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sábado, 20 de noviembre de 2010

Dos testigos, dos olivos, dos lámparas… y una victoria

Apoc. 11, 4-12;
Sal. 143;
Lc. 20, 27-40

‘Dos testigos, dos olivos, dos lámparas que están en la presencia del Señor’. Descritos están con los rasgos tradicionales en la Biblia de Moisés y Elías, la ley y los profetas, verdaderos fundamentos del antiguo pueblo de Dios. El profeta celoso del verdadero culto de Dios frente a los baales que hizo que no lloviera sobre la tierra, Elías; y Moisés que condujo al pueblo en el duro camino de la fidelidad a la Alianza y la ley que el Señor les dio en el Sinaí.
Recordemos que también aparecen Moisés y Elías junto a Jesús en la transfiguración. Hablaban de lo que iba a suceder en Jerusalén para significar con ello la pasión y la muerte de Jesús. Son un signo ahora del camino del bien y de la fidelidad al Señor; dieron su testimonio y la bestia que sube del abismo se enfureció. La lucha del mal, la imagen de todo lo que pasaba el nuevo pueblo de Dios con las persecusiones. Pareciera que todos se alegraban de la aparente victoria del mal, de la muerte de los dos profetas. Como se alegraban y festejaban los que llevaron a Jesús hasta la cruz porque pensaban que con eso estaba conseguida su victoria.
Pero este tiempo de maldad tiene su límite, tres días y medio; la mitad del número siete que seria el de la plenitud. ‘Al cabo de esos tres días y medio, un aliento de vida mandado por Dios entró en ellos y se pusieron en pie en medio del terror de todos los que lo veían… Subid aquí, se oyó una voz. Y subieron al cielo en una nube a la vista de sus enemigos’. Nos está hablando de resurrección y de victoria. La resurrección y la victoria que en Cristo obtenemos.
Dos testigos, dos olivos, dos lámparas… Quiero hacer una lectura de esto: es el testimonio de la Iglesia que se sigue proclamando en medio del mundo. Ya sabemos cómo se la rechaza, cómo se la critica, como se la quiere destruir, cómo no se le quiere escuchar, cómo se quiere encerrar la fe, como se suele decir, en la sacristía.
Todos los días escuchamos noticias interesadas y tergiversadas. Se publica todo lo que pueda desprestigiar a la Iglesia. Se le quiere llenar de sombrar porque muchas veces molesta su luz. Cuesta al mundo de hoy reconocer lo que es la verdadera riqueza de la Iglesia que está en sus obras de amor, en tantas y tantas obras de tantos cristianos, de tantas instituciones que trabajan por los demás, que están comprometidos con los pobres, que quieren en verdad hacer un mundo mejor y más justo.
Pero no hemos de temer ni podemos acobardarnos. Seguimos con nuestro testimonio de amor, y con el anuncio de la fe que hacemos en medio del mundo. Jesús ya le dijo a Pedro cuando le confió las llaves. ‘El poder del infierno no la derrotará’. Nosotros somos los que creemos en la resurrección y en el triundo de Cristo porque nosotros creemos en Cristo resucitado. En esa fe y en esa esperanza queremos seguir nuestro camino de testimonio valiente y decidido.
Por supuesto que siempre tenemos que estar con el deseo y el trabajo de purificarnos para que nuestro testimonio sea siempre el más limpio y más claro. Pero nos confiamos en el Señor. ‘Bendito sea el Señor, mi roca’, hemos repetido en el salmo responsorial. Que no sea un responsorio que repetimos sin más, sino que exprese de verdad toda esa confianza que ponemos en el Señor y toda esa fortaleza que en El sentimos. ‘Mi bienhechor, mi alcázar, mi baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio…’ Por eso queremos cantar al Señor un cántico nuevo ‘tocaré para ti el arpa de diez cuerdas, para ti que das la victoria…’, porque con todo mi corazón, con toda mi vida quiero cantar siempre al Señor y darle gracias.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Al paladar será dulce como la miel, en el estómago sentirás ardor

Apoc. 10, 8-11;
Sal. 118;
Lc. 19, 45-48

‘Ve a coger el librito abierto de mano del ángel… cógelo y cómetelo…’ Una bella imagen la que nos ofrece hoy el Apocalipsis, pero que ya aparecía en el profeta Ezequiel como signo de su vocación profética. ‘Hijo de hombre, come este libro y ve luego a hablar al pueblo de Israel’, le dijo entonces el Señor al profeta.
Lo hemos escuchado hoy de nuevo en el Apocalipsis que además continúa: ‘al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor’. ¿Qué querrá significar?
En el salmo precisamente como respuesta a esta Palabra hemos repetido: ‘Qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca; tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón; abro la boca y respiro, ansiando tus mandamientos’. Creo que podemos entender lo que nos quiere decir el Apocalipsis. La Palabra del Señor, los mandamientos del Señor, el mensaje de salvación que en Jesús recibimos es nuestra delicia y nuestra dicha. ‘Más dulce que la miel’. Así tenemos que sentirlo y gozarnos con ello.
Así recibimos la Palabra del Señor como alimento para nosotros pero así al mismo tiempo nos sentimos enviados a dar testimonio de esa fe, de esa Palabra que recibimos, de esa salvación que vivimos a los demás. Recordemos lo que decíamos que el profeta recibió este signo como señal de la misión profética a la que era enviado. Y nosotros, todos los cristianos esa fe que vivimos, todo ese amor de Dios que es nuestro gozo y que recibimos también hemos de compartirlo, llevarlo a los demás. ‘Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos’, que decía el ángel del Apocalipsis.
‘Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas’, dijimos también en el salmo. Pero el que sintamos ese gozo en el Señor no significa que algunas veces no nos cueste.
Nos cueste por nosotros mismos, porque la Palabra del Señor que recibimos muchas veces nos escuece en nuestra vida. Palabra tajante como espada de doble filo, que nos dice la Escritura santa en otro lugar, y que penetra hasta lo más hondo de nuestra vida. Una Palabra que nos enseña y que nos corrige; una Palabra que nos señalará cosas que tenemos que arrancar de nosotros porque no son buenas, o que tenemos que transformar y mejorar. Y eso nos cuesta muchas veces.
Nos cuesta porque como nos dice Jesús en el evangelio para seguirle hemos de tomar la cruz de cada día, que nos puede aparecer en el dolor y sufrimiento como en el sacrificio y esfuerzo de superación que cada día hemos de realizar para mantener nuestra fidelidad al Señor.
Nos cuesta también porque el mundo que nos rodea nos puede resultar muchas veces adverso. Ya Jesús nos lo había anunciado y nos llama dichosos cuando por causa de su nombre podamos ser perseguidos. Ya hemos dicho que el libro del Apocalipsis es un mensaje de esperanza para los cristianos de aquel momento en que fue escrito, porque ya estaban padeciendo esas persecusiones.
Entendemos, entonces, que al mismo tiempo que nos dice que es dulce como la miel al paladar, sin embargo ‘en el estómago se sentirás ardor’. Ese ardor del corazón, podríamos decir, en nuestra lucha, en nuestra camino de fidelidad que no siempre nos es fácil, en esa inquietud que sentimos por esa misma Palabra del Señor y por querer llevarla a los demás. Pero siempre es un gozo hondo en nuestro corazón.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Las lágrimas de Jesús

Apoc. 5, 1-10;
Sal. 149;
Lc. 19, 41-44

Las lágrimas de Jesús. ‘Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz!’
Unas lágrimas siempre impresionan y nos mueven emociones. Al leer y meditar en este pasaje del evangelio me he quedado casi sin palabras ante las lágrimas de Jesús. Pueden decirme tantas cosas. Quizá podríamos contemplarlas en silencio. No convendría romper la emoción del momento con nuestras palabras.
Sólo veremos a Jesús llorar en otro momento. Ante la tumba de Lázaro. Llora ante la muerte, ante la tumba del amigo. ‘Jesús, al verla llorar, y a los judíos que también lloraban, lanzó un hondo suspiro y se emocionó profundamente… y rompió a llorar’, dice el evangelista Juan en aquella ocasión. En la oración del huerto más que lágrimas veremos la angustia de su corazón, aunque en la carta a los Hebros se nos hable de cómo ‘Cristo en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte…’; sin embargo el evangelista sólo nos dirá que ‘le entró un sudor, que chorreaba hasta el suelo, como si fueran gotas de sangre’ sin mencionar las lágrimas. Luego le veremos cargar con la cruz y subir hasta el calvario y aún en medio de dolor tendrá la serenidad y la paz de consolar a las que encuentra llorando a la vera del camino o de perdonar disculpando incluso a los que le crucificaban.
Ahora llora Jesús ante la ciudad de Jerusalén. Y no es sólo el amor que siente por la ciudad santa y lo que ella significaba para todo judío y que iba a ser destruida. Es algo más. ‘Porque no reconociste el momento de mi venida’. No reconocieron a Jesús y lo que Jesús ofrecía. ‘¡Si al menos comprendieras en este día lo que conduce a la paz!... pero está escondido a tus ojos…’
Su Palabra de vida y salvación se había prodigado en los pórticos del templo y por las calles de Jerusalén. Paralíticos, ciegos, enfermos habían recobrado la salud y la luz de sus ojos que se habían abierto a la salvación. Pero tantos habían dicho no. Aunque le aclamen en su entrada en la ciudad, más tarde vendrán los gritos pidiendo su crucifixión por parte de unos, mientras otros se escondían temerosos de lo que les pudiera pasar. Hasta entre los más cercanos a El, uno le traicionaría, otro negaría conocerle, mientras los otros huían asustados.
Pero miremos las lágrimas que Jesús hoy pueda seguir derramando por nuestro mundo, por nosotros. ¿Nos sucederá lo mismo que a aquellos que estaban en Jerusalén? ¿Habrá también traiciones y negaciones, huídas y temores de dar la cara por Jesús? Nos pueden parecer duras estas preguntas que nos hacemos, pero miremos la realidad de nuestro pecado tantas veces repetido. Somos pecadores muchas veces reincidentes en lo mismo a pesar de tantas promesas de arrepentimiento y corrección.
Somos débiles tantas veces en nuestra fe. Nos dejamos arrastrar por la tentación y no sabemos reconocer la presencia del Señor que está con su gracia a nuestro lado para fortalecernos frente a la tentación. También huimos para no dar la cara, o tenemos la tentación de ocultarnos en lugar de dar valiente testimonio.
Lágrimas de Cristo ante la muerte o ante el sufrimiento. Ante la muerte porque el pecado es una muerte para nosotros porque rompe nuestra relación con Dios, destroza la vida divina que el Señor ha impreso en nuestra alma. Tendríamos que llorar una y otra vez ante el pecado que nos rodea en nuestro mundo y ante nuestro pecado. Ante el sufrimiento nosotros tendríamos que derramar lágrimas de compasión, de solidaridad, de consuelo, de compromiso serio de hacer que haya menos dolor y menos sufrimiento.
Esas lágrimas de Cristo para nosotros tienen que ser gracia, tienen que ser llamada e invitación para responderle más, para reconocerle mejor en tantos que son su pecado y su dolor pasan a nuestro lado o se acercan a nosotros esperando compasión. Lágrimas de arrepentimiento y lágrimas de solidaridad y de amor que también nosotros hemos de derramar.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Les repartió diez onzas de oro para negociarlas

Apoc. 4, 1-11;
Sal. 150;
Lc. 19. 11-28

‘Les dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro’. Subían a Jerusalén. Jesús había hecho tantos anuncios y sentían que algo iba a suceder. Había anunciado Jesús la llegada del Reino desde el principio de su predicación y estaba la esperanza ardiente de la venida del Mesías. ¿Qué es lo que tenían que hacer?
Y Jesús por este motivo les propone una parábola. ¿Qué quería realmente decirles Jesús? Porque les habla de que había que hacer fructificar aquellas onzas de oro que había puesto en manos de sus empleados. ¿Qué relación podía tener una cosa y otra?
Cuando estamos ansiosamente esperando algo y vislumbramos o ya sabemos que de un momento a otro se va a realizar, pudiera ser que bajáramos la guardia y ya nos pusiéramos en actitud pasiva, una esperanza pasiva. Probablemente cuando Lucas escribe el evangelio pudieran también estar pasando aquellos primeros cristianos por una situación así. Recordemos que san Pablo habla fuerte y claro a los Tesalonicenses porque creían que la segunda venida del Señor era inminente y algunas ya se dedicaban a vivir sin trabajar. Y como escuchamos el pasado domingo, les dice tajantemente que ‘el que no trabaja que no coma’.
La esperanza cristiana no es una actitud pasiva. No es simplemente cruzarnos de brazos y esperar. La esperanza que nosotros vivimos, y esperamos la vida eterna, y esperamos el poder llegar a vivir en plenitud con el Señor – de todo eso hemos venido reflexionando últimamente – pero precisamente esa esperanza no nos adormece ni anquilosa, sino que nos hace más activos, nos hace vivir con mayor intensidad nuestras responsabilidades y nuestro compromiso de amor.
Ese cielo y esa gloria de Dios que tan maravillosamente nos describe hoy el Apocalipsis no es para adormecernos y hacernos olvidar nuestras luchas y responsabilidades, sino todo lo contrario. La esperanza de ese cielo, de esa gloria de Dios de la que nosotros podemos participar nos obliga a vivir con mayor intensidad nuestra vida, a poner más fuerza de amor en lo que hacemos. La esperanza de la plenitud del Reino nos compromete más intensamente a ir realizando, construyendo día a día ese Reino de Dios en nuestro mundo. Por ese Reino de Dios hemos de saber arriesgar nuestra vida, entregar nuestra vida en el amor cada día.
Es lo que Jesús quiere decirnos con la parábola que hoy nos narra Lucas. Es la paralela a la que nos narra san Mateo, que nos habla de talentos. Con aquellos talentos que Dios nos haya dado, esas onzas de oro que ha puesto en nuestras manos, en nuestra vida en nuestras cualidades y capacidades, en las responsabilidades que tenemos que asumir y el trabajo que tenemos que realizar, tenemos que dar fruto. Onzas de oro, las llama el Señor en la parábola. ¿No tendríamos que aprender a valorar esas cualidades y capacidades de las que Dios nos ha dotado? No podemos decir que nada valemos porque el Señor con la vida ha puesto en nuestras manos una riqueza muy grande.
‘Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro diciéndoles: negociad mientras vuelvo’. Y no nos pide el Señor un fruto cualquiera. Está en razón de cuanto nos ha dado el Señor. Pero bien sabemos que para lograr ese fruto no estamos solos porque nunca nos faltará la gracia del Señor. Vivamos con intensidad la responsabilidad de nuestra vida y los dones que Dios ha puesto en ella.

martes, 16 de noviembre de 2010

Sé ferviente y conviértete

Apoc. 3, 1-6.14-22;
Sal. 14;
Lc. 19, 1-10

Cuando entraba en Jericó se encontró con el ciego que le salía al encuentro gritándole que tuviera compasión de él para recobrar su visión perdida. Ahora atravesando la ciudad va a ir al encuentro de un pecador que tienes deseos de verle. Allí está Zaqueo que al no poder hacerlo de otra manera se ha encaramado a una higuera para verle desde allí sin que nadie se interpusiera.
Muchas veces hemos meditado sobre este encuentro del hombre pecador con la gracia. La luz llegó también a su vida y se dejó iluminar. ¡Cómo tendríamos que aprender! Buscaba conocer a Jesús, aunque sólo fuera desde la distancia – quizá no se consideraba digno – pero eso bastó para que Jesús quisiera ir a su casa. ¡Cuánta sería la sorpresa pero también la alegría de poder recibir a Jesús! ‘Bajó enseguida y lo recibió contento en su casa’, dice el evangelio. Y ya vemos cómo se transformó su vida. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa’, diría Jesús tras las resoluciones de nueva vida que hacía Zaqueo compartiendo todo lo suyo con los pobres y restituyendo a quienes había defraudado.
Ahí está Cristo, el Hijo del hombre, que viene a buscar y a salvar. Aquí está Cristo que también nos mira directamente como hiciera con Zaqueo y se auto-invita para venir a nuestra casa, a nuestra vida. Espera nuestra hospitalidad, la apertura de nuestro corazón. Quizá no nos sentimos dignos porque también nos consideramos pecadores pero aún así El quiere venir hasta nosotros, porque nos busca, porque nos ofrece su salvación, porque quiere regalarnos su gracia y su vida. ¿Nos costará bajarnos de la higuera? ¿Nos costará arrancarnos de nuestras cosas, de nuestras rutinas, de nuestras malas costumbres? Aprendamos de Zaqueo. Espera Jesús sólo que demos el paso delante de querer conocerle, de querer estar con El, para El inundarnos con su amor.
En la Palabra del Señor que cada día escuchamos El nos está llamando e invitando continuamente. Desde ayer hemos comenzado a escuchar el Apocalipsis. Una profecía de esperanza en nuestras luchas y en nuestros deseos de caminar en fidelidad al Señor. Pero es una Palabra viva que llega también a nuestra vida planteándonos seriamente ese camino de fidelidad.
En lo que hoy hemos escuchado habla claramente a las Iglesias de Sardes y Laodicea. ‘Conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir…’ E invita a la Iglesia de Sardes a guardar la Palabra que había recibido, pero manteniéndose en vela ‘porque si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a que hora vendré sobre ti’.
Nos recuerda esto lo que hemos escuchado en estos días de lo que Jesús nos ha dicho en el evangelio, de la vigilancia, de la atención que hemos de poner ante su venida.
En la Iglesia de Laodicea denuncia la tibieza de su espíritu. Ni frío ni caliente. Así andamos a veces. Así tenemos el peligro de entrar en rutinas. Tenemos que despertar, avivar el fuego del Espíritu en nuestro corazón. Y mira lo que nos dice el Señor: ‘A los que yo amo los reprendo y los corrijo. Sé ferviente y conviértete’. No rechacemos la corrección del Señor. Es prueba del amor que nos tiene.
‘A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí’. Que merezcamos esa dicha.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Pasa el Señor Jesús

Apoc. 1, 1-4; 2, 1-5;
Sal. 1;
Lc. 18, 35-43

‘Pasa Jesús Nazareno’, fue la respuesta que le dieron al ciego que, sentado al borde del camino pidiendo limosna, pregunta que era aquello por el revuelo de la gente que pasaba acompañando a Jesús.
Pasa Jesús Nazareno’, y aquel ciego no puede perder la ocasión. Hasta ahora pedía limosna. La situación de la gente que no veía era extremadamente grave de manera que se veían sumidos en la pobreza más extrema al no poder trabajar por la falta de visión. Por eso tenían que ponerse en lugares estratégicos para pedir limosna a la gente que pasaba.
Pero lo que pide ahora aquel buen hombre no son unas monedas. ‘¡Jesús, hijo David, ten compasión de mí!’ repetía gritando cada vez más fuerte de manera que incluso lo quieren hacer callar. Pero Jesús quiere que se lo traigan. ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que vea otra vez… recobra la vista, tu fe ha curado…’
‘Pasa Jesús Nazareno’,
pasa el Señor por nuestra vida tantas veces y de tantas maneras. ¿Estaremos atentos a ese paso del Señor? Viene el Señor pero nosotros hemos de querer recibirle. Viene el Señor pero no podemos estar distraídos en otras cosas de manera que no nos demos cuenta de que pasa a nuestro lado. Viene el Señor y tenemos que saber aprovechar su gracia. Viene el Señor a nosotros y ¿qué le vamos a pedir? Triste sería que pase el Señor con su gracia por nuestro lado y nosotros no la sepamos aprovechar.
‘Pasa Jesús Nazareno’, y aquel hombre que al principio no sabía quien pasaba se interesó, preguntó a los que le rodeaban. Hemos de saber buscar, preguntar, encontrar a quien nos ayude, quien nos guíe hasta el encuentro con el Señor. Y nosotros dejarnos guiar.
De la misma manera que nosotros hemos de hacer lo mismo con los demás; guiarlos también para que vayan hasta Jesús. ¡Qué hermosa tarea! ¡Cuánto de bueno podemos hacer! Porque Jesús querrá valerse de nosotros para que otros vayan hasta él. En este caso Jesús quiso valerse de la gente que lo acompañaba para que condujeran al ciego hasta El. Quiere el Señor valerse de nosotros. tantos habrá a la vera del camino, ahí a nuestro lado, que quizá nos necesiten para que les ayudemos a ir hasta Jesús.
‘Tu fe te ha curado’, le dijo Jesús. La fe que le había hecho gritar cuando se enteró que pasaba Jesús. La fe de su súplica perseverante, constante, insistente. No le arredraron los obstáculos. La gente quería que se callara. ‘Los que iban delante le regañaban para que se callara’. Nos quieren hacer callar a veces para que no gritemos nuestra fe; les puede molestar porque nuestro testimonio puede convertirse en un interrogante en su vida. Pero el grito de nuestro testimonio, el grito de nuestra fe no tiene que haber nadie que lo haga acallar, porque nos sentimos muy seguros de la fe que tenemos, de nuestro seguimiento de Jesús.
‘Lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver eso, alababa a Dios’. Primero, glorificamos a Dios porque cuanto de El recibimos. Tenemos que dar gracias, alabar y bendecir al Señor por cuántas maravillas El hace en nuestra vida continuamente. Pero es que la gloria que cantamos a Dios puede y tiene que mover a otros para que también ellos alaben al Señor. ¿Movemos en verdad a los otros a alabar al Señor? Es que no podemos encerrar en nosotros como en un secreto las maravillas que el Señor realiza en nuestra vida. A través de ello, tienen que conocer y alabar también al Señor.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Momentos difíciles pero el Seños nos dice: cuidado que nadie os engañe


Mal. 3, 19-20;
Sal. 97;
2Tes. 3, 7-12;
Lc. 21, 5-19

Salían o entraban en Jerusalén, desde el camino del Monte de los Olivos la visión que se tiene de la ciudad de Jerusalén es maravillosa, y en primer término se alzaba el templo con toda su majestuosidad. Por eso no dice el evangelista que ‘algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos’. Actualmente a media ladera hay una pequeña capilla, desde la que se contempla en una visión espectacular la ciudad santa, llamada ‘dominus flevit’, donde lloró Jesús al contemplar a Jerusalén y la poca respuesta que en ella había encontrado.
Pero el comentario de los que acompañaban le da ocasión a Jesús para hacernos unos anuncios, que no sólo se van a referir a la pronta destrucción de Jerusalén – ‘esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra; todo será destruido’ – sino que preparará a los discípulos para el camino que van a seguir detrás de él.
Jesús nos pone en camino, pero no nos deja solos; es más, nos prepara previniéndonos de todo lo que nos puede suceder, porque el camino no va a ser fácil. Claro que el discípulo no es más que su maestro y si El tuvo que hacer un camino que le hizo pasar por el calvario y la cruz, al discípulo no le va a faltar también esa parte de la pasión en su pascua. Pero ya de antemano hay que decir que no es que Jesús nos quiera aguar las cosas hablándonos sólo de las dificultades, sino que nos anuncia que el que persevere alcanzará la salvación. Junto a la cruz siempre tenemos que ver los resplandores de la vida y de la resurrección.
Reconozcamos que en el fondo nosotros desearíamos caminos triunfales antes que otra cosa. Cuando hay momentos de esplendor parece que nos entusiasmamos y nos puede parecer que no todo está tan mal. Pasamos por momentos de euforia y entusiasmo, que también nos son necesarios, pero hemos de ser conscientes de todo lo que significa el camino del seguimiento de Jesús que no está siempre en grandes manifestaciones o en multitudes clamorosas.
‘Cuidado con que nadie os engañe’, nos previene Jesús, para que entendamos cuál es el verdadero camino de su seguimiento. Y nos pueden engañar prometiéndonos triunfalismos y visiones clamorosas, pero también asustándonos con los malos momentos por los que podemos pasar o haciendo lecturas excesivamente negras y pesimistas de los acontecimientos actuales que podamos vivir o padecer. Hemos de saber hacer una lectura de los signos de los tiempos que van apareciendo en el devenir de la historia o de los acontecimientos para ver realmente qué es lo que el Señor nos quiere decir o nos pide. No siempre es fácil.
Jesús cuando habla hoy en el evangelio de la destrucción del templo, de guerras y calamidades, de enfrentamientos entre pueblos y de malos momentos de terremotos, epidemias o hambre, está partiendo simplemente de aquello que podía dolerle al pueblo judío desde su propia historia. El templo era todo un símbolo de unidad del pueblo de Israel además de la presencia de Dios en medio del pueblo. Su historia había estado marcada a través de los tiempos por guerras y enfrentamientos, por momentos de miseria y hambre en desiertos y cautividades. Hablar de esos signos sería muy significativo para ellos porque lo que se le anunciaba podía significar incluso perder su identidad como pueblo.
Para nosotros también pueden ser un signo que nos hable también de muchas cosas que nos suceden y que tenemos que saber entender bien. Momentos difíciles también podemos pasar en la increencia o la indiferencia religiosa que nos rodea; momentos de desánimos y de desorientación en muchos aspectos en los que nos podemos encontrar en lo social, en lo cultural, también en el ámbito religioso; gente que no cree en nada, o gente que hace una mezcolanza en creencias y religiosidades muchas veces rayanas con un nuevo paganismo y que llevan a un sincretismo peligroso; corrientes de pensamiento y culturales que confunden cuando no estamos debidamente preparados; descalificación de todo lo que suene a religión y auténtica espiritualidad cuando no persecución abierta o solapada de todo lo que lleve el nombre cristiano; pérdida del sentido moral con lo que ya parece que no hay límites éticos para nada; enfrentamientos por veinte mil motivos que nos llevan a la división y al no entendimiento, y así muchísimas cosas que nos confunden. Sin olvidar, por supuesto, la crisis social y económica por la que pasa la sociedad actual.
Y Jesús nos dice ‘cuidado con que nadie os engañe’. Y cuando nos habla de las persecuciones por los que hemos de pasar - ‘os echarán mano, os perseguirán… os harán comparecer ante reyes y gobernadores… por causa mía…’ – nos dice que así tendremos ‘ocasión de dar testimonio’. Pero nos dice más, que no nos preocupemos porque ‘yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’.
Nos está prometiendo que no nos faltará el Espíritu Santo que nos dará sabiduría, que nos dará fortaleza, que nos dará esa gracia que necesitamos en cada momento y en cada situación. De esto tenemos que estar bien convencidos. No nos puede faltar la fe en las palabras de Jesús. No nos faltará esa confianza y esa esperanza. El Señor está con nosotros. Hemos de saber contar con El. Los que nos rodean quizá no nos entenderán. Ya nos decía Jesús que la oposición nos puede venir incluso de los más cercanos a nosotros.
El hombre de fe, la persona de fe sabe que su confianza está totalmente puesta en el Señor. El que no tiene fe no podrá entender estas cosas. Pero ese es el testimonio que nosotros hemos de dar. Esa paz que no nos faltará ni en los momentos más difíciles, sea cual sea la situación por la que pasemos, es nuestra fortaleza y el mejor testimonio que podemos dar. ‘Los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia’, nos decía el profeta.
‘Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá, terminará diciéndonos Jesús; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’. Seguimos el camino de Jesús aunque haya momentos duros y difíciles. Pero ese camino no lo estamos haciendo solos. Es el camino de tantos hermanos a nuestro lado que pasan por la misma lucha. Mutuamente nos ayudamos y nos animamos, puesta nuestra fe y esperanza en el Señor. No lo hacemos solos porque siempre el Señor está a nuestro lado con la fuerza y la gracia de su Espíritu.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Cooperando así a la propagación de la verdad

3Jn. 5-8;
Sal. 111;
Lc. 18, 1-8

Estos últimos días hemos escuchado los tres textos más pequeños del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: la carta de Pablo a Filemón y las segunda y tercera carta de san Juan.
Son como pequeños billetitos de recomendación o de recordatorio que uno y otro apóstol enviaron a diversos cristianos de la comunidad; Filemón en el caso de Pablo recomendándole que reciba como a un hermano a Onésimo, esclavo que se le había escapado y que con Pablo había abrazado la fe, y al que considera como un hijo; Juan en un caso a la que llama él la elegida a quien le recuerda el antiguo y nuevo mandamiento, siempre permanente del amor; y en la última de las mencionadas, la escuchada hoy, a Gayo, un discípulo fiel colaborador de la comunidad en la sustentación de los apóstoles y misioneros de la fe.
Esta tercera carta de Juan nos manifiesta algo hermoso, que ya también hemos visto destacar en las cartas de Pablo, que es la colaboración que entre todos los miembros de la comunidad se tiene también en el orden de lo material o económico para el sustento de los que se dedican a la predicación o a ser pastores de la comunidad, atendiendo también a los gastos de los que como misioneros son enviados a anunciar el evangelio de Jesús.
Han hablado de tu caridad ante la comunidad de aquí… provéelos para el viaje como Dios se merece… se pusieron en camino para trabajar por Cristo… debemos sostener a hombres como éstos, cooperando así en la propagación de la verdad’. Es lo que hemos escuchado.
Creo que este texto providencialmente es muy oportuno en las vísperas de la jornada que la Iglesia celebra este domingo, el DIA DE LA IGLESIA DIOCESANA. Como todos sabemos es una vez más ocasión para que tomemos conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia, pero pertenencia en esta Iglesia concreta en la que vivimos que es nuestra Diócesis.
Como nos dice nuestro Obispo don Bernardo en su mensaje para esta Jornada, ‘Doy gracias a Dios por todos vosotros, por vuestra fe, por sentir la Iglesia como algo propio y por contribuir con el testimonio de vuestra vida, y la participación activa en su misión, a que nuestra Diócesis sea cada día más una “comunidad de fe, caridad y esperanza”. Todos somos Iglesia y todos, cada uno según su condición, edificamos la Iglesia. Todos los ministerios, funciones y servicios son necesarios y, como en una buena familia, todos nos beneficiamos mutuamente de lo que hacen los demás’.
Pero esa pertenencia a la Iglesia de la que nos sentimos miembros, como si de una misma familia se tratara, y en la que cada uno estamos en nuestro lugar, colaboramos en los distintos servicios de la comunidad según sus carismas y los dones recibidos del Señor, nos obliga a algo más, que es la colaboración también en lo material, en lo económico para poder mantener toda esa obra de gracia en la realización de las distintas acciones pastorales y servicios.
El evangelio nos ha hablado del óbolo de la viuda, destacando el Señor que aquella mujer con sus dos reales había aportado más que los que echaban grandes cantidades. Es el granito de arena que todos podemos aportar, que aunque nos pueda parecer pequeño en nuestra pobreza, será grande si lo ponemos con amor y desinteresadamente. El Señor nos premiará por ello.
‘Les invito y animo a seguir adelante —creciendo en fe, caridad y esperanza— con renovada confianza en Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo’. Así termina el mensaje de nuestro pastor y creo que nos puede valer a nosotros también en esta reflexión que nos hacemos hoy desde la Palabra del Señor proclamada.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Así sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre

2Jn. 4-9;
Sal. 118;
Lc. 17, 26-37

Realmente el texto del evangelio es un texto impresionante y que produce una cierta turbación si no sabemos entender bien lo que Jesús quiere decirnos. Pero Jesús nunca querrá que perdamos la paz. Será algo que escucharemos en otras ocasiones en el evangelio. Además sabemos que siempre hemos de saber leer el evangelio mirándolo como en su conjunto y unos textos nos ayudarán a encontrar sentido y a entender otros que se nos puede hacer más difícil su comprensión.
En una palabra ¿no querrá Jesús decirnos que hemos de estar siempre atentos y preparados para la llamada que El quiera hacernos o cuando quiera manifestársenos? Es algo que en estos pasajes del evangelio Jesús nos repite y lo oiremos continuamente sobre todo ahora en este final del año litúrgico y al iniciar luego el tiempo del adviento cuando nos habla Jesús de sus tiempos finales.
Nos habla hoy Jesús poniéndonos varios ejemplos, en tiempos de Noé con el diluvio, en los tiempos de Lot y los castigos de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Nos habla de sucesos imprevistos o que no se esperaban en el momento de suceder, pero lo que nos está diciendo es precisamente eso, nuestra vigilancia, nuestra atención y preparación para eso momento.
Pero en la vida también estamos rodeados de hechos y sucesos imprevistos y que nos acaecen repentinamente. Hechos ante los que nos h emos preguntado quizá más de una vez y por qué sucedió eso, porque le sucedió a esa persona y no a mí. Será un accidente mortal con personas que resultas muertas o malheridas, mientras quizá a otros no les pasa nada; será una catástrofe que afecta a pueblos y a personas con graves consecuencias de calamidades y miserias: será una enfermedad que viene de repente y no sabemos por qué nos sucede eso; será una muerte repentina como tantas que suceden a nuestro alrededor. Y nos hacemos también muchas preguntas, muchos por qué que quedan sin contestar.
Como nos dice Jesús hoy en el evangelio ‘así sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre’. Nos puede estar hablando Jesús de ese final de los tiempos, como nos puede estar hablando también de todas esas cosas que suceden a nuestro alrededor o que nos pueden suceder a nosotros también.‘A uno se lo llevarán y a otro lo dejarán’, repite en dos ocasiones Jesús en el evangelio.
Sin querer ser catastrofístas ni estar mirando las cosas desde posturas negativas sin embargo podríamos quizá preguntarnos si con esto no nos estará llamando la atención el Señor. Puede ser una invitación, como nos dice en otras ocasiones, a que estemos preparados porque ‘a la hora que menos pensamos viene el Hijo del Hombre’. Y hemos de estar preparados. Y hemos de estar vigilantes y atentos. Y hemos de aprender a darle un sentido y un valor a la vida, a los que hacemos para que busquemos lo que realmente es importante.
Son cosas en las que hemos de pensar aunque nos cueste o no nos guste. Y eso hemos de pensarlo con serenidad, con paz, sin llenarnos de agobios y temores. Muchos el pensar en la enfermedad grave, en un accidente o en la muerte ya se llenan de temores y angustias. ¿Por qué no pensar en que el Hijo del Hombre, viene a nuestro encuentro, nos llama a estar con El y que lo que realmente quiere para nosotros es una vida feliz en plenitud total? Porque detrás de todo eso, que muchas veces entra en el misterio de Dios que se nos hace indescifrable y en cierto modo misterioso, está el amor de Dios que nos ama, que es nuestro Padre y que siempre quiere ofrecernos su vida y su perdón. Para eso está el obsequio de nuestra fe, la obediencia de nuestra fe con la que nos ponemos siempre en las manos del Señor.
Que no nos falte la fe, que no nos falte nunca la esperanza, porque asegurado tenemos siempre el amor que Dios nos tiene. Sólo nos falta responder nosotros también con amor.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Cuando va a llegar el Reino de Dios

Filemón, 7-20;
Sal. 145;
Lc. 17, 20-25

‘Unos fariseos le preguntaron a Jesús cuándo iba a llegar el Reino de Dios’. Había sido el anuncio de Jesús desde el principio. ‘Se ha cumplido el plazo, está llegando el Reino de Dios. convertíos y creed en el evangelio’. A lo largo de toda su predicación ese era su anuncio y las parábolas explicaban en imágenes cómo era el Reino de Dios.
Por su parte el Bautista había aparecido allá en el Jordán preparando a la gente porque su venida era inminente. Y en la conciencia de todo judío estaba que se acercaban ya los tiempos de la llegada del Mesías, aunque ya sabemos lo idea confusa que tenían a veces del Mesías.
Los profetas del los últimos tiempos de la historia de Israel anunciaban la llegada de la salvación o los tiempos del final del mundo con descripciones espectaculares llenas de signos portentosos. Algo de eso vamos a escuchar también nosotros en el evangelio en este final del año litúrgico al que nos acercamos. Pero ¿era ya el momento de la llegada del Reino de Dios como preguntaban los fariseos a Jesús?
Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros’. Es impactante e importante la respuesta de Jesús, que si la entendemos bien es muy esclarecedora. No busquemos el Reino de Dios fuera de nosotros ni en cosas extraordinarias.
De ese Reino de Dios había hablado Jesús como de una semilla pequeña, que se planta, que germina, que hace surgir una pequeña o una planta grande, pero que ha de dar fruto. De ese Reino de Dios nos dice Jesús que es como un pequeño puñado de levadura. Ese Reino de Dios lo compara Jesús a la alegría y la comunión de un banquete al que todos estamos invitados.
Ese Reino de Dios nos dirá que es de los pobres y de los que sufren, de los que lloran y de los que sienten preocupación por los demás. Ese Reino de Dios que lo iremos construyendo en la medida en que vayamos sembrando semillas de paz entre los que nos rodean. Ese Reino de Dios que es amor sentido en lo más hondo del corazón y que se hace comunión y se hace perdón.
Ese Reino de Dios que está dentro de nosotros en la medida en que sentimos el amor de Dios que nos ama como Padre y al que nosotros queremos corresponder como hijos y sintiéndonos hermanos de todos. Ese Reino de Dios que no lo busquemos en cosas extraordinarias sino en la fidelidad de las cosas pequeñas de cada día y que entonces sí que se hará grande.
Pero no podemos confundirnos. No nos podemos dejar arrastrar por falsos profetas o por anuncios confusos. Cuando llegue el Señor a nuestra vida será como un relámpago que lo ilumina todo al mismo tiempo. Pero antes de que llegue esa luz habrá tinieblas de sufrimiento y de dolor, porque quizá seguirle a El no siempre será fácil. ‘Antes tiene que padecer mucho el Hijo del Hombre y ser reprobado por esta generación’.
Nos anuncia Jesús su pasión y su muerte, pero que nos está anunciando también que el discípulo no será mejor que su maestro y también nosotros habremos de pasar por esa prueba del dolor y del sufrimiento en la incomprensión, en la persecución, en el rechazo quizá hasta de los que estén mas cerca de nosotros. Pero ya lo escucharemos en estos días que nos dice que el que persevere salvará su vida.
Caminemos al paso de Jesús y sentiremos en verdad cómo el Reino de Dios está en nosotros.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Hagamos Eucaristía de toda nuestra vida

Tito, 3, 1-7;
Sal. 22;
Lc. 17, 11-19

Este texto del evangelio nos ha servido muchas veces para motivarnos a la acción de gracias al Señor y sigue siendo un hermoso punto de referencia para analizar hasta donde llegamos en nuestro reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida. Unos leprosos que claman pidiendo misericordia y compasión, y de los que al ser curados de su enfermedad sólo será capaz de dar la vuelta para primero que nada manifestar su agradecimiento por su curación ‘alabando a Dios a grandes gritos y echándose por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’.
Creo que una reflexión sobre este hecho ha de movernos al reconocimiento y a la gratitud por cuanto por benevolencia y misericordia recibimos; tendría que movernos a hacer de verdad eucaristía de toda nuestra vida. Dar gracias no es servilismo sino reconocimiento; dar gracias no es humillación sino actitud humilde y gozosa para saber descubrir cuánto recibimos no por merecimientos nuestros sino por benevolencia de quien nos lo da.
Nos cuesta muchas veces ser agradecidos quizá por falta de humildad para reconocer lo que no tenemos y hemos recibido por pura benevolencia; nos cuesta dar gracias en muchas ocasiones porque nos sobran esos merecimientos que creemos tener por lo que pensamos que lo que hacen por nosotros es siempre algo a lo que tenemos nuestro derecho y entonces no tenemos por qué dar gracias. Vivimos tan engreídos y tan poseídos de nosotros mismos que nos cegamos para no ver aquello que recibimos sin merecimiento nuestro.
Actitudes así tenemos en ocasiones en nuestro trato y relación con los demás lo que hará poco agradable la convivencia con los que nos rodean porque fácilmente aparece el orgullo, la soberbia y la prepotencia. Pero actitudes así nos surgen también en nuestra relación con Dios. No tendría que ser así de ninguna manera en ninguno de los casos, y no tendría que ser así por supuesto en nuestra relación con Dios si aquellos actos de piedad o de religión que hacemos los viviéramos con todo sentido y profundidad dándonos cuenta bien de lo que hacemos o decimos.
Primero que nada porque el centro de nuestro culto y de nuestra relación con Dios es la celebración de la Eucaristía; y Eucaristía es ante todo Acción de Gracias. Y damos gracias al Señor en nuestra celebración haciendo memorial de la pascua de Cristo, de la muerte y la resurrección del Señor que es la gran prueba y manifestación de cuánto es el amor que Dios nos tiene. Venir, pues, a la Eucaristía es venir a la acción de gracias; es venir con esa actitud humilde pero también de reconocimiento de la presencia y de la gracia del Señor en nuestra vida, o sea, de cuánto el Seños nos ha regalado y sigue regalándonos en Cristo Jesús muerte y resucitado para nuestra salvación.
Pero como decíamos, si nos fuéramos fijando bien en lo hacemos o decimos en la celebración nos daríamos cuenta de cuántas veces a lo largo de la celebración estamos expresando esa acción de gracias. ¿Os habéis fijado cuántas veces en la misa decimos que damos gracias a Dios? Y ya no son sólo los cantos que vamos utilizando en la celebración o incluso los salmos que recitamos o cantamos con ese sentido de acción de gracias en la liturgia de la Palabra, sino las propias palabras de la acción litúrgica. En el himno del gloria, en el prefacio con que iniciamos la plegaria eucarística ya desde su mismo diálogo inicial, en distintos momentos de la propia plegaria eucarística, en los diferentes textos eucológicos, o la oración de después de la comunión.
Damos gracias por sentirnos en la presencia del Señor celebrando el misterio de Cristo y damos gracias por poder ofrecer el sacrificio vivo y santo, repetimos de una forma o de otra a lo largo de la celebración. Y terminaremos dando gracias a Dios al sentirnos enviados al final de la Eucaristía para llevar esa Buena Noticia de Jesús que hemos vivido a los demás.
Que en verdad hagamos eucaristía de nuestra vida, con nuestra acción de gracias por cuanto del Señor recibimos y porque seamos capaces de hacer esa ofrenda de nuestra vida para todo sea siempre para la gloria del Señor.

martes, 9 de noviembre de 2010

El templo signo visible del Dios invisible en medio de los hombres


1Cor. 3, 9-13.16-17;
Sal. 45;
Jn. 2, 13-22

‘¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... el templo de Dios es Santo: y ese templo sois vosotros’. En este día en que celebramos la Dedicación de la Basílica Lateranense, san Juan de Letrán, la catedral de Roma y en consecuencia la sede del Papa la liturgia nos ofrece en la Palabra de Dios este texto que hemos resaltado de la carta de san Pablo a los Corintios.
Es importante celebrar la Dedicación de una Iglesia y más aún en esta ocasión. Ya lo hemos comentado que la sede del Obispo, la catedral, nos aglutina a todos en torno al Obispo nuestro pastor. Con cuánta más razón cuando celebramos la sede del Papa. Es una invitación a vivir esa comunión de la Iglesia universal y es una ocasión para comprender mejor el significado del templo, lugar sagrado donde damos culto al Señor, donde la comunidad cristiana se reúne, donde celebramos los sacramentos de la vida cristiana. Pero todo nos tiene que llevar más allá hasta considerar cómo nosotros somos esos verdaderos templos del Señor, consagrados desde nuestro bautismo. Una consideración a nuestra dignidad, pero también a la santidad de nuestra vida.
Reciente tenemos la Dedicación de una Iglesia, como fue el pasado domingo el templo de la Sagrada Familia en Barcelona con la presencia del Papa. Si la presencia del Papa entre nosotros nos sirvió para ahondar mucho más en la comunión eclesial , en la comunión con toda la Iglesia, al sentirnos en especial comunión con el Papa, también fue ocasión para que el Papa con su presencia ejerciera su ministerio entre nosotros, el ministerio y misión que Jesús le confió de confirmar en la fe a los hermanos.
Podría ser motivo también para recordar ahora las palabras del Papa entresacando algunos párrafos de su homilía en la Dedicación de la Sagrada familia. ‘¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo, ante la mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta obra de arte. Ella es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma’.
Un templo colocado en medio del mundo, en medio de las calles de nuestras ciudades es ‘un signo visible del Dios invisible a cuya gloria el levantado el templo’. Y necesitamos signos visibles de lo sagrado en medio de nuestra sociedad. Porque tenemos que hacer presente a Dios en medio del mundo y aunque tiene que ser principalmente con nuestra vida, esos signos visibles que son los templos también nos ayudan.
Por eso nos decía: ‘En este sentido, pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios’.
Ya recordábamos ayer cómo ‘Esa afirmación de Dios lleva consigo la suprema afirmación y tutela de la dignidad de cada hombre y de todos los hombres: “¿No sabéis que sois templo de Dios?... El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Co 3,16-17). He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios…’
Muchas más consideraciones podríamos hacernos y muchas más cosas podríamos subrayar en las palabras del Papa en su visita a España y en concreto en la Dedicación del templo de la Sagrada Familia. Que nos valga esto para ayudarnos a considera el significa de los templos, pero que también nos ayude a recordar lo que escuchábamos con la Palabra de Dios. ‘Nosotros somos ese templo de Dios’.
Que nunca manchemos ese templo de Dios con el pecado. Que nos dejemos purificar por el Señor porque aunque no lo queramos sin embargo a causa de nuestra debilidad no siempre resplandecemos conforme a esa dignidad de hijos de Dios y templos del Espíritu. Que la santidad de nuestra vida sea también ese signo visible de la presencia del Dios invisible en medio nuestro. El cristiano por su vida de amor tiene que atraer a los hermanos a Dios.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Promover la fe, el conocimiento de Dios y la esperanza de vida eterna

Tito, 1, 1-9;
Sal. 23;
Lc. 17, 1-6

La Palabra de Dios que la liturgia nos va ofreciendo cada día es una riqueza grande para nuestra vida y un alimento muy importante para el camino de nuestra vida cristiana. Aunque haya veces que pareciera que se repiten cosas, como tantas veces hemos dicho, siempre tiene la novedad de la Buena Noticia que nos llega en el momento concreto que vivimos; siempre puede recordarnos una y otra vez actitudes que hemos de tomar o que hemos de revisar y nos tiene que mover a ir purificándonos más y más en nuestro camino de santidad.
Ese recorrido que vamos haciendo es todo un proceso que vamos realizando en nuestra vida; proceso que nos tiene que ayudar a progresar, a avanzar más y más en nuestro amor al Señor y en la respuesta de amor que hemos dar en nuestra relación fraterna. De ahí la atención y el amor con que hemos de saber acoger cada día la Palabra de Dios.
Iniciamos hoy en la primera lectura la breve carta de san Pablo a Tito, enmarcada en las que llamamos cartas pastorales. Por eso vemos cómo hace al apóstol a su discípulo unas recomendaciones de orden pastoral en la elección de los presbíteros de la comunidad. Sin embargo quiero fijarme en parte del saludo del Apóstol a su discípulo que está muy en consonancia con algo que venimos escuchando y meditando en estos días.
‘Apóstol de Jesucristo, para promover la fe de los elegidos de Dios, y el conocimiento de la verdad… y la esperanza de la vida eterna’. Nos está diciendo Pablo la misión que siente que le ha confiado el Señor al elegirle su apóstol. ‘Promover la fe de los elegidos de Dios’, nos dice en primer lugar. Diríamos que es lo que siempre hemos de procurar, esa respuesta de fe que damos al Señor al sentirnos sus elegidos y amados. Una fe que tiene que ir creciendo más y más, ganando en profundidad en nuestra vida para que sea en verdad la raíz y el fundamento de toda nuestra vida. Algo que todos hemos de cuidar en nuestra propia fe, para que no se debilite, para que no se pierda, para que no se muera nunca.
Y ello desde ‘el conocimiento de la verdad…’ como sigue diciendo el apóstol. Conocer la verdad de Dios es conocer a Cristo o, si queremos, conocer a Cristo es llegar a ese conocimiento de la verdad de Dios que es la verdad de nuestra vida.
Ayer decía el Papa en la dedicación del Templo de la Sagrada Familia de Barcelona: ‘He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito’.
¡Qué importante ese conocimiento cierto de la verdad de Dios! Cuánto tendríamos que ahondar en ese sentido en nuestra vida. Y todo, como hemos venido reflexionando mucho estos días con ‘la esperanza de la vida eterna’, que da trascendencia, como da valor y sentido a todo el caminar del hombre. No nos vamos a extender más.
Merecería también decir una palabra del evangelio que hemos escuchado. Por una parte cuánto hemos de evitar en nuestra vida todo lo que pueda dañar al otro con nuestras malas obras o con nuestro mal ejemplo. Qué delicados tendríamos que ser en ese sentido en nuestra vida. Pero también nos habla por otra parte de cómo hemos de ayudarnos los unos a los otros con la corrección fraterna y con el sincero perdón. ‘Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día y siete veces vuelve a decirte “lo siento”, lo perdonarás’.
Cuánto nos cuesta todo esto. Los apóstoles le pedían a Jesús que les aumentara la fe para poder entenderlo y vivirlo. Es lo que nosotros pedimos al Señor para tener la fuerza de vivir un amor así, en el estilo de Jesús.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Esperanza de resurrección que nos trasciende hasta la vida eterna


2Macb. 7, 1-2.9-14;
Sal. 16;
2Tes. 2, 16-3,5;
Lc. 20, 27-38

‘Jesucristo es el primogénito de entre los muertos; a El la gloria y el poder por los siglos de los siglos’.
Así hemos aclamado a Cristo resucitado en el aleluya antes del evangelio. Y es que todo hoy nos habla de resurrección.
Comienza el evangelio hablándonos de los saduceos con sus preguntas a Jesús. Ellos negaban la resurrección. De ahí las preguntas, planteamientos y oposición que hacen a Jesús que nos habla de vida eterna y de resurrección. Pero quizá tendríamos que preguntarnos en el mundo de hoy ¿cuántos creen en la resurrección? ¿cuántos viven en esta esperanza y cuántos tienen este sentido de trascendencia en la vida?
Como le sucedió a Pablo cuando trató de anunciar la resurrección de Jesús en el Areópago de Atenas que en son de burla le contestaron que de eso hablarían otro día, quizá muchos al oírnos hablar de nuestra fe y nuestra esperanza en la resurrección también nos miren con un cierto sarcasmo o descreimiento. Sin embargo vemos cómo la gente está muy propicia a hablar de reencarnación frente al tema de la resurrección.
Por otra parte en este mundo tan materialista y hedonista en el que vivimos donde se niega la fe, la gente hoy fácilmente te dice que son agnósticos o ateos, nadie quiere que esto se acabe, nadie se quiere morir, todos quieren seguir disfrutando de la vida sin fin. ¿Podría haber detrás de todo eso un ansia de plenitud y de felicidad total aunque no se sepa bien cómo buscarla o cómo encontrarla? ¿Por qué no creer entonces en la palabra de Jesús que nos habla de vida eterna en plenitud? Claro que la felicidad y plenitud que Jesús nos ofrece es algo mucho más profundo que esas aspiraciones elementales de felicidad y pasarlo bien.
Pudiera ser también que hubiéramos llenado de tantas imaginaciones todo lo referente al cielo y a la vida eterna, que entonces se haga difícil creer en esa vida eterna y en esa resurrección porque parece que lo redujéramos todo a un volver a vivir una vida semejante a la que ahora vivimos. No es un volver a vivir una vida igual, sino a vivir una vida en plenitud, en la plenitud del amor de Dios. Por eso hoy Jesús respondiendo a los planteamientos de los saduceos nos dirá que ‘los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios porque participan de la resurrección’.
Jesús no nos quiere hacer descripciones de cómo será ese vivir. Nunca lo hace. Nos habla de vida eterna y de unirnos tan íntimamente a El que será tener su misma vida. Por eso allá en la sinagoga de Cafarnaún hablaba de comerle a El porque ‘el que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él… el que me come vivirá por mí… tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’. Así se nos da en la Eucaristía como prenda de vida eterna y de resurrección.
Es importante esta fe y esperanza en la resurrección. Fe y esperanza en Añadir imagenla resurrección porque creemos en Cristo, resucitado de entre los muertos, el primogénito de entre los muertos, como decíamos con la antífona del aleluya, que está tomada del Apocalipsis. Nuestra fe en la resurrección es fundamental. Porque en Cristo muerto y resucitado está el centro de nuestra fe y de nuestra salvación.
Es importante esta fe y esta esperanza en la resurrección porque desde ella toda nuestra vida tiene otro sentido y otro valor. Nuestra vida no se acaba ante las puertas de la muerte, sino que a partir de ese momento comienza nuestra vida en plenitud. La muerte no es puerta final sino cambio y transformación a una nueva vida en plenitud. Lo que por nuestra limitación humana no podemos vivir perfectamente aquí, en Dios lo vamos a tener en plenitud. Y todas esas ansias de plenitud que hay en el corazón del hombre se verán colmadas plenamente en Dios.
La primera lectura nos ha ofrecido unos hermosos testimonios en los hermanos Macabeos; aquellos siete jóvenes con su madre que no temieron la muerte frente a los halagos que le ofrecía el malvado rey porque querían ser fieles hasta el final a la ley del Señor. ¿Dónde encontraban su fortaleza para enfrentarse al malvado? En la esperanza de vida eterna y de resurrección que animaba sus vidas. ‘Cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna… vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará…’ fueron diciendo uno tras otro y entregando su vida.
Eso nos vale a nosotros en la vida nuestra de cada día, en nuestras luchas y esfuerzos por superarnos y mantenernos en la fidelidad al Señor. Aquel camino de las bienaventuranzas que nos propone Jesús y que recordábamos hace pocos días al celebrar la fiesta de Todos los Santos podemos recorrerlo desde esa esperanza que anima nuestra vida. Que Jesús nos diga, y nosotros le creamos, que son dichosos los pobres y los que sufren, los que tienen hambre y sed de justicia o los que son perseguidos, por recordar algunas de las bienaventuranzas, lo podemos comprender desde esa esperanza y desde esa trascendencia que da a nuestra vida la fe y la esperanza en la resurrección y en la vida eterna.
Aunque nos cueste salir de la pobreza y la vida se nos haga dura, nos cueste asumir y superar el sufrimiento que sigue atenazándonos continuamente, o no veamos totalmente realizada aquí en la tierra esa promesa de Jesús de recibir consuelo o vernos saciados en los más hondos y nobles deseos, la esperanza de resurrección, la esperanza de vida eterna en plenitud que en Dios vamos a conseguir, hará que no nos sintamos frustrados en nuestra lucha; nos dará fuerza para mantener el empeño de ir haciendo cada día un poco más presente el reino de Dios en nuestro mundo. Sentiremos así la fuerza del Señor que nos da aliciente para seguir sembrando esas buenas semillas que vayan transformando nuestro mundo en el Reino de Dios.
La fe en la resurrección nos da razones para vivir aunque la vida nos pueda ser dura y esté llena de problemas. La fe en la resurrección no es una adormidera que nos haga olvidar los problemas o las realidades crudas de esta vida terrena. La fe en la resurrección no nos quita los pies de esta tierra, pero sí nos hace mirar hacia arriba, más allá de lo que es esta realidad presente, y por esa plenitud de vida que Jesús nos ha prometido nos llenamos de esperanza y de fuerza para luchar y para trabajar, para enfrentarnos a nuestros sufrimientos de una manera distinta, y para ese crecimiento interior que será el que verdad enriquecerá nuestra vida. Será desde esa esperanza desde donde seremos capaces de darnos y desgastarnos por los demás, amar y perdonar, compartir y ser generosos, buscar la paz y la justicia para hacer un mundo mejor.
Terminemos nuestra reflexión recogiendo lo que nos decía san Pablo en la carta a los Tesalonicenses. ‘Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, nos consuele internamente y nos de fuerza para toda clase de palabras y obras buenas’.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Unas frases para no olvidar: todo lo puedo en aquel que me conforta…

Filp. 4, 10-19;
Sal. 111;
Lc. 16, 9-15

Algunas veces nos encontramos con frases lapidarias que en pocas palabras nos dejan un gran mensaje y que no se deberían olvidar nunca. Por eso mismo las llamamos lapidarias, grabadas en lápidas, en piedras a base de cincel y martillo para que nada las pueda borrar. Hoy hacemos carteles en papel o tela u otros materiales semejantes, pero la frase lapidaria merece un material más permanente como permanente tiene que ser su mensaje.
La palabra proclamada hoy nos ofrece varias de esas frases para no olvidar y que merecerían más amplio comentario que el que en este corto espacio podamos ofrecer. Comienzo por una que nos ofrece san Pablo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’ nos dice el apóstol. Seguridad y fortaleza en el Señor. Por nosotros quisiéramos hacer mucho, pero nos sentimos muchas veces débiles, imposibilitados o no somos siempre capaces. Pero el Señor es nuestra fortaleza. Pensemos en nuestro camino de superación. Pensemos en cómo hemos de vencer la tentación. O pensemos en algo grande que deberíamos emprender.
Pero quiero recoger otra frase de este mismo texto de la carta a los Tesalonicenses. Pablo está agradecido a la comunidad por tanta ayuda que ha recibido de ellos, incluso subsidios que en ocasiones le enviaron cuando estaba en otras comunidades. Su agradecimiento se hace bendición del Señor. Pero que nos enseña también cómo hemos de actuar generosamente que el Señor nos bendecirá que siempre nos ganará en generosidad. ‘En pago, les dice, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús’. Grande es el premio que del Señor recibimos por lo bueno que hagamos, porque su recompensa será siempre eterna.
Del evangelio escuchado podríamos resaltar muchas. Destaquemos algunas. ‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar…’ La fidelidad en las cosas pequeñas. Quizá nos sintamos capacitados para hacer cosas grandes y en nuestra autosuficiencia y orgullo le damos menos importancia a las cosas pequeñas. Pues nos dice el Señor, y la experiencia nos lo confirma, que si no somos de fiar, si no somos honrados en las cosas que nos puedan parecer pequeñas e insignificantes, tampoco seremos capaces de hacer cosas grandes.
Nos dice también que ‘ningun siervo puede servir a dos amos… no podéis servir a Dios y al dinero’. Mal amo de nuestra vida es el dinero y la riqueza, porque en lugar de darnos libertad lo que hace es esclavizarnos. Cómo se nos apega el corazón, cómo creemos que el dinero o las riquezas son la solución de todos los problemas. Sirvamos a Dios que es el que da verdadera libertad a nuestro corazón. Sirvamos a Dios que es el que nos da la más profunda grandeza y la mayor felicidad.
Podríamos destacar más. Sólo fijarnos en la última con la que termina este texto que nos ofrece hoy la liturgia. ‘La arrogancia con los hombres, Dios la detesta’. La da ocasión a pronunciar esta sentencia la actitud en cierto modo burlona de los fariseos hacia Jesús por lo que había dicho anteriormente. ‘Dios os conoce por dentro’, les dice. Un corazón arrogante no lo quiere el Señor. Dios se complace en los humildes y sencillos. Alejemos de nuestro corazón todo orgullo y toda soberbia. Aprendamos a caminar por caminos de humildad, porque el Señor ama a los pequeños y se revela a los humildes y sencillos de corazón. Ya hemos escuchado a Jesús en este sentido en otros lugares del evangelio.
Grabemos a cincel en nuestro corazón estas sentencias, que nos ayuden a buscar sinceramente al Señor y a poner toda nuestra confianza solamente en El. Seamos siempre generosos de corazón.

viernes, 5 de noviembre de 2010

En medio de la ciudad terrena somos ciudadanos del cielo

Filp. 3, 17-4,1;
Sal. 121;
Lc. 16, 1-8

Porque seamos cristianos y Dios nos haya hecho sus hijos no nos arranca de esta vida y de este mundo, porque es aquí donde en el hoy hemos de vivir. Vivimos como ciudadanos de esta ciudad terrena pero sabiendo que somos ciudadanos del cielo, porque somos ciudadanos, por decirlo de alguna manera, del Reino de Dios. Reino de Dios que aquí y ahora en esta ciudad terrena hemos de construir y vivir sabiendo que solo en Dios podemos alcanzarlo en plenitud.
¿De dónde somos? ¿dónde hemos de hacer nuestra vida? Estamos en medio del mundo y las cosas del mundo tenemos que utilizar; son las cosas materiales de las que nos valemos, es todo lo que entra en una relación y trato con los que nos rodean, es la utilización también de unos bienes o medios económicos para nuestro intercambio y como ayuda a nuestro vivir o a nuestro desarrollo y así podríamos pensar en muchas cosas más; pero hemos de tener claro esa ciudadanía, como decíamos antes, del Reino de Dios al que pertenecemos, por lo que no podemos contagiarnos con las cosas y las maldades del mundo. Es más, por esa vivencia del Reino de Dios que impregna nuestra vida hemos de saber utilizarlo con rectitud y siempre para bien.
Podrá parecernos que se nos pone difícil. Es cierto que no es fácil. Es fácil contagiarse de la malicia o de la maldad de lo que nos rodea y aparezcan ambiciones en el corazón que nos manchan y nos pervierten, egoísmos que nos encierren para pensar solo en el bien propio y así muchas cosas. Pero no imposible. Contamos con la fuerza y la gracia de Dios, con la fuerza de su Espíritu que será el que nos guíe, nos preserve del mal y nos haga caminar por caminos de rectitud.
Ya nos ha dicho san Pablo hoy: ‘como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo… sólo aspiran a cosas terrenas…’ Será entonces la maldad, la perdición, sus pasiones desenfrenadas, el afán desmedido del placer… los que llenen sus vidas. Y detrás de todo esto cuánto mal aparecerá.
La parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio – no hace muchos domingos que la hemos comentado – es un ejemplo de ese mal del que nos valemos para conseguir lo que sea, reflejado por una parte en la mala administración primero y en los sobornos y chanchullos que luego utilizará aquel administrador injusto para cubrirse las espaldas, como se suele decir. La parábola no es una alabanza, por supuesto, de la maldad de aquel administrador injusto, sino su astucia.
¿Seremos astutos nosotros para conseguir el cielo y la gracia del Señor? Ya sabemos cómo nos afanamos en los negocios del mundo, en los intereses materiales y mundanos, y cómo no ponemos el mismo empeño en las cosas de Dios. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’, sentencia Jesús al final de la parábola.
Nos recuerda firmemente el apóstol: ‘Nosotros por el contrario somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un salvador…’ Tenemos una fe y una esperanza. El sentido de nuestro vivir tiene que ser otro bien distinto. Esa ciudadanía del cielo, del Reino de Dios, aquí en nuestro mundo tenemos que vivirla pero con la esperanza de la plenitud que en Dios un día encontraremos. No nos desentendemos de este mundo, sino todo lo contrario nos sentimos fuertemente comprometidos en él pero para llenarlo de esos valores del Reino de Dios.
¿Cómo hemos de vivir, entonces? ¿cómo hemos de ganarnos esa plenitud del cielo que nos aguarda? Sólo en la rectitud y la justicia, en el amor y como constructores de paz, en la generosidad del desprendimiento para compartir, en el cumplimiento fiel del mandamiento del Señor podremos alcanzarla. Nos vamos ahora transformando en el amor y un día nos sentiremos totalmente transformados en Dios para la vida en plenitud. ‘El transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’, que nos sigue diciendo el apóstol.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El orgullo de la fe y la alegría del perdón


Filp. 3, 3-8;
Sal. 104;
Lc. 15, 1-10


En dos pensamientos quiero resumir lo que nos ofrece la Palabra de Dios hoy: nuestra riqueza y nuestra gloria está en el Señor, y la alegría de la fe y de sentirnos amados por Dios.
Quiero subrayar por una parte el hermoso mensaje que nos ofrece Pablo en el texto hoy proclamado de la carta a los Filipenses. ‘Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por El lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Recuerda Pablo su condición de judío fiel y cumplidor en la ley del Señor, tal como era su vida antes de conocer a Cristo. Hace como una ficha de lo que era su vida y hasta de lo bien considerado que estaba como fariseo observante de la ley, irreprochable en su conducta, y hasta en cierto modo intransigente en su fe de manera que se había convertido en un perseguidor de la Iglesia de Cristo Jesús. Pero el Señor le había salido al paso y lo que hasta entonces era para él su gloria y su orgullo ahora lo considera como basura. Lo más importante que le ha sucedido en su vida fue conocer a Cristo, encontrarse con Cristo y esa es su gloria ahora considerando pérdida y basura todo lo otro.
El orgullo de la fe, y digo orgullo en un buen sentido. El gozo de creer y conocer a Cristo. El gozo y la gloria de ser cristiano por lo que tendríamos que ser capaces de darlo todo. Qué hermoso el testimonio de los mártires a través de todos los tiempos, pero que es el testimonio también de tantos y tantos cristianos que viven a tope su fe, su entrega, su amor y siguen hoy dando testimonio valiente de Jesús. Celebrábamos hace unos días la fiesta de Todos los Santos, pensando sí en los que en el cielo están cantando la gloria del Señor, pero pensando también en los que a nuestro lado viven santamente su fe, su vida, dando valiente testimonio de su condición de cristianos. Que sintamos en nuestro corazón también esas ansias.
Pero dijimos en principio también la alegría de la fe y de sentirnos amados del Señor. Y lo hago en referencia a lo escuchado en el evangelio.
Nos propone Lucas en este capítulo las parábolas de la misericordia. Hoy hemos escuchado la del buen pastor que busca a la oveja perdida, y la de la mujer que revuelve y rebusca por toda la casa hasta encontrar la moneda extraviada. Nos habla Jesús de esa búsqueda, y nos está hablando cómo Dios nos busca y nos llama cuando perdidos por nuestro pecado nos hemos alejado de El, pero nos habla también de la alegría por la oveja encontrada y la moneda hallada.
Nos dice Jesús: ‘Os digo que así habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse… os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta’.
Nos habla de la alegría de Dios, de la alegría del cielo. Pero quiero pensar yo en nuestra alegría cuando hemos vuelto de nuevo al encuentro del Señor tras el arrepentimiento y el perdón.
Habría que destacarlo también. Habría que subrayarlo. Es la alegría que tenemos que sentir en nuestro corazón cuando nos acercamos arrepentidos al sacramento de la penitencia para pedir perdón por nuestros pecados y recibimos el perdón de Dios. No podemos salir del sacramento de cualquier manera. No sé si algunas veces nos parecemos a aquellos leprosos que Jesús curó en el camino, entre los que uno solo volvió dando saltos de alegría para dar gracias y alabar a Dios porque había sido curado.
Que sintamos y manifestemos esa alegría del perdón. Hacemos muchas veces demasiado individualista la recepción del sacramento de la Penitencia, como si fuera solo una cosa entre Dios y yo, y no llegamos a manifestar esa alegría por el amor y el perdón recibido, que también a gritos tendríamos que compartir con los demás hermanos. Estoy contento, estamos contentos porque el Señor me ha perdonado, tendríamos que decir, tendríamos que gritar a los demás para así con todos dar gracias al Señor.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mucha gente acompañaba a Jesús

Filp. 2, 12-18;
Sal. 26;
Lc. 14, 25-33

‘Mucha gente acompañaba a Jesús’,
dice sencillamente el evangelista. Pero Jesús se vuelve hacia ellos para hacerles un planteamiento serio de lo que significaba ir con El.
¿Por qué seguían a Jesús? Muchos podían ser los motivos. ¿Eran sus discípulos, o lo seguían, por sus milagros y por eso se entusiasmaban? Ya nos habla de la admiración que producían sus milagros en la gente. Jesús después de la multiplicación de los panes, primero cuando quisieron hacerlo rey, él desapareció en la montaña; y a la mañana siguiente en Cafarnaún les dice que le buscan porque habían comido pan hasta saciarse allá en el desierto.
¿Le siguen porque se sienten cautivados por sus palabras y enseñanzas? Repetidas veces el evangelio habla de la admiración por la manera de enseñar que tiene Jesús con autoridad, y es cierto también que es admirable su enseñanza y su forma de trasmitirla con los ejemplos y parábolas para que todos entiendan. Pero, ¿se quedarían sólo en eso?
Otros quizá verían renacer sus esperanzas de una pronta liberación de Israel conforme al pensamiento que tenían entonces de lo que sería el Mesías prometido y esperado. Todavía los mismos apóstoles poco antes de la ascensión están preguntando si ya era la hora de la futura liberación de Israel.
Pero, bueno, y nosotros ¿por qué le seguimos y nos llamamos cristianos? ¿Simplemente porque todos en nuestro entorno dicen que lo son y no estaría bien visto no serlo? ¿Quizá porque estamos bautizados desde chicos? ¿O podría ser porque vemos ahí una forma de expresar nuestros más elementales sentimientos religiosos? ¿o como dicen algunos es que en algo hay que creer? Bueno, no lo veamos todo negativo y quizá tengamos razones más profundas para serlo.
Pero Jesús es tajante en sus planteamientos, como escuchamos hoy en el evangelio. No podemos tener un amor a nada ni a nadie que esté por encima del amor que le tengamos a El. Un amor primero y preferencial. ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre o a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío’. Y añadirá que es necesario tomar la cruz para ir detrás de El, porque de lo contrario ‘no puede ser discípulo mío’.
Es serio. Es tajante. Cristo tiene que ser el único centro de nuestra vida. Con El no caben las medias tintas ni los medios tonos. O somos cristianos, seguidores de Jesús o no lo somos. Y ser seguidor de Jesús entraña esa radicalidad. Todo tiene que ser mirado y vivido según la mirada y el sentido de Cristo. Cristo será el único sentido de nuestra vida, de lo que hacemos y de lo que decimos, de nuestro actuar y de nuestras actitudes profundas. Su evangelio tiene que estar plantado totalmente en nuestra vida y entonces nuestra vida y nuestro actuar será siempre conforme a lo que Jesús nos dice y enseña. Y eso ha de hacer que cada día me vaya purificando más de mi mismo también.
Nos propone dos parábolas: la del constructor que va a edificar una torre o la del rey que va a entablar batalla con su rival. Han de sentarse antes a ver si pueden hacerlo, si tienen lo necesario, si es capaz de con lo que tiene vencer a su enemigo. Tienen que pararse a hacer los cálculos, dice Jesús.
Nos sucede en nuestra vida cristiana, que quizá no siempre nos hemos parado lo suficiente para saber bien lo que significa seguir a Jesús, los planteamientos que nos hace el evangelio y simplemente nos contentamos con hacer lo que todo el mundo hacer sin ninguna planteamiento más profundo. Y saldrá entonces una vida cristiana floja y poco comprometida; surgirá una vida fría y rutinaria en que nos contentamos con decir esto es que siempre se ha hecho así, pero sin preguntarnos si es eso realmente lo que nos enseña el evangelio. Faltará profundidad a nuestra vida cristiana.
En la vida cristiana siempre podemos conocer más a Jesús, profundizar más en el evangelio, crecer en mi espiritualidad, darle hondura a mi vida. No todo lo tengo hecho siempre, sino que tiene que haber ese espíritu de superación y crecimiento. Ojalá tengamos verdadera hambre de conocer cada día más a Jesús. Que cada día profundicemos más en el evangelio para ser más auténticos cristianos. Yo siento que a mi me falta mucho en ese crecimiento y quisiera cada día conocer y amar más a Jesús.

martes, 2 de noviembre de 2010

Oramos por los difuntos en una celebración también gozosa y llena de esperanza

CONMEMORACION DE LOS FIELES DIFUNTOS
Filp. 3, 20-21;
Sal. 26;
Jn. 14, 1-6

Tras la celebración gozosa, festiva, y hasta triunfante, podríamos decir, de Todos los Santos ayer, hoy la Iglesia nos invita a hacer la conmemoración de todos los difuntos. Pero de entrada quiero decir que no tiene que ser menos festiva o gozosa por el hecho de que recordemos a los difuntos; un cristiano siempre lo hace en la esperanza y con nuestra fe puesta en Jesucristo, muerto y resucitado, para así llenarnos a todos de vida y de salvación.
Pensar en los difuntos nos hace pensar en la muerte. Algunos se llenan de tristeza y hasta de angustia, lo que tendría que hacernos analizar cuál es el sentido cristiano que de la muerte tenemos. Sin embargo, para otros en la cultura actual es algo que lo que no se quiere pensar; se oculta la muerte o a lo más tratamos de pasar por ese pensamiento de la muerte casi de puntillas para no traumatizarnos.
Aspiramos a una eterna juventud donde no tenga cabida la muerte y buscamos una vida de bienestar que queremos prolongar sin fin, y hasta osamos querer tener decisiones por nosotros mismos si una vida merece o no merece vivirse y en consecuencia tener el derecho de acabar con ella por nuestra cuenta y a nuestro arbitrio.
Pero la muerte es una realidad de nuestra existencia humana que en lo físico o corporal un día de tener su fin. Pero no somos nosotros dueños de la vida de tal manera que tengamos derecho a acabar con ella según nuestra conveniencia. La vida es un don sagrado que Dios nos ha regalado, y la vida, toda vida siempre es muy valiosa. La hora de nuestra muerte entra dentro del misterio de Dios y de su voluntad para el hombre.
Pero aparte de esta afirmación creyente – afirmamos que es un don que Dios nos ha regalado – desde el misterio de Cristo tenemos otra esperanza y otra manera distinta de enfrentarnos al hecho de la muerte y en consecuencia de vivir nuestra vida y también nuestra muerte.
Como comprendemos, para nosotros la vida es algo más que lo físico o lo corporal en cuanto estamos sujetos a un cuerpo, aunque esa vida física también la valoramos y la cuidamos. Tiene una dimensión espiritual que no se queda en los sentimientos o los pensamientos que podamos sentir o expresar en esta vida terrena. Es que a todo eso nosotros añadimos una trascendencia que va más allá de los límites de una vida terrena, porque como nos dice la fe estamos llamados a vivir una vida eterna en la plenitud de Dios.
Si ayer, por ejemplo, podíamos celebrar la fiesta de Todos los Santos, lo hacíamos no sólo porque recordáramos lo bueno y lo ejemplar, el testimonio que con su vida y su fe nos dieron mientras peregrinaron por este mundo, sino que lo hacíamos pensando en esa plenitud de vida que ahora ellos tienen en Dios.
Por eso es tan importante para nosotros la virtud de la esperanza; la esperanza cristiana que nos lleva a creer en Dios y en su Palabra, a esperar esa vida eterna en plenitud que el Señor nos ha prometido. Y ¿en qué basamos nuestra esperanza? En la fe que tenemos en Cristo, muerto y resucitado.
Cristo murió y resucitó para llevarnos a la vida, a la vida eterna. Cristo murió y resucitó para alcanzarnos la salvación; esa salvación que es redención y es perdón; esa salvación que es vida nueva que nos llena de la vida de Dios para hacernos hijos de Dios; esa salvación que cuando nos hace hijos nos hace herederos y coherederos con Cristo de vida eterna, de ese Reino eterno de Dios que por Cristo podemos llegar a vivir en plenitud.
Con Cristo resucitamos para una vida nueva. Con Cristo estamos llamados a vivir en Dios esa vida eterna para siempre. Creemos en Cristo y de El nos alimentamos y El prometió resucitarnos en el último día.
Entonces cuando hoy hacemos esta conmemoración de todos los difuntos, y en cualquier momento recordamos a los difuntos, lo hacemos siempre en esperanza. Esperamos que vivan en Dios esa plenitud de vida y salvación. Por eso nuestra recuerdo se hace oración; oramos por ellos, pero nunca con angustia ni desconsuelo, sino siempre con esperanza. No es éste un día para el llanto desesperanzado, sino un día de esperanza y de gozo en el Señor.
Queremos ofrecerle nuestro recuerdo lleno de amor a aquellos difuntos queridos, familiares o amigos, y hacemos ofrendas de flores y velas encendidas. Pero no nos podemos quedar en eso solamente sino que lo importante será nuestra oración, y la oración más hermosa que nosotros podemos ofrecer que es la celebración de la Eucaristía. Las luces tienen sentido como ofrenda que hacemos, pero también como recuerdo e imagen de la luz que Cristo nos dio y que tuvo que iluminar toda nuestra vida, y como esperanza de que ya estén para siempre en el Reino de la Luz de Dios.
Todo eso lo expresa muy bien la liturgia en sus oraciones en la celebración de la Eucaristía y en la Palabra de Dios que se nos proclama. Oramos por todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección y oramos por todos acogiéndolos a la misericordia del Señor. Pedimos al Señor que los admita a contemplar la luz de su rostro, decimos en las plegarias eucarísticas, en el reino de la luz y de la vida.
En la Palabra de Dios que hemos escuchado se nos recuerda que somos ciudadanos del cielo y hacia allí caminamos, porque allí el Señor no tiene en su amor reservado sitio. Por eso nos invita Jesús hoy a la fe y a no perder la paz. Esa paz de la fe que en El tenemos y esa paz de la esperanza. Con esa fe y esa esperanza elevamos hoy nuestra oración al Señor por todos los difuntos, como decimos en una plegaria eucarística, ‘cuya fe sólo tú conociste’.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Dios es glorificado en la asamblea de los Santos


Apoc. 7, 2-4.9-14;
Sal. 23;
1Jn. 3, 1-3;
Mt. 5, 1-12

‘A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, la multitud admirable de los profetas, el blanco ejercito de los mártires; todos los santos y elegidos te proclaman a una sola voz, Santa Trinidad, único Dios… venid adoremos a Dios que es glorificado en la asamblea de los santos…’
Así nos invita la liturgia en sus diversas antífonas a adorar, alabar, bendecir y cantar la gloria de Dios. Hoy es la fiesta grande, la solemnidad de Todos los Santos. Esa muchedumbre inmensa que nadie podía contar de la que nos habla el libro del Apocalipsis cuando nos describe la liturgia celestial. Esa asamblea festiva a la que nosotros queremos unirnos también. Esa multitud admirable de los que ahora cantan eternamente la gloria de Dios, son intercesores nuestros que desde el cielo nos ayudan en nuestras necesidades y en nuestra debilidad, y son el más hermoso ejemplo y estímulo para los que aún peregrinamos en la tierra con ansias de cielo.
Es la Iglesia celestial, la Jerusalén celeste, la asamblea festiva de todos los santos que ya eternamente alaba al Señor en el cielo. Nosotros somos aún la iglesia peregrina, pero llena de esperanza, alegre y guiada por la fe aspira a formar parte un día de esa asamblea festiva del cielo. Esperanza que nos anima en nuestro caminar. Fe y esperanza que nos hace mirar hacia lo alto y nos ayuda a darle profunda trascendencia al camino que ahora hacemos por la vida. Fe y esperanza que nos hacen pregustar ya esa alegría del cielo aunque aún en este camino estemos rodeados de sufrimientos o nos sintamos tentados por el mal para abandonar el camino.
Es una fiesta hermosa a la que la Iglesia nos invita en este día. Pero es al mismo tiempo una invitación a que le demos tal sentido y profundidad a nuestra vida ahora que podamos aspirar a esos bienes del cielo, aspirar a participar un día de esa gloria del Señor. Por eso el contemplar esta asamblea festiva de todos los santos es para nosotros una invitación, un estímulo para que busquemos, tratemos de todos modos de vivir una vida santa. Que por la santidad con que ahora vivamos nuestra vida un día podamos contemplar a Dios y disfrutar de su gloria.
A esto nos conduce toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en esta fiesta de Todos los Santos. San Juan nos ha hablado del amor que Dios nos tiene tan grande que nos llama hijos, porque en realidad nos ha hecho hijos. ‘Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Si nos detenemos un momento a considerar esto tan hermoso que nos está diciendo el apóstol, no podemos menos que dar gracias al Señor por la dignidad tan grande que nos ha concedido, pero aún más por la promesa que nos hace de que nos uniremos de tal manera a El que le podremos ‘ver tal cual es’. Si esa es nuestra meta, ¿cómo no vivir santamente?
¿En qué consiste ese camino de santidad que hemos de recorrer, que hemos de vivir? Podríamos decir sencillamente, parecernos a Jesús. No es otra cosa lo que tenemos que hacer sino vivir su vida, configurarnos con El. ¿No nos decía Pablo que su vivir era Cristo? Es lo que tenemos que hacer, copiar totalmente su vida en nosotros, meternos en El, como quien se mete en un molde, para que nuestro querer y nuestro vivir, nuestros sentimientos y nuestras actitudes, lo que hacemos o lo que pensamos no sea otra cosa sino reflejar a Cristo, vivir a Cristo.
¿Cómo podremos irnos impregnando de Cristo? El evangelio de hoy nos lo dice. Encarnar en nuestra vida el espíritu de las Bienaventuranzas. Recordemos que Jesús desde el inicio de su predicación nos invitaba a convertirnos a la Buena Noticia porque llegaba el Reino de Dios. Pues cuando nos proclama las Bienaventuranzas en el Sermón del Monte nos dirá que ‘de ellos es el Reino de los cielos’. Los que viven el espíritu de las bienaventuranzas están viviendo, están ya participando del Reino de los cielos.
Y nos dirá que ‘de los pobres de espíritu y los que lloran, de los que sufren o los que tienen hambre y sed de justicia, de los que obran con misericordia o son limpios de corazón, de los que trabajan por la paz y a los que incluso les toca sufrir todo tipo de persecución a causa de su nombre, de ellos es el Reino de los cielos’.
Pobres porque nada tenemos o de todo nos desprendemos en la generosidad del amor; sufridos porque el dolor y el sufrimiento nos puede aparecer en nuestra vida o porque somos capaces de compartirlo con los que sufren a nuestro lado de tal manera que hacemos nuestro su sufrimiento; lloramos porque tenemos ansias de más y de lo mejor no ya sólo para nosotros sino porque buscamos siempre lo bueno y lo justo para los otros para que sean siempre felices; buscamos el bien aunque sea con sufrimiento, llenamos nuestro corazón de compasión y misericordia y lo mantenemos siempre limpio de toda maldad; o vamos a padecer la incomprensión y hasta la persecución de aquellos que quizá no entiendan nuestra manera de vivir según el sentido y estilo del evangelio.
Por ahí va el espíritu de las bienaventuranzas. Y Jesús nos dice que así estamos construyendo el Reino de Dios y que no temamos porque no nos faltará consuelo, y paz, y misericordia, y gozo hondo en el alma que nos dará las mayores satisfacciones, y que un día, porque somos limpios de corazón, podremos ver a Dios.
Es el camino que hizo Jesús delante de nosotros. Es el camino de dicha y de felicidad al que El nos invita. Es el camino que podremos hacer sin decaer ni desanimarnos porque le sentiremos a El siempre a nuestro lado. Es el camino que haremos gozosos, aunque broten lágrimas en ocasiones de nuestros ojos, pero que en la trascendencia que le damos a nuestra vida, sabemos que un día podemos vivirlo todo en plenitud junto a Dios. Si no tuviéramos esa esperanza y no le diéramos esa trascendencia a nuestra vida quizá no seríamos capaces de hacerlo.
Es el camino de santidad al que hoy nos está invitando esta fiesta de Todos los Santos. En ellos nos sentimos estimulados y ellos desde el cielo son intercesores de gracia para nosotros. ‘Concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón’, pedíamos en la oración litúrgica. Y en la oración de las ofrendas vamos a pedir ‘que sintamos interceder por nuestra salvación a todos aquellos que ya gozan de la gloria de la inmortalidad’.
Que en ese sentido vaya siempre la oración que hacemos a los santos para que intercedan por nosotros. Algunas veces parece que no hemos llegado a entender bien lo que tiene que ser esa intercesión que de ellos deseamos. Nos preocupamos de pedirleAñadir imagens principalmente por nuestras necesidades materiales pero le pedimos poco para que nos alcancen la gracia del Señor para ser nosotros cada día más santos, que tiene que ser siempre lo más importante de nuestra vida. Les pedimos a ellos como si fueran los poderosos y algunas veces pareciera que los hacemos dioses que nos tienen que conceder lo que necesitamos, y nos olvidamos de que ellos sólo son unos intercesores por nosotros ante el Señor. Y no olvidemos que son intercesores, sí, pero son modelos y ejemplo para nosotros de esa santidad a la que estamos llamados y que tenemos que aprender a ver reflejada en sus vidas.
Como pediremos en la última oración de la Eucaristía que ‘realizando nuestra santidad por la participación en la plenitud de tu amor, pasemos de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos’.