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sábado, 7 de marzo de 2020

Cuando ponemos en nuestra oración a aquel a quien hemos de amar cambian las perspectivas y comenzaremos a mirar con la mirada de Dios


Cuando ponemos en nuestra oración a aquel a quien hemos de amar cambian las perspectivas y comenzaremos a mirar con la mirada de Dios

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48
 “En el amor a Dios puede haber engaños. Puede alguien decir que ama a Dios cuando lo único que siente es un calorcillo que le gusta en su corazón. Puede alguien decir que ama a Dios y lo que ama es la tranquilidad espiritual que ese supuesto amor le da. Amar al prójimo, en cambio, no admite triquiñuelas: Se le ama o no se le ama. Se le sirve o se le utiliza. Se demuestra con obras o es sólo una palabra bonita”. Así escribía aquel gran sacerdote, escritor y periodista que fue José Luis Martín Descalzo. He querido traer aquí este testimonio citado por algún comentarista del texto del evangelio que  hoy nos ocupa, porque puede ser un buen punto de partida también para nuestra reflexión de hoy.
¿Qué buscamos en el amor de Dios? como nos dice el escritor  ¿un regustillo en el corazón que nos deja tranquilos, nos da alguna satisfacción pero no nos lleva a nada más? Cuando hablamos del amor, en este caso del amor de Dios y del amor al prójimo otros tienen que ser los andares, los sentimientos, las actitudes de nuestra vida; a otro compromiso nos llevan. Amar no pueden ser solo palabras; el amor tiene que manifestarse en algo más en lo que se tiene que implicar nuestra vida. Y hemos de reconocer que algunas veces nos cuesta amar.
Nos cuesta amar porque de alguna manera el que ama se despoja de mucho de sí mismo, porque no puede seguir en la misma comodidad de no hacer nada ni en la misma tranquilidad; amar se nos hace difícil porque tenemos que mirar de frente a aquel que hemos de amar, y mirándolo de frente algunas veces no nos gusta, no nos cae bien, vemos cosas que pudieran repugnarnos, hay cosas con las que incluso nos podemos sentir heridos.
No amamos solo al guapo de turno, ni amamos solo al que ya nos ama a nosotros y entonces de alguna manera parece que le debemos algo; no amamos como una deuda que hemos de saldar; amamos y el amor tiene que arrancar primero de nosotros aunque no encontremos reacción positiva ni respuesta; y es que hemos de amar incluso al que no nos ama o se pone en contra nuestra de alguna manera. Y eso no es fácil.
Por eso hoy Jesús nos hablará de forma clara y tajante de cómo ha de ser nuestro amor también al enemigo. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. En algo tenemos que diferenciarnos, nos dice, porque amar al que nos ama o hacer el bien al que nos hace el bien, lo hace cualquiera.
Estamos hablando de la dificultad que encontramos en nosotros mismos para amar al otro; decíamos que tenemos que mirarlo de frente aunque nos cueste, pero tenemos que mirarlo con los ojos del corazón. Los ojos del corazón cuando miran con sinceridad pueden ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando miramos con los ojos del corazón nos estamos viendo también a nosotros mismos, y veremos nuestras debilidades y cuántas cosas también hay en nosotros que no son dignas del amor, pero sabemos que aún así Dios nos ama.
Siempre me ha gustado resaltar lo que nos dice Jesús y es que para amar a aquel que se considera un enemigo o que me haya hecho daño es necesario comenzar por rezar por él. Y es que cuando lo ponemos en nuestra oración ya comenzaremos a verlo de manera distinta, ya comenzaremos a verlo con la mirada de Dios. Cómo cambian las perspectivas cuando metemos la vida en nuestra oración, y es que entonces todo se verá iluminado con la luz de Dios. ‘Amad a vuestros enemigos, nos dice, y rezad por los que os persiguen’.

viernes, 6 de marzo de 2020

Caminemos por los caminos de la delicadeza porque son los pasos necesarios que nos llevan al encuentro para vivir un verdadero amor



Caminemos por los caminos de la delicadeza porque son los pasos necesarios que nos llevan al encuentro para vivir un verdadero amor

Ezequiel 18, 21-28: Sal 129; Mateo 5, 20-26
 ‘Yo no tengo pecados, yo no mato ni robo…’ lo habremos escuchado – y no sé si pensado – más de una vez. Solo nos faltaría añadir, como aquello del fariseo en el templo, no soy como esos…
Creo que cosas así tendrían que hacernos pensar. Aunque nos cueste, porque quien piensa así denota una pobreza grande de espíritu y un conformismo demasiado evidente en la vida. No queremos crecer, no queremos avanzar en la vida, no ansiamos de verdad lo mejor, nos conformamos con aquello del mínimo. Y en la cuestión del seguimiento de Jesús no podemos andar con mínimos. Aquello de a ver hasta donde puedo llegar sin pecar, porque eso de esforzarme…
Ya nos dice Jesús en el evangelio que no viene a abolir la ley ni los profetas, El quiere darnos plenitud. Y caminos de plenitud son todas las delicadezas del amor. Porque el ‘no matarás’ del quinto mandamiento no se queda reducido al hecho de quitar la vida en sí, sino que entraña todo lo que atañe al amor o a la falta de amor. Y el amor se hace delicadeza, el amor se desvive en los detalles, el amor se manifiesta en pequeños gestos y también en palabras amables, el amor compromete toda la vida, el amor nos hace tener una mirada distinta. Es lo que nos quiere enseñar Jesús hoy en el evangelio.
Por eso contrapone al no matarás todo lo que sea una falta de delicadeza en el amor para con el hermano. Y entra en el detalle tan simple, podríamos decir, de las palabras malsonantes que nos podamos decir los unos a los otros. ‘Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego’.
Nos puede parecer una cosa baladí, sobre todo hoy cuando escuchamos hablar a las generaciones jóvenes y no tan jóvenes. Se emplea demasiado un lenguaje soez, desagradable, insultante aunque pareciera que ya a nadie le importara porque están acostumbrados a hablar así. Creo que la confianza no nos permite un lenguaje así; la confianza nace del amor y la amistad, pero precisamente por eso tendríamos que ser más delicados con los demás en nuestras palabras o en nuestros gestos y detalles. Ser delicado con los demás, también en nuestras palabras, es decirle al otro que es un ser que nos importa y que lo respetamos, que deseamos lo mejor, que es el mejor camino para la amistad, son los primeros pasos que hemos de saber dar en el camino del amor.
Por eso Jesús nos invita a la reconciliación. No puede haber entre hermanos rupturas que nos separen y nos distancien; hemos de saber tener la humildad suficiente para reconocer nuestros errores y que en un momento determinado hayamos podido hacer algo que dañe al otro, y en consecuencia disculparnos, saber pedir perdón. Después de verdaderas reconciliaciones nacen amistades profundas, porque con nuestra humildad estamos manifestando al otro también la grandeza de nuestro espíritu, porque sabemos reconocer nuestro error.
Por eso nos dice que no busquemos el agradar a Dios si no hemos sabido agradar al hermano que camina a nuestro lado y si sabemos que alguien se ha podido sentir molesto con uno, antes de acercarnos a hacer nuestra ofrenda a Dios o a hacer nuestra oración vayamos primero a reconciliarnos con el  hermano. Aquello que decimos en el padrenuestro ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos al que nos ha ofendido’.
Tenemos que buscar siempre la paz, el encuentro, la reconciliación, siendo capaces de dialogar para escuchar al otro, llenar nuestro corazón de comprensión y de empatía con el otro para saber entenderle, para saber ponernos en su lugar, para tener esa delicadeza del amor que nos hace grandes y que crea verdadera amistad.

jueves, 5 de marzo de 2020

En Dios vamos a encontrar eso que más ansiamos desde lo hondo del corazón, llenos de paz nos sentiremos verdaderamente iluminados con una luz nueva


En Dios vamos a encontrar eso que más ansiamos desde lo hondo del corazón, llenos de paz nos sentiremos verdaderamente iluminados con una luz nueva

 Ester 4, 17k. l-z; Sal 137; Mateo 7, 7-12
Claro que cuando buscamos queremos encontrar o cuando pedimos queremos tener respuesta a nuestra petición. Pedimos ayuda, pedimos compañía, pedimos una respuesta a un interrogante, pedimos desde lo que no podemos tener por nosotros mismos, pedimos desde nuestra necesidad, pedimos paz. Algunas veces podemos sentirnos frustrados porque lo que pedíamos no lo alcanzamos, no nos dieron respuesta, ¿se hicieron sordos quizá a nuestra petición?
Pero es que puede suceder al revés, nos piden y no somos capaces de prestar aquella ayuda, rehuimos el encuentro con aquellos que sabemos que desde su necesidad nos van a pedir, somos nosotros los que nos hacemos los oídos sordos, aunque no siempre es negativo, porque también hay algo bueno aún en nuestro corazón e intentamos hacer algo, aunque quizá no alcanzamos a hacer todo lo que era necesario.
Así somos humanamente, generosos en ocasiones, tacaños en otras, renuentes para no enterarnos de la necesidad, con dolor en el corazón por no poder hacer todo lo que hubiéramos querido, se entremezclan muchos sentimientos, actitudes, o gestos de nuestra vida. Ojalá supiéramos siempre dar respuesta, ojalá no se cierren nuestros oídos al clamor de los que  nos piden, ojalá tengamos suficiente luz en el corazón para dar respuestas que satisfagan y que ayuden. Dentro de nosotros quizás nos debatimos en dudas, en sufrimientos, y también en momentos de luz que nos llenan de satisfacción.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la oracion y quiere sembrar confianza en nuestro corazón, porque nos dice que ‘quien pide recibe, quien busca encuentra, y a quien llama se le abre’. Y nos lo dice con total seguridad, porque a quien acudimos en nuestro oracion es un Padre bueno, de infinito amor y que nos ama con ese amor infinito. Nos quiere invitar a la confianza porque nos dice que qué padre si su hijo le pide pan le va a dar una piedra o una serpiente. Es el amor infinitamente generoso de Dios. Y nos invita a la confianza con esa seguridad total de lo que es el amor de Dios, porque muchas veces dudamos, pedimos pero no lo hacemos con confianza, acudimos a Dios en nuestra oración pero somos demasiado interesados y muy materialistas en lo que pedimos.
Porque nuestra oración no ha de ser solo pedir, como quien lleva la lista de la compra al supermercado y allí vamos a buscar esas cosas en las que estamos interesados. Nuestra oración tiene que ser algo más porque para empezar tenemos que ser conscientes de lo que tiene que significar ese encuentro con el Señor. Y no es simplemente leer la lista de la compra, sino que tenemos que aprender a gozarnos de la presencia de Dios en nuestra vida, gozarnos en su amor. Nos sentimos a gusto con El porque nos estamos encontrando con su amor y estamos sintiendo toda su ternura de amor en nuestra vida. Por ahí tendríamos que comenzar, disfrutar de esa presencia de amor.
Y es que en Dios vamos a encontrar eso que más ansiamos desde lo hondo del corazón. Y es que en Dios nos vamos a sentir llenos de paz y nos veremos iluminados interiormente para vernos nosotros y para ver todo lo que es la realidad de la vida de una forma distinta. Y entonces nuestra oración no será interesada ni egoísta, sino que cuando nos abrimos así al amor de Dios, nos estaremos abriendo también al amor del hermano, al amor que a todos hemos de tener y se nos van a caer del alma todos esos conflictos que llevamos en nuestro interior por la relación que mantenemos con los demás. Será una mirada nueva para vernos nosotros pero para ver también cuanto nos sucede con los demás.
Que sea así enriquecedora para nuestra vida la oración, porque quienes se llenan de Dios su vida será distinta, otros serán los valores que vivirán, crecerán desde lo más hondo en su espíritu.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Seamos capaces de leer nuestra historia personal que también ha sido para nosotros una historia de salvación y nos sintamos así impulsados a dar respuesta al Señor




Seamos capaces de leer nuestra historia personal que también ha sido para nosotros una historia de salvación y nos sintamos así impulsados a dar respuesta al Señor

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32
En la vida no podemos ir con los ojos cerrados para no tener en cuenta la realidad de los acontecimientos que vamos viviendo o que suceden en nuestro entorno. Todo cuanto sucede el hombre de provecho intenta hacer una lectura de ello porque de ello quiere aprender, siempre hay algo nuevo que podemos descubrir, que nos abre horizontes, que nos hace comprender la vida misma que vivimos. No nos encerramos en nuestra autosuficiencia sino que con ojos atentos leemos la vida para sacar lecciones para nuestro vivir, para enriquecer nuestra vida misma. Una forma de crecer y de madurar como personas.
Pero al mismo tiempo miramos la historia, porque aunque sean acontecimientos acaecidos en otra época y en otras circunstancias, sin embargo también hay algo que tenemos que aprender de lo sucedido a otros y en otros tiempos. Leer y estudiar la historia no es simplemente recordar unos hechos, hacer memoria de unas fechas, acontecimientos o personajes, pero quedarnos en una mirada a la lejanía que pareciera que ahora nada tiene que decirnos. Ahí encontramos ejemplos y hasta podemos ver reflejados los hechos que ahora nos suceden porque en fin de cuentas el ser humano es el ser humano aunque sean distintas las circunstancias históricas que cada uno vivamos.
Si el hombre creyente sabe discernir la presencia de Dios en el ahora de nuestra historia, de la misma manera mira esa historia y trata de descubrir también ese actuar de Dios en aquellos acontecimientos que la historia nos relata. Para el creyente verdadero toda historia es de alguna manera una historia de salvación, lo fue para las personas de aquellos tiempos, como lo es ahora para el momento que vivimos, pero en la historia de la salvación siempre veremos ese actuar de Dios que ahora nos enseña también.
Es lo que vemos reflejado en la Biblia, lo que podemos y debemos leer en los antiguos acontecimientos viendo ese actuar de Dios que a través de todos los tiempos nos está manifestando su amor. Y en el actuar de aquellas personas que vivieron aquellos antiguos acontecimientos, con la respuesta que en cada momento daban podemos aprender para la respuesta que nosotros ahora hemos de dar. Qué importante es la lectura de la Biblia, entonces, para nosotros, porque ahí está contenido todo lo que ha sido la voluntad de salvación de Dios para con la humanidad expresada y vivida en cada momento de la historia.
Me hago esta reflexión viendo cómo Jesús hoy en el evangelio quiere enseñar a la gente de su tiempo a hacer esa lectura de la historia de la salvación que nos vale para nosotros también. En aquella obsesión de los judíos de estar pidiendo continuamente pruebas que les llevaran a creer y aceptar a Jesús – obsesión que podemos decir que tenemos nosotros también que de la misma manera estamos siempre el milagro que nos dé las pruebas para creer – Jesús les dice que no se les dará más signo que el de Jonás. Les hace leer de nuevo, podríamos decir, aquel acontecimiento de la historia reflejado en la vida del profeta para que descubran cual ha de ser la respuesta que ellos ahora también han de dar.
Jonás, aunque renuente al principio de ir a Nínive a predicar la conversión, cuando al final se decide a responder a la misión que Dios le ha confiado, se encuentra con un pueblo que escucha la voz del profeta y se convierte de corazón al Señor. Por eso les dice que en los tiempos finales las gentes de Nínive se volverán en contra de los judíos de la época de Jesús, porque ellos escucharon la voz del profeta y ahora tenían a alguien mayor que aquel profeta que era Jesús mismo y sin embargo no lo escuchaban.
Y nosotros, ¿qué respuesta damos hoy a la llamada que nos hace el Señor? Creo que esta Palabra de Dios que se nos está proclamando cuando apenas hemos comenzado este tiempo de Cuaresma es una fuerte advertencia para que también en estos cuarenta días – como en los tiempos de Jonás en Nínive – recapacitemos, seamos capaces de leer nuestra historia, la historia de nuestra vida, que también para nosotros es una historia de salvación y demos respuesta a la llamada del Señor.
Recordemos, sí, nuestra historia, nuestra vida, cuanto nos ha sucedido, cuántas veces en nuestros problemas y angustias invocamos al Señor y si hoy estamos aquí es porque el Señor en su amor misericordioso estuvo a nuestro lado y pudimos seguir el camino de nuestra vida. El recuerdo de esas gracias que a lo largo de la vida hemos recibido del Señor, tendrían que motivarnos ahora a una autentica conversión al Señor. Es el camino de la Cuaresma que hemos de recorrer para llegar a la Pascua.

martes, 3 de marzo de 2020

Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios


Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15
‘Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca…’
Bella imagen la que nos propone el profeta, la lluvia que empapa la tierra, pero la tierra que encierra en sí un caudal de vida pero que necesita del agua que le haga brotar toda la fecundidad que en cierra para que germine y termine dando fruto. ¿Cuál es esa tierra a la que se refiere en profeta? Creo que casi de entrada tenemos que reconocer que es nuestra misma vida, con todas sus posibilidades, con todas las riquezas en ella encerradas.
Es nuestra vida que está ahí como un diamante en bruto; bien sabemos que el diamante no es extraído de la tierra tal como luego lo veremos pulido y engarzado en una joya; en si mismo al ser extraído de la tierra está lleno de impurezas de las que hay que limpiarlo, para luego tallarlo y pulirlo en esa belleza de ángulos y resplandores que luego en él contemplaremos y admiraremos. Así es nuestra vida.
Toda esa riqueza y esa belleza está encerrada dentro de nosotros pero hemos de saberla hacer florecer, resplandecer. Es la tarea en la que hemos de estar empeñados en la vida tratando de profundizar en lo más hondo de nuestro ser, para resaltar lo bello y lo valioso, para purificarnos de cuantas cosas puedan mermar el brillo de la vida. Es la tarea que vamos realizando en la interiorización, en la reflexión y en la meditación, que vamos realizando también en la oracion.
Dejamos que llegue a nosotros, como decía el profeta, esa lluvia que haga brotar toda esa fecundidad, que haga surgir toda esa vida, que nos haga crecer por dentro como la planta que echa raíces hondas en la tierra, pero que se abre frente al cielo y al universo que la rodea que desde eso que somos podamos hacer el bien, podamos amar, podamos enriquecer con nuestros valores a cuantos nos rodean, lleguemos a enriquecer de verdad ese mundo en el que vivimos. Es desde esa meditación, desde esa oración, porque sabemos bien que no es tarea que realicemos por nosotros mismos. Por eso nos abrimos a Dios, escuchamos su palabra que fecunde nuestro ser y nos llene de verdadera vida.
Es el mensaje que nos ofrece hoy la liturgia y la Palabra de Dios. Lo que nos ha trasmitido el profeta y que ya ha dado pie a esa primera parte de nuestra reflexión y lo que luego nos dirá Jesús en el evangelio. Nos dice Jesús que cuando vayamos a orar no nos entretengamos con muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. Y Jesús nos ofrece un modelo de oración. Muy escueto y muy concreto en que lo fundamental viene a ser que lleguemos a disfrutar de la presencia de Dios. Disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida y entonces no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios.
Creo que es algo que nos falla muchas veces a los cristianos que incluso decimos que queremos rezar con la oración de Jesús. Pero no la disfrutamos, nos quedamos reducidos a repetirla y muchas veces hasta de carrerilla. Disfrutar de una comida no es tragársela de forma glotona, sino saber saborear cada uno de esos componentes de nuestra alimentación sabiendo sentir en nuestro paladar cada uno de sus sabores. ¿Haremos así con el modo de oración que Jesús nos propone? 
Estamos muchas veces más preocupados con aquello que le queremos pedir cuando rezamos el padrenuestro que en verdad saborear esa presencia y ese amor de Dios en nuestra vida. Por eso nuestra oración no termina siendo esa lluvia que fecunda la tierra de nuestra vida como nos decía el profeta. Nuestra vida no termina de germinar, no terminan de brotar esas buenas obras, ese amor, ese compromiso por los demás, por nuestro mundo y por nuestra iglesia aunque digamos que rezamos mucho. Pero es eso, rezamos mucho, muchas palabras que repetimos, y poco amor y presencia de Dios que saboreamos.


lunes, 2 de marzo de 2020

Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales



Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46
San Juan de la Cruz resumiendo en bellas y sabias palabras el evangelio de hoy nos decía que ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. Al escuchar este mensaje ya de entrada me pregunto para mi mismo ¿pasaré yo ese examen?
Nos hace falta delicadeza de espíritu, sensibilidad en el alma, apertura del corazón. Aunque hemos sido creados para el amor, porque somos seres siempre abiertos a la relación con los demás, pronto pueden aparecer sombras en nuestro espíritu que nos apaguen la sensibilidad y la delicadeza. Algo que no podemos perder, tenemos que cultivar, porque la más bella flor la podemos plantar en un hermoso jardín si no la cuidamos y cultivamos debidamente pronto pueden aparecer las malas hierbas que se coman su belleza, pronto puede estar llena de virus y malas plagas que la contaminen y le hagan perder su lozanía y belleza. Nos puede pasar en nuestro espíritu.
Es verdad que ante lo bello nuestra sensibilidad parece que se despierta con facilidad y allí donde vemos la belleza del amor parece que nos sentimos especialmente atraídos y surgen los cuidados y los mimos, pero la sensibilidad de nuestro espíritu tiene que llegar más allá, pues tras esos rostros demudados y aparentemente llenos de amargura y pareciera que hubieran hasta malos sentimientos, tenemos que descubrir lo que hay detrás, porque puede esconder cosas bellas que no hemos sabido resaltar, aunque podemos descubrir tantos sufrimientos y angustias que son las que le amargan el alma. ¿Y no vamos a ser sensibles ante esos sufrimientos, ante esas angustias por las que pueden estar pasando quienes caminan a nuestro lado y quizá se nos presentan con un rostro no demasiado amable?
Hoy Jesús en el evangelio cuando nos está hablando de ese amor del que seremos examinados en la tarde de la vida no quiere que solamente seamos capaces de acoger a aquellos que parecen más agradables y nos hayan podido ofrecer amor, sino que nos está enseñando como tenemos que acoger a cuantos llevan sufrimiento en el alma y también tormentos y dolores en su cuerpo. Nos habla de los hambrientos y sedientos, nos habla de los enfermos y de los que sufren, nos hablan de los que se debaten en la soledad y la amargura porque se sienten unos desconocidos o porque han perdido su libertad a causa quizá de haberla vendido en un mal momento por unos malos deseos, nos habla de los que van por la vida atormentados y con falta de paz en el corazón o de los que se sienten despreciados y marginados o incluso vituperados y perseguidos por los demás.
Esos son los que principalmente tenemos que acoger y mostrar nuestro amor. Y para que nos demos cuenta de lo sublime que es esa acogida, nos está diciendo que cuanto hagamos a esos hermanos que sufren es como si a El mismo se lo estuviéramos haciendo. ‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme… En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’.
Si nos faltara ese sensibilidad humana para descubrir el valor de todo ser humano que camina a nuestro lado y tratarlo con humanidad y con un corazón rebosante de solidaridad, ahora nos está diciendo Jesús que aprendamos a verle en el hermano, porque todo ser humano ha de ser para nosotros presencia del Dios vivo a quien hemos de amar.  Si alguna vez nos costara mantener esa sensibilidad de la humanidad añadámosle el toque de la gracia, de lo sobrenatural para descubrir en el hermano el rostro de Jesús.  Se embellecerá aun más el jardín de nuestra vida con resplandores celestiales.


domingo, 1 de marzo de 2020

Necesitamos desierto que es silencio, soledad, momentos de interiorización y reflexión, de hacernos preguntas y buscar respuestas que es el camino de cuaresma que iniciamos



Necesitamos desierto que es silencio, soledad, momentos de interiorización y reflexión, de hacernos preguntas y buscar respuestas que es el camino de cuaresma que iniciamos

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11
Hay momentos de la vida del hombre, de la vida de toda persona en que surge en su interior una como crisis existencial en la que le parece que su vida está vacía, se siente no solo como perdido sino además como si estuviera perdiendo el tiempo en la vida porque aun cuando se encuentre medianamente satisfecho en sus trabajos le parece que no ha encontrado sus metas o se encuentra como sin metas a las que correr.
Son momentos confusos en la vida de la persona porque además en medio de todo el espectáculo de la vida, de los que corren de un lado para otro siempre con prisas y siempre sin tiempo para llegar a no saben donde, viendo caminar a su lado a muchos a los que parece que todo le va bien y se sienten satisfechos de su mismo, o contemplando también un mundo de desigualdades y de injusticias, de manipulaciones y de abusos de poder que hacen que tantos vivan en la ignorancia o en la miseria, se ven a si mismos desnudos – no porque les importe mucho o poco el pudor ante la desnudez de sus cuerpos que eso parece que hoy ya está superado para la generalidad de las gentes – sino desnudos en lo más hondo de si mismos porque quizá no encuentran valores, porque se sienten vacíos y como unos seres inútiles que no están dejando ninguna huella en la vida.
En la confusión no saben qué camino tomar, si dejarse arrastrar por el materialismo de la vida y contentarse con esos placeres que la vida misma les ofrece desde su propio materialismo o desde una sensualidad desbocada y siempre insatisfecha, o quieren encontrar el milagro que les ilumine o les resuelva sus dudas, o simplemente se contentan con la vanidad de los aplausos o los halagos de los que incluso quieren aprovecharse de su situación.
¿Sabremos encontrar ese necesario parón en la carrera de la vida para reflexionar con serenidad sobre todo esto buscando los verdaderos valores para nuestra existencia? Sería algo que necesitamos, un desierto que nos lleve a un silencio frente a todos esos gritos de la vida que nos llaman de un lado o de otro, unos momentos de soledad para encontrarnos con  nosotros mismos y buscar el verdadero sentido del hombre, una apertura interior a algo nuevo y trascendente que nos eleve y nos haga mirar con una mirada distinta.
Esto nos lo ofrece ahora la liturgia. Hemos comenzado el pasado miércoles el tiempo de la Cuaresma. Creo que tenemos que entender bien su sentido y cuanto nos puede ayudar en esa necesaria profundización que necesitamos en la vida. Decimos comúnmente es el tiempo que nos prepara para la semana santa, o queriendo decirlo mejor, nos prepara para la Pascua. Pero, ¿qué viene a significar esa preparación? ¿Solamente unos ritos que realizamos porque ahora toca, porque es el tiempo penitencial de la cuaresma y nos quedamos tan contentos con eso?
Si nos fijamos, precisamente, en lo que nos ofrece la Palabra de Dios en este domingo creo que podremos comprender que es mucho más. Hoy vemos a Jesús que se va al desierto, donde pasará cuarenta días en la austeridad propia de un lugar tan inhóspito como sea el desierto; por eso al final se nos dirá que tenía hambre.
Pero ese desierto es silencio, es soledad, son momentos de interiorización, de reflexión, de hacernos preguntas y de buscar respuestas. Cuando se vive en la austeridad de un desierto, lejos de las comodidades a las que estamos acostumbrados en la vida, se ve un valor distinto de las cosas y de la vida misma; cuando se vive alejado de todos esos ruidos que nos distraen en la vida nos da tiempo para pensar, para mirarnos por dentro, para tener una nueva y distinta visión de las cosas.
A esto nos está invitando la liturgia de la Iglesia cuando hoy nos ofrece este evangelio del desierto en el monte de la cuarentena y de las tentaciones de Jesús. Contemplar esas tentaciones de Jesús es contemplar lo que es nuestra propia vida con sus apegos, con sus comodidades, con sus apetencias y ambiciones, con sus vanidades y deseos de prestigio, con todas esas locuras en que nos vemos envueltos.
Y tendríamos que preguntarnos, ¿tendría sentido una vida que se deja simplemente arrastrar por todas esas cosas? Quizá nos sentiremos vacíos y desnudos, nos daremos cuenta del poco valor que le hemos dado a la vida y la poca consistencia de lo que hemos hecho hasta el presente y eso nos llevará a buscar valores para nuestra vida que nos alcancen mayor plenitud, se abrirá nuestra mente para ver de forma distinta a los que nos rodean pero también el lugar que ocupamos nosotros en ese mundo donde quizá no estamos dejando demasiadas buenas huellas.
No tengamos miedo al silencio, a la soledad, al desierto, a todos esos interrogantes que se nos plantean por dentro, a esas angustias y ansiedades que sentimos en nuestro interior, a ver la realidad de la propia vida. Enfrentémonos a todo eso con valentía, con decisión, con ganas de encontrar la luz, de encontrar el sentido profundo de nuestro ser. Y para eso miremos a Jesús y escuchemos a Jesús. Esas respuestas que Jesús va dando al tentador también nos ayudan a nosotros a encontrar respuesta, a darle valor y trascendencia a nuestra vida, a ver también la verdad de Dios en nosotros. leamos de nuevo el evangelio.

sábado, 29 de febrero de 2020

Jesús es el que quiere contar también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos pone en camino de vida nueva y nos enseña a tener una nueva mirada


Jesús es el que quiere contar también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos pone en camino de vida nueva y nos enseña a tener una nueva mirada

 Isaías 58, 9-14; Sal 85;  Lucas 5, 27-32
Hay momentos en los que necesitamos tiempo para llegar a comprender y asumir algo que nos sucede o algo que contemplamos en lo que acontece a los demás. Las prisas y carreras con que vamos por la vida no nos ayudan a interiorizar, a rumiar los acontecimientos y es por lo que muchas veces somos superficiales en nuestras apreciaciones, nos dejamos arrastrar por lo que dice la gente, por una primera impresión o por los prejuicios que tengamos. Nos sucede mucho más de lo que somos capaces de reconocer; y no lo reconocemos precisamente por esa superficialidad con que nos tomamos la vida.
La mayor o menor cercanía ideológica que tengamos con las personas nos lleva a aceptar o a rechazar sus planteamientos e incluso su vida; cuando no son de nuestra cuerda y vamos cargados de prejuicios fácilmente descartamos las ideas que nos presente o su forma de actuar y terminamos en muchas ocasiones queriendo desprestigiar al que consideramos un oponente. No somos capaces de ir más allá de una apariencia que nos pueda presentar o de los prejuicios que nosotros llevamos para descubrir lo bueno y lo positivo que nos pueda ofrecer. Cuánto vemos de ese tipo en la vida social, en la lucha política y cuanto desperdiciamos lo bueno que cada uno podría aportar para entre todos hacer que las cosas funcionen mejor.
Un poco de todo esto sucedía en aquel momento con lo que estaba sucediendo según nos cuenta el evangelio. Jesús al pasar por delante del mostrador de los impuestos donde estaba Leví cumpliendo su función se detuvo para invitar al publicano a seguirle. Se desató la tormenta. ¿Cómo se le ocurre a éste invitar a un publicano para formar parte del grupo de sus compañeros, de sus amigos? Se estaban ya preguntando por allá los fariseos y los escribas. En los criterios que a ellos les guiaban no cabía en la cabeza de nadie que una persona de tal calaña pudiera formar parte del grupo de quien se presentaba como profeta en Israel. ¿O quizá porque había esa visión profética no sería este un signo claro de un mundo nuevo que Jesús llamaba Reino de Dios?
La mirada de Jesús no es mezquina como suele ser nuestra mirada. Ni se deja influir por las apariencias externas ni quiere juzgar el corazón del hombre desde unos prejuicios constituidos. Es una mirada nueva la de Jesús que nos enseña a nosotros a mirar también. Es la mirada de quien quiere contar con la persona, de quien valora cuanto de bueno hay siempre en el corazón del hombre, es la mirada también de quien tiende la mano sea a quien sea para invitarle a levantarse, a cambiar, a emprender una nuevo camino o una nueva tarea. ¿Aprenderemos a tener nosotros una mirada así?
Ya sabemos todo lo que sigue. Leví se levantó de su garita y se fue con Jesús, es más, hace un banquete como para celebrar aquel encuentro con Jesús en el que están invitados también sus amigos de siempre además de Jesús y los discípulos. Ya sabemos las murmuraciones de lo que se consideraban justos y no les cabía en la cabeza que su pudiera comer con publicanos y pecadores.
Pero Jesús es el médico que viene a curarnos y a darnos vida siempre. Jesús es el que viene y quiere también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos sana, porque El nos pone en camino de vida nueva, porque El transforma nuestro corazón al tiempo que nos enseña a tener una nueva mirada.

viernes, 28 de febrero de 2020

No son nuestras obras las que merecen nuestra justificación que nos viene por la misericordia de Dios que nos ama aun siendo nosotros pecadores


No son nuestras obras las que merecen nuestra justificación que nos viene por la misericordia de Dios que nos ama aun siendo nosotros pecadores

 lsaías 58, 1-9ª;Sal 50; Mateo 9, 14-15
Tratar de ganarnos el favor de alguien prometiendo u ofreciendo regalos para ganarnos así su simpatía y benevolencia es algo que sabemos bien que abunda mucho en nuestras relaciones sociales; gestos y detalles de este tipo que se realizan de manera inocente es frecuente entre las personas cercanas, pero que se va agrandando en malicia cuando se trata de ganarse el favor de los poderosos, o de los que tienen alguna influencia en el desarrollo de la sociedad.
Bien sabemos que eso está tipificado como soborno, tráfico de influencias, malversación y otros términos en el aspecto ético y legal y también cómo demasiado funciona nuestra sociedad desde esas instancias; bien conocemos cuantas corruptelas de este tipo manejan los hilos de nuestra sociedad en tantos aspectos de la vida social, política o simplemente de la administración. No es cuestión de ser agradecidos por lo que hayan hecho a favor nuestro, aunque en los que tienen a función de la administración entra esa tarea en su responsabilidad - ¿tendríamos que estar agradecidos por el cumplimiento de su deber? -, sino que podemos descubrir otros intereses o intenciones.
Pero me quiero hacer una pregunta en referencia a nuestras relaciones con Dios. En nuestra mezquindad en muchas de nuestras prácticas religiosas ¿no andaremos actuando en cierto modo de esa manera? ¿No pretenderemos en muchas ocasiones comprarnos el favor de Dios con nuestros regalos, que pueden ser nuestras ayunos o nuestros sacrificios, nuestras ofrendas o la promesa de rezos interminables, o con esas donaciones en las que pretendemos quizá ganarnos un prestigio y hasta que quede nuestro nombre para la posteridad?
Lo hemos escuchado muchas veces en el evangelio y hoy de nuevo vuelve a plantearse, la queja que tenían los fariseos contra Jesús porque sus discípulos no ayunaban como lo hacían los discípulos de Juan o los mismos discípulos de los fariseos. Claro que Jesús les responde que si ayuno tenía un sentido de luto y sacrificio, tal como ellos lo practicaban, qué sentido tenia que los amigos del novio ayunaran mientras estuvieran acompañando al novio en su fiesta de bodas. Pero ellos ayunaban para ganar méritos, que era una forma de justificarse ante Dios, pero también de ganar el prestigio delante de los demás de ser unas personas muy piadosas y cumplidoras.
En otra ocasión Jesús les dirá que bien decía el profeta que este pueblo me honra con sus labios, mientras su corazón está lejos de mí. En los textos que nos ofrece la liturgia para este día escuchamos también la voz del profeta que denuncia la mala práctica que tenían los judíos con sus ayunos. Mucho cumplimiento, muchas prácticas religiosas, muchas ofrendas sobre todo hechas con ostentación, pero en sus corazones no reinaba la compasión y la misericordia.
Es claro, radical podríamos decir, lo que nos dice el profeta que tendríamos que meditar mucho. ‘En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo…’ Es clara la voz del Señor a través del profeta.
Por eso les señala claramente cual ha de ser el verdadero sentido de su ayuno para que sea agradable al Señor: ‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor’.
Creo que no hacen falta muchas explicaciones sino escuchar con sincero corazón la Palabra del Señor por el profeta. Pon amor en tu corazón, llena de dulzura tu vida, que te presencia sea agradable para los demás por tu bondad, comparte con generosidad desde lo hondo de tu corazón, vive con cercanía a los hermanos que peregrinan a tu lado.
Esa ofrenda que haces al Señor no es para ganarte su favor, sino es la respuesta generosa que quieres dar con tu vida cuando  has sentido su amor en ti. Como dice oro lugar de la Escritura la limosna borra todos tus pecados; que con la generosidad de tu corazón te desprendas de ti mismo, en lo que quizá más te cuesta que muchas veces no son las cosas de las que desprendes, sino el cambio de actitudes en tu corazón y será la verdadera penitencia que ofrezcas a Dios no como signo de reparación sino como muestra de tu amor.
No son tus obras las que merecerán el perdón y la justificación porque eso es regalo del Señor que nos ofrece en Cristo Jesús que murió no porque nosotros fuéramos buenos sino que nos amó aun siendo pecadores.


jueves, 27 de febrero de 2020

Dejemos que Jesús vaya con nosotros en este camino que iniciamos, tendremos momentos de silencio intenso como momentos en que sentiremos que nos habla al corazón


Dejemos que Jesús vaya con nosotros en este camino que iniciamos, tendremos momentos de silencio intenso como momentos en que sentiremos que nos habla al corazón

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25
No nos vale que nos digan vamos conmigo si no nos dicen a donde vamos; no es un simple paseo de entretenimiento, aunque a veces esos paseos son muy interesantes y enriquecedores. Al ir caminando juntos va surgiendo la conversación con confianza y aunque parezca en principio que estamos hablando de cosas sin importancia – socorrido es el tema de hablar del tiempo cuando no sabemos cómo comenzar una conversación – pero pronto surgirá el ir compartiendo emociones de lo mismo que se está viviendo o contemplando en el paseo pero que se trasladará fácilmente a otras emociones más interiores y surgen las confidencias. Enriquecedora en el conocimiento mutuo que se va adquiriendo, enriquecedor el paseo por cuanto se va anudando una amistad. No íbamos a ninguna parte quizá, pero llegamos a cosas y momentos bien hermosos.
Parece que nos salimos del tema, por cuanto comenzamos hablando de saber a donde vamos cuando alguien nos invita a ir con él; quizás de una forma subliminal nos lo estaba dando a entender. Pero en este camino queríamos expresar también cómo en el camino que ayer miércoles de ceniza emprendimos necesitamos tener claro a donde vamos, cual es la meta. Aquí se trata de un seguimiento de Jesús, como lo es toda la vida cristiana, pero que se hace muy concreto en estos cuarenta días que nos conducen a la pascua. Ese es el camino cuaresmal emprendido. Algo, es cierto, que tenemos que tomarnos con seriedad apartándonos de toda rutina, porque siempre ha de ser un camino de vida.
Por eso la liturgia nos ofrece este hermoso texto del evangelio. Por una parte el anuncio de Jesús de lo que significa su subida a Jerusalén. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Por otra parte lo que significa para nosotros, sus discípulos, ponernos a seguir a Jesús. Y nos hablará de negarnos a nosotros mismos, de tomar la cruz, y de seguir sus pasos.
Es el anuncio de la pasión y de la muerte, pero es el anuncio de la vida. Ahí se encierra el misterio de Cristo, su Pascua. Porque es el verdadero paso de Dios que así se nos va a manifestar en Cristo, en su pascua, en su pasión y muerte y en su resurrección. Cuesta entenderlo. A los discípulos no les cabía en la cabeza. Nosotros también le damos vueltas en la cabeza y nos hacemos bonitas explicaciones pero no es fácil aceptarlo, porque Jesús nos está diciendo que es un paso también para nosotros. Por eso nos habla de negarnos a nosotros mismos, nos habla de cruz, nos habla de perder la vida para ganarla. Pero también se nos hace difícil.
Pero aunque nos cueste Jesús nos está diciendo que vayamos con El. Seguirle. Seguir sus pasos, caminar con El que El camina con nosotros. Es importante que nos decidamos aunque nos cueste, aunque nos parezca dura la meta que nos propone, a ponernos en camino con El. Con El caminando a nuestro lado comenzaremos a verlo distinto. Comenzaremos a sentir como se nos comunica al interior de nosotros mismos, al corazón. Será la experiencia que vivirán los discípulos que se marcharon a Emaús en la tarde de pascua. Aceptaron a aquel caminante que les parecía desconocido a hacer el camino con ellos, y al final reconocieron que les ardía el corazón, al final terminaron reconociendo a Jesús.
Es lo que queremos hacer en este camino, dejar que Jesús vaya con nosotros, tendremos momentos de silencio intenso como tendremos momentos en que sentiremos que nos habla al corazón. Solo falta por nuestra parte disponibilidad, acogida, decidirnos, ponernos a caminar y dejar que El vaya a nuestro lado o en fin de cuentas seamos nosotros los que vayamos a su lado. Cuando llegue la Pascua le podremos reconocer de verdad. Habrá sido un camino que ha merecido la pena.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Entramos en la cuaresma no solo porque es miércoles de ceniza, sino porque vamos a dejarnos interpelar por el amor de Dios para vivir nosotros en un mismo amor


Entramos en la cuaresma no solo porque es miércoles de ceniza, sino porque vamos a dejarnos interpelar por el amor de Dios para vivir nosotros en un mismo amor

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18
Ceniza, cuaresma, conversión, arrepentimiento, pascua… son algunas palabras que vamos a repetir o vamos a escuchar repetidamente estos días. Pero quiero hacerme una pregunta ¿qué eco van a tener o tienen estas palabras en la gente que nos rodea? La gente sigue con sus fiestas, con sus ocupaciones, sus luchas de cada día por salir adelante y en algunos casos por su supervivencia, en esa loca carrera de la vida por no dejar escapar una oportunidad, o en ese ritmo que nos impone la vida moderna en el que ya parece que no tenemos tiempo ni para nosotros mismos, ni para pensar un poco, ¿a qué les suenan estas palabras? ¿Tendrán eco en sus vidas? Pudiera ser incluso que nos miraran con cara rara cuando las mencionemos porque otros serán quizá sus intereses.
Pero no vamos a pensar en los otros – aunque creo que tendría que ser algo para preocuparnos – sino vamos a pensar en nosotros mismos; sí, los que vamos a la Iglesia, los que incluso vamos hoy miércoles de ceniza porque decimos que queremos de verdad entrar en la cuaresma, ¿qué eco tienen en nosotros? La ceniza ¿un rito que hay que realizar aunque al final nos diga poco? ¿Las otras palabras como algo que se impone hablar de ello por el tiempo en que estamos y siempre se ha hecho así? ¿Harán alguna mella en nosotros?
Porque decir que hacen eco es porque van a encontrar algo en lo que se reflecta ese sonido y el eco viene a ser como una respuesta. Por eso realmente lo que tenemos que preguntarnos es qué respuesta va a haber en nosotros. Esa muralla de nuestra vida en la que han de chocar esos sonidos tendrá que significar una interpelación a nuestra vida. Porque depende de nuestra respuesta para que se ilumine una rayito de luz también para los demás y pudieran comenzar a tener un eco en sus vidas.
Hoy se nos dice claramente que es tiempo de gracia y de salvación. Hoy se nos dice que no echemos en saco roto esa gracia de Dios. Hoy se nos pide que nos dejemos reconciliar, que nos dejemos conducir porque experimentemos en nuestra vida todo lo que es el amor y la misericordia de Dios sintiendo al mismo tiempo la miseria de lo que hacemos, la miseria de nuestro pecado. Si no nos dejamos interpelar no va a haber ningún eco en nuestra vida. Pero ya sabemos que no nos gusta que nos interpelen, que nos hagan ver la realidad de nuestra vida. Pero la interpelación más hermosa será encontrarnos con el amor y la misericordia de Dios.
Pero, ¿sabéis una cosa hermosa? Es que ese encuentro con la misericordia de Dios, con su amor misericordioso es para que nosotros nos hagamos de la misma manera. Quien experimenta que es amado no le queda otra que amar también de la misma manera. Si después de sentir el amor de Dios en nosotros no somos capaces de obrar con ese mismo amor y misericordia con los demás, algo nos ha fallado, aquel encuentro no fue del todo vital, quizá nos quedamos demasiado en un rito o en una rutina, porque no nos hemos sentidos caldeados por ese amor.
La olla que ponemos al fuego, en su contacto con el fuego se caldea de tal manera que trasmitirá ese calor a lo que es su contenido. Es lo que necesitamos de verdad en nuestra vida. Es lo que tenemos que hacer que sea en verdad este tiempo cuaresmal que iniciamos para que no perdamos el tiempo, para que no se nos pierda ese ardor, ese calor del amor de Dios.
Solo así ayudaremos también a que todo esto pueda tener eco en el corazón de los demás. Porque descubran en nosotros que es posible el amor verdadero, que es posible sentir la paz en el corazón a pesar de todas las perturbaciones con que nos encontremos en la vida; porque con nuestros gestos de comprensión, de amor, de cercanía, de misericordia que nosotros tengamos con el que está a nuestro lado les estaremos hablando y de la mejor manera posible de que Dios nos ama y merece la pena probar lo que es ese amor de Dios y poco a poco saborearlo.
Entramos en la cuaresma porque es miércoles de ceniza; entramos en la cuaresma porque vamos a dejarnos interpelar por el amor de Dios para vivir nosotros en un mismo amor.

martes, 25 de febrero de 2020

Que no nos suceda que no entendemos ni queremos entender pero tampoco nos atrevemos a preguntar en lo que nos plantea Jesús


Que no nos suceda que no entendemos ni queremos entender pero tampoco nos atrevemos a preguntar en lo que nos plantea Jesús

Santiago 4, 1-10; Sal 54; Marcos 9, 30-37
‘No entienden y les da miedo preguntar’, nos comenta el evangelista sobre las palabras que Jesús está pronunciando y la reacción de los discípulos.
Cosa que nos pasa en ocasiones; algo que ha sucedido, algo que nos cuentan, algo que nos hace nuevos planteamientos que nos impactan, no entendemos. No entendemos de qué va a aquello o por qué han sucedido esas cosas, por qué nos las cuentan a nosotros, o a qué vienen esos planteamientos que de alguna manera trastocan nuestras ideas, lo que nosotros pensábamos que tenia que ser, nuestros planes… pero también nos quedamos callados, no preguntamos, quizá quisiéramos saber pero no nos atrevemos a preguntar, nos dan miedo a donde nos llevarán esos planteamientos, cómo se puede complicar nuestra vida. Cosas que nos vienen de repente, o que ya intuyamos pero no nos lo terminábamos de creer.
Pero es necesario que nos quitemos la venda de los ojos, que afrontemos la realidad del momento o que afrontemos también valientemente el futuro que se puede abrir ante nosotros. Bien porque quizá tenemos que reconocer hechos pasados que de alguna manera afectan a nuestra vida, bien porque en lo que se nos está planteando hay una llamada, o hay un camino nuevo que se puede abrir ante nosotros.
Es lo que puede sentir el que afronta las respuestas a los interrogantes que quizá lleven tiempo en su corazón. Puede ser una vocación, puede ser una responsabilidad a asumir, puede ser un compromiso que nos obligue a cambiar cosas de nuestra vida. Alguien que nos está pidiendo algo, un encargo y responsabilidad que quieren confiarnos. Nos cuesta sincerarnos quizá con nosotros mismos, reconocer nuestros miedos, pero también reconocer las posibilidades que hay en nosotros. Quizá preferimos seguir dándole y dándole vueltas a esos asuntos en nuestro interior, o quizá quedarnos en actitudes cómodas, y huimos de exigencias, de las exigencias que pudieran surgir de las nuevas responsabilidades que tenemos que asumir. Nos pondremos quizás a pensar en esos primeros puestos de importancia, como se ponían a discutir los discípulos por el camino.
Es complejo lo que hoy puede plantearnos el evangelio. Está el anuncio que Jesús hace de todo lo que le va a suceder, pero que ellos, como siempre, se quedarán sin entender, o sin querer entender porque ya tenían sus ideas. ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará’, les dice a bocajarro Jesús. Pero es ya algo repetido. Y como siempre no entienden y les da miedo preguntarle.
Mira lo importante y serio que les ha anunciado Jesús, pero mientras van de camina van discutiendo entre ellos sobre quién va a ser el primero y principal en el Reino que Jesús tanto les está anunciando. Y ahora viene la sentencia de Jesús. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. Parece un jarro de agua fría. Hacernos los últimos, hacernos los servidores y esclavos de todos. Y quizá de soslayo se están mirando los unos a los otros a ver cómo reacciona cada cual, o pensando quizá como yo voy a ser servidor del otro, si quizá el otro nunca me ha hecho un favor. Es lo que fácilmente pensamos.
Pero Jesús concluye la lección con una hermosa imagen, un niño. ‘Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’. Esto ya lo supera todo. Sobre todo para aquellos rudos hombres de una vida dura de trabajos y sacrificios que no son fáciles a delicadezas. ¿Así que un niño se nos va a convertir ahora en el principal? En la mentalidad de los judíos y de los antiguos el niño valía bien poca cosa. Pero hay que acogerlo como si acogiéramos a Jesús, como si acogiéramos y recibiéramos a Dios en nuestro corazón.
¿Nos sucederá a nosotros también que no entendemos o no queremos entender y tampoco nos atrevemos a preguntar?

lunes, 24 de febrero de 2020

Humildad grande y apertura del corazón para gustar del don de la fe y hacer que cada día crezca más y más


Humildad grande y apertura del corazón para gustar del don de la fe  y hacer que cada día crezca más y más

Santiago 3, 13-18; Sal 18; Marcos 9, 14-29
Una cosa, una aptitud que nos suelen recomendar es que tengamos fe en nosotros mismos; la autoestima es algo que nos aconsejan los sicólogos como algo muy fundamental para el camino de nuestra vida, porque tenemos que creer en nosotros mismos, en nuestros valores, y que seremos capaces de conseguir aquello que anhelamos o con lo que soñamos. Eso nos hará sentirnos fuertes dentro de nosotros mismos y nos hará mantener nuestra lucha y nuestro esfuerzo para querer alcanzar una meta, para superar obstáculos, para encontrar solución a los problemas que se nos vayan presentando.
Claro que esto no significa autosuficiencia de creernos que solo en nosotros tenemos la fuerza y no ser capaces de pedir la ayuda que necesitamos en un momento determinado. El autosuficiente se siente engreído en si mismo y termina en su orgullo de querer ponerse en estadios que no le corresponden o de subirse a pedestales colgándose a si mismos muchas medallas. Esa fe en nosotros mismos nos hace ver también la realidad de lo que es nuestra debilidad, de aquello que por nosotros no podemos alcanzar pero porque tenemos esa fe en un día poder alcanzarlo también con la humildad suficiente pedir ayuda a quien nos pueda tender una mano o darnos una salida o solución.
Cuando nos sentimos desesperados y agobiados en nuestros problemas, en aquello que nos sucede pero de lo que queremos salir podemos perder la confianza y tener la tentación de tirarlo todo por la borda. Es un peligro que tenemos que evitar por eso tenemos que creer en nosotros mismos y con esa humildad también de saber pedir ayuda a quien puede ofrecérnosla.
Cuando Jesús baja del monte con los tres discípulos que habían sido testigos de hechos maravillosos allá en la altura, se encuentran un gran revuelo y a un padre desesperado. Tenía fe en Jesús pero no lo encontró cuando le traía a aquel hijo aquejado de tantos males, endemoniado como se solía considerar en aquella época, y al no estar Jesús sus discípulos no habían podido hacer nada. A la llegada de Jesús se postra ante El para pedir su ayuda con la queja de que los discípulos nada habían hecho. Jesús se queja de la falta de fe, porque incluso lo ve en los apóstoles que allí habían quedado; el  hombre insiste en su petición pero ahora con cierta duda y por eso le dice ‘si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos’.
‘¿Si puedo? Todo es posible para el que tiene fe’, es la respuesta de Jesús. Y ahí se agarra aquel hombre; él quiere creer pero sabe que su fe es pobre, que se llena de dudas, que tiene miedo, pero grande es la angustia por la que está pasando por la situación de su hijo. Y entonces surge esa hermosa oracion que tanto tendría que valernos también para nosotros. ‘Entonces el padre del muchacho se puso a gritar: Creo, pero ayuda mi falta de fe’.
Creía, necesitaba creer, pero necesitaba que su fe creciera, que se acabaran sus dudas, que tuviera la certeza de que Jesús en verdad podía curar a su  hijo, como en realidad sucedió. Por eso suplica que le ayude a aumentar su fe. ‘Ayuda mi falta de fe’.
Comenzamos hablando de la fe solamente en un sentido humano como una aptitud que hemos de tener para nosotros mismos, creer en nosotros mismos. Pero ya decíamos que esa fe nos hace reconocer nuestra debilidad y nos hace pedir ayuda. Humanamente tenemos que hacerlo en esas buenas aptitudes que hemos de tener en la vida, pero también en el ámbito de la fe como un don espiritual, sobrenatural.
Reconocemos que es un don de Dios, que Dios nos regala. Pero no podemos se autosuficientes y que ya creemos solo por nosotros mismos. Hemos de tener la humildad de pedir la fe, de pedir que se nos ayude, que Dios nos ayude a que crezca nuestra fe. Es una humildad grande y una apertura muy importante que hemos de tener en nuestro corazón.