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martes, 20 de febrero de 2024

Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

 


Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

Voy a comenzar preguntándonos, preguntándome para qué rezamos, por qué rezamos. Son tantas las necesidades, decimos, son tantas las cosas por las que tendríamos que pedir, y pensamos en nuestra salud, pensamos en la familia y en los amigos, pensamos en los problemas que tenemos, pensamos en el mundo en que vivimos donde vemos tantas cosas que no nos gustan y que quisiéramos que fueran mejor… y así seguimos haciéndonos una lista muy grande de las cosas por las que tenemos que rezar. Todo es pedir. Como si fuéramos al despacho de alguien muy poderoso en cuya mano está la solución de todas las cosas y llevamos nuestra instancia de peticiones.

¿Nos fijamos en que solo estamos pensando en pedir? Quizás nos ponemos un poco más espirituales y pedimos para que seamos buenos, o pedimos por la paz, o pedimos por aquellos que vemos en conflicto a nuestro lado para que las cosas se solucionen… y seguimos pidiendo y pidiendo.

Sí, ya sé que Jesús nos dice en el evangelio que pidamos y recibiremos, que llamemos y que se nos abrirá, que busquemos y que encontraremos, y nos insiste mucho en la constancia y perseverancia en nuestras peticiones, en nuestras oraciones.

Pero quería recoger algo que ahora mismo he recordado; nos decía que llamemos y se nos abrirá. ¿Para qué tocamos en una puerta y llamamos? ¿Porque queremos entrar y queremos estar? He aquí un aspecto muy importante de nuestra oración y que algunas veces olvidamos. Vamos a visitar a nuestra madre o a nuestro padre cuando ya nos hemos independizado y vivimos por nuestras propias casas y en nuestra propias cosas, porque queremos estar con ellos; y muchas veces simplemente es estar allí, en aquella casa que fue nuestra casa, allí donde están nuestros padres y nos sentamos a su lado, y hablamos y contamos como habrá momentos en que solo disfrutamos con el hecho de estar allí, de estar con ellos.

¿No tendría que ser algo así también nuestra oración? Estar, estar con el Señor que nos ama, que sabemos que nos ama, disfrutar de su presencia aunque estemos en silencio. ¿Nos habremos fijado bien en la manera de orar que Jesús nos enseño y que hoy nos trae el evangelio? Algunas veces porque nos la sabemos de memoria y la repetimos ya pensamos que tenemos hecha toda nuestra oración. Pero no lo hemos saboreado. Necesitamos saborear nuestra oración que es encuentro, que es estar en la presencia del Padre Dios que nos ama.

Lo que nos ha enseñado Jesús es como un saludo disfrutando de su amor cuando lo llamamos Padre pero para sentirnos a gusto estando con El, saboreando el encuentro porque estando con El nos sentimos llenos de su Espíritu. Estando con El nos sentimos santificados porque nos sentimos amados, estando con El nos gozamos porque queremos ser fieles y leales gozándonos en lo que El nos dice que tenemos que hacer, su voluntad, su reino que queremos vivir, que queremos realizar en nuestra vida.

Y para eso no hace falta decir muchas palabras, sino saborear mucho en el corazón. Estamos con El y nos gozamos de su presencia, hacemos silencio porque el amor se siente en silencio en el corazón.  ¿No te habrá sucedido alguna vez que llegaste a ese momento de oración y aunque te parecía que tenías tantas cosas que decir o que pedir, sin embargo te quedaste como transpuesto en silencio sin saber qué hacer o qué decir? Eso es oración.  Eso es hermosa oración.

Fijémonos que en la forma en que Jesús nos enseñó a orar, lo que hoy escuchamos en el evangelio, pocas son las cosas que pedimos y que vendrán en un segundo momento después de que hemos saboreado esa presencia del Señor. Es lo que luego surgirá de forma espontánea quizá porque nos sentimos en las manos providentes de Dios Padre. Y contamos, sí, con nuestras necesidades, el pan de cada día, y pedimos perdón y nos damos cuenta de que generosamente también nosotros tenemos que ofrecer perdón, y nos queremos ver liberados con la fuerza y la gracia del Señor de todo mal y de toda tentación. Pero es como una conclusión de todo aquello que antes habíamos disfrutado en la presencia del Señor. Después de estar así con el Señor tenemos la seguridad de que todo eso que necesitamos y mucho más nos va a dar Dios.

Para qué oramos, por qué rezamos, nos preguntábamos. Porque queremos entrar y estar, porque queremos disfrutar de la presencia y del amor de Dios.

lunes, 19 de febrero de 2024

Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

 


Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

Levítico 19, 1-2. 11-18; Salmo 18; Mateo 25, 31-46

No siempre vemos las cosas de la misma manera, ni aunque tengamos delante de los ojos las mismas cosas no todos lo vemos de la misma manera, por medio pueden estar muchas cosas, desde las perspectivas desde donde lo veamos, la cercanía o la lejanía en que estemos, el estado de ánimo en que nos encontremos, o el cristal que tengamos delante de los ojos.

Variemos la perspectiva, más allá o más acá, desde un ángulo o desde otro, acerquémonos para ver los detalles, quedémonos en la distancia, o mirémoslo en su conjunto, limpiemos o no el cristal de nuestras lentes y estaremos viendo las cosas de distinta manera. Hagamos vibrar las fibras de nuestro corazón, o desprendámonos de  aquellas cosas que nos crean disonancias y comenzaremos a sentir de manera distinta. Es lo que nos está enseñando hoy Jesús.

¿Cómo miramos al que está a nuestro lado? ¿Por qué con unos nos sonreímos y sacamos la mejor expresión de nuestro rostro y pronto la conversación se hace amena y agradable, mientras que con otros nos mostramos adustos y ni a la fuerza somos capaces de sacar una sonrisa, y lo más que saldrá de nuestros labios son monosílabos entrecortados? Lo que decíamos, ¿cómo miramos al que está a nuestro lado?

No se trata solo de lo que no debemos hacer, en nombre del respeto que deberíamos tener a toda persona, simplemente por eso, por su dignidad que respetamos, sino lo que tendríamos que ser capaces de hacer cuando tenemos el corazón caldeado con el amor. Quizás solo desde el respeto evitaremos hacerle daño pero nuestras relaciones son frías y pueden quedarse en la distancia porque la fibra que tendría que vibrar no la hemos afinado lo suficiente desde el amor; es por donde tenemos que ir.

Si el que está a tu lado lo sientes como amigo seguro que esa fibra vibrará de una forma distinta; si aquel que está lejos, aunque no lo veamos claramente a causa de la distancia sabemos que es el amigo que viene a nosotros para con nosotros compartir el más pequeño detalle nos será reconocible y en la esperanza del encuentro nuestro corazón comenzará a destilar nuevos y bonitos sentimientos. Nadie será ya indiferente para mi vida.

Hoy Jesús en el evangelio, cuando está hablándoles a los discípulos, aquellos que siempre estaban con El y que incluso estaban dispuestos a todo por Jesús porque lo amaban, para decirles que su amor tiene que tener una cobertura más universal les dice que todo lo que le hagan a los demás es como si se lo estuvieran haciendo a El a quien tanto amaban. Les está haciendo cambiar la perspectiva de la mirada que han de tener con los demás, han de tener con todos. Si en el otro están viendo a Jesús estarán viendo a quien tanto les ama, y de ese amor de Jesús ellos se sienten bien seguros, y entonces como si dieran respuesta a ese amor de Jesús han de amar a los demás.

En el otro ya no vemos, no podemos estar mirando desde esas categorías humanas con las que nos catalogamos, con las que nos hacemos nuestros distingos y nuestras separaciones, en el otro estaremos viendo a Jesús, que nos llama amigos porque nos ama, que nos hace sentirnos hermanos porque comenzamos a ser una nueva familia, que nos hace vernos a nosotros mismos también de una forma distinta porque nos dice que somos hijos de Dios porque somos amados de Dios.

Otra es entonces la pauta, la medida, el estilo, el sentido que le damos al amor a los demás. Y lo que le pasa a los demás lo sentimos ya incluso como si nos pasara a nosotros mismos porque entramos en otras ondas de solidaridad.


domingo, 18 de febrero de 2024

Emprendamos camino de desierto en la cuaresma, busquemos y dejémonos envolver por el silencio, encontremos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios

 


Emprendamos camino de desierto en la cuaresma, busquemos y dejémonos envolver por el silencio, encontremos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios

Génesis 9, 8-15; Salmo 24; 1 Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

Muchos ‘arcoiris’ necesitamos que se levanten sobre nuestras cabezas en el camino de la vida y en el mundo de hoy. Esa señal luminosa que se forma sobre el horizonte como predicción de fecundas lluvias para nuestros campos, como anuncio de tormentas borrascosas que se alejan de nuestro entorno; una luminosidad llena de colorido cuya aparición siempre se convierte en anuncio gozoso al que quisiéramos alcanzar como un deseo de esa misma armonía que aparece en sus colores pero que tendría que llenar nuestros corazones.

¿Será algo que hoy necesitamos? Tentados nos sentimos demasiado en el mundo que vivimos a rupturas y desencuentros, porque son demasiados los tintes negros que nos rodean en la misma situación de nuestro mundo, muchos desencantos vamos sufriendo en la vida tanto en nuestras mutuas relaciones, como en esa espiral de tensión y de violencia que cada día parece que nos envuelve más.

Sentimos inquietud en nuestro corazón; desearíamos que esos no fueran los derroteros por los que circule nuestra vida; queremos hacer algo desde nuestra voluntad y algunas veces nos sentimos impotentes; muchos con su vida loca e insensata parece que nos están gritando que dejemos a un lado esas preocupaciones y que vivamos la vida que total son dos días; algunas veces parece que queremos meternos también en esa riada de la vida queriendo aprovecharnos de todo, buscando placeres o buscando poderes, dejándonos influenciar por las vanidades de la vida, o por ese estilo de vida de los viven despreocupados por todo y que nos parecen más felices. ¿Qué hacer? ¿Nos dejamos arrastrar por esa vorágine de la vida que contemplamos a nuestro lado o buscamos que nos dé otro sentido y otra profundidad a la vida?

Necesitamos detenernos en esa loca carrera; necesitamos un tiempo que nos haga encontrarnos con algo distinto a lo que nos está ofreciendo la locura del mundo; necesitamos mirarnos a lo más profundo de nosotros mismos, pero también elevar nuestra vida bien a lo alto, más allá de las estrellas para encontrar lo que eleve nuestra vida y lo que nos de otra trascendencia. Necesitamos quizás irnos al desierto, hacer desierto y hacer silencio, porque hay sonidos de los que en medio de esos ruidos no podemos disfrutar.

En este primer domingo de cuaresma, mientras en el ambiente externo se sigue con un ruido ensordecedor – en nuestra tierra sigue y seguirá sonando el bullicio de los carnavales – el evangelio sin embargo nos habla de desierto. Se nos puede hacer difícil escuchar esta Palabra. Pero es una Palabra que de parte de Dios quiere llegar a nuestro corazón y a nuestra vida. El evangelio nos dice que ‘el Espíritu empujó a Jesús al desierto y se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás, vivía con las fieras y los ángeles le servían’.

¿Tendremos que sentir eso mismo en el hoy de nuestra vida? El Espíritu también quiere guiarnos, también quiere hoy conducirnos al desierto, pero no sé si nos dejaremos guiar, nos dejaremos conducir. ¿Acaso le tendremos miedo al desierto? ¿Acaso le tendremos miedo al silencio que allí vamos a encontrar? ¿Acaso no es que estaremos viviendo lo mismo porque también nosotros vivimos entre tentaciones de muchas cosas que nos quieren arrastrar? ¿En qué mundo vivimos? ‘Vivía con las fieras’ decía el evangelio de Jesús en el desierto. ¿Y nosotros? ¿No recordamos lo que antes decíamos de ese mundo que nos envuelve?

‘Los ángeles le servían’, dice el evangelista. ¿No habrá también un ángel del Señor que nos sirve, que nos inspira, que nos acompaña, con el que sentimos que no nos falta la fuerza del Señor? ¿No llegaremos a descubrir esa luz nueva que nos ilumina y esa fuerza que nos alimenta?

Emprendamos este camino de desierto, este camino de Cuaresma que hemos iniciado el pasado miércoles de ceniza. Dejémonos envolver por ese silencio, busquemos ese silencio, encontremos esos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios para escucharle, para escuchar su Palabra que sea nuestro alimento y nuestra vida, que sea esa luz que necesitamos. Es ese ‘arcoiris’ anuncio de algo nuevo, prefiguración de victoria, senda de armonía y de paz. Lo anunciaba el Señor a Noé después del Diluvio porque era anuncio de que el amor de Dios no nos faltaría nunca, porque nunca Dios quiere la muerte sino la vida. Ese ‘arcoiris’ que veremos brillar sobre la cruz del calvario porque nos llega la luz de la Pascua. Es para lo que ahora en la cuaresma nos vamos preparando, es el camino que queremos ir haciendo.

‘Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio’. Es la Buena Noticia que seguimos escuchando, es el Evangelio que con el testimonio de nuestra vida nosotros tendremos también que anunciar.

sábado, 17 de febrero de 2024

Necesitamos tener unas nuevas aptitudes que nos hagan disponibles siempre para el servicio, pero también con las que valoremos a los demás sin descartes que anulan

 


Necesitamos tener unas nuevas aptitudes que nos hagan disponibles siempre para el servicio, pero también con las que valoremos a los demás sin descartes que anulan

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

Cuando queremos conseguir a alguien que nos haga un buen trabajo trataremos de informarnos bien sobre quien queremos contar, buscaremos a alguien que nos lo recomienden como muy capaz de realizarlo, pero al tiempo queremos buscar una buena persona de la que tengamos alguna certeza de su integridad y honradez para confiarle aquello en lo que además nos vamos a gastar nuestros dineros. No buscamos a cualquiera, escogeremos muy bien y en los lugares que consideremos más apropiados. Parece que eso sería lo normal que tendríamos que hacer.

Pero he aquí que hoy nos encontramos con un texto del evangelio que parece que nos viene a echar abajo todas esas buenas predisposiciones por nuestra parte, todo ese afán de buscar lo más integro y lo más capaz. Jesús está buscando, por decirlo de alguna manera, seguidores, y además en estas elecciones que va haciendo Jesús está, podríamos decir, mirando en la lejanía porque aquellos que ahora invita a seguirle, serán los que un día nombrará apóstoles y en cuyas manos a poner toda la tarea de anunciar y realizar el Reino de Dios.

Sin embargo, ¿a quien vemos hoy que busca Jesús y le invita a seguirle? Un publicano, una persona que en razón de su profesión y de la mala fama que se habían ganado eran despreciados por los judíos, porque eran considerados como unos colaboracionistas con los que ahora les dominaban y de manera especial por sus dirigentes. Mala fama tenían de ladrones y de usureros, porque eran además los que se dedicaban al negocio de los préstamos, cosa que siempre ha habido a través de todos los tiempos. Y Jesús llama a seguirle a uno de ellos; y mira por donde encontraré en él una prontitud para seguirle realmente admirable, porque se levantó de su garita de cobrador y se fue con Jesús, además con alegría porque en su honor querrá celebrar un banquete.

En medio de todo esto tendríamos que preguntarnos que es lo que realmente mira Jesús a la hora de su llamada. No le importa su condición de pecador, fama de publicano que se había ganado, porque como vemos ante la reacción que pronto se producirá por parte de los escribas y fariseos que se quejan de que Jesús se siente a la mesa con los pecadores y como con ellos, nos dirá que El ha venido como salvación y que son los enfermos, que son los pecadores los que necesitan del médico, los que necesitan de la salvación y es a ellos a donde Jesús primero se dirigirá.

Aquí con sinceridad tendríamos que comenzar por pensar en nosotros mismos. El Señor sigue contando con nosotros que somos pecadores. Porque cuantas veces hemos sentido los regalos del amor de Dios en nuestra vida y aunque en principio parecía que queríamos responder, sin embargo luego la respuesta de nuestra vida se ha vuelto tantas veces negativa. Jesús está pasando también por la garita de nuestra vida y también nos está invitando a seguirle a pesar de lo encerrados en nosotros mismos que vivimos tantas veces con nuestras debilidades, con nuestras infidelidades, con nuestro pecado.

Jesús le dio una nueva oportunidad a Leví y éste la aprovechó; dio pronta respuesta que sería en un seguimiento en fidelidad de los caminos de Jesús, caminos que luego nos trasmitiría con el evangelio de Jesús que nos escribió. Pero esto me lleva a pensar, aunque fuera brevemente, en algo más. ¿No tendríamos que aprender a dar nuevas oportunidades a los demás?

Con mucha facilidad vamos por la vida descartando; con aquel no contamos porque es así, aquel ya en una ocasión nos dejó plantados así que no volveré a contar con él, aquel no creo que sea capaz de hacer nada de provecho, en otros nos fijamos en lo que nos parece la pobreza de su vida y no somos capaces de descubrir los valores que pueden haber en su corazón… y así vamos descantando a tantos, la lista se haría interminable.

¿Aprenderemos a tener unas actitudes nuevas como Jesús nos está enseñando?

viernes, 16 de febrero de 2024

Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

 


Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Es cierto que siempre nos echan en cara lo mismo; es como si fuera una vía de escape fácil para aquellos que quizás no están tan tranquilos en su conciencia, pero que a manera se justificación de lo que ellos no hacen y en el fondo están sintiendo que algo distinta tiene que ser su vida, el echarnos en cara o el juzgarnos si lo que hacemos está bien hecho o no, o si lo que hacemos es como una pantalla para ocultar nuestras cosas de nuestra vida desordenada.

Sentimos, en cierto, la tentación de responder echándoles en cara lo que ellos no hacen, pero mejor es que nos lo tomemos en serio y como un buen punto de arranque para muchas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida. ¿Qué sentido tienen nuestros ayunos y por qué los hacemos? La religiosidad que vivimos en nuestra vida ¿es auténtica porque hay una profunda relación con Dios o son solo costumbres o rutinas porque siempre se ha hecho así y alguna cosa habrá que hacer? Mientras ayunamos o hacemos actos de penitencia o dedicamos nuestro tiempo a muchas expresiones de una religiosidad popular ¿por dónde anda nuestra vida? ¿Por dónde andan nuestras relaciones con los demás?

Son preguntas que con sinceridad tenemos que hacernos en nuestro interior para analizar dónde está la autenticidad de nuestra vida. ¿Nos quedamos solo en apariencias, en asistir a unos actos o realizar una serie de prácticas religiosas pero simplemente como una costumbre que se puede convertir en rutina? No estamos queriendo juzgar ni condenar a nadie, sino que os invito a que busquemos esa autenticidad, esa verdad de nuestra vida. No digo que esté mal o no las críticas que nos pueden hacer, pero pueden ser punto de partida para una reflexión que nos hagamos, para una renovación que ciertamente tenemos que hacer de nuestra vida.

A esto nos invita este camino de cuaresma que acabamos de comenzar. Es cierto que de una forma o de otra se nos van a ofrecer toda una serie de prácticas religiosas, vamos a rescatar muchas cosas de esa religiosidad popular que reconozcamos que ha sido así es lo que ha alimentado la fe del pueblo sencillo a lo largo de los años y de los siglos, pero bien sabemos que todo no se puede quedar ahí.

Sí, religiosidad es la forma con la que expresamos lo que es nuestra relación con Dios; es el sentido incluso de la palabra religión. Será algo que tenemos que cultivar con todo espero y queriendo darle la mejor y mayor profundidad. Pero bien sabemos que nuestra relación con Dios estará mejor anudada en la medida en que sabes anudar bien nuestra relación con los demás. No podemos, de ninguna manera, separar la una de la otra.

Por eso hoy el profeta, en nombre de Dios, nos ha dicho y con toda energía cuál es el verdadero ayuno que el Señor quiere. Está claro y no hay que darle ni muchas explicaciones ni muchas interpretaciones.

‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Romper y desatar cadenas y correas, cuantas ataduras nos buscamos, pero con cuantas ataduras queremos dominar sobre los demás; hacer desaparecer lo que haya en nuestra vida que pueda ser un peso para los demás, desterremos exigencias, intransigencias y malos humores con los que tantas veces cargamos contra los otros y les hacemos pasar malos momentos; rompamos las cerraduras con las que queremos guardar solo para nosotros mismos y dejemos que se desparrame de forma generosa lo que somos y lo que tenemos para que todos puedan llegar a vivir con dignidad.

No es fácil. Son muchos los apegos que llevamos en la vida, los orgullos que nos siguen encerrando en nosotros mismos, la insolidaridad que muchas veces hierve dentro de nosotros mismos y cuya espuma nos impide descubrir lo que hay y lo que sufren los que están nuestro lado, no nos enteramos ni nos queremos enterar. Cambiar esas posturas y actitudes produce más desgarro dentro de nosotros que los tirones que nos pueda dar un estómago hambriento solo por un día.

¿Cuál será el ayuno que me está pidiendo el Señor en esta cuaresma que acabamos de comenzar?


jueves, 15 de febrero de 2024

No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir

 


No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir

 Deuteronomio 30, 15-20; Salmo 1; Lucas 9, 22-25

Cuando nos invitan a hacer un camino queremos saber a donde vamos, cual es la meta, qué se nos ofrece, las dificultades que vamos a encontrar en el camino o si acaso es un camino fácil y llevadero. Muchas cosas nos preguntamos, muchas cosas queremos saber. Y es normal, porque tenemos que prepararnos, porque tenemos que saber si merece la pena por lo que vamos a encontrar, a pesar de las dificultades que vamos a encontrar o de los esfuerzos que tenemos que realizar. Tenemos que saber a ver si estamos dispuestos o no, o si estamos preparados. Sería insensato meterse a hacer un camino a lo loco.

Ayer iniciamos un camino, y por el nombre que le damos ya sabemos su duración. Pero hemos de tener clara la meta, es una subida a Jerusalén, una ascensión; como también hemos de saber los medios que vamos a emplear, o que están disponibles en nuestras manos. La liturgia no se guarda los secretos para si, y ya desde este primer momento nos está diciendo el sentido de esta subida a Jerusalén. Nos lo dice claramente el evangelio, ‘Mirad que subimos a Jerusalén…’ y Jesús nos aclara:’ El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. O sea, habrá sufrimiento, habrá muerte, pero también al final se nos anuncia la vida. ‘Ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Lo va a repetir muchas veces.

Jesús va delante en esa subida, y ya hemos de tener claro lo que va a significar, el sentido que tiene. Y Jesús nos invita – no nos obliga – a ir con El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mi…’ si alguno quiere venir conmigo. Este es el camino, un camino de donación y de entrega, un camino donde será necesario que nos anonademos, como lo hizo El de condición divina pero que tomó la imagen de esclavo, se hizo el último y el servidor de todos, entregó su vida para que nosotros tengamos vida. Y es a lo que nos invita.

Lo hemos de tener claro. Y a eso es a lo que nos invita. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?’

Nos invita a que hagamos como El. Tomar la cruz, entregar la vida. Algo que hay que hacer con valentía y con decisión. No podemos andar a medias tintas. Ya nos dirá que ‘con El o contra El’ porque ‘quien no recoge conmigo, desparrama’. Y esa es la manera de ganar, aunque parezca que perdamos. Pero es que libremente, como El lo hizo, tenemos que entregarnos. Es ponernos en camino, en actitud de servicio, olvidándonos de nosotros mismos, no buscando ganancias del momento, porque tenemos que saber perder para poder ganar la vida.

No es tarea fácil, pero es el camino que aunque nos parezca estrecho es que nos lleva a la vida eterna. Seguro que nos gustaría tener todas las ganancias y riquezas del mundo en nuestras manos, pero, como nos dice, ‘¿de qué nos vale ganar el mundo entero si perdemos la vida, si perdemos el alma?’ No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, del orgullo, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir.

‘Hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal’, que nos decía el libro del Deuteronomio. ¿Estaremos dispuestos a emprender el camino?

miércoles, 14 de febrero de 2024

Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

 


Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Alguien me recordaba ayer que hoy comenzaba la cuaresma y entonces me decía que como comienza la cuaresma no se puede comer (carne, se sobreentendía que quería decir aunque no mencionaba la palabra); yo le respondía que sí era cierto que comenzaba la Cuaresma pero que la Cuaresma es algo más. Pienso que a su manera él quería expresarme que como era la cuaresma venían tiempos de austeridad, de penitencias y de ayunos. Pero me atrevo a decir y con todo respeto para las personas que no llegan a más allá porque eso ha sido resumen de muchas maneras de enfocar las cosas, que eso sería comenzar la casa por el tejado.

¿Qué es la cuaresma que comenzamos hoy? Yo diría que es un camino que nos lleva a la celebración de la Pascua. Hemos de tener clara la meta, por así decirlo antes de hacernos programaciones de muchas cosas a las que hay que darle un sentido. No es penitencia por penitencia, ayuno por ayuno, austeridad por austeridad.

Ya se quejaban los fariseos de que los discípulos de Jesús no ayunaban como sus discípulos o los discípulos del Bautista. Y Jesús les decía que si el ‘novio’ estaba con ellos, qué sentido tendría el que tuvieran que estar tristes, si estar con el novio venía a significar estar en la boda y en una boda hay que estar con alegría y con sentido de fiesta. Pero desgraciadamente esto es lo que muchas veces no brilla en los que nos decimos seguidores de Jesús.

Nos preparamos para la Pascua, es decir, para la fiesta. Sí, no lo podemos olvidar ni descartar. Para nosotros es una fiesta y es una fiesta grande el paso salvador de Jesús por nuestra vida. Es la Pascua del Señor, es el paso del Señor. Queremos en su Pascua sentirnos hombres nuevos, vivir la vida nueva que nos regala Jesús, sentir el gozo de que por el amor que Dios nos tiene nos quiere sus hijos. ¿Pueden andar cabizbajos y tristes los hijos cuando están gozando del amor del Padre?

Es un camino el que hacemos para llegar a vivir eso en toda su plenitud, para llegar a vivir esa fiesta de la Pascua del Señor. ¿Y cómo lo vamos a hacer? Dejándonos impregnar por la Palabra de Dios, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús. Y es ahí donde vamos a encontrar esos caminos de renovación, esos caminos que nos llevan a vida nueva, ese reconocimiento que los caminos que vivimos no son siempre rectos, que la vida que vivimos está llena de muchas sombras que tenemos que iluminar, que tenemos que renovar nuestra vida.

Es entonces, no cuando tenemos que cargar de expresiones tristes nuestras expresiones, sino que vamos a sentir el dolor de haber vivido en esas sombras sin haber escuchado allá en el corazón la Palabra de Dios, pero lo hacemos con esperanza. Y por eso hemos ido dando tropiezos, y nos sentimos pecadores, y queremos acercarnos a Jesús para tocar su manto y que nos cure, dejar que Jesús llegue a nuestra vida y nos tienda su mano para levantarnos, ponga su mano sobre nuestros ojos para que recobremos la luz.

Y claro porque nos sentimos pecadores y en sombras, porque sentimos que nuestra vida está muy llena de muletas de las que un día tenemos que desprendernos, le vamos a decir, ‘si quieres, puedes curarme’, porque sentimos el dolor de nuestra enfermedad, de nuestro pecado. Y claro, cuando nos sentimos así y queremos arrancarnos de esa situación nos sentimos mal, pero no tristes sino con esperanza. Y haremos todo lo posible por ir renovando nuestra vida, y tendremos que aprender a decirnos no en muchas cosas y para eso tenemos que entrenarnos, tenemos que aprender a hacerlo, aunque sea doloroso.

Si ayunamos, si renunciamos incluso a cosas buenas como pueden ser nuestros alimentos – y no tiene que ser el ayuno solo de los alimentos sino de otras muchas cosas que nos dan placer en la vida – es porque queremos aprender a decir no a esas sombras que nos envuelven, porque nos sentimos arrepentidos de nuestro pecado.  No es ayunar por ayunar, no es penitencia por penitencia, es un ejercicio de aprendizaje, de superación en pequeñas cosas para ser capaces de superarnos en lo que verdaderamente es importante. Si vamos a desprendernos de cosas es porque queremos compartir con los demás, porque nos sentimos solidarios de sus problemas o de sus necesidades, es porque queremos que brille de verdad el amor en nuestro corazón y en nuestra vida.

Por eso Jesús no nos quiere tristes y nos manda incluso que nos perfumemos cuando ayunamos para que nadie note que lo estamos haciendo, sino el Padre del cielo, pero además nos pide humildad en nuestra generosidad para evitar lo que sea vanidad u ostentación. Es lo que nos está recomendando hoy Jesús en el evangelio. Así abrimos nuestro corazón a Dios en nuestra oración.

Comenzaremos la cuaresma con ese signo de la ceniza – de ahí el nombre que le damos a este miércoles - que dejamos que se nos imponga sobre nuestras cabezas, como un signo de humildad, es cierto, reconociendo que estamos manchados pero buscando el agua que nos lave, el agua que nos dé nueva vida, ese baño de agua viva que vamos a recibir cuando celebremos la Pascua. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’, nos decía san Pablo. Démosle hondo sentido y significado a este rito con que comenzamos la Cuaresma.

No lo olvidemos, caminamos hacia la Pascua.

martes, 13 de febrero de 2024

No nos dejemos sucumbir por acosos e influencias que recibimos de todas partes, sino mantengamos encendida la lámpara de nuestra fe anclando nuestra vida en el evangelio

 


No nos dejemos sucumbir por acosos e influencias que recibimos de todas partes, sino mantengamos encendida la lámpara de nuestra fe anclando nuestra vida en el evangelio

Santiago 1, 12-18; Salmo 93;  Marcos 8, 14- 21

En ocasiones nos sucede, como si estuviéramos embotados, tenemos las cosas delante y no las encontramos, no las vemos. Y no es solo eso que nos sucede tantas veces que algo que necesitamos o estamos usando continuamente de pronto queremos buscarlo y no lo encontramos, no lo vemos, aunque prácticamente lo tengamos delante de los ojos.

Pero ya no pienso solamente en cosas materiales que tenemos perdidas de esa manera, sino que quizás alguien nos está hablando de una cosa, que se sobreentiende que hemos de entender de lo que nos está hablando, y tampoco parece que nos queremos enterar; quizás alguien nos quiere contar algo y nos lo quiere decir con una delicadeza especial, podríamos decir que nos lo quiere decir con imágenes que se pueden expresar también con palabras y nos quedamos en una interpretación tan literal que no llegamos a entender el mensaje que nos quieren transmitir, o lo que es peor, luego nos hacemos nosotros interpretaciones sesgadas que nos pueden llevar a malos entendimientos y hasta desconfianzas y rupturas. Cuantos problemas nos creamos con esa cerrazón de la mente.

Algo así les pasaba en ocasiones a los discípulos con Jesús. El quería aprovechar cada situación para enseñarles, para hacerles reflexionar, para abrir su mente y su corazón a la buena nueva del evangelio del Reino que Jesús no solo anunciaba sino que estaba constituyendo en medio de ellos. Como hacemos también nosotros en ocasiones que aprovechamos algo que sucede, algo especial que podamos contemplar y con ello queremos enseñar a los hijos o queremos trasmitir algo a los que están a nuestro lado.

Iban en la barca atravesando el lago y no habían cogido demasiadas provisiones para aquellos recorridos que Jesús hacia con los discípulos unas veces enseñando en los distintos pueblos por los que pasaban, u otra aprovechando esos momentos de mayor cercanía con el grupo de los discípulos para instruirlos con  mayor intensidad, podríamos decir.

Y Jesús les deja caer, como quien no quiere la cosa, que tengan cuidado con la levadura de los fariseos y de los escribas. Quizás a nosotros hoy nos pueda ser fácil interpretar el sentido de estas palabras de Jesús. La levadura es la que hace fermentar la masa para poder elaborar el pan; depende de la bondad de la levadura para que podemos tener un buen pan. Pero como la levadura es lo que queremos inculcar por ejemplo en los demás para una buena mentalización, para un crecimiento interior, para una nueva manera de ver las cosas; y vamos dejando caer nuestros pensamientos, vamos dejando nuestras reflexiones quizás resumidas en pocas palabras o en unas imágenes, vamos queriendo contagiar nuestro pensamiento y nuestra manera de obrar.

Lo podemos llamar propaganda o publicidad, lo podemos considerar como una mediación para lograr lo que queremos de nuestra sociedad. Estamos rodeados de esas influencias de todo tipo, nos bombardean desde los medios de comunicación afines a unas ideas, nos lo tratan de imponer trazando leyes y normas para la sociedad desde un sentido partidista, son las maneras de ir logrando un cambio en la sociedad.

Lo hacían los fariseos y los escribas haciendo entender a la gente que lo que ellos decían y ensañaban, aunque luego ellos no lo cumplieran, era lo válido para aquella sociedad y aquellos momentos. Desde una situación de poder, porque se habían convertido en los dirigentes de aquella sociedad, trataban de influir en la gente. Y es lo que Jesús les está diciendo a los discípulos, ‘cuidado con la levadura de los fariseos…’ Pero los discípulos no entendían; lo veían casi como una punta de Jesús porque no habían llevado suficiente pan para aquellos días que iban a estar por distintos lugares. Y Jesús tendrá que detenerse a hacerlos reflexionar, recordando muchas cosas que había hecho con ellos y en las que en otras ocasiones habían sabido ver la acción de Dios en sus vidas a través de aquellos signos y milagros que Jesús iba realizando.

¿Estaremos también nosotros cegados para no saber comprender lo que nos pasa, lo que sucede en la sociedad, lo que Jesús trata de decirnos a través del evangelio? También nosotros recibimos muchas influencias de todas partes, y como los fariseos estaban en contra de Jesús, también nos encontramos una sociedad que de alguna manera rechaza el mensaje del evangelio. Ahí está esa lucha sorda de tantos contra lo que significa la fe, la religión, la Iglesia; de muchas manera se trata de influir para hacer una sociedad de la que cada vez se destierre más a Dios y a nuestra relación con El.

¿Estaremos de verdad despiertos los creyentes para mantener encendida la lámpara de nuestra fe? ¿Nos dejamos influir o nos fortalecemos interiormente anclando nuestra vida en el evangelio, en Jesús, en Dios? No nos dejemos sucumbir por esos acosos e influencias que recibimos de tantos lados.

lunes, 12 de febrero de 2024

La humildad y la buena disposición interior nos abre el camino a la fe y podremos llenarnos de la sabiduría del evangelio de nuestra salvación

 


La humildad y la buena disposición interior nos abre el camino a la fe y podremos llenarnos de la sabiduría del evangelio de nuestra salvación

Santiago 1,1-11; Salmo 118; Marcos 8,11-13

Las actitudes y posturas negativas en lugar de abrir puertas las cierran. Es bueno en todo ir siempre con una actitud positiva por delante; que tenemos un problema con alguien, trata de contener tus sentimientos o tu orgullo herido y acércate a esa persona con una actitud positiva; si vas de greñas, vamos a decirlo así, aún la buena actitud que pudiera tener la otra persona se la destrozamos, porque somos nosotros los que no sabemos ver la bueno que nos pueda ofrecer. Cuesta, porque nos cegamos y no somos capaces de ver sino aquello que está brotando violentamente desde dentro de nosotros, y por mucho que queramos no tendremos la serenidad suficiente para llegar a un entendimiento, incluso hasta poder hablar con calma.

Hoy en el evangelio vemos que una vez más los fariseos y todos aquellos que estaban en oposición a Jesús vienen de nuevo a pedirle signos, a pedirle pruebas para poder creer en El. Ya venía de antemano con una actitud condenatoria y serían incapaces de ver las señales que estaba mostrando Jesús con su vida, con sus palabras, y con los milagros que realizaba, los signos que estaba realizando continuamente que siempre remitían a lo que habían anunciado los profetas. Pero aquellos que además se las daban de doctores y enterados de la ley y los profetas eran incapaces de ver. Jesús los deja por imposibles, podríamos decir, porque se marcha a otros lugares a predicar.

Son las actitudes y posturas que nosotros también podemos tomar tantas veces ante Dios. No nos escucha, decimos tantas veces, pero ¿cómo es esa oración con la que le estamos pidiendo a Dios? ¿Estaremos rogando o estaremos exigiendo? ¿Somos acaso nosotros los que tenemos que decirle a Dios cómo tiene que hacer las cosas? ¿Nos consideramos con más sabiduría que Dios? Necesitamos una cura de humildad, necesitamos aprender a acudir al Señor, aprender a orar de verdad.

Jesús nos lo va señalando a lo largo del evangelio. Hemos de saber tenerlo presente. ¿Recordamos al fariseo y al publicano que subieron al templo a orar? ¿Quién fue el que bajó del templo justificado? El que humilde supo ponerse en la presencia de Dios, reconociendo su nada y su pecado, y queriendo acogerse a la misericordia de Dios. ‘Ten compasión de este pecador’, repetía allá en el último rincón, mientras el fariseo orgullo parecía que quería llevarle las cuentas a Dios de todas las cosas que hacía; pero su corazón estaba bien lejos de Dios, su corazón estaba lleno de orgullo y de vanidad.

Nos falta fe y nos sobra orgullo; nos falta humildad y tenemos demasiada autosuficiencia. Recordamos a la mujer que humilde y calladamente se atrevió a tocar por detrás el borde del mando del Señor. ‘Tu fe te ha curado’, le decía Jesús. Recordamos a aquella mujer que aparentemente se siente rechazada, pero ella reconoce que no es digna, ella sabe que es gentil, no es del pueblo de Israel, pero con confianza acude al Señor, como el cachorro que está bajo la mesa esperando que caiga alguna migaja de la mesa de su amo; y aquella mujer sí se vio escuchada y atendida en su petición. Cuando a Jairo le dicen que no moleste más al maestro porque la niña ya ha muerto, Jesús le pide que siga confiando, que siga teniendo fe, porque la niña no está muerta sino dormida, y la tomará de la mano y se la entregará sana a sus padres.

Necesitamos recorrer muchas veces las páginas del evangelio. Repasar una y otra vez los distintos episodios, escuchar una y otra vez las parábolas y las palabras de Jesús. Recordamos que cuando el rico epulón pedía que Lázaro se apareciera a sus hermanos para convencerlos de que tenían que cambiar de vida para no llegar a aquel infierno que él estaba padeciendo, desde el cielo le dicen que ellos tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen, porque si no tienen esa buena disposición de querer escuchar la Palabra de Dios ni aunque un muerto resucite van a creer. 

Tenemos con nosotros, a nuestra mano, la Palabra de Dios que cada día podemos y tenemos que escuchar. Ahí encontraremos la luz, ahí aprenderemos a tener ese corazón humilde, ahí aprenderemos a tener esas necesarias buenas actitudes del corazón para conocer a Dios, para reconocer a Jesús, para encontrar la salvación.

domingo, 11 de febrero de 2024

‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuándo tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús?

 


‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuándo tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús?

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

Lo que en su origen podía ser una norma sanitaria y de higiene para preservar del peligro de contagio sobre todo en pueblos trashumantes  por lugares de desierto y con muchas carencias se convirtió con el paso del tiempo en una ley religiosa que conllevaba una cierta discriminación e inhumanidad sobre todo visto de los ojos de nuestro tiempo.

La salida de Egipto y el itinerario a lo largo de muchos años por el desierto sirvió para el pueblo de Israel para constituirse como pueblo y aprender a ser pueblo con normas comunes de convivencia y de organización. Con ojos humanos en lo que podemos ver en ese recorrido aunque transcendemos de esa realidad humana para descubrir la presencia de Dios junto a su pueblo que como tal lo va constituyendo. Es el sentido de los mandamientos, que resumimos en una tabla de diez mandamientos, pero que entraña muchas cosas que atañían a esa organización como pueblo que se fue dando en el camino del desierto.

¿Era necesaria aquella norma que al mismo tiempo conllevaba mucho de inhumanidad y de discriminación? Quiero, de alguna manera, ponerme en el lugar de quien en su origen dictara tales normas y las hiciera cumplir para tratar de descubrir los sentimientos de su corazón cuando así se obligaba a vivir a quienes padeciesen esas enfermedades contagiosas, como hace referencia a la lepra en esta ocasión. Doloroso era para quien se veía privado de sus derechos a la pertenencia y presencia en medio de su comunidad, pero también pienso tendría que ser quien tenia que hacer cumplir tales normas.

No quisiera ver inhumanidad nunca en el corazón del hombre, aunque bien sabemos que muchos rasgos de inhumanidad seguimos teniendo también hoy. Y es lo que tendría que hacernos pensar, en el hoy con sus discriminaciones y signos de inhumanidad que seguimos de muchas formas teniendo, en el lugar de quedarnos en hacer juicio critico de actitudes o posturas de otros momentos, porque cada momento de la historia tiene que tener su interpretación en su propio lugar y circunstancia.

La Buena Noticia de Jesús que nos llega hoy a través de esta página del evangelio tiene que hacernos descubrir los pasos que también nosotros hoy tenemos que dar para llenar de más humanidad a nuestra humanidad. Puede parecer un juego de palabras, pero no lo es. Hay gestos que vamos descubriendo en esta página del evangelio que nos van manifestando esa necesaria ruptura de muchas cosas para no quedarnos en la vasija vieja, sino para buscar esos odres nuevos en nuestra vida que nos abran a un sentido nuevo.

Es rompedor este texto del evangelio. Un leproso, que tenía que estar confinado en un lugar aislado, que se atreve a presentarse en medio de un grupo de gente y llegar hasta los pies de Jesús. No era cualquier grupo si consideramos lo que nos dice el evangelio que muchas personas se aglomeraban alrededor de Jesús para escucharle. Y allí en medio se atreve a llegar aquel hombre con su petición, ‘si quieres, puedes limpiarme’.

Pero es bien significativa la reacción de Jesús. ‘Compadecido extendió la mano y lo tocó’. ¿Entraba también Jesús al atreverse a tocar al leproso en la condición de los que había que considerar inmundos? Cualquiera que tocase algo impuro o alguien al que se consideraba impuro quedaba impuro también. ¿No recordamos las exigencias de los fariseos de lavarse y purificarse las manos incluso cuando regresaban de la plaza por si algo impuro habían tocado y comiesen entonces con manos impuras?

Algo nuevo está sucediendo. ‘Quiero’, fueron las palabras de Jesús cuando tocó aquel cuerpo enfermo y en consecuencia impuro. ‘Y la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio’. ¿Nos estará diciendo Jesús lo que tenemos que hacer?

‘Quiero’, que no fueron solo palabras. ‘Extendió la mano y lo tocó’. ¿Será lo que tenemos que decir y que hacer cuando nos cruzamos con aquellas personas a las que seguimos mirando de lejos? Porque seguimos poniendo distancias, seguimos manteniendo barreras, seguimos mirando de lejos, con no todos queremos juntarnos; seguimos queriendo ignorarnos los unos a los otros, decimos que para no molestarnos pero realmente porque rompemos sintonías y queremos caminar cada uno por su lado; seguimos saludando a unos sí y a otros ni las vemos porque no miramos a la cara; decimos que no somos racistas pero, ¿cómo miramos a las inmigrantes que traspasan nuestras fronteras? ¿Tratamos igual a un extranjero que viene en avión con su pasaporte a gastarse su dinero en nuestra tierra que al inmigrante que nos llega de forma clandestina, en patera o como decimos de forma ilegal?

‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuando tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús? Os digo con sinceridad que me deja inquieto esta página del evangelio. Tenemos que ir sanando de muchas lepras a tantos a nuestro lado y a nuestro mundo, pero tenemos que ir sanándonos nosotros de esa lepra que de una forma u otra hemos dejado meter en nuestra vida con nuestros gestos y actitudes no siempre tan buenos.

sábado, 10 de febrero de 2024

Vayamos siempre de frente con nuestro amor; cuando lo alimentamos de Dios nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás

 


Vayamos siempre de frente con nuestro amor; cuando lo alimentamos de Dios nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás

1 Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Hay momentos, hay situaciones en que nos vemos impotentes, incapaces, los problemas se nos amontonan, se nos desbordan, las soluciones no son fáciles o no se encuentran y no sabemos qué hacer. ¿Nos cruzamos de brazos? ¿Nos ocultamos para no ver los problemas o no querer enterarnos? ¿Damos la espalda? Ante muchas, es cierto, que muchas veces huimos, no afrontamos el problema, no hablamos, aunque nos encontremos con otros en situaciones parecidas parece que nos cuesta dar el paso y hablar, nos encerramos en nuestra oscuridad que más oscura se nos volverá.

Y no puede ser nunca esa la respuesta. ¿Nos vamos a dejar envolver por ese torbellino sin luchar por nuestra parte buscando alguna salida? ¿Por qué nos sentimos tan incapaces? Creo que siempre tendríamos que ser capaces de buscar un resquicio de luz. Tenemos que despertar los mejores sentimientos que tengamos en el corazón y afrontar de frente las situaciones que algún paso, aunque nos parezca pequeño, siempre podemos dar. Tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos, los mejores sentimientos que aun nos queden en el fondo del corazón.

El evangelio de hoy nos habla de que estaban en despoblado y bien lejos de la población más cercana. Se había ido agrupando en torno a Jesús cada vez más gente que salía de todas partes, pareciera que salían de debajo de las piedras, para escucharle, porque sus palabras despertaban cosas buenas en sus corazones. Pero dada la cantidad de gente que se había aglomerado, el lugar donde estaban y que ya caía la tarde parecía que se avecinaba un gran problema. Aquella gente no tenía nada para comer. ¿Dónde encontrar pan para toda aquella gente? Jesús siente lástima y compasión en su corazón y eso mismo comienza a compartirlo con los discípulos más cercanos, que igualmente se ven abrumados por aquella situación. ‘¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?’, es la pregunta que se hacen los discípulos.

‘¿Cuántos panes tenéis?’ termina preguntando Jesús. Y le responden: ‘siete’. Siete panes y la multitud es grande. Pero Jesús les manda que se sienten en el suelo. ¿Esperando qué? Pero allí estaba presente el amor; y el amor se hace bendición, como siempre lo es,  y el amor se crece y se multiplica como se van a multiplicar aquellos panes y unos pocos de peces que también tenían. Y los apóstoles a las indicaciones de Jesús comienzan a repartir a aquellos panes y peces y al final hasta sobrará.

Está, sí, el poder y la gracia del Señor. Jesús podía hacerlo. Y todas aquellas oscuridades se transforman. Era la victoria de la vida porque es la victoria del amor. Podemos hacer las explicaciones e interpretaciones que queramos. Pero aquello fue el milagro del amor. Jesús rebosaba compasión y amor por aquellas gentes. Jesús estaba alimentando sus vidas y sus esperanzas, ¿por qué no había de alimentar también sus cuerpos?

Cuántas cosas podemos hacer cuando nos dejamos conducir por el amor. Sin embargo, lo que hacemos muchas veces es apagar ese amor; como si tuviéramos miedo de amar, de darnos, de entregarnos. Esas pantallas oscuras que muchas veces se ponen delante de nuestros ojos nos hacen olvidar lo mejor que llevando dentro de nosotros y entonces nos llenamos de miedos y de cobardías, y huimos del problema, no nos enfrentamos para encontrar la salida, la solución.

Vayamos siempre de frente con nuestro amor; es nuestro motor, es nuestra fuerza cuando lo alimentamos de Dios y nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás. Aunque tengamos pocos panes en nuestras alforjas pongámonos a repartir ese pan, cuanta vida y esperanza podemos despertar a nuestro alrededor.

viernes, 9 de febrero de 2024

En un mundo de muchas comunicaciones vivimos quizás muy incomunicados con lo cercano a nosotros y necesitamos una mano que nos despierte de nuestras sorderas

 


En un mundo de muchas comunicaciones vivimos quizás muy incomunicados con lo cercano a nosotros y necesitamos una mano que nos despierte de nuestras sorderas

1  Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

¿Nos estaremos quedando sordos? Hay quienes hablan de que las estadísticas suben, que los sonidos fuertes y estridentes que se utilizan en muchas manifestaciones músico culturales pueden estar dañando nuestros oídos, que los cascos o los auriculares que se utilizan para escuchar música desde toda esa amplia gama de reproductores que cada vez se van multiplicando más – y no me atrevo a decir nombres porque creo que me he quedado obsoleto en el conocimiento de estos aparatos que cada vez se multiplican más – pueden estar llevándonos a una nueva generación de sordos o de personas que con los años van a tener muchos problemas con la audición. No es raro ya encontrarnos a muchas personas con audífonos para mejorar la audición, que hasta yo mismo ya tengo que llevarlo. Claro que están las sorderas congénitas, y como consecuencia en muchos también la imposibilidad de comunicarse mediante el lenguaje hablado. ¿Nos estaremos quedando sordos? Nos preguntábamos al principio.

Hay en nuestra sociedad que por otra parte va avanzando en muchas mejores ya va siendo normal el contemplar el uso del lenguaje de signos para aquellas personas que no pueden oír y que entonces realmente, como ha sucedido desde siempre, tienen una barrera casi infranqueable para comunicarse y para relacionarse con los demás. Duro es no poder oír, por esa incomunicación y también, por qué no decirlo, por la incapacidad para escuchar también tantas maravillas que nos puede ofrecer la naturaleza, o que el hombre con su capacidad artística puede crear. Muchas cosas se pueden derivar de todo esto. Porque quizás tendríamos que estarnos preguntando si acaso son solo esas las sorderas que  nos incomunican y que nos afectan a los hombres y mujeres de hoy.

Hoy el evangelio nos habla de que mientras Jesús iba atravesando la Decápolis en su vuelta desde la tierra de los cananeos o fenicios, como ayer contemplábamos también en el evangelio, se encuentra con que le presentan a un hombre sordo y que también era mudo para que Jesús lo curase. Hemos escuchado el relato que con sencillez nos hace el evangelista. Jesús que lo aparta de la gente – qué estridente es el barullo de mucha gente alrededor cuando se ha mermado la capacidad de la audición -, y tocando sus oídos y la lengua le dice: ‘Effetá’, ¡ábrete! Y sus oídos quedaron restablecidos. ‘Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente’.

Un signo más de la llegada del Reino. Los sordos oyen y los mudos pueden hablar. Lo que había anunciado Jesús en la Sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta. Una buena nueva se anunciaba a los pobres y a los que sufren. Llegaba el tiempo de la liberación, llegaba el año de la gracia del Señor.

Un signo que tenemos que ver realizado también en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Las señales del Reino de Dios que han de manifestarse hoy. Porque el Reino de Dios es también para el hoy de nuestra vida. Unas nuevas señales que nosotros tenemos que dar. Unos oídos que tenemos que abrir, comenzando por la atención que con mayor intensidad tendríamos que dar en ese mundo de los sordos. Señales y pasos vamos dando hoy y ya los sordos no son los que se quedan a un lado en nuestras comunidades y en nuestras celebraciones, porque comenzamos a tener para ellos una atención especial, aunque mucho aun queda por hacer.

Pero más señales tenemos que dar en nuestro mundo, porque quizás muchas veces nos hacemos sordos para no escuchar lo que son los anhelos del hombre de hoy queriéndole dar una respuesta. ¿Seremos nosotros los que necesitamos ser curados? ‘No hay peor sordo que el que no quiere oír’ se suele repetir, sin darnos cuenta que quizás nosotros no queremos oír. Nos desentendemos, vamos a lo nuestro, nos encerramos en nuestras cositas.

Igual que muchas veces hemos contemplado esa imagen de un grupo grande de personas que están en un determinado lugar, o a acudido a alguna cosa, muchas veces incluso un encuentro familiar, pero los vemos todos incomunicados los unos con los otros, porque cada uno está con su móvil en la mano atendiendo a lo que en él pueda encontrar o recibir, pero no termina de ver ni de escuchar a la persona que tiene a su lado. Va, por ejemplo a visitar a la familia, pero no se comunica con la familia que tiene a su lado porque está en otra honda queriendo comunicarse con el que está lejos.

En un mundo de muchas comunicaciones vivimos incomunicados con los que tenemos a nuestro lado. Ya es terrible este hecho en si mismo, pero también tenemos que decir que es bien significativo de esa incomunicación que vivimos los unos con los otros, de esa sordera que nos hechos creado para no escuchar al que está a nuestro lado, mientras quizás queremos escuchar al que está al otro lado del mundo.

Cabría también reflexionar aquí de esa necesidad de abrir nuestros oídos para Dios, para escuchar su Palabra, para sentir la presencia de Dios en nuestro corazón. ¿No habrá también muchos bullicios de nuestro mundo que nos ensordecen para Dios? Necesitamos, es cierto, afinar nuestros oídos para escuchar mejor a Dios que nos habla en el corazón.

¿Necesitaremos esa mano que nos toque allá en lo más hondo de nosotros y nos diga también ‘effetá’ (¡ábrete!)?

jueves, 8 de febrero de 2024

El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

 


El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

1Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30

Algunas veces queremos pasar desapercibidos, por la razón que sea, pero no lo logramos; bien porque evitemos un encuentro que nos compromete, bien porque queremos pasar un rato tranquilos sin los agobios de los trabajos, de los conocidos, porque nos queremos sentir anónimos para hacer lo que queramos, lo intentamos, disimulamos, huimos de que nos vean los conocidos, y no vamos a entrar en juicios de valor del por qué lo hacemos, pero son cosas que nos pasan. Pero siempre hay alguien que nos reconoce, se fija en nosotros, lo dirá a los demás, o luego vendrá contando que nos vieron aquí o allá. Nos sentimos incómodos quizás.

Aunque parezca broma es lo que le sucedió a Jesús en esta ocasión. Predicando por los lugares más lejanos del norte de Galilea se metió en la tierra de los fenicios, lo que hoy sería prácticamente el Líbano. Y Jesús quería pasar desapercibido; primero porque El se sentía enviado a Israel, y aquello era tierra de gentiles; en alguna ocasión como en Gerasa que también era tierra de gentiles se sintió rechazado a pesar de haber liberado al poseso de los cementerios; lo vemos en ocasiones que quiere estar más a solas con los discípulos más cercanos a los que iba preparando para la misión que le encomendaría, y busca lugares apartados donde no es conocido para que no vengan como en aquellas ocasiones que no les dejaban tiempo ni para comer.

Ahora está entre los fenicios queriendo pasar desapercibido, nos dice el evangelista. Pero una mujer que lo reconoce y que tiene una hija enferma, poseída por un espíritu maligno como eran las apreciaciones que entonces se tenía de la enfermedad, corre detrás de Jesús suplicándole por su hija enferma. Y Jesús no le hace caso, pareciera incluso que la desprecia si hacemos unas interpretaciones muy ajustadas de sus palabras. ‘No está bien echar a los perros el pan de los hijos’.

Pero va a aparecer la grandeza de aquella mujer. Ella sabe que no es de la religión judía, y Jesús parece un profeta entre los judíos, comprendería su lugar y el lugar de Jesús en aquella situación. Pero hay una grandeza de espíritu porque hay una humildad grande en el corazón de aquella mujer. No se ofende por las palabras de Jesús que podían reflejar el espíritu y sentido de muchos judíos que consideraban a los gentiles como perros, y con ellos no querían juntarse, porque además era considera como una impureza entrar en la casa de un gentil. Pero aquella mujer expresa que los cachorrillos de los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos aunque no se las den.

Grande es el corazón de esta mujer. Y los humildes se ganan el corazón de Dios que se complace en los pobres y en los humildes de corazón. Es importante la fe y la humildad de aquella mujer. Mucho nos enseña este pasaje del evangelio. Primero en la actitud que nosotros hemos de tener ante los demás, también con aquellos que no son de los nuestros, aquellos que no nos caen bien, aquellos a los que podemos ver como adversarios nuestros en muchas cosas de la vida porque son distintos, porque piensan distinto, porque tienen otros conceptos o sentido de la vida; pero son personas, que también tienen sus valores, que pueden no coincidir con los nuestros, pero ¿por qué no se los hemos de respetar? ¿No podremos descubrir siempre algo bueno en el otro aunque sea distinto a nosotros? 

Como nos diría Jesús en otro momento del evangelio ¿es que solo vamos a saludar a los que nos saludan? ¿Solo vamos a ayudar a los que nos ayudan? Eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los gentiles, nos dirá Jesús. ¡Qué distinta tiene que ser nuestra óptica!

Pero también hay otra cosa que podemos ver también en el corazón de aquella mujer. No se siente ofendida por las palabras de Jesús, no hace su interpretación interesada de las palabras de Jesús sino que siempre querrá sacar un partido bueno. Quitemos prejuicios de nuestra cabeza, no mal interpretemos las palabras o las cosas que hacen los demás. Somos muy dados a ello y por cualquier cosa nos ofendemos, y ni siquiera saber interpretar unos gestos o unas palabras de humor.

Disculpemos siempre, veamos siempre un lado positivo, descubramos detrás de todo un buen corazón que siempre lo hay, para que no se creen tensiones, para que no se rompan las amistades, para que no pongamos abismos entre unos y otros; todo tiene que ser un buen puente que nos acerque a los demás.