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lunes, 11 de abril de 2016

Cuando vayamos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que va a ser el verdadero motor de nuestra vida y nos llenará de luz y de sentido.

Cuando vayamos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que va a ser el verdadero motor de nuestra vida y nos llenará de luz y de sentido.

Hechos 6, 8-15; Sal 118; Juan 6,22-29

‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’. Fueron en busca de Jesús. Cuando lo encuentren Jesús les hará pensar en cuales serían las buenas razones para buscarle.
La búsqueda es algo connatural a la vida de todo ser humano, de todo ser viviente, podríamos decir también. Buscamos porque queremos conocer, queremos saber, queremos tener. Buscamos y no solo lo material, sino que en nuestra búsqueda nos interrogamos sobre nosotros mismos, buscamos el sentido y el valor de lo que somos, de lo que vivimos, de adonde vamos, las metas o los ideales de la vida por lo que luchamos. Y en esa búsqueda queremos siempre algo mejor. Forma parte del crecimiento de la persona y yo me atrevería a decir que cuando ya no deseamos nada, nada buscamos o nada queremos, de alguna manera dejamos de vivir, porque parecería que ya la vida no tiene sentido.
¿Qué buscamos nosotros en la vida? ¿Buscaremos en verdad algo que nos dé sentido, que nos llene de plenitud, que dé trascendencia a nuestra vida? ¿Acaso nos contentamos solo con lo material, lo terreno, lo inmediato? ¿Nos habremos cansado y ya no tenemos deseos de buscar? Creo que seria interesante hacernos preguntas así para descubrir la intensidad con que estamos viviendo nuestra vida.
La gente que había comido pan hasta saciarse allá en el descampado ahora viene a buscar a Jesús a Cafarnaún. ‘Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’.  ¿Por qué buscaban a Jesús? ¿Solo lo buscaban porque con el milagro habían comido pan? ¿Serían capaces de ver lo que aquel signo significaba? Es en lo que Jesús quiere hacerles reflexionar. Y ya les anuncia que busquen algo que en verdad les dé plenitud a sus vidas. ‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre’.
Es lo que tenemos que saber buscar en la vida, lo que en verdad llene plenamente  nuestra vida, lo que nos haga encontrar un sentido y una fuerza. Muchas veces en la vida nos quedamos en cosas inmediatas, en cosas que nos den una pronta satisfacción pero luego nos quedamos vacíos y sin nada por dentro. Cuando busquemos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que significa en verdad su salvación. Eso que va a ser el verdadero motor de nuestra vida; eso que nos llenará de luz y de sentido.
Tenemos que buscar a Jesús, querer conocerle, escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos para que así vayamos encontrando esas respuestas que El va dando a esos interrogantes profundos que tengamos en nuestra vida. Que cada día haya un encuentro verdaderamente vivo con El y nos llenemos de su vida y de su plenitud. Como nos termina diciendo hoy ante las preguntas de los judíos: ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’. Pongamos en verdad nuestra fe en Jesús porque El nos llevará por caminos de plenitud.

domingo, 10 de abril de 2016

Que el colirio del amor cure nuestros ojos ciegos para descubrir y reconocer a Jesús y emprendamos caminos de verdadero amor y fidelidad

Que el colirio del amor cure nuestros ojos ciegos para descubrir y reconocer a Jesús y emprendamos caminos de verdadero amor y fidelidad

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Sal 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19
Con los ojos del amor podremos en verdad descubrir y reconocer a Jesús; con un corazón lleno de amor podremos seguir con toda seguridad un camino de fidelidad a Jesús. Me vais a permitir que en esta doble frase resuma el mensaje que hoy nos ofrece el evangelio en este tercer domingo de pascua.
Muchas veces parece que a nosotros también se nos nubla el corazón y no sabemos reconocer lo que está delante de nuestros ojos, delante de nuestra vida. Les estaba pasando a los discípulos; parecía que aun no estuvieran totalmente convencidos de que el Señor hubiera resucitado. Desalentados quizá, cansados, agobiados por tantos acontecimientos que habían vivido, impactados por todo lo que había significado la pasión y muerte de Jesús en la cruz, todo se les volvía negro, parecía sentirse desestabilizados. Un grupo de ellos encabezados por Pedro deciden tomar de nuevo las barcas y las redes e irse a pescar. ‘Me voy a pescar… Vamos también nosotros contigo…’ Pero aquella noche no cogieron nada. Su trabajo resultaba infructuoso.
Estaba amaneciendo. En la orilla alguien les preguntaba si habían cogido algo; una pregunta que podría parecer habitual en los que en la mañana esperaban la pesca en la orilla. Pero aquel a quien no podían vislumbrar claramente en la orilla les señala donde han de echar la red para conseguir la pesca. Y la pesca fue abundante; quizá podrían recordar otra pesca milagrosa en otras circunstancias. Y se sienten sobrecogidos por lo extraordinario. Pero hay unos ojos que ven con una claridad especial. Es el discípulo amado el que le va a susurrar a Pedro que quien está en la orilla es Jesús. ‘Es el Señor’. El amor había sido el colirio que le había hecho ver con claridad y distinguir que allí estaba el Señor.
Ya conocemos la reacción de Pedro en el impulso del amor por estar lo más pronto posible con Jesús que le hace lanzarse al agua para llegar el primero, aunque en este caso dejara a los demás el arrastrar la red y llevar la barca hasta la orilla. Pero también en su corazón se había despertado el amor.
Más tarde Jesús le preguntará insistentemente por su amor. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Tú que has querido ser el primero en llegar hasta mis pies cuando me has reconocido desde la barca, tú que eran tan impulsivo que decías que estaba dispuesto a dar tu vida por mi, aunque yo te decía que tuvieras cuidado, que fueras fuerte, que vendría la tentación y me ibas a negar, tu el que no quería que yo sufriera y te negabas a aceptar mis anuncios de pasión y de pascua, tú siempre dispuesto a hablar el primero para confesar tu fe, para decir que no te podías marchar aunque no terminaras de entender bien mis palabras, porque yo tenía palabras de vida eterna, ‘¿me amas? ¿me amas más que estos?’
Y allí está Pedro porfiando su amor, aunque aquella triple pregunta de Jesús le produzca dolor en el alma porque recuerda sus debilidades; allí está Pedro porfiando su amor pero allí está Jesús que sigue confiando en él, porque en ese amor sabe que será fiel, sabe que llevará la nave a buen puerto porque ya no se fiará de si mismo sino del amor del Señor y de la presencia de su Espíritu, sabe que será buen pastor porque ha aprendido bien la lección. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le dirá una y otra vez Jesús.
¿No nos estará haciendo Jesús la misma pregunta a nosotros? ¿no nos estará preguntando por nuestro amor? Tantas veces también nos sentimos débiles; tantas veces se nos oscurecen los ojos y parece que nos sentimos solos y tenemos también la tentación del desaliento y del cansancio; tantas veces nos entran las dudas con lo que sufrimos o con lo que vemos sufrir a los que están a nuestro lado; tantas veces también nos sentimos inseguros, desorientados sin saber qué hacer, aturdidos por los problemas que podamos tener o por la situación que vemos en nuestro entorno; tantas veces no terminamos de entender bien por donde caminamos o por donde estamos llevando nuestro mundo y necesitamos encontrar una luz, encontrar algo que nos abra los ojos para discernir bien la situación que vivimos, necesitamos sentirnos seguros de que la Palabra de Jesús nos sigue siendo válida y necesaria para hacer que nuestra vida tenga sentido, para hacer que nuestro mundo sea mejor. Quizá tantas veces también nos volvemos a pescar en los oscuros mares donde no ha amanecido el Señor.
Que se despierte en nosotros el amor, porque nos sintamos amados, como Juan el discípulo amado, para saber descubrir esa presencia del Señor; que vuelva a arder de nuevo nuestro corazón en el amor y así nos sintamos impulsado cada vez con más fuerza para buscar a Jesús, para ir al encuentro con Jesús, para querer estar al lado de Jesús.
Que lavemos nuestros ojos con el colirio del amor para ver también donde podemos y donde tenemos que encontrar a Jesús porque también tenemos que saber descubrirle en los hombres y mujeres que nos rodean, en los hombres y mujeres que sufren a nuestro lado o pasan necesidad, o emigrantes o refugiados que han tenido que dejar sus casas y sus países buscando algo mejor para sus vidas. Miremos y seamos capaces de ver a Jesús que en ellos viene también a nuestro encuentro y nos está preguntando por nuestro amor. Y nuestra respuesta no pueden ser palabras sin más que digamos como aprendidas de memoria, sino que tienen que surgir de unos corazones que están convencidos de que ahí está el Señor esperando nuestro amor.
Mucho tiene que hacernos pensar el evangelio de este domingo. Es una pregunta muy honda que se nos hace a lo más profundo de nuestro corazón a ver si en él encontramos amor del verdadero. Seguro que el Señor sigue confiando en nosotros y en la respuesta de amor y de fidelidad que le vamos a dar.

sábado, 9 de abril de 2016

Con Jesús a nuestro lado aunque sean muchas las oscuridades que nos puedan llenar de miedos nos sentimos seguros, nuestra fe se fortalece y renace la esperanza

Con Jesús a nuestro lado aunque sean muchas las oscuridades que nos puedan llenar de miedos nos sentimos seguros, nuestra fe se fortalece y renace la esperanza

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
‘Soy yo, no temáis’, les había dicho Jesús. Estaban asustados. Habían estado esperando a Jesús al embarcarse pero Jesús no había aparecido, más bien antes les había indicado que se fueran a la otra orilla. Era de noche cerrada, el viento era fuerte, las olas iban creciendo porque el lago se iba encrespando con el viento; eran habituales en aquel lago las tormentas que se levantaban repentinas por la depresión en que se encontraba al pie del monte Hermón y los cambios bruscos de temperatura. Muchas circunstancias que hacía que tuvieran miedo. Ahora aparecía alguien caminando sobre el agua como si fuera un fantasma. Estaban asustados y tenían miedo.
Tratamos de ocultar nuestros miedos porque nos parecen cobardías, pero siendo sinceros con nosotros mismos muchas veces se nos meten los miedos en el alma en la vida, aunque no lo queramos reconocer. Miedos en nuestras dudas que nos llenan de oscuridad; miedos porque nos sentimos solos y en el fondo necesitamos alguien que camine a nuestro lado; miedos porque no nos hemos afirmado en la verdad y en el sentido de la vida y parece que nos falte un norte que nos guíe; miedo porque nos sentimos débiles e ignorantes aunque lo ocultemos tras fachas que disimulan nuestras cobardías; miedos a enfrentarnos con el otro, a caminar junto a los demás, a que nos conozcan de verdad; miedos a lo que está por venir, a lo que nos pueda suceder, a las consecuencias de lo que hacemos sea bueno o sea malo; miedos al compromiso que nos haga olvidarnos de nosotros mismos porque siempre queremos hacernos nuestras reservas… podríamos hacer una lista muy grande de nuestros miedos y cada uno ha de mirarse con sinceridad en su interior.
Ahí estamos en el mar de la vida y nos parece sentirnos solos cuando las olas y los vientos de los problemas y dificultades chocan contra la barca de nuestra vida y nos parece que nos hundimos. Pero Jesús viene, está ahí, aunque no lo veamos, aunque lo confundamos con otras muchas cosas, pero hemos de tener la certeza de que El no nos falla, de que El no nos dejará solos nunca. Aunque nos pudiera parecer como aquel que se estaba ahogando en la playa y pensaba que aún había mucha profundidad de agua bajo sus pies, con Jesús a nuestro lado no nos hundimos y tenemos muy cerca esa orilla que nos da seguridad. Es la seguridad que nos da nuestra fe en El.
En nuestros miedos las oscuridades que se nos meten en el alma nos parecen tenebrosas y que no seremos capaces de salir de los peligros que nos acechan. Pero si en verdad nos apoyamos en Jesús, nuestra fe se fortalece, el alma se llena de seguridad y podremos emprender esos caminos, meternos de lleno en esas tareas que tenemos que realizar, vivir a fondo nuestros compromisos, y todo eso siempre con alegría en el alma porque la presencia de Jesús nos llena de esperanza y de seguridad. El Señor nos dice: ‘soy yo, no temáis’.

viernes, 8 de abril de 2016

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

‘Pero, ¿qué es esto para tantos?’ era la pregunta que se hacía aquel discípulo cuando habían encontrado un muchacho con cinco panes y dos peces. Era una multitud grande la que se había congregado en torno a Jesús. Les había dicho que había que darles de comer porque llevaban varios días con él y no tenían que comer estando además en despoblado; ya habían hecho sus cálculos de la cantidad de dinero que necesitarían para dar de comer a toda aquella gente, pero estaban en despoblado y allí tampoco había donde comprar pan; parecía que todo eran dificultades y con lo que tenían no encontraban solución.
¿No nos pasará algo igual a nosotros? Nos abruman los problemas y nos sentimos tan débiles y sin fuerzas; no sabemos a quien acudir ni como encontrar soluciones; y eso hasta en las cosas más nimias de nuestra vida. Pero contemplamos nuestro mundo con sus crisis, con sus miserias, con sus injusticias y con el hambre que padecen millones de hombres por todas partes. Queremos hacer pero algunas veces parece que no sabemos que hacer; pensamos quizá que la solución del problema está en otras manos, los poderosos, los que tienen el mando o la dirección de la sociedad, y nos inhibimos.
¿Qué puedo hacer yo si soy solo uno en medio de tantos? ¿De que me valdría dar incluso todo lo que yo tengo si eso no va a solucionar el hambre de millones? ¿Qué puede valer mi opinión si soy una persona insignificante? Hay otros que saben más, que pueden más, que ellos comiencen. Y reculamos, nos echamos atrás, nos cruzamos de brazos, al final ni nuestros pobres cinco panes y dos peces somos capaces de ponerlos a disposición en unas falsas humildades o en una poca valoración de lo que podemos valer y de lo que podríamos hacer si ponemos nuestro granito de arena.
Creo que este pasaje del evangelio de la multiplicación de los panes que tantas veces hemos meditado nos puede interpelar por dentro sobre lo que hacemos o no hacemos por nuestra sociedad o por nuestro mundo. Nuestro pequeño pan, el de nuestra inteligencia, el de nuestra capacidad, el de nuestras ideas, el de nuestra buena voluntad, el de nuestro compromiso tiene un valor muy grande. Aunque parezcamos insignificantes podemos hacer mucho, tenemos además mucho que hacer.
El milagro de Jesús de la multiplicación de los panes Jesús lo está poniendo en nuestras manos porque nosotros tenemos que seguir realizándolo hoy. No podemos quedarnos impasibles ante las necesidades de los demás, ante la situación de nuestra sociedad, ante la dejadez quizá de los que mucho tendrían que hacer, pero que nosotros tenemos mucho que hacer. No podemos consentir que nuestra sociedad y nuestro mundo marchen por derroteros de destrucción y de muerte.
Es el amor el que puede salvar al mundo, como fue el amor de Jesús el que hizo posible que toda aquella multitud pudiera comer en el desierto. Ahí tenemos que poner nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos que tenemos que realizar. Cada uno tenemos que analizar la situación allí donde estamos para abrir los ojos y ver los problemas y poner nuestros esfuerzo, nuestro empeño en hacer un mundo de mayor justicia.
Y finalmente un detalle del evangelio. Jesús mandó recoger los panes que sobraron para que nada se desperdiciara. ¿Hemos pensado cuanto se desperdicia en nuestro mundo? Serán esas capacidades que tenemos y que no utilizamos. Y será también materialmente cuántas cosas se tiran, cuántos alimentos se destruyen, cuántas cosas que pueden servir para ayudar a los demás se desperdician. Esto nos tendría que llevar a más largas reflexiones.

jueves, 7 de abril de 2016

Busquemos los valores que den plenitud y sentido a nuestra vida llenándonos de esperanza y encontremos la verdadera espiritualidad desde nuestra fe en Jesús

Busquemos los valores que den plenitud y sentido a nuestra vida llenándonos de esperanza y encontremos la verdadera espiritualidad desde nuestra fe en Jesús

Hechos 5,27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Cada uno habla de lo que sabe; aunque algunas veces seamos osados y queramos tener opinión de todo sin tener suficiente juicio de valor para hablar de ello. De aquello que llevamos en el corazón, nos expresamos con nuestros labios, solemos decir; aquello que son nuestros pensamientos o nuestras convicciones más profundas se nos va reflejando en la vida, en lo que hacemos y en lo que decimos.
Lo que expresamos en nuestras palabras y opiniones y lo que manifestamos con nuestra manera de actuar va a definir la profundidad que tengamos en la vida y cuáles serían en verdad nuestras metas y nuestros ideales. Muchas veces nos quedamos demasiado a ras de tierra, en las cosas materiales, en los intereses de lo que podamos tener o poseer y eso podría manifestar quizá la falta de una espiritualidad profunda en nuestra vida cuando solo nos quedamos en lo material, en lo cercano o palpable, en aquello que nos satisfaga prontamente o quizá con el mínimo esfuerzo.
Por eso tenemos que darle hondura a nuestra vida que significará mirar a lo alto, mirar más allá de eso que palpamos con nuestras manos, o de eso que nos pueda dar simplemente una ganancia material o una satisfacción pronta que se puede convertir fácilmente en efímera. Es saber descubrir otros valores, es saber trascender nuestra vida, es encontrar esa fuerza espiritual que nos levante y nos haga reconocer que somos algo más que la materialidad de un cuerpo o unas cosas terrenas que nos puedan satisfacer.
Es eso que nos va hacer encontrar un sentido y un valor a lo que es nuestra vida, a lo que hacemos y por lo que nos esforzamos y luchamos. Cuando faltan esos valores espirituales nos puede suceder que pronto nos encontremos cansados y hastiados de eso en lo que hemos buscado esas prontas satisfacciones; cuando nos faltan esos valores espirituales nos sentiremos sin apoyo y sin fuerza cuando quizá la vida se nos haga dura por los problemas y dificultades que podamos ir encontrando y parece que todo lo tenemos en contra; nos sentiremos como desorientados, sin saber que hacer, qué camino tomar, donde encontrar esa fuerza que nos impulse a seguir luchando con esperanza de que podemos encontrar algo mejor.
Es descubrir esos valores por los que merece la pena luchar y hasta sacrificarse porque serán los que nos darán las más auténticas satisfacciones. Es no tener miedo a esa fe que eleva nuestra espíritu y nos hace aspirar, desear ese encuentro con nuestro Hacedor, el que tiene que ser el único Señor y Dios de nuestra vida.  
El creyente sabe que en Dios tiene su luz y su fortaleza. El creyente en Jesús ha encontrado en El la verdad de su vida. El verdadero creyente en Jesús en El encuentra esa razón para su vivir, se trasciende y se eleva, y en Jesús encontrará la gracia que le fortalece para no desentenderse del día a día de su vida, con sus luchas, con sus sueños, con sus deseos de hacer un mundo mejor, con su compromiso por los demás, con su trabajo por la justicia y la paz de nuestro mundo.
Tener fe no nos hace desentendernos de este mundo, sino vivir más comprometidos con El para hacerlo mejor. Esa fe en Jesús llena de esperanza nuestra vida para superar cansancios y dificultades porque sabe que con Jesús puede realizar en verdad un mundo mejor.

miércoles, 6 de abril de 2016

Creemos en el amor que nos salva y nos ponemos en camino de amor para ofrecer la luz de la salvación a todos

Creemos en el amor que nos salva y nos ponemos en camino de amor para ofrecer la luz de la salvación a todos

Hechos 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

Amor de Dios, fe, salvación son las constantes del evangelio de este día. ‘Para que no perezca ninguno de los que creen en El… para que el mundo se salve por El’, nos insiste el evangelio. Es la manifestación grande, la manifestación más maravillosa del amor de Dios.
En algunos momentos nos hemos hecho una imagen del Dios del juicio y de la condena. Quizá conscientes de nuestra maldad, de nuestro pecado, de nuestro rechazo a la luz nos quedamos con esa imagen del Dios pronto para condenar. Pero no es la constante de la revelación de Dios. El Dios clemente y misericordioso, lento a la ira y tardo para condenar, que ya se nos decía en el Antiguo Testamento.
Con Jesús se nos manifiesta más palpablemente ese rostro misericordioso de Dios. Jesús es la presencia del amor de Dios entre nosotros. Porque nos amaba y con un amor infinito y eterno nos envió a su Hijo. No para condenar sino para salvar; no para que permaneciéramos en las tinieblas, aunque nosotros las hubiéramos elegido, sino para llevarnos a la luz. Y lo que necesitamos es creer en El, creer en su amor, acogernos a su misericordia infinita, acercarnos a luz para iluminarnos para siempre llenándonos de su vida.
Es lo que nos repite hoy el Evangelio. Es la Buena Noticia que Jesús viene a proclamar y nos pide que creamos en El. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. 
Pero bien sabemos lo que significa creer; no son solo palabras, no es solo la aceptación de unos dogmas; sí es la aceptación de una verdad que es el amor de Dios existente desde toda la eternidad que viene a regalarnos su amor y con su amor la salvación, el perdón, la gracia de la vida nueva. Pero esa aceptación de esa verdad del amor no es de forma teórica sino vital, porque es ponernos en la orbita de ese amor para amar con un amor igual; es ponernos en la órbita de la presencia de Dios que llena e inunda totalmente nuestra vida; es ponernos en ese camino de Dios, que es camino de rectitud, de bien, de justicia, de verdad, de paz, de perdón, de amor.
Recibimos ese amor y amamos con ese amor; nos llenamos de su paz cuando nos regala su perdón e iremos repartiendo paz porque nos acercaremos como hermano al hermano, y regalaremos también nuestra comprensión y el perdón porque ya nunca juzgaremos ni condenaremos al hermano; en la presencia del Dios del amor en nuestra vida iremos entonces construyendo ese mundo nuevo desde la rectitud de nuestra vida, desde nuestro compromiso, desde el trabajo por el bien y la verdad, desde el sentido nuevo de comunión y de amor con que iremos construyendo nuestro mundo. 

martes, 5 de abril de 2016

Un nuevo nacimiento que significaran unas nuevas actitudes y posturas por nuestra parte dejándonos transformar por la acción del Espíritu

Un nuevo nacimiento que significaran unas nuevas actitudes y posturas por nuestra parte dejándonos transformar por la acción del Espíritu

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 1-15

‘Teneis que nacer de nuevo’, le dice Jesús a Nicodemo. ¿Qué significa? A Nicodemo le cuesta entender, porque como dice él un hombre viejo no puede volver a entrar en el seno de su madre para volver a nacer. Es una imagen que nos quiere decir mucho. Jesús quiere dejárnoslo muy claro.
Al principio de los evangelios sinópticos – Mateo, Marcos y Lucas – el primer anuncio que hace Jesús es la invitación a la conversión para creer en la Buena Nueva del Reino que anuncia Jesús. Si no hay esa vuelta completa de nuestra vida no podremos entender esa Buena Noticia que Jesús nos trae y aceptar esa vida nueva que significa el Reino de Dios.
La imagen que nos presenta el evangelio de Juan es el nuevo nacimiento. Va en el mismo sentido de lo que se nos decía en los sinópticos, el de la conversión, el del cambio de vida. Y es que aceptar el Reino nuevo de Dios que Jesús nos anuncia es una nueva vida, es necesario un nuevo nacimiento. Es lo que ahora le está diciendo Jesús a Nicodemo. Había venido de noche a ver a Jesús – en la placidez de la noche cuantas conversaciones profundas se pueden tener – y venia con buena voluntad porque había descubierto que en Jesús algo nuevo esta sucediendo, algo nuevo se estaba anunciando. Pero Jesús le dice que no valen solo buenas voluntades, es necesario algo más, ese cambio profundo, ese nuevo nacimiento.
Un nuevo nacimiento que significaran unas nuevas actitudes y posturas por nuestra parte; es necesario ese deseo nuestro, esa apertura de nuestro corazón, esa voluntad de querer aceptar para hacer nueva nuestra vida. Pero será algo que no haremos solo por nosotros mismos o con nuestra fuerza y voluntad. Hay una acción de Dios. 
Por eso Jesús le dirá que hay que nacer del agua y del Espíritu. Recibimos el baño del agua, sí, que nos lava y purifica de todo lo viejo que hay en nosotros y que hemos de tener la voluntad de arrancar de nuestra vida. Pero es una acción del Espíritu de Dios en nosotros. Nacer del agua y del Espíritu.
Entendemos que se está refiriendo al Bautismo. Es un bautismo nuevo, porque ya para nosotros no será un signo penitencial de purificación como era el bautismo de Juan. Es algo más, algo nuevo, algo distinto, porque está la acción de Dios, la fuerza del Espíritu que hará nacer en nosotros una nueva vida, un nuevo nacimiento, como nos viene diciendo Jesús. Es la gracia de Dios que nos transforma para llenarnos de la vida de Dios.
Es el bautismo no como un simple rito de iniciación, sino como una transformación total de nuestra vida. Nace en nosotros una nueva vida con la semilla del Reino de Dios y de tal manera es nueva esa vida que nos hace hijos de Dios. Y todo eso por el misterio redentor de Cristo. Es una participación en el misterio de Cristo, es una participación en su muerte y resurrección, un morir con Cristo en el bautismo, morir al hombre viejo, para resucitar, renacer con El en una vida nueva, como luego nos explicará muy bien san Pablo en sus cartas.
En la Pascua hemos hecho una renovación de nuestro Bautismo. Renovábamos las promesas bautismales en la noche santa de la resurrección del Señor como un signo de esa vida de resucitados que habíamos de vivir. Era la conclusión del camino cuaresmal que habíamos recorrido. Es un nuevo principio en nuestra vida, porque en verdad queremos sentirnos renovados en esta pascua.
Hemos de seguir atentos y diligentes para no volver a ese hombre viejo de muerte, sino vivir esa vida nueva en la que hemos renacido. Mucho tendríamos que reflexionar sobre esto, sobre lo que en verdad ha de significar en nuestra vida ese renacer de cada día con verdadero sentido pascual.

lunes, 4 de abril de 2016

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria del Hijo de Dios en el misterio de su Encarnación

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria del Hijo de Dios en el misterio de su Encarnación

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

El veinticinco de marzo la Iglesia celebra una solemnidad muy especial. Es la fiesta grande de la Encarnación de Dios. El misterio admirable de Dios que se hace hombre en el seno de Maria. Pero este año de 2016 no pudimos celebrar esta solemnidad en su propio día porque coincidió con la celebración del Viernes Santo. Por eso la liturgia traslada esta solemnidad precisamente a este día, lunes de la segunda semana de pascua. ¿Por qué a este día, podría preguntarse alguien, y no al lunes siguiente al día de pascua? Por la sencilla razón de que la semana de pascua es una solemnidad especial, la octava de pascua que ayer concluíamos, en la que se prolonga la fiesta grande de la resurrección del Señor durante los ocho días que siguen.
Hoy, pues, celebramos este admirable misterio de la Encarnación. Por eso escuchamos en el evangelio una vez más – cuántas a través del año en su liturgia – del anuncio del ángel a Maria en Nazaret del nacimiento del Hijo de Dios encarnado en sus entrañas. ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.
El hijo de María va a ser el Hijo de Dios. ‘Se llamará el Hijo del Altísimo’, le dice el ángel. No es fruto del amor humano, es una concepción misteriosa, porque es obra de Dios, obra que solo Dios puede realizar. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’.
Es el Emmanuel anunciado por el profeta, Dios con nosotros. Es el misterio de Dios ante el que nos postramos. Es el misterio de Dios que con toda humildad reconocemos. Es el misterio de Dios que se nos revela para manifestarnos la grandeza del amor de Dios. Así nos ama Dios que quiere tomar nuestra naturaleza humana, hacerse hombre como nosotros porque por nosotros se entrega, para a nosotros darnos vida.
Creo que solamente podemos decir ‘Sí’, como María, porque nuestras palabras se quedan cortas, nuestra lengua se queda muda y sin palabras, nuestra mente se queda obnubilado ante tanto misterio, nuestro corazón se siente sobrecogido ante tanto amor.
Muchos no lo entenderán porque quieren emplear sus raciocinios humanos para comprenderlo. Muchos lo considerarán como una locura o una insensatez. Pero nosotros confesamos nuestra fe, nosotros reconocemos el amor de Dios, nosotros nos sentimos agradecidos y alabamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida. Como María decimos: ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra’. Como el Hijo de Dios al entrar en el mundo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Y como nos dice el evangelio de san Juan: ‘Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.

domingo, 3 de abril de 2016

Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas y nos llega la paz porque para siempre estaremos ya contemplando el rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas y nos llega la paz porque para siempre estaremos ya contemplando el rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Hechos 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Juan 20, 19-31
    ‘No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos…’
Es el gozo que seguimos sintiendo en el corazón. Es la esperanza renacida en el espíritu, allá en lo más hondo de nosotros mismos. Celebramos a Cristo resucitado. Vivimos a Cristo resucitado, porque nuestra celebración no es de algo ajeno a nosotros, sino que es algo que vivimos. ‘Los discípulos se llenaron de inmensa alegría’, comenta el evangelista ante todo lo que está sucediendo.
También para nosotros se han de abrir las puertas para que entre la alegría, dejando entrar a Jesús en nuestras vidas; se han de disipar para siempre los nubarrones que puedan ensombrecer nuestra vida porque para siempre tenemos la luz de Jesús que nos ilumina y nos llena de vida. Se derribaran los muros que nos separan y crean distancias entre nosotros porque ya para siempre comprendemos lo que es el amor y vamos a crear esa comunión de amor de los hermanos. Algo nuevo tiene que comenzar. Una vida nueva tenemos que vivir.
Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas porque tenemos la certeza de su presencia. Tomás quería tocar y palpar porque él no estaba cuando se les manifestó Cristo resucitado por primera vez allá en el cenáculo. Los apóstoles le decían ‘hemos visto al Señor’ pero él seguía con sus dudas y con sus miedos. Pero cuando de nuevo Cristo se les manifieste y él está allí ya no necesitará palpar, tocar con sus manos porque reconocerá en verdad que era el Señor. ‘Señor mío y Dios mío’. Seguro que su corazón ardió en el amor de Dios con la presencia de Jesús y ya no necesitaba pruebas.
Quizá necesitamos ese episodio aunque no nos gusten las dudas de Tomás, pero así estaremos en verdad convencidos y con entusiasmo ya para siempre nosotros siempre confesemos la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas. Nosotros hemos de sensibilizar nuestro corazón para sentir también ese ardor dentro de nosotros, como Tomás, como los discípulos de Emaús, porque ya para siempre entendamos las Escrituras, porque ya para siempre aprendamos a sentir y vivir su presencia.
Con Cristo resucitado nos llega la paz, porque hemos sido redimidos, porque nos trae el perdón y la consolación para nuestras vidas, porque han de desaparecer las amarguras y los miedos. Llega la paz, porque se manifiesta la misericordia del Señor que es compasivo y nos perdona. Nos regala su Espíritu que es Espíritu de amor y de perdón, de gracia y de vida. No solo recibimos el perdón sino que para siempre su Iglesia ha de ser mensajera de esa misericordia y de ese perdón, ha de ser signo del amor de Dios que nos perdona y es misericordioso con nosotros. Es el rostro de Jesús que ha de manifestar la Iglesia, es el rostro de Dios siempre compasivo y misericordioso.
Recordamos aquel episodio en que Moisés o los profetas querían ver el rostro de Dios y les parecía casi imposible porque pensaban que viendo a Dios morirían. Pues en aquella escena en la montaña pasa ante el profeta la presencia del Señor y lo que escucha y aprende es que Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia. Es un grito de la misericordia de Dios, una revelación del Dios compasivo y misericordioso que siempre nos ama. Hoy se nos manifiesta ese rostro de Dios cuando contemplamos al que vive para siempre, cuando contemplamos y celebramos a Cristo resucitado.
No tememos ya nunca más porque se ha manifestado el amor. No tememos nunca más porque con nosotros sentiremos para siempre la paz de Dios. No tememos nunca más porque nuestra fe sale robustecida de la presencia del Señor. No necesitamos palpar con nuestras manos ni ver con los ojos de la cara porque ya para siempre vamos a sentir esa presencia del Señor en nuestro corazón.
Ahora comenzamos a tener una mirada nueva para conocer a Dios. Ahora comenzamos a llenarnos con toda intensidad del amor de Dios y le vamos viendo y sintiendo en los hermanos que caminan a nuestro lado. Ahora ya comenzamos a aprender a amar con un amor nuevo y distinto porque en nuestra vida hemos experimentado lo que es el amor, lo que es la misericordia divina que nos ama y nos perdona, ¿cómo no vamos a amar nosotros también a los demás? ¿Cómo no vamos a regalarlos mutuamente con ese amor para crear esos lazos nuevos de comunión entre los hermanos?
Es la victoria que nos trae la paz y el perdón. Es el triunfo de la vida que nos llenará de vida para siempre. Es el Reino del amor y la misericordia en el que comenzamos a vivir. Hemos visto al Señor, nos sentimos derretidos en su amor.


sábado, 2 de abril de 2016

La buena noticia de la resurrección de Jesús no nos la podemos guardar para nosotros sino que tenemos que anunciarla con gozo al mundo aunque le cueste creer

La buena noticia de la resurrección de Jesús no nos la podemos guardar para nosotros sino que tenemos que anunciarla con gozo al mundo aunque le cueste creer

Hechos 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

Nos cuesta creer y aceptar aquellas cosas que nos parecen en la lógica humana imposibles o que se saltan nuestros convencionalismos o nuestras ideas preconcebidas. Nos volvemos en cierto modo incrédulos de aquello que no entre en nuestra manera de pensar o que pueda tener aire de cierto misterio que solo con la fe podríamos aceptar. Todo lo queremos tener probado pero con nuestras reglas, con nuestros propios parámetros y no aceptamos las cosas simplemente porque el otro nos lo diga o por sí mismo lo haya experimentado.
En el evangelio de hoy nos encontramos algo de eso. María Magdalena se había encontrado con el Señor resucitado, va a comunicárselo al resto de los discípulos y no la creen. Vienen los discípulos de Emaús que habían experimentado la presencia de Jesús resucitado en el camino y lo habían reconocido al sentarse a la mesa y partir el pan, y tampoco los creen. Ahora cuando Jesús se les manifiesta allí reunidos en el cenáculo se llenaron de estupor con su presencia y Jesús les echará en cara su incredulidad y la cerrazón de sus corazones.
En este mismo sentido nos encontramos a tantos a nuestro alrededor. Les cuesta aceptar la resurrección del Señor, no quieren aceptar la resurrección del Señor. Hoy todo queremos probarlo con nuestros métodos científicos y cuando entramos en el misterio de Dios nos sentimos desbordados, no sabemos que hacer, y terminamos negándolo todo.
Tantos a nuestro lado, que incluso llevan el nombre de cristianos porque han recibido el bautismo, han recibido incluso muchas veces en su vida los sacramentos y hasta dicen vivir una vida religiosa, no están seguros de confesar su fe en la resurrección del Señor. Y no estamos haciendo referencia a los que viven sin fe, lejanos de la Iglesia o a los que nunca se les haya anunciado la Buena Nueva de Jesús. Estamos pensando en los que se llaman cristianos y al menos teóricamente viven en el seno de la Iglesia.
Pero no vamos a tirar piedras sobre los otros o los que están fuera, sino pensemos en nosotros mismos, en cómo creemos y vivimos ese misterio de nuestra fe que es la resurrección de Jesús.  Porque no han de ser solo palabras, sino que eso tiene que reflejarse en nuestra vida, en nuestra manera de actuar, de vivir. Y es que muchas veces se nos enfría la fe, vivimos como si no tuviéramos fe.
Quienes creemos en la resurrección de Jesús en verdad que no podemos vivir de cualquiera manera. Nos tenemos que sentir transformados y ante ese misterio que se realiza también en nosotros nuestras actitudes, nuestro actuar, nuestro amor, nuestras responsabilidades las vivimos con otro sentido. Hemos de sentirnos hombres nuevos, rebosantes de gozo y alegría, llenos de trascendencia, abiertos a los demás, misioneros con nuestra vida y con nuestras palabras de ese mensaje de Jesús, de su Buena Nueva de Salvación.
María Magdalena no se guardo la noticia para si; los discípulos de Emaús no se quedaron allá en su pueblo, sino que inmediatamente volvieron para anunciarlo a los demás. Por eso  hoy Jesús después de recriminarnos  nuestra falta de fe, nos envía para que hagamos ese anuncio a los demás, al mundo entero. En ese anuncio gozoso se sentirá en verdad fortalecida nuestra fe.

viernes, 1 de abril de 2016

Tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos…

Tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos…

Hechos 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Estaba amaneciendo y aquella noche no habían cogido nada. Y ahora desde la orilla alguien les pregunta si habían cogido algo. A la decepción de una noche de trabajo sin haber cogido nada se añade el tener que reconocer ante un extraño que la pesca había sido infructuosa. ¿A un extraño? No lo habían reconocido afanados como estaban en su tarea y humillados en su decepción.
Cuantas veces nos pasa. Nos sentimos desilusionados. No alcanzamos las metas, el trabajo parece infructuoso. Nos decepcionan muchas cosas en la vida. No dejan de aparecer los contratiempos. Las esperanzas se ven como coartadas. No avanzamos en el desarrollo de nosotros mismos o no vemos resultados a nuestros esfuerzos. No encontramos correspondencia en aquellas personas con las que queremos trabajar. Las amarguras nos corroen por dentro en nuestras oscuridades y desesperanzas. Parece que nos falta una luz que nos ilumine, una sabiduría que nos haga comprender las cosas, unas pautas para seguir el buen camino o realizar un buen trabajo.
Quien está en la orilla, que aun siguen sin reconocer, les dice que lancen la red por otro lado. ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. Y aunque ellos eras los pescadores avezados en aquellas tareas ahora se dejan conducir. Parece que se repite lo que había sucedido en otra ocasión y entonces nos narraron los sinópticos. También habían pasado una noche sin recoger nada y Jesús les había dicho que echaran de nuevo la red, y fiándose de la palabra de Jesús lo habían echo y entonces como ahora recogían una redada de peces tan grande que reventaba la red.
Y aquel que había sentido hondamente el amor de Jesús como para recostar la cabeza en su costado y sentir el latido de su corazón ahora le había reconocido. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro en medio de aquel fragor de peces que saltan en la red. Y Pedro al escuchar estas palabras lo deja todo – como siempre quería hacerlo por Jesús aunque en su debilidad alguna vez le había fallado – se lanza al agua tal como estaba para llegar pronto a los pies de Jesús.
¿Qué tenemos que aprender? ¿Qué nos quiere enseñar Jesús hoy? Por muchos que sean nuestros desalientos, aunque en nuestras oscuridades no veamos nada o nos parezca que no sabemos hacer nada, sintamos que Jesús está ahí; El se nos manifiesta de muchas maneras. Su Palabra llegará a nosotros quizá en distintas voces, pero siempre sintamos que el amor de Jesús nos está hablando allá en el corazón. Aprendamos a poner nuestra cabeza en su costado, cerca de su corazón para escuchar sus latidos, para latir nosotros al ritmo de los latidos de su amor.
Amanecerá sobre nuestra vida. Lo necesitamos porque siempre no podemos permanecer en esas noches oscuras. No lo quiere el Señor que nos hará amanecer su luz sobre nuestra vida. Y sabemos que tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos, en nuestras tareas y en nuestros trabajos si aprendemos a hacerlos en su nombre, a emprender cada día nuestros trabajos en el nombre del Señor.
Lo necesitamos hacer en nuestra vida personal de cada día para que haya un autentico crecimiento espiritual; lo necesita hacer nuestra iglesia para no apartarse de ninguna manera del camino de Jesús y del evangelio. Lo necesitamos todos porque en el fondo todos estamos ansiando esa luz que nos haga encontrar la salvación.

jueves, 31 de marzo de 2016

Tenemos que ir a las Escrituras para impregnarnos del mensaje de la Palabra que nos ilumina y llena de vida, que nos hará confesar a Cristo resucitado

Tenemos que ir a las Escrituras para impregnarnos del mensaje de la Palabra que nos ilumina y llena de vida, que nos hará confesar a Cristo resucitado

Hechos 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

¿Será él? ¿No será? Se le parece, pero nos sentimos confundidos. Es la sorpresa al encontrarnos con alguien al que quizá no esperábamos, hace tiempo que no veíamos, no sospechábamos que lo podríamos encontrar aquí porque pensábamos que esta en otro sitio. Y en la confusión le miramos y quizá no nos atrevemos a acercarnos, porque pensamos quizá que nos equivocamos y solamente es alguien parecido. Son cosas que suceden muchas veces.
Ahora los discípulos andan confundidos. Algunos vienen con noticias de que lo han encontrado en el camino y lo reconocieron después de mucho rato cuando se sentaron a la mesa a comer. Pero aun siguen desconfiando y con miedos. Están con las puertas cerradas. De cuántas maneras cerramos las puertas tantas veces por nuestros miedos, que no son solamente por lo que nos pueda pasar o los ladrones que nos pudieran entrar a robar. Tenemos miedo quizá de que entren en nuestro interior, en que nos conozcan como somos también con nuestras dudas y debilidades, cuando aparentamos tanta fortaleza, pero quizá nos falta sinceridad para reconocerlo.
Así andan entre miedos, desconfianzas, incredulidades los discípulos cuando Jesús se presenta en medio. Era el tercer día ya después de su muerte y aunque había anunciado su resurrección, habían venido las mujeres en la mañana con la historia de la tumba vacía y las apariciones de Ángeles, aunque habían llegado los discípulos que se habían marchado a Emaús y contaban lo que les había pasado por el camino, terminaban sin creer que Jesús realmente resucitaría. Por eso ante la presencia de Jesús se sienten sorprendidos y aun no se les termina el miedo, en este caso el miedo a creer.
Jesús trata de darles pruebas, con las llagas de sus manos y el costado, comiendo lo que le ofrecen, un poco de pescado asado, pero querrá abrirles el entendimiento y el corazón para que entiendan las Escrituras y lo que en ellas estaba anunciado.
‘Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: - Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
Tenían que ser testigos de todo esto, pero tenían que comenzar por creer. Ahí está Jesús insuflándoles la sabiduría del Espíritu para que entiendan las Escrituras. No serán solo pruebas físicas que luego otros podrán manipular o hacer sus interpretaciones. ¿No había intentado los fariseos y sumos sacerdotes sobornar a los guardias que habían sido testigos de lo sucedido en la tumba en la mañana de la resurrección para que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús? Allá andaba también Maria Magdalena averiguando quien se había llevado el cuerpo de Jesús.
Nosotros también tenemos que ser testigos de la resurrección. Recogemos el testigo de los apóstoles y de lo que ha sido la fe de la Iglesia a través de los siglos. Pero ¿dónde realmente vamos a alimentar esa fe? También nosotros tenemos que ir a las Escrituras, tenemos que dejarnos impregnar por el mensaje de las Escrituras.
Será la Palabra de Dios, palabra siempre fiel, palabra siempre de verdad, palabra que es sabiduría divina la que tiene que ser nuestro alimento. Es la Palabra que tenemos que rumiar una y otra vez en nuestro corazón. Es la Palabra que ilumina nuestra vida y nos saca de nuestras dudas y oscuridades. Es la Palabra que nos hace crecer por dentro porque nos dará una verdadera y profunda espiritualidad. Es la Palabra que nos alcanza la Sabiduría de Dios. Es la Palabra que nos llena de vida y nos hace alcanzar la Salvación.

miércoles, 30 de marzo de 2016

En nuestros desalientos, en nuestros problemas, cuando parece que hemos perdido todas las esperanzas El está siempre ahí, viene a nuestro encuentro

En nuestros desalientos, en nuestros problemas, cuando parece que hemos perdido todas las esperanzas El está siempre ahí, viene a nuestro encuentro

Hechos 3,1-10; Sal 104; Lucas 24,13-35

Mala cosa es cuando nos entra el desaliento y parecen que se nos acaban las esperanzas. Aquello en lo que habíamos confiado parece que nos falla, las cosas no salen como nosotros hubiéramos querido, las ilusiones se pierden, nos parece andar desorientados, tenemos la tentación de la huida o de encerrarnos en nosotros mismos, o tirar todo por la borda.
Nos pasa en muchos aspectos humanos cuando una amistad nos falla, cuando vemos la incongruencia de los que están a nuestro lado, cuando vemos los derroteros por donde marcha la sociedad cuando quizá tantas esperanzas y esfuerzos habíamos puesto en proyectos que nos parecían que eran lo mejor pero  nos fallaron, o cuando nosotros mismos que habíamos puesto gran ilusión en algo que queríamos conseguir nos vimos débiles e incapaces de conseguirlo.
Nos puede pasar en el ámbito de nuestra fe y de nuestra vida religiosa. Nos sentimos débiles, quizá no encontramos la fuerza en un momento determinado para superar algunos problemas, apreciamos la indiferencia religiosa que nos rodea que nos suscitan interrogantes interiores, o cuando nosotros mismos nos hemos ido debilitando dejándonos arrastrar por el ambiente, la tibieza o los cansancios.
Me ha hecho pensar en todo esto que nos viene bien para examinar muchas cosas de nuestra vida lo que escuchamos hoy en el evangelio de aquellos dos discípulos que marchaban a Emaús, preocupados, desalentados y como si hubieran perdido todas las esperanzas. Era como un volverse a su vida de antes porque todo lo que habían vivido con ilusión ahora podría parecer un fracaso.
Tan ensimismados iban en sus preocupaciones y tristezas que no reconocieron al forastero que se les unía en su camino. Era el atardecer y quizá podríamos pensar que esa hora entre últimos resplandores y sombras hicieran que no reconocieran su rostro ni su voz aunque luego más tarde dijeran que algo raro sentían en su interior con su presencia y al escuchar sus palabras. Pero era un atardecer para ellos porque estaban dejando que muchas sombras se fueran adueñando de sus corazones.
‘¿Qué conversación es esa que traéis de camino? ¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén estos días?’ Y se fue desarrollando el diálogo contando cómo habían perdido sus esperanzas. Les había dicho que resucitaría al tercer día – eran muy conscientes de sus anuncios – pero aun no le habían visto. Es cierto que unas mujeres que habían ido al sepulcro lo habían encontrado vacío y contaban de unas visiones de ángeles, pero para ellos eran cosas de mujeres visionarias.
Es cuando la Palabra de Jesús va penetrando en sus corazones. Les va explicando con detalle; les hace repasar todo lo anunciado por los profetas; les va haciendo comprender el sentido de todo aquello. ‘Era necesario que el Mesías padeciera…’
Tan entusiasmados están con la conversación que al llegar a Emaús y el forastero hiciera ademán de seguir adelante, ellos insisten para que se quede. Es tarde, anochece, los caminos son peligrosos, pero es que ellos quieren seguir estando con El aunque aun no le han reconocido.  ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída’. Será al sentarse a la mesa y al partir el pan cuando se les abren los ojos. Era El. Es verdad que había resucitado. Les había salido al encuentro y por eso les ardía el corazón mientras les hablaba y les explicaba las Escrituras. Ahora ya no estaba allí, pero ellos se sentían reconfortados y con fuerzas para volver a Jerusalén sin temor a la noche. Llevaban ya con ellos la luz y la fuerza de su Espíritu para saltar todos los obstáculos y superar todos los peligros.
Tenemos que aprender a abrir nuestro corazón para dejar que Jesús llegue a nuestra vida. En nuestros desalientos, en nuestros problemas, cuando parece que hemos perdido todas las esperanzas El está siempre ahí, viene a nuestro encuentro, quiere hacerse sentir allá en lo más hondo de nosotros. Abramos las puertas de nuestro corazón. Nunca nos faltará su luz aunque todo a nuestro alrededor pareciera que nos fallara. Jesús siempre está con nosotros.

martes, 29 de marzo de 2016

Que no nos cieguen nuestras lágrimas, soledades, amarguras, silencios para que sepamos descubrir a Jesús y encontrarnos con su vida

Que no nos cieguen nuestras lágrimas, soledades, amarguras, silencios para que sepamos descubrir a Jesús y encontrarnos con su vida

 Hechos  2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18

‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?’ las lágrimas no nos dejan ver con claridad. El sufrimiento nos entumece el corazón y nos ciega. Se nos convierte la vida en un túnel oscuro y nos parece sin salida. Cuántas veces nos pasa en la vida. Los problemas, las soledades, las ausencias que sentimos allá en el fondo del alma. Rupturas, desgarros del alma, dolor incontrolable que nos ciega. Los problemas se nos amontonan y parecen montañas infranqueables. La vida se nos desorganiza y no sabemos qué hacer ni qué camino tomar.
Es el dolor de los que se ven postrados en una cama con una enfermedad que parece no remitir nunca; es la soledad del anciano al que se le van perdiendo en el camino aquellos amores familiares que le habían sostenido en la vida, y que ahora se siente aislado y sin saber con quien contar; es la incertidumbre del que tiene que abandonar lo que había sido su hogar o su solar patrio y ha de buscar nuevos caminos, nuestras lugares donde asentar su vida; es el que busca aquello que lo dignifique en un trabajo donde no solo ganar su sustento y el de los suyos, sino realizarse plenamente en su ser más hondo desarrollando sus valores y posibilidades en la vida.
Tantos dolores, soledades, ausencias, silencios por lo que quizá hemos tenido la suerte de no haber pasado, pero que tenemos que abrir los ojos para ver cuántos lo están sufriendo a nuestro lado y tan insensibles somos que no caemos en la cuenta. Es la mirada distinta con que hemos de mirar en nuestro entorno, pero es la mirada que nos tiene que hacer trascender hasta encontrar respuesta, encontrar luz, encontrar un camino. Una mirada que terminara si lo hacemos de forma autentica hasta un compromiso. Son tantas las búsquedas que hay dentro de nosotros y las respuestas que buscamos.
María Magdalena es una mujer en búsqueda en medio de su dolor. Ya un día se había encontrado con Jesús y su vida había cambiado radicalmente. Pero ahora eran momentos duros de prueba en la muerte de su Señor y en la tumba vacía que ahora se encontraba. En esa búsqueda también sus ojos se obnubilan y le cuesta ver y terminar de creer. Por eso  no reconocerá en principio a su Señor y lo confundirá. En su búsqueda realmente no sabía bien casi lo que buscaba porque todo el dolor que padecía su corazón le hacia quedarse aun en la muerte.
Por eso buscaba en una tumba, pero Jesús estaba fuera de la tumba, Jesús viene a su encuentro como viene siempre a nosotros en medio de nuestros dolores y fracasos. El nunca nos dejará solos sino que siempre se está adelantando para ver a nosotros y hacer que encontremos respuestas, luz, camino, esa vida nueva que El siempre quiere ofrecernos. No busquemos a Jesús entre los muertos porque El vive y siempre viene ofreciéndonos vida.
Tengamos cuidado para no confundirnos, para no buscar lo que no importa, para saber centrarnos en Jesús a pesar de nuestras soledad, nuestros interrogantes, nuestros miedos y cobardías. Jesús quiere salirnos al encuentro para llenarnos de plenitud. Que sintamos y vivamos con toda intensidad la alegría con Cristo resucitado.


lunes, 28 de marzo de 2016

La alegría de la pascua no nos la podemos guardar para nosotros ni podemos permitir que quieran diluirnos el mensaje pascual

La alegría de la pascua no nos la podemos guardar para nosotros ni podemos permitir que quieran diluirnos el mensaje pascual

Hechos 2,14.22-33; Sal. 15; Mateo 28,8-15

Seguimos viviendo la alegría de la pascua. Una alegría que se hace expansiva, que se lleva hondamente en el corazón pero que se va comunicando allá por donde vayamos. Una alegría que se va renovando continuamente en nosotros porque allá donde vamos con fe seguimos encontrándonos con Cristo resucitado. Una alegría que se contagia y que vence todos los miedos. Una alegría que no podemos acallar, que nadie podrá impedirnos que la contagiemos a los demás.
Las mujeres salen del sepulcro vacío impresionadas por la visión del ángel que les anuncia que allí, en una tumba, en un lugar de muerte no tienen que buscar a Jesús porque Jesús vive, porque Jesús ha resucitado. Y con la impresión correr a comunicarlo a los hermanos, al resto de los discípulos que aún siguen en las sombras de las dudas y de los temores, y por eso siguen encerrados como en un refugio en el cenáculo.
Pero Jesús les sale al encuentro en su camino. Como seguirá saliendo al encuentro de los otros discípulos, o irá allí donde hay dolor o están los corazones atormentados por los miedos y las cobardías. Y la palabra de Jesús, su presencia, inspira confianza; no hay que tener miedo; es más, esa noticia hay que comunicarla, hay que ponerse en camino. ‘No tengáis miedo. Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me veréis’.
Con Jesús no hay temores. Con Jesús no nos valen las cobardías. Con Jesús a nuestro lado no importa que otros vayan con infundios queriendo confundir a las gentes, como trataron de hacer los  sumos sacerdotes y los fariseos con lo que los guardianes del sepulcro les comunicaban que ellos habían visto, pero que ahora sobornados habrían de decir lo contrario.
Cuántos quieren comprar nuestros silencios; cuantos buscan la manera de que el anuncio de la resurrección quede diluido en otras cosas para confundirnos; cuantos quieren separar el sentido de la semana santa de lo que fue la muerte y la resurrección de Jesús; ya quieren llamarla hasta con otros nombres para que desaparezca el nombre de Jesús; a cuantos les molesta el hecho religioso y la fe que nosotros queremos proclamar en Jesús; cuantos quieren diluir la figura de Jesús en un simple personaje, como tantos otros de la historia, pero nada más.
Simplemente para ver cómo esto sucede miremos la forma de expresarnos los medios de comunicación lo que ha sido la semana santa quedándose solamente en lo externo, no sabiendo leer la catequesis  que en si mismas tienen todas las imágenes de la pasión que ponemos ante los ojos del mundo en estos días sacándolas incluso de nuestros templos, o hablándonos de semana santa como sinónimo de vacaciones, de viajes, de playas y de no sé cuantas cosas más.
No podemos callar el mensaje de la pascua. Con valentía tenemos que proclamarlo, anunciarlo de mil maneras a nuestro mundo, y no nos importe que muchos cierren los ojos y los oídos para no verlo ni escucharlo. El anuncio hemos de hacerlo, y hacerlo con alegría, con entusiasmo, con fuerza, con vigor. Sería una pena que no gritáramos la alegría del mensaje pascual, del mensaje de la resurrección a nuestro mundo.

domingo, 27 de marzo de 2016

Aquí está, en nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra vida, en nuestro mundo Cristo resucitado

Aquí está, en nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra vida, en nuestro mundo Cristo resucitado

Rm. 6, 13-11; Sal. 117; Lc. 24, 1-12
‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado’. Es la gran noticia, la gran Buena Nueva. Es la gran noticia que se repite esta noche y en este día como se ha venido repitiendo a lo largo de los siglos, después que aquellas buenas mujeres, de madrugada, habían ido al sepulcro, donde en la víspera del sábado habían enterrado a toda prisa a su Señor, y ahora querían cumplir con todo lo establecido para su embalsamamiento.
Allá iban pensado quién les correría la piedra de la entrada del sepulcro porque ellas solo eran unas débiles mujeres y de eso no se habían percatado. Habían seguido adelante, sin embargo, encontrándose con la sorpresa que la piedra estaba corrida. ¿Quién se les habría adelantado? Entre los discípulos de eso no habían hablado tan apesadumbrados como estaban todos tras la muerte de Jesús. Pero la sorpresa mayor fue al entrar y no encontrar el cuerpo del Señor donde ellas habían observado muy bien que lo habían puesto. ¿Se habría vuelto atrás José de Aritmatea que había facilitado su sepulcro?
Pero se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes que ahora les estaban hablando y diciéndoles que por que buscaban entre los muertos a quien vive. Y recuerdan lo que Jesús les había anunciado. ‘El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’. Corren al encuentro de los discípulos para comunicar la noticia y cuanto les había pasado, pero ellos se lo tomaron por un delirio y no les creyeron. Todavía por la tarde los que marchaban a Emaús contarán que unas mujeres habían ido al sepulcro y volvieron hablando de visiones, pero que nos las creyeron.
Pero, sí, es la gran noticia que se repetirá y nosotros repetimos hoy también y anunciamos con gran alegría. Era verdad, es verdad, el Señor ha resucitado. Más tarde se encontraría con las mujeres, con Magdalena, con Pedro, con los que marchaban a Emaús, con el resto de los discípulos en varias ocasiones en el Cenáculo, también en Galilea junto al lago repitiéndose el signo de la pesca milagrosa… Serían testigos de que en verdad había resucitado; hasta Tomás el más incrédulo tendría oportunidad de tocar sus llagas, meter el dedo en el agujero de los clavos, la mano en la llaga del pecho, aunque finalmente había terminado de reconocer ‘¡Señor mío y Dios mío!’ confesando su fe.
Algo nuevo comienza, una nueva vida renace, una nueva luz comienza a brillar, las esperanzas de un mundo y una vida nueva se ven cumplidas, la salvación está realizada, comenzamos en verdad a ser hombres nuevos, la pascua ha llegado a su culminación definitiva de manera que para siempre ya seguiremos celebrándola, no como el paso liberador del ángel del Señor en Egipto, sino por este paso nuevo y definitivo de quien con su sangre nos ha redimido, con su entrega ha hecho llegar a nosotros la salvación y ha nacido ya para siempre ese mundo nuevo que es el Reino de Dios que con la fuerza de su Espíritu podremos y tenemos que construir.
Es lo que en este día con gozo grande estamos celebrando, queremos proclamar ante el mundo que nos rodea con la seguridad y la certeza de que en Cristo, muerto y resucitado tenemos la vida y la salvación. Lo celebramos y no como un acto repetitivo más, aunque cada año lo conmemoremos con toda nuestra fuerza; lo celebramos queriendo poner toda nuestra vida, toda nuestra fe, porque de nuevo sentimos esa fuerza y esa presencia del Señor en nosotros. No lo hacemos de cualquier manera, ponemos en ello toda nuestra vida.
Es verdad, hemos sido incorporados a Cristo por el bautismo para ser incorporados a su muerte, como nos ha repetido san Pablo una vez más. Fuimos sepultados con Cristo en el Bautismo, para que como Cristo ha resucitado nosotros resucitemos también, y resucitar con Cristo es renacer a una nueva vida, vivir una vida nueva. Por eso tenemos que sentirnos hombres nuevos, hombres liberados de toda esclavitud del pecado. Es el camino nuevo que tenemos que vivir. Es lo que tiene que ser nuestra vida para siempre desde el bautismo que hemos recibido. Pero ya sabemos, volvemos a la muerte, volvemos al pecado y necesitamos una y otra vez renovar esa nuestra incorporación a Cristo. Es lo que hacemos con los sacramentos. Es lo que queremos hacer en esta noche, este día de Pascua.
Si los ángeles les decían a las mujeres que por que buscaban entre los muertos al que vive, a nosotros quizá tengan que decirnos, por que volvemos una y otra vez a la muerte si ya nos habíamos incorporado a Cristo. Escuchemos esa interpelación que desde la Palabra de Dios sentimos allá en lo hondo del corazón para que en verdad esta pascua que estamos celebrando sea una verdadera y definitiva pascua para nosotros y ya para siempre nos liberemos de tantas esclavitudes, de tantos miedos, de tantas dudas, de tantas cobardías, de tantas oscuridades que vamos dejando meter en nuestra vida.
Que sintamos la verdadera pascua en nosotros porque así sintamos esa presencia salvadora de Jesús en nuestra vida. Dejemos que Cristo nos libere, nos llene de su gracia, transforme nuestro corazón para vivir para siempre esa vida nueva que nos regala. Es la alegría que queremos poner en nuestro corazón en este día tan lleno de esperanza. Es la alegría de la que tenemos que contagiar a nuestro mundo. Es la luz que tenemos que mostrar para manifestar que en verdad podemos hacer un mundo nuevo.
Sí, frente a tantas desesperanzas de los hombres nuestros hermanos que lo ven todo tan negro que parece que nada tiene salida, nosotros podemos proclamar, nosotros tenemos que  proclamar que podemos hacer en Cristo resucitado ese mundo nuevo. Cuanto tenemos que transformarnos nosotros en el amor y la gracia del Señor; cuánto tenemos que transformar nuestro mundo en ese amor de Cristo que se entregó hasta la muerte y hoy estamos proclamando resucitado.
Aquí está, en nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra vida, en nuestro mundo Cristo resucitado. Hagamos resplandecer su luz ante todos los hombres y mujeres de nuestro mundo de hoy. Vayamos con ilusión a su encuentro; llevémoslo con esperanza, firmeza y valentía al mundo que nos rodea.