Vistas de página en total

sábado, 14 de mayo de 2011

El Señor es quien elige y llama para el servicio del pueblo de Dios


Hechos, 1, 15-17.20-26;

Sal. 112;

Jn. 15, 9-17

‘No sois vosotros quienes me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y déis fruto, y vuestro fruto dure’. Estas palabras de Jesús a los apóstoles en la noche de la última cena y que hemos escuchado hoy en el evangelio nos pueden valer para iniciar nuestra reflexión en esta fiesta del apóstol san Matías. Es el Señor el que llama y elige, no es sólo cuestión de nuestra voluntad sino de lo que quiere el Señor que nos llama y al que tenemos que dar respuesta.

Poco sabemos de El; sólo lo que nos habla el libro de los Hechos de su elección en el lugar de Judas. Jesús había constituido el grupo de los doce a quienes llamó apóstoles para enviarlos a predicar por el mundo como sus testigos. Tenían conciencia de ser ese grupo de los Doce, porque asi lo había querido el Señor, y recordaban además como el pueblo de Israel también estaba fundado sobre las doce tribus.

Pedro con la pequeña comunidad de los discípulos reunidos en el Cenáculo en la esperan del cumplimiento de la promesa de Jesús, del envío del Espíritu Santo, con la conciencia de la función que Cristo le había confiado de ser piedra de su Iglesia habla al grupo de la necesidad de la elección de quien ha de ocupar el lugar del hijo de la perdición.

El criterio que se ofrece es que ha de ser testigo de la vida de Jesús y de su resurrección. ‘Hace falta que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompalaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su Ascensión’. Proponen dos nombres, como hemos escuchado, y es elegido Matías ‘y lo asociaron a los once apóstoles’.

Los apóstoles, testigos de Cristo resucitado, en quienes fundamentamos nuestra fe; fundamento en torno al cual se constituye la Iglesia de los que creemos en Jesús. Por eso decimos que el Obispo, vicario de Cristo en la Iglesia particular como le llama el concilio Vaticano II, es verdadero sucesor de los apóstoles. La comunión de todos los Obispos con el sucesor de Pedro, el Papa, como la comunión de todas las Iglesias con el Sumo Pontífice constituye y conforma la verdadera Iglesia de Cristo, católica y universal. Cada Iglesia particular, cada diócesis es verdadera Iglesia de Cristo pero nunca sin esa necesaria comunión con toda la Iglesia universal.

Algo que tenemos que sentir y vivir profundamente desde la más pura y genuina fe en Cristo. Por eso la celebración de la fiesta de un apóstol es tan importante para toda la Iglesia porque nos hace entrar en esa comunión con toda la Iglesia de Cristo a través de sus pastores y en unión y comunión con el Papa.

Y ya que hemos comenzado nuestra reflexión recordando las palabras de Jesús que nos dice que El es quien nos ha elegido, y en vísperas como estamos del domingo del Buen Pastor, Jornada Mundial de Oración por las vocaciones que mañana celebraremos, nos puede servir para motivar nuestra oración por las vocaciones. Para que el Señor elija y llame a muchos al servicio pastoral dentro de la Iglesia. Para que sean muchos los llamados a la vida sacerdotal y también a la vida religiosa.

Oremos por las vocaciones dentro de la Iglesia. La mies es abundante pero los obreros son pocos. Se necesitan muchos sacerdotes. Se necesitan muchas personas, hombres y mujeres que se consagren al Señor en la vida religosa en tantos carismas como hay dentro de la Iglesia para ejercer tantos servicios en bien del pueblo de Dios.

En una Iglesia viva tienen que manifestarse todos esos carismas y se necesitan todos esos servicios que enriquecen la comunidad. Personas que quieren vivir la radicalidad de los consejos evangélicos consagrándose así al Señor. Que esté siempre muy presente en nuestra oración ese pedir por las vocaciones.

viernes, 13 de mayo de 2011

Conversión y vocación de Saulo instrumento elegido del Señor


Hechos, 9, 1-20;

Sal. 116;

Jn. 6, 53-60

‘Ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas…’ Es el designio de Dios para Saulo. Misteriosos y maravillosos los caminos del Señor.

Cuando Ananías le dice al Señor que se le manifiesta en una visión que ‘ha oído a muchos hablar del daño que ese individuo ha hecho a tus fieles de jerusalén. Y además trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre’, está reflejando la verdad de por qué Saulo ha ido a Damasco. Ya le habíamos contemplado aprobando la lapidación de Esteban presente en aquel momento y cómo ‘se ensañaba contra la Iglesia penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres’. Con esa misión se encaminaba a Damasco.

Pero el Señor le salió al encuentro en el camino. En el designio de Dios era un elegido para una misión muy grande. ‘Dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes y a los israelitas’. Quienes hemos escuchado este texto y estamos reflexionando sobre él bien conocemos lo que fue la obra de Saulo, después llamado Pablo. Natural de Tarso, en Cilicia, Asia Menor hoy Turquía, había sido educado a los pies de los mejores doctores de la ley en Jerusalén, como él mismo contará en sus cartas. Y destacaba por su conocimiento de la Ley y el fervor que ponía en cumplirla y hacerla cumplir, pues pertenecía también al grupo de los fariseos.

El Señor nos sale al encuentro en los caminos de la vida. Lo vemos repetido en la Biblia – hace poco contemplábamos como salía al encuentro de los caminantes de Emaús - y todos podemos tener la experiencia de cómo el Señor llega a nuestra vida, nos sale también al encuentro allí donde estamos y donde caminamos, cualquiera que sea nuestra situación. Porque este salir Jesús al encuentro de Saulo en el camino de Damasco tenemos que verlo también como un venir Jesús a nuestro encuentro, llamarnos y hablarnos porque el Señor siempre tiene algo que decirnos, que pedirnos, o que interrogarnos por dentro.

‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Fue como un rayo que cayera sobre él y lo derribara al suelo cegado por su luz. La Luz que venía a iluminar al mundo quería vencer la resistencia de las tinieblas manifestada en los deseos de Pablo que le llevaban a Damasco. ‘¿Quién eres, Señor?... Soy Jesús, a quien tu persigues’. Allí está Jesús que viene a buscar al hombre, como el pastor que busca la oveja descarriada. Allí está Jesús que quiere contar con Saulo; es un vaso de elección, un instrumento elegido; grande es la misión que Jesús quiere confiarle.

Y aquel que se resistía a Jesús y se oponía y perseguía a todos los que confesaran el nombre de Jesús, desde ese encuentro se va a dejar conducir por Jesús. ‘Levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer’.

Ananías va a venir en nombre de Jesús. Ananías va a recibir en la comunidad a aquel que uya Jesús había elegido y había marcado. Ananías le abriría los ojos del todo para que comenzara a anunciar a Jesús. ‘Recobró la vista, se levantó, lo bautizaron… se quedó unos días en Damasco y luego se puso a predicar en las sinagogas afirmando que Jesús es el Hijo de Dios’.

En nuestra reflexión hemos querido ir viendo ese encuentro de Jesús con Pablo, también como nuestro encuentro personal con Jesús que a nosotros también nos llama. Fue la conversión de Pablo y fue la llamada del Señor. Podemos y tenemos que hablar de conversión y de vocación. Se manifiesta aquí y ahora esa llamada del Señor, de aquel que luego diría que el Señor le había llamado y marcado desde las entrañas de su madre. Así son los designios de Dios que desde toda la eternidad nos ama y nos llama, aunque luego esa llamada se manifieste claramente en un momento determinado como sucede en esta ocasión con Pablo.

¿Sentimos nosotros en nuestro interior esa llamada, esa vocación del Señor, que siempre nos está invitando a ir hasta El, convertir nuestro corazón, y seguirle como discípulo suyo? ¿Tendremos la prontitud de Saulo a quien vemos hoy cómo se deja conducir por el Señor?

jueves, 12 de mayo de 2011

Comemos a Cristo en la Eucaristia para vivir por El


Hechos, 8, 26-40;

Sal. 65;

Jn. 6, 44-52

‘El que coma de este pan vivirá para siempre’, nos afirma Jesús. Ya nos había dicho que buscáramos ‘el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre’. Y nos ha ido descubriendo cuál es ese alimento de vida para siempre y nos había hecho desear ese pan.

‘Señor, danos siempre de ese pan’, pedían los judíos y pedimos nosotros. Y sabemos que ese Pan de vida eterna es El. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasara sed’.

Nos queda poner toda nuestra fe en El ‘porque todo el que ve al Hijo y cree en El, tendrá vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’. El nos dirá en otro lugar del evangelio que ha venido para que tengamos vida y vida abundante. Lo escucharemos el domingo.

Pero va a decir cosas que les va a costar entender a aquellas buenas gentes de Cafarnaún. ‘Yo soy el pan vido que ha bajado del cielo… y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Tenemos que comer a Cristo. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Y el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’. Será algo que les va a ser difícil entender y provocará que muchos le abandonen y no quieran ya seguir con El.

Nosotros ya ahora podemos entenderlo, aunque no siempre lo asimilamos lo suficiente, porque conocemos ya lo realizado por Jesús en la cena pascual. Y es el misterio grande que celebramos cada día en la Eucaristía. Milagro de amor, locura de amor, que podemos decir. De tal manera quiere Cristo darnos su vida que se hace pan en la Eucaristía para que le comamos, pero no para que comamos un pan cualquiera sino para que le comamos a El.

El comer, y en este caso comer a Cristo, es entrar en la comunión más íntima y más profunda. Lo comido se hace uno con aquel que lo come; de tal manera asimilamos nosotros los alimentos que nos fortalecen y nos llenan de vida. ¿Es la energía que recibimos en el alimento? Podemos decir algo así en el orden natural, pero cuando estamos comiendo a Cristo estamos entrando en una comunión intima y profunda con El. Nos hablará Cristo de cómo quiere habitar en nosotros. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’, seguirá diciéndonos. ‘Yo vivo por el Padre, nos dirá, y el que me come vivirá por mí’.

Creemos en Jesús; queremos seguirle; queremos sentir sobre nosotros su gracia salvadora que nos da el perdón y la gracia; queremos vivir su vida, que ya no es sólo parecernos a El porque así le queremos imitar totalmente impregnándonos de sus sentimientos y de sus virtudes.

Pero es algo más. Cristo quiere habitar en nosotros y que nosotros habitemos en El. Es a eso a lo que nos tiene que llevar el comulgar, el comer a Cristo en la Eucaristía. Es algo grande, maravilloso, profundo, que abarca toda nuestra vida, que nos hace sentir distintos, porque ya no será nuestra vida sino el vivir a Cristo, vivir por Cristo.

Decíamos antes que no terminamos de asimilar todo lo que significa la Eucaristía, el comer a Cristo. Con cuántos deseos de Dios tenemos que acercarnos a la Eucaristía, queriendo ser conscientes de la maravilla, del milagro de amor y de gracia que se realiza en nosotros cada vez que comulgamos. No podemos acercarnos de cualquier manera a la comunión. Con qué santidad y pureza y con qué deseos de santidad hemos de hacerlo. No podemos acercarnos indignamente. ‘Señor, no soy digno…’ le decimos siempre antes de comulgar. Pero que lo digamos conscientes, con todo sentido. Pero nos acercamos también con ese deseo de esa manera dejarnos transformar por El cuando le comamos.

Qué distintos tenemos que salir de la Misa después de recibir la comunión. Con qué mirada nueva tenemos que mirar a los demás, con qué actitudes nuevas tenemos que tratarlos. Sería incomprensible que habiendo riñas entre unos y otros nos atreviéramos a acercarnos a comulgar sin antes habernos reconciliado. Y sería incomprensible de la misma manera que después de haber comulgado a Cristo saliéramos también entre riñas y pendencias.

Meditemos bien el misterio al que nos acercamos. Meditemos bien lo que significar acercarnos a comulgar a Cristo. Meditemos bien lo que significa comer a Cristo en la Eucaristía y seremos más santos.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Al ir de un lugar para otro iban difundiendo la Buena Noticia


Hechos, 8, 1-8;

Sal. 65;

Jn. 6, 35-40

‘Se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría’. Fue a partir de la lapidación de Esteban. Hasta ahora habían metido en la cárcel a los apóstoles, les habían prohibido hablar en el nombre de Jesús, los habían castigado, pero ahora se iba más allá. Se cumplía lo anunciado por Jesús de lo que por causa de su hombre habían de sufrir los que creyeran en El.

Y llega el momento de la dispersión. De todo hemos de saber sacar buenas consecuencias y el Señor nos habla de muchas maneras por medio de todo lo que va sucediendo. Estos primeros momentos de persecución son también una llamada del Señor. La narración que nos va haciendo Lucas de aquellos primeros momentos de la comunidad de los creyentes en Jesús no nos oculta nada de lo que va sucediendo. Nos habla también de esos momentos difíciles como puede ser el comienzo de las persecuciones pero que en la providencia de Dios son el inicio y el empuje para ir por todas partes cumpliendo el mandato de Jesús. Es, pues, el momento de que también se anuncie la Buena Noticia por otros lugares. Son los caminos de Dios, su providencia amorosa. ‘Y al ir de un lugar para otro iban difundiendo la Buena Noticia’, el evangelio de Jesús.

‘Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo’. Y a Felipe, uno de los siete diáconos elegidos para el servicio de la comunidad, le vemos predicando con mucho ardor el evangelio de Jesús y realizando grandes signos y prodigios. Escucharemos estos días incluso cómo dejándose llevar por el Espíritu del Señor anunciará el nombre de Jesús al eunuco ministro de Candases, reina de Etiopía, y llegará incluso a bautizarlo, siendo conducido luego por el Espíritu a otros lugares para seguir predicando el evangelio. Lo escucharemos mañana.

Antes de la Ascensión Jesús les diría a los apóstoles que una vez recibido el Espíritu Santo serían sus testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra. Es lo que ya estamos contemplando. Al principio los Hechos de los Apóstoles nos narran lo que iba sucediendo en Jerusalén en aquellos primeros momentos de la comunidad cristiana. Pronto ya los veremos cómo se va extendiendo el anuncio del evangelio por todas partes cumpliendo el mandato de Jesús. Los momentos difíciles no los encierran sino todo lo contrario los impulsan a hacer un anuncio más valiente por todas partes. Contraste con la actitud de los apóstoles antes de conocer la resurrección del Señor, 'estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos', pero una vez que se llenaron de su Espíritu saldrán con valentía a hacer el anuncio de Jesús.

Creo que de todo esto que vamos comentando siempre podemos sacar lecciones para nuestra vida, para nuestra fe, para nuestro compromiso cristiano. Nos recuerda el mandato de Jesús que a todos los que creemos en El nos hace misioneros y apóstoles porque en todo momento hemos de dar ese testimonio del nombre de Jesús, de esa fe que tenemos y vivimos.

Fe que muchas veces nos cuesta vivir y expresar por muchas razones, podíamos decir. No siempre es fácil el testimonio; muchas veces nos podemos sentir acobardados por la reacción negativa que nuestro testimonio pudiera producir. Nos sentimos débiles en ocasiones y cuando quizá en medio del dolor, del sufrimiento tenemos que desde la fe darle un sentido a nuestra vida, no sabemos, nos sentimos incapaces, se nos nublan los ojos del alma y no vemos por donde tendríamos que caminar.

Pero es el momento de sentir la fortaleza del Espíritu del Señor que siempre está en nosotros y con nosotros. El nos dará su luz y su gracia para que sepamos vivir esas situaciones con el sentido de la fe, con el sentido de Jesús ya que nos llamamos cristianos. Lo que nunca debemos hacer es encerrarnos en nosotros mismos. Aprendamos de aquellas primeras comunidades cristianas y de aquellos cristianos que tras los momentos duros de la persecución fueron capaces de ir a anunciar el nombre de Jesús, la fe en Jesús por todas partes.

Que el Señor nos dé ese arrojo y valentía. Que no nos falte nunca la fuerza del Espíritu del Señor. Que seamos siempre misioneros de nuestra fe con el testimonio de nuestras palabras y nuestra vida.

martes, 10 de mayo de 2011

Buscamos a Jesús que nos dará el pan de vida que da vida al mundo


Hechos, 7, 51-59;

Sal. 30;

Jn. 6, 30-35

La gente buscaba a Jesús. Nosotros también buscamos a Jesús. Que estamos aquí en esta mañana – o que te hayas acercado a este blogs – indica nuestro deseo de búsqueda de Jesús. Sin embargo quizá tendríamos que preguntarnos ¿Por qué buscamos a Jesús?

En los versículos del evangelio que escuchábamos ayer – ya decíamos que lo que escuchamos estos días en el evangelio tiene una continuidad incluso literal – se nos decía que ‘cuando la gente vio que Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y se fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Y al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: Maestro, ¿cómo has venido aquí?’.

¿Buscaban a Jesús porque habían comido pan en abundancia en el descampado? ¿le buscaban porque veían los signos, las señales que Jesús estaba dando de quién era y por qué habían de seguirle? ‘Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre’. Pero aún así siguen preguntando cómo han de hacer, a lo que Jesús les responde: ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha enviado’.

Es necesario creer en Jesús. Lo que significará buscarle y seguirle pero por hondos motivos. Sólo en Jesús podemos encontrar la salvación; sólo en Jesús podemos alcanzar la vida eterna. Será Jesús quien nos dé esa vida eterna. Será Jesús el que saciará las aspiraciones más hondas que puedan haber en el corazón del hombre. Será Jesús el único camino que nos llevará a la vida verdadera. Será Jesús el único que nos puede llevar hasta Dios. Será Jesús el que nos lleve a la vida en plenitud.

Pero los judíos siguen insistiendo, como hemos escuchado ya en el texto de hoy, ‘¿Y qué signo vemos que tú haces para que creamos en ti?’ Y ellos recuerdan que sus padres creyeron a Moisés y fueron capaces de seguirle incluso por el desierto porque les dio el maná, ‘como está escrito: les dio a comer pan del cielo’. Cada mañana recogían aquel maná que les enviaba Dios y que les alimentaría en su peregrinar por el desierto hasta la tierra prometida.

Es entonces cuando Jesús hace el gran anuncio, cuál es el verdadero pan bajado del cielo. ‘Es mi Padre quien os da el verdadero pan bajado del cielo… que es el que da vida al mundo’. Quieren comer ellos de ese pan. Algo están intuyendo de lo que Jesús quiere hablarles aunque al final se resistar a creer en todo lo que Jesús les dice y los promete, como escucharemos en los próximos días. Por eso le piden que les dé ese pan.

‘Señor, danos siempre de ese pan…’ Nos recuerda la petición de la mujer samaritana allá junto al pozo de Jacob cuando Jesús promete un agua viva que calmará para siempre la sed. ‘Señor, dame de esa agua, para que no tenga yo que venir al pozo todos los días a sacarla’, le pedirá aquella mujer como ahora le piden ese pan a Jesús.

‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’, es la afirmación rotunda que hace Jesús. Decíamos antes que es necesario creer en Jesús. Creer en su Palabra. Creer que El es el Pan de vida, que da vida al mundo, que saciará nuestra hambre más profunda, que creyendo en El no tendremos nunca más sed de otras aguas que no nos sacian sino que nos confunde.

‘Señor, danos siempre de ese pan…’ le pedimos nosotros también; que creamos en ti y en ti pongamos todas nuestras esperanzas; que vayamos a ti porque solo en ti podemos alcanzar esa plenitud y ese sentido profundo y válido para nuestra vida; que tengamos verdaderas ansias de alimentarnos de ti, de llenarnos de vida, porque es la única vida que merece la pena, la unica que nos llevará a la plenitud de la salvación.

lunes, 9 de mayo de 2011

Lleno de gracia realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo


Hechos, 6, 8-15;

Sal. 118;

Jn. 6, 22-29

En función de la brevedad que necesariamente han de tener estos comentarios de cada día, pero también mirando la hermosa riqueza que nos va ofreciendo la Palabra de Dios que vamos proclamando, iremos uniendo en nuestro comentario textos que tienen una prolongación en varios días e intercalando unas veces comentarios del texto de los Hechos de los Apóstoles o del Evangelio.

En el evangelio comenzaremos a escuchar el discurso del Pan de vida, que ha venido precedido por el relato de la multiplicación de los panes y los peces que ya hemos escuchado. Ya iremos haciendo comentarios en los días sucesivos.

La primera lectura nos ha hablado hoy de Esteban. Uno de los siete diáconos elegidos para el servicio de la comunidad en especial el servicio de la caridad y la atención a los huérfanos y a las viudas, como escuchábamos en los versiculos anteriores (el pasado sábado). Una institución del ministerio del servicio dentro de la comunidad eclesial. La Iglesia se va conformando con los distintos servicios. Los apóstoles presidirán la oración y la proclamación de la Palabra, pero surgirán esos carismas de servicio y también de anuncio de la Palabra del Señor entre los miembros de la comunidad. Suele considerarse al texto que escuchábamos el pasado sábado como la institución del diaconado en la Iglesia.

Cuando se nos daba la lista de los siete ‘varones de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría’ de Esteban se decía que era ‘hombre lleno de fe y de Espíritu Santo’. Ahora nos dice que ‘lleno de gracia y de poder realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo’ y al enfrentarse a discutir con él en la sinagoga ‘no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba’. Realizaba los signos del amor, del servicio, tal como había sido elegido, pero además lleno de la sabiduría del Espíritu divino le vemos anunciar con valentía el nombre de Jesús. Un anuncio desde el amor y el servicio, y también desde la Palabra proclamada, del testimonio que con sus palabras daba de la salvación de Jesús.

Podíamos decir que el texto nos prepara describiéndonos a Esteban para el honor que iba a recibir. Y digo bien, honor, porque pronto es apresado y será condenado a ser lapidado hasta la muerte, como veremos en el texto de mañana. Será el ‘protomartir’, el primer mártir que de forma consciente diera su vida, derramara su sangre por el nombre de Jesús, cumpliéndose en él lo que había anunciado Jesús en el evangelio. ‘No os podrán hacer frente a vuestra sabiduría’ porque el Espíritu Santo será el que hable por nuestros labios, como sucedió con Esteban y con todos los mártires a través de los tiempos.

En el relato que los Hechos de los Apóstoles nos hacen del martirio de Esteban, encontramos un claro paralelismo con el relato de la muerte de Jesús. También se presentarán testigos falsos que testimonien contra Esteban y en cosas semejantes a lo que dijeron contra Jesús sobre la santidad del templo o de su destrucción. Esteban, como escucharemos, repetirá gestos y actitudes semejantes a las de Jesús perdonando a los que le martirizaban y poniendo su espíritu en las manos de Dios.

¿Un mensaje para nuestra vida? La valentía y el arrojo de Esteban brilla ante nuestros ojos como un estímulo para ese testimonio que hemos de dar en nombre de nuestra fe. Llamados estamos también a realizar con la fuerza del Espíritu del Señor que no nos falta prodigios y signos de amor en medio del pueblo.

Ungidos hemos sido con la fuerza del Espíritu en nuestro Bautismo y en la Confirmación para ser esos testigos. No podemos ocultar esa marca, esa señal de la unción del Espíritu del Señor que así a todos nos impulsa a dar ese testimonio. Como hemos comentado tantas veces, al ser ungidos con el crisma, aceite perfumado, hemos de hacer notar por nuestro amor, por el testimonio de nuestra fe ese buen olor de Cristo, que como ungidos estamos llamados a dar.

domingo, 8 de mayo de 2011

Emaús un camino de ida y vuelta

Hechos, 2, 14.22-33;

Sal. 15;

1Pd. 1, 17-21;

Lc. 24, 13-35

El camino de Emaús es un camino de ida y vuelta. El camino que hicieron aquellos discípulos que habían perdido la esperanza y se hallaban hundidos en un mar de dudas y desesperanzas pero que a la vuelta fue un camino de carreras de alegría y de gozo inmenso. ¿Será nuestro camino? ¿Será el camino que hacemos o que tenemos que hacer?

Cuando en este tercer domingo de Pascua escuchamos este relato se nos ilumina el corazón por dentro y sentimos renacer también en nosotros esperanzas y alegrías, encontrando respuesta a oscuridades y dudas. Aunque seguimos viviendo la alegría de la fiesta de la Pascua también tenemos el peligro de perder el ritmo o de volver a nuestras rutinas olvidando quizá un poco todo lo hermoso que hemos vivido en estos días pasados.

Aquellos discípulos parecía que habían perdido la esperanza. Andaban tristes y preocupados. El peso que llevaban en el alma incluso les cegaba sus ojos para no ver y reconocer precisamente a quien tanto habían buscado. ‘Jesús en persona se acercó a ellos y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo’.

Pero ahí está Jesús donde están nuestras dudas y pesimismos, nuestros desalientos y desilusiones. El quiere ser siempre luz que ilumine, espíritu vivificador que levante el ánimo, gracia que nos fortifique y aliente.

Aquellos discípulos estaban pasando por una fuerte crisis. Habían puesto sus esperanzas en Jesús y parecía que ahora todo se venía abajo con un fracaso. Ellos se sentían defraudados y fracasado. ‘Nosotros esperábamos que El fuera el futuro liberador de Israel… fue un profeta poderoso en obras y palabras… los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte… hace dos días que sucedió todo esto y aunque el sepulcro está vacío a El no lo vieron…’

Todo se venía abajo y no parecía que pudiera levantarse de nuevo. La cruz había sido un escándalo muy fuerte y difícil de superar. Tantas veces sucede cuando tenemos que enfrentarnos en la vida a la cruz, al dolor, al sufrimiento, a la incomprensión, a los malos momentos. Se nos tambalea la vida bajo los pies y todos nuestros principios y creencias parece que desaparecieran.

Ellos habían contemplado todo aquello que había sucedido, pero quizá les había faltado una mirada de fe, un leer los hechos y la historia también a la luz de la Palabra de Dios, de la ley y los profetas. Pero allí está Jesús, pero ellos todavía no lo ven ni lo reconocen, aunque luego dirán que algo habían estado comenzando a sentir por dentro cuando El les hablaba.

‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’.

A la luz de la Palabra del Señor tenemos que saber leer la vida y nuestra historia. Es el Señor el que nos habla y nos habla allá en lo más hondo de nosotros, pero no tenemos que ofuscarnos, velar nuestros ojos por aquello que nos sucede, sino abrir nuestro espíritu a Dios que en todo eso se nos quiere manifestar.

Comenzaron a sentir algo nuevo. Parecía que la paz llegaba a su corazón porque ya fueron capaces de no solo pensar en sí mismos y sus preocupaciones sino también en bien de los demás. ‘Quédate con nosotros que se hace tarde…’ La noche es oscura, los caminos son difíciles y peligrosos. Bien lo sabían ellos que habían andado indefensos por esos caminos que tanta turbación les habían producido en su alma. Y le ofrecieron hospitalidad.

Faltaba algo más. Habían ido haciendo el camino de ida que había comenzado con mucho dolor y angustia y en el que se habían ido sucediendo muchas cosas. Faltaba el chispazo de luz definitivo que les haría emprender un camino de vuelta bien distinto. ‘Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció’.

Era El. Jesús resucitado les había acompañado por el camino y les había abierto los ojos. Las escamas de la duda, de la desesperanza, del desánimo se cayeron de sus ojos y ahora podían emprender el camino de vuelta. Ya no importaba la noche, porque los peligros habían desaparecido. Llevaban muy dentro de su corazón a Jesús resucitado con ellos. Les seguía ardiendo el corazón por el gozo y la alegría, por la presencia de Jesús que estaban sintiendo dentro de ellos. Ahora era un camino de carreras porque era un camino de alegría. Qué pesarosos y lentos vamos cuando sentimos el peso del dolor o de la duda sobre nosotros. Qué distinto es nuestro caminar cuando llenos de alegría vamos movidos por el Espíritu del Señor.

Nos preguntábamos al principio si ese camino de Emaús es nuestro camino, el que hacemos o el que tenemos que hacer. Es también, sí, nuestro camino. Porque muchas veces también nos pesa la duda, el desánimo, el cansancio; muchas veces parece que nos sentimos sin fuerzas y sin estímulo para nuestras luchas; muchas veces parece que simplemente nos arrastramos o nos dejamos llevar por negruras y oscuridades. La Cruz bajo cualquier forma que se nos presente en la vida nos llena de incertidumbres, duda, dolor y nos puede hacer entrar en crisis también.

Pero tiene que ser el camino en el que dejemos que Jesús nos acompañe; aprendamos a descubrirle y no se nos cierre nuestra mente. Tratemos en medio de esos nubarrones por los que podamos pasar de escucharle que El sigue hablándonos en las Escrituras y bien sabemos que tiene muchas maneras de llegar a nuestro corazón. Hagámosle un hueco en nuestra vida, en nuestro camino, escuchemos su conversación pero también contémosle lo que nos pasa que El tiene siempre una palabra de vida para nosotros. Con El a nuestro lado llegaremos a entender el camino de la cruz.

Es nuestro camino en el que también nos sentaremos a la mesa con El y El partirá el pan para nosotros, porque en ese partir el pan también tenemos que reconocerle. Ahora mismo estamos reunidos en Eucaristía, para la fracción del Pan, para comer a Cristo que se nos da y se hace nuestro alimento y nuestra vida. Abramos los ojos de la fe de par en par para verle, para sentirle, para llenarnos de El.

Y también tenemos que hacer el camino de vuelta, el camino del gozo y de la alegría, el camino en que ha renacido nuestra vida y nuestras esperanzas, el camino en el que estamos llenos de un amor nuevo y de una valentía grande, el camino en el que su Espíritu pone alas en nuestros pies para ir a anunciar a los demás que es verdad que Jesús ha resucitado, que está con nosotros, que nos llena de vida, que nos ha traído la salvación. Quien se encuentra con Cristo resucitado, ya lo hemos reflexionado, necesariamente tiene que convertirse en mensajero, en misionero de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.

sábado, 7 de mayo de 2011

El sosiego y la paz de la voz del Señor en el corazón


Hechos, 6, 1-7;

Sal. 32;

Jn. 6, 16-21

Qué sensación de sosiego y de paz sentimos cuando en medio de un peligro, de un momento difícil o de oscuridad sentimos la voz amiga que nos dice ‘soy yo’. Una mano amiga que aprieta nuestro hombro, que se tiende amistosa a la que podemos agarrarnos con seguridad nos hace sentirnos fuertes, con paz, con tranquilidad y desaparecen miedos y preocupaciones. Necesitamos esa voz o esa mano amiga muchas veces en la vida, y todos tenemos experiencias en ese sentido. Como el niño que se siente seguro cuando se coge de la mano de su padre.

Algo así pudieron sentir los discípulos en aquella noche oscura en que iban atravesando el lago, Jesús no estaba con ellos, y tenían sus dificultades para avanzar porque ‘soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando’. En la tarde anterior habían sucedido cosas hermosas, pero Jesús les habían mandado embarcarse para dirigirse a Cafarnaún y habían partido porque ‘Jesús no los había alcanzado’. Dice el evangelista, y es bien significativo, que ‘era noche cerrada’.

Ahora habían visto venir algo o alguien que caminaba sobre el agua ‘y se asustaron’. Como comentan los otros evangelistas pensaban que era un fantasma. Pero allí estaba la voz de Jesús. ‘Soy yo, no temáis’. Se sentían seguros. Allí estaba Jesús. Juan es muy escueto en este relato. San Mateo y san Marcos entran en más detalles.

¿Sería o no sería Jesús? Pedro se atreve a pedir pruebas. Quiere ir también andando sobre el agua hasta Jesús. Nos sucede a veces a nosotros también. Escuchamos esa voz amiga, sentimos esa mano amistosa y aún dudamos si será cierto, si nos podemos sentir seguros.

Y no es sólo en lo material o humano de nuestras relaciones personales sino en otros aspectos más profundos de la vida en que aunque decimos que tenemos fe parece que nos entra la desconfianza. ¿Me ayudará o no me ayudará el Señor? Pedimos al Señor en nuestra necesidad o en nuestros problemas ¿El Señor me escuchará?, pensamos tantas veces y parece que la oración no está hecha con tanta confianza.

Tendríamos que quizá recordar lo que Jesús nos dice tantas veces en el evangelio de la confianza con que hemos de orar al Señor. ‘Si pedís algo en mi nombre se os concederá’, le hemos escuchado decir. Y en el nombre del Señor queremos hacer nuestra oración.

En ese mismo lago un día Jesús le había dicho a Pedro que echara las redes. Pedro en principio desconfiaba porque había estado toda la noche bregando y no había cogido nada. Pero se fió del Señor. ‘En tu nombre echaré las redes’, y la pesca había sido tan grande que se rompían las redes y hubo necesidad de llamar a los compañeros de la otra barca.

Sepamos escuchar la voz del Señor que nos dice ‘soy yo’, y tengamos confianza. Muchas negruras podemos tener en la vida con los problemas que tenemos, con nuestras limitaciones y dolores, con lo difícil que se nos hace a veces la convivencia con los demás, con los contratiempos que surjen, pero tengamos la confianza y la seguridad de que el Señor no nos deja solos. El está a nuestro lado, nos da la fuerza y la gracia que necesitamos. Abramos los ojos de la fe para verle, descubrirle, sentirle. Con todo su amor y ternura, con toda la fuerza de su gracia que nos hace sentirnos en sosiego y paz.

‘No temáis…’ Con el Señor no cabe el temor. Con El todo es seguridad y paz por borrascosos que sean los mares de la vida. Pero nos sucede muchas veces que nuestros ojos se nos nublan, los problemas o los sufrimientos nos envuelven y enredan de tal manera que ya no somos capaces de oír su voz. No perdamos nunca la paz que el Señor quiere poner en nuestro corazón y podemos escucharle, y verle, agarrarnos de su mano para seguir a su paso el camino que nos señala.

viernes, 6 de mayo de 2011

Un gran signo para nosotros y para que el mundo crea

Un gran signo para nosotros y para que el mundo crea

Hechos, 5, 34-42; Sal. 26; Jn. 6, 1-15

Todos hemos escuchado más de una vez aquello de que ‘vale más una imagen que mil palabras’. Escuchando el evangelio hoy proclamado contemplamos una imagen significativa, un gran signo que realiza Jesús que nos quiere manifestar muchas cosas para despertar nuestra fe en El y para vivir en el estilo nuevo del Reino de Dios que El nos anuncia.

Es un texto en el que realmente no se nos dice directamente que Jesús se haya puesto a enseñar, sino que al contemplar la mucha gente que se había reunido ‘porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’ y sintiendo lástima de ellos porque como dirá otro lugar del evangelio estaban exhaustos y como ovejas sin pastor se dispone a realizar el gran signo de la multiplicación de los panes y los peces. Fijémonos como el evangelista Juan para hablarnos de los milagros de Jesús siempre emplea la palabra ‘signo’.

Pero Jesús que nos trae la salvación quiere contar con el hombre, quiere contar con nosotros. El es el único salvador que va a dar su vida por nosotros derramando su sangre para el perdón de los pecados. Nos ofrece la salvación, pero el hombre ha de responder y colaborar. Ahora le dice a Felipe ‘¿con qué compraremos panes para que coman éstos?’. Y nos dice el evangelista que ‘lo decía para tantearlo pues bien sabía lo que iba a hacer’. Pero aparecerá también otro que ofrece colaboración. Lo que Jesús quiere. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?’ Pedirá luego la colaboración de los discípulos para repartir los panes y los peces entre todos, como para recoger lo que haya sobrado. Jesús quiere siempre contar con nosotros.

No importa que seamos capaces de grandes cosas o lo que hagamos sea algo pequeño y humilde. No importa en este caso la cantidad de panes y peces que pudiera haber para dar de comer a tantos. Pero ahí está la disponibilidad, la generosidad de quien comparte lo que tiene aunque sea poco; el poner a disposición, al servicio, los valores, aunque nos parezcan pequeños, que cada una tiene. Dios valora siempre lo pequeño por muy humilde que parezca. Porque el que sabe ser fiel en lo pequeño será capaz de ser fiel también en lo mucho o lo importante. Nos lo dirá Jesús en el evangelio muchas veces con parábolas y con ejemplos.

Este signo que realiza Jesús tiene también resonancias eucarísticas. No sólo va a dar pie para que al día siguiente en Cafarnaún comience a hablar del pan de vida y de que su Cuerpo es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida, sino que hasta en los mismos gestos que Jesús realiza nos rememora lo que va a hacer en la última cena y que repetimos nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía. ‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y lo repartió a todos…’

La gente supo leer el signo que Jesús estaba realizando reconociendo la grandeza y el poder de Jesús. ‘La gente, entonces, al ver el signo que había hecho, decía: Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo’, que era en cierto modo una forma de reconocer en El al Mesías de Dios. Quieren hacerlo Rey, pero Jesús se retiró a la montaña él solo. Como tantas veces aparece en el evangelio de Juan, ‘no había llegado su hora’.

Nos está hablando Jesús también a nosotros a través de este signo, de todos los gestos y detalles que se van sucediendo en este hecho del evangelio. Tienen que provocar en nosotros ese reconociento de quién es en verdad Jesús para nosotros. Hemos de saber ver y leer todas esas señales que Jesús nos va dando. Jesús nos ofrece su vida y su salvación y los sacramentos son las grandes signos sagrados de su presencia y de su gracia. Pero Jesús nos va pidiendo una respuesta, una colaboración por nuestra parte. No podemos vivir una fe pasiva; no podemos tener una actitud pasiva en la vida.

Hemos de saber ir dando respuesta a esas señales que Dios pone junto a nosotros. Hemos de saber poner los cinco panes y dos peces de nuestros valores, de lo que somos o podemos hacer. Hemos de sentir como los discípulos el interrogante y la inquietud dentro de nuestro corazón viendo a esa multitud a quien también hay que alimentar con algo más que pan que sacie nuestra hambre material. ‘No sólo de pan vive el hombre…’ hemos repetido en la aclamación del aleluya al Evangelio. Iremos, tenemos que ir, a repartir ese pan pan material de muchas maneras a tantos que pasan necesidad a nuestro lado, pero hemos de saber llevar el otro pan que sólo desde Jesús podemos encontrar y que desde Jesús tenemos que repartir.

Qué gran signo para nosotros es la multiplicación de los panes y los peces que escuchamos en el evangelio con todos los gestos y detalles que suceden a su alrededor.

jueves, 5 de mayo de 2011

El que cree en el Hijo posee la vida eterna


Hechos, 5, 27-33;

Sal. 33;

Jn. 3, 31-36

‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo, no verá la vida…’ Viene a ser la conclusión del largo encuentro de Jesús con Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús. Le habló de nacer de nuevo para ver el Reino de Dios; le habló del amor inmenso del Padre que nos envía a su Hijo para que tengamos vida eterna, como ayer reflexionábamos. Hoy nos dice que quien no cree en el Hijo no verá la vida; para poseer la vida eterna es necesario creer en Jesús.

Tendríamos que decir que todo lo que nos narran los evangelios es para despertar nuestra fe en Jesús como nuestro Señor y nuestro Salvador. Es la Buena Noticia de la Salvación, y esa Buena Noticia no son cosas ni meramente hechos sino una persona, Cristo Jesús. Claro que en Jesús veremos hasta donde llega el amor de Dios, contemplaremos su vida, lo que hace y lo que nos enseña; y todo para provocar la fe en nosotros, para que crezca esa fe y creyendo alcancemos la vida eterna.

Estamos leyendo el evangelio de Juan. Cuando lleguemos al final, realmente lo escuchamos en estos días pasados, en concreto el domingo, cuando se nos narraban las apariciones de Jesús resucitado, pues bien, al final del evangelio se nos dirá: ‘Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos: éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’.

Vida y vida eterna por el nombre de Jesús; vida y vida eterna si creemos en El. Por la fe le aceptamos no simplemente como una idea, o un personaje por muy importante que nos parezca; por la fe aceptamos a Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Y si ha venido a salvarnos es para arrancarnos de la muerte, para darnos vida, y no una vida cualquiera sino vida eterna. Una fe y una vida que tiene que transparentarse en nuestra propia vida. Nos impregnamos de la fe, de la vida de Dios, no como algo añadido externamente, sino como algo que sentiremos en lo más hondo de nosotros mismos. Algo de lo vamos a dar testimonio con nuestras obras, nuestras palabras, con toda nuestra vida. Aunque nos sea difícil y nos cueste.

El testimonio que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles, y en concreto en esta lectura hoy proclamada, es hermoso. Los Apóstoles están incluso en la cárcel por hablar del nombre de Jesús; les prohíben hablar, los acosan y persiguen; ahora los traen de nuevo ante el tribunal del Sanedrín, porque el ángel del Señor los había liberado de la cárcel y estaban de nuevo predicando en el templo.

‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’, replican cuando les dicen que les habían prohibido formalmente enseñar en nombre de Jesús. ‘El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús… la diestra de Dios lo exaltó haciéndole jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.

Hermoso ejemplo y testimonio. Que el Espíritu del Señor esté también con nosotros para que nos dé esa valentía. Que el Espíritu del Señor inunde nuestra vida para que creyendo en Jesús nos llenemos de vida eterna.

Cómo tenemos que cuidar nuestra fe. Es el don más precioso que Dios nos ha dado. Algo sobrenatural que nos trasciende y nos un sentido nuevo a nuestra vida. Mucho tenemos que meditar sobre nuestra fe para que lleguemos a ahondar en todo el misterio de Dios; mucho tenemos que meditar para purificarla y hacerla más auténtica; mucho tenemos que meditar en todo esto para que cada día podamos conocer más y más a Jesús y así crezca también más y más nuestra fe.

Le pedimos a Dios ese don de la fe. Le damos gracias al Señor por esa fe, que un día recibimos de nuestros padres, que se ha alimentado en la vida de la Iglesia y en ella, en comunión plena con la Iglesia, queremos vivirla.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Para que el mundo se salve por El

Para que el mundo se salve por El

Hechos, 5, 17-26; Sal. Sal. 33; Jn. 3, 16-21

Es cierto que en ocasiones nos vemos abrumados por el peso de nuestros pecados cuando somos conscientes de que hemos hecho mal; hemos de sentir, es verdad, arrepentimiento, y como decimos en la preparación para el sacramento dolor de corazón, ese arrepentimiento que nos hace dolernos por nuestro pecado ante lo que es el amor de Dios.

Pero el sentirnos abrumados nunca nos puede llevar a la desesperanza y al abatimiento, porque, como hemos escuchado tantas veces en el evangelio ‘Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva’, o como nos dice hoy ‘Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’.

La fe que tenemos en el Señor y lo que El ha querido revelarnos de su corazón a pesar de nuestro pecado nos hace sentirnos en esperanza porque grande es el amor que el Señor nos tiene que siempre está dispuesto a ofrecernos su perdón. Para eso nos ha enviado a Jesús. Mucho lo hemos oído y reflexionado y no importa que lo repitamos muchas veces para que se mueva nuestro corazón a la conversión y al amor. Y Jesús viene como nuestra salvación. Jesús viene para darnos vida, para llenarnos de la luz de Dios.

‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan vida eterna’. Si tal es el amor que Dios nos tiene, no podrá querer nunca la condenación si arrepentidos volvemos a El.

Pero qué débiles somos y con cuánta facilidad nos confundimos y olvidamos el verdadero camino del amor del Señor. Dios nos ofrece la luz y nosotros preferimos las tinieblas. Dios quiere que andemos en la luz, en las obras de la luz, pero preferimos las obras del mal. Como nos dice hoy el evangelio ‘ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas’. Somos nosotros los que nos buscamos la condenación cuando nos llenamos de tinieblas y de pecado. El Señor quiere siempre ofrecernos su luz y su salvación. Como hemos repetido muchas veces ‘el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?’ Por eso siempre queremos bendecir y alabar al Señor: ‘Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca… proclamad conmigo la grandeza del Señor’.

Parecería que padecemos de daltonismo, que es una afección de la visión que nos hace confundir los colores, sobre todo entre el rojo y el verde. Padecemos un daltonismo espiritual, casi podríamos decir, porque nos confundimos de tal manera que nos puedan parecer luminosas y buenas las obras del mal. Nos ciega la tentación, nos ciega el pecado. Creo que somos conscientes todos de cuántas veces nos sucede cosas así. Nos prometemos ser buenos, resistir a la tentación, mantenernos en una fidelida de amor al Señor, y nos vemos envueltos por el pecado y caemos.

Pero, como decíamos, tenemos que considerar una y otra vez lo que es el amor del Señor y cómo no busca nuestra condenación sino nuestra salvación. ‘Tanto amó Dios al mundo…’ tanto nos ama Dios. La gran prueba la tenemos en Jesús enviado por el Padre para nuestra salvación. Y si recorremos las páginas del envangelio iremos contemplando lo que Jesús nos dice, pero cómo se manifiesta El con los pecadores siempre dispuesto al amor y al perdón.

A Dios acudimos con espíritu humilde y arrepentido. A Dios queremos acudir con un corazón, aunque lleno de debilidades y flaquezas, pero en el que queremos poner mucho amor. A Dios acudimos con la confianza de los hijos que se saben amados del padre. Porque Dios nos ama, porque es nuestro Padre, un padre lleno de ternura y misericordia; porque es el Dios compasivo y misericordioso como tantas veces hemos repetido; porque nos regala su vida, porque nos inunda con su amor.

Acudamos humildes y llenos de amor a Dios.

martes, 3 de mayo de 2011

Seamos mediación para que el mundo pueda conocer a Jesús


Seamos mediación para que el mundo pueda conocer a Jesús

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14, 6-14

‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe?’ Es la réplica o recriminación de Jesús cuando Felipe le pide ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’, en la última cena.

Felipe era de los que estaban con Jesús desde el principio. Jesús mismo lo había llamado después que Juan y Andrés se fueran con Jesús tras haberlo señalado el Bautismo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; luego Andrés había llevado a su hermano Simón hasta Jesús y a continuación nos dice el evangelio que Jesús encontrándose con Felipe en su camino a Galilea le invita seguirle y éste se va con Jesús. Ya inmediatamente le lleva la noticia a Natanael diciéndole que ‘hemos encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, Moisés y los profetas’ y lo convence para llevarlo a Jesús.

Volveremos a encontrarlo en el Evangelio cuando unos gentiles se le acercan para decirle que quisieran ver a Jesús; se lo comunica a Andrés y los dos se los llevan a Jesús. Aparece en los listados de los doce escogidos por Jesús para nombrarlos apóstoles.

Santiago, a quien hoy celebramos también, como entendemos todos no es el Zebedeo hermano de Juan, sino Santiago el de Alfeo, como se dice en las listas de los apóstoles y que también conocemos habitualmente como Santiago el Menor. ¿Pariente de Jesús? ¿primer obispo de la Iglesia de Jerusalén? Quizá el Santiago del que dice Pablo que también a él se le apareció el Señor resucitado, como hemos escuchado en la carta a los Corintios. También tenemos en el canón de los libros del Nuevo Testamento una carta atrbuida también a Santiago Apóstol, que tendría que ser éste.

Poco más sabemos de ambos. Bástenos saber que perteneció al grupo de los Doce Apóstoles escogidos por el Señor y enviados con misión especial a hacer el anuncio del evangelio por el mundo entero.

Es hoy una fiesta de los Apóstoles con la importancia que tiene esta celebración para la Iglesia por lo que significan para nosotros. Testigos de Jesús nos trasmitieron la fe Cristo como nuestro Salvador, por lo que decimos que nuestra fe está fundamentada en los apóstoles y la Iglesia es apostólico entre sus esenciales características.

¿Qué podríamos considerar como lección para nosotros que nos estimule en el camino de nuestra vida cristiana? Fijémonos, por ejemplo, en esos detalles que hemos subrayado de Felipe. Podíamos destacar en esa pregunta que le hace a Jesús en la última cena sus ansias de conocer más y más a Dios. ‘Muéstranos al Padre y nos basta’. Que surjan esas ansias en nuestro corazón de querer conocer más y más todo el misterio de Jesús que es meternos de lleno en el misterio de Dios.

Pero también podríamos destacar la mediación que fue Felipe para que otros conocieran a Jesús. En él hubo disponibilidad total cuando Jesús le llama, pero pronto se está conviritiendo en medio para que otros conozcan a Jesús. Hablará de Jesús a Natanael y aquellos gentiles por su medio pueden llegar también hasta Jesús.

‘Queremos conocer a Jesús’. Quizá también los que nos rodean conscientes y deseosos o con un deseo que no se atreven a manifestar también podrían de una forma o de otra estar diciéndonos lo mismo. Tenemos que llevar hasta Jesús a nuestros hermanos los hombres que nos rodean. Tenemos que anunciarles a Jesús.

O tenemos también que hablarle a Jesús de esos hombres, de ese mundo que está a nuestro alrededor. Una forma hermosa de vivir ese espíritu misionero también es la oración que podemos hacer por nuestro mundo. En nuestra oración, con esa inquietud que tenemos en el corazón por lo que vemos a nuestro lado, hablémosle a Jesús, hablémosle a Dios de ese mundo que nos rodea; oremos, en una palabra, por ellos.

lunes, 2 de mayo de 2011

Un nuevo nacimiento en el agua y el Espíritu

Hechos, 4, 23-31;

Sal. 2;

Jn. 3, 1-8

La transformación que se produce en el hombre que se ha encontrado con Cristo y llenándose de su gracia quiere vivir su misma vida es como un nuevo nacer, un nuevo nacimiento. Cuando decimos que creemos en Jesús y queremos llamarnos cristianos no se trata simplemente de acomodar o ajustarnos en algunas cosas a lo que nos enseña Jesús. Es algo mucho más hondo. Es un comenzar a vivir una nueva vida.

Esta expresión de renacer o un nuevo nacimiento es algo que decimos con toda propiedad cuando hablamos de convertir nuestra vida a Cristo, aceptarle por la fe y querer comenzar a vivir su vida. Es lo que decimos que significa el Bautismo en nuestra vida. No un mero rito como si fuera simplemente una inscripción que hacemos en una sociedad, sino una conversión para comenzar a vivir una nueva vida.

Es de lo que nos habla hoy el evangelio. ‘Un fariseo llamado Nicodemo, magistrado judío, fue a ver a Jesús de noche…’ nos dice el evangelio. Era un hombre principal, magistrado no sólo por su posible pertenencia al Sanedrín, como en otro lugar del evangelio aparece, sino en el sentido también de que era maestro en Israel, maestro de la Ley. Más adelante Jesús lo llamará así, maestro de Israel.

Seguía a Jesús no abiertamente sino como a ocultas. Va de noche a ver a Jesús. A la hora de la condena de Jesús dará la cara y dirá que en Israel no se puede juzgar a nadie sin que se le escuche, y a la muerte de Jesús le veremos junto a José de Aritmatea encargándose del cuerpo de Jesús para darle sepultura.

Va a ver a Jesús porque hay inquietud en su corazón. Le interrogan por dentro las cosas que ve en Jesús. ‘Nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él, por eso sabemos que has venido de parte de Dios’, le dice a Jesús para iniciar la conversación que traía tantas inquietudes en el corazón.

Es cuando Jesús habla de ese nacer de nuevo, de la radicalidad que tiene que significar seguirle. ‘Te lo aseguro el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios’. Jesús ha comenzado a hablar del reino de Dios y lo primero que ha pedido a la gente es la conversión, tal como nos lo expresan los evangelios sinópticos. Ahora en el evangelio de Juan se nos habla de nacer de nuevo. Es una nueva vida. Sin ese cambio, sin esa transformación no se puede ver el Reino de Dios, no se puede entender el Reino de Dios. Hay que ver las cosas de distinta manera, es algo nuevo lo que Jesús nos está ofreciendo.

No entiende Nicodemo las palabras de Jesús y hace una interpretación literal de lo que Jesús está diciendo. ‘¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?’ Es Nicodemo el primero que tiene que cambiar para entender las palabras de Jesús. Como buen fariseo se aferra a la letra de la ley o de lo que se dice y asi es difícil entender el verdadero sentido de lo que Dios nos quiere decir o pedir. Es algo que en su ritualismo e interpretaciones literales hacen de forma habitual los fariseos. Hay que dejar que entre el Espíritu en el corazón del hombre para poder entender el misterio de Dios, la Palabra que Dios nos dice.

‘Te lo aseguro, el que no nazca de agua y Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios… no te extrañes de que te haya dicho . Lo que nace del Espíritu es espíritu… así es todo el que ha nacido del Espíritu’. No es, pues, un nacimiento que hagamos por nosotros mismos. Es algo que en verdad viene de Dios, se realiza por la fuerza del Espíritu de Dios. No lo hacemos nosotros. Tenemos que dejar actuar al Espíritu de Dios en nosotros. Y podremos, entonces, entenderlo; y podremos realizarlo; y podremos ser entonces ese hombre nuevo.

Nos habla del agua y del Espíritu y nos está hablando del Bautismo, de un nuevo bautismo, que no es sólo un baño purificador o penitencial como el Bautismo de Juan allá en el Jordán. Utilizaremos, es cierto, el signo del agua porque es baño, pero el que actúa de verdad en el corazón del hombre es el Espíritu Santo, que realizará esa transformación, ese nuevo nacimiento a una nueva vida con todas sus consecuencias. Y eso lo podremos entender por la fe. Eso podrá realizarse en nosotros desde la fe.

Cuánto tendríamos que reflexionar sobre todo lo que significa el bautismo en nuestra vida. Cuánto tenemos que valorar ese Bautismo que un día recibimos para que en verdad lleguemos a vivir esa nueva vida que ha nacido en nosotros.

domingo, 1 de mayo de 2011

En su gran misericordia la pascua no llena de paz, alegría y perdón


Hechos, 2, 42-47;

Sal. 117;

1Pd. 1, 3-9;

Jn. 20, 19-31

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo…’

Así tenemos que comenzar bendiciendo a Dios con las palabras del apóstol. ‘Bendito sea Dios… nos ha hecho nacer de nuevo… por la resurrección de Jesucristo…’ Seguimos hoy con toda solemnidad celebrando la resurrección de Jesús. Estamos en la octava de la Pascua. Y tenemos que considerar bien cuánto significa eso para nuestra vida; cuánta es la gracia que por la misericordia de Dios alcanzamos. Un nacer de nuevo, una vida nueva, un bautismo que nos salva y que hemos querido renovar, revivir con toda intensidad en esta Pascua.

Hemos escuchado en el evangelio el relato de lo sucedido en la tarde de aquel primer día cuando Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos, reunidos, encerrados en el cenáculo. También lo sucedido en el mismo lugar ocho días después cuando Cristo vuelve a manifestarse ahora ya con los once reunidos, porque también estaba Tomás. Lo escuchamos en la Palabra que se nos ha proclamado, lo revivimos con nuestra fe, lo sentimos vivo en nosotros mismos, en nuestra vida, porque de la misma manera Cristo resucitado llega a nosotros, se hace presente también en medio nuestro.

‘Paz a vosotros’, es el saludo pascual de Jesús en una y otra ocasión. ‘Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo’, habíamos escuchado decir a Jesús en otra ocasión. Paz de Jesús para nuestros miedos y cobardías: estaban ‘con las puertas cerradas por miedo a los judíos’, comenta el evangelista. Paz que disipa dudas y nos da seguridad. Paz que nos llena de fortaleza y valor. Paz que nos hace sentirnos nuevos desde dentro de nosotros mismos. Paz de quienes nos sentimos amados, salvados, perdonados. Paz de vida, de amor, de perdón, de gracia. Es un regalo del Señor que tenemos que saber acoger.

¿Cómo no van a sentir la alegría de que Jesús resucitado esté allí en medio de ellos? ‘Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’. Era verdad lo que los ángeles habían dicho a los mujeres en el sepulcro. Era verdad lo que venían contando las mujeres, o aquellos discípulos que habían marchado a la finca de Emaús y decían que Jesús había estado con ellos. Tenía su sentido lo del sepulcro vacío. ‘Se llenaron de inmensa alegría al ver al Señor’. Es la alegría que nosotros sentimos también y con la que venimos celebrando hondamente la pascua y la resurrección. También en la fe nosotros sentimos a Cristo resucitado en medio de nosotros.

Allí está Jesús resucitado, quien había dado su vida, quien se había entregado por amor, quien había derramado su sangre para el perdón de los pecados. Con Jesús, como decíamos, llega la gracia y el perdón, llega la salvación. Para nosotros y para el mundo entero. Por eso confía a los discípulos la misión de la reconciliación y del perdón.

Enviados por Jesús como el había sido enviado por el Padre para anunciar el perdón y la gracia, para pronunciar la Palabra de gracia que nos trae el perdón porque no solo va a ser anuncio, sino va a ser de ahora en adelante sacramento porque en esa Palabra pronunciada por los apóstoles y sus sucesores tenemos la seguridad el perdón que Cristo nos ha obtenido con su entrega y su muerte, que Dios nos ha dado. Es el hermoso regalo de Pascua de Jesús a sus discípulos. ‘Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados… como el Padre me ha enviado, así os envío yo…’

Se despierta de nuevo la fe. Renace la fe con la alegría de sentir a Cristo en medio nuestro. Se disipan las dudas. Porque como Tomás también tantas veces estamos queriendo buscar pruebas que podamos palpar con nuestra manos. Cuando el grupo de los discípulos le cuenta a Tomas que han visto al Señor están sus reticencias y dudas. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos, si no meto mi mano en su costado, no lo creo’. Es la prueba que exige Tomás.

¿Una fe sólo basada en pruebas razonables y palpables a lo humano? Fe es confiar y fiarse. Fe es abrir el corazón al misterio y al amor. Fe es abrir los ojos del alma para dejarse conducir por Dios. En fin de cuentas, es algo sobrenatural, es un don de Dios que por supuesto El quiere regalarnos y nosotros humildemente hemos de saber aceptar. Fe es fiarnos del amor de Dios que tantas pruebas nos da cuando nos entrega a Jesús.

Cuando a los ocho días, estando ya Tomás con el grupo, aparece Jesús resucitado de nuevo, ya Tomás no necesitará pruebas. ‘Señor mío y Dios mío’, es su emocionado exclamación y su confesión de fe ahora llena de humildad. Vayamos con humildad a Dios, pongámonos con humildad ante Dios cuando quiere llegar a nuestra vida. Ya sabemos que el se manifiesta y se revela de manera especial a los sencillos y a los humildes.

‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’, exclamará Jesús. Dichosos nosotros que no necesitamos ojos de la cara ni palpar con nuestras manos sino que desde la fe sabemos aceptar a Jesús, reconocer a Jesús presente en medio nuestro. Como nos decía Pedro, ‘no habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y creéis en El; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación’.

Qué hermoso es lo que estamos viviendo en estos días. Cómo nos sentimos transfigurados en la Pascua del Señor. Cómo sentimos que se derrama sobre nosotros la misericordia del Señor. Por algo este domingo el Papa Juan Pablo II, a quien hoy precisamente la Iglesia declara Beato, quiso que se llamara y así lo celebráramos como el domingo de la misericordia. ‘En su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos’, recordamos que nos decía el apóstol. Y hemos pedido en la oración al ‘Dios de la misericordia infinita que reanime la fe de su pueblo en la celebración de estas fiestas de pascua’.

Pedimos sí, que ‘se acrecienten en nosotros los dones de su gracia para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido’. Cuánta gracia por la misericordia del Señor recibimos. Cuánto regalo de amor Jesús nos hace. Qué riqueza y qué grandeza se nos ha conferido cuando en el Bautismo se nos ha hecho hijos de Dios. No lo podemos olvidar. Hemos de tenerlo siempre muy presente en nuestra vida. Eso nos ayudará a vivir más santamente, a responder mejor a la gracia y al amor del Señor. ‘Demos gracias al Señor que es bueno y que es eterna su misericordia’, como cantamos en el salmo.

Que sintamos esa paz que Cristo resucitado nos da y nos gocemos en verdad con el perdón que nos regala al tiempo que seamos ministros de reconciliación y de perdón para con nuestros hermanos. Es el regalo de amor que un cristiano enamorado de Cristo ha de saber ir haciendo allá por donde va para poner paz, para reavivar el amor, para que los corazones se llenen siempre de la verdadera alegría. Ojalá llegáramos a vivir el amor y la comunión que vivían las primeras comunidades de jerusalén como nos expresa el texto de los Hechos. Podría ser una comprometida respuesta a la Palabra de Dios escuchada en esta Pascua.

Que la intercesión del Beato Juan Pablo nos alcance de Dios esa gracia de santidad para nuestra vida.