Vistas de página en total
sábado, 17 de noviembre de 2012
lunes, 27 de diciembre de 2010
Con un amor puro como el de Juan vayamos hasta Jesús para conocerle

1Jn. 1, 1-4;
Sal. 96;
Jn. 20, 2-8
‘Este es el apóstol Juan que durante la cena reclinó su cabeza en el pecho del Señor. Este es el apóstol que conoció los secretos divinos y difundió la palabra de vida por toda la tierra’. Es la antífona que nos ofrece la liturgia para comenzar la celebración de este día. Celebramos hoy en las inmediaciones del día de la Navidad la fiesta de san Juan Evangelista. El apóstol que reclinó su cabeza en el pecho del Señor en la última cena como nos recuerda la antífona.
Como nos narra su propio evangelio junto con Andrés fueron los dos primeros discípulos que siguieron a Jesús, tras haberles señalado el Bautista que Jesús era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En el relato del Evangelio que hoy se nos ha proclamado será el primero de los apóstoles que llegue al sepulcro del Señor en carrera con Simón tras el anuncio de la Magdalena. Aunque llegó antes dejó que Pedro entrar el primero en la tumba, pero será él quien se fije con detalle de ‘las vendas por el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza , no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte’. Pero nos dirá a continuación ‘entró… vio y creyó’.
Será el que nos hable en el principio de su evangelio con una sublimidad exquisita del Misterio del Verbo de Dios que en Dios existe desde siempre porque ‘la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios’, para concluir que ‘la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Pero será Juan el que en su evangelio nos hablará de que su carne es verdadera comida y que el que le come vivirá por El, haciéndonos el anuncio de la Eucaristía.
Testigo será Juan de momentos especiales de la vida de Cristo porque con Pedro y con Santiago contemplará la gloria del Tabor, la resurrección de la hija de Jairo y la agonía de Getsemaní. Testigo fue de esos anuncios proféticos del misterio pascual de Cristo, su pasión y la imagen de la resurrección pero sería también el único de los Apóstoles para estar al pie de la Cruz de Jesús en la hora suprema de su muerte.
Por eso podrá decir como le hemos escuchado en el inicio de la primera de sus cartas ‘lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplaron y palparon nuestras manos: la Palabra de la Vida… os damos testimonio y os lo anunciamos… para que vuestra alegría sea completa’.
Es admirable cómo Juan se introdujo en el Misterio de Dios. Era el discípulo amado de Jesús. Lo que le llevó a poder penetrar en su Misterio de la manera que lo hizo y nos lo trasmitió tanto en el evangelio como en sus cartas. El amor a Jesús que le llevaría valientemente incluso hasta el Calvario para estar a los pies de su Cruz.
Que nosotros también tratemos desde un amor puro como el de Juan acercarnos al misterio de Jesús para llegar así a conocerle y amarle, para hacerle vida nuestra. Siempre lo estamos diciendo, cómo tenemos que crecer más y más en ese conocimiento de Jesús. Cómo tenemos que saber ir a buscarle, como Juan que preguntaba ‘Maestro, ¿dónde vives?’. Sabemos la respuesta de Jesús. ‘Ven y lo verás’.
Jesús nos invita a ir hasta El. El se deja conocer porque para eso nos da su Espíritu que nos ilumina y nos conducirá a la verdad plena. Ir hasta Jesús para conocerle. ¿Cómo lo podemos hacer? Es ese crecimiento espiritual que hemos de lograr en la oración y en la escucha de la Palabra. Es esa espiritualidad profunda de la que hemos de llenar nuestra vida. Esa imagen de Juan recostado en el pecho del Señor de esto podría estarnos hablando. Podría ser un buen propósito de esta Navidad que estamos celebrando.
sábado, 13 de noviembre de 2010
Cooperando así a la propagación de la verdad
Estos últimos días hemos escuchado los tres textos más pequeños del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: la carta de Pablo a Filemón y las segunda y tercera carta de san Juan.
Son como pequeños billetitos de recomendación o de recordatorio que uno y otro apóstol enviaron a diversos cristianos de la comunidad; Filemón en el caso de Pablo recomendándole que reciba como a un hermano a Onésimo, esclavo que se le había escapado y que con Pablo había abrazado la fe, y al que considera como un hijo; Juan en un caso a la que llama él la elegida a quien le recuerda el antiguo y nuevo mandamiento, siempre permanente del amor; y en la última de las mencionadas, la escuchada hoy, a Gayo, un discípulo fiel colaborador de la comunidad en la sustentación de los apóstoles y misioneros de la fe.
Esta tercera carta de Juan nos manifiesta algo hermoso, que ya también hemos visto destacar en las cartas de Pablo, que es la colaboración que entre todos los miembros de la comunidad se tiene también en el orden de lo material o económico para el sustento de los que se dedican a la predicación o a ser pastores de la comunidad, atendiendo también a los gastos de los que como misioneros son enviados a anunciar el evangelio de Jesús.
‘Han hablado de tu caridad ante la comunidad de aquí… provéelos para el viaje como Dios se merece… se pusieron en camino para trabajar por Cristo… debemos sostener a hombres como éstos, cooperando así en la propagación de la verdad’. Es lo que hemos escuchado.
Creo que este texto providencialmente es muy oportuno en las vísperas de la jornada que la Iglesia celebra este domingo, el DIA DE LA IGLESIA DIOCESANA. Como todos sabemos es una vez más ocasión para que tomemos conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia, pero pertenencia en esta Iglesia concreta en la que vivimos que es nuestra Diócesis.
Como nos dice nuestro Obispo don Bernardo en su mensaje para esta Jornada, ‘Doy gracias a Dios por todos vosotros, por vuestra fe, por sentir la Iglesia como algo propio y por contribuir con el testimonio de vuestra vida, y la participación activa en su misión, a que nuestra Diócesis sea cada día más una “comunidad de fe, caridad y esperanza”. Todos somos Iglesia y todos, cada uno según su condición, edificamos la Iglesia. Todos los ministerios, funciones y servicios son necesarios y, como en una buena familia, todos nos beneficiamos mutuamente de lo que hacen los demás’.
Pero esa pertenencia a la Iglesia de la que nos sentimos miembros, como si de una misma familia se tratara, y en la que cada uno estamos en nuestro lugar, colaboramos en los distintos servicios de la comunidad según sus carismas y los dones recibidos del Señor, nos obliga a algo más, que es la colaboración también en lo material, en lo económico para poder mantener toda esa obra de gracia en la realización de las distintas acciones pastorales y servicios.
El evangelio nos ha hablado del óbolo de la viuda, destacando el Señor que aquella mujer con sus dos reales había aportado más que los que echaban grandes cantidades. Es el granito de arena que todos podemos aportar, que aunque nos pueda parecer pequeño en nuestra pobreza, será grande si lo ponemos con amor y desinteresadamente. El Señor nos premiará por ello.
‘Les invito y animo a seguir adelante —creciendo en fe, caridad y esperanza— con renovada confianza en Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo’. Así termina el mensaje de nuestro pastor y creo que nos puede valer a nosotros también en esta reflexión que nos hacemos hoy desde la Palabra del Señor proclamada.