jueves, 24 de noviembre de 2016

Cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás como sembradores de paz y de esperanza

Cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás como sembradores de paz y de esperanza

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,1-3.9ª; Sal 99; Lucas 21,20-28

El texto del evangelio que venimos escuchando en estos últimos días del ciclo litúrgico nos pueden producir un cierto desasosiego porque pensar en los últimos días ya de de nuestra vida personal o ya sea pensar en los últimos tiempos como final del mundo y de la historia es algo que nos puede resultar incómodo, duro, de difícil comprensión y fácilmente pueden aparecer temores, dudas, miedos en nuestro corazón. No pretende el Señor angustiarnos sino precisamente todo lo contrario, son palabras que nos invitan a la tranquilidad, a la paz, a la esperanza.
Se entremezclan en este texto como en los anteriores que hemos venido comentando imágenes que hacen referencia a lo que fue la destrucción de Jerusalén – como hemos dicho quizá ya acaecida cuando san Lucas nos trasmite el evangelio – con imágenes que nos hablan de tiempos difíciles como en todos los momentos de la historia ha habido o imágenes que nos puedan hacer imaginar – valga la redundancia – lo que pudiera ser el fin del mundo.
En el momento presente hay acontecimientos en los que pudiéramos ver reflejadas algunas de las cosas que se nos dicen, terremotos que asolan poblaciones enteras, huracanes y ciclones que van destruyendo todo por donde pasan, guerras violentas que se repiten en distintos lugares de nuestro planeta, destrucción y muerte como lo estamos viendo en Siria e Irak a la que van unidas persecuciones de tipo religioso. Son cosas que a cualquier persona sensible le llenan de inquietud.
Por otra parte cada uno en su historia personal se encuentra con incomprensiones, momentos de difícil convivencia con los que nos rodean, vemos a nuestro alrededor matrimonios rotos que dejan mucho dolor tras de sí, abandonos, pobreza, muchas cosas que en su cercanía a nosotros o a los seres que apreciamos nos llenan también de dolor y hacen que sintamos una cierta preocupación y hasta angustia porque muchas veces no vemos fácil salida a esas situaciones.
Y ante todo eso, ¿qué hacemos? ¿Cuál ha de ser nuestra actitud, nuestra postura, nuestro compromiso? ¿Cómo nos tenemos que sentir por dentro?
Y hoy escuchamos a Jesús que nos dice: ‘cuando veáis todo eso… levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación’. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Anunciarle la liberación a quien se siente oprimido es una forma de alentar su esperanza y hacer que viva esos momentos duros por los que pueda estar pasando de una forma distinta. Cuando tenemos esperanza de una pronta liberación parece que nos sentimos con nuevas fuerzas.
Eso quiere el Señor para nosotros.  No olvidemos que ya desde el principio de su evangelio Lucas nos va presentando a Jesús como el que viene a traernos la libertad, como el que viene a liberarnos. Lo vemos expresado ya en el cántico de María en que se anuncia una gran misericordia y los pobres y los hambrientos se llenaran de bienes hasta hartarse; lo vemos en la sinagoga de Nazaret en aquel texto de Isaías que Jesús proclama y del que dice que todo aquello que acaban de oír se está cumpliendo ya.
El Señor nos ha liberado y nos ha llenado de su gracia; nos sentimos ya renovados en el amor del Señor, ¿qué hemos de temer? Y cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás. Allí donde hay sufrimiento, dolor, angustia, desesperanza, muerte nosotros tenemos que llevar vida, luz, amor. Allí tenemos que estar con nuestro amor que se hace compromiso, consuelo, que lleva paz, que da esperanza. Allí hemos de estar queriendo poner nuestro granito de arena para hacer un mundo nuevo, un mundo mejor.

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