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martes, 1 de septiembre de 2020

Poniéndonos en camino de sinceridad dejémonos sorprender por Jesús y la profunda liberación que quiere realizar en nuestra vida

 


Poniéndonos en camino de sinceridad dejémonos sorprender por Jesús y la profunda liberación que quiere realizar en nuestra vida

1Corintios 2, 10b-16; Sal 144; Lucas 4, 31-37

En la sinagoga de Nazaret había proclamado: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor’. Y al terminar de proclamar el texto de Isaías todo su comentario había sido: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

No lo entendieron en Nazaret porque otros habían sido los filtros que habían puesto en los ojos de su corazón y por eso al final hasta pretenden despeñarlo por un barranco en las afueras del pueblo. Ahora ha llegado a Cafarnaún y aquellas sus palabras finales se están dando cumplimiento en lo que sucede en la sinagoga de Cafarnaún. No era solo un anuncio sino que el signo de la liberación allí se estaba realizando en aquel hombre al que ha curado. La sorpresa y admiración que se produce se transforma en fe. Los interrogantes que se suscitan en el corazón de aquellas personas desembocan en la fe.

‘Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: ¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen’. Fue la reacción de la gente ante lo sucedido en la sinagoga. Aunque parecía que había resistencia a la presencia y a la acción de Jesús aquel hombre fue liberado de su mal con la palabra de Jesús. Sí, es el cumplimiento de lo anunciado en la sinagoga de Nazaret. Allí se estaba cumpliendo la Escritura. Y la fama de Jesús se iba extendiendo por todas partes comentará el evangelista.

También en nosotros ha de provocar la fe, hacernos crecer en nuestra fe descubriendo la verdadera liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. En este caso es un hombre poseído por un espíritu maligno, en otras ocasiones aparecerán las limitaciones que la enfermedad produce en la gente; paralíticos, ciegos, sordomudos, leprosos acudían a Jesús, pero no siempre era la enfermedad física la que creaba esas limitaciones en las personas.

Bien sabemos cuantas cosas nos paralizan cuando nos dejamos arrastrar por la insolidaridad y por el egoísmo, cuántas cegueras porque no queremos ver, porque nos molesta la luz de la verdad, y así podíamos pensar en tantas cosas. Cada uno, aunque muchas veces nos cueste reconocerlo, sabemos de nuestros apegos, de las cosas que nos cierran la mente y el corazón. Muchas veces también como aquel hombre de la sinagoga ponemos nuestras resistencias, cerramos nuestros oídos para no escuchar, nos vamos en huida de allí donde nos pueden hacer ver la verdad y la luz, o queremos vivir despreocupados como aquellas mujeres de la parábola que no fueron precavidas para tener suficiente aceite para mantener la luz encendida.

Pero hemos de dejar que Jesús llegue a nosotros, nos tienda la mano,  nos dirija su palabra de vida, nos levante de nuestras camillas donde al final muchas veces hasta nos sentimos cómodos. Dejémonos sorprender por Jesús y la liberación que nos ofrece; sintamos cual es la verdadera salvación que El quiere para nosotros. No nos vale una confesión rutinaria como tantas veces hacemos limitándonos a repetir siempre lo mismo, sino que con sinceridad seamos capaces de ver lo que dentro de nosotros nos está haciendo tanto daño y de lo que Jesús quiere liberarnos. Nos cuesta pero necesitamos esa sinceridad en nuestra vida para que haya un verdadero encuentro salvador con el Señor.

 

 

lunes, 31 de agosto de 2020

Aprendamos a rastrear las huellas que Dios va dejando a su paso a nuestro lado para que así nos podamos enriquecer con los dones de Dios

 


Aprendamos a rastrear las huellas que Dios va dejando a su paso a nuestro lado para que así nos podamos enriquecer con los dones de Dios

1Corintios 2, 1-5; Sal 118; Lucas 4, 16-30

Rastrear las huellas del paso de algo o de alguien a nuestro lado en la vida a los humanos algunas veces nos resulta tarea no fácil. Sin embargo observamos a nuestros animalitos de compañía o mascotas cómo olfatean por donde quiera que van buscando el rastro de otros animales que puedan ocupar su territorio, o como con su olfato son capaces ponerse ojo avizor ante cualquiera que pueda acercarse que no es de su agrado. Recuerdo también cuando era más joven utilizar dinámicas de rastreo para seguir con los adolescentes con los que trabajábamos una ruta determinada pero a través de una serie de huellas y mensajes ocultos para llegar a una meta, o como se trataba de aprender a distinguir en dinámicas realizadas en el campo o la montaña la huella de las pisadas que dejaba un animal diferenciando unos de otros.

¿A qué viene toda esta introducción? Es que los hombres tendríamos que aprender a descubrir y saber interpretar las huellas del paso de Dios que El nos va dejando en los caminos de la vida para que así aprendamos a encontrarnos con El. ¿Serán huellas imperceptibles y por eso nos es tan difícil reconocerlas? Lo que nos sucede es que quizá hemos perdido la sensibilidad para descubrir esa sintonía de Dios, que no es solo música sino que en los hechos que acontecen en nuestro entorno o en las personas con las que nos relacionamos o con las que nos vamos cruzando en la vida hemos de aprender a descubrir esas señales de Dios, esas huellas del actuar de Dios en nosotros y para nosotros.

y digo es necesario saber discernir esa sintonía, porque no es a lo que a nosotros nos parece, no es simplemente lo que nosotros deseamos o cómo nos lo imaginamos, sino que es la forma en que El se nos quiere manifestar que siempre será de mayor riqueza que todo lo que nosotros podamos imaginar. Buscamos, pero a nuestra manera; deseamos pero que sea a nuestro gusto; queremos encontrar a Dios pero lo queremos hacer a nuestra imagen y semejanza, como nosotros nos lo imaginamos, y Dios nos supera en todas esas cosas, pero lo hace de una forma maravillosa, pero mucho más sencilla de todas las complicaciones que nosotros muchas veces nos armamos en nuestra cabeza para conocer a Dios. Los filtros humanos que nosotros utilizamos no nos valen para descubrir a Dios, porque en nuestra imperfección podrían incluso desenfocar la imagen.

Es lo que les sucedió a las gentes de Nazaret. Allí estaba Dios en medio de ellos, pero no supieron sintonizar con esos pasos de Dios. Al principio se habían sorprendido y hasta llenado de orgullo patrio con las palabras de Jesús aquel sábado en la sinagoga, pero pronto comenzaron a poner sus filtros. Era el hijo del José el carpintero; si se había criado en el pueblo ¿de donde le venía toda aquella sabiduría?; sin tan poderoso era como decían que se manifestaba en Cafarnaún y otras aldeas de Galilea, ¿dónde estaban sus milagros que allí no realizaba ninguno? Y así fueron poniendo sus pegas, iban poniendo sus filtros para escuchar a Jesús y no llegaron a descubrir que allí estaba el paso de Dios en medio de ellos. Al final terminaron echándolo y pretendían arrojarlo por un precipicio.

Era lo que decía que nosotros necesitamos aprender a entrar en esa sintonía de Dios pero tal como Dios quiere manifestársenos y dejarnos sus señales. Tenemos que aprender a descubrir esas huellas de Dios que se nos manifiesta y que nos llama de tantas maneras. Pero no pongamos filtros, no pongamos condiciones, dejémonos sorprender por Dios, abramos los ojos de la fe y podremos ir viendo esa presencia de Dios hasta en esas cosas que algunas veces nos pueden resultar desagradables o dolorosas.

Pasan tantas personas a nuestro lado que nos tendrían que hacer percibir esa huella de Dios, ese olor de Dios, pero no sabemos olfatear, porque buscamos otros perfumes, pero no buscamos el perfume de Dios. Olfateemos y sepamos percibir lo que son los perfumes del amor, de la entrega, de la generosidad, de la solidaridad que podemos descubrir en tantos; sepamos percibir esos perfumes que nos hablan de la sinceridad de la vida de las personas, de la autenticidad que podemos descubrir en tantos, sepamos captar la verdad de cada persona y la fuerza con que luchan por hacer un mundo mejor, e iremos entonces descubriendo huellas de Dios.

Y es que el Espíritu del Señor se manifiesta de muchas maneras en cuanto sucede en nuestro entorno, en cuanto viven las personas que están a nuestro lado y será entonces cuando descubramos de verdad esas huellas de Dios. Y claro, pensemos también que nosotros podemos convertirnos en huellas de Dios para los que vienen a nuestro encuentro; que no los defraudemos, que pueda aspirar el buen olor de Cristo también en nuestras vidas.

domingo, 30 de agosto de 2020

Hemos de ponernos en camino de subida con Jesús a Jerusalén alejándonos de los criterios humanos y dejándonos iluminar por los valores del evangelio

 


Hemos de ponernos en camino de subida con Jesús a Jerusalén alejándonos de los criterios humanos y dejándonos iluminar por los valores del evangelio

Jeremías 20, 7-9; Sal 62; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27

Ya quisiéramos nosotros que la vida transcurriera sin sobresaltos, vivida con toda serenidad, todo fluyera como una balsa de aceite. Queremos paz, queremos ser felices, queremos que todo marche bien. Pero cuando todo va marchando como sobre ruedas bien lubrificadas para seguir con la imagen del aceite, pero alguien nos recuerda que no siempre todo va a ser así, que tenemos que prepararnos porque pueden venir tiempos difíciles, no nos lo creemos, lo llamamos pájaro de mal agüero, y queremos quitarnos esos pensamientos de la cabeza. Pero siempre sinceros nos damos cuenta que la vida no está exenta de luchas y violencias, de contratiempos y de momentos en que todo se nos puede poner en contra.

Nos sucede en lo que es la vida de cada día con sus luchas y tormentas, aunque tengamos también muchos momentos de paz y de concordia, que todo hay que reconocerlo, pero nos sucede en nuestra vida espiritual, en nuestros buenos deseos de vivir una buena vida cristiana, y ya desearíamos tiempos como de cristiandad donde parecía que todo le marchaba bien a la Iglesia como si fuera de triunfo en triunfo. Algunas veces los mayores nos ponemos a añorar otros tiempos que nos parecía que las cosas eran más fáciles y en que creíamos que todos teníamos una fe igual, pero quizás subterráneamente las cosas no estaban marchando con esa imagen idílica que nos habíamos creado en nuestros sueños.

Y esto nos sucede, por ejemplo en este ámbito de la religión y de la Iglesia, porque quizá no hemos terminado de saber leer bien el evangelio teniendo muy presente todo lo que Jesús allí nos enseña. Hoy lo vemos en concreto en el texto que se nos ofrece en este domingo.

Parecía que todo era muy bonito; venían de allá casi a las afueras de palestina por el norte donde habían terminado por hacer una hermosa profesión de fe en Jesús. Quizá atravesando aquellas poblaciones de Galilea se encontraban con facilidad que la gente salía al paso de Jesús, quería seguirle y se reunían numerosos para escucharle. Parecían momentos de triunfo, aunque no están ocultos aquellos que comenzaban ya a tramar contra Jesús. Por eso Jesús comienza a hacerles los anuncios que les hace.

Van a subir a Jerusalén por la fiesta de la pascua y allí sabe Jesús que hay muchos de los principales del pueblo, fariseos, saduceos, maestros de la ley, sacerdotes y servidores del templo a los que no les gustan las palabras y los signos de Jesús. Jesús es fiel a su misión de anuncio del Reino de Dios y se sabe enviado del Padre con esa misión, pero van a atentar contra El. Es lo que les anuncia a los discípulos, la subida a Jerusalén no va a tener momentos fáciles sino todo lo contrario, porque terminarán entregándolo a manos de los gentiles para quitarlo de en medio, como lo están deseando. Pero los discípulos no entienden estas palabras de Jesús.

Como vemos Pedro se llevará aparte a Jesús para quitarle esas ideas de la cabeza, pero Jesús lo apartará poco menos que violentamente diciéndole que él no piensa como Dios sino como los hombres, que se quite de su vista porque está siendo una tentación para El que tanto le está costando también esa subida a Jerusalén. Tiene que descubrir cual es de verdad la visión de Dios, del Padre en quien Jesús se confía plenamente y para entender estas palabras de Jesús nuestra visión tiene que ser totalmente distinta.

Será difícil porque seguir a Jesús tiene sus exigencias. No es que Jesús quiera ponernos el camino duro, sino que tenemos que estar fortalecidos de verdad para esa dureza del camino que nos vamos a encontrar. Por eso hemos de tener fortaleza en nosotros mismos porque tenemos que saber negarnos, porque tenemos que saber asumir la cruz que tengamos que llevar, porque cuando nos entregamos en ese camino de Jesús que es camino de entrega y de amor, eso nos llevará a momentos dolorosos de saber negarnos a nosotros mismos porque lo que importa es esa entrega que estamos haciendo, ese bien que queremos para los demás y que queremos para nuestro mundo. Quizá tengamos que sacrificarnos en cosas que para nosotros parecerían buenas, pero lo hacemos con gusto porque amamos, como se sacrifica la madre por su hijo porque lo ama, se entrega el enamorado por su amada porque es el amor de su vida.

Pero pesa mucho en nosotros esa visión tan terrena de las cosas y de la vida. Tú piensas como los hombres, que le dice Jesús a Pedro. Seguimos muchas veces pensando con los criterios del mundo, y entonces tratamos de acomodarnos, de suavizar las cosas, de evitar lo que nos pudiera resultar duro, y así tenemos un amor descafeinado porque llegamos solamente hasta donde no tengamos que sacrificarnos mucho, hasta donde no perdamos nuestros poderes, hasta donde no tengamos que arrancarnos de nuestros apegos, hasta donde no tengamos que vaciarnos de nosotros mismos inclusive de aquellas cosas que poseemos. Cuando nos cuesta cambiar ese chip de nuestra mente, de nuestro corazón para tener el pensamiento y la mirada de Dios.

Y tenemos que reconocer que eso nos pasa en nuestro nivel personal, pero eso nos puede estar pasando como comunidad cristiana, nos puede estar pasando también en el ámbito de nuestra Iglesia. Siempre tenemos que estar en estado de conversión para que podamos ser en verdad esa iglesia verdaderamente misionera que vive y anuncia toda la radicalidad del evangelio de Jesús.

sábado, 29 de agosto de 2020

Un testimonio de fidelidad que hace resplandecer la verdad, el bien, la justicia, la solidaridad, el amor

 


Un testimonio de fidelidad que hace resplandecer la verdad, el bien, la justicia, la solidaridad, el amor

1Corintios 1, 26-31; Sal 32; Marcos 6, 17-29

No podemos confundir la fidelidad con la cabezonería nacida del orgullo o del amor propio pero que no sabe descubrir la rectitud de lo que hacemos. Hoy lo vemos claramente contrapuestos en los dos personajes del evangelio, Juan el Bautista, y el rey Herodes.

Brilla la fidelidad del Bautista en el anuncio profético que con su palabra y con su vida cuando anuncia la llegada del Mesías e invita a las gentes a preparar los caminos del Señor va señalando a cada uno cuales son los caminos que ha de enderezar señalando como siempre habrá que obrar en rectitud y justicia anteponiendo por encima de todo el amor. Su palabra es clara, sus gestos son proféticos, la denuncia del mal y de la injusticia están bien presentes en su palabra profética y el testimonio de fidelidad a esa Palabra de Dios que quiere trasmitir hasta el final. Todo quedará rubricado con su sangre al ser decapitado en su martirio, pues es testigo de la verdad y de la justicia hasta derramar su sangre por ello.

Enfrente, Herodes con su vida disoluta y llena de vicios. Aunque siente en su corazón la verdad de la palabra del Bautista y hasta se dice que le agradaba escucharle, el vicio y la pasión lo ciegan para hacerse sordo ante el profeta e instigado por quien es causa también de su ciega pasión tener encerrado en la mazmorra al Bautista porque no le agradaba la denuncia que había de su mal en sus palabras proféticas.

Cuando nos cegamos y caemos en las redes de la pasión todo es una pendiente peligrosa en la que parece que no podemos parar y como en una terrible espiral crece y crece el mal en el corazón. Es lo que le sucedió en aquella fiesta en el que la lujuria de todo tipo se había adueñado de sus corazones y ante la sensualidad del baile de la hija de Herodías promete y promete regalar hasta la mitad de su reino si así se lo piden. Aquella palabra y promesa insensata de la que no sabe volverse atrás aunque comprenda la maldad y crueldad de lo que le piden, por aquello de la fidelidad a una palabra dada y por miedo a perder el prestigio ante sus invitados, llevará a la muerte del bautista.

Ya decíamos que no podemos confundir la auténtica fidelidad con la cabezonería del orgullo y la pasión cuando incluso está en juego la vida de una persona. No se puede llamar fidelidad ese permanecer en una palabra dada cuando eso conduce a obrar el mal y la injusticia. La pasión nos ciega tantas veces, la cobardía nos encierra en nosotros mismos y nos hace temerosos, los prestigios del mundo nos llenan de vanidades que al final son vacíos para el alma y todo terminará volviéndose oscuro en nuestro interior y en nuestra vida toda.

Creo que este testimonio que hoy nos ofrece la Palabra de Dios en el martirio del Bautista nos tiene que llevar a hondas reflexiones para nuestra vida. Queremos quedar bien, mantener nuestros prestigios, dar una apariencia de persona buena y complaciente, tratar de agradar a todos y a todos complacer, pero cuidado nos veamos envueltos en esas vanidades que terminarán llevándonos a la ruina. Son pendientes resbaladizas y peligrosas.

Nuestro testimonio verdadero tiene que ser el de una vida recta y honrada, que busca el bien y la justicia, que hace resplandecer la generosidad y la solidaridad en un amor auténtico y que no se deja cautivar por respetos humanos ni por la adulación, y que si mantenemos nuestra fidelidad hasta el final es porque sabemos muy bien de quien nos hemos fiado.

viernes, 28 de agosto de 2020

Cuidado estemos llegando tarde para iluminar la sala del banquete de la vida porque nos hemos dormido y encima no tengamos el aceite del evangelio

 


Cuidado estemos llegando tarde para iluminar la sala del banquete de la vida porque nos hemos dormido y encima no tengamos el aceite del evangelio

1Corintios 1, 17-25; Sal 32; Mateo 25, 1-13

Señales de responsabilidad y de madurez humana que hemos de ir dando en la vida es tomarnos en serio lo que traemos entre manos, asumiendo con seriedad lo que son nuestras obligaciones y haciendo las previsiones necesarias ante lo que puede suceder para estar siempre preparados y saber asumir en cada momento nuestra responsabilidad. No podemos hacer dejación de nuestra responsabilidad pensando que ya eso lo resolveremos cuando se presente y buscaremos remedio a última hora. Nuestra responsabilidad no nos permite actitudes y posturas así que parecen muy cómodas.

No es que vivamos con agobio y ansiedad angustiándonos ante el futuro que no conocemos, no es que vivamos obsesionados acumulando y acumulando cosas por si un día las podemos necesitar; son cosas que suceden y personas que viven así y entonces nunca tienen paz y sosiego, siempre andan preocupadas, viven en un agobio permanente que también se les hace difícil tolerar a los que están a su lado. Pero la responsabilidad, la previsión necesaria, la preparación es algo que tampoco podemos dejar de lado. Ahí está la sabiduría de vivir estas situaciones y siempre con paz en el espíritu.

Hoy nos habla Jesús en el evangelio de esa responsabilidad y de esa necesaria vigilancia. No nos podemos dejar dormir en la vida. Y no es solo aquello del refrán (al menos en mi tierra) de ‘camarón que se duerme se lo lleva la marea’. Es el saber asumir bien nuestras responsabilidades. Nos propone una parábola a partir de lo que eran las costumbres de la época para las bodas. El novio vendría que con sus amigos a buscar a la novia para casarse, pero las amigas de la novia en deferencia habían de salir al camino para esperar la llegada del novio. Habían de ir provistas de unas lámparas, que por una parte iban a iluminar el camino de la llegada del novio sobre todo si era en la noche por cualquier motivo, y que luego servirían para iluminar la sala del banquete y de la fiesta nupcial.

Diez fueron las jóvenes encargadas de esa misión. Pero el esposo tardó y hasta se durmieron en la espera. Cuando se escucha la voz de la llegada del novio se prestaron a aderezar sus lámparas, pero las lámparas se apagaban por falta de aceite. Y aquí viene la lección, algunas fueron previsoras y tenían suficiente aceite de repuesto, pero la mitad de ellas se vieron con las lámparas apagadas y sin aceite con que realimentarlas. No les quedaba otra que ir a buscar aceite, pero entre una cosa y otra el esposo llegó, y con las que estaban preparadas entraron a la sala del banquete cerrándose luego la puerta. Cuando llegaron las que fueron a reponer el aceite la puerta estaba cerrada y no se abrió para ellas.

Muchas veces hemos meditado este pasaje del evangelio. Muchas veces nos hemos preguntado por ese aceite y si en verdad nosotros tenemos el suficiente para que se mantenga encendida la lámpara en nuestras manos. Muchas veces hemos recordado nuestro bautismo y ese momento en que se puso también en nuestras manos una vela encendida en la luz de Cristo resucitado. Y nos hemos hecho muchas consideraciones. Seguro que cada uno mientras hemos ido escuchando este pasaje y meditando sobre él ya nos hemos estado preguntando sobre nuestra responsabilidad y vigilancia.

Pensemos si acaso los cristianos hemos dejado de reflejar la luz de Jesús para nuestro mundo; acaso hayamos enturbiado la luz y no brille con la misma fuerza y no ilumine con el mismo ardor esos caminos oscuros de nuestro mundo. Pensemos si acaso no nos habremos dormido pensando que la luz estaba segura, que ya estaba todo hecho, que por sí misma la Iglesia está haciendo resplandecer esa luz, pero esa luz la hemos enturbiado, el testimonio que estamos dando no es el verdadero, quizá nos hayamos contaminado con las luces de nuestro mundo, acaso podamos estar creando confusión porque ya no resplandece con el mismo ardor el evangelio de Jesús.

¿Estaremos llegando tarde porque nos hemos dormido? ¿estaremos nosotros mismos creando confusión porque habíamos abandonado la vigilancia y porque no nos hemos preparado debidamente llenando nuestros depósitos con el aceite del evangelio y ahora a última hora vamos a buscar lo que sea y donde sea, pero ya no es el evangelio de Jesús? ¿Nos habremos dormido tanto que ahora nos dejamos arrastrar por cualquier corriente olvidándonos del evangelio de Jesús? ¿Cuáles son las verdaderas prioridades en sintonía con el evangelio del Reino de Dios? Triste sería que ya nuestras luces no nos valgan para iluminar la sala del banquete de la vida porque incluso para nosotros se nos hayan cerrado las puertas.

jueves, 27 de agosto de 2020

Hay muchos signos de la presencia del Señor en cuanto nos sucede que nos invitan a la vigilancia y avivan la esperanza

 


Hay muchos signos de la presencia del Señor en cuanto nos sucede que nos invitan a la vigilancia y avivan la esperanza

1Corintios 1, 1-9; Sal 144; Mateo 24, 42-51

Vigilantes… porque esperan algo y se preparan para su llegada; es el familiar que se espera después de larga ausencia y estamos ansiosos de su encuentro; es el amigo que nos ha prometido una visita y nos preparamos para cómo mejor agasajarle. Vigilante el que por seguridad tiene que cuidar de un edificio, de una institución; vigilante el que cuida del orden público para evitar desórdenes y atropellos; pero vigilante está el padre o la madre en el cuidado de sus hijos a los que ve crecer y que no quiere que les pase nada malo, como vigilante está el médico o la enfermera ante el paciente que está hospitalizado esperando su curación pero poniendo todo de su parte para buscar los mejores remedios.

Podíamos seguir describiendo situaciones y tendríamos que decir que todos nos sentimos vigilantes de alguna manera, de nuestra propia vida, de nuestras posesiones o en la espera de un futuro mejor. Y nuestra vigilancia que se fundamenta en la esperanza sin embargo nunca puede ser algo pasivo, sino que nos exigirá atención como nos pedirá el esfuerzo de no caer en un sopor pasivo porque nos puede sorprender aquello que esperamos.

Y esa vigilancia no la reducimos a la atención a lo que nos viene de fuera sino que parte del interior de nosotros mismos y atentos estamos a lo que nos sucede de manera personal, pero a lo que nos va sorprendiendo también en nuestro interior para aprovechar lo buenos y las posibilidades que nos surgen, pero también para no perder el equilibrio y el dominio de nosotros mismos en las diversas situaciones con que nos vamos encontrando que algunas veces pueden ser incluso desagradables. Esa vigilancia es también ese deseo de superación interior que nos haga madurar de verdad para que nunca ni nuestras actitudes ni nuestras posturas o nuestros actos puedan dañarnos a nosotros mismos ni dañar a los demás.

De todo esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Y nos habla del dueño de casa que vigila cuidadosamente para que el ladrón no se introduzca en la casa y produzca estragos; y nos habla del criado fiel y vigilante que espera la llegada de su amo a la hora que sea para abrir la puerta pero para estar dispuesto para el servicio; y nos habla del que tiene especiales responsabilidades que no puede hacer dejación de su funciones ni aprovecharse de su autoridad para tratar mal a los demás. Habla Jesús de cosas muy concretas en el estilo de vida de entonces y era lo que sucedía en su entorno, pero que tiene rabiosa actualidad en lo que son nuestras responsabilidades hoy en la vida.

Pero Jesús quiere darle aun mayor trascendencia a sus palabras, porque habla de la venida del Señor, y en el fondo nos está hablando también de ese final de nuestra vida donde vamos a ir al encuentro con el Señor de manera ya definitiva, pero que nunca sabemos cuando será el momento. Son tantos los momentos en los que el Señor nos va saliendo al encuentro en la vida en las circunstancias, en los acontecimientos y en las mismas personas con las que nos vamos encontrando. Y es donde tienen que estar abiertos los ojos de la vigilancia, los ojos de la fe para descubrir al Señor que llega a nosotros, a nuestra vida y muchas veces somos tan cegatos que no somos capaces de descubrirlo.

Es también en esos momentos dolorosos, de dificultades y problemas, de contratiempos que podemos tener con los demás donde hemos de escuchar esa voz del Señor que nos habla y que nos llama. Todas aquellas esperas de las que hablábamos al principio como situaciones humanas en las que nos encontramos o podemos encontrar  pueden convertirse para nosotros en signos de esa presencia del Señor.

Es ahí donde tenemos también que hacer crecer nuestra fe para derrumbarnos en las dificultades, aunque muchas veces nos sintamos rotos por dentro. Pero si sabemos descubrir esa presencia del Señor no perderemos la paz, todo nos servirá para crecer, y de todo podemos aprender para dar gloria siempre al Señor.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Nuestra palabra y nuestra vida siempre tiene que ser una palabra profética, un testimonio verdaderamente profético aunque no levanten mausoleos en nuestro honor


 

Nuestra palabra y nuestra vida siempre tiene que ser una palabra profética, un testimonio verdaderamente profético aunque no levanten mausoleos en nuestro honor

2Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18; Sal 127; Mateo 23, 27-32

‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justo…!’ Estas palabras de Jesús en que recrimina a los fariseos y a los maestros de la ley de su tiempo la hipocresía con que vivían sus vidas me hace pensar en cosas parecidas que hoy también suceden.

También vivimos la hipocresía de los homenajes; quizá en vida no eran personas tenidas en cuenta, más bien en ocasiones y un poco según también lo que fuera la dedicación de esos homenajeados a posteriori se les tomaba por locos, no era precisamente un apoyo lo que recibían en las acciones, pongamos por caso, humanitarias que realizasen, no se les perdonaba cualquier error que cometieran, pero después de muertos todo eran alabanzas y reconocimientos, homenajes y dedicatorias. Como decía alguien, medio en broma medio en serio, a mí los homenajes que me los hagan en vida.

En referencia a ese comentario de Jesús hemos de reconocer que nunca los profetas fueron muy tenidos en cuenta, más bien sufrieron acoso por parte de quienes ostentaban el poder en la sociedad de su tiempo, el pueblo muchas veces les volvía la espalda, y terminaban sufriendo persecuciones violentas e incluso la muerte. Por pensar en algunos tendríamos que recordar lo dura que fue la vida del profeta Jeremías que incluso lo echaron en una cisterna para hacerlo morir allí de hambre desde las manipulaciones de los poderosos de su tiempo a quienes les costaba aceptar las palabras del profeta; a Amós podemos recordar como el sacerdote de Betel le decía que se fuera a profetizar en su tierra pero que no fuera una impertinencia en el Santuario de Dios; a Elías lo vemos huir a las montañas del encono de la reina Jezabel que pretendía suplantar el culto al Dios verdadero por el culto a los baales; y así podemos seguir haciendo un recorrido por todos los profetas hasta Juan Bautista encerrado en Maqueronte, odiado por Herodías, hecho decapitar por Herodes.

Todo esto es una lección para nosotros para que aprendamos a hacer una lectura del hoy de nuestra vida iluminada por la palabra de Dios que siempre es palabra de vida en todos los tiempos y para todos los hombres. ¿De alguna manera no es lo que sigue sucediendo hoy? La Iglesia, los cristianos que tenemos que dar un testimonio de nuestra fe y del evangelio que queremos vivir y con el que queremos iluminar nuestro mundo tenemos el peligro de dejarnos seducir en muchas ocasiones por los halagos del mundo.

Si la Palabra que anunciamos y el testimonio que damos son una palabra y un testimonio edulcorado, donde queremos acomodarnos a lo que la gente quiere escuchar, y andamos con paños calientes seguro que recibiremos muchas alabanzas de los que nos rodean. Entonces sí que somos buenos, según ellos la iglesia está realizando muy bien su función y hasta pueden llegar esos reconocimientos públicos que tanto nos halagan. Cuidado caigamos en esas redes que son muy sutiles. Tendríamos que preguntarnos con toda sinceridad si acaso la Iglesia no pueda estar cayendo en esas redes.

Recuerdo una anécdota del diálogo de un obispo y un sacerdote que vino a visitarle; al preguntarle el obispo si estaba contento en la parroquia que le habían encomendado y si la gente estaba contenta, el sacerdote se apresuró a decir que todo el mundo estaba muy contento con él, que toda la gente lo quería y por ahí se explayaba el sacerdote con un orgullo muy grande en su corazón porque todo el mundo lo quería. Malo, le dijo el obispo, si todo el mundo te quiere es que no estás predicando el evangelio en toda su radicalidad, tu vida sacerdotal no está dando el testimonio que tiene que dar; si así fuera, siempre aparecerían enemigos, gente que estaría en tu contra porque la Palabra que les dices no les puede contentar a todos por igual.

No olvidemos que tenemos que ser profetas en medio de nuestro mundo. Por eso no podemos buscar ni el halago ni las alabanzas de los que nos rodean. No podemos acomodarnos ni seguir simplemente los criterios del mundo. Es una tentación que está ahí muy patente y que con valentía tenemos que superar. Vivamos de manera auténtica el evangelio y sus valores aunque muchas veces nos cueste ir a contracorriente. No nos dejemos emborrachar por los cánticos de alabanza y reconocimientos que el mundo pueda hacernos. Nuestra palabra y nuestra vida siempre tienen que ser una palabra profética, con nuestra vida tenemos que dar un testimonio verdaderamente profético. Con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor, no buscamos la fuerza del espíritu del mundo.

 

martes, 25 de agosto de 2020

Autenticidad, sinceridad y verdad es lo que tiene que resplandecer en nosotros para hacer brillar la profunda espiritualidad que anima nuestra vida

 

Autenticidad, sinceridad y verdad es lo que tiene que resplandecer en nosotros para hacer brillar la profunda espiritualidad que anima nuestra vida

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Sal 95; Mateo 23, 23-26

Hoy cuidamos mucho la apariencia. Para eso tenemos hasta asesores de imagen; quien nos va a decir cómo tenemos que ponernos, la sonrisa que llevemos en nuestros labios, el lado mejor de la cara que nos va a dar mejor imagen; cualquier figura pública que se precie tiene a su alrededor esos asesores que le van a decir hasta el más mínimo detalle con el que han de manifestarse si quieren conseguir las metas que se proponen, ya sea un lugar destacado en la sociedad, un cargo o lugar público de influencia en esa sociedad, o el camino del poder que poco menos que los haga amos del mundo.

Pero y detrás de todo eso ¿qué queda? ¿Dónde están las ideas y los pensamientos? ¿Dónde queda la personalidad del individuo? ¿Qué es lo que hay en el fondo que define de verdad a la persona? ¿Todo es fachada y apariencia? Como las tramoyas de cartón piedra que nos querían reflejar el mundo antiguo y los grandes monumentos en las ‘películas de romanos’ que veíamos en otros tiempos. Claro que todo sigue siendo tramoya y escenificación, todo siguen siendo efectos especiales que nos transportan a otro mundo y nos alejan de la realidad.

Pero ni venimos a hablar de películas, ni venimos a hablar de esos personajes públicos que necesitan esos asesores de imagen. Pero nos vale la imagen y la comparación que estamos proponiendo para esa tramoya de falsedad e hipocresía sobre la que construimos muchas veces nuestra vida. Jesús es duro hoy en el evangelio con los fariseos a los que llama hipócritas, pero acaso tenemos que pensar si no seguimos hoy en nuestra vida con esas mismas hipocresías. Nos presentamos con minucias y superficialidades cuando quizá nuestro corazón está vacío. Es en lo que tenemos que pensar seriamente.

No podemos ocultarnos tras unos ropajes con que cubramos nuestra vida de apariencia de cosas buenas cuando seguimos siendo ruines en nuestro corazón. Es cierto que queremos tener buena voluntad, pero muchas veces nos cuesta superar tanto lastre de egoísmo y orgullo que llevamos dentro de nosotros. Somos débiles tenemos que reconocerlo, porque es la manera de comenzar a salir y a vencer esa debilidad.

Pero al mismo tiempo tenemos que cultivar nuestro espíritu, que se construye es cierto desde esas cosas pequeñas de cada día, pero donde tenemos que saber darle profundidad para que eso que realizamos no nos encorsete, sino que nos dé esa libertad de espíritu que nos haga crecer, que nos haga madurar en la vida, que en verdad en lo que hacemos estemos reflejando esa profundidad de nuestro corazón, esa profunda espiritualidad sobre la que construimos nuestra vida.

Y eso nos exige una purificación interior para ir reconduciendo todas esas pasiones que llevamos dentro de nosotros, pero para arrancar esas malas hierbas de esas vanidades, esos orgullos y esas apariencias que tienen el peligro de enraizarse en nuestro corazón. Recordemos aquello que en otro momento nos dirá Jesús de que lo que nos hace impuros son las maldades que salen de dentro de nosotros, que salen del corazón, no las cosas que nos entren de fuera. Son esas malas raíces que tenemos que arrancar de nosotros y así manifestamos con claridad y brillante resplandor toda esa bondad y toda esa generosidad en la que tiene que abundar nuestro corazón.

Jesús es para nosotros mucho más que un asesor de imagen, porque lo que nos está pidiendo esa autenticidad de nuestra vida, esa sinceridad y esa verdad con la que haremos resplandecer nuestro amor.

lunes, 24 de agosto de 2020

Cuando Natanael se acercó a Jesús empujado por el ardor de Felipe aún llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda pero que en el encuentro se disiparon

 

Cuando Natanael se acercó a Jesús empujado por el ardor de Felipe aún llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda pero que en el encuentro se disiparon

Apocalipsis 21, 9b-14; Sal 144; Juan 1, 45-51

Las noticias no corren sino que vuelan; algo así solemos decir porque sabemos cómo las noticias de aquellos acontecimientos que pasan corren de boca en boca y se van trasmitiendo de unos a otros. Aunque hoy digamos que tenemos los grandes medios de comunicación que nos permiten estar al tanto de cuanto sucede al minuto aunque pase al otro lado del mundo, sin embargo siendo camino eficaz de comunicación ese boca a boca que vamos trasmitiendo en nuestro encuentro con los demás.

Las noticias no son noticias, podríamos decir, mientras están estáticas en aquel lugar donde hayan acaecido los hechos sino que han de entrar en esa dinámica de trasmisión desde el encuentro, por el medio que sea, de los unos con los otros. En esa trasmisión cercana surge el comentario que enriquece, aunque también puede dañar, la noticia, pero es importante el hecho también de que lo realizamos en ese encuentro que provocamos con los demás. Una dinámica que no podemos dejar en el olvido en su sentido más profundo desde ese enriquecimiento personal que vamos teniendo con nuestros encuentros.

Así se trasmitió la buena noticia del evangelio tal como vemos hoy también en el texto sagrado. Felipe se había encontrado Jesús quien le había invitado a seguirlo, pero aquello que fue para él motivo de gozo grande pronto se convirtió en noticia que había que trasmitir. Por eso tan pronto se encuentra con su amigo ese es el comentario que trasmite, esa es la buena noticia que lleva al amigo Natanael, pero que a pesar de las reticencias que pone quien ha recibido la noticia culminará cuando Felipe termine convenciendo a su amigo de que hay que ir al encuentro con Jesús. ‘Ven y verás’, le dice cuando después de decirle que han encontrado a Aquel de quien hablan las Escrituras y que es Jesús de Nazaret, Natanael con aquellas rivalidades propias de pueblos vecino dirá que de Nazaret no puede salir nada bueno.

Se van sucediendo los encuentros y la trasmisión de las noticias que tendrá su culminación cuando Natanael llegue a los pies de Jesús que alaba y reconoce en él a un israelita de verdad. Por entremedio ha habido otro encuentro desconocido porque mientras Natanael estaba debajo de la higuera Jesús le estará viendo y serán ahora en la comunicación del hecho motivo de la fe que se despierte en Natanael.

Comunicación, trasmisión de noticias, encuentros que se suceden serán las cosas que nos tendrán que hacer pensar en esta fiesta del Apóstol san Bartolomé. No podremos tener noticia de la Buena Nueva de la Salvación si no hay quien nos trasmita esa noticia; pero la transmisión de esa noticia no podrán ser solamente frías palabras sino el testimonio y convencimiento de quien antes se ha encontrado también con esa Buena Nueva de Salvación.

Esto nos tiene que hacer pensar en esa misión que como cristianos todos tenemos. Todos estamos llamados a ser mensajeros del evangelio, evangelizadores con nuestras palabras convincentes porque han de nacer siempre de aquello que hemos convertido en vida nuestra, y convincentes con el testimonio que hemos de dar de aquello en lo que creemos y estamos plenamente convencidos.

Pero necesitamos nosotros haber tenido ese encuentro vivo y profundo con Jesús, a pesar de las reticencias que llevemos en el corazón o las oscuridades que nos acompañan en la vida. Cuando Natanael se acercó por primera vez a Jesús empujado por el ardor de Felipe aun llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda que se vinieron a disipar totalmente en ese encuentro.

Aunque tengamos sombras en nuestro interior - ¿y quien no las tiene en sus dudas, pero también en las debilidades que se nos acumulan en la vida? – no temamos dejarnos convencer para acercarnos a Jesús; dejémonos conducir por esos Ángeles buenos de quienes nos hablan o nos presentan el testimonio de sus vidas y que nos plantean interrogantes en nuestro interior; en Cristo nuestro interior se va a ver iluminado y las sombras comenzarán a disiparse y así podremos llegar a escuchar hondamente en nosotros esa noticia de la Buena Nueva de la Salvación.

El testimonio de Natanael, de san Bartolomé, a eso nos está impulsando. También a nosotros se nos está diciendo ‘Ven y verás’. Como nosotros también tenemos que decirle al mundo que nos rodea ‘ven y verás’ para llevarlo hasta Jesús y así se disipen todas las sombras oscuras de la duda y la debilidad.

domingo, 23 de agosto de 2020

Tenemos que quitarnos la careta que nos ponemos para dar una apariencia y mostrarnos tal como creemos y vivimos aunque resultemos incómodos para los demás

 

Tenemos que quitarnos la careta que nos ponemos para dar una apariencia y mostrarnos tal como creemos y vivimos aunque resultemos incómodos para los demás

Isaías 22, 19-23; Sal 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20

¿Qué me puedes decir de tu fe? Imaginemos que nos cruzamos con alguien por la calle, se detiene y nos hace detenernos y a boca jarro nos lanza esa pregunta. ¿Cómo responderíamos?

Hace unas semanas participando en la Eucaristía del domingo en mi parroquia, el sacerdote que recién había tomado posesión de la parroquia y un poco queriendo decirnos también cómo sería su estilo al hablarnos en la celebración nos decía que a él le gustaba lanzar preguntas a la gente, como para que la gente participara de forma directa en la reflexión ofreciendo su propias respuestas y pareceres; y os digo que noté en mi entorno una como cierta inquietud por las preguntas que pudiera hacernos el sacerdote y si estaríamos o no a la altura para responder.

Y es que decimos que tenemos mucha fe, no dejamos de participar en la eucaristía dominical, incluso muchas veces tenemos más compromisos en la comunidad, pero eso de hablar de una forma personal de lo que es mi fe, como que nos da miedo, como que no sabemos que responder, como que pensamos que no estamos a la altura y entonces preferimos callarnos.

Pues ese es el interrogante que hoy nos plantea la Palabra de Dios en este texto del evangelio. Porque la pregunta no es solo para lo que pudieran responder los discípulos en aquella ocasión, sino para que seamos cada uno los que tratemos de dar una respuesta no convincente por las razones doctrinales que sustenten esa respuesta, sino por vida desde la que demos esa respuesta.

Y lo estamos de alguna manera diciendo y lo hemos escuchado al proclamársenos el evangelio o leído por nosotros mismos. Jesús nos hace una encuesta. Una doble pregunta. Primero qué dice la gente, luego lo que ellos de manera concreta piensan de Jesús. La primera fácil de responder. Había mucha gente entusiasmada siguiendo a Jesús por todas partes, secándole y acudiendo a El con sus enfermos y con sus necesidades y a todas iba dando respuesta Jesús. Ya lo habían dicho ‘Dios ha visitado a su pueblo’; normal era que pensaran que era un profeta, y hacían sus comparaciones, Elías el gran profeta de la antigüedad, Juan el Bautista más reciente. La respuesta estaba dada.

La respuesta que nosotros diéramos a esa pregunta en estos tiempos tendría una variedad muy grande; un gran hombre de la historia, un revolucionario en su tiempo que sus palabras estaban ahí pero sus seguidores ya no tenían quizá el mismo empuje; un personaje de otro tiempo, que hoy ya dice poco; alguien que cambio la historia e incluso su nacimiento ha marcado la medida de los tiempos. Estarían las respuestas de los que siguen sintiendo admiración por Jesús, las respuestas de los que pasan de la historia y de la religión, las respuestas de los que de alguna manera ponen su fe en El, pero no terminan quizá de verlo claro. Es la realidad, no nos asustemos por su crudeza. Hoy no todos admiran a Jesús de la misma manera.

Pero como hemos visto en el evangelio Jesús quiere algo más concreto. ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’ ¿Se haría un silencio embarazoso? ¿Quedarían desconcertados sin saber que responder? ¿Tendrían miedo a unas respuestas que los comprometieron, viendo además como se estaban poniendo las cosas en aquellos que querían quitarlo de en medio? ¿Habría alguien que se atreviera a dar una respuesta valiente, pero no de catecismo, no algo aprendido de memoria, sino que saliera del corazón?

Allí estaba Pedro el que siempre se adelantaba a tomar la palabra, a tener la iniciativa, el que parecía que había ido perdiendo los miedos como cuando lo del lago  - claro que un día los miedos volverían y le traicionarían -, el que se atreviera a hablar más claramente. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo’. Ahí estaban las palabras valientes de Pedro, su respuesta clara y decidida. ¿Era en verdad su fe o solamente se estaba dejando llevar del entusiasmo por el amor que sentía por Jesús como cuando le diría un día que estaría dispuesto a dar la vida por El?

Era algo que le estaba saliendo del corazón. Era, es cierto, algo que quería convertir en su vida aunque sabía que le costaba. Era algo que había sido capaz de decir porque el Padre del cielo estaba hablándole en su corazón. Así se lo diría Jesús. No sabes eso por ti mismo, no hablas así porque estés totalmente convencido que las dudas siguen estando dentro de ti, eres capaz de decir esas cosas tan certeras porque el Padre del cielo te está hablando en tu corazón. Y Pedro se había dejado conducir por el Espíritu divino que lo inspiraba. Y allí, podemos decir, que estaba reflejado todo lo que era su vida.

Pero la pregunta viene para nosotros también. ¿Nos quedaremos en un silencio embarazoso o acaso cobarde? ¿Seguirán habiendo miedos en el corazón buscando palabras con las que responder para no salirnos del catecismo, para no salirnos de lo que consideramos que es lo correcto? ¿Nos moveremos inquietos en nuestro sitio como cuando aquel sacerdote nos decía que nos iba a hacer preguntas? Ante esa persona que se cruza con nosotros ¿qué seremos capaces de decirle?

Esa respuesta tenemos que darla desde la sinceridad de nuestra vida. Esa respuesta tiene que ser algo personal, muy personal porque tiene que ser lo que nos salga de lo más hondo del corazón, de aquello profundo que nosotros estamos viviendo. Aunque nuestra fe cristiana la vivimos en Iglesia, en comunión eclesial pero tiene que ser una respuesta personal; no nos vale decir ‘creemos’, sino ‘yo creo’, porque es lo que yo vivo, lo que es mi fe, lo que transmito con lo que hago, lo que son mis convicciones profundas, pero también lo que es la respuesta de amor que tenemos que dar.

Busquemos esa respuesta. Busquemos lo que es nuestra fe profunda. Expresemos valientemente lo que vivimos, porque ese testimonio coherente que demos será lo que convenza a los demás. Y no siempre somos del todo coherentes. No podemos andar a dos aguas; tenemos que quitarnos la careta que nos ponemos para dar una apariencia y tenemos que mostrarnos tal como creemos y vivimos aunque pueda ser que resultemos incómodos para los demás. Pero ése es nuestro testimonio.

sábado, 22 de agosto de 2020

Cuidado sigamos apeteciendo reverencias y reconocimientos, títulos honoríficos o no tan honoríficos porque sigamos aspirando a nuestras cuotas de poder

 

Cuidado sigamos apeteciendo reverencias y reconocimientos, títulos honoríficos o no tan honoríficos porque sigamos aspirando a nuestras cuotas de poder

Ezequiel 43, 1-7ª; Sal 84; Mateo 23, 1-12

Que sí, que aunque digamos lo contrario, a nadie amarga un dulce; que todos queremos que nos halaguen, nos digan cosas bonitas, nos reconozcan, tengan en cuentas nuestros merecimientos, o al menos los que nosotros creemos tener. Unos lo disimulan más y tratan de no hacer muchos aspavientos, pero bien contemplamos en la vida la vanidad con que vivimos; y un día le hacen un homenaje a alguien, y allá en nuestro interior nos reconcomemos porque de nosotros nadie se acuerda ni tiene en cuenta las cosas que hemos hecho.

Jesús resalta hoy en el evangelio aquellas posturas vanidosas, aquellas actitudes llenas de hipocresía en que vivían muchos en su tiempo; ansias de poder y de grandeza, al menos que nos hagan reverencias por la calle, que nos den títulos honoríficos; y Jesús lo resalta porque no quiere que entre sus discípulos haya estas posturas y esas actitudes.

El estilo que Jesús nos ofrece es otra cosa, aunque quizás tenemos que reconocer que habrán pasado más de veinte siglos pero todavía entre sus discípulos siguen existiendo esas vanidades y desgraciadamente la iglesia a lo largo de los siglos se ha sentido muy llena de ínfulas de poder y de grandeza manifestada en tantas cosas tan ajenas al espíritu evangélico. Es la verdad que tenemos que reconocer. Cuantas reverencias y cuantos títulos honoríficos o no, pero muy llenos de ansias de poder los ha habido. Y cuanto nos cuesta desprendernos de esos ropajes.

Jesús una y otra vez nos habla en el evangelio de hacernos los últimos y los servidores de todos, pero cuidado que algunas veces más que una realidad lo hayamos dejado en un título, y hasta nos atrevemos a decir que para poder servir al mundo y a los pobres necesitamos una cierta altura y reconocimiento en nuestra sociedad. ¿Se nos habrá metido ese espíritu de hipocresía también dentro de nosotros?

Pero creo que el evangelio lo que quiere es que cada uno de nosotros realicemos nuestra propia conversión, hagamos ese cambio necesario en nuestra vida. Algunas veces seguimos con la tentación de que sean otros los que empiecen y luego ya nosotros haremos lo que podamos. Quizá queremos empezar la casa por la azotea y buscamos un cambio de estructuras y no se cuantas cosas mas que nos vengan muy bien organizadas para que nosotros comencemos a tener donde realizar esos servicios que tenemos que hacer en la sociedad. Las transformaciones no se hacen desde arriba, sino cuando desde abajo cada uno de nosotros va cambiando el corazón. Y cuando cambiemos nuestro corazón esa humildad y ese verdadero espíritu de servicio se irán contagiando en los demás e irá transformando nuestra Iglesia. Queda mucho para que se quiten todos esos ropajes de vanidad y fantasía.

Recordemos una vez más las palabras de Jesús: ‘Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Tenemos que tomárnoslo muy en serio.

viernes, 21 de agosto de 2020

Al credo que recitamos proclamando nuestra fe en toda la historia de amor de la salvación unimos toda una respuesta de amor que tiene que ser sobre todas las cosas

 

Al credo que recitamos proclamando nuestra fe en toda la historia de amor de la salvación unimos toda una respuesta de amor que tiene que ser sobre todas las cosas

Ezequiel 37, 1-14; Sal 106; Mateo 22, 34-40

Y Jesús pasó la prueba. Aprobó el examen. Es que nos dice el evangelista que uno de los fariseos se acercó a Jesús y le hizo una pregunta para ponerlo a prueba. ¿Querían comprobar realmente dónde había estudiado Jesús y que autoridad rabínica tenía para enseñar al pueblo? Recordamos que ya sus vecinos se preguntaban cuando fue a su sinagoga en Nazaret y escucharle hablar donde había aprendido todo eso, porque allí estaban sus parientes y ninguno parecía tan ‘estudiado’ como Jesús. Claro que la pregunta que le hacían a Jesús ahora era cuál era el mandamiento principal y eso estaba muy claro en el libro de la ley. Por eso Jesús había respondido poco menos que textualmente lo que allí decía y lo que casi como una oración todo buen israelita repetía muchas veces en el día.

Quiero hacerte una pregunta, nos llega alguien en alguna ocasión poniendo quizá mucha cara de misterio y como buscando la sorpresa. Algunas veces tanta solemnidad esconde cualquier superficialidad o quizá en más de una ocasión pueden ser preguntas que podíamos llamar fundamentales que llevamos dentro del alma y no sabemos a quien hacer. Y seguramente tenemos que tomárnoslo muy en serio por el respeto que nos merecen los demás aunque luego las cosas no nos parezcan tan trascendentales.

Porque preguntas llevamos todos dentro de nosotros, aunque nos demos por sabidos. La vida nos produce muchos interrogantes, hay cosas que no comprendemos, o como hemos dicho en alguna otra ocasión estamos quizá buscando la receta que nos dé solución dándonos la lista de las cosas concretas que tenemos que hacer. ¡Qué fácil nos lo queremos poner! Como se suele decir todos nos ponemos a filosofar en más de una ocasión. Y es importante porque así vamos buscando lo que es verdaderamente fundamental, porque así vamos saliéndonos de esa superficialidad que a veces nos invade en nuestro entorno.

Es bueno que nos hagamos preguntas en este orden del sentido de la vida, o como lo queramos llamar, o en el orden religioso de nuestra relación con Dios. No nos podemos quedar simplemente en que esto ha sido siempre así o lo que decimos que aprendimos de pequeños que nuestros padres nos enseñaron. Todo eso hay que asimilarlo, todo eso hay que hacerlo propio; las respuestas que nos demos no han de ser solo lo que nos dijeron o enseñaron sino que hay que hacer la respuesta propia porque lo hayamos repensado bien, porque hemos rumiado mucho las cosas, porque vamos madurando en la vida.

Ese testimonio que un día recibimos, digamos de nuestros padres o de quienes influyeron en nuestra fe, es importante, pero tenemos que dar ese paso delante de hacerlo propio porque lo hayamos repensado bien y haya habido una maduración de nuestra fe. Esto es importante, no nos podemos quedar con una visión infantil, que bien nos valía en aquel momento pero de la misma manera que vamos madurando en la vida y vamos creciendo en conocimientos y convicciones, también en este orden religioso, en este orden de la fe, y no para abandonarla como hace tantos, hemos de madurarla para poderla vivir con mayor compromiso.

Ante la pregunta que hoy le hacían a Jesús responde centrando de verdad nuestra vida en esa respuesta de amor que damos al amor que Dios nos tiene. No es solo reconocer la existencia de Dios, su grandeza y su poder, su misterio de inmensidad y su presencia en toda existencia porque es el Creador. Es reconocer más allá de todo eso la inmensidad del amor que Dios nos tiene al que hemos de responder con todo nuestro amor. Recitamos el Credo, el contenido de nuestra fe, que es toda la historia de amor de la salvación que Dios nos ofrece; pero a ese credo que recitamos proclamando nuestra fe unimos ahora toda esa respuesta de amor.

‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

jueves, 20 de agosto de 2020

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

 

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

Ezequiel 36, 23-28; Sal 50; Mateo 22, 1-14

Grande tendría que haber sido la frustración de aquel rey que después de haber hecho todos los preparativos sin embargo los invitados no corresponden y con mil disculpas rehúsan asistir al banquete. En el desarrollo de la parábola se nos mostrará que ello será ocasión de encontrar salidas, pero de encontrar también a quien correspondiera a tan generosa invitación.

Pero detengámonos aquí un poco para pensar en esas frustraciones que quizá tantas veces recibimos en la vida cuando no somos correspondidos por aquellos a quienes ofrecemos el regalo de nuestra amistad, los servicios de nuestro buen hacer o simplemente la preocupación que sentimos por ese mundo que nos rodea y por el que queremos trabajar lograr un mundo mejor. Si en lo que comentábamos la parábola que hoy se nos ofrece nos llama poderosamente la atención el que no tuvieran ni la más mínima cortesía que en nuestras relaciones sociales solemos tener, sin embargo son muchos los desplantes que no solo sufrimos, sino que también muchas veces nosotros damos en la vida.

Muchas veces es la pasividad con que vivimos la vida que parece que poco nos importa lo que otros hagan en beneficio de la sociedad, o es también ese poco compromiso con que vivimos de cara a cuanto nos rodea y nos excusamos con mil cosas para no poner nuestra parte en esa mejora de nuestra sociedad. No tenemos tiempo, suele ser la disculpa fácil que enseguida presentamos cuando no queremos comprometernos, pero vivimos en nuestro mundo, en nuestras cosas muchas veces ajenos a cuanto sucede a nuestro alrededor e incluso nuestras relaciones sociales con los que nos rodean suelen ser muchas veces muy superficiales y casi como de paso.

Creo que en el mensaje que nos ofrece la parábola podríamos destacar éste como primer toque de atención. Porque si nos quedamos en la literalidad de la parábola y no somos capaces de ver más allá nos quedaríamos siempre echando la culpa a los demás, que no corresponden, que no tienen la delicadeza de acudir a las llamadas que se les hagan, y queremos presentarnos nosotros siempre como los buenos, sin embargo quedan muchas pasividades en nuestra vida que nos cuesta mucho reconocer.

La frustración de aquel rey de la parábola por el desaire de los invitados, aunque le hizo reaccionar en un primer momento con violencia y con dureza, pronto su corazón dio la vuelta para abrir las puertas no solo a aquellos que hasta entonces había considerado sus amigos, sino que ahora todos estaban invitados al banquete. Por los caminos, por las plazas, por las calles salieron sus servidores invitando a todo el mundo para que participaran en aquel banquete ya preparado. ‘La sala se llenó de comensales’.

Una imagen de esa llamada universal a todos los hombres de buena voluntad. Y pensamos en esa llamada y ese ofrecimiento de amor que Dios nos hace como oferta de salvación para todos los hombres. Una llamada a participar en el banquete del Reino; todos estamos invitados; disfrutar de ese banquete es disfrutar de un sentido nuevo de vivir que por supuesto exige de nosotros una predisposición de nuestro espíritu.

No podemos decir que estamos en ese banquete del Reino pero nuestras vidas no han cambiado, porque sigamos con nuestros egoísmos o nuestras insolidaridades, porque sigamos con nuestras violencias o con nuestro trato injusto e inhumano con aquellos que están a nuestro lado, porque nos mantengamos en el rol de nuestras vanidades y nuestros orgullos llenando nuestras vidas de falsedad, hipocresía y mentira.

Recordamos que cuando Jesús comenzó a anunciar la Buena Nueva del Reino nos decía que era necesaria la conversión, la vuelta que habíamos de darle a nuestra vida porque era necesario creer y ponernos en camino de un nuevo sentido de vida. No nos extrañe que en la parábola aquel rey sea exigente con quien no lleva el traje de fiesta, el traje de boda; que todo entendemos muy bien que no se trata de ropajes externos, sino de esas actitudes profundas que hay que cambiar en nuestro corazón.

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace, como estaremos atentos también a la oferta de amor y de amistad que recibamos cada día de los que están en nuestro entorno reconociendo que son regalos del Señor que no podemos despreciar.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

La generosidad de los buenos produce salpullidos en el corazón de los recelosos.  Hay gente que recela de todo, va por la vida siempre de desconfiado, siempre está sospechando de lo que hacen los demás sobre todo cuando ven personas generosas y buenas que quieren hacer el bien o simplemente vivir su vida de un forma honrada pero también con generosidad; parece que esas personas buenas molestan, y por eso ahí aparece enseguida el receloso de turno que siembra cizaña, que provoca sospechas, que quiere dejar como en interrogante las buenas intenciones de los que quieren ser buenos.

Qué distintas serían nuestras relaciones si supiéramos hacer desaparecer esos recelos y desconfianzas; si supiéramos apreciar lo bueno de los demás y valorar la generosidad de los que se preocupan por los otros. Andamos en la vida con demasiadas desconfianzas, no hay la suficiente sinceridad de corazón, y terminamos queriendo destruir lo bueno que hacen los demás.

Un mensaje en este sentido descubro yo hoy en la parábola que nos ofrece el evangelio. Las parábolas son comparaciones que nos presenta Jesús para hablarnos del Reino de Dios, del Reino de los cielos; quiere señalarnos esas actitudes buenas que debían de resplandecer en quienes queremos vivir el reino de Dios. Y creo que la parábola que hoy se nos ofrece eso es lo que quiere destacar.

Aquel hombre, propietario de unas viñas, que sale en distintas horas del día a buscar trabajadores para su viña; ha quedado desde el principio en que les ofrece un denario por el día trabajado. Al final del día cuando llega el momento de la paga todos reciben igualmente un denario, pero por allá aparecen los que protestan porque quieren comparar su trabajo que ha sido todo el día con los que han venido casi al final de la tarde y reciben la misma paga. Quieren poner en entredicho la generosidad de este propietario, que quizá ve y comprende la razón por la que algunos no habían conseguido trabajo durante el día y con los que quiere ser generoso pagando de la misma manera y con generosidad la misma cantidad. Pero los recelosos de turno no le perdonan la generosidad que hay en el corazón de aquel hombre y le interpelan.

Creo que por ahí va principalmente el mensaje de la parábola. Muchas veces nos hemos hecho muchas interpretaciones en referencia a que somos llamados a trabajar en la viña del Señor en distintas horas de nuestra vida y a cualquier hora que nos llame el Señor hemos de responder. Es cierto que podemos ver también ese mensaje. Pero cuando Jesús nos ofrece la parábola nos dice que el Reino de los cielos se parece a un propietario que salió a buscar trabajadores para su viña. Entonces en la actitud del propietario está el mensaje. Y al final precisamente se recalca la generosidad de este hombre, al que porque es generoso se le tiene envidia. Los recelosos en los que se les levantan salpullidos en el alma cuando ven la generosidad de los demás de la que ellos no son capaces.

Nos enseña, pues, a tener otra mirada en la vida, a saber ver con buenos ojos la bondad y generosidad de los demás, a valorar lo bueno que hacen los otros, a aprender a tener también nosotros un corazón generoso pero limpio de toda maldad para que no hagan mella en nosotros esos recelos y desconfianzas que tantas tratan de sembrar como mala cizaña en nuestros corazones. Que aprendamos a tener un corazón puro y generoso, un corazón limpio de maldad pero siempre lleno de amor; cuando tenemos un corazón así las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y así haremos siempre resplandecer la luz.