siempre tiene que producir en nosotros un gozo y una alegría honda. Hemos de saber agradecerlo al Señor y vivir en correspondencia a ese amor y a esa predilección.
Somos quizá unas personas anónimas y que no sobresalimos por nada en especial. Pero tenemos aún así que sentirnos privilegiados con ese amor del Señor. También somos amados de Dios y sin especiales resplandores en nuestra vida, pero también tenemos que dar nuestro testimonio, el testimonio de nuestra fe. Pasamos desapercibidos, no destacamos por especiales cosas, el lugar que ocupamos en la vida quizá sea gris y oscuro, pero aún así tenemos que manifestarnos como testigos.
No todos en la vida hacemos cosas extraordinarias, pero todos contamos con el amor del Señor. Hoy celebramos a Matías, del que la historia incluso nada nos dice, pero era un Apóstol del Señor, elegido y amado de Dios para formar parte del grupo de los Doce. No nos pedirá el Señor cosas extraordinarias ni seremos recordados por la historia, pero sí que en esas pequeñas cosas de todos los días manifestemos nuestra fe, nos presentemos como testigos, las vivamos con el más profundo amor. Somos pequeñas semillas que hemos de ir sembrando por la vida la fe y el amor del Señor, pero de esas pequeñas semillas Dios hará brotar cosas grandes. Demos ese testimonio pequeño, humilde, sencillo de nuestra fe y de nuestro amor.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Viña del Señor, Reino de Dios y Vid verdadera

Viña del Señor, Reino de Dios y Vid verdadera
Hechos, 15, 1-6
Sal. 121
Jn. 15, 1-8

La imagen de la viña es una imagen repetida que nos aparece tanto en el Antiguo Testamento, en los profetas, como en los Evangelios. Es una imagen del pueblo de Israel, del Reino de Dios, y de Cristo mismo que hoy se proclama ‘yo soy la vid, vosotros los sarmientos…’ texto que escuchamos también el pasado quinto domingo de Pascua.
El profeta Isaías nos hablará del canto de amor a su viña. Una viña cuidada de la que se esperaba buenas uvas pero que dio agrazones. ‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado…’ y nos describe el profeta todo lo que hizo Dios por su viña. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ se preguntaba el profeta en el nombre del Señor que tanto había cuidado a su pueblo.
En el mismo sentido habla el profeta Jeremías diciendo: ‘Yo te había plantado como una cepa fina…’ O el profeta que habla de ‘la parra plantada en tierra fértil que hundió sus raíces en canales de agua abundante y podía echar pámpanos, dar frutos y hacerse una parra hermosa’. Mientras en los salmos se habla de la viña traída de Egipto haciendo referencia como en todos los textos al pueblo de Israel.
Sin embargo en los evangelios sinópticos la comparación de la viña es con el Reino de Dios. Viña a la que están invitados a trabajar los obreros en las distintas horas del día, o viña preparada y cuidada, arrendada a unos labradores que han de rendir sus frutos pero que no lo hacen.
Sin embargo en el Evangelio de Juan, que hemos escuchado hoy, la imagen de la vid es para hacer referencia a Cristo. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos…’ Sarmientos que han de estar unidos a la vid, a la cepa, que es Cristo, para que podamos dar fruto y fruto abundante. En todos los textos de una forma o de otra está ese llamamiento a dar fruto, teniendo en cuenta sobre todo cuánto ha hecho el Señor por nosotros. Ahora en san Juan se insiste en la necesidad de nuestra unión total y profunda con Cristo para no ser sarmientos que se secan y no sirven sino para ser arrojados al fuego.
Sea en referencia a nuestra unión personal con Cristo, como sarmiento unido a la vid, o sea en referencia a ese pueblo de Dios o a ese Reino de Dios, se nos está pidiendo también nuestra unión y comunión con Cristo pero también con los demás que formamos ese pueblo de Dios, esa viña del Señor. No nos faltará nunca la gracia del Señor, la savia de la gracia que corra por las venas de nuestra vida, porque el Señor es fiel y siempre nos acompaña con su gracia, sea cual sea la respuesta que nosotros demos. Siempre hay una llamada y una invitación del Señor. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ Es lo que nos hará preguntarnos por cuánto estamos haciendo nosotros para mantener esa unión con el Señor, como los sarmientos a la vid.
Somos esa viña del Señor en donde Cristo será siempre nuestro centro. Sin El nada podemos hacer. Es la razón de nuestro vivir y por quien todo lo queremos hacer. Por eso de El nos alimentamos que se hace alimento y Pan de vida para nosotros, a El como Buen Pastor que nos guía le seguimos, a El como Palabra viva de Dios escuchamos, y en El nos sentimos todos unidos formando un solo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, del que nos hablará san Pablo.

martes, 12 de mayo de 2009

La paz os dejo, mi paz os doy

Hechos, 14, 18-27
Sal. 144
Jn. 14, 27-31


Venir al encuentro con el Señor es venir a llenarnos de su paz. Jesús nos da la paz, su paz. ¡Cuántas veces lo escuchamos en el evangelio! Y nos da una paz que no tiene ninguna comparación con nada de lo que nosotros podamos imaginar o desear. Tenemos que descubrirla, sentirla y vivirla en lo más hondo de nuestro corazón, saborearla.
¡Cómo lo sentiría la mujer pecadora cuando Jesús le perdona sus muchos pecados y le dice ‘vete en paz, no peques más’!
O la mujer adúltera a la que todos condenan, pero a la que Jesús devuelve la dignidad perdida.
O Zaqueo cuando recibió a Jesús en su casa y en el descargó su conciencia que le abrumaba, renovó su vida para empezar un nuevo vivir y fue capaz de compartir todo lo que tenía con los demás.
¿No sentiría paz Nicodemo cuando habla aquella noche con Jesús, vislumbra la vida nueva que en Jesús comienza – Jesús le habla de un nuevo nacimiento -, y descubre todo lo que es el amor inmenso de Dios que nos entrega a su Hijo?
Por algo los ángeles cantaron la gloria para Dios, la paz para los hombres con el nacimiento de Jesús, porque comenzaba un mundo nuevo donde sería posible la paz. Será el saludo pascual de Cristo resucitado una y otra vez cuando viene al encuentro con los discípulos pero a los que confía el don de perdonar para sanar el corazón herido y muerto de los hombres. Y es la promesa que Jesús hace ahora cuando va a comenzar la pasión y los discípulos se sienten tan turbados.
‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…’ que no os falte la paz en el corazón aunque sean duros los momentos que van a venir, les dice a los discípulos en la última cena, como acabamos de escuchar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo’. Es la paz que sabe darnos Jesús.
Cuando ahora en la mañana estamos iniciando el día, en nuestra mente están cuántas cosas tenemos que hacer hoy, preocupaciones, trabajos, problemas, tareas de todo tipo que en este ritmo vertiginoso de la vida que vivimos, parece que se nos hiciera corto el tiempo para tantas cosas que tenemos que hacer. Es hermoso este momento de paz que tenemos en nuestra oración de la mañana, nuestro cántico de la alabanza del Señor y nuestra celebración de la Eucaristía. Muchas veces decimos que es un cargar las baterías. Cómo nos sentimos reconfortados en el Señor.
Llenémonos de la paz del Señor. Que no nos sintamos agobiados por nuestra tarea. El Señor está con nosotros ahora y en cada momento de nuestro día. Que tampoco perdamos la paz por lo que es nuestra vida, tantas son nuestras limitaciones, nuestras debilidades, y tantos pecados, porque en la presencia del Señor nos sentimos siempre manchados, y pecadores. Se nos regala su gracia, su vida, su perdón. En El nos sentimos amados y perdonas; en El sentimos ese ánimo para nuestra tarea diaria, para nuestro caminar.
Es un gozo creer en el Señor que tan cerca quiere estar de nuestra vida, y de qué manera nos llena de su amor. Alabemos al Señor. Bendigamos al Señor. Sepamos dar gracias por el regalo de su paz.

lunes, 11 de mayo de 2009

No a nosotros, Señor, sino a tu nombre da la gloria

Hechos, 14, 5-17
Sal. 113
Jn. 14, 21-26


Es totalmente humano y justo que seamos reconocidos e incluso que se nos pueda mostrar agradecimiento por aquello bueno que hacemos. Todo ser humano necesita ser valorado y tenido en cuenta. Y es la actitud que a la recíproca uno ha de saber tener siempre para con los demás. Valorar lo que hacen, reconocer lo bueno que tienen en su vida, tener en cuentas sus cualidades y valores.
No es que en ese reconociendo vayamos buscando medallas y aplausos, porque eso sería vanagloria. Pero sí hemos de pensar en la responsabilidad que significa para uno esos valores que Dios ha puesto en nuestra vida. Y como nos enseña Jesús en tantos lugares del evangelio, no pueden ser enterrados, sino todo lo contrario ponerlos en juego, desarrollarlos, porque además son siempre en beneficio de los demás y no sólo de aquel que posee dichos valores. Lo que sí tenemos que evitar es ponernos sobre pedestales y buscar glorias humanas que siempre pasan.
Hoy en el salmo con el responsorio hemos repetido: ‘No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria’. La gloria para el Señor. Lo que nos proponía san Ignacio de Loyola ‘ad maiorem Dei gloriam… todo para la mayor gloria del Señor’. Gloria al Señor porque lo que somos o lo que podemos hacer se lo debemos a El. Gloria para el Señor, porque todo lo que hacemos, toda nuestra vida ha de ser una alabanza al Señor.
El salmo se hace eco de lo escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles. (Quería decir a los que leen estas reflexiones en ‘la semilla de cada día - http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/ -’, que es conveniente leer previamente a la reflexión que os ofrezco, los texto de la Escritura citados, que son los propios de la Eucaristía del día, porque estas reflexiones no hacen sino comentar dichos textos, fijándonos en alguno de los aspectos que nos puede sugerir la Palabra del Señor).
Seguimos en los Hechos de los Apóstoles haciendo el recorrido del primer viaje apostólico de san Pablo. Tuvo dificultades en Antioquia de Pisidia y en Iconio, a pesar de las perspectivas halagadoras de la acogida en un principio. Vemos ahora que en Iconio trataron incluso de apedrear a Pablo y Bernabé. Es así como llegan a la región de Licaonia y hoy los vemos en Listra.
‘Había en Listra un hombre lisiado y cojo de nacimiento, que nunca había podido andar y estaba siempre sentado… escuchaba las palabras de Pablo’. Pablo lo cura y le manda levantarse de su invalidez; ‘Levántate y ponte derecho’. Y el hombre se curó. La gente admirada por el suceso creen ver a los dioses en forma humana entre ellos y hasta quieren ofrecerles sacrificios, cual si fueran dioses. Ya sabemos cómo en el mundo pagano, griego y romano, había muchos dioses, dioses para todo: el amor, la guerra, el vino, el mar, las tempestades, etc… No era extraño que ahora los vieran a ellos con el poder de curar al lisiado, como si fueran unos dioses. ‘El gentío exclamó en lengua de Licaonia: Dios en figura de hombres han bajado a visitarnos’.
¿Podían haber aprovechado aquel éxito y fama en provecho propio? Eran grandes los honores al considerarlos dioses en figura humana. Se hubieran convertido en unos ídolos más. La gloria quieren que sea para el Señor. ‘Nosotros somos mortales igual que vosotros…’ Sí aprovechan la ocasión para proclamar la Buena Noticia de Jesús. Invitan a abandonar aquellos ídolos y dioses y a creer en el Dios que hizo cielo y tierra. Es el nombre del Señor todopoderoso al que hay que glorificar. Hermosa lección.

Brevemente apuntar algo de lo que nos dice el evangelio que necesitaría una reflexión más amplia. Cómo tenemos que sentirnos amados de Dios. Y cómo ese amor de Dios en nosotros hará que el mismo Dios venga a habitar dentro de nosotros. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, ese me ama, y al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo, y me mostraré a él… y vendremos a él y haremos morada en él…’ Dios que nos ama y quiere morar en nosotros.
Terminará Jesús anunciándonos la venida del Espíritu Santo. Nos vamos acercando ya a la fiesta de Pentecostés e iremos escuchando textos en los que Jesús nos anuncia que nos enviará un Defensor, el Paráclito, el Espíritu de la verdad ‘que enviará el Padre en mi nombre, que será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

domingo, 10 de mayo de 2009

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos...

Hechos, 9, 26-31;

Sal.21;

1Jn. 3, 18-24;

Jn. 15, 1-8


Vivo en una zona de muchos viñedos que produce ricos caldos y afamados vinos de gran calidad. Yo no soy agricultor, como se puede suponer, pero sí hijo de agricultores y observando lo que vi hacer a mi padre y lo que uno ve hacer alrededor puede aprender muchas lecciones y - ¿por qué no? - comprender mejor lo que hoy Jesús nos dice en el Evangelio. Nos habla Jesús de la vid, de los sarmientos, de la poda y también de los frutos.
Contempla uno terrenos bien cultivados y trabajados con viñedos a los que el agricultor dedica mucho trabajo y esfuerzo para obtener al final de la temporada abundantes cosechas. ¡Cuántos trabajos hay que realizar! Pero junto a esos terrenos bien cuidados se encuentra uno algunas veces con viñedos abandonados, dejados de la mano que al final lo que podrían ser hermosa viña prometedora de abundantes frutos se ha convertido en matorrales que nada producen y de los que no se podrá obtener ningún fruto. No ha habido cuidado, no se han podado a su tiempo, no se han atendido y ese es el resultado.
Es convincente lo que nos dice Jesús. No podemos ser sarmientos arrancados de la vid, que sólo servirían para ser echados al fuego. Es necesario por otra parte que el labrador pode debidamente los sarmientos inútiles e inservibles para hacer que podamos obtener un buen fruto. Necesario es que seamos sarmientos bien unidos a la cepa, a la vid para que la savia de la gracia corra por las venas de nuestra vida y tengamos vida y podamos dar fruto.
El mensaje de Jesús es claro. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada’. ¿Cómo estaremos unidos a Jesús? Primero que nada nuestra fe en El. Es lo primero que se nos pide y lo más fundamental. Creer en Jesús para vivir unidos a El. Hoy nos decía san Juan en su carta: ‘Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó’. Y ese creer no es simplemente saber muchas cosas, aprender una doctrina o seguir y cumplir con unas normas. Lo que se nos pide es adherirnos a la persona de Jesús. Darle el Sí de mi vida a la persona de Jesús haciendo que El lo sea todo para mí.
Luego eso tendrá unas consecuencias en conocerle más, en descubrir todo el sentido de su evangelio y vivir un estilo de vida como el de Jesús. Pero yo diría que no tenemos que empezar la casa por el tejado sino por los cimientos. Y el cimiento está en el anuncio de Jesús que hagamos a los demás para lograr esa adhesión a Jesús y esa unión con El. Algunas veces se ha comenzado no por la evangelización sino por enseñar los mandamientos, una doctrina y unas normas de vida, pero no se ha anunciado a Jesús. Es importante que primero realmente conozcamos a Jesús.
Pero también nos ha dicho: ‘A todo sarmiento mío que no da fruto, lo poda para que dé más fruto’. Sí, necesitamos una purificación. Tenemos el peligro y la tentación de quedarnos en ramajes y en apariencias. Y tenemos que ir al fondo, para quedarnos en lo esencial, que es lo que dará fruto en nuestra vida, lo que va a dar sentido y valor a todo lo que hagamos.
Muchas veces nos surgen pruebas en la vida. Momentos dolorosos, situaciones difíciles e inesperadas, problemas, una enfermedad que aparece, la muerte de un ser querido, y tenemos el peligro de quedarnos como patinando sin saber como reaccionar como quien no tiene un punto de apoyo fuerte y seguro en la vida. Es ahí donde tenemos que buscar lo esencial, lo que de verdad da valor a la vida porque quizá hayamos vivido con demasiados ramajes o apariencias. Necesitamos la poda para encontrar en Cristo, en su evangelio, lo que da verdadero valor y sentido a nuestra vida.
Quizá esa prueba que nos aparece nos hará profundizar en nuestra vida. Es la poda. Nos hará buscar nuestro apoyo verdadero en el Señor. Porque necesitamos estar de verdad unidos a Jesús. Que encontremos así mayor sentido, por ejemplo, a nuestra oración, o a la escucha de la Palabra de Dios en nuestro corazón. Nos daremos cuenta entonces que sin El nada somos ni nada podemos, por muchas cosas que tengamos en lo humano o en lo material.
‘Permaneced en mí y yo en vosotros’, nos dice Jesús. ¡Cuánto tenemos que trabajar esto en nuestra vida! Eso significa, como decíamos, la oración que nos une a Jesús, nos hace entrar en comunión con El, en la que le pedimos su gracia y su fuerza, pero en la que también sobre todo vamos a experimentar esa presencia tan intensa de Jesús en nuestra vida. Será, como decíamos, también esa escucha de su Palabra, dejando que llegue a nuestro corazón, que sea semilla que se siembre cada día en nuestra vida para mejor conocerle y para más hondamente vivirle. Será todo lo que sea la vivencia de la celebración de los sacramentos, la vivencia de la Eucaristía para alimentarnos de El y para dejar que el habite hondamente en nosotros.
Permanecer unidos a Jesús, porque además no podemos ir diciendo que vivimos nuestra fe por libre o a nuestra manera, o haciendo nuestras batallitas por nuestra cuenta. Porque Cristo nos quiere en comunión con El, pero en comunión también con todos los que estamos injertados en la misma vid. Es la comunión eclesial garantía de nuestra auténtica unión con Jesús. Una expresión de esa comunión eclesial la vemos en los Hechos de los Apóstoles cuando Pablo, después de su conversión, es presentado a los Apóstoles y a toda la comunidad. ‘Entonces Bernabé se lo presentó a los Apóstoles’, que escuchamos en la primera lectura.
‘Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseáis y se realizará’, termina diciéndonos hoy Jesús en el Evangelio. ¡Qué gozo esa garantía que nos da Jesús!

sábado, 9 de mayo de 2009

Muéstranos al Padre y nos basta

Hechos, 13, 44-52
Sal. 97
Jn. 14, 7-14

Exponiéndonos que Jesús también me dé un tirón de orejas como a Felipe, también yo quiero pedirle como el apóstol: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta... Tanto tiempo con vosotros y ¿aún no me conoces, Felipe?'
Pero sí queremos conocer al Padre, queremos conocer a Dios. Nos cuesta, nos hacemos imágenes de Dios que no se corresponden a veces con la realidad. Y ¿quién puede mejor darnos a conocer al Padre que Jesús? Para eso ha venido. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se ha hecho hombre y se ha acercado a nosotros para que mejor le conozcamos. Lo llamamos el Verbo de Dios, la Palabra de Dios que nos habla y se nos revela, la Revelación de Dios.
Cuando Jesús en una ocasión da gracias al Padre ‘porque esto no lo revelaste a los sabios y entendidos sino a la gente sencilla’, viene luego a explicarnos que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’.
Por eso, el reproche de Jesús a Felipe. ‘Quien me ha visto a mí ha visto al Padre’, le dice. Ya antes nos había explicado ‘nadie va al Padre sino por mí’. Por eso se proclama a sí mismo como ‘el camino, y la verdad, y la vida’. Pero aún así seguimos pidiéndole ‘muéstranos al Padre’. Pero Jesús nos insiste: ‘Si me conociérais a mí, conoceríais también al Padre…’
Es que Jesús nos está revelando el rostro misericordioso y lleno de amor de Dios. Lo vemos en sus obras, en sus actitudes, en su vida caminando entre nosotros los hombres y repartiéndonos el amor de Dios. Lo vemos con los enfermos, los pecadores, los pobres, todos los que sufren de alguna manera… ‘Pasó haciendo el bien’, que definiría un día Pedro a Jesús. Ver a Jesús es ver el amor de Dios. Tanto es el amor que Dios nos tiene que nos da a Jesús, por eso cuando vemos a Jesús estamos contemplando ese amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo – tanto nos amó – que nos entregó a su Hijo único…’
Por eso, queremos conocer a Jesús. Es nuestra tarea de cada día. Es lo que tenemos que ir buscando, buceando en el evangelio, sintiéndolo en lo hondo de nuestro corazón donde se nos manifiesta y nos habla. Conocer a Jesús para conocer a Dios, para conocer al Padre.
Queremos escuchar a Jesús, porque así escuchamos la Palabra viva que Dios nos dice. Jesús es esa Palabra que se nos revela, que nos da a conocer al Padre, todo el inmenso misterio de Dios.
Queremos vivir a Jesús. Sí llenarnos de su vida. El nos la regala, nos la da. Para eso no sólo se ha entregado en la muerte en la cruz, sino que además se nos ha hecho alimento para que le comamos y vivamos para siempre. El nos resucitará el último día. Y es que El quiere vivir en nosotros. ‘El Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él…’ Habita en nosotros para que habitemos en El.
Queremos llenarnos del Espíritu de Jesús, que nos da vida, nos santifica y nos consagra. Llenos del Espíritu podemos decir ‘Jesús es Señor’. Llenos del Espíritu de Jesús podemos llamar a Dios Padre. Llenos de su Espíritu podemos orar con la mejor de las oraciones, porque será el Espíritu el que ore por nosotros en nuestro interior.
Amemos, pues, a Jesús para llenarnos del amor de Dios. Contemos con Jesús para que nuestra oración sea escuchada por el Padre. ‘Porque yo me voy al Padre: y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré’. Es el estilo de la oración de la Iglesia que siempre orar por Jesucristo nuestro Señor, que siempre quiere dar gloria al Padre ‘por Cristo, con Cristo y en Cristo’.

viernes, 8 de mayo de 2009

No perdamos la calma, Cristo es nuestro camino y nuestra vida

Hechos, 12, 26-33
Sal. 2
Jn. 14, 1-6


‘Dijo Jesús a sus discípulos: no perdáis la calma...’ Algunas veces nos falta paz: nos agobiamos por los problemas que se nos presentan, surgen miedos en nuestro corazón ante situaciones a las que nos debemos enfrentar, no sabemos cómo afrontar las dificultades que nos van apareciendo en la vida... Quizá aparece la enfermedad o nos sentimos con un montón de limitaciones y achaques... Pensamos en el futuro, lo que nos puede ir apareciendo en la vida, o quizá pensamos en el más allá... y nos llenamos de temores, nos sentimos inquietos dentro de nosotros, perdemos la paz.
Jesús nos dice: ‘No perdáis la calma...’ Y nos invita a creer en El, a creer en Dios, a fiarnos de su Palabra. Su presencia no nos faltará nunca. Por eso tiene que renacer la confianza en nuestro corazón. Y la esperanza. No nos puede faltar la paz en el corazón. Porque en el día a día de nuestra vida, en esas situaciones en que nos encontremos o con los problemas que tengamos, sabemos que está a nuestro lado. El se hizo hombre para manifestarnos esa cercanía de Dios, esa presencia amorosa de quien camina a nuestro lado pero también nos enseña el camino. Más aún El es el camino.
Y si pensamos en el futuro, no sólo de este mundo, sino en lo que hay más allá de la muerte ya hemos escuchado lo que nos dice. Quiere que estemos a su lado. ‘Donde yo estoy, estéis también vosotros’, nos dice. Y nos habla de ese vivir junto a Dios. Nos habla poniéndonos imágenes que podamos entender, pero que nos están señalando una vida en plenitud. ‘En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo...’
Decíamos que Jesús es el camino. Cuando les está hablando de llevarlos con El, los discípulos que en aquel momento presentían todo lo que iba a suceder y estaban como aturdidos y no terminaban de entender sus palabras – recordemos que este texto del evangelio de hoy, se corresponde a la última Cena – Jesús les dice: ‘Y adonde yo voy, ya sabéis el camino’. A lo que uno de los discípulos, Tomás, le replica: ‘Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?. Y Jesús le responde: Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’.
Cristo es el camino que nos lleva al Padre, nos lleva a Dios. Para eso ha venido, se ha encarnado haciéndose hombre y viviendo una vida como la nuestra, pero para indicarnos cómo podemos vivirla en plenitud. Es el Maestro que nos enseña, pero El es la Verdad misma. El quiere alimentar nuestra vida, pero es que El es la Vida misma. A quien vamos a vivir es a El. Se hace alimento nuestro para que así lo asimilemos de tal manera que ya no tengamos otra vida que la suya. Y de tal manera nos inunda con su vida, que por la fuerza de su Espíritu nos hace hijos, hijos de Dios.
Todo esto que estamos reflexionando tendría que llenarnos de paz y de esperanza. Porque ya no somos nosotros los que vivimos por nosotros mismos, sino por la vida de Jesús. Muchos serán los problemas, las dudas que puedan surgir en nuestro interior pero con la fe que tenemos en Jesús nos sentimos seguros y fortalecidos. Si Dios está con nosotros, qué podrá importarnos esas situaciones difíciles a las que tengamos que enfrentarnos o por las que incluso tengamos que sufrir un poco. Sabemos que caminamos hacia la plenitud y en ese camino Jesús está a nuestro lado, está con nosotros.
‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí...’

jueves, 7 de mayo de 2009

El que recibe a mi enviado me recibe a Mí…

Hechos, 13, 13-25
Sal. 88
Jn. 13, 16-20


Esta semana que comenzamos celebrando el domingo del Buen Pastor nos ha dado la oportunidad para orar y reflexionar sobre la misión de los pastores que el Señor ha escogido para que en nombre guíen y alimenten con la gracia del Señor al pueblo de Dios. Una reflexión que no sólo tenemos que hacerlo los que tenemos esa misión recibida del Señor, sino que nos es conveniente a todo el pueblo de Dios hacérnosla para comprender bien su función y misión y para así mejor mostrarle ese apoyo que necesitan.
En nombre de Cristo, enviados por El y en su nombre realizan su misión pastoral. Como reflexionábamos ayer, algo más que un gusto personal o un trabajo realizado como una profesión. Hay una llamada del Señor, un envío para, en nombre del Señor, realizar una misión dentro de la Iglesia y ante el mundo como unos enviados del Señor, llenos del Espíritu divino que les fortalece y capacita con unos dones y carismas para la misión, y un compromiso en la fe y en el amor como respuesta a la llamada y al amor infinito y gratuito del Señor.
Eso le hace tomar conciencia al enviado como pastor de que no es una suya sino del Señor; no busca una ganancia personal, sino la gloria del Señor; no son para si mismo esos dones recibidos sino en beneficio del pueblo de Dios; no es para actuar por sí mismo sino siempre en el nombre del Señor. ‘Os aseguro, nos dice Jesús hoy en el evangelio, que el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía…’ Con humildad, pues, el pastor acepta y realiza esa misión, no como su misión o su obra, sino como la misión recibida del Señor y como la obra del Señor.
Pero consciente también de que habla en el nombre del Señor; esa conciencia le hace, en cierto modo, temblar de responsabilidad, porque no son sus palabras las que trasmitirá sino la palabra del Señor. Os confieso que siempre que tengo que realizar esa misión de trasmitir la Palabra del Señor, lo sigo haciendo con el mismo temor del primer día de saber si sabré trasmitir o no la Palabra del Señor que se me ha confiado. Conciencia que le hace buscar en todo momento esa fidelidad a la Palabra de Dios que tiene que trasmitir y hacerlo con fidelidad.
Hoy nos ha dicho Jesús en el evangelio para enseñar al pueblo creyente cómo tiene que acoger a su enviado como le acogemos a El. ‘Os lo aseguro, vuelve a repetir, el que recibe a mi enviado, me recibe a mí y el que me recibe, recibe al Padre que me ha enviado’. Es grandiosa la acción pastoral que realizan los diversos pastores del pueblo de Dios.
No olvidemos lo que venimos escuchando también en la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hoy nos presenta a Bernabé y a Pablo recorriendo ciudades y haciendo el anuncio del Evangelio. Han desembarcado de nuevo en el continente, dejando atrás Chipre donde habían iniciado su viaje apostólico, y en lo escuchado hoy llegan hasta Antioquia de Pisidia casi en el centro del Asia Menor, la Turquía actual. Allí le vemos predicar en la sinagoga acogiendo la invitación del encargado para que hicieran la explicación de la Escritura.
Haciendo un repaso por la historia de la salvación de lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento llegan al anuncio de Jesús. ‘Dios sacó de esta descendencia – se refiere a la descendencia de David – un salvador para Israel, Jesús’. Mañana escucharemos la segunda parte de este discurso donde ya explicará con más detenimiento que es ese Jesús salvador.
Contemplamos a unos apóstoles, enviados, que se sienten acogidos por aquella comunidad en la anuncian la Buena Noticia de Jesús.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Una elección del Espíritu para una misión

Hechos, 12, 24-13,5
Sal. 66
Jn. 12, 44-50


Mucha gente no termina de entender lo que es un sacerdote o por qué una persona se consagra al Señor en la vida religiosa, misionera o de apostolado. Bueno, dicen, a usted le gusta eso y se ha dedicado a esa profesión como yo tengo la mía u otras personas se dedican a otras cosas. Hablando con la gente muchas veces se expresan así y manifiestan de esa manera su forma de pensar en relación a estos temas.
Un sacerdote, un religioso ¿es solamente cosa de gusto personal o de ejercer simplemente una profesión? Es difícil de entender para muchos, incluso que se llaman cristianos y están dentro de la Iglesia, y mucho más, tenemos que decir, para aquellos que son ajenos a la fe y a la religión. No puede ser cosa de gustos, porque estos pueden variar según las etapas de la vida, ni se puede quedar en ejercer correctamente una profesión, por muy digno que ello sea. Es algo mucho más hondo.
¿A qué viene este comentario? Me lo sugiere la Palabra de Dios hoy proclamada, sobre todo en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Creo que este texto nos puede dar luz sobre todo esto que estamos diciendo. La acción del apóstol no es una mera acción humana. El apóstol siempre actúa movido y guiado por el Espíritu del Señor. Ha de saber dejarse conducir por el Espíritu Santo como vemos hoy en aquella comunidad de Antioquia, y en Bernabé y Pablo (aún sigue llamándosele Saulo).
Se nos habla de la comunidad de Antioquia donde ‘había profetas y maestros’. Nos da la relación. Profetas y maestros, o sea, personas guiadas por el Espíritu del Señor con especiales carismas para ayudar y conducir a la comunidad. Y aquí sucede un hecho especialmente significativo y trascendente, que incluso va a marcar la vida de la propia comunidad, dándole una importancia grande en la Iglesia primitiva. ‘Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: apartadme a Bernabé y Saulo para la tarea a que los he llamado’.
Una elección y una llamada del Señor para una misión. No son ellos los que se ofrecen; es el Espíritu del Señor que habla en medio de la comunidad, inspira a la comunidad. ‘Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre…’ Una imposición de manos en medio de la comunidad, como señal de la misión a la que se les envía, como signo de la fuerza del Espíritu del Señor que está con ellos.
Aquí podemos estar viendo una primera imagen de lo que sería una ordenación sacerdotal o de una consagración al Señor. Una acción del Espíritu que se manifiesta en medio de la comunidad en oración. Un envío desde el Espíritu del Señor por parte de la Iglesia a aquellos que van a llevar la Buena Noticia de Jesús, en lo que va a ser lo que se le llama el primer viaje apostólico de San Pablo.
No es, pues, un gusto personal; es algo nacido desde la fe en el Señor, del amor de Dios que se nos derrama en nuestro corazón, y de ese amor con el que desde la fe nosotros queremos responder. No es, pues, una profesión sino algo mucho más hondo, que sólo desde la fe podemos entender. Es un compromiso de fe pero desde una respuesta a una llamada del Señor que nos ama y nos quiere dar una misión dentro de la Iglesia. Mucho más podríamos decir, pero bástenos esta reflexión.

martes, 5 de mayo de 2009

Fe en Jesús y comunión eclesial

Hechos, 11, 19-26
Sal. 80
Jn. 10,22-30


Fe en Jesús, el Hijo de Dios, y comunión eclesial son los dos polos sobre lo que gira la Palabra de Dios hoy proclamada.
Reafirmar nuestra fe en Jesús, como Hijo de Dios. A esto nos lleva el evangelio. Es más, tenemos que decir que es como la finalidad de la transmisión del evangelio de Juan. Al final él nos ha escrito: ‘Todo esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’.
Y ésta es la afirmación central del evangelio de hoy. Una afirmación que da respuesta a una pregunta que se repite a lo largo del todo el evangelio. ‘¿Hasta cuando vas a tenernos en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’, le dicen los judíos que se han arremolinado en torno a Jesús en el pórtico de Salomón del templo.
‘Os lo he dicho y no me creéis’, les dice Jesús. Y hace referencia a las obras que hace. ¿Quién puede hacerlas sino Dios? Sana, da vida y resucita, perdona los pecados… todo obra de Dios, porque eso no lo puede realizar un ser humano por sí mismo. ‘¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?’, se preguntaban escandalizados los fariseos cuando la curación del paralítico que habían descendido desde el techo, Pero Jesús les había dicho. ‘Para que veáis que tengo poder perdonar pecados, - le dijo al paralítico – a ti te lo digo, levántate y anda’. Y la gran prueba es la resurrección, la vuelta a la vida, pero no serán sólo los muertos que Jesús resucite sino su propia resurrección.
Ahora terminará afirmando categóricamente. ‘El Padre y yo somos uno’. Había venido del Padre, realizaba las obras del Padre y ahora nos dice que son uno. Una afirmación rotunda de su divinidad. Es el Hijo de Dios. Esa es nuestra fe en Jesús. A los judíos les costaba entender y creer.
El texto de los Hechos de los Apóstoles nos señala el otro polo al que hacíamos referencia al principio, la comunión eclesial. La Iglesia crece, se multiplican las comunidades de los que creen en Jesús por todas partes. Hoy nos habla de los que ‘se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban’. Y nos habla de Fenicia, Chipre y Antioquia. Aquí se comienza a predicar abiertamente el evangelio a los griegos. Lo acontecido con Pedro y de lo que se nos hablaba ayer, ahora se va haciendo ya más abiertamente. ‘Algunos, naturales de Chipre, al llegar a Antioquia se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, se convirtieron muchos y abrazaron la fe’. Más adelante nos dirá Lucas que será aquí ‘en Antioquia donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos’.
Y es ahora donde vemos la comunión de las Iglesias, de las distintas comunidades cristianas que se van formando. ‘Llegó la noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquia…’ Ya se había hablado de Bernabé, ‘hombre de Dios y lleno del Espíritu Santo y de fe’, natural de Chipre por cierto, que había vendido sus posesiones y los había puesto a los pies de los apóstoles para repartirlos y que nadie pasara necesidad. Bernabé no es un apóstol pero como tal casi es considerado. Lo veremos más adelante con Pablo, al que va a buscar a Tarso, como se nos dice hoy, para ir anunciando el evangelio por todas partes.
Pero la misión de Bernabé ahora es traer el abrazo fraterno de la iglesia de Jerusalén a la joven Iglesia de Antioquia. Es la expresión de la comunión de las Iglesias que se van constituyendo por todas partes, pero que nunca vivirán su fe en Jesús de forma aislada, sino siempre en comunión las unas con las otras.
Es la comunión que seguimos viviendo entre las diversas iglesias locales con toda la iglesia universal y que expresamos de manera particular con la sede de Pedro, con la Iglesia de Roma. Siempre diremos en comunión con el Papa, con los Obispos, con toda la Iglesia. Así lo expresamos de diversas manera, por ejemplo, en la liturgia eucarística. Y es la comunión que siempre hemos de vivir todos los cristianos, porque nuestra fe en Jesús no la vivimos por libre y cada uno por su lado, sino siempre en comunión eclesial. Que nunca perdamos esa comunión, garantía de una auténtica fe en Jesús.