viernes, 1 de abril de 2016

Tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos…

Tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos…

Hechos 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Estaba amaneciendo y aquella noche no habían cogido nada. Y ahora desde la orilla alguien les pregunta si habían cogido algo. A la decepción de una noche de trabajo sin haber cogido nada se añade el tener que reconocer ante un extraño que la pesca había sido infructuosa. ¿A un extraño? No lo habían reconocido afanados como estaban en su tarea y humillados en su decepción.
Cuantas veces nos pasa. Nos sentimos desilusionados. No alcanzamos las metas, el trabajo parece infructuoso. Nos decepcionan muchas cosas en la vida. No dejan de aparecer los contratiempos. Las esperanzas se ven como coartadas. No avanzamos en el desarrollo de nosotros mismos o no vemos resultados a nuestros esfuerzos. No encontramos correspondencia en aquellas personas con las que queremos trabajar. Las amarguras nos corroen por dentro en nuestras oscuridades y desesperanzas. Parece que nos falta una luz que nos ilumine, una sabiduría que nos haga comprender las cosas, unas pautas para seguir el buen camino o realizar un buen trabajo.
Quien está en la orilla, que aun siguen sin reconocer, les dice que lancen la red por otro lado. ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. Y aunque ellos eras los pescadores avezados en aquellas tareas ahora se dejan conducir. Parece que se repite lo que había sucedido en otra ocasión y entonces nos narraron los sinópticos. También habían pasado una noche sin recoger nada y Jesús les había dicho que echaran de nuevo la red, y fiándose de la palabra de Jesús lo habían echo y entonces como ahora recogían una redada de peces tan grande que reventaba la red.
Y aquel que había sentido hondamente el amor de Jesús como para recostar la cabeza en su costado y sentir el latido de su corazón ahora le había reconocido. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro en medio de aquel fragor de peces que saltan en la red. Y Pedro al escuchar estas palabras lo deja todo – como siempre quería hacerlo por Jesús aunque en su debilidad alguna vez le había fallado – se lanza al agua tal como estaba para llegar pronto a los pies de Jesús.
¿Qué tenemos que aprender? ¿Qué nos quiere enseñar Jesús hoy? Por muchos que sean nuestros desalientos, aunque en nuestras oscuridades no veamos nada o nos parezca que no sabemos hacer nada, sintamos que Jesús está ahí; El se nos manifiesta de muchas maneras. Su Palabra llegará a nosotros quizá en distintas voces, pero siempre sintamos que el amor de Jesús nos está hablando allá en el corazón. Aprendamos a poner nuestra cabeza en su costado, cerca de su corazón para escuchar sus latidos, para latir nosotros al ritmo de los latidos de su amor.
Amanecerá sobre nuestra vida. Lo necesitamos porque siempre no podemos permanecer en esas noches oscuras. No lo quiere el Señor que nos hará amanecer su luz sobre nuestra vida. Y sabemos que tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos, en nuestras tareas y en nuestros trabajos si aprendemos a hacerlos en su nombre, a emprender cada día nuestros trabajos en el nombre del Señor.
Lo necesitamos hacer en nuestra vida personal de cada día para que haya un autentico crecimiento espiritual; lo necesita hacer nuestra iglesia para no apartarse de ninguna manera del camino de Jesús y del evangelio. Lo necesitamos todos porque en el fondo todos estamos ansiando esa luz que nos haga encontrar la salvación.

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