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jueves, 1 de diciembre de 2016

Si decimos ‘Señor’ invocando a Dios es porque queremos escucharle también para descubrir su voluntad y realizar el plan de Dios en nuestra vida y en el mundo

Si decimos ‘Señor’ invocando a Dios es porque queremos escucharle también para descubrir su voluntad y realizar el plan de Dios en nuestra vida y en el mundo

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

¿Creer en Dios es solamente rezar? ¿Creer en Dios es solamente ser honrado y tratar de hacer cosas buenas? Parecen preguntas fáciles y nos encontramos diferentes posturas quizás ante lo que plantean. Desde los que reducen toda su fe a hacer sus rezos y oraciones cada día cuando se levantan, cuando van a la Iglesia o cuando se acuestan olvidando el resto del día esa presencia de Dios, los que se contentan con rezar pidiendo a Dios que les resuelva y les dé solución fácil a los problemas que se van encontrando en la vida, o por el contra los que te dicen que no hace falta rezar, que solo es suficiente con que seas bueno y trates de hacer cosas buenas a los que te quieren.
Están, pues, los que por una parte reducen toda su fe a unos actos piadosos sin ningún otro compromiso en la vida frente a los que toda su fe la reducen a hacer cosas por los demás contando demasiado poco con la asistencia y fuerza de la gracia para poder llevar adelante su compromiso reduciendo todo a un puro activismo sin mayor trascendencia religiosa. Claro que en medio podemos encontrar otras posturas más conciliadoras entre una actitud y otra, y también aquellos a los que la fe nada les dice y viven sin querer sentir esa presencia de Dios en sus vidas y en lo que hacen.
¿Qué nos dice Jesús hoy en el evangelio? No nos vale decir ‘Señor, Señor’ sin que esas expresiones tengan trascendencia y repercusión en la vida que vivimos. ‘No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. No es solo decir ‘Señor, Señor’, sino que es necesario escuchar al Señor, conocer su voluntad para poder realizarla en la vida. ‘El que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’.
Los que seguimos a Jesús queremos vivir y realizar en la vida lo que es el Reino de Dios. No decimos que seguimos a Jesús solamente porque nos sentimos atraídos por El, sino que en El estamos descubriendo un camino, un sentido de vida, un sentido y un valor a lo que es nuestro mundo y lo que en él tenemos que realizar. No simplemente queremos ser buenos y hacer aquellas cosas que nos parecen buenas desde nuestra pura subjetividad, sino que queremos realizar el plan de Dios, lo que es el Reino de Dios.
¿Cómo podremos realizar el plan de Dios sin Dios, el Reino de Dios sin Dios? No podemos prescindir de El sino que con El tenemos que contar; primero escuchándole para conocer lo que es su voluntad, luego realizándolo en el quehacer de nuestra vida pero no solo por nuestras fuerzas o nuestra buena voluntad, sino con la fuerza de su gracia, con la fuerza de su Espíritu que actuará en nosotros.
Tendremos que decir, sí, ‘Señor, Señor’, porque queremos reconocer que en verdad es el Señor de nuestra vida, queremos mostrarle todo nuestro amor y nuestra alabanza, queremos darle gracias por esos dones que de El continuamente recibimos, pero queremos también escucharle para conocer su voluntad, para que sea en verdad su Espíritu el que nos ilumine y nos guíe, el que nos dé la fuerza que necesitamos para realizar su plan, para construir de verdad el Reino de Dios.
No solamente amaremos y  haremos cosas buenas a los que nos aman, sino que aprenderemos entonces la amplitud que ha de tener nuestro amor. No solamente nos contentaremos con ser buenos y honrados, sino que descubriremos entonces todo el compromiso que ha de haber en nuestra vida por hacer un mundo mejor, un mundo más justo y más solidario, un mundo donde todos en verdad seamos más felices.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Escuchemos la invitación a irnos con Jesús para aprender a ser pescadores de hombres llevando a todos la Buena Noticia del Reino de Dios

Escuchemos la invitación a irnos con Jesús para aprender a ser pescadores de hombres llevando a todos la Buena Noticia del Reino de Dios

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

‘Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores’.
Pasa Jesús y observa. Allí están unos pescadores. ¿Conocían a Jesús? ¿Habían escuchado a Jesús? Si rebuscamos en los evangelios san Juan nos dirá que en día él y Andrés que escuchaban a Juan allá en el desierto se habían ido tras Jesús y habían pasado la tarde con El. Buscaban conocer a Jesús y le preguntan por donde vivía. Estuvieron con Jesús y Andrés al día siguiente corre a llevarle la noticia a su hermano Simón. Pero su tarea de pescadores había continuado porque era el sustento de su vida.
Ahora pasa Jesús y observa. Aquellos jóvenes pescadores también habrían estado cuando Jesús hablaba y enseñaba a las gentes. Jesús mira más adentro de lo que podamos ver los hombres con nuestros ojos de la carne. Jesús conocerá la inquietud de sus corazones, su ardor, su entusiasmo por las cosas buenas, la esperanza que anidaba en su vida y no se perdía sino que ahora escuchándole quizá se enardecía más. Son pescadores, cumplidores de su oficio, pero Jesús quiere algo más para ellos, tiene algo que ofrecerles.
‘Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres’ y lo mismo dirá más adelante a otros dos hermanos que hacen lo mismo y están junto a su barca con su padre Zebedeo y los jornaleros contratados para ayudarles. Eran pescadores en aquel lago de Galilea pero Jesús quiere abrirles el corazón a otros mares, a otras formas de pescar. ‘Os haré pescadores de hombres’.
La buena noticia que Jesús anunciaba y que enardecía los corazones de aquellas gentes sencillas había que sembrarla en otros tierra, en otras gentes; habría que invitar también a otras personas, en otros lugares, allí donde ahora no llegaba Jesús para que conocieran también esa buena noticia. Muchos pobres en muchos lugares necesitaban escuchar esa buena noticia que les anunciaba una liberación y un mundo nuevo. Había que ser pescadores de hombres, Jesús necesitaba pescadores, necesitaba que aquella semilla calase hondo en los corazones para que pudiera ser trasmitida. Allí estaban los primeros a los que Jesús invitaba a estar con El. Con Jesús aprenderían un nuevo arte de pesca, porque aprenderían a ser pescadores de hombres.
Ya Andrés había hecho sus primeros intentos cuando había llevado a su hermano Simón hasta Jesús. Algún día lo veremos que algunos griegos quieren conocer a Jesús y a través de Andrés van a ser presentados a Jesús. Por el mundo habrían de salir un día con esa misión, con ese anuncio que realizar, con esa tarea de llevar hombres y mujeres de todos los lugares del mundo hasta Jesús.
Hoy estamos celebrando a san Andrés y muchas más consideraciones podríamos seguir haciéndonos. Pero ¿no escucharemos nosotros en nuestro corazón también esa invitación de Jesús para ser pescadores de hombres?
El Papa nos está repitiendo continuamente que tenemos que salir a las periferias, que tenemos que ir al encuentro de todos los hombres, allá donde estén. Es la tarea en sus objetivos pastorales que nuestras diócesis y parroquias están ahora empeñadas en realizar. Discípulos y apóstoles, discípulos y misioneros, discípulos que estamos junto a Jesús  pero que tenemos que salir a ser pescadores de hombres.
Que no se nos apague esa inquietud que sentimos en nuestros corazones; que vayamos al encuentro con Jesús para conocerle – ‘maestro, ¿Dónde vives?’, también le preguntamos; que escuchemos esa llamada de Jesús y dejemos atrás esa cosas que nos impedirán hacer una pesca mejor. 

martes, 29 de noviembre de 2016

Un corazón humilde y sencillo sabe sintonizar con los demás y entrará también en la sintonía de Dios

Un corazón humilde y sencillo sabe sintonizar con los demás y entrará también en la sintonía de Dios

 Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

La gente que camina por la vida con humildad y sencillez nos gana el corazón. Con ellos nos sentimos a gusto y esa humildad y sencillez facilitan la amistad y la relación.
Los que van orgullosos por la vida, poniendo distancias de los demás desde los pedestales que se han creado o se imaginan no encontrarán una verdadera amistad desde la falsedad de vida que se han creado. Se hace difícil la comunicación y la relación. Desgraciadamente son muchos los que caminan así por la vida y es una fácil tentación que todos sentimos de subirnos en los pedestales de nuestro orgullo.
Pero actitudes así nos cierran el corazón, nos impiden levantar la mirada para descubrir las cosas que son verdaderamente grandes y son una tremenda interferencia para conectar con la sintonía de Dios. Quienes no somos en nuestro orgullo capaces de sintonizar con el que está a nuestro lado nos vemos también imposibilitado de sintonizar con Dios.
Creo que tendríamos que aprender muy bien este sentido y este estilo de vivir que nos enseña Jesús en el evangelio. Que nuestro corazón sencillo y lleno de humildad esté siempre abierto a sintonizar con el hermano desterrando de nosotros toda malicia para que no haya doblez en nuestro corazón. No es cuestión solo de aparentar sencillez sino de que nuestro corazón sea humilde y sencillo. Tendría que ser la autenticidad de nuestra vida lo que tendría que resplandecer.
Hoy escuchamos en el evangelio el gozo de Jesús cuando ve la sintonía de los humildes y sencillos con Dios al que pueden escuchar y conocer mejor. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla’.
En la sinagoga de Nazaret lo había anunciado con palabras del profeta. La Buena Noticia es para los pobres. ‘Los pobres son evangelizados’ cuando a los oprimidos y carentes de libertad se les trae la salvación. Quienes se sienten satisfechos y llenos de si mismos no recibirán la Buena Noticia, no podrán escucharla porque ya no creerán necesitarla cuando creen que ya lo tienen todo. Por eso como cantaría María ‘a los hambrientos llenó de bienes, mientras a los ricos los despidió vacíos y sin nada’.
Dos cosas a la manera de conclusión quiero pensar escuchando estas palabras de Jesús. Primero me pregunto si escucho yo esa buena noticia porque me siento de verdad pobre delante del Señor. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’ proclamará Jesús en las bienaventuranzas del Sermón del Monte.
Y la segunda cosa que me hace pensar es si en verdad estamos anunciando esa Buena Noticia a los pobres hoy. Es el primordial mensaje que tiene que realizar la Iglesia en el nombre de Jesús. ¿Los pobres de hoy, en pleno siglo XXI, verán en la Iglesia ese rayo de luz y de esperanza porque en verdad les estamos anunciando la Buena Noticia de Jesús, no solo con palabras sino con los hechos de nuestra vida y lo que es la vida de la Iglesia? Sería triste que por el testimonio negativo de nuestra vida no fuéramos esa Buena Noticia para los pobres y a ellos no llegara la sintonía de Dios por nuestra culpa.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Aunque humildemente reconozcamos que no somos dignos de la presencia salvadora del Señor dejemos que venga a nosotros a curarnos

Aunque humildemente reconozcamos que no somos dignos de la presencia salvadora del Señor dejemos que venga a nosotros a curarnos

Isaías 2,1-5; Sal 121; Mateo 8,5-11

‘Voy yo a curarlo’, dijo Jesús. Un centurión lo estaba esperando; tenía en casa un criado a quien apreciaba mucho que estaba muy enfermo, casi muriéndose; por eso se adelante para llegar hasta Jesús para hacerle la petición. ‘Voy yo a curarlo’, le responde Jesús.
Como tantas veces que Jesús llegaba allí donde estaba el sufrimiento. Acompañó a Jairo hasta su casa para darle vida a la niña que estaba en las ultimas aunque por camino vinieron con malas nuevas; como se acercó hasta el paralítico de la piscina a quien nadie ayudaba a meterse en el agua; como se detuvo junto al ciego de nacimiento en las calles de Jerusalén o pidió que le trajeran a Bartimeo que gritaba en la orilla del camino de Jericó; como tendió la mano a la suegra de Pedro para levantarla de la cama o toca con su mano la carne llagada del leproso que se postra a sus pies.
Pero Jesús no solo va hasta donde han un dolor o sufrimiento físico, sino que se fijará en el corazón quizá atormentado de aquel publicano que quería ver a Jesús pero no se atrevía y se refugió entre las hojas de la higuera; o como abrió las puertas de la casa en la noche para recibir a aquel buen hombre lleno de dudas y de interrogantes en su interior que era Nicodemo; o como se dejó lavar los pies por la mujer pecadora que lloraba de amor por sus muchos pecados que ahora le serían perdonados.
‘Voy yo a curarlo’, le dice al centurión aunque ya supiera de antemano que este hombre no se atrevía a que Jesús llegase a su casa, pero Jesús estaba suscitando en su interior que su fe creciese y madurase en la humildad para poder presentarlo quizá como modelo para la fe interesada de tantos que acudían a Jesús solo por el milagro. Jesús va allí donde está el sufrimiento porque quiere curar al hombre, no solo al cuerpo; Jesús quiere renovarnos desde lo más hondo de nosotros mismos por eso tantas veces su despedida será que vayamos en paz.
¿Estaremos ahora escuchando que Jesús nos dice también ‘voy yo a curarlo’? creemos en su palabra poderosa que da vida, pero aunque siendo humildes reconozcamos que no lo merecemos, que no somos dignos, dejemos que Jesús llegue a nuestra casa, a nuestra vida, a nuestro corazón. Quiere venir El a curarnos, a salvarnos. Preparemos con nuestra humildad el camino.
Estamos en los primeros pasos del Adviento que nos lleva a la Navidad, a la venida del Señor. Pero sabemos que no es solo un recuerdo, sino que el Señor viene, y viene a curarnos, viene a traernos la salvación. Preparemos el camino como tantas veces vamos a seguir escuchando en los profetas reconociendo que nuestros caminos están oscuros y necesitan luz, nuestros caminos se nos han llenado de obstáculos y el viene a limpiarnos, nuestros caminos se han torcido cuando nos hemos ido dejando arrastrar por pasiones y por egoísmos materialistas pero El viene a elevar nuestro espíritu. Piensa como tengo que pensar yo también cuál es esa enfermedad, ese mal que hay en nosotros y necesita ser curado por Jesús.
Aunque digamos una y otra vez que no somos dignos, y hemos de decirlo con total sinceridad, dejemos que el Señor venga a curarnos.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Queremos hacer un adviento verdadero desde las expectativas que tenemos los hombres de hoy porque sabemos que en Cristo encontraremos la verdadera salvación

Queremos hacer un adviento verdadero desde las expectativas que tenemos los hombres de hoy porque sabemos que en Cristo encontraremos la verdadera salvación

Isaías 2,1-5; Sal 121; Romanos 13,11-14; Mateo 24,37-44
Aunque quizá no sepamos cómo expresarlo los hombres vivimos siempre a la expectativa de que las cosas vayan a mejor, los problemas se solucionen, encontremos respuestas a esas preguntas que nos hacemos en nuestro interior sobre el camino que hacemos, la realidad de lo que es la vida que vivimos, o esos tremendos interrogantes que ahí están aunque algunas veces quizá no nos atrevamos a manifestarlo de qué es lo que estamos haciendo con nuestra mundo.
En ocasiones quizá nos volvemos de alguna manera pesimistas, otras veces queremos acallar esas voces interiores que de alguna manera nos gritan. Pero ahí está la marcha de nuestra sociedad; pensamos quizá que con la elección de otros personajes que puedan enderezar los destinos de nuestro mundo podríamos encontrar la solución, pero quizá pasa el tiempo y las cosas siguen igual y en cierto modo nos sentimos frustrados en esas esperanzas.
Podemos pensar en grandes acontecimientos que se van sucediendo en la historia actual de nuestro mundo tan lleno de guerras y violencias, en los movimientos que surgen por aquí o por allá que parecen que puedan dar soluciones y hacer que las cosas cambien, en personajes que aparecen en la historia y tras un recorrido vemos que quizá no han sabido resolver los problemas de nuestro mundo para hacerlo mejor. Y seguimos esperando sin saber bien qué salvadores pueda tener nuestro mundo, o podamos encontrar que enderece tantas cosas que no nos gustan.
Estoy hablando, sí, de esperanzas y expectativas que vivimos en nuestro hoy. Podríamos descender un poco más y llegar a situaciones cercanas a nosotros con la pobreza que parece que crece cada día más, las violencias con que nos tratamos en las familias, con los convecinos, las crispaciones en que muchos viven que parecieran que siempre estamos los unos contra los otros porque nada nos parece bueno de lo que nos puedan ofrecer los que consideramos nuestros adversarios. ¿Encontraremos motivos para tener esperanza?
Y a todo esto, nosotros, como cristianos ¿qué tenemos que decir? ¿qué es lo que podemos ofrecer? Tampoco nos podemos cruzar de brazos, estar esperando que sean otros los que nos den las cosas ya solucionados, alguna mano podremos poner, alguna luz podremos dar.
En el ritmo de la liturgia y del camino de nuestra vida cristiana estamos entrando en un tiempo que llamamos Adviento y que decimos que nos prepara para la Navidad. Es un tiempo del que decimos que viene cargado de esperanza, porque ahora vivimos en la espera de la celebración del Nacimiento de nuestro Salvador. Creo que seria necesario que nos lo planteáramos bien. Porque lo que vamos a celebrar en la navidad no es simplemente el recuerdo de unos hechos que tuvieron su momento histórico y que ahora son solo recuerdo. Las celebraciones para los cristianos son mucho más que un recuerdo, porque celebramos una presencia, la presencia salvadora del Señor.
¿Tendrá algo que ver la celebración de la Navidad ya cercana con todo eso de lo que hemos comenzado hablando, de esas expectativas y esperanzas que podamos vivir los hombres de hoy también con esas frustraciones que a veces sentimos por no encontrar las respuestas que buscamos?
La autentica alegría de la navidad no se nos puede quedar en el recuerdo de aquellos momentos que es cierto son tan entrañables para nosotros y tan significativos como fue el nacimiento de Jesús en Belén. De la misma manera que la fiesta de la navidad no se puede quedar en una fiesta familiar que porque tenemos la nostalgia quizá de los que ya no están con nosotros a la larga se puede llenar interiormente de muchas tristezas y amarguras.
Esperamos al Señor que viene a nuestra vida y a nuestra historia de hoy, y lo esperamos también con esas expectativas, con esos deseos de algo mejor para los nuestros y para nuestro mundo. Jesús es el verdadero Salvador que nos da respuestas, que nos señala caminos, que nos da pautas de cómo hemos de caminar si queremos en verdad hacer que nuestro mundo sea mejor. No esperamos que vengan otros salvadores que nos arreglen nuestro mundo, otros personajes que puedan cambiar los derroteros de la historia; esos personajes se nos pueden quedar muy lejanos.
Y es que Jesús viene a decirnos que ha puesto ese mundo en nuestras manos y de nosotros depende de que ese mundo sea mejor; que cada uno de nosotros tenemos que ir poniendo nuestro granito de arena, las piedras necesarias para la construcción de ese mundo mejor; y Jesús nos viene a decir que está con nosotros, que nos acompañara con su gracia y con la fuerza de su Espíritu en ese camino que queremos hacer.
Y cuando sintamos de verdad esa presencia de Jesús en nosotros y porque queremos hacerlo más presente en nuestro mundo estaremos haciendo verdadera Navidad, porque estaremos haciendo nacer a Dios en nuestro corazón y en nuestra vida. No será un recuerdo, será una realidad en nosotros; y eso nos llena de esperanza de la verdadera, y eso nos hará sentir la alegría más honda cuando veamos que se van encendiendo luces porque vamos haciendo poco a poco que cada vez seamos mejores.
Es un camino el que estamos emprendiendo cuando comenzamos el Adviento que nos lleva a la Navidad, pero un camino que hemos de hacer con seriedad, con responsabilidad, con mucho amor, con mucha esperanza porque sabemos que Cristo ya está con nosotros.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

‘Estad siempre despiertos… y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. ¿Estaremos dormidos en la vida? hay muchas formas y muchas veces no sé si andaremos como zombis por la vida; aparentemente despiertos, pero para aquellas cosas verdaderamente importantes dormidos.
Estar despiertos en la vida nos habla de estar atentos y vigilantes para ver lo que pasa, estar atentos y vigilantes en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, estar atentos a las personas de nuestro entorno, estar atentos a lo que va sucediendo en el mundo. Quien desempeña una función en la vida no se puede dormir, ha de cuidar todos los detalles de lo que va realizando para sacar las cosas adelante, vigilantes ante los problemas que surgen porque muchas veces incluso hay que preverlos para saber darles solución a tiempo.
Quien tiene una responsabilidad familiar – y todos pertenecemos a una familia de la que no podemos desentendernos – ha de cuidar del bien de los suyos, de la felicidad de cada uno, de los problemas que podamos tener, de tener todo lo necesario para una vida digna, de cuidar del futuro de los hijos preparándolos debidamente desde la función de padres. Y así podíamos pensar en multitud de cosas en la vida.
Pero creo que cuando hoy escuchamos que el Señor nos dice que estemos despiertos algo más querrá decirnos, en otros aspectos fundamentales de nuestra vida también tendremos que fijarnos, aunque muchas veces en el materialismo con que vivimos o en la solución de esos problemas que día a día se nos presentan quizá el aspecto espiritual de nuestra existencia no lo cuidamos como tendríamos que hacerlo.
Ahí está nuestro crecimiento como personas pero también la profundidad espiritual que tenemos que darle a nuestra existencia. Esa espiritualidad que ha de dar fondo a nuestra existencia, que nos hará mirar a metas altas, y que llenará de trascendencia nuestro vivir. Es esa reflexión que hondamente dentro de nosotros hemos de ir haciéndonos para rumiar los acontecimientos de nuestra vida y saber aprender de cuanto nos suceda. Será entonces esa sabiduría que iremos aprendiendo de la vida misma cuando reflexionamos, cuando vamos contemplando lo que nos va sucediendo para saber leer en esos acontecimientos muchas lecciones buenas y positivas que hemos de saber ir sacando.
Y en esa espiritualidad de la persona un lugar importante, yo diría esencial, ha de ocupar nuestra fe. Esa fe que da sentido a nuestro vivir, a lo que hacemos y por qué lo hacemos. Esa fe que hemos puesto en Jesús y en su evangelio para convertirlo de verdad en centro de nuestra vida. En esa reflexión que nos hacemos es importante que iluminemos nuestra vida con esa luz de la fe y contrastemos lo que hacemos y vivimos con el sentir del evangelio de Jesús.
Despiertos para nuestra fe, despiertos en nuestra fe para mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre como nos ha dicho hoy el evangelio. Nos está hablando, sí, de ese momento final de nuestra existencia cuando vayamos a presentarnos definitivamente ante Dios para su juicio. Quizá sea una cosa en la que no pensemos, o que muchas veces hasta tratemos de alejar de nuestros pensamientos. Pero no tendría que haber temor si en verdad nos hemos mantenido despiertos en el caminar de nuestra vida también en ese aspecto de nuestra fe.
El juicio de Dios tenemos siempre la esperanza que es desde la misericordia; es cierto que no siempre somos fieles porque somos muy débiles y muchos tropiezos vamos teniendo en la vida; pero si andamos despiertos habremos sabido ir corriendo y enderezando  nuestros caminos. Sabemos que al final nos vamos a encontrar con el Dios misericordioso que nos ama. Que en El encontremos esa luz plena  definitiva de vivir para siempre en su presencia.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Aprendamos a descubrir esos brotes del Reino de Dios que hay en tantos a nuestro alrededor que aman y se entregan por los demás

Aprendamos a descubrir esos brotes del Reino de Dios que hay en tantos a nuestro alrededor que aman y se entregan por los demás

Apocalipsis 20,1-4.11-15; Sal 83; Lucas 21,29-33

‘Pues cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios…’ Son las palabras que escuchamos decir hoy a Jesús. ‘Sabed que está cerca el Reino de Dios’. ¿Cómo podemos verlo? ¿Es en realidad así? ¿Sólo se referirá a los momentos finales de la historia?
Creo que sin dejar de referirse a ese momento final de la historia que será una realidad aunque no sabemos cómo ni cuando, también el Señor se nos está queriendo referir al momento presente. El Reino de Dios hoy y aquí, que está cerca como nos dice, que está dentro de nosotros como nos dirá en otro momento.
Ha comenzado el texto con unas imágenes. Habla de la higuera que parece seca y muerta en el tiempo del invierno, pero cuando se va acercando la primavera comienzan a aparecer sus brotes. Aquella vida estaba como oculta, encerrada en el ser de la higuera, pero que hará falta unas condiciones climatológicas apropiadas para que comiencen a surgir sus brotes y pronto se llene de hojas en toda su frondosidad y será anuncio de unos futuros frutos no tan lejanos.
El Reino de Dios está cerca, nos dice Jesús. Pero tenemos que descubrir sus señales, que están ahí presentes aunque no las veamos. Nos fijamos más pronto en la sequedad de las ramas sin hojas que en la vida que se oculta tras ellas. Nos pasa en la vida, nos aparecen más pronto a la vista las cosas negativas que todo lo positivo que en potencia está también presente en nuestro mundo. Miramos excesivamente la vida con pesimismo y nos dejamos aturdir por las malas nuevas que nos puedan llegar quizá por todas partes pero no somos capaces de captar, de ver, de descubrir tantas cosas buenas y bellas que se están realizando y que parecen estar ocultas.
Muchas señales de que el Reino de Dios está cerca, está en y con nosotros, está en medio de nuestro mundo floreciendo también hay y tenemos que saber descubrir. Son tantas las personas buenas que siguen haciendo el bien aunque nos parezca que prevalezca el mal. Tantos voluntarios del amor; tantos comprometidos con la justicia; tantos que se arremangan cada día para vivir su compromiso por los demás; tantos que con humanidad, con mucho amor siguen atendiendo a enfermos, a personas necesitadas, a los que no cuentan a los ojos de este mundo; tantos que en silencio sin hacer cosas brillantes o extraordinarias están rezando a Dios por los demás, por los que trabajan por los otros; tantos que van sembrando alegría y esperanza con sus pequeñas acciones levantando los corazones desesperanzados, tantos, tantos…
Abre los ojos. ¿No hay a tu alrededor muchas personas que hacen de todo esto de lo que venimos hablando? Son personas que tú conoces también y que tenemos que saber valorar. No todo son ramas secas e infructuosas.
El Reino de Dios está ahí y está en tu corazón inquieto aunque muchas veces quizá no sepa qué hacer pero que siente preocupación por los demás. Son las señales del Reino que está presente en nuestro mundo, en nuestra vida. Quizá tendríamos que darlo a conocer un poco más para que la visión que se tenga de las cosas no sea siempre negativa; tendríamos que dar a conocer más la obra de la Iglesia en tantas personas que aman, que se entregan, que hacen el bien, que quieren vivir su fe en Jesús, que se reúnen para dar gloria al Señor con un compromiso también en sus vidas.
Sí, el Reino de Dios está cerca, como nos dice Jesús, está en medio de nosotros, está también en nuestra vida. Vivámoslo y hagámoslo más presente.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás como sembradores de paz y de esperanza

Cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás como sembradores de paz y de esperanza

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,1-3.9ª; Sal 99; Lucas 21,20-28

El texto del evangelio que venimos escuchando en estos últimos días del ciclo litúrgico nos pueden producir un cierto desasosiego porque pensar en los últimos días ya de de nuestra vida personal o ya sea pensar en los últimos tiempos como final del mundo y de la historia es algo que nos puede resultar incómodo, duro, de difícil comprensión y fácilmente pueden aparecer temores, dudas, miedos en nuestro corazón. No pretende el Señor angustiarnos sino precisamente todo lo contrario, son palabras que nos invitan a la tranquilidad, a la paz, a la esperanza.
Se entremezclan en este texto como en los anteriores que hemos venido comentando imágenes que hacen referencia a lo que fue la destrucción de Jerusalén – como hemos dicho quizá ya acaecida cuando san Lucas nos trasmite el evangelio – con imágenes que nos hablan de tiempos difíciles como en todos los momentos de la historia ha habido o imágenes que nos puedan hacer imaginar – valga la redundancia – lo que pudiera ser el fin del mundo.
En el momento presente hay acontecimientos en los que pudiéramos ver reflejadas algunas de las cosas que se nos dicen, terremotos que asolan poblaciones enteras, huracanes y ciclones que van destruyendo todo por donde pasan, guerras violentas que se repiten en distintos lugares de nuestro planeta, destrucción y muerte como lo estamos viendo en Siria e Irak a la que van unidas persecuciones de tipo religioso. Son cosas que a cualquier persona sensible le llenan de inquietud.
Por otra parte cada uno en su historia personal se encuentra con incomprensiones, momentos de difícil convivencia con los que nos rodean, vemos a nuestro alrededor matrimonios rotos que dejan mucho dolor tras de sí, abandonos, pobreza, muchas cosas que en su cercanía a nosotros o a los seres que apreciamos nos llenan también de dolor y hacen que sintamos una cierta preocupación y hasta angustia porque muchas veces no vemos fácil salida a esas situaciones.
Y ante todo eso, ¿qué hacemos? ¿Cuál ha de ser nuestra actitud, nuestra postura, nuestro compromiso? ¿Cómo nos tenemos que sentir por dentro?
Y hoy escuchamos a Jesús que nos dice: ‘cuando veáis todo eso… levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación’. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Anunciarle la liberación a quien se siente oprimido es una forma de alentar su esperanza y hacer que viva esos momentos duros por los que pueda estar pasando de una forma distinta. Cuando tenemos esperanza de una pronta liberación parece que nos sentimos con nuevas fuerzas.
Eso quiere el Señor para nosotros.  No olvidemos que ya desde el principio de su evangelio Lucas nos va presentando a Jesús como el que viene a traernos la libertad, como el que viene a liberarnos. Lo vemos expresado ya en el cántico de María en que se anuncia una gran misericordia y los pobres y los hambrientos se llenaran de bienes hasta hartarse; lo vemos en la sinagoga de Nazaret en aquel texto de Isaías que Jesús proclama y del que dice que todo aquello que acaban de oír se está cumpliendo ya.
El Señor nos ha liberado y nos ha llenado de su gracia; nos sentimos ya renovados en el amor del Señor, ¿qué hemos de temer? Y cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás. Allí donde hay sufrimiento, dolor, angustia, desesperanza, muerte nosotros tenemos que llevar vida, luz, amor. Allí tenemos que estar con nuestro amor que se hace compromiso, consuelo, que lleva paz, que da esperanza. Allí hemos de estar queriendo poner nuestro granito de arena para hacer un mundo nuevo, un mundo mejor.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Aunque el seguimiento de Jesús hoy no siempre es fácil para los cristianos no podemos perder la paz porque el Espíritu de Jesús nos da fortaleza y el don de la perseverancia

Aunque el seguimiento de Jesús hoy no siempre es fácil para los cristianos no podemos perder la paz porque el Espíritu de Jesús nos da fortaleza y el don de la perseverancia

Apocalipsis 15,1-4; Sal 97; Lucas 21,12-19

Ayer escuchábamos a Jesús que nos decía que no perdiéramos la calma, que no nos dejáramos confundir, hoy además nos dice que con nuestra perseverancia alcanzaremos la salvación.
Perseverancia… Se conoce como perseverancia a aquel valor que disponen algunos seres humanos en su actuar y que implica la constancia, la firmeza y la tesón en la consecución de algo… la perseverancia es aquello que uno se propone alcanzar y por el cual empleará los medios, las estrategias que sean necesarias para llegar a tal o cual fin.  Así nos dicen los diccionarios de su significado.
Cuánto necesitamos de la perseverancia en la vida, pronto nos cansamos, abandonamos el empeño en conseguir algo, tiramos la toalla como se suele decir. Eso en la consecución de nuestras metas, en el trabajo de cada día, en nuestro crecimiento como persona, en las cosas buenas que hacemos para ayudar a los demás, en el camino de nuestra fe. Abarca muchos aspectos de la vida, nos es necesaria continuamente. También cuando las cosas no son fáciles, cuando encontramos dificultades, cuando quizá todo se nos pone en contra; cuando todo marcha bien es fácil simplemente dejarse ir por el impulso, pero cuando las cosas son difíciles o encontramos oposición es fácil que nos pueda venir el desánimo.
Jesús nos está hablando de ello hoy cuando nos anuncia que los caminos de su seguimiento no se nos van a poner fáciles, porque incluso podemos ser perseguidos. Y nos dice que no temamos, que no nos preocupemos para buscar palabras para defendernos si nos mantenemos en fidelidad. Su Espíritu estará con nosotros y nos dará la fuerza que necesitamos. Es necesario despertar nuestra fe en la presencia del Espíritu porque cuando nos aparecen contratiempos en nuestra vida cristiana fácilmente nos angustiamos, perdemos los ánimos y poco menos que queremos escondernos de todo y de todos para no seguir pasando esos malos momentos.
Es la fortaleza que han sentido los mártires de todos los tiempos. Ya desde un primer momento en los Hechos de los Apóstoles vemos que aparecen esas dificultades y persecuciones, pero los apóstoles son capaces de salir contentos del Sanedrín porque tuvieron el honor de sufrir por Jesús. Tenían muy presentes en su vida las palabras de Jesús. Siempre recordamos aquellos primeros siglos del cristianismo con todas las persecuciones originadas en Roma, pero los mártires son hijos de todos los tiempos.
También en los momentos presentes de la historia se siguen produciendo esas persecuciones de los cristianos. Y no es solo que en nuestra patria recordemos a los mártires del siglo XX en aquellos años tan difíciles para España, sino que hoy en diversos lugares del mundo siguen muriendo cristianos a causa de su fe. No son noticias que se divulguen mucho por los grandes medios de comunicación, pero en esas cruentas guerras del Oriente medio – Siria, Irak, Irán… -  que hoy se sufren muchos son los que han muerto solamente por el hecho de ser cristianos. E igualmente en otros lugares del mundo. Y esto hemos de saberlo, tenerlo en cuenta, ofrecer nuestra solidaridad y nuestra oración.
También cada uno de nosotros allí donde vivimos no estamos lejos de encontrar dificultades semejantes en el desprecio de muchos, en la forma como en muchos medios se trata de ridiculizar todo el hecho religioso, en la forma de tratar las cosas de la Iglesia, en los juicios y prejuicios de tantos a todo lo que suene a religioso, a iglesia o a cristiano. Claro que no podemos olvidar también tantas cosas que desde el exterior o desde dentro de nosotros mismos nos quieren arrastrar por otros caminos.
Hemos de ser concientes de ello para no perder la paz, sabiendo que Jesús nos lo ha anunciado. También nosotros los cristianos hoy tenemos que escuchar esas palabras de Jesús ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras alma’. El Espíritu del Señor está con nosotros y es nuestra fuerza.

martes, 22 de noviembre de 2016

Ante los momentos difíciles que nos va ofreciendo la vida el creyente ha de saber reaccionar con una fe madura y un compromiso serio por hacer un mundo mejor

Ante los momentos difíciles que nos va ofreciendo la vida el creyente ha de saber reaccionar con una fe madura y un compromiso serio por hacer un mundo mejor

Apocalipsis 14,14-19; Sal 95; Lucas 21,5-11

Se entremezclan hoy en el evangelio y en las palabras de Jesús diversas ideas o realidades que aunque nos pueden parecer confusas sin embargo Jesús nos quiere aclarar para que no nos dejemos engañar por nadie.
La oportunidad viene de unas consideraciones que algunos se hacen contemplando la belleza del templo de Jerusalén. No solo por lo que significaba para el mundo judío como centro de toda la vida del pueblo judío no solo en el aspecto religioso sino de la unidad de todo el pueblo de Dios. Era realmente hermoso en su amplitud, en sus adornos, en el culto que allí se celebraba aunque por otro lado estaba también muy lleno de muchas impurezas.
En esta subida de Jesús a Jerusalén vemos cómo quiere purificarlo para que no se convirtiera en un mercado, sino como había de ser de verdad en casa de oración. Con ello Jesús nos estaba llevando a la consideración de quien en verdad es el verdadero templo de Dios, hablando de sí mismo, pero hablando de lo que hemos de ser nosotros.
‘Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido’ les dice. Una referencia a la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén que sucedería años más parte y que probablemente cuando Lucas nos escribe su evangelio ya habrá sucedido. Se preguntan cuándo será, qué señales habrá pero Jesús a eso no da respuestas concretas. Es lo efímero de las cosas de este mundo por muy bellas que sean.  ¿Será imagen de la destrucción que hacemos de nosotros mismos, verdadero templo de Dios, cuando dejamos meter el mal y el pecado en nuestro corazón?
Y nos habla a continuación de cosas que podemos interpretar como del momento final de la historia, pero que hemos de saber leer en los acontecimientos que cada día a lo largo de la historia se van sucediendo, vamos viviendo. No para que vivamos en medio de angustias y desesperanzas, pero sí para que constatemos la realidad y que nada nos debe confundir.
Catástrofes naturales que se van repitiendo continuamente en nuestro mundo, catástrofes humanas que los hombres nos provocamos con nuestras violencias y faltas de entendimiento, son cosas que se van sucediendo. Cada uno cuando las vivimos podemos sentir la tentación de la angustia y no saber que hacer. Serán momentos de confusión porque nos cuesta entender lo que sucede ya sea en las cosas de orden natural como en las que provocamos los hombres. Sucesos que nos pueden parecer irremediables y que nos parece que nos llevan al final de todo.
Jesús nos dice que no nos confundamos. Ante tales acontecimientos deberíamos saber tener una reacción de personas maduras. Jesús nos está anticipando como algunos aparecerán con falsos mesianismos hablándonos de apariciones maravillosas o diciéndonos que son las señales del fin del mundo. Sabemos bien cómo en nuestro tiempo las sectas de falta religiosidad por así decirlo hacen su agosto aprovechándose de la débil fe de la gente. Nos los encontramos cada día a la puerta de la casa o nos abordan por las calles. Cuántos desgraciadamente se dejan cautivar por esas interpretaciones calamitosas.
No os dejéis engañar, nos viene a decir. ‘Cuidado con que nadie os engañe… no os vayáis tras ellos…’ Todas esas cosas ocurren y es donde hemos de saber reaccionar con una fe madura y también sabiendo despertar lo mejor de nosotros mismos que nos provoque la búsqueda de la justicia, de la verdad, el despertar de una solidaridad verdadera. En verdad tenemos que sentirnos comprometidos a hacer un mundo mejor para que no reine la injusticia y renazca continuamente la solidaridad y el verdadero amor.

lunes, 21 de noviembre de 2016

No son dos reales como la viuda del evangelio sino como hizo Maria es el corazón, la vida, la voluntad, es todo nuestro ser el que se hace ofrenda al Señor

No son dos reales como la viuda del evangelio sino como hizo María es el corazón, la vida, la voluntad, es todo nuestro ser el que se hace ofrenda al Señor

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Sal 23; Lucas 21,1-4

¿Qué es lo que damos? ¿Hasta donde llega nuestro compartir? Decimos, cada uno da lo que puede. Pero pensemos sinceramente qué es lo que podemos dar o hasta donde estamos dispuestos a dar y a compartir.
Parecen cosas muy elementales lo que estamos diciendo y que casi no tendríamos que planteárnoslo. Pero puede darnos la medida de nuestro amor, o si lo queremos decir de otra manera, la medida de nuestro egoísmo. Porque cuando estamos pensando en esto que decimos comenzamos por pensar en nosotros, en lo que tengo, en lo que necesito y entonces hasta donde voy a dar para que a mi no me falte. Estamos centrándonos en nuestro yo.
Es bien contrario a lo que vemos en el evangelio y que alaba Jesús. Nos cuenta el evangelio que Jesús estaba a la entrada del templo enfrente del cepillo de las limosnas. Quizá nadie se fijara porque era un episodio de todos los días, al menos en general, pero según iban las distintas personas iban depositando sus ofrendas. Como hacemos nosotros cuando entramos en la Iglesia o cuando nos pasan el cesto de las limosnas. Y como nos dice el evangelista ‘alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas’.
Pero Jesús se fijó en lo que quizá nadie se fijaba. ‘Vio también una viuda pobre que echaba dos reales’. ¿Se trataba simplemente de esa calderilla buscamos en el fondo de nuestros bolsillos y que ponemos para quedar bien? En este caso no era la calderilla que sobraba sino que era todo lo que aquella mujer tenía para comer. ‘Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Es ahora cuando tenemos que hacernos aquellas preguntas con las que iniciábamos la reflexión. ¿Qué es lo que damos? ¿Hasta donde llega nuestro compartir? Es donde tenemos que ver el termómetro de nuestra generosidad. Es cuando hemos de ver si realmente nosotros ponemos corazón en lo que hacemos por los demás, en lo que damos y en lo que compartimos. Porque ya sabemos lo que generalmente nos puede pasar. Y es que con Jesús tenemos que aprender a dejar de mirarnos a nosotros mismos para comenzar a mirar a los demás.
Hoy la liturgia de la Iglesia celebra una fiesta de María que un poco nos puede pasar desapercibida. Es la presentación de María en el templo. Podríamos decir que no tiene ningún fundamento bíblico porque el que había de ser presentado en el templo era el primogénito varón.  Pero quizá en devoción de los cristianos de todos los tiempos – en la Iglesia oriental esta fiesta tiene una relevancia especial – hacemos como un parangón con Jesús que a los cuarenta días fue presentado en el templo en cumplimiento de la ley mosaica.
La tradición de esta fiesta un poco se apoya en evangelios apócrifos que hablan de cómo María fue enviada al templo para allí ser educada junto a otras niñas. Pero el sentido que suele darse a esta fiesta es algo así como una consagración de María al Señor, un poco repitiendo lo que la Escritura dice de Jesús en su entrada al mundo, ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’.
María que se ofrece y consagra al Señor; María que pone todo su corazón en Dios, por lo que el ángel la llamará la llena de gracia; María la que consagra toda su voluntad a lo que Dios quiera de ella que le hará decir ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’; María que no se contenta con dar cosas sino que da su corazón, se da toda ella a sí misma como la mejor ofrenda al Señor. No son dos reales, es su corazón, es su vida, es su voluntad, es todo su ser el que se consagra al Señor.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Al celebrar a Cristo Rey nos ponemos en el camino del Reino, camino que ha de pasar por el amor, la entrega más profunda al servicio de los demás, el compromiso por un mundo mejor

Al celebrar a Cristo Rey nos ponemos en el camino del Reino, camino que ha de pasar por el amor, la entrega más profunda al servicio de los demás, el compromiso por un mundo mejor

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43
‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Es el grito, la súplica de quien estaba sufriendo el mismo suplicio. Hasta ahora Jesús había guardado silencio ante las imprecaciones, los gritos, las burlas que tantos a su alrededor estaban haciéndole. Le había dicho que si era el Mesías, que si era el elegido de Dios, que si era el rey de los judíos, pero Jesús guardaba silencio.
Aquellas expresiones no eran el grito de la fe; era el grito del orgullo de los que se creían vencedores; era el grito del sarcasmo y de la desconfianza; era quizá el grito de quien se sentía desesperanzado y por si acaso hubiera algo de verdad en lo que aquellos otros decían, estando en el mismo suplicio aunque fuera por propia culpa iba a ver si podía conseguir algo. Por eso Jesús guardaba silencio.
Pero ¿cual sería el sentido del grito del que ya desde entonces llamamos el buen ladrón que sin embargo parecía estar cargado de esperanza? ¿Esperaba quizá que aun en aquellas circunstancias se fuera a restaurar el futuro reino de Israel? ¿Eran nuevas aquellas palabras que hablaban del Rey de los judíos como estaba escrito en el título de la condena clavado a la cabecera de la cruz, o acaso alguna vez estuvo entre aquellas multitudes que le habían escuchado anunciar un reino, el Reino de Dios?
Para empezar en él había humildad porque ya reconocía que si estaba en aquel suplicio era por algo que había hecho mal y era merecedor de aquel castigo. Pero desde la humildad y desde el sufrimiento parecía ser una plegaria sincera, aunque pudiera parecer inconcebible que se pudiera llamar Rey a quien estaba en el suplicio de una cruz. Pero hay cosas que se sintonizan con el corazón y al parecer aquel hombre había sintonizado. Es por lo que había replicado a su compañero de suplicio ‘¿ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada’.
Algo vislumbraba de verdad sobre ese Reinado de Dios en aquel que estaba colgado del mismo patíbulo. Es cierto que para los poderes de este mundo, como sucedía a aquellos sumos sacerdotes, escribas y fariseos que vociferaban alrededor de la cruz, no se entiende un reino a la manera como allí se estaba manifestando. Pero ya Jesús había expresado muchas veces a lo largo del evangelio donde estaba la verdadera grandeza y dignidad y cuales eran las características de ese Reino de Dios que ahora se instauraba. Era, sí, el momento en que se proclamaba y constituía ese Reino de Dios. Aunque pudiera parecer contradictorio era aquel momento el de la victoria del Reino, porque aquella sangre derramaba nos rescataba del poder del maligno, aquella sangre derramada era verdadera purificación del hombre pecador que alcanzaba el perdón y la redención, aquella sangre derramada era el signo del amor más verdadero, de la entrega más absoluta hasta el final, hasta dar la vida como hacían los que de verdad amaban que daban su vida por el amado.
Y aquel ladrón arrepentido aunque estuviera muriendo en el cadalso de la cruz estaba participando de esa victoria. ‘Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso’. El también estaba haciendo un acto de amor cuando con fe había acudido a Jesús para beneficiarse de la sangre redentora. Si más tarde incluso el centurión llegaría a decir que quien moría en la cruz era un inocente, el ladrón arrepentido estaba proclamando en verdad que Jesús es Rey, que Jesús es el Señor. Después de la resurrección así lo llamarán para siempre los discípulos, lo proclamaría Pedro ‘a Éste que habéis crucificado Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Es lo que hoy estamos celebrando. Al concluir el año litúrgico, porque ya el próximo domingo iniciaremos otro ciclo con la celebración del Adviento que da principio a todas las celebraciones del misterio de Cristo a través del año, hoy como una hermosa conclusión proclamamos con la liturgia a Jesucristo Rey del Universo. Es una celebración que viene como a resumir todo el misterio de Cristo que a través de todo el año hemos celebrado.
Queremos nosotros proclamar y celebrar hoy con toda solemnidad que Jesús es Rey, es el único Señor de nuestra vida. Queremos proclamar no solo con esta celebración sino con toda nuestra vida que es verdaderamente el centro de nuestra existencia, en quien encontramos la salvación, en quien encontramos la luz y el sentido de nuestra vida, en quien nos sentimos impulsados a hacer de nuestro mundo en verdad ese Reino de Dios.
 No es una celebración que podamos hacer solamente desde lo externo, sino que tiene que ser algo que en verdad surja desde lo más hondo de nuestra vida. Ya conocemos los caminos que nos señala Jesús a lo largo del evangelio, caminos que necesariamente han de pasar por el amor, por nuestra entrega más profunda al servicio de los demás, por ese compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor, por ir construyendo una sociedad desde los valores del evangelio donde todos seamos considerados y valorados, donde nadie tenga que sufrir por sus carencias o por la insolidaridad de los hermanos.
Celebramos a Cristo Rey y en verdad queremos ponernos en el camino del Reino, un reino de amor y de entrega, un reino de humildad y de justicia, un reino de paz y de concordia, un reino de verdad y de sinceridad. Es lo que desde nuestra fe queremos vivir.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús hemos de dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza

Con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús hemos de dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza

Apocalipsis 11,4-12; Sal 143; Lucas 20,27-40

No siempre somos capaces de dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Es más, hay algunos artículos de nuestra fe y que tendrían que animar fuertemente nuestra esperanza que de alguna manera los dejamos de lado, y poco los tenemos en cuenta en el día a día de nuestra vida. San Pedro en sus cartas nos invita a ese dar razón de nuestra fe, que no solo es tratar de explicárnosla razonablemente porque hay cosas que entran en el ámbito del misterio de Dios y con nuestros razonamientos humanos muchas veces se nos hacen en cierto modo incomprensibles, pero en los que hemos de hacer lo que llamamos el obsequio de nuestra fe, asumiendo y asintiendo a aquello que el Señor nos ha revelado.
Vivimos tan seguros y tan contentos quizá con la vida presente, o tan absorbidos por la materialidad de lo que ahora vivimos, que podemos olvidar en cierto modo esa trascendencia de nuestra existencia que ha de hacer pensar en la vida futura y en la resurrección. Si acaso pensamos quizá ligeramente en ello cuando nos vemos involucrados por la muerte de un ser querido, pero más allá de ahí poco pensamos en ello.
Son artículos de nuestra fe que cuando recitamos el Credo son palabras que también decimos, pero que nos pasan en cierto modo desapercibidas quizá por la rutina con que lo recitamos. ‘Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro… la resurrección de la carne y la vida eterna’, decimos según sea una u otra fórmula con la que recitemos el Credo.
Tendríamos que detenernos más en las palabras que pronunciamos para que no sean solo dichas con los labios, sino también nacidas desde lo más hondo de nosotros mismos, y no solo como un asentimiento de nuestra fe, sino como expresión también de lo que vivimos, de lo que es la trascendencia que le damos a nuestros actos, que le damos a nuestra vida.
El cómo ha de ser esa resurrección, cómo será esa vida eterna, quizá de alguna manera nos interrogue y nos llene de dudas y de preguntas, como hacían los saduceos en el evangelio que hoy hemos visto. Ahí están las respuestas de Jesús, en que nos invita a no hacer comparaciones de lo que es nuestra vida de ahora con lo que será esa vida futura. Pensemos en esa vida futura, en esa vida eterna como un participar de la plenitud de la vida de Dios. Es una plenitud de vida, de luz, de amor, de la gloria de Dios. Es un vivir en una plenitud todo lo más hermoso, de lo más noble, de lo más bello que ahora en este mundo hayamos podido vivir, pero que siempre ha estado limitado por la imperfección del momento presente, pero que en Dios podremos vivir para siempre.
Esos momentos buenos, esas cosas buenas de las que podemos disfrutar ahora en el momento presente no querríamos que se acabaran nunca, pero sabemos de la limitación del tiempo presente, pero en Dios no hay limitación, ni imperfección, ni tiempo porque todo es plenitud de eternidad. Así disfrutaremos de la presencia y de la visión de Dios.
Es difícil hablar de todas estas cosas, pero creemos en la palabra de Jesús, en la promesa de Jesús para quienes han puesto su fe en El. Y nos habla de resurrección y de vida, de no morir para siempre, de un vivir para siempre en Dios, porque seremos habitados en plenitud por Dios y nosotros habitaremos en El. Que con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús demos verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Purifiquemos nuestro corazón de aquellas cosas que nos impiden dar gloria a Dios y llenémoslo de mansedumbre, humildad, paz y amor

Purifiquemos nuestro corazón de aquellas cosas que nos impiden dar gloria a Dios y llenémoslo de mansedumbre, humildad, paz y amor

Apocalipsis 10,8-11; Sal 118;  Lucas 19,45-48

Hay gestos que contemplamos o en los demás o nosotros mismos realizamos que nos dicen más que muchas palabras. Por eso es importante que no solo vayamos repitiendo buenas palabras o buenos consejos como cosas, por así decirlo, aprendidas de memoria, sino que lo que vivimos lo traduzcamos a los hechos de nuestra vida porque el testimonio de lo que hacemos y vivimos convence más que muchos sermones les podamos predicar a los demás. Con esos gestos expresamos lo que llevamos dentro, lo que verdaderamente sentimos en nuestro corazón, reflejan lo que es el sentido que le damos a nuestra vida.
Por eso de los milagros Jesús decimos que son signos, y es incluso la palabra que emplea uno de los evangelistas. Pero lo que va haciendo Jesús, su cercanía con todos especialmente con los que sufren, los que son menospreciados y discriminados, los que no eran tenidos en cuenta en aquella sociedad se convierten en verdadero signo de lo que es el amor que Dios nos tiene.
Pero en algunos momentos Jesús tiene gestos y signos especiales, como cuando no solo cura al leproso sino que extiende su mano y lo toca, saltándose todas las reglas y normas prescritas para la relación con esos enfermos. Hoy en el evangelio vemos uno de esos gestos o signos de Jesús, cuando expulsa a los vendedores del templo.
Ya nos dice el evangelista que Jesús enseñaba todos los días en el templo y que el pueblo entero estaba pendiente de sus labios. Cuando habla del pueblo entero está hablándonos, es cierto, de toda clase de personas, pero en especial de los humildes y sencillos que son los que más abiertos están a la Palabra de Dios. Pero bien vemos que no todos los que andaban por el templo escuchaban con la misma actitud a Jesús.
‘Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio’. Ya sabemos como andaban al acecho, escuchando a Jesús pero para hacer sus interpretaciones, para ver en qué podían cogerlo para acusarlo. La Palabra de Jesús hería sus corazones llenos de orgullo y de soberbia, y cuando se tienen esas actitudes no se puede escuchar bien.
Pero por otra parte estaban los que andaban a lo suyo, a sus intereses, a sus negocios. Eran los cambistas por una parte, porque las ofrendas al templo habría que hacerlo en el dinero que aceptaba el templo y allá andaban ellos con sus intereses y sus ambiciones de lucro. Pero estaban por todas partes los que hacían las ofertas de sus animales para los sacrificios. Todo era un negocio, aquello era un mercado, lejos estaba de ser lo que verdaderamente había de ser el templo, una casa de oración.
Y ahí contemplamos el gesto de Jesús echando a los vendedores del templo y derribando las mesas de los cambistas. El templo había de ser purificado para que fuera en verdad una casa de oración. No gustará a muchos el gesto de Jesús, pero muchos se sentirán interpelados, algunos descubrirán la necesidad de purificarse desde lo más hondo acogiéndose a la misericordia del Señor para tener unas actitudes.
A nosotros también tiene que interpelarnos. Somos nosotros ese verdadero templo de Dios, porque así hemos sido consagrados desde nuestro bautismo. Pero muchas cosas hemos dejado ir metiendo en nuestro corazón que lo mancha y que nos hace descubrir la necesidad de una verdadera purificación. También se nos meten en nuestro interior ambiciones materialistas que nos ciegan, orgullos que nos atenazan el corazón, violencias interiores que nos hacen perder la paz. No siempre nuestro corazón tiene la suficiente paz y serenidad para escuchar a Dios, para sentir su presencia.
Necesitamos glorificar a Dios con nuestras vidas porque siempre todo en nosotros ha de ser para la mayor gloria de Dios. Quitemos aquellas cosas que nos estorban, arranquemos de nosotros esas pasiones que nos ciegan, llenemos nuestro corazón de mansedumbre, de paz, de humildad, de amor y todo lo que hagamos será siempre para la gloria de Dios.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Nos cegamos y no reconocemos el paso salvador de Dios por nuestra vida que se manifiesta en tantos signos de su presencia que va dejando junto a nosotros

Nos cegamos y no reconocemos el paso salvador de Dios por nuestra vida que se manifiesta en tantos signos de su presencia que va dejando junto a nosotros

Apocalipsis 5,1-10; Sal 149; Lucas 19,41-44
Cuando tenemos el presentimiento de que algo va a suceder, o podemos prever de una forma cierta algún acontecimiento que quizá no nos sea muy grato, nos llenamos de incertidumbre, en cierto modo las angustias se pueden apoderar de nosotros o lloramos de impotencia al ver que quizá no hemos conseguido aquello por lo que habíamos luchado. Son momentos en cierto modo difíciles, que nos llenan de tristeza, y que tenemos también la tentación del desaliento en medio de nuestras luchas y esfuerzos quizá por conseguir algo mejor no solo para nosotros sino también para los demás.
¿Cómo se sentía Jesús al contemplar la ciudad de Jerusalén a la que llegaba una vez más y contemplaba hermosa ante si desde el bacón del monte de los Olivos? Hemos venido siguiendo el camino de Jesús en su subida a Jerusalén. Una subida que El sabía bien que iba a tener un especial significado; había ido anunciando a sus discípulos todo lo que iba a suceder en cumplimiento de las Escrituras y que se iba a convertir en una pascua muy especial no solo para El sino para toda la humanidad.
Hoy le contemplamos llorando enfrente de la ciudad que contempla desde el monte de los Olivos. Allí está como conmemoración un pequeño templo con un ventanal muy hermoso sobre la ciudad y que se llama así precisamente, ‘Dominus flevit’, donde Jesús lloró. Era el presentimiento de la pascua cercana que iba a ser un verdadero paso de Dios en medio de la historia de la humanidad porque era en verdad un paso salvador. No era solo la tentación de la incertidumbre o del desaliento lo que Jesús podría sentir en aquellos momentos. Eran mucho más las lágrimas de Jesús sobre la ciudad santa de Jerusalén.
Allí contemplando la ciudad Jesús recuerda cuantas veces ha recorrido sus calles, cuantas veces ha predicado y enseñado en la explanada del templo, cuantas veces se había ido derramando la gracia misericordiosa de Dios sobre ellos con los signos que realizaba, curando enfermos, haciendo caminar a los inválidos o dando la vista a los ciegos. Pero aquella ciudad permanecía en su ceguera, las sombras del rechazo, de la duda, de la indiferencia, de la cobardía seguían entenebreciendo sus vidas. Y Jesús entraría en la ciudad santa para celebrar su Pascua, porque sobre ella y sobre todos los hombres derramaría su sangre salvadora.
Y Jesús llora porque no han sabido ver el paso de Dios en medio de ellos, no han querido escuchar su Palabra y no se han hecho merecedores de la gracia que Dios tan generosamente derramaba sobre ellos. ‘¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos… no reconociste el momento de mi venida…’ Jesús está previendo también la destrucción y la desolación que una vez más arrasará la ciudad santa. Algo bien doloroso para todo judío sería el ver destruida su ciudad. Pero es otra la destrucción que Jesús está viendo en el corazón de aquel pueblo, de aquellas gentes.
Y de nosotros ¿qué podrá decir el Señor? ¿Habremos reconocido el momento de gracia que continuamente nos regala? También nosotros tenemos el peligro de cegarnos y no saber reconocer la presencia del Señor, no saber escuchar esa Palabra que directamente nos dice al corazón a través de tantos medios. No nos podemos quedar en lamentarnos por aquella ciudad que no supo reconocer la presencia de Dios en medio de ellos, sino que tenemos que mirarnos a nosotros. Cuantas señales va dejando el Señor de su paso por nuestra vida, cuantas llamadas nos va haciendo continuamente que no siempre sabemos reconocer y no siempre es buena nuestra respuesta.
Es una llamada nueva que hoy nos hace el Señor. Es una invitación a descubrir la gracia del Señor. Es un toque de atención que hoy nos hace para que seamos capaces de reconocer ese paso salvador de Dios por nuestra vida.