Vistas de página en total

sábado, 20 de septiembre de 2008

El que tenga oídos para oír, que oiga

1Cor. 15, 35-37.42-49
Sal. 55
Lc. 8, 4-15

‘El que tenga oídos para oír, que oiga’. ¿Estáis oyendo lo que os digo? ¿Me estáis escuchando? Así exclamó Jesús cuando terminó de decirles la parábola. Una llamada de atención.
Nos podemos quedar embobados sin saber ni donde estamos ni lo que oímos. Nos pasa a veces. Nos puede pasar cuando escuchamos la Palabra de Dios. Porque es una parábola que hemos escuchado tantas veces, que hasta nos la sabemos de memoria; porque decimos que estamos ante una de las páginas más bellas del evangelio; porque tenemos la tentación de pensar qué bien le vendría a los demás, y pensamos en éste o aquel a quien nosotros decimos eso es para él; porque al final podemos ser esa tierra árida y pisoteada que no vale para que sea sembrada en ella la semilla.
Jesús nos grita y nos llama la atención. Jesús me llama la atención a mí mismo que tengo que explicar la Palabra a los demás y también me puedo quedar embobado pensando sólo en lo que puedo o tengo que decirle a los otros. Tengo yo que escucharla primero que nada para mí mismo si no quiero ser también esa tierra estéril que no da fruto.
Ya todos sabemos el significado de la parábola y la explicación nos la ha dado Jesús mismo. No podemos decir que no sabemos lo que el Señor nos está diciendo y pidiendo. Y lo primero que nos está pidiendo es que seamos esa tierra buena. Busquemos entonces la manera de ser esa tierra buena en la que plantada la semilla da la posibilidad de dar fruto al ciento por uno.
Para disponer esa tierra tenemos que hacer como todo buen labrador. Labrar debidamente la tierra y abonarla. No se planta la semilla en una tierra llena de cardos. Hay que ver cuántos trabajos realiza el buen agricultor para preparar la tierra esperando que dé buena cosecha.
¿Cómo hacerlo nosotros con esa tierra de nuestra vida? Pidamos la fuerza del Espíritu. Dejemos actuar al Espíritu en nosotros. Que sea El quien labre la tierra de nuestra vida y la predisponga debidamente para dar fruto.
El Espíritu es el que nos purifica para que tengamos un corazón limpio y abierto a la semilla de la Palabra de Dios.
El Espíritu es el que nos fortalece frente a las tentaciones del maligno que quiere arrancar con sus seducciones esa buena semilla o quiere plantar la mala semilla de la cizaña en nosotros.
El Espíritu es el que nos hace ver los obstáculos que puedan haber en nuestra vida con tantas seducciones y apegos que lastran nuestro corazón impidiéndole que vaya hacia Dios.
El Espíritu poda en nosotros todas esas ramas innecesarias que nos distraen, nos quitan fuerza, en tantos entretenimientos que nos hacen oídos sordos a esa palabra, que nos adormecen y nos ciegan.
Es necesario ponernos en una actitud de oración, de escucha, de apertura del corazón. Si es el Señor el que nos habla, hemos de escucharle, hemos de entrar en diálogo con El, hemos de dejarnos conducir por El.
Danos, Señor, tu Espíritu de Sabiduría para que aprenda a saborear la riqueza maravillosa de tu Palabra.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Seguimos creyendo y proclamando nuestra fe en la resurrección

1Cor. 15, 12-20
Sal. 16
Lc. 8, 1-3

‘Os recuerdo el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis y en el que estáis fundados y que os está salvando... que Cristo murió por nuestros pecados... que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las escrituras...’ Es lo que escuchamos ayer.
Ahí está el meollo de nuestra fe y de nuestro credo. Ahí está lo que es el centro de nuestra vida cristiana. Todo arranca de los testigos de la Resurrección de Jesucristo, de la que también nosotros nos convertimos en testigos. Centro de la predicación de los apóstoles y de la Iglesia. Centro de nuestro fe. Es desde la resurrección cuando los apóstoles llegaron a descubrir en plenitud y luego con la fuerza del Espíritu que Jesús es el Señor. Podríamos recordar la predicación de Pedro en la mañana de Pentecostés.
¿Seguirá siendo así hoy entre nosotros? Es importante porque se pone en juego lo que es nuestra fe cristiana. Algo que no podemos apartar a un lado de lo que es nuestra fe.
Pero escuchemos las voces de alrededor. Miremos si es eso lo que todos los cristianos, todos los bautizados que nos rodean proclaman esa misma fe. Hoy los que se creen más modernos - ¿realmente eso es ser moderno cuando es algo de lo que también se hablaba hace siglos aunque se haya hoy puesto de moda? – nos están hablando de reencarnación. Y otros que quizá se creen más sabios, más hijos de su tiempo o más científicos niegan que pueda haber resurrección. Después de esta vida no hay ninguna otra cosa. Y no vamos a decir cuántas cosas más dicen.
Eran cosas que ya se decían en la época de Pablo. Bueno, en el evangelio, vemos que los saduceos que negaban la resurrección venían a ponerle pegas a Jesús. Pero Pablo nos dice tajantemente: ‘Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo’.
La predicación cristiana, la fe cristiana no se queda reducida a decirnos que tenemos que ser más buenas personas. Creer en Cristo, y la predicación cristiana es anunciar que Cristo es el Señor, es algo mucho más trascendente que todo eso. Es que en nuestra fe cristiana estamos pensando en la salvación que Cristo nos ha ofrecido; estamos pensando en la vida eterna que nos regala; estamos descubriendo todo lo que significa reconocer que Jesús es el Señor; se nos manifiesta el mensaje grande y maravilloso que nos dice que Dios es nuestro Padre que nos ama y nos perdona. Son muchas cosas.
San Pablo lo resume así tal como hemos escuchado hoy: ‘Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados, y los que murieron en Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo se acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados’.
Proclamemos con valentía nuestra fe en Cristo resucitado. Manifestémonos como testigos de Cristo resucitado y no sólo porque somos herederos de una tradición que se nos ha trasmitido desde aquellos primeros testigos de la resurrección de Jesús que fueron los apóstoles, sino porque nosotros mismos nos convertimos en testigos cuando sentimos allá en lo más hondo de nosotros mismos esa presencia de Cristo vivo en nosotros, de Cristo resucitado que también a nosotros nos hace resucitar a nueva vida.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Pongamos amor que se nos van a perdonar nuestros pecados

1Cor. 15, 1-11
Sal. 117
Lc. 7, 36-50

De todos es conocido el texto y lo hemos meditado muchas veces. La mujer pecadora que se atreve a introducirse en la casa del fariseo para llorar a los pies de Jesús y con su amor sentirse perdonada por El. Ya conocemos los detalles. El fariseo, tan puritano él, que juzga en su interior, Jesús que descubre su pensamiento y que le propone una pequeña parábola a aquel hombre para hacerle comprender de verdad lo que allí está sucediendo.
Vamos a fijarnos en algunos detalles de este pasaje que es muy rico en enseñanzas para nuestra vida. En la parábola que Jesús propone a Simón, y ante la pregunta final que Jesús le hace de quien le amará más de aquellos dos deudores, le responde: le amará más ‘aquel a quien le perdonó más’.
Pero en la comparación que Jesús le hace en referencia a aquella mujer que con sus lágrimas, sus perfumes y sus besos ha hecho lo que ritualmente tenía que haber realizado el anfitrión de aquella comida, finalmente le dice: ‘sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor’.
En uno el amor es porque se le perdonó mucho, y en la otra el que haya amado mucho es causa y motivo para el perdón. Nos enseña así cómo tenemos que acercarnos a Jesús incluso desde nuestra condición pecadora. Con mucho amor, porque además sabemos que siempre el Señor nos va a perdonar.
Cuatro palabras resaltaría de este texto. Paz, fe, amor y salvación o perdón.
‘Vete en paz’, le dice finalmente Jesús a aquella mujer. Vete en paz porque has encontrado la salvación y el perdón. Es la paz que tenemos que sentir siempre en nosotros cuando nos acercamos a Jesús.
‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. Con fe aquella mujer pecadora se acercó a Jesús. No temió. Confiaba. Tenía la certeza y la confianza de que en Jesús iba a encontrar el perdón de sus muchos pecados. Habría contemplado ella el actuar de Jesús. Había visto a tantos que se acercaban a Jesús y salía rebosantes de paz y de vida de su presencia.
‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’. Bien lo había manifestado atreviéndose a acercarse a Jesús. Bien lo había manifestado con sus lágrimas, con sus besos, con sus perfumes profusamente derramados sobre los pies de Jesús. Eran signos externos del amor que había en su corazón. Sabía que mucho era lo que se le iba a perdonar, y por eso ya estaba amando mucho. Era el amor sí del agradecimiento. Era el amor de quien se sentía amada.
‘Tus pecados están perdonados... tu fe te ha salvado’. Había llegado para ella la salvación y el perdón. Por eso ahora desparramaría amor por todos sus poros. Por eso ahora podía salir llena de paz de la presencia del Señor.
Pero ¿qué había detrás de todo esto? Allí está el amor de Dios que quiere la salvación de todos. Allí está el amor de Jesús que se deja encontrar por el pecador, que llama y atrae al pecador, que sale al encuentro. Es su amor y su cercanía. Lo vemos tantas veces en el Evangelio. Lo sentimos en nosotros si sabemos abrir los ojos a la fe. Son tantas las llamadas del Señor invitándonos a ir a El a pesar de que sean muchos nuestros pecados. Para todo pecado hay perdón. Es gracia. Es regalo del Señor. Cristo, en esta ocasión, se deja hacer: que le laven los pies con sus lágrimas, que se le enjugue con su cabello, que se derrame perfume carísimo, aunque haya alguno como en otra ocasión que piense que se podía haber gastado de otra manera.
Detrás está también el amor y el arrepentimiento del pecador. El mejor arrepentimiento está en el amor. No en el temor, sino en el amor. Es así, desde el amor, con amor, cómo tenemos que acercarnos arrepentidos al Señor. Porque tenemos la confianza y la certeza de su amor. Y es que en Cristo siempre vamos a encontrar la paz.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

La sublimidad del amor

La sublimidad del amor
1Cor. 12, 31 – 13, 13
Sal.32
Lc. 11, 31-35

‘Ambicionad los carismas mejores’. Así ha comenzado diciéndonos san Pablo hoy. ¿De qué nos va a hablar? Nos había hablado anteriormente de los diferentes carismas existentes en la comunidad, cuando nos hablaba de que somos uno en Cristo Jesús formando un solo cuerpo. Hoy nos va a hablar del amor.
Amor que es el que da profundidad a la vida. Amor que es algo más que hacer cosas buenas, o tener conocimiento de altísimos conocimientos. Amor que es una actitud profunda del corazón. Amor que es el sentimiento del alma. ‘Podría hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles... podría conocer todos los secretos y todo el saber... podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve’, nos dirá tajantemente.
Efectivamente sólo el hacer cosas buenas no es señal del amor, porque lo puedo hacer de forma interesada, lo puedo hacer a regañadientes, lo puedo hacer simplemente porque me han hecho cosas buenas a mí, pero puede ser que realmente no ame desde el fondo de mi corazón. Por eso, nos habla de la importancia y de la necesidad del amor. Puedo hacer cosas buenas y hoy hablamos de derechos y de derechos humanos, de justicia y de deber para con los demás, pero será el amor el que dulcifique, el que humanice profundamente el ejercicio o la defensa de esos derechos humanos y esa justicia.
Nos da una serie de cualidades el apóstol para ese amor. No en vano a este trozo de la carta a los Corintios se le suele llamar el himno de la caridad. Y nos habla del amor comprensivo y generoso, del amor de quien se da y no da simplemente cosas, del amor humilde y servicial, del amor que nos hace ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos, del amor que perdona siempre.
Lo que nos dice san Pablo es un fiel reflejo de lo que nos dice el Evangelio. Sería hermoso detenerse a ir comparando cada una de esas cualidades que Pablo le atribuye al amor con dichos de Jesús, con actitudes y gestos de Jesús en el Evangelio.
Jesús nos enseña a darnos sin medida, generosamente; nos enseña a no ponernos nunca por encima de nadie ni despreciar al otro; nos enseña a hacernos los últimos; a hacernos pequeños por el Reino de Dios; a ser delicados en nuestro amor hasta en los más pequeños detalles; a perdonar siempre hasta setenta veces siete; a confiar siempre en los demás; a aceptar a todos sea quien sea; a amar incluso a quienes nos hagan daño o se consideren nuestros enemigos.
Recordemos los gestos que Jesús tenía con los discípulos, las palabras de Jesús en el sermón del monte. Es nuestro modelo y ejemplo. Le vemos acoger a los niños, a los pecadores, a los que son marginados de la sociedad, prometer el paraíso al ladrón arrepentido, perdonar disculpando incluso a los que lo están crucificando.
Pero es que nuestro amor cristiano tiene algo más en su interior. Jesús nos dice que seamos ‘perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto’, seamos ‘comprensivos como nuestro Padre del cielo’. Y además Jesús nos dice que cuando amamos y hacemos el bien al hermano a El se lo estamos haciendo. Es ese plus, podríamos decir, que tiene el amor cristiano. Ponemos a Dios en nuestro amor. Vemos a Jesús en aquel a quien amamos. No son ya sólo nuestros sentimientos humanos. Es algo más, porque el Espíritu de Jesús está amando en nosotros. Nuestro estilo de amor es el estilo del amor de Jesús. Es su mandamiento, pero además hemos de hacerlo con un amor como el de El. ‘Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. Es ya la sublimidad del amor.
Y finalmente tenemos que decir que en un amor así llegaremos al conocimiento de Dios. Quien ama, conoce a Dios, porque Dios es amor, como nos enseñará luego san Juan en sus cartas.
‘El amor no pasa jamás’, nos dice el Apóstol. Terminará diciéndonos: ‘Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más excelente de todas es el amor’. Amemos con un amor así.

martes, 16 de septiembre de 2008

Todos somos uno en Cristo Jesús formando un solo Cuerpo

1Cor. 12, 12-14.27-31
Sal. 99
Lc. 7, 11-17

Las palabras de Pablo podrían haber resultado novedosas en la sociedad de su tiempo. Una sociedad marcada por grandes diferencias entre unas personas y otras, pues no a todos se les consideraba como iguales. Así estaban los esclavos y los libres, los que tenían el derecho de ciudadano romano o los que eran extranjeros, los que se les consideraba bárbaros o los que fueran de otra raza.
Y san Pablo, siguiendo el espíritu del evangelio habla de una nueva igualdad donde todos somos uno como miembros de un mismo cuerpo. ‘Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu...’ Y nos propone la imagen del cuerpo humano. Son muchos los miembros que lo forman, pero es un solo cuerpo.
Pero en su comparación nos dice que así es Cristo, porque nosotros somos sus miembros y en Cristo todos somos uno. ‘Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro’. Se fundamenta así lo que llamamos la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Por eso nos hablará a continuación de las diversas funciones o ministerios que vamos a encontrar dentro de ese Cuerpo que es la Iglesia. ‘Apóstoles... profetas... maestros... los que tienen el don de hacer milagros... o el don de curar... la beneficencia... el gobierno... etc’.
Una primera mirada, pues, que tenemos que hacer a la Iglesia, donde tenemos que vivir esa unidad y ese servicio entre todos los miembros de la Iglesia. Miramos así a nuestras comunidades, y tendríamos que apreciar la riqueza que en ellas podemos encontrar cuando todos nos sentimos en verdad miembros de esa Iglesia, pero no queremos ser unos miembros pasivos, sino que de forma activa todos contribuimos a su crecimiento. Catequistas, agentes de cáritas, visitadores de enfermos, apostolado seglar, movimientos de familia, movimientos juveniles, animadores litúrgicos, etc...
Miremos pues cómo tendríamos en nuestras comunidades que fomentar esos carismas de sus miembros para que haya ese verdadera enriquecimiento mutuo, ese enriquecimiento de la comunidad. Cuando nos encontramos con unas comunidades con esa vitalidad tenemos que saber dar gracias a Dios que suscita así sus dones dentro de la Iglesia. Pero tenemos que procurar también que eso sea posible en nuestras comunidades porque lo fomentemos y porque todos además lo valoremos.
Muchas veces en nuestras comunidades cristianas no sabemos apreciarlo y valorarlo. No somos capaces de detectar esos valores que existen en los demás y descubrir cómo cada uno tiene su carisma, sus cualidades, sus valores que han de saber poner al servicio de la comunidad. Confieso que es algo que he deseado fuertemente cuando en las parroquias quería hacer que hubiera vitalidad, entusiasmo, espíritu de servicio en todos sus miembros y me gustaba resaltar esos carismas que se podían encontrar en los demás, aunque no siempre era fácil. Algunas veces nos encontramos que hay personas que podrían hacer muchas cosas en ese sentido, pero no siempre tienen la disponibilidad necesario para esa entrega y eso merma la riqueza de vida de una comunidad.
Decía al principio que en su época las palabras de Pablo podrían resultar novedosas por las tremendas diferencias sociales que marcaban la vida de las personas y de la sociedad. Pero quiero pensar si no tendríamos que sacar consecuencias también para el momento en que vivimos actualmente. Con la movilidad de personas que vivimos en estos momentos en nuestra sociedad con la emigración, donde ya es fácil encontrarnos con personas de muchos diferentes países en nuestro entorno, tendríamos que aplicar estas palabras de palabra a lo que vivimos hoy.
Tenemos el peligro y la tentación de seguir mirando de manera diferente a las gentes que nos llegan a nuestro entorno, y sea por el color de su piel, por sus costumbres o porque nos vienen de países de cultura diferente. También hoy tendríamos que decir las palabras de Pablo ‘todos nosotros, seamos canarios o africanos, vengan de Sudamérica o de los países del este europeo, seamos de un color o de otro, de una raza o de otra, todos somos uno en Cristo Jesús’. Y eso se traduzca en la aceptación de toda persona sin ningún tipo de desconfianza; y eso signifique su integración en nuestras comunidades humanas y cristianas. Nuestras parroquias tendrían que ser de verdad un hogar acogedor para toda clase de personas, y, en este caso, pienso de manera especial en los emigrantes que llegan a nuestras fronteras.Que seamos en verdad ese único Cuerpo que es Cristo.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre

Hebreos, 5, 7-9
Sal. 30
Jn. 19, 25-27

‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena...’
Ayer contemplábamos la Cruz y a Jesucristo crucificado en ella. Hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la Madre de Jesús. Nos deteníamos ante su misterio de amor y tratábamos de aprender todas las lecciones que desde la Cruz Jesús nos enseñaba. “Miramos a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte”.
Como nos dice la Carta a los Hebreos, ‘a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’. Se encarnó para hacer la voluntad del Padre. ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, que nos dice la misma Carta a los Hebreos que fue el grito del Hijo al entrar en el mundo. Asumió nuestra condición humana, de manera que, como reflexionábamos ayer, "en su cruz están todos los que sufren... en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos... el dolor y sufrimiento de todos los hombres..."
De la misma manera contemplamos a María. También ella dijo Sí. ‘Aquí estoy... aquí está la esclava del Señor... hágase en mí según tu palabra...’ Fueron las palabras de María dando su consentimiento a que Dios se encarnase en sus entrañas. Fue el Sí de María para unirse a la vida de su Hijo, que sería el Mesías Salvador, con todo lo que ello implicaba. Ese Sí de María es el que ahora sigue repitiendo al pie de la Cruz. María también ‘aprendió, sufriendo, a obedecer’, porque ella en todo lo que quería siempre era la voluntad de Dios, la gloria del Señor.
La vemos transida de dolor, pero fuerte y de pie al lado de la cruz. También para María ese es la parte del camino que conduce a la vida. Y ahí, la contemplamos Madre dolorosa, porque está en el sufrimiento de una Madre que ve morir a su Hijo. La contemplamos Madre dolorosa porque es la Madre que se une al sufrimiento redentor de Cristo, en esa ofrenda de amor que ella hace de su vida. La vemos Madre dolorosa porque en su corazón están ya desde ahora todos sus hijos los hombres, que Cristo allí en la Cruz le ha confiando y con ella están también todos sus dolores y sufrimientos.
María está al lado del sufrimiento de sus hijos, haciendo suyo su dolor, como una madre sabe hacerlo. Si está junto a la cruz de Jesús y la cruz de Cristo es el espejo de ese sufrimiento y muerte de toda la humanidad, María está junto al dolor y sufrimiento de toda la humanidad.
¿No acudimos nosotros a María desde nuestras necesidades y sufrimientos? ¿No buscamos en ella el consuelo y la fortaleza de una madre? ¿No queremos sentirla a nuestro lado en todo momento, pero de manera especial cuando nos atenaza el dolor y el sufrimiento de nuestros padeceres, de nuestros problemas, o de esa inquietud y desazón que brota en nuestro corazón cuando vemos el sufrimiento de nuestros hermanos los hombres? Hambre y sed de justicia que nos hacen padecer y sufrir ante las injusticias de los hombres. Viviendo en nosotros ese misterio de la encarnación en nuestros hermanos sepamos hacer nuestro el dolor y el sufrimiento de los demás. Hambriento y sedientos acudimos a María para que ella sea nuestra fortaleza y pueda entonces realizarse en nosotros la bienaventuranza de Jesús.
Que sintamos ese caminar de María a nuestro lado. Que María nos enseñe a sentir también nosotros como nuestro el sufrimiento y el dolor de nuestros hermanos. Que María nos alcance el Señor la gracia de la fortaleza. Que María sea nuestro consuelo. Que con María caminemos ese camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, que es el camino de la cruz, pero que es el camino que nos lleva a la vida.

domingo, 14 de septiembre de 2008

La cruz, misterio de amor

Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Fil. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17
Ponernos ante la Cruz es ponernos ante el Misterio. La cruz nos sobrecoge, como el sufrimiento nos duele. Es lo que contemplamos desde una primera mirada en la cruz. Muchos se sienten así cuando contemplan la cruz. Y a quienes la fe no les dice nada no terminan de comprender que nosotros los cristianos levantemos los ojos hasta la Cruz para contemplar a alguien que en ella muere ajusticiado.
Y es que ante el misterio no nos podemos poner de cualquier manera. Decíamos que es misterio y el misterio es algo que nos sobrepasa, va más allá de lo que nosotros podamos comprender y supera todas nuestras lógicas humanas. O somos capaces de ponernos ante ella con ojos de fe, o si seguimos contemplando ese misterio cara a cara y con sinceridad al final terminaremos haciendo también un reconocimiento de fe. El que se va en huída no llegará a vislumbrar lo que hay detrás de ese misterio, y se rebelará y desesperará o terminará perdiendo la poca fe que le quede en su interior.
Contemplamos, es cierto, un instrumento de muerte, de pasión, de dolor, de sufrimiento. Pero la cruz no puede ser una meta, un fin, sino que tiene que ser un camino, como lo fue en el misterio de Cristo. La Cruz es parte del camino que lleva a la vida. Es lo que podemos contemplar en Cristo muerto en la Cruz. Porque nunca me voy a quedar sólo en la cruz, como no puedo separar a Cristo de la Cruz, pero tampoco me quedo sólo con Cristo en la Cruz. Porque a Cristo no lo puedo separar de la vida, y siempre detrás de la Cruz tendré que contemplar la resurrección para poder captar su pleno sentido.
El evangelio de este domingo nos ha presentado palabras de la conversación de Jesús con Nicodemo, para terminar hablándonos del misterio de Cristo y del misterio del amor de Dios. Pero antes Jesús le había dicho a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para poder ver, para poder entrar en el Reino de Dios. Nos hace falta sí, un nuevo nacimiento, un nuevo sentido en mi vida, para comprender todo el misterio de Cristo, y lo que representa entonces su muerte y resurrección.
‘Mirarán al que atravesaron’, había anunciado un profeta y nos lo vuelve a repetir de alguna manera Juan en su Evangelio. ‘Porque el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna’.
Miramos a Cristo atravesado por la pasión y la muerte, clavado en el madero de la cruz, y descubrimos un misterio inmenso de amor. Ahí se está manifestando cuánto es el amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al hombre, al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Ahí en la Cruz estamos descubriendo ese camino de amor, ese camino de vida que Dios ofrece al hombre, que Dios ofrece al mundo. Estamos contemplando un amor a fondo perdido.
La cruz de Cristo es manifestación de amor y es signo y señal de la entrega y del sacrificio que nos libera y que nos salva. Todo para la vida. Porque ‘donde tuvo origen la muerte, de allí resurgirá la vida, y el que venció en un árbol, será en un árbol vencido’. Nos recuerda a Adán que al pie de un árbol sintió la tentación de ser como dios, y se dejó vencer por la muerte; pero contemplamos a Cristo que en lo alto de un madero se entrega para vencer a la muerte y para darnos la vida. La Cruz no es una derrota, es una victoria.
Pero la cruz de Cristo puede ser algo más. Puede ser espejo de la tiniebla, del mal y de la muerte. Puede ser espejo donde contemplemos la tinieblas de nuestro mundo, el mal que nos tienta y nos atenaza, donde estamos viendo también todo el sufrimiento de la humanidad. En esa cruz están todos los que sufren.
Algunas veces cuando contemplamos los sufrimientos de los hombres, especialmente de los inocentes, nos hacemos muchas preguntas en nuestro interior de difícil respuesta. Miremos entonces al Inocente que está clavado en la cruz y veamos que El es espejo de todo ese mundo de tinieblas y de muerte que nos rodea en el sufrimiento de tantos. Pero si contemplamos toda ese lado oscuro de la vida del hombre, miremos el lado de luz con que Cristo quiere iluminarnos. Porque en Cristo y en su amor está la luz. Como decíamos antes no nos quedamos sólo en Cristo en la Cruz, sino que siempre nuestra mirada tiene llevarnos más allá, porque tiene que llevarnos a la luz de la resurrección.
La cruz de Cristo, finalmente, nos descubre lo que es el rostro misericordioso del Padre. ‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de El’. Porque Dios nos ama, contemplamos a Cristo en la Cruz. Miramos, pues, a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte. Por eso en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos y está nuestra muerte, el dolor, sufrimiento y muerte de todos los hombres, que Cristo ha asumido en sí mismo desde el momento de su Encarnación.
Que esa mirada a la Cruz de Cristo, hoy que estamos celebrando esta fiesta de su exaltación, nos lleve a hacer nosotros el mismo camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, de seguimiento de Jesús, de ser en verdad discípulos y apóstoles que es el camino de la cruz, pero que será siempre camino que nos lleve a la vida.
Nos ponemos ante la cruz y nos ponemos ante el Misterio. Pero será un misterio, entonces, que nos haga ahondar en nuestra fe y en nuestro amor. La cruz, por otra parte, no puede ser nunca sólo un adorno bonito, ni algo así como un talismán milagroso que lo llevo porque me da suerte. La cruz tendrá siempre que recordarme una fe y un amor, para ponerme siempre en ese camino que es el seguimiento de Jesús con todas sus consecuencias, como lo fue su Encarnación.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Somos un mismo Cuerpo porque comemos de un mismo pan

1Cor. 10, 14-22
Sal. 115
Lc. 6, 43-49

‘Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan’. Hermoso el mensaje que nos propone el apóstol. Somos uno. Comemos del mismo pan. Ese pan es Cristo. Es la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Ya nos lo había dicho el apóstol. ‘El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos une a todos en la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el Cuerpo de Cristo?’ Es lo que venimos a hacer en la Eucaristía. Comemos al mismo Cristo, su mismo y único Cuerpo, bebemos su Sangre, su única Sangre derramada por nosotros para el perdón de los pecados.
Muchas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida de cada día, para nuestra convivencia diaria con los hermanos, para nuestra vivencia de Iglesia. Cuando salimos de la Eucaristía después de haber comido el Cuerpo del Señor, de sentirnos en íntima y profunda unión con El, no podemos menos que vivir una comunión semejante con los hermanos. Cuando salimos de la Eucaristía salimos comprometidos para el amor.
No cabe que vengamos a la Eucaristía y no salgamos dispuestos a amarnos más, a vivir esa misma comunión con los hermanos, aceptándonos, comprendiéndonos, perdonándonos. No cabe que salgamos de la Eucaristía y sigamos con nuestras reticencias para aceptar a los demás; sigamos con nuestros recelos, nuestras envidias, nuestros orgullos que nos endiosan poniéndonos por encima de los demás; sigamos con nuestros rencores y venganzas, nuestro hablar mal de los otros, nuestras violencias y desconfianzas. Todo eso tendría que desaparecer si nos hemos unido a Cristo, porque al unirnos a Cristo necesariamente hemos de sentirnos unidos a los demás.
Lo hemos mirado en el día a día de nuestra convivencia, pero tendríamos que mirarlo en el seno de la comunidad, en el seno de la misma Iglesia. Porque muchas veces nos hacemos las guerritas cada uno por su lado; porque también desconfiamos de los demás, desconfiamos de los pastores donde quizá vemos intenciones y cosas ocultas que no tendríamos que ver, y nuestros pastores tendrían que ver en el común de los fieles unos miembros vivos de la Iglesia a los que se les da confianza también en su hacer y en su caminar. Muchas más cosas podríamos pensar y revisar para lograr esa necesaria comunión incluso entre los miembros de una misma comunidad, de una misma Iglesia.
Venimos cada día a la Eucaristía y, como nos dice la gente, nos damos muchos golpes de pecho, diciendo Señor, Señor, ¿y luego no seguimos el camino que nos ha trazado el Señor en el Evangelio? Que no tenga que decirnos Jesús como le hemos escuchado hoy. ‘¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que yo os digo?’ Que no nos tenga que decir que somos como casa edificada sobre tierra, sin cimiento, porque no ponemos por obra las palabras del Señor.
Que cimentemos bien nuestra vida en la Palabra del Señor, pero en la Palabra que escuchamos y ponemos por obra. Para que llenemos nuestro corazón de bondad hasta rebosar. Para que seamos árbol sano que da frutos sanos. ‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien...’
Pidámosle al Señor que así rebose nuestro corazón de bondad, de amor, de comprensión, de comunión profunda con nuestros hermanos para que podamos vivir también esa comunión profunda con El.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Un nombre más dulce que la miel, María

Eclesiástico, 24, 17-22
Sal. Lc. 1, 47ss (Canto de María)
Luc. 1, 26, 36


'La Virgen se llamaba María'. Habiendo celebrado hace unos días la natividad de la Virgen María hoy la liturgia nos ha ofrecido la oportunidad de celebrar esta memoria del Santo Nombre de María. Una celebración entrañable que ha estado siempre presente en la devoción a la Virgen: celebrar ese dulce nombre de María con el que la invocamos como Madre, porque así nos la quiso regalar el Señor.
Decir que el único nombre en el que encontramos salvación es el nombre de Jesús. No se nos ha dado otro nombre en el que podamos encontrar la salvación, nombre ante el que se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo.
Hoy glorificamos el santo nombre de María. Dios quiso asociarla, contar con ella, en la historia de nuestra salvación. La escogió como madre del Hijo de Dios hecho hombre, y para que se realizara ese admirable misterio de la Encarnación hemos escuchado en el Evangelio cómo Dios envía al arcángel Gabriel para hacerle el anuncio a María y para contar con su Si, que trasmitiría ante el trono de Dios.
Nombre glorioso el de María. Así lo proclamaba la liturgia al comienzo de la celebración en la antífona de entrada, tomando las palabras con las que el pueblo de Israel aclamaba a Judith, pero que la liturgia hoy aplica a María. ‘El Señor Dios te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo, que tu alabanza está siempre en boca de todos’.
Nombre santo el de María. Es el nombre de la llena de gracia, de la que encontró gracia ante Dios, para ser la Madre de Jesús, la Madre de Dios.
Nombre maternal. Como decíamos en la oración, ‘elegida por el Señor para ser Madre suya, quiso que fuese en adelante nuestra Madre’. Así nos la dejó como Madre desde la Cruz. ‘Ahí tienes a tu madre’. A ella nos confiamos; recurrimos a su protección; invocamos su nombre.
En el prefacio diremos ‘has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles’. Es el nombre dulce como la miel que más pronto aflora en nuestros labios para llamarla y para invocarla. A María contemplamos ‘como estrella luminosa... como madre en los peligros...’ A ella acudimos en nuestras necesidades con la seguridad de que siempre seremos escuchados.
Nos sentimos confortados invocando su nombre. Su nombre más dulce que la miel, como decíamos antes, recordando lo que nos decía el libro del Eclesiástico.
Que de María aprendamos y que ella nos alcance la gracia divina para que nunca nos veamos lejos de su protección. Si hoy hemos comenzado recordando el nombre de Jesús en quien tenemos nuestra salvación, y ahora hemos disfrutado saboreando el nombre de María, no olvidemos que nosotros llevamos un nombre que no debemos nunca mancillar con el pecado, que es el nombre y la condición de cristiano. Es lo que vamos a pedir al final de la celebración. Que ‘a los que has alimentado en la mesa de la palabra y de la Eucaristía, nos conceda rechazar lo que es indigno del nombre cristiano y cumplir cuanto en él se significa bajo la guía y la protección de la Virgen María’.

jueves, 11 de septiembre de 2008

La única espiral buena es la del amor

1Cor. 8, 1-7.11-13
Sal. 138
Lc. 6, 27-38

Pareciera que andamos en la vida como en una espiral. Ya sabemos parte de un punto en una curva podíamos llamar ascendente que va haciendo que se arco se vaya haciendo cada vez mayor pero sin solución de vuelta a un punto de partida sino que más y más se aleja en la medida en que crece. O si queremos en sentido inverso de mayor a menor se va cerrando y cerrando cada vez hasta que el arco se consume en sí mismo en un solo punto.
Un camino y otro de la espiral creo que pueden reflejar muchas actitudes y actos de nuestra vida y de nuestra relación con los demás. Violencia que engendra violencia cada vez mayor; relaciones interesadas que cada vez nos van creando como más deuda de los unos con los otros sin visos de solución; egoísmo que nos encierra cada vez más en nosotros mismos llegando a aislarnos de los demás centrándonos todo en nuestro yo egoísta e insolidario.
Porque tú me dijiste, yo te digo, y porque yo te respondí, tú me contestate más fuerte y así se va generando y generando cada vez un enfrentamiento mayor. Porque tú ayudaste, yo te ayudo, pero tú te verás obligado a ayudarme después, y tendré que corresponderte, con lo que la ayuda no es desinteresada sino que más bien pareciera el pago de una deuda continuada. Como él no me hizo aquel favor, por qué tengo yo que prestarle ayuda ahora, y siempre estaremos esperando a que sea el otro el que comience. Y así podríamos pensar en tantas y cosas que hacemos y que simplemente generan una espiral o de violencia, o de deudas mutuas, o de egoísmos que me encierran.
Hay que romper esta espiral que no nos lleva a nada bueno. Aunque pensemos, es que todo el mundo actúa así, no nos podemos mover sólo por el interés, ni podemos estar siempre respondiendo con la misma moneda a lo que los otros puedan hacernos. Es a lo que Jesús nos invita. Es la Buena Nueva que nos trasmite Jesús. ¿Que todo el mundo lo hace así? Jesús viene a realizar un mundo nuevo, a enseñarnos a hacer las cosas de otra manera. ‘Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué meritos tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar ¿qué hacéis de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo’.
Al odio tenemos que responder con amor; a la violencia, con paz y perdón; al interés, con generosidad desinteresada; al mal, con el bien; al juicio y a la condena, con comprensión y perdón. Al enemigo y al que te odia, ámalo; al que te hace mal, hazle bien; al que te maldice, bendícelo; al que te injuria, reza por él; con el egoísta, sé generoso; con el violento, sé pacifico; con el interesado, sé altruista y desinteresado, enséñele lo que es la gratuidad; al que te debe, regálale; no juzgues, ni condenes; al que te ofrende, perdónalo siempre hasta setenta veces siete; que tu medida sea siempre la de la generosidad y el perdón.
‘A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te peque en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, dale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten’. Son las palabras de Jesús.
Y nos propone un modelo y un ideal. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo... dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros’. Si alguna espiral tiene que permanecer es la del amor, para abrirnos siempre a los demás. O como decía san Pablo ‘lo constructivo es el amor mutuo’.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Una nueva escala de valores descubrimos en las bienaventuranzas

1Cor. 7, 25-31
Sal. 44
Lc. 6, 20-26

Muchos discípulos y mucha gente venida de todas partes habían llegado a las llanuras de Galilea para oír la palabra de Jesús y para ser curados de todo mal y de toda enfermedad. Lo escuchábamos ayer.
¿Qué tipo de gentes podemos contemplar? Muchos enfermos y aquejados de todo tipo de sufrimiento; gentes pobres y carentes de las cosas esenciales de la vida; gente con sufrimiento en el corazón y quizá perdidas las esperanzas y las ilusiones.
¿Cuál era el mensaje de Jesús? Tenía que ser un mensaje que respondiese a aquella realidad. ‘Dichosos los pobres... los que tienen hambre... los que sufren y lloran... los que son marginados y perseguidos...’ Para ellos la dicha, la alegría, la felicidad, la recompensa eterna.
Pero a este anuncio de dicha y felicidad, como una antítesis, están las lamentaciones de Jesús. Se lamenta Jesús por la suerte de esta gente. ‘Ay de los ricos... ay de los que están saciados... ay de los que ríen... ay de los que os consideráis famosos y triunfantes...’
Quiero pensar en la reacción o lo que pasaría por la cabeza y el corazón de aquellos que estaban escuchando este mensaje de Jesús. Una nueva esperanza nacía en sus corazones. Para la situación de su vida había una respuesta de salvación. Se abría la esperanza y renacía la ilusión. Ellos podían aspirar también a la dicha y a la felicidad. Aunque pareciera contradictorio con la manera de pensar del mundo.
Todo un cambio de chip, de esquema mental. Lo que se considera una dicha, ya no es dicha. Y lo que parece una desgracia, es motivo de felicidad sin fin. Paradojas del Evangelio. Entra en juego una nueva escala de valores. Lo vemos a través de todas las páginas del Evangelio. Lo vemos en el actuar de Jesús y de cómo quiere que sea el actuar de sus discípulos.
Lo había cantado María. La que glorifica al Señor, que se ha fijado en la pequeñez de su sierva; la que canta al Señor ‘que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; que dispersa a los soberbios de corazón; que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada; que se mantiene fiel en su misericordia de generación en generación’ para con todos los pecadores.
Es la Buena Nueva que nos llega con Jesús. María lo vivió. Dichosa, bienaventurada fue llamada por su fe, porque creyó la Palabra del Señor. Es Buena Nueva también para nosotros hoy. De este encuentro con el Señor tenemos que salir llenos de alegría y de esperanza, porque sabemos que las cosas pueden cambiar, que con Jesús las cosas tienen que cambiar.
Nos queda preguntarnos. Y nosotros, ¿mereceremos la bienaventuranza o la lamentación? ¿Cuáles son las actitudes de nuestro corazón? ¿Cómo escuchamos nosotros esas palabras de Jesús? ¿Renace también en nosotros la esperanza?

martes, 9 de septiembre de 2008

Tres momentos: oración, elección y salvación

1Cor. 6, 1-11
Sal. 149
Lc. 6, 12-19

Tres momentos podemos destacar en el texto del Evangelio que comentamos. Un primer momento, la oración. ‘Subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios’.
Un segundo momento la elección de los apóstoles. ‘Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles’. Y el evangelista a continuación nos da la relación de todos sus nombres y algunas circunstancias en torno a su vida.
Un tercer momento, el encuentro con los discípulos y con toda la masa grande de la gente. ‘Bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón’. Ahora son todos los discípulos y todos aquellos que ‘venían a oírlo y a que Jesús los curara de sus enfermedades...’
¿Dónde estaba Jesús? ¿Dónde se sitúa este monte? Probablemente en Galilea, porque en el texto que sigue le veremos proclamar las Bienaventuranzas, en la versión que nos da san Lucas; pero nos habla de gente que ha venido de toda Palestina, nos habla de Judea y Jerusalén, pero nos habla de gentes de más al norte, en la costa de Tiro y Sidón.
Tres momentos, pues, importantes. Nos habla de la unión de Jesús con el Padre, ‘pasó la noche en oración’, en un momento importante porque elige a los doce Apóstoles a los que iba a confiar una misión especial en medio de la comunidad. Son los Apóstoles, los enviados, los que en su nombre han de ir a anunciar el Evangelio a toda la creación. Pero están también todos los discípulos y todos aquellos que se acercan a Jesús para escucharle y para experimentar en su vida la salvación que Jesús nos trae, que viene significada en los milagros que realiza.
Tres momentos importantes también para nosotros. Unidos a Dios en nuestra oración. Necesitamos de Dios, de nuestra unión íntima y profunda con el Señor, que nos llene de su vida, que nos haga sentir su predilección y su amor, que nos haga experimentar su salvación.
También nosotros queremos escucharle allá en lo más hondo de nuestro corazón. Y abrimos nuestra vida a Dios, abrimos nuestro corazón a un encuentro profundo y vivo con El. Es lo que tiene que ser la oración en nuestra vida, más allá de algo ritual que podamos hacer. Como Jesús, según hemos visto en el evangelio. Como lo hizo María; como lo han hecho los santos antes que nosotros y que nos sirven tanto de ejemplo y de modelo.
Y sentimos como Dios tiene un amor especial para cada uno. Nos sentimos llamados y elegidos. Porque su amor es una predilección del Señor por nosotros. A cada uno nos ama el Señor con un amor especial. Dios nos ama a cada uno por nuestro nombre. Recordemos cada uno nuestra historia personal y descubriremos como en ese día a día de nuestra vida el Señor nos ha ido manifestando su especial amor.
‘Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca’. El Señor nos ha llamado y elegido y ha derramado su gracia salvadora sobre nosotros. Como nos recordaba san Pablo, somos pecadores porque tantas veces hemos llenado nuestra vida de pecado, pero el Señor ha sido grande en su misericordia con nosotros. ‘Así erais antes... pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios’. Si así nos ha perdonado el Señor, nos ha lavado de nuestros pecados, así ahora nosotros tenemos que dar gloria a Dios dando frutos de santidad y de gracia en nuestra vida.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Te felicitamos, María, es tu cumpleaños

Cuando celebramos el cumpleaños de alguien lo felicitamos y le deseamos los mejores parabienes. Nos alegramos con la alegría de su celebración y participamos con alegría de su fiesta ofreciéndole los obsequios de nuestro amor y amistad que se traduce muchas veces en los regalos que le hacemos.
Hoy es el cumpleaños de María. Es la fiesta de la Natividad, la Virgen Madre de Dios y madre nuestra. También queremos felicitarla con nuestro más sincero amor y ofrecerle el ramos de rosas de nuestro corazón. Hoy es una fiesta muy importante de María, en la que queremos participar con mucha alegría. Una fiesta que en la devoción popular de nuestros pueblos se traduce en numerosas advocaciones en torno al misterio de María. Virgen de la Luz, Virgen del Socorro, Virgen de los Remedios, Virgen de Abona, Virgen del Pino... por mencionar algunas de las que se celebran en esta tierra canaria en sus diferentes pueblos e islas.
La liturgia toda de este día es un canto de felicitación, de alabanza y de alegría en el Nacimiento de María. Cuando digo la liturgia no me refiero sólo a la celebración de la Eucaristía, sino también a la Liturgia de las Horas a través de los diferentes momentos del día. Recogemos algunas de las expresiones que aparecen en la liturgia y que pueden ayudarnos a vivir el sentido de esta fiesta.
‘Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anuncia la alegría a todo el mundo. De ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que borrando la maldición nos trajo la bendición, y triunfando de la muerte nos dio la vida eterna’, que decimos en la antífona del Benedictus en Laúdes. Así nos habla también de ‘las primicias de la salvación’ que hemos recibido por el nacimiento de María en la oración litúrgica de esta fiesta. Por eso, ‘celebramos con alegría el nacimiento de María, la Virgen: porque de ella nació el Sol de justicia, Cristo el Señor’.
Y si nos habla del nacimiento del ‘sol de justicia, Cristo, el Señor’, el nacimiento de María se convierte para nosotros en la aurora. Ese resplandor que anuncia el día, que anuncia el nacimiento del sol. María es esa Aurora de la salvación porque de ella va a nacer Jesús. Así lo expresamos en la oración después de la comunión en la Misa. ‘Nacimiento de la Virgen María que fue para todo el mundo esperanza y aurora de la salvación’.
Por eso la liturgia nos habla de gozo y alegría a todo momento, gozo y alegría que podemos decir que es también el gozo y la alegría de Dios en el nacimiento de María. Dios la había escogido, la había predestinado para ser su madre, y por eso derramó sobre ella toda gracia y toda bendición. La preservó de todo pecado desde el primer instante de su Concepción en previsión de los méritos de su Hijo. Así lo celebramos hace nueve meses cuando celebrábamos su Concepción y la llamábamos Inmaculada, Purísima. Y Dios se gozó en María, en su belleza y en su santidad. ‘Hoy es el nacimiento de Santa María Virgen, que nos dice una de las antífonas de su fiesta, en cuya bella y humildad Dios se ha complacido’.
Nos felicitamos con María y felicitamos a María en la fiesta de su nacimiento. Cantamos a María y con ella queremos cantar a Dios la mejor de las alabanzas. Le ofrecemos el mejor regalo de nuestro amor que es querer copiar en nosotros su propia santidad. Por eso, con algunas de las advocaciones con que en este día la festejamos, queremos sentirla como Madre que remedia nuestros males, y la llamamos Virgen de los Remedios. Es la madre intercesora a quien acudimos y que sabemos que nos protege. Es la madre a la que confiamos todas las cuitas y deseos de nuestro corazón.
Virgen de la Luz también la llamamos, porque es la aurora que nos anuncia la Luz del Sol, Cristo el Señor, que viene a iluminar nuestras vidas. Queremos llenarnos de su luz. Queremos seguir el rastro de luz que se desprende de María, porque sabemos que si lo seguimos vamos a encontrar la Luz verdadera, Cristo el Señor.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Allí donde hay comunión y amor, allí está Dios

Ez. 33, 7-9;
Sal. 94;
Rm. 13, 8-10;
Mt. 18, 15-20

De una forma u otra cada vez que comenzamos la celebración de la Eucaristía el sacerdote nos recuerda que estamos reunidos como hermanos, como comunidad de amor, como asamblea santa, como pueblo de Dios.
¿Serán palabras rituales o son expresión de algo que vivimos y que queremos celebrar? ¿O quizá venimos porque queremos que el Sacerdote nos celebre la Misa, y lo que menos nos importa es que estamos reunidos como comunidad de hermanos, como familia santa que nos amamos? Creo que este interrogante es muy importante que nos lo hagamos y que tengamos claro qué es lo que somos y qué buscamos cuando venimos a la celebración. No venimos simplemente para que nos digan la Misa, acaso para hacer yo mis oraciones y, bueno, que no se alargue mucho porque tengo luego otras cosas que hacer. La participación en la celebración litúrgica es mucho más.
No siempre tenemos una conciencia clara de que somos una comunidad de hermanos, que somos una familia todos los que nos decimos que creemos en Jesús y pertenecemos a la Iglesia. Tenemos el peligro y la tentación de que, aunque nos decimos creyentes y cristianos, vayamos cada uno por nuestro lado y no sintamos realmente ese calor de una comunidad de amor que tenemos que ser todos los que formamos la Iglesia.
Algo que hemos de tener muy claro. Repercute, por supuesto, en nuestra celebración, en nuestra manera de celebrar, en las actitudes y posturas que tomamos en la celebración, pero repercute en algo esencial de nuestra vida cristiana. Los que creemos en Jesús queremos a entrar a formar parte del Reino de Dios. Los que creemos en Jesús, y que nos hemos unido a El por el Bautismo, al mismo tiempo entramos a formar parte de la comunidad cristiana, de la Iglesia, de la familia de los hijos de Dios. Y esto ha de expresarse en el día a día de nuestra vida.
Formamos, pues, por la fe que tenemos en Jesús como nuestro Salvador, una comunidad de amor, una comunidad de hermanos. Y ser una comunidad de amor entraña muchas cosas en las relaciones mutuas entre los miembros de la comunidad. Somos una comunidad de amor porque nos amamos. No olvidemos que ha sido el principal mandamiento que nos ha dado Jesús. Y porque nos amamos, y nos sentimos unidos, como nos dice hoy en el evangelio, ahí está El en medio de nosotros. ‘Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’, nos ha dicho.
Y nos dice más Jesús en referencia a nuestra oración. Si oramos unidos, unidos en el amor, tenemos la garantía que nos ha dado Jesús de que nuestra oración será escuchada. ‘Os aseguro, además, que dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo’.
Decíamos que somos una comunidad de amor porque nos amamos. Como comunidad caminamos juntos, nos ayudamos mutuamente; como comunidad hemos de sentirnos siempre solidarios los unos con los otros; como comunidad de amor nos aceptamos y nos comprendemos, nos perdonamos y nos ayudamos los unos a los otros a ser mejores, corrigiendo nos defectos, fallos y pecados.
No son fáciles las relaciones humanas entre las personas en cualquier ámbito de la vida, en la familia, entre los vecinos, allí donde trabajamos, y, tenemos que decir también, en nuestro ámbito de Iglesia. Tenemos nuestros orgullos y nuestro amor propio; tenemos nuestra manera de pensar y de hacer las cosas; nos sentimos tentados al egoísmo o a la insolidaridad. Pero precisamente en esa familia que somos los que nos llamamos Iglesia tendríamos que aprender a hacer que nuestras relaciones y nuestro trato sean cada vez mejores y a ello en nombre del amor cristiano tenemos que ayudarnos mutuamente.
Es de lo que nos ha hablado hoy Jesús en el Evangelio, cuando nos habla de la corrección fraterna. Algo que nos cuesta hacer y nos cuesta aceptar. Nos cuesta hacer porque, por una parte, nos echamos para detrás porque decimos que no somos nadie para decirle nada a otra persona, o porque no sabemos hacerlo con la suficiente humildad y amor para no herir, para no dañar. Eso, nos falta amor, porque como nos decía san Pablo ‘uno que ama a su prójimo no le hace daño’. Nos hace falta la delicadeza del amor. Por eso nos decía también ‘a nadie le debáis nada, más que amor, porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley’.
Y nos cuesta aceptar la corrección también por nuestra falta de humildad y de amor. Falta de humildad porque no nos gusta que aparezcan nuestros fallos o errores y que el hermano me pueda decir algo. Falta de humildad y amor por eso mismo porque no nos sentimos esa comunidad que caminamos juntos y nos ayudamos desde el amor los unos a los otros en ese caminar.
Creo que a esto nos está invitando el Señor en este domingo. Seamos en verdad esa comunidad de amor, esa familia, ese pueblo de Dios que caminos juntos porque creemos en Jesús y nos amamos. Además una cosa más. Allí donde hay comunión y amor, allí está Dios.

sábado, 6 de septiembre de 2008

A nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos

1Cor. 4, 6-15
Sal.144
Lc. 6, 1-5

El texto de la carta de san Pablo que comentamos yo diría que nos habla de la pasión y del dolor del corazón de Pablo y de su grandeza como Apóstol.
Dolor del corazón del apóstol por lo que le hace sufrir aquella comunidad a la que dirige su carta por sus problemas y divisiones internas. La situación es dura y se vuelve contra el apóstol que fue el primero que evangelizó aquellos lugares. Hay personas interesadas en desprestigiarle, todo se vuelve contra él y sufre ataques de todo tipo. ‘Parecemos condenados a muerte, dados en espectáculo público... considerado como loco, débil, despreciado... hemos pasado hambre y sed y falta de ropa... despreciados... nos agotamos trabajando con nuestras propias manos...’ Se siente como el último de todos. ‘Por lo que veo, a nosotros los apóstoles, Dios nos coloca los últimos... nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy’.
Pero ante todo esto que sufre el apóstol, tenemos que decir grande es la espiritualidad del apóstol. Sigue el camino de Jesús, que humillado se sometió a la muerte como un esclavo, pasando por uno de tantos. Parece que en su vida se está reflejando lo que había dicho Jesús de hacerse el último y el servidor de todos. En él se está realizando lo prometido en las bienaventuranzas. Se siente pobre, sufrido, y perseguido a causa del Evangelio. Siente que su fuerza está en el Señor. Él cumple con su misión. Su deseo es el Reino de Dios, el anuncio del Evangelio, y se siente orgulloso de considerarse padre en la fe para todos ellos, porque él fue el primero en anunciarles el Evangelio.
¿Cuál es su reacción? Hacer lo que dice Jesús en el evangelio sobre cómo tenemos que reaccionar ante quien nos humilla o nos ofende. ‘Nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos con paciencia; nos calumnian y respondemos con buenos modos...’ Nos recuerda efectivamente lo que Jesús enseña en el sermón del monte. ‘Yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal; al contrario al que te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; a que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto... da a quien te pide, y no vuelvas la espalda al que te pide prestado...’
En la figura del apóstol vemos también el dolor y sufrimiento de los pastores del pueblo de Dios de todos los tiempos. Bien conocemos que son el blanco de todas las miradas pero también de todas las críticas y persecuciones. Todos conocemos cómo los obispos y los sacerdotes, y también todos los que se dedican a un trabajo pastoral, son objeto de críticas, cómo se les mira mal, tantas veces son desprestigiados por muchos con acusaciones y calumnias; cómo se aprovecha cualquier debilidad humana, que es normal que tengan porque son tan humanos como todos los hombres, para acusarlos, criticarlos, condenarlos sin la más mínima misericordia. En medio del mundo el pastor que quiere seguir el modelo de Cristo se convierte siempre en signo de contradicción lo que provocará muchas reacciones adversas en aquellos a los que le molesta esa luz que brilla con el resplandor del Evangelio.
Por eso el pueblo cristiano tiene que saber estar al lado de sus pastores, para apoyarlos, animarlos, hacerles que se sientan fortalecidos con la gracia del Señor que es la única fortaleza que merece la pena. Ahí tiene que estar la oración del pueblo cristiano por sus pastores. Así se sienten confortados en el Señor con esa oración del pueblo fiel que sabe valorarlos y apoyarlos. Así, es cierto, los pastores tenemos que crecer en nuestra santidad, hacer crecer más y más una espiritualidad bien enraizada evangélicamente y tomemos el ejemplo de Pablo que hoy contemplamos en este trozo de la primera carta a los Corintios.Y a todos nos vale este ejemplo que nos ofrece Pablo, porque todos en la vida tenemos que sufrir muchas veces esas persecuciones y esos desprecios, en la convivencia de cada día muchas veces se nos hace difícil el trato mutuo y por eso hemos de saber reaccionar también según el espíritu del Evangelio de Jesús, con amor, con humildad, con paciencia, ‘con buenos modos’, como decía el apóstol.

viernes, 5 de septiembre de 2008

A vino nuevo, odres nuevos

1Cor. 4, 1-5
Sal.36
Lc. 5, 33-39

‘A vino nuevo, odres nuevos’. Así nos dice Jesús en el Evangelio. ¿Qué querrá decirnos?
Podemos recordar otro pasaje del Evangelio que nos habla también de vinbo nuevo, en este caso del evangelio de san Juan. Lo recordamos. Las Bodas de Caná de Galilea. Allí ofrece Jesús un vino nuevo en aquella boda. El evangelista no habla de milagro sino de signo, queriendo decirnos que las acciones maravillosas que hace Jesús son señales de algo más que Jesús quiere realizar. Ese vino nuevo de las bodas de Caná fue un signo por el que muchos discípulos creyeron en él; el inicio, podíamos decir, de algo nuevo que Jesús quería ofrecernos.
El inicio de la predicación evangélica fue una invitación a la conversión, tanto en la predicación de Juan como preparación para la venida del Mesías, como los primeros pasos de Jesús en Galilea. ‘Convertíos y creed en el Evangelio’. Convertíos porque el anuncio de algo nuevo se está realizando. Evangelio es Buena Noticia. Con Jesús llegaba esa Buena Noticia. Con Jesús se estaba haciendo el anuncio de algo nuevo y para creer en ello había que darle la vuelta a la vida, convertirse.
Vino nuevo que necesita unos odres nuevos; vida nueva que necesita un cambio total y radical en la vida anterior; nacer de nuevo que dice Jesús a Nicodemo; levadura nueva, porque hemos de quitar la levadura vieja, que le decía Jesús a los discípulos; hombres nuevos, que nos dirá luego san Pablo, arrancando de nosotros el hombre viejo.
Es que es eso lo que significa creer en Jesús. Eso es lo que tiene que realizarse en nuestra vida. Conversión, porque no podemos andar con componendas ni paños calientes. Hoy Jesús nos dirá que no podemos andar con remiendos. ‘Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea lo nuevo, y la pieza no le pega a lo viejo’.
Esto tendría muchas consecuencias en nuestra vida. En ese camino de santidad que queremos recorrer, no podemos andar con arreglos con el pecado. ‘Seréis santos, como vuestro Padre del cielo es Santo’, nos dice Jesús en el Evangelio. Cuando viene la tentación no podemos andar haciendo arreglitos. Como Jesús en el monte de la Cuarentena tenemos que saber decir no. Es la radicalidad del amor. Es la radicalidad con que hemos de vivir la santidad.
Jesús anuncia el Reino de Dios, por el que hemos de optar con toda nuestra radicalidad. Jesús nos está proponiendo un nuevo estilo de vivir, que es el Reino de Dios. Ese Cielo nuevo y esa Tierra nueva de la que nos habla el Apocalipsis, porque el primer mundo ha pasado. Pero ¿qué hacemos nosotros? ¿Somos en verdad en nuestra Iglesia testigos de ese mundo nuevo, de ese estilo nuevo del Evangelio? ¿De verdad el Reino de Dios es la opción radical de nuestra vida? ¿En nuestras actitudes y en nuestro comportamiento somos testigos de ese estilo nuevo del Reino de Dios? ¿Vivimos la libertad gloriosa de los hijos de Dios, porque Cristo nos ha liberado?
Cuando Jesús les habla a los discípulos del vino nuevo y de los odres nuevos, de la levadura vieja de los fariseos que hay que quitar, está diciéndoles que sus actitudes, su estilo de vivir con la llegada del Reino de Dios tiene que ser totalmente nuevo.
Pero pareciera que los cristianos volvemos muchas veces a los viejos rituales, a cargarnos de normas y preceptos como Jesús denunciaba en los fariseos y en los maestros de la ley. Algunas veces en algunas instituciones y en la misma Iglesia pareciera que le damos más importancia a todas esas normas y preceptos de los que hemos llenado la vida de nuestras instituciones que del estilo libre del Evangelio. Tenemos el peligro y la tentación de volver a actitudes farisaicas donde lo más importante es lo externo, porque no se tiene en cuenta como se debiera la pureza del corazón.
Hace unos años entró en la Iglesia el aire nuevo del Espíritu con el Concilio Vaticano II, y confieso que algunas veces parece como si volviéramos en muchas cosas a antiguos ritos y antiguas costumbres, ahogando el espíritu de renovación que resplandeció en la Iglesia en los tiempos del Concilio. Por el miedo a equivocarnos, a que se cometan errores o se tengan tropiezos se coarta la libertad en muchas ocasiones de nuevas iniciativas renovadoras que nos harían caminar impulsados por esa fuerza siempre nuevo y joven del Espíritu. Pareciera que nos hiciéramos viejos y timoratos en ese miedo a lo nuevo que el Espíritu pudiera seguir sugiriendo a la Iglesia de tantas maneras.
Como nos decía san Pablo en la carta a los Corintios ‘el Espíritu iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón’. Que el Espíritu nos ilumine, con su fuego queme esa vieja levadura que muchas veces dejamos escondida en muchos rincones del corazón, y nos haga encontrar esos nuevos odres que contengan ese vino nuevo del Evangelio impulsor de vida nueva para nosotros y para nuestra Iglesia.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Humildes y disponibles para ser pescadores de hombres

1Cor. 3, 18-23
Sal. 23
Lc. 5, 1-11

Lo podemos contemplar hoy en el evangelio como sembrador o como pescador. Como pescador que siembra la semilla del Reino de Dios o como pescador que nos invita a ir hasta El para seguirle al tiempo que nos hace a nosotros también pescadores de hombres.
‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios... subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente...’ Toda ocasión y todo lugar es bueno para el anuncio del Reino. Allí a la orilla del lago, en aquellas gentes que estaban ansiosos de escuchar la Palabra de Dios, podía haber tierra buena en la que sembrar la semilla.
Pero Jesús necesitaba sembradores y pescadores. Es lo que vamos a ver a continuación. Además serán necesarias unas actitudes, unas condiciones para poder ser de los que habían de ser enviados por Jesús. El llama, pero también nos va dejando a entrever sus exigencias.
‘Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar’. En mal momento podía haber venido la petición de Jesús. Pedro, el pescador, el que conocía bien aquel lago y las artes de la pesca se había pasado la noche bregando y no había cogido nada. ¿Pedirle ahora a Simón que de nuevo eche las redes para pescar? El que entendía de mar y de pescas era Pedro, y ya vemos el resultado.
Pero aquí viene la primera respuesta y la primera actitud. El era el que sabía, pero estaba dispuesto a hacer lo que Jesús dijera. ‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes’. Pedro baja la cabeza. Pedro se manifiesta humilde. Pedro deja a un lado sus conocimientos y su arte de pesca. Pedro está dispuesto a hacer lo que le pida el Maestro. Hermosa actitud de humildad. ‘Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio’, nos aconseja Pablo en su carta. Fue la sabiduría que aprendió Simón Pedro, la de la humildad y la de la confianza.
Este es el otro valor que hay que destacar: la confianza. La confianza la tiene puesta en Jesús. ‘Pero, por tu palabra, echaré las redes’. Porque tú lo dices. Porque me fío de ti. Porque humilde me digo no a mi mismo para simplemente dejarme guiar por ti. Por tu palabra, en tu nombre, echaré las redes. ¡Cuándo aprenderemos a fiarnos de Dios! ¡Cuánto tendríamos que decir en este sentido!
Y ahora viene el asombro. Sí, asombro para reconocer las maravillas que el Señor hace. Podemos decir que son casualidades, que es suerte que tenemos en la vida, que ahora tocó. Pero ¿por qué no decir que Dios está actuando ahí y nos hace descubrir sus maravillas? Hemos perdido la capacidad de asombro ante las cosas de Dios. Nos hemos hecho tan poderosos y tan sabios, que no terminamos de vislumbrar que el poder grande y las maravillas grandes las hace Dios, y de tantas manera en nuestra vida. Reventaba la red. Fue necesario llamar a los compañeros de las otras barcas. ‘Llenaron las dos barcas, que casi se hundían... y es que el asombro se había apoderado de él (Simón Pedro), y de los que estaban con él’.
‘Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador’. De nuevo la humildad. Apártate de mí. Señor, no soy digno. ¿Quién soy yo para estar en tu presencia? ¿Cómo puedo poner en duda las obras de Dios cuando se manifiestan tan maravillosas? El Señor es grande.
Jesús había encontrado sembradores y pescadores. Había buena madera. Habían pasado el examen, aunque aun quedaba un último paso pero que saldría ya de forma espontánea. ‘No temas, dice Jesús; desde ahora será pescador de hombres’. Un día le había dicho, ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia...’; los había llamado a su paso por la orilla del lago. Algún día todavía le dirá ‘pastorea mis ovejas, pastorea mis corderos...’; ahora le dice: ‘Serás pescador de hombres’.
Vendrá la última reacción y la postrera actitud que hay que alabar. ‘Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’. Algunos muy prácticos podrán pensar y que se hizo con aquella pesca, porque en otra ocasión, incluso contarán los peces. Ahora lo que importa es seguir a Jesús. Lo que tenemos que destacar es la disponibilidad y el desprendimiento. Ya no necesitaban nada. Sólo a Jesús y seguirle.Seguir a Jesús. Escuchar su Palabra y su llamada. Admirar las cosas de Dios que son siempre maravillosas. Humildes, reconocer nuestra pequeñez y nuestra nada. Estar siempre disponibles para Dios y para aquello para lo que nos necesite.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

La Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad

1Cor. 3, 1-9
Sal. 32
Lc. 4, 38-44

‘El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad’. Lo hemos escuchado hace pocos días y hoy nos ha servido para proclamar el Aleluya antes del Evangelio. Podíamos decir que es la clave de lo que se nos ha ido proclamando y hemos ido escuchando estos días en el Evangelio: proclamar la Buena Nueva a los pobres y la libertad a los cautivos.
En la sinagoga de Cafarnaún Jesús ha proclamado la Palabra y al salir lo llevan primero a casa de Pedro donde está la suegra con fiebre; Jesús ‘de pie a su lado, increpó la fiebre, y se le pasó; ella levantándose en seguida, se puso a servirles’. A continuación le traen enfermos ‘y poniendo las manos sobre cada uno los iba curando’. Los signos de esa libertad para los cautivos. Jesús que nos sana, nos cura, nos salva, nos levanta de nuestras esclavitudes y postraciones y nos da vida. Sigue tendiéndonos su mano para levantarnos. Sigue iluminándonos con la Buena Noticia de su Palabra.
Pero Jesús no se queda en Cafarnaún. ‘Intentaban retenerlo para que no se fuese’. Pero Jesús no se deja acaparar. Jesús tiene que llegar a todos los hombres y a todos los pueblos. ‘También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado’. Y comenta el evangelista que se fue a las sinagogas de Judea. Estaba en Galilea y se va también a Judea. A todos ha de anunciarse el Reino de Dios. Su misión es universal.
En la primera lectura, en la carta a los Corintios, se nos señalan situaciones vividas por aquella comunidad, pero que podemos trasladarnos a nuestras situaciones personales o de nuestras comunidades cristianas, en las que Jesús ha de llegar hasta nosotros igualmente para tomarnos de la mano y levantarnos, sanarnos y salvarnos.
Había problemas en la comunidad de Corinto. Andaban divididos y llenos de conflictos. Pablo les dice que son como niños que andan con envidias y rencillas. Pablo había allí anunciado el primero el evangelio; luego habían venido otros misioneros de la Palabra de Dios y se crearon divisiones. Ahora andaban que si de Pablo o que si Apolo. ‘Cuando uno dice yo estoy por Pablo y otro, yo por Apolo, ¿no sois como cualquiera?’ ¿No sois como niños? ‘Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los instintos carnales y procedéis como gente cualquiera’, les dice Pablo. Lo importante no es Pablo ni Apolo, sino Dios, el Reino de Dios que se anuncia. ‘Nosotros – Pablo, Apolo, o cualquier misionero - somos colaboradores de Dios, y vosotros el campo de Dios... el edificio de Dios... lo que cuenta es el que hace crecer, Dios, no el que planta o el que riega’.
Así andamos también nosotros con nuestras divisiones, envidias, contiendas... En un nivel personal, pero también en nuestras comunidades, muchas veces en nuestra Iglesia. Es la división grande de la Iglesia, católicos, ortodoxos, protestantes, anglicanos, ortodoxos, y mil ramas más. Pero es también lo que sucede en nuestras pequeñas comunidades muchas veces. Que si yo soy mejor, que si tú lo haces de otra manera, que si mi grupo, mi comunidad, los que trabajan en esto o en lo otro, que si aquella persona, que si el cura de aquella parroquia, que si tal movimiento... Muchos orgullos, mucho amor propio, muchos resentimientos, muchas envidias... pero ¿qué es lo que importa? ¿qué yo o los míos sobresalgamos porque hacemos las cosas mejor, o el Reino de Dios?
Pidamos al Espíritu que nos dé el don de la humildad, del amor, de la aceptación mutua, de la valoración de los otros, del respeto mutuo, de la colaboración para tendernos las manos, para caminar juntos, cada uno según sus cualidades y su carisma, pero todos construyendo la misma Iglesia de Dios, el mismo Reino de Dios.
Que el Señor nos sane de nuestras enfermedades, de la parálisis del espíritu, de nuestra ceguera espiritual; que el Señor nos libere de tantas ataduras y esclavitudes nacidas de nuestro amor propio y orgullos heridos; que sintamos en nuestra vida esa Buena Nueva de Salvación que nos hace hombres nuevos; que vivamos con madurez cristiana todas esas situaciones difíciles con las que nos vamos encontrando.

martes, 2 de septiembre de 2008

¿Qué tiene su palabra?

1Cor. 2, 10-16
Sal. 144
Lc. 4, 31-37

‘¿Qué tiene su palabra?’ Comentaban con estupefacción las gentes de Cafarnaún. ‘Se quedaban asombrados porque hablaba con autoridad... da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen...’
‘¿Qué tiene su palabra?’
Ellos lo reconocen. Habla con autoridad. Cómo no iba a hacerlo si El era la Palabra viva de Dios que se había hecho carne. ¿Quién mejor podía hablarnos de Dios? ¿Quién mejor podía revelarnos el misterio de Dios? No hablaba con palabras aprendidas. Era El la Palabra, la Palabra de vida y la Palabra de salvación. No sólo nos enseña, sino que además con su poder y autoridad realiza maravillas. Era un hablar nuevo.
Con ese mismo asombro tenemos que ponernos nosotros ante la Palabra. Con esa misma apertura de corazón, para dejar que esa Palabra ilumine y salve nuestra vida. Que no pongamos resistencias. ‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar a voces: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sí quién eres: el Santo de Dios’.
Nos cuesta muchas veces reconocer y aceptar esa Palabra de vida y salvación que nos llega. Preferimos nuestras palabras o nuestros caminos. Preferimos quedarnos como estábamos. Se nos hace difícil el cambio porque nos duele arrancarnos de aquello a lo que nos habíamos acostumbrado. Cuántos apegos en nuestro corazón. Nos resistimos.
Pidamos la fuerza del Espíritu de Dios. El Espíritu Santo que nos despierte a la fe y nos ayude a descubrir el misterio de Dios. Es que sin fe las cosas las veríamos de otra manera. Sin la luz del Espíritu Santo no podríamos descubrir todo ese misterio de amor que se nos manifiesta en Jesús. ‘El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios’, nos dice san Pablo.
Si no nos guía el Espíritu de Dios ni podríamos comprender ni ver con claridad. No nos valen para esto sabidurías humanas. ‘Lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es de este mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos’. Un acto de fe y de reconocimiento.
Sólo podremos conocer a Jesús si nos dejamos conducir por el Espíritu Santo. ‘Nos lo revelará todo’, nos había dicho Jesús mismo. Sin esa fe, no terminaríamos de comprender su misterio. No entenderíamos sus palabras. No significarían nada para nosotros sus obras. ‘A nivel humano uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una locura; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu’.
Que su Espíritu nos ilumine y nos guíe. Que sintamos esa admiración por su Palabra, su autoridad y su poder. Es ‘el Santo de Dios’, que nos salva, que nos llena de vida, que nos arranca del mal y de la muerte, que nos pone en camino de salvación. Demos gracias a Dios.

lunes, 1 de septiembre de 2008

¿Podremos decir nosotros también ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’?

1Cor. 2, 1-5
Sal. 118
Lc.4, 16-30
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Fue en Nazaret, ‘donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura’. El texto proclamado era de Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’.
Y ese fue su principal comentario. Allí estaba el Mesías del Señor, el ungido por el Espíritu Santo – ya sabemos que Mesías y Ungido eran decir lo mismo, porque Mesías era la palabra hebrea precisamente -. Allí estaba quien era la Buena Noticia de salvación para los pobres y para todos. Allí se proclamaba el año de gracia del Señor, el gran jubileo del perdón porque en su sangre derramada íbamos todos a alcanzar el perdón y la remisión de los pecados.
Ya conocemos nosotros por el evangelio cómo en Jesús se daban todas esas señales del Mesías anunciado por los profetas. Cuando Juan envía a sus discípulos a preguntarle si era el Mesías o habían de esperar a otro, la respuesta de Jesús es que vayan y anuncien a Juan lo que han visto y oído, porque en El se estaban cumpliendo todas las señales dadas por los profetas. ‘Los ciegos ven, lo cojos andan, los leprosos son curados y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia’.
Pero, dejando a un lado un comentario más amplio del texto con la reacción de los nazarenos, primero de admiración y de rechazo después, tratemos de escuchar esa Buena Noticia que hoy se nos ha proclamado en el hoy de nuestra vida. Y cuando digo hoy, digo en esta fecha concreta en la que estamos – piensa en el día y la hora concreta en que te estás haciendo esta reflexión -. ¿Podremos decir nosotros también ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’?
Esto es lo que tenemos que hacer para escuchar de verdad en el hoy de nuestra vida esa Buena Noticia de Salvación que es Jesús para nosotros. Miremos cómo se cumple este hoy en nuestra vida. Primero que nada tenemos que reconocer que Jesús está hoy aquí presente entre nosotros de la misa manera proclamando ese año de gracia del Señor. Aquí está ofreciéndonos su Palabra y su Salvación, su gracia salvadora que nos arranca de nuestras cegueras o de nuestra muerte para darnos vida.
Pero tenemos que decir o pensar algo más. Jesús hoy se sigue haciendo presente en nuestro mundo en su Iglesia y en todos nosotros los que creemos en El que nos ha confiado su misma misión. Y la Iglesia puede decir con toda razón ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, porque la Iglesia sigue haciendo presente su Palabra y toda su obra salvadora.
Porque en la Iglesia se siguen dando las mismas señales que descubríamos en Jesús cuando contemplamos las obras de amor de la Iglesia que libera cautivos, da vista a los ciegos, o levanta a los caídos en tantas obras de misericordia que en sus instituciones, en sus obras benéficas, en la gente comprometida de nuestras cáritas parroquiales, en tantos y tantas religiosos y religiosas comprometidas en esa obra de amor a través de toda la Iglesia, en tantos laicos comprometidos desde su fe en tantas obras sociales a favor de los demás a lo largo de nuestro mundo. Y por ello tenemos que dar gracias a Dios, bendecir al Señor que así se hace presente en nuestras obras de amor.
Y tenemos que pensar en cada uno de nosotros, examinando nuestra vida para ver cómo damos nosotros esas señales de la presencia de Jesús a través de nuestras obras, de nuestro amor, de nuestro compromiso. Porque tenemos que ser esos signos de Jesús para los que nos rodean. Y lo seremos cuando amemos de verdad, cuando nos acerquemos al hermano que sufre, al pobre que nos tiende la mano, al que tiene una carencia de amor y nos está pidiendo nuestro cariño y nuestra atención. Cuántos gestos de amor podemos realizar cada día con los que nos rodean. Cuando seamos capaces de hacerlo, podremos decir como Jesús, ‘hoy se está cumpliendo esta Escritura que acabamos de oír’.
Somos también los ungidos por la fuerza del Espíritu Santo enviados para anunciar esa Buena Noticia de Salvación. Recordemos la unción de nuestro Bautismo y de nuestra confirmación. Proclamemos con nuestra vida y con nuestras obras ese año de gracia y salvación que Jesús nos ofrece.