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sábado, 1 de agosto de 2009

Porque es jubileo lo consideraréis sagrado

Lev. 25, 1.8-17
Sal. 66
Mt. 14, 1-12


Desde hace unas semanas hemos venido escuchando la lectura de los diversos libros del Pentateuco: el Génesis en primer lugar, hasta ahora hemos venido escuchando relatos del Éxodo con la salida de Egipto, el paso del mar Rojo, la Alianza del Sinaí, y en los dos últimos días hechos escuchado el Levítico.
En la lectura del Levítico se nos describen las fiestas que han de celebrar los Israelitas, la Pascua, la de las ofrendas a los cincuenta días que es Pentecostés, la de las Tiendas, la de la Expiación… En el texto que se nos presenta hoy se nos habla del jubileo. ‘Haz el cómputo de siete semanas de años… cuarenta y nueve años… a toque de trompeta por todo el país… santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores…’ Es el año del perdón y de la amnistía. ‘Porque es jubileo: lo consideraréis sagrado…’
Este jubileo lo veían los profetas en un sentido mesiánico. Por manifestarlo sólo con un texto, recordemos el texto de Isaías que Jesús proclamó en la Sinagoga de Nazaret a la hora de su presentación pública. Además de que llegaba el momento en que el evangelio sería anunciado a los pobres y los ciegos recobrarían la vista, los oprimidos serían la libertad y se proclamaría el año de gracia del Señor. En el tiempo del Mesías vendría el jubileo total porque llegaría la amnistía y el perdón para todos, llegaba el año de gracia del Señor.
Pero veamos brevemente las connotaciones que este jubileo tiene en nuestra práctica cristiana. Todos sabemos y recordamos cómo la Iglesia proclama en momentos determinados para toda la Iglesia o para unas determinadas Iglesias locales un Año Santo, un Año jubilar lleno de gracia del Señor para todos. El Papa con su autoridad los convoca y concede unas gracias especiales, que lo que pretenden es que los pecadores nos convirtamos a Cristo. Año santo lleno de gracia que es una invitación a la conversión para seguir más fielmente el camino de Jesús, arrancándonos de nuestra vida de pecadores.
Conocemos los Años Santos que cada veinticinco años se proclaman para la Iglesia universal teniendo como centro y como eje Roma, la Sede de Pedro. Reciente tenemos el jubileo del año 2000, año santo especial en el dos mil aniversario del nacimiento de Cristo.
Pero de la misma manera sabemos cómo en determinadas Iglesia o lugares también hay una sucesión de años santos a través del tiempo por diversas circunstancias y conmemoraciones. Así el año Jacobeo que todos conocemos, cuando el veinticinco de julio, día del apóstol Santiago coincide con domingo como sucederá el próximo año. Todos acuden para entrar por la puerta santa, la puerta del perdón como un signo de ese abrazo de amor, de acogida de Dios Padre cuando volvemos a El convertidos de corazón. Así también en otros muchos lugares. En nuestra propia tierra tinerfeña estamos celebrando un año jubilar en la Iglesia de san Vicente mártir, que el Papa ha concedido por todo este año con motivo de un cuarto centenario de la liberación de una epidemia por la intercesión de este glorioso mártir que allí se venera.
¿Quién es el que nos da esa amnistía y ese perdón? Cristo Jesús con su muerte en la cruz y su resurrección que nos ha redimido. En Cristo tenemos ese año, ese día de gracia de Dios que nos da su perdón y que nos da su gracia para sigamos por caminos de fidelidad.

viernes, 31 de julio de 2009

Para la mayor gloria de Dios

1Cor. 10, 31-11,1
Sal. 33
Lc. 10, 1-9


El creyente no es sólo el que afirma la existencia de Dios. Por supuesto hay que partir de esa afirmación, Dios existe; pero esa afirmación tiene que llevarnos a algo más, implicarnos más en la vida con ella. Puedo afirmar la existencia de algo, pero sentirlo ajeno a mí. Está la realidad de las cosas que están ahí frente a mí, pero que a mi no me implican en nada, porque me da igual su existencia o no.
Por eso digo que el verdadero creyente no es sólo el que afirma la existencia de Dios, sino que además le reconoce como su único Dios, su único Señor. Cuando lo reconozco así es que ya entro en una relación con Dios, porque es mi Dios y mi Señor. Conozco y reconozco su presencia en mi vida y yo me veo implica en la existencia de ese Dios que es mi único Señor.
Entro en una relación con Dios que es ese reconocimiento, pero que es entrar en un trato, en un diálogo con ese Dios, que además sé que me ama y quiere hacerse presente en mi vida. Ese diálogo con Dios al que llamamos oración. Oración que será escucharle pero también hablarle. Relación con Dios que me llevará desde esa escucha a cumplir lo que es su voluntad para mi vida, cumplir los mandamientos. Descubrir que es lo que Dios quiere para mi y realizarlo en mi vida, porque es mi único Dios, porque es mi único Señor.
Relación y reconocimiento que me hará descubrir su amor y las obras maravillosas que El realiza en mi vida. Ello me llevará a la alabanza, a la acción de Dios, a la búsqueda de la gloria de Dios. Y eso, con toda mi vida, en todo momento, con todo lo que hago, siempre para la gloria del Señor.
‘Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca, mi alma se gloría en el Señor… proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre…’, que decimos con el salmo. En todo momento, siempre, en toda ocasión, bendecir a Dios, alabar a Dios, cantar la gloria del Señor. Y lo queremos hacer no sólo nosotros, sino que invitamos a los demás a unirse a esta alabanza, a esta bendición del nombre del Señor.
Es lo que hoy hemos escuchado resumido en una pequeña frase en la palabra de Dios, la primera carta de san Pablo a los Corintios. ‘Cuando comáis, o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios’. Y en ese mismo sentido en la carta a los Filipenses nos dice: ‘Al nombre de Jesús toda rodilla se doble, - en el cielo, en la tierra, en el abismo – y toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre’.
Por Cristo queremos dar gloria a Dios y queremos hacerlo en todo momento, que toda nuestra vida sea siempre para la gloria de Dios. San Ignacio de Loyola a quien hoy estamos celebrando resumía en una frase, como un lema que nos proponía, toda esta gloria que hemos de dar a Dios siempre. ‘Ad maiorem Dei Gloriam… todo para la mayor gloria de Dios’.
Es lo que hemos de hacer en toda nuestra vida. Es lo que queremos hacer cada vez que celebramos la Eucaristía recogiendo todo lo que es nuestra vida, unidos a Cristo. En el momento culminante de la Eucaristía decimos. ‘Por Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’. ¡Qué momento más importante! Estamos poniendo toda nuestra vida con Cristo, por Cristo y en Cristo para dar gloria a Dios. ¡Qué importante es el ‘Amén’ que decimos en ese momento! ¡Qué solemnidad y qué grandeza! Nuestro Amén para la gloria de Dios, nuestra vida toda para la gloria de Dios.

jueves, 30 de julio de 2009

Ábrenos el corazón para que aceptemos las palabras de Jesús

Ex. 40, 16-21.34-38
Sal. 83
Mt. 13, 47-53


‘Ábrenos el corazón para que aceptemos las palabras de Jesús’. Hermosa súplica que hemos de repetir muchas veces y que se nos ha ofrecido hoy en la liturgia como antífona al aleluya antes del Evangelio. Que se nos abra el corazón; que no seamos tierra endurecida; que el Señor labre la tierra de nuestra vida y la riegue y abone con su gracia para que así recibamos y aceptemos la semilla de su Palabra, como hemos escuchado en las parábolas de Jesús en estos días.
Concluimos hoy, aunque nos queden unos versículos que escucharemos mañana, este capítulo 13 del evangelio de Mateo donde el evangelista nos recopila, en ese estilo tan propio de Mateo, unas cuantas parábolas de Jesús. Cuando comenzábamos a escuchar las parábolas eran los apóstoles los que le decían a Jesús: ‘¿Por qué les hablas en parábolas?’ Ahora ha sido Jesús el que pregunta a los discípulos al terminar su relato: ‘¿Entendéis bien todo esto?’ y concluye Jesús diciéndonos: ‘Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo’, lo que conviene en cada momento.
Pero si estas dos preguntas enmarcan la proclamación de las parábolas, mientras hemos visto al mismo Jesús explicar su sentido. Nos explicaría la parábola del sembrador, como ya lo hemos meditado, o explicaría el sentido de la parábola del trigo y la cizaña, de la buena y de la mala semilla sembrada en el mismo campo. En el mismo campo de la vida nos encontraremos buenos y malos y juntos tenemos que estar. Pero el cuidado será no dejarnos influir por el mal, sino que siempre seamos capaces de dar buenos frutos.
En ese mismo sentido de la parábola nos ha hablado hoy de la red repleta de peces; ‘la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces, cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y a los malos los tiran’. Pero nos ha hablado también de la pequeña semilla de la mostaza que se hace arbusto grande, o de la levadura que hace fermentar la masa; nos ha hablado de la perla preciosa o del tesoro escondido en el campo que ‘el que lo encuentra vende todo lo que tiene para comprar aquel campo’.
Parábolas que nos dan el sentido del Reino de los cielos y que cuando lo entendemos como dirá Jesús seremos como ‘aquel padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo’, lo que conviene en cada momento. Ahí está todo ese mensaje de la Palabra de Dios que Jesús nos ha ofrecido en forma de parábolas. En cada momento, en cada situación de la vida, hemos de saber dejarnos iluminar por la Palabra de Dios, vamos sacando del arca de la Palabra de Dios aquello que nos da luz en esa situación concreta que vivamos. ¡Cómo tenemos que saber guardar en el arca de nuestro corazón toda esa gracia y esa riqueza que nos ofrece como luz la Palabra de Dios para que nos ilumine en toda ocasión!
Vivimos rodeados de mal, pero no hemos de dejarnos impregnar por ese mal; es más tenemos que ser buena levadura que con nuestra fe, con nuestras buenas obras, con nuestro buen hacer hagamos fermentar la masa de nuestro mundo para bien. Que sepamos encontrar ese tesoro escondido, esa perla preciosa que Cristo para que El sea en verdad el centro, la luz y la fuerza de nuestra vida.

miércoles, 29 de julio de 2009

¿Resplandece nuestro rostro después de nuestro encuentro con el Señor en la oración?

Ex. 34, 29-35
Sal. 98
Mt. 13, 36-43


‘Cuando Moisés bajo del monte Sinaí con las dos tablas de la Alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor…’
Tal era el resplandor que tenía que ponerse un velo por la cara, porque los israelitas se sentían impactados y hasta temían acercarse a él.
había hablado con el Señor y su rostro se transfiguró. Estaba tan llena de Dios que su rostro resplandecía. Hermosa imagen que nos trae el recuerdo de lo que contemplaremos en el Nuevo Testamento. Nos recuerda la transfiguración de Jesús en el Tabor, sobre la que hemos reflexionado muchas veces, pero que también dentro de pocos días volveremos a encontrarnos en la fiesta de la Transfiguración del Señor. Allá en lo alto de la montaña se manifiesta la gloria del Señor. Jesús que deja transparentar en su cuerpo mortal el resplandor de la Divinidad. Es Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios.
Moisés resplandece en su rostro porque ha hablado con el Señor. ¿No es nuestra oración un acercarnos también a Dios para hablar con El? ¿No tendríamos nosotros que salir resplandecientes en nuestro rostro o nuestra vida después de nuestra oración, verdadero encuentro con el Señor?
Nuestra oración no es simplemente la repetición de unos rezos, de unos textos oracionales ya previamente preestablecidos que nosotros decimos una y otra vez. Si se quedan en eso pobre sería nuestra oración y pobre sería nuestra fe. Pero seamos conscientes, démonos cuenta que es una tentación que tenemos y ahí está el peligro de convertir nuestra oración en la repetición de unos rezos sin caer en la cuenta de que lo que tenemos que estar viviendo es un encuentro vivo con el Señor.
Es algo que tenemos que cuidar mucho. Serán muchas las cosas que nos distraigan. Otras veces las prisas y los agobios con que vivimos. Las imaginaciones nos suelen jugar malas pasadas que nos impiden concentrarnos debidamente. El hecho está en que no volvemos de nuestra oración con el rostro resplandeciente por haber estado hablando con el Señor; no volvemos con nuestro corazón y nuestra fe caldeada lo suficiente por haber estado en el horno del amor de Dios.
Ese resplandor de nuestro rostro no será una cosa física que se vea con los ojos de la cara, pero sí ha de notarse con los ojos del corazón. Será una actitud nueva, una forma de vivir completamente distinta, un amor más fluido, una alegría en nuestro vivir. De muchas maneras tendría que notarse ese resplandor de Dios en nuestra vida.
Cuidemos siempre el inicio de nuestra oración. Podemos llamarnos un ejercicio de concentración de la mente, o será mejor un acto profundo de fe en la presencia del Señor ante quien nos hallamos. Pero ese buen comienzo de nuestra oración será un factor bastante importante para que nos encontremos hondamente con el Señor y salgamos llenos de El y resplandecientes de El.

martes, 28 de julio de 2009

Jesucristo, Tienda del Encuentro de Dios con nosotros

Ex. 33, 7-14; 34, 5-9.28
Sal. 102
Mt, 13, 36-43

‘Moisés levantó la tienda de Dios… y la llamó Tienda del Encuentro’. Un lugar en medio del campamento que les hablaba continuamente de la presencia de Dios en medio del pueblo. Un día se habían creado un ídolo porque querían un dios que caminase delante de ellos. Olvidaban esa presencia permanente de Dios. La presencia de Dios que camina con su pueblo y nunca le abandona.
‘Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la tienda, se levantaban todos y se prosternaban cada uno a la entrada de la tienda…’ nos detalla la fe del pueblo en la presencia de Dios en medio de ellos. ‘Señor Dios, compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad…’ se escucha la aclamación de la gloria del Señor. ‘Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’.
Es maravillosa la experiencia de Dios de Moisés y su pueblo, que se nos manifiesta en la lectura del libro del Éxodo. Pero es imagen y tipo de lo que puede ser la experiencia de Dios, de su presencia, su amor y su misericordia que en Jesús nosotros podemos tener.
‘El Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’, escuchamos en el principio del evangelio de san Juan. Jesús es nuestra Tienda del Encuentro, es el Mediador entre Dios y los hombres. En su Cuerpo, en su Carne, en su Sangre, en su persona y en su vida nosotros podemos acercarnos a Dios como nadie lo había podido hacer en todo el Antiguo Testamento.
Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Teniendo a Jesús, encontrándonos con Jesús, viviendo a Jesús, tenemos a Dios, nos encontramos con Dios, vivimos a Dios en los sacramentos, en todos y cada uno de los sacramentos, pero de manera especial en el Sacramento de la Eucaristía nosotros podemos así vivir a Dios. ¿Hay unión más íntima y profunda que la que podemos vivir en la comunión eucarística, cuando comulgamos a Cristo en la Eucaristía?
Y esa Tienda del Encuentro la tenemos permanentemente a nuestro lado en la presencia real y verdadera, sacramental y permanente de Cristo Eucaristía en el Tabernáculo, en nuestros Sagrarios. Aquí tenemos permanentemente a Cristo Eucaristía. No es un símbolo sino presencia real de Cristo. Aquí tenemos a Dios que nos espera, que nos escucha, que nos habla al corazón. Cristo Eucaristía, presencia permanente, alimento y viático para nuestro caminar, luz que resplandece para iluminar nuestras tinieblas, fuerza y vida que nos arranca de nuestra oscuridad y nuestra muerte.
Sepamos postrarnos ante esa presencia inmensa de Dios y adoremos a Cristo Eucaristía. Acudamos a nuestros Sagrarios, Cristo allí nos espera para caminar junto a nosotros.

lunes, 27 de julio de 2009

El becerro de oro, tentación de idolatría e infidelidad

El becerro de oro, tentación de idolatría e infidelidad
Ex. 32, 15-24.30-34
Sal.105
Mt. 13, 31-35

Duro y difícil se les hacía a los israelitas el camino de la tierra prometida, porque duro y difícil es el camino del desierto; atravesar tierras inhóspitas sin agua ni suministros, en medio de calor del desierto, aunque fueran con la esperanza de la tierra prometida, podía resultar en momentos desalentador.
Pero la dificultad muchas veces podía surgir desde su mismo interior, de las tentaciones que podían sufrir que les hacía mirar atrás, a la tierra que habían dejado, aunque fuera de esclavitud; tentaciones de soledad al sentirse como abandonados en medio de aquella inmensidad.
Habían hecho ya la Alianza con el Señor, prometiendo que El sería su Dios y ellos serían su pueblo. Moisés había vuelto a la montaña donde recibiría la ley del Señor y el tiempo se prolongaba. Ahora cuando Moisés baja del Sinaí con las tablas de la ley se encuentra con un pueblo que ha vuelto a la idolatría.
‘Sabes que este pueblo es un pueblo perverso, le dice Aarón a Moisés ante su ira. Me dijeron: haznos un dios que vaya delante de nosotros , pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto no sabemos lo que le ha pasado…’ Fundieron todos sus objetos de oro y se hicieron un becerro de oro al que adorar.
No nos extrañe esta tentación a la idolatría. Los israelitas eran un pueblo que creía en un único Dios en medio de otros pueblos que tenían numerosos dioses además con representaciones en figuras humanas o de animales, como era el mismo pueblo de Egipto de donde habían salido. Es la tentación de la idolatría y de la infidelidad en la que han caído.
‘En Horeb se hicieron un becerro… se olvidaron de Dios, su Salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos en el mar Rojo’. Pronto olvidaron todas las maravillas que había obrado el Dios de sus padres para sacarlos de Egipto, hacerlos atravesar a pie enjuto el mar Rojo y ahora les conduciría por el desierto a la tierra de promisión. Olvidaron a Dios y olvidaron su Alianza, cayendo en la infidelidad.
Es tentación que nosotros sufrimos también. Cuántas veces hemos sustituido al único Dios que nos salva por esos ídolos de las cosas materiales a las que apegamos nuestro corazón. Cuántas veces después de haber prometido fidelidad al Señor una y otra vez protestando por nuestro amor, caemos en la infidelidad de olvidarnos de Dios, vivir como si Dios no existiera, dejándonos arrastrar por el pecado.
‘Habéis cometido un pecado gravísimo haciéndoos dioses de oro’, les echa en cara Moisés. Pero Moisés es aquel a quien Dios ha confiado la misión de llevar ese pueblo a la tierra prometida. Siente como algo suyo todo lo que le puede pasar a su pueblo. Es el mediador que se va a acercar a Dios para pedir perdón por su pueblo. ‘Ahora subiré al Señor a expiar vuestro pecado’. Y le vemos porfiando con Dios para que perdone el pecado de su pueblo y si no que se olvide de él para conducirlo por el desierto.
Esa imagen intercesora de Moisés es un anticipo del que va a ser nuestro Único Mediador, Cristo Jesús, que intercede por nosotros, que se ofrece por nosotros, que derrama su sangre para obtenernos el perdón de Dios. ‘Este el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’. Y nos trae Jesús de nuevo al camino de la fe, al camino de la Alianza, al camino de la misericordia de Dios. Sentimos sobre nosotros la suave brisa reconfortadota de la misericordia de Dios siempre dispuesto a perdonarnos.

domingo, 26 de julio de 2009

Nuestros cinco panes de cebada


2Rey. 4, 42-44;

Sal. 144;

Ef. 4, 1-6;

Jn. 6, 1-15



Comienza el evangelio diciéndonos que ‘seguía mucha gente a Jesús, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Concluirá diciéndonos que ‘las gentes la gente el signo que había hecho decía: Este es el Profeta que había de venir’. Y querían hacerlo rey.
Jesús realiza un gran signo. Un signo que va a tener resonancias pascuales. Los mismos gestos que Jesús realiza, ‘tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió’, los va a repetir en la Última Cena y serán los que nosotros repitamos cada vez que celebremos el Memorial de su Pascua. Por eso el evangelista apunta, ‘estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos’. Era un anticipo de la pascua definitiva y eterna que nosotros celebramos para siempre cada vez que celebramos la Eucaristía.
Jesús había subido a la montaña y allí se había sentado con los discípulos. Al levantar los ojos y ver la multitud que se acercaba dice a Felipe: ‘¿Con qué compraremos panes para tanta gente, para que coman estos?’ Esta vez el evangelista no nos dice que Jesús se pusiera a enseñarles, como tantas veces nos lo repite el evangelio en ocasiones así que mucha gente se reúne a su alrededor. La lección de Jesús hoy es su actuar; su misericordia y compasión que le mueve a actuar ante una necesidad que está ante El y que nos impulsa a actuar a nosotros.
El sabía lo que había que hacer, pero implica a los discípulos, implica a la gente que está ante El con su necesidad. Es la pregunta a Felipe y es el actuar de Andrés que averigua qué es lo que hay y donde puede haber soluciones. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero ¿qué es eso para tantos?’ Ya Felipe había dicho ‘doscientos denarios de pan no bastan para comprar para que a cada uno le toque un pedazo… ¿y dónde lo vamos a comprar en descampado?’ Pero también se ha implicado a aquel muchacho que pone a disposición los cinco panes de cebada y los dos peces.
Es el pan de los pobres; panes de cebada, no de harina de trigo. Como la ofrenda de los pobres eran aquellos veinte panes de cebada del milagro de Eliseo, en la primera lectura. ‘Vino un hombre de Bal-Salisá trayendo en la alforja el pan de las primicias –veinte panes de cebada – y grano reciente para el siervo del Señor’.
El pan de los pobres que se parte y se reparte; el pan de los pobres que cuando se comparte dará para tanto que al final hasta sobrará. ‘Esto dice el Señor. Comerás y sobrará… comieron y sobró como había dicho el Señor’, según nos dice el libro de los Reyes.
‘Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido’, nos señala detalladamente el evangelista.
Es grande la lección. El pan de los pobres compartido da para mucho. Esto nos tendría que hacer reflexionar mucho. Cuando rebosamos de amor cómo puede cambiar la visión de las cosas; cómo los problemas no son tan grandes problemas, porque la solidaridad de los que ponemos o somos capaces de poner los cinco panes de cebada de nuestra pobreza, grandes soluciones se pueden encontrar. ¡Qué distinto sería nuestro mundo si todos entráramos en ese camino de solidaridad! ¡Qué dados al derroche en los tiempos de las vacas gordas del bienestar y qué poquito somos capaces de pensar en los demás!
Ya al principio del comentario dejamos entrever la relación de este signo de Jesús con la Pascua y con la Eucaristía. En los próximos domingos vamos a escuchar lo que llamamos el discurso del ‘pan de vida’, que nos anuncia la Eucaristía. Pero también lo que hoy hemos escuchado nos está dando pautas del compromiso que para el cristiano significa celebrar la Eucaristía.
El pan multiplicado, ya fuera en el milagro de Eliseo, ya por Jesús en el Evangelio, es el pan de las ofrendas. Ofrenda de los pobres, como dijimos, fueron los 20 panes de cebada de lo que nos habla la primera lectura. Ofrenda de los pobres fueron los cinco panes de cebada y los dos peces del muchacho del evangelio.
Es la ofrenda que tenemos que saber hacer nosotros en la Eucaristía. Porque no venimos como espectadores de lo que hace Jesús, sino que El quiere contar con nosotros como contó con Felipe y Andrés, y como contó con el joven que ofreció los cinco panes de su pobreza. El quiere también implicarnos a nosotros. De ninguna manera la actitud del cristiano puede ser la actitud pasiva.
Tenemos que hacer nuestra ofrenda, poner nuestros panes de cebada si en nuestra pobreza eso es lo que tenemos. ¡Cuánto se puede hacer con poquita cosa! No olvidemos que el Señor sabe multiplicarlo. Y no es que nos contemos con poca cosa por tacañanería, porque hemos de ser generosos para poner lo que somos, lo que es nuestra vida, lo que tenemos. Es lo que hacemos en cada Eucaristía cuando llega el momento de las ofrendas. No es que simplemente de forma ritual traigamos el pan y el vino de la Eucaristía, sino que ese momento tiene que tener su hondura, su profundidad, la hondura y la profundidad que nosotros queramos darle con toda nuestra vida.
Y es que la Eucaristía nos compromete. De la ofrenda de la Eucaristía tenemos que salir con un compromiso en el compartir generoso. Por eso ritualmente es el momento es que se recoge aquello con lo que económicamente queramos contribuir para los pobres o para las necesidades de la Iglesia. Pero es mucho más que una moneda lo que tenemos que poner en ese momento de la Eucaristía. Es nuestra vida, la generosidad de nuestro corazón, nuestro compromiso de amor. Es la ofrenda de nuestro trabajo en todos los sentidos. Es la ofrenda de aquello que hacemos y vivimos dentro de la Iglesia y de la comunidad. Es la ofrenda de nuestro compromiso a nivel social o político con nuestro mundo.
No se puso Jesús a enseñar a la gente, como decíamos antes, cuando subió a la montaña, pero sus gestos, sus actitud, su generosidad, su corazón compasivo nos está invitando a muchas cosas.

sábado, 25 de julio de 2009

Un camino de fe que se transforma en camino de solidaridad y servicio


Hech. 4, 33. 5, 12.27-33. 12, 2;

Sal. 66;

2Cor. 4, 7-15;

Mt. 20, 20-28



Pocos versículos antes del relato que nos trae hoy el evangelio con la petición de la madre de los Zebedeos a Jesús en favor de sus hijos, nos dice el evangelista que ‘iban subiendo a Jerusalén’. En camino a Jerusalén cuando Jesús había anunciado su pasión y su muerte aquellos dos discípulos se valen de la influencia de la madre – o sería que como toda buena madre quería cosas grandes para sus hijos… - para pedir ‘un puesto a la derecha y otro a la izquierda’ cuando llegue la hora del Reino.
Un día pasando Jesús junto a ellos en la orilla del lago les invitó a ponerse en camino. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Se habían puesto en camino. Estaban con Jesús a donde quiera que Jesús marchara. Así habían recorrido todos los caminos de Galilea y Palestina. Por Jesús estaban dispuestos a todo. Había ido creciendo la fe en Jesús porque sus palabras y su vida despertaban en ellos esperanza.
Con Santiago igual que con Juan, su hermano, y con Pedro Jesús había tenido detalles especiales. Habían entrado con Jesús a la casa de Jairo para ser testigo de la resurrección de la niña. Con Jesús habían subido hasta el Tabor para ser testigos de la transfiguración que tanto les alentara para la próxima pasión.
Todo eso no impedía que pudieran tener dudas o apareciera la tentación de la ambición. Esa era, entonces, la petición de la madre. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ ¿No pretendían puestos de honor? Pero Jesús les habla de cáliz y hablar de cáliz era hablar de amargura y sufrimiento, de entrega y hasta de muerte.
Pero responden firmemente. ‘Podemos’ Y Jesús les dice: ‘No sabéis lo que pedís!’ ¿Sabían o no querían entender? Algunas veces nos hacemos sordos. Versículos antes, como dijimos, Jesús había hablado de pasión y de muerte. Y si antes les costaba entender ahora Jesús les habla bien claro. ‘Mi cáliz lo beberéis…’ los primeros puestos y lo demás eso es cosa del Padre.
Pero entre vosotros no puede ser como sucede con los poderosos de este mundo. Prometen cosas, dicen que están al servicio del pueblo, pero al final terminan imponiéndose y oprimiendo. ‘Los jefes del pueblo los tiranizan y los grandes los oprimen. No será así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor. El que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’.
Y Jesús se nos pone como modelo, nos da el sentido de su vida que no es otra que la del servicio y la del amor. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’. Y siguieron caminando.
Gozosamente estamos celebrando hoy la fiesta del Apóstol Santiago. Todo hoy en la vida del Apóstol nos habla de camino. Su camino de seguimiento de Jesús, por su fe en Jesús y por amor a El cuando Cristo los envió por todo el mundo a anunciar la Buena Noticia de la Salvación, hizo llegar a Santiago a lo que era entonces los confines de la tierra. Hermosa tradición lo sitúa en tierra hispana predicando el evangelio, aunque muriera a manos de Herodes en Jerusalén, pero su sepulcro lo tenemos en el Campo de las Estrellas, en Compostela, que eso significa.
Agradecidos cantamos la alabanza del Señor porque él nos trajera la fe apostólica y con su patrocinio se conserve la fe en los pueblos de España y a su ejemplo y con su ayuda tantos miles y miles de misioneros a través de todos los tiempos han llevado y propagado por todos los pueblos del mundo esa misma fe en Jesús que el apóstol nos trasmitió. Como Santiago también nosotros nos hemos puesto en el camino de la fe.
Por ese camino de fe que es el Camino de Santiago también desde todos los rincones de Europa primero y ahora podemos decir desde todo el mundo, son muchos los peregrinos que se acercan a su tumba para sentirse fortalecidos en su fe. He sido testigo en alguna ocasión de ese peregrinar de muchos en ese camino para terminar no sólo en el abrazo del Apóstol sino en el abrazo con el Padre en Cristo en los sacramentos que nos llenan de la vida de Jesús.
Entendía Santiago, y también tenemos que entenderlo nosotros, y esa puede ser la hermosa lección que recibamos en este día, que el camino de la fe tiene que pasar necesariamente por el camino de la solidaridad y el servicio. Hacerse el último y el servidor de todos, fue la consigna que les dio Jesús como escuchamos hoy en el evangelio.
Fue la entrega del Apóstol que le llevara al supremo sacrificio del martirio. Y la entrega y el sacrificio primero que el Señor nos pide en todo momento, porque ése es el distintivo del cristiano, pero que quizá en este momento tendría que destacar de manera especial, ha de ser la de la solidaridad y el servicio.
Momentos difíciles son los que vive nuestra sociedad. Pero cuando decimos momentos difíciles no se nos puede quedar en rostros anónimos, sino que ahí hemos de saber poner rostros concretos, los rostros de cuantos a nuestro alrededor pasan necesidad, carencia de trabajo, no tienen lo suficiente para una vida digna; el rostro de tantos que sufren de mil maneras como podemos ver en nuestras calles, o escuchar y ver con los ojos del corazón sin necesidad de ir muy lejos para descubrirlos y encontrarlos.
Que el Señor ponga amor en nuestro corazón; que se despierten nuestros mejores sentimientos humanitarios y compasivos; que la solidaridad aflore en nuestra vida para compartir con generosidad. No olvidemos que ese Jesús en quien creemos, cuya fe trajo el apóstol Santiago a nuestros pueblos de España, nos dirá que le descubriremos a El y le encontraremos en el que tiene hambre a nuestro lado, está sediento o desnudo, enfermo o necesitado de una mano que se tienda hasta él con el consuelo y con el amor.
El camino de la fe pasa necesariamente por el camino de la solidaridad y del servicio.

viernes, 24 de julio de 2009

Preparemos la tierra para dar fruto al ciento por uno

Ex. 20, 1-17
Sal.18
Mt. 13, 18-23


Hay quienes no entienden y hay quienes no atienden. Nos sucede en la conversación ordinaria con las personas. Hablamos con alguien y pareciera que hablamos idiomas distintos, no terminan de entendernos. No entienden por eso, porque quizá no llegan más allá de las palabras que les decimos para captar el pensamiento o la idea que le queremos trasmitir o no nos entienden porque están en otro lado, no atienden. Porque viven así, a la ligera, a lo que salga y no se paran a reflexionar con un poquito de profundidad, porque hay cosas que les distraen, preocupaciones, cosas que están recordando siempre de lo que han hecho o cosas que tienen que hacer. Están ensimismados. No atienden ni entienden cuando las ambiciones son lo único que los guía, las pasiones que se desatan y te dejan inquieto continuamente.
Esto que nos sucede en la vida ordinario, en nuestro trato o conversación con los que tratamos todos los días también nos sucede ante lo que el Señor nos dice, ante la Palabra de Dios que se nos proclama, ante la llamada del Señor. De esto nos está hablando el evangelio que venimos reflexionando en estos días. Hoy Jesús nos explica la parábola del sembrador. ‘Vosotros oíd, lo que significa la parábola del sembrador…’
También nos sucede que no entendemos o no atendemos. La Palabra se nos hace lejana y difícil. Nos hemos quedado quizá en una fe muy elemental y no hemos sido capaces de darle una profundidad a la fe en nuestra vida. Pareciera que nos bastara la fe del carbonero, como se solía decir. Nos hemos quedado quizá con conceptos infantiles, y somos como niños en el orden de nuestra fe porque no hemos crecido, porque no la hemos madurado. ‘Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en el corazón’.
A mí que me van a enseñar, escuchamos decir a muchos cuando los invitas a una profundización en la fe, a una charla o a una catequesis de adultos; si yo soy cristiano de toda la vida. Pero no sabemos dar razón de nuestra fe. Cuando alguien nos pregunta no sabemos que responder; cuando vienen a decirnos otras ideas o pensamientos sobre la fe y la religión lo que hacemos es recular, huir, porque no nos sentimos capaces de hacer frente. Vivimos una fe demasiado superficial.
Será la tierra dura del camino donde es imposible que se pueda enterrar la semilla para que germine; se quedará encima del camino para ser pisoteada o comida por las aves. O será la semilla planta en terreno pedregoso donde no puede echar raíces y aunque brote quizá pronto y fácil, pronto y fácil se secará también por falta de raíz y de la necesaria humedad. ‘La escucha y la acepta enseguida con alegría, pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe’.
Pero están también los que en su vida están en otra cosa, porque otras son sus preocupaciones y quizá relegan la fe a una devoción para cuando tenga tiempo; o están los que viven tan enfrascados en sus ambiciones o en las pasiones que se desbordan que su vida estará hecha un tremendo desorden dónde con dificultad pueda prender la semilla de la Palabra del Señor. Las preocupaciones, las ambiciones, las pasiones lo ahogan todo. ‘La ahogan y se queda estéril’.
Es necesario ser tierra buena para poder dar fruto. Y seguro que estamos deseando en nuestro interior que seamos en verdad esa tierra buena. Pero la tierra buena los agricultores la preparan, no es una tierra que salga así como así; hay que labrarla, decantarla, limpiarla de malas yerbas, desinsectarla. Es lo que vemos hacer a nuestros agricultores, no echan la simiente a la tierra sin haberla preparado antes concienzudamente.
Para que seamos esa tierra buena hacen falta muchas cosas. Primero que con fe pidamos al Señor que nos conceda su Espíritu; Espíritu de Sabiduría, y de ciencia, y de conocimiento de Dios, Espíritu de fortaleza. Para que podamos conocer a Dios; para que podamos ahondar en su misterio; para que tengamos la fortaleza que nos de constancia; para que no sucumbamos ante la primera tentación.
Pero algo más tenemos que hacer. Por nuestra parte también tenemos que poner mucho. Tenemos que comenzar por quitar superficialidades y tener deseo de formarnos para poder crecer en nuestra fe. Es necesario que queramos conocer más nuestra fe, formarnos, aprovechar tantos y tantos medios que tenemos a nuestro alcance para adquirir esa formación que no viene sola; y tenemos que leer la Biblia, estudiar ordenadamente el catecismo, asistir a unas catequesis de adultos que nos ayuden a hacer ese camino, escachar todo lo que pueda ser enseñanza espiritual que nos ayude, dejarnos conducir por la Iglesia escuchando y estudiando su magisterio. Sólo así podremos entender; sólo así podremos dar razón de nuestra fe y llegar a dar el testimonio de nuestro compromiso y de nuestro amor.
¿Queremos dar el ciento por uno? Preparemos la tierra de nuestra vida y de nuestro corazón.

jueves, 23 de julio de 2009

Abuelos y abuelas, maestros de sabiduría y valentía


Celebración del día de los Abuelos
reflexión-homilía pronunciada
en un Hogar de Ancianos
de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Se adelantó a este día la celebración
por razones organizativas del Centro


Celebramos el día 26 de Julio a san Joaquín y santa Ana, los padres de María, la Virgen, la Madre de Jesús. Nada nos dice la Biblia sobre ellos; simplemente nos dejamos llevar por una tradición que arranca del siglo II que los señala como los padres de la Virgen. Cercana a donde estaba situado el templo de Jerusalén hoy hay una antigua Iglesia que nos habla de santa Ana y se nos señala allí como el lugar del nacimiento de María, luego sería el lugar de la casa de Joaquín y Ana.
No nos vamos a entretener en tradiciones o leyendas sobre los padres de María, sino simplemente considerar qué dicha ser los padres de la que iba a ser la Madre de Dios. Pero sí se me ocurre una cosa y es pensar que si en María vemos una fe tan grande, una humildad tan profunda o un amor tan exquisito y generoso, por fijarnos sólo en algunas virtudes. ¿por qué no podemos pensar en los padres que le dieron tal educación, supieron trasmitirle tal fe y corona tan preciosa de virtudes?
Claro que eso tendría que hacernos reflexionar en cómo hoy se está trasmitiendo de generación en generación esa fe y esos valores cristianos. Desgraciadamente sabemos que en nuestro tiempo esa cadena de transmisión de la fe y de los valores y virtudes cristianas se está rompiendo. Por distintas influencias y razones ya en nuestros hogares se han ido perdiendo esas vivencias religiosas y el materialismo de nuestra vida moderna ha ido sustituyendo esos valores espirituales y cristianos.
No nos podemos quedar en lamentaciones y lloros sino que tenemos que saber buscar remedio a esas situaciones y quien tiene viva y encendida esa lámpara de la fe no la podría dejar apagar sino que más aún tiene que buscar la forma de contagiar de esa luz a los demás.
Ahí está esa labor insustituible de los abuelos cristianos en el ámbito de la familia para, con todo respeto, sí, pero con firmeza y valentía dar el testimonio contagioso de esa fe y de esos valores cristianos a las generaciones que nos siguen.
El Papa os llama a vosotros abuelos y abuelas, queridos ancianos y ancianas, ‘fuente de enriquecimiento para las familias, para la Iglesia y para toda la sociedad’.
¡Cuánta sabiduría de la buena encerráis en vuestras vidas! ‘Maestros de sabiduría y valentía, os dice el Papa Benedicto XVI, que trasmiten a las generaciones futuras los frutos de su madura experiencia humana y espiritual’.
‘Pilares fuertes de la fe evangélica, custodios de los nobles ideales hogareños, tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas’. ¡Cuánto podríamos comentar de estos aspectos!
Abuelos y abuelas, ancianos y ancianas, considerad bien todo esto que os llama el Papa porque además eso os está diciendo cuánto vale vuestra vida. No os sintáis arrinconados por la vida. Ocupáis un lugar importante en la sociedad, aunque algunos lo quieran ocultar, y mucho podéis ofreceros de la rica experiencia de la vida. Muchas cosas nos podéis transmitir.
No perdáis la ilusión, la esperanza y las ganas de vivir. Lo peor que podéis hacer es encogeros y arrinconaros en un rincón pensando que solamente ahora os toca esperar que os llegue la hora de la muerte. Eso de ninguna manera. Tenéis vida y, aunque ahora no tengáis la fuerza física de vuestro cuerpo como en otro tiempo, sí podéis tener una fuerza espiritual muy grande y que es más importante que la fuerza física. Poned ilusión, vida, esperanza, vigor interior, amor en todo lo que hacéis.
Sabed ser agradecidos, primero que todo a Dios, que podéis vivir acogidos en centros como este recibiendo el cariño de cuantos os rodean. Nosotros, los que estamos a vuestro alrededor, queremos agradecer también ese cariño que os dais y queremos aprender de vosotros muchas cosas.
Pensad también que estar aquí es una gracia especial del Señor para que reavivéis vuestra fe y vuestra práctica religiosa, algunas veces quizá olvidada o dejada a un lado. Porque no olvidéis también que con vuestra fe y vuestras oraciones estáis haciendo un bien muy grande a la Iglesia. La Iglesia os ofrece esa acogida y cariño que las Hermanitas os dispensan así como de todo el personal de este centro. Pero vosotros estáis dando también un tesoro grande a la Iglesia y mucho más aún quizá podéis ofrecer.
Abuelos y abuelas os queremos, estad seguro de ellos, y os digo también, os necesitamos, necesitamos de vuestro cariño, de vuestra experiencia y de vuestra sabiduría de la vida.

¿Por qué les hablas en parábolas?

Ex. 19, 1-2.9-11.16-20
Sal. Dn. 3
Mt. 13, 1-17


‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Acudió tanta gente, que tuvo que subirse a una barca, se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas…’
Comienzo esta reflexión haciendo referencia al texto que la liturgia nos ofrecía el día de ayer, pero que al celebrar a Santa María Magdalena no pudimos proclamar. Para no perder la continuidad de la Palabra proclamada cada día y siendo además que el texto de hoy hace referencia al citado, es por lo que unimos los textos de los dos días en nuestro comentario.
Hoy precisamente comienza diciéndonos que ‘al llegar a casa se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?’ ¿Por qué habla Jesús en parábolas? La gente del entorno del pueblo de Israel y cuanto más al oriente con más intensidad son muy dados a hablar con un lenguaje muy lleno de imágenes, ejemplos y comparaciones. Es el estilo, incluso pedagógico, que emplea Jesús: las parábolas.
Pero igualmente podemos pensar que en el mundo en el que vivimos es el mundo de las imágenes. Todo está lleno de imágenes y todo se expresa con imágenes. Pensemos en todos los medio audiovisuales que hoy se utilizan; pensemos igualmente en la publicidad, por ejemplo. Imágenes que tienen su propia lectura para descubrir o descifrar su significado, que va más allá de lo que es la imagen en sí misma, porque lo que hace es sugerirnos mensajes, ideas, etc.
Eso son en cierto modo las parábolas: una historia rica en imágenes, una comparación o un ejemplo que se nos pone y que tenemos que saber leer para descubrir su mensaje. La misma parábola que hoy Jesús nos ha propuesto es algo más que hablarnos de un sembrar que echa la semilla a boleo para que caiga donde caiga. No toda la semilla dará igual fruto, porque alguna caerá en terrenos nos apropiados para que pueda germinar. Pero eso quiere decirnos algo más que simplemente hablarnos de un sembrador. Es por eso por lo que es una parábola que nos quiere trasmitir un mensaje. Mañana entraremos en comentario más hondo a esta parábola porque se la escucharemos explicar a Cristo mismo.
Pero la pregunta de los discípulos era ‘¿por qué les hablas en parábolas?’ ¿por qué a la gente le habla en parábolas mientras a ellos les explica las cosas de otra manera. Y ahí viene la respuesta de Jesús que nos puede parecer un tanto enigmática. ‘Porque ellos miran sin ver y escuchan sin oír ni entender…’ Y el evangelista recuerda una profecía de Isaías que dice semejantes palabras.
Hay muchos que no quieren oír ni entender; muchos que no quieren ver; muchos a los que se les cierra el corazón para no dejar que la gracia de Dios llegue hasta ellos. Están contentos como están que no sienten ninguna ilusión porque la cosas sean de forma distinta; mejor entonces no oír, ni ver. Nos pasa muchas veces.
Es cuestión de gracia de Dios el poder escuchar su Palabra y su mensaje. Y de una cosa podemos estar seguros: la gracia de Dios no nos faltará nunca. Somos nosotros los que no nos dejamos conducir ni guiar por esa gracia.
‘Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron’. Dichosos los discípulos que pudieron oír de viva voz la palabra de Jesús. Cuánta envidia sentimos a veces de los discípulos que estuvieron en contacto directo con Jesús. Pero Jesús nos está llamando dichosos a nosotros también, los que cada día tenemos la oportunidad de escuchar su palabra, de dejar que su semilla cada día se siempre en nosotros. Es una gracia del Señor que tenemos que saber agradecer. Una gracia del Señor que tenemos que saber aprovechar.

miércoles, 22 de julio de 2009

María Magdalena, la primer testigo de Jesús resucitado

Cantar de los Cantares, 3, 1-4
Sal. 62
Jn. 20, 1-2. 11-18


‘¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, sudarios y mortaja… resucitó de verás mi amor y mi esperaza’. Hermoso diálogo con María Magdalena a quien hoy celebramos en la antífona de hoy tomada de la secuencia o himno pascual del día de la resurrección del Señor.
María Magdalena pecadora pero enamorada hondamente del Señor. De ella nos dice el evangelista Jesús había arrojado siete demonios; una referencia quizá a su condición de mujer pecadora que se acercó a Jesús y porque amó mucho se le perdonaron sus muchos pecados. ‘Porque amó mucho se le perdonan sus muchos pecados’, le dirá Jesús a Simón el fariseo que había invitado a Jesús.
‘Me levanté y busqué por las calles y las plazas el amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré… apenas los pasé, encontré al amor de mi alma’, canta la esposa en el Cantar de los Cantares. Y en el salmo hemos clamado ‘mi alma es tá sedienta de ti, Señor, Dios mío… mi alma tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostado, sin agua’, repetimos y meditamos en el salmo expresando el deseo de amor de María Magdalena que quiere ser también nuestro deseo de Dios. No es necesario meternos en fantasías y especulaciones como los apócrifos hicieron o quieren hoy resaltar autores modernos de modo, para comprender lo que es el corazón lleno de amor de Magdalena a quien tanto le había dado con su llamada y su perdón.
Un amor grande que le hizo seguir a Jesús con otras mujeres que le servían, amor grande por el que la encontramos al pie de la cruz en el calvario junto con la Madre de Jesús; amor grande que nos la hace encontrarla a la entrada del sepulcro, ahora llorosa porque ‘se han llevado el cuerpo de Señor’; amor que la convertirá en la primer testigo de la resurrección del Señor y la primera misionera que llevará la noticia de la resurrección a los demás apóstoles. Los santos padres dirán de María Magdalena que fue ‘apóstol de los apóstoles’, por esa misión que le encomendó el Señor.
Bello el diálogo del evangelio. ‘Mujer ¿por qué lloras?’ ,le preguntan primero los ángeles cuando está postrada y llorosa a la entrada del sepulcro. ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto’, fue su respuesta.
‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?’ será ahora la pregunta que Jesús mismo le haga, aunque sus lágrimas le impiden conocerlo. Ella busca un cuerpo muerto pero allí está Cristo vivo y lo confunde con el hortelano. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré’. Será cuando Jesús la llame por su nombre ‘¡María!’ - ¡Cómo sería esa llamada de Jesús a María por su propio nombre! - cuando llegue el reconocimiento y la proclamación de fe. ‘¡Rabboni!...Maestro’, será la aclamación.
‘Anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro… María Magdalena fue y anunció a los discípulos: he visto al Señor y me ha dicho esto…’ La primera mensajera, el primer testigo, el primer apóstol que anuncia la resurrección del Señor.
Celebramos a María Magdalena y aprendemos de su arrepentimiento, reconociendo que somos pecadores, y de su amor. Ofrenda de amor hemos de saber hacer nosotros a Dios, como lo hizo ella, que aceptará con tanta misericordia nuestro Señor Jesús, como expresamos en una de las oraciones de la liturgia.
Celebramos a Magdalena y como ella nos llenamos de la alegría pascual, para correr también a los demás gozosos y convencidos de que Jesús es el Señor y resucitó. Que escuchemos también la llamada que el Señor nos hace por nuestro propio nombre allá en lo más hondo de nosotros mismos.
Celebramos a María Magdalena y queriendo dar testimonio de Jesús ahora mientras caminamos por esta vida, también ansiamos que un día podamos verle cara a cara en el reino eterno de Dios, como también pedimos en las oraciones de esta liturgia. María Magdalena ya contempló cara a cara a Cristo resucitado; nuestra esperanza es que un día también nosotros podemos contemplarlo en el cielo para darle toda la gloria que como Dios se merece.

martes, 21 de julio de 2009

El mar rojo, paso de la esclavitud a la libertad, nos recuerda el bautismo

Ex. 14, 21-15, 1
Cántico Ex.15, 8-12.17
Mt. 12, 46-50


Hay tres momentos importantes en la historia de Israel en torno a la liberación de los Israelitas de Egipto: La celebración de la Pascua y la salida de Egipto, el paso del mar Rojo y la celebración de la Alianza en el Sinaí.
Hoy nos encontramos en el segundo momento, el paso del Mar Rojo; días atrás hemos escuchado todo lo referencia a la celebración de la Pascua y la preparación de la salida de Egipto. El paso del Mar Rojo tiene un significado muy especial para los Israelitas, pero tiene también para nosotros, los cristianos, un hondo significado.
Para los judíos fue el momento de la ruptura con el mundo anterior en que vivían en la esclavitud para abrirse camino hacia la libertad y hacia la tierra que les había prometido el Señor. Geográficamente incluso tiene ese sentido porque atravesar el Mar Rojo era dejar atrás Egipto y entrar ya en las fronteras de una tierra nueva.
Fueron momentos difíciles de duda, como volverán a repetirse muchas veces en su largo peregrinar. Atrás que Egipto y la esclavitud. Delante se abre un camino, aún duro, que lleva a la tierra de nueva vida y de libertad. Pero, repito, quedan las dudas en el interior sobre si merece la pena emprender ese camino. Más aún, cuando se ven acosados teniendo enfrente el mar como una barrera que han de atravesar con su dificultad, pero detrás tienen al Faraón que, arrepentido de dejarlos marchar, viene en su persecución.
‘¿No había sepulcros en Egipto? Nos has traído a morir en el desierto. ¿Qué es lo que has hecho con nosotros sacándonos de Egipto? ¿No te lo decíamos en Egipto? Déjanos en paz y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto’. Era la queja contra Moisés. Era la duda en su corazón. ¿No será también nuestra duda y tentación? Emprendemos un camino de superación queriéndonos arrancar de nuestros pecados y esclavitudes; pero es necesario el sacrificio y el esfuerzo; queremos muchas veces volvernos atrás, porque nos parecía que aquella vida era mejor.
‘No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy… el Señor peleará por vosotros, esperad en silencio’. También nosotros necesitamos escuchar esa Palabra de aliento en la presencia del Señor.
Y se manifestó la gloria del Señor. ‘Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este que secó el mar y se dividieron las aguas. Los israelitas pasaron el mar a pie enjuto, mientras las aguas formaban una muralla a derecha e izquierda…' El pueblo agradecido reconoció la acción del Dios que les liberaba y entonaron el canto de victoria en la alabanza al Señor. ‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria’. Ya podían caminar como pueblo libre hacia la tierra prometida aunque el camino aún sería largo.
Pero decíamos también que este hecho tiene un hondo significado para nosotros los cristianos. El paso del Mar Rojo es imagen para nosotros del Bautismo. Pasamos también en medio de las aguas que nos liberan y dan nueva vida. Es para nosotros también un nuevo nacimiento, como lo fue para aquel pueblo.
Como decimos en la liturgia bautismal a la hora de bendecir el agua del Bautismo, ‘hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abrahán para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados’.
Hemos cruzado nuestro mar Rojo en las aguas del Bautismo. Caminemos alegres, victoriosos hacia la vida nueva. No nos faltarán tentaciones que nos quieran volver a arrastrar a la esclavitud del pecado, pero somos los que ya hemos sido liberados. Así tenemos que vivir.

lunes, 20 de julio de 2009

No endurezcamos nuestro corazón sino contemplemos la gran señal que es Cristo resucitado

Ex. 14, 5-18
Cántico Ex. 15, 1-6
Mt. 12, 38-42

‘No endurezcáis hoy el corazón, sino escuchad la voz del Señor’. Ha sido la antífona del aleluya antes del Evangelio tomada de un salmo. Una invitación muy importante que nos hace el Señor ante la Palabra que se nos proclama. No endurecer el corazón. Un corazón duro se hace impenetrable a la gracia del Señor. Ya tendríamos que recordar lo que no dicen los profetas de cambiar nuestro corazón de piedra por un corazón de carne.
Lo endurecemos y se crea como una costra a su alrededor que impide que penetre esa gracia del Señor. Esa corteza de nuestro pecado que nos endurece e insensibiliza. Tantas cosas que nos insensibilizan y nos impiden escuchar la voz del Señor, cosas que nos distraen tanto que aunque oigamos no escuchamos.
Tantas veces nos sucede a nuestro oído llegan los sonidos pero a nuestro corazón no llega ninguna voz, porque no escuchamos. La imaginación – la loca de la casa, que decía santa Teresa - llena de imágenes nuestra mente que nos distraen y nos impiden escuchar. Perdemos esa sensibilidad de la escucha cuando nos dejamos llevar por la desgana, por la rutina, cuando no le damos profundidad a aquello en lo que estamos. Cuantas veces nos sucede que hemos venido a la celebración, se proclama la Palabra, pero al final ni recordamos lo que se ha dicho, ni hemos escuchado nada en nuestro interior.
Esta antífona tiene una relación muy fuerte con el evangelio que se nos ha proclamado. ‘Un grupo de letrados y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un signo tuyo, para que creamos en ti’. Le piden un signo a Jesús. ¿No han visto los milagros que ha hecho? Los leprosos curados, los paralíticos que andan, lo ciegos a los que se les han abierto los ojos, los sordomudos que oyen y hablan… Quieren ver un signo de Jesús. ¿No han escuchado su Palabra, esa Palabra salvadora y llena de vida que Jesús pronuncia?
‘Jesús les contestó: esta generación perversa y adúltera quiere ver una señal…’ Y les habla de Jonás, por cuya predicación la ciudad entera de Nínive se convirtió. Y les habla de la reina del sur, que conociendo la sabiduría de Salomón vino desde lejos solamente para escucharle. ‘Aquí hay uno que es más que Jonás… aquí hay uno que es más que Salomón’.
Pero la gran señal, el gran signo que Jesús quiere proponerles es Jonás, pero no sólo por la predicación en Nínive, sino por lo que fue y sucedió en su vida. Cuando Jonás recibió la Palabra del Señor que le enviaba a Nínive, en lugar de ponerse en camino tierra adentro para llegar hasta la gran ciudad, quiso poner mar por medio y se embarco en dirección contraria; a España por lo menos quería llegar. Suceden muchas cosas: la tempestad que casi hace zozobrar el barco, el ser arrojado al mar en medio de la tormenta porque comprende su culpa y piensa que así se vería liberado de ella, el ser tragado por aquel gran cetáceo que a los tres días lo vomitó sano y vivo en la playa.
Ese es el gran signo que Jesús les quiere proponer. ‘No se les dará más signo que Jonás’. El signo de Jonás nos está hablando de la resurrección. Porque Jesús está hablándoles de su propia resurrección. Murió, fue sepultado y al tercer día resucitó. Es la gran señal que Jesús nos da; es el signo de nuestra fe: Cristo muerto y resucitado. Es el gran signo porque es el triunfo de Cristo y es lo que centra toda nuestra fe, porque sin creer en Cristo muerto y resucitado nuestra fe no tendría pleno sentido.
Escuchemos la voz del Señor, contemplemos a Cristo muerto y resucitado, no endurezcamos nuestro corazón, plantemos la palabra de gracia que nos salva en lo más hondo de nuestra vida. No huyamos de esa gracia salvadora de Jesús ni de la invitación que nos hace a seguirle y a convertirnos a El.

domingo, 19 de julio de 2009

Muros que nos dividen y separan… Cristo vino a traernos la paz


Jer. 23, 1-6;

Sal. 22;

Ef. 2, 13-18;

Mc. 6, 30-34


A la Palabra de Dios tenemos que acercarnos siempre con sinceridad y corazón abierto para poder escuchar mejor lo que el Señor quiere decir a cada uno en particular para iluminar su vida; pero también somos una comunidad peregrina y orante, una comunidad creyente reunida en asamblea a la que como tal comunidad el Señor quiere dirigir una Palabra viva que aliente y dé ánimos al pueblo creyente y peregrino.
Cada uno escucha en su interior esa Palabra que el Señor nos dirige. Y el sacerdote con su comentario y reflexión quiere ayudar a que todos nos podamos acercar, entender y llevar a la vida esa Palabra proclamada en la celebración litúrgica. El sacerdote quiere ser ese pastor bueno, del que nos habla el profeta, al que el Señor ha confiado esta parte de su rebaño y al que tiene que llevar por buenas sendas y alimentar con el mejor alimento de la Palabra. Quiero ahora fijarme en algunos aspectos que a mi me sugiere la Palabra hoy proclamada.
Nos habla el profeta Jeremías de ovejas dispersas por todas partes. Nos habla el evangelio de una multitud que corre en búsqueda de Jesús desde todas partes y que andaban como ovejas sin pastor. Y nos describe tras el mensaje que quiere trasmitirnos una situación que Cristo viene a remediar con su sangre y con su muerte en la cruz; nos habla de gentes y de pueblos divididos por el odio y por la falta de paz.
Contraponiéndolo a esa descripción el profeta, por ejemplo, anuncia que el Señor reunirá a las ovejas dispersas y, como nos dice Pablo, Cristo viene a derribar ese muro que nos separa para que tengamos paz. Y en el evangelio descubrimos que, aunque se habían ido a un lugar tranquilo y apartado a descansar, Jesús al ver la multitud sintió lástima de aquellas gentes hambrientas de Dios y de su Palabra y se puso a enseñarles pacientemente.
Jesús nos sale al encuentro y viene a nosotros con su Palabra, con su gracia, con su vida. ¿Estaremos nosotros desorientados también como ovejas sin pastor? ¿Seremos como aquellas ovejas dispersas por todas partes de las que nos habla el profeta? Miremos la realidad de nuestra vida y nuestro mundo y sabremos dar respuesta. ¿Hay hambre de Dios? ¿Hay dispersión, desorientación o falta de paz en los corazones y en nuestro mundo? ¿Hay muros que nos dividen y separan? Quiero recoger simplemente las imágenes que nos ofrecen los textos de la Palabra de Dios hoy proclamada.
¡Cuánta gente acude en ocasiones fervorosa ante una imagen de la Virgen, un santuario de devoción especial o en la fiesta que celebremos al patrono de nuestro pueblo y sólo quizá se quedan en eso! Pero ¡cuántos pasan indiferentes ante ese hecho religioso y viven con una vida al margen de la fe y de toda experiencia religiosa! Pero ¡cuántos también, tenemos que reconocer, que luego no llegan hasta un compromiso de la vida con la fe, viven situaciones en su vida, en su trabajo, en sus relaciones familiares o con los demás difíciles de compaginar con una fe cristiana comprometida, o cuántos viven con el corazón roto por el rencor, el odio, la envidia, los resentimientos y actitudes negativas semejantes! ¿No es eso una manifestación de esa desorientación y dispersión?
Sí, conocemos la realidad de ese mundo dividido y roto, de la falta de unidad para saber caminar juntos en la vida – ¡cuánto cuesta a veces un sentido de comunidad! -; no sabemos a veces colaborar juntos para luchar unidos por una sociedad mejor, o nos cuesta ser solidarios en momentos de crisis o de las malas situaciones por las que pasemos.
A la gente le cuesta entenderse y arrimar el hombro para cada uno poner su granito de arena en la solución de los problemas comunes. Y suceden estas cosas a nivel político o social y a veces nos sucede también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas y de nuestra Iglesia, aunque sea duro hay que reconocerlo. Somos desconfiados de los demás, nos encerramos en nuestras ideas o ideologías, nos enfrentamos por cualquier cosa, nos volvemos insolidarios y egoístas.
No quiero cargar las tintas en negruras, porque sabemos que no todos son así, pero si echo esta mirada cruda a la realidad en esta reflexión es porque pienso que Cristo viene con su Palabra a iluminar todas las situaciones de nuestra vida. No podemos espiritualizar tanto la salvación que Jesús nos ofrece que nos olvidemos del hombre en su situación y problemática humana concreta al que Cristo quiere salvar, para el que Cristo quiere ser su Salvador. Es el Salvador de todos los hombres y de todo hombre en todos y cada uno de los diferentes aspectos de su vida.
Como escuchamos en el Evangelio a Cristo le dio lástima aquellas personas concretas que estaban ante El con la problemática concreta que tuvieran en su vida. Y san Pablo nos habla de que Cristo vino a derribar los muros que nos separaban, vino a derribar el odio y vino a traer la paz. Y esas actitudes de las que hemos hablado anteriormente, ¿no serán muros que nos dividen y separan? Cristo quiere derribarlos, para eso ha derramado su Sangre.
Cristo vino para que ‘hiciéramos las paces, nos dice san Pablo, para hacer en El un solo hombre nuevo’. Ese hombre nuevo del entendimiento, de la unión y la colaboración; ese hombre nuevo comprometido por hacer un mundo mejor; ese hombre nuevo del amor y de la paz. ‘Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Todo eso tenemos que vivirlo ahí en ese mundo, en ese lugar concreto donde estamos: en la familia, con nuestros vecinos, con la gente con la que convivimos a diario, con aquellos con los que compartimos un mismo trabajo. Ahí, el que cree en Cristo, tiene que dar su testimonio. Ahí el creyente en Jesús tiene que llevar esa Buena Noticia de la paz.

sábado, 18 de julio de 2009

El pabilo vacilante no lo apagará

Ex. 12, 37-42
Sal. 135
Mt. 12, 14-21


‘Los fariseos, al salir, planearon el modo de acabar con Jesús’. Ya comienzan a maquinar contra Jesús.
Les habíamos visto plantearle sus reticencias y desconfianzas al modo de vida nuevo que Jesús viene planteando. Recriminan a los discípulos, que en el fondo era como echar en cara a Jesús por lo que hacen sus discípulos, porque en sábado al pasar por un campo de trigo cogieron unas espigas para estrujarlas y comerse sus granos. ‘Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado’. Ellos en su intransigencia y ritualismo aquello lo consideraban como si fuera el trabajo de segar.
Si Jesús les había anunciado a los discípulos cuando los envía que no siempre iban a ser bien recibidos, si incluso en las bienaventuranzas hay una para los que son perseguidos por causa de su nombre, Jesús sabía también que a El lo iban a perseguir. ‘Planeaban el modo de acabar con Jesús’.
‘Y Jesús, cuando se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron…’
Su obra continúa, porque continúa su predicación y los signos que realiza. ‘El lo curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran’. Le veremos en muchas ocasiones que cuando cura a un leproso o a un paralítico, les manda que no se lo digan a nadie. No quiere Jesús publicidades, sino lo que quiere Jesús es llegar al corazón y sea el corazón lo que cambie.
Esto dará pie para que el evangelista recuerde los anuncios del profeta Elías que en Jesús se van cumpliendo. Nos recoge aquí el evangelista una serie de textos del profeta Elías que no encontraremos recopilados así en las profecías sino en distintos lugares. Y es que un deseo del evangelista al trasmitirnos el evangelio es hacer hincapié en que lo anunciado se va cumpliendo en Jesús. Los destinatarios primeros del evangelio de Mateo son cristianos provenientes del judaísmo, de ahí ese interés en mencionar la Escritura.
‘Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto…’ Es proclamado de diversas maneras en la profecía de Isaías, pero seguramente a nosotros nos recordará otros dos momentos del evangelio. La manifestación de la gloria de Dios en el Jordán tras el Bautismo de Jesús, donde se oye la voz venida del cielo señalando a Jesús como el Hijo amado del Padre. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto’. Pero también nos recuerda el Tabor. Cristo transfigurado en presencia de sus discípulos y la voz del Padre que surgen en medio de la nube que los envuelve: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.
‘Sobre El he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones’
. Nos evoca lo que nos cuenta san Lucas de la visita de Jesús a la Sinagoga de Nazaret. Allí también se escogió un texto de Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque El me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres… para dar la libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’. El Señor que viene y nos anuncia el evangelio de la libertad, de la salvación, del perdón y la amnistía, de la gracia del Señor para todos. ‘…para que anuncie el derecho a las naciones’, que nos dice ahora.
Pero es un anuncio no a base de gritos ni de cosas espectaculares, sino en el silencio del corazón. Ya veíamos que Jesús nos buscaba publicidades gratuitas, sino cambiar el corazón del hombre. ‘No porfiará, no gritará, no voceará por las calles…’ No es con palabras fuertes y violentas, sino desde la humildad y la mansedumbre. No entrará en Jerusalén montado en un caballo victorioso sino en un humilde borrico. Es el estilo nuevo de Jesús que bien tendríamos que aprender a la hora de nuestra presentación del anuncio del evangelio, hecho desde la humildad y la pobreza, aprender a la hora de la actuación de la Iglesia y de predicación de los ministros sagrados.
Por eso siempre la palabra de Jesús será una palabra de aliento, una palabra que nos levante el espíritu, una palabra que haga crecer la pequeña semilla que esté sembrada en nuestro corazón. Todo lo bueno se aprovechará y servirá de base para el crecimiento del evangelio en nuestra vida. ‘La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilantes no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’. No echaremos agua para apagar un pequeño rescoldo, no dejaremos que entren vientos que apaguen las llamas vacilantes. El Espíritu del Señor acrecentará eso bueno, aunque sea pequeño, que hay en nuestro corazón.
Que crezca ese pequeño rescoldo de nuestra fe y de nuestro amor que anide en nuestro corazón. El Espíritu del Señor lo hará grande como para contagiar y encender el fuego del amor y de la fe en todos los corazones. Que eso sepa hacer y sepa ser la Iglesia también en medio de nuestro mundo. Que ese sea también el estilo de los pastores del pueblo de Dios, a la manera de Jesús.

viernes, 17 de julio de 2009

Es la Pascua, el paso del Señor… la sangre será vuestra señal…

Ex. 11, 10-12, 14
Sal. 115
Mt. 12, 1-8

‘Moisés y Aarón hicieron muchos prodigios en presencia del Faraón; pero el Señor hizo que el Faraón se empeñara en no dejar machar a los israelitas de su tierra…’
Hemos escuchado anteriormente como Dios en el Horeb confía Moisés la misión de ir al Faraón para sacar a los israelitas y llevarlos a la tierra prometida por el Señor. Pero ya Dios le anunciaba que el rey de Egipto no los dejaría marchar ni a la fuerza. Con el testo citado se nos quiere recoger todas aquellas maravillas que el Señor hizo para liberar a su pueblo en lo que son llamadas las plagas sobre Egipto.
El testo que nos ofrece la liturgia hoy del Éxodo, que ya nos lo presenta como primera lectura en la Eucaristía del Jueves Santo, viene a ser como una descripción de lo que podríamos llamar la liturgia de la Cena Pascual. Una cena enormemente significativa en la historia y en la fe del pueblo judío, porque es la primera celebración de la Pascua y será cómo cada año celebrarán la Pascua y la cena pascual.
‘Es la Pascua, el paso del Señor… y será un día memorable y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre’. Y así lo harán los judíos celebrando cada año la Pascua con la cena pascual.
‘Un cordero o cabrito… esa noche comeréis la carne, asada a fuego… y la comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis aprisa porque es la Pascua, el paso del Señor’. Es el inicio de un peregrinar, de un ponerse en camino, por eso, de pie, con el calzado puesto y el bastón en la mano. Es el pueblo peregrino que inicia su camino hacia la tierra que le va a dar el Señor.
‘Y la sangre será vuestra señal…’ Porque es la noche de la liberación. Si hay muerte entre los egipcios es el inicio de un camino de vida y de libertad para los israelitas. Por la señal de la sangre serán liberados de esa muerte y de esa esclavitud. ‘Será un día memorable…’ lo recordarán siempre.
Fue en el marco de esa cena pascual – por eso la liturgia nos lo recuerda en el día del Jueves Santo al ofrecernos este mismo texto – en el que Jesús celebró la Última Cena y nos dejó la Eucaristía, Sacramento de la Alianza nueva y eterna. Por eso todo lo que se celebra en esta cena pascual judía es anticipo y preparación para la verdadera pascua, la pascua nueva y eterna.
Es el Paso de Dios también por nuestra vida regalándonos su salvación. También la Sangre derramada será la señal de nuestra liberación. Y ya no es cordero que comían los judíos sino el verdadero y auténtico Cordero Pascual que es Cristo mismo que se nos da y se n os ofrece, que derrama su sangre y nos entrega su vida para que nosotros seamos arrancados de la muerte y tengamos vida para siempre.
Celebramos nosotros también la Pascua cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la muerte y de la resurrección del Señor, verdadero paso salvador de Dios por nuestra vida en la muerte de Jesús para que nosotros tengamos vida.
Mucho tendría que hacernos pensar la celebración de la Eucaristía para que sea siempre para nosotros verdadera pascua, verdadero paso salvador de Dios por nuestra vida. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anuncia la muerte del Señor; estamos preparándonos como en un anticipo para el día en que podamos celebrar la Pascua eterna en el cielo. Allí cantaremos eternamente la alabanza del Señor. Allí celebraremos la Pascua definitiva porque más que paso del Señor será vivir en el Señor para siempre cantando la gloria de Dios.

jueves, 16 de julio de 2009

La Virgen del Monte Carmelo y el Escapulario


La Virgen del Monte Carmelo y el Escapulario


Allá por los siglos XII y XIII se organizaron las Cruzadas a Tierra Santa con la finalidad de liberar a la tierra de Jesús del poder musulmán y facilitar así el acceso a tantos peregrinos que se veían imposibilitados de acceder a Jerusalén, Belén, Nazaret y tantos lugares santos de la vida de Jesús.
Muchos de estos cruzados así como muchos peregrinos no regresaban después de su visita a los santos lugares sino que se quedaban estableciéndose como eremitas en diferentes lugares. Uno de los lugares escogidos era el monte Carmelo, cadena montañosa que se extiende desde las llanuras de Galilea hasta el mar Mediterráneo.
El monte Carmelo se recuerda sobre todo por ser el lugar donde habitó el profeta Elías y sostuvo numerosos combates con los falsos profetas de los ‘baales’ que pretendían imponer la idolatría. Por eso estos eremitas querían vivir en el espíritu ascético y de oración del profeta y poco a poco se fueron agrupando, dando origen a lo que sería luego la Orden del Carmelo, o los Carmelitas como comúnmente los llamamos.
En dicho monte elevaron un templo dedicado a la Virgen que, como no podía ser menos, pronto se le invocó como la Virgen del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen como la llamamos normalmente. Podíamos decir que es el origen de esta devoción a la Virgen en esta advocación tan extendida por todas partes.
Una de las formas con la que honramos a la Virgen del Carmen es llevar su escapulario. Pero ¿qué es un escapulario? ¿simplemente ese trozo de tela marrón con la imagen de la Virgen que llevamos sobre el pecho y la espalda? A esa mínima expresión, es verdad, que se ha quedado reducido. Pero el escapulario es algo más.
Expliquemos brevemente su origen. El escapulario era algo así como el traje de faena que se ponían los trabajadores del campo o de otras actividades sobre su ropa ordinaria. Cuando se pertenecía a un mismo gremio o se trabajaba en una misma propiedad el color de ese ropaje de trabajo era el mismo para hacer algo así como una distinción con el resto de trabajadores. Hoy todavía en muchas empresas los operarios llevan un uniforme que los distingue.
Entrando en el ámbito religioso, los monjes cuyo lema de vida es el trabajo y la oración, utilizaban y utilizan ese escapulario, que suele ser por el color o la forma también un distintivo de la propia orden o congregación. Lo seguimos viendo hoy en muchas familias religiosas. Nuestros monjes del Carmelo llevaban ese escapulario en ese color marrón característico.
Llevar ese escapulario de la Virgen es, entonces, un vestirse de la Virgen, igual que aquellos religiosos que llevan ese hábito para significar como se visten de la Virgen queriendo imitar en ellos sus virtudes y su santidad. Creo que ese es el verdadero sentido que le hemos de dar al escapulario, aunque lo hayamos reducido a la mínima expresión en su tamaño. No puede ser como llevar un amuleto que me proteja. Es algo más hondo. Me visto de María, quiero copiar a María, quiero tener en mí las virtudes de María.
Por eso hay que se congruente entre un habito, un escapulario o un signo religioso que llevemos externamente y la vida que llevamos. No puedo seguir en mi vida de pecado mientras me pongo el escapulario o me visto el hábito de la Virgen. Eso no tiene sentido. Me exige un esfuerzo por realizar el camino de la santidad. Contando, por supuesto, con la ayuda de la Virgen que nos obtiene al gracia de Dios.
Ese es el buen sentido del escapulario, en este caso, de la Virgen del Carmen. Cuánto tenemos que aprender de María, cuánto tenemos que copiar de sus virtudes y de su santidad. No ha de ser algo que me pongo externamente. Es un revestirse de María, pero desde dentro. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores… para que salgamos de nuestra vida de pecado, para que caminemos por sendas de santidad, para que vivamos todas las virtudes que en María vemos reflejadas.

Mi yugo es llevadero y mi carga ligera

Ex. 3, 15-20;
Sal. 104;
Mt. 11, 28-30


Podríamos pensar que el maestro lo que hace es señalarnos unas normas o unas pautas que el discípulo tiene que seguir a rajatabla si en verdad quiere seguir su camino. Unas normas que nos dicen minuciosamente lo que podemos o no podemos hacer, unos preceptos, mandatos o prohibiciones que van marcando la totalidad de lo que hacemos o no hacemos. Es lo que hacían los maestros de la ley y los fariseos en los tiempos de Jesús. Así, por ejemplo, la llamaban yugo al cumplimiento fiel y escrupuloso de esa ley o la obediencia ciega que se tenía hacia la ley.
Es fácil, creo, entender lo de yugo, pues bien sabemos que el yugo es esa herramienta que se ponía al cuello de los animales que nos servían por ejemplo en los trabajos agrícolas o para el transporte, bien fuera unciéndolos a otro para que siguieran al unísono la misma trayectoria o bien de forma individual para que la persona que los condujera pudiera tener un más fácil dominio sobre dicho animal. El yugo, podríamos decir, se convertía en una dirección irremediable del que dicho animal no se podía sustraer.
Pero ¿qué es lo que nos dice Jesús hoy? ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré…’ Cansados y agobiados por pesadas cargas? ¿cansados y agobiados por las tareas de la vida? ¿cansados y agobiados por las luchas contra la tentación y el peligro, los esfuerzos de superación…? En el Señor encontraremos alivio y descanso. En el Señor veremos las cosas de otra manera.
Jesús nos añade. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí…’ Tenemos que ir a Jesús y aprender de El. Pero Jesús nos habla de yugo ¿qué quiere decirnos? ¿cómo es el yugo que nos ofrece? Nos dice que en El encontraremos nuestro descanso. Luego ese yugo no puede ser una carga pesada e insoportable. ‘Mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Y nos habla de la mansedumbre y de la humildad de su corazón.
¡Qué alivio seguir a Jesús! En Jesús nos sentimos bien, nos sentimos estimulados, nos sentimos aligerados. No quiere Jesús ponernos pesadas cargas. No quiere Jesús llenar nuestra vida de preceptos y normas. Jesús nos quiere hacer volar por las alas del amor. Por eso, es su único mandamiento. ‘Un mandamiento os doy…’ Uno, no muchos. Uno, y es el amor. Y el amor nunca será una pesada carga. El amor nos hará hacer cosas grandes e importantes, aunque muchas veces esté hecho de las cosas más pequeñas y sencillas. ¿No hacen por amor lo que sea los enamorados y nada les cuesta? Ese es el único yugo que Jesús nos pone. Y más que yugo son alas ligeras que nos llevan volando al encuentro con los demás. ¡Qué hermoso es el encuentro del amor!
Esta reflexión que me hago me hace pensar en muchas cosas. Muchas veces pareciera que no supiéramos caminar por la vida si no la llenamos de normas y preceptos, reglamentos y códigos cuanto más detallados parece que mejor. Y nos atamos a esas normas, a esos preceptos, a esos códigos y pareciera que viviéramos sólo para ello, como si viviéramos dependientes o esclavizados de la norma. Me duele en el alma reconocerlo pero nos sucede también muchas veces en la iglesia o en determinados miembros de la Iglesia. ¡Y Cristo nos ha liberado…!
Pareciera que añoráramos aquellas épocas un tanto oscurantistas, épocas donde parecía que todo se reducía al cumplimiento ritual o formal de unas reglas y preceptos que nos decían hasta donde podíamos llegar y lo que no podíamos traspasar; donde parecía que andábamos con una regla en la mano para medir, para cuantificar, para no pasarnos de la raya, para llegar al mínimo y ya nos quedábamos contentos. ¿No recordáis cuando estábamos midiendo si habíamos cumplido con el precepto de la misa dominical si llegamos antes o después del evangelio, o cuando ya se había iniciado su lectura? O cuando estábamos poco menos que pesando para ver si nos habíamos pasado unos gramos en lo que comíamos o no para cumplir con la ley del ayuno.
¿Serán cosas así lo que nos pide Jesús? ¿ese es el espíritu del evangelio? ¿No andábamos demasiado agobiados y preocupados por el cumplimiento al milímetro de manera formal de los preceptos aunque nuestro corazón estuviera lejos del Señor? Pero ya habíamos cumplido.
Y Jesús nos dice hoy ‘venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré… porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.Cuidado que no nos volvamos a hacer una religión de mínimos, de preceptos y mandatos y realmente nos olvidemos de Jesús que es nuestro único Salvador y liberador.

miércoles, 15 de julio de 2009

El clamor de mi pueblo ha llegado a mí

Ex. 3, 1-6.9-12
Sal. 102
Mt. 11, 25-27

‘El clamor de los israelitas ha llegado a mi y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y, ahora, marcha, yo te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas…’
Ayer comenzamos a leer la historia de Moisés, salvado de las aguas. Aunque hoy estamos viendo cómo Dios lo llama y lo envía, podemos decir con los profetas que desde el seno de su madre el Señor lo había escogido. Las circunstancias de su nacimiento, su infancia y su juventud con las cosas que le suceden es una manifestación de que Dios estaba con él y de alguna manera lo estaba preparando para misión que le había de confiar.
Tuvo que huir de Egipto y refugiarse en las montañas y allí el Señor se le manifiesta de forma extraordinaria. La zarza ardiendo, la voz que se oye desde el cielo y le llama pueden ser impresionantes y una forma maravillosa de manifestarse Dios. El Dios que se manifiesta con inmenso poder y gloria sin embargo es el Dios que escucha a su pueblo y está atento a sus necesidades.
Creo que no hemos subrayado lo suficiente este aspecto en la imagen del Dios del Antiguo Testamento. Es el Dios del temor, pero es el Dios que ama a su pueblo. Es el Dios ante el que hay que descalzarse porque quienes somos nosotros en su presencia, pero es el Dios con quien se puede entrar en un diálogo de amor. Es el Dios poderoso y grandioso, pero es el Dios que envía a sus profetas para que guíen a su pueblo por nuevos caminos de libertad.
Bueno será también destacar la disponibilidad, apertura a Dios pero también humildad de Moisés. ‘Aquí estoy’, es la primera respuesta de Moisés cuando siente la voz de Dios que le habla desde la inmensidad de la zarza ardiente. ‘Quítate la sandalia de los pies porque la tierra que pisas es santa’, es la experiencia que siente en lo más hondo de sí mismo cuando está en la presencia de Dios. ‘Y Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios’. ¿Quién es el para atreverse a acercase a Dios?
Luego se atreverá a replicar a Dios porque se siente indigno e incapaz de la misión que se le confía. ‘¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?’ Pero quien le confía la misión no lo deja solo. ‘Yo estoy contigo, y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en esta montaña’. El Sinaí será el primer destino una vez que hayan salido de Egipto y atravesado el mar Rojo.
Es ‘el Señor compasivo y misericordioso’, que se acuerda de su pueblo, que lo escucha y que quiere liberarlo. Es ‘el Dios compasivo y misericordioso’, que se manifiesta a los que humildes se presentan ante El. ‘Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque te has revelado a los pobres y a los sencillos’, hemos escuchado decir a Jesús en el evangelio. Es el Dios que nos ama y con amor y humildad nosotros tenemos que ir hasta El. Es el Señor que está con nosotros y camina a nuestro lado en todos nuestros pasos.
Aprendamos de Moisés. Seamos capaces de admirarnos de las maravillas con las que el Señor se manifiesta. ‘Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza’. Acercarnos a mirar y admirar esas maravillas con las que Dios se nos manifiesta. Acercarnos a mirar y admirar lo que es ese amor tan grande que nos tiene el Señor que nunca nos olvida sino que nos lleva en la palma de la mano. ‘Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre… y no olvides sus beneficios… el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos, enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel’.