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lunes, 9 de febrero de 2015

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
‘En la aldea o caserio donde llegaba colocaban los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto’. Querían tocar a Jesús; recordamos a la mujer de las hemorragias que se atrevió a ir por detrás y tocar la orla del manto de Jesús; pensaba que así podía ser curada; ‘tu fe te ha curado’, le dijo Jesús.
Queremos tocar con nuestras manos; es una forma de expresarnos y de comunicarnos. Lo hacemos mediante signos y gestos; en fin de cuentas el hablar para comunicarnos de alguna manera es un signo verbal con que expresamos lo que llevamos en nuestro interior y con lo que nos comunicamos con los demás; no siempre serán necesarias las palabras; a través de gestos y diversos signos nos comunicamos. Vemos el rostro de alguien y aunque no nos diga nada por su expresión podemos saber lo que siente o lo que quiere decirnos, lo que quiere expresar en ese momento.
Esos signos y esos gestos los empleamos de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida, pero también en nuestra vida religiosa, en nuestra relación con Dios. Nos ponemos de rodillas porque queremos expresar nuestra adoración, nuestro reconocimiento del Señor; levantamos las manos en alto como expresión de que queremos ofrecer algo a Dios o también como expresión de  nuestra suplica; imponemos las manos - en muchos momentos se utiliza este gesto en la liturgia - como expresión de un don que se nos da o que damos o recibimos.
En la vida de Jesús a lo largo del evangelio vemos que utiliza muchos signos y gestos imponiendo las manos a los enfermos, tocando al leproso, dejandose tocar por aquellos que se acercaban a El, bendiciendo a los niños. Hoy vemos que la gente quiere tocarlo.
Nosotros también nos acercamos a Jesús, desde lo que es nuestra vida; queremos tocarlo, queremos que El nos toque, imponga su mano sobre nosotros; que le tengamos con nosotros, que sintamos el calor de su presencia, la fuerza de su Espíritu. Ven, Señor, impon tu mano sobre nosotros que te necesitamos. Quiero, Señor, tocar la orla de tu manto.

domingo, 8 de febrero de 2015

El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia

El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1 Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39
El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia, que nos abra a los demás, pero que nos abra al misterio de Dios en una esperanza de vida eterna. Es lo que podemos ir descubriendo desde una honda reflexión ya desde este inicio del evangelio de Marcos, en el que aun estamos en el primer capítulo.
Podríamos atrevernos a decir que el evangelista al presentarnos a Jesús en este comienzo de su evangelio - recordemos incluso las palabras con las que iniciaba en el primer versículo del texto sagrado ‘buena noticia (evangelio) de Jesús, el Hijo de Dios’ - va señalándonos ya la transformación que se realizará en nuestra vida en la medida en que vayamos creyendo en esa Buena Noticia de Jesús.
Ya desde los primeros discípulos a los que llama les vemos un salirse de sí mismos, porque dejan atrás todo lo que era su vida hasta entonces, dejaron las redes y las barcas para seguir a Jesús. Y ahí ya nos señala también lo costoso que eso significa para nuestra vida; por eso habla de conversión, de darle la vuelta a la vida. Con Jesús todo es distinto.
Lo contemplamos hoy también en el evangelio. Es una continuidad del escuchado el pasado domingo. ‘Al salir de la sinagoga - recordemos la admiración de la gente por la autoridad con que hablaba, pero también con que actuaba al curar al hombre que era poseído por un espíritu inmundo - fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Pedro estaba en cama con fiebre…’ Es todo un signo.
La enfermedad, ya sea por el malestar que se produce en el organismo ya sea por la pérdida de los ánimos al verse sometido a la limitación del sufrimiento, hace encerrarse en uno mismo. ‘Estaba en cama con fiebre…’ dice el evangelista. Pero llega Jesús la toma de la mano y la levanta. Todo cambia; podríamos decir no es solo que se haya acabado la fiebre y con ello la enfermedad que pudiera aquejarla, sino que ahí podemos ver algo más. Con Jesús su vida cambia. No necesitó de ninguna recuperación, como podría esperarse después de fuertes fiebres, sino que ‘enseguida se puso a servirles’.
No pensaba en si misma sino que comenzó a pensar en los demás, en lo que había que hacer, en la actitud y la postura del servicio. Nos puede decir mucho. Ya nuestra vida no es solo para nosotros sino que necesariamente tenemos que pensar en los demás, en lo que podemos ofrecer a los demás. Es la transformación que se realiza en nuestra vida tras el encuentro con Jesús. Son las señales del Reino de Dios que ya comenzamos a dar con nuestra vida. Comenzamos a tener una mirada distinta, porque levantaremos nuestros ojos para mirar y contemplar a Dios, pero seremos capaces de tender nuestra mirada más allá de nuestro yo para comenzar a mirar con una mirada nueva a los que nos rodean.
Por eso un cristiano de verdad, que se dice auténticamente seguidor de Jesús nunca puede quedarse encerrado en si mismo, solo en lo que sean sus preocupaciones y problemas. Por algo Jesús nos dejará como nuestro distintivo el amor.
Pero es lo que vemos hacer a Jesús. Donde haya un sufrimiento allí estará siempre Jesús para tender su mano y levantarnos. Fue la suegra de Pedro, pero serían al atardecer a tantos enfermos y poseídos que trajeron a la puerta de la casa. ‘Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios…’ que nos dice el evangelista.
Pero nos dice algo más. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. No se quedaba todo de tejas abajo. Estaba su unión con el Padre, del que había venido a hacer su voluntad, como nos dirá en otros momentos. De ahí su oración. Cómo tenemos que aprender. Con Jesús que se acerca a nuestra vida nos acercamos a Dios, sentimos la necesidad de ir con mayor intensidad hasta Dios.
Pero ahí no se acaba todo. Porque Jesús tiene que estar siempre yendo a los demás. Cuando le buscan con el deseo quizá de que se quede allí siempre, dice que tiene que ir también a otras partes, ir al encuentro de otros en otros lugares. ‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar allí, que para eso he venido’.
Como decíamos antes cuando Jesús nos cura, nos hace llegar su salvación no es para que nos quedemos en nosotros mismos. Esa presencia de Jesús llenará de trascendencia nuestra vida, para abrirnos más y más al misterio de Dios y llenarnos de Dios - oración, eucaristía, sacramentos, palabra de Dios - pero también para nosotros, como Jesús salir al encuentro del otro, pensar en los demás, ver también el sufrimiento que hay en otros corazones, que no solo en el nuestro, y allí tenemos que ir a llevar vida y a llevar paz.

sábado, 7 de febrero de 2015

La mirada de Jesús no es una mirada cualquiera; dejémonos mirar y aprendamos a mirar como Jesús

La mirada de Jesús no es una mirada cualquiera; dejémonos mirar y aprendamos a mirar como Jesús

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22; Marcos 6,30-34
Ver y mirar es mucho más que el hecho físico de tener algo delante de los ojos. Cuando veces nos sucede que tenemos las cosas delante de nosotros y ni las vemos, no les prestamos atención, no las miradas. Es necesario mirar y mirar con atención; si así lo hiciéramos nos daríamos cuenta de algo mas que no se ve solo con los ojos de la cara, por así decirlo.
Me gustaría tener la mirada de Jesús. Hay distintos momentos del evangelio en que se nos resalta la mirada de Jesús. Nos daría para muchas reflexiones. Pero vamos a fijarnos ahora en lo que hemos escuchado hoy en el evangelio.
Los apóstoles, a quienes Jesús había enviado con su misma misión, están de vuelta contándole todo lo sucedido. Jesús quiere llevárselos a un lugar tranquilo y apartado para descansar un poco y que además serán esos momentos de una mayor intimidad entre Jesús y los discípulos que El aprovecha para instruirlos de manera especial. ‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’. Se han ido en barca pero al llegar al sitio escogido se han encontrado que hay una multitud grande de gente que se les han adelantado por tierra de todas las aldeas y lugares.
Aquí tenemos la mirada de Jesús. Para los apóstoles que iban con él era una vez más la gente que se arremolinaba alrededor de Jesús, que le busca porque quieren estar con él, escucharle o llevarle sus enfermos para que se los cure. Pero Jesús los está mirando con el corazón. Están allí es cierto con sus dolores y con sus esperanzas, quizá simplemente con su curiosidad o con deseos de escuchar algo nuevo; pero como dice el evangelista ‘al desembarcar vio una multitud y le dio lastima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma’.
Ahí aparece la compasión y la misericordia del corazón de Cristo. Hay una mirada especial, es una mirada de amor; se acercaban a Jesús porque le buscaban, pero ahora es Jesús el que se acerca a ellos con su amor, con su compasión - ‘sintió lástima de ellos, andaban como ovejas sin pastor’ - quiere ser ese pastor que necesitan, quiere responder a sus inquietudes y esperanzas, quiere llegar con la salud y con la salvación, quiere hacer que en verdad sus vidas se sientan renovadas, ‘se puso a enseñarles con calma’.
¿Qué sentirían aquellas gentes? ¿Cómo se sentirían? Pensemos en ellos y pensemos en nosotros. Pensemos en nosotros porque también sintamos esa mirada llena de misericordia sobre nosotros, sobre nuestra vida, sobre nuestros problemas y ansiedades, sobre nuestras enfermedades y sufrimientos de todo tipo. Jesús se acerca a nosotros y con su mirada va penetrando en lo más hondo de nosotros mismos. Pero es una mirada de amor, de compasión; una mirada que nos llena de vida, que nos transforma, que nos hace crecer la fe y la esperanza; una mirada que también nos pone en camino de amor.
Porque con esa mirada de Jesús nos sentimos transformados, pero aprendemos también nosotros a mirar. Que nos contagiemos de su amor, para que con su mismo amor nosotros también vayamos a los demás, seamos capaces de ver el sufrimiento del corazón de los demás, seamos capaces de ver hondamente en sus vidas y compartamos con ellos lo que ellos nos están diciendo, pero compartamos con ellos nuestra fe y nuestro amor.
Aprendamos de la mirada de Jesús.

viernes, 6 de febrero de 2015

Nuestra manera de reaccionar ante las contrariedades un buen medidor de nuestras actitudes y posturas cristianas

Nuestra manera de reaccionar ante las contrariedades un buen medidor de nuestras actitudes y posturas cristianas

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29
¿Cómo reaccionamos ante las contrariedades que nos vamos encontrando en la vida ya sea porque las cosas no sucedan a nuestro gusto, o ya sea porque quizá nos hagan reconocer de alguna manera que lo que hacemos no está bien? Puede ser un buen termómetro para medir nuestra propia madurez o para analizar cuales son las actitudes de fondo que hay en nuestra vida; puede ser también un buen medidor de nuestras actitudes y posturas cristianas.
Inicio esta reflexión con estos pensamientos precisamente contemplando la página del evangelio que tenemos hoy ante nosotros en la liturgia, que terminó con el martirio del Bautista. Ahí podemos ver algunas de esas reacciones que pueden surgir en nosotros tantas veces.  Una reacción de revancha, por así decirlo, queriendo eliminar al mensajero que nos hace ver nuestros errores o las cosas que no son buenas en nuestra vida. Ahí está la situación de Herodes que el Bautista denuncia porque le señala como inmoral la vida que está viviendo; ‘Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio’, comenta el evangelista. A su instigación Herodes ha mandado prender a Juan y meterlo en la cárcel.
Pero está por otro lado la indecisión de Herodes, que apreciaba a Juan, a quien gustaba escuchar, pero no tiene la valentía de enfrentarse a los hechos para actuar justamente; finalmente, por una parte el desenfreno de su vida y por otra parte los miramientos humanos le conducirán como en una espiral al sacrificio de Juan. Ya lo hemos escuchado; la fiesta, el baile de la hija de Herodías, el entusiasmo de Herodes para ofrecer lo que sea con juramento, la petición de la cabeza de Juan a lo que Herodes en su cobardía no se resistirá.
Diversas reacciones, diversas formas de actuar desde nuestros complejos y cobardías o desde nuestros resentimientos, desde nuestros miedos a enfrentarnos con la realidad o desde la falta de serenidad para afrontar las dificultades y no perder la paz, desde una falta de valores y principios o desde nuestra debilidad que quizá nos hace o arrastrarnos o reaccionar con nuestras violencias y revanchas.
Enfrente tenemos la valentía de Juan para proclamar la verdad, para denunciar lo malo, para mantenerse firme en sus principios aunque eso le haga sufrir, como en este caso primero la cárcel y después la muerte. No teme lo que le pueda pasar porque se sabe en las manos de Dios y es fiel a su misión. Era un hombre lleno de Espíritu del Señor y ahí estaba su fortaleza. Es la fortaleza de los mártires como tantas veces celebramos que aun ante la muerte inminente nunca perderán la paz.
Que no nos falte esa paz en el corazón; que sintamos también la luz y la fortaleza del Espíritu en nuestra vida para afrontar las dificultades de la vida. En el Señor siempre nos sentimos seguros. Siempre queremos ponernos en sus manos y que sea su Espíritu el que guíe nuestra vida.

jueves, 5 de febrero de 2015

Tenemos que ser por nuestras obras signos ante el mundo de lo que es el amor y la misericordia de Dios

Tenemos que ser por nuestras obras signos ante el mundo de lo que es el amor y la misericordia de Dios

Hebreos 12,18-19. 21-24; Sal 47; Marcos 6,7-13
‘Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: Estoy temblando de miedo’. Son las palabras que el autor de la carta a los Hebreos pone en labios de Moisés. Es expresión de lo que vivieron los Israelitas al pie del monte Sinaí. Aunque tenían la experiencia gozosa de la liberación de la esclavitud de Egipto y del paso del mar Rojo que les llevaba rumbo a la tierra prometida de libertad y prosperidad, fruto del amor que Dios le tenía a su pueblo, sin embargo vivían en el temor ante la grandiosidad de las manifestaciones de Dios.
Pero desde Jesús esa ya no puede ser nuestra experiencia. No es en el temor sino en el amor donde se manifiesta Dios. ‘Vosotros os habéis acercado… al Mediador de la nueva Alianza, a Jesús’ nos dice el autor sagrado. Y ¿qué vemos en Jesús? La manifestación de lo que es el amor de Dios.       
Ya lo hemos meditado tantas veces: ‘Tanto amó Dios al mundo, que nos entregó a su Hijo único…’ ¿Qué es lo que hizo Cristo Jesús? ‘Pasó haciendo el bien…’, que nos dice san Pedro. ¿Qué es lo que contemplamos en Jesús? Las obras del amor y la cercanía de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que por nosotros se entregó.
Como decíamos en el salmo ‘oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo’. El Señor compasivo y misericordioso se nos manifiesta en Jesús. Ahí contemplamos la cercanía del amor  de la misericordia de Dios cuando le vemos junto a los que sufren, sintiendo lástimas por aquellos que están hambrientos de pan y de Dios, curando a los enfermos, perdonando a los pecadores, llenando de paz los corazones con su presencia y con su vida. Derramaría su sangre para poner en paz todas las cosas, para traernos la reconciliación y la paz.
Fue la obra de Jesús, su actuar y su vida. Así en nuestra fe en El nos llenamos de paz porque sabemos que El está siempre junto a nosotros para sanarnos, para levantarnos, para darnos vida, para llenarnos de paz, para ponernos en el camino del amor.
Tiene que ser nuestra actuar y nuestra manera de vivir también. Hoy le contemplamos en el evangelio enviando a los doce ‘dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’, nos dice el evangelista. ¿Qué significa eso? Como Jesús han de ir haciendo el bien; como Jesús han de ir curando los corazones enfermos; como Jesús han de llevar la paz allá por donde vayan; como Jesús han de ser signos del amor de Dios para todos.
Al final el evangelista nos dirá: ‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban’. ¿Qué significa eso también para nosotros hoy? Tenemos que ser signos ante el mundo que nos rodea de lo que es el amor y la misericordia de Dios; nuestra vida tiene que estar impregnada del amor y del amor tenemos que ir contagiando a nuestro mundo. ¡Cuánto tenemos que hacer en este sentido! Cuántos dolores que mitigar, cuantos corazones atormentados que tenemos que curar, cuántas señales tenemos que dar de reconciliación y de paz hemos de dar entre tanta división y violencia como destroza a nuestro mundo.
Es la misión que Dios nos confía; es la misión que confía a la Iglesia, signo que ha de ser de la misericordia de Dios para todos.

miércoles, 4 de febrero de 2015

La fe es abrirnos al misterio de Dios que se nos manifiesta y nos trasciende

La fe es abrirnos al misterio de Dios que se nos manifiesta y nos trasciende

Hebreos 12,4-7.11-15; Sal 102; Marcos 6,1-6
Si ayer decíamos que el texto del evangelio era como un canto a la fe, porque todo nos estaba hablando de la fe que teníamos que despertar en nuestro espíritu - ‘basta que tengas fe’, le decía Jesús a Jairo, ‘hija, tu fe te ha curado’ le decía a la hemorroisa -, hoy cuando Jesús va a su pueblo ‘se quejó de la falta de fe’ de sus paisanos.
Muchas veces queremos filtrar todo lo que vemos o lo que nos sucede solamente desde nuestros criterios demasiado racionalistas; la fe es confianza; la fe es fiarnos; la fe es abrirnos al misterio de Dios que se nos manifiesta y nos trasciende; con la fe tenemos que elevar nuestro espíritu y saber descubrir el misterio de Dios que está detrás o dentro de todo.
Cuando Jesús va a la sinagoga de su pueblo la gente se admira de cómo habla y de las cosas que cuentan que ha realizado en otros sitios. ‘La multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿de dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José, Judas y Simón?... y desconfiaban de El’. Se quedan en aquel niño o aquel joven que han visto crecer entre ellos. Les era difícil, es cierto, quitarse de la cabeza las prevenciones que pudieran tener porque lo habían conocido de siempre. ‘Se extrañó Jesús de su falta de fe’. No habían sabido dar el paso adelante para no quedarse solo en lo que veían sus ojos o los razonamientos que podrían tener en su cabeza y abrirse al misterio de Dios que se les revelaba.
Nos cuesta también en muchas ocasiones dar el paso de la fe, de la confianza, de fiarnos de Dios. Pedimos quizá con fe desde nuestras necesidades o problemas pero no terminamos de creer en la respuesta de Dios a nuestras oraciones. Al tiempo que vamos pidiendo, y decimos que queremos hacerlo con fe, seguimos con nuestras prevenciones y razonamientos y nos falta la confianza, el fiarnos de verdad de Dios. Es necesario aprender a dar ese paso. Es necesario dejarnos conducirnos por Dios, porque será su Espíritu que actúa en nosotros el que nos ayude a darlo y a poner a tope nuestra fe.
Nos pasa en muchas situaciones y en muchos aspectos de la vida. Porque también nos pasa en nuestra relación con los demás. Ponemos por delante nuestros prejuicios ante la actuación de las personas que nos rodean y no siempre actuamos con la debida confianza. Y cuando hay desconfianza no hay apertura al otro, no sabemos caminar juntos, no terminamos de colaborar desinteresadamente con los demás.
Pidámosle al Señor que aprendamos a confiar. Que crezca nuestra fe. Que sepamos dejarnos conducir por el Señor. Será distinta nuestra relación con Dios; será más grande la paz que podamos sentir en nuestro corazón; haremos más fraternal nuestra relación con los demás.

martes, 3 de febrero de 2015

Acudamos con fe a Jesús que queremos tocarle la orla de su manto o El nos tienda su mano para levantarnos llenos de vida y de paz

Acudamos con fe a Jesús que queremos tocarle la orla de su manto o El nos tienda su mano para levantarnos llenos de vida y de paz

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; San Marcos 5, 21 – 43
‘No temas, basta que tengas fe’, le dice Jesús a Jairo, cuando le entran dudas si ya merecerá la pena que Jesús llegue a su casa, porque le anuncian que la niña ya se ha muerto. ‘Basta que tengas fe’. Nos sucede muchas veces.
Todo el episodio que hoy nos narra el evangelista es una invitación a poner toda nuestra fe en Jesús. Con fe aquel jefe de la sinagoga, que conocemos por el nombre de Jairo por el relato paralelo de otro evangelista, ha llegado hasta Jesús pidiéndole: ‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que cure y viva’.
Mientras van de camino otra mujer se acerca con fe a Jesús ‘pensando que con solo tocarle el vestido curaría’. Lleva muchos años con hemorragias que no se curan, se ha gastado toda su fortuna acudiendo a los médicos que le den remedios para curarse; ahora ha oído hablar de Jesús y con fe se acerca hasta Jesús para tocarle la orla de su manto. Y se curó. ‘Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Finalmente las palabras de Jesús a Jairo cuando le entran las dudas. ‘Basta que tengas fe’, y llegan a la casa y toma a la niña de la mano y la levanta llena de vida.
Con fe acudimos a Jesús nosotros también. Aunque a veces nos entra la tentación de la duda, quisiéramos tener la fe de aquella mujer para llegar hasta Jesús y al menos tocarle la orla de su manto. Quisiéramos que Jesús llegara hasta nosotros y también nos tendiera su mano, nos cogiera de la mano como a la niña de Jairo para levantarnos llenos de su vida, de su paz, de su salvación. Nos puede parecer en alguna ocasión hasta imposible lo que le pidamos a Jesús en nuestras dudas e inseguridades, pero con el Señor hemos de sentirnos seguros, porque nos sentimos amados.
Nos puede suceder como en este episodio que los que están en nuestro entorno nos hacen dudar. A la mujer casi le era imposible llegar hasta Jesús por la gente que se arremolinaba al lado de Jesús. Pero queremos llegar hasta El, que nada ni nadie nos lo impida. Queremos tocar la orla de su manto, queremos agarrarnos fuerte a Jesús para que nada nos separe de El. Que nada nos perturbe ni nos quite la paz. Aquella mujer porque mantuvo firme su fe en Jesús y se atrevió incluso a tocarle el manto, marchó curada y llena de paz. Es lo que queremos pedirle al Señor.
Por allá llegaron algunos a decirle a Jairo que ya no merecía la pena que Jesús llegara a su casa porque no había nada que hacer. ¿Quién tiene la última palabra? ¿Nosotros con nuestros razonamientos algunas veces mezquinos o Jesús? Fiémonos de Jesús. Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida, con su Palabra, con su mano tendida, con su amor y su paz y podremos comenzar a vivir una vida nueva y en paz. Que nos tienda su mano y nos levante. Que crezca así nuestra fe. Que nos llenemos de su nueva vida.

lunes, 2 de febrero de 2015

Ofrenda de los pobres y anuncio de salvación que María nos enseña a convertir en ofrenda pascual de amor

Ofrenda de los pobres y anuncio de salvación que María nos enseña a convertir en ofrenda pascual de amor

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40
‘Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel…’ Es el cántico del anciano Simeón con corazón y voz de profeta. ‘Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo’. Allí estaba aquel Niño tan esperado y tan deseado. Se cumplían las promesas y todas las esperanzas del pueblo de Dios. Se cumplían las esperanzas y las promesas que Dios había inspirado en el corazón de aquel anciano.
Unos jóvenes padres entre muchos aquella mañana en el templo venían a hacer la ofrenda por el primogénito recién nacido. Pero los ojos proféticos del anciano reconocieron a quien venía como luz para alumbrar a las naciones. Se adelanta el anciano y prorrumpe en el cántico de acción de gracias. Es lo que hoy nosotros estamos celebrando a los cuarenta días de la celebración del nacimiento del Señor. De alguna manera hoy también es Epifanía, porque se está manifestando la gloria del Señor, se está dando a conocer a quien venía como Salvador.
Nos gozamos en esta fiesta y también queremos hacernos ofrenda. Fue la ofrenda de los pobres la que se ofreció aquel día en el templo en la presentación de Jesús. ¿Cómo no iba a ser la ofrenda de los pobres si el Hijo del Hombre no tendría donde reclinar su cabeza? ¿Cómo no iba a ser la ofrenda de los pobres la de quien tan pobre había nacido en Belén que el pesebre de un establo le sirvió como cuna?
Con nuestra pobreza venimos también a presentarnos al Señor pero con el corazón lleno de esperanza. Es la pobreza de lo poco que somos y lo poco que tenemos. Es la pobreza de nuestro corazón pecador que está esperando con ansia la misericordia y el perdón que nos ofrece quien ha venido como nuestro Salvador. Es la pobreza de nuestras debilidades, de nuestros miedos y cobardías, de nuestros complejos, de lo vacías que llevamos nuestras manos cuando tanto egoísmo quizá se nos haya metido en el corazón; es la pobreza de nuestras desconfianzas y de nuestras faltas de fe. Pero aún así venimos al Señor y nos queremos ofrecer con amor, porque sabemos que uniéndonos a la ofrenda suprema de Jesús en la cruz nuestro corazón se puede encender en la llama divina de su amor.
Pero hoy queremos mirar también a María, la madre. A ella también se dirige el anciano Simeón con sus bendiciones. ‘Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo’. Comienzan las bendiciones para María aunque también se le anuncian días de pascua. ‘Y a ti, una espada te traspasará el alma’, le anuncia el anciano. Porque aquel niño iba a ser signo de contradicción porque no todos iban a reconocerlo como Salvador, como lo estaba haciendo ahora el anciano profeta.
María comienza ya a participar también de la ofrenda de su Hijo que tendría su culminación cuando estuviera al pie de la cruz en el momento supremo de la redención, de la ofrenda de la sangre de Jesús, sangre de la Alianza nueva y eterna ofrecida por nosotros para el perdón de los pecados.
Miramos a María y la contemplamos con Jesús en sus brazos para presentarlo al Padre, pero para presentárnoslo a nosotros también. Para nosotros canarios es el día de la Virgen de Candelaria. Ella vino como adelantada en su bendita Imagen para anunciarnos la Luz. Así la contemplamos y celebramos hoy. Que María nos conduzca hasta la Luz; que María nos enseñe a vivir la pascua en nuestra vida. Que María nos ayude a hacer la ofrenda del amor, de nuestra vida, con nuestra pobreza pero también con nuestras esperanzas.

domingo, 1 de febrero de 2015

Jesús llega a nuestra vida con las señales del Reino queriéndonos liberar de todo mal

Jesús llega a nuestra vida con las señales del Reino queriéndonos liberar de todo mal

Deut. 18, 15–20; Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9;1Cor. 7, 32-35; Mc. 1, 21-28
Cuando Jesús comenzó su actividad en Galilea, como escuchábamos el pasado domingo, proclamaba la Buena Noticia de que ya se había cumplido el plazo y estaba cerca el Reino de Dios. Para ello era necesario creer y aceptar esa Buena Noticia, ese Evangelio, y darle la vuelta a la vida para comenzar a mirar con la mirada de Dios.
Se ha cumplido el plazo y comienza a hacerse presente el Reino de Dios. Reconocer que Dios es el único Señor de nuestra vida significaba ir desterrando el mal de los corazones y en consecuencia todo lo que hiciera sufrir al hombre. Es lo que escuchamos en el pasaje del evangelio de hoy, continuación exacta de lo que se nos proclamaba el pasado domingo.
El evangelista Marcos, a quien estamos escuchando en este ciclo, nos presenta a Jesús en la Sinagoga de Cafarnaún. Podríamos decir casi que hay un cierto paralelismo con lo que nos dice Lucas del inicio de la predicación de Jesús. Lucas lo sitúa en Nazaret, su pueblo, proclamando también el libro de la Ley y los Profetas. La reacción de la gente en principio es semejante. Marcos nos dice que ‘cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados sino con autoridad’.
Lucas en el episodio mencionado le hace leer un texto Isaías y escuchamos el comentario de Jesús; Marcos, sin embargo, no nos dice qué texto se proclamó ni nos trae las palabras de Jesús. Pero la gente se admiraba de su enseñanza, de su autoridad. ¿Un recuerdo quizá de lo que escuchábamos en el Deuteronomio en que Dios prometía que haría surgir un gran profeta en cuyos labios pondría sus palabras? Allí estaba, decimos nosotros, la Palabra viva de Dios; esa era la autoridad de la enseñanza de Jesús que iba además acompañada por las obras.
El mal había de ser vencido porque el único Señor es Dios a quien en verdad hemos de reconocer y adorar. ‘Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo’, nos dice el evangelista. Es quien reconoce a Jesús ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’. Pero ya escuchamos, Jesús lo hizo callar y lo expulsó de aquel hombre ‘que lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió’.
Es el signo de la autoridad de Jesús. ‘¿Qué es esto?, se preguntan las gentes, este enseñar con autoridad es nuevo’. Son las señales del Reino de Dios que se van cumpliendo. Por eso Jesús comenzaba su predicación anunciando que se había cumplido el plazo. El Reino de Dios comenzaba a realizarse entre ellos.
Es el anuncio que también hoy nosotros escuchamos. Sigue resonando en nuestros oídos y en nuestros corazones la Buena Noticia de Jesús que nos anuncia el Reino. Tenemos que dejarnos sorprender también nosotros por la Palabra de Jesús. Aunque en el texto de hoy no escuchamos palabras concretas en labios de Jesús en los signos que va realizando tenemos que saber estar atentos para leer el mensaje de Jesús.
Jesús llega a nuestra vida queriéndonos liberar de todo mal; es más, con la llegada de Jesús tenemos la certeza de que El nos está regalando su vida, su salvación. Ahí ante Jesús nos ponemos con el mal que llevamos en el corazón y sí vamos a reconocerle como nuestro Señor y nuestro Salvador. Vamos a intentar no resistirnos a su gracia, sino dejarnos conducir por su Palabra, por la fuerza del Espíritu Santo que nos libera de ataduras y esclavitudes, restaura nuestra vida de todo ese mal que hemos ido dejando meter en nosotros y que nos ha destrozado por dentro, vamos a sentirnos llenos de la nueva vida de su gracia y de su salvación.
Que el Señor nos desate de todas nuestras ataduras, nuestras rutinas, nuestros miedos y desconfianzas; que no nos retorzamos rehuyendo esa salvación que nos ofrece; que tengamos la seguridad de que estando El a nuestro lado nada hemos de temer; que nos gocemos de su presencia y de su gracia. Y que nosotros seamos signos de gracia y de salvación para cuantos están a nuestro lado.

sábado, 31 de enero de 2015

Acudimos con fe a Jesús para saber sentir que El está ahí a nuestro lado aunque no lo veamos

Acudimos con fe a Jesús para saber sentir que El está ahí a nuestro lado aunque no lo veamos

Hebreos, 11, 1-2.8-19; Sal.: Lc. 1, 69-75; Marcos, 4. 35-40
‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ Es la queja de Jesús ante la falta de confianza de los discípulos. Habían acudido gritando a Jesús: ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’
Iban atravesando el lago como tantas veces en las idas y venidas de Jesús de un lado para otro; o como tantas veces lo habían atravesado porque aquel había sido su lugar de trabajo hasta que Jesús les invitara a seguirle. Muchos vientos recios seguramente habían soportado también en otras ocasiones y como avezados pescadores sabrían soportar la tormenta. Pero ahora parece que no es igual, es más fuerte. ‘Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’. Jesús estaba allí. Pero ‘estaba a popa dormido sobre un almohadón’. Es cuanto lo despiertan suplicándole, como hemos escuchado.
Pero allí estaba Jesús, ¿por qué habían de temer? Allí estaba Jesús pero en silencio ante su situación, ‘dormido sobre un almohadón’. Se parece a situaciones por las que pasamos tantas veces en la vida. Tentaciones, problemas, luchas, contratiempos, dificultades, cosas en contra como vientos recios, como huracanes y parece que nos hundimos. También gritamos, aunque nos parece que el cielo no nos escucha, como decimos en muchas ocasiones. ¿Nos faltará confianza? ¿Nos faltará a nosotros también fe?
El Señor está ahí aunque no se haga notar. El Señor está ahí y El es de verdad nuestra fuerza y nuestra seguridad. También le gritamos al Señor, le suplicamos desde nuestras angustias, desde nuestras debilidades. Tenemos que suplicarle, sí, poner en El toda nuestra confianza. También tenemos que decirle ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Porque además no es solo la confianza que podamos tener en nosotros mismos, o en nuestro saber hacer las cosas o la fuerza de voluntad que nosotros pongamos. Todo eso, es cierto, tenemos que ponerlo, pero nuestra última confianza está en el Señor y a El acudimos.
Y acudimos con fe a Jesús; con fe para saber sentir que El está ahí a nuestro lado aunque no lo veamos; con fe para seguir los caminos del Señor que muchas veces pueden ser diferentes a nuestros caminos; con fe para saber esperar ese actuar del Señor en nuestra vida porque sus tiempos no son nuestros tiempos; con fe para descubrir de verdad cual es su voluntad, porque son sus caminos los que tenemos que buscar.
Que el Señor nos dé esa fe que necesitamos. Que el Señor venga en nuestra ayuda. Que el Señor nos dé la gracia de hacernos sentir su presencia. Que el Señor nos llene de su paz.


viernes, 30 de enero de 2015

Constancia y perseverancia en medio de las luchas y dificultades porque somos hombres de fe

Constancia y perseverancia en medio de las luchas y dificultades porque somos hombres de fe

Hebreos, 10, 32-39; Sal. 36; Mc. 4, 26-34
‘Os hace falta constancia para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la promesa… somos hombres de fe para salvar el alma’. Son las recomendaciones que hace el autor de la carta a los Hebreos a los cristianos de su tiempo. ¿Nos hará también a nosotros hoy? ¿No lo necesitaremos?
Recuerda los momentos difíciles del principio - ‘soportasteis múltiples combates y sufrimientos’, les dice - y les recuerda también aquellos otros momentos hermosos en que se sintieron solidarios con los que sufrían. ‘Compartisteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que teníais bienes mejores, y permanentes’.
Ahora es necesario mantenerse fuertes, porque la fortaleza la tenemos siempre en el Señor. al que trata de ser fiel no le faltarán dificultades, bien desde quienes están en contra que siempre tratarán de atraernos al mal, lo cual se convierte en un combate fuerte, bien desde nuestras propias debilidades donde sufrimos la tentación de múltiples maneras. Pero el Señor nos dice hoy ‘no renunciéis a vuestra valentía que tendrá una gran recompensa’.
Y es que en esos momentos difíciles tenemos que sacar a flote nuestra fe; no podemos dejar que se nos apague la fe; ‘somos hombres de fe para salvar el alma’, nos dice. Es la lucha de la vida de cada día; es la lucha y el trabajo que realizamos por el evangelio, por el Reino de Dios. Es nuestra tarea que no siempre es fácil y que se ve envuelta en muchas dificultades que nos ponen a prueba.
Muchas veces quizá no se ve el fruto de la tarea que realizamos; son momentos quizá de silencio o de oscuridad. La semilla para que pueda germinar ha de desaparecer, por así decirlo, porque ha de ser enterrada y allá en el silencio de la tierra, como nos dice la parábola del evangelio, aunque parezca que está perdida, sin embargo está realizando el proceso de la germinación para que surja esa nueva planta, esa nueva vida. Quizá haya muchos momentos en nuestra vida así, de silencio, de ocultamiento, de pasar incluso desapercibidos, pero tenemos la esperanza del fruto que un día el Señor hará surgir.
Es bueno recordar lo que hoy nos está diciendo la carta a los Hebreos y esas palabras con las que hemos comenzado esta breve reflexión. ‘Os hace falta constancia…’ Que no nos falte nunca esa constancia manteniéndonos firmes en nuestra fe, porque nuestro apoyo lo tenemos en el Señor.
Como rezábamos hoy con el salmista ‘el Señor es quien salva a los justos, él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva, porque se acogen a El’.
‘Un poquito de tiempo todavía y el que viene llegará sin retraso; y mi justo vivirá de la fe…’ Palabras de consuelo y de esperanza; palabras que nos fortalecen en nuestro espíritu.


jueves, 29 de enero de 2015

Acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado e inundados de amor

Acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado e inundados de amor

Hebreos, 10, 19-25; Sal. 23; Marcos, 4, 21-25
¿Cómo podemos acercarnos a Dios? ¿Es que nosotros, pequeñas criaturas suyas, podemos atrevernos a acercarnos a su inmensidad y a su grandeza? ¿No será algo que nos supere y que entonces no podamos hacer?
En el Antiguo Testamento, en la Antigua Alianza, el templo era un signo de esa presencia de Dios; era el lugar santo, consagrado al Señor dedicado todo él al culto sagrado, al culto a Dios. Allí se ofrecían los sacrificios con los que el hombre trataba de agradar a Dios, era el lugar para la oración, para el cántico de los salmos y la escucha de la Ley y los Profetas, palabra que Dios había dirigido al hombre.
Pero dentro de la grandiosidad del templo de Jerusalén, aquel templo que David había querido construir, pero que había edificado y consagrado su hijo Salomón, había un lugar de especial presencia de Dios. Además del altar de los sacrificios había un lugar santo especialmente señalado para expresar esa presencia de Dios. Era el centro del templo; dividido en dos estancias estaba primero el lugar llamado ‘el santo’ donde era ofrecido el incienso cada día por el sacerdote de turno, junto a la mesa de los panes de las ofrendas; separado por una cortina que no se podía atravesar estaba el lugar santísimo, donde al principio se guardaba el arca de la Alianza, y al que solo entraba el Sumo Sacerdote una vez al año en el día de la expiación. Nadie podía traspasar aquella cortina sino el Sumo Sacerdote.
Envuelto en nubes de incienso estaba aquel lugar que representaba para los judíos el lugar más santo de la presencia de la divinidad, a la manera como mientras caminaban por el desierto Moisés había levantado la Tienda del Encuentro que se veía envuelta por una nube cuando Dios se hacía presente en medio de su pueblo. Solo Moisés podía acercarse a la Tienda del Encuentro para hablar cara a cara con Dios, mientras guiaba a su pueblo hacia la tierra prometida.
Todo eso venía a significar la grandeza de la gloria de Dios que lo envolvía todo y expresa en todos sus atributos la inmensidad de Dios en todas sus perfecciones y en toda su santidad. El hombre no era digno de poder acercarse a su Dios. Los sacerdotes como mediadores y pontífices - que hacen de puente - se podían acercar para la ofrenda de los sacrificios y de los holocaustos.
Pero el velo del templo se rasgó arriba abajo con la muerte de Jesús, como se señala como un signo en uno de los evangelios. Y es que Dios había querido acercarse al hombre para ser Emmanuel, Dios con nosotros. Como nos dice hoy la carta de los Hebreos ‘teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús; contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne… acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado…’
Cristo nos ha abierto las puertas para poder acercarnos a Dios, porque es El mismo quien se ha acercado a nosotros haciéndose Dios con nosotros cuando tomó nuestra carne, pero cuando se ofreció a si mismo como sacrificio de expiación por nuestros pecados. Es el Sumo Sacerdote que ha ofrecido de una vez para siempre el sacrificio que nos redime, que nos salva y que nos santifica. El no solo ha hecho una ofrenda de si mismo al Padre al derramar su Sangre para remisión de nuestros pecados, sino que a nosotros también nos quiere hacer una ofrenda, nos quiere hacer llegar el regalo de su perdón y de su amor.
¿Cómo podemos acercarnos a Dios? Ahora sí podemos acercarnos a Dios desde la humildad, es cierto, pero también con todo nuestro amor porque nos sentimos amados y salvados, llenos de su gracia e inundados de su Espíritu. Aunque no somos dignos El nos ha engrandecido porque nos ha llenado con su gracia.
Con cuánto amor podemos y tenemos que acercarnos a Dios. Ya no vamos desde el temor, sino desde el amor, porque nos sentimos amados y nosotros queremos amar también; quienes se aman permanecen unidos, así nosotros queremos permanecer en el amor del Señor que quiere incluso venir a poner su morada en nuestro corazón. Qué gozo más grande tenemos que sentir en nosotros.

miércoles, 28 de enero de 2015

Hagamos el esfuerzo de ponernos con toda sinceridad ante Jesús y escuchar como si fuera la primera vez esta parábola

Hagamos el esfuerzo de ponernos con toda sinceridad ante Jesús y escuchar como si fuera la primera vez esta parábola

Hebreos 10,11-18; Sal 109,1.2.3.4; Marcos 4,1-20
‘Jesús se puso a enseñar junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca… les enseñó mucho rato en parábolas’. Así nos dice hoy el evangelista. Mucha gente venía a ver a Jesús, a escucharle. Y Jesús les enseña en parábolas. Imágenes o comparaciones con las que se ayuda Jesús para que comprendan lo que es el Reino de Dios; imágenes y comparaciones para hacer reflexionar.
Mucha gente venia a Jesús. Como nos hemos preguntado muchas veces, ¿a qué venían? ¿Qué buscaban? ¿Qué es lo que traían dentro de sí cuando llegaban hasta Jesús y Jesús les enseñaba? ¿Cómo venimos nosotros hasta Jesús? ¿Qué traemos también en nuestro interior?
Con la parábola que Jesús les propone del sembrador que sale a sembrar su semilla, pero semilla que cae en diversas tierras y serán distintos, entonces, también los frutos Jesús quiere hacernos pensar en cómo escuchamos a Jesús. Porque podemos venir y no escuchar. O escuchamos lo que nos interesa. Habrá cosas que nos llamen la atención y cosas a las que no hacemos caso. De una forma o de otra nos pasa muchas veces.
Entre aquellas gentes muchos podrían venir por curiosidad, porque habían oído hablar de aquel nuevo predicador, de aquel nuevo profeta que había surgido; o vendrían algunos desde sus intereses, porque le traían a sus enfermos para que los curasen o ellos mismos venían con sus dolores y enfermedades esperando el milagro por parte de Jesús. Muchos quizá venían y querían prestar atención a sus palabras, porque quizá despertasen alguna sorpresa en su interior, pero quizá en su interior pesaba mucho lo que era su vida de siempre, sus costumbres y rutinas y emprender  un cambio y una transformación era algo que exigía más. A muchos quizá no les convencía demasiado aquello nuevo que enseñaba Jesús, aquellas actitudes nuevas que había que tener, y se quedaban en la distancia a ver por donde terminaba todo. En muchos sí que se despertaba la esperanza de algo nuevo que estaban esperando y deseando y entonces trataban de llevarlo a su vida porque sentían que algo nuevo estaba comenzando.
Son los diferentes tipos de tierras preparadas o no de las que habla Jesús; la tierra dura y pisoteada del camino donde no podría penetrar la semilla que o se llevaba el viento o se la comían los pájaros; sería la tierra llena de malezas, de abrojos o de piedras donde era difícil echar raíz o si nacía la nueva plata pronto iba a ser como engullida por las malas hierbas, o podría ser la tierra buena, dispuesta, labrada, abonada para que la semilla pudiera germinar y dar fruto.
Pero no miramos solo aquellas gentes que aquel día en la orilla del lago de Tiberíades escuchaban a Jesús. Pensamos en nosotros, los que tantas veces hemos escuchado esta parábola y quizá nos hemos hecho buenos propósitos, que pronto quizá hemos olvidado; nosotros que cuando empezamos a escucharla ya decimos que nos la sabemos pero de ahí no pasamos; a nosotros que quizá nos sentimos interpelados pero nos cuesta arrancarnos de esas malas hierbas que hemos dejado brotar en nuestra vida y al final seguiremos como estábamos; a nosotros, a mi mismo, que cuando escucho la parábola antes que pensar en mi mismo tengo la tentación de pensar en los demás a ver como la explico o qué consecuencias puedo sacar para los demás, pero poco pienso en mi mismo.
¿Por qué no hacemos el esfuerzo de ponernos con toda sinceridad ante Jesús y escuchar como si fuera la primera vez esta parábola para plantar la semilla de esta Palabra en nuestra propia vida?

martes, 27 de enero de 2015

Hagamos de nuestra vida una ofrenda de amor unidos a Jesús y así quedaremos en verdad santificados

Hagamos de nuestra vida una ofrenda de amor unidos a Jesús y así quedaremos en verdad santificados

Hebreos 10,1-10; Sal 39,2.4ab.7-8a.10.11; Marcos 3,31-35
‘Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación de cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre’. No son los sacrificios de cosas materiales o terrenas los que nos santifican. La salvación la tenemos en Cristo Jesús. El se entregó por nosotros, ofreció su vida, derramó su Sangre, hizo la oblación de amor de su vida entregada en todo a hacer la voluntad del Padre; en El encontramos la redención, la salvación, la santificación.
El autor sagrado de la carta a los Hebreos nos hace, por así decirlo, una comparación entre los sacrificios y holocaustos de la antigua ley, de la Antigua Alianza, y la ofrenda de la Nueva Alianza que es la Sangre de Cristo. Con aquellos sacrificios ofrecíamos los hombres una ofrenda de nuestras cosas, pero Cristo viene a enseñarnos que la verdadera ofrenda es la que hacemos de nuestra voluntad, de nuestra vida. Nos puede ser fácil ofrecer cosas, porque a la larga nos desprendemos de eso, de cosas que por muy valiosas que sean para nosotros son siempre ajenas a nosotros; lo que en verdad cuesta es ofrecer nuestra voluntad, nuestro yo, hacer ofrenda de nuestra vida.
‘Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quiere sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Como diría Jesús en Getsemaní ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’. Como nos diría en otro lugar, su alimento era hacer la voluntad del Padre.
Eso no es fácil; el hombre quiere su autonomía, hacer su voluntad, que nadie que tenga que decir lo que tengo que hacer. Llegar a hacer esa ofrenda de mi voluntad, no es fácil; ponerme en la manos de Dios, hacer lo que el Señor quiere y no simplemente mis deseos es costoso; decirlo es fácil, nos podemos hacer bonitas reflexiones y hermosos propósitos, pero que luego eso se haga vida, realidad en mi vida, negándome a mi yo, a mi deseo, es más costoso, es verdadera ofrenda. Es lo que viene a enseñarnos Jesús. Es lo que podremos hacer si nos dejamos conducir por la fuerza de su Espíritu. ‘En  tus manos, Padre, pongo mi espíritu’, en tus manos pongo mi vida, diría Jesús en la Cruz.
Y los que queremos hacer por encima de todo la voluntad del Padre cumpliendo los mandamientos del Señor  somos en verdad la familia de Jesús. Es lo que hemos escuchado en el Evangelio hoy. Vienen a decirle que allí están su madre y sus hermanos. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús. ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Danos, Señor, la fuerza de tu Espíritu para que sepamos aceptar siempre lo que es la voluntad del Padre; quiero hacer de mi vida una ofrenda de amor. Nos unimos a Jesús, nos unimos a su ofrenda de amor y así quedaremos en verdad santificados.

lunes, 26 de enero de 2015

Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida

Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida

2Timoteo 1, 1-8; Sal 109,1.2.3.4; Marcos 3,22-30
‘Te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio…’ Es la recomendación que le hace Pablo a su discípulo Timoteo.
Aunque estas palabras de san Pablo hacen claramente alusión a la imposición de las manos por lo que le confirió a Timoteo a quien hoy estamos celebrando el ministerio de presbítero y pastor de aquella comunidad de Éfeso que le había confiado, sin embargo como cristianos podemos ver también para cada uno de nosotros una alusión a nuestra consagración bautismal. También se nos impusieron las manos en el sacramento de la Confirmación para concedernos el don del Espíritu que consagraba nuestra vida para ser testigos y apóstoles.
Es algo que no podemos olvidar fácilmente. Es más, hemos de saber reavivar ese don del Espíritu Santo en nuestra vida, que nos recuerde y nos impulse a ese testimonio cristiano que estamos llamados a dar. Hay una tentación fácil que podemos sufrir y es el enfriarnos. Ya el Espíritu del Señor nos invita en el Apocalipsis a reavivar aquel amor primero. Ese amor y ese entusiasmo que muchas veces con el paso del tiempo se nos puede enfriar; caemos en la rutina, nos vamos acostumbrando a las cosas, se nos enfría la intensidad de nuestra fe. No lo podemos permitir.
En ese ritmo trepidante de la vida que vivimos nos preocupamos más de lo inmediato, de eso que creemos que tenemos que hacer en este momento y entramos en ese ritmo frenético de la vida y nos llegan los agobios y, es cierto, motivados también por la responsabilidad de lo que tenemos que hacer vamos queriendo resolver las cosas que en cada momento se nos van presentando. Pero es necesario detenerse un poco, para reflexionar, para revisar, para ver cuales eran aquellas motivaciones primeras que teníamos en nuestra vida, y entonces buscar lo que es lo más importante.
Y esto nos sucede en la materialidad de todas las cosas que hacemos, pero nos sucede en nuestra vida espiritual que puede ir entrando en una rutina y puede enfriarse, y podemos olvidar lo que en el fondo tiene que ser el sentido ultimo de todo lo que hacemos. Por eso hemos de saber caldear nuestra fe; tenemos que saber encontrar esos momentos para la reflexión, para la oración, para ese encuentro tranquilo y en paz con el Señor en tú a tú de una oración intensa donde en verdad nos encontremos con Dios y nos llenemos de Dios.
Sí, es lo que tenemos que hacer: Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida


domingo, 25 de enero de 2015

Para aceptar la buena noticia de Jesús hay que cambiar la óptica con la mirada de Dios

Para aceptar la buena noticia de Jesús hay que cambiar la óptica con la mirada de Dios

Jonás 3, 1-5. 10; Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9; 1Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20
‘Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertios y creed en el Evangelio’. Jesús iba anunciando una Buena Noticia. Ya llegó el momento; lo que hemos esperado desde los inicios del mundo ya está aquí. Esperaban al Mesías Salvador; los profetas habían ido alentando esa esperanza durante siglos. Ahora llega Jesús y les dice que ya es el momento. Era una buena noticia lo que estaban escuchando y por lo que tenían que llenarse de alegría.
Pero había que creer en esa Buena Noticia. Había que prepararse para recibirla y aceptarla. Ya el Bautista lo había anunciado como inminente e invitaba a prepararse. Habían ido realizando signos de purificación y de penitencia con el bautismo que Juan realizaba allá en el desierto junto al Jordán. Y la tarea del Bautista había acabado porque incluso lo habían arrestado. Todas las señales se iban cumpliendo. Y Jesús comienza a recorrer los caminos y los pueblos y aldeas de Galilea anunciando esa buena noticia: la llegada del Reino de Dios.
Sin embargo era necesario algo para poder creer en esa buena noticia, ese evangelio que es lo que significa. Había que cambiar la forma de mirar las cosas. Por muchos motivos. Primero porque por muy creyentes que fueran no siempre Dios había estado en el centro de sus vidas. Cuántas veces se habían visto tentados por otras cosas de manera que Dios no era el centro de sus vidas. Como nos sucede a nosotros; sí, tenemos que reconocerlo así porque es tentación de los hombres de todos los tiempos.
Confiamos más en nosotros, en nuestras fuerzas o en nuestros saberes que aunque decimos que ponemos toda nuestra fe en El sin embargo no siempre es así. Pensemos, por ejemplo, ¿cuáles son nuestros sueños de felicidad?  ¿qué es lo que aspiramos tener tantas veces para decir que así seríamos felices? Podemos pensar en el dinero o las riquezas, podemos pensar en el poder o en las influencias, podemos pensar en tantas vanidades de las que rodeamos y llenamos nuestra vida.
Pero creer y aceptar el Reino de Dios que llega a nuestras vidas significará que Dios es nuestro único Rey, nuestro único Señor. El tendrá que ser en verdad el centro de nuestra vida. Y en consecuencia todo lo que queremos hacer o queremos vivir tendrá que pasar, por así decirlo, por la óptica de Dios; mirar las cosas, la vida, lo que somos o lo que tenemos desde la mirada de Dios. Es necesario, entonces como decíamos, cambiar nuestra forma de mirar. Es lo que expresamos con la palabra conversión.
Conversión no es simplemente hacer penitencia porque sabemos que somos pecadores. Podemos hacer penitencia, muchos sacrificios pero tenemos el peligro de convertirlo en un rito y luego seguir pensando o viendo las cosas de la misma manera. Conversión es dar la vuelta, mirar las cosas desde otra óptica, desde otra perspectiva, como cuando cogemos una cosa en nuestras manos la estamos mirando por un lado, pero le damos la vuelta y vemos que por el otro lado es distinta.
Por otra parte, se habían hecho una idea muy concreta de lo que iba a ser el Mesías que iba a venir porque lo veían como un caudillo guerrero que les iba a liberar de la opresión de los pueblos vecinos, en este caso los romanos, a los que estaban sometidos. Y esa forma ver las cosas tenía que cambiar. Les iba a costar, bien lo vemos a lo largo de la vida de Jesús con las aspiraciones incluso de aquellos que estaban más cercanos a El que aspiraban a primeros puestos y quienes iban a ostentar el poder después de Jesús.
Aceptar esa buena noticia que Jesús anunciaba les iba a costar, muchas cosas tendrían que cambiar en su mente y en su corazón, de manera distinta habían de ver lo que era la función salvadora de Jesús, del Mesías; por eso, incluso, Jesús casi no quiere que se emplee esa palabra; cuando lo llegan a descubrir les prohíbe hablar de eso para que no hubiera malas interpretaciones. Ya vemos cómo querían hacerlo rey cuando les multiplicó los panes milagrosamente allá en el descampado.
Y cuidado que esa puede ser una visión que nosotros tenemos también que cambiar, algo de lo que convertirnos; en la mirada que hacemos de la Iglesia; en las interpretaciones que hacemos de lo sagrado y de lo religioso; en la lectura que hagamos incluso de los acontecimientos y de la misma Biblia. Muchos ejemplos podríamos poner. Es la visión de un guerrero que se da de Moisés, por ejemplo, en una reciente película sobre el Éxodo. Es la visión que tiene el mundo de lo sagrado, de lo religioso y hasta del sentido cristiano.
Es lo que nos está pidiendo hoy la Palabra de Dios; no nos podemos quedar en comentar lo que Jesús le pedía a las gentes de su tiempo; tenemos que escuchar que es lo que nos dice hoy a nosotros; para aceptar la buena noticia de Jesús hay que cambiar la óptica con la mirada de Dios. ¿Seremos capaces? ¿Tendremos la humildad de las gentes de Nínive de convertir de verdad nuestro corazón al Señor para que sea en verdad el centro de nuestra vida? Vemos ya en el relato del evangelio a unos primeros discípulos que le dicen sí a Jesús, aquellos pescadores a los que llama a seguirle. ¡Qué generosidad y que disponibilidad!
Acojamos de verdad esa Buena Noticia. Jesús llega a nuestra vida concreta con su salvación. Necesitamos acoger con esperanza, una esperanza que pone alegría en el corazón, esa buena noticia de Jesús.